La imagen de Dios y la ética cristiana

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Serie: La ética cristiana

La imagen de Dios y la ética cristiana

Por J.V. Fesko

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

l relativismo ético parece haber fracturado nuestra cultura en millones de islas aisladas en las que cada uno hace lo que le parece correcto. En este mundo moldeado por la tecnología, la gente crea reinos virtuales adaptados a sus intereses y ha extendido esta mentalidad al mundo real al crear su propia moralidad.

Sin embargo, la Biblia nos enseña que Dios ha creado a todos los seres humanos a Su imagen, lo que significa que compartimos este vínculo dado por Dios. Uno de los elementos característicos de llevar la imagen de Dios es que Él ha inscrito Su ley moral en el corazón de todos los seres humanos; en última instancia, todos compartimos la misma moral y ética dadas por Dios, aunque las personas no regeneradas las supriman. Podemos explorar esta verdad examinando, en primer lugar, lo que la Biblia tiene que decir sobre el ser portadores de la imagen. En segundo lugar, reflexionaremos sobre la teología de nuestra norma ética comúnmente compartida. Y en tercer lugar, pensaremos en las implicancias de lo que significa tener la ley de Dios inscrita en nuestros corazones. ¿Podemos interactuar con nuestros vecinos sobre la base de este conocimiento ético comúnmente compartido?

LO QUE LA BIBLIA DICE

En la creación, Dios coronó Su obra con los seres humanos, portadores de Su imagen. La triple repetición de la imagen de Adán y Eva señala la importancia de la acción de Dios: «Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza… Creó, pues, Dios al hombre imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1:26-27, énfasis añadido). Que los seres humanos fueron creados a imagen de Dios significa que se parecen a Dios en muchos aspectos. Esto no quiere decir que los seres humanos se parezcan físicamente a Dios, pues Él es un espíritu y no tiene cuerpo (Jn 4:24). Sin embargo, los seres humanos reflejan los atributos de Dios, como la santidad, la sabiduría, el poder, el conocimiento y la justicia. Llevamos estos atributos a nivel de creaturas y de manera analógica. La conexión entre similitud y ser portadores de Su imagen aparece en Génesis 5:3, donde leemos que Adán «engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen». Génesis señala de forma sutil pero sorprendente que todos los humanos son hijos de Dios porque llevan Su imagen y semejanza. El hecho de que Dios haya investido a los humanos con Su imagen no es poca cosa, ya que el salmista lo caracteriza como una tremenda bendición:

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que tú has establecido,
digo: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes,
y el hijo del hombre para que lo cuides?
¡Sin embargo, lo has hecho un poco menor que los ángeles,
y lo coronas de gloria y majestad!
Tú le haces señorear sobre las obras de tus manos;
todo lo has puesto bajo sus pies (Sal 8:3-6).

TEOLOGÍA Y ÉTICA

Cuando reunimos estos datos bíblicos para formular nuestra comprensión teológica de la relación entre ser portadores de Su imagen y la ética, salen a la luz grandes verdades. Debemos considerar a los seres humanos en el contexto más amplio de la creación para apreciar la naturaleza de lo que implica ser portadores de Su imagen. Juan Calvino caracterizó la creación como un espejo de la divinidad de Dios, discernible desde la arquitectura del mundo. Calvino tenía en mente pasajes como estos: «Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa» (Rom 1:20) y «Los cielos proclaman la gloria de Dios y la expansión anuncia la obra de sus manos» (Sal 19:1). En particular, el salmista pasa de la creación más amplia a la ley de Dios: «La ley del SEÑOR es perfecta, que restaura el alma» (v. 7). La creación y la ley de Dios van de la mano, pues la creación refleja el ser y los atributos de Dios. Lo que es cierto de la creación mayor es también cierto de los seres humanos. Según Calvino, el ser humano es una creación microcósmica que refleja al Creador. Tanto la creación macrocósmica como la microcósmica reflejan a su Creador. Herman Bavinck afirma que toda criatura es una encarnación del pensamiento divino, pero los seres humanos en particular son la más rica autorrevelación de Dios, ya que solo ellos llevan Su imagen divina.

