El pecado que mora en nosotros | Charles Spurgeon

El pecado que mora en nosotros

Charles Spurgeon

De la revista “The Sword & Trowel” 2020 No. 2

“Entonces respondió Job a Jehová, y dijo: He aquí que yo soy vil” (Job 40:3-4)

Sin duda, si algún hombre tenía el derecho de decir, “yo no soy vil”, era Job; pues según el testimonio del propio Dios, él era un “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Sin embargo, este eminente santo, cuando recibió suficiente luz, debido a su cercanía con Dios, para darse cuenta de su propia situación, exclamó: “He aquí que yo soy vil”.

La Santa Escritura enseña la doctrina de que cuando un hombre es salvo por la gracia divina, no es completamente purificado de la corrupción de su corazón. Cuando nosotros creemos en Jesucristo, todos nuestros pecados son perdonados; sin embargo, el poder del pecado no cesa, sino que permanece en nosotros, y es así hasta el día en que muramos, aunque la nueva naturaleza que Dios imparte en nuestras almas lo debilita y lo mantiene dominado.

Todos los ortodoxos sostienen la doctrina de que los deseos de la carne y la maldad de la naturaleza carnal todavía habitan en la persona regenerada. Ahora bien, yo sostengo que en cada cristiano existen dos naturalezas. Hay una naturaleza que no puede pecar, porque es nacida de Dios: una naturaleza espiritual, que viene directamente del Cielo, tan pura y tan perfecta como el propio Dios, quien es su autor. Y existe también en el hombre esa antigua naturaleza que, por la caída de Adán, se ha vuelto completamente vil, corrupta, pecadora y diabólica.

En el corazón del cristiano todavía permanece una naturaleza que no puede hacer lo que es correcto, tal como no podía antes de la regeneración, y que es tan malévola como lo era antes del nuevo nacimiento: tan pecadora, tan completamente hostil a las leyes de Dios, como siempre lo fue. Una naturaleza que, como lo dije antes, es restringida y sujetada en una gran medida por la nueva naturaleza, pero que no es eliminada y nunca lo será hasta que este tabernáculo de nuestra carne sea derribado, y nos elevemos a aquella tierra en la que nunca entrará nada que contamine.

Los justos aún tienen una naturaleza malvada
Job dijo: “He aquí que yo soy vil”, pero no siempre lo supo, pues a lo largo de toda la larga controversia, él se había declarado justo y recto. Él había dicho: “Mi justicia tengo asida, y no la cederé”.

Pero, ¿qué pasó cuando Dios vino a razonar con él?, tan pronto como escuchó la voz de Dios en el torbellino, y oyó la pregunta: “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” de inmediato puso su dedo sobre sus labios, y no respondió nada más a Dios, sino que dijo simplemente: “He aquí que yo soy vil”.

Posiblemente algunas personas podrían decir que Job era la excepción a la regla, y que otros santos no tenían en ellos tal motivo para una humillación. Pero nosotros les recordamos a David, y les sugerimos que lean el salmo penitencial cincuenta y uno, donde David declara que fue formado en iniquidad y que en pecado lo concibió su madre. Confesaba que había pecado en su corazón, y le pedía a Dios que creara en él un corazón limpio y que renovara un espíritu recto dentro de él. En muchos otros lugares en los Salmos, David continuamente reconoce y confiesa que no está completamente libre de pecado; que la víbora malvada todavía se enrolla alrededor de su corazón.

Considera también a Isaías, por favor. Allí le tienes, en una de sus visones, diciendo que era un hombre inmundo de labios, y habitando en medio de un pueblo que tenía labios inmundos.

Pero más específicamente, bajo la dispensación del Evangelio, tienes a Pablo, en ese memorable séptimo capítulo de Romanos, declarando que él veía otra ley en sus miembros, que se rebelaba contra la ley de su mente, y que lo llevaba cautivo a la “ley del pecado”. Sí, oímos esa notable confesión de deseo combativo e intensa agonía. “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”.

¿Creen ustedes que resultarán ser mejores santos que Job?

  ¿Se imaginan que la confesión que era apropiada para la boca de David es demasiado ruin para ustedes? ¿Son ustedes tan orgullosos que no podrían exclamar con Isaías, yo también “soy hombre inmundo de labios”? O más bien, ¿ha crecido tanto su orgullo, que se atreven a exaltarse a ustedes mismos por encima del laborioso Apóstol Pablo, y creen que, en ustedes, es decir, en su carne, habita alguna cosa buena? 

      Si se consideran perfectamente puros de pecado, oigan la palabra de Dios: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. Si decimos que no tenemos pecado, le hacemos a Dios mentiroso. Pero realmente no necesito demostrar esto, amados, porque estoy seguro que todos ustedes, que saben, aunque sea un poco, acerca de la experiencia de un hijo vivo de Dios, han descubierto que, en sus mejores y más felices momentos, el pecado todavía habita en ustedes, y que cuando quieren servir a su Dios de la mejor manera, el pecado frecuentemente obra en ustedes con muchísima más furia.

Observen la facilidad con la que son llevados por sorpresa al pecado. Se levantan por la mañana, y se dedican mediante una ferviente oración a Dios, pensando en el día tan feliz que tienen por delante. Apenas han terminado de decir su oración, cuando algo viene a contrariar su espíritu y sus buenas resoluciones son arrojadas a los cuatro vientos, y dicen: “este día, que pensé que iba a ser muy feliz, ha sufrido un terrible revés, no puedo vivir para Dios como quisiera”. Tal vez han pensado: “subiré al piso de arriba y le voy a pedir a mi Dios que me guarde”. Bien, en general ustedes han sido guardados por el poder de Dios, pero repentinamente viene algo, el mal carácter de pronto les ha sorprendido, su corazón fue tomado por sorpresa, cuando no esperaban un ataque.

  1. El poder obstructor del pecado que mora en nosotros
    ¿Qué hace el pecado que aún mora en nuestros corazones? Respondo que, primeramente, la experiencia les dirá que este pecado ejerce el poder de reprimir toda cosa buena. Ustedes han sentido que cuando quieren hacer el bien, el mal ha estado presente en ustedes. Como una carroza que podría deslizarse velozmente cuesta abajo, pero que le han puesto un obstáculo en sus llantas.

