Un Mensaje Que Confronta | John MacArthur

Un Mensaje Que Confronta
John MacArthur

Como si no fuera suficiente que la crucifixión llevara un estigma tan vergonzoso, también estaba la humillante sencillez de la cruz, un repudio a la sabiduría del mundo.

Primera de Corintios 1:19-21 dice:

Pues está escrito:

Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos.

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.

Tanto los judíos como los gentiles disfrutaban de lo complejo, especialmente los griegos en sus sistemas filosóficos. Les encantaba la gimnasia mental y los laberintos intelectuales. Creían que la verdad era conocible, pero solo por las mentes elevadas. Este sistema más tarde se llegó a conocer como gnosticismo, que es la creencia de que ciertas personas, en virtud de sus elevados poderes de razonamiento, podían avanzar más allá del hoi polloi y ascender al nivel de iluminación.

En tiempos de Pablo, podemos encontrar por lo menos unas cincuenta filosofías diferentes que resonaban en el mundo griego y romano. Entonces, llegó el evangelio y dijo: “Nada de eso importa. Lo destruiremos por completo. Tomen toda la sabiduría del sabio, busquen lo mejor, busquen lo mejor de lo mejor, a los más educados, a los más capaces, a los más listos, a los más astutos, a los mejores en retórica, oratoria y lógica; busquen a todos los sabios, a todos los escribas, a todos los expertos legistas, a los grandes disputadores, y a todos ellos se los llamará necios”. El evangelio dice que todos son necios.

La cita de Pablo de Isaías 29:14, en el versículo 19, “destruiré la sabiduría de los sabios”, tenía que ser una afirmación hiriente para su audiencia. Estaba diciendo, básicamente: “Echaré por el suelo a todos sus filósofos y su filosofía”. Nada era sutil en Pablo, nada vago ni ambiguo. Pero el mensaje no era de Pablo. Como nos recalca cuando afirma: “Está escrito” –literalmente, “sigue escrito”– se posiciona como verdad divinamente revelada según la cual, el evangelio de la cruz no hace ninguna concesión a la sabiduría humana. Pablo no era sino el portavoz de Dios. El intelecto humano no juega papel alguno en la redención. Y en el versículo 20, es como si Pablo estuviera diciendo: “¿Qué piensan ustedes que pueden ofrecer? ¿Dónde está el escriba? ¿Qué contribución puede hacer el experto legista? ¿Dónde está el disputador? ¿Qué puede ofrecer? Todos son necios”.

Primera de Corintios 2:14 dice: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. Este es el problema. La persona inconversa puede tener grandes poderes de razonamiento e intelecto, pero cuando se trata de la realidad espiritual y la vida de Dios y la eternidad, no tiene nada para contribuir. Ya sea en Atenas o Roma, en Cambridge, Oxford, Harvard, Standford, Yale o Princeton, o en cualquier otra parte, toda la sabiduría compilada que está fuera de las Escrituras no es más que necedad.

Dios sabiamente estableció que nadie puede jamás llegar a conocerle por la sabiduría humana. La única manera en que alguien llega a conocer a Dios es por revelación divina y por el Espíritu Santo. La palabra final en cuanto a la sabiduría humana es que no tiene sentido. El hombre, por su sabiduría, no puede conocer a Dios.

Pues bien, ¿cómo puede, entonces, el hombre conocer a Dios si no es por medio de la sabiduría? “Mediante la locura de la predicación”. ¿Quiere usted que la gente conozca a Dios? Entonces, simplemente predique el mensaje. Jeremías 8:9 dice: “Los sabios se avergonzaron, se espantaron y fueron consternados; he aquí que aborrecieron la palabra de Jehová; ¿y qué sabiduría tienen?” Si se rechazan las Escrituras, no se tiene nada de sabiduría. Si se cambia el mensaje bíblico, no se puede predicar sabiduría.

No tenemos licencia artística para predicar el evangelio. Mire de nuevo 1 Corintios 1:18: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan –esto es, a nosotros– es poder de Dios”. Y luego, en el versículo 21: “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. Y los versículos 23-24: “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero y para los gentiles locura; más para los llamados así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios”.

Pablo estaba dando un solo mensaje: el poder de Dios por la palabra de la cruz es lo que salva a las personas. Los hombres son instrumentos para entregar ese mensaje, pero el mensaje no surge de ellos, viene de Dios. Este es absolutamente el único mensaje que tenemos.

Cualquier otro mensaje es falso y absolutamente inaceptable, como Gálatas 1:8-9 declara sin disculpa ni componendas: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema”. Pero el cristianismo ligero, que es tan popular hoy, ha sustituido otro mensaje que trata de eliminar la ofensa de la cruz.

Casi nadie en estos días tolera la exclusividad y supremacía de Cristo, incluso algunos que profesan ser cristianos. El mensaje de la cruz no es políticamente correcto; es la singularidad del evangelio, aparte de todo lo demás, lo que fastidia a la gente. ¿Puede usted imaginarse por un momento lo que sucedería si algún personaje célebre o dirigente político sencillamente dijera: “Soy creyente, y si usted no lo es, va a ir al infierno”? ¡Uy!

Luego, imagínese que alguien dijera: “Todos los musulmanes, hindúes, budistas y los que creen que pueden ganarse la salvación, ya sean protestantes de teología liberal o católicos romanos, y también todos los mormones y los testigos de Jehová van al infierno eterno. Pero yo me intereso en usted tanto que quiero darle el evangelio de Jesucristo, porque eso es mucho más importante que las guerras en Medio Oriente, el terrorismo y cualquier política doméstica”.

No se puede ser fiel y popular; de modo que escoja.

Lo que Pablo estaba diciendo en 1 Corintios es que el evangelio choca con nuestras emociones, choca con nuestra mentalidad, choca con nuestras relaciones personales.

Hace añicos nuestras sensibilidades, nuestro pensamiento racional, nuestra tolerancia. Es difícil de creer. Desdichadamente, por esto la gente hace componendas, y cuando las hacen, se vuelven inútiles porque Dios salva a través de esta verdad.

La cruz en sí misma proclama el veredicto sobre el hombre caído. La cruz dice que Dios exige la pena de muerte por el pecado, mientras que nos proclama la gloria de la sustitución. Rescata al que perece. Los que perecen son los condenados, los arruinados, sentenciados, destruidos; son los perdidos, los que están bajo juicio divino por violaciones interminables de su santa Ley. Si usted y yo no abrazamos al Sustituto, sufrimos nosotros mismos esa muerte, y es una muerte que dura para siempre.

El mensaje de la cruz no tiene que ver con las necesidades que se sienten. No se trata de que Jesús le ama a usted tanto que quiere contentarle. Se trata de rescatarlo a usted de la condenación eterna, porque esa es la sentencia que pesa sobre la cabeza de todo ser humano. Así que el evangelio es una ofensa por cualquier lado que se vea. No hay nada en cuanto a la cruz que encaje cómodamente con la forma en que el hombre se ve a sí mismo.

El evangelio confronta al hombre y lo expone tal cual es. No se fija en el desencanto que siente. No le ofrece ningún alivio de sus luchas como ser humano. Más bien, va al asunto profundo y eterno del hecho de que él está condenado y desesperadamente necesita que le rescaten. Solo la muerte puede lograr el rescate, pero Dios, en su misericordia, ha provisto un Sustituto.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B230708

La Vergüenza de la Cruz | John MacArthur

La Vergüenza de la Cruz
John MacArthur

Predicamos un mensaje vergonzoso cuando predicamos a Jesús en la cruz. Morir crucificado era un insulto degradante, y la idea de adorar a un individuo que había muerto crucificado era absolutamente inimaginable. Por supuesto, hoy no vemos que crucifiquen a nadie como los lectores de Pablo veían en el siglo I, así que, en cierta medida, el impacto se pierde para nosotros.

Pero Pablo sabía a qué se enfrentaba: “La palabra de la cruz es locura a los que se pierden” (1 Corintios 1:18); “Los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura” (vv. 22-23). El mensaje de la cruz es locura, moria en griego, que quiere decir fatuo, ignorante, insensato.