Una imagen de la relación estrecha entre el ser portadores de Su imagen y la ley aparece en los templos de Dios. Tanto en el tabernáculo del desierto como en el templo salomónico, el arca del pacto descansaba en el lugar santísimo. ¿Y qué contenía el arca? La vara de Aarón, una vasija de maná y las «tablas del pacto», la ley (Ex 16:33-3425:16Nm 17:101 Re 8:92 Cr 5:10Heb 9:4). El último templo de Dios también contiene Su ley: Su morada final es la Iglesia, el pueblo de Dios. Nuestros cuerpos individualmente son el templo del Espíritu Santo (1 Co 6:19), y colectivamente el pueblo de Dios es el «templo del Señor», «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular» (Ef 2:20-21). Cuando Dios redime a Su pueblo, lo incorpora a Su templo, la Iglesia, y escribe Su ley en sus corazones (Jer 31:33Heb 8:1010:16). Pero cuando Dios redime a los pecadores, no escribe una ley diferente en sus corazones, sino que restaura el conocimiento de Su ley al eliminar las manchas y la distorsión del pecado y les da un corazón nuevo. En otras palabras, en la redención Él recrea Su imagen y el conocimiento de Su ley en los corazones de los creyentes.

Pablo testifica del hecho de que todos los seres humanos poseen el conocimiento de la ley de Dios en virtud de su condición de portadores de Su imagen. En Romanos describe a los judíos como aquellos que tienen la ley de Dios, el Decálogo. Israel estuvo al pie del Sinaí y recibió la ley de Dios. Por el contrario, los gentiles, que no tienen la ley del Sinaí, «cumplen por instinto [o «por naturaleza», según otras traducciones] los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos» (Rom 2:14). Nota que Pablo dice que los gentiles por naturaleza —es decir, en virtud de su creación, de su condición de portadores de la imagen— hacen lo que la ley del Sinaí exige. ¿Cómo es eso? Ellos «muestran la obra de la ley escrita en sus corazones» (v. 15). Los gentiles no se pararon al pie del Sinaí para recibir la ley, pero Dios ha escrito Su ley en sus corazones (aquí se hace referencia a ella como a la «obra de la ley», para distinguirla de la ley recibida en el Sinaí). Los gentiles saben que deben adorar y honrar a Dios; honrar a los padres; no cometer asesinato, adulterio, robo o engaño; y no codiciar. Aunque todos los humanos han sufrido los efectos nocivos del pecado de Adán en todo su ser, todavía queda un grado suficiente de conocimiento de la ley de Dios que permite a los no creyentes conocer la diferencia entre el bien y el mal. Pablo explica que las conciencias de los gentiles dan «testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiendolos» (v. 15). Piensa, por ejemplo, en cuando Abraham permitió que Abimelec se llevara a Sara a su harén. Dios le advirtió a Abimelec que, sin saberlo, había tomado a la esposa de Abraham (Gn 20:2-3). Cuando el rey gentil se enfrentó a Abraham, le dijo: «me has hecho cosas que no se deben hacer» (v. 9). Aquí el pagano mostró mayor moralidad que Abraham, uno que fue salvado por Dios. Lo mismo puede decirse de los corintios, que se jactaban de un tipo de inmoralidad sexual «tal como no existe ni siquiera entre los gentiles, al extremo de que alguno tiene la mujer de su padre» (1 Co 5:1). Una vez más, los paganos practicaban una moral mejor que la de los cristianos corintios.