O como el pájaro que quisiera remontarse al cielo, ustedes han descubierto que sus pecados son como los barrotes de una jaula que les impide elevarse hacia el Altísimo. Ustedes han doblado su rodilla en oración, pero la maldad ha distraído sus pensamientos. Han intentado cantar, pero han sentido que “los hosannas se languidecen en sus lenguas”. Alguna insinuación de Satanás ha encendido el fuego, como una chispa en la yesca, y casi ha ahogado su alma con su abominable humo. Ustedes quisieran desempeñar sus santos deberes con toda prontitud. Pero el pecado que tan fácilmente los cerca, enreda sus pies, y cuando se están acercando a la meta, los hace tropezar y caen, para la deshonra y dolor de ustedes.

  1. El poder atacante del pecado que mora en nosotros
    Pero, en segundo lugar, ese pecado que habita en nosotros hace algo más que eso: no solo nos impide seguir adelante, sino que incluso a veces nos ataca. No es solamente que yo lucho con el pecado que aún habita en mí, sino que ese pecado algunas veces me embiste. Ustedes notarán que el Apóstol dice: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Ahora, esto comprueba que él no estaba atacando a su pecado, sino que ese pecado lo estaba atacando a él.

Mi corazón sigue siendo tan malo cuando ningún mal emana de él, como cuando lo único que sus acciones producen son cosas viles. Un volcán es siempre un volcán, aun cuando dormita, no confíe en él. Un león es un león, aunque juegue como un cachorro y una serpiente es una serpiente, aun cuando la puedas tocar por un momento mientras dormita. Todavía hay veneno en ella cuando sus escamas azules nos atraen.

La nueva naturaleza siempre debe luchar y pelear conta la vieja naturaleza, incluso cuando no están luchando ni peleando no hay tregua entre ellas.

  Cuando la nueva naturaleza y la vieja naturaleza no están en conflicto, siguen siendo enemigas. No debemos confiar en nuestro corazón en ningún momento, e incluso cuando dice cosas hermosas, debemos llamarlo mentiroso. 

Cuando pretenda ser de lo mejor, de todas formas, debemos recordar que su naturaleza es continuamente mala. No voy a mencionar detalladamente las acciones del pecado que habita en nosotros, pero es suficiente hacerles recordar algo de su propia experiencia, para que vean que es acorde a la experiencia de los hijos de Dios, porque ustedes pueden ser tan perfectos como Job y, sin embargo, tendrán que decir: “He aquí que yo soy vil”.

  1. El peligro del pecado que mora en nosotros
    Después de mencionar las acciones del pecado que habita en nosotros, permítanme citar, en tercer lugar, el peligro que corremos debido a esos malvados corazones. Son pocas las personas que piensan qué cosa tan solemne es ser cristiano.

Un peligro al que estamos expuestos debido al pecado que habita en nosotros surge del hecho que el pecado está en nosotros y, por lo tanto, tiene un gran poder sobre nosotros.

Si un capitán controla una ciudad, puede protegerla por mucho tiempo de los constantes ataques de los enemigos que están fuera. Pero si hubiera un traidor dentro de sus puertas; si hubiera alguien que está a cargo de las llaves, y que puede abrir cada puerta y dejar entrar al enemigo el arduo trabajo del comandante tiene que duplicarse, porque no solo tiene que vigilar los enemigos que están fuera, sino de los enemigos que están dentro también. Y aquí radica el peligro del cristiano. Yo podría pelear con el maligno. Yo podría vencer cada pecado que me tentara, si no fuera porque tengo un enemigo dentro.

Como dice Bunyan en su libro “La Guerra Santa”, el enemigo trató de introducir algunos de sus amigos dentro de la Ciudad del Alma Humana, y descubrió que sus compatriotas dentro de las murallas le hacían mucho más bien que todos los que estaban fuera. Lo que más deben temer es la traición de su propio corazón. Y, además, cristianos, recuerden cuántos aliados tiene su naturaleza malvada.

La vida de gracia encuentra pocos aliados “bajo el Cielo”, pero el pecado original tiene aliados por todos lados.

  Mira al infierno allá abajo y los encontrarán allí, demonios listos para soltar los perros del infierno contra su alma. Mira al mundo y ve “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida”. Mira a su alrededor y ve todo tipo de hombres buscando, si es posible, sacar al cristiano de su estabilidad. Mira a la iglesia y encuentra toda clase de falsas doctrinas listas a inflamar la concupiscencia, y descarriar al alma de la sinceridad de su fe. 

    La vieja naturaleza es tan fuerte en su vejez como lo era en la juventud. Es tan capaz de hacernos desviar cuando nuestra cabeza está cubierta de canas, como lo hacía en nuestra juventud.

Hemos oído decir que crecer en la gracia hará nuestras corrupciones menos poderosas, pero yo he visto a muchos santos ancianos de Dios y les he hecho la pregunta, y ellos han respondido: “No”. Sus deseos han sido esencialmente tan fuertes aún después de muchos años en el servicio de su Señor, como lo eran al principio, aunque más sometidos por el nuevo principio que existe dentro de ellos.

Pese a todas las victorias anteriores y todos los montones y montones de pecados que haya eliminado, sería dominado si la misericordia todopoderosa no me preservara. ¡Cristiano! ¡Ten cuidado del peligro! No hay ningún hombre en combate con tanto peligro de recibir un tiro, como lo están ustedes por su propio pecado. Ustedes cargan en su alma a un traidor infame, aun cuando les hable bellamente no deben confiar en él. Ustedes tienen en su corazón un volcán dormido, pero es un volcán con una fuerza tan terrible que todavía puede sacudir toda su naturaleza. Y a menos que sean cautelosos y sean guardados por el poder de Dios, tienen un corazón que los puede conducir a cometer los pecados más diabólicos y los crímenes más infames. ¡Tengan cuidado, tengan cuidado, cristianos!

  1. Descubrir el pecado que mora en nosotros
    Y ahora llego al cuarto punto que es el descubrimiento de nuestra corrupción. Job dijo: “He aquí que yo soy vil”. Esa expresión “he aquí” implica que él estaba asombrado. El descubrimiento fue inesperado. El pueblo de Dios para por momentos determinados en los que aprenden por experiencia que son viles. Escucharon al ministro cuando afirmaba el poder de la lujuria innata, pero tal vez sacudieron la cabeza y dijeron: “yo nunca haría tal cosa”, pero después de poco tiempo descubrieron, por alguna luz celestial más clara, que después de todo, ello era verdad.

