Menú 10. ¿Qué hay de los líderes?

Menú 10. ¿Qué hay de los líderes?

a1La palabra líder ha sido muy maltratada. Sobre todo por la igleburger. Nos han dicho cosas como que todos somos líderes. Eso es un gran absurdo. Líder significa el que va a la cabeza, por delante. No todos hemos sido llamados a ser cabeza. La iglesia se convertiría en un monstruo lleno de cabezas por todas partes, la imagen es ridícula.

¿Te imaginas algo así?

A pesar de eso, obviamente, hay personas que van a la cabeza.

Algunos ocupan lugares de liderazgo. Es algo natural que algunas personas tengan más influencia que otras, debido a su nivel de entrega, servicio, relaciones, dones, sabiduría, experiencia, posición.

Aunque odio el liderazgo mal entendido porque sé el daño que hace, y aunque he querido irme al otro extremo en el que pensaba que no hacen falta ese tipo de personas, que todo podemos hacerlo todos juntos, como una familia feliz y tomados de la mano mientras cantamos Cumbayá, me he dado cuenta de que en realidad, hasta que no hay alguien que hace las cosas, un líder o llámalo como quieras, las cosas no ocurren. La palabra líder no es de mis favoritas por las connotaciones que le hemos dado, pero creo que me servirá para hacerme entender.

El liderazgo bien asumido, puede hacer mucho bien, quizás más que el daño que ha provocado. Por eso quiero prestarles atención. En primer lugar porque considero que son (somos) los máximos culpables de la situación actual de la iglesia, los que de alguna manera incitaron a los demás a tomar hamburguesas y olvidar la comida sólida. Y en segundo lugar, porque sé que sus decisiones, su arrepentimiento, su cambio o un darse cuenta de la realidad puede mejorar mucho la situación de la iglesia.

La primera pregunta que debemos hacernos es, si crees que eres un líder, tengas un titulillo o no, ¿Por qué quieres serlo? ¿Cuál es tu motivación?

Porque si las motivaciones son las incorrectas, da igual lo que hagas, estará mal, por mucho que consideres todo el bien que haces a los demás a través de tu posición o servicio.

Aquí presento tres de las motivaciones que creo que no son las correctas, motivaciones igleburger que no alimentan a nadie. Algunas las he visto en mí, otras en otros, da igual, sé que están ahí.

1. Para ser reconocido, es decir, por vanagloria y ser más que los demás

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”. Filipenses 2:3

Muchos cristianos han ocupado cargos para llenar un vacío de autoestima. Para sentirse en alguna medida superiores a otros sin saber que el más pequeño es el más grande (Lucas 9:48). Se pelean por conseguir cargos del que se quieren servir, pero no para servir.

Por eso cuando sirven a los demás sirven a las apariencias y no se preocupan de hablar la verdad en amor y poner sus vidas al servicio real de otros.

Por lo tanto, siempre acariciarán el lomo a la gente con palabras “fast food”, que no incomode a nadie, dejándose llevar por la corriente de este mundo e intentando contentar a las personas, diciéndoles lo que quieren oír sin preocuparse por ellos de verdad y así mantener su estatus.

2. Para sacar provecho de algún tipo

Mira lo que le dijo Pablo la última vez que se juntó con los responsables de la iglesia de Éfeso:

“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”. Hechos 20:28–30.

Y lo que le dijo Pedro a otros responsables:

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”. 1 Pedro 5:1–3.

En estos tiempos que corren hay personas que, aunque empiezan bien, acaban sirviendo por posición o razones puramente económicas, y permiten que el dios Mamón juegue con ellos.

“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Mateo 6:24.

Realmente donde dice “riquezas” Jesús dijo “el dios Mamón”.

EL dios Mamón es el dios de las riquezas y el Señor claramente se posicionó en contra de los que las aman. Sé que el Señor recompensa y que el obrero es digno de su salario (Lucas 10:7) Pero no estoy hablando de esto, sino de la motivación incorrecta en el corazón de los que sirven.

Estos ven en las personas a las que sirven no una oportunidad de entregar su vida de corazón sino una posible fuente de ingresos o de búsqueda de posición acomodada dentro de un sistema. Por eso su liderazgo se verá comprometido y, a veces, no querrán hablar la verdad en amor por miedo a perder clientes.

3. Porque simplemente lo han puesto

Sí, mucha gente ocupa lugares de liderazgo por inercia, sin visión, ocupando un lugar que le da igual ocupar o no. Esto al final lleva a un desinterés por la gente, un conformismo generalizado y falta de liderazgo real que la gente necesita.

Hay muchos más casos que no voy a mencionar. Pero lo triste de todo esto, es que tal como son los líderes así es la gente que los sigue, es algo natural que ocurra. Por eso es vital, para dejar de ser igleburgers, que se levanten personas que quieran servir a los demás por amor a Dios, que conozcan la Palabra, que estén preparados y preparándose siempre, que quieran invertir tiempo de calidad con otros, que nos acompañen e influencien a los demás para cambiar la manera de entender quiénes somos y qué debemos hacer como Iglesia.

“Servíos por amor los unos a los otros”. Gálatas 5:13.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (p. 56). Álex Sampedro.

Menú 9. Mi relación con los demás, la pizza es para compartir

Menú 9. Mi relación con los demás, la pizza es para compartir

a1“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor. (…) Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros”. Efesios 4:11–16, 25.

Hoy la iglesia tiene muchos ministerios. Hay pastores que cuidan de las ovejas, líderes y sublíderes que lideran, responsables de alabanza que hacen que la gente participe más, ujieres que acomodan, maestros que enseñan, profetas que dicen cosas, evangelistas que salen a la calle a hablar de Jesús, tesoreros que cuentan cuánto dinero da la gente, líderes de jóvenes que cuidan de los jóvenes, músicos, co-pastores e incluso apóstoles que no sé muy bien qué es lo que hacen.

