La Gloria de Dios

OCTUBRE, 06

La Gloria de Dios

Devocional por John Piper

La sana doctrina [es] según el glorioso evangelio del Dios [feliz]. (1 Timoteo 1:10-11)

Gran parte de la gloria de Dios es su felicidad.

Para el apóstol Pablo, era inconcebible que Dios pudiera estar privado del gozo infinito y aun así ser sumamente glorioso. Para ser infinitamente glorioso se debe ser infinitamente feliz. Por eso habló en términos del glorioso evangelio del Dios feliz: porque para Dios es glorioso ser tan feliz como él es.

En gran parte, la gloria de Dios consiste en el hecho de que él es más feliz de lo que jamás podríamos imaginar.

Este es el evangelio: «El evangelio de la gloria del Dios feliz». La gloriosa felicidad de Dios es una buena noticia.

Nadie querría pasar la eternidad con un Dios infeliz. Si Dios no fuera feliz, entonces la meta del evangelio no sería una meta feliz, y eso significaría que ese no es el evangelio en absoluto.

Sin embargo, Jesús en efecto nos invita a pasar la eternidad con un Dios feliz, al decir: «entra en el gozo de tu señor» (Mateo 25:23). Jesús vivió y murió para que este gozo —el gozo de Dios— estuviera en nosotros y para que nuestro gozo fuera completo (Juan 15:1117:13). Por lo tanto, el evangelio es «el evangelio de la gloria del Dios feliz».

La felicidad de Dios consiste, en primer lugar y por sobre todo, en la alegría que tiene en su Hijo. Por eso es que cuando tenemos parte en la felicidad de Dios, tenemos el mismo deleite que el Padre tiene en el Hijo.

Es por esta razón que Jesús nos dio a conocer al Padre. Al final de la gran oración de Juan 17, Jesús dijo a su Padre: «Yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos» (Juan 17:26). Jesús dio a conocer a Dios para que el deleite de Dios en su Hijo estuviera en nosotros y se vuelva en nuestro deleite.


Devocional tomado del libro “Los Deleites de Dios” , páginas 26-27

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Se hará justicia

OCTUBRE, 05

Se hará justicia

Devocional por John Piper

Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. (Romanos 12:19)

A todos nosotros nos han tratado con injusticia alguna vez. La mayoría de nosotros, probablemente, fuimos tratados de un modo realmente injusto por alguien que jamás nos pidió disculpas ni hizo algo que fuera suficiente para enmendar la situación.

Y uno de los grandes obstáculos que se nos presentan para dejar ir el dolor y la amargura es la convicción —la convicción justificada— de que debería hacerse justicia, de que el universo mismo se desmoronaría si las personas pudieran simplemente salirse con la suya cometiendo horribles injusticias y engañando a los demás.

Ese es uno de los impedimentos para el perdón y para abandonar el rencor. No es el único —ya que también tenemos que lidiar con nuestro propio pecado— pero es un impedimento real.

Sentimos que olvidar sería como admitir que simplemente no se hará justicia. Y no podemos hacer eso.

Por eso, nos aferramos a la ira y repetimos la misma historia una y otra vez con los sentimientos: No tendría que haber sucedido, no debería haber sucedido, estuvo mal, fue injusto. ¿Cómo puede estar tan feliz mientras yo estoy tan deprimido? Eso no está bien. ¡No está nada bien!

Dios nos dio las palabras de Romanos 12:19 para quitar esta carga de nuestras espaldas.

«Nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios»: ¿qué significa eso para nosotros?

Hacer a un lado la carga de la ira, hacer a un lado la costumbre de abrigar nuestras heridas con sentimientos de rencor —hacer todo eso a un lado— no significa que no hemos sido tratados con injusticia.

No significa que no hay justicia, ni que no seremos reivindicados, ni que los que nos trataron así simplemente se saldrán con la suya. No es así.

Significa que cuando hacemos a un lado la carga de la venganza, Dios la toma sobre sí mismo.

No se trata de una manera de vengarse sutilmente. Se trata de poner la venganza en manos de aquel a quien le pertenece.

Se trata de respirar profundo, quizás por primera vez en décadas, y sentir que ahora al fin quizás seamos libres para amar.


