La parábola del buen pastor

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Serie: Las parábolas de Jesús.

La parábola del buen pastor

Por Greg Lanier

Nota del editor: Este es el décimo tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Las metáforas que están profundamente arraigadas en nosotros (como que Dios es nuestra roca, que el amor es una travesía, etc.) nos ayudan a captar verdades que de otro modo podrían escaparse entre los dedos de nuestra mente. Juan 10 es un ejemplo relevante de esto. La compleja «imagen verbal» (v. 6; «alegoría», «figura» o «comparación» en algunas traducciones) del pastor, la oveja, la puerta del redil y los posibles ladrones nos llevan al corazón de quien es Jesús y de cómo somos llamados para seguir solamente Su voz. Como cualquier buena metáfora, se propaga hacia el exterior en varios sentidos. Vamos a seguirlos.

Utilizando detalles sobre el pastoreo, que eran familiares para Su audiencia, Jesús visualiza un gran redil de ovejas con un portero que guarda la puerta para asegurarse de que solo los verdaderos pastores entren y salgan con sus ovejas, que son vulnerables. Cualquiera que no pase por esa puerta es un posible ladrón. Esta imagen recuerda cómo Jesús describe a la gente como «ovejas sin pastor» (Mr 6:34) y a Sí mismo como Aquel enviado a buscar la oveja perdida (Mt 18:12Lc 15:3-7). Como Él cuida amorosamente Sus ovejas, Su «voz» es lo más importante (Jn 10:4). En el antiguo Israel, los pastores iban delante de sus ovejas y las guiaban (en lugar de conducirlas por detrás) simplemente por reconocimiento de voz. En esta parte del Evangelio de Juan, Jesús se esfuerza por demostrar que Él es el verdadero líder de «Sus ovejas» (v. 3), no las autoridades religiosas corruptas que querían destruirlas, así como los ladrones de la parábola. 

Dios promete enviar un verdadero Pastor, un nuevo David, que cuidará del pueblo para siempre.

Pero el uso de las imágenes de ovejas y de pastoreo se refleja en toda la Escritura, en la que el pueblo de Dios regularmente se describe como un rebaño de ovejas (1 Re 22:17; Sal 44) y los reyes de Israel, especialmente David, como sus pastores (Sal 78). Pero cuando sus líderes fallaban, los profetas los denunciaban como pastores ladrones y sin valor (Isa 56:9-12Jer 23:1-4Zac 11:4-17). En medio de este caos de pastores devoradores de ovejas, Dios promete enviar un verdadero Pastor, un nuevo David, que cuidará del pueblo para siempre: «Entonces pondré sobre ellas un solo pastor que las apacentará, Mi siervo David; Él las apacentará y será su pastor» (Ez 34:23). Al declararse a Sí mismo como el «buen pastor» (Jn 10:11), Jesús deja en claro que Él ese pastor mesiánico prometido. Y superará con creces a cualquier pastor terrenal: mientras que el «asalariado» huye cuando viene la dificultad (v. 12), Jesús da Su vida por Sus ovejas (v. 11). 

Pero las ondas de la imagen van aún más lejos. A lo largo del Antiguo Testamento, Dios mismo se describe con frecuencia como el verdadero Pastor (Gn 49:24; Sal 23; 95:7). Además, Dios promete que en el futuro «Yo mismo buscaré Mis ovejas y velaré por ellas» (Ez 34:11). En otras palabras, tanto Dios como el Mesías davídico son los futuros pastores del rebaño. No es de extrañar que Jesús aclare las implicaciones: Él no solo cumple el rol mesiánico de Pastor en Su parábola, sino que declara: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10:30). De una manera sorprendente pero misteriosa, Jesús, como el Hijo divino del Padre, cumple la promesa de que «un» Pastor —«uno» trinitario— cuidaría del rebaño. 