Un montón de posiciones para hacernos crecer. Según Efesios 4, estos están puestos ahí para que los santos, es decir nosotros, crezcamos para ser como Jesús. Pero esa no es la verdad, al menos no es toda la verdad. Si seguimos leyendo el capítulo nos damos cuenta de que para crecer lo más importante no son las líneas de autoridad, ni los ministerios “nominales” puestos por Dios. Con permiso del apóstol Pablo (este sí lo era) he puesto un “corta y pega” del capítulo cuatro de efesios para que lo leas, pero no te acostumbres, cuando te pongan una referencia en un libro, búscala.

Lo imprescindible es que “hablemos la verdad en amor unos con otros”. (v. 15) Sin esto será imposible crecer. Cuántas veces he visto iglesias llenas de ministerios, pero vacías de esta práctica fundamental. Sin este principio estamos ciegos, perdidos. Podremos programar mil reuniones, nombrar cien líderes, pero no ayudaremos a los miembros de la iglesia a crecer.

En mi vida cuando más he crecido no ha sido en un supermensaje, sino cuando alguien, a quien considero mi amigo, se toma la molestia de escucharme, de decirme la verdad acerca de mí, de lo que hago y soy, pero con amor y comprensión. Así he podido sentir de verdad lo que Dios piensa de mí y me ha dado una oportunidad de crecer. Y esto se debe practicar de forma natural. Debemos fomentar que la iglesia hable la verdad en amor desde todos los ángulos: En el púlpito, en las reuniones, en los hogares, y entre nosotros, unos a otros.

Aceptarnos y motivarnos a cambiar

No basta solo con hablar verdad. Hay gente que siempre va con la verdad por delante, pero sin amor, esto tampoco hará crecer.

Otros en cambio tienen tanto ¡tanto amor! que no hablan la verdad por temor a hacer daño, y esto tampoco es sano y no es amor verdadero. Es necesaria la verdad en amor, como en otros lugares lo expresa: la misericordia y la verdad, a la vez.

“Con misericordia y verdad se corrige el pecado, Y con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal”. Proverbios 16:6

Te reto a volver a leer todo el capítulo 4 de Efesios y sacar tus propias conclusiones; verás cuánto nos hace falta esforzarnos un poco más y no relegar la responsabilidad a los “ministerios”, cuando en verdad depende de nosotros el crecer a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. No desmerezco lo que Dios ha puesto en nuestras iglesias locales para dirigirnos o presidirnos, pero debemos también reconocer nuestra responsabilidad y cumplir con lo que Dios nos manda, y sobretodo ser consecuentes con la Escritura.

En la igleburger pretendemos crecer de otras maneras, reuniéndonos y haciendo como que nos llenamos de su Espíritu y maduramos porque nos ponen las manos encima y queremos ir por atajos que la Biblia no enseña. Entre otras cosas la comunidad local fue inventada por Dios para afilarnos unos a otros, trabajar unos con otros, moldearnos, servirle en medio del maremágnum de las relaciones genuinas.

“Hierro con hierro se aguza; (se afila) Y así el hombre aguza el rostro de su amigo”. Proverbios 27:17.

Es muy arriesgado hablar la verdad en amor porque te expones, porque descubres tu corazón a los demás, porque te quitas todas las máscaras y las murallas que esta sociedad te ha enseñado a crear para protegerte.

Volviendo a la literatura “cristiana” he de decir con dolor en mi corazón, que a veces tampoco han estado acertados en este punto. Nos han enseñado a mantener las distancias con los demás, a no implicarnos, mirando en primer lugar nuestro propio bien, nuestro bienestar, dejando en segundo plano a los otros. Desde la autoridad de la psicología humanista hay pastores que nos han enseñado a no conectar con la gente, a ser egoístas en nuestras relaciones; aunque no lo digan así, es lo que hay en el fondo de la cuestión. ¡Y cuánto dolor han generado! ¡Cuánta soledad y cuántas lágrimas! Todo lleno de palabras bonitas o técnicas, y desvirtuando la Escritura. Enseñanzas que poco tienen que ver con Su palabra:

“Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a tí mismo”. Gálatas 5:14.

No necesita demasiada explicación ¡hazlo! Atrévete a hablar la verdad en amor, buscando siempre el bien de la persona con la que hablas, igual que te gustaría que hicieran contigo, como a ti mismo. Dios está ahí en medio. No “vayas a la iglesia” solo para alimentarte tú. Ten en cuenta a los demás.

Él énfasis para crecer como cristiano está en el “nosotros” no en el “yo”. A nuestra carne, nuestro yo, le duele cuando nos dicen que nuestro crecimiento no depende solo de nosotros, de cuanto oramos o leemos la Biblia nada más. Nos molesta saber que dependemos de los demás para crecer, pero así nos lo enseña la Palabra de Dios y así debemos movernos en la iglesia. Si no, nunca alcanzaremos la madurez que tanta falta nos hace.

Y si queremos ver un cambio real, debemos verlo en primer lugar en las personas que tienen la responsabilidad de tomar la iniciativa para inspirar a otros a buscar más de Dios. Sí, ellos deben ser los primeros, quizás tú debes ser el primero, quizás yo…

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (p. 56). Álex Sampedro.

Menú 8. ¿Para qué tienes el móvil?

Menú 8. ¿Para qué tienes el móvil?

a1Ahora bien, tu relación no puede limitarse solo a un tiempo apartado con Él. Sí, esa puede ser una buena base, pero recuerda que no puedes salir de su presencia como cuando sales de un restaurante y hasta que te da hambre no vuelves a entrar.

“Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos”. Hechos 17:28

Mucha gente vive en su intimidad con Dios, pero tienen solo un Dios privado dejándolo de lado en la esfera pública.

Dios está contigo cuando caminas por tu ciudad, cuando estás con tus amigos, con tu familia, tu novia o novio, tu trabajo, tu instituto o universidad. No sólo está contigo, también quiere formar parte de esas circunstancias, quiere hablar contigo en medio de todo eso.

Hay un versículo que me desconcierta un poco, porque a simple vista parece imposible de cumplir:

“Orad sin cesar”. 1 Tesalonicenses 5:17.

Pero cuando entiendo que mi relación con Dios es algo dinámico que no puedo encasillar, y que Dios anhela hablarme en todas partes, entiendo a que se refiere. Nunca te desconectes de Dios, es algo que debemos hacer intencionadamente. Como tu teléfono móvil, mantén tu línea para Dios siempre abierta, no te lo dejes en casa, envíale mensajes, revisa de vez en cuando si te dice algo, pregúntale, adórale, pregúntale por “whatsapp” estés donde estés.

Los que buscan a Dios lo buscan en todas las circunstancias.

“Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda”. 1 Timoteo 2:8

Ahora insisto, el teléfono móvil hay que ponerlo a cargar, conectado físicamente a una fuente de alimentación. Tener a Dios en todas partes es genial, y habla de una relación real, pero no descuides tu tiempo apartado con Él, tu recarga de baterías que te ayudará a caminar siempre en sintonía con Su Espíritu, sean cuales sean las circunstancias.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 47–48). Álex Sampedro.

Menú 7. ¿Cada cuánto voy a Dios?

Menú 7. ¿Cada cuánto voy a Dios?

a1Antes de hablar de nuestro compromiso con la iglesia te quiero preguntar cómo está nuestro compromiso con Dios. Mucha gente ve la iglesia como un lugar activista donde puede conocer gente, ser un buen cristiano y desarrollarse como tal. Eso es cierto en parte, pero la realidad es que todo lo que hacemos debería partir de nuestra genuina relación con Dios en intimidad, no en una serie de actividades en un calendario. Mucha gente dice que está bien con Dios pero nunca está con Él a solas.

Mi vecino del quinto piso y yo tenemos muy buena relación. No tengo ningún problema con él, nunca se ha molestado conmigo ni yo con él, nos tratamos con respeto y nunca he hecho nada que le molestara. Qué relación tan impresionante ¿no? Pues no. La verdad es que estoy bien con el vecino del quinto porque tal relación no existe. Solo lo veo de vez en cuando, yo no lo molesto, ni él tampoco a mí.

Así es muy fácil decir que estoy bien con él. Y creo que a muchos cristianos nos pasa lo mismo. Nos decimos unos a otros que estamos bien con Dios, y quizás es debido a falta de relación con Dios y no porque invirtamos mucho tiempo en conocerlo. De hecho, cuando uno pasa tiempo a solas con Dios, de verdad, se da cuenta de que las cosas no están tan bien como creíamos y nace en nosotros un deseo de cambiar para mejorar nuestra relación con Jesús.

Entonces al liderazgo de la iglesia se les ocurre una gran idea para decirles a los jóvenes cómo deben tener una comunión con el Señor, y los invitan a empezar ¡una relación con Dios de 5 minutos! Pero creo que esto es fruto de una mentalidad igleburger. ¿Cómo es posible comenzar una relación de verdad dedicando 5 minutos al día para empezar? ¿Te imaginas que en un gimnasio te dijeran: “Dedícale 5 minutos al día para empezar”? ¿O con tu novia: “Hablemos de momento solo 5 minutos al día”? Es ridículo. Chicos, jamás le digáis eso a vuestra novia si no queréis probar la ira en forma de mano femenina, pero firme, que se acerca irremediablemente a vuestro rostro.

Hablemos en serio, hemos querido embotellar a Dios, venderlo como un producto de telemarketing prometiendo cambios inmediatos con el mínimo esfuerzo, con el mínimo tiempo posible de inversión. Con 5 minutos.

Y la verdad es que lo más importante en nuestra vida debería ser el tiempo que invertimos con Dios, a solas.

“Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos”. Salmos 84:10.

¿Podemos decir lo que dijo este compositor y sentir que es cierto en nuestra vida?

Seamos consecuentes con lo que creemos y tomemos como prioridad apartar un tiempo diario con Dios en oración y escuchándolo a través de la palabra; tómatelo con naturalidad, y no mires el reloj, Dios es más grande que todo eso.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 40–41). Álex Sampedro.

Menú 6. Mi relación con Dios: Dios no trabaja en un restaurante de comida rápida

Menú 6. Mi relación con Dios: Dios no trabaja en un restaurante de comida rápida

a1

“Vosotros, pues, oraréis así:

Padre nuestro que estás en los cielos,

santificado sea tu nombre.

Venga tu reino.

Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén”.

Mateo 6:9–13.

Ponme esto, con un poco de aquello y con esto, y doble de bendición por favor, y ¡ya! En el nombre de Jesús, Amén.

Este es un ejemplo de la típica oración que en la igleburger nos enseñan.

No debemos tratar a Dios como un trabajador de restaurante de “Fast food”. Ayudados por literatura “cristiana” que enseña a pedir y pedir a Dios, nos imaginamos a Jesús en una barra diciéndonos: “¿qué va a ser?… Enseguida, señor.”

Tomamos oraciones modelo sacadas de una lista de un libro del Antiguo Testamento basando nuestra vida espiritual exclusivamente en nuestras necesidades y no nos fijamos en las profundidades del Padre Nuestro. ¿Para qué tener relación con el Dios de los cielos? Para que solucione nuestros problemas, pensamos algunos.

