La gratitud en la oración

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Serie: Gratitud

La gratitud en la oración

John Blanchard

Nota del editor: Este es el último de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

nante e incurable, pero, por la sangre de Cristo, el perdón de los pecados es la cura de esta enfermedad”. 

Ninguno de nosotros experimentará circunstancias en las que no haya bendiciones por las cuales Dios merezca nuestra gratitud.

Después, David medita con gratitud en que Dios “rescata de la fosa [su] vida”; es decir, de los dolores indescriptibles del infierno. Esta redención eterna les asegura a los creyentes que “no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús” (Rom 8:1), certeza gloriosa por la que debemos estar eternamente agradecidos.

El rey suma a todo esto su gratitud porque Dios le asegura que Él lo “corona de bondad y compasión” y “colma de bienes [sus] años”, lo que confirma el testimonio previo de David de que “el bien y la misericordia [lo] seguirán todos los días de [su] vida” (Sal 23:6).

La acción de gracias de David en el Salmo 103 ahora traspasa los límites de su experiencia personal e incorpora el cuidado pactual de Dios de todos los creyentes. Él “hace justicia, y juicios a favor de todos los oprimidos”; Él es “compasivo y clemente… lento para la ira y grande en misericordia”, que es así de grande “como están de altos los cielos sobre la tierra”; Él se compadece “como un padre se compadece de sus hijos”. Todos estos beneficios están asegurados porque Dios “ha establecido Su trono en los cielos, y Su Reino domina sobre todo”. En el siglo XVII, el teólogo David Dickson identificó diecisiete de estos beneficios en este salmo.

El culto de oración semanal de mi iglesia local comienza con una lectura bíblica, que es seguida inmediatamente por un momento de alabanza y acción de gracias al Señor, patrón que refleja la exhortación del salmista: “Entrad por Sus puertas con acción de gracias, y a Sus atrios con alabanza. Dadle gracias, bendecid Su nombre” (Sal 100:4). Una y otra vez, el Apóstol Pablo nos insta a mezclar nuestras peticiones con alabanzas: debemos estar “dando siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios, el Padre” (Ef 5:20); no debemos estar afanosos, “antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios” (Flp 4:6); debemos perseverar “en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4:2); debemos dar “gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5:18).

En pocas palabras, debemos aprender a tener una actitud agradecida, incluso en los días más oscuros, sabiendo que aun estos están en las manos de Dios. Ninguno de nosotros experimentará circunstancias en las que no haya bendiciones por las cuales Dios merezca nuestra gratitud. Azotado por un tsunami personal en el que perdió a todos sus hijos y todo su ganado, Job “postrándose en tierra, adoró, y dijo: … bendito sea el nombre del Señor” (Job 1:20-21).

La escritora de himnos Frances Ridley Havergal, quien vivió en el siglo XIX, testificó en una ocasión: “Si pudiera escribir como quisiera sobre la bondad de Dios hacia mí, la tinta herviría en mi pluma”. En esta era digital, podría haber escrito: “¡Mi computadora colapsaría!”. Asumamos ese riesgo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Blanchard
John Blanchard

El Dr. John Blanchard es un predicador, profesor y apologista que vive en Banstead, Inglaterra. Es autor de varios libros, entre ellos Últimas preguntas y ¿Qué ha pasado con el infierno?

¿A Dios le importa?

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Serie: Dando una respuesta

¿A Dios le importa?

John Blanchard

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

En un debate en la Universidad de Oxford en 1998, Peter Atkins, entonces profesor de química física en el Lincoln College de dicha universidad, se burló de los teístas por creer que “hay algo allá afuera, algo desconocido allá arriba, a lo que tenemos que doblegarnos en todo momento». Esta era su manera de reflejar su fuerte ateísmo y, años más tarde, cuando se le pidió en televisión que diera su punto de vista sobre la existencia o no de Dios, contestó: «Bueno, es bastante sencillo, no hay ninguno». La pregunta «¿A Dios le importa?» es un sinsentido para los que están de acuerdo con Atkins.

Los deístas son diferentes. Ellos creen en la existencia de Dios, pero afirman que después de que Él creó el mundo, se alejó de este. Ellos ven a Dios como un encargado de mantenimiento que delimita un campo de fútbol y pone los arcos, luego observa el partido desde las gradas, sin apoyar a ningún equipo y sin interés alguno en el resultado. Específicamente, ellos niegan que a Dios le importen nuestras debilidades y fracasos, y que alguna vez podamos orar por Su ayuda.

