Lo que enorgullece a Dios

JUNIO, 04

Lo que enorgullece a Dios

Devocional por John Piper

Pero en realidad, anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad. (Hebreos 11:16)

Anhelo mucho que Dios me diga lo que dijo de Abraham, Isaac y Jacob: «No me avergüenzo de ser llamado Dios de ellos».

Así de arriesgado como suena, ¿acaso esto no significa que Dios en verdad podría sentirse «orgulloso» de ser llamado mi Dios? Afortunadamente esta maravillosa posibilidad se encuentra rodeada (en Hebreos 11:16) de razones: una antes y una después.

Consideremos primero la que viene después: «Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad».

La primera razón que él da por la que no se avergüenza de ser llamado su Dios es que ha hecho algo por ellos. Les preparó una ciudad: la ciudad celestial «cuyo arquitecto y constructor es Dios» (versículo 10). Por lo tanto, la primera razón por la que él no se avergüenza de ser llamado su Dios es que ha hecho una obra para ellos, no al revés.

Ahora pasemos a la razón que él da antes. Dice así: «Anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos».

El «por lo cual» indica que se acaba de dar una razón de por qué Dios no está avergonzado. La razón es el deseo de ellos. Anhelan una patria mejor, es decir, una patria mejor que la terrenal en la que viven: una patria celestial.

Cuando deseamos esa ciudad más de lo que deseamos todo lo que este mundo pueda ofrecernos, Dios no se avergüenza de ser llamado nuestro Dios. Cuando damos una gran importancia a todo lo que él promete ser para nosotros, él se enorgullece de ser nuestro Dios. Esa es una buena noticia.

Por lo tanto, abramos nuestros ojos hacia la mejor la patria, la ciudad de Dios, y deseémosla con todo nuestro corazón. Dios no se avergonzará de ser llamado nuestro Dios.

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Fe para lo imposible

JUNIO, 03

Fe para lo imposible

Devocional por John Piper

Se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo. (Romanos 4:20-21)

Pablo tiene en mente una razón especial al decir que la fe glorifica la gracia venidera de Dios. Dicho de forma sencilla, esta fe que glorifica a Dios es una confianza —con miras hacia el futuro— en la integridad y el poder y la sabiduría de Dios para cumplir todas sus promesas.

Pablo ilustra esta fe recordándonos la respuesta de Abraham a la promesa de Dios de que sería padre de muchas naciones. En Romanos 4:18, dice: «Él creyó en esperanza contra esperanza», es decir, tuvo fe en la gracia venidera de la promesa de Dios.

Y sin debilitarse en la fe contempló su propio cuerpo, que ya estaba como muerto puesto que tenía como cien años, y la esterilidad de la matriz de Sara; sin embargo, respecto a la promesa de Dios, Abraham no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo (Romanos 4:19-21).

La fe de Abraham fue una fe en la promesa de Dios de hacerlo padre de muchas naciones. Esta fe glorificó a Dios porque estaba centrada en todos los recursos de Dios necesarios para cumplirla.

Abraham era demasiado viejo para tener hijos, y Sara era estéril. No solo eso: ¿Cómo un hijo o dos podrían llegar a ser las «muchas naciones» que Dios le había dicho a Abraham que le daría por descendencia? Todo parecía totalmente imposible.

Por lo tanto, la fe de Abraham glorificó a Dios porque él estaba plenamente convencido de que Dios podía hacer lo imposible y de hecho lo haría.

¿Quiénes son los hijos de Abraham?

JUNIO, 02

¿Quiénes son los hijos de Abraham?

Devocional por John Piper

En ti serán benditas todas las familias de la tierra. (Génesis 12:3)

Ustedes quienes tienen su esperanza en Cristo y lo siguen en la obediencia a la fe son descendientes de Abraham y herederos de las promesas de su pacto.