Job no había tenido nunca un descubrimiento de Dios como el que tuvo en este momento. No es tanto cuando estamos abatidos, o cuando nos falta fe, que conocemos nuestra vileza, aunque descubramos algo de ella en ese momento, sino cuando por la gracia de Dios somos ayudados a subir la montaña, cuando nos acercamos a Dios, y cuando Dios se nos revela a nosotros, que sentimos que no somos puros ante sus ojos. Percibimos algunos destellos de su elevada majestad. Vemos el brillo de sus vestiduras, “oscuras, con luz insufrible”. Después de haber sido deslumbrados por esa visión, viene una caída; “He aquí”, dice el creyente: “Soy vil. Nunca lo habría sabido si no hubiera visto a Dios”.

Sin duda muchos de ustedes todavía pensarán que lo que digo concerniente a su naturaleza maligna no es cierto, y tal vez puedan creer que la gracia ha despedazado su naturaleza malvada. Pero entonces si suponen eso, saben muy poco acerca de la vida espiritual. No pasará mucho tiempo antes de que se den cuenta que el viejo Adán es tan fuerte en ustedes como siempre; hasta el día de su muerte se mantendrá una guerra en su corazón, en la cual la gracia prevalecerá, pero no sin suspiros y gemidos y agonías y luchas y una muerte diaria. Esta es la manera en la que Dios nos muestra nuestra vileza.

  1. La batalla contra el pecado que mora en nosotros
    En quinto lugar, si todo esto es cierto, ¿cuáles son nuestros deberes? Permítanme hablarles solemnemente a quienes son herederos de la vida eterna, deseando como su hermano en Cristo Jesús, urgirles a algunos deberes que son sumamente necesarios. En primer lugar, si todavía hay una naturaleza maligna en ustedes, cuán equivocado sería suponer que ya ha hecho todo su trabajo.

Hay algo de lo cual yo tengo mucha razón de quejarme de algunos de ustedes. Antes de su bautismo eran extremadamente fervientes. Siempre asistían a los medios de la gracia y siempre los veía por aquí. Pero hay algunos, algunos aquí presentes ahora, que apenas pasaron ese Rubicón, comenzaron a partir de ese momento a disminuir en celo, pensando que la obra estaba hecha.

Les digo solemnemente que sé que hay algunos que eran personas de oración, cuidadosas, devotas, viviendo muy cerca de su Dios, hasta que se unieron a la iglesia. Pero desde ese momento en adelante, ustedes han decaído paulatinamente. Ahora realmente me parece que existe la duda de si esas personas son cristianas. Les digo que tengo serias dudas acerca de la sinceridad de algunos de ustedes.

Si yo veo que un hombre se vuelve menos ferviente después del bautismo, pienso que no tenía ningún derecho de ser bautizado; pues si hubiera tenido un sentido adecuado del valor de esa ordenanza, y se hubiera sido dedicado adecuadamente a Dios, no habría vuelto a los caminos del mundo. Me siento muy dolido, cuando veo a uno o a dos individuos que una vez caminaron muy consistentemente con nosotros, pero que ahora comienzan a alejarse.

No encuentro ninguna falla en la gran mayoría de ustedes en lo concerniente a su firme adherencia a la Palabra de Dios. Bendigo a Dios, porque han sido sostenidos firme y sólidamente por Dios. No los he visto ausentes de la casa de oración, ni creo que su celo haya decaído. Pero hay unos pocos que han sido tentados por el mundo y descarriados por Satanás, o que, por algún cambio en sus circunstancias, o por tener que alejarse alguna distancia, se han vuelto fríos y ya no son diligentes en la obra del Señor.

Mis queridos amigos, si conocieran la vileza de su corazón, verían la necesidad de ser tan fervientes ahora como una vez lo fueron.

 ¡Oh!, si cuando fueron convertidos su vieja naturaleza hubiera sido cortada, no habría necesidad estar alerta ahora. Si todos sus deseos hubieran desaparecido completamente, y toda la fuerza de la corrupción estuviera muerta en ustedes, no habría necesidad de la perseverancia, pero es precisamente porque tienen corazones malvados que los exhorto a que sean tan diligentes como lo fueron alguna vez, que acudan al don de Dios que está en ustedes, y que se cuiden tanto como lo hicieron alguna vez.

No se imaginen que la batalla terminó; esta solamente ha sido la primera señal de la trompeta convocando a la guerra. Ese llamado ha cesado, y piensan que la batalla ya pasó. Les digo que la pelea apenas acaba de comenzar. Las huestes apenas están avanzando, y ustedes se acaban de poner su atuendo de guerra. Tienen muchos conflictos por venir. Sean diligentes, de lo contrario ese su primer amor se extinguirá y saldrán de nosotros, probando que no eran de nosotros.

Tengan cuidado, mis queridos amigos, de no resbalar, es lo más fácil del mundo, y sin embargo es la cosa más peligrosa del mundo. Tengan mucho cuidado de no abandonar su primer celo; eviten enfriarse en el menor grado. Ustedes fueron una vez ardientes y diligentes, sigan siendo ardientes y diligentes, y dejen que el fuego que una vez ardió dentro de ustedes, todavía los anime. Sean todavía hombres de poder y vigor, hombres que sirven a su Dios con diligencia y celo.

Nuevamente, si su naturaleza maligna todavía está dentro de ustedes, ¡cuán alertas deben estar! El diablo nunca duerme; su naturaleza malvada nunca duerme, usted nunca debería dormir. “Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad”. Estas son las palabras de Jesucristo, y no hay nada que se necesite repetir como esa palabra “velad”. No hay nada mejor que podamos hacer sino velar.

Tienen corrupción en su corazón: vigilen la primera chispa, para que no incendie su alma. “No durmamos como los demás”. Pueden dormir junto al cráter de un volcán, si quieren hacerlo. Pueden dormir con la cabeza inclinada hacia la boca de un cañón. Pueden dormir, si les place, en medio de un terremoto o en una casa con plagas. Pero les suplico, no se duerman mientras tengan un corazón malvado. Vigilen sus corazones. Ustedes pueden pensar que son buenos, pero serán su ruina, si la gracia no lo impide. Vigilen diariamente. Vigilen perpetuamente; vigílense a sí mismos, no sea que pequen.

Sobre todo, mis queridos hermanos, si nuestros corazones ciertamente están todavía llenos de vileza, cuán necesario es que nosotros todavía demostremos fe en Dios. Si debo confiar en mi Dios al comenzar mi camino, por todas las dificultades que debo enfrentar, si esas dificultades no son disminuidas, debo confiar en Dios de la misma manera que lo hice antes. ¡Oh!, amados, entreguen sus corazones a Dios. No se vuelvan autosuficientes. La autosuficiencia es la red de Satanás.