Es verdad, necesitamos a Dios y mucho, pero no es el único propósito de la oración. Hablar con Dios sería muy aburrido si se limitara a pedir y rogar. No creo que Jesús me salvara para tener ese tipo de relación conmigo. Él mismo nos enseñó cómo estar con el Padre, de qué cosas le gusta que hablemos, cuáles son sus temas preferidos y cómo hacer real en esta tierra las conversaciones que tengamos con Él.

Los discípulos querían aprender mucho de Jesús pero no le dijeron nunca: Señor, enséñanos a predicar, enséñanos a ser relevantes en la sociedad, enséñanos a ser una iglesia atractiva, enséñanos a ser misioneros, enséñanos a tener buenas relaciones. No, ellos le dijeron:

“Enséñanos a orar”. Lucas 11:1.

¡Enséñanos a hablar con Dios! Que petición más genuina y cuán necesaria para el día de hoy. Enséñanos a saber relacionarnos con el Creador, por favor. Y Jesús les respondió:

“Padre Nuestro que estás en los cielos”.

Él es alguien muy cercano, un Padre. Jesús lo llamaba cariñosamente Abba, papá, algo que los judíos no pudieron soportar, por eso lo mataron.

“Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no solo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios”. Juan 5:18.

Pero también es un Dios trascendente, fuera de nuestro alcance y comprensión, Él está en los cielos, más allá de todo, nosotros estamos en la tierra, y le debemos un respeto como Creador, Señor y también Salvador y Redentor. A veces tenemos conceptos erróneos de quien es Dios y eso también nos hace tener ideas equivocadas de lo que somos nosotros y de lo que es la Iglesia. Creo que este punto es central.

Del verdadero conocimiento de Dios emana todo lo demás en nuestra vida cristiana. Nuestra base es lo que sabemos y entendemos de quien es Dios. Hoy ya no se dedica tanta literatura a explicar quién es Él. Es un tema que ha pasado a un segundo plano dejando paso a otras cosas “más prácticas”. Es un terrible error. Que los cimientos de un edificio no se vean no significa que no sean prácticos y que sin ellos lo demás caería por su propio peso.

Dios desea ser conocido como realmente Él es. El nombre técnico de esto es “Teología propia”, lo que sabemos de Dios, lo que dice Dios de sí mismo.

Si nuestro crecimiento espiritual depende de nuestra relación con Dios, esta depende en gran medida de si conocemos o no conocemos realmente a ese Padre Nuestro que está en los cielos. Por eso Jesús empezó así, porque es ahí donde todo empieza, en Él. ¡Gracias Dios por dejarte conocer! Más adelante le dedicó un capítulo a lo que Dios no es, imágenes falsas que hemos creado del Dios verdadero y que nos alejan de la verdadera intimidad con Jesús.

“Santificado sea tu nombre”

El conocimiento teórico no es suficiente. Cuando uno va conociendo a Dios se da cuenta de lo maravilloso que es, de lo sorprendente de su persona, su carácter, su grandeza. Y algo debe cambiar en nosotros. Quedarnos maravillados ante Él nos guía a adorarlo, a alabarlo, a ponerlo aparte de todo, tenerlo como nuestro más especial tesoro, respetar su Señorío. Nos guía a santificar su Nombre. Ponerlo por encima de todo como se merece. Y eso trae crecimiento en nuestras vidas, porque en la medida que reconocemos su lugar en nosotros también vamos descubriendo nuestro lugar en el mundo.

“Venga tu reino, hágase tu voluntad como en el cielo así también en la tierra.”

Muchas personas tienen la experiencia de que al orar parece que sus oraciones caen en saco roto. Se quejan delante de Dios, diciéndole que no responde.

“Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. Santiago 4:3.

La oración egoísta no contestada se convierte en un motivo para no creer en Él.

La verdad es que la oración fue diseñada, en primer lugar, para traer el reino de Dios a la tierra, no tanto para poner mis peticiones delante de Dios sino para que a través de ella Dios pueda actuar y traer su reino.

La oración es para aquellos que están involucrados en las cosas de Dios, no en las suyas. El reino de Dios que Jesús vino a traer se extiende a través de sus hijos y nuestra tarea es que su reino de justicia, paz y gozo se asiente en nuestras vidas y en la de los que nos rodean. No existe oración que no tenga que ver con el reino de Dios en la tierra.

Imagino la oración como las comunicaciones en un ejército. Es como pedir refuerzos desde el campo de batalla a la base central, o como recibir órdenes de los altos mandos para actuar coordinadamente con el resto. Sin esa comunicación estamos perdidos. No imagino a un soldado en mitad de una pelea pidiendo una hamburguesa doble con queso a su general.

Tristemente es lo que muchos hacemos. Qué absurda petición. Necesitamos decirle a Dios que venga su reino, que estamos en su bando, que sea su voluntad en nuestro lugar de batalla.

Si eres cristiano y no estás en la batalla de traer el reino de Dios a tu vida, es difícil tener una vida de oración viva.

Últimamente veo que la gente al orar cree que debe ordenarle a Dios cosas. Incluso he escuchado que si decimos “que se haga tu voluntad” es falta de fe.

“Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Lucas 22:41, 42.

Jesús oró así en Getsemaní y no creo que podamos acusar a nuestro Señor de falta de fe. Se trataba de una total rendición a los planes de Dios a cualquier precio. No veo esa enseñanza en ninguna parte de la Biblia y me suena más a un acto de orgullo y vanidad y una “espiritupidez” de parte de gente que cree que Dios trabaja en una hamburguesería.

