Una era crucial

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Una era crucial

Por John D. Hannah

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Fue un siglo extraordinario. Lo que inició como la «Era de los mártires» bajo Diocleciano, culminó con el surgimiento del cristianismo como religión del Imperio. El futuro de la Iglesia pasó rápidamente del ámbito de lo marginado y perseguido a lo victorioso, de no tener estatus legal a ser la hegemonía religiosa. Y así comienzan catorce siglos de dominio de la fe cristiana en el mundo occidental

El triunfo del cristianismo

Como creía que el Imperio estaba en decadencia, Diocleciano se dispuso reformar el Estado. La historia ha demostrado que, a menudo, los dictadores vienen disfrazados de libertadores, apelando a las necesidades de las masas; y este fue el caso aquí. Diocleciano creó una monarquía absoluta engrandeciendo al senado y declarándose a sí mismo como monarca semidivino. Sus talentos organizacionales resultaron ser beneficiosos a medida que el Imperio era asegurado y se extendía geográficamente. Sin embargo, en el año 303 desató una brutal persecución contra los cristianos por no ofrecer sacrificios a los dioses. Los persiguió quemando iglesias y destruyendo libros cristianos. Esto alcanzó al clero en el 305, lo que trajo encarcelamiento, tortura y muerte.

Constantino intentó unir a la Iglesia y al Estado; la Iglesia fue concebida como una institución de utilidad pública. Se hicieron reparaciones por la destrucción de la propiedad cristiana durante las persecuciones; al clero le fueron dadas concesiones tributarias y autoridad judicial para decidir en litigios privados. El culto al emperador cesó, los dioses desaparecieron de las monedas y a los funcionarios públicos les fue prohibido presidir ritos paganos. Constantino destruyó templos paganos, recompensó a las ciudades que suprimieron la adoración pagana y prohibió los juegos de gladiadores. Se adoptó un calendario cristiano con el domingo como día santo.

La explicación del cristianismo
En la nueva era del dominio de la Iglesia por medio del apoyo del Estado, surgieron obispos poderosos. Muchos de los avances organizacionales de Diocleciano, como la división del Imperio en doce diócesis, fueron incorporados a la Iglesia, añadiendo complejidad y eficiencia a su estructura de gobierno. En este siglo surgieron obispos poderosos tales como Ambrosio de Milán (340-97), quien fue conocido por sus habilidades retóricas que tuvieron gran influencia en Agustín, en la música de la Iglesia y en el ideal monástico. Ambrosio también condenó la persecución de paganos cometida por Teodosio I en Tesalónica (390) y lo excomulgó. Jerónimo fue un gran erudito bíblico y monje (fundó un monasterio en Belén). Es mayormente conocido por su traducción de la Biblia desde las lenguas originales, bajo la dirección de Dámaso, obispo de Roma; la Vulgata Latina, la Biblia de la Edad Media. Juan Crisóstomo (345-407), que fue una vez patriarca de Constantinopla, fue un predicador elocuente y un reformador moral; ha sido llamado el expositor cristiano más grande de su época. Eusebio (c. 263-340), obispo de Cesarea, aunque manchado por su posición moderadamente arriana, fue un erudito y clérigo. Su Historia eclesiástica, la fuente principal de nuestro conocimiento de la Iglesia en los primeros siglos, le ha hecho merecedor del título de «Historiador de la Iglesia». Cirilo de Jerusalén (c. 315-86) fue un destacado pastor, escritor y catequista.

Uno de los mayores beneficios del nuevo protagonismo de la Iglesia en el Imperio fue que los asuntos teológicos podían ser discutidos con una base más extensa que en siglos anteriores. De hecho, los emperadores jugaron un rol para resolver asuntos que amenazaban la tranquilidad del Imperio. Los obispos a lo largo del Imperio podían reunirse a discutir y formular respuestas a preguntas complejas. Los académicos hablan de la «era ecuménica», un período de varias reuniones mundiales de obispos para desenredar problemas y redactar credos. Como resultado, los clérigos ayudaron a definir la fe ortodoxa. Ellos no inventaron la fe, sino que pudieron explicarla de manera que fuera recibida por todas las iglesias.