Dios le dijo a Abraham en Génesis 17:4: «En cuanto a mí, he aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de multitud de naciones». Sin embargo, Génesis deja en claro que Abraham no fue padre de una multitud de naciones en un sentido físico o político. Por lo tanto, es probable que el significado de la promesa de Dios fuera que una multitud de naciones de alguna namera disfrutaría de las bendiciones de ser hijo aunque no tuvieran un vínculo sanguíneo con Abraham.

No hay duda de que eso es lo que Dios quiso decir en Génesis 12:3 cuando le dijo a Abraham: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra». Desde el principio, Dios tuvo en mente que Jesucristo sería descendiente de Abraham y que todo el que creyera en Cristo se convertiría en un heredero de la promesa de Abraham.

Por eso es que Gálatas 3:29 dice: «Si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa».

Por lo tanto, cuando Dios le dijo a Abraham 4000 años atrás: «He aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de multitud de naciones», estaba abriendo el camino para que cualquiera de nosotros, sin importar a qué nación pertenezca, pueda convertirse en hijo de Abraham y heredero de las promesas de Dios. Todo lo que tenemos que hacer es tener la misma fe de Abraham —es decir, depositar nuestra esperanza en las promesas de Dios al punto que, si la obediencia lo requiere, podamos renunciar a nuestra posesión más preciada del mismo modo que Abraham entregó a Isaac—.

No nos volvemos herederos de las promesas de Abraham por servir a Dios sino por confiar en que Dios obra a nuestro favor: « [Abraham] se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo» (Romanos 4:20). Por eso es que Abraham pudo obedecer a Dios incluso cuando la obediencia se veía como un callejón sin salida. Confiaba en que Dios haría lo imposible.

La fe en las promesas de Dios —o como diríamos hoy en día, la fe en Cristo, quien es la confirmación de las promesas de Dios— es la forma de convertirse en un hijo de Abraham. La obediencia es la evidencia de que la fe es genuina (Génesis 22:12-19). Esa es la razón por la que Jesús dice en Juan 8:39: «Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais».

Los hijos de Abraham son las personas de todas las naciones que ponen su esperanza en Cristo y, como Abraham en el monte Moriah, por tanto no permiten que su posesión terrenal más preciada les impida obedecer.

Ustedes quienes tienen su esperanza en Cristo y lo siguen en la obediencia a la fe son descendientes de Abraham y herederos de las promesas de su pacto.

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La fe que magnifica la gracia

JUNIO, 01

La fe que magnifica la gracia


Devocional por John Piper

No hago nula la gracia de Dios. (Gálatas 2:21)

Una vez cuando era pequeño y estaba en la playa, perdí el punto de apoyo en la resaca entrando al mar. Sentí como que iba a ser arrastrado al medio del océano en un instante.

Fue algo aterrador. Intenté buscar la forma de salir a flote y de orientarme. Pero no lograba que el pie hiciera contacto con el suelo y la corriente era demasiado fuerte para nadar. De todos modos no era un buen nadador.

En medio del pánico, solo pude pensar en una cosa: ¿Habrá alguien que pueda ayudarme? Pero ni siquiera podía pedir ayuda estando bajo el agua.

Cuando sentí que la mano de mi padre me tomaba por el brazo con una fuerza increíble, experimenté la sensación más maravillosa del mundo. Me rendí por completo y me dejé dominar por su fuerza. Disfruté ser levantado por él, según su voluntad. No puse resistencia.

Ni siquiera se me ocurrió tratar de mostrar que las cosas no estaban tan mal, o de añadir mi fuerza a la del brazo de mi padre. Todo lo que pensé fue: ¡Sí! ¡Te necesito! ¡Gracias! ¡Amo tu fuerza, tu iniciativa, tu forma de tomarme del brazo! ¡Eres asombroso!

En ese espíritu de rendición ante la muestra de afecto, uno no puede jactarse. A esa rendición al amor yo llamo «fe». Mi padre fue la encarnación de la gracia venidera por la que imploraba bajo el agua. Esta es la fe que magnifica la gracia.