Cuando pensamos en la manera en que a veces tratamos a Dios, Su cuidado infalible por nosotros es ciertamente asombroso.

La Biblia pinta un cuadro muy diferente, y las primeras pinceladas se dejan ver muy temprano. Después de que nuestros primeros padres deliberadamente le dieron la espalda a Dios  y arruinaron su relación con Él, las primeras palabras que Dios le dice a Adán fueron: “¿Dónde estás?”. Como Dios es omnisciente (Él lo sabe todo), esta era una pregunta retórica. Dios estaba dando a los primeros pecadores del mundo la oportunidad de confesar sus pecados y buscar Su perdón. Cuando ellos se rehusaron, Dios los castigó justamente pero al mismo tiempo mostró Su amoroso cuidado por la humanidad caída al prometer que aunque un nuevo y arruinado orden mundial se había establecido, Él enviaría a un Redentor para rescatar al hombre de su autoinfligido desastre, una promesa cumplida por el Señor Jesucristo, quien “vino al mundo para salvar a los pecadores”. (1 Tim 1:15; ver Gn 3:15).

El cuidado de Dios por Su pueblo, como nación y como individuos, corre como un hilo de plata a través del registro bíblico de la historia de la humanidad. Él le asegura a uno de los salmistas: “Porque en mí ha puesto Su amor, yo entonces lo libraré; lo exaltaré, porque ha conocido mi nombre. Me invocará, y le responderé; yo estaré con él en la angustia; lo rescataré y lo honraré” (Sal 91:14-15).

Luego de que Dios rescatara milagrosamente a Su pueblo de la esclavitud en Egipto, ellos pasaron cuarenta años vagando por el desierto en su camino hacia la tierra prometida. A pesar de su frecuente rebelión, Dios proveyó para todas sus necesidades. Tiempo después se les recordó que: “Por cuarenta años el Señor tu Dios ha estado contigo; nada te ha faltado” (Dt 2:7). Como otro escritor dijo: “En su angustia clamaron al Señor, y Él los libró de sus aflicciones” (Sal 107:6).

Una y otra vez, individuos testificaron del cuidado infalible de Dios. Un creyente rico llamado Job, atravesó un trauma horrible, incluyendo la pérdida repentina de todo su ganado, la muerte de sus diez hijos en una tormenta violenta, enfermedades espantosas  y desfiguraciones que le dejaron irreconocible. Todo esto lo llevó a clamar: “Mi espíritu está quebrantado, mis días extinguidos, el sepulcro está preparado para mí” (Job 17:1). Sin embargo, a pesar de que su fe fue severamente sacudida, nunca la perdió, y reconoció ante Dios: “Vida y misericordia me has concedido, y tu cuidado ha guardado mi espíritu (Job 10:12).

Uno de los profetas de Dios aseguró a sus oyentes que: “el Señor de los ejércitos ha visitado Su rebaño” (Zac 10:3), y David, el rey de Israel, cuya vida tuvo serios altibajos, testificó: “el Señor es mi pastor, nada me faltará” (Sal 23:1).

Cuando pensamos en la manera en que a veces tratamos a Dios, Su cuidado infalible por nosotros es ciertamente asombroso. No es de extrañar que David pregunte: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo del hombre para que lo cuides?” (Sal 8:4). Nunca seremos capaces de comprender plenamente la respuesta a esta pregunta, pero la verdad a la que apunta debería animarnos a responder con gratitud a esta promesa: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios… echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros” (1 Pe 5:6-7).

Una cosa más. La Biblia dice que la religión que es “pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre” incluye cuidar a “los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones” (Stg 1:27). Esta es la descripción abreviada de la Biblia respecto a nuestra responsabilidad de ayudar a satisfacer las necesidades de los pobres, los desposeídos, los desfavorecidos, los enfermos, los discapacitados, los que se sienten solos, los vulnerables y muchos otros cuyas necesidades son mucho mayores que las nuestras. A Dios sí le importa, y a nosotros también debería importarnos.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
John Blanchard
John Blanchard

El Dr. John Blanchard es un predicador, profesor y apologista que vive en Banstead, Inglaterra. Es autor de varios libros, entre ellos Últimas preguntas y ¿Qué ha pasado con el infierno?