“Danos hoy el pan nuestro de cada día”

Ahora sí. ¡Claro!, hay necesidades diarias que debemos pedir. Algo de pan en la mesa cada día, para mantenernos fuertes para seguir en la pelea. En la historia le han dado muchos significados a ese pan. Algunos dicen que es la palabra de Dios, otros dicen que es el mismo Jesús, otros que se refiere a necesidades materiales. Creo que en verdad es todo eso y más, pero siempre en relación al “Hágase tu voluntad”. Dios es un buen padre y cuida de sus hijos, Él quiere escuchar nuestras peticiones, por supuesto. No estoy en contra de que le digamos a Dios lo que nos pasa y lo que creemos que necesitamos. Sólo considero que en nuestra sociedad se ha hecho demasiado énfasis en esto, descuidando el principio de la oración.

Dios está interesado en nuestras cosas y cuidará siempre de sus hijos, es una de nuestras esperanzas y sé que a Él le gusta que seamos sinceros también en nuestras necesidades, recordando siempre que lo que más necesitamos no es lo que Él nos pueda dar sino Él mismo en nosotros.

“Perdona nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”

El reconocer que le debemos algo a Dios no está de moda. Pero es la verdad.

“Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne”. Romanos 8:12.

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”. 1 Corintios 15:10.

Soy lo que soy por la gracia de Dios. Nuestra vida debería ser un constante agradecimiento a Dios por lo que Él ha hecho por nosotros y, aunque nunca le podremos devolver el favor, deberíamos darle todo nuestro servicio por amor. Y también tratar a los demás con la misericordia con la que hemos sido tratados. La oración así se enfoca en lo que hacemos con los demás, sobretodo en perdonar, quizás el acto emocional e intelectual más difícil de hacer para muchos. El reino de Dios es libertad y sin el perdón nada de lo que ocurre en el reino de Dios puede ocurrir.

¿O cómo crees que empezó tu relación con Dios? A través de su perdón. Por eso a Dios le gusta que cuando hablemos con Él resolvamos nuestros conflictos con otros y seamos más como Jesús, y así como recibimos su perdón como un regalo, regalemos perdón a otros.

“De gracia recibisteis, dad de gracia”. Mateo 10:8.

“No nos dejes caer en tentación, y líbranos del mal”

Reconocer nuestra condición de pecadores que necesitamos su misericordia y su amor para no caer en la tentación es lo más sabio que podemos decirle. Pedirle ayuda sincera para no tropezar. Suplicar a Dios, incluso antes de que la tentación aparezca, es la manera más sana de mantenernos íntegros delante de Él, y demuestra nuestro interés sincero en agradarlo. Porque al final, solo Jesús puede librarnos del mal, del nuestro y del otro.

De esto es de lo que le gusta hablar a Dios con nosotros. De nuestra realidad, de la suya, de planes, de quiénes somos, de qué queremos hacer junto a Él, de qué quiere hacer Él con nosotros, de nuestras inquietudes, de su reino, de sus hijos, de su mundo. Atrévete a tratar a Dios como lo que Él es y acércate como tú eres. Al final esa relación con Dios te llevará a decir:

“Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre. Amén”.

Deja que tu relación con Dios fluya de estos principios y vive de acuerdo a ellos.

 

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 40–41). Álex Sampedro.

 

Menú 5. Nacer, otra vez…

Menú 5. Nacer, otra vez…

“No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo”. Juan 3:7.

a1¿Te imaginas poder volver a nacer? Algunos dicen que cambiarían muchas cosas de su vida. Sería una oportunidad de oro: volver a aprender, caminar, tropezar, empezar a hablar quizás de otra manera, ser educado diferente, volver a crecer de una manera más sana y alimentarse mejor. La invitación de Jesús nos lleva a nacer de nuevo, a darnos una nueva oportunidad por voluntad de Dios. Muchos se llaman hijos de Dios pero para serlo hay que volver a nacer de Él. Ser cristiano no tiene nada que ver con afiliarse a alguna iglesia de manera nominal, o estar en una familia cristiana. Tampoco sirve de nada tener un nombre u otro, ser de una denominación u otra. Lo importante es si has nacido de nuevo y si eres hijo de quien dices ser.

Ninguna institución salva, solo Dios salva. ¿No?

Tampoco tiene que ver con una frase que pronunciaste hace un montón de tiempo diciendo que querías que Jesús entrase en tu corazón. Si lo hiciste pero no naciste de nuevo tampoco importa. Mucho menos es una creencia solo intelectual en un Dios que se hizo hombre y murió por nosotros. Tiene que ocurrir algo más, algo que solo Dios puede hacer, tienes que nacer, otra vez. Dios te tiene que salvar a TI. Y eso implica muchas cosas.

“Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo”. Romanos 10:9.

Por lo que a nosotros respecta, nacer es decidir empezar de cero, hacer que tu vida tome otro rumbo y reconocer a Dios como tu Padre. Amarlo. En la iglesia actual parecemos más interesados en una filiación escrita en un papel que en que la gente reconozca a Dios como Padre y a Jesús como Señor. La relación con Dios que nos enseñó Jesús es una relación de padre a hijo, con todas las consecuencias que ello conlleva: conocerlo, escucharlo, ser corregido y parecerte cada vez más a tu padre en la medida que creces (eso dicen que me pasa a mí con mi padre, es pura genética).

Otro aspecto de nacer de nuevo, es que nadie nace mayor, sabiendo las cosas. Nacemos bebés, y debemos alimentarnos bien si queremos crecer y recibir los cuidados necesarios. En una igleburger se está alimentando a los bebés con perritos calientes espirituales.

¡Qué importante es dar el alimento correcto en el momento correcto!