Al meditar en cómo vivir la vida cristiana, el pensamiento preponderante debería ser: ¿cómo puedo magnificar la gracia de Dios en lugar de anularla? Pablo contesta esa pregunta en Gálatas 2:20-21: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios».

¿Por qué la vida de Pablo no anulaba la gracia de Dios? Porque vivía por fe en el Hijo de Dios. La fe dirige toda nuestra atención hacia la gracia y la magnifica en lugar de anularla.

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La ganancia de servir a Dios

MAYO, 31

La ganancia de servir a Dios

Devocional por John Piper

Pero serán sus siervos para que aprendan la diferencia entre servirme a mí y servir a los reinos de los países. (2 Crónicas 12:8)

Servir a Dios es totalmente diferente que servir a cualquier otra persona.

Dios es extremadamente celoso de que entendamos esto —y que lo disfrutemos—. Por ejemplo, nos manda: «Servid al Señor con alegría» (Salmos 100:2). Hay una razón para sentir esta alegría, y se encuentra en Hechos 17:25: « [Dios] no es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas».

Lo servimos con alegría porque no cargamos con la responsabilidad de suplir sus necesidades. Al contrario, nos regocijamos en un servicio en el que él suple nuestras necesidades. Servir a Dios siempre significa recibir gracia de Dios.

Para mostrar cuán celoso es Dios de que comprendamos esto y nos gloriemos en ello, observemos la historia en 2 Crónicas 12. Roboam, el hijo de Salomón, quien gobernó el reino del sur luego de la rebelión de las diez tribus, «abandonó la ley del Señor» (12:1). Escogió no servir al Señor y servir a otros dioses y otros reinos. El castigo de Dios fue enviar a Sisac, el rey de Egipto, a subir contra Roboam con mil doscientos carros y sesenta mil hombres a caballo (12:3).

En su misericordia, Dios envió al profeta Semaías a darle a Roboam el siguiente mensaje: «Así dice el Señor: “Vosotros me habéis abandonado, por eso también yo os abandono en manos de Sisac”» (12:5). El feliz resultado de tal mensaje fue que Roboam y sus príncipes se humillaron arrepentidos y dijeron: «Justo es el Señor» (12:6).

Cuando el Señor vio que se habían humillado, dijo: «Se han humillado; no los destruiré, sino que les concederé cierta libertad y mi furor no se derramará sobre Jerusalén por medio de Sisac» (12:7). Pero la disciplina fue: «Pero serán sus siervos para que aprendan la diferencia entre servirme a mí y servir a los reinos de los países» (12:8).

El punto es claro: servir a Dios es un regalo y una bendición y una fuente de gozo y un beneficio.

Por eso digo con tanto celo que la alabanza del domingo por la mañana y la alabanza de la obediencia cotidiana no son en el fondo un servicio gravoso a Dios sino un recibir con gozo de parte de Dios.

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Algo para gloriarse

MAYO, 30

Algo para gloriarse

Devocional por John Piper

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe. (Efesios 2:8)

El Nuevo Testamento establece una correlación entre la fe y la gracia para dejar en claro que no nos podemos jactar de lo que la gracia sola logra.

Uno de los ejemplos más conocidos dice: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe» (Efesios 2:8). Por gracia, por medio de la fe. Existe una correlación que protege la libertad de la gracia.

La fe es el acto del alma que nos lleva a alejarnos de nuestras propias carencias y a buscar los recursos libres y absolutamente suficientes de Dios. La fe se centra en la libertad de Dios para conceder gracia a los indignos; confía en la abundancia de Dios.

Por consiguiente, la fe, por su propia naturaleza, anula la jactancia y se ajusta a la gracia. Dondequiera que la fe mire, ve la gracia detrás de todo acto digno de elogio. Así que no podemos jactarnos, excepto en el Señor.