A través de esta hermosa imagen verbal, Jesús revela que solo Él es la puerta de salvación y el Buen Pastor que, como Dios encarnado, cuida Su rebaño muriendo para liberarlo. Él conoce a los Suyos. Él los ama. Y aquellos que son verdaderamente Suyos —que el Padre le dio— conocen Su voz y encuentran seguridad en Su grey. Aunque andábamos «descarriados como ovejas», ahora hemos «vuelto al Pastor… de [nuestras] almas» (1 Pe 2:25). Pero esta gloriosa verdad no se detiene ahí. Jesús, «el gran Pastor de las ovejas» (Heb 13:20), ahora ha puesto pastores ayudantes para cuidar y proteger Su rebaño (1 Pe 5:2). Estos pastores terrenales protegen de los ladrones que son los falsos maestros (Hch 20:29). Alimentan a las ovejas cuidando de sus necesidades espirituales (Jn 21:16-17) y trabajan para ayudar a sus ovejas a discernir y seguir la «voz» de Jesús, que se escucha en la Palabra de Dios escrita: la Biblia. 

Entonces, ¿cómo debemos responder a Juan 10? Para los que somos ovejas: trabajemos para ser buenas ovejas, siguiendo la voz del único Pastor. Para los que somos pastores de la grey: apacentemos nuestros rebaños a través de la verdadera «puerta» para que encuentren pastos y cuidémoslos, no como asalariados que buscan ganancias egoístas, sino como los que caminan sobre las huellas del Buen Pastor.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Greg Lanier
Greg Lanier

El Dr. Greg Lanier es profesor asistente de Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary de Orlando, Florida, y pastor asistente en River Oaks Church (PCA) en Lake Mary, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo How We Got the Bible [Cómo nos llegó la Biblia] y Old Testament Conceptual Metaphors and the Christology of Luke’s Gospel [Metáforas conceptuales del Antiguo Testamento y la cristología del Evangelio de Lucas].

Metáforas corporales para la vida cristiana

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Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas corporales para la vida cristiana

Greg Lanier 

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Aislamiento. División. Es evidente que nuestro momento cultural está dominado por estas dos características. Los estudios demuestran que las personas se sienten cada vez más hambrientas de relaciones reales y están divididas en casi todos los temas. En un mundo hostil, muchos se quedan luchando con sentimientos de inutilidad.

¿Dónde hay esperanza? La Escritura nos invita a ver la Iglesia como el bálsamo para aquellos quebrantados por el aislamiento y la división, particularmente a través de las fascinantes metáforas corporales que encontramos al recorrer todas las cartas de Pablo. En más de una docena de pasajes, Pablo pinta un retrato de la Iglesia como siendo el «cuerpo de Cristo»: todos los cristianos son partes unidas en un solo cuerpo integrado que encarna a Cristo en la tierra, con Cristo mismo como la cabeza del cuerpo. Analicemos cuatro implicaciones de esta rica metáfora. En el camino, será útil comparar las metáforas corporales con las metáforas arquitectónicas (que vimos en otro artículo de esta serie), ya que Pablo a veces las combina (Ef 4:1216). 

Unidos a Cristo

Las metáforas corporales expresan cómo cada cristiano individual está espiritualmente unido a Cristo en la salvación como un «miembro» (una extremidad o un órgano) de Su cuerpo (1 Co 6:15Ef 5:30). Mientras que las metáforas de edificios presentan a la Iglesia como llena por el Espíritu (1 Co 3:16), las metáforas corporales enfatizan cómo estamos espiritualmente conectados con Cristo mismo (10:16). La vida de cada cristiano es presionada dentro un molde de Cristo de una manera más profunda de lo que podemos imaginar. 

Estamos unidos no solo a Cristo, sino también los unos a los otros de una manera que ninguna otra organización terrenal, club o equipo puede ofrecer.

Cristo como Cabeza

Pablo extiende las metáforas corporales para describir a Jesús como «cabeza» de la Iglesia / «cuerpo» (Ef 1:22-23Col 1:18). Para un cuerpo literal, el razonamiento y la voluntad de la cabeza deben ser obedecidos por las partes del cuerpo, y sus funciones neurológicas coordinan los sistemas del cuerpo para producir crecimiento. Pablo aplica esto a Cristo: como Cabeza, Él es la máxima autoridad sobre la Iglesia (Ef 5:23-24), y una iglesia crece más saludable no por medio de trucos, sino al someterse a Cristo, quien es el que da el crecimiento (Col 2:19). Pero Pablo complementa esta imagen de autoridad con el amor de Cristo: así como las personas aman y cuidan de sus propios cuerpos, así también, pero en mucho mayor grado, Cristo ama a Su Iglesia / «cuerpo» y cuida de cada miembro de este (Ef 5:29-30). En resumen, mientras que la metáfora de un edificio presenta a Jesús como la piedra angular de la Iglesia una vez y para siempre (2:20), la metáfora de un cuerpo proporciona el consuelo de que tenemos una autoridad benevolente que diariamente nos cuida con amor. Aunque la noche del alma puede ser larga en ocasiones, un cristiano nunca puede ser separado de la Cabeza, Jesucristo. 

Diversidad en el cuerpo

De forma similar a la metáfora del edificio (1 Pe 2:4-5), las metáforas corporales capturan en gran medida cómo los cristianos individuales constituyen una entidad (Col 3:15). Sin embargo, hay una diferencia importante. En un edificio, todos somos piedras idénticas, pero un cuerpo por definición está compuesto de diversas partes. Pablo enfatiza dos dimensiones de esta diversidad esencial dentro del cuerpo. La primera se refiere a los dones espirituales dados a cada miembro del cuerpo (1 Co 12:4-11). Las diferencias en los dones no pretenden causar una competencia divisiva, sino todo lo contrario. Así como un cuerpo humano debe tener diferentes partes para funcionar, así también la Iglesia debe tener diferentes partes para funcionar (Rom 12:4). Un cuerpo con solo hígados moriría rápidamente. Del mismo modo, la mano no puede pelear con el ojo o el oído, o de lo contrario el cuerpo no podría ver ni oír (1 Co 12:12-19). El uso de las metáforas corporales por parte de Pablo es increíblemente valioso para ayudarnos a vislumbrar la belleza de cómo nuestros dones diversos —nuestras «muchas partes»— son necesarias (y no un obstáculo) para hacernos «un cuerpo» que funcione de manera saludable (v. 20). 

La segunda dimensión de la diversidad dentro del cuerpo trata acerca de la diversidad de grupos de personas. Pablo esboza cómo la obra salvadora de Cristo ha acabado con toda hostilidad a lo largo de las líneas socioétnicas y ha unido a los grupos antiguamente separados en un solo cuerpo de una vez para siempre (Ef 2:14-163:6). Ya sea que estemos hablando de la división judío-gentil de los días de Pablo o de las divisiones raciales/étnicas de hoy (en los Estados Unidos, Malasia, China, Europa Oriental o en cualquier otro lugar), la gloria del evangelio es esta: dado que la salvación es solo por la fe (no por ADN ni nada externo), la Iglesia trae unidad entre grupos de personas al mismo tiempo que celebra las ricas bendiciones que cada uno, de manera particular, aporta al cuerpo. El cuerpo unificado prospera, no a pesar de su diversidad, sino por causa de esta. 

Unidos el uno al otro

Hay una última diferencia iluminadora entre las metáforas arquitectónicas y corporales: la primera nos coloca uno al lado del otro como ladrillos en una pared, mientras que la segunda transmite la forma viva en que somos «miembros los unos de los otros» (Rom 12:4Ef 4:25). Estamos unidos no solo a Cristo, sino también los unos a los otros de una manera que ninguna otra organización terrenal, club o equipo puede ofrecer. Al igual que las partes del cuerpo que comparten la misma sangre, las vías neuronales, etc., los cristianos nos pertenecemos unos a otros, de hecho, nos necesitamos unos a otros de una manera que apenas comprendemos. Por esta razón, Pablo nos exhorta a cuidar con ternura a los miembros más débiles entre nosotros, no ignorarlos ni despreciarlos, extrayendo una analogía de los cuerpos físicos en los que se ofrece más cuidado a las partes vulnerables del cuerpo, no menos (1 Co 12:21-25). Si somos miembros los unos de los otros en el cuerpo de Cristo, la salud de uno nos afecta a todos (v. 26). 

Si todo esto es cierto, la metáfora del «cuerpo de Cristo» arroja una visión impresionante de lo que la iglesia puede ser. Ninguna iglesia es perfecta, pero en sus mejores días, una iglesia debe ser un lugar donde no haya aislamiento, porque somos llamados a vivir en relación con otros miembros del cuerpo y con Cristo nuestra Cabeza. Ningún verdadero creyente es amputado del cuerpo de Cristo. La iglesia también debe ser un lugar donde las diferencias en los dones o grupos de personas no conduzcan a un tribalismo divisivo, sino a una unidad forjada a partir de la diversidad, la cual el mundo nunca podrá lograr. Y en medio de todo esto, la iglesia debe ser un lugar donde las personas lastimadas, agobiadas por el sufrimiento y el pecado, puedan ser cuidadas hasta recuperar la salud y tratadas con la máxima dignidad y valía, no abandonadas. Que las metáforas corporales de la vida de la iglesia nos llamen continuamente a tal visión.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Greg Lanier
Greg Lanier

El Dr. Greg Lanier es profesor asistente de Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary de Orlando, Florida, y pastor asistente en River Oaks Church (PCA) en Lake Mary, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo How We Got the Bible [Cómo nos llegó la Biblia] y Old Testament Conceptual Metaphors and the Christology of Luke’s Gospel [Metáforas conceptuales del Antiguo Testamento y la cristología del Evangelio de Lucas].

¿Por qué le pasan cosas malas a gente buena?

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Serie: Dando una respuesta

¿Por qué le pasan cosas malas a gente buena?

Greg Lanier

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

«¿Cáncer de hueso en los niños? Dios, ¿cómo es posible? ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a crear un mundo en el que exista tal miseria y no por nuestra culpa?» Con estas duras palabras el comediante Stephen Fry, un ateo declarado, planteó un tema crucial para cristianos y no cristianos: si Dios es absolutamente bueno y todopoderoso, como afirman las Escrituras, ¿por qué permite que las personas buenas sufran el mal? Todos somos confrontados con esto: el diagnóstico de un amigo querido con una enfermedad terminal; el abuso del hijo de un vecino; un atentado terrorista en un café de la playa; un huracán que devasta islas enteras. Cuando los escépticos hacen esta pregunta, o cuando la hacen otros cristianos o cuando tú mismo la haces, ¿cuál sería una respuesta bíblica correcta? 

Es esencial distinguir y abordar cuidadosamente dos aspectos de la pregunta: el de la mente / intelectual y el del corazón / emocional. En el momento del sufrimiento, una respuesta enfocada en el aspecto de la mente («Es la voluntad de Dios»), aunque es doctrinalmente correcta, no sería un bálsamo para el alma angustiada. A menudo, la respuesta tierna viene primero. Pero ésta debe estar basada en el aspecto intelectual, así que comenzaremos en este y luego volveremos al aspecto emocional. 

Si somos meramente átomos sujetos a la física y la selección natural, el sufrimiento no existe.

El punto de la mente / intelectual pudiera reformularse así: ¿El sufrimiento de las personas buenas niega a Dios? Porque si Él permite que tales cosas sucedan, ¿no prueba eso que Él no es bueno, que no es todopoderoso o que no existe? Deben surgir cuatro respuestas. 