SIGNIFICADO

Teniendo en cuenta estos datos bíblicos y esta reflexión teológica, podemos concluir que los cristianos comparten un punto de contacto ético con los no creyentes. En virtud de nuestra creación a imagen y semejanza de Dios, no somos pizarras en blanco, como afirmaba John Locke, sino que tenemos la ley de Dios escrita en nuestros corazones. Lo que C.S. Lewis llamó en su día el Tao (el principio absoluto que sustenta el universo) o la ley natural que existe en cada ser humano. Lewis sostiene que ciertas actitudes son genuinas y otras son totalmente falsas. Los pueblos, a lo largo de la historia y en todo el mundo, comparten los mismos valores morales colectivos básicos. Usando las gafas de la Escritura para asegurarnos de que leemos correctamente la ley natural de Dios, podemos comprometernos con nuestros vecinos en tareas creativas comunes, sabiendo que tenemos un conocimiento ético compartido. También tenemos un punto de contacto con los incrédulos cuando evangelizamos y defendemos el evangelio frente a la incredulidad. Cuando apelamos a este conocimiento ético compartido, no capitulamos ante un razonamiento humano pecaminoso ni ante una norma moral humana, sino que apelamos a la ley de Dios escrita en el corazón de todas las personas.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko

El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].

Teología reformada clásica y la defensa de la fe

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Teología reformada clásica y la defensa de la fe

J.V. Fesko

C.S. Lewis escribió una vez que los libros antiguos traen la fresca brisa del pasado, que pasa por nuestras mentes para recordarnos verdades olvidadas desde hace mucho tiempo. Leer libros antiguos, por lo tanto, ayuda a la Iglesia a recuperar el enfoque reformado clásico para la defensa de la fe, es decir, la apologética. Los teólogos reformados clásicos dicen cosas diferentes a las que dicen muchos de nuestros contemporáneos en la actualidad. Karl Barth, por ejemplo, dijo que no hay punto de contacto entre el creyente y el incrédulo; por tanto, la apologética es innecesaria. El apologista reformado conservador Cornelius Van Til escribió en una carta a Francis Schaeffer que ninguna forma de teología natural habla de Dios con precisión. Sin embargo, la teología reformada histórica revela algo diferente. Esta diferencia de opinión entre la teología reformada contemporánea y la clásica merece una breve investigación para comprender por qué debemos leer libros teológicos reformados antiguos para defender la fe. 

Las obras reformadas de los siglos XVI y XVII hablan regularmente de dos ideas que pocos teólogos reformados contemporáneos mencionan: nociones comunes y el orden de la naturaleza. Primero, ¿qué son las nociones comunes? Las nociones comunes son aquellas ideas que todos los seres humanos poseen de forma innata en virtud de haber sido creados a imagen de Dios. Históricamente, los teólogos reformados han recurrido a las nociones comunes en sus interpretaciones de varios pasajes de Romanos. 

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos (Rom 2:14-15). 

El apóstol Pablo escribe sobre aquellos gentiles incrédulos que no recibieron la ley de Dios que fue particularmente revelada en el Sinaí. Aun así, estos incrédulos tienen las obras de la ley escritas en sus corazones. Los incrédulos conocen el bien y el mal, como vemos en la declaración de Pablo de que sus «sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan» (Rom 2:15 NVI). 

Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante?

Hay varios pasajes más a los que apelan las obras teológicas reformadas clásicas, como cuando el pagano Abimelec mostró más moralidad que Abraham. Abimelec amonestó a Abraham por mentir sobre su relación con Sara (Gn 20:9-11). Los teólogos reformados clásicos también apelaron a la interacción de Jonás con los marineros paganos, quienes al principio se negaron a arrojarlo por la borda durante la tormenta porque sabían que eso estaba mal (Jon 1). También se cita 1 Corintios 5:1, donde Pablo reprende a los corintios por aprobar un tipo de inmoralidad sexual que ni siquiera se tolera entre los paganos. En otras palabras, los no creyentes en algunos casos tenían estándares morales más altos que los cristianos corintios. 