Por eso Pablo, después de decir que la salvación es por gracia por medio de la fe, agrega: «Y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). La fe no puede gloriarse en la bondad o competencia o sabiduría humanas, porque la fe se enfoca en la gracia libre y abundante de Dios, que satisface todas nuestras necesidades. Toda bondad que la fe ve, la ve como fruto de la gracia.

Cuando la fe observa nuestra «sabiduría de Dios, justificación y santificación y redención», declara: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor» (1 Corintios 1:30-31).

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Cuando Dios va en contra de su voluntad

MAYO, 29

Cuando Dios va en contra de su voluntad

Devocional por John Piper

Pero ellos no escucharon la voz de su padre, porque el Señor quería que murieran. (1 Samuel 2:25)

Este pasaje tiene tres implicaciones para nuestra vida.

1) Es posible pecar tanto y de manera tan grave que el Señor no conceda arrepentimiento.

Es por eso que Pablo dijo que después de toda nuestra súplica y enseñanza, «por si acaso Dios les da el arrepentimiento»; no dijo «y Dios les dará el arrepentimiento» (2 Timoteo 2:25). Existe un «demasiado tarde» en la vida de pecado, como nos muestra Hebreos 12:17 respecto de Esaú: «No halló ocasión para el arrepentimiento, aunque la buscó con lágrimas». Fue rechazado; no pudo arrepentirse.

Esto no significa que aquellos que tienen un arrepentimiento genuino, aun después de toda una vida de pecado, no puedan ser salvos. Ciertamente pueden ser salvos, ¡y lo serán! Dios es asombrosamente misericordioso. Observe al ladrón en la cruz: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43).

2) Dios podría no permitir que un pecador hiciera lo correcto.

«Pero ellos no escucharon la voz de su padre, porque el Señor quería que murieran». Escuchar la voz de su padre era lo correcto pero ellos no lo hicieron. ¿Por qué? «Porque el Señor quería que murieran».

La razón por la que no obedecieron a su padre era que Dios tenía otros propósitos para ellos, y los había entregado al pecado y a la muerte. Esto demuestra que en algunos casos la voluntad del decreto de Dios es distinta de la voluntad de Dios revelada en el mandamiento.

3) A veces nuestras oraciones pidiendo que se haga la voluntad revelada de Dios no hallan respuesta porque Dios ha determinado hacer algo distinto según sus santos y sabios propósitos.

Yo supongo que Elí oraba para que sus hijos cambiaran. Es así como él habrá orado. Pero Dios había determinado que Ofni y Finees no obedecieran, sino que murieran.

Cuando algo así sucede (lo cual generalmente no podemos saber de antemano) mientras estamos clamando a Dios por un cambio, la respuesta de Dios no es: «No te amo». Más bien, su respuesta es: «Tengo planes santos y sabios que implican no vencer este pecado ni conceder arrepentimiento. No puedes ver estos propósitos ahora, pero confía en mí. Sé lo que estoy haciendo. Te amo».

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La recompensa por la paciencia

MAYO, 28

La recompensa por la paciencia

Devocional por John Piper

Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente. (Génesis 50:20)

La historia de José, registrada en los capítulos 37 al 50 de Génesis, constituye una gran lección acerca de por qué debemos tener fe en la soberana gracia venidera de Dios.

José fue vendido como esclavo por sus hermanos, lo que debió haber probado enormemente su paciencia. Pero le fue dado un buen trabajo en la casa de Potifar. Luego, cuando estaba actuando con rectitud en ese lugar de obediencia inesperado, la esposa de Potifar mintió sobre su integridad e hizo que lo arrojaran en prisión —otra gran prueba para su paciencia—.

Nuevamente las cosas obraron para bien y el guarda de la prisión le otorgó responsabilidades y respeto. Pero justo cuando pensó que estaba a punto de recibir indulto de parte del copero del Faraón, a quien le había interpretado un sueño, el copero se olvidó de él por otros dos años.