Vivan entonces diariamente, una vida de dependencia de la gracia de Dios. No se constituyan ustedes mismos como si fueran un caballero independiente. No empiecen sus propias actividades como si pudieran hacer todas las cosas por sí mismos, sino que vivan siempre confiando en Dios. Tienen tanta necesidad de confiar en Él ahora, como siempre la han tenido.

Artículo Fuente : https://metropolitantabernacle.org/articles/el-pecado-que-mora-en-nosotros/?lang=es

El viejo evangelio para el nuevo siglo

Sermón predicado el Domingo 5 de Diciembre, 1880
por Charles Haddon Spurgeon
En el Tabernáculo Metropolitano, Newington
«Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.» Mateo 11:28

Sin duda, ustedes han escuchado ya muchos sermones que han tenido como base este texto. Yo mismo lo he utilizado no sé cuántas veces; sin embargo, no las veces suficientes como quisiera hacerlo si Dios me presta vida. Este versículo es una de aquellas grandes e inagotables fuentes de salvación de las que podemos extraer un contenido de manera permanente, sin que lleguen a extinguirse. Un proverbio nuestro dice: «las fuentes probadas son las más dulces», y entre más hurguemos en un texto como éste, se tornará más dulce y lleno de significado.

En esta ocasión, voy a utilizar este versículo de una manera especial para extraer un solo punto de su enseñanza. Podría hablar, si así lo quisiera, del reposo que Jesucristo da al corazón, a la mente y a la conciencia de aquellos que creen en Él. Éste es el reposo, éste es el refrigerio que encuentran aquellos que vienen a Él, ya que podemos leer en el texto: «yo los refrescaré» o «yo los aliviaré». Tendría un tema muy dulce si hablara acerca del maravilloso alivio, del divino refrigerio, del bendito reposo que llega al corazón cuando hay fe en Jesucristo. ¡Que todos ustedes experimenten esa bendición, queridos amigos! ¡Que su reposo y su paz sean muy profundos! ¡Que no sea un descanso fingido, sino un descanso que resista las pruebas y los escrutinios! ¡Que su reposo sea duradero! ¡Que su paz sea como un río que nunca deja de correr! ¡Que su paz sea siempre una paz segura, no una paz falsa, cuyo fin es la destrucción! ¡Que sea una paz verdadera, sólida, justificable, que resista durante toda su vida y que al fin se diluya en el reposo de Dios, a Su diestra, por toda la eternidad! ¡Bienaventurados los que descansan así en Cristo! Esperamos contarnos entre ellos; y si es así, que podamos penetrar de manera más profunda en su glorioso reposo.

También podría hablar, queridos amigos, acerca de las diversas maneras en las que el Señor da descanso a los creyentes; podría dirigirme especialmente a algunos de ustedes que, siendo creyentes, no consiguen obtener el descanso prometido. Algunos de nosotros nos afanamos con las cosas de este mundo o somos atribulados por nuestros propios sentimientos; nos encontramos perplejos y sacudidos de acá para allá por dudas y temores. Deberíamos estar descansando, ya que «los que hemos creído, sí entramos en el reposo». El reposo nos corresponde por derecho: «Siendo justificados por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo»; pero, por alguna razón u otra, algunos de los que son así justificados no parecen alcanzar esta paz, ni gozar del reposo como deberían. Tal vez, mientras hablo, puedan encontrar la causa por la que no obtienen la paz y el reposo que deberían tener. Ciertamente, nuestro Señor Jesucristo, cuando pronunció las palabras de nuestro texto, no le habló a un grupo en particular. A todos los que están fatigados y cargados, ya sean cristianos maduros o gente inconversa, Él dice: «Venid a mí, y yo os haré descansar.» Ciertamente me gozaré si, como resultado de mi sermón, algunos que están tensos y quejumbrosos tal vez, con un espíritu decaído y un corazón oprimido, vienen nuevamente a Cristo, acercándose a Él una vez más, entrando en contacto nuevamente con Él, y así encuentran descanso para sus almas. Entonces será doblemente dulce estar sentado a la mesa de la comunión, descansando en todo momento, reposando y festejando, no de pie, con los lomos ceñidos y con el báculo en la mano, como lo hicieron quienes participaron de la Pascua en Egipto, sino más bien reposando, como lo hicieron quienes participaron de la última cena, cuando el Maestro estaba reclinado en medio de sus apóstoles. Por tanto, que sus cabezas reposen espiritualmente sobre Su pecho y que sus corazones encuentren refugio en sus heridas, mientras le oyen decir: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»

Sin embargo, no es acerca de esa verdad en particular sobre la que les hablaré hoy. Quiero tomar solamente este pensamiento: la gloria de Cristo, de manera que Él nos pueda decir algo así; el esplendor de Cristo, para que sea posible que Él diga: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.» Estas palabras, salidas de la boca de cualquier otro ser humano, serían ridículas, llegando hasta la blasfemia. Pensemos en el poeta más inspirado, en el más grande filósofo, el rey más poderoso, pero ¿quién, aun con el alma más grande, se atrevería a decir a todos los que están fatigados y cargados en toda la raza humana: «Venid a mí, y yo os haré descansar»? ¿Dónde hay alas tan anchas que puedan cubrir a toda alma entristecida, excepto las alas de Cristo? ¿Dónde hay una bahía con la capacidad suficiente para albergar a todos los navíos del mundo, para refugiar a cada barco sacudido por la tempestad que alguna vez haya surcado el mar? ¡Dónde sino en el refugio del alma de Cristo, en quien habita toda la plenitud de la Deidad y, por lo tanto, en quien hay espacio y misericordia suficientes para todos los atribulados hijos de los hombres!

¡Ése será, entonces, el sentido de mi mensaje¡ ¡Que el Espíritu de Dios por su gracia me ayude a presentarlo!