En segundo lugar, los teólogos reformados clásicos creían que las nociones comunes eran una parte de un todo mayor, es decir, del orden de la naturaleza. El orden de la naturaleza es la forma en que la creación refleja quién es Dios. Dios diseñó a los seres humanos para que encajen de manera integral dentro de Su creación más amplia. El conocimiento de las obras de la ley, que es innato de todos los seres humanos, está conectado a la creación en general. Un pasaje típico al que apelan los teólogos es Romanos 1:19-20

Porque lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa. 

Otro es el Salmo 19: 

Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de Sus manos. Un día transmite el mensaje al otro día, y una noche a la otra noche revela sabiduría. No hay mensaje, no hay palabras; no se oye su voz (vv. 1-3).

La gente puede observar la creación y ver los trazos de pincel y la firma del Artista Maestro. Ya sea que uno mire a la creación en general y discierna el poder eterno de Dios y Su naturaleza divina o sea que estudie cosas particulares del mundo como los insectos y vea reflejos de la sabiduría de Dios (Pr 6:6), todo el orden creado y los seres humanos reflejan al Dios que los hizo a ambos. 

En la teología reformada clásica, se pueden encontrar referencias a las nociones comunes y al orden de la naturaleza en los escritos de Heinrich Bullinger, Martin Bucer, Juan Calvino, Francis Turretin, Girolamo Zanchi, Richard Baxter, John Owen, Franciscus Junius y otros. Pero el lugar más destacado donde aparecen estos conceptos es en la tradición confesional reformada histórica. La Confesión francesa (1559), escrita principalmente por Calvino, declara: «Dios se revela a los hombres… en Sus obras, en Su creación, así como en Su preservación y control» (artículo 2). Mucha gente sabe que la Confesión de Fe de Westminster (1647) comienza con un capítulo sobre la Escritura. Pero debemos notar que la línea de apertura de ese capítulo se refiere a algo diferente: «Aunque la luz de la naturaleza, las obras de la creación y la providencia manifiestan la bondad, la sabiduría y el poder de Dios…» (1.1). La luz de la naturaleza es una rúbrica general para las nociones comunes y la revelación general de Dios en la creación. De hecho, la Confesión de Westminster hace cuatro referencias más a la luz de la naturaleza como algo por lo cual la Iglesia ordena ciertos aspectos de la adoración (4.6), como aquello que permite a los no creyentes enmarcar sus vidas moralmente (10.4), y como testigo, junto a la Escritura, que revela si cierta conducta es moral o inmoral (20.4). La quinta referencia a la luz de la naturaleza en el capítulo de la confesión sobre la adoración es una de sus declaraciones más completas sobre el conocimiento natural de Dios: 

La luz de la naturaleza demuestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo, que es bueno y que hace bien a todos, y por lo tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, creído, servido y en quien se debe confiar, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (21.1). 

Uno de los símiles más memorables de la luz de la naturaleza proviene de la Confesión belga (1561): 

Lo conocemos… por la creación, preservación y gobierno del universo; que está ante nuestros ojos como el libro más elegante, en el que todas las criaturas, grandes y pequeñas, son como muchas letras que nos llevan a contemplar las cosas invisibles de Dios (Artículo 2). 