No podemos permitir que el amor de Dios, su perdón, su llamado al arrepentimiento y la comprensión de los hermanos, sea sustituido por un mensaje acerca de cómo hacer crecer una empresa que tiene nombre de iglesia, pero que en realidad está más pendiente de las cuentas económicas que de las cuentas con Dios. No es iglesia lo que se parece a una iglesia externamente.

“Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, pero estás muerto”. Apocalipsis 3:1.

Es nuestra responsabilidad conocer qué es lo que necesitan los recién nacidos, responsabilidad de todos. Recuerda cuando tú naciste de nuevo, ¿Qué era lo que necesitabas? ¿Lo que de verdad necesitabas en lo más profundo de tu ser? ¿Ya lo sabes? Dáselo también a los demás.

“Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” Santiago 1:18.

El punto de partida es Él, no nosotros. Es Dios el que nos hizo nacer, que hizo el milagro de que le creyéramos y se esforzó en hacernos entender su amor. Así que descansa en él, sabe los hijos que quiere tener.

Ahora bien, parte de nuestra responsabilidad es hacer crecer lo que Dios ha hecho nacer.

Así que no nos durmamos en los laureles y alimentémonos bien y crezcamos como debemos.

Y para crecer en la iglesia debemos entender que no basta con lo que nos dan el domingo. El crecimiento depende sobre todo de nuestra relación con Dios y con los demás.

Cada día.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 26–27). Álex Sampedro.

Menú 4. Lo mejor que nos puede pasar

Menú 4. Lo mejor que nos puede pasar

a1En una igleburger la idea central consiste en mejorarnos. Nos ofrecen un servicio de cuidado personal donde mi yo, que en esencia es bueno, puede crecer. Como una clínica de estética, o un club de autoayuda, buscamos la superación personal como meta espiritual; y hay lugares que así lo ofrecen.

Jesús no.

Arrepentíos, resuena en mis oídos. Es el llamado primero, quizás el más importante que escuche jamás.

¿En qué consiste? El arrepentimiento es un cambio radical de mis valores. Si mi vida estaba centrada en mí, Dios me pide que me centre en Él. Si mis intereses eran la bandera que me acompañaba a todas partes, ahora son Su Reino y sus intereses. Mi vida estará en función de la suya, negarme a mí mismo será mi norma:

“Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Gálatas 2:20.

El arrepentimiento es un cambio de conductor en el vehículo de mi vida.

Es poner mi confianza y mi futuro en manos de un Dios justo, amoroso y bueno y que tiene un plan para mí, quizás no el que yo quiero o deseo, pero sí el mejor para la eternidad.

Arrepentirse implica reconocer que uno debe cambiar, y cambiar mucho. Reconocer que en esencia estaba equivocado y que necesito aprender desde cero. Que no sé nada como debo saberlo y que mi vida estaba tomando un rumbo totalmente opuesto a lo que Dios quiere.

Esto y mucho más es arrepentimiento. Y además de reconocer que soy pecador, debo querer cambiar, y poner mi confianza en Dios para hacerlo.

Un verdadero milagro que solo Jesús puede hacer en mí

Algunos nos dicen que podemos mejorar nuestra condición siguiendo este o aquel consejo, pero no diagnostican nunca el problema central, ni nos dan la verdadera solución. Y engañados durante mucho tiempo, pensamos que seguimos a Jesús cuando ni siquiera hemos reconocido que necesitamos su perdón.

Imagina por un momento que alguien tiene una enfermedad muy grave pero que no es consciente de ella. La enfermedad crece en su interior mientras él sigue viviendo como si nada.

Pero si no se trata puede morir

Un médico conoce la cura y sabe perfectamente lo que el paciente debe hacer. El proceso puede doler, pero es lo mejor para el paciente. Si nadie le dice nada, no le diagnostican correctamente, la enfermedad seguirá su curso y aunque el sujeto lo desconozca, las consecuencias lo alcanzarán.

Pero si el médico le informa al paciente de su situación y además le dice que tiene tratamiento le dará esperanza, una oportunidad para una vida mejor y más larga. ¿No sería lo mejor que le pudiera pasar? Creo que sí, y aunque al principio pudiera ser difícil de aceptar, el paciente estaría eternamente agradecido con el médico sabio y bueno.

Nuestra condición es de pecadores, es nuestra enfermedad, estamos peleados con Dios, y no basta solo con poner parches que alivien el dolor, no basta con ignorar el problema para que desaparezca. No es suficiente vivir una vida irreal que al final nos llevará al desastre.

Jesús nos presenta la realidad y nos invita a vivir de verdad.

El diagnóstico

es claro. Sí, soy pecador. Entender el evangelio comienza bajando el concepto que tenemos de nosotros hasta lo más bajo y a la vez elevándolo hasta dimensiones divinas y eternas. Esa es la paradoja de las buenas noticias. No como un truco sentimental, sino por el reconocimiento de lo que realmente somos.

Las consecuencias

si no me trato también las conozco. Si no cambio, esto me llevará a morir, a no percibir a Dios, a no querer estar con Él, a vivir una vida que toma un rumbo equivocado para la que fue creada.

La solución

pasapore reconocimiento de la enfermedad y el arrepentimiento, un cambio radical de naturaleza, un milagro, que solo el doctor Jesús puede hacer. ¿Quién si no podría cambiarme a mí?

Y si lo hace, si realmente lo hace, estaré eternamente agradecido con Él.

Mientras tanto, en la igleburger siguen dando consejos para ser un mejor trabajador, un mejor estudiante, un mejor esposo y cosas así. No digo que eso esté mal. Solo que primero hay que hablar de otras cosas, y todos esos temas estarán en función de lo primero, de la mejor noticia que te pueden dar para, a partir de ahí, construir toda nuestra nueva vida.

“Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y las demás cosas os serán añadidas”. Mateo 6:33.

Porque aquí no estoy hablando de mejorar, ni de si te apetecen patatas fritas con ketchup o mostaza, o de cómo te apetece vivir tu vida. Estoy hablando de rescatarte, de curarte, de salvarte. Eso es más importante que todo lo demás. No es saciar necesidades básicas del ser humano para ser una iglesia moderna, o postmoderna, o que ofrece buenos “tips” y ya está, que pretende cumplir una función dentro de la sociedad. Que entretiene a los jóvenes con actividades para que no hagan cosas raras, ni se junten con malas compañías. No, es mucho más serio, estamos hablando de un verdadero cambio, un reconocimiento de nuestra condición y una intención de querer agradar a Dios. Lo demás vendrá como consecuencia.

Cambiar. Algo tan difícil de hacer que solo con Jesús lo podemos lograr. En la igleburger no se habla mucho de esto, ni de las consecuencias reales que en nuestra vida tiene el arrepentimiento, hay otros temas más actuales que tratar como para comentar estos “asuntos antiguos”. Sin embargo se nos va la vida en ello. Y es que es tan milagroso arrepentirse que Jesús lo llama “nacer de nuevo”.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 26–27). Álex Sampedro.

Menú 3. La invitación

Menú 3. La invitación

a1¿A qué nos llama Jesús? ¿Qué es lo que espera de nosotros? ¿En qué consiste su invitación? Si somos seguidores de Cristo, si nos consideramos sus discípulos, estas son las primeras preguntas que debemos responder. Si no conocemos bien las respuestas, todo lo que hagamos estará totalmente desenfocado.

Vivimos en una sociedad consumista donde las invitaciones son del tipo: “Compra este coche y verás que bien te sientes…” “Acércate aquí, por mucho menos de lo que imaginas, conseguirás el último grito en”, “Última oferta, no la puedes desperdiciar”.

Se nos demanda nuestra atención, nuestro dinero, nuestro tiempo para conseguir algo que nos hace sentir mejor o satisface alguna necesidad. Con anuncios atractivos nos llaman a acercarnos, a seguir tal o cual producto, y compiten entre ellos por ver cual nos convence.

Y la base para todo esto está en nuestro egoísmo

La publicidad aprovecha nuestro deseo de tener más, ser más, sentirnos mejor para que les sigamos, compremos sus productos, o nos apuntemos a algún lado. Usan nuestras ansias de estar por encima de los demás, de superarnos o vanagloriarnos para conseguir sus fines.

Y quizás aprendiendo de esta sociedad, hemos hecho algo parecido en la Iglesia, usamos la vanidad de las personas para acercarlos a Dios (al menos eso creemos).

Como si Dios no tuviera atractivo por sí mismo hemos montado todo un lenguaje, unas formas que apelan a nuestro egoísmo para hacernos cristianos, para invitar a la gente a seguir a Jesús.

Porque si te haces “cristiano”: tu matrimonio irá mejor, Dios te sanará, te perdonará, dejarás de tener depresión, serás mejor persona, tus sueños se harán realidad, serás un campeón, vivirás en victoria, tendrás poder para dejar esos malos hábitos que destruyen tu vida, y encima irás al cielo (por supuesto esas personas no querrán ir al cielo porque está Dios, sino porque el cielo es algo bonito y grande). Y todo esto por un módico precio; recuerda que la comida rápida nunca es demasiado cara.

Nos da miedo decir el verdadero precio de lo que ofrecemos, toda una estrategia de marketing.

Todo centrado en el yo, una iglesia donde tú eres el “King”, donde todo es para ti, una igleburger.

Sé que si seguimos a Jesús muchas de las cosas que he mencionado ocurren y otras pueden ocurrir, pero no es el motivo por el que la gente debe acercarse. Es cierto que en el Nuevo Testamento mucha gente se acercaba al Mesías para ser sanado, para que le dieran de comer, para solucionar algún problema… pero Jesús nunca invitó a la gente solo para sanarla, o para darles comida, o mejorar su situación familiar o laboral. Por donde Él iba, sanaba, o daba pan, pero nunca rebajaba el precio para seguirle. Su principal invitación era esta:

“Arrepentíos, el reino de los cielos se ha acercado”. Mateo 3:2.

Su carta de presentación. El anuncio que salía en televisión y que estaba en los carteles de los muros de las ciudades cuando Jesús las visitaba. El pueblo sabía que Jesús sanaba, pero lo que Jesús decía no era: “Venid que os voy a curar a todos, además no tenéis que darme nada, venid, por turnos, he venido para mejorar vuestra calidad de vida ¿Qué quieres tú? ¿Y tú? Vamos, cuantos más mejor”.

Como si de un circo ambulante se tratara…

Nuestro Señor nunca se rebajó. Él siempre dejó claro lo que esperaba de la gente.

Es cierto, el evangelio son buenas noticias, es algo bueno, realmente lo mejor que podemos ofrecer a la gente. Pero lo mejor que podemos dar, el verdadero evangelio, el mejor consejo que les podemos ofrecer es:

“Arrepentíos”

Esa es la invitación primera.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (p. 22). Álex Sampedro.

Menú 2. Cristianos “Fast food”

Menú 2. Cristianos “Fast food”

a1Ahora nosotros somos los dioses. Somos los “King”. Sí, antes, cuando alguien entregaba su vida a Dios, se trataba justamente de eso, entregaba SU vida a DIOS en respuesta a lo que Jesús había hecho.

