La Mente Puesta en la Carne es Enemiga de Dios

El Púlpito de la Capilla New Park Street

La Mente Puesta en la Carne es Enemiga de Dios

Un sermón predicado la mañana del Domingo 22 de Abril, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En Exeter Hall, Strand, Londres.

«Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios.» Romanos 8: 7.

«Ya que la mente puesta en la carne es enemiga de Dios.» (La Biblia de las Américas)

Esta es una denuncia muy solemne que el apóstol Pablo aquí formula contra la mente carnal. Él la declara enemiga de Dios. Cuando recordamos lo que el hombre fue una vez, considerado sólo un poco menor que los ángeles, el compañero con el que Dios se paseaba en el huerto del Edén al aire del día; cuando pensamos que el hombre fue creado a imagen de su Hacedor, puro, sin mancha e inmaculado, no podemos menos que sentirnos amargamente afligidos al descubrir una acusación como esta, proferida en contra de nosotros como raza. Debemos colgar nuestras arpas sobre los sauces al oír la voz de Jehová, cuando habla solemnemente a Su criatura rebelde. «¡Cómo caíste del cielo, hijo de la mañana!» «Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura, . . . los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación. Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad. A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector.»

Nos sentimos muy entristecidos cuando contemplamos las ruinas de nuestra raza. Como el cartaginense que al hollar el sitio desolado de su muy amada ciudad, derramó abundantes lágrimas cuando la vio convertida en escombros por los ejércitos romanos; o como el judío que deambulaba por las desiertas calles de Jerusalén, mientras lamentaba que la reja del arado hubiese desfigurado la belleza y la gloria de esa ciudad que era el gozo de la tierra entera; así deberíamos dolernos por nosotros mismos y por nuestra raza, cuando contemplamos las ruinas de esa excelente estructura que Dios formó, esa criatura sin rival en simetría, con un intelecto sólo superado por el intelecto angélico, ese poderoso ser, el hombre, cuando contemplamos cómo cayó, y cayó, y cayó de su elevada condición,» convertido en una masa de destrucción.

Hace unos cuantos años se podía ver una estrella que resplandecía con brillantez inusitada, pero súbitamente desapareció; se ha llegado a conjeturar que se trataba de un mundo que ardía a miles de millones de kilómetros de nosotros, pero aun así, los rayos de esa conflagración llegaron hasta nosotros; el silencioso mensajero de luz dio la alarma a los remotos habitantes de este globo: «¡un mundo arde!» Pero ¿qué importancia tiene la conflagración de un planeta distante; qué es la destrucción del elemento material del orbe más gigantesco, comparada con esta caída de la humanidad, con este naufragio de todo lo que es santo y sagrado en nosotros? Para nosotros, en verdad, las cosas son difícilmente comparables, pues estamos profundamente interesados en una destrucción mas no en la otra.

La caída de Adán es NUESTRA caída; caímos en él y con él; sufrimos de igual manera; lamentamos la ruina de nuestra propia casa, deploramos la destrucción de nuestra propia ciudad, cuando nos detenemos para captar estas palabras escritas tan claramente que no pueden ser malinterpretadas: «Los designios de la carne» (esos mismos designios que una vez fueron santos, y que se volvieron carnales), «son enemistad contra Dios.» ¡Que Dios me ayude esta mañana a formular solemnemente esta denuncia contra todos ustedes! ¡Oh, que el Espíritu Santo nos convenza de tal modo de pecado, que unánimemente nos declaremos «culpables» delante de Dios!

No hay ninguna dificultad en la interpretación de mi texto: escasamente necesita una explicación. Todos nosotros sabemos que la palabra «carnal» significa aquí la naturaleza pecaminosa. Los antiguos traductores vertían el pasaje así: «la mente puesta en la carne es enemiga de Dios,» es decir, la mente no regenerada, esa alma que heredamos de nuestros padres, esa naturaleza pecaminosa que nació en nosotros cuando nuestros cuerpos fueron formados por Dios. La mente no regenerada, phronema sarkos, los deseos, las pasiones del alma; es esto lo que se apartó de Dios y se convirtió en Su enemigo.

Pero antes que nos adentremos en una discusión de la doctrina del texto, observen cuán vigorosamente lo expresa el apóstol: «Los designios de la carne,» dice, «son ENEMISTAD contra Dios.» Él usa un sustantivo, y no un adjetivo. No dice que simplemente se oponen a Dios, sino que se trata de una enemistad positiva. No es el adjetivo negro, sino el sustantivo negrura; no es enemistado sino la enemistad misma; no es corrupto, sino la corrupción; no es rebelde, sino la rebelión; no es perverso, sino la perversión misma. El corazón aunque sea engañoso, es positivo engaño; es el mal en lo concreto, pecado en su esencia; es la destilación, la quintaesencia de todas las cosas que son viles; no es envidioso de Dios, es la envidia misma; no está enemistado, es la enemistad real.

No necesitamos decir una palabra para explicar que es «enemistad contra Dios.» No acusa a la naturaleza humana de tener simplemente una aversión al dominio, a las leyes, o a las doctrinas de Jehová; sino que asesta un golpe más profundo y más preciso. No golpea al hombre en la cabeza, sino que penetra en su corazón; pone el hacha a la raíz del árbol, y lo declara «enemistad contra Dios,» contra la persona de la Deidad, contra el Ser Supremo, contra el poderoso Hacedor de este mundo; no enemistado contra Su Biblia o contra Su Evangelio, aunque eso fuera verdad, sin contra Dios mismo, contra Su esencia, Su existencia, y Su persona. Sopesemos entonces las palabras del texto, pues son palabras solemnes. Están muy bien expresadas por ese maestro de la elocuencia, Pablo, y además, fueron dictadas por el Espíritu Santo, que enseña al hombre cómo expresarse correctamente. Que nos ayude a interpretar este pasaje, que nos ha dado previamente para su explicación.

El texto nos pide que tomemos nota, primero, de la veracidad de esta aseveración; en segundo lugar, de la universalidad del mal que nos aqueja; en tercer lugar, vamos a descender todavía más a las profundidades del tema procurando que lo graben en su corazón, al demostrar la enormidad del mal; y después de eso, si nos alcanza el tiempo, vamos a extraer una doctrina o dos del hecho general.

I. Primero, se nos invita a hablar sobre la veracidad de esta gran declaración: «los designios de la carne son enemistad contra Dios.» No requiere de pruebas, pues como está escrito en la palabra de Dios, nosotros, como cristianos, estamos obligados a inclinarnos ante ella. Las palabras de la Escritura son palabras de sabiduría infinita, y si la razón es incapaz de ver el fundamento de una declaración de la revelación, está obligada a creer en ella muy reverentemente, pues estamos convencidos que aunque esté por encima de nuestra razón, no puede ser contraria a ella.

Aquí encuentro que está escrito en la Biblia: «Los designios de la carne son enemistad contra Dios;» y eso, en sí, me basta. Pero si necesitara testigos, convocaría a las naciones de la antigüedad; desenrollaría el volumen de historia antigua; les comentaría los hechos terribles de la humanidad. Quizás conmoviera sus almas hasta el aborrecimiento, si les hablara de la crueldad de esta raza para consigo misma, si les mostrara cómo convirtió a este mundo en Acéldama por sus guerras, y lo ha inundado con sangre por sus luchas y asesinatos; si les enumerara la negra lista de vicios en que han caído naciones enteras, o les presentara los caracteres de algunos de los más eminentes filósofos, me daría vergüenza hablar de ellos y ustedes se negarían a escuchar. Sí, sería imposible que ustedes, como refinados habitantes de un país civilizado, soportaran la mención de los crímenes que fueron cometidos por esos mismos hombres que hoy en día son ensalzados como modelos de perfección. Me temo que si se escribiese toda la verdad, abandonaríamos la lectura de las vidas de los más poderosos héroes y de los sabios más orgullosos de la tierra, y diríamos de inmediato de todos ellos: «Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.»

Y si eso no fuera suficiente, quisiera hacerles ver los errores de los paganos; quisiera hablarles de la supersticiones de sus sacerdotes que han sometido a las almas a la superstición; quisiera que fueran testigos de las hórridas obscenidades, de los ritos diabólicos que constituyen las cosas más sagradas para estos ofuscados individuos. Entonces, después que hubieran oído lo que constituye la religión natural del hombre, les pediría que me explicaran cuál sería su irreligión. Si esta es su devoción, ¿cuál sería su impiedad? Si este es su ardiente amor por la Deidad, ¿cuál sería su odio a la misma? Estoy seguro que ustedes de inmediato confesarían, si supieran lo que es la naturaleza humana, que la denuncia está sustentada y que el mundo debe exclamar sin reservas, verazmente: «culpable».

Puedo encontrar un argumento adicional en el hecho de que las mejores personas han sido siempre las más dispuestas a confesar su depravación. Los hombres más santos, los que están más libres de impureza, siempre han sentido más intensamente su depravación. El que tiene sus vestidos más blancos, percibirá mejor las manchas que les caigan. El que posee la corona más reluciente, sabrá cuándo ha perdido una piedra preciosa. El que da más luz al mundo, siempre será capaz de descubrir su propia oscuridad. Los ángeles del cielo velan sus rostros; y los ángeles de Dios en la tierra, Su pueblo escogido, siempre deben velar sus rostros con la humildad, cuando se acuerdan de lo que fueron.

Escuchen a David: él no era de esos que se jactaran de una naturaleza santa y de una disposición pura. Él dice: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.» Muchos de esos santos hombres escribieron aquí, en este volumen inspirado, y los encontrarán a todos confesando que no eran limpios, no, ni aun uno; y uno de ellos exclamó: «¡miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»

Y además, voy a citar a otro testigo que dé testimonio de la veracidad de este hecho, y que decidirá la pregunta: será su propia conciencia. ¡Conciencia, te voy a poner en el asiento de los testigos para interrogarte esta mañana! ¡Conciencia, dinos la verdad! ¡No te drogues con el opio de la seguridad en ti mima! ¡Testifica la verdad! ¿Nunca oíste decir al corazón: «quisiera que no existiera Dios»? ¿Acaso todos los hombres no han deseado, algunas veces, que nuestra religión no fuera verdadera? Aunque no han podido librar enteramente sus almas de la idea de la Deidad, ¿acaso no han deseado que no existiera Dios? ¿No han acariciado el deseo que todas estas realidades divinas resultaran ser un engaño, una farsa y una impostura? «Sí,» responde cada individuo, «eso se me ha ocurrido algunas veces; he deseado poder entregarme a la necedad. He deseado que no hubiesen leyes que me restringieran; he deseado, como el insensato, que no hubiera Dios.»

Ese pasaje de los Salmos que dice: «Dice el necio en su corazón: no hay Dios,» está mal traducido. La traducción correcta debería ser: «Dice el necio en su corazón: no acepto a Dios. El necio no dice en su corazón no hay Dios, pues él sabe que hay un Dios; sino que más bien dice: «No acepto a Dios, no necesito ningún Dios, quisiera que no existiera ninguno.» Y, ¿quién de nosotros no ha sido tan insensato que no haya llegado a desear que no hubiera Dios?

Ahora, conciencia, ¡responde otra pregunta! Tú has confesado que algunas veces has deseado que no existiera Dios; entonces, supón que un hombre deseara la muerte de otro. ¿Acaso no demostraría eso que lo odiaba? Sí, lo demostraría. Y así, amigos míos, el deseo que no exista Dios, demuestra que tenemos aversión a Dios. Cuando deseo la muerte de otro y que se pudra en su tumba; cuando deseo que fuera un non est (un ser inexistente), debo odiar a ese hombre; de otra forma no desearía que fuera un ente extinto. Así que ese deseo (y no creo que haya existido alguien en el mundo que no lo hubiera sentido), demuestra que «los designios de la carne son enemistad contra Dios.»

Pero, ¡conciencia, tengo otra pregunta! ¿Acaso no ha deseado alguna vez tu corazón, puesto que hay un Dios, que Él fuera un poco menos santo, un poco menos puro, de tal manera que esas cosas que ahora son graves crímenes, pudiesen ser consideradas ofensas veniales, simples pecadillos? ¿Acaso no ha dicho nunca tu corazón: «Quisiera que estos pecados no fueran prohibidos». ¡Quisiera que Él fuera misericordioso para que los pasara por alto sin que requiriera una expiación! Quisiera que no fuera tan severo, tan rigurosamente justo, tan severamente estricto en Su integridad.» Corazón mío, ¿nunca has dicho eso? La conciencia debe responder: «lo has dicho.» Bien, ese deseo de cambiar a Dios, demuestra que no amas al Dios que es ahora el Dios del cielo y de la tierra; y aunque hables de religión natural, y te jactes de reverenciar al Dios de los verdes campos, de los fértiles prados, de las aguas abundantes, del retumbar del trueno, del cielo azul, de la noche estrellada, y del grandioso universo: aunque tú amas el bello ideal poético de la Deidad, no se trata del Dios de la Escritura, pues tú has deseado cambiar Su naturaleza, y en eso has demostrado que estás enemistado con Él. Pero, conciencia, ¿por qué debo andarme con rodeos? Tú puedes ser un testigo fiel, si quieres decir la verdad, que cada persona aquí presente ha transgredido de tal manera contra Dios, ha quebrantado tan continuamente Sus leyes, ha violado Su día de reposo, ha hollado Sus estatutos, ha despreciado Su Evangelio, que es muy cierto, ay, sumamente cierto que «los designios de la carne son enemistad contra Dios.»

II. Ahora, en segundo lugar, se nos pide que tomemos nota de la universalidad de este mal. Cuán vasta es esta aseveración. No es una mente carnal singular, o una cierta clase de caracteres, sino «los designios de la carne.» Es un enunciado sin restricciones, que incluye a cada individuo. Cualquier mente que pueda apropiadamente ser llamada carnal, si no ha sido espiritualizada por el poder del Espíritu Santo de Dios, es «enemistad contra Dios.»

Observen entonces, en primer lugar, la universalidad de esto en lo relativo a todas las personas. Toda mente carnal en el mundo está enemistada con Dios. Esto no excluye ni siquiera a los bebés que se alimentan del pecho de la madre. Nosotros los llamamos inocentes, y en realidad son inocentes de transgresiones reales, pero como dice el poeta: «en el pecho más tierno yace una piedra». En la mente carnal de un bebé hay enemistad contra Dios; no está desarrollada, pero está allí. Algunos afirman que los niños aprenden a pecar por imitación. Pero no: llévense a un niño, pónganlo bajo las influencias más piadosas, asegúrense que el propio aire que respire sea purificado por la piedad, que beba sorbos de santidad, que sólo escuche la voz de la oración y de la alabanza; que sus oídos se mantengan afinados por las notas del himno sagrado; y a pesar de todo ello, ese niño puede convertirse todavía en uno de los más depravados transgresores; y aunque en apariencia esté encaminado en la propia senda al cielo, descenderá directamente al abismo si no es dirigido por la gracia divina. ¡Oh, cuán cierto es que algunos que han contado con los mejores padres, se han convertido en los peores hijos; que muchos que han sido entrenados bajo los más santos auspicios, en medio de las más favorables escenas de la piedad, se han convertido, sin embargo, en libertinos y disolutos! Así que no es por imitación, sino que es por naturaleza que el niño es malo. Concédanme que el niño es carnal, pues mi texto dice: «los designios de la carne son enemistad contra Dios.»

He oído que el cocodrilo recién nacido, cuando sale de su cascarón, en un instante comienza a ponerse en una postura de ataque, abriendo sus fauces como si hubiese sido enseñado o entrenado. Sabemos que los jóvenes leones cuando son domados y domesticados, conservan la naturaleza salvaje de sus congéneres de la selva, y si se les dejara en libertad, cazarían tan fieramente como los otros.

Lo mismo sucede con el niño; puedes atarlo con los verdes juncos de la educación, puedes hacer lo que quieras con él, pero como no puedes cambiar su corazón, esos designios de la carne estarán enemistados con Dios; y a pesar del intelecto, del talento, y de todo lo que puedan darle que sea de provecho, será de la misma naturaleza pecaminosa como cualquier otro niño, aunque en apariencia su naturaleza no sea tan mala; pues «los designios de la carne son enemistad contra Dios.»

Y si esto se aplica a los niños, igualmente incluye a toda clase de hombres. Hay algunos hombres que han nacido en este mundo dotados de espíritus superiores, que caminan por todos lados como gigantes envueltos en mantos de luz y gloria. Me estoy refiriendo a los poetas, hombres que se destacan como colosos, más poderosos que nosotros, que parecen haber descendido de las esferas celestiales. Hay otros de agudo intelecto, que, investigando en los misterios de la ciencia, descubren cosas que han estado ocultas desde la creación del mundo; hombres de tenaz investigación y de vasta erudición; y sin embargo, de cada uno de estos (poetas, filósofos, metafísicos y grandes descubridores), se dirá: «los designios de la carne son enemistad contra Dios.»

Podrás entrenarle, convertir su intelecto en algo casi angélico, fortalecer su alma hasta que entienda lo que constituyen enigmas para nosotros, y los descifre con sus dedos en un instante; podrás hacerlo tan poderoso que pueda entender los férreos secretos de los montes eternos y pulverizarlos con su puño; podrás darle un ojo tan perspicaz que pueda penetrar los misterios de las rocas y de las montañas; podrás agregarle un alma tan potente que pueda matar a la gigantesca Esfinge, que por muchas edades confundió a los sabios más notables; pero cuando hayas hecho todo esto, su mente será depravada y su corazón carnal, todavía estará en oposición a Dios.

Sí, es más, puedes llevarlo a la casa de oración; puedes exponerlo constantemente a la predicación más clara del mundo, donde oirá las doctrinas de la gracia en toda su pureza, y predicación acompañada de santa unción; pero si esa santa unción no descansa en él, todo habría sido en vano: puede ser que asista con toda regularidad, pero al igual que la piadosa puerta de la capilla, que gira hacia adentro y hacia afuera, él seguirá siendo igual; podría tener una religión superficial externa, pero su mente carnal estará enemistada con Dios. Ahora, esta no es una aseveración mía, es la declaración de la palabra de Dios, y pueden hacerla a un lado si no creen en ella; pero no discutan conmigo, ya que es el mensaje de mi Señor; y es válido para cada uno de ustedes: hombres, mujeres y niños, y para mí también, que si no somos regenerados y convertidos, si no experimentamos un cambio de corazón, nuestra mente carnal está enemistada con Dios.

Además, tomen nota de la universalidad de esto en todo momento. La mente carnal está en todo momento enemistada con Dios. «Oh,» dirá alguno, «puede ser verdad que a veces nos oponemos a Dios, pero ciertamente no siempre nos oponemos.» «Hay momentos,» dirá alguien, «cuando me siento que me rebelo, algunas veces mis pasiones me conducen a desviarme; pero ciertamente hay otras ocasiones favorables cuando realmente soy amigable con Dios, y le ofrezco verdadera devoción. A veces me he quedado (continúa el impugnador), en la cumbre de la montaña, hasta que toda mi alma se ha encendido con la escena contemplada abajo, y mis labios han pronunciado el himno de alabanza:

«Estas son Tus obras gloriosas, Padre de bondad,
Todopoderoso, Tuya es esta estructura universal,
Tan hermosa y maravillosa: ¡cuán maravilloso entonces Tú!»

Sí, pero fíjate, lo que es verdad un día no es falso al día siguiente; «los designios de la carne son enemistad contra Dios» todo el tiempo. El lobo podrá estar dormido, pero sigue siendo lobo. La serpiente con sus tonos atornasolados podrá dormitar en medio de las flores, y el niño puede acariciar su lomo resbaloso, pero sigue siendo una serpiente; no cambia su naturaleza aunque esté dormida. El mar es el albergue de las tormentas, aun cuando esté plácido como un lago; el trueno sigue siendo el trueno que retumba poderosamente, aunque se encuentre tan lejos que no podamos oírlo. Y el corazón, aunque no percibimos sus ebulliciones, aunque no vomite su lava, y no arroje las hirvientes rocas de su corrupción, sigue siendo el mismo temible volcán. En todo momento, a todas horas, a cada instante (digo esto según lo dice Dios), si ustedes son carnales, cada uno de ustedes es enemistad contra Dios.

Tenemos otro pensamiento relativo a la universalidad de este enunciado. Todos los designios de la carne son enemistad contra Dios. El texto dice: «Los designios de la carne son enemistad contra Dios;» esto es, todo el hombre, cada parte de él: cada poder, cada pasión. Se hacen a menudo la pregunta: «¿Qué parte del hombre fue afectada por la caída?» piensan que la caída sólo la resintieron los afectos, pero que el intelecto permaneció incólume; ellos argumentan esto sustentados en la sabiduría del hombre, y los impresionantes descubrimientos que ha hecho, tales como la ley de la gravedad, la máquina de vapor y las ciencias. Ahora, yo considero estas cosas como un despliegue insignificante de sabiduría, cuando se las compara con lo que se descubrirá dentro de cien años, y muy pequeñas comparadas con lo que se pudo haber descubierto si el intelecto del hombre hubiese permanecido en su condición original. Yo creo que la caída aplastó al hombre enteramente. Aunque cuando rodó como una avalancha sobre el poderoso templo de la naturaleza humana, algunos elementos permanecieron intactos, y en medio de las ruinas pueden encontrarse por aquí y por allá una flauta, un pedestal, una cornisa, una columna, que no están completamente quebrados, la estructura entera cayó, y sus reliquias más gloriosas son cosas caídas, hundidas en el polvo. El hombre completo está estropeado.

Miren nuestra memoria; ¿acaso no es verdad que la memoria participa de la caída? Yo puedo recordar mucho mejor las cosas malas que las que tienen olor a piedad. Si oigo una canción lasciva, esa música del infierno chirriará en mis oídos hasta que las canas cubran mi cabeza. Pero si oigo una nota de santa alabanza: ¡ay!, ¡se me olvida! Porque la memoria aprieta con una mano de hierro las cosas malas, pero sostiene con dedos débiles las cosas buenas. La memoria permite que los maderos gloriosos de los bosques del Líbano floten sobre la corriente del olvido, pero retiene toda la inmundicia que le llega flotando de la depravada ciudad de Sodoma. La memoria recordará lo malo, pero olvidará lo bueno. La memoria participa de la caída. Lo mismo ocurre con los afectos. Amamos lo terrenal más de lo que deberíamos amarlo; rápidamente entregamos nuestro corazón a una criatura, pero raras veces lo ofrecemos a nuestro Creador; y cuando el corazón es entregado a Jesús, es propenso a descarriarse.

Miren a nuestra imaginación también. ¡Oh!, cómo se deleita la imaginación cuando el cuerpo se encuentra en una condición perniciosa. Sólo denle al hombre algo que lo lleve al punto de la intoxicación; dróguenlo con opio; y ¡cómo bailará su imaginación llena de gozo! Como pájaro liberado de su jaula, ¡cómo se remontará con alas más vigorosas que las alas del águila! Ve cosas que ni siquiera habría soñado en las sombras de la noche. ¿Por qué razón su imaginación no trabajó cuando su cuerpo se encontraba en un estado normal, cuando era saludable? Simplemente porque la imaginación es depravada; y mientras no se había introducido un elemento inmundo, mientras el cuerpo no había comenzado a estremecerse con un tipo de intoxicación, la fantasía no pensaba en celebrar su carnaval. Tenemos algunos espléndidos muestrarios de lo que el hombre puede escribir, cuando se ha encontrado bajo la maldita influencia del aguardiente. Debido a que la mente es tan depravada, le encanta todo aquello que pone al cuerpo en una condición anormal; y aquí tenemos una prueba que la propia imaginación se ha descarriado.

Lo mismo ocurre con el juicio: puedo demostrar cuán imperfectamente decide. También puedo acusar a la conciencia, y decirle cuán ciega es, y cómo le guiña el ojo a las más grandes necedades. Puedo examinar todos nuestros poderes, y escribir sobre la frente de cada uno de ellos: «¡Traidor al cielo! ¡Traidor al cielo!» Toda «la mente puesta en la carne es enemiga de Dios.»

Ahora, mis queridos lectores, «sólo la Biblia es la religión de los protestantes:» pero siempre que reviso un cierto libro tenido en gran estima por nuestros hermanos anglicanos, lo encuentro enteramente de mi lado, e invariablemente siento un gran deleite al citarlo. ¿Saben ustedes que soy uno de los mejores clérigos de la Iglesia de Inglaterra, el mejor, si me juzgaran por los Artículos, y el peor si me juzgaran por cualquier otra norma? Mídanme por los Artículos de la Iglesia de Inglaterra, y no ocuparía un segundo lugar ante nadie bajo el cielo azul del firmamento, predicando el evangelio contenido en ellos; pues si hay un excelente epítome del Evangelio, se encuentra en los Artículos de la Iglesia de Inglaterra. Permítanme mostrarles que no han estado escuchando una doctrina extraña. Tenemos, por ejemplo, el artículo noveno, sobre el pecado de nacimiento o pecado original: «El pecado original no consiste en seguir a Adán (como lo afirman vanamente los pelagianos), sino que es la falla y la corrupción de la naturaleza de cada individuo, que naturalmente es engendrada por la prole de Adán, por la cual el hombre está sumamente alejado de la justicia original, y es por su propia naturaleza propenso al mal, de tal forma que el deseo de la carne es contra el Espíritu; y, por lo tanto, toda persona venida a este mundo merece la ira de Dios y la condenación. Y esta infección de la naturaleza efectivamente permanece, sí, en los que son regenerados; por lo cual la concupiscencia de la carne, llamada en el griego: phronema sarkos, que algunos exponen como la sabiduría, la sensualidad, el afecto, el deseo de la carne, no está sujeta a la Ley de Dios. Y aunque no hay condenación para los que creen y son bautizados, sin embargo el apóstol confiesa que la concupiscencia y la lascivia tienen en sí la naturaleza del pecado.» No necesito nada más. ¿Acaso alguien que crea en el Libro de Oración disentirá de la doctrina que «la mente puesta en la carne es enemiga de Dios»?

III. He dicho que iba a procurar, en tercer lugar, mostrar la gran enormidad de esta culpa. Me temo, hermanos míos, que a menudo cuando consideramos nuestro estado, no pensamos tanto en la culpa como en la miseria. Algunas veces he leído sermones sobre la inclinación del pecador al mal, en los que esto se ha demostrado con mucho poder, y ciertamente el orgullo de la naturaleza humana ha sido muy humillado y abatido; pero hay algo que me parece que si se deja fuera, resulta ser una gran omisión, es decir: la doctrina que el hombre es culpable en todas estas cosas. Si su corazón está contra Dios, debemos decirle que es su pecado; y si no puede arrepentirse, debemos mostrarle que el pecado es la única causa de su incapacidad para hacerlo, (que toda su separación de Dios es pecado), que mientras se mantenga alejado de Dios es pecado.

Me temo que muchos de los aquí presentes debemos reconocer que no acusamos de ese pecado a nuestras propias conciencias. Sí, decimos, estamos llenos de corrupción. ¡Oh!, sí. Pero nos quedamos muy tranquilos. Hermanos míos, no deberíamos hacerlo. Tener esas corrupciones es nuestro crimen, que debe ser confesado como un enorme mal; y si yo, como un ministro del Evangelio, no recalcara el pecado involucrado en ello, no habría encontrado su propio virus. Habría dejado fuera la verdadera esencia, si no mostrara que es un crimen.

Ahora, «la mente puesta en la carne es enemiga de Dios.» ¡Cuán grave pecado es! Esto se manifestará de dos formas. Consideren la relación en la que estamos con Dios, y luego recuerden lo que Dios es; y después que haya hablado de estas dos cosas, espero, ustedes verán, en verdad, que es un pecado estar enemistados con Dios.

¿Qué es Dios para nosotros? Él es el Creador de los cielos y de la tierra; Él sostiene los pilares del universo. Él con Su aliento perfuma las flores. Su lápiz las pinta de colores. Él es el autor de esta hermosa creación. «Somos ovejas de su prado; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos.» La relación que tiene con nosotros es la de Hacedor y Creador; y por ese hecho reclama ser nuestro Rey. Él es nuestro Legislador, el autor de la ley; y luego, para que nuestro crimen sea peor y más grave, Él gobierna la providencia; pues es Él quien nos guarda día a día. Él suple nuestras necesidades; Él mantiene el aire que respira nuestra nariz; Él ordena a la sangre que mantenga su curso a lo largo de nuestra venas; Él nos mantiene con vida, y nos previene de la muerte; Él está delante de nosotros como nuestro Creador, nuestro Rey, nuestro Sostén, nuestro Benefactor; y yo pregunto: ¿no es acaso un crimen de enorme magnitud, no es alta traición contra el emperador del cielo, no es un pecado horrible, cuya profundidad no podemos medir con la sonda de todo nuestro juicio, que nosotros, Sus criaturas, que dependemos de Él, estemos enemistados con Él?

Pero puede verse que el crimen es más grave cuando pensamos en lo que Dios es. Permítanme apelar personalmente ante ustedes en un estilo de interrogatorio, pues esto tiene mucho peso. ¡Pecador! ¿Por qué estás enemistado con Dios? Dios es el Dios de amor. Él es amable con Sus criaturas. Él te mira con Su amor de benevolencia, pues este mismo día Su sol ha brillado sobre ti, hoy has tenido alimento y vestido, y has llegado a esta capilla con salud y vigor. ¿Odias a Dios porque te ama? ¿Es esa la razón? ¡Consideren cuántas misericordias han recibido de Sus manos a lo largo de su vida! No nacieron con un cuerpo deforme; han tenido una medida tolerable de salud; te has recuperado muchas veces de la enfermedad. Cuando estabas al borde la muerte, Su brazo ha detenido tu alma del último paso de destrucción. ¿Odias a Dios por todo esto? ¿Le odias porque salvó tu vida por Su tierna misericordia? ¡Contempla toda Su bondad que ha desplegado delante de ti! Podría haberte enviado al infierno; pero estás aquí. Ahora, ¿odias a Dios por haberte conservado? Oh, ¿por qué razón estás enemistado con Él? Amigo mío, ¿acaso no sabes que Dios envió a Su Hijo procedente Su pecho, y lo colgó en el madero, y allí permitió que muriera por los pecadores, el justo por los injustos? Y, ¿odias a Dios por ello? Oh, pecador, ¿acaso es esta la causa de tu enemistad? ¿Estás tan alejado que agradeces con enemistad el amor? Y cuando te ha rodeado de favores, cuando te ha ceñido con bendiciones, cuando te ha colmado de misericordias, ¿acaso le odias por eso? Él te podría decir lo mismo que dijo Jesús a los judíos: «Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?» ¿Por cuáles de estas obras odian a Dios? Si algún benefactor terrenal te hubiese alimentado ¿le odiarías? Si te hubiera vestido, ¿le ultrajarías en su cara? Si te hubiese dado talentos, ¿volverías esos poderes en su contra? ¡Oh, habla! ¿Forjarías el hierro de una daga y la clavarías en el corazón de tu mejor amigo? ¿Odias a tu madre que te crió en sus rodillas? ¿Acaso maldices a tu padre que sabiamente veló por ti? No, respondes, sentimos una pequeña gratitud por nuestros parientes terrenales. ¿Dónde están sus corazones, entonces? ¿Dónde están sus corazones, que todavía pueden despreciar a Dios, y estar enemistados con Él? ¡Oh, crimen diabólico! ¡Oh, atrocidad satánica! ¡Oh, iniquidad indescriptible! Odiar a Quien es todo amable, aborrecer al que muestra misericordia constante, desdeñar al que bendice eternamente, escarnecer al bueno, al lleno de gracia; ¡por sobre todo, odiar al Dios que envió a Su Hijo para que muriera por el hombre! ¡Ah!, en ese pensamiento: «La mente puesta en la carne es enemiga de Dios,» hay algo que nos sacude; pues es un terrible pecado estar enemistados con Dios. Quisiera poder hablar con mayor poder, pero únicamente mi Señor puede hacerles ver el enorme mal de este hórrido estado del corazón.

IV. Pero hay una o dos doctrinas que procuraremos deducir de todo esto. ¿Está la mente puesta en la carne «enemistada con Dios»? Entonces la salvación no puede ser por méritos; tiene que ser por gracia. Si estamos enemistados con Dios, ¿qué méritos podríamos tener? ¿Cómo podemos merecer algo del Ser que odiamos? Aun si fuésemos puros como Adán, no podríamos tener ningún mérito; pues no creo que Adán tuviera algún merecimiento delante de su Creador. Cuando había guardado toda la ley de su Señor, no era sino un siervo inútil; no había hecho más de lo que tenía que hacer; no tenía un saldo a su favor, no había un excedente. Pero como nos hemos vuelto enemigos, ¡cuánto menos podemos esperar ser salvados por obras! Oh, no; la Biblia entera nos dice, de principio a fin, que la salvación no es por las obras de la ley, sino por los actos de la gracia.

Martín Lutero declaraba que él predicaba constantemente la justificación por la fe únicamente, «porque,» decía, la gente tiende a olvidarlo; de tal forma que me veía obligado casi a golpear sus cabezas con mi Biblia, para que se grabaran el mensaje en sus corazones.» Y es verdad que constantemente olvidamos que la salvación es sólo por gracia. Siempre estamos intentando introducir una pequeña partícula de nuestra propia virtud; queremos cooperar con algo.

Recuerdo un viejo dicho del viejo Matthew Wilkes: «¡Salvados por sus obras! Es como si intentaran llegar a América en un barquito de papel!» ¡Salvados por sus obras! ¡Eso es imposible! Oh, no; el pobre legalista es como un caballo ciego que da vueltas y vueltas al molino; o como el prisionero que sube los escalones del molino de rueda, y descubre que no ha subido después de todo el esfuerzo que ha hecho; no tiene una confianza sólida, no tiene una base firme en la que pueda apoyarse. No ha hecho lo suficiente: «nunca lo suficiente.» La conciencia siempre dice: «esto no es la perfección; debería haber sido mejor.» La salvación para los enemigos debe alcanzarse mediante un embajador, por una expiación, sí, por Cristo.

Otra doctrina que extraemos de esto es: la necesidad de un cambio completo de nuestra naturaleza. Es cierto que desde que nacemos estamos enemistados con Dios. ¡Cuán necesario es, entonces, que nuestra naturaleza sea cambiada! Hay pocas personas que sinceramente creen en esto. Ellos piensan que si claman: «Señor, ten misericordia de mí,» cuando están agonizando, irán al cielo directamente. Permítanme suponer un caso imposible por un momento. Imaginemos un hombre que está entrando al cielo sin un cambio en su corazón. Se aproxima a las puertas. Escucha un soneto. ¡Se sobresalta! Es un himno de alabanza a su enemigo. Ve un trono, y en él está sentado Uno que es glorioso; pero es su enemigo. Camina por calles de oro, pero esas calles pertenecen a su enemigo. Ve huestes de ángeles, pero esas huestes son los siervos de su enemigo. Él se encuentra en la casa de un enemigo; pues él está enemistado con Dios. No puede unirse a los cantos, pues desconoce la melodía. Se quedaría parado allí, silente, inmóvil, hasta que Cristo dijera con una voz más potente que diez mil truenos: «¿Qué haces tú aquí? ¿Enemigos en el banquete de bodas? ¿Enemigos en la casa de los hijos? ¿Enemigos en el cielo? ¡Vete de aquí! ¡Apártate, maldito, al fuego eterno del infierno!» ¡Oh!, señores, si los no regenerados pudiesen entrar al cielo, traigo a la memoria una vez más el tan repetido dicho de Whitefield: sería tan infeliz en el cielo, que le pediría a Dios que le permitiese precipitarse en el infierno para buscar cobijo allá. Debe haber un cambio, si pensamos en el estado futuro, pues, ¿como podrían los enemigos de Dios sentarse jamás en el banquete de bodas del Cordero?