Una vez que la paz llegó a las iglesias, el emperador se interesó profundamente en el bienestar del cristianismo; los asuntos religiosos se convirtieron en preocupaciones para el Estado. El tema que dominó el siglo, la deidad de Jesucristo, se encuentra en el corazón de la fe cristiana. Los clérigos se habían empeñado por un tiempo en explicar la relación del Padre con el Hijo. ¿Cómo podría la Iglesia proclamar de manera creíble que Jesucristo es Dios y, al mismo tiempo, declarar que «Dios, el Señor uno es» (Dt 6:4)? Al extender la deidad al Salvador, el monoteísmo parecía estar bajo amenaza.

Cuando en el siglo IV cierto presbítero buscó explicar la relación del Padre con el Hijo, negando su igualdad absoluta, el escenario quedó preparado para una resolución. Arrio de Alejandría (c. 250-336) se enfrentó a su obispo. Fue condenado en un concilio local en el año 321, pero su visión dividió a los obispos y amenazó la armonía del mundo de Constantino. En consecuencia, Constantino convocó al primer concilio ecuménico, o mundial, de obispos de la Iglesia en Nicea (una residencia de verano cerca de la, aún por terminar, nueva capital Constantinopla). El emperador favoreció la posición de Atanasio (c. 296-373), reciente sucesor de Alejandro. Esto ayudó a determinar las conclusiones del concilio. Arrio negó la igualdad del Padre con el Hijo para evitar el modalismo (la posición que él pensaba que Atanasio sostenía); Atanasio negó la desigualdad entre el Padre y el Hijo (posición que él acusaba a Arrio de defender). Más de trescientos obispos se reunieron y condenaron las enseñanzas de Arrio. Atanasio y Constantino, entre otros, sintieron que la frase «de una sustancia con el Padre» expresaba la coigualdad del Padre y del Hijo.

En parte, las continuas tensiones fueron el resultado de diferencias lingüísticas. El occidente latino hacía una distinción entre los términos «persona» y «sustancia». Se podía hablar, tal como lo hizo Tertuliano el siglo anterior, de dos personas y una sustancia. El oriente griego veía ambos términos como sinónimos y acusaba al occidente de apoyar el modalismo. El apoyo aumentó para la visión adopcionista de Arrio (una visión que afirmaba la deidad del Salvador a costa de Su eternidad).

La obra monumental de los tres obispos de Capadocia (Basilio de Cesarea [c. 330-97]; Gregorio de Nacianzo [c. 329-89]; y Gregorio de Nisa [c. 330-95]), al desenredar la confusión lingüística, abrió el camino a un segundo concilio ecuménico. Convocado por Teodosio I en Constantinopla (381), este concilio afirmó y amplió el Credo Niceno. Se distinguieron los términos «sustancia» y «personas». El primero, se refiere a los atributos de Dios que son igualmente compartidos por el Padre y por el Hijo; el segundo, se refiere a funciones que destacan las distinciones no en tipo sino en función. Las distinciones dentro de la Deidad se relacionan con la redención de la creación.

Un corolario a la discusión de la relación entre el Padre y el Hijo fue la comprensión del Espíritu Santo. La pregunta que dominaba la insistencia de Atanasio en que Jesús es Dios era: «¿Cómo podría un ser inferior a la divinidad absoluta proveernos de la redención divina, la vida de Dios para el alma?». La pregunta concerniente al Espíritu Santo era: «¿Cómo podría un ser inferior a Dios traernos la santidad de Dios?». En Constantinopla, la Iglesia pudo articular la doctrina de la tri-unidad de Dios. Hablar de la Trinidad apropiadamente es hablar de Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios Espíritu Santo, el gran tres en uno. La doctrina de la Santísima Trinidad continuó sin ser cuestionada en las iglesias cristianas por más de un milenio. Este fue el mayor logro de la Iglesia del siglo IV. Los obispos no inventaron la doctrina de la igualdad del Padre y del Hijo, sino que nos dieron una explicación importante de lo que la Iglesia siempre confesó. Dios es uno y Jesucristo es Dios.