Los versículos 22 y 23 nos dicen que los judíos buscaban señal. “Si eres el Mesías”, le habían dicho a Jesús, “danos una señal”. Esperaban algún prodigio grandioso, sobrenatural, que identificara al Mesías prometido y lo condujera a Él. Querían algo espectacular. Aunque Jesús les había dado milagro tras milagro durante su ministerio, querían una especie de supermilagro que todos pudieran ver y decir: “¡Esa sí es la señal! ¡Esa es por fin la prueba de que este es el Mesías!”

A los griegos, por el contrario, no les interesaba tanto lo milagroso. No buscaban una señal sobrenatural; lo que buscaban era sabiduría. Querían validar la religión verdadera mediante alguna noción trascendental, alguna idea elevada, algún conocimiento esotérico, alguna especie de experiencia espiritual, tal vez una experiencia fuera del cuerpo o algún otro episodio imaginario y emocional.

Los griegos querían sabiduría y los judíos querían una señal. Dios les dio exactamente lo opuesto. Los judíos recibieron un Mesías crucificado: escandaloso, blasfemo, estrambótico, hiriente, increíble. Para los griegos que buscaban conocimiento esotérico, algo altilocuente y noble, ese sinsentido sobre el eterno Dios creador del universo crucificado era una insensatez.

Desde el punto de vista tanto griego como romano, el estigma de la crucifixión convertía en un absurdo absoluto la noción del evangelio que afirmaba que Jesús era el Mesías. Un vistazo a la historia de la crucifixión en Roma del siglo I revela lo que los contemporáneos de Pablo pensaban al respecto. Era una forma horrible de pena capital originaria, muy probablemente, del imperio persa; pero otros bárbaros la usaban también. El condenado sufría una muerte agonizantemente lenta por asfixia, y se debilitaba gradualmente al punto traumático de no poder levantarse con los clavos que sujetaban sus manos, ni de empujarse con el clavo que atravesaba sus pies, lo suficiente como para respirar profundamente.

Esto fijó el horror de la crucifixión en la mente judía. Los romanos llegaron al poder en Israel en el año 63 a.C., y usaron mucho la crucifixión. Algunos escritores dicen que las autoridades romanas crucificaron como a treinta mil personas en esa época. Tito Vespasiano crucificó tantos judíos en el año 70 d.C. que los soldados no tenían espacio para las cruces ni suficientes cruces para los cuerpos. No fue sino hasta el año 337, cuando Constantino abolió la crucifixión, que la cruz desapareció después de un milenio de crueldad en el mundo.

La crucifixión era una forma de ejecución repugnante, denigrante, reservada para lo peor de la sociedad. La idea de que un individuo que murió en la cruz hubiera sido una persona excepcional, elevada, noble, importante, era absurda. Los ciudadanos romanos, por lo general, estaban exentos de la crucifixión, excepto si cometían traición. Las autoridades reservaban la cruz para los esclavos rebeldes y los pueblos conquistados, y para los ladrones y asesinos más notorios. La política del Imperio Romano en cuanto a la crucifixión llevó a los romanos a tener a cualquier crucificado como digno de desprecio absoluto. Usaban la cruz solo para la escoria, para los más humillados, para los más bajos de los más bajos.

Los soldados primero azotaban a las víctimas, luego las obligaban a llevar su cruz, el instrumento de su propia muerte, al sitio de la crucifixión. Los letreros que les colgaban del cuello indicaban los crímenes que habían cometido, e iban totalmente desnudos. Luego, los soldados los ataban o clavaban al travesaño, los izaban para colocarlos en el poste vertical, y los dejaban allí colgados, desnudos. Los verdugos podían acelerar la muerte quebrándoles las piernas, porque eso hacía que la víctima no pudiera empujarse hacia arriba para poder llenarse los pulmones de aire. Si no les quebraban las piernas, la muerte podía tardar días. La humillación final era dejar el cuerpo colgado allí hasta que se pudriera.

Los gentiles también veían a todo crucificado con el más completo desdén. Era una escena prácticamente obscena. La sociedad educada simplemente no hablaba de la crucifixión. Cicerón escribió: “La sola palabra ‘cruz’ debería eliminarse, no solo de la persona del ciudadano romano, sino de sus pensamientos, sus ojos y sus oídos”.

Y ante todo esto, Pablo vino y todo lo que habló fue acerca de… ¡la cruz! Podemos captar algo del profundo desprecio que los gentiles tenían por cualquier crucificado en algunas de las afirmaciones paganas en cuanto a Cristo. Las palabras pintadas en una piedra en un salón de guardias de la Colina Palatina, cerca del Circo Máximo, en Roma, muestran la figura de un hombre con cabeza de asno colgando de una cruz. Debajo, se halla un hombre en gesto de adoración y la inscripción dice: “Elexa Manos adora a su Dios”. Tal repulsiva representación del Señor Jesucristo ilustra vívidamente el desdén del pagano por un crucificado, y particularmente por un Dios crucificado. La primera apología de Justino, en el año 152 d. C., resume la noción de los gentiles: “Proclaman que nuestra locura consiste en esto, que ponemos a un crucificado a un nivel igual al del Dios eterno e inmutable”. ¡Locura!

Si la actitud de los gentiles era mala, la actitud de los judíos era peor, e incluso más hostil. Detestaban la práctica romana y se mofaban de ella más que los romanos. En su opinión, el que acababa en una cruz cumplía Deuteronomio 21.23: “No dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero… porque maldito por Dios es el colgado”. ¿Quiere decir esto que el eterno Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Señor mismo, recibió maldición? ¿Cómo podía Dios maldecir a Dios? Es absolutamente impensable. ¿Qué Dios maldijo al Mesías? Para los judíos era inconcebible.

Veían la crucifixión no solo como un estigma social, sino como maldición divina. Así que el estigma de la cruz significaba, más allá de la desgracia social, la misma condenación divina. La Mishná, que es un comentario de la ley del Pentateuco producido en el siglo II d.C., indicaba que se debía crucificar solo a los blasfemos y a los idólatras, e incluso en esos casos, los verdugos colgaban sus cuerpos en la cruz solamente después de muertos. ¿Cómo podía el Mesías ser blasfemo? ¿Cómo podía Dios blasfemar contra Dios? Los judíos se atragantaban con la idea de un Cristo crucificado. Esto hacía al evangelio imposible de creer.

¿Piensa usted que tiene problemas en proclamar el evangelio hoy? Imagínese a los primeros cristianos. Si decían la verdad, enfrentaban un obstáculo masivo: sus afirmaciones eran locura, escandalosas, procaces, blasfemas, increíbles.

Pablo no era un predicador de mensaje fácil. Dios mismo, en forma del Cristo crucificado, era el mayor obstáculo para creer en Él. Francamente, no parece que Dios pudiese haber puesto una barrera más formidable a la fe en el primer siglo. No puedo pensar en una peor forma de mercadeo para el evangelio que predicarlo así.

¡No es extraño que tanto los gentiles como los judíos detestaron el mensaje de Pablo! Era un mensaje que estaba más allá de la credulidad humana. No era un mensaje fácil para el que busca, sino absurdo y hasta aberrante.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B233107bnnbbnbbngtbv ujhn b

Avergonzados de Jesús | John MacArthur

Avergonzados de Jesús
by John MacArthur

No estoy seguro de si usted ha notado, como yo, lo difícil que es para los creyentes en televisión o ante el público decir el nombre Jesús. Incluso líderes evangélicos bien conocidos evitan ese nombre al hablarle a un público numeroso, y evitan mencionar “cruz”, “pecado”, “infierno” y otros términos fundamentales de la fe. Hablan mucho de la fe de una manera general y poco comprometedora, pero esquivan cualquier afirmación que les exija adoptar una posición.

En los días que siguieron al ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, muchos estadounidenses instintivamente buscaron valor y solaz en Cristo. Pero incluso en ese entonces, en un servicio en la Catedral Nacional de Washington, D.C, que se transmitió en vivo a todo el mundo, un ministro cristiano elevó una oración en el nombre de Jesús, pero “respetando a todas las religiones”. ¿A todas las religiones? ¿A los druidas? ¿A los que adoran a los gatos? ¿A las brujas? Un ministro cristiano de una iglesia cristiana no debe sentirse obligado a condicionar ni a pedir disculpas por orar al único Salvador verdadero.

Pablo dio una afirmación impresionante en Romanos 1:16-17:

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”.