Y para concluir, permítanme recordarles (y después de todo está en el texto), que este cambio debe ser obrado por un poder superior al de ustedes. Un enemigo puede posiblemente convertirse en amigo; pero no la enemistad. Si ser un enemigo fuera un agregado a su naturaleza, él podría volverse un amigo; pero si es la esencia misma de su existencia ser enemistad, positiva enemistad, la enemistad no se puede cambiar a sí misma. No, debe hacerse algo más de lo que nosotros podemos lograr. Esto es precisamente lo que se olvida en estos días. Necesitamos más predicación con la unción del Espíritu Santo, si queremos tener más obra de conversión. Yo les digo, amigos, si ustedes se cambian a sí mismos, y se hacen mejores, y mejores, y mejores, mil veces mejores, nunca serán lo suficientemente buenos para el cielo. Mientras el Espíritu de Dios no haya puesto Su mano en ustedes; mientras no haya regenerado el corazón, mientras no haya purificado el alma, mientras no haya cambiado el espíritu entero y no haya hecho al hombre una nueva criatura, no podrán entrar al cielo. Cuán seriamente, entonces, deberían hacer un alto y meditar. Heme aquí, una criatura de un día, un mortal nacido para morir, ¡pero sin embargo un ser inmortal! En este momento estoy enemistado con Dios. ¿Qué haré? ¿Acaso no es mi deber, así como mi felicidad, preguntar si hay una manera de ser reconciliado con Dios?

¡Oh!, agotados esclavos del pecado, ¿acaso no son sus caminos, sendas de insensatez? ¿Acaso es sabiduría, oh mis amigos, es sabiduría odiar a su Creador? ¿Es sabio estar en oposición contra Él? ¿Es prudente despreciar las riquezas de Su gracia? Si es sabiduría, es la sabiduría del infierno; si es sabiduría, es una sabiduría que es insensatez para con Dios. ¡Oh, que Dios nos conceda que se puedan volver a Jesús con pleno propósito de corazón! Él es el embajador; Él es el único que puede establecer la paz por medio de Su sangre; y aunque vinieron aquí como enemigos, es posible que atraviesen esa puerta como amigos, si no hacen sino mirar a Jesucristo, la serpiente de bronce que fue alzada.

Y ahora, puede ser que algunos de ustedes hayan sido convencidos de pecado, por el Espíritu Santo. Yo ahora les voy a proclamar el camino de salvación. «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.» Contempla, oh temeroso penitente, el instrumento de tu liberación. ¡Vuelve tus ojos llenos de lágrimas a aquel Monte del Calvario! Mira la víctima de la justicia, el sacrificio de expiación por tu transgresión. Mira al Salvador en Sus agonías, comprando tu alma con torrentes de Su sangre, y soportando tu castigo en medio de las agonías más intensas. Él murió por ti, si confiesas tus culpas ahora. Oh, ven tú, hombre condenado, autocondenado, y vuelve tus ojos a este camino, pues una mirada salvará. Pecador, tú has sido mordido. ¡Mira! No necesitas ninguna otra cosa sino «¡mirar!» Es simplemente «¡mirar!» Basta que mires a Jesús y serás salvo. Oyes la voz del Redentor: «Mirad a mí, y sed salvos.» ¡Miren! ¡Miren! ¡Miren! Oh almas culpables.

«Confía en Él, confía plenamente,
No permitas que otra confianza se entrometa;
Nadie sino Jesús
Puede hacer bien al pecador desvalido.»

Que mi bendito Señor les ayude a venir a Él, y los atraiga a Su Hijo, por Jesucristo nuestro Señor. Amén y Amén.

La Biblia

El Púlpito de la Capilla New Park Street

La Biblia

Un sermón predicado la noche del Domingo 18 de Marzo, 1855

por El Rev. Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

«Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.» — Oseas 8:12.

Esta es la queja de Dios en contra de Efraín. No es una insignificante prueba de Su bondad, que Él se incline para reprender a Sus criaturas descarriadas; es una grandiosa evidencia de Su disposición llena de gracia, que incline Su cabeza para observar los asuntos de la tierra. Si Él quisiera, podría envolverse con la noche como si fuese un vestido; podría poner las estrellas alrededor de Su mano como si fueran un brazalete y ceñir los soles alrededor de Su frente como una diadema; puede morar solo, lejos, muy por encima de este mundo, arriba en el séptimo cielo, y contemplar con calma y silenciosa indiferencia todas las actividades de las criaturas.

Podría hacer como Júpiter que, según creían los paganos, se sentaba en perpetuo silencio, haciendo señas a veces con su terrible cabeza, para hacer que las Parcas hicieran lo que le placiera, pero ignorando las cosas pequeñas de esta tierra, y considerándolas indignas de llamar su atención; absorto en su propio ser, absorto en Sí mismo, viviendo solo y apartado. Y yo, como una de Sus criaturas, podría ascender a la cumbre de una montaña y mirar a las estrellas silenciosas, y decirles: «Ustedes son los ojos de Dios, pero ustedes no me miran a mí; la luz de ustedes es un don de Su omnipotencia, pero esos rayos no son sonrisas de amor para mí. Dios, el poderoso Creador, me ha olvidado; soy una gota despreciable en el océano de la creación, una hoja seca en el bosque de los seres vivientes, un átomo en la montaña de la existencia. Él no me conoce, estoy solo, solo.»

Pero no es así, amados. Nuestro Dios es de un orden diferente. Él nos observa a cada uno de nosotros. No existe ni un gorrión ni un gusano que no se encuentre en Sus decretos. No hay una persona sobre la que no se posen Sus ojos. Nuestros actos más secretos les son conocidos. Cualquier cosa que hagamos, que soportemos o que suframos, el ojo de Dios siempre descansa sobre nosotros y Su sonrisa nos cubre, pues somos Su pueblo; o Su enojo nos envuelve, pues nos hemos apartado de Él.

¡Oh! Dios es diez mil veces misericordioso, pues contemplando a la raza del hombre, no la arranca de la existencia con una sonrisa. Vemos por nuestro texto que Dios se interesa por el hombre, por cuanto dice a Efraín: «Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.» Pero vean cómo cuando observa el pecado del hombre no lo destroza ni lo rechaza a puntapiés, ni tampoco lo sacude por el cuello sobre el golfo del infierno hasta hacer tambalear su cerebro por el terror, para, finalmente, arrojarle en él para siempre; por el contrario, Dios desciende del cielo para argumentar con sus criaturas, discute con ellas, se rebaja, por así decirlo, al mismo nivel del pecador, le expone sus quejas y define sus derechos. ¡Oh! Efraín, te he escrito las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.

Vengo esta noche como enviado de Dios, amigos míos, para tratar con ustedes como embajador de Dios; para acusar de pecado a muchos de ustedes; para hacerles ver su condición, con el poder del Espíritu; para convencerlos de pecado, de justicia y de un juicio venidero. El crimen del que los acuso es el pecado que leemos en este texto. Dios les ha escrito las grandezas de Su ley, y fueron tenidas por cosa extraña. Es precisamente sobre este bendito libro, la Biblia, que pretendo hablar el día de hoy. Aquí está mi texto: esta es Palabra de Dios. Aquí está el tema de mi sermón, un tema que demanda más elocuencia de la que poseo; un asunto sobre el que podrían hablar miles de oradores a la vez; un tema poderoso, amplio y un inagotable asunto que, aun consumiendo toda la elocuencia que hubiera hasta la eternidad, no quedaría agotado.

Hoy tengo que decir tres cosas acerca de la Biblia, y las tres se encuentran en mi texto. Primero, Su autor: «Le escribí»; segundo, sus temas: Las grandezas de la ley de Dios; y tercero, su tratamiento generalizado: fueron tenidas por la mayoría de los hombres por cosa extraña.

I. Primero, entonces, en lo relativo a este libro, ¿quién es EL AUTOR? El texto nos dice que es Dios. «Le escribí las grandezas de mi ley.» Aquí está mi Biblia, ¿quién la escribió? La abro y observo que se compone de una serie de tratados. Los primeros cinco libros fueron escritos por un hombre llamado Moisés. Paso las páginas y veo que hay otros escritores tales como David, y Salomón. Aquí leo a Miqueas, luego a Amós, luego a Oseas. Prosigo hacia adelante y llego a las luminosas páginas del Nuevo Testamento, y veo a Mateo, Marcos, Lucas y Juan; Pablo, Pedro, Santiago y otros; pero cuando cierro el libro me pregunto: ¿quién es su autor? ¿Pueden estos hombres, en conjunto, atribuirse la paternidad de este libro? ¿Son ellos realmente los autores de este extenso volumen? ¿Se dividen entre todos ellos el honor? Nuestra santa religión responde: ¡no!

Este volumen es la escritura del Dios viviente: cada letra fue escrita por un dedo Todopoderoso; cada palabra salió de los labios eternos, cada frase fue dictada por el Espíritu Santo. Aunque Moisés fue usado para escribir sus historias con su ardiente pluma, Dios guió esa pluma. Puede ser que David tocara su arpa haciendo que dulces y melodiosos salmos brotasen de sus dedos, pero Dios movía Sus manos sobre las cuerdas vivas de su arpa de oro. Puede ser que Salomón entonara Cantares de amor, o pronunciara palabras de sabiduría consumada, pero Dios dirigió sus labios, e hizo elocuente al Predicador. Si sigo al atronador Nahum cuando sus caballos aran las aguas, o a Habacuc cuando ve las tiendas de Cusán en aflicción; si leo a Malaquías, cuando la tierra está ardiendo como un horno; si paso a la plácida página de Juan, que nos habla del amor, o a los severos y fogosos capítulos de Pedro, que habla del fuego que devora a los enemigos de Dios; o a Judas, que lanza anatemas contra los adversarios de Dios; en todas partes veo que es Dios quien habla.

Es la voz de Dios, no del hombre; las palabras son las palabras de Dios, las palabras del Eterno, del Invisible, del Todopoderoso, del Jehová de esta tierra. Esta Biblia es la Biblia de Dios; y cuando la veo, me parece oír una voz que surge de ella, diciendo: «Soy el libro de Dios; hombre, léeme. Soy la escritura de Dios: abre mis hojas, porque fueron escritas por Dios; léelas, porque Él es mi autor, y Lo podrás ver visible y manifiesto en todas partes.» «Le escribí las grandezas de mi ley.»

¿Cómo sabemos que Dios escribió este libro? No intentaré responder a esta pregunta. Podría hacerlo si quisiera, porque hay razones y argumentos suficientes, pero no pienso robarles su tiempo esta noche exponiendo esos argumentos a la consideración de ustedes. Pero no voy a hacer eso. Si quisiera, les podría decir que la grandeza del estilo está por encima de cualquier escritura mortal, y que todos los poetas que en el mundo han existido, con todas sus obras juntas, no podrían ofrecernos una poesía tan sublime ni un lenguaje tan poderoso como los podemos encontrar en las Escrituras.

Quisiera insistir en que los temas que se tratan en la Biblia están más allá del intelecto humano; que el hombre nunca hubiera podido inventar las grandes doctrinas de una Trinidad en la Deidad; que el hombre nunca hubiera podido decirnos nada de la creación del universo; ningún ser humano hubiera podido ser el autor de la sublime idea de la Providencia; que todas las cosas son ordenadas según la voluntad de un grandioso Ser Supremo, y que todas ellas obran conjuntamente para bien. Podría hablarles acerca de su honestidad, pues relata las fallas de sus escritores; de su unidad, pues nunca se contradice; de su sencillez magistral, para que el más simple pueda leerla. Y podría mencionar cien cosas más que podrían demostrar con claridad que el libro es de Dios. Pero no he venido aquí para hacerlo.

Soy un ministro cristiano, y ustedes son cristianos, o profesan serlo; y ningún ministro cristiano necesita sacar a luz argumentos de los paganos para rebatirlos. Es la insensatez más grande del mundo. Los infieles, pobres criaturas, no conocen sus propios argumentos hasta que nosotros se los decimos, y ellos, juntándolos poco a poco, vuelven a arrojarlos como lanzas sin puntas contra el escudo de la verdad. Es una insensatez sacar estos tizones del fuego del infierno, aun si estamos bien preparados para apagarlos. Dejemos que los hombres del mundo aprendan el error por sí mismos; no seamos propagadores de sus falsedades. Es cierto que hay predicadores que, no contando con los suficientes argumentos, los sacan de cualquier parte; pero los hombres elegidos del propio Dios no necesitan hacer eso; ellos son enseñados por Dios, y Dios les suministra los temas, las palabras y el poder.

Quizás haya alguien hoy que haya venido sin fe, un hombre racionalista, un librepensador. Con ese hombre no voy a discutir. Confieso que no estoy aquí para participar en controversias, sino para predicar lo que conozco y siento. Pero yo también fui como ese hombre. Hubo una mala hora en mi vida, cuando solté el ancla de mi fe; yo corté el cable de mis creencias y, no queriendo estar ya por más tiempo al abrigo de las costas de la revelación, dejé que mi nave anduviera a la deriva, impulsada por el viento. Dije a la razón: «Sé tu mi capitán;» dije a mi propio cerebro: «sé tú mi timón». Y así comencé mi loco viaje. Gracias a Dios ya todo eso terminó. Pero les contaré su breve historia.

Fue una navegación precipitada por el tempestuoso océano del librepensamiento. Conforme avanzaba, los cielos empezaron a oscurecerse; pero, para compensar esa deficiencia, las aguas eran brillantes con fulgores esplendorosos. Yo veía que volaban chispas agradables y pensé: «Si esto es el librepensamiento, es algo maravilloso.» Mis pensamientos parecían gemas y yo esparcía estrellas con mis dos manos; pero pronto, en lugar de aquellos fulgores de gloria, vi horrendos demonios, fieros y terribles, surgiendo de las aguas, y conforme proseguía, ellos rechinaron sus dientes haciendo gestos burlones; se aferraron a la proa de mi barco y me arrastraron. Mientras yo, en parte, me sentía feliz por la velocidad a la que iba, pero sin embargo me estremecía por la rapidez terrífica con la dejaba atrás los viejos pilares de mi fe.

Conforme seguía avanzando a una velocidad espeluznante, comencé a dudar hasta de mi propia existencia; dudaba que el mundo existiera; dudaba que hubiera tal cosa como mi propio yo. Llegué al borde mismo de los dominios sombríos de la incredulidad. Me fui hasta el fondo mismo del mar de la infidelidad. Dudaba de todo. Pero aquí Satanás se engañó a sí mismo, porque la propia extravagancia de las dudas me demostró lo absurdo de ellas. Justo cuando vi el fondo de ese mar, escuché una voz que decía: «¿Acaso esta duda puede ser verdad?» A causa de este pensamiento volví a la realidad. Me desperté de ese sueño de muerte, que, sabe Dios, podría haber condenado mi alma y destruido mi cuerpo, si no hubiese despertado.

Cuando me levanté, la fe tomó el timón; a partir de ese momento ya no dudé. La fe condujo mi barca de regreso, la fe gritaba: «¡Lejos de aquí, lejos de aquí!» Arrojé mi ancla en el Calvario; alcé mis ojos a Dios, y heme aquí vivo y fuera del infierno. Por tanto, yo digo lo que sé. He navegado en ese peligroso viaje; he regresado a puerto sano y salvo. ¡Pídanme que sea otra vez un incrédulo! No, ya lo probé. Fue dulce al principio, pero amargo después. Ahora, atado al Evangelio de Dios más firmemente que nunca, parado sobre una roca más dura que el diamante, desafío los argumentos del infierno a que me muevan, «porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día».

Pero no voy a refutar ni a argumentar esta noche. Ustedes profesan ser hombres cristianos, pues de lo contrario no estarían aquí. Aunque la profesión de ustedes bien puede ser falsa; lo que ustedes dicen ser, puede ser exactamente lo contrario de lo que realmente son. Pero, aun así, yo supongo que todos ustedes admiten que ésta es la Palabra de Dios. Voy a compartir un par de pensamientos al respecto: «Le escribí las grandezas de mi ley.»

Primero, mis amigos, examinen este volumen y admiren su autoridad. Este no es un libro común. No contiene los dichos de los sabios de Grecia, ni los discursos de los filósofos de la antigüedad. Si estas palabras hubieran sido escritas por el hombre, podríamos rechazarlas; pero, ¡oh!, déjenme pensar un pensamiento solemne: que este libro es la letra de Dios, que estas son Sus palabras. Déjenme investigar su antigüedad: está fechado en las colinas del cielo. Permítanme que mire sus letras: lanzan destellos de gloria en mis ojos. Déjenme leer sus capítulos: su significado es grandioso y contienen misterios escondidos. Vayamos a las profecías: están llenas de inefables maravillas. ¡Oh, libro de los libros! ¿Y fuiste tú escrito por mi Dios? Entonces me postro ante ti. Tú, libro de vasta autoridad; tú eres una proclamación del Emperador del Cielo. Lejos esté de mí ejercitar mi razón para contradecirte. ¡Razón!, tu función es considerar y averiguar lo que este volumen quiere decir, y no establecer lo que debería decir.

Vamos, ustedes, mi razón y mi intelecto, siéntense y escuchen, porque estas palabras son las palabras de Dios. Me siento incapaz de extenderme en este pensamiento. ¡Oh, si ustedes pudieran recordar siempre que esta Biblia fue verdadera y realmente escrita por Dios! ¡Oh! si se les hubiera permitido entrar a las cámaras secretas del cielo, y hubieran podido contemplar a Dios cuando tomaba Su pluma y escribía estas letras, entonces con seguridad las respetarían. Pero son efectivamente el manuscrito de Dios, tanto, como si ustedes hubieran visto a Dios escribiéndolas. Esta Biblia es un libro de autoridad, es un libro autorizado, pues lo escribió Dios. Oh, tiemblen, tiemblen, no sea que alguien lo desprecie; observen su autoridad, porque es la Palabra de Dios.

Entonces, puesto que Dios la escribió, notemos su veracidad. Si yo la hubiera escrito, habría críticos gusanos que de inmediato la atropellarían, y la cubrirían con sus larvas malvadas. Si yo la hubiera escrito, no faltarían hombres que la destrozarían de inmediato, y tal vez con mucha razón. Pero esta es la Palabra de Dios. Acérquense ustedes, críticos, y encuéntrenle alguna falla; examínenla desde su Génesis hasta su Apocalipsis, y encuéntrenle un error. Esta es una veta de oro puro sin mezcla de ninguna sustancia terrena. Esta es una estrella sin mancha, un sol de perfección, una luz sin sombra, una luna sin su palidez, una gloria sin penumbra.

¡Oh, Biblia!, no se puede decir de ningún otro libro que sea perfecto y puro; pero nosotros podemos declarar de ti que toda la sabiduría se encuentra encerrada en ti, y no hay ninguna partícula de insensatez. Este el juez que pone fin a toda discusión allí donde la inteligencia y la razón fracasan. Este libro no tiene mancha de error; sino que es puro, sin mezclas, la verdad perfecta. ¿Por qué? Porque Dios lo escribió. ¡Ah! Acusen a Dios de error, si quieren; díganle que Su libro no es lo que debería ser.

He oído de hombres llenos de orgullo y falsa modestia, a quienes les gustaría alterar la Biblia, y (casi me ruborizo al decirlo) he oído a algunos ministros que han alterado la Biblia de Dios, porque le tenían miedo. ¿Nunca han oído decir: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere -¿qué dice la Escritura?- «será condenado»? Pero sucede que esto es algo rudo, por lo tanto ellos dicen: «será desaprobado.» ¡Caballeros!, eliminen el terciopelo de sus bocas, y prediquen la Palabra de Dios; no necesitamos ninguna de sus alteraciones. He escuchado a personas que, orando, en vez de decir: «hacer firme vuestra vocación y elección,» dicen: «hacer firme vuestra vocación y salvación.» Es una lástima que no hubieran nacido cuando Dios moraba en los tiempos remotos, hace mucho, mucho tiempo, para que hubieran podido enseñarle a Dios cómo escribir. ¡Oh, deshonestidad más allá de todo límite! ¡Oh, orgullo desmedido! ¡Tratar de dictar al Sabio de los sabios, de enseñar al Omnisciente y de instruir al Eterno! Es extraño que haya hombres tan viles que usen el cortaplumas de escriba de Joacim para mutilar pasajes de la Palabra, porque tienen mal sabor. Oh, ustedes, que sienten aversión por ciertas porciones de la Santa Escritura, tengan la certeza que su gusto es corrompido y que la voluntad de Dios no se sujeta a la pobre opinión de ustedes. Tu desaprobación es precisamente la razón por la que Dios la escribió; porque no se debe acomodar a ti, ni tienes derecho a ser complacido. Dios escribió lo que a ti no te gusta: escribió la verdad. ¡Oh! postrémonos en reverencia ante ella, pues Dios la inspiró. Es verdad pura. De esta fuente mana aqua vitae «el agua de vida» sin ninguna partícula de tierra; de este sol nacen rayos de esplendor sin sombra alguna. Bendita Biblia; tú eres toda la verdad. Bendita Biblia, tú eres toda verdad.

Antes de dejar este punto, detengámonos a considerar la misericordia de Dios al habernos escrito una Biblia. ¡Ah! Él podía habernos dejado sin ella, que anduviéramos a tientas nuestro camino de tinieblas, como los ciegos palpan buscando la pared. Podía habernos dejado en nuestro extravío, con la estrella de la razón como nuestra única guía. Recuerdo una historia del señor Hume, quien constantemente afirmaba que la luz de la razón es suficiente en abundancia. Estando en casa de un buen ministro de Dios una noche, había estado discutiendo sobre este asunto, manifestando su firme convicción en la suficiencia de la luz de la naturaleza. Al salir, el ministro le ofreció una vela, para que se pudiera alumbrar al bajar las escaleras. Él dijo: «no, la luz de la naturaleza será suficiente; con la luna me bastará.» Pero ocurrió que una nube estaba ocultando a la luna, y cayó escaleras abajo. «¡Ah!», dijo el ministro, «a pesar de todo hubiera sido mejor haber tenido alguna lucecita desde arriba, señor Hume.»

Entonces, aun suponiendo que la luz natural fuera suficiente, sería mejor que tuviéramos un poco de luz desde arriba, y de esta manera estaríamos seguros de estar en lo correcto. Es mejor tener dos luces que una. La luz de la creación es muy brillante. Podemos ver a Dios en las estrellas; su nombre está escrito con letras de oro en el rostro de la noche; pueden descubrir Su gloria en las olas del océano, sí, y en los árboles del campo. Pero es mejor leer en dos libros que en uno. Le encontrarán aquí más claramente revelado, porque Él mismo ha escrito este libro y nos ha dado la clave para entenderlo, si ustedes tienen al Espíritu Santo. Amados hermanos, demos gracias a Dios por esta Biblia. Amémosla y considerémosla más preciosa que el oro más fino.

Una observación más, antes de pasar al segundo punto. Si ésta es la Palabra de Dios, ¿qué será de algunos de ustedes que no la han leído durante todo el último mes? «¿Un mes, dice usted? ¡Yo no la he leído durante todo este último año!» Ay, y muchos de ustedes no la han leído nunca. La mayoría de la gente trata a la Biblia muy cortésmente. Tienen una edición de bolsillo bellamente encuadernada, la envuelven en un pañuelo blanco, y así la llevan al lugar del culto. Cuando regresan a casa la guardan en un cajón hasta el siguiente domingo por la mañana. Entonces, la vuelven a sacar para un paseo, y la llevan a la capilla; todo cuanto la pobre Biblia recibe es este paseo dominical. Ese es su estilo de entretener a este mensajero celestial. Hay suficiente polvo sobre algunas de las Biblias de ustedes como para escribir «condenación» con sus propios dedos. Muchos de ustedes ni siquiera la han hojeado desde hace mucho, mucho, mucho tiempo, y, ¿qué piensan?

Les digo palabras duras, pero son palabras verdaderas. ¿Qué dirá Dios, finalmente? Cuando vayan a su presencia, Él preguntará: «¿Leíste mi Biblia?» «No.» «Te escribí una carta de misericordia, ¿la leíste?» «No.» «¡Rebelde! Te envié una carta invitándote a venir; ¿la leíste alguna vez?» «Señor, nunca rompí el sello: siempre la guardé bien cerrada.» «¡Desdichado!», dice Dios. «entonces, tú mereces el infierno; si te envié una epístola de amor, y ni siquiera quisiste romper el sello, ¿qué haré contigo?» ¡Oh! No permitan que eso les suceda a ustedes. Sean lectores de la Biblia; sean escudriñadores de la Biblia.

II. Nuestro segundo punto es: LOS TEMAS DE LOS QUE TRATA LA BIBLIA. Las palabras del texto son estas: «Le escribí las grandezas de mi ley.» La Biblia habla de grandes cosas y solamente de grandes cosas. No hay nada en esta Biblia que no sea importante. Cada versículo contiene un solemne significado, y si todavía no lo hemos encontrado, esperamos hacerlo. Ustedes han visto a las momias cubiertas de vendas. Bien, la Biblia de Dios es algo parecido; hay numerosos rollos de lino blanco, tejidos en el telar de la verdad; de manera que tendrán que continuar desenvolviendo rollo tras rollo hasta encontrar el verdadero significado de lo que está escondido; y cuando crean haberlo hallado, aun continuarán desentrañando las palabras de este maravilloso volumen por toda la eternidad. No hay nada en la Biblia que no sea grandioso. Permítanme dividir, para ser más breve. Primero todas las cosas en esta Biblia son grandiosas; segundo, algunas cosas son las más grandiosas de todas.

Todas las cosas de la Biblia son grandiosas. Algunas personas piensan que no importa la doctrina que uno crea; que da lo mismo asistir a una iglesia o a otra, que todas las denominaciones son iguales. Hay un ser, la señora Intolerancia, a la que detesto más que a nadie en el mundo, y a la que jamás he hecho ningún cumplido ni he elogiado; pero hay otra persona a la que odio igualmente; se trata del señor Latitudinarismo, individuo bien conocido que ha descubierto que todos somos iguales. Ahora, yo creo que una persona puede ser salva en cualquier iglesia. Algunas han sido salvas en la iglesia de Roma, unos pocos hombres benditos cuyos nombres podría citar aquí. También sé, bendito sea Dios, que grandes multitudes son salvas en la iglesia de Inglaterra; en ella hay una hueste de sinceros y piadosos hombres de oración. Creo que todas las ramas del protestantismo cristiano tienen un remanente según la elección de gracia, y necesitan tener, algunas de ellas, un poco de sal, pues de lo contrario se corromperían. Pero cuando me digo eso, ¿se imaginan que las coloco a todas al mismo nivel? ¿Están todas igualmente en lo cierto? Una dice que el bautismo de infantes es correcto, otras afirman que no es correcto. Algunos dicen que ambas tienen razón, pero yo no lo veo así. Una enseña que somos salvos por la gracia soberana, otra dice que no, sino que es nuestro libre albedrío el que nos salva; con todo, otros dicen que las dos están en lo cierto; yo no lo entiendo así. Una dice que Dios ama a Su pueblo y nunca dejará de amarlo; otra afirma que no amó a Su pueblo antes que ese pueblo Lo amara; que unas veces lo ama y otras deja de amarlo, volviéndole la espalda. Ambas pueden tener razón en lo esencial, pero nunca cuando una dice «Sí» y otra «No». Para verlo así necesitaría unos lentes que me ayudaran a ver hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. No puede ser, señores, que ambas tengan razón, a pesar de que hay quien dice que las diferencias no son esenciales.

Este texto dice: «Le escribí las grandezas de mi ley». No hay nada en la Biblia de Dios que no sea grandioso. ¿Se han detenido a pensar alguna vez cuál es la religión más pura? «¡Oh!», dicen, «nunca nos hemos molestado con eso. Nosotros simplemente vamos donde nuestro padre y nuestra madre fueron.» ¡Ah! Esa es ciertamente una razón muy profunda. Ustedes van donde sus padres fueron. Yo creía que ustedes eran gente sensata, y nunca pensé que se dejaran llevar por otros en vez de por su propia convicción. Yo amo a mis padres sobre todo lo que respira, y el solo hecho de que creyeran que una cosa es verdad, me ayuda a pensar que lo es; pero yo no les he seguido. Pertenezco a una denominación diferente, y doy gracias a Dios por ello. Puedo recibirlos como hermanos y hermanas en Cristo, pero nunca pensé que, porque ellos fueran una cosa, yo tenía que ser lo mismo. Nada de eso. Dios me dio un cerebro y debo utilizarlo; y si ustedes tienen algún intelecto, deben usarlo también.

Nunca digan que no importa. Claro que importa. Todo cuanto Dios ha escrito aquí es de importancia eminente: Él jamás hubiera escrito algo que fuera indiferente. Todo cuanto hay aquí tiene un valor; por lo tanto, escudriñen todos los temas, prueben todo por la Palabra de Dios. No tengo ninguna objeción en que lo que yo predique sea probado por este libro. Denme solamente un auditorio imparcial y ningún favor especial y este libro; y si digo algo contrario a él, voy a retractarme de eso el domingo siguiente. Por esto me mantengo firme o caigo. Busquen y miren, pero nunca digan: «No importa.» Cuando Dios dice algo, siempre es de importancia.

Pero, aunque todas las cosas en la Palabra de Dios son importantes, no todo es importante en la misma medida. Hay ciertas verdades vitales y fundamentales que deben ser creídas, o de lo contrario el hombre no podría ser salvo. Si quieren saber qué es lo que deben creer para ser salvos, encontrarán las grandezas de la ley de Dios entre estas cubiertas; todas están contenidas aquí. Como compendio o resumen de las grandezas de la ley, recuerdo lo que dijo una vez un viejo amigo mío: «¡Ah! Predica las tres «erres» y Dios siempre te bendecirá.» Yo pregunté: «¿qué son las tres ‘erres’?» Y él me respondió: «Ruina, Redención y Regeneración.» Estas tres cosas contienen la esencia y el todo de la teología. «R» de ruina. Todos fuimos arruinados en la caída, todos nos perdimos cuando Adán pecó y todos estamos arruinados por nuestras propias transgresiones; todos estamos arruinado por nuestros corazones perversos, por nuestros malos deseos, y todos estaremos arruinados a menos que la gracia nos salve. Luego está la segunda «R» de redención. Somos redimidos por la sangre de Cristo, un Cordero sin mancha ni contaminación; somos rescatados por Su poder, somos redimidos por Sus méritos, y rescatados por Su fuerza. A continuación tenemos la «R» de regeneración. Si queremos ser perdonados, tenemos también que ser regenerados, porque nadie puede ser partícipe de la redención sin ser regenerado. Podemos ser tan buenos como queramos, y servir a Dios según lo imaginemos, según queramos; pero si no hemos sido regenerados, si no tenemos un corazón nuevo, si no nacemos de nuevo, todavía estamos en la primera «R», esto es en la ruina.

Esto es un pequeño resumen del Evangelio, pero creo que hay otro mejor en los cinco puntos del calvinismo: Elección conforme al conocimiento previo de Dios, la natural depravación y pecaminosidad del hombre, la redención particular por la sangre de Cristo, el llamamiento eficaz por el poder del Espíritu, y la perseverancia final por el poder de Dios. Para ser salvos, debemos creer estos cinco puntos; pero no me gustaría escribir un credo como el de Atanasio, que empieza así: «Todo aquel que quiera ser salvo, deberá creer en primer lugar la fe católica, la cual es ésta»; al llegar a este punto tendría que detenerme porque no sabría cómo continuar. Sostengo la fe católica de la Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia. No me corresponde redactar credos; sino que les suplico que escudriñen las Escrituras, porque ellas son la palabra de vida.

Dios dice: «Le escribí las grandezas de mi ley». ¿Dudan de su grandeza? ¿Creen que no son dignas de la atención de ustedes? Hombre, piensa un momento, ¿dónde te encuentras ahora?

«He aquí, en un estrecho trozo de tierra,
En mitad de dos mares sin límites;
Una pulgada de tiempo, el espacio de un momento,
Puede alojarme en aquel lugar celestial,
O encerrarme en el infierno.»

Recuerdo que una vez estaba yo en la playa, en una estrecha franja de tierra, sin preocuparme que la marea pudiera subir. Las olas lavaban constantemente ambas orillas, y envuelto en mis pensamientos permanecí allí por largo rato. Cuando quise regresar, me encontré ante una dificultad: las olas habían cortado el camino. De la misma manera, todos nosotros caminamos cada día por una estrecha senda, y hay una ola que sube más y más; vean cuán cerca está de sus pies, y otra ola se estrella a cada tictac del reloj: «nuestros corazones, como sordos tambores, están redoblando marchas fúnebres camino de la tumba.» Cada momento que vivimos es un avance hacia la tumba. Pero, este Libro me dice que, si soy convertido, cuando muera me recibirá un cielo de gozo y amor; los ángeles me esperarán con sus brazos abiertos, y yo, llevado por las potentes alas de los querubines, sobrepasaré al rayo, y me remontaré más allá de las estrellas, al trono de Dios, para morar allí para siempre.

«Lejos de un mundo de pecado y dolor,
Moraré allí siempre con Dios.

¡Oh!, esto hace que mis ojos derramen lágrimas tibias, esto hace que mi corazón se vuelva demasiado grande para mi pecho, y mi cerebro gire ante el solo pensamiento de:

«Jerusalén, mi hogar feliz,
Tu nombre es siempre dulce para mí.»

¡Oh!, esa dulce escena más allá de las nubes; dulces campos revestidos de verde vivo y ríos de delicia. ¿No son éstas cosas grandiosas? Pero entonces, pobre alma no regenerada, la Biblia dice que, si tú estás perdido, tú estás perdido para siempre; te dice que si mueres sin Cristo, sin Dios, no hay esperanza para ti; que hay un lugar sin ningún rayo de esperanza, donde leerás grabado con letras de fuego: «conocías tu deber, pero no lo cumpliste». Te dice que serás echado de Su presencia con un: «Apartaos de mí». ¿Acaso no es grandioso todo esto? Sí, señores, tanto como el cielo es deseable y el infierno aborrecible, el tiempo breve y la eternidad infinita, como el alma es preciosa, el dolor debe ser evitado y el cielo debe ser buscado, como Dios es eterno y como Sus palabras son ciertas, estas cosas son grandiosas; son cosas que ustedes deben escuchar.

III. Nuestro último punto es: EL TRATO QUE LA POBRE BIBLIA RECIBE EN ESTE MUNDO. La Biblia está considerada como una cosa extraña. ¿Qué quiere decir que la Biblia sea considerada como una cosa extraña? En primer lugar, quiere decir que es completamente ajena a muchas personas porque nunca la leen. Recuerdo que, en cierta ocasión, yo estaba leyendo la sagrada historia de David y Goliat, y estaba una persona presente, bastante entrada en años, quien me dijo: «¡Dios mío! Qué historia tan interesante; ¿en qué libro está?»