El concilio también abordó un tema que se resolvería en el siglo V en el Concilio de Calcedonia (451). En Nicea y en Constantinopla, la Iglesia luchó por explicar la relación preencarnada del Hijo con el Padre. Un tema relacionado con eso fue el siguiente: ¿Cuál es la relación entre la deidad y la humanidad de Cristo cuando Cristo se encarnó? La lucha por explicar estas cosas comenzó aquí, pero la explicación final llegaría más tarde.

Apolinar (c. 310-90), obispo de Laodicea, afirmó que Cristo fue siempre completamente Dios, pero estuvo dispuesto a denigrar Su humanidad para preservar la unicidad de Cristo. Él argumentaba que Cristo no poseía una mente o un alma humana; sino que en su ausencia, moraba la deidad. Cristo era verdaderamente Dios pero no verdaderamente hombre. Su visión acerca de Cristo fue condenada, pues se entendió que podía ser tan destructiva como la de Arrio.

Intemporalidad y cambio
¿Qué podemos aprender del siglo IV como ciudadanos del siglo XXI? Para los santos que soportaron las aterradoras purgas de Diocleciano, es importante estar consciente de que Dios es soberano tanto en los momentos más oscuros como en los momentos más agradables. Él está obrando Su gran e inalterable plan incluso cuando no podemos ver qué cosas buenas podrían salir de una tragedia. ¿Quién hubiera imaginado que la ira de Diocleciano era el último respiro del paganismo y que la Iglesia estaba siendo preparada para una era completamente nueva? Es bueno saber que las apariencias pueden no ser la realidad.

Sin embargo, hay un factor constante en el siglo IV que provee continuidad para todos los cristianos. El común denominador es la pasión de la Iglesia por definir y defender las doctrinas de los apóstoles. Cuando las persecuciones terminaron y la Iglesia se encontró en un ambiente favorable, se propuso inmediatamente a explicar las maravillas de su proclamación: la deidad absoluta de Jesucristo, la belleza del Salvador encarnado. ¿Por qué? En el corazón de la fe cristiana están las buenas nuevas de redención del pecado por medio de Uno que tomaría el lugar del pecador, cargando su culpa y satisfaciendo la deuda de la justa y eterna ira de Dios. Solo Dios podía hacer esto; el gran Juez de la humanidad fue juzgado por nosotros. Sin embargo, solamente un ser humano debía estar en lugar de los humanos; y a la vez tenía que ser perfecto. ¿Quién podía hacer eso? Aquel que es Dios y, al mismo tiempo, un hombre perfecto, el Señor Jesucristo.

Lo que debe estar en el centro o ser la preocupación de la Iglesia es siempre Cristo y Sus misericordias. Somos deudores de hombres y mujeres, clérigos y laicos, de este maravilloso siglo por modelar eso para nosotros. Nuestra oración es que Él se convierta en la preocupación central de la Iglesia en el siglo XXI.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John D. Hannah

El Dr. John D. Hannah es profesor y presidente del departamento de teología histórica del Seminario Teológico de Dallas, Texas.

Desenmascarando la herejía

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

Desenmascarando la herejía

Por John D. Hannah

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

Nuestros predecesores se habrían ahorrado mucho tiempo, esfuerzo y dolor si Dios nos hubiera dado un glosario de términos cuando se reveló a nosotros a través de las Escrituras. La Biblia no es una teología sistemática, con todas las preguntas difíciles, que nosotros podríamos exigirle, claramente respondidas en oraciones completas formando un bosquejo perfecto. En ciertas maneras, no es un libro fácil de entender.