¿Por qué dijo Pablo: “No me avergüenzo del evangelio?” ¿Quién se va a avergonzar de noticias buenas como estas? Si alguien encuentra la cura para el SIDA, ¿lo abrumaría la vergüenza como para no proclamarla? Si alguien descubriera una cura para el cáncer, ¿sentiría tan terrible vergüenza como para no poder abrir la boca? ¿Por qué es tan difícil mencionar la cruz?

Aunque el mensaje de salvación que Pablo proclamaba era el mensaje más maravilloso e importante de la historia, el público y las autoridades lo habían tratado de manera humillante por predicarlo vez tras vez. Ya por aquel entonces en su ministerio, lo habían apresado en Filipos (Hechos 16:23-24), lo habían obligado a salir corriendo de Tesalónica (Hechos 17:10), lo habían hecho escabullirse de Berea (Hechos 17:14), se habían reído de él en Atenas (Hechos 17:32), lo habían tildado de loco en Corinto (1 Corintios 1:18, 23) y lo habían apedreado en Galacia (Hechos 14:19). Tenía muchas razones para avergonzarse, pero su entusiasmo por el evangelio no disminuía. Jamás, ni por un momento, consideró diluirlo para hacerlo más atractivo al público.

En algún momento u otro de nuestra vida como creyentes, todos hemos sentido vergüenza y hemos mantenido nuestra boca cerrada cuando debimos haberla abierto. O, llegada la oportunidad, nos hemos escondido detrás de algún mensaje inocuo tipo “Jesús te ama y quiere que seas feliz”. Si usted nunca se ha sentido avergonzado por proclamar el evangelio, probablemente nunca lo ha proclamado claramente, en su totalidad, tal como Jesús lo proclamó.

¿Por qué no puede el creyente ejecutivo de negocios testificar ante su junta administrativa? ¿Por qué el catedrático universitario creyente no puede pararse ante la facultad entera y proclamar el evangelio? Todos queremos que nos acepten, y sabemos, como Pablo lo descubrió tantas veces, que tenemos un mensaje que el mundo rechazará; y que mientras más nos aferremos a ese mensaje, más hostil se volverá el mundo. Así es como empezamos a sentir vergüenza. Pablo superó eso por la gracia de Dios y el poder del Espíritu, y dijo: “No me avergüenzo”. Es un ejemplo contundente para nosotros, porque sabemos el precio de la fidelidad a la verdad: el rechazo del público, la cárcel y, al final, la ejecución.

La naturaleza humana en realidad no ha cambiado gran cosa en toda la historia; la vergüenza y el honor eran asuntos muy serios en el mundo antiguo, tal como lo son hoy. Allá por el siglo IX antes de Cristo, el poeta épico Homero escribió: “El bien principal era que hablaran bien de uno, y el mal mayor, que hablaran mal de uno en la sociedad”. En el siglo I de nuestra era, el apóstol Pablo ministraba en una cultura sensible a la vergüenza, que buscaba el honor, y sin sentir vergüenza alguna, predicaba un mensaje ofensivo respecto de una persona a quien habían avergonzado en público. Era un mensaje muy hiriente. Era escandaloso. Era necio. Era insensato. Era anacrónico.

Sin embargo, como dice 1 Corintios 1:21, “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. Era este escandaloso, hiriente, necio, ridículo, extraño, absurdo mensaje de la cruz el que Dios usaba para salvar a los que creen. Las autoridades romanas ejecutaron a su Hijo, el Señor del mundo, por un método reservado solo para las heces de la sociedad; sus seguidores tendrían que ser lo suficientemente fieles como para arriesgarse a sufrir el mismo fin vergonzoso.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B232407

La Dura Verdad | John MacArthur

La Dura Verdad
by John MacArthur


Tal vez el mito dominante en la iglesia evangélica actual es que el éxito del cristianismo depende de lo popular que sea, y que el Reino de Dios y la gloria de Cristo de alguna manera avanzarán sobre la base del favor del público. Esta es una fantasía antigua. Recuerdo haber leído una cita del apologista Edward John Carnell en la biografía del predicador galés David Martyn Lloyd-Jones escrita por lan Murray. En sus años formativos en el Seminario Teológico Fuller, Carnell decía respecto del evangelicalismo: “Necesitamos prestigio desesperadamente”.

Los creyentes se han esforzado mucho por colocarse en posiciones de poder dentro de la cultura. Buscan influencia académica, política, económica, atlética, social, teatral y religiosa, y en toda otra forma posible, con la esperanza de lograr que los medios de comunicación masiva los tomen en cuenta. Pero cuando logran esa exposición, a veces mediante los medios de comunicación masiva, a veces en el ambiente de iglesias de mente bien abierta, presentan un evangelio reinventado y diseñado a la moda que sutilmente elimina la ofensa del evangelio, e invita a la gente al Reino por un sendero fácil. Descartan todas las cosas difíciles de creer en cuanto al sacrificio de uno mismo, a aborrecer a la familia y cosas por el estilo.

La ilusión es que podemos predicar nuestro mensaje más eficazmente desde las encumbradas perchas del poder e influencia culturales, y que una vez que hayamos captado la atención de todos, podemos conducir a más personas a Cristo si le quitamos al evangelio su aguijón y predicamos un mensaje que agrade al usuario. Pero para llegar a esas perchas encumbradas, algunas figuras públicas “cristianas” diluyen la verdad y la acomodan; luego, para mantenerse allí, ceden a la presión de perpetuar la enseñanza falsa para que su público siga siéndoles leal. Decir la verdad se convierte en una decisión profesional errónea.

Los pastores de las iglesias locales están entre los primeros en dejarse seducir para usar este evangelio de moda, diseñado para que encaje en el deseo del pecador y tergiversado astutamente para superar la resistencia del consumidor. Planifican las reuniones de la iglesia para que se vean, suenen, se sientan y huelan como el mundo, a fin de eliminar la resistencia del pecador y seducirle al Reino por un sendero fácil y familiar.

La idea es hacer que el cristianismo sea fácil de creer, pero la verdad simple, inmutable e inexorable es que el Evangelio es difícil de creer. Es más, si se deja sin ayuda al pecador, le es absolutamente imposible.

Esta es la filosofía de moda: “Si les gustamos, les gustará Jesús”. Esta estrategia funciona superficialmente, pero solo si comprometemos la verdad. No podemos simplemente criticar a los predicadores locales por reinventar el evangelio, porque no están actuando en forma distinta a los tele-evangelistas de renombre y otros evangélicos más ampliamente conocidos.

Para mantener sus cargos de poder e influencia tan pronto los han alcanzado, mantienen esta tenue alianza con el mundo en nombre del amor, el atractivo y la tolerancia, y para conservar contentos a los inconversos en la iglesia deben reemplazar la verdad con algo que aliente y que no ofenda. Como dijo cierto calvinista una vez: “A veces, no presentamos el evangelio lo suficientemente bien para que los que no son elegidos lo rechacen”.

Ahora bien, no quiero que se me malentienda. Estoy comprometido a proclamar el evangelio hasta donde me sea posible aquí y en todo el mundo. Prefiero que la justicia prevalezca sobre el pecado. Prefiero elevar a los justos y exponer el pecado tal y como es, en toda su capacidad destructora. Anhelo ver que la gloria de Dios se extienda hasta los confines de la tierra. Anhelo ver la luz divina inundando el reino de las tinieblas. Ningún hijo de Dios se contenta jamás con el pecado, la inmoralidad, la injusticia, el error y la incredulidad. El oprobio que cae sobre el Señor cae sobre mí, y el celo de su casa me consume, tal como a David y a Jesús.

Sin embargo, detesto las iglesias del mundo que se han convertido en refugio de herejes. Me disgusta una iglesia de la televisión que, en muchos casos, se ha convertido en cueva de ladrones. Me encantaría ver al Señor divino empuñando un látigo y azotando a la religión de nuestro tiempo. A veces, oro salmos que condenan a ciertas personas. Pero casi siempre, oro para que el Reino venga. La mayoría de las veces, oro que el evangelio penetre en el corazón de los perdidos. Comprendo por qué John Knox dijo: “Dame Escocia o me muero. ¿Para qué más podría yo vivir?” Comprendo por qué el misionero pionero Henry Martyn salió corriendo de un templo hindú exclamando: “No soporto vivir si deshonran a Jesús de esta manera”.