Devocional tomado del sermón “No os venguéis vosotros mismos, sino dejad lugar a la ira de Dios”

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Gozo sin restricciones

OCTUBRE, 04

Gozo sin restricciones

Devocional por John Piper

Yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté con ellos y yo en ellos. (Juan 17:26)

Imaginen que son capaces de disfrutar de lo más placentero, con energía y pasión, sin restricciones y para siempre. Esa no es nuestra experiencia hoy día. Hay tres obstáculos que se interponen entre nosotros y nuestra satisfacción completa en este mundo.

El primero es que no hay nada que tenga un valor intrínseco tan grande que pueda cumplir los anhelos más profundos de nuestro corazón.

El segundo es que carecemos de las fuerzas para gozar de los mejores tesoros a su máxima expresión.

El tercer obstáculo para nuestra satisfacción completa es que nuestros deleites aquí tienen un final. Nada permanece. Pero si las palabras de Jesús en Juan 17:26 se vuelven realidad, entonces todo esto cambiará.

Si el deleite de Dios en el Hijo se vuelve nuestro deleite, entonces el objeto de nuestro deleite, Jesús, será de un valor intrínseco inagotable para nosotros. Jamás se tornará aburrido, ni decepcionante, ni frustrante.

No es posible concebir un tesoro más grande que el mismo Hijo de Dios.

Más aún, nuestra capacidad de gustar de tal tesoro inagotable no se verá limitada por nuestras debilidades humanas. Nos regocijaremos en el Hijo de Dios por medio del deleite mismo de su Padre.

El deleite de Dios en su Hijo estará en nosotros y será nuestro deleite. Y nunca llegará a su fin, porque ni el Padre ni el Hijo tienen fin.

El amor del uno por el otro se convertirá en nuestro amor por ellos y, por lo tanto, nuestro amor por ellos jamás se acabará.


Devocional tomado del libro “Los deleites de Dios”, páginas 27

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Amor absoluto, soberano y todopoderoso

OCTUBRE, 03

Amor absoluto, soberano y todopoderoso

Devocional por John Piper

El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad. (Éxodo 34:6)

Dios abunda en misericordia y verdad.

Hay dos imágenes que vienen a mi mente:

  1. El corazón de Dios como un manantial de agua inagotable que desborda en amor y verdad en la cima de la montaña.
  2. El corazón de Dios como un volcán que hierve de amor a tal temperatura que explota en una erupción en la cima de la montaña y fluye año tras año con la lava del amor y la verdad.

Cuando Dios usa la palabra abundante, su intención es hacernos entender que los recursos de su amor son ilimitados. En cierto modo, él es como el gobierno: cuando hay una necesidad, simplemente puede imprimir más dinero para cubrirla.

Sin embargo, la diferencia es que Dios tiene un tesoro infinito de amor dorado para cubrir todas las emisiones de monedas. El gobierno solamente vive en un mundo de ensueño. Pero Dios cuenta, de un modo muy realista, con los recursos infinitos de su deidad.

La existencia absoluta, la libertad soberana y la omnipotencia de Dios son la plenitud volcánica que explota en un desborde de amor. La pura magnificencia de Dios consiste en que él no nos necesita para cubrir ninguna deficiencia en él. Por el contrario, es su infinita autosuficiencia la que se derrama en forma de amor sobre nosotros, quienes lo necesitamos.

Podemos confiar en su amor precisamente porque creemos en lo absoluto de su existencia, en la soberanía de su libertad y en lo ilimitado de su poder.


Devocional tomado del libro “El Señor, un Dios misericordioso y clemente”

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Dios no está deprimido

OCTUBRE, 02

Dios no está deprimido

Devocional por John Piper

El Señor hace nulo el consejo de las naciones; frustra los designios de los pueblos. El consejo del Señor permanece para siempre, los designios de su corazón de generación en generación. (Salmos 33:10-11)

«Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que le place» (Salmos 115:3). La implicación de este pasaje es que Dios tiene el derecho de hacer lo que lo haga feliz, y cuenta con el poder para llevarlo a cabo. Esto es lo que significa decir que Dios es soberano.

Pensémoslo por un momento: si Dios es soberano y puede hacer lo que le plazca, entonces ninguno de sus propósitos puede ser frustrado. «El Señor hace nulo el consejo de las naciones; frustra los designios de los pueblos. El consejo del Señor permanece para siempre, los designios de su corazón de generación en generación» (Salmos 33:10-11).

Y si ninguno de sus propósitos puede ser frustrado, entonces él debe ser el más feliz de todos los seres vivientes.