También me viene a la memoria otra persona que, hablando conmigo en privado, yo le hablé acerca de su alma, y ella me dijo cuán profundo era su sentimiento, ya que tenía enormes deseos de servir al Señor, pero encontraba otra ley en sus miembros. Yo abrí la Biblia en Romanos y le leí: «Porque no hago el bien que quiero; sino el mal que no quiero, eso hago.» «¿Está esto en la Biblia?», preguntó ella, «yo no sabía eso.» No la culpé por su falta de interés en la Biblia hasta ese momento, pero me parecía difícil encontrar personas que no supieran absolutamente nada acerca de tal pasaje. ¡Ah! Ustedes saben más acerca de los libros de contabilidad de sus negocios que de la Biblia; más acerca de los diarios de sus vidas que de lo que Dios ha escrito. Muchos de ustedes pueden leer una novela de principio a fin, y, ¿qué provecho sacan de eso? Un bocado de pura espuma al haberla terminado.

Pero no pueden leer la Biblia; este manjar sólido, perdurable, sustancioso y que satisface, permanece sin ser probado, guardado en la alacena del abandono; mientras que todo cuanto escribe el hombre, el plato del día, es devorado con avidez. «Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.» Ustedes nunca la han leído. Tengo esa dura acusación contra ustedes. Tal vez ustedes responden que no debo culparlos por una cosa así; pero siempre pienso que más vale tener una peor opinión de ustedes, que una opinión demasiado buena. Los culpo de esto: ustedes no leen su Biblia. Algunos de ustedes nunca la han leído completa, y su corazón les dice que lo que estoy diciendo es verdad. No sois lectores de la Biblia. Ustedes afirman que tienen una Biblia en la casa: ¿acaso pienso que son tan paganos que no tienen una Biblia en la casa? Pero, ¿cuándo fue la última vez que la leyeron? ¿Cómo saben que los lentes que perdieron hace tres años no están en el mismo cajón que la Biblia? Muchos de ustedes no han leído ni una sola página desde hace mucho tiempo, y Dios podría decirles: «Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.»

Hay otros que leen la Biblia, pero cuando la leen, dicen que es terriblemente árida. Aquel joven que está allá opina que es muy «aburrida»; ésa es la palabra que usa. Él nos cuenta: «mi madre me dijo, cuando vayas a la ciudad, lee un capítulo cada día. Y yo se lo prometí para complacerla. Ojalá no lo hubiera hecho. No leí ningún capítulo ni ayer ni anteayer. Estuve muy ocupado. No pude evitarlo.» Tú no amas la Biblia, ¿verdad? «No, no encuentro en ella nada interesante.» ¡Ah!, eso es lo que yo pensaba también. No hace mucho tiempo yo no podía ver nada en ella. ¿Sabes por qué? Porque los ciegos no pueden ver. Pero cuando el Espíritu tocó las escamas mis ojos, estas se cayeron, y cuando Él pone colirio en los ojos, entonces la Biblia se vuelve preciosa.

Recuerdo a un ministro que fue un día a visitar a una señora ya anciana y se propuso llevarle el consuelo de algunas de las preciosas promesas de la Palabra de Dios. Buscando, encontró en la Biblia de señora, escrito al margen, una «P», y preguntó: «¿Qué significa esto?» «Esto quiere decir preciosa», señor.» Poco más adelante descubrió una «P» y una «E» escritas juntas, y le volvió a preguntar su significado, y ella le respondió: esto, quiere decir ‘probada y experimentada’, porque yo la he probado y la he experimentado». Si ustedes han probado y experimentado la palabra de Dios, si es preciosa para sus almas, entonces ustedes son cristianos; pero esas personas que desprecian la Biblia, «no tienen parte ni suerte en este asunto». Si les parece árida, ustedes estarán áridos al fin en el infierno. Si no la estiman como algo mejor que su alimento diario necesario, no hay ninguna esperanza para ustedes, porque carecen de la evidencia más grande de su cristianismo.

Pero, ¡ay!, ¡ay!, lo peor está por venir. Hay personas que odian la Biblia, y también la desprecian. ¿Acaso tenemos algunas de esas personas aquí? Algunos se habrán dicho: «vayamos y oigamos lo que tiene que decirnos ese joven predicador.» Pues bien, esto es lo que tiene que decirles: «Mirad, oh menospreciadores, y asombraos, y desapareced.» Esto es lo que tiene que decirles: «los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios.» Y también tiene que decirles esto: «en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias.» Pero más aún, les dice hoy que si quieren ser salvos, deben encontrar la salvación aquí.

Por lo tanto, no menosprecien la Biblia: escudríñenla, léanla, vengan a ella. Ten la seguridad, oh burlador, que tus carcajadas no pueden alterar la verdad, ni tus burlas te pueden librar de la condenación inevitable. Aunque en tu dureza hicieras un pacto con la muerte y firmaras un tratado con el infierno, aun así, la veloz justicia te alcanzará, y la poderosa venganza te derribará. En vano te burlas y te mofas, pues las verdades eternas son más poderosas que todos tus sofismas; tus ingeniosos dichos no pueden alterar la verdad divina de una sola palabra de este volumen de Revelación.

¡Oh! ¿Por qué altercan con su mejor amigo y maltratan su único refugio? Aun hay esperanza para el burlador. Esperanza en las venas del Salvador. Esperanza en la misericordia del Padre. Esperanza en la obra omnipotente del Espíritu Santo.v Una palabra más y terminaré. Mi amigo, el filósofo, dice que está muy bien que yo exhorte a la gente a leer la Biblia; pero que hay otras muchas ciencias grandiosas más interesantes y útiles que la teología. Muy agradecido, señor, por su opinión. ¿A qué ciencia se refiere usted? ¿A la ciencia de disecar escarabajos y coleccionar mariposas? «No, ciertamente no es a ésa.» ¿A la ciencia de analizar las rocas y de tomar muestras de la tierra y hablarnos de sus diferentes estratos? «No, tampoco a esa precisamente.» ¿A qué ciencia, pues? Él me responde: «todas las ciencias en general son más importantes que la Biblia.» ¡Ah!, señor, ésa es su opinión, y habla de esa manera porque está lejos de Dios. Pues la ciencia de Jesucristo es la más excelente de las ciencias. Que nadie deje la Biblia porque no es un libro culto y de sabiduría. Lo es. ¿Quisieran saber de astronomía? Está aquí: Ella habla del Sol de Justicia y de la Estrella de Belén. ¿Quieren saber de botánica? Está aquí: Ella habla de unas plantas de renombre: el Lirio de los Valles y la Rosa de Sarón. ¿Quieren saber de geología y mineralogía? Pueden aprender eso en la Biblia: pueden leer acerca de la Roca de los Siglos y de la Piedrecita Blanca con un nombre nuevo grabado, el cual ninguno conoce, sino aquel que lo recibe. ¿Quieren estudiar historia? Aquí están los anales más antiguos del género humano. Cualquiera que sea la ciencia de que se trate, vengan y búsquenla en este libro. Esa ciencia está aquí. Vengan, y beban de esta hermosa fuente del conocimiento y de la sabiduría, y descubrirán que serán hechos sabios para salvación. Sabios e ignorantes, niños y hombres, caballeros de cabellos blancos, jóvenes y muchachas, a ustedes les hablo, les pido y les suplico: respeten la Biblia y escudríñenla, porque a ustedes les parece que en ella tienen la vida eterna, y ella es la que da testimonio de Cristo.

He terminado. Vayamos a casa y pongamos en práctica cuanto hemos oído. Conozco a una señora que, cuando se le preguntó sobre lo que recordaba del sermón del pastor, dijo: «No recuerdo nada del mismo. Tenía que ver con pesas falsas y medidas fraudulentas, y yo no recordé nada excepto que cuando llegué a casa tenía que quemar mis medidas de grano.» Así que si recuerdan cuando lleguen a sus casas quemar sus medidas, si recuerdan cuando lleguen a sus casas leer la Biblia, yo habré dicho lo suficiente. Quiera Dios, en Su infinita misericordia, cuando lean la Biblia, poner en sus almas los rayos iluminadores del Sol de Justicia, por la obra del siempre adorable Espíritu; de este modo, todo cuanto lean será de provecho y para salvación.

Podemos decir de la Biblia que es:

«¡Es el escaparate del consejo revelado!
En donde la felicidad y el dolor están colocados de tal manera
Que todo hombre sabe qué le corresponderá
Si interpreta todo correctamente.

Es el índice de la eternidad
No podrá de dejar de recibir la eterna felicidad
Quien se guíe por este mapa,
Ni puede equivocarse quien hable por él.

Es el libro de Dios. Quiero decir
El Dios de los libros, y pido que el que mire
Con enojo esa expresión, como demasiado aventurada,
Ahogue sus pensamientos en silencio, hasta encontrar otra.»

La Biblia

El Púlpito de la Capilla New Park Street

La Biblia

Sermón predicado la Noche del Domingo 18 de Marzo, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En Exeter Hall, Strand, Londres.

“Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.” — Oseas 8:12.

 

Esta es la queja de Dios en contra de Efraín. No es una insignificante prueba de Su bondad, que Él se incline para reprender a Sus criaturas descarriadas; es una grandiosa evidencia de Su disposición llena de gracia, que incline Su cabeza para observar los asuntos de la tierra. Si Él quisiera, podría envolverse con la noche como si fuese un vestido; podría poner las estrellas alrededor de Su mano como si fueran un brazalete y ceñir los soles alrededor de Su frente como una diadema; puede morar solo, lejos, muy por encima de este mundo, arriba en el séptimo cielo, y contemplar con calma y silenciosa indiferencia todas las actividades de las criaturas.

Podría hacer como Júpiter que, según creían los paganos, se sentaba en perpetuo silencio, haciendo señas a veces con su terrible cabeza, para hacer que las Parcas hicieran lo que le placiera, pero ignorando las cosas pequeñas de esta tierra, y considerándolas indignas de llamar su atención; absorto en su propio ser, absorto en Sí mismo, viviendo solo y apartado. Y yo, como una de Sus criaturas, podría ascender a la cumbre de una montaña y mirar a las estrellas silenciosas, y decirles: «Ustedes son los ojos de Dios, pero ustedes no me miran a mí; la luz de ustedes es un don de Su omnipotencia, pero esos rayos no son sonrisas de amor para mí. Dios, el poderoso Creador, me ha olvidado; soy una gota despreciable en el océano de la creación, una hoja seca en el bosque de los seres vivientes, un átomo en la montaña de la existencia. Él no me conoce, estoy solo, solo.»

Pero no es así, amados. Nuestro Dios es de un orden diferente. Él nos observa a cada uno de nosotros. No existe ni un gorrión ni un gusano que no se encuentre en Sus decretos. No hay una persona sobre la que no se posen Sus ojos. Nuestros actos más secretos les son conocidos. Cualquier cosa que hagamos, que soportemos o que suframos, el ojo de Dios siempre descansa sobre nosotros y Su sonrisa nos cubre, pues somos Su pueblo; o Su enojo nos envuelve, pues nos hemos apartado de Él.

¡Oh! Dios es diez mil veces misericordioso, pues contemplando a la raza del hombre, no la arranca de la existencia con una sonrisa. Vemos por nuestro texto que Dios se interesa por el hombre, por cuanto dice a Efraín: «Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.» Pero vean cómo cuando observa el pecado del hombre no lo destroza ni lo rechaza a puntapiés, ni tampoco lo sacude por el cuello sobre el golfo del infierno hasta hacer tambalear su cerebro por el terror, para, finalmente, arrojarle en él para siempre; por el contrario, Dios desciende del cielo para argumentar con sus criaturas, discute con ellas, se rebaja, por así decirlo, al mismo nivel del pecador, le expone sus quejas y define sus derechos. ¡Oh! Efraín, te he escrito las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.

Vengo esta noche como enviado de Dios, amigos míos, para tratar con ustedes como embajador de Dios; para acusar de pecado a muchos de ustedes; para hacerles ver su condición, con el poder del Espíritu; para convencerlos de pecado, de justicia y de un juicio venidero. El crimen del que los acuso es el pecado que leemos en este texto. Dios les ha escrito las grandezas de Su ley, y fueron tenidas por cosa extraña. Es precisamente sobre este bendito libro, la Biblia, que pretendo hablar el día de hoy. Aquí está mi texto: esta es Palabra de Dios. Aquí está el tema de mi sermón, un tema que demanda más elocuencia de la que poseo; un asunto sobre el que podrían hablar miles de oradores a la vez; un tema poderoso, amplio y un inagotable asunto que, aun consumiendo toda la elocuencia que hubiera hasta la eternidad, no quedaría agotado.

Hoy tengo que decir tres cosas acerca de la Biblia, y las tres se encuentran en mi texto. Primero, Su autor: «Le escribí»; segundo, sus temas: Las grandezas de la ley de Dios; y tercero, su tratamiento generalizado: fueron tenidas por la mayoría de los hombres por cosa extraña.

I. Primero, entonces, en lo relativo a este libro, ¿quién es EL AUTOR? El texto nos dice que es Dios. «Le escribí las grandezas de mi ley.» Aquí está mi Biblia, ¿quién la escribió? La abro y observo que se compone de una serie de tratados. Los primeros cinco libros fueron escritos por un hombre llamado Moisés. Paso las páginas y veo que hay otros escritores tales como David, y Salomón. Aquí leo a Miqueas, luego a Amós, luego a Oseas. Prosigo hacia adelante y llego a las luminosas páginas del Nuevo Testamento, y veo a Mateo, Marcos, Lucas y Juan; Pablo, Pedro, Santiago y otros; pero cuando cierro el libro me pregunto: ¿quién es su autor? ¿Pueden estos hombres, en conjunto, atribuirse la paternidad de este libro? ¿Son ellos realmente los autores de este extenso volumen? ¿Se dividen entre todos ellos el honor? Nuestra santa religión responde: ¡no!

Este volumen es la escritura del Dios viviente: cada letra fue escrita por un dedo Todopoderoso; cada palabra salió de los labios eternos, cada frase fue dictada por el Espíritu Santo. Aunque Moisés fue usado para escribir sus historias con su ardiente pluma, Dios guió esa pluma. Puede ser que David tocara su arpa haciendo que dulces y melodiosos salmos brotasen de sus dedos, pero Dios movía Sus manos sobre las cuerdas vivas de su arpa de oro. Puede ser que Salomón entonara Cantares de amor, o pronunciara palabras de sabiduría consumada, pero Dios dirigió sus labios, e hizo elocuente al Predicador. Si sigo al atronador Nahum cuando sus caballos aran las aguas, o a Habacuc cuando ve las tiendas de Cusán en aflicción; si leo a Malaquías, cuando la tierra está ardiendo como un horno; si paso a la plácida página de Juan, que nos habla del amor, o a los severos y fogosos capítulos de Pedro, que habla del fuego que devora a los enemigos de Dios; o a Judas, que lanza anatemas contra los adversarios de Dios; en todas partes veo que es Dios quien habla.

Es la voz de Dios, no del hombre; las palabras son las palabras de Dios, las palabras del Eterno, del Invisible, del Todopoderoso, del Jehová de esta tierra. Esta Biblia es la Biblia de Dios; y cuando la veo, me parece oír una voz que surge de ella, diciendo: «Soy el libro de Dios; hombre, léeme. Soy la escritura de Dios: abre mis hojas, porque fueron escritas por Dios; léelas, porque Él es mi autor, y Lo podrás ver visible y manifiesto en todas partes.» «Le escribí las grandezas de mi ley.»

¿Cómo sabemos que Dios escribió este libro? No intentaré responder a esta pregunta. Podría hacerlo si quisiera, porque hay razones y argumentos suficientes, pero no pienso robarles su tiempo esta noche exponiendo esos argumentos a la consideración de ustedes. Pero no voy a hacer eso. Si quisiera, les podría decir que la grandeza del estilo está por encima de cualquier escritura mortal, y que todos los poetas que en el mundo han existido, con todas sus obras juntas, no podrían ofrecernos una poesía tan sublime ni un lenguaje tan poderoso como los podemos encontrar en las Escrituras.

Quisiera insistir en que los temas que se tratan en la Biblia están más allá del intelecto humano; que el hombre nunca hubiera podido inventar las grandes doctrinas de una Trinidad en la Deidad; que el hombre nunca hubiera podido decirnos nada de la creación del universo; ningún ser humano hubiera podido ser el autor de la sublime idea de la Providencia; que todas las cosas son ordenadas según la voluntad de un grandioso Ser Supremo, y que todas ellas obran conjuntamente para bien. Podría hablarles acerca de su honestidad, pues relata las fallas de sus escritores; de su unidad, pues nunca se contradice; de su sencillez magistral, para que el más simple pueda leerla. Y podría mencionar cien cosas más que podrían demostrar con claridad que el libro es de Dios. Pero no he venido aquí para hacerlo.

Soy un ministro cristiano, y ustedes son cristianos, o profesan serlo; y ningún ministro cristiano necesita sacar a luz argumentos de los paganos para rebatirlos. Es la insensatez más grande del mundo. Los infieles, pobres criaturas, no conocen sus propios argumentos hasta que nosotros se los decimos, y ellos, juntándolos poco a poco, vuelven a arrojarlos como lanzas sin puntas contra el escudo de la verdad. Es una insensatez sacar estos tizones del fuego del infierno, aun si estamos bien preparados para apagarlos. Dejemos que los hombres del mundo aprendan el error por sí mismos; no seamos propagadores de sus falsedades. Es cierto que hay predicadores que, no contando con los suficientes argumentos, los sacan de cualquier parte; pero los hombres elegidos del propio Dios no necesitan hacer eso; ellos son enseñados por Dios, y Dios les suministra los temas, las palabras y el poder.

Quizás haya alguien hoy que haya venido sin fe, un hombre racionalista, un librepensador. Con ese hombre no voy a discutir. Confieso que no estoy aquí para participar en controversias, sino para predicar lo que conozco y siento. Pero yo también fui como ese hombre. Hubo una mala hora en mi vida, cuando solté el ancla de mi fe; yo corté el cable de mis creencias y, no queriendo estar ya por más tiempo al abrigo de las costas de la revelación, dejé que mi nave anduviera a la deriva, impulsada por el viento. Dije a la razón: «Sé tu mi capitán;» dije a mi propio cerebro: «sé tú mi timón». Y así comencé mi loco viaje. Gracias a Dios ya todo eso terminó. Pero les contaré su breve historia.

Fue una navegación precipitada por el tempestuoso océano del librepensamiento. Conforme avanzaba, los cielos empezaron a oscurecerse; pero, para compensar esa deficiencia, las aguas eran brillantes con fulgores esplendorosos. Yo veía que volaban chispas agradables y pensé: «Si esto es el librepensamiento, es algo maravilloso.» Mis pensamientos parecían gemas y yo esparcía estrellas con mis dos manos; pero pronto, en lugar de aquellos fulgores de gloria, vi horrendos demonios, fieros y terribles, surgiendo de las aguas, y conforme proseguía, ellos rechinaron sus dientes haciendo gestos burlones; se aferraron a la proa de mi barco y me arrastraron. Mientras yo, en parte, me sentía feliz por la velocidad a la que iba, pero sin embargo me estremecía por la rapidez terrífica con la dejaba atrás los viejos pilares de mi fe.

Conforme seguía avanzando a una velocidad espeluznante, comencé a dudar hasta de mi propia existencia; dudaba que el mundo existiera; dudaba que hubiera tal cosa como mi propio yo. Llegué al borde mismo de los dominios sombríos de la incredulidad. Me fui hasta el fondo mismo del mar de la infidelidad. Dudaba de todo. Pero aquí Satanás se engañó a sí mismo, porque la propia extravagancia de las dudas me demostró lo absurdo de ellas. Justo cuando vi el fondo de ese mar, escuché una voz que decía: «¿Acaso esta duda puede ser verdad?» A causa de este pensamiento volví a la realidad. Me desperté de ese sueño de muerte, que, sabe Dios, podría haber condenado mi alma y destruido mi cuerpo, si no hubiese despertado.

Cuando me levanté, la fe tomó el timón; a partir de ese momento ya no dudé. La fe condujo mi barca de regreso, la fe gritaba: «¡Lejos de aquí, lejos de aquí!» Arrojé mi ancla en el Calvario; alcé mis ojos a Dios, y heme aquí vivo y fuera del infierno. Por tanto, yo digo lo que sé. He navegado en ese peligroso viaje; he regresado a puerto sano y salvo. ¡Pídanme que sea otra vez un incrédulo! No, ya lo probé. Fue dulce al principio, pero amargo después. Ahora, atado al Evangelio de Dios más firmemente que nunca, parado sobre una roca más dura que el diamante, desafío los argumentos del infierno a que me muevan, «porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día».

Pero no voy a refutar ni a argumentar esta noche. Ustedes profesan ser hombres cristianos, pues de lo contrario no estarían aquí. Aunque la profesión de ustedes bien puede ser falsa; lo que ustedes dicen ser, puede ser exactamente lo contrario de lo que realmente son. Pero, aun así, yo supongo que todos ustedes admiten que ésta es la Palabra de Dios. Voy a compartir un par de pensamientos al respecto: «Le escribí las grandezas de mi ley.»

Primero, mis amigos, examinen este volumen y admiren su autoridad. Este no es un libro común. No contiene los dichos de los sabios de Grecia, ni los discursos de los filósofos de la antigüedad. Si estas palabras hubieran sido escritas por el hombre, podríamos rechazarlas; pero, ¡oh!, déjenme pensar un pensamiento solemne: que este libro es la letra de Dios, que estas son Sus palabras. Déjenme investigar su antigüedad: está fechado en las colinas del cielo. Permítanme que mire sus letras: lanzan destellos de gloria en mis ojos. Déjenme leer sus capítulos: su significado es grandioso y contienen misterios escondidos. Vayamos a las profecías: están llenas de inefables maravillas. ¡Oh, libro de los libros! ¿Y fuiste tú escrito por mi Dios? Entonces me postro ante ti. Tú, libro de vasta autoridad; tú eres una proclamación del Emperador del Cielo. Lejos esté de mí ejercitar mi razón para contradecirte. ¡Razón!, tu función es considerar y averiguar lo que este volumen quiere decir, y no establecer lo que debería decir.

Vamos, ustedes, mi razón y mi intelecto, siéntense y escuchen, porque estas palabras son las palabras de Dios. Me siento incapaz de extenderme en este pensamiento. ¡Oh, si ustedes pudieran recordar siempre que esta Biblia fue verdadera y realmente escrita por Dios! ¡Oh! si se les hubiera permitido entrar a las cámaras secretas del cielo, y hubieran podido contemplar a Dios cuando tomaba Su pluma y escribía estas letras, entonces con seguridad las respetarían. Pero son efectivamente el manuscrito de Dios, tanto, como si ustedes hubieran visto a Dios escribiéndolas. Esta Biblia es un libro de autoridad, es un libro autorizado, pues lo escribió Dios. Oh, tiemblen, tiemblen, no sea que alguien lo desprecie; observen su autoridad, porque es la Palabra de Dios.

Entonces, puesto que Dios la escribió, notemos su veracidad. Si yo la hubiera escrito, habría críticos gusanos que de inmediato la atropellarían, y la cubrirían con sus larvas malvadas. Si yo la hubiera escrito, no faltarían hombres que la destrozarían de inmediato, y tal vez con mucha razón. Pero esta es la Palabra de Dios. Acérquense ustedes, críticos, y encuéntrenle alguna falla; examínenla desde su Génesis hasta su Apocalipsis, y encuéntrenle un error. Esta es una veta de oro puro sin mezcla de ninguna sustancia terrena. Esta es una estrella sin mancha, un sol de perfección, una luz sin sombra, una luna sin su palidez, una gloria sin penumbra.

¡Oh, Biblia!, no se puede decir de ningún otro libro que sea perfecto y puro; pero nosotros podemos declarar de ti que toda la sabiduría se encuentra encerrada en ti, y no hay ninguna partícula de insensatez. Este el juez que pone fin a toda discusión allí donde la inteligencia y la razón fracasan. Este libro no tiene mancha de error; sino que es puro, sin mezclas, la verdad perfecta. ¿Por qué? Porque Dios lo escribió. ¡Ah! Acusen a Dios de error, si quieren; díganle que Su libro no es lo que debería ser.

He oído de hombres llenos de orgullo y falsa modestia, a quienes les gustaría alterar la Biblia, y (casi me ruborizo al decirlo) he oído a algunos ministros que han alterado la Biblia de Dios, porque le tenían miedo. ¿Nunca han oído decir: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere -¿qué dice la Escritura?- «será condenado»? Pero sucede que esto es algo rudo, por lo tanto ellos dicen: «será desaprobado.» ¡Caballeros!, eliminen el terciopelo de sus bocas, y prediquen la Palabra de Dios; no necesitamos ninguna de sus alteraciones. He escuchado a personas que, orando, en vez de decir: «hacer firme vuestra vocación y elección,» dicen: «hacer firme vuestra vocación y salvación.» Es una lástima que no hubieran nacido cuando Dios moraba en los tiempos remotos, hace mucho, mucho tiempo, para que hubieran podido enseñarle a Dios cómo escribir. ¡Oh, deshonestidad más allá de todo límite! ¡Oh, orgullo desmedido! ¡Tratar de dictar al Sabio de los sabios, de enseñar al Omnisciente y de instruir al Eterno! Es extraño que haya hombres tan viles que usen el cortaplumas de escriba de Joacim para mutilar pasajes de la Palabra, porque tienen mal sabor. Oh, ustedes, que sienten aversión por ciertas porciones de la Santa Escritura, tengan la certeza que su gusto es corrompido y que la voluntad de Dios no se sujeta a la pobre opinión de ustedes. Tu desaprobación es precisamente la razón por la que Dios la escribió; porque no se debe acomodar a ti, ni tienes derecho a ser complacido. Dios escribió lo que a ti no te gusta: escribió la verdad. ¡Oh! postrémonos en reverencia ante ella, pues Dios la inspiró. Es verdad pura. De esta fuente mana aqua vitae «el agua de vida» sin ninguna partícula de tierra; de este sol nacen rayos de esplendor sin sombra alguna. Bendita Biblia; tú eres toda la verdad. Bendita Biblia, tú eres toda verdad.

Antes de dejar este punto, detengámonos a considerar la misericordia de Dios al habernos escrito una Biblia. ¡Ah! Él podía habernos dejado sin ella, que anduviéramos a tientas nuestro camino de tinieblas, como los ciegos palpan buscando la pared. Podía habernos dejado en nuestro extravío, con la estrella de la razón como nuestra única guía. Recuerdo una historia del señor Hume, quien constantemente afirmaba que la luz de la razón es suficiente en abundancia. Estando en casa de un buen ministro de Dios una noche, había estado discutiendo sobre este asunto, manifestando su firme convicción en la suficiencia de la luz de la naturaleza. Al salir, el ministro le ofreció una vela, para que se pudiera alumbrar al bajar las escaleras. Él dijo: «no, la luz de la naturaleza será suficiente; con la luna me bastará.» Pero ocurrió que una nube estaba ocultando a la luna, y cayó escaleras abajo. «¡Ah!», dijo el ministro, «a pesar de todo hubiera sido mejor haber tenido alguna lucecita desde arriba, señor Hume.»

Entonces, aun suponiendo que la luz natural fuera suficiente, sería mejor que tuviéramos un poco de luz desde arriba, y de esta manera estaríamos seguros de estar en lo correcto. Es mejor tener dos luces que una. La luz de la creación es muy brillante. Podemos ver a Dios en las estrellas; su nombre está escrito con letras de oro en el rostro de la noche; pueden descubrir Su gloria en las olas del océano, sí, y en los árboles del campo. Pero es mejor leer en dos libros que en uno. Le encontrarán aquí más claramente revelado, porque Él mismo ha escrito este libro y nos ha dado la clave para entenderlo, si ustedes tienen al Espíritu Santo. Amados hermanos, demos gracias a Dios por esta Biblia. Amémosla y considerémosla más preciosa que el oro más fino.

Una observación más, antes de pasar al segundo punto. Si ésta es la Palabra de Dios, ¿qué será de algunos de ustedes que no la han leído durante todo el último mes? «¿Un mes, dice usted? ¡Yo no la he leído durante todo este último año!» Ay, y muchos de ustedes no la han leído nunca. La mayoría de la gente trata a la Biblia muy cortésmente. Tienen una edición de bolsillo bellamente encuadernada, la envuelven en un pañuelo blanco, y así la llevan al lugar del culto. Cuando regresan a casa la guardan en un cajón hasta el siguiente domingo por la mañana. Entonces, la vuelven a sacar para un paseo, y la llevan a la capilla; todo cuanto la pobre Biblia recibe es este paseo dominical. Ese es su estilo de entretener a este mensajero celestial. Hay suficiente polvo sobre algunas de las Biblias de ustedes como para escribir «condenación» con sus propios dedos. Muchos de ustedes ni siquiera la han hojeado desde hace mucho, mucho, mucho tiempo, y, ¿qué piensan?

Les digo palabras duras, pero son palabras verdaderas. ¿Qué dirá Dios, finalmente? Cuando vayan a su presencia, Él preguntará: «¿Leíste mi Biblia?» «No.» «Te escribí una carta de misericordia, ¿la leíste?» «No.» «¡Rebelde! Te envié una carta invitándote a venir; ¿la leíste alguna vez?» «Señor, nunca rompí el sello: siempre la guardé bien cerrada.» «¡Desdichado!», dice Dios. «entonces, tú mereces el infierno; si te envié una epístola de amor, y ni siquiera quisiste romper el sello, ¿qué haré contigo?» ¡Oh! No permitan que eso les suceda a ustedes. Sean lectores de la Biblia; sean escudriñadores de la Biblia.

II. Nuestro segundo punto es: LOS TEMAS DE LOS QUE TRATA LA BIBLIA. Las palabras del texto son estas: «Le escribí las grandezas de mi ley.» La Biblia habla de grandes cosas y solamente de grandes cosas. No hay nada en esta Biblia que no sea importante. Cada versículo contiene un solemne significado, y si todavía no lo hemos encontrado, esperamos hacerlo. Ustedes han visto a las momias cubiertas de vendas. Bien, la Biblia de Dios es algo parecido; hay numerosos rollos de lino blanco, tejidos en el telar de la verdad; de manera que tendrán que continuar desenvolviendo rollo tras rollo hasta encontrar el verdadero significado de lo que está escondido; y cuando crean haberlo hallado, aun continuarán desentrañando las palabras de este maravilloso volumen por toda la eternidad. No hay nada en la Biblia que no sea grandioso. Permítanme dividir, para ser más breve. Primero todas las cosas en esta Biblia son grandiosas; segundo, algunas cosas son las más grandiosas de todas.

Todas las cosas de la Biblia son grandiosas. Algunas personas piensan que no importa la doctrina que uno crea; que da lo mismo asistir a una iglesia o a otra, que todas las denominaciones son iguales. Hay un ser, la señora Intolerancia, a la que detesto más que a nadie en el mundo, y a la que jamás he hecho ningún cumplido ni he elogiado; pero hay otra persona a la que odio igualmente; se trata del señor Latitudinarismo, individuo bien conocido que ha descubierto que todos somos iguales. Ahora, yo creo que una persona puede ser salva en cualquier iglesia. Algunas han sido salvas en la iglesia de Roma, unos pocos hombres benditos cuyos nombres podría citar aquí. También sé, bendito sea Dios, que grandes multitudes son salvas en la iglesia de Inglaterra; en ella hay una hueste de sinceros y piadosos hombres de oración. Creo que todas las ramas del protestantismo cristiano tienen un remanente según la elección de gracia, y necesitan tener, algunas de ellas, un poco de sal, pues de lo contrario se corromperían. Pero cuando me digo eso, ¿se imaginan que las coloco a todas al mismo nivel? ¿Están todas igualmente en lo cierto? Una dice que el bautismo de infantes es correcto, otras afirman que no es correcto. Algunos dicen que ambas tienen razón, pero yo no lo veo así. Una enseña que somos salvos por la gracia soberana, otra dice que no, sino que es nuestro libre albedrío el que nos salva; con todo, otros dicen que las dos están en lo cierto; yo no lo entiendo así. Una dice que Dios ama a Su pueblo y nunca dejará de amarlo; otra afirma que no amó a Su pueblo antes que ese pueblo Lo amara; que unas veces lo ama y otras deja de amarlo, volviéndole la espalda. Ambas pueden tener razón en lo esencial, pero nunca cuando una dice «Sí» y otra «No». Para verlo así necesitaría unos lentes que me ayudaran a ver hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. No puede ser, señores, que ambas tengan razón, a pesar de que hay quien dice que las diferencias no son esenciales.

Este texto dice: «Le escribí las grandezas de mi ley». No hay nada en la Biblia de Dios que no sea grandioso. ¿Se han detenido a pensar alguna vez cuál es la religión más pura? «¡Oh!», dicen, «nunca nos hemos molestado con eso. Nosotros simplemente vamos donde nuestro padre y nuestra madre fueron.» ¡Ah! Esa es ciertamente una razón muy profunda. Ustedes van donde sus padres fueron. Yo creía que ustedes eran gente sensata, y nunca pensé que se dejaran llevar por otros en vez de por su propia convicción. Yo amo a mis padres sobre todo lo que respira, y el solo hecho de que creyeran que una cosa es verdad, me ayuda a pensar que lo es; pero yo no les he seguido. Pertenezco a una denominación diferente, y doy gracias a Dios por ello. Puedo recibirlos como hermanos y hermanas en Cristo, pero nunca pensé que, porque ellos fueran una cosa, yo tenía que ser lo mismo. Nada de eso. Dios me dio un cerebro y debo utilizarlo; y si ustedes tienen algún intelecto, deben usarlo también.

Nunca digan que no importa. Claro que importa. Todo cuanto Dios ha escrito aquí es de importancia eminente: Él jamás hubiera escrito algo que fuera indiferente. Todo cuanto hay aquí tiene un valor; por lo tanto, escudriñen todos los temas, prueben todo por la Palabra de Dios. No tengo ninguna objeción en que lo que yo predique sea probado por este libro. Denme solamente un auditorio imparcial y ningún favor especial y este libro; y si digo algo contrario a él, voy a retractarme de eso el domingo siguiente. Por esto me mantengo firme o caigo. Busquen y miren, pero nunca digan: «No importa.» Cuando Dios dice algo, siempre es de importancia.

Pero, aunque todas las cosas en la Palabra de Dios son importantes, no todo es importante en la misma medida. Hay ciertas verdades vitales y fundamentales que deben ser creídas, o de lo contrario el hombre no podría ser salvo. Si quieren saber qué es lo que deben creer para ser salvos, encontrarán las grandezas de la ley de Dios entre estas cubiertas; todas están contenidas aquí. Como compendio o resumen de las grandezas de la ley, recuerdo lo que dijo una vez un viejo amigo mío: «¡Ah! Predica las tres «erres» y Dios siempre te bendecirá.» Yo pregunté: «¿qué son las tres ‘erres’?» Y él me respondió: «Ruina, Redención y Regeneración.» Estas tres cosas contienen la esencia y el todo de la teología. «R» de ruina. Todos fuimos arruinados en la caída, todos nos perdimos cuando Adán pecó y todos estamos arruinados por nuestras propias transgresiones; todos estamos arruinado por nuestros corazones perversos, por nuestros malos deseos, y todos estaremos arruinados a menos que la gracia nos salve. Luego está la segunda «R» de redención. Somos redimidos por la sangre de Cristo, un Cordero sin mancha ni contaminación; somos rescatados por Su poder, somos redimidos por Sus méritos, y rescatados por Su fuerza. A continuación tenemos la «R» de regeneración. Si queremos ser perdonados, tenemos también que ser regenerados, porque nadie puede ser partícipe de la redención sin ser regenerado. Podemos ser tan buenos como queramos, y servir a Dios según lo imaginemos, según queramos; pero si no hemos sido regenerados, si no tenemos un corazón nuevo, si no nacemos de nuevo, todavía estamos en la primera «R», esto es en la ruina.