Fui a una entrevista radial en una emisora importante, en cierta ciudad grande, donde la animadora era una reconocida “consejera cristiana”. Ella tenía un programa diario de tres horas, aconsejando a los oyentes que llamaban para contarle toda clase de problemas, algunos muy serios. Pero por las preguntas que me hizo en el programa, me pareció que ella no había leído mucho en cuanto a la doctrina cristiana. Fuera del aire, durante los comerciales, me dijo:

“Usted usa la palabra ‘santificación’. ¿Qué quiere decir eso?”

Eso fue un indicio. Si ella no sabía lo que significaba la santificación, tenía tarea por hacer. Todavía estábamos fuera del aire, por lo que le pregunté:

“¿Cómo llegó usted a ser creyente? Nunca olvidaré su respuesta. Me dijo: “Fue fantástico. Un día, encontré el número de teléfono de Jesús, y desde entonces, hemos estado en contacto”.

“¿Qué?”, le pregunté, tratando de no parecer demasiado incrédulo. “¿Qué quiere decir?”

“¿Qué quiere decir con eso de ‘¿qué quiero decir?’”, me respondió bruscamente.

Ella no entendía que hasta su “testimonio” necesitaba una explicación. Luego, me preguntó:

“¿Cómo llegó usted a ser creyente?”

Entonces, empecé a hablarle brevemente del evangelio, pero me cortó y me dijo: “Eh, ¿qué pasó? No hay que andar entrando en todo eso, ¿verdad que no?”

Sí, claro que sí.

No le doy tregua a la forma como marcha el mundo. Me disgusta todo lo que deshonra al Señor. Estoy en contra de todo lo que Él está en contra y a favor de todo lo que Él respalda. Anhelo ver que se conduzca a las personas a la fe salvadora en Jesucristo. Detesto que los pecadores mueran sin esperanza. Me he consagrado a la proclamación del evangelio. No soy limitado en esto. Quiero ser parte del cumplimiento de la Gran Comisión. Quiero predicar el evangelio a toda criatura.

No es que no me interesen los perdidos del mundo, ni que haya hecho una tregua fácil con un mundo pecador que deshonra a mi Dios y a Cristo. Para mí la única pregunta es: ¿cómo hago mi parte? ¿Cuál es mi responsabilidad? Y desde luego, la respuesta no puede ser comprometer el mensaje. El mensaje no es mío; viene de Dios, y es por ese mensaje que Él salva.

No solo no puedo comprometer el mensaje, sino que tampoco puedo comprometer su costo. No puedo cambiar las condiciones. Sabemos que Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo” (véase Lucas 9:23). Jesús dijo que tenemos que llevar nuestra cruz hasta la misma muerte, si Él nos lo pidiera. No puedo evitar que ese evangelio ofenda a una sociedad llena de amor propio.

Y esto sé: la predicación de la verdad influye verdaderamente en el mundo y cambia realmente un alma a la vez. Eso sucede solo mediante el poder del Espíritu Santo que da vida, que envía luz y que transforma el alma, en perfecto cumplimiento del plan eterno de Dios. Su opinión o la mía no son parte de la ecuación.

El Reino no avanza mediante el ingenio humano. No avanza porque hayamos escalado a posiciones de poder e influencia en la cultura. No avanza de acuerdo a la popularidad en los medios de comunicación masivos o en las encuestas de opinión. No avanza como resultado de la preferencia del público.

El Reino de Dios avanza solo por el poder de Dios, a pesar de la hostilidad pública. Cuando proclamamos verdaderamente el mensaje salvador de Jesucristo en su totalidad, es franca y escandalosamente hiriente. Proclamamos un mensaje escandaloso. Desde la perspectiva del mundo, el mensaje de la cruz es vergonzoso. De hecho, es tan vergonzoso, tan antagónico y tan hiriente que incluso a los creyentes les cuesta proclamarlo, porque saben que producirá hostilidad y escarnio.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B231707

La mancha del pecado | Jeremiah Johnson 

La mancha del pecado

Jeremiah Johnson 

En el relato del apóstol Juan sobre el Señor levantando milagrosamente a Lázaro de entre los muertos, hay una breve declaración que nunca deja de hacer sonreír a los niños de la iglesia. Siempre atenta a las cuestiones prácticas y al decoro, cuando Marta, la hermana de Lázaro, advirtió con premura a Cristo: “Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que murió” (Jn. 11:39 NBLA).

Como ya hemos visto en esta serie, la resurrección de Lázaro es una descripción vívida de la obra de salvación de Dios en la vida del creyente. Y aún en su estado resucitado, Lázaro —todavía envuelto en sus ropas sucias de la tumba— tiene una clara similitud con la nueva vida del creyente en Cristo. Como John MacArthur explica:

La historia de Lázaro ofrece una ilustración particularmente gráfica de nuestra situación como creyentes. Hemos sido creados para que andemos en vida nueva (Ro. 6:4). “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Ro. 7:22). Sin embargo, no podemos hacer lo que deseamos (Gá. 5:17). “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Ro. 7:18). Somos prisioneros de las consecuencias inherentes a la mismísima caída de la que hemos sido redimidos (Ro. 7:22). Es como si todavía estuviéramos atados con la ropa con que nos enterraron…

Existe, sin embargo, una diferencia importante entre nuestra situación y la resurrección de Lázaro. Él se despojó de su vendaje de momia, de inmediato. Era simplemente una mortaja de lino. Afortunadamente, la corrupción de la muerte, caracterizada por el terrible hedor que temía Marta, no siguió a Lázaro desde la tumba.

Nuestra situación, sin embargo, no se puede resolver tan rápido. No es solo una mortaja de lino lo que nos ata, sino un cadáver hecho y derecho: Pablo lo llama “el cuerpo de muerte” (Ro. 7:24). Es el principio del pecado carnal el que cubre nuestra gloriosa vida a lo largo de nuestra peregrinación terrenal. Confunde nuestra atmósfera espiritual, rodeándonos del fétido olor del pecado. Ya no puede dominarnos como un tirano despiadado, pero nos afligirá con la tentación, el tormento y el dolor hasta que finalmente seamos glorificados. [1].

A pesar que hemos sido transformados a través de la obra redentora de Cristo, todavía llevamos las manchas de nuestro pasado pecaminoso. La última vez, consideramos cómo el Señor, mediante la obra santificadora del Espíritu Santo, disminuye el efecto y la influencia de nuestro pasado pecaminoso.

Pero no todos los creyentes profesos se someten voluntariamente a la obra perfeccionadora de la santificación. De hecho, muchos rechazan la situación por completo, adoptando una actitud arrogante hacia sus pecados y evitando cualquier amonestación o condenación a causa de éste.

En generaciones pasadas, defender esa posición usualmente significaba invocar la idea de cristianos “carnales”. Basado en una malinterpretación de la amonestación de Pablo en 1 Corintios 2 y 3, muchos cristianos han sido llevados a creer que hay dos clases de cristianos: carnales y espirituales. Los cristianos espirituales manifiestan la evidencia de su estatus a través de su piedad: una vida recta y una fe madura. Por otra parte, los cristianos carnales hacen profesiones de fe, pero permanecen sumidos en el pecado y la corrupción del mundo.

Hoy en día, una idea similar está creciendo rápidamente en popularidad. Cuando se trata de lidiar con pecados permanentes en la vida de un creyente, la solución de moda es no predicar arrepentimiento y disciplina, sino enfocarse exclusivamente en la gracia de Dios. En lugar de lidiar bíblicamente con su pecado —“Cortando en pedazos a Agag”— ellos argumentan que la salvación nos libera de cualquier expectativa de obediencia a la ley de Dios, y que la gracia de Dios disuelve la culpa y apacigua la convicción de pecado en la vida del creyente. Ellos argumentan que no es la culpa de nuestro pecado, sino el esforzarse por la justicia que lleva a tantos creyentes a la frustración y desesperación espiritual. De hecho, ellos tratan de avergonzar a otros creyentes para que dejen de perseguir la santidad, al erróneamente etiquetarla como obras de justicia, es decir, obras hechas para ganar el favor de Dios.

En su libro, Una conciencia decadente, John MacArthur advierte en contra de tergiversar la gracia de Dios en una excusa.