I. Primeramente, fijemos nuestra atención en LAS PERSONALIDADES DE ESTE LLAMADO: «Venid a , todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.» Si escudriñamos el texto cuidadosamente, notarán que hay una doble personalidad involucrada en el llamado. Es: «Venid todos lo que… –venid todos los que…- a mí; y yo daré descanso a ustedes.» Se trata de dos personas que se aproximan entre sí, una otorgando y la otra recibiendo el descanso; pero no es, de ninguna manera, una ficción, un producto de la imaginación, un fantasma, un mito. Son ustedes, ustedes, USTEDES, que están realmente fatigados y cargados, y que, por lo tanto, son seres reales, dolorosamente conscientes de su existencia; son ustedes quienes deben de ir a otro Ser, que es tan real como ustedes mismos, Uno que es un ser tan viviente como ustedes son seres vivientes. Es Él quien les dice a ustedes: «Venid a mí, y yo os haré descansar

Queridos amigos, quiero que tengan una convicción muy clara de su propia personalidad; porque, a veces, da la impresión de que a la gente se le olvida que son individuos distintos de todo el mundo. Si se regalara una moneda de oro, y su sonido se escuchara a la distancia, la mayoría de los hombres estarían conscientes de su propia personalidad, y cada quien miraría por sí mismo, y trataría de obtener el premio; pero a menudo encuentro, en relación con las cosas eternas, que los hombres parecen perderse en la multitud y piensan en las bendiciones de la gracia como una suerte de lluvia general que puede caer en los campos de todos de manera igual, pero no necesariamente esperan la lluvia en su propia parcela, ni desean obtener una bendición específica para sí. Entonces, pues, ustedes, ustedes, USTEDES, que están fatigados y cargados, despiértense. ¿Dónde están? El llamado del texto no es para su hermana, su madre, su esposo, su hermano o su amigo, sino para ustedes: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»

Bueno, ahora que se han despertado y sienten que son una personalidad distinta de todos los demás en el mundo, sigue el punto de mayor importancia de todos: ustedes tienen que ir a otra Personalidad. «Venid a » -dice Cristo- «y yo os haré descansar.» Aquí les pido que admiren la maravillosa gracia y la misericordia de este arreglo. De acuerdo con las palabras de Cristo, ustedes obtendrán la paz del corazón, no al venir a una ceremonia o a una ordenanza, sino a Cristo mismo: «Venid a .» Ni siquiera dice: «Venid a mi enseñanza, a mi ejemplo, a mi sacrificio», sino «Venid a .» Es a una Persona a quien deben ir, a esa misma Persona que, siendo Dios e igual que el Padre, se despojó de sus glorias y asumió cuerpo humano,

«primeramente para, en nuestra carne mortal, servir;
y después, en esa misma carne, morir.»

Y ustedes deben ir a esa Persona; debe haber una cierta acción de parte de ustedes, el movimiento de ustedes hacia Aquel que les llama: «Venid a mí», un movimiento que se aleja de toda otra base de confianza o puerta de esperanza, hacia el que llama como la Persona que Dios ha designado y ungido para que sea el único Salvador, el gran depósito de gracia eterna, en quien el Padre ha querido que habite toda la plenitud. ¡Oh hombre glorioso, oh glorioso Dios, que puede hablar así con autoridad, y decir: «Venid a mí, y yo os haré descansar»! Les suplico que hagan a un lado cualquier otro pensamiento, excepto el de Cristo viviendo, muriendo, resucitando y subiendo a la gloria, ya que Él les señala, no la casa de oración, ni el trono de gloria, ni el baptisterio, ni la mesa de la comunión; ni siquiera las cosas más santas y sagradas que Él ha ordenado para otros propósitos; ni siquiera al Padre mismo, ni al Espíritu Santo, sino que dice: «Venid a mí.» Aquí debe empezar su vida espiritual, a Sus pies; y aquí debe ser perfeccionada su vida espiritual, en Su pecho, ya que Él es a la vez el Autor y el Consumador de la fe. Adoremos a Cristo, en cuya boca estas palabras son tan adecuadas y llenas de significado; no puede ser menos que divino quien así se expresa: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»

II. Ahora, en segundo lugar, quiero que se den cuenta de LA MAGNANIMIDAD DEL CORAZÓN DE CRISTO, manifiesta en el texto: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»

Dense cuenta, primero, de la magnanimidad de su corazón al destacar a aquellos verdaderamente necesitados para hacerlos objeto de su llamado amoroso. ¿Alguna vez se han dado cuenta del cuadro que el Señor ha dibujado mediante estas palabras? «Todos los que están fatigados.» Ésa es la descripción de una bestia que tiene un yugo sobre su cuello. Los hombres pretenden encontrar placer al servicio de Satán, y le permiten que unza su yugo sobre sus cuellos. Seguidamente tienen que trabajar y batallar y sudar en lo que ellos denominan placer, sin encontrar descanso ni contentamiento en ello; y entre más trabajan al servicio de Satanás, más se incrementa su trabajo, ya que él utiliza aguijada y látigo, y siempre los está impulsando a esfuerzos renovados. Ahora, Cristo dice a esas personas que son como animales de carga: «Venid a mí, y yo os haré descansar.»

Pero ellos se encuentran en una peor condición de la descrita, pues no solamente trabajan, como el buey en el arado, sino que también llevan una carga muy pesada. Muy pocas veces sucede que los hombres convierten a un caballo o a un buey simultáneamente en una bestia de tiro y de carga, pero así es como el diablo trata al hombre que se convierte en su siervo. Satanás lo engancha a su carroza y lo obliga a arrastrarla, y luego salta sobre sus espaldas y cabalga como un jinete. Así que el hombre trabaja y está severamente cargado, ya que tiene que arrastrar el carro y llevar al jinete. Tal hombre se fatiga en pos de lo que él llama placer, y, al hacerlo, el pecado salta sobre su espalda, y luego le sigue otro pecado, y luego otro, hasta que pecados sobre pecados lo aplastan contra el suelo, pero aun así tiene que continuar arrastrando y jalando con toda su fuerza. Esta doble carga es suficiente para matarle; pero Jesús lo mira con piedad, viéndolo fatigado bajo la carga del pecado y trabajando para obtener placer en el pecado, y le dice: «Ven a mí, y yo te haré descansar.»

¿Cristo quiere a las bestias de tiro del diablo, aun cuando ya se han desgastado al servicio de Satanás? ¿Quiere persuadirlas de abandonar a su viejo amo para que vengan a Él? ¿A estos pecadores que sólo están cansados del pecado porque ya no pueden encontrar fuerzas para seguir pecando, o que no se sienten cómodos, puesto que ya no disfrutan del placer que antes encontraban en la maldad, Cristo los llama a venir a Él? Sí, y una muestra de la magnanimidad de Su corazón es Su deseo de dar descanso a aquellos grandemente fatigados y cansados.