Estos datos bíblicos y confesionales conducen a dos puntos clave: (1) la importancia del libro de la naturaleza, y (2) la necesidad de usar en conjunto los libros de la naturaleza y la Escritura para defender la fe. En el siglo XX, los teólogos reformados hicieron un uso vigoroso del libro de la Escritura, y eso es encomiable. Pero al mismo tiempo, el buen libro de la naturaleza de Dios se ha quedado en el estante y ha acumulado una buena capa de polvo. Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante? Los teólogos contemporáneos han defendido su renuencia a usar el libro de la naturaleza con un conjunto de justificaciones: Dios está por encima de la prueba; apelar a la teología natural somete la verdad al juicio de la razón pecaminosa; ninguna cantidad de evidencia ni de argumentación puede convertir al incrédulo. Aquí es donde entra en juego el segundo punto; a saber, debemos siempre usar en concierto la revelación general y la Escritura. El salmista ensalza la belleza y el poder revelador de la creación y luego pasa a la ley especialmente revelada de Dios (Sal 19:7). Cuando Pablo enfrentó a los filósofos incrédulos en el Areópago, se conectó con su audiencia a través de su conocimiento natural, aunque distorsionado, de Dios y corrigió su comprensión con el evangelio especialmente revelado de Cristo y Su resurrección (Hch 17:232830). La Escritura y la teología reformada histórica transmiten la idea de que el Dios sobre el que leemos en las páginas de la Sagrada Escritura es el mismo Dios que ha creado el mundo que nos rodea. 

Al usar los dos libros de Dios, debemos reconocer sus distintas funciones. Solo la revelación especial de la Escritura habla de la persona y obra de Cristo y la salvación que viene a través del evangelio. Además, solo el poder regenerador soberano del Espíritu Santo puede convertir a los pecadores y trasladarlos del reino de las tinieblas al reino de la luz; solo a través del don de fe dado por el Espíritu, las personas pueden aferrarse al evangelio de Cristo. Como escribe Pablo: «El hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente» (1 Co 2:14). Esto no significa que el libro de la naturaleza sea superfluo. Más bien, desde el fundamento de la autoridad de la Escritura, podemos apelar al libro de la naturaleza como un testigo corroborante creado por un autor divino. Podemos interactuar con los no creyentes y saber que podemos comunicar la verdad escritural porque Dios ha creado a todas las personas a Su imagen y ha escrito Su ley en sus corazones. 

Busca libros antiguos reformados de los siglos XVI y XVII y deja que la brisa fresca del pasado te recuerde verdades olvidadas desde hace ya mucho tiempo. Usa los libros de la naturaleza y la Escritura de Dios para defender la fe que fue una vez entregada a los santos.

Este articulo fuepublicado originalmente en Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko

El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].

Bautizándolos

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Bautizándolos

 J.V. Fesko

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie «La Gran Comisión», publicada por la Tabletalk Magazine. 

Creo que cuando las personas miran el bautismo, tienen una comprensión limitada de por qué Jesús ordenó que bauticemos a Sus discípulos. La mayoría de las personas probablemente asocian el agua con la limpieza, que es una conexión precisa dado el mensaje del profeta Ezequiel de que Dios rociaría agua sobre Su pueblo (Ez. 36:25). La limpieza del pecado, sin embargo, es solo un elemento en el significado e importancia del bautismo.

El mandamiento de Cristo de bautizar en última instancia descansa sobre Sus propias acciones.

En lugar de enfocarse en el individuo, Dios usa el agua en conexión con el contexto más amplio de la historia de la redención. A lo largo de la Escritura, el agua y el Espíritu aparecen en contextos que despliegan nuevas imágenes de la creación. El Espíritu Santo sobrevoló la creación (Gn. 1:2). Noé envió una paloma (la representación simbólica que el Nuevo Testamento le da al Espíritu) sobre las aguas del diluvio que habían disminuido (Gn. 8:8-12Mt. 3:16). Cuando Israel fue bautizado en el Mar Rojo, Dios colocó Su Espíritu, al cual representó como un ave que revolotea, en medio de Israel (Ex. 14:21-22Dt. 32:10-12Is. 63:11-141 Cor. 10:1-4).

Cuando Jesús fue bautizado, el Espíritu descendió sobre Él en forma de paloma (Mt. 3:16). Dios empleó agua junto con la obra del Espíritu para producir nuevas creaciones, ya sea la primera creación, la tierra recreada después del diluvio, la creación de Israel como nación o la piedra angular de la nueva creación a través de Jesús, el último Adán (1 Cor. 15:45).