La gracia de Dios no implica que la santidad sea opcional. Siempre ha habido personas que abusan de la gracia de Dios y suponen que tienen licencia para pecar. Parafraseando esa filosofía, Pablo escribe: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” (Ro. 6:1). Si la gracia abunda más donde el pecado es peor (Ro. 5:20–21), entonces, ¿no magnifica, nuestro pecado, la gracia de Dios? ¿Deberíamos continuar en pecado para que la gracia de Dios pueda ser magnificada?

¡Que no sea así nunca! Responde Pablo de manera enfática. La noción de que cualquiera usaría tal argumento para entregarse al pecado era claramente ofensiva para Pablo. “En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Ro. 6:2)[2].

Lamentablemente, esta corrupción de la gracia de Dios no está restringida a los límites de la iglesia. Proviene de algunos de los más populares oradores y autores en el movimiento evangélico de hoy. Y es una amenaza para el crecimiento espiritual y la piedad de los innumerables hombres y mujeres atrapados en su engaño.

La próxima vez, veremos más de cerca cómo están malinterpretando y distorsionando la Palabra de Dios, y la amenaza que sus enseñanzas representan para sus seguidores.

Artículo del Blog Gracias a Vosotros: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B210609

Los Verdaderos Pastores Conocen a sus Ovejas | by Jeremiah Johnson

Los Verdaderos Pastores Conocen a sus Ovejas
by Jeremiah Johnson

El otro día, mientras estaba sentado ante un semáforo en rojo, observé cómo un joven instalaba minuciosamente una pequeña cámara en un parque local. Ajustó el trípode varias veces, hasta conseguir el ángulo perfecto para grabar la acrobacia que estaba a punto de realizar. Esperó a que una pareja de ancianos saliera del encuadre antes de agacharse, colocando sus brazos entrelazados alrededor de su torso y lanzándose a dar una voltereta hacia atrás.

Sin embargo, algo salió mal. Él no completó el giro y se tambaleó toscamente al aterrizar. Cuando cambió el semáforo para seguir en marcha, él se preparó para otro intento.

Toda la escena fue muy breve, pero fue un recordatorio divertido de un punto que no tenemos en cuenta lo suficiente: Las redes sociales no son la vida real.

Tú No Eres Tu Avatar

Ojalá esto sea un alivio para usted. Nadie, por mucho que profese valorar las virtudes modernas de la autenticidad y la transparencia, va a mostrarle hasta el último detalle de sus vidas. Por muy perfectamente ordenados que estén los muebles y la decoración, siempre hay un montón de ropa sucia en algún lugar fuera de la vista. Como el acróbata aficionado que observé ese día, siempre hay tomas fallidas y secuencias que terminan en un archivo que nunca se publica.

Las vidas perfectas que usted ve en Internet no son reales. Están cuidadosamente seleccionadas y editadas para presentar la versión de la realidad que esas personas quieren que usted vea, y a menudo envidia.

Esa pareja que viaja a lugares lejanos y exóticos –ellos no muestran la falta de sueño que padecen ni lo demacrados que están cuando llegan a casa. Las personas que hornean postres elaborados y exquisitos no le enseñan todos los pasteles que no suben y todas las galletas que se queman. Los culturistas y los modelos fitness no publican sus selfies durante un ataque particularmente desagradable de gripe estomacal.

Usted hace lo mismo. Usted no publica todas las fotos de su pareja en la playa—sólo las mejores. Lo mismo ocurre con las fotos familiares, las historias que comparte sobre sus hijos y mascotas, y los comentarios públicos que hace sobre deportes, política y actualidad. Todo ha sido editado y seleccionado para maximizar la respuesta que recibirá de sus amigos y seguidores en Internet.

Incluso, si usted fuera más honesto públicamente sobre sus fracasos y errores que esas personas influyentes en línea, no hay manera de que un perfil de Facebook o una cuenta de Instagram pueda resumir la totalidad de lo que usted es y lo que usted cree. Sin duda, usted tiene pensamientos y opiniones que nunca compartiría con otras personas, porque algunas cosas simplemente no son aptas para ser publicadas, ni siquiera en Twitter.

Usted No Puede Pastorear las Ovejas que No Conoce

Todo esto se aplica a los promotores de la meta-iglesia, quienes con engaños prometen que pueden alimentar, guiar y discipular a un rebaño digital.

La tarea que Dios ha encomendado a sus pastores está claramente definida en las páginas de las Escrituras. Pablo encargó a los ancianos de Éfeso con estas palabras:

“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hechos 20:28-30).

Pero el trabajo de pastor es imposible para quien ni siquiera conoce a las ovejas. No es un trabajo que pueda hacerse a distancia, a intervalos intermitentes. La idea de un pastor que intenta proteger a sus ovejas de los lobos hambrientos a través de una llamada de FaceTime o una reunión por ZOOM es motivo de risa.

Pero como explica John MacArthur en un artículo titulado “More Than Just a Preacher“ (Más Que Un Simple Predicador), la vocación del pastor es mucho más que proteger a sus ovejas de amenazas externas.

Las ovejas carecen de instinto de supervivencia. Son tan humildes y mansas que, si se las maltrata, fácilmente se les aplasta el espíritu, y pueden simplemente rendirse y morir. El pastor debe conocer el temperamento individual de sus ovejas y tener cuidado de no infligirles un estrés excesivo. En consecuencia, un pastor fiel ajusta su consejo a la necesidad de la persona a la que ministra. Debe: “Amonestar a los ociosos, alentar a los de poco ánimo, sostener a los débiles, y ser paciente para con todos” (1 Tesalonicenses 5:14).

Una vez más, eso simplemente no puede suceder si todo lo que el pastor sabe acerca de un miembro de su congregación es lo que publican en las redes sociales. Y en muchos de estos llamados rebaños digitales, es probable que ni siquiera lo sepan. Los miembros de la meta-iglesia a menudo no son más que un nombre de usuario y un avatar. Eso podría significar una simulación de dibujos animados de la persona real, pero ¿cómo podría alguien más en la meta-iglesia saber si incluso esos vagos detalles corresponden con la realidad?

Francamente, el metaverso no trata de simular la realidad—sino de evitarla. Demasiado de lo que ocurre en las redes sociales y en las interacciones basadas en la web tiene que ver con el escapismo. Para algunos, se trata de construir una fachada para parecer más simpáticos, atractivos e interesantes de lo que son en la vida real. Para otros, se trata de dar rienda suelta a los aspectos de su personalidad que no encajan en el mundo real, diciendo y haciendo cosas que nunca harían en persona o delante de amigos y familiares. El relativo anonimato y oscuridad de la web no es una ayuda para cuidar y discipular al pueblo de Dios. Al contrario, es una barrera casi impenetrable para las funciones bíblicas de la iglesia y el trabajo de un pastor piadoso.

Además, también impide que las ovejas lleguen a conocerlo de verdad. Como explica John, las ovejas no pueden seguir a un líder que no pueden observar.

Pedro desafió a sus compañeros ancianos a “apacentar el rebaño de Dios entre vosotros” ejerciendo “cuidado sobre esta” (1 Pedro 5:2). Dios les confió la autoridad y la responsabilidad de guiar al rebaño. Los pastores son responsables de cómo lideran, y el rebaño de cómo sigue (Hebreos 13:17).

Además de enseñar, el pastor ejerce el cuidado del rebaño por medio del ejemplo de su vida. Ser pastor implica estar entre las ovejas. No se trata tanto de un liderazgo desde arriba como de un liderazgo desde adentro. Un pastor eficaz no pastorea a sus ovejas desde la retaguardia, sino que las guía desde el frente. Ellas le ven e imitan sus acciones.

El valor más importante del liderazgo espiritual es el poder que tiene una vida ejemplar. Primera de Timoteo 4:16 instruye a un líder de la iglesia a: “Tener cuidado de sí mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”.

Las ovejas no ganan nada con un pastor al que sólo ven de vez en cuando, e incluso entonces, sólo desde una gran distancia y a través de varias barreras. Bíblicamente hablando, eso no es un pastor. Nadie dotado y llamado al cuidado del rebaño de Dios sería tan displicente y descuidado en el desempeño de tan elevadas obligaciones.

Todo Comienza con Dios – Incluyendo el Evangelismo | Cameron Buettel

Todo Comienza con Dios – Incluyendo el Evangelismo
by Cameron Buettel

“En el principio creó Dios…” (Génesis 1:1)

La historia de redención de Dios comienza con Él mismo. Y es ahí donde debemos empezar cuando predicamos el Evangelio.