Pero la magnanimidad de Su corazón se comprueba en el hecho de que invita a todos esos pecadores a venir a Él; a todos esos pecadores, repito. ¡Cuánto significado contiene esa pequeña palabra: «todos»! Creo que, generalmente, cuando un hombre usa grandes palabras dice pequeñas cosas; y cuando usa palabras pequeñas, dice grandes cosas; y, ciertamente, las pequeñas palabras de nuestro idioma son usualmente las que tienen mayor significado. ¿Cuál es el significado de esta pequeña palabra, «todos», o, más bien, qué es lo que excluye? Y Jesús, sin limitar su significado, dice: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados.» ¡Oh magnificencia del amor y de la gracia de Cristo, que invita a todos a venir a Él! Y más aún, invita a todos a venir de inmediato. «Vengan todos conmigo» -dice Él- «todos los que están fatigados y cargados; vengan en una multitud, vengan en grandes masas; vuelen a mí como una nube, como palomas a sus ventanas.» Nunca serán demasiados los que vengan a Él y le hagan sentir satisfecho; Él dice: «Entre más, más contento.» El corazón de Cristo se regocija por todas las multitudes que vienen a Él, porque ha hecho una gran fiesta, y ha invitado a muchos, y sigue enviando a Sus siervos a decir: «Aún hay espacio; por tanto, venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados.»

Recordemos, también, que la promesa de Cristo está dirigida personalmente a cada uno de estos pecadores. Cada uno de ellos vendrá a Él y Él dará el descanso a cada uno. A cada uno que está fatigado y cargado, Jesús le dice: «Si tú vienes a mí, Yo, Yo mismo te daré descanso; no te enviaré al cuidado de mi siervo, el ministro, para que te cuide, sino que yo mismo haré todo el trabajo y te haré descansar.» Cristo no dice: «Te llevaré a mi palabra, y allí encontrarás alivio.» No; más bien dice: «Yo, una Persona, te daré descanso a ti, una persona, por medio de un claro acto mío, si tú deseas venir a Mí.»

Ese trato directo de Cristo con las personas es ciertamente bendito. Tennyson es autor de un poema que es, para mí, el más dulce de todos los que escribió. Tiene que ver con una niña que fue hospitalizada y que sabía que debía ser operada, con gran riesgo de su vida. Así que ella le preguntó a su compañera de la cama contigua qué debía hacer. Su compañera le dijo que le contara todo a Jesús y le pidiera que la cuidara. Entonces la niña preguntó: «Pero, ¿cómo me podrá conocer Jesús?» Las dos niñas estaban confundidas porque había muchísimas hileras de camas en el hospital infantil, y además pensaban que Jesús estaba tan ocupado, que no sabría cuál niña le había pedido que la cuidara. Entonces acordaron que la niña pusiera sus manos fuera de la cama, para que cuando Jesús las viera, supiera que ella era la niña que lo necesitaba. La escena, tal como el poeta la describe, es conmovedora. Al relatarla le quito algo de su encanto, pues, por la mañana, cuando los doctores y las enfermeras se paseaban por el pabellón, se dieron cuenta de que Jesús había estado allí y que la niña había ido a Él sin necesidad de la operación. Él la había cuidado de la mejor manera posible; y allí estaban sus manitas, extendidas fuera de la cama.

Bien, nosotros ni siquiera tenemos que hacer eso, puesto que el Señor Jesús nos conoce a cada uno, y Él vendrá personalmente a cada uno de nosotros, y nos hará descansar. Aunque es muy cierto que tiene mucho que hacer, aún puede decir: «Mi Padre hasta ahora trabaja; también yo trabajo», ya que el universo entero se mantiene en funcionamiento por su fuerza omnipotente, y Él no olvidará a ninguno que venga a Él. De igual manera que una persona con abundantes alimentos puede decir a una gran multitud de hambrientos: «Vengan conmigo, y yo les daré alimento a todos», de la misma manera Cristo sabe que en Sí mismo tiene el poder para dar descanso a cada alma fatigada que venga a Él. Tiene absoluta certeza de ello, por lo que no dice: «Ven a mí, y haré todo lo que esté de mi parte contigo» o «si me esfuerzo, tal vez pueda hacerte descansar». ¡Oh, no; sino que Él dice: «Ven a mí, y yo te haré descansar»! Es algo que se da por sentado en Él, ya que, déjenme decirles, ha ejercitado Su mano en millones de personas, y no ha fallado ni una sola vez, por lo que habla con un aire de sólida confianza. Estoy seguro, tal como mi Señor lo estaba, que si hay alguien aquí entre ustedes que quiera venir a Él, Él puede dar y dará descanso a su alma. Él habla con la conciencia de poseer todo el poder requerido, y con la absoluta certeza de que puede realizar el acto requerido.

Porque, fíjense, Jesús promete sabiendo todo de antemano acerca de los casos que describe. Él sabe que los hombres están fatigados y cargados. No hay dolor en el corazón de alguien aquí presente, que Jesús no conozca, porque Él lo sabe todo. Los pensamientos de ustedes pueden estar retorcidos de muchas maneras, y todos sus métodos de juicio pueden parecer un laberinto, un rompecabezas que, según creen ustedes, nadie puede descifrar. Pueden estar sentados aquí diciéndose: «Nadie me entiende, ni siquiera yo mismo. Me encuentro atrapado en las redes del pecado, y no veo ninguna forma de escapar. Estoy perplejo más allá de toda posibilidad de liberación.» Te digo, amigo mío, que Cristo no habla sin sentido cuando dice: «Ven a mí, y yo te haré descansar.» Él puede seguir el hilo a través de la madeja enmarañada y puede extraerlo en línea recta. Él puede seguir todas las torceduras del laberinto hasta llegar a su propio centro. El puede quitar la causa de tu problema, aunque tú mismo no sepas de qué se trata; y lo que para ti se encuentra envuelto en misterio, un dolor impalpable que no puedes manejar, mi Señor y Salvador sí puede eliminarlo. Él habla acerca de lo que puede hacer cuando da esta promesa, ya que Su sabiduría es tal, que puede percibir las necesidades de cada alma individual, y su poder es lo suficientemente grande para aliviar todas las necesidades; así que Él dice a cada espíritu fatigado y cargado el día de hoy: «Ven a mí, y yo te haré descansar.»