Dios estaba enviando un mensaje de que, a fin de cuentas, haría de los nuevos cielos y la nueva tierra, una obra del Dios trino a través de la obra de Su Hijo por el agua y la obra del Espíritu Santo. Esta promesa aparece, por ejemplo, en el libro del profeta Joel: «Y sucederá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne» (Jl. 2:28). Esta es la promesa que Juan tenía en mente cuando dijo a la multitud en el desierto: «Yo os bauticé con agua, pero Él os bautizará con el Espíritu Santo» (Mc. 1: 8). Y esta es la promesa que Cristo cumplió en Pentecostés.

Hay dos elementos notables que vinculan los eventos del Pentecostés con el mandato de bautizar que Cristo dio en Su Gran Comisión (Mt. 28:18-20). Primero, esto cumplió la profecía del Antiguo Testamento, como hemos notado. Pedro les dijo a las multitudes que los eventos que estaban presenciando eran un cumplimiento de la profecía de Joel de que Dios derramaría Su Espíritu sobre toda carne (Hch. 2:18-21). Esta es también la promesa de Juan acerca del bautismo del Espíritu Santo. El sermón de Pedro en Pentecostés confirma esto: «Así que, exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís» (Hch. 2:33). Cristo bautizó a la iglesia en el Espíritu Santo: Él comenzó el derramamiento del Espíritu sobre toda carne.

En segundo lugar, de acuerdo con Su mandato de bautizar a las naciones, observa que personas de muchas naciones, judíos y gentiles, se reunieron en Pentecostés (Hch. 2:9-11). Jesús estaba bautizando a toda carne, estaba bautizando las naciones con el Espíritu, y al hacer esto, los estaba trayendo a la nueva creación. Por lo tanto, cuando la iglesia bautiza a los discípulos de Cristo, le dice al mundo y al pueblo de Dios a través de la predicación del evangelio, tanto en palabras como en agua, que Cristo está derramando el Espíritu, limpiando a las personas de sus pecados, uniéndolos a Sí mismo, y trayéndolos a los nuevos cielos y la nueva tierra.

Por lo tanto, el mandamiento de Cristo de bautizar en última instancia descansa sobre Sus propias acciones: Su derramamiento del Espíritu sobre las naciones para unir a un pueblo a Sí mismo, para limpiar a Su novia de toda mancha y arruga para que pueda presentarla como santa y sin defecto (Ef. 5:25-27). Esto es lo que Pablo llamó el lavamiento de la regeneración y la renovación (Tit 3:5; ver Mt. 19:28).

Así que el bautismo predica un mensaje a través del agua, aunque este mensaje solo puede escucharse y ser eficaz cuando se une a la predicación de la Palabra. El agua sola no tiene poder para salvar o limpiar. Más bien, junto con la predicación de la Palabra, Dios a través del Espíritu salva y santifica. En el lenguaje teológico técnico, el bautismo es un medio de gracia.

Es por eso que debemos bautizar a los discípulos de Cristo; es el medio elegido por Dios para salvar y santificar a Su pueblo. Bautizamos porque, en las palabras del Catecismo Menor de Westminster, «es un sacramento, en el cual, el lavamiento con agua, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, significa y sella nuestra unión con Cristo, nuestra participación en los beneficios de la alianza de gracia y nuestro compromiso de ser del Señor» (P & R 94). Bautizamos, por lo tanto, en el nombre de la Trinidad porque Dios ha enviado a Su Hijo, quien ha derramado Su Espíritu, y Él está haciendo los nuevos cielos y la nueva tierra, nos está limpiando de nuestro pecado, y nos ha unido a Jesús, el último Adán, que está marcando el comienzo de la nueva creación, los nuevos cielos y la nueva tierra.

Este es un entendimiento profundo del bautismo y al cual todos debemos apegarnos, ya sea que recibamos el bautismo personalmente o lo observemos administrado a otros.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko
El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].