Eso no quiere decir que se requiera un discurso exhaustivo sobre el carácter y la naturaleza de Dios, o una investigación completa de sus atributos infinitos, para comprender y creer en el Evangelio. Ni siquiera nuestras mentes iluminadas por el Espíritu pueden comprender a Dios en toda Su plenitud; cuánto más una mente que aún está oscurecida por el pecado.

Sin embargo, no podemos presentar con precisión el Evangelio sin antes derribar las ideas falsas e idólatras sobre Dios que dominan el mundo. Hoy en día, la gente fabrica descuidadamente un dios basándose únicamente en su sentimentalismo y sus preferencias espirituales. Pero esta práctica popular es tan inútil como tratar de reescribir la ley de la gravedad o desear que desaparezca por completo. Dios es eterno (Isaías 57:15) e inmutable (Malaquías 3:6), y exige nuestra reverencia en Sus términos, no en los nuestros.

Dios se presenta a sí mismo en las Escrituras como el Dios vivo y verdadero. Él dice: «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios» (Isaías 45:5). Además, la Palabra de Dios revela que el único Dios verdadero existe eternamente en tres Personas distintas.

La Trinidad

La doctrina de la Trinidad es imposible de comprender, pero como John MacArthur indica, es una doctrina incuestionablemente enseñada en la Biblia:

“No obstante, aunque la plenitud de la Trinidad está mucho más allá de la comprensión humana, se trata indiscutiblemente del modo en que Dios se ha revelado en la Biblia: como un Dios que existe en la eternidad en tres personas…

“Las Escrituras son claras en que estas tres personas juntas son un Dios y solo uno (Dt. 6:4). Juan 10:30 y 33, explican que el Padre y el Hijo son uno. Primera Corintios 3:16 muestra que el Padre y Espíritu son uno. Romanos 8:9 deja en claro que el Hijo y el Espíritu son uno. Además, Juan 14:16, 18 y 23, demuestran que el Padre, el Hijo, y el Espíritu son uno… Es decir, la Biblia deja en claro que Dios es un solo Dios (no tres), pero que el único Dios es una Trinidad de personas”[1].

Dios debe ser presentado como Trino para que pueda ser proclamado fielmente. Además, la Trinidad adquiere gran importancia en el ámbito de la evangelización porque las tres Personas desempeñan papeles distintos en la salvación de los pecadores. El Padre elige (Efesios 1:3-6); el Hijo redime (Efesios 1:7-12); y el Espíritu Santo convence (Juan 16:8), regenera (Tito 3:5) y habita en los creyentes (Efesios 1:13-14).

Creador y Juez

La Biblia presenta al Dios Trino como el Creador de todas las cosas, incluyendo la humanidad (Génesis 1). Como tal, Él es dueño legítimo de Su creación (Salmo 50:10-12) y exige adoración de nosotros, Sus criaturas (Éxodo 20:2-5; Mateo 4:10).

Pero la humanidad caída se niega en rebeldía a adorar al Creador. La comunión abierta que debería existir entre Dios y el hombre está ahora bloqueada por un muro de hostilidad divina (Salmo 5:5). La justa ira de Dios hacia los pecadores puede ser un tema desagradable para la sensibilidad moderna, pero es una verdad necesaria para despertar la indiferencia espiritual de nuestra época.

Aunque el carácter y la naturaleza de Dios es un tema inagotable, el evangelista debe esforzarse por inculcar algún sentido de la supremacía y soberanía de Dios en los corazones de los pecadores. Debe explicarles por qué deben temblar al pensar en el día en que estarán ante el tribunal del Dios santo (Hebreos 9:27). John MacArthur lamenta las tendencias evangelísticas modernas, las cuales como él comenta, hacen justamente lo contrario:

“’El principio de la sabiduría es el temor de Jehová’ (Salmo 111:10). Mucho de la evangelización contemporánea intenta despertar cualquier cosa menos el temor de Dios en la mente de los pecadores. Por ejemplo: ‘Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida’, es la línea para abrir la típica apelación evangelística. Esta clase de evangelismo está muy lejos de la imagen de un Dios al que debe temerse. El remedio para tal manera de pensar es la verdad bíblica de la santidad de Dios” [2].

Santo

Las Escrituras atribuyen el superlativo más fuerte para referirse a Dios como «santo, santo, santo» (Isaías 6:3; Apocalipsis 4:8). Paul Washer señala que la santidad de Dios: “No es solamente un atributo entre muchos, sino que es el mismo contexto en el cual todos los otros atributos divinos se definen y se entienden”[3]. Nuestro énfasis evangelístico en la santidad de Dios no pretende ignorar sus otros atributos, como el amor, la misericordia y la gracia. Más bien, Sus otros atributos encuentran su significado dentro del contexto de la santidad de Dios.

La palabra «santo» se traduce de la palabra hebrea qadosh, y se refiere a la trascendencia de Dios. Como Creador, Él trasciende Su creación y es totalmente distinto de todo lo que ha hecho. Independientemente de su tamaño o esplendor, nada en la creación se acerca ni remotamente a las perfecciones de Dios.

Entonces, ¿por qué es tan importante explicar que el Creador del universo es santo? Porque nosotros, en nuestro estado pecaminoso, somos la antítesis de todo lo que Él es. No hay mayor dicotomía que demuestre nuestra enorme necesidad que la yuxtaposición entre un Dios santo y hombres pecadores. John MacArthur señala las terribles implicaciones de ese abismo infinito:

“El Eterno es completamente Santo y Su ley por consiguiente exige santidad perfecta: ‘Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo (Levítico 11:44) … Aun el evangelio requiere esta santidad: ‘Sed santos, porque yo soy santo’ (1 Pedro 1:16). ‘Seguid…la santidad, sin la cual nadie verá al Señor’ (Hebreos 12:14). Porque Él es santo, Dios aborrece el pecado”[4].

El Lugar Principal de Dios

Cuando los creyentes pensamos en Dios en términos del Evangelio, solemos hacer hincapié en Su amor y Su misericordia. Y aunque esos son atributos vitales, los cuales están entretejidos en todo el evangelio, no debemos cometer el error de descuidar Su naturaleza Trina, Su soberanía sobre la creación y Su santidad. Si lo hacemos, el resultado suele ser la proclamación de un evangelio centrado en el hombre, que presenta a Dios simplemente como un héroe que se aparece en última instancia para salvar el día.

La verdad es que los pecadores están en la mira de Dios. Son creación de Dios y han violado Su ley. Dios es el Salvador sólo porque Él es Aquel de quien los pecadores deben ser salvados, porque “Él no dejará impune al culpable” (Éxodo 34:7).

Cuando ponemos a Dios en el centro del Evangelio, adquirimos una perspectiva clara de la ofensa del pecado del hombre y la magnitud de su culpa.

Diciendo la Verdad Sobre el Hombre | Cameron Buettel

Diciendo la Verdad Sobre el Hombre
by Cameron Buettel

Durante una entrevista en 1970, el Dr. Martyn Lloyd-Jones concluyó que la doctrina de la evolución del hombre es fundamentalmente errónea en dos aspectos: “Critico la visión moderna del hombre por dos motivos: uno es que le da demasiado crédito al hombre en ciertas áreas. Y segundo, que no le da suficiente crédito al hombre en otras áreas”.

Jones se refería a las dos verdades bíblicas que los evolucionistas niegan rotundamente. Ellos identifican al hombre como “simplemente un animal” y se niegan a reconocer que fue creado a imagen de Dios. Por otro lado, la sabiduría secular de nuestros días declara al hombre moralmente neutral y se niega a reconocer lo que es tan dolorosamente obvio: que todas las personas son pecadoras por naturaleza.

Hechos a la Imagen de Dios

La Biblia deja claro que la humanidad no es simplemente una especie de animal que compite en la lucha por la supervivencia. Las Escrituras declaran que Dios hizo al hombre para que fuera la cúspide de Su creación:

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:26-28).

No hay nada sin sentido o aleatorio en la existencia humana. Fuimos diseñados originalmente para dominar el mundo que Dios creó. El hombre, como portador de la imagen de Dios, tiene una misión divina que lo diferencia por completo del reino animal.