Recordemos también que, cuando Cristo dio esta promesa, Él sabía el número de los que habían de ser incluidos en la palabra «todos». A pesar de que para nosotros ese «todos» incluye una multitud que ningún hombre puede contar, «el Señor conoce a los que son suyos» y cuando dijo: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar», no hablaba desconociendo que hay miles y millones y cientos de millones que están fatigados y cargados, y Él se dirigía concretamente a ese vasto conglomerado cuando dijo: «Venid a mí, y yo os haré descansar.»

Queridos amigos, ¿he logrado hacerlos pensar acerca de la grandeza del poder y la gracia del Señor? ¿Los he motivado para que lo adoren? Espero que así sea. Mi propia alma desea postrarse a Sus pies, absorta en la dulce consideración de la grandeza de esa gracia que de tal manera se expresa y que habla con la verdad cuando dice a toda la raza humana en la ruina: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo» -con una certeza absoluta- «os haré descansar.»

No debemos olvidar tampoco que lo que Cristo ha prometido tiene vigencia para todos los tiempos. Aquí tenemos a un hombre hablando que fue «despreciado y desechado por los hombres». Veámoslo claramente ante nuestros ojos, el hijo del carpintero, el hijo de María, «varón de dolores y experimentado en el sufrimiento». Sin embargo, Él dijo a los que se congregaban a su alrededor: «Venid a mí, y yo os haré descansar»; pero Él miraba a través de todos los siglos que habrían de venir, y nos habló a nosotros congregados aquí ahora, y luego miró a todas las multitudes de esta gran ciudad, y de este país, y de todas las naciones de la tierra, y dijo: «Venid a mí, y yo os haré descansar.» En efecto, Él dijo: «Hasta que yo venga de nuevo a la tierra, sentado sobre el trono del juicio, prometo que toda alma cargada que venga a Mí encontrará descanso.» Por su multitud, los sufrimientos de los hombres son semejantes a las estrellas del cielo, y los hombres mismos son innumerables. Cuenten, si pueden, las gotas del rocío de la mañana, o las arenas del mar y seguidamente traten de contar a los hijos de Adán desde el principio del tiempo; pero, nuestro Señor Jesucristo, hablando a la vasta multitud de hijos de los hombres que están fatigados y cargados, les dice: «Venid a mí; venid a mí; porque el que a mí viene jamás lo echaré fuera; y al que viene a mí, yo le daré descanso para su alma.»

Muestra, también, la grandeza del poder y la gracia de Cristo cuando recordamos a los muchos que han comprobado que esta promesa es verdadera. Ustedes saben que a través de todos estos siglos hasta ahora, ninguna alma fatigada y cargada ha venido a Cristo en vano. Aun en los últimos confines de la tierra, no se ha encontrado un criminal tan vil, o un alma totalmente encerrada en el calabozo de la Gigante Desesperación, que al venir a Cristo no haya recibido el descanso prometido y, por lo tanto, Cristo ha sido engrandecido.

III. Ahora consideremos juntos, por unos minutos, la SIMPLICIDAD DE ESTE EVANGELIO.

Jesucristo dice a todos los que están fatigados y cansados: «Venid a mí, y yo os haré descansar.» Esta invitación implica un movimiento, un movimiento de algo a algo. Ustedes son invitados a alejarse de todo aquello en lo que han venido poniendo su confianza, y a caminar hacia Cristo y confiar en Él; y en cuanto lo hagan, Él les dará el descanso. ¡Cuán diferente es esta simplicidad, de los sistemas complejos que los hombres han establecido! Pues, de conformidad con las enseñanzas de ciertos hombres, para ser cristianos y para seguir todas las regulaciones del culto, necesitan tener una pequeña biblioteca de consulta para saber a qué hora hay que encender las veladoras, y cómo mezclar el incienso, o la manera adecuada de usar el velo, y adónde deben voltear al decir cierta oración, y a qué otro lugar deben de voltear al decir otra, y si su entonación o su canto o su murmullo será aceptable a Dios.¡Oh queridos, queridos, queridos! Toda esta compleja maquinaria inventada por el hombre (el así llamado «bautismo» en la infancia, la confirmación en la juventud, «tomar el sacramento», como algunos lo llaman) es un maravilloso abracadabra, lleno de misterio y falsedad y engaño; pero, de acuerdo con la enseñanza de Cristo, el camino a la salvación es solamente éste: «Venid a mí, y yo os haré descansar.» Y si tú, querido amigo, vienes a Cristo y confías en Él, encontrarás ese descanso y esa paz que Él se complace en otorgar; encontrarás el corazón de la nuez, alcanzarás la esencia y la raíz de todo el asunto. Si tu corazón abandona cualquier otra confianza y sólo está dependiendo en Jesucristo, encontrarás la vida eterna, y esa vida eterna nunca será arrebatada de ti. Por tanto, no esperes para gozarte en ello.

Y prosiguiendo, esta invitación está en el tiempo presente: «Ven ahora.» No esperes a llegar a casa, sino deja que tu alma se mueva hacia Cristo. Nunca vas a estar en mejor condición para ir a Él de lo que estás ahora; ni estarás en nada peor al venir a Él, a menos que, al posponer el llamado, estés más endurecido y menos inclinado a venir. En este mismo momento necesitas a Cristo; por lo tanto, ve a Él. Si estás hambriento, ésa es ciertamente la mejor razón para comer. Si estás sediento, ésa es la mejor razón para beber. O puede ser que estés tan enfermo que no tengas hambre. Entonces ve a Cristo, y come de las provisiones del Evangelio hasta que se abra tu apetito de esas provisiones. Al pecador que afirma: «no tengo sed de Cristo», me gusta decirle: «ve y bebe hasta que se abra tu sed», porque de la misma manera que una bomba de agua no funciona si no le echas líquido primero, así sucede con ciertos hombres. Cuando reciben algo de la verdad en sus almas, aunque pareciera al principio una recepción muy imperfecta del Evangelio, eso les ayudará posteriormente a ansiar más profundamente a Cristo y a sentir un gozo más intenso de las bendiciones de la salvación.

De todas maneras, Cristo dice: «Ven ahora», y Él dice de manera implícita: «Ven, tal como eres». Tal como son, vengan a mí, todos los que están fatigados y cansados, y yo les haré descansar. Si ustedes trabajan, entonces, antes de lavar sus manos mugrosas, vengan a mí, y yo les haré descansar. Si ustedes están débiles y cansados, y al borde de la muerte, mueran en mi pecho; porque para eso han venido a mí. No venimos a Cristo cuando ejercitamos nuestro propio poder de venir, sino cuando nos olvidamos de nuestro deseo de permanecer alejados de Él. Cuando el corazón se rinde, suelta todo aquello que está sosteniendo, y se arroja a las manos de Cristo; es en ese momento que se realiza el acto de fe, y es a ese acto que Cristo los invita cuando dice: «Venid a mí, y yo os haré descansar.»