Hay varias razones para esto. Primero, en el libro que nos dio, Dios se describe como incomprensible, más allá de nuestro entendimiento. Si bien Dios verdaderamente se ha revelado a Su pueblo, Él no ha querido revelarse completamente. Segundo, y estrechamente relacionado con la idea anterior, si bien Dios en Su gracia ha condescendido a hablarnos en símbolos lingüísticos que podemos entender, el lenguaje finito no es capaz de captar con precisión la realidad infinita. En tercer lugar, las mentes de los redimidos están deterioradas por el pecado remanente que se adhiere a todas nuestras facultades y lo continuará haciendo hasta que recibamos nuestros cuerpos nuevos en la resurrección final. Cuarto, el diablo y su séquito batallan contra la verdad, aprovechando cada instancia posible para pervertir nuestras mentes, distorsionar nuestros afectos y desviar nuestras voluntades.

Aceptamos muchas cosas porque Dios se ha revelado a nosotros por Su Espíritu, dando testimonio de la viva Palabra de Dios, Cristo, a través de las páginas de la Biblia. Si bien es difícil para la mente humana comprender estas cosas, afirmamos que es irracional creer lo contrario. Entre las verdades que son difíciles para los que no han conocido al Salvador es la naturaleza trinitaria de la Deidad, la Trinidad. Sin embargo, esta visión es la base sobre la cual se levanta el cristianismo. Si Dios no es trino, Él no es el Redentor, ya que la Biblia es clara en que uno solo es salvo a través de la obra trina de Dios (el Padre redimiendo, el Hijo comprando y el Espíritu aplicando por medio de Su morada; Ef 1:3-14). La verdad de que Jesucristo es Dios (Jn 1:1) es parte integral del mensaje del evangelio.

Pero ¿cómo puede alguien con coherencia racional creer la verdad de Deuteronomio 6:4 («El SEÑOR uno es») y la verdad de que Dios es tres (Mt 28:192 Co 13:14)? ¿Cómo expresar la singularidad de Dios y al mismo tiempo afirmar la pluralidad de Dios, Su unidad y Su trinidad? O, para exponer el problema con el que luchó la Iglesia primitiva, ¿cómo puede alguien confesar que Dios es uno y, sin embargo, confesar que Jesucristo es Dios? No es una pregunta fácil. Y aun así, los padres de la Iglesia primitiva entendieron que era esencial el encontrar una respuesta. Ignacio de Antioquía, un discípulo de Juan el apóstol, se refirió a Cristo con palabras tales como «Dios encarnado», «nuestro Dios» y «Dios manifestado como hombre» (Ignacio de Antioquía, «Carta a los efesios», caps. 7:2 y 19:3). Y Tertuliano (c. 160-225) acuñó el término trinidad al hablar de la Deidad de esta manera: «Si bien yo siempre mantengo una única sustancia en tres (personas) coherentes e inseparables, sin embargo estoy  obligado a reconocer… que Aquel que ordena es diferente de Aquel que ejecuta» (Contra Práxeas, 12).

Tomó tres siglos de discusión, avivada por críticos fuera de la Iglesia (que usaron el aparente dilema para atacar su credibilidad) y por maestros dentro (que enseñaron el error mientras pretendían defender la verdad) hasta llevar a la Iglesia a los concilios de Nicea (325) y de Constantinopla (381). En esas reuniones, nuestros antepasados resolvieron el problema al eliminar formas erróneas de definir la relación entre el Padre y el Hijo y al declarar la verdad en un credo.

La aparición de dos intentos erróneos de explicar la diversidad y la unidad en la Deidad condujo las cosas a una resolución. Una de ellas fue la enseñanza llamada adopcionismo o monarquianismo dinámico (este último término, acuñado por Tertuliano, se refiere a la singularidad de Dios, que Dios es uno). Esta visión planteaba la solución subordinando el Hijo al Padre. Los defensores del modalismo, como Pablo de Samósata y, más tarde, los arrianos, los socinianos y figuras del actual movimiento liberal dentro de la cristiandad, argumentaron que Jesucristo no posee una igualdad absoluta con el Padre. Más bien, debido a las habilidades, la moral y las ideas únicas de Jesús, Dios escogió honrarlo con el título «Hijo de Dios» (una designación no ontológica).