Pero, ¿qué significa exactamente que el hombre fue creado a imagen de Dios?

Aunque el tema de imago Dei es un tema teológico profundo en sí mismo, contiene una verdad inherente que es vital para el evangelismo: El hombre es una criatura moral que debe rendir cuentas a Dios. James Montgomery Boice resaltó esa implicación crítica:

“Un elemento que le pertenece a aquel que fue creado a la imagen de Dios es la moralidad. La moralidad incluye además dos elementos: la libertad y la responsabilidad. Ahora bien, la libertad que poseen los hombres y las mujeres no es absoluta. Incluso al principio, el primer hombre, Adán, y la primera mujer, Eva, no fueron autónomos. Eran criaturas y tenían la responsabilidad de reconocer su condición mediante su obediencia”[1].

Comprender que hemos sido creados a imagen de Dios conlleva un sentimiento de honor, pero también conlleva una gran responsabilidad. Nuestra moralidad inherente no respalda nuestros principios morales. Más bien, nos condena por nuestra incapacidad de comportarnos moralmente. Nuestro conocimiento del bien y del mal, y el hecho de que continuamente violamos esa moralidad, nos apunta a la realidad histórica de la caída de Adán.

Caídos

¿Somos pecadores porque pecamos, o pecamos porque somos pecadores? Tenga cuidado con la respuesta a esa pregunta porque no es un juego de palabras. Sólo hay una respuesta que es bíblicamente cierta.

Cuando Adán cayó en el Jardín, su pecado se transmitió a la naturaleza de todos sus descendientes. No son nuestros pecados los que nos hacen pecadores. Nuestros pecados revelan nuestra verdadera naturaleza pecaminosa. John MacArthur explica:

“Toda la humanidad estaba sumida en esta condición de culpabilidad debido al pecado de Adán. ‘Porque, así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores’ (Romanos 5:19). Esta es la doctrina del pecado original, una verdad que Pablo explica en Romanos 5:12-19…Demostramos nuestra complicidad voluntaria a la rebeldía de Adán cada vez que pecamos. Y como nadie con la excepción de Jesús ha vivido jamás una vida sin pecado, nadie está realmente en posición de dudar de la doctrina del pecado original, y mucho menos de considerarla injusta”[2].

El pecado original es una verdad bíblica que puede demostrarse empíricamente. Cuando la Biblia nos dice que todo el mundo es pecador (Romanos 3:23), esto ratifica lo que la suma de nuestra experiencia de vida ya ha demostrado. El pecado original es la razón por la que tenemos desde guerras mundiales hasta cerraduras en nuestras puertas. Por eso la gente se enferma y muere. ¡Es por eso que estamos muriendo! No hay ningún lugar donde huir de la realidad y del impacto del primer acto de rebeldía de Adán en el Jardín. Y no hay forma de eludir nuestros propios crímenes de complicidad posteriores.

Culpables y Sin Excusa

El fracaso del hombre en honrar y obedecer a su Creador nunca se ha debido a la ignorancia por parte de la humanidad, ni a la falta de pruebas por parte de Dios. “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:20).

Cuando proclamamos al Dios de las Escrituras a los pecadores, no estamos tratando de suplir su falta de educación teológica. Estamos presentando una verdad que resuena claramente con lo que ellos ya saben instintivamente. La Palabra de Dios nos dice que los pecadores no están desinformados acerca de la verdad de Dios, sino que suprimen esa verdad “con injusticia” (Romanos 1:18). En pocas palabras, el problema principal del hombre siempre ha sido el amor al pecado, no la falta de educación.

“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido” (Romanos 1:21). Dios hace responsable al hombre pecador por no haberle adorado correctamente. Y en el Día del Juicio, le tendremos que rendir cuentas por no haberlo hecho (Hebreos 9:27).

Ese juicio se extenderá a todas nuestras acciones (Apocalipsis 20:11-12), palabras (Mateo 12:36-37) e incluso, pensamientos (Mateo 5:27-28; 1 Corintios 4:5). No habrá dónde esconderse, ni nada que ocultar en el Día del Juicio.

Amonestar vs. Agradar

Los evangelistas fieles nunca consuelan a los pecadores que no se han arrepentido. Por el contrario, debemos amonestarlos. Debemos exponer lo terrible y ofensivo del pecado confrontándolos con una norma objetiva de justicia. Puesto que el pecado se define bíblicamente como infracción de la ley (1 Juan 3:4), John MacArthur aboga por el uso de la ley de Dios al exponer el pecado, diciendo:

“Jesús y los apóstoles no dudaron en usar la ley en su gestión evangelizadora. Ellos sabían que la ley revela nuestro pecado (romanos 3:20) y es un tutor para conducirnos a Cristo (Gálatas 3:24). Es la manera en que Dios hace que los pecadores entiendan su propia incapacidad. Claramente, Pablo entendió el lugar crucial de la ley en los contextos evangelísticos. Pero muchos hoy creen que la ley, con su exigencia inflexible de la santidad y la obediencia, es contraria e incompatible con el evangelio.

“¿Por qué deberíamos hacer tales distinciones donde las Escrituras no la hace? Si las Escrituras advirtieran en contra de predicar el arrepentimiento, la obediencia, la justicia o el juicio para los incrédulos, eso sería diferente. Pero la Biblia no contiene tales advertencias. Todo lo contrario…Si queremos seguir un modelo bíblico, no podemos ignorar el pecado, la justicia y el juicio porque son los temas por los cuales el Espíritu Santo condena al incrédulo (Juan 16:18). ¿Podemos omitirlos del mensaje y todavía llamarlo el evangelio?”[3].

Algunos sostienen que es mejor predicar sobre el amor de Dios que sobre el pecado del hombre. Puede parecer una idea mucho más agradable y atractiva, pero la Escritura revela el amor de Dios por medio de la pecaminosidad humana: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). No predicar sobre el pecado deja sin sentido el amor de Dios y sin propósito la cruz de Cristo.

Si queremos proclamar fielmente el evangelio, tenemos que dejar que la gloriosa luz de la obra salvadora de Cristo brille sobre el pecado del hombre. La cruz nunca será considerada como la solución al pecado del hombre, a menos que primero el problema sea explicado. Y el problema principal se muestra gráficamente en el contraste entre la santidad de Dios y la pecaminosidad del hombre. Cuanto más polarizamos estas dos verdades, más profunda es la representación de la obra redentora de Cristo. Consideraremos esto en el siguiente blog.

El Esposo que se Parece a Cristo

El Esposo que se Parece a Cristo
by John MacArthur

Pídale al hombre común de la calle que dé una palabra que encarne la esencia del liderazgo, y él probablemente le sugerirá palabras como autoridad, control o poder.

La visión de la Escritura acerca del liderazgo es caracterizada por una palabra diferente: amor.

El liderazgo piadoso está siempre impulsado por el amor, y es singularmente y claramente reflejado en el diseño de Dios para el matrimonio. Dios divinamente ordenó la relación entre esposos y esposas para ser un reflejo de la relación de Cristo con la iglesia. La sumisión de la esposa al esposo, está diseñada como una ilustración viviente de la sumisión de la iglesia a su Señor. El esposo, por el contrario, está supuesto a ser una ilustración viviente de Cristo, quien “amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25, énfasis agregado). Note que el acento es completamente en el sacrificio, y servicio de Cristo por el bien de la iglesia.

“Para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.” Efesios 5:26-28)

El punto completo de Pablo es que, el marido muestra mejor el liderazgo que es de acuerdo a Cristo, a través del sacrificio voluntario y amoroso para el bienestar de su esposa.

La tendencia pecaminosa del hombre caído es dominar a sus esposas con fuerza bruta. Aun algunos hombres cristianos son culpables de ser muy agresivos con su autoridad en el hogar. Pero los déspotas dictatoriales y maridos con mano dura son antitéticos al patrón del liderazgo que Cristo nos dio.

El amor que se parece a Cristo.

El amor auténtico es incompatible con un aproche despótico y dominante del liderazgo. Si el modelo de este amor es Cristo, quien “no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28), entonces el esposo que piensa que él existe para ser servido por su esposa y sus hijos, no podría estar más lejos de la marca.