Esta felicidad infinita y divina es la fuente de la que el cristiano (hedonista) bebe y anhela beber más y más.

¿Se imaginan cómo sería todo si el Dios que gobierna el mundo no fuera feliz? ¿Qué pasaría si Dios fuera dado a la queja, el refunfuño y la depresión, como un gigante caprichoso que habita en el cielo? ¿Qué pasaría si Dios estuviera frustrado y abatido y deprimido y taciturno y triste y desanimado?

¿Podríamos entonces decir junto a David: «Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua» (Salmos 63:1)? Lo dudo.

Todos nos relacionaríamos con Dios como los niños pequeños que tienen un padre frustrado, abatido, taciturno y desanimado. No pueden disfrutar su compañía. Solo pueden intentar no molestarlo, o quizás tratar de hacer algo para ganar un poco de su favor. El objetivo del hedonista cristiano es ser feliz en Dios, deleitarse en él, regocijarse en él y disfrutar de su comunión y favor.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 32-33

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El Objeto que todo lo satisface

OCTUBRE, 01

El Objeto que todo lo satisface

Devocional por John Piper

Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón (Salmos 37:4)

La búsqueda del deleite no es siquiera una opción, sino un mandamiento (en los Salmos): «Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón » (Salmos 37:4).

Los salmistas iban en pos de ello: «Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente» (Salmos 42:1-2); «Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua» (Salmos 63:1).

El motivo de la sed encuentra la contrapartida que lo satisfaga cuando el salmista afirma que los hombres «se sacian de la abundancia de tu casa, y les das a beber del río de tus delicias» (Salmos 36:8).

He descubierto que la bondad de Dios, el fundamento mismo de la adoración, no es algo a lo que uno le presenta sus respetos en una reverencia desinteresada. No, es algo en lo que nos regocijamos: «Probad y ved que el Señor es bueno» (Salmos 34:8).

«¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!, más que la miel a mi boca» (Salmos 119:103).

Como dijo C. S. Lewis, Dios en los Salmos es «el Objeto que todo lo satisface». Su pueblo lo adora sin reparo alguno por el «supremo gozo» que halla en él (Salmos 43:4). Él es la fuente del deleite completo e inagotable: «En tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre» (Salmos 16:11).


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 23-27

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El descubrimiento más liberador

SEPTIEMBRE, 30

El descubrimiento más liberador

Devocional por John Piper

Por lo demás, hermanos míos, regocijaos en el Señor. (Filipenses 3:1)

Nunca antes me habían enseñado que Dios es glorificado cuando nos gozamos en él. Tal gozo en Dios es precisamente lo que hace que la alabanza sea un honor a Dios y no una hipocresía.

No obstante, Jonathan Edwards lo dijo de un modo muy claro y poderoso:

Dios se glorifica a sí mismo en las criaturas también de dos maneras: 1. Al aparecerse en… su entendimiento. 2. En comunicarse a sí mismo al corazón de ellos; y en el gozo y el deleite y disfrute de ellos en las manifestaciones que Dios hace de sí mismo… Dios es glorificado no solo porque ellos ven su gloria, sino también porque se regocijan en ella.

Cuando aquellos que ven su gloria se deleitan en ella, Dios es más glorificado que si solo la vieran… El que da testimonio de su idea de la gloria de Dios [no] glorifica a Dios tanto como el que también da testimonio de su aprobación de esa gloria y de su deleite en ella.

Este fue un descubrimiento impactante para mí. Debo buscar el gozo en Dios si he de glorificarlo como a la Realidad de más alta estima del universo. El gozo no es una simple opción que acompaña a la adoración. Es un componente esencial de la adoración.

Hay un nombre que le damos a aquellos que elogian aunque no se deleiten en el objeto de su alabanza: hipócritas. Este hecho —que alabar significa tener un placer consumado, y que el propósito más sublime del hombre es beber más y más de este placer— quizás haya sido el descubrimiento más liberador de mi vida.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 22-23

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Batallemos contra la incredulidad

SEPTIEMBRE, 29

Batallemos contra la incredulidad

Devocional por John Piper

Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios. (Filipenses 4:6)

Cuando me pongo ansioso ante el pensamiento de envejecer, lucho contra la incredulidad con la promesa: «Aun hasta vuestra vejez, yo seré el mismo, y hasta vuestros años avanzados, yo os sostendré. Yo lo he hecho, y yo os cargaré; yo os sostendré, y yo os libraré» (Isaías 46:4).