  1. La pregunta, para empezar, asume que existe tal cosa como el «bien» y el «mal». La persona que hace la pregunta ha decidido que una cosa / persona / evento (un terremoto, Hitler, el terrorismo) es «malo» y que otra cosa (un individuo que sufre) es «bueno». Pero ¿cómo sabe el interrogador qué es «malo» o “bueno”? La opinión personal no es válida, ya que al reflexionar nos damos cuenta que las personas «malvadas» (Hitler / ISIS / quien sea) no piensan que ellas mismas son malas. El hecho de que cualquiera pueda protestar contra el mal requiere un estándar para el bien y el mal que esté fuera de cualquier individuo o cultura, que solo puede provenir de Dios y que ha sido revelado a todos (Rom 1:19-202:12-16).
  2. La pregunta presupone que el sufrimiento de una persona «buena» tiene un sentido. Las rocas y los árboles no sufren. Incluso las cosas «malas» que le suceden a las criaturas son proporcionales: pocos se enojan contra Dios cuando un tsunami destruye millones de hormigas. Sin embargo, el significado del sufrimiento humano es intuitivo para todos e implica que los humanos tienen una dignidad única que el sufrimiento está deshaciendo. Esta dignidad solo puede ser conferida por Dios. Si somos meramente átomos sujetos a la física y la selección natural, el sufrimiento no existe.
  3. La pregunta asume que Dios nunca tiene buenas razones para el sufrimiento. Pero según la Escritura, Dios tiene tales razones, aun si no nos gustan o no las entendemos. El sufrimiento puede deberse al estado caído de la creación (Rom 8:19-22). El sufrimiento puede ser un castigo por el pecado (Jue 2:11-15), aunque no siempre (Jn 9:1-3). Dios puede permitir que Satanás lo inflija (Job 1-2). El sufrimiento puede mostrar la justicia de Dios (Rom 9:19-26). Puede llevar a los pecadores al arrepentimiento (Sal 119:71). Puede usarse para el avance del reino de Dios (1 Pe 4:12-19) y para santificarnos (Rom 5:3-5Stg 1:2-4). De hecho, el más impresionante ejemplo de algo malo sucediéndole a una persona buena, la muerte de Jesús, consumó el bien de la salvación (Hch 2:22-244:8-12). Pero en esos momentos, cuando nos enfrentamos a los males más injustificados e inexplicables, podemos confiar en que los caminos de Dios están más allá de nuestros caminos (Rom 11:33-36).
  4. Finalmente, la pregunta requiere que exista tal cosa como una persona “buena”, sin embargo, la Escritura y la vida misma atestiguan que todos estamos arruinados y somos miserables (Rom 3:10-18). De hecho, la pregunta debería ser por qué cosas buenas les suceden a todos, dado lo malos que somos. El escéptico cree que el universo opera sobre la base de “haces el bien, recibes el bien; haces lo malo, recibes lo malo”. Si este criterio es correcto, ¿por qué prosperan las personas absolutamente despreciables? Ninguna otra cosmovisión puede explicar esto, excepto la bíblica, que revela la pecaminosidad de todos y la benevolencia de Dios hacia todos para Sus propios propósitos (Mt 5:45), hasta el día final del juicio, cuando todo será enmendado.

Volvemos, entonces, al punto del corazón / emocional. Cuando suceden cosas malas, el sufrimiento y el dolor a menudo nos confrontan con la aparente ausencia de Dios en ese momento. ¿Qué hacen los cristianos? El punto de la mente / intelectual debe ser tratado, tal vez cuando las nubes oscuras se disipen. En la oscuridad, consolamos a los que sufren con el amoroso consuelo que hemos recibido de Dios (2 Co 1:3-7). Lloramos con ellos (Rom 12:15). Nos sentamos en las cenizas con ellos (Job 2:11-13). Llevamos las cargas de los otros (Gál. 6:2). Y, sobre todo, con mucho amor, les dirigimos a Jesús, la única persona buena que sufrió el mayor de los males para redimirnos, que enjuga nuestras lágrimas, y que nos promete un día en el que todo esto será remediado (Ap 21:4).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Greg Lanier
Greg Lanier

El Dr. Greg Lanier es profesor asistente de Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary de Orlando, Florida, y pastor asistente en River Oaks Church (PCA) en Lake Mary, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo How We Got the Bible [Cómo nos llegó la Biblia] y Old Testament Conceptual Metaphors and the Christology of Luke’s Gospel [Metáforas conceptuales del Antiguo Testamento y la cristología del Evangelio de Lucas].