Finalmente, el significado de todos esos desvíos y dilaciones se hizo claro. José le dijo a sus hermanos, de quienes había estado distanciado tanto tiempo: «Dios me envió delante de vosotros para preservaros un remanente en la tierra, y para guardaros con vida mediante una gran liberación» (Génesis 45:7); «Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente» (Génesis 50:20).

¿Cuál habrá sido la clave de la paciencia de José durante todos esos largos años de exilio y maltrato? La respuesta es la fe en la gracia venidera, la gracia soberana de Dios que convierte el lugar no planeado y tiempo inesperado en el final más feliz que podríamos imaginar.

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La fe auténtica en comparación con la fe falsa

MAYO, 27

La fe auténtica en comparación con la fe falsa

Devocional por John Piper

Así también Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvación de los que ansiosamente le esperan. (Hebreos 9:28)

La pregunta que todos nos planteamos es: ¿Somos parte de los «muchos» cuyos pecados él llevó? ¿Seremos salvos en la venida que es «para salvación»?

La respuesta de Hebreos 9:28 es «sí», si somos de «los que ansiosamente le esperan». Podemos estar seguros de que nuestros pecados han sido borrados y que seremos salvos en el día del juicio si confiamos en Cristo de un modo tal que nos haga estar ansiosos por su venida.

Hay una fe falsa que afirma creer en Cristo, pero que no es más que una póliza de seguro contra incendios. La fe falsa «cree» solo para escapar del infierno. No desea realmente a Cristo. De hecho, quienes tienen este tipo de fe hasta preferirían que él no viniera, para así poder complacerse tanto como les fuera posible en los placeres mundanos. Esto demuestra un corazón que no está en Cristo, sino con el mundo.

Entonces, la cuestión es la siguiente: ¿Anhelamos con ansias la venida de Cristo? ¿o queremos que espere mientras continuamos en nuestro amorío con el mundo? Esa es la pregunta que pone a prueba la autenticidad de la fe.

Por lo tanto, seamos como los corintios, que estaban «esperando ansiosamente la revelación de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 1:7), y como los filipenses, cuya «ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente [esperaban] a un Salvador, el Señor Jesucristo» (Filipenses 3:20).

Esa es la cuestión. ¿Amamos la esperanza de su venida? ¿O amamos al mundo y tenemos esperanzas de que su venida no interrumpa nuestros planes mundanos? De estas preguntas depende nuestra eternidad.

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Fuerza para esperar

MAYO, 26

Fuerza para esperar

Devocional por John Piper

Fortalecidos con todo poder según la potencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia, con gozo. (Colosenses 1:11)

Fuerza es la palabra apropiada. El apóstol Pablo oraba por la iglesia de Colosas para que los miembros fueran «fortalecidos con todo poder según la paciencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia» (Colosenses 1:11). La paciencia es la evidencia de una fuerza interna.

Las personas impacientes son débiles y, por consiguiente, dependen de puntos de apoyo externos —tales como horarios que se cumplan al minuto y circunstancias que sostengan su frágil corazón—. Los arrebatos de juramentos, amenazas y duras críticas dirigidos a las personas que interfieren en sus planes no suenan débiles. Sin embargo, todo ese ruido sirve de camuflaje para sus debilidades. La paciencia exige una tremenda fuerza interna.

Para el creyente, esta fuerza viene de Dios. Por eso Pablo oraba por los colosenses. Le pedía a Dios que los fortaleciera para que tuvieran la paciencia y entereza que exige la vida cristiana. Pero cuando decía que la fuerza de la paciencia es «según la potencia de [la] gloria [de Dios]», no solo quería decir que hacer que una persona sea paciente requiere poder divino. Quería decir que la fe en este poder glorioso es el canal mediante el cual viene el poder para tener paciencia.

La paciencia es, sin lugar a dudas, un fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22), pero el Espíritu Santo nos fortalece (con todo su fruto) «por el oír con fe» (Gálatas 3:5). Por lo tanto, la oración de Pablo es que Dios nos conecte con el «poder glorioso» que reviste de paciencia. Esa conexión es la fe.

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