¿Qué significa «Amén»?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Qué significa «Amén»?

Jared Oliphint

Nota del editor: Este es el décimo de 25 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

«Como era al principio, es hoy y habrá de ser eternamente. Amén, amén». Desde los inicios del cristianismo, los creyentes han cantado alguna versión de este himno, el Gloria Patri. Esa palabra repetida al final del himno — «amén»— marca el final de himnos, oraciones e incluso credos como el Credo Apostólico, de una manera familiar, tal vez demasiado familiar. Es posible que te hayas sorprendido a ti mismo en algún momento repitiendo mecánicamente esta palabra. Sin embargo, esta pequeña palabra debe ser dicha con convicción e intencionalidad, porque conecta al pueblo de Dios hoy con Su pueblo pactual del pasado.

La palabra amén se remonta al Antiguo Testamento cuando Dios formó a un pueblo pactual para Sí mismo. Puede que hayas escuchado la expresión: «Y todo el pueblo de Dios dijo» seguido por un resonante, «¡Amén!». Tanto la palabra misma como su función en el lenguaje están estrechamente relacionadas con la idea de verdad. Actúa como señal de que hay un acuerdo, y al igual que en el Gloria Patri, con frecuencia se repetía: «Amén y amén» (Neh 8:6Sal 72:1989:52).

Abstenerse de decir «amén» puede ser apropiado a veces.

En el Nuevo Testamento, la palabra continúa siendo usada. En Romanos 1:25 y en otros lugares, Pablo lo usa para enfatizar la adoración a nuestro Creador. En 1 Corintios 14:16 él dice: «Si bendices solo en el espíritu, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias el que ocupa el lugar del que no tiene ese don, puesto que no sabe lo que dices?». Decir «amén» da por sentado que entiendes y que estás consciente de lo que estás afirmando en adoración.

Al mismo tiempo, Dios no espera que demos ciegamente amenes a cada una de las oraciones que oímos. Si la palabra amén está atada a la verdad, parte de ser responsable con lo que afirmamos es discernir lo que podemos y lo que no podemos afirmar. Aunque Pablo esperaba que una congregación caída como la de Corinto continuara la tradición de alabar a Dios mediante el uso del amén, él sabía que no toda oración sería infalible. Si una oración incluye algo descaradamente falso que va en contra de la Escritura, estaríamos en nuestro derecho de no decir «amén» al final. La teología y la práctica falsas nunca glorifican a Dios, y si estamos en una iglesia donde esto es un problema perpetuo, puede ser el momento de buscar otras opciones donde congregarnos. Por lo tanto, abstenerse de decir «amén» puede ser apropiado a veces.

Pero la abstención debe ser la excepción. Dios nos ha dado los medios para conectarnos con Su pueblo pactual del pasado, siendo tan pecaminosos como somos, y la práctica y tradición de decir la antigua palabra amén contribuye a esa conexión. Cuando recordamos que participar en esta tradición no se trata de nosotros mismos sino de dar gloria al Dios de la verdad, nos damos cuenta de que nuestros amenes nos ayudan a dirigir nuestro enfoque lejos de nosotros mismos y más apropiadamente hacia Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jared Oliphint
Jared Oliphint

Jared S. Oliphint es estudiante de doctorado en filosofía en la A&M University de Texas y estudiante de maestría en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia.

¿Es Dios injusto?

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Serie: Dando una respuesta

¿Es Dios injusto?

Jared Oliphint

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie Dando una respuesta, publicada por Tabletalk Magazine.

La frase debió haber dado vueltas una y otra vez en la mente de Adán luego de haber mordido el fruto prohibido: “El día que de él comieres ciertamente morirás” (Gn 2:17). Este fue el día que comió de él, así que este era el día en el que él ciertamente moriría. No puedo imaginar el terror que sintió Adán mientras cosía algunas hojas de higuera como ropa improvisada. Adán tenía los días contados antes de su inevitable castigo; el día del juicio había llegado.

Aunque Dios introdujo la justicia terrenal ese día, también refrenó todo el peso de Su juicio y le concedió a Adán y al ahora mundo pecaminoso, una sentencia retardada. Su misericordioso retraso de juicio final estableció un compasivo pero a veces frustrante patrón para nuestra batalla entre el pecado y la justicia; no toda la maldad terrenal verá una justa respuesta terrenal. 

El Viernes Santo arruina cada intento simplista de abordar la justicia de Dios.

A medida que Dios retenía la muerte inmediata cuando Adán tragó esa primera mordida del fruto prohibido, también les mostraba dos nuevas ideas: la gracia y la misericordia. Lo opuesto a la justicia es la injusticia, pero el complemento de la justicia es la misericordia. Tanto la justicia como la misericordia fluyen del buen carácter de Dios, y en el día en que la creación necesitaba de la misericordia para sobrevivir, Dios prometió un Salvador (Gn 3:15). 