Todo cambiaba, desde lo más profundo de su ser

Al principio, cuando los romanos, si te hacías cristiano te regalaban una entrada para el circo, y no precisamente para ver a los payasos sino para ser devorado por los leones. No estaba de moda, no era “guai” y no lo hacían para sentirse mejor. Tampoco lo hacían para mejorar su calidad de vida como si siendo cristianos les pudiera ir mejor económicamente. En muchos casos eso significaba el final de su vida. Lo hacían simplemente porque entendían que Jesús había muerto por ellos, y que podían, gracias a Él, conocer a Dios. En ese momento sus perspectivas cambiaban, dejarían de vivir para este tiempo y se dedicarían a la eternidad. Muchos mantenían sus trabajos, otros lo dejaban todo, algunos viajaban por todas partes predicando, otros se reunían en sus casas y alababan a Dios juntos, se preocupaban por su ciudad, todos querían agradarle a Él, estaban agradecidos. Dios era el protagonista, no ellos. Las condiciones que les rodeaban no les daban identidad, su identidad estaba en Jesús, su alegría dependía del regalo de Dios, no de las cosas externas.

Ahora nosotros somos los dioses

Parece como si le hiciéramos un favor a Dios (¿!) invitándolo a entrar en nuestro corazón, todo un encuentro romántico, con un Dios desesperado y enamorado de nosotros. Y, una vez lo aceptamos, lo convertimos en nuestro siervo.

Queremos que solucione nuestros problemas, le echamos la culpa si algo nos sale mal. Entra a formar parte de nuestra vida, como algo más, algo que puedo usar, que si no me sirve, incluso lo puedo desechar. Nuestra vida es la gran protagonista y Dios se debe poner en función de nosotros. Este es un paradigma (Paradigma: forma de ver las cosas) peligroso que nos lleva a creer que Dios es un complemento que se añade a nuestra realidad.

Y así, pensamos que Él debe bendecir nuestro trabajo, nuestra salud y nuestra economía, si no, creemos que no es fiel. Son nuestros sueños los que deben hacerse realidad, no los de Él. Nuestros proyectos de vida, no los suyos. Y así Jesús se convierte en un medio para lograr nuestros fines.

¡Qué lejos estamos! ¿Habré usado a Dios? Solo pensarlo me asusta, pero quiero tener ese temor reverente, quiero escudriñarme y descubrir realmente quién soy y qué hago. No digo que Dios no nos ame apasionadamente y que no quiera lo mejor para mí, pero creo que nosotros debemos responder de otra manera.

No se trata de mí, yo quiero ser un medio de Él y no al revés.

El egoísmo de nuestra época también está en mí y no quiero ensuciar el evangelio con mi forma de pensar, no quiero usar a Jesús, quiero que Él me use.

Para eso debo cambiar muchas cosas, en primer lugar tengo que entender la invitación de Jesús, la verdadera invitación, a qué me ha llamado.

Si no, seré un cristiano “Fast food”.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 10–12). Álex Sampedro.

Menú1. Iglesia consumista

Menú 1. Iglesia consumista

a1No todo es culpa del que lo recibe, también lo es del que da la Palabra. Algunos predicadores nos han dicho sólo lo que queremos oír. Palabra a la carta, barata, rápida y a gusto del cliente, y siempre acorde con la corriente de este mundo:

Tú eres el mejor (de los cuales yo soy el primero (1 Timoteo 1:15), Dios quiere cumplir todos tus sueños, tienes que pensar en positivo, reclama lo que es tuyo, 34 pasos para el éxito… y un largo (demasiado largo) etcétera. Los que damos de comer somos responsables del alimento que reciben otros. Nuestra teología se ha abaratado demasiado. Creo firmemente que en el liderazgo están muchas de las raíces del problema y también las soluciones. Nuestras ideas se han empapado del pensamiento de esta época. Algunas de ellas no son malas en sí mismas pero…

Nos hemos acostumbrado a verdades a medias, que no sacian al verdadero buscador y que dejan de lado el mensaje que Jesús vino a enseñar, su cruz, su vida, su misión y nuestra entrega.

Jóvenes que, aunque asistimos, lo que conocemos de Dios es lo que dicen las canciones que cantamos y saltamos, o lo que pone en nuestras camisetas; pero que, en la mayoría de los casos, no nos atrevemos a estudiar la Biblia, no la hemos leído entera ni una sola vez, no hemos meditado en ella, ni pasamos tiempo a solas con Dios, pero nos atrevemos a decir “Jesús es mi amigo”. Nuestras vidas no cambian, somos como todos los demás, nos preocupan las mismas cosas, tenemos los mismos intereses y pensamos como este siglo, pero claro, somos cristianos.

Hemos construido toda una cultura de la que nos servimos (creo que eso no es malo en sí mismo), hemos decorado nuestras iglesias, nuestros templos y nuestras vidas. Nos hemos cargado de herramientas, instrumentos, artes, escenarios, luces, humo, show, marketing, estrategias, formas de hablar, música para todos los gustos, “performances”, tácticas, nuevas corrientes culturales, movimientos urbanos, bailes, moda, “mass media”. Toda una carcasa donde hemos puesto todos nuestros esfuerzos. Pero quizás hemos olvidado el contenido. De qué estamos hablando y de qué va esto. Si nos despojáramos de estos disfraces ¿Qué nos quedaría? ¿Qué te quedaría? Pregúntatelo delante de nuestro Dios. Yo lo hago. Además, ¿Qué buscan realmente las personas, aquellos que tienen ganas de descubrir la verdad de Dios y que están ahí fuera esperándonos?

La comida basura nos ha invadido, pero creo que aún hay una generación que tiene hambre y sed de justicia. ¿Serás tú uno de ellos?

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados”. (Mateo 5:6).

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 10–12). Álex Sampedro.