Esto es un pequeño resumen del Evangelio, pero creo que hay otro mejor en los cinco puntos del calvinismo: Elección conforme al conocimiento previo de Dios, la natural depravación y pecaminosidad del hombre, la redención particular por la sangre de Cristo, el llamamiento eficaz por el poder del Espíritu, y la perseverancia final por el poder de Dios. Para ser salvos, debemos creer estos cinco puntos; pero no me gustaría escribir un credo como el de Atanasio, que empieza así: «Todo aquel que quiera ser salvo, deberá creer en primer lugar la fe católica, la cual es ésta»; al llegar a este punto tendría que detenerme porque no sabría cómo continuar. Sostengo la fe católica de la Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia. No me corresponde redactar credos; sino que les suplico que escudriñen las Escrituras, porque ellas son la palabra de vida.

Dios dice: «Le escribí las grandezas de mi ley». ¿Dudan de su grandeza? ¿Creen que no son dignas de la atención de ustedes? Hombre, piensa un momento, ¿dónde te encuentras ahora?

«He aquí, en un estrecho trozo de tierra,
En mitad de dos mares sin límites;
Una pulgada de tiempo, el espacio de un momento,
Puede alojarme en aquel lugar celestial,
O encerrarme en el infierno.»

Recuerdo que una vez estaba yo en la playa, en una estrecha franja de tierra, sin preocuparme que la marea pudiera subir. Las olas lavaban constantemente ambas orillas, y envuelto en mis pensamientos permanecí allí por largo rato. Cuando quise regresar, me encontré ante una dificultad: las olas habían cortado el camino. De la misma manera, todos nosotros caminamos cada día por una estrecha senda, y hay una ola que sube más y más; vean cuán cerca está de sus pies, y otra ola se estrella a cada tictac del reloj: «nuestros corazones, como sordos tambores, están redoblando marchas fúnebres camino de la tumba.» Cada momento que vivimos es un avance hacia la tumba. Pero, este Libro me dice que, si soy convertido, cuando muera me recibirá un cielo de gozo y amor; los ángeles me esperarán con sus brazos abiertos, y yo, llevado por las potentes alas de los querubines, sobrepasaré al rayo, y me remontaré más allá de las estrellas, al trono de Dios, para morar allí para siempre.

«Lejos de un mundo de pecado y dolor,
Moraré allí siempre con Dios.

¡Oh!, esto hace que mis ojos derramen lágrimas tibias, esto hace que mi corazón se vuelva demasiado grande para mi pecho, y mi cerebro gire ante el solo pensamiento de:

«Jerusalén, mi hogar feliz,
Tu nombre es siempre dulce para mí.»

¡Oh!, esa dulce escena más allá de las nubes; dulces campos revestidos de verde vivo y ríos de delicia. ¿No son éstas cosas grandiosas? Pero entonces, pobre alma no regenerada, la Biblia dice que, si tú estás perdido, tú estás perdido para siempre; te dice que si mueres sin Cristo, sin Dios, no hay esperanza para ti; que hay un lugar sin ningún rayo de esperanza, donde leerás grabado con letras de fuego: «conocías tu deber, pero no lo cumpliste». Te dice que serás echado de Su presencia con un: «Apartaos de mí». ¿Acaso no es grandioso todo esto? Sí, señores, tanto como el cielo es deseable y el infierno aborrecible, el tiempo breve y la eternidad infinita, como el alma es preciosa, el dolor debe ser evitado y el cielo debe ser buscado, como Dios es eterno y como Sus palabras son ciertas, estas cosas son grandiosas; son cosas que ustedes deben escuchar.

III. Nuestro último punto es: EL TRATO QUE LA POBRE BIBLIA RECIBE EN ESTE MUNDO. La Biblia está considerada como una cosa extraña. ¿Qué quiere decir que la Biblia sea considerada como una cosa extraña? En primer lugar, quiere decir que es completamente ajena a muchas personas porque nunca la leen. Recuerdo que, en cierta ocasión, yo estaba leyendo la sagrada historia de David y Goliat, y estaba una persona presente, bastante entrada en años, quien me dijo: «¡Dios mío! Qué historia tan interesante; ¿en qué libro está?»

También me viene a la memoria otra persona que, hablando conmigo en privado, yo le hablé acerca de su alma, y ella me dijo cuán profundo era su sentimiento, ya que tenía enormes deseos de servir al Señor, pero encontraba otra ley en sus miembros. Yo abrí la Biblia en Romanos y le leí: «Porque no hago el bien que quiero; sino el mal que no quiero, eso hago.» «¿Está esto en la Biblia?», preguntó ella, «yo no sabía eso.» No la culpé por su falta de interés en la Biblia hasta ese momento, pero me parecía difícil encontrar personas que no supieran absolutamente nada acerca de tal pasaje. ¡Ah! Ustedes saben más acerca de los libros de contabilidad de sus negocios que de la Biblia; más acerca de los diarios de sus vidas que de lo que Dios ha escrito. Muchos de ustedes pueden leer una novela de principio a fin, y, ¿qué provecho sacan de eso? Un bocado de pura espuma al haberla terminado.

Pero no pueden leer la Biblia; este manjar sólido, perdurable, sustancioso y que satisface, permanece sin ser probado, guardado en la alacena del abandono; mientras que todo cuanto escribe el hombre, el plato del día, es devorado con avidez. «Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.» Ustedes nunca la han leído. Tengo esa dura acusación contra ustedes. Tal vez ustedes responden que no debo culparlos por una cosa así; pero siempre pienso que más vale tener una peor opinión de ustedes, que una opinión demasiado buena. Los culpo de esto: ustedes no leen su Biblia. Algunos de ustedes nunca la han leído completa, y su corazón les dice que lo que estoy diciendo es verdad. No sois lectores de la Biblia. Ustedes afirman que tienen una Biblia en la casa: ¿acaso pienso que son tan paganos que no tienen una Biblia en la casa? Pero, ¿cuándo fue la última vez que la leyeron? ¿Cómo saben que los lentes que perdieron hace tres años no están en el mismo cajón que la Biblia? Muchos de ustedes no han leído ni una sola página desde hace mucho tiempo, y Dios podría decirles: «Le escribí las grandezas de mi ley, y fueron tenidas por cosa extraña.»

Hay otros que leen la Biblia, pero cuando la leen, dicen que es terriblemente árida. Aquel joven que está allá opina que es muy «aburrida»; ésa es la palabra que usa. Él nos cuenta: «mi madre me dijo, cuando vayas a la ciudad, lee un capítulo cada día. Y yo se lo prometí para complacerla. Ojalá no lo hubiera hecho. No leí ningún capítulo ni ayer ni anteayer. Estuve muy ocupado. No pude evitarlo.» Tú no amas la Biblia, ¿verdad? «No, no encuentro en ella nada interesante.» ¡Ah!, eso es lo que yo pensaba también. No hace mucho tiempo yo no podía ver nada en ella. ¿Sabes por qué? Porque los ciegos no pueden ver. Pero cuando el Espíritu tocó las escamas mis ojos, estas se cayeron, y cuando Él pone colirio en los ojos, entonces la Biblia se vuelve preciosa.

Recuerdo a un ministro que fue un día a visitar a una señora ya anciana y se propuso llevarle el consuelo de algunas de las preciosas promesas de la Palabra de Dios. Buscando, encontró en la Biblia de señora, escrito al margen, una «P», y preguntó: «¿Qué significa esto?» «Esto quiere decir preciosa», señor.» Poco más adelante descubrió una «P» y una «E» escritas juntas, y le volvió a preguntar su significado, y ella le respondió: esto, quiere decir ‘probada y experimentada’, porque yo la he probado y la he experimentado». Si ustedes han probado y experimentado la palabra de Dios, si es preciosa para sus almas, entonces ustedes son cristianos; pero esas personas que desprecian la Biblia, «no tienen parte ni suerte en este asunto». Si les parece árida, ustedes estarán áridos al fin en el infierno. Si no la estiman como algo mejor que su alimento diario necesario, no hay ninguna esperanza para ustedes, porque carecen de la evidencia más grande de su cristianismo.

Pero, ¡ay!, ¡ay!, lo peor está por venir. Hay personas que odian la Biblia, y también la desprecian. ¿Acaso tenemos algunas de esas personas aquí? Algunos se habrán dicho: «vayamos y oigamos lo que tiene que decirnos ese joven predicador.» Pues bien, esto es lo que tiene que decirles: «Mirad, oh menospreciadores, y asombraos, y desapareced.» Esto es lo que tiene que decirles: «los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios.» Y también tiene que decirles esto: «en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias.» Pero más aún, les dice hoy que si quieren ser salvos, deben encontrar la salvación aquí.

Por lo tanto, no menosprecien la Biblia: escudríñenla, léanla, vengan a ella. Ten la seguridad, oh burlador, que tus carcajadas no pueden alterar la verdad, ni tus burlas te pueden librar de la condenación inevitable. Aunque en tu dureza hicieras un pacto con la muerte y firmaras un tratado con el infierno, aun así, la veloz justicia te alcanzará, y la poderosa venganza te derribará. En vano te burlas y te mofas, pues las verdades eternas son más poderosas que todos tus sofismas; tus ingeniosos dichos no pueden alterar la verdad divina de una sola palabra de este volumen de Revelación.

¡Oh! ¿Por qué altercan con su mejor amigo y maltratan su único refugio? Aun hay esperanza para el burlador. Esperanza en las venas del Salvador. Esperanza en la misericordia del Padre. Esperanza en la obra omnipotente del Espíritu Santo.v Una palabra más y terminaré. Mi amigo, el filósofo, dice que está muy bien que yo exhorte a la gente a leer la Biblia; pero que hay otras muchas ciencias grandiosas más interesantes y útiles que la teología. Muy agradecido, señor, por su opinión. ¿A qué ciencia se refiere usted? ¿A la ciencia de disecar escarabajos y coleccionar mariposas? «No, ciertamente no es a ésa.» ¿A la ciencia de analizar las rocas y de tomar muestras de la tierra y hablarnos de sus diferentes estratos? «No, tampoco a esa precisamente.» ¿A qué ciencia, pues? Él me responde: «todas las ciencias en general son más importantes que la Biblia.» ¡Ah!, señor, ésa es su opinión, y habla de esa manera porque está lejos de Dios. Pues la ciencia de Jesucristo es la más excelente de las ciencias. Que nadie deje la Biblia porque no es un libro culto y de sabiduría. Lo es. ¿Quisieran saber de astronomía? Está aquí: Ella habla del Sol de Justicia y de la Estrella de Belén. ¿Quieren saber de botánica? Está aquí: Ella habla de unas plantas de renombre: el Lirio de los Valles y la Rosa de Sarón. ¿Quieren saber de geología y mineralogía? Pueden aprender eso en la Biblia: pueden leer acerca de la Roca de los Siglos y de la Piedrecita Blanca con un nombre nuevo grabado, el cual ninguno conoce, sino aquel que lo recibe. ¿Quieren estudiar historia? Aquí están los anales más antiguos del género humano. Cualquiera que sea la ciencia de que se trate, vengan y búsquenla en este libro. Esa ciencia está aquí. Vengan, y beban de esta hermosa fuente del conocimiento y de la sabiduría, y descubrirán que serán hechos sabios para salvación. Sabios e ignorantes, niños y hombres, caballeros de cabellos blancos, jóvenes y muchachas, a ustedes les hablo, les pido y les suplico: respeten la Biblia y escudríñenla, porque a ustedes les parece que en ella tienen la vida eterna, y ella es la que da testimonio de Cristo.

He terminado. Vayamos a casa y pongamos en práctica cuanto hemos oído. Conozco a una señora que, cuando se le preguntó sobre lo que recordaba del sermón del pastor, dijo: «No recuerdo nada del mismo. Tenía que ver con pesas falsas y medidas fraudulentas, y yo no recordé nada excepto que cuando llegué a casa tenía que quemar mis medidas de grano.» Así que si recuerdan cuando lleguen a sus casas quemar sus medidas, si recuerdan cuando lleguen a sus casas leer la Biblia, yo habré dicho lo suficiente. Quiera Dios, en Su infinita misericordia, cuando lean la Biblia, poner en sus almas los rayos iluminadores del Sol de Justicia, por la obra del siempre adorable Espíritu; de este modo, todo cuanto lean será de provecho y para salvación.

Podemos decir de la Biblia que es:

«¡Es el escaparate del consejo revelado!

En donde la felicidad y el dolor están colocados de tal manera

Que todo hombre sabe qué le corresponderá

Si interpreta todo correctamente.

Es el índice de la eternidad
No podrá de dejar de recibir la eterna felicidad
Quien se guíe por este mapa,
Ni puede equivocarse quien hable por él.

Es el libro de Dios. Quiero decir
El Dios de los libros, y pido que el que mire
Con enojo esa expresión, como demasiado aventurada,
Ahogue sus pensamientos en silencio, hasta encontrar otra.»

El Cristo del Pueblo

 

El Púlpito de la Capilla New Park Street

El Cristo del Pueblo

Sermón predicado la mañana del Domingo, 25 de Febrero de 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En Exeter Hall, Strand, Londres

«He enaltecido a un escogido de mi pueblo» — Salmo 89: 19

 

 

No me cabe ninguna duda que, originalmente, estas palabras se referían a David. El fue un escogido de su pueblo. Su linaje era respetable, pero no ilustre. Su familia era santa, pero no exaltada: los nombres de Isaí, Obed, Boaz y Rut no evocaban recuerdos de realeza, ni motivaban pensamientos de antigua nobleza o de una gloriosa genealogía. En cuanto a David mismo, su única ocupación había sido la de un joven pastor, cargando a los corderos en su regazo, conduciendo tiernamente a las ovejas con sus crías; un joven sencillo que poseía una alma real, recta, de valor inconmovible, pero aún así un plebeyo – uno del pueblo.

Pero esto no lo descalificaban para la corona de Judá. A los ojos de Dios, la procedencia de este joven héroe no era ninguna barrera para elevarlo al trono de la nación santa, como tampoco el más orgulloso admirador de castas y linajes se habría atrevido a insinuar siquiera, alguna palabra en contra del valor, sabiduría y justicia del gobierno de este monarca del pueblo.

No creemos que Israel o Judá hayan tenido jamás un gobernante mejor que David, y nos atrevemos a afirmar que el reino de «uno escogido de mi pueblo» eclipsó en gloria a los reinos de emperadores de alcurnia, y de príncipes en cuyas venas corría la sangre de varios reyes. Sí, más aún, afirmamos que la humildad de su nacimiento y de su educación, lejos de hacerlo incompetente para gobernar, le dieron, en buena medida, mejor preparación para su trabajo, y mayor capacidad para desempeñar sus tremendos deberes. Él pudo legislar para los muchos, porque era uno de ellos -él pudo gobernar al pueblo como el pueblo debía ser gobernado, porque era «hueso de sus huesos y carne de su carne«; su amigo, su hermano, así como su rey.

Sin embargo, en este sermón no vamos a hablar de David, sino del Señor Jesucristo, pues David, como lo refiere el texto, es un eminente tipo de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, quien fue escogido de su pueblo. Jesús es Él, de quien Su Padre puede decir: «he enaltecido a un escogido de mi pueblo.»

Antes de entrar en la ilustración de esta verdad, quiero hacer una declaración, para evitar todas las objeciones relacionadas a la doctrina de mi sermón. Nuestro Salvador Jesucristo, digo yo, fue escogido de su pueblo, pero sólo en cuanto a Su naturaleza humana se refiere.

Como «Dios verdadero de Dios verdadero», Él no fue escogido de su pueblo, pues no había nadie excepto Él. El era el Unigénito del Padre, «engendrado del Padre antes de la creación del mundo.» Él era igual a Dios, y eterno; consecuentemente, cuando hablamos de Jesucristo como escogido de su pueblo, debemos hablar de Él como Hombre. Se nos olvida con mucha frecuencia, pienso yo, la verdadera humanidad de nuestro Redentor, porque era un hombre en todos los sentidos y para todos los efectos, y me gozo al cantar:

«Hubo un Hombre, un Hombre de verdad
Que un día murió en el Calvario»

Jesús no era hombre y Dios en una mezcla; sus dos naturalezas no sufrieron confusión. Él era Dios verdadero, sin ninguna disminución de Su esencia ni de Sus atributos; y Él era igualmente, verdaderamente y ciertamente un hombre. Es como hombre que habló de Jesús esta mañana. Mi corazón se alegra cuando puedo apreciar el lado humano de ese glorioso milagro de la encarnación, y tratar con Jesucristo como mi hermano: habitando en la misma mortalidad, luchando contra las mismas enfermedades y dolores, compañero en el camino de la vida y, por unos instantes, compañero durmiente en la fría cámara de la muerte.

El texto menciona tres cosas: La primera: su extracción; Cristo era uno del pueblo. La segunda: su elección: Él fue escogido de su pueblo. La tercera: la exaltación de Cristo: Él fue exaltado. Pueden ver que he escogido tres palabras que comienzan con la letra E, para facilitar que las recuerden mejor: Extracción, Elección y Exaltación.

I. Vamos a comenzar con la EXTRACCIÓN de nuestro Salvador. Hemos tenido muchas quejas en esta semana y durante las últimas semanas, en los periódicos, con respecto a las familias. Somos gobernados, y de acuerdo con la firme creencia de la gran mayoría de nosotros, muy mal gobernados, por ciertas familias aristocráticas. No somos gobernados por hombres escogidos del pueblo, como debería ser. Y ese es un error fundamental en nuestro gobierno, que nuestros gobernantes, aún siendo elegidos por nosotros, difícilmente podrían algún día ser elegidos de entre nosotros.

Hay familias que ciertamente no poseen el monopolio de la inteligencia o de la prudencia, pero que parecen tener la patente para ser promovidas. Mientras que por otro lado un hombre, uno cualquiera, un comerciante, con algo de sentido común, no puede llegar al gobierno. No soy un político, ni me dispongo a predicar un sermón político. Pero debo expresar mi simpatía con la gente, y mi gozo de que, nosotros como cristianos, somos gobernados por uno «escogido de mi pueblo.» Jesucristo es el Hombre del pueblo; él es el Amigo del pueblo; sí, uno de ellos. Aunque Él está sentado en lo alto en el trono de su Padre, Él fue «uno escogido de mi pueblo.» Cristo no debe ser llamado el Cristo de los aristócratas. Él no es el Cristo de los nobles. Él no es el Cristo de los reyes. Él es «uno escogido de mi pueblo.» Este es el pensamiento que anima los corazones de la gente y debería atar sus almas en unidad con Cristo y la santa religión de la que Él es el Autor y el Consumador. Vamos a martillar sobre esta pepita de oro para convertirla en una lámina, y vamos a inspeccionar muy de cerca su verdad.

Cristo, por su mismo nacimiento, fue uno del pueblo. Ciertamente, nació de estirpe real. María y José eran ambos de linaje real, aunque su época de gloria había pasado. Un extraño se sentaba en el trono de Judá, mientras el heredero legítimo trabajaba con un martillo y una pala. Observen bien el lugar de Su nacimiento. Nacido en un establo, tuvo por cuna un pesebre donde comían unos bueyes de largos cuernos. Su única cama era el forraje; y Sus sueños eran interrumpidos a menudo por el apetito de las bestias. Jesús era un príncipe de nacimiento; pero ciertamente no tenía el séquito que corresponde a los príncipes, para que le sirviera. No estaba vestido con mantos de púrpura, ni envuelto en ropajes bordados.

Sus pies no pisaron los salones de los reyes. Sus sonrisas infantiles no honraron los palacios hechos de mármol de los monarcas. Observen a los visitantes que estaban alrededor de su cuna. Unos pastores fueron los primeros en venir. Nos damos cuenta que nunca perdieron el rumbo. No, Dios guía a los pastores, y El también guió a los magos, pero éstos sí se extraviaron. Sucede a menudo, que mientras los pastores encuentran a Cristo, los sabios no lo encuentran. Pero de cualquier forma, ambos grupos llegaron, los pastores y los magos; ambos se arrodillaron alrededor del pesebre, para mostrarnos que Cristo era el Cristo de todos los hombres; que no era solamente el Cristo de los magos, sino que Él era el Cristo de los pastores.

Ellos nos mostraron que Él no era solamente el Salvador de los pastores campesinos, sino también el Salvador de los hombres educados, pues

«Nadie es excluido, pues, sino aquellos
que se excluyen a sí mismos;
Bienvenidos los entendidos y los educados;
los ignorantes y los ordinarios»

En Su mismo nacimiento fue uno del pueblo. No nació en una ciudad populosa; sino en el oscuro pueblo de Belén, «la casa del pan.» El Hijo del Hombre hizo su advenimiento sin acompañamiento de pomposos preparativos, y no fue anunciado por las notas de las trompetas de alguna corte.

Su educación también demanda nuestra atención. El no fue tomado de los pechos de su madre, como lo fue Moisés, para ser educado en los salones de un monarca; El no fue criado con esos aires de grandeza que adoptan las personas que tienen cucharas de oro en sus bocas desde el momento de nacer. Él no fue educado como un joven rico, para mirar a todos con desdén; sino que siendo su padre un carpintero, sin duda trabajó muy duro en el taller de su padre. «Un lugar adecuado,» dice un autor muy antiguo, «para Jesús. Por que Jesús tenía que construir una escalera que alcanzara desde la tierra hasta el cielo. ¿Por qué, pues, no habría de ser el hijo de un carpintero?»

Perfectamente bien conocía El la maldición de Adán: «Con el sudor de tu frente comerás el pan.» Si ustedes hubieran visto al santo niño Jesús, no habrían notado nada que lo distinguiera de otros niños, excepto la pureza sin mancha que había en su semblante. Cuando nuestro Salvador comenzó su vida pública, seguía siendo el mismo. ¿Cuál era su rango? ¿Se vestía de púrpura y escarlata? ¡Oh, no!; El usaba la modesta vestidura de un campesino; «la túnica no tenía costura; era tejida entera de arriba abajo,» una simple pieza de ropa, sin adornos ni bordados. ¿Vivió acaso con lujo, haciendo un grandioso espectáculo en su viaje a través de Judea? No, Él trabajó durante su fatigoso camino y se sentó en el brocal del pozo de Sicar.

Él era como otros, un hombre pobre. No tenía cortesanos a su alrededor. Sus compañeros eran pescadores. Y cuando Él hablaba, ¿acaso lo hacía con palabras suaves que fluían como aceite? ¿Caminaba Él con pasos elegantes, como el Rey de Amalek? No. A menudo hablaba como el severo Elías. Lo que quiso decir lo dijo y quiso decir lo que dijo. Hablaba a la gente como un hombre del pueblo. Nunca se inclinó frente a los grandes hombres. No supo lo que era inclinarse o ceder. Se detuvo y lloró: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Ay de vosotros, sepulcros blanqueados.» No pasó por alto a ningún tipo de pecadores: ni clase ni fortuna tenían alguna diferencia para Él. Expresó las mismas verdades tanto a los ricos del Sanedrín como a los trabajadores campesinos de Galilea. El era «uno escogido de mi pueblo.»

Fíjense en su doctrina. Jesucristo era uno del pueblo en Su doctrina. Su Evangelio no fue nunca el evangelio de un filósofo, ya que no es difícil de comprender. Nunca consentirá ser enterrado en medio de palabras difíciles y frases técnicas: es tan simple que quien sepa deletrear «el que creyere y fuere bautizado», puede tener el conocimiento del Evangelio que salva. Por eso los sabios del mundo desprecian el conocimiento de la Verdad, y burlonamente dicen: «hasta un herrero puede predicar hoy día, y hombres que andaban detrás del arado pueden convertirse en predicadores»; y la clase sacerdotal reclama «¿qué derecho tienen ellos para hacer tal cosa, sin nuestra autorización?»

Oh, qué triste que la verdad del evangelio sea menospreciada por su sencillez, y que mi Señor sea despreciado porque Él no es exclusivo, ni será monopolizado por hombres de talento y erudición. Jesús es de la misma manera el Cristo del hombre ignorante como es el Cristo del hombre con educación. Pues Él ha escogido «lo vil del mundo y lo menospreciado.» ¡Ah!, por mucho que amo la ciencia verdadera y la sólida educación, me lamento y me duelo ya que nuestros ministros están diluyendo a tal grado la Palabra de Dios con su filosofía, deseando ser predicadores intelectuales, pronunciando sermones que sirvan de modelo. Sus sermones son adecuados para un salón lleno de estudiantes universitarios y profesores de teología, pero sin ninguna utilidad para las masas, pues no tienen sencillez, calor, sinceridad, ni una sólida sustancia evangélica.

Me temo que nuestra educación universitaria de poco aprovecha a nuestras iglesias, puesto que con frecuencia sirve para apartar las simpatías de los jóvenes por la gente, y los une a los pocos intelectuales y ricos de la iglesia. Es bueno ser un ciudadano de la república de las letras, pero es mucho mejor ser un ministro eficaz del reino de los Cielos. Es bueno tener la habilidad de algunas mentes grandiosas para atraer a los poderosos. Pero el hombre más útil seguirá siendo aquél que, como Whitfield, usa «el lenguaje de la calle.» Es una triste realidad que las altas posiciones y el Evangelio, rara vez están de acuerdo. Y, más aún, deben saber que la doctrina de Cristo es la doctrina del pueblo. No tenía el propósito de ser el Evangelio de una casta, de algún grupo privilegiado o de una clase determinada dentro la comunidad.

El Pacto de la Gracia no es ordenado para hombres de un nivel especial, sino que están incluidos algunos de cada una de las clases. Hubo unos cuantos ricos que siguieron a Jesucristo en su día, y eso sucede en la actualidad. María, Marta y Lázaro eran ricos, y también la esposa del mayordomo de Herodes, con algunos otros de la nobleza. Estos, sin embargo, no eran más que unos cuantos: su congregación estaba formada por las clases más bajas, las masas, el pueblo. «La gran multitud le escuchaba con gusto.» Y Su doctrina no daba lugar a distinciones, sino que colocaba a todos los hombres como pecadores por naturaleza, en una igualdad a los ojos de Dios.

Uno es su Padre, «uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos.» Estas fueron palabras que Él enseñó a sus discípulos, mientras vivió en la tierra. Él era el espejo de la humildad, y demostró ser el amigo de los hijos pobres de la tierra y el amante de la humanidad. ¡Oh ustedes, orgullosos porque tienen sus bolsillos llenos! ¡Oh ustedes, que no pueden tocar a los pobres ni siquiera con la punta de sus blancos guantes! ¡Ah ustedes, con sus mitras y sus báculos! ¡Ah, ustedes con sus catedrales y ornamentos espléndidos! ¡Este es el hombre al que ustedes llaman Señor, el Cristo del pueblo, Uno del pueblo! Y aún así, ven desde arriba con desprecio a la gente. Ustedes los desprecian. ¿Qué son ellos en opinión de ustedes? El rebaño común, la multitud.

¡Vamos! No se llamen más a ustedes mismos, los ministros de Cristo. ¿Cómo pueden serlo, a menos que, descendiendo de su pompa y dignidad, vengan en medio de los pobres para visitarlos? ¿A menos que caminen en medio de nuestra creciente población y les prediquen el Evangelio de Jesucristo? ¿Acaso creemos que ustedes son los descendientes de los pescadores? ¡Ah, no, hasta que se despojen de su grandeza, y, como los pescadores, salgan como gente del pueblo, y prediquen al pueblo, hablen a la gente, en vez de quedarse en sus espléndidos asientos, haciéndose ricos a costa de sus privilegios!

Los ministros de Cristo deberían ser los amigos de la humanidad en general, recordando que su Señor fue el Cristo del pueblo. ¡Regocíjense!, ¡Oh, regocíjense! ¡Ustedes todas las multitudes! ¡Anímense! ¡Gócense! porque Cristo era Uno del pueblo.

II. Nuestro segundo punto era la ELECCIÓN. Dios dice: «He enaltecido a uno escogido de mi pueblo.» Jesucristo fue elegido; escogido. De un modo u otro, esa fea doctrina de la elección saldrá a relucir. Oh, hay quienes al momento de escuchar esa palabra: «elección» se llevarán las manos a su frente murmurando: «Esperaré a que termine esa frase. Quizá haya algo más adelante que sí me guste.» Otros dirán: «No volveré a ese lugar. Ese hombre es un hiper-calvinista.» Pero el hombre no es un hiper-calvinista; el hombre dijo lo que estaba escrito en su Biblia y nada más. Es un cristiano, y no tienen ustedes derecho de llamarlo por ninguno de esos apodos, si es que es un apodo, pues no nos avergonzamos nunca, y no nos importa cómo nos llamen. Aquí está: «Uno escogido de mi pueblo.» Pero ¿qué significa eso, sino que Jesucristo es elegido? A quienes no les gusta creer que los herederos del cielo han sido elegidos, no pueden negar la verdad proclamada en este versículo: que Jesucristo es elegido, que su Padre lo escogió a Él y lo escogió de Su pueblo. Como hombre, fue escogido de su pueblo, para ser el Salvador del pueblo y el Cristo del pueblo. Y ahora juntemos nuestros pensamientos y tratemos de descubrir la sabiduría trascendental de la elección de Dios.

La elección no es una cosa ciega. Dios escoge soberanamente pero Él siempre escoge inteligentemente. Siempre hay una razón secreta para Su elección de un individuo en particular; aunque ese motivo no radica en nosotros o en nuestros propios méritos, pero siempre hay una causa secreta mucho más remota que las obras de la criatura. Es alguna poderosa razón desconocida para todos, excepto para Él. En el caso de Jesús, los motivos son evidentes. Y sin pretender entrar a la sala del Consejo de Jehová, podemos descubrirlos.

1. Primero, vemos que la justicia es por ello totalmente satisfecha, por la elección de Uno del pueblo. Supongamos que Dios hubiera escogido a un ángel para que hiciera satisfacción por nuestros pecados; imaginen que un ángel fuese capaz de aguantar todo el sufrimiento y la agonía que eran requeridos para nuestra expiación. Aún así, después que el ángel hubiera hecho todo eso, la justicia nunca hubiera sido satisfecha por la sencilla razón de que la ley dice: «El alma que pecare, ésa morirá». Ahora, el hombre es el que peca, por consiguiente el hombre es quien debe morir. La justicia requería que así como por un hombre entró la muerte al mundo, asimismo por un hombre debía venir la resurrección y la vida.

La ley exigía que como el hombre era el pecador, el hombre debía ser la víctima; del mismo modo que en Adán todos morimos, asimismo en otro Adán debíamos ser todos resucitados. Consecuentemente, fue necesario que Jesucristo fuera elegido del pueblo. Pues si aquel ángel resplandeciente junto al Trono, el notable Gabriel, dejando a un lado sus esplendores, hubiera descendido a nuestra tierra, y soportando el dolor, y sufriendo agonía, hubiera traspasado el umbral de la muerte abandonado una existencia miserable sumida en extremo dolor, después de todo eso, no habría satisfecho la justicia inflexible, porque está dicho: un hombre debe morir; de otra manera, la sentencia no se ha ejecutado.

2. Pero hay otra razón por la que Jesucristo fue escogido de su pueblo. Es que toda la raza recibe honor. ¿Saben ustedes que yo no quisiera ser un ángel aún si el propio Gabriel me lo pidiera? Si él me suplicara para que yo intercambiara lugares con él, no lo haría. Yo perdería mucho con ese intercambio, y él ganaría mucho. Aunque soy pobre, débil e indigno, aún así soy un hombre, y hay una dignidad relativa a la humanidad; una dignidad que se perdió un día en el jardín de la Caída, pero que fue recuperada en el jardín de la Resurrección. Es un hecho que un hombre es superior a un ángel; que en el cielo, la humanidad está más cerca del Trono que los ángeles.

Ustedes pueden leer en el libro de Apocalipsis que los 24 ancianos estaban alrededor del trono, y en el círculo exterior estaban los ángeles. Los ancianos, que son representativos de toda la iglesia, fueron honrados con una mayor cercanía a Dios que los espíritus ministradores. El hombre -el hombre elegido- es el ser más grande del universo, excepto Dios. El hombre está sentado allá arriba, ¡miren! ¡a la diestra de Dios, radiante de gloria, allí está sentado un HOMBRE! Pregúntenme quien gobierna la Providencia, y dirige su tremendamente misteriosa maquinaria. yo les digo, es un Hombre, el Hombre Jesucristo.

Pregúntenme quién ha atado los ríos en cadenas de hielo durante los últimos meses, liberándolos luego de los grilletes del invierno. Yo les digo que un Hombre lo ha hecho: Cristo. Pregúntenme quién vendrá a juzgar a la tierra en justicia, y yo les digo que un Hombre. Un Hombre real y verdadero sostendrá la balanza del juicio y llamará a todas las naciones a Su alrededor. Y ¿quién es el canal de la gracia? ¿Quién es el emporio de toda la misericordia del Padre? ¿Quién es el que recoge todo el amor del Pacto? Yo respondo que un hombre, el Hombre Jesucristo. Y Cristo, siendo un hombre, te ha exaltado a ti, y me ha exaltado a mí, y nos ha puesto en los lugares más elevados.

Él nos hizo, en el principio, un poco menores que los ángeles y ahora, a pesar de nuestra caída en Adán, nos ha coronado, a Sus elegidos, con gloria y honor. Y nos hizo sentar en los lugares celestiales en Cristo Jesús, para mostrar en las edades venideras las superabundantes riquezas de su gracia, por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús.

3. Pero, hermanos míos, contemplemos con una mirada más dulce que esa. ¿Por qué fue Él escogido de su pueblo? ¡Habla, corazón mío! ¿Cuál es la primera razón que se te viene a la cabeza? Pues los pensamientos del corazón son los mejores pensamientos. Los pensamientos de la cabeza son, a menudo, buenos para nada, pero los pensamientos del corazón, los profundos ensueños del alma, éstos no tienen precio, son como perlas de Ormuz. Los poemas de un humilde poeta, siempre y cuando surjan de su corazón, agradarán mejor las cuerdas de mi alma que las manifestaciones sin vida del puro cerebro.

Vamos a ver, cristianos: ¿Cuál creen ustedes que es la dulce razón para la elección de su Señor, siendo Él uno de su pueblo? ¿Acaso no es ésta: que Él pueda ser mi Hermano, en la bendita unión de su misma sangre? ¡Oh, qué relación hay entre Cristo y el creyente! El creyente puede decir:

«Hay Uno sobre todos los demás
Que bien merece el nombre de Amigo;
Su amor es fiel, más que el de un hermano
Su amor es libre y no tiene ningún límite.»

Tengo un grandioso Hermano en el cielo. He oído algunas veces a los muchachos decir en la calle, cuando son molestados, que se lo van a decir a sus hermanos, y yo lo he dicho a menudo cuando el enemigo me ha atacado: «se lo voy a decir a mi Hermano que está en el Cielo».

Puedo ser pobre, pero tengo un Hermano que es rico. Tengo un Hermano que es un rey. Soy hermano del Príncipe de los reyes de la tierra. ¿Me dejará acaso morir de hambre, o padecer necesidad o carencia, mientras Él está en Su trono? Oh, no. Él me ama. Él tiene sentimientos fraternales hacia mí. Él es mi hermano. Pero más que eso: ¡piensa, oh creyente! Cristo no es simplemente tu hermano, sino que Él es tu Esposo. «Tu Hacedor es tu Esposo, el Dios de los ejércitos es Su nombre». La mujer se regocija al recostarse en el ancho pecho de su marido, teniendo la plena seguridad de que sus brazos son lo suficientemente fuertes para trabajar por ella, o para defenderla.

Ella sabe que el corazón de su esposo siempre palpita de amor por ella, y que todo lo que él tiene, y lo que él es, le pertenece a ella, como quien comparte su existencia. ¡ Oh, saber por el Espíritu Santo, que se ha hecho una dulce alianza entre mi alma y el siempre precioso Jesús! Eso es suficiente para que toda mi alma baile al son de la música, y que cada átomo de mi cuerpo sea un cantor agradecido de la alabanza de Cristo. Vamos, déjenme recordar cuando estaba tirado ahí en el campo, como un niño bañado en sangre; déjenme recordar aquel notable momento en que Él me dijo: «¡Vive!», y no permitan que olvide que Él me ha educado, me ha entrenado, y que un día me desposará con Él en justicia, coronándome con una corona nupcial en el palacio de Su Padre.

¡Oh, es una felicidad indecible! ¡No me sorprende que este pensamiento haga vacilar mis palabras al pronunciarlo! Que Cristo es uno del pueblo, que Él pueda relacionarse estrechamente contigo y conmigo, que Él pudiera ser nuestro pariente más cercano:

«Con lazos de sangre, con los pecadores
Uno, Nuestro Jesús, ha ido a la gloria;
A todos sus enemigos arrojó a la ruina:
Al pecado, a Satán, a la tierra, al infierno, al mundo.»

Tú que eres santo, ata este bendito pensamiento como un collar de diamantes alrededor del cuello de tu memoria. Ponlo como un anillo en el dedo del recuerdo, y úsalo como el propio sello del rey, sellando las peticiones de tu fe con la confianza del éxito.

4. Pero ahora surge naturalmente otra idea. Cristo fue elegido de su pueblo, para que pudiera conocer lo que nos hace falta y entendernos. Conocen la vieja historia que una mitad del mundo no sabe cómo vive la otra mitad; y eso es muy cierto. Yo creo que algunos ricos no tienen la menor idea de lo que es la miseria de los pobres. No saben lo que es trabajar para obtener su pan de cada día. Tienen una vaga idea de lo que significa un aumento en el precio del pan. Pero no saben absolutamente nada de eso. Y cuando damos el poder a hombres que nunca fueron del pueblo, no entienden el arte de gobernarnos.

Pero nuestro grandioso y glorioso Jesucristo es Uno escogido de su pueblo, y por lo tanto, Él conoce nuestras necesidades. Él sufrió tentación y dolor antes que nosotros. Padeció enfermedad, porque cuando colgaba de la cruz, lo abrasador de ese ardiente sol, trajo sobre Él una fiebre que lo quemaba. Cansancio, Él lo ha sufrido, porque estaba cansado cuando se sentó en el pozo. Pobreza, Él la conoce, porque algunas veces no tuvo pan para comer, excepto ese pan del que el mundo no sabe nada. Estar sin hogar, también lo conoció, porque las zorras tenían cuevas y las aves del cielo tenían sus nidos; mas Él no tenía dónde recostar Su cabeza.

Mi hermano en Cristo, no hay lugar al que puedas ir, donde Cristo no haya ido antes que tú, con la única excepción de los lugares pecaminosos. En el oscuro valle de sombra de muerte puedes ver sus huellas sangrientas, huellas marcadas con coágulos de sangre. Sí, y aún en las aguas profundas del Jordán crecido, dirás, cuando te acerques a la orilla: «Allí están las huellas de un hombre: ¿de quién son?» Al agacharte podrás discernir las marcas de los clavos y dirás: «Esas son las huellas del bendito Jesús.» Él ha estado aquí antes que tú. Él ha emparejado el camino. Él ha entrado a la tumba, para poder hacer de ella la habitación real de la raza escogida, y el ropero donde esa raza ha guardado las ropas de trabajo, para vestirse con las vestiduras del eterno descanso. En todos los lugares, dondequiera que vayamos, el Ángel del Pacto ha corrido al frente. Cada carga que tenemos que llevar, ha sido previamente puesta sobre los hombros de Emmanuel.

«Su camino fue mucho más difícil y más oscuro que el mío;
Mi Señor Jesucristo sufrió ¿y yo me quejaré?»

Estoy hablando a aquéllos que se encuentran en medio de difíciles pruebas. ¡Querido compañero de viaje! Anímate: Cristo ha consagrado el camino, y ha convertido el camino angosto en el propio camino del Rey hacia la vida.

Un pensamiento más antes de pasar al tercer punto. Hay una pobre alma por ahí, deseosa de venir a Jesús, pero tiene grandes dificultades por temor de no poder venir de la manera adecuada. Y yo conozco a muchos cristianos que dicen: «Bueno, yo espero haber venido a Cristo, pero me temo que no lo hice en la forma apropiada.» Hay una pequeña anotación para uno de los himnos al pie de la página, en la colección de himnos del señor Denham, que dice: «Algunas personas temen no poder venir (a Cristo) en la forma correcta. Ahora, ningún hombre puede venir a Cristo a menos que el Padre le envíe. De modo que yo entiendo que si vienen a Él, no pueden venir de manera inapropiada.»

De la misma manera entiendo que si los hombres vienen a Cristo, deben venir de la manera apropiada. Este es un pensamiento para ti, pobre pecador que te aproximas: ¿por qué temes venir?» «Oh», dirás, «soy tan gran pecador que Cristo no tendrá misericordia de mi.» Oh, tú no conoces a mi bendito Señor. Su amor es más grande de lo que te imaginas. En otro tiempo yo era tan malvado como para pensar eso mismo, pero me he dado cuenta que es diez mil veces más amable de lo que creía. Te digo, Él tiene tanto amor, tanta gracia, tanta amabilidad, que no hubo nunca alguien que fuera ni la mitad de bueno de lo que Él es. Es más amable de lo que puedas pensar alguna vez. Su amor es más grande que tus temores, y Sus méritos prevalecen sobre tus pecados.

Pero aún dices: «temo no venir a Él correctamente, pienso que no voy a poder usar palabras aceptables.» Te diré la razón de eso: porque no recuerdas que Cristo fue tomado del pueblo. Si Su Majestad la Reina de Inglaterra me llamara a su presencia mañana por la mañana, me atrevo a decir que tendría mucha ansiedad acerca de la clase de ropa que debería usar, y cómo debería entrar y cómo debería observar la etiqueta de la corte, etcétera. Pero si uno de mis amigos aquí presente, me invitara, yo iría tal como estoy para verlo, porque él es uno de nosotros y me agrada.

Algunos de ustedes dicen: «¿cómo puedo ir a Cristo? ¿Qué debo decir? ¿Qué palabras debo usar?» Si fueras a ver a alguien superior a ti, entonces podrías preguntarte eso; pero Él es Uno del pueblo. Ve a Él tal como eres, pobre pecador; simplemente en tu miseria y en tu inmundicia; en toda tu maldad, simplemente como eres. ¡Oh pecador, que estás acosado por tu conciencia, ven a Jesús! Él es Uno del pueblo. ¡Si el Espíritu te ha dado convicción de pecado, no estudies la manera de venir, ven de cualquier modo! Ven con un gemido, ven con un suspiro, ven con una lágrima. De cualquier manera que vengas, si tan sólo vienes, eso será suficiente, porque Él es Uno del pueblo. «El Espíritu y la esposa dicen: «¡Ven!» El que oye diga: «¡Ven!»

En este momento no puedo dejar de darles una ilustración. He oído que en los desiertos, cuando las caravanas necesitan agua, y temen no encontrar ninguna, acostumbran enviar un camello con su jinete a cierta distancia por delante; a cierta distancia, otro más; y a un intervalo más corto, a otro; tan pronto el primer hombre encuentra el agua, antes de inclinarse para beber, grita fuertemente «¡vengan!». El que le sigue, oyendo la voz, repite la palabra ¡»vengan!», mientras el que viene más cerca grita a su vez: «¡vengan!» hasta que el desierto entero hace eco con las palabras «¡vengan!».

Así en ese versículo, «El Espíritu y la esposa dicen, antes que nada, «¡Ven!» Después: El que oye diga: «¡Ven!» El que tiene sed, venga. El que quiere, tome del agua de vida gratuitamente.» Con esta ilustración dejo nuestro examen de las razones para la elección de Jesucristo.

III. Y ahora concluyo con Su EXALTACIÓN. «He enaltecido a uno escogido de mi pueblo.» Ustedes recordarán mientras hablo de esta exaltación, que es realmente la exaltación de todos los elegidos en la Persona de Jesucristo. Por que todo lo que Cristo es, y todo lo que Cristo tiene, es mío. Si soy un creyente, todo lo que Él es en su Persona exaltada, eso soy yo, porque se me ha llevado a sentarme junto con Cristo en los lugares celestiales.

1. Primero, queridos amigos, fue suficiente exaltación para el cuerpo de Cristo ser exaltado en Su unión con la Divinidad. Eso es un honor que ninguno de nosotros puede recibir jamás. Nosotros nunca podemos esperar tener este cuerpo unido con Dios. No puede ser. Una vez ocurrió esta encarnación, y no más que una sola vez. De ningún otro hombre puede decirse: «Él era Uno con el Padre y el Padre era Uno con Él». De ningún otro hombre se dirá que la Deidad habitó en Él y que Dios era manifiesto en su carne, visto por los ángeles, justificado por el espíritu y elevado al Cielo.

2. De nuevo: Cristo fue exaltado por Su resurrección. Oh, cómo me habría gustado deslizarme en la tumba de nuestro Salvador. Supongo que era una cámara grande; adentro, había un enorme sarcófago de mármol, y muy probablemente una tapa pesada descansaba sobre él. A continuación, fuera de la puerta estaba una pesada roca, y unos guardias vigilaban la entrada. ¡Durante tres días el Durmiente descansó allí! Oh habría deseado levantar la tapa de ese sarcófago, para mirarlo a Él. Pálido descansaba allí. Hilos de sangre se veían todavía en su cuerpo, que no pudieron ser lavados por aquellas cuidadosas mujeres que lo habían enterrado.

La muerte gritaba con gozo: «¡Lo he matado: la simiente de la mujer que debe destruirme, ahora es mi cautivo!» ¡Ah, cómo se reía la Muerte horrenda! ¡Ah, cómo miraba a través de sus huesudos párpados, al tiempo que decía: «Tengo al celebrado Vencedor en mis garras.» «¡Ah!», dijo Cristo: «¡Pero yo te tengo a ti!» Y Él se levantó; la tapa del sarcófago se comenzó a levantar. Y Él, que tiene las llaves de la muerte y del infierno, capturó a la muerte, hizo polvo sus miembros de hierro, y estrelló ese polvo contra el suelo y dijo: «Oh Muerte, yo seré tu plaga. Oh Infierno, yo seré tu destrucción.» Salió del sepulcro y los guardias, a su vez, huyeron. Asombrosamente glorioso, radiante de luz, refulgente con su Divinidad, se paró frente a ellos. Entonces, Cristo fue exaltado en Su resurrección.

3. Pero cuán exaltado fue Él en su ascensión. Salió de la ciudad hacia la cima del monte, sus discípulos atentos a Él mientras Él esperaba el momento señalado. Observen Su ascensión. Despidiéndose de todo el círculo, fue subiendo gradualmente, ascendiendo como se levanta la bruma del lago o la nube del río vaporoso. Él se remontó a los cielos, por Su propio poder de elevarse y Su poderosa elasticidad ascendió a las alturas. No como Elías, llevado por caballos de fuego. No como Enoc, en la antigüedad: no podría decirse que desapareció, porque Dios se lo llevó.

Él ascendió por Sí mismo. Y conforme subía, me imagino a los ángeles que contemplaban desde las murallas del Cielo y exclamaban: «¡Vean, viene el Héroe conquistador!» A medida que se acercaba más, gritaban de nuevo: «¡Vean, viene el Héroe conquistador! Así, su jornada por las llanuras del espacio se completaba; se acerca a las puertas del Cielo. Los ángeles atentos exclaman: «¡Levantad, oh puertas, vuestras cabezas! Levantaos, oh puertas eternas.» Las huestes gloriosas apenas se preguntan: «¿Quién es este Rey de Gloria?», cuando de millares de millares de lenguas corre un océano de armonía, tocando a las puertas de perlas con poderosas olas de música, y abriéndolas de golpe: «¡Jehová, el fuerte y poderoso! ¡Jehová, el poderoso en la batalla!»

He aquí, las barreras de los cielos han sido abiertas de par en par y los querubines se están apresurando a recibir a su Monarca:

«Trajeron Su carruaje de lo lejos.
Para llevarlo a Él a Su Trono;
Batieron sus alas triunfantes y dijeron,
‘La obra del Salvador está hecha.'»

Miren, Él marcha por las calles. ¡Vean cómo los reinos y potestades caen delante de Él! Se colocan coronas a sus pies y Su Padre dice: «¡Bien hecho, Hijo mío, bien hecho!», mientras el Cielo hace eco con el grito de: «¡bien hecho!», «¡bien hecho!». Sube a ese elevado Trono, al lado de la Paternal Deidad. «He enaltecido a uno escogido de mi pueblo.»

4. La última exaltación de Cristo que voy a mencionar, es aquélla que ha de venir, cuando Él se siente en el Trono de Su Padre David y juzgue a todas las naciones. Observarán que he omitido la exaltación que Cristo ha de tener como rey de este mundo durante el milenio. No profeso entenderlo y por lo tanto lo voy a dejar de lado. Pero yo creo que Jesucristo ha de venir sobre el Trono del Juicio, «y todas las naciones serán reunidas delante de él. El separará los unos de los otros, como cuando el pastor separa las ovejas de los cabritos.»

¡Pecador! Tú crees que hay un juicio. Tú sabes que la cizaña y el trigo no siempre pueden crecer juntos. Que las ovejas y las cabras no siempre van a compartir el alimento. Pero ¿sabes algo de ese Hombre que va a juzgarte? ¿Acaso sabes que Quien va a juzgarte es un Hombre? Digo un HOMBRE. El Hombre que una vez fue despreciado y rechazado.

«El Señor vendrá, pero no de la misma manera
En humillación, como vino una vez;
Un Hombre humilde frente a Sus enemigos;
Un hombre fatigado y lleno de dolores.»

¡Ah, no! Habrá un arco iris alrededor de su cabeza. Sostendrá al sol en Su diestra como una señal de su gobierno. Pondrá a la luna y a las estrellas bajo sus pies, como el polvo del pedestal de Su Trono, que será de sólidas nubes de luz.

Los libros serán abiertos; esos enormes libros, que contienen las obras de los vivos y de los muertos. Ah, cómo se sentará triunfante sobre todos su enemigos, el despreciado Nazareno. No habrá más insultos, ni escarnios, ni burlas. Sino un horrible llanto de miseria, «Escondednos del rostro del que está sentado sobre el trono.» Oh, ustedes, mis oyentes, que ven ahora con desprecio a Jesús y Su Cruz, yo tiemblo por ustedes. Oh, más fiero que un león sobre su presa, es el amor provocado a ira. ¡Oh, despreciadores! Les advierto sobre aquel día en que el plácido rostro del Varón de Dolores esté tejido con enojo. Cuando los ojos que una vez fueron humedecidos con las gotas de rocío de la compasión, arrojen relámpagos sobre sus enemigos.

Y las manos, que una vez fueron clavadas a la Cruz para nuestra redención, empuñen el rayo para la condenación de ustedes. Mientras la boca que una vez dijo: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados,» pronunciará con palabras más fuertes y más terribles que la voz del trueno: «¡Apartaos de mí, malditos»! ¡Pecadores! Ustedes podrán pensar que es una cosa sin mayor importancia pecar contra el Hombre de Nazaret, pero se van a dar cuenta que haciendo eso han ofendido al Hombre que juzgará a la tierra en justicia. Y por su rebelión, sufrirán olas de tormento en el océano eterno de su ira. ¡Que Dios los libre de esa condenación! Pero les estoy advirtiendo de ello.

Todos ustedes han leído la historia de aquella dama que en el día de su boda, subió las escaleras y, viendo un antiguo ropero, con ánimo de diversión y travesura se metió dentro, pensando en esconderse ahí por una hora, para que sus amigos la buscaran. Pero había una cerradura ahí oculta y al cerrarse, la dejó encerrada para siempre. Nadie la pudo encontrar sino después de transcurridos muchos años. Cuando un día estaban moviendo ese viejo ropero, encontraron los huesos de un esqueleto, con un anillo de brillantes por aquí y otros adornos por allá. Ella había entrado ahí por diversión y alegría, pero fue encerrada para siempre.

¡Jóvenes hermanos y hermanas! Cuídense de no ser encerrados para siempre por sus pecados. Una copa jovial, eso es todo. Un juego momentáneo, pensó ella. Pero hay una cerradura secreta que está al acecho. Una sola visita a esa casa de mala reputación, un pequeño desvío del camino recto, eso es todo. ¡Oh, pecador! Eso es todo. Pero ¿sabes lo que es todo eso? ¡Estar preso para siempre! Oh, si ustedes escaparan de esto, si me oyeran, mientras (porque sólo me queda un momento) les hablo otra vez del Hombre que fue «escogido de mi pueblo.»

¡Ustedes orgullosos! Tengo una palabra para ustedes. ¡Ustedes delicados, cuyos pasos no deben tocar el suelo! ¡Ustedes que miran hacia abajo con desprecio a sus prójimos mortales; gusanos orgullosos que desprecian a sus compañeros gusanos, sólo porque están vestidos de manera más elegante! ¿Qué piensan de esto? El Hombre del pueblo es Quien te salvará, si es que has de ser salvo. ¡El Cristo de la multitud, el Cristo de las masas, el Cristo del pueblo, Él debe ser tu Salvador! ¡Debes humillarte, hombre orgulloso! ¡Tú debes inclinarte, mujer soberbia! Debes hacer a un lado toda tu pompa, o de lo contrario nunca serás salvo, porque el Salvador del pueblo debe ser tu Salvador.

Pero al pobre pecador tembloroso, cuyo orgullo ha desaparecido, le repito la reconfortante seguridad. ¿Evitarás el pecado? ¿Evitarás la maldición? Mi Señor me pide que diga esta mañana: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.» Recuerdo lo que decía una santa anciana. Alguien estaba hablando de la misericordia y el amor de Jesús, y concluyó diciendo: «¿Ah, acaso no es sorprendente? Ella dijo: «No, no lo es.» Pero ellos dijeron que sí lo era. «Vamos,» dijo ella, «¡simplemente así es Él; así es Él!»

Ustedes preguntan: ¿acaso pueden creer semejante cosa de una Persona? «¡Oh sí!» Puede decirse: «esa es sencillamente Su naturaleza.» ¿De modo que ustedes tal vez no pueden creer que Cristo quiere salvarlos, criaturas culpables como son? Yo les digo que así es Él. El salvó a Saulo; Él me salvó a mi y te puede salvar a ti. Sí, es más, Él te salvará a ti. Porque cualquiera que a Él viene, jamás lo echará fuera.

http://www.spurgeon.com.mx/informacion.html

 

 

 

 

 

Cristo Crucificado

El Púlpito de la Capilla New Park Street

Cristo Crucificado

Un sermón predicado la noche del Domingo 11 de Febrero de 1855

por El Rev. Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

 

«Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.» – 1 Corintios 1:23,24.

¡Cuánto desdén ha derramado Dios sobre la sabiduría de este mundo! Cómo la ha reducido a nada, haciendo que se muestre sin valor. Le ha permitido que elabore sus propias conclusiones, y que demuestre su propia insensatez. Los hombres se jactaban de ser sabios; decían que podían descubrir a Dios a la perfección; y para que su necedad pudiera ser refutada de una vez por todas, Dios les dio la oportunidad de hacerlo así. Él dijo: «Sabiduría mundana, te voy a probar. Tú afirmas que eres poderosa, que tu intelecto es vasto y completo, que tu ojo es penetrante, que puedes descifrar todos los secretos; ahora, mira, Yo te pruebo: te presento un gran problema para que lo resuelvas. Aquí está el universo; las estrellas conforman su bóveda, los campos y las flores lo adornan, y las corrientes recorren su superficie; mi nombre está escrito allí; las cosas invisibles de Dios se hacen claramente visibles, siendo entendidas por medio de las cosas hechas. Filosofía, te pongo este dilema: encuéntrame. Aquí están mis obras: encuéntrame. Descubre en el maravilloso mundo que he creado, la manera de adorarme aceptablemente. Te doy el espacio suficiente para que lo hagas: hay datos suficientes. Contempla las nubes, la tierra, y las estrellas. Te doy tiempo suficiente; te daré cuatro mil años, y no interferiré; tú harás como quieras en tu propio mundo. Te daré hombres en abundancia, pues haré grandes y vastas mentes, a quienes llamarás señores de la tierra; tendrás oradores, y tendrás filósofos. Encuéntrame, oh razón, encuéntrame, oh sabiduría; descubre Mi naturaleza, si puedes: encuéntrame a la perfección, si eres capaz; y si no lo eres, entonces cierra tu boca para siempre, y Yo te voy a enseñar que la sabiduría de Dios es más sabia que la sabiduría del hombre; sí, que la locura de Dios es más sabia que los hombres.»

Y ¿cómo resolvió el problema la razón del hombre? ¿Cómo cumplió su proeza? Mira a las naciones paganas; allí verás el resultado de las investigaciones de la sabiduría. En el tiempo de Jesucristo, podrías haber visto la tierra cubierta con el fango de la corrupción: una Sodoma a gran escala, corrupta, inmunda, depravada, entregándose a vicios que no nos atrevemos a mencionar, gozándose en lascivias demasiado abominables para que nuestra imaginación se pose en ellas, aunque sea por un instante. Encontramos a los hombres postrándose ante bloques de madera y de piedra, adorando a diez mil dioses más viciosos que ellos mismos.

Encontramos, de hecho, que la razón escribió su propia depravación con un dedo cubierto de sangre e inmundicia, y que ella se privó a sí misma de toda su gloria por las viles obras que llevó a cabo. No quiso inclinarse ante Él, que es «claramente visible,» sino que adoró a cualquier criatura; el reptil que se arrastra, el cocodrilo, la víbora, cualquier cosa podía ser un dios, pero ciertamente no el Dios del Cielo. El vicio podía ser convertido en una ceremonia, y el mayor crimen podía ser exaltado a una religión; pero de la verdadera adoración no conocían nada.

¡Pobre razón! ¡Pobre sabiduría! ¡Cómo caíste del cielo! Como Lucero, hijo de la mañana, estás perdida. Tú has escrito tu conclusión, pero es una conclusión de consumada insensatez. «Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó salvar a los creyentes por la locura de la predicación.»

La sabiduría había tenido su tiempo, y tiempo suficiente; había hecho todo lo que podía, y eso fue muy poco; había hecho al mundo peor de lo que era antes que lo pisara, y ahora Dios dice: «La locura vencerá a la sabiduría; ahora la ignorancia, como la llaman ustedes, va a barrer con su ciencia; ahora la fe humilde, como la de un niño, va a convertir en polvo todos los sistemas colosales que sus manos han apilado.» Él llama a su ejército. Cristo se lleva la trompeta a Su boca, y vienen todos los guerreros, vestidos con ropas de pescadores, con el acento típico de las orillas del lago de Galilea: unos pobres marineros humildes. ¡Aquí están los guerreros, oh sabiduría, que te van confundir! ¡Estos son los héroes que vencerán a tus orgullosos filósofos! Estos hombres van a plantar su estandarte sobre las murallas en ruinas de tus fortalezas, y les ordenarán que se derrumben para siempre; estos hombres, y sus sucesores, van a exaltar un Evangelio en el mundo del cual se podrán reír ustedes como de algo absurdo, que podrán despreciar como una locura, pero que será exaltado sobre los montes, y será glorioso hasta los más altos cielos.

Desde ese día, Dios ha levantado siempre sucesores de los apóstoles. Yo afirmo que soy un sucesor de los apóstoles, no por descendencia de linaje, sino porque cumplo el mismo papel y gozo del privilegio de cualquier apóstol, y soy tan llamado a predicar el Evangelio como el propio Pablo: si no tan bendecido en la conversión de pecadores, en alguna medida he sido bendecido por Dios; y por tanto, aquí estoy, loco como lo pudiera ser Pablo, necio como Pedro, o cualquiera de esos pescadores, pero, sin embargo, con el poder de Dios sostengo la espada de la verdad: habiendo venido aquí para «predicar a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.»

Antes de adentrarme en nuestro texto, permítanme decirles brevemente lo que yo creo que significa predicar a Cristo crucificado. Amigos míos, yo no creo que predicar a Cristo crucificado sea dar a nuestra gente una buena dosis de filosofía cada domingo por la mañana y por la noche, desdeñando la verdad de este Santo Libro. No creo que predicar a Cristo crucificado sea hacer a un lado las doctrinas cardinales de la Palabra de Dios, y predicar una religión que es toda ella neblina y bruma, sin verdades definidas de ningún tipo. Yo entiendo que quien puede finalizar un sermón sin haber mencionado el nombre de Cristo ni una sola vez, no predica a Cristo crucificado; tampoco predica a Cristo crucificado el que deja fuera la obra del Espíritu Santo, el que no menciona ni una sola palabra acerca del Espíritu Santo, de tal forma que sus oyentes pueden decir en verdad: «ni siquiera sabemos si existe un Espíritu Santo.»

Y yo tengo mi propia opinión personal, que no se puede predicar a Cristo crucificado a menos que se predique lo que hoy en día se ha dado en llamar Calvinismo. Yo tengo mis propias ideas que siempre expreso con valor. Llamar a esas doctrinas Calvinismo es ponerles un apodo; Calvinismo es el Evangelio y nada más. Yo no creo que podamos predicar el Evangelio, si no predicamos la justificación por fe, sin obras; si no predicamos la soberanía de Dios en Su dispensación de gracia; si no exaltamos el amor de Jehová que elige, que es inmutable, eterno, incambiable y conquistador; tampoco creo que podamos predicar el Evangelio, a menos que lo basemos en la redención particular que Cristo llevó a cabo por Su pueblo elegido; no puedo comprender un Evangelio que deja que los santos se pierdan después que han sido llamados, y que acepta que los hijos de Dios se quemen en los fuegos de condenación a pesar de haber creído. Yo aborrezco un evangelio así. El Evangelio de la Biblia no es ese evangelio. Nosotros predicamos a Cristo crucificado de una manera diferente, y a todos los adversarios les respondemos: «Ese no es el Cristo que nosotros conocemos.»

Hay tres temas en el texto. Primero, un Evangelio rechazado: «Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura;» en segundo lugar, un Evangelio triunfante: «Para los llamados, así judíos como griegos;» y en tercer lugar, un Evangelio admirado: es para quienes son llamados, «Poder de Dios, y sabiduría de Dios.»

I. En primer lugar, tenemos aquí UN EVANGELIO RECHAZADO. Uno podría haber esperado que cuando Dios envió Su Evangelio a los hombres, todos los hombres escucharían con mansedumbre, y recibirían sus verdades con humildad. Podríamos haber pensado que los ministros de Dios no debían sino proclamar que la vida es traída a la luz por el Evangelio, y que Cristo vino para salvar a los pecadores, y todo oído estaría atento, los ojos mirarían con fijeza, y cada corazón estaría abierto de par en par para recibir esa verdad. Habríamos dicho, juzgando favorablemente a nuestros compañeros, que no podría existir en el mundo un monstruo tan vil, tan depravado, tan inmundo, capaz de poner piedras en el camino del progreso de la verdad; no hubiéramos concebido algo así; sin embargo esa concepción es la verdad.

Cuando el Evangelio fue predicado, en lugar de ser aceptado y admirado, un chiflido universal subió al cielo; los hombres no podían soportarlo; ellos arrastraron a su primer Predicador hasta la cumbre del monte y le habrían despeñado desde allí, si hubieran podido: inclusive hicieron algo más que eso, lo clavaron en la cruz, y allí dejaron languidecer en agonía Su vida moribunda, una agonía que nadie ha experimentado desde entonces. Todos Sus ministros elegidos han sido odiados y aborrecidos por los hombres del mundo; en vez de que los escuchen, se han burlado de ellos; han sido tratados como si fueran la hez de todas las cosas, y la basura de la humanidad. Miren a los santos hombres de la antigüedad, cómo fueron expulsados de ciudad en ciudad, perseguidos, afligidos, atormentados, lapidados en cualquier lugar donde el enemigo tuviera el poder de hacerlo.

Esos amigos de los hombres, esos verdaderos filántropos, que llegaban con corazones henchidos de amor y manos llenas de misericordia, con labios preñados de fuego celestial y almas que ardían con una santa influencia; esos hombres eran tratados como si fueran los espías del campamento, como si fueran desertores de la causa común de la humanidad; como si fueran enemigos y no, como en realidad lo eran, los mejores amigos.

No supongan, amigos míos, que los hombres gustan más del Evangelio ahora que antes. Existe la idea que nos estamos volviendo mejores. Yo no lo creo. Nos estamos volviendo peores. Tal vez, en ciertas cosas los hombres puedan ser mejores: mejores en lo exterior; pero su corazón sigue siendo el mismo. Si se hiciera hoy una disección al corazón humano, sería igualito al corazón humano de hace mil años: la hiel de amargura dentro de ese pecho de ustedes, sería precisamente tan amarga como la hiel de amargura en aquel Simón de antaño. Tenemos en nuestros corazones la misma latente oposición a la verdad de Dios; y por esta razón encontramos que los hombres son iguales que antes, que desprecian el Evangelio.

Hablando del Evangelio rechazado, voy a esforzarme por señalar las dos clases de personas que desprecian de igual manera la verdad. Los judíos lo convierten en tropezadero, y los gentiles lo consideran locura. Ahora, estos dos respetables caballeros, (el judío y el griego), estos antiguos individuos, no serán objeto de mi condenación, sino que voy a considerarlos como miembros de un gran parlamento, representantes de un buen grupo de votantes, y voy a intentar mostrarles que aunque toda la raza de los judíos fuera erradicada, habría todavía un número muy grande en el mundo que respondería al nombre de judíos, para quienes Cristo es un tropezadero; y que si Grecia fuera tragada por un terremoto, y cesara de ser una nación, habría todavía griegos para quienes el Evangelio sería una locura. Simplemente voy a introducir al judío y al griego, y dejarlos que les hablen a ustedes un momento, para que puedan ver a los caballeros que los representan; los hombres representativos; las personas que los simbolizan, que todavía no han sido llamados por la gracia divina.

El primero es el judío; para él, el Evangelio es tropezadero. El judío era un hombre respetable en su tiempo. Toda la religión formal estaba concentrada en su persona; iba al templo con mucha devoción; daba diezmos de todo lo que poseía, incluyendo la menta y el comino. Lo podías ver ayunando dos veces a la semana, con su rostro muy marcado por la tristeza y la aflicción. Si lo mirabas, tenía la ley en medio de sus ojos; allí estaba la filacteria, y los flecos de sus vestidos eran de una anchura impresionante para que no se pudiera suponer jamás que era un perro gentil; que nadie pudiera concebir jamás que él no fuera un hebreo de raza pura. Él tenía un linaje santo; procedía de una familia piadosa; un buen hombre correcto era él. No podía soportar para nada a esos saduceos que no tenían religión. Él era un hombre religioso cabal; apoyaba a su sinagoga; no aceptaba ese templo en el monte Gerizim; no podía soportar a los samaritanos, y no tenía tratos con ellos; era un celoso de primera magnitud de la religión, un hombre excepcional; un espécimen de hombre moralista, amante de las ceremonias de la ley.

Consecuentemente, cuando oyó acerca de Cristo, preguntó quién era Cristo. «El hijo de un carpintero.» «¡Ah!» «El hijo de un carpintero, y el nombre de su madre era María, y de su padre José.» «Eso en sí mismo, es lo suficientemente presuntuoso,» comentó él, «prueba positiva, de hecho, que no puede ser el Mesías. Y, ¿qué es lo que dice?» Bien, pues dice: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!» «Eso no dará resultado.» «Además,» añade, «No es por las obras de la carne que alguien puede entrar en el reino de los cielos.» El judío amarraba de inmediato un doble nudo en su filacteria; pensaba que ordenaría que las franjas de su vestido fueran ampliadas al doble. ¡Inclinarse él ante el Nazareno! No, no; y si simplemente un discípulo atravesaba la calle, él consideraba el lugar contaminado, y no continuaba en sus pasos. ¿Piensan ustedes que él abandonaría la religión de su anciano padre, la religión que vino del Monte Sinaí, esa antigua religión que se encontraba en el arca y bajo la sombra de los querubines? ¿Renunciar a eso? No. Un vil impostor: a sus ojos, eso era Cristo. ¡El judío pensaba así! «¡Un tropezadero para mí! ¡No puedo oír hablar de eso! No lo quiero escuchar.» Por consiguiente, prestaba oídos sordos a toda la elocuencia del Predicador y no escuchaba nada.

Hasta luego, viejo judío. Tú duermes con tus padres, y tu generación es una raza errante, que todavía camina por la tierra. Hasta luego, ya he terminado contigo. ¡Ay!, pobre infeliz, ese Cristo que era tu tropezadero, será tu Juez, y sobre tu cabeza recaerá esa sonora maldición: «Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.» Pero yo encuentro al señor judío aquí en Exeter Hall: personas que encajan en esa descripción, para quienes Jesucristo es un tropezadero. Permítanme que les haga una descripción de ustedes mismos, de algunos de ustedes. Ustedes también eran miembros de una familia piadosa, ¿no es así? Sí. Y tienen una religión que aman: la aman en cuanto a la crisálida, a la parte externa, la cubierta, la cáscara. No quisieran que se alterara ninguna regla, ni que ninguno de esos viejos arcos amados fuera eliminado, ni que los vitrales se cambiaran por nada del mundo; y si alguien dijera una palabra contra tales cosas, lo catalogarían de inmediato como hereje.

O tal vez ustedes no asisten a un lugar de adoración así, pero aman un lugar de reunión muy antiguo y sencillo, donde sus ancestros adoraron, o sea, una capilla disidente. ¡Ah!, es un hermoso lugar sencillo; ustedes lo aman, aman sus ordenanzas, aman su exterior; y si alguien hablara contra ese lugar, se sentirían muy vejados. Ustedes creen que lo que hacen allí, debería hacerse en todas partes; de hecho su iglesia es una iglesia modelo; el lugar donde ustedes van, es exactamente el tipo de lugar bueno para todos; y si yo les preguntara por qué tienen la esperanza de ir al cielo, tal vez responderían: «porque soy bautista,» o, «porque pertenezco a la iglesia episcopal,» o cualquier otra denominación a la que pertenezcan. Ya los he descrito. Yo sé que Jesucristo será un tropezadero para ustedes.

Si yo viniera y te dijera que todas tus idas a la casa de Dios no te sirven para nada; si yo te dijera que todas esas veces que has estado cantando y orando, pasaron desapercibidas a los ojos de Dios, porque tú eres un hipócrita y un formalista. Si yo te dijera que tu corazón no tiene la relación correcta con Dios, y que a menos que la tenga, todo lo externo no te sirve para nada, yo sé lo que responderías: «No voy a oír más a ese joven.» Es un tropezadero. Pero si entraras a cualquier lugar donde escucharas que se exalta el formalismo; si se te dijera «debes hacer esto, y debes hacer lo otro, y entonces serás salvado,» eso sí lo aprobarías de buen grado.