Pero ¿cómo conocemos el carácter de Dios? Cuando los escépticos apuntan al mundo y declaran que las cosas no son como deberían ser, los creyentes pueden exclamar un enérgico “¡Amén!” Pero cuando el escéptico entonces señala y acusa a Dios de injusticia y maldad, el escéptico y el creyente deben separarse doctrinalmente. 

Pocos escépticos afirman simultáneamente que (1) “Dios existe” y (2) “el dios en el que genuinamente creo es injusto”. Las acusaciones típicamente vienen de aquellos que esperan exponer un conflicto entre la existencia de Dios y las tragedias injustas, sin embargo, existe una diferencia esencial entre la responsabilidad del hombre bajo la ley de Dios y la relación de Dios con las leyes que Él crea y revela. Las leyes creadas son divinamente forjadas para circunstancias particulares, terrenales y algunas veces temporales. Dios no se hace responsable ante una “ley” suprema separada de Su naturaleza. El escéptico que hace a Dios responsable de las leyes que Él creó malentiende fatalmente la relación Creador-criatura.

¿Y qué del escéptico que ve injusticias en la Biblia? ¿Cómo la naturaleza perfecta y justa de Dios armoniza con todo tipo de historias y eventos en la Escritura donde el pueblo de Dios, y aun Dios mismo, parece que aprueba u ordena las injusticias?

El Antiguo Testamento desvela el acto número 1 de la batalla por la justicia suprema. Debido a que el día de juicio fue pospuesto después del Edén, la injusticia a menudo prospera. Dios solo arrojó sombras temporales y terrenales del juicio pendiente y final. Compara las narrativas de conquista en Josué con cualquier capítulo de Apocalipsis. Josué suena tímido comparado a los dragones, bestias y fuego del Apocalipsis. Aunque el Apocalipsis entrega su mensaje por medio a símbolos velados e imágenes fantásticas, el mensaje no es solo para dar un espectáculo: el mundo se acabará violentamente. Antes de su final, el pueblo del pacto de Dios clama para que Él ponga fin a las injusticias que incluyen traición, esclavitud, exilio y muerte. No puedes leer los Salmos sin hacer eco de lo que los santos del Antiguo Testamento sintieron: “¿Serán respondidos mis clamores?”. 

Alguien sí respondió. Pero la liberación definitiva de la injusticia se desarrollaría en una historia de dos partes (Jn 12:31Ap 14:7). Al centro, encontramos a Cristo en un monte; el segundo Adán, esperando en un huerto diferente (Getsemaní) en agonía anticipada por el juicio inmerecido que inevitablemente vendría de Su Padre (Lc 22:44). De todas las injusticias, la mayor y por mucho, tomó lugar en ese intercambio misterioso: día de juicio derramado sobre Cristo mientras Él compraba la gloria final para una nueva creación. El Viernes Santo arruina cada intento simplista de abordar la justicia de Dios. Ese día, la cruz de madera llevó a un clímax el cumplimiento de la promesa misericordiosa de Dios al primer Adán (Gn 3:15). 

Tres días más tarde, la resurrección de Cristo sentenció a la muerte y al diablo a la pena capital. Pablo le llamó a esa resurrección inaugural las “primicias” para los creyentes (1 Co 15:20-23). Si Cristo es las primicias [primer fruto], nosotros somos los “proximicios” [próximos frutos], esperando unirnos a la cosecha de resurrección al final de esta fase de la historia. 

Cristo nunca minimizó la realidad del injusto aguijón de la muerte (Jn 11:35-38), sino que sabiendo cómo culminaría Su dramática historia, ofrece el consuelo que soporta las injusticias temporales. Nuestra resurrección inevitable y nuestro nuevo hogar en los cielos nuevos y la tierra nueva, al fin redimirán esa primera y vieja injusticia en esta vieja tierra. Por ahora, la injusticia invade y permea el aire terrenal que respiramos. El sufrimiento y la tragedia deben ser tomados seriamente y manejados con sensibilidad y cuidado pastoral. Sin embargo, no encontraremos soluciones finales —ni nuestra esperanza final— en la tierra. El descanso final de la injusticia se hallará en un nuevo y eterno hogar. Repetimos “¿Hasta cuándo, oh SEÑOR?” mientras sabemos que nuestro Salvador justo y misericordioso construye nuestro nuevo hogar aun en el presente (Jn 14:3) para el acto final en ese día final.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Jared Oliphint
Jared Oliphint

Jared S. Oliphint es estudiante de doctorado en filosofía en la A&M University de Texas y estudiante de maestría en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia.