Una trampa mortal llamada codicia

JUNIO, 25

Una trampa mortal llamada codicia

Devocional por John Piper

Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. (1 Timoteo 6:9)

La codicia puede destruir el alma en el infierno.

La razón por la que estoy seguro que esta destrucción no es ningún fiasco financiero temporal, sino la destrucción final en el infierno, es lo que Pablo dice en el versículo 12: debemos resistir contra la codicia en la batalla de la fe. Luego añade: «Echa mano de la vida eterna a la cual fuiste llamado, y de la que hiciste buena profesión». Lo que está en juego al huir de la codicia y luchar por contentamiento en la gracia venidera, es la vida eterna.

Por lo tanto, cuando Pablo dice en 1 Timoteo 6:9 que el deseo de enriquecerse hunde a las personas hasta la ruina, no está queriendo decir que la avaricia puede destruir su matrimonio o su negocio (¡que es algo que seguramente pueda hacer!). Lo que está queriendo decir es que la codicia puede arruinar su eternidad. O como dice el versículo 10 hacia el final: «el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores» (literalmente, «se atravesaron a ellos mismos con muchos dolores»).

Dios ha ido una milla extra en la Biblia para advertirnos, en su misericordia, que idolatrar la codicia nos lleva inevitablemente a perder. Es un callejón sin salida, en el peor sentido de la frase. Es un truco y una trampa.

Por eso, mi consejo es 1 Timoteo 6:11: «huye de estas cosas». Cuando la veamos venir (en una publicidad televisiva, en un catálogo, en Internet o en lo que compra el vecino), huyamos del mismo modo que huiríamos de un león rugiente y hambriento que acaba de escapar del zoológico.

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Puedo contentarme en todas las cosas

JUNIO, 24

Puedo contentarme en todas las cosas

Devocional por John Piper

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4:13)

La provisión diaria de la gracia venidera de Dios hacía que Pablo pudiera estar saciado o hambriento, prosperando o sufriendo, en abundancia o en pobreza.

«Todo lo puedo» realmente significa «todo lo puedo», y no tan solo lo que es fácil. «Todo» significa que en Cristo sé vivir con hambre, en sufrimiento y en necesidad. Así, podemos ver la maravillosa promesa del versículo 19 en su contexto apropiado: «Y mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús».

¿Qué significa «todas vuestras necesidades» en vista de Filipenses 4:19? Significa «todo lo que necesitamos para tener el contentamiento que glorifica a Dios». El amor de Pablo por los filipenses surgía de su contentamiento en Dios, y su contentamiento surgía de su fe en la gracia venidera de la infalible provisión de Dios.

Entonces, es obvio que la codicia es exactamente lo contrario de la fe: es la pérdida del contentamiento en Cristo lo que hace que comencemos a desear otras cosas para satisfacer los anhelos de nuestro corazón. Y no hay duda de que la batalla contra la codicia es una batalla contra la incredulidad y por la fe en la gracia venidera.

Cuando sintamos que la codicia aumenta en lo más mínimo en nuestro corazón, debemos cerrarle el paso y luchar contra ella con todas nuestras fuerzas, haciendo uso de las armas de la fe.

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La fe honra a aquel en quien confía

JUNIO, 23

La fe honra a aquel en quien confía

Devocional por John Piper

Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios. (Romanos 4:20)

Anhelo que Dios sea glorificado en nuestra búsqueda de santidad y amor; pero Dios no es glorificado a menos que nuestra búsqueda sea enriquecida por la fe en sus promesas.

Y el Dios que se reveló plenamente en Jesucristo, quien fue crucificado por nuestros pecados y resucitado por nuestra justificación (Romanos 4:25), es más glorificado cuando abrazamos sus promesas con firmeza y gozo, porque estas fueron compradas por la sangre de su Hijo.

Dios recibe honra cuando somos humillados por nuestras debilidades y fracasos, y cuando confiamos en que recibiremos de él gracia venidera (Romanos 4:20). Por lo tanto, a no ser que aprendamos a vivir por fe en la gracia para el futuro, los actos religiosos extraordinarios que podamos llevar a cabo no son para la gloria de Dios.

Él recibe la gloria cuando el poder para ser santos proviene de una fe humilde en la gracia venidera.

Martí?n Lutero dijo: «[La fe] honra a aquel en quien confía? con el respeto más grande y reverente, ya que lo considera veraz y confiable». El Dador en quien confiamos recibe la gloria.

Mi gran deseo es que aprendamos a vivir para la honra de Dios; y esto significa vivir por la fe en la gracia venidera, lo cual, a su vez, implica luchar contra la incredulidad cada vez que se revele.

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Cómo debemos luchar por la santidad

JUNIO, 22

Cómo debemos luchar por la santidad

Devocional por John Piper

Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. (Hebreos 12:14)

Hay una santidad práctica sin la cual no veremos al Señor. Muchos viven como si esto no fuera cierto.

Hay cristianos profesantes que viven vidas tan contrarias a la santidad, que un día escucharán las terribles palabras de Jesús: «Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad» (Mateo 7:23). Pablo le dice a creyentes profesantes: «si viví?s conforme a la carne, moriréis» (Romanos 8:13).

Así que hay una santidad sin la cual nadie verá al Señor. Aprender a luchar por esa santidad mediante la fe en la gracia venidera es sumamente importante.

Existe otra manera de buscar la santidad que resulta contraproducente y nos conduce a la muerte. Los apóstoles nos advierten que no sirvamos a Dios de ninguna otra manera que no sea por fe en la gracia de Dios, que nos capacita.

Por ejemplo, Pedro dice: «el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo» (1 Pedro 4:11). Y Pablo dice: «no me atreveré a hablar de nada sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí?» (Romanos 15:18; ver también 1 Corintios 15:10).

Momento tras momento, la gracia llega a capacitarnos para llevar a cabo «toda buena obra» que Dios nos asigne. «Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para vosotros, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abundéis para toda buena obra» (2 Corintios 9:8).

La batalla por las buenas obras es la lucha para creer en esta gracia venidera.

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La satisfacción que derrota al pecado

JUNIO, 21

La satisfacción que derrota al pecado

Devocional por John Piper

Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. (Juan 6:35)

Lo que necesitamos ver en este pasaje es que la esencia de la fe es estar satisfecho en todo lo que Dios es para nosotros en Cristo.

Tal declaración hace énfasis en dos cosas. La primera es que la fe está centrada en Dios. No son meramente las promesas de Dios lo que nos satisface; es todo lo que Dios mismo es para nosotros. La fe abraza a Dios —no tan solo los regalos que él promete— como nuestro tesoro.

La esperanza de la fe descansa no solo en las mansiones que tendremos en la vida eterna, sino en el hecho de que Dios estará allí (Apocalipsis 21:3). Incluso ahora, lo que la fe abraza con más fervor no es tan solo la realidad de que nuestros pecados fueron perdonados (por muy preciosa que esa realidad sea), sino también la presencia del Cristo vivo en nuestro corazón y la plenitud de Dios mismo (Efesios 3:17-19).

Lo segundo en lo que se hace énfasis al definir la fe como estar satisfecho en todo lo que Dios es para nosotros es el término satisfacción. La fe es lo que sacia la sed del alma en la fuente de Dios. En Juan 6:35, vemos que creer quiere decir venir a Jesús para comer y beber el «pan de la vida» y el «agua viva» (Juan 4:10,14), que son nada más y nada menos que Jesús mismo.

He aquí el secreto del poder de la fe para quebrar la fuerza esclavizadora de las atracciones pecaminosas. Si el corazón está satisfecho en todo lo que Dios es para nosotros en Jesús, el poder del pecado para apartarnos de la sabiduría de Cristo está destruido.

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La gracia es perdón ¡y poder!

JUNIO, 20

La gracia es perdón… ¡y poder!

Devocional por John Piper

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana; antes bien he trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí. (1 Corintios 15:10)

La gracia no es simplemente lenidad cuando hemos pecado. La gracia es el regalo de Dios que nos capacita para no pecar. La gracia es poder, no solo perdón.

Lo vemos claramente, por ejemplo, en 1 Corintios 15:10, donde Pablo describe la gracia como el poder que nos capacita para hacer su obra. No es simplemente el perdón de los pecados, es el poder para perseverar en obediencia.

Por lo tanto, nuestros esfuerzos por obedecer a Dios no son hechos en nuestras propias fuerzas, sino «por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado» (1 Pedro 4:11). Es la obediencia de la fe.

Pablo lo confirma en 2 Tesalonicenses 1:11-12 al llamar a nuestros actos de bondad «obras de fe» y al decir que la gloria que estas obras traen a Jesús es «conforme a la gracia de nuestro Dios», ya que las llevamos a cabo «con [su] poder»:

«Con este fin también nosotros oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os considere dignos de vuestro llamamiento y cumpla todo deseo de bondad y la obra de fe, con poder, a fin de que el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en Él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.»

La obediencia que agrada a Dios es fruto del poder de la gracia de Dios por medio de la fe. La misma dinámica opera en cada etapa de la vida cristiana. El poder de la gracia de Dios que salva por medio de la fe (Efesios 2:8) es el mismo poder de la gracia de Dios que santifica por medio de la fe.

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La ofensa de temer al hombre

JUNIO, 19

La ofensa de temer al hombre

Devocional por John Piper

Entonces Saúl dijo a Samuel: He pecado; en verdad he quebrantado el mandamiento del Señor y tus palabras, porque temí al pueblo y escuché su voz. (1 Samuel 15:24)

¿Por qué Saúl obedeció al pueblo en lugar de a Dios? Porque temí?a al pueblo en lugar de a Dios. Temí?a las consecuencias humanas de la obediencia más de lo que temí?a las consecuencias divinas del pecado. Temía desagradar al pueblo más de lo que temía desagradar a Dios. Eso es un gran insulto a Dios.

De hecho, Isaí?as dijo que tener miedo de lo que el hombre pueda hacer, al mismo tiempo que hacemos caso omiso de las promesas de Dios, es una clase de orgullo. Él cita a Dios con esta pregunta penetrante: «Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú que temes al hombre mortal, y al hijo del hombre que como hierba es tratado? ¿Has olvidado al Señor, tu Hacedor?» (Isaí?as 51:12-13).

Puede que el temor al hombre no se sienta como orgullo, pero eso es lo que Dios dice que es: «¿Quién crees que eres para temer al hombre y olvidarme a mí, tu Hacedor?».

El punto es el siguiente: si tememos al hombre, hemos comenzado a negar la santidad y el valor de Dios y de su Hijo Jesús. Dios es infinitamente más fuerte. Es infinitamente más sabio e infinitamente más lleno de galardones y gozo.

Darle la espalda por temor a lo que el hombre pueda hacer es pasar por alto todo lo que Dios promete ser para los que le temen. Es un gran insulto. Y en tal insulto Dios no puede complacerse.

Por otra parte, cuando escuchamos las promesas y confiamos en él con valentí?a, temiendo la deshonra que nuestra incredulidad trae a Dios, entonces él es honrado en gran manera, y en ello se complace.

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Cómo interceder por los no creyentes

JUNIO, 18

Cómo interceder por los no creyentes

Devocional por John Piper

Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es para su salvación.(Romanos 10:1)

Pablo ora pidiendo que Dios convierta a Israel. ¡Él ora por su salvación! No ora por tener sobre ellos una influencia infructuosa, sino eficaz. Así es como deberíamos orar también nosotros.

Debemos tomar las promesas de Dios del nuevo pacto e interceder a Dios para que las cumpla en nuestros hijos y vecinos, y en todos los campos misioneros del mundo.

Dios, quita de su carne el corazón de piedra y otórgales un nuevo corazón de carne (Ezequiel 11:19). ¡Circuncida su corazón para que te amen! (Deuteronomio 30:6). Padre, pon tu Espí?ritu dentro de ellos y hazlos caminar en tus estatutos (Ezequiel 36:27). Concédeles el arrepentimiento y el conocimiento de la verdad para que escapen del lazo del diablo (2 Timoteo 2:25-26). ¡Abre su corazón para que crean el evangelio! (Hechos 16:14).