Pero cuántas personas hay que son religiosas en lo externo, intachables de carácter, aunque nunca han tenido la influencia regeneradora del Espíritu Santo; que no han sido conducidas a postrarse con su frente en el suelo ante la cruz del Calvario; que nunca han vuelto un ojo anhelante hacia el Salvador crucificado; que nunca han puesto su confianza en Él, que fue sacrificado a favor de los hijos de los hombres. Ellos aman una religión superficial, pero cuando un hombre habla algo más profundo que eso, declaran que es un discurso enrevesado.

Ustedes pueden amar todo lo externo acerca de la religión, de la misma manera que pueden admirar a un hombre por su ropa: sin que les importe nada el hombre mismo. Si es así, yo sé que pertenecen al grupo que rechaza el Evangelio. Ustedes me oirán predicar; y mientras yo hable de cosas externas, me oirán con atención; mientras yo promueva la moralidad, y argumente en contra de la borrachera, o muestre la atrocidad del incumplimiento del reposo el día domingo, todo irá muy bien; pero si digo una vez: «Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos;» si les digo alguna vez que deben ser elegidos por Dios, que deben ser comprados con la sangre del Salvador, que deben ser convertidos por el Espíritu Santo, ustedes dirán: «¡es un fanático! ¡Que se vaya! ¡Fuera! No queremos oír nada de eso.» Cristo crucificado es para el judío, el formalista, un tropezadero.

Pero se puede encontrar otro espécimen de este judío. Este es completamente ortodoxo en sus sentimientos. En cuanto a formas y ceremonias, no las tiene en un alto concepto. Asiste a un lugar de adoración donde aprende sana doctrina. No quiere escuchar nada que no sea la verdad. Le gusta que hagamos buenas obras y tengamos moralidad. Es un buen hombre, y nadie le puede encontrar una falla. Está aquí presente, asistiendo como siempre al servicio dominical. En la plaza camina ante los hombres con toda honestidad: eso pensarían ustedes. Pregúntenle acerca de cualquier doctrina, y puede darles toda una disquisición al respecto. De hecho, podría escribir todo un tratado sobre cualquier cosa relativa a la Biblia, y también acerca de muchas otras cosas. Lo sabe casi todo; y aquí, en este oscuro ático de la cabeza, su religión se ha establecido; tiene una excelente sala de recibo en su corazón, pero su religión nunca asiste allí: está cerrada para ella. Él tiene dinero allí: mamón, mundanalidad; o tiene otra cosa: amor de sí mismo, orgullo. Tal vez le guste escuchar una predicación práctica; lo admira todo; de hecho ama todo lo que sea correcto. Pero no hay nada bueno dentro de él: o más bien, todo es sonido sin sustancia. Le gusta escuchar sana doctrina; pero ésta no penetra el hombre interior. Nunca lo ves llorar. Predícale acerca de Cristo crucificado, un tema glorioso, y nunca verás que una lágrima ruede por sus mejillas; cuéntale acerca de la poderosa influencia del Espíritu Santo: te puede admirar por ello, pero la mano del Espíritu Santo no ha tocado nunca su alma; háblale acerca de la comunión con Dios, en qué consiste sumergirse en el mar más profundo de la Deidad, y perderse en su inmensidad: al hombre le encanta oír eso, pero nunca lo ha experimentado, nunca ha tenido comunión con Cristo; y cuando comienzas a calarle hondo, cuando lo acuestas sobre la mesa, y sacas tu bisturí de disección y comienzas a hacer tus cortes y le muestras su propio corazón, y le dejas ver lo que él es por naturaleza, y en lo que debe convertirse por gracia, el hombre se sobresalta; no puede soportar eso; no acepta nada de esto: recibir y aceptar a Cristo en el corazón. Aunque lo ama lo suficiente con su cerebro, es para él un tropezadero, y lo desecha. ¿Se reconocen descritos aquí, amigos míos? ¿Se ven ustedes como los ven otras personas? ¿Se ven ustedes como los ve Dios? Pues así es, posiblemente aquí hay muchas personas para quienes Cristo es un tropezadero como lo ha sido siempre para otros.

¡Oh, ustedes que son formalistas! Me dirijo ahora a ustedes; oh, ustedes que prefieren la cáscara de la nuez pero aborrecen la propia nuez; oh, ustedes, a quienes les gustan las galas y el vestido, pero a quienes no les importa la hermosa virgen que está ataviada con ellos: oh, ustedes que admiran la pintura y el oropel, pero que aborrecen el oro fino, les hablo a ustedes; les pregunto: ¿les da su religión un sólido consuelo? ¿Pueden mirar a la muerte a la cara con ese consuelo, y afirmar: «Yo sé que mi Redentor vive»? ¿Pueden cerrar sus ojos en la noche, y cantar como su himno de vísperas?:

«Yo debo aguantar hasta el fin,
Tan convencido como la señal me es dada.»

¿Puedes bendecir a Dios en la aflicción? ¿Puedes sumergirte con el pesado equipo que cargas y nadar a través de las corrientes de las pruebas? ¿Puedes marchar triunfante en el escondrijo del león, reírte de la aflicción y ofrecer un desafío al infierno? ¿Puedes hacer esto? ¡No! Tu evangelio es afeminado; es una cosa de palabras y sonidos, y no de poder. Arrójalo lejos de ti, te lo imploro: no vale la pena que lo conserves; pues cuando te presentes ante el trono de Dios, descubrirás que te fallará, y lo hará de tal manera que te impedirá encontrar otro; pues perdido, arruinado, destruido, te darás cuenta que Cristo que ahora es skandalon, «tropezadero,» entonces será tu Juez.

He descrito al judío, y ahora voy a descubrir al griego. Él es una persona de un exterior muy diferente al judío. Para el griego la filacteria es una basura; y desprecia los flecos extendidos de sus mantos. Las formas de religión no le importan; de hecho siente una intensa aversión hacia los sombreros de alas anchas, y hacia cualquier cosa que represente un despliegue externo. Aprecia la elocuencia; admira cualquier formulación inteligente; ama los dichos singulares; le encanta la lectura del último libro; es un griego, y para él, el Evangelio es una locura. El griego es un caballero que puede ser encontrado hoy en la mayoría de los lugares: producido algunas veces en las universidades, formado constantemente en las escuelas, fabricado en todas partes. Está en la casa de cambio; en el mercado; posee un almacén; anda en carruajes; es un noble, un caballero; está en todas partes, inclusive en la corte. Es sabio en todo. Pregúntale cualquier cosa y él la sabe. Pídele una cita de cualquiera de los poetas antiguos, o de cualquier otra persona, y él te la puede proporcionar. Si tú eres un musulmán y argumentas las creencias de tu religión, él te escuchará muy pacientemente. Pero si tú eres un cristiano, y le hablas de Jesucristo, él te responderá: «Pon un alto a tu discurso enrevesado, no quiero oír nada acerca de eso.» Este caballero griego cree en cualquier filosofía, excepto en la verdadera; estudia toda sabiduría, excepto la sabiduría de Dios; busca todo conocimiento excepto el conocimiento espiritual; le gusta todo lo que el hombre hace, pero no le gusta nada que venga de Dios; es una locura para él, locura abominable. Sólo tienes que platicar acerca de una doctrina de la Biblia, y se tapa los oídos; ya no desea más tu compañía; es locura.

Yo me he encontrado a este caballero muchas veces. Cuando lo vi en una ocasión, me comentó que no creía en ninguna religión; y cuando le dije que yo sí creía, y que tenía la esperanza de ir al cielo al morir, él respondió que se atrevía a decir que eso era muy cómodo, pero que no creía en la religión, y que estaba seguro que era mejor vivir según lo dictara la naturaleza. En otra ocasión habló bien de todas las religiones, y creía que eran muy buenas y todas ellas verdaderas, cada una en lo suyo; y estaba convencido que si un hombre era sincero en cualquier tipo de religión, no tendría problemas al llegar a al fin. Yo le respondí que no estaba de acuerdo, y que yo creía que no había sino una sola religión revelada por Dios: la religión de los elegidos de Dios, la religión que es el don de Jesús. Después dijo que yo era un fanático intolerante y se despidió. Para él era locura. No quería saber nada de mí. O aceptaba todas las religiones o no aceptaba ninguna.

En otra oportunidad le detuve sosteniendo el botón de su saco, y discutí con él un poco acerca de la fe. Él dijo: «Todo eso está muy bien, creo que esa es sana doctrina protestante.» Pero al instante yo mencioné algo acerca de la elección, y comentó: «no me gusta eso; muchas personas han predicado eso con muy malos resultados.» Luego sugerí algo acerca de la gracia inmerecida; pero no podía soportar tampoco eso, era una locura para él. Se trataba de un griego muy pulido, y pensaba que si no era un elegido, debía serlo. Nunca le gustó el pasaje bíblico: «Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios;. . . y lo que no es, para deshacer lo que es.» Él consideraba que eso era algo vergonzoso de la Biblia; y que cuando el libro fuera revisado, no dudaba que sería eliminado.

Para tal persona (pues está presente aquí el día de hoy, y ha venido muy probablemente para oír una caña sacudida por el viento), tengo que decir esto: «¡Ah!, hombre sabio, lleno de sabiduría del mundo; tu sabiduría te sostendrá aquí, pero ¿qué harás en las crecidas aguas del Jordán? La filosofía te puede ayudar para que te apoyes en ella mientras caminas en este mundo; pero el río es profundo, y tú vas a necesitar algo más que eso.

Si no tienes el brazo del Altísimo para que te sostenga en la corriente y te anime con las promesas, te hundirás, amigo; con toda tu filosofía, te hundirás; con todos tus conocimientos, te hundirás, y serás arrastrado a ese terrible océano de tormento eterno, donde permanecerás para siempre. ¡Ah!, griegos, podrá ser locura para ustedes, pero verán al Hombre, su Juez, y entonces lamentarán aquel día en que dijeron que el Evangelio era una locura.

II. Habiendo predicado hasta este punto acerca del rechazo del Evangelio, ahora voy a hablar brevemente sobre el EVANGELIO TRIUNFANTE. «Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.» Aquel hombre que está por allá, rechaza el Evangelio, desprecia la gracia, y se ríe de todo esto como de un engaño. Por aquí está otro hombre que se ríe también; pero Dios los pondrá de rodillas. Cristo no murió en vano. El Espíritu Santo no obrará en vano.

Dios ha dicho: «Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.» «Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho.» Si un pecador no es salvado, otro lo será. El judío y el griego no despoblarán nunca el cielo. Los coros de gloria no perderán un solo cantor a causa de toda la oposición de judíos y griegos; pues Dios lo ha dicho; algunos serán llamados; algunos serán salvados; algunos serán rescatados.

«Perezca el mérito, como debe ser, aborrecido,
Y el necio con él, el que insulta a su Señor.
La expiación que el amor del Redentor ha obrado
No es para ti; el justo no la necesita.
¿Ves aquella prostituta que invita a todos los que encuentra,
Esa molesta presencia que se pudre en nuestras calles,
Ofreciéndose de la mañana a la noche, y a la otra mañana,
Que se aborrece a sí misma y que ustedes desprecian?:
La lluvia de gracia, inmerecida y libre,
Caerá sobre ella cuando el cielo te la niegue a ti.
De todo lo que dicta la sabiduría, esta es la esencia,
Que el hombre está muerto en el pecado, y la vida es un don.»

Si los justos y los buenos no son salvados, si rechazan el Evangelio, hay otros que serán llamados, otros que serán rescatados, pues Cristo no perderá los méritos de Sus agonías, ni lo que fue comprado con Su sangre.

«Mas para los llamados.» Esta semana recibí una nota en la que me solicitaban que explicara la palabra «llamados;» porque en un pasaje dice «Porque muchos son llamados, y pocos escogidos,» mientras que en otro daría la impresión que todos los que son llamados deben ser elegidos. Ahora, déjenme mencionarles que hay dos llamados. Como mi viejo amigo John Bunyan afirma, «la gallina tiene dos llamados, el cloqueo común, que hace a diario y a cada hora, y el cloqueo especial que dirige a sus pollitos.» De la misma manera hay un llamado general, un llamado que se hace a cada hombre; todo hombre lo oye. Muchos son llamados por su medio; ustedes son llamados el día de hoy en ese sentido; pero muy pocos son elegidos.

El otro es un llamado especial, el llamado a los hijos. Ustedes saben cómo suena la campana en el taller para llamar a los hombres al trabajo: ese es un llamado general. Un padre va a la puerta y llama: «Juan, es hora de la cena.» Ese es el llamado especial. Muchos son llamados mediante el llamado general, pero ellos no son elegidos; el llamado especial es únicamente para los hijos, y eso es lo que el texto significa, «Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.» Ese llamado es siempre un llamado especial.

Aunque yo estoy aquí y llamo a los hombres, nadie viene; aunque yo predico a los pecadores de manera universal, no se logra ningún bien; es como el relámpago sin ruido (fucilazo) que se ve algunas veces en los atardeceres de verano, hermoso, grandioso, pero ¿quién ha oído que haya caído alguna vez sobre algún objeto? Mas el llamado especial es como el rayo bifurcado caído del cielo; golpea en algún lado; es la flecha que se clava por entre las junturas de la armadura. El llamado que salva es como el de Jesús, cuando dijo, «María,» y ella le respondió, «¡Raboni!»

¿Sabes algo de ese llamado especial, amado hermano? ¿Te ha llamado Jesús por tu nombre alguna vez? ¿Puedes recordar la hora cuando Él susurró tu nombre a tu oído, cuando te dijo: «Ven a Mí»? Si es así, concederás que es verdad lo que voy a decir al respecto: que es un llamado eficaz. Es irresistible. Cuando Dios llama con Su llamamiento especial, no se puede dejar de acudir. ¡Ah!, yo sé que yo me reía de la religión; yo la despreciaba, la aborrecía; ¡pero ese llamado! ¡Oh!, yo no quería venir. Pero Dios dijo, «tú vendrás. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí.» «Señor, yo no lo haré.» «Claro que lo harás,» dijo Dios. Y yo había ido algunas veces a la casa de Dios casi con una determinación de no escuchar, pero debía escuchar. ¡Oh, cómo penetró en mi alma la palabra! ¿Acaso tenía algún poder de resistir? No; fui derribado; cada hueso parecía fracturado; yo fui salvado por la gracia eficaz.

Yo apelo a su experiencia, amigos míos. Cuando Dios los tomó de la mano, ¿hubieran podido resistirse? Ustedes se enfrentaron a su ministro innumerables veces. La enfermedad no los quebrantó; las dolencias no los condujeron a los pies de Dios; la elocuencia no los convenció; pero cuando Dios puso manos a la obra, ¡ah!, entonces qué cambio se dio; como Saulo, cuando iba hacia Damasco con sus caballos, escuchó esa voz del cielo que decía, «Yo soy Jesús, a quien tú persigues.» «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» En ese momento no había forma de continuar. Ese era un llamado eficaz. Como ese, también, que Jesús le hizo a Zaqueo, cuando estaba subido en el árbol: colocándose bajo el árbol, Él dijo, «Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.» Zaqueo fue atrapado en la red; él oyó su propio nombre; el llamamiento penetró su alma; no podía quedarse en el árbol, pues un impulso Todopoderoso lo hizo bajar.

Y yo podría mencionarles algunos ejemplos especiales de personas que han asistido a la casa de Dios y han escuchado la descripción de su carácter delineado a la perfección, de tal forma que han dicho, «me está describiendo, me está describiendo.» Lo mismo que yo podría decir a ese joven que robó los guantes de su jefe ayer, que Jesús lo llama al arrepentimiento. Podría ser que aquí hubiera una persona así; y cuando el llamamiento viene a una persona en particular, generalmente viene con un poder especial. Dios da a Sus ministros una brocha especial y les enseña cómo usarla para pintar cuadros vivos, y de esta manera el pecador oye el llamamiento especial. Yo no puedo hacer el llamamiento especial; Dios es el único que puede hacerlo, y por eso yo se lo dejo a Él. Algunos deben ser llamados. Judíos y griegos podrán reírse, pero aun así hay algunos que son llamados, tanto judíos como griegos.

Entonces, para concluir este segundo punto, es una gran misericordia que muchos judíos hayan sido conducidos a olvidarse de su justicia propia; muchos legalistas han sido conducidos a abandonar su legalismo y a venir a Cristo, muchos griegos han inclinado su genio ante el trono del Evangelio de Dios. Nosotros tenemos unos cuantos de ellos. Como afirma Cowper:

«Nosotros nos jactamos de ricos a quienes el Evangelio doblega
Y de uno que lleva una corona y ora;
Se muestran como vestigios de un olivo,
Aquí y allá vemos alguno ubicado en la rama más alta.»

III. Ahora llegamos a nuestro tercer punto, UN EVANGELIO ADMIRADO; para los llamados por Dios, es el poder de Dios, y la sabiduría de Dios. Ahora, amados hermanos, este debe ser un asunto de pura experiencia entre sus almas y Dios. Si ustedes son llamados por Dios el día de hoy, lo sabrán. Yo sé que hay momentos en los que el cristiano debe decir,

«Es un punto que anhelo conocer,
A menudo genera un pensamiento ansioso;
¿Amo al Señor o no?
¿Le pertenezco a Él, o no?»

Pero si un hombre nunca se ha reconocido cristiano en su vida, nunca ha sido un cristiano. Si nunca ha tenido un momento de confianza en el que pudiera decir: «yo sé a quién he creído,» pienso que no estoy siendo duro cuando afirmo que ese hombre no pudo haber nacido de nuevo; pues no puedo entender cómo un hombre pueda nacer de nuevo y no lo sepa; no entiendo cómo un hombre pueda haber sido asesinado y reviva, sin que se dé cuenta; cómo un hombre pueda pasar de la muerte a la vida, y no lo sepa; cómo un hombre pueda ser llamado de las tinieblas a una luz admirable y no se dé cuenta. Yo tengo la certeza que lo sé, cuando digo en alta voz mi vieja estrofa,

«Ahora libre de pecado camino en libertad,
La sangre de mi Salvador es mi exoneración total;
A Sus pies amados contento me siento,
Un pecador salvado, homenaje yo rindo.»

Hay momentos en los que los ojos brillan llenos de gozo; y en los que podemos decir, «estamos persuadidos, confiados, seguros.» Yo no quisiera angustiar a nadie que tenga dudas. A menudo prevalecerán pensamientos sombríos; hay ocasiones en las que ustedes podrían tener el temor de no haber sido llamados; cuando tienen dudas de su interés en Cristo. ¡Ah, cuán grande misericordia es que no sea su asimiento de Cristo el que los salve, sino el que Cristo los sostenga a ustedes! Cuán dulce realidad es que no depende de cómo se aferran a Su mano, sino de cómo Él se aferra a la mano de ustedes, lo que los salva. Sin embargo, yo creo que ustedes deben saber en un momento u otro, si son llamados por Dios. Si es así, me seguirán en la parte siguiente de mi sermón, que es un asunto de pura experiencia; para nosotros que somos salvos, es «Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.»

El Evangelio es para el verdadero creyente una cosa de poder. Es Cristo el poder de Dios. Ay, hay un poder en el Evangelio de Dios que está más allá de toda descripción. Una vez yo, como Mazepa, atado sobre el caballo salvaje de mi lujuria, atado de pies y manos, incapaz de resistir, iba galopando perseguido por los lobos del infierno, que aullaban tras mi cuerpo y mi alma, como su presa justa y legal. Pero vino una poderosa mano que detuvo al caballo salvaje, cortó mis ataduras, me bajó y me condujo a la libertad. ¿Hay poder allí, amigo mío? Ay, hay poder, y quien lo haya sentido debe reconocerlo.

Hubo un tiempo en el que yo vivía en el impenetrable castillo de mis pecados, y confiaba en mis obras. Pero vino un pregonero a la puerta, y me ordenó que la abriera. Lleno de ira lo reprendí desde el vestíbulo y le dije que nunca entraría. Vino luego un personaje bueno, con un rostro lleno de amor; Sus manos tenían las marcas de cicatrices producidas por clavos, y Sus pies también tenían marcas de clavos; levantó Su cruz, usándola como un martillo; al primer golpe, la puerta de mi prejuicio se sacudió; al segundo golpe, tembló más; al tercero, se derrumbó, y Él entró; y dijo: «Levántate, y ponte de pie, pues te he amado con amor eterno.» ¡Una cosa de poder! ¡Ah!, es una cosa de poder. ¡Yo la he sentido aquí, en este corazón! Tengo dentro de mí el testimonio del Espíritu, y sé que es una cosa de poder porque me ha conquistado; me ha doblegado.

«Únicamente Su gracia inmerecida, de principio a fin,
Ha ganado mi afecto, y ha sostenido firme mi alma.»

Para el cristiano, el Evangelio es un asunto de poder. ¿Qué es lo que hace que el joven se convierta en un misionero para la causa de Dios, que deje a su padre y su madre, y que se vaya a lejanas tierras? Es una cosa de poder la que lo logra: es el Evangelio. ¿Qué es lo que constriñe a aquel ministro, en medio de la peste del cólera, a subir esas rechinantes escaleras, para estar junto al lecho de alguna moribunda criatura atacada por esa espantosa enfermedad? Debe ser un elemento de poder el que lo guía a arriesgar su vida; es el amor por la cruz de Cristo el que le ordena hacerlo.

¿Qué es lo que habilita a un hombre para que se pare frente a una multitud de compañeros, tal vez sin que ellos lo esperen, con la determinación de no hablar de otra cosa sino de Cristo crucificado? ¿Qué es lo que le permite clamar: ¡Ea!, como el caballo de guerra de Job parecía decirlo en la batalla, moviéndose glorioso en poder? Es un elemento de poder el que lo hace: es Cristo crucificado. Y ¿qué es lo que da valor a esa tímida mujer para que camine por ese oscuro sendero en el atardecer lluvioso, para sentarse junto a la víctima de una fiebre contagiosa? ¿Qué es lo que la fortalece para atravesar esa guarida de ladrones, y pasar junto al libertino y al profano? ¿Qué es lo que la motiva para entrar en ese osario de muerte, y sentarse allí musitando palabras de consuelo? ¿Acaso ella va allí por el oro? Son demasiado pobres para que le puedan dar oro. ¿Acaso ella va allí buscando la fama? Ella nunca será conocida, ni participará en las crónicas de las mujeres poderosas de esta tierra. ¿Qué es lo que la motiva a hacerlo? ¿Acaso es su amor al mérito? No; ella sabe que no tiene ningún merecimiento ante el alto cielo. ¿Qué es lo que la impulsa a hacerlo? Es el poder del Evangelio en su corazón; es la cruz de Cristo; ella la ama, y por tanto dice:

«Si todo el reino de la naturaleza fuese mío
Eso sería un regalo demasiado pequeño;
Amor tan sorprendente, tan divino,
Es lo que requiere mi alma, mi vida, mi todo.»

Pero yo contemplo otra escena. Un mártir es llevado rápidamente a la hoguera; los verdugos están a su alrededor; la turba se burla, pero él marcha hacia delante con firmeza. Vean, lo atan a la hoguera poniendo una cadena en su cintura; apilan leños a su alrededor; una flama es encendida; escuchen sus palabras; «Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.» Las llamas están ardiendo alrededor de sus piernas; el fuego lo está quemando hasta los huesos; mírenlo cómo levanta sus manos mientras dice: «yo sé que mi Redentor vive, y aunque el fuego devore mi cuerpo, en mi carne he de ver a Dios.» Véanlo cómo se aferra a la hoguera, y la besa como si la amara, y escúchenle decir: «por cada cadena de hierro con la que el hombre me ciña, Dios me dará una cadena de oro; por todos estos leños y esta ignominia y vergüenza, Él incrementará el peso de mi eterna gloria.» Miren, todas las partes inferiores de su cuerpo han sido consumidas; todavía vive la tortura; al fin se dobla y la parte superior de su cuerpo se desploma; y al caer le escuchas decir: «En tus manos encomiendo mi espíritu.» Señores, ¿qué magia sorprendente había en él? ¿Qué fue lo que fortaleció a ese hombre? ¿Qué le ayudó a soportar esa crueldad? ¿Qué le hizo permanecer inconmovible en medio de las llamas? Fue el elemento de poder; fue la cruz de Jesús crucificado. Pues «para los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.»

Pero contemplen otra escena completamente diferente. Allí no encontramos una multitud; es una habitación silenciosa. Encontramos un pobre jergón, una cama solitaria: un médico la acompaña. Allí está una jovencita; su rostro está pálido por la tisis; desde hace tiempo el gusano ha carcomido su mejilla, y aunque algunas veces regresa su rubor, es más bien el rubor de muerte del destructor engañoso. Allí yace, pálida y débil, descolorida, desgastada, moribunda: sin embargo, vean una sonrisa en su rostro, como si hubiese visto un ángel. Habla, y hay música en su voz. La Juana de Arco de la historia no era ni la mitad de poderosa como esa muchacha. Ella lucha con dragones en su lecho de muerte; pero miren su serenidad, y oigan su soneto agonizante:

«¡Jesús!, amante de mi alma,
Déjame apresurarme a tu pecho,
Mientras revientan junto a mí las olas,
¡Mientras la tempestad se crece!

¡Escóndeme, oh mi Salvador! ¡Escóndeme
Hasta que pase la tormenta de la vida!
Guíame con seguridad al puerto seguro;
¡Oh, recibe, al final, mi alma!

Y con una sonrisa cierra sus ojos en la tierra, para abrirlos en el cielo. ¿Qué es lo que le permite morir de esa manera? Es el poder de Dios para salvación; es la cruz; es Jesús crucificado.

Tengo muy poco tiempo para reflexionar sobre el último punto, y lejos de mí está el querer cansarlos con un sermón largo y prosaico, pero debemos dar un vistazo a la otra afirmación: Cristo es, para los llamados, sabiduría de Dios, así como poder de Dios. Para un creyente, el Evangelio es la perfección de la sabiduría, y si no lo considera así el impío, es debido a la perversión del juicio a consecuencia de su depravación.

Una idea ha poseído durante largo tiempo a la mente pública, y es que un hombre religioso difícilmente puede ser un hombre sabio. La costumbre ha sido hablar de los infieles, de los ateos y de los deístas como hombres de pensamiento profundo y vasto intelecto; y temblar por el polemista cristiano, como si fuera a caer con certeza a manos de su enemigo. Mas esto es puramente un error; pues el Evangelio es la suma de la sabiduría; el epítome del conocimiento; una tesorería de la verdad; y una revelación de secretos misterios. En él vemos cómo la justicia y la misericordia pueden casarse; aquí vemos a la ley inexorable enteramente satisfecha, y al amor soberano cargando al pecador en triunfo. Nuestra meditación sobre él engrandece la mente; y en la medida que se abre a nuestra alma en destellos sucesivos de gloria, nos quedamos atónitos ante la profunda sabiduría manifiesta en él.

¡Ah, queridos amigos! Si buscan sabiduría, la verán desplegada en toda su grandeza, no en el balanceo de las nubes, ni en la firmeza de los cimientos de la tierra; no en la marcha mesurada de los ejércitos del firmamento, ni en el movimiento perpetuo de las olas del mar; no en la vegetación con todas sus hermosas formas de belleza; ni tampoco en el animal con su maravilloso tejido de nervio, y vena, y músculo: ni en el hombre, esa última y más elevada obra del Creador. ¡Pero vuelvan su vista y vean este grandioso espectáculo! Un Dios encarnado sobre la cruz; un sustituto expiando la culpa mortal; un sacrificio satisfaciendo la venganza del cielo; liberando al pecador rebelde.

Aquí hay sabiduría esencial; entronizada, coronada, glorificada. Admiren esto, ustedes hombres de la tierra, y no sean ciegos: y ustedes, que se glorían de sus conocimientos, inclinen sus cabezas en señal de reverencia, y reconozcan que toda su habilidad no pudo haber concebido un Evangelio a la vez justo para Dios y seguro para el hombre.

Amigos míos, recuerden que a la vez que el Evangelio es en sí mismo sabiduría, también confiere sabiduría a sus estudiantes; enseña a los jóvenes sabiduría y discreción, y da entendimiento al simple. Un hombre que sea un admirador creyente y un amante sincero de la verdad, como lo es en Jesús, está en un lugar correcto para seguir con beneficio cualquier otra rama de la ciencia. Yo confieso que poseo en mi cabeza ahora un estante para cada cosa. Sé dónde poner cualquier cosa que leo; sé dónde almacenar cualquier cosa que aprendo. Antes, cuando leía libros, ponía todo mi conocimiento aglomerado en una gloriosa confusión; pero desde que conocí a Cristo, he puesto a Cristo en el centro como mi sol, y cada ciencia gira alrededor de Él como un planeta, en tanto que las ciencias menores son satélites de esos planetas. Cristo es para mí la sabiduría de Dios. Ahora puedo aprender de todo. La ciencia de Cristo crucificado es la más excelente de las ciencias; es para mí la sabiduría de Dios.

¡Oh, joven amigo, construye tu estudio en el Calvario! Levanta allí tu observatorio, y mediante la fe escudriña las cosas elevadas de la naturaleza. Toma una celda de ermitaño en el huerto de Getsemaní, y lava tu rostro en las aguas de Siloé. Adopta a la Biblia como tu clásico estándar; que sea tu última apelación en materia de disputas. Que su luz sea tu iluminación, y entonces te convertirás en alguien más sabio que Platón; más erudito que los siete sabios de la antigüedad.

Y ahora, mis queridos amigos, solemnemente y de todo corazón, como ante los ojos de Dios, yo apelo a ustedes. Están congregados aquí el día de hoy, yo sé, por diferentes motivos; algunos han venido por curiosidad; otros son mis oyentes regulares; algunos han venido desde un lugar y otros de otro. ¿Qué me han oído decir el día de hoy? Les he hablado de dos clases de personas que rechazan a Cristo; el devoto fanático que posee una religión formal y nada más; y el hombre del mundo, que llama a nuestro Evangelio una locura.

Ahora, pon tu mano en tu corazón y pregúntate esta mañana: «¿Soy yo uno de éstos?» Si lo eres, entonces camina por la tierra con todo tu orgullo; entonces, vete por donde viniste; pero debes saber que por todo esto, el Señor te llevará a juicio; debes saber que tus gozos y delicias se desvanecerán como un sueño, «y, como la infundada trama de una visión,» será barrida para siempre. Debes saber esto, oh hombre, que un día en los salones de Satanás, abajo en el infierno, tal vez te vea entre los miles de espíritus que dan vueltas por siempre en un círculo perpetuo con sus manos en sus corazones. Si tu mano es transparente, y tu carne es transparente, voy a mirar a través de tu mano y de tu carne, y voy a ver a tu corazón. Y, ¿cómo lo veré? ¡Colocado en un estuche de fuego; un estuche de fuego! Y allí darás vueltas para siempre, con el gusano que roe tu corazón por dentro, que nunca morirá; un estuche de fuego aprisionando tu corazón que nunca muere, que siempre es torturado. ¡Buen Dios!, no permitas que estos hombres todavía rechacen y desprecien a Cristo; permite que este sea el momento en que sean llamados.

Para el resto de ustedes que son llamados, no necesito decir nada. Entre más vivan, encontrarán que el Evangelio es cada vez más poderoso; entre más profundamente sean enseñados por Cristo, entre más vivan bajo la constante influencia del Espíritu Santo, más reconocerán que el Evangelio es una cosa de poder, y más entenderán que es una cosa de sabiduría. ¡Que toda bendición descanse en ustedes; y que Dios esté con nosotros siempre!

«Que los hombres y los ángeles caven las minas
Donde brilla el dorado tesoro de la naturaleza;
Colocado cerca de la doctrina de la cruz,
Todo el oro de la naturaleza parece como escoria.

Si viles blasfemos con desdén
Declaran las verdades de Jesús vanas
Enfrentaremos el escándalo y la vergüenza
Y cantaremos con triunfo en Su nombre.»

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El Consolador

El Púlpito de la Capilla New Park Street

El Consolador

Un sermón predicado la noche del Domingo 21 de Enero de 1855

por El Rev. Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

 

«Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.» Juan 14: 26

El buen anciano Simeón llamó a Jesús ‘la consolación de Israel’ y en verdad lo fue. Antes de Su aparición real, Su nombre era el ‘Lucero de la Mañana’ que ilumina la oscuridad y profetiza la llegada del alba. A Él miraban con la misma esperanza que alienta al centinela nocturno, cuando desde la almena del castillo divisa la más hermosa de las estrellas y la aclama como pregonera de la mañana.

Cuando estaba en la tierra, fue la consolación de quienes gozaron del privilegio de ser Sus compañeros. Podemos imaginar cuán prestamente acudían a Cristo los discípulos para comentarle sus aflicciones, y cuán dulcemente les hablaba y disipaba sus temores con aquella inigualable entonación de Su voz. Como hijos, ellos le consideraban como un Padre; a Él presentaban toda carencia, todo gemido, toda angustia y toda agonía, y Él, cual sabio médico, tenía un bálsamo para cada herida; Él había confeccionado un cordial para cada una de sus penas; y dispensaba prontamente un potente remedio para mitigar toda la fiebre de sus tribulaciones.

¡Oh, debe haber sido muy dulce vivir con Cristo! En verdad las aflicciones entonces no eran sino gozos enmascarados, porque proporcionaban la oportunidad de acudir a Jesús para alcanzar su alivio. ¡Oh, que hubiéramos podido posar nuestras cabezas sobre el pecho de Jesús, y que nuestro nacimiento hubiera sido en aquella feliz época que nos habría permitido escuchar Su amable voz, y contemplar Su tierna mirada, cuando decía: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados»!

Pero ahora se acercaba la hora de su muerte. Grandes profecías iban a ver su cumplimiento, y grandes propósitos iban a ser cumplidos, y por ello, Jesús debía partir. Era menester que sufriera, para que se convirtiera en la propiciación por nuestros pecados. Era menester que dormitara durante un tiempo en el polvo, para que pudiera perfumar la cámara del sepulcro a fin de que:

«Ya no fuera más un osario que cerque
Las reliquias de la perdida inocencia.»

Era menester que tuviera una resurrección, para que nosotros, que un día seremos los muertos en Cristo, resucitemos primero, y nos plantemos sobre la tierra en cuerpos gloriosos. Y era menester que ascendiera a lo alto para llevar cautiva la cautividad, para encadenar a los demonios del infierno, para atarlos a las ruedas Su carruaje y arrastrarlos cuesta arriba a la colina del alto cielo, para hacerles vivir una segunda derrota que será infligida por Su diestra cuando los arroje desde los pináculos del cielo hasta las más hondas profundidades de abajo. «Os conviene que yo me vaya», -dijo Jesús- «porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros.»

Jesús debe partir. Lloren ustedes que son Sus discípulos. Jesús ha de irse. Lamenten ustedes, pobres criaturas, que han de quedarse sin un Consolador. Pero escuchen cuán tiernamente habla Jesús: «No os dejaré huérfanos.» «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.» Él no dejaría solas en el desierto a esas pobres ovejas escasas; Él no desampararía a Sus hijos dejándolos huérfanos. No obstante que tenía una poderosa misión que en verdad le ocupaba alma y vida; no obstante que tenía tanto que llevar a cabo, que habríamos podido pensar que incluso Su gigantesco intelecto estaría sobrecargado; no obstante que tenía tanto que sufrir, que podríamos suponer que Su alma entera estaba concentrada en el pensamiento de los sufrimientos que tenía que soportar, sin embargo, no fue así; antes de irse proporcionó reconfortantes palabras de consuelo; como el buen samaritano, derramó aceite y vino; y vemos qué es lo que prometió: «Les enviaré otro Consolador; uno que será justo lo que Yo he sido, e incluso será algo más: les consolará en sus angustias, disipará sus dudas, les reconfortará en sus aflicciones, y estará como mi vicario en la tierra, para hacer lo que Yo habría hecho, de haberme quedado con ustedes.»

Antes de que predique acerca del Espíritu Santo como el Consolador, debo hacer una o dos observaciones acerca de las diferentes traducciones de la palabra «Consolador». La traducción de la Biblia de Reims, que ustedes saben que fue adoptada por los católicos romanos, ha optado por dejar esa palabra en el idioma original, y la ofrece como «Paráclito«. «Mas el Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho». Esta es la palabra griega original, que significa otras cosas además de «Consolador». Algunas veces quiere decir monitor o instructor: «Les enviaré otro monitor, otro maestro». Frecuentemente significa: «Abogado»; pero el significado más común de la palabra es el que tenemos aquí: «Les enviaré otro Consolador«. Sin embargo, no podemos pasar por alto esas otras dos interpretaciones, sin decir algo sobre ellas.

«Les enviaré otro maestro«. Jesucristo fue el maestro oficial de Sus santos mientras estuvo en la tierra. A nadie llamaron Rabí excepto a Cristo. No se sentaron a los pies de ningún hombre para aprender sus doctrinas, sino que las recibieron directas de labios de Aquel de quien se dijo: «¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!» «Y ahora», -dice Él- «cuando me vaya, ¿dónde podrán encontrar al gran maestro infalible? ¿Les habré de constituir a un Papa en Roma, a quien acudirán, y quien será su oráculo infalible? ¿Les daré los concilios de la iglesia que tendrán por fin decidir todos los puntos intrincados?» Cristo no dijo tal cosa. «Yo soy el Paráclito o el Maestro infalible, y cuando me vaya, les enviaré otro maestro y Él será la persona que ha de explicarles la Escritura; Él será el oráculo de Dios con autoridad que pondrá en claro todas las cosas oscuras, develará los misterios, desenredará todos los nudos de la Revelación y les hará entender aquello no podrían descubrir, a no ser por Su influencia.»

Y, amados, nadie aprende rectamente algo, si no es enseñado por el Espíritu. Podrían aprender la elección, y podrían conocerla de tal manera que fueran condenados por ello, si no fueran enseñados por el Espíritu Santo, pues he conocido a algunas personas que han aprendido la lección de la elección para destrucción de sus almas; la aprendieron al punto que dijeron que eran de los elegidos, siendo así que no poseían señales, ni evidencias y ni obra alguna del Espíritu Santo en sus almas. Hay una forma de aprender la verdad en la universidad de Satanás, y de sostenerla en el libertinaje; pero si es así, será a sus almas como veneno a sus venas, y demostrará ser su ruina sempiterna.

Nadie puede conocer a Jesucristo a menos que sea enseñado por Dios. No hay doctrina de la Biblia que pueda ser aprendida de manera segura, plena y verdadera, excepto por la agencia del único maestro que posee la autoridad. ¡Ah!, no me hablen de los sistemas ni de los esquemas de la teología; no me hablen de comentaristas infalibles, o de doctores sumamente instruidos y sumamente arrogantes; sino háblenme del Grandioso Maestro que nos ha de instruir a nosotros, los hijos de Dios, y nos hará sabios para entender todas las cosas. Él es el Maestro; no importa lo que este o ese hombre digan; no me apoyo en la jactanciosa autoridad de nadie, ni ustedes lo hacen tampoco. Ustedes no se dejan llevar por la astucia de los hombres, ni por el ardid de las palabras; este es el oráculo que cuenta con la autoridad: el Espíritu Santo, que descansa en los corazones de Sus hijos.

La otra traducción es abogado. ¿Han pensado alguna vez cómo puede decirse que el Espíritu Santo sea un abogado? Ustedes saben cómo Jesucristo es llamado Admirable, Consejero, Dios fuerte; pero ¿por qué puede decirse que el Espíritu Santo es un abogado? Yo supongo que es por esto: Él es un abogado en la tierra para argumentar en contra de los enemigos de la cruz. ¿Por qué Pablo pudo argumentar con tanta eficacia ante Félix y Agripa? ¿Por qué los apóstoles permanecieron impertérritos delante de los magistrados, y pudieron confesar a su Señor? ¿Por qué ha sucedido que, en todos los tiempos, los ministros de Dios se volvieran intrépidos como leones, y sus frentes fueran más firmes que el bronce, sus corazones más rígidos que el acero, y sus palabras como el lenguaje de Dios?

Vamos, es simplemente por esta razón: no era el hombre quien argumentaba, sino Dios el Espíritu Santo era quien argumentaba por su medio. ¿No han visto alguna ocasión a un ministro denodado, con manos alzadas y ojos llenos de lágrimas, argumentando con los hijos de los hombres? ¿Nunca han admirado ese cuadro proveniente de la mano del viejo John Bunyan? Una persona circunspecta con los ojos alzados al cielo, el mejor de los libros en su mano, la ley de la verdad escrita sobre sus labios, el mundo a su espalda, estando en posición de argumentar con los hombres, y con una corona de oro colocada sobre su cabeza.

¿Quién le dio a ese ministro un comportamiento tan bendito y un asunto tan excelente? ¿De dónde provino su destreza? ¿Acaso la obtuvo en la universidad? ¿Acaso la aprendió en el seminario? ¡Ah, no!; la aprendió del Dios de Jacob; la aprendió del Espíritu Santo, pues el Espíritu Santo es el grandioso consejero que nos enseña cómo abogar su causa rectamente.

Pero, además de esto, el Espíritu Santo es el abogado en los corazones de los hombres. ¡Ah!, he conocido hombres que rechazan una doctrina hasta que el Espíritu Santo comienza a iluminarlos. Nosotros, que somos los abogados de la verdad, somos frecuentemente unos muy pobres argumentadores; estropeamos nuestra causa por culpa de las palabras que usamos; pero es una misericordia que el alegato esté en la mano de un argumentador especial, que abogará exitosamente y vencerá la oposición del pecador. ¿Acaso se enteraron jamás que alguna vez fallara?

Hermanos, me dirijo a sus almas: ¿no les convenció Dios de pecado en tiempos pasados? ¿No vino el Espíritu Santo y les demostró que ustedes eran culpables, aunque ningún ministro hubiere podido sacarlos jamás de su justicia propia? ¿No abogó la justicia de Cristo? ¿No llegó para decirles que sus obras eran como trapo de inmundicia? Y cuando ya casi habían decidido no escuchar Su voz, ¿no trajo consigo el tambor del infierno haciéndolo sonar junto a sus oídos, y pidiéndoles que miraran a través de la perspectiva de años futuros para ver el trono establecido, y los libros abiertos, y la espada blandida, y el infierno ardiendo, y los diablos aullando, y los condenados chillando por siempre? ¿Y no los convenció de esa manera del juicio venidero? Él es un poderoso abogado cuando argumenta en el alma acerca de pecado, de justicia y del juicio venidero.

¡Bendito abogado, argumenta en mi corazón, argumenta con mi conciencia! Cuando peque, infunde valor a mi conciencia para que me lo diga; cuando yerre, haz hablar a la conciencia de inmediato; y cuando me aparte y me vaya por caminos torcidos, entonces aboga la causa de la justicia, y ordéname que me quede en confusión, conociendo mi culpabilidad a los ojos de Dios.

Pero hay todavía otro sentido en el que el Espíritu Santo intercede, y es que aboga nuestra causa con Jesucristo, con gemidos indecibles. ¡Oh alma mía, tú estás a punto de estallar dentro de mí! Oh corazón mío, tú estás henchido de dolor; la marea ardiente de mi emoción está muy cerca de desbordar los canales de mis venas. Anhelo hablar, pero el propio deseo encadena mi lengua. Deseo orar, pero el fervor de mi sentimiento reprime mi lenguaje. Hay un gemido interior que no puede ser expresado. ¿Saben quién puede expresar ese gemido, quién puede entenderlo, y quién puede ponerlo en un lenguaje celestial y enunciarlo en la lengua del cielo, para que Cristo lo oiga? ¡Oh, sí!, es Dios el Espíritu Santo; él aboga nuestra causa con Cristo, y luego Cristo la aboga con Su Padre. Él es el abogado que intercede por nosotros con gemidos indecibles.

Habiendo explicado así el oficio del Espíritu como maestro y como abogado, llegamos ahora a la traducción de nuestra versión: el Consolador; y aquí tendré tres divisiones. En primer lugar, el consolador; en segundo lugar, el consuelo; y en tercer lugar, el consolado.

I. Primero, entonces, tenemos al CONSOLADOR. Permítanme repasar brevemente en mi mente y también en la suya, las características de este glorioso Consolador. Permítanme decirles algunos de los atributos de Su consuelo, para que entiendan cuán convenientemente adaptado es para el caso suyo.

Y primero, señalaremos que Dios, el Espíritu Santo, es un Consolador muy amoroso. Me encuentro turbado y necesito consolación. Algún transeúnte se entera de mi aflicción, y entra, se sienta y trata de animarme; me dice palabras reconfortantes; pero él no me ama, es un extraño que no me conoce del todo, y sólo ha entrado para probar su habilidad; ¿y cuál es el resultado? Sus palabras se resbalan sobre mí como el aceite en una losa de mármol; son como la lluvia que golpetea sobre la roca; no interrumpen mi dolor, que permanece inconmovible como el diamante, ya que él no siente amor por mí. Pero si alguien que me amara encarecidamente como a su propia vida viniera y argumentara conmigo, entonces sus palabras se convierten en música en verdad; saben a miel; él conoce la contraseña que abre las puertas de mi corazón, y mi oído está atento a cada palabra; capto la entonación de cada sílaba al sonar, pues es como la armonía de las arpas del cielo.

¡Oh!, hay una voz enamorada que habla un lenguaje que le es propio, un idioma y un acento que nadie podría imitar; la sabiduría no podría imitarlo; la oratoria no podría alcanzarlo. El amor es el único que puede alcanzar al corazón doliente; el amor es el único pañuelo que puede enjugar las lágrimas del hombre doliente. ¿Y no es el Espíritu Santo un amoroso Consolador? ¿Sabes, oh santo, cuánto te ama el Espíritu Santo? ¿Puedes medir el amor del Espíritu? ¿Conoces cuán grande es el afecto de Su alma por ti? Anda, mide al cielo con tu palmo; anda, pesa los montes con balanza; anda, toma el agua del océano, y cuenta cada gota; anda, cuenta la arena sobre la vasta playa del mar; y cuando hubieres cumplido esto, podrías decir cuánto te ama. Él te ha amado por largo tiempo; te ha amado considerablemente, te amó siempre; y todavía te amará. En verdad, Él es la persona que ha de consolarte, porque te ama. Entonces, dale entrada a tu corazón, oh cristiano, para que te consuele en tu calamidad.

Pero, además, Él es un Consolador fiel. El amor algunas veces resulta ser infiel. «¡Oh, más dañino que el colmillo de una serpiente» es un amigo infiel! ¡Oh, mucho más amargo que la hiel de la amargura es tener un amigo que me dé la espalda en mi zozobra! ¡Oh, ay de ayes es experimentar que uno que me ama en mi prosperidad me abandone en el tenebroso día de mi tribulación! Es triste verdaderamente: pero el Espíritu de Dios no es así. Él ama sempiternamente, y ama hasta el fin: Él es un Consolador fiel.

Hijo de Dios: tú tienes problemas. Hace muy poco descubriste que Él era un Consolador dulce y amoroso; te proporcionó alivio cuando otros no fueron sino cisternas rotas; Él te albergó en Su seno, y te llevó en Sus brazos. Oh, ¿por qué motivo desconfías de Él ahora? ¡Desecha tus temores, pues Él es un Consolador fiel!

«¡Ah!, pero», -dices tú- «temo que enfermaré y me veré privado de Sus ordenanzas». Sin embargo, Él te visitará en tu lecho de enfermo, y se sentará junto a ti para proporcionarte la consolación.

«¡Ah!, pero yo tengo angustias mayores de las que puedas concebir; muchas ondas y olas pasan sobre mí; un abismo llama a otro a la voz de las cascadas del Eterno.» Sin embargo, Él será fiel a Su promesa.

«¡Ah!, pero yo he pecado». Eso has hecho, pero el pecado no puede apartarte de Su amor; Él aún te ama.

No pienses, oh pobre hijo abatido de Dios, que debido a que las cicatrices de tus viejos pecados han desfigurado tu belleza, te ama menos por causa de esa imperfección. ¡Oh, no! Él te amó aun cuando tuvo un conocimiento anticipado de tu pecado; Él te amó sabiendo cuál sería el agregado de tu maldad; y no te ama menos ahora. Acércate a Él con todo el valor de la fe; dile que le has contristado, y Él olvidará tu descarrío y te recibirá de nuevo; los besos de Su amor serán dispensados sobre ti, y te tomará en los brazos de Su gracia. Él es fiel: confía en Él; Él no te engañará nunca; confía en Él: nunca te abandonará.

Además, Él es un Consolador infatigable. Algunas veces yo he tratado de consolar a ciertas personas que son probadas. Tú te enfrentas ocasionalmente con el caso de una persona nerviosa. Le preguntas: «¿qué te aqueja?»; esa persona te responde, y tú procuras quitar el problema, si fuera posible, pero mientras estás preparando tu artillería para demoler el problema, descubres que ha cambiado su morada y está ocupando una posición muy diferente. Tú cambias tu argumento y comienzas de nuevo; pero he aquí, se ha movido otra vez, y tú estás azorado. Te sientes como Hércules cuando cortaba las cabezas de la Hidra, que siempre volvían a crecer, y renuncias a tu tarea con desesperación. Te encuentras con personas a quienes es imposible consolar, que más bien le recuerdan a uno al hombre que se encadenó a sí mismo con grilletes y se deshizo de la llave de tal forma que nadie podía liberarlo.

Yo me he encontrado con personas aprisionadas con los grilletes de la desesperación. «Oh, yo soy el hombre», -dicen- «que ha visto a la aflicción; compadézcanme, compadézcanme, oh amigos míos»; y entre más tratas de consolar a gente así, peor se ponen; y por eso, descorazonados, les dejamos vagar por las tumbas de sus gozos anteriores.

Pero el Espíritu Santo nunca se descorazona con quienes desea consolar. Él intenta consolarnos y nosotros eludimos el dulce cordial; Él nos da un dulce brebaje para curarnos, y nosotros no queremos tomarlo; Él nos da una portentosa poción para alejar todos nuestros problemas, y nosotros la hacemos a un lado. Aun así, Él nos persigue; y aunque nosotros decimos que no queremos ser consolados, Él afirma que lo seremos, y cuando dice algo, lo cumple. Él no se desalentará por todos nuestros pecados, ni por todas nuestras murmuraciones.

Y oh, cuán sabio Consolador es el Espíritu Santo. Job tenía consoladores, y pienso que dijo la verdad cuando afirmó: «Consoladores molestos sois todos vosotros». Pero me atrevo a decir que ellos se consideraban sabios; y cuando el joven Eliú se levantó para hablar, ellos pensaron que rebosaba todo un mundo de impudencia. ¿Acaso no eran ellos «Venerables, dignos y muy poderosos señores»? (1) ¿Acaso no comprendían su dolor y su aflicción? Si ellos no podían consolarle, ¿quién podría hacerlo? Pero ellos no descubrieron la causa. Ellos pensaron que no era realmente un hijo de Dios, y que más bien creía tener justicia propia, y por ello le dieron el medicamento equivocado. Es una situación terrible cuando el doctor diagnostica equivocadamente la enfermedad y da una prescripción errónea, y así, tal vez, mata al paciente.

Algunas veces, cuando vamos y visitamos a la gente, confundimos su enfermedad: queremos aliviarlos sobre este punto, cuando no requieren ese tipo de alivio en absoluto, y sería mucho mejor que se les dejase solos, que arruinados por causa de tales consoladores molestos como somos nosotros.

Pero, ¡oh, cuán sabio es el Espíritu Santo! Él toma al alma, la pone sobre la mesa, y ejecuta la disección en un instante; encuentra la raíz del asunto, revisa dónde está el mal, y luego aplica el bisturí donde haya algo que deba ser extraído, o pone un emplasto donde esté la llaga; y nunca se equivoca. ¡Oh, cuán sabio es el bendito Espíritu Santo! Me aparto de todo consolador me aparto y renuncio a todos ellos, pues Tú eres el único que proporciona la más sabia consolación.

Luego, observen cuán seguro Consolador es el Espíritu Santo. Fíjense en esto: no todo consuelo es seguro. Hay un joven por allá que está muy melancólico. Ustedes saben por qué se puso así. Entró a la casa de Dios y escuchó a un poderoso predicador, y la palabra fue bendecida y lo convenció de pecado. Cuando regresó al hogar, su padre y el resto de la familia descubrieron que había algo diferente en él. «Oh», -dijeron- «Juan está demente, está loco». ¿Y qué dijo su madre? «Que vaya a la campiña por una semana; que asista al baile o al teatro». ¡Juan!, ¿encontraste algún consuelo allí? «Ah, no; me puse peor, pues mientras estaba allí, pensaba que el infierno podría abrirse y tragarme.» ¿Encontraste algún alivio en las alegrías del mundo? «No,» -respondes- «pienso que fue una inútil pérdida de tiempo.» ¡Ay!, ese es un miserable consuelo, pero es el consuelo del mundano; y cuando un cristiano entra en angustia, cuántos le recomendarán este remedio o aquel otro. «Anda y escucha predicar al señor Tal y Tal; invita a unos cuantos amigos a tu casa; lee tal y tal volumen reconfortante»; y muy probablemente ese sea el consejo más inseguro del mundo.

El diablo vendrá a veces a las almas de los hombres como un falso consolador, y le dirá al alma: «¿qué necesidad hay de hacer todo este ruido acerca del arrepentimiento? Tú no eres peor que otras personas», e intentará hacer creer al alma que lo que no es sino una presunción, es la seguridad real del Espíritu Santo; así engaña a muchos mediante un falso consuelo.

Ah, ha habido muchos, como infantes, que han sido destruidos por los elíxires suministrados para inducirles al sueño; muchos han sido arruinados por el grito de «paz, paz», cuando no hay paz, oyendo cosas benignas cuando deberían ser sacudidos en lo más vivo. El áspid de Cleopatra fue transportado en una canasta de flores; y la ruina de los hombres acecha con frecuencia en palabras dulces y hermosas. Mas el consuelo del Espíritu Santo es seguro, y pueden confiar en él. Si Él dice la palabra, contiene una realidad; si Él ofrece la copa de la consolación, puedes tomarla hasta el fondo, pues no hay sedimentos en sus profundidades, ni nada que intoxique o arruine, y todo es seguro.

Además, el Espíritu Santo es Consolador activo: Él no consuela con palabras, sino con hechos. Algunos consuelan diciendo: «Id en paz, calentaos y saciaos.» Pero el Espíritu Santo da, Él intercede con Jesús. Él nos da promesas, nos da gracia y así nos consuela. Observen además que Él es siempre un Consolador exitoso; no intenta aquello que no pueda cumplir.

Entonces, para concluir, Él es un Consolador siempre presente, de tal manera que no tienes que enviar por Él. Tu Dios está siempre cerca de ti, y cuando necesitas consuelo en tu angustia, he aquí, cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón; Él es una ayuda siempre presente en el tiempo de la aflicción. Desearía tener el tiempo para expandir estos pensamientos, pero no puedo hacerlo.

II. El segundo punto es el CONSUELO. Ahora hay algunas personas que comenten un grave error acerca de la influencia del Espíritu Santo. Un hombre insensato que tenía la fantasía de predicar en un cierto púlpito, -aunque en verdad era sumamente incapaz de ese deber- visitó al ministro, y le aseguró solemnemente que el Espíritu Santo le había sido revelado que había de predicar en su púlpito.

«Muy bien», -dijo el ministro- «supongo que no debo dudar de tu aseveración, pero como no me ha sido revelado que debo dejarte predicar, has de proseguir tu camino hasta que me sea revelado.»

He oído decir a muchas personas fanáticas que el Espíritu Santo les reveló estas cosas y aquellas cosas. Ahora, eso es en sentido general, un disparate revelado. El Espíritu Santo no revela nada nuevo ahora. Él nos recuerda las cosas antiguas. «Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho». El canon de la revelación está cerrado; no hay nada más que deba agregarse. Dios no da una revelación fresca, sino que remacha la antigua. Cuando ha sido olvidada, y puesta en la polvorienta cámara de nuestra memoria, Él saca y limpia el cuadro, mas no pinta uno nuevo. No hay nuevas doctrinas, sino que las antiguas son frecuentemente revividas. Afirmo que no es por medio de una nueva revelación que el Espíritu consuela. Él lo hace diciéndonos repetidamente las cosas antiguas; Él trae una lámpara nueva para revelar los tesoros escondidos en la Escritura; abre los recios baúles en los que había permanecido por largo tiempo la verdad, y apunta hacia cámaras secretas llenas de riquezas indecibles; pero no acuña cosas nuevas pues nos basta con lo que hay.

¡Creyente!, hay para ti lo suficiente en la Biblia para que vivas de ello para siempre. Aunque tú rebasaras los años de Matusalén, no habría necesidad de una fresca revelación; si llegaras a vivir hasta que Cristo venga a la tierra, no habría necesidad de añadir una sola palabra; si tuvieras que descender tan profundo como Jonás, o incluso descender como David comentó que lo hizo, hasta el seno del Seol, aun así habría lo suficiente en la Biblia para consolarte sin necesidad de una frase suplementaria. Mas Cristo dice: «Tomará de lo mío, y os lo hará saber». Ahora, permítanme decirles brevemente qué es lo que el Espíritu nos dice.

¡Ah!, Él susurra al corazón: «Santo, ten ánimo; hay Uno que murió por ti; mira al Calvario; contempla Sus heridas; advierte el torrente que brota de Su costado; allí está tu comprador, y tú estás seguro. Él te ama con un amor eterno, y esta disciplina es ejercida para tu bien; cada golpe está obrando tu curación; por el moretón de la herida, tu alma es mejorada. «Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.» No dudes de Su gracia por causa de tu tribulación, sino que has de creer que Él te ama tanto en las estaciones de tribulación como en los tiempos de felicidad.

Y luego, además, dice: «¿Qué es todo tu sufrimiento comparado con el sufrimiento de tu Señor? ¿O cuál es toda tu turbación cuando es pesada en la balanza de las agonías de Jesús?» ¡Y especialmente en algunas ocasiones el Espíritu Santo quita el velo del cielo, y permite que el alma contemple la gloria del mundo superior! Entonces es cuando el santo puede decir: «¡Oh, Tú eres un Consolador para mí!»

«No importa que lluevan ansiedades como fiero diluvio,
Y que caigan tormentas de aflicción;
Que tan sólo llegue a salvo al hogar,
Mi Dios, mi cielo, mi todo».

Algunos de ustedes podrían seguirme si fuera a contar acerca de las manifestaciones del cielo. Ustedes también han dejado sol, luna y estrellas a sus pies, cuando en su vuelo, aventajando al relámpago rezagado, parecían entrar por las puertas de perla, y pisar las calles de oro, llevados a lo alto sobre las alas del Espíritu. Pero en este punto no debemos confiar en nosotros, para evitar que, perdidos en los ensueños, nos olvidemos de nuestro tema.

III. Y ahora, en tercer lugar, ¡quiénes son las personas CONSOLADAS! Me gusta, y ustedes lo saben, clamar al final de mi sermón: «¡Divídanse, divídanse!» Hay dos grupos aquí: algunos que son los consolados, y otros, que son los desconsolados, algunos que han recibido la consolación del Espíritu Santo, y algunos que no la han recibido. Ahora hemos de tratar de zarandearlos para ver quiénes son el tamo y quiénes son el trigo; y que Dios nos conceda que algunos que conforman el tamo sean transformados esta noche en Su trigo.

Ustedes podrían preguntarse: «¿cómo podría saber si soy un receptor del consuelo del Espíritu Santo?» Pueden saberlo mediante una regla. Si han recibido una bendición de Dios, recibirán también todas las otras bendiciones. Permítanme que me explique. Si yo pudiera venir aquí como un subastador, y vendiera el evangelio en lotes, lo vendería todo. Si yo pudiera decir: aquí está la justificación a través de la sangre de Cristo, libre, regalada, de gratis, muchos dirían: «yo quiero tener la justificación: dámela; deseo ser justificado, deseo ser perdonado». Supongan que yo tomara la santificación, la renuncia a todo pecado, un cambio integral de corazón, abandonar la borrachera y el perjurio, entonces muchos dirían: «yo no quiero eso; a mí me gustaría ir al cielo, pero no quiero esa santidad; me gustaría ser salvo al final, pero todavía me gustaría gozar de las copas; me gustaría entrar a la gloria, pero entonces, he de proferir uno o dos juramentos en el camino.»

No, pecador, si recibes una bendición, las recibirás todas. Dios no dividirá nunca el Evangelio. No dará justificación a ese hombre, y santificación a aquel otro; perdón a uno y santidad al otro. No, todo va junto. A quienes llama, justifica; a quienes justifica, a esos santifica; a quienes santifica, a esos también glorifica. Oh, si yo no predicara nada salvo los consuelos del Evangelio, ustedes volarían hacia ellos como las moscas vuelan a la miel. Cuando se enferman, mandan a llamar al clérigo. ¡Ah!, todos ustedes quieren que su ministro llegue entonces y les dé palabras consoladoras. Pero si fuera un hombre honesto, no les daría a ciertos de ustedes ni una partícula de consolación. No comenzaría derramando aceite cuando el bisturí podría cumplir una mejor función. Yo quiero que un hombre sienta sus pecados antes de que me atreva a decirle algo acerca de Cristo. Quiero sondear su alma y hacerle sentir que está perdido antes de decirle algo acerca de la bendición comprada. Para muchos es la ruina que se les diga: «Ahora basta que creas en Cristo, y eso es todo lo que tienes que hacer». Si, en lugar de morir, se recuperaran, se levantarían como hipócritas encalados, eso es todo.

He oído acerca de un misionero citadino que guardaba un registro de dos mil personas de quienes se supuso que se encontraban en sus lechos de muerte, pero se recuperaron, y a quienes habría registrado como personas convertidas si hubiesen muerto, y ¿cuántos, de ese total de dos mil, creen ustedes que vivieron una vida cristiana posteriormente? ¡Ni siquiera dos! Positivamente sólo pudo encontrar a uno del que se comprobó después que vivía en el temor de Dios.

¿No es horrible que cuando los hombres y las mujeres están a punto de morir, clamen: «Consuelo, consuelo», y que de esto concluyan sus amigos que son hijos de Dios, mientras que, después de todo, no tienen derecho a consuelo, sino que son intrusos en los terrenos cercados del bendito Dios?

¡Oh Dios, que a estas personas les sea impedido obtener el consuelo cuando no tengan derecho a él! ¿Han recibido ustedes otras bendiciones? ¿Han tenido convicción de pecado? ¿Han sentido alguna vez su culpa delante de Dios? ¿Han sido humilladas sus almas a los pies de Jesús? Y, ¿han sido conducidos a mirar únicamente al Calvario en busca de refugio? Si no fuera así, no tienen derecho a la consolación. No tomen un solo átomo de ella. El Espíritu es un Convencedor antes de ser un Consolador; y ustedes deben tener las otras operaciones del Espíritu Santo antes de que puedan derivar algo de esto.

Y ahora llegamos a una conclusión. Ustedes han oído lo que este hablador ha dicho una vez más. ¿Qué ha sido? Algo acerca del Consolador. Pero déjenme preguntarles, antes de que se vayan: ¿qué saben acerca del Consolador? Cada uno de ustedes, antes de bajar las gradas de esta capilla, deje que esta solemne pregunta estremezca por entero a sus almas: ¿qué saben acerca del Consolador? ¡Oh, pobres almas, si no conocen al Consolador, les diré a quien conocerán: conocerán al Juez! Si no conocen al Consolador en la tierra, conocerán al Condenador en el mundo venidero, que clamará: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno.» Bien puede Whitfield exclamar: «¡oh tierra, tierra, tierra, oye la Palabra del Señor!»

Si fuéramos a vivir aquí para siempre, podrían desestimar el Evangelio; si tuvieran una escritura de arrendamiento sobre sus vidas, podrían despreciar al Consolador. Pero señores, ustedes van a morir. Desde la última vez que nos reunimos, probablemente algunos se han marchado a su hogar permanente; y antes de que nos reunamos otra vez en este santuario, algunos aquí presentes estarán entre los glorificados de arriba, o entre los condenados de abajo. ¿Cuál de los dos caminos será? Dejen que su alma responda. Si esta noche cayeran muertos en sus bancas, o allí donde están de pie en el balcón, ¿adónde irían? ¿Al cielo o al infierno? ¡Ah, no se engañen a ustedes mismos; dejen que la conciencia haga su trabajo perfecto; y si a los ojos de Dios, se ven obligados a decir: «tiemblo y tengo miedo de que mi porción caiga con los incrédulos», escuchen un momento, y entonces habré terminado con ustedes! «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.»

Fatigado pecador, diabólico pecador, tú que eres el desecho del diablo, réprobo, libertino, ramera, ladrón, ratero, adúltero, fornicario, beodo, perjuro, quebrantador del día de reposo: ¡escucha! Te hablo a ti al igual que a todos los demás. No exento a nadie. Dios ha dicho que no hay exenciones en esto. «Todo aquel que crea en el nombre de Jesucristo será salvo.» El pecado no es una barrera: tu culpa no es obstáculo. Todo aquel -aunque fuera tan negro como Satanás, aunque fuera tan inmundo como un diablo- todo aquel que crea esta noche, recibirá el perdón de todo pecado, todos sus crímenes serán borrados, y toda su iniquidad será eliminada; será salvo en el Señor Jesucristo, y estará en el cielo a salvo y seguro. Ese es el Evangelio glorioso. ¡Que Dios lo aplique a sus corazones y les dé fe en Jesús!

«Hemos escuchado al predicador,
La verdad por su medio nos fue mostrada ahora;
Pero necesitamos UN MEJOR MAESTRO,
Procedente del trono eterno:
LA APLICACIÓN
Es únicamente la obra de Dios.»

La Inmutabilidad de Dios

El Púlpito de la Capilla New Park Street


La Inmutabilidad de Dios
Sermón predicado en la mañana del Domingo 7 de Enero, 1855
por Charles Haddon Spurgeon
En la capilla de New Park Street, Southwark, Londres

 

«Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.» — Malaquías 3:6

Alguien ha dicho que «el estudio apropiado de la humanidad es el hombre». Yo no voy a oponerme a esa idea, pero creo que es igualmente cierto que el estudio apropiado de los elegidos de Dios, es el propio Dios. El estudio apropiado del cristiano es la Deidad. La ciencia más elevada, la especulación más sutil, la filosofía más poderosa que puedan jamás atraer la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la Persona, la obra, los hechos y la existencia de ese grandioso Dios, a quien el cristiano llama Padre.

En la contemplación de la Divinidad hay algo extraordinariamente beneficioso para la mente. Es un tema tan amplio que todos nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad; tan profundo, que nuestro orgullo se ahoga en su infinitud. Nosotros podemos abarcar y enfrentar otros temas; en ellos sentimos una especie de autosatisfacción y proseguimos con nuestro camino pensando: «he aquí que yo soy sabio». Pero cuando nos aproximamos a esta ciencia de las ciencias y encontramos que nuestra plomada no puede medir su profundidad y que nuestro ojo de águila no puede ver su altura, nos alejamos pensando que el hombre vano quisiera ser sabio, pero que es como un burrito salvaje y entonces exclama solemnemente: «soy de ayer y no sé nada». Ningún tema de contemplación tenderá a humillar la mente en mayor medida que los pensamientos de Dios. Nos veremos a obligados a sentir:

«¡Gran Dios, cuán infinito eres Tú,
y nosotros somos sólo unos gusanos sin valor!»

Pero si el tema humilla la mente, también la expande. Aquel que piensa en Dios con frecuencia, tendrá una mente más grande que el hombre que simplemente camina con pesadez alrededor de este globo estrecho. Quizás se trate de un biólogo que hace alarde de su habilidad para hacer la disección de un escarabajo, estudiar la anatomía de una mosca o clasificar a los insectos y a los animales en grupos que tienen nombres casi imposibles de pronunciar. Puede ser un geólogo, capaz de disertar sobre el megaterio y el plesiosauro y todos los demás tipos de animales en extinción. Él puede pensar que independientemente de cuál sea su ciencia, su mente se ve ennoblecida y engrandecida. Me atrevo a decir que así es, pero después de todo, el estudio más excelente para ensanchar el alma es la ciencia de Cristo, y Cristo crucificado, y el conocimiento de la Deidad en la gloriosa Trinidad.

Nada hay que pueda desarrollar tanto el intelecto, nada hay que engrandezca tanto el alma del hombre como la investigación devota, sincera y continua del grandioso tema de la Deidad. Y mientras humilla y ensancha, este tema es eminentemente consolador. ¡Oh, en la contemplación de Cristo hay un ungüento para cada herida! ¡En la meditación sobre el Padre, hay descanso para cada aflicción y en la influencia del Espíritu Santo hay un bálsamo para cada llaga! ¿Quieres liberarte de tus penas? ¿Quieres ahogar tus preocupaciones? Entonces, ve y lánzate a lo más profundo del mar de la Deidad; piérdete en su inmensidad, y saldrás de allí como cuando te levantas de un lecho de descanso, renovado y lleno de vigor.

No conozco nada que pueda consolar tanto al alma, que calme las crecientes olas de dolor y tristeza, que hable de tanta paz a los vientos de las pruebas, como una devota reflexión sobre el tema de la Deidad. Esta mañana, invito a todos a considerar este tema. Les voy a presentar una sola perspectiva, y es la inmutabilidad del glorioso Jehová. «Porque yo» -dice mi texto- «Jehová» (así debe ser traducido)… «Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.»

Tenemos tres puntos sobre los que vamos a reflexionar. Primero que nada, un Dios que no cambia. En segundo lugar, las personas que se benefician de este glorioso atributo, «los hijos de Jacob». Y en tercer lugar, el beneficio que obtienen, «no habéis sido consumidos». Vamos a tratar ahora estos puntos.

I. Antes que nada, tenemos ante nosotros la doctrina de LA INMUTABILIDAD DE DIOS. «Porque yo Jehová no cambio…» Voy a tratar de explicar o, más bien, ampliar el pensamiento y luego presentar unos pocos argumentos para demostrar su verdad.

1. Para ofrecerles una exposición de mi texto, primero voy a decirles que Dios es Jehová y que Él no cambia en Su esencia. No podemos decirles qué es la Deidad. No sabemos qué sustancia es esa que llamamos Dios. Es una existencia, es un Ser. Pero no sabemos qué es eso. Sin embargo, cualquier cosa que eso sea, nosotros la llamamos Su esencia y esa esencia nunca cambia. La sustancia de las cosas mortales siempre está cambiando. Las montañas cubiertas de coronas de blanca nieve se deshacen de sus viejas diademas durante el verano, en ríos que se deslizan por sus costados, mientras la nube de tormenta les da una nueva corona. El océano, con sus poderosas corrientes, pierde agua cuando los rayos del sol besan las olas que disuelven en una espuma que se eleva al cielo. Aun el propio sol requiere de combustible fresco de la mano del Infinito Todopoderoso para alimentar su horno ardiente.