«Bien» -dice alguno- «yo nunca he entendido el Evangelio; siempre me ha intrigado y me ha dejado perplejo.» En ese caso, voy a tratar de presentártelo de manera muy sencilla: Jesucristo, el Hijo de Dios, vivió y murió por los pecadores, y tú estás invitado a venir y confiar en Él. Confía en Él; depende de Él; echa todo el peso sobre Él; ve a Él y Él te dará descanso. ¡Oh, que por su infinita misericordia Él revele esta sencilla verdad a tu corazón, y que tú estés presto a aceptarla ahora mismo! Yo quiero glorificar a mi bendito Señor, que trajo al mundo un plan de salvación tan sencillo como éste. Hay algunos hombres que parecen rompecabezas, ya que les gusta perderse en dificultades y misterios, y desplegar ante sus oyentes los frutos de su gran cultura y su maravilloso saber. Si su Evangelio es verdadero, es un mensaje exclusivamente para la élite; y muchos tendrían que ir al infierno si ésos fueran los únicos predicadores. Pero nuestro Señor Jesucristo se gloriaba en predicar el Evangelio a los pobres, y es para honra Suya que puede decirse, hasta este día, «no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia». Es una bendición que haya un Evangelio que se adecua al hombre que no sabe leer, y que también se adapta al hombre que no puede hilvanar dos pensamientos consecutivos, y que se rebaja al hombre cuyo cerebro ha fallado casi completamente a la hora de la muerte; un Evangelio que se adecua al ladrón muriendo en la cruz; un Evangelio tan sencillo que, si sólo hubiera gracia para recibirlo, no requiere de grandes poderes mentales para ser entendido. Bendito sea mi Señor por darnos un Evangelio tan sencillo y simple como éste.

Quiero que presten atención a un punto más, y luego concluyo mi mensaje. Y es éste: LA GENEROSIDAD DEL PROPÓSITO DE CRISTO.

Vengan, amados que aman al Señor, escuchen mientras les repito estas dulces palabras Suyas: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cansados, y yo os haré descansar.» «Yo os haré…» Él no dice: «Vengan a mí y tráiganme algo», sino «Venid a mí, y yo os haré descansar». Tampoco expresa: «Venid y haced algo para Mí», sino «Yo haré algo por ustedes». Posiblemente éste haya sido su problema, queridos hermanos, que han deseado traer hoy un sacrificio aceptable; y en la escuela dominical, o en alguna otra forma de servicio, han estado tratando de honrarle. Me da gusto, y espero que sigan intentándolo, pero cuídense de no caer en el error de Marta, y «afanarse con mucho servicio». Por un instante olvídense de la idea de venir a Cristo para traerle algo; vengan ahora, ustedes que están fatigados y cargados, y reciban una bendición de Él, pues ha dicho «yo os haré descansar». Cristo puede ser honrado cuando ustedes le dan, pero debe ser honrado por lo que Él les da. No hay duda de la bondad de lo que recibirán si vienen a Él; entonces, ahora mismo, no piensen en traerle nada a Él, sino vengan a Él para que puedan recibir de Él.

«Quiero amar a Cristo», dice uno. Bien, olvídate de eso ahora; más bien trata de sentir cuánto te ama Él. «¡Oh, pero yo quiero consagrarme a Él!» Muy bien, mi querido amigo; pero, mejor ahora piensa cómo se consagró por ti. «¡Oh, pero yo deseo no pecar más!» Muy bien, querido amigo; pero, mejor ahora piensa cómo cargó con tus pecados en su propio cuerpo en el madero. «¡Oh -dice uno-, quisiera tener un frasco de alabastro con un ungüento muy precioso, para ungirle Su cabeza y Sus pies, y que toda la casa se llene de un dulce perfume!» Sí, todo eso está muy bien, pero escucha: Su nombre es un ungüento derramado; si no tienes nada de ungüento, Él tiene; si no tienes nada que traerle a Él, Él tiene abundancia que darte.

Cuando mi querido Señor llama a alguien para que venga a Él, no es para Su propio beneficio que lo llama. Cuando les otorga favores, cuando viene con grandes promesas de descanso, no es un soborno para comprar sus servicios. Es demasiado rico para tener necesidad de los mejores y los más fuertes de nosotros; solamente nos pide, en nuestra gran caridad, que seamos tan amables de recibir todo de Él. Esto es lo más grande que podemos hacer por Dios, estar totalmente vacíos para que su todo pueda verterse en nosotros. Eso es lo que quiero hacer cuando me siente a la mesa de la comunión. Quiero estar sentado allí, sin pensar en nada que pueda ofrecer a mi Señor, sino abrir mi alma, y tomar todo lo que Él quiera darme. Hay momentos en que los tenderos están vendiendo su mercancía, pero también hay momentos en que reciben mercancía, como ustedes saben. Por tanto, ahora, abran la puerta de la gran bodega y dejen entrar todos los bienes. Dejen que Cristo entero entre en su alma.

«No siento» -dice uno- «como si yo pudiera gozar la presencia de mi Señor.» ¿Por qué no? «Porque he estado dedicado intensamente todo el día a su servicio; y ahora estoy tan fatigado y cargado.» Tú eres alguien a quien especialmente llama el Señor a venir a Él. No trates de hacer nada, excepto simplemente abrir tu boca, y Él la llenará. Ven ahora y simplemente recibe de Él, y dale gloria recibiendo. ¡Oh sol, tú alumbras; pero no hasta que Dios te hace brillar! ¡Oh luna, tú alegras la noche; pero no con tu propio brillo, sino sólo con luz prestada! ¡Oh campos, ustedes producen cosechas; pero el gran Agricultor crea el grano! ¡Oh tierra, tú estás llena; pero solamente llena de la bondad del Señor! Todo recibe de Dios, y le alaba cuando recibe. Permítanme que mi cansado corazón se incline quieto bajo la lluvia de amor; permítanme que mi alma cargada descanse en Cristo, y lo pueda alegrar al estar alegre en Él.

¡Dios los bendiga a todos, y que Cristo sea glorificado en su salvación y en su santificación, por causa de Su nombre! Amén.