La influencia del modalismo presentó un peligro igual o incluso mayor para la salud de las iglesias porque varios obispos de Roma (papas) lo adoptaron en el siglo III. En un intento por preservar la verdad de la unidad de Dios, varios eclesiásticos enseñaron que los nombres de Dios expresan múltiples manifestaciones de Dios. Dios es uno y se revela a Sí mismo, no en varias personas, sino que se metamorfosea en la apariencia de uno o de otro, ya sea como Padre, como Hijo o como el Espíritu Santo. Tertuliano resumió la visión de Práxeas, declarando: «Es imposible creer en un solo Dios a menos que se diga que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la mismísima persona» (Contra Práxeas, 2).

La persona cuyo nombre en la práctica se identificó con el modalismo fue Sabelio de Pentápolis. Gregorio Nazianceno, el obispo de Constantinopla del siglo IV, criticó a Sabelio diciendo: «Porque tampoco el Hijo es el Padre, porque el Padre es Uno, pero el Hijo es lo que el Padre es; tampoco el Espíritu es el Hijo porque Él es de Dios, porque solo hay un Hijo: el Unigénito; pero el Espíritu es lo que el Hijo es. Los tres son Uno con respecto a la Divinidad, y el Uno es tres respecto a Sus características» (Los cinco discursos teológicos, 5.9).

Mientras la posición adopcionista, que fue condenada en el Sínodo de Antioquía en el año 269 d. C., parecía preservar la unidad de la Divinidad denigrando la deidad de Cristo, la visión modalista exageró la unidad de la Divinidad, destruyendo el carácter distintivo de las personas en Ella.

La persecución romana del cristianismo terminó a principios del siglo IV. La defensa del cristianismo y la tranquilidad en el imperio se volvieron tan importantes que el emperador Constantino convocó al primer gran consejo en la historia de la Iglesia para resolver la controversia sobre la relación entre el Padre y el Hijo. De los obispos que se reunieron en Nicea, cerca de Constantinopla, tres partes se hicieron evidentes: los que temían el adopcionismo, los que temían el modalismo y una mayoría que no parecía haber comprendido la gravedad de los problemas.

El Credo Niceno del 325 no acabó con el acalorado conflicto. Atanasio sintió que era un golpe mortal para cualquier intento de subordinar el Hijo al Padre pero otros pensaron que permitía el error del modalismo. En consecuencia, la controversia continuó en la Iglesia durante décadas, hasta el Concilio de Constantinopla (381 d. C.). Allí, con las definiciones cuidadosamente elaboradas por los eclesiásticos, la relación de las tres personas divinas fue finalmente aclarada. Se estableció que la Divinidad era una en esencia, una comunidad compartida de características a las que llamamos los atributos de Dios. Además, tres personas distintas comparten este fondo de atributos comunes y lo comparten por igual. Por lo tanto, es apropiado hablar de la Deidad como compuesta por Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo.

Aun así, la explicación modalista de Jesucristo no se extinguió con el rechazo por parte de la Iglesia en el siglo IV. El «padre del liberalismo moderno», Friedrich Schleiermacher (1768-1834), explicó la Trinidad como una manifestación múltiple de la conciencia de Dios; él rechazó la noción de distintas personas en la Deidad. Incluso hoy en día, la Iglesia Pentecostal Unida niega la existencia de las tres personas en la Deidad.

En última instancia, los enfoques modalistas de la Trinidad de Dios convierten la Biblia en un caos. El uso de frases tales como «Hagamos» en la narrativa de la creación indica la pluralidad de número en la Divinidad. Además, en el bautismo de Cristo, Dios habla desde el cielo y dice: «Este es mi Hijo amado». No dijo: «Me estoy hablando a Mí mismo». El modalismo hace a Dios un esquizofrénico furioso. Sin embargo, una lectura cuidadosa de tales pasajes de la Biblia nos lleva a creer que hay distintas personas en la Deidad. Este entendimiento de las Escrituras es un precioso legado de nuestros padres de la Iglesia primitiva.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John D. Hannah
John D. Hannah

El Dr. John D. Hannah es profesor y presidente del departamento de teología histórica del Seminario Teológico de Dallas, Texas.