Expiación y propiciación

Por L. Michael Morales

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias más bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un árbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada más sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada más excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?

La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabiduría, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. Después de la resurrección de Jesús y el derramamiento de Su Espíritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las páginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial había sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorías del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino más bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su más alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).

Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos más profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento.

EXPIACIÓN
La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne está en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada más notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.

En esencia, el día de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este día de otoño, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre también se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernáculo, para que Él pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.

La ofrenda única por el pecado del día de la expiación implicaba dos machos cabríos. Después de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrío era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre él. Llevando sobre sí la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrío era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que «como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecía a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabríos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de Jesús, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el Espíritu a aquellos que confían en Él, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran más que una muestra de cómo Él llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aún más que Él soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.

PROPICIACIÓN
La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28).

El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en Génesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el Señor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció «en su corazón» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impíos mientras salvaba a Noé y a su familia. Así que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no había sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que Noé, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye características humanas a Dios, la narración describe al Señor oliendo «el aroma agradable» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volvería a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a Noé. Como incienso aromático, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Él, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. Más tarde, a través de Moisés, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servían para abrir y cerrar cada día, de modo que todos los demás sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.

El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.

Jesús cumplió el sistema de sacrificio levítico solo porque se ofreció a Sí mismo a Dios en la cruz como Aquel que había cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en Getsemaní, Él había orado: «Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de Jesús, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el Espíritu y a través de la cruz, satisfizo la ira de Dios.

Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cálidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

11/11 – Y en la casa del Señor moraré por largos días

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Salmo 23

11/11 – Y en la casa del Señor moraré por largos días

Nota del editor: Este es el décimo primero y último capítulo en la serie «El Salmo 23», publicada por Tabletalk Magazine.

Los salmos de David están llenos de un anhelo de permanecer en la presencia de Dios, en Su casa. En el Salmo 26:8 David declara: «Oh SEÑOR, yo amo la habitación de Tu casa, y el lugar donde habita Tu gloria». En el siguiente salmo, David declara que este anhelo es la motivación primaria de su corazón al decir: «Una cosa he pedido al SEÑOR, y ésa buscaré: que habite yo en la casa del SEÑOR todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del SEÑOR, y para meditar en Su templo» (27:4). Otro salmo, escrito por los hijos de Coré, expresa el mismo deseo no menos apasionado: «¡Cuán preciosas son Tus moradas, oh SEÑOR de los ejércitos! Anhela mi alma, y aun desea con ansias los atrios del SEÑOR; mi corazón y mi carne cantan con gozo al Dios vivo» y pronuncia: «¡Cuán bienaventurados son los que moran en Tu casa!» (84:1-2, 4). Tal anhelo de una vida con Dios, en la casa de Dios, concluye lo que es quizás el salmo más conocido y amado: «Y en la casa del SEÑOR moraré por largos días» (23:6).

A través de la obra expiatoria de Jesucristo y la unión con Él por el Espíritu Santo, los pecadores pueden llegar a ser hijos y familia de Dios.

Lejos de ser un sentimentalismo vacío, el deseo de David fue alimentado por una teología robusta, por su comprensión del carácter de Dios así como también de Sus propósitos y promesas para Su pueblo. De hecho, tal esperanza de morar con Dios fue revelada por Dios mismo. Después de que Dios liberó a Israel a través de las aguas del mar, Moisés dirigió al pueblo en un canto divinamente inspirado, que enseñaba que el Señor, en Su misericordia, conduciría al pueblo que había redimido, guiándolo a Su propia «santa morada», es decir, al «santuario, oh Señor, que Tus manos han establecido» (Éx. 15:1317). Israel había sido redimido para morar con Dios. Maravillosamente, David entendió que su deseo de morar con Dios era insignificante en comparación con el propio celo del Señor que dijo: «Y que hagan un santuario para mí, para que yo habite entre ellos» (Éx. 25:8). Mientras los peregrinos israelitas viajaban a Jerusalén para las fiestas anuales, el templo de Salomón en el Monte Sión sirvió como símbolo del propósito supremo de Dios de habitar con Su pueblo. Es relevante para esta teología el hecho de que un altar imponente y ensangrentado estaba en el patio antes de la entrada a la casa de Dios.

En el Salmo 23, David presenta la esperanza de habitar con Dios de dos maneras. Primero, la casa de Dios es descrita como el fin del viaje para Su pueblo. Usando las imágenes de pastoreo del éxodo mismo, David presenta al Señor como su Pastor a lo largo de esta vida. Las representación cambia entonces a la de la hospitalidad: a medida que la guianza culmina con la llegada, el Pastor se convierte