Cuando estoy ansioso respecto de la muerte, batallo contra la incredulidad con la promesa de que «ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo; pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos; por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Porque para esto Cristo murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos» (Romanos 14:7-9).

Cuando me siento ansioso al pensar que podría naufragar en la fe y alejarme de Dios, lucho contra la incredulidad aferrándome a dos promesas: «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Filipenses 1:6) y «Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos» (Hebreos 7:25).

Hagamos la guerra no contra otras personas, sino contra nuestra propia incredulidad. Esta es la raíz de la ansiedad, que, a su vez, es la raíz de tantos otros pecados. Por eso, encendamos el limpiaparabrisas y usemos el líquido limpiador, y mantengamos la mirada fija en las preciosas y grandiosas promesas de Dios.

Tomemos la Biblia, pidamos ayuda al Espíritu Santo, guardemos las promesas en nuestro corazón, y peleemos la buena batalla —para vivir por fe en la gracia venidera—.

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Nuestro bien es su gloria

SEPTIEMBRE, 28

Nuestro bien es su gloria

Devocional por John Piper

Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Mateo 6:6)

Una objeción común que se le hace al hedonismo cristiano es que pone los intereses del hombre por encima de la gloria de Dios —pone mi felicidad por encima del honor de Dios—. Pero el hedonismo cristiano se opone categóricamente a esta postura.

Es cierto que nosotros, los hedonistas cristianos, vamos en pos de nuestros intereses y nuestra felicidad con todas nuestras fuerzas. Nos adherimos a la resolución del joven Jonathan Edwards: «Resuelvo: esforzarme para obtener para mí mismo tanta felicidad en el otro mundo como me sea posible, haciendo uso de todo el poder, la fuerza, el vigor, la vehemencia, incluso la violencia, que sea capaz de ejercer, en todas las formas imaginables».

No obstante, hemos aprendido de la Biblia (¡y de Edwards!) que Dios está interesado en magnificar la plenitud de su gloria derramándola en forma de misericordia por nosotros.

Por lo tanto, la búsqueda de nuestros intereses y nuestra felicidad nunca está por sobre los de Dios, sino en los de Dios. La verdad más preciosa de la Biblia es que el mayor deseo de Dios es glorificar las riquezas de su gracia haciendo que los pecadores sean felices en él. ¡Sí, en él!

Cuando nos humillamos como niños pequeños, sin aires de autosuficiencia, sino corriendo felices al gozo del abrazo de nuestro Padre, la gloria de su gracia es magnificada y el anhelo de nuestra alma es satisfecho. Nuestros intereses y su gloria son un mismo objetivo.

Por consiguiente, los hedonistas cristianos no ponen su felicidad por sobre la gloria de Dios al buscar la felicidad en él.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 159-160

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El poder de una promesa superior

SEPTIEMBRE, 27

El poder de una promesa superior

Devocional por John Piper

Y andaré en libertad, porque busco tus preceptos. (Salmos 119:45)

Un componente esencial del gozo es la libertad. Ninguno de nosotros estaría feliz si no estuviéramos libres de aquello que aborrecemos y libres para hacer lo que amamos.

¿Dónde encontramos la verdadera libertad? Salmos 119:45 dice: «Y andaré en libertad, porque busco tus preceptos».

La imagen que se nos presenta es una de espacios abiertos. La Palabra nos libra de tener una mente estrecha (1 Reyes 4:29) y de un confinamiento amenazante (Salmos 18:19).

Jesús dijo: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). La libertad a la que se refiere es la libertad de la esclavitud del pecado (versículo 34); o dicho en términos positivos, es la libertad para alcanzar la santidad.

Las promesas de la gracia de Dios nos dan el poder que convierte las demandas de la santidad de Dios en una experiencia de libertad en lugar de miedo. Pedro describió el poder liberador de las promesas de Dios en su carta: «Nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia» (2 Pedro 1:4).

En otras palabras, cuando confiamos en las promesas de Dios, cortamos la raíz de la depravación por el poder de una promesa superior.

La Palabra que quiebra el poder de los placeres banales es sumamente crucial. ¡Cuán diligentes debiéramos ser en iluminar nuestro camino y llenar nuestro corazón de la Palabra de Dios!

«Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino» (Salmos 119:105). «En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti» (Salmos 119:11; ver el versículo 9).


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 149-150

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