Considere las consecuencias del mandato de amar. Esto sugiere que el amor genuino no es simplemente un sentimiento o una atracción involuntaria. Implica una elección voluntaria. Lejos de ser algo en lo que “caemos” por circunstancia fortuita, el amor auténtico y que se parece a Cristo involucra un compromiso deliberado y voluntario, de sacrificar lo que sea que podamos, por el bien de la persona que amamos.

Cuando Pablo les mandó a los esposos a amar a sus esposas, él estaba exigiendo todas las virtudes trazadas en 1 Corintios 13, incluyendo la paciencia, amabilidad, generosidad, humildad, mansedumbre, consideración, liberalidad, dulzura, confianza, bondad, sinceridad, y sufrimiento. Es significativo que todas las propiedades del amor resaltan el altruismo y el sacrificio. El esposo y padre piadoso debe hacerse a sí mismo siervo de todos (cf. Marcos 9:35)

Un modelo conformado a Cristo

¿Cómo, en términos prácticos, debería un marido demostrar su amor por su esposa? El amor de Cristo por Su iglesia es el patrón y prototipo perfecto para la relación de cada marido con su esposa. Eso eleva el amor del esposo por su esposa a un nivel altísimo y santo. El esposo que abusa su rol como cabeza de familia, deshonra a Cristo, corrompe el simbolismo sagrado de la unión matrimonial, y peca directamente en contra de su Cabeza, Cristo (1 Corintios 11:3).

Entonces, el deber del marido de amar a su esposa con un amor que se parezca a Cristo, es de suprema importancia. A nadie en la familia se le es dada una responsabilidad mayor (la exhortación de Pablo es la más larga y más detallada sección de Efesios 5:22-6:9).

El amor de Cristo fue un amor auto sacrificado. Él “amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). Jesús mismo indicó que de todas las cualidades del amor, un deseo de sacrificarse a sí mismo es la más mayor cualidad: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). El amor auténtico es siempre auto sacrificado.

La persona que ama en forma sacrificada es humilde, mansa, y más preocupada por los demás que por sí misma. De nuevo, Cristo es el modelo. A pesar de que Él existió eternamente como Dios, y por lo tanto era merecedor de toda la adoración y honor, Él dejó todo eso a un lado, para venir a la tierra y morir por los pecadores. La Escritura dice:

“Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en la cruz” (Filipenses 2:7-8).

Las demandas a los esposos ni se acercan en severidad. Aun así, necesitamos el mismo deseo de hacer cualquier sacrificio, por amor a nuestras esposas e hijos. Cualquier otra cosa no es un liderazgo piadoso.

El Fundamento de la Paternidad Piadosa

El Fundamento de la Paternidad Piadosa
by John MacArthur

Nuestro mundo tiene un punto de vista cada vez más cínico acerca de los niños. Cada vez más, la descripción cultural de la paternidad es negativa, con particular énfasis en la capacidad del niño de frustrar a sus padres. Si bien es verdad que algunas veces los niños traen desafíos a nuestras vidas, ningún padre amoroso quiere ver a su hijo como un impedimento para la felicidad.

Además, los cristianos que adoptan la opinión del mundo acerca de sus niños, no pueden esperar ser padres piadosos. El diseño de Dios para su familia no lo incluye a usted quejándose acerca de los defectos de sus hijos, o viéndolos a través de lentes egoístas y mundanos. El fundamento de la paternidad piadosa está contenido en la perspectiva de la Escritura acerca de los niños. Usted no puede ser el padre que Dios quiere que sea, si usted no ve a los niños que Él le ha dado, en la manera en que Él los ve.

Los niños deben ser vistos como una bendición, no como una adversidad.

Primeramente, la Escritura claramente enseña que los niños son un regalo de parte del Señor. Dios los diseñó para ser una alegría. Ellos son una bendición del Señor para agraciar nuestras vidas con realización, significado, felicidad, y satisfacción. La paternidad es un regalo de Dios para nosotros.

Esto es verdad, aun en un mundo caído, infectado con la maldición del pecado. En medio de todo lo malo, los niños son ejemplo de la bondad amorosa de Dios. Ellos son una muestra viviente de que la misericordia de Dios se extiende aun a criaturas caídas y pecaminosas.

Recuerde que Adán y Eva comieron la fruta prohibida antes de que hubieran concebido algún hijo. Aun así, Dios no simplemente los destruyó y comenzó con una nueva raza. Él les permitió a Adán y Eva cumplir el mandato dado antes de la caída: “Fructificad y multiplicaos” (Génesis 1:28). Y Él puso en movimiento un plan de redención que finalmente abrazaría a un sinnúmero de la descendencia de Adam (Apocalipsis 7:9-10). Los niños que Eva tuvo entonces, personificaron la esperanza de que los pecadores caídos podrían ser redimidos.

Y cuando Dios maldijo la tierra debido al pecado de Adán, Él multiplicó el dolor del proceso del parto (Génesis 3:16), pero no anuló las bendiciones inherentes de tener niños.

Eva reconoció esto. En Génesis 4:1 dice, “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón.”

Ella consideró al niño como un regalo de la mano de Aquel, contra quien ella había pecado, y estaba llena de alegría por eso. A pesar de los dolores de parto, e independientemente de la naturaleza caída del niño mismo, ella sabía que el niño era un emblema de la gracia de Dios hacia ella.

¿Qué acerca de los niños de los inconversos? Ellos también representan bendiciones divinas. En Génesis 17:20 Dios prometió bendecir a Ismael. ¿Cómo le bendeciría? Al multiplicar sus hijos y su descendencia. Él le dijo a Abraham, “Y en cuanto a Ismael, también te he oído; he aquí que le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera.”

A través de la Escritura encontramos un tema común que resalta a los niños como a bendiciones de la mano de un amoroso y misericordioso Dios. En Su diseño de gracia, los niños son dados para traerles a los padres, alegría, felicidad, contentamiento, satisfacción, y amor. Salmo 127:3-5 lo dice expresamente:

«He aquí, herencia de Jehová son los hijos;

Cosa de estima el fruto del vientre.

Como saetas en mano del valiente,

Así son los hijos habidos en la juventud.

Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos;

No será avergonzado

Cuando hablare con los enemigos en la puerta.»

Claramente, en el plan de Dios, los niños están llamados a ser una bendición, no un problema. Y normalmente son una bendición cuando llegan, pero dejarlos expuestos a este mundo, y sin sombra de protección, ellos sin duda romperán el corazón de los padres.

Se supone que la crianza es una alegría, no una carga.

La tarea de los padres no es un yugo pesado de llevar; es un privilegio para ser disfrutado. Si el diseño de Dios al darnos niños, es bendecirnos, la tarea a la que Él nos llama como padres no es nada más que una extensión y magnificación—amplitud, de esa bendición.

La crianza de los niños es difícil, al grado en que los padres la hacen difícil, al fallar en seguir los principios simples que Dios estableció. Negar las responsabilidades de uno, como padre, delante de Dios, es perder las bendiciones inherentes en la tarea, y aquellos que lo hacen, toman una carga que Dios nunca quiso que los padres llevaran.

Una manera segura de llenar su vida con miseria, es abdicar la responsabilidad que Dios le ha dado como padre, y mayordomo del niño que Él afectuosamente ha colocado en sus manos. Por el contrario, nada en su vida engendrará más alegría y gozo que criar a su hijo en la disciplina y amonestación del Señor.

¿Existen en la crianza, aspectos inherentemente desagradables? Por supuesto, ninguno de nosotros disfruta el tener que disciplinar a nuestros niños. Como padre, aprendí rápidamente que lo que mis padres siempre me dijeron acerca de la disciplina, era verdad: Usualmente le duele más al padre que lo que le duele al hijo. Pero aun el proceso de disciplina finalmente produce alegría, cuando somos fieles a las instrucciones de Dios. Proverbios 29:17 dice, “Corrige a tu hijo, y te dará descanso, y dará alegría a tu alma.”

La vida del padre no necesita ser una decepción o un trabajo monótono. Hay una refrescante, riqueza estimulante de rica alegría en la crianza piadosa, que no puede ser conseguida de ninguna otra manera. Dios ha diseñado amorosamente dentro del proceso de crianza, una fuente de gozo, si adoptamos Su perspectiva y acatamos Sus principios.

¿Garantiza la Escritura que nuestra crianza tendrá éxito si seguimos el plan de Dios?