Cuando creemos en la soberanía de Dios —es decir, en el derecho y poder de Dios para elegir y después traer a los pecadores endurecidos a la fe y la salvación— entonces seremos capaces de orar sin contradicciones y con grandes promesas bí?blicas por la conversión de los que están perdidos.

Dios se deleita en este tipo de oración porque le atribuye a él el derecho y el honor de ser el Dios libre y soberano que él es en la elección y la salvación.

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El tipo de oración que le agrada a Dios

JUNIO, 17

El tipo de oración que le agrada a Dios

Devocional por John Piper

Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra. (Isaí?as 66:2)

La primera marca de un corazón recto es que tiembla ante la Palabra del Señor.

Isaí?as 66 lidia con el problema de que algunas personas adoran a Dios de una manera que a él le agrada y que otras lo adoran de una manera que no le agrada. El versículo siguiente describe al malo que le presenta sacrificios: «El que mata un buey escomo el que mata a un hombre, el que sacrifica un cordero como el que desnuca un perro». Sus sacrificios son abominación a Dios: van a la par con un asesinato. ¿Por qué?

En el versículo 4 Dios explica: «Porque llamé, mas nadie respondió, hablé, mas no escucharon». Sus sacrificios eran abominación a Dios porque el pueblo no prestaba oídos a su voz. Pero ¿qué hay de aquellos cuyas oraciones Dios escuchaba? Dios dice en el versículo 2: «Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra».

Por consiguiente, concluyo que la primera marca de los justos, cuyas oraciones son una delicia para Dios, es que tiemblan ante la Palabra de Dios. Esas son las personas a quienes el Señor mirará.

Por lo tanto, la oración del recto que agrada a Dios viene de un corazón que en un principio se siente frágil en la presencia de Dios. Tiembla al oír la Palabra de Dios, porque se siente tan lejos del ideal de Dios, tan vulnerable a su juicio, tan indefenso y arrepentido por sus fallas.

Eso es justamente lo que dijo David en Salmos 51:17: «Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito;
al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás». Lo primero en la oración aceptable delante de Dios es el quebranto y la humillación de la persona que ora.

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Sirvamos a Dios con nuestra sed

JUNIO, 16

Sirvamos a Dios con nuestra sed

Devocional por John Piper

Por eso, ya sea presentes o ausentes, ambicionamos serle agradables. (2 Corintios 5:9)

¿Qué tal si descubrimos (como le ocurrió a los fariseos) que hemos dedicado toda la vida en tratar de agradar a Dios, pero todo el tiempo hemos estado haciendo lo que a los ojos de Dios era abominación? (Lucas 16:14-15)

Alguien podría decir: «No creo que eso sea posible, Dios no rechazaría a una persona que ha tratado de agradarle». ¿Se dan cuenta de lo que esta persona está preguntando? Ha basado su convicción acerca de lo que agrada a Dios en su propia idea de cómo es Dios. Precisamente por eso, debemos comenzar por el carácter de Dios.

Dios es un manantial en la montaña, no un estanque. El manantial se renueva naturalmente, se desborda y abastece a otros de continuo; mientras que a un estanque hace falta llenarlo con una bomba o cubetas de agua.

Si queremos exaltar el valor de un estanque, tendremos que trabajar arduamente para mantenerlo lleno y en funcionamiento. Por el contrario, si queremos exaltar el valor de un manantial, lo que haremos es arrodillarnos con manos y pies en el suelo y beberemos hasta que nuestro corazón quede satisfecho, y hasta conseguir el refrigerio y las fuerzas que necesitamos para descender por el valle e ir a contar a otros lo que hemos encontrado.

Mi esperanza como pecador desesperado, depende de esta verdad bíblica: que Dios es el tipo de Dios que se deleita con lo único que puedo ofrecerle —mi sed—. Es por eso que la libertad soberana de Dios y su autosuficiencia son tan preciosas para mí: son el fundamento de mi esperanza de que Dios no se deleita en la inventiva de recursos como bombas y cubetas, sino en pecadores quebrantados que se arrodillan con manos y pies en el suelo para beber de la fuente de gracia.

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