Todas las criaturas cambian. El hombre, especialmente en lo relacionado a su cuerpo, siempre está experimentando una revolución. Muy probablemente no hay una sola partícula en mi cuerpo que haya estado allí hace unos pocos años. Esta estructura ha sido desgastada por la actividad, sus átomos eliminados por la fricción, partículas frescas de materia se han acumulado constantemente en mi cuerpo y así ha sido renovado. Su sustancia ha cambiado. Este mundo está hecho de un material que siempre está discurriendo como un arroyo. Unas gotas están huyendo mientras otras las están persiguiendo, manteniendo siempre lleno el arroyo, pero siempre cambiando en sus elementos.

Pero Dios es perpetuamente el mismo. No está hecho de ninguna sustancia o materia, sino que es puro espíritu, un espíritu esencial y etéreo y, por tanto, Él es inmutable. Él permanece por siempre el mismo. No hay arrugas en Su frente eterna. La edad no lo ha debilitado ni los años lo han marcado con los recuerdos de su vuelo. Él ve que pasan las edades, pero en lo que a Él concierne, es siempre ahora. Él es el gran Yo Soy, el Gran Inmutable. Observen que Su esencia no sufrió un cambio cuando se unió con la naturaleza humana. Cuando Cristo en años pasados Se vistió con un cuerpo mortal, la esencia de Su divinidad no fue cambiada. La carne no se volvió Dios, ni Dios se volvió carne por medio de un cambio real de naturaleza.

Las dos naturalezas fueron unidas en una unión hipostática, pero la Deidad permaneció siendo la misma. Era la misma cuando Él era un bebé en el pesebre, como era la misma cuando extendió las cortinas del cielo. Era el mismo Dios que colgó de la Cruz y cuya sangre se derramó en un torrente púrpura. El mismo Dios que sostiene al mundo sobre Sus sempiternos hombros, sostiene en Sus manos las llaves de la muerte y del infierno. Nunca ha sufrido cambios en Su esencia, ni siquiera en Su encarnación. Él permanece para siempre, eternamente, como el único Dios inmutable, el Padre de las luces, en quien no hay variabilidad, ni siquiera la sombra de un cambio.

2. Él no cambia en Sus atributos. Cualesquiera que hayan sido los atributos de Dios en el pasado, son los mismos atributos ahora. Y podemos cantar acerca de cada uno de ellos: Como era en el principio, es ahora y será por siempre, mundo sin término, Amén. ¿Era Él poderoso? ¿Era Él el poderoso Dios cuando con Su voz mandó que se hiciera el mundo desde el vientre de la no-existencia? ¿Era Él el omnipotente cuando encumbró las montañas y excavó las cavernas del profundo océano? Sí, era poderoso entonces y Su brazo no se ha debilitado ahora. Él es el mismo gigante con todo Su poder. La savia de Su alimento aún está húmeda y la fortaleza de Su alma permanece firme para siempre.

¿Era Él sabio cuando constituyó este poderoso globo, cuando puso los cimientos del universo? ¿Tenía sabiduría cuando planeó el camino de nuestra salvación y cuando desde toda la eternidad Él diseñó Sus tremendos planes? Sí, y Él es sabio ahora. Él no es menos hábil, Él no tiene un menor conocimiento. Sus ojos que ven todas las cosas no se han debilitado. Sus oídos que oyen todas las exclamaciones, suspiros, sollozos y gemidos de Su pueblo, no se han endurecido con los años que Él ha escuchado todas sus plegarias. Él es inmutable en Su sabiduría. Sabe tanto ahora como siempre, ni más ni menos. Tiene la misma habilidad consumada, y la misma previsión infinita.

Él es inmutable, bendito sea su nombre, en su justicia. Justo y santo fue Él en el pasado. Justo y santo es Él ahora. Él es inmutable en Su verdad. Él lo ha prometido y Su promesa se ha convertido en realidad. Él lo ha dicho, y se hará. Él no cambia en la bondad y generosidad y benevolencia de Su naturaleza. No se ha convertido en un tirano Todopoderoso después de haber sido un Padre Todopoderoso. Su amor poderoso permanece firme como una roca de granito, inconmovible ante los huracanes de nuestra iniquidad. Y bendito sea Su amado nombre, Él es inmutable en Su amor. Cuando al principio escribió su Pacto, cuán lleno de afecto estaba Su corazón hacia Su pueblo. Sabía que su Hijo debía morir para ratificar los artículos de ese acuerdo. Sabía muy bien que debía arrancar de Sus entrañas a Su bienamado a fin de enviarlo a la tierra para que se desangrara y muriera.

No dudó en firmar ese poderoso pacto. Ni se evadió de su cumplimiento. Él ama tanto ahora como amó entonces. Y cuando los soles dejen de brillar y las lunas cesen de mostrar su tenue luz, Él todavía amará por toda la eternidad. Tomen cualquier atributo de Dios, y yo voy a escribir semper idem sobre ese atributo, es decir, siempre igual. Tomen cualquier cosa que puedan decir de Dios ahora, y esto puede decirse no solamente en el oscuro pasado, sino que también en el brillante futuro. Siempre será lo mismo: «Porque yo Jehová no cambio.»

3. De la misma manera, Dios es inmutable en Sus planes. Ese hombre comenzó a construir, pero no tuvo la capacidad de terminar y, por lo tanto, cambió su plan, al igual que lo haría cualquier hombre sabio en su misma situación. Entonces, procedió a construir sobre un cimiento menor y recomenzó su obra. Pero, ¿acaso se ha dicho alguna vez que Dios comenzó a construir mas no tuvo la capacidad de terminar? De ningún modo. Teniendo recursos sin límites a Su plena disposición, y cuando Su propia diestra podría crear mundos tan numerosos como las gotas del rocío matutino, ¿se detendrá alguna vez porque no tiene poder? ¿Acaso tendría que invertir, alterar o descomponer Su plan, porque no lo puede llevar a cabo?

«Pero» -dirá alguno- «tal vez Dios nunca tuvo un plan.» ¿Piensas que Dios es más insensato que tú, amigo? ¿Te pones a trabajar sin un plan? «No» -dices tú- «siempre tengo un esquema.» También Dios. Todo hombre tiene su plan, y Dios también tiene un plan. Dios es una mente maestra. Él planeó todo en Su gigantesco intelecto mucho antes de hacerlo, y una vez establecido el plan -observen bien- Él nunca lo modifica. «Esto se hará» -dijo Él- y la mano de hierro del destino tomó nota y esto se realiza. «Éste es mi propósito», y permanece firme, y ni el cielo ni la tierra pueden alterarlo. «Éste es mi decreto» -dice Él-. Ángeles, promúlguenlo; aunque los demonios traten de arrancarlo de las puertas del cielo, no podrán alterar el decreto; éste se cumplirá.

Dios no altera sus planes. ¿Por qué habría de hacerlo? Él es Todopoderoso y, por lo tanto, puede realizar Su deseo. ¿Por qué habría de alterar Sus planes? Él lo sabe todo y, por lo tanto, no se puede equivocar en Sus planes. ¿Por qué habría de alterarlos? Él es el Dios eterno y, por lo tanto, no puede morir antes que Su plan se lleve a cabo. ¿Por qué habría de cambiar? ¡Ustedes, átomos de existencia sin ningún valor, cosas efímeras de un día; ustedes, insectos que se arrastran sobre la hoja del laurel de la existencia; ustedes pueden cambiar sus planes, pero Él nunca, nunca cambia los suyos! Puesto que Él me ha dicho que Su plan es salvarme, por eso, yo soy salvo.

«Mi nombre de la palma de Su mano
la eternidad no podrá borrar;
impreso en Su corazón permanece,
con la marca de la gracia indeleble.»

4. De la misma manera Dios es inmutable en Sus promesas. ¡Ah! nos agrada hablar acerca de las dulces promesas de Dios; pero si pudiéramos suponer alguna vez que una de ellas pudiera cambiar, no las volveríamos a mencionar más. Si yo pensara que los cheques del Banco de Inglaterra no se pudieran cambiar la semana entrante, no aceptaría recibir un cheque. Y si yo pensara que las promesas de Dios no se van a cumplir, si yo pensara que Dios no tendría ningún problema en alterar alguna palabra de Sus promesas, ¡entonces adiós a las Escrituras! Yo necesito cosas inmutables: y encuentro que tengo promesas inmutables cuando abro la Biblia y leo: «para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta», Él ha firmado, confirmado y sellado cada una de Sus promesas.

El Evangelio no es «sí y no», no es prometer algo hoy y negarlo mañana. El Evangelio es «sí, sí», para gloria de Dios. ¡Creyente!, hubo una promesa muy motivadora que recibiste ayer; y esta mañana cuando abriste tu Biblia la promesa no era dulce. ¿Sabes por qué? ¿Piensas que la promesa cambió? ¡Ah, no! Tú cambiaste. Ése es el problema. Te habías estado comiendo algunas uvas de Sodoma y tu boca no tenía la capacidad de saborear adecuadamente lo espiritual y no pudiste detectar la dulzura. Pero la misma miel estaba allí, puedes estar seguro de ello, la misma esencia preciosa. «¡Oh!» -dice un hijo de Dios- «yo una vez construí mi casa firmemente sobre algunas promesas estables; vino un viento y yo dije: Oh Señor, estoy abatido y estaré perdido.»

¡Oh!, las promesas no fueron abatidas; los cimientos están allí; fue tu pequeña cabaña de «madera, heno, hojarasca» que tú habías estado construyendo. Fue eso lo que se cayó. Tú eres el que has sido sacudido estando sobre la roca, no la roca que está debajo de ti. Pero déjame decirte cuál es la mejor manera de vivir en el mundo. He escuchado que un caballero le dijo a un hombre de piel negra: «no puedo entender cómo tú siempre estás tan contento en el Señor, mientras yo estoy a menudo deprimido.»

«Pues bien, mi amo» -dijo él- «me tiendo completamente sobre la promesa; allí permanezco. En cambio usted está de pie sobre la promesa, si el equilibrio es débil y si sopla el viento, usted se cae y luego exclama ‘¡Oh!, me he caído’; en cambio yo me tiendo enteramente sobre la promesa desde el principio y es por eso que no temo caer.»

Entonces debemos decir siempre: «Señor, allí está la promesa; te corresponde a Ti cumplirla.» ¡Yo me tiendo enteramente sobre la promesa! No debo permanecer de pie. Eso es lo que tú deberías hacer: postrarte sobre la promesa. Y recuerda, cada promesa es una roca, una cosa inmutable. Por lo tanto, arrójate a Sus pies, y descansa allí para siempre.

5. Pero ahora viene una nota discordante para arruinar el tema. Para algunos de ustedes Dios es inmutable en Sus amenazas. Si cada promesa se mantiene firme, y cada juramento del pacto se cumple, ¡escucha tú, pecador! Pon atención a la palabra. Oye los tañidos fúnebres de tus esperanzas carnales. Observa el funeral de tus confianzas en la carne. Cada amenaza de Dios, así como cada una de Sus promesas se cumplirán. ¡Hablemos de decretos! Te diré un decreto: «Mas el que no creyere, será condenado.» Ese es un decreto, y un estatuto que nunca puede cambiar. Puedes ser tan bueno como quieras, ser tan moral como puedas, ser tan honesto como desees, caminar tan derecho como puedas. Sin embargo, allí está la amenaza inmutable: «Mas el que no creyere, será condenado.»

¿Qué dices a eso, moralista? Oh, quisieras poder alterarlo y decir: «Aquel que no viva una vida santa será condenado.» Eso podrá ser cierto; pero no es lo que dice. Dice: «El que no creyere.» Aquí está la piedra de tropiezo y la roca que hace caer; pero eso no lo puedes alterar. Debes creer o ser condenado, dice la Biblia; y fíjate bien, esa amenaza de Dios es tan inmutable como Dios mismo. Y cuando hayan transcurrido mil años de tormentos en el infierno, mirarás a lo alto y verás escrito en letras ardientes de fuego: «Mas el que no creyere, será condenado.»

«Pero, Señor, yo soy un condenado.» Sin embargo, dice «será» aún. Y cuando un millón de edades se hayan desplegado, y estés exhausto en medio de tus dolores y agonías, volverás tus ojos hacia lo alto y todavía leerás «SERÁ CONDENADO». Este decreto es inmutable, inalterable. Y cuando tú habrás podido pensar que la eternidad ya ha tejido su último hilo, que cada partícula de eso que nosotros llamamos eternidad deberá haberse extinguido, tú todavía verás escrito allá arriba: «SERÁ CONDENADO». ¡Oh, qué terrible pensamiento! ¿Cómo me atrevo a decirlo? Pero debo hacerlo. Ustedes deben ser advertidos, señores, «para que no vayan ustedes también a este lugar de tormento». Se le debe decir cosas ásperas a ustedes; pues si el Evangelio de Dios no es una cosa áspera, la ley es una cosa áspera; el Monte Sinaí es una cosa áspera. ¡Ay del atalaya que no amoneste al impío! Dios es inmutable en sus amenazas. Ten mucho cuidado, oh pecador, pues «¡horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!

6. Debemos sugerir otro pensamiento antes de proseguir, y es: Dios no cambia en los objetos de su amor. Es inmutable no solamente en Su amor, sino en los objetos de su amor.

«Si alguna vez sucediera
que alguna oveja de Cristo se perdiera,
ay, mi alma débil y voluble,
se perdería mil veces al día.»

Si un amado santo de Dios pereciera, todos lo harían; si alguien bajo el pacto se perdiera, todos podrían hacerlo, y entonces la promesa del Evangelio no sería verdadera. La Biblia sería una mentira y no habría nada en ella digno de mi aceptación. Yo me convertiría en un infiel de inmediato, si pudiera creer que un santo de Dios pudiera perderse para siempre al fin. Si Dios me ha amado una vez, entonces Él me amará para siempre.

«Si Jesús brilló sobre mí una vez,
entonces Jesús es para siempre mío.»

Los objetos de un amor eterno nunca cambian. A quienes Dios ha llamado, los ha de justificar; a quienes ha justificado, los ha de santificar; y a quien Él santifica, lo ha de glorificar.

7. Así, habiendo dedicado mucho tiempo, tal vez, para simplemente explicar el concepto de un Dios inmutable, voy a tratar de demostrar ahora que Él no es cambiable. Yo no soy un predicador argumentativo, pero voy a formular un argumento, que es: la misma existencia, y el ser de Dios, me parece a mí que implican inmutabilidad. Permítanme reflexionar por un momento. Hay un Dios. Este Dios rige y gobierna todas las cosas; este Dios creó el mundo y Él lo sostiene y lo mantiene. ¿Cómo será este Dios? Me parece ciertamente que no podemos pensar en un Dios mutable. Concibo que el pensamiento es tan repugnante al sentido común, que si nosotros pensamos por un momento en un Dios que cambia, las palabras parecen chocar entre sí, y estamos obligados a decir: «Entonces debe ser un tipo de hombre», y llegar a la idea de un Dios de la misma manera que lo han hecho los mormones.

Me imagino que es imposible concebir a un Dios cambiante. Al menos lo es para mí. Otros podrán ser capaces de pensar eso, pero yo no podría considerarlo ni por un momento. Yo no podría pensar que Dios es mutable, de la misma manera que no me puedo imaginar un cuadrado redondo o ninguna otra cosa absurda por el estilo. Ese concepto de un Dios cambiante es tan contradictorio, que estoy obligado a incluir la idea de un ser inmutable tan pronto digo Dios.

8. Bien, pienso que un argumento será suficiente, pero podemos encontrar otro en el hecho de la perfección de Dios. Creo que Dios es un Ser perfecto. Entonces, si Él es un Ser perfecto, Él no puede cambiar. ¿Pueden ver esto? Supongan que yo soy perfecto hoy. Si fuera posible que yo cambiara, ¿sería yo perfecto mañana después de la alteración? Si yo cambié, debí haber cambiado de un estado bueno a uno mejor. Y entonces, si puedo mejorar, no puedo ser perfecto ahora. O también pude haber cambiado de un estado mejor a uno peor, y si estuviera en una peor condición no hubiera sido perfecto al principio. Si soy perfecto, no puedo ser alterado y no volverme imperfecto. Si soy perfecto hoy, me debo mantener igual mañana, si voy a mantener mi perfección. Así, si Dios es perfecto, Él debe ser el mismo; pues el cambio implicaría imperfección ahora o imperfección después.

9. También está el hecho de la infinitud de Dios, que elimina completamente el concepto de cambio. Dios es un Ser infinito. ¿Qué significa eso? No existe un hombre que te pueda decir lo que entiende por un ser infinito. Pero no puede haber dos infinitos. Si una cosa es infinita, no hay espacio para nada más, pues infinito quiere decir todo. Quiere decir sin límites, no finito, que no tiene fin. Bien, no puede haber dos infinitos. Si Dios es infinito hoy, y después cambiara y siguiera siendo infinito, habría dos infinitos. Pero eso no puede ser. Supongamos que es infinito y después cambia. Entonces debe volverse finito, y no podría ser Dios. O Él es finito hoy y finito mañana, o es infinito hoy y finito mañana, o finito hoy e infinito mañana. Todas estas suposiciones son igualmente absurdas. El hecho de que Él es infinito de inmediato sofoca el pensamiento de que Él es un ser cambiable. La palabra «inmutabilidad» está escrita sobre la propia frente de la infinitud.

10. Ahora, queridos amigos, miremos al pasado: y allí vamos a recoger algunas evidencias de la naturaleza inmutable de Dios. ¿Ha hablado Jehová y no lo ha cumplido? ¿Lo ha jurado y no ha sucedido? ¿Acaso no puede decirse de Jehová: Él ha hecho toda Su voluntad y ha cumplido todo su propósito? Miren a las ciudades de los filisteos. Dios dijo «Lamenta Asdod, y ustedes puertas de Gaza, pues ustedes serán derribadas»; y ¿dónde están ahora?, ¿dónde está Edom? Pregunten a Petra y a sus murallas en ruinas. ¿Acaso su eco no repetirá la verdad que Dios ha dicho: «Edom será una presa y será destruido»? ¿Dónde está Babel y dónde está Nínive? ¿Dónde Moab y dónde Amón? ¿Dónde están las naciones que Dios dijo que destruiría? ¿Acaso Dios no las ha arrancado de raíz y las ha arrojado lejos del recuerdo de los que habitan en la tierra? ¿Y acaso Dios ha echado fuera a Su pueblo? ¿Alguna vez se ha olvidado de Su promesa? ¿Alguna vez no ha cumplido Su juramento o Su pacto, o se ha apartado alguna vez de Su plan? ¡Ah, no! ¡Señalen alguna instancia en la historia en la que Dios haya cambiado! No podrán hacerlo, señores; pues a través de toda la historia, resalta el hecho de que Dios ha sido inmutable en Sus propósitos. Me parece que oigo que alguien dice: «¡Yo puedo recordar un pasaje de la Escritura donde Dios cambió!» Y yo mismo pensé eso una vez. El caso al que me refiero es ese de la muerte de Ezequías.

Isaías entró y dijo: «Ezequías, tú vas a morir, tu enfermedad es incurable, ordena tu casa.» Él volvió su rostro a la pared y comenzó a orar. Y antes que Isaías saliese hasta la mitad del patio, se le ordenó que regresara y le dijera: «Vas a vivir quince años más.» Ustedes podrían pensar que eso demuestra que Dios cambia. Pero yo no puedo ver en el relato la menor prueba de cambio que pueda existir. ¿Cómo sabes que Dios no conocía eso? ¡Oh!, Dios sí lo sabía. Él sabía que Ezequías viviría. Por tanto, Él no cambió, pues si Él sabía eso, ¿cómo podía cambiar? Eso es lo que yo quisiera saber.

Pero, ¿conoces un pequeño detalle? Que el hijo de Ezequías, Manasés, no había nacido entonces, y que si Ezequías hubiera muerto, no hubiera existido Manasés, y no hubiera existido Josías, ni tampoco Cristo, porque Cristo vino precisamente de ese linaje. Ustedes podrán comprobar que Manasés tenía doce años cuando su padre murió, de tal manera que debió haber nacido tres años después de estos hechos. ¿Y no creen ustedes que Dios había decretado el nacimiento de Manasés, y lo conocía de antemano? Ciertamente. Entonces, Él decretó que Isaías fuera y le dijera a Ezequías que su enfermedad era incurable, y que después le dijera, en el mismo aliento, «he aquí que Yo te sano y tú vivirás». Él dijo eso para incitar a Ezequías a la oración. Habló, en primer lugar, como hombre: «De acuerdo con las probabilidades humanas tu enfermedad es incurable, y te vas a morir.» Después esperó hasta que Ezequías orara; y luego vino un pequeño «pero» al final de la frase. Isaías no había terminado la frase. Él dijo: «Debes ordenar tu casa, pues no hay humana cura; pero…» (y después salió, Ezequías oró un poco, y después entró de nuevo y dijo) «pero he aquí que yo te sano.» ¿Acaso hay alguna contradicción allí, excepto en el cerebro de quienes luchan contra el Señor, y desean convertirlo en un ser cambiante?

II. Ahora, en segundo lugar, permítanme decir una palabra sobre LAS PERSONAS PARA QUIENES ESTE DIOS INMUTABLE ES UN BENEFICIO. «Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.» Entonces, ¿quiénes son «los hijos de Jacob», que pueden gozarse en un Dios inmutable?

1. En primer lugar, son los hijos de la elección de Dios; pues está escrito: «A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí; pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal.» Está escrito: «El mayor servirá al menor.» «Los hijos de Jacob…

son los hijos de la elección de Dios,
que por gracia soberana son creyentes;
por un eterno designio
ellos reciben gracia y gloria.»

«Los hijos de Jacob» son los elegidos de Dios. Son los que Él conoció de antemano y ordenó de antemano para salvación eterna.

2. «Los hijos de Jacob» quiere decir, en segundo lugar, personas que gozan derechos y títulos especiales. Jacob, ustedes saben, no tenía derechos por nacimiento; pero él pronto los adquirió. Él cambió un guisado de lentejas con su hermano Esaú, y así ganó la primogenitura. Yo no justifico los medios; pero él también obtuvo la bendición, y así adquirió derechos especiales. «Los hijos de Jacob» quiere decir personas que poseen derechos y títulos especiales. A los que creen, Él les dio la potestad y el derecho de ser hechos hijos de Dios. Ellos tienen un interés en la sangre de Cristo. Ellos tienen un derecho «para entrar por las puertas en la ciudad». Tienen un título para recibir honores eternos. Poseen una promesa de gloria eterna. Tienen un derecho de llamarse hijos de Dios. ¡Oh!, hay derechos y privilegios especiales que pertenecen a los «hijos de Jacob».

3. Luego, estos «hijos de Jacob» eran hombres de manifestaciones especiales. Jacob había tenido manifestaciones muy especiales de su Dios, y así había sido honrado grandemente. Una vez, una noche se acostó y durmió; tenía los setos del camino por cortinas, y el cielo por su pabellón, una piedra por almohada, y la tierra por cama. ¡Oh!, entonces él tuvo una manifestación peculiar. Había una escalera y él vio a los ángeles de Dios que ascendían y descendían. Así tuvo una manifestación de Cristo Jesús, como la escalera que llega de la tierra hasta el cielo, y los ángeles subían y bajaban trayéndonos misericordias. Posteriormente, qué manifestación tuvo lugar en Mahanaim, cuando los ángeles de Dios se encontraron con él. Y también en Peniel, donde luchó con Dios, y vio a Dios cara a cara. Esas fueron manifestaciones especiales. Y este pasaje se refiere a aquellos que, como Jacob, han tenido manifestaciones peculiares.

Ahora, ¿cuántos de ustedes han tenido manifestaciones personales? «¡Oh!» -dicen- «eso es entusiasmo; eso es fanatismo.» Bien, es un bendito entusiasmo, también, pues los hijos de Jacob han tenido manifestaciones peculiares. Han hablado con Dios como un hombre habla con su amigo. Han susurrado al oído de Jehová. Cristo ha estado con ellos para cenar con ellos, y ellos con Cristo. Y el Espíritu Santo ha iluminado sus almas con un poderoso brillo radiante, de tal manera que no podían tener dudas acerca de esas manifestaciones especiales. Los «hijos de Jacob» son los hombres que gozan de estas manifestaciones.

4. Asimismo, son hombres de pruebas muy especiales. ¡Ah!, ¡pobre Jacob! Yo no elegiría la suerte de Jacob, si no tuviera la expectativa de la bendición de Jacob, pues su suerte fue muy difícil. Tuvo que huir de la casa de su padre, llegando a la casa de Labán. Y luego ese viejo y rudo Labán lo engañó todos los años que permaneció allí. Lo engañó con lo relacionado con su esposa, lo engañó en materia de sueldos, lo engañó con los rebaños, y lo engañó a lo largo de su historia. Eventualmente tuvo que huir de Labán, quien lo persiguió dándole alcance.

Enseguida vino Esaú con cuatrocientos hombres para vengarse y descuartizarlo. Después siguió un espacio de oración, y después Jacob luchó y tuvo que seguir el resto de su vida con el hueso de su cadera dislocado. Pero un poco más adelante, Raquel, su amada, murió. Después su hija es llevada a descarriarse y los hijos asesinan a los de Siquem. Muy pronto su amado hijo José es vendido y llevado a Egipto, y viene la hambruna. Luego Rubén se sube al lecho de Jacob y lo contamina. Judá comete incesto con su propia nuera. Todos sus hijos se convierten en una plaga para Jacob. Finalmente, Benjamín es llevado lejos. Y el viejo Jacob, con su corazón quebrantado, exclama: «José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis.» Nunca algún hombre sufrió más tribulaciones que Jacob, todo por el pecado de engañar a su hermano.

Dios lo disciplinó a lo largo de toda su vida. Pero creo que hay muchos que pueden sentir simpatía por el querido anciano Jacob. Han tenido que sufrir pruebas tal como él. ¡Bien, todos ustedes que llevan una cruz! Dios dice: «Yo no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.» ¡Pobres almas atribuladas! Ustedes no son consumidas a causa de la naturaleza inmutable de su Dios. Ahora, no vayan por ahí inquietas diciendo, con el orgullo que proporciona la miseria, «yo soy el hombre que ha conocido la aflicción». Ciertamente «el Varón de Dolores» fue afligido mucho más que ustedes. Jesús fue ciertamente un hombre que conoció las aflicciones. Tú, en cambio, sólo ves las faldas de los vestidos de la aflicción. Nunca has tenido pruebas como las de Él. Tú no entiendes lo que significan los problemas. Tú apenas has dado unos sorbos a la copa de problemas. Sólo has sorbido una gota o dos, pero Jesús apuró la copa hasta las heces. No teman, pues dice Dios: «Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob» -hombres de pruebas peculiares- «no habéis sido consumidos.»

5. Y ahora, un pensamiento acerca de quiénes son los «hijos de Jacob», pues yo quisiera que ustedes averigüen si ustedes mismos son «hijos de Jacob». Ellos son hombres de un carácter muy especial. Si bien es cierto que en el carácter de Jacob hubo ciertas cosas que no podemos alabar, hay una o dos cosas que Dios alaba. Allí estaba la fe de Jacob, gracias a la cual Jacob calificó para que su nombre fuera escrito entre los nombres de ilustres hombres poderosos que no recibieron lo prometido en la tierra, pero lo obtendrán en el cielo. ¿Son ustedes hombres de fe, amados hermanos? ¿Saben ustedes lo que es caminar por fe, obtener su alimento temporal por fe, depender del maná espiritual para vivir, todo esto por fe? ¿La fe gobierna sus vidas? Si así es, ustedes son «hijos de Jacob». Continuando, Jacob era un hombre de oración, un hombre que luchaba y que gemía y que oraba. Por allá veo a un hombre que no oró antes de venir a la casa de Dios. ¡Ah!, tú, pobre pagano, ¿acaso no oras? ¡No!, responde él, «no se me ocurrió tal cosa; durante años no he orado». Bien, espero que lo hagas antes de que mueras. Si vives y mueres sin oración, tendrás mucho tiempo para orar cuando llegues al infierno. Veo allá a una mujer: ella tampoco oró esta mañana; estuvo tan ocupada arreglando a sus hijos para que fueran a la escuela dominical, que no tuvo tiempo de orar. ¿No tuviste tiempo de orar? ¿Tuviste tiempo para vestirte? Hay un tiempo para cada propósito bajo el cielo, y si te hubieras propuesto orar, hubieras orado.

Los hijos de Jacob no pueden vivir sin oración. Son luchadores como Jacob. Son hombres en los que el Espíritu Santo obra de tal manera que ya no pueden vivir sin oración, como yo no puedo vivir sin respirar. Ellos deben orar. Señores, presten mucha atención, si ustedes están viviendo sin oración, ustedes están viviendo sin Cristo. Y si mueren así, su porción será en el lago que arde con fuego. ¡Que Dios los redima, que Dios los rescate de una suerte tal! Pero ustedes son los «hijos de Jacob», estén tranquilos, pues Dios es inmutable.

III. En tercer lugar, me queda tiempo para decir sólo una palabra acerca de otro punto: EL BENEFICIO QUE RECIBEN ESTOS «HIJOS DE JACOB» DE UN DIOS QUE NO CAMBIA. «Por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.» «¿Consumidos?» ¿Cómo? ¿Cómo puede ser consumido un hombre? Pues, hay dos formas. Podríamos haber sido consumidos en el infierno. Si Dios hubiera sido un Dios cambiante, los «hijos de Jacob» que están aquí esta mañana, podrían haber sido consumidos en el infierno. Si no fuera por el amor inmutable de Dios yo debería haber sido una gavilla de heno en el fuego. Pero hay una forma de ser consumido en este mundo. Existe tal cosa como ser condenado antes de morir: «será condenado». Existe tal cosa como estar vivo, pero sin embargo estar absolutamente muerto. Pudimos haber sido abandonados a nuestros propios medios. Y entonces, ¿en dónde estaríamos ahora? Parrandeando con el borracho, blasfemando contra el Dios Todopoderoso. ¡Oh!, si Él te hubiera dejado, amado hermano, si Él hubiera sido un Dios que cambia, tú estarías entre los más inmundos de los inmundos, y entre los más viles de los viles.

¿Acaso no puedes recordar en tu vida temporadas similares a las que yo he sentido? He ido directo hasta llegar a los límites del pecado; alguna tentación muy fuerte me ha tomado de mis dos brazos, de tal forma que no podía luchar con ella. He sido empujado, arrastrado por un terrible poder satánico hasta el propio borde de algún hórrido precipicio. He mirado hacia abajo, abajo, abajo, y he visto mi porción. Me he estremecido al borde la ruina. Me he horrorizado con mis cabellos de punta, al pensar en el pecado que he estado a punto de cometer, el horrible hoyo en el que he estado a punto de caer. Un brazo poderoso me ha salvado. Me he replegado exclamando ¡Oh Dios! ¿Cómo pude acercarme tanto al pecado y, sin embargo, he podido evitarlo? ¿Cómo pude haber caminado directo al horno y no haber caído, como los hombres vigorosos de Nabucodonosor, que fueron devorados por la llama del fuego? ¡Oh! ¿Es posible que yo esté aquí esta mañana, cuando pienso en los pecados que he cometido, y en los crímenes que han pasado por mi perversa imaginación? Sí, yo estoy aquí, sin ser consumido, porque el Señor no cambia.

¡Oh!, si Él hubiera cambiado, ya habríamos sido consumidos en una docena de formas. Si el Señor hubiera cambiado, tú y yo deberíamos haber sido consumidos por nosotros mismos; pues, después de todo, el señor Yo es el peor enemigo que tiene el cristiano. Ya habríamos demostrado que somos suicidas de nuestra propia alma. Ya habríamos preparado la copa del veneno para nuestros propios espíritus, si el Señor no fuera un Dios que no cambia, que arrojó la copa lejos de nuestras manos cuando estábamos listos para tomar el veneno. También ya hubiéramos sido consumidos por el propio Dios si no fuera un Dios inmutable. Llamamos a Dios, Padre. Pero no hay ningún padre en este mundo que no hubiera matado a todos sus hijos hace mucho tiempo, harto de la provocación con que lo hostigaban, si hubiera recibido la mitad de los problemas que Dios ha recibido de Su familia. Dios tiene la familia más problemática de todo el mundo: incrédulos, desagradecidos, desobedientes, olvidadizos, rebeldes, descarriados, murmuradores y de dura cerviz. Qué bueno que Él es misericordioso, pues de lo contrario ya hubiera tomado no solamente la vara, sino la espada contra algunos de nosotros desde hace mucho tiempo.

Pero no había nada en nosotros que pudiera ser amado al principio, así que no puede haber menos ahora. John Newton solía contar una rara historia, e invariablemente se reía al contarla, de una buena mujer que decía, para demostrar la doctrina de la Elección: «¡Ah! señor, Dios debe haberme amado antes de que yo naciera, pues de lo contrario no habría visto nada en mí posteriormente que Él pudiera amar.» Estoy seguro que eso es válido en mi caso, y cierto en relación con la mayoría del pueblo de Dios. Pues hay tan poco que amar en ellos después que han nacido, que si no los hubiera amado antes de nacer, no habría visto ninguna razón para elegirlos después.

Pero, puesto que los amó sin obras, todavía los ama sin obras. Puesto que sus buenas obras no ganaron Su afecto, las malas obras no pueden suprimir ese afecto. Puesto que la justicia de ellos no sirvió de lazo para Su amor, así la perversidad de ellos no puede cortar esos lazos dorados. Él los amó por Su pura gracia soberana, y los va a amar aún. Pero nosotros deberíamos haber sido consumidos por el diablo, y por nuestros enemigos; consumidos por el mundo, consumidos por nuestros pecados, por nuestras pruebas, y en cientos de formas más, si Dios hubiera cambiado alguna vez.

Bien, se nos ha terminado el tiempo, y ya no me resta decir mucho. Sólo he tocado el tema de manera superficial. Ahora se los entrego a ustedes. Que el Señor les ayude a ustedes «hijos de Jacob» a llevar a su casa esta porción de alimento. Digiéranlo bien y aliméntense de él. ¡Que el Espíritu Santo aplique dulcemente las cosas gloriosas que están escritas! ¡Y que ustedes disfruten de «un banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados!» Recuerden que Dios es el mismo, independientemente de lo que se quite. Sus amigos pueden perder el afecto, sus ministros pueden ser cambiados, todo puede cambiar. Excepto Dios. Sus hermanos pueden cambiar y clasificarlos como viles: pero Dios de todas maneras los va a amar. Su situación en la vida puede cambiar, y pueden perder sus propiedades. Toda la vida de ustedes puede ser sacudida y se pueden volver débiles y enfermizos; todas las cosas pueden abandonarlos, pero hay un lugar donde el cambio no puede poner su dedo; hay un nombre sobre el cual no se puede escribir mutabilidad; hay un corazón que no sufre alteraciones; ese corazón es el corazón de Dios: ese nombre es Amor.

«Confía en Él, nunca te va a engañar.
Aunque con dificultad creas en Él;
Él nunca, nunca te abandonará,
ni permitirá que tú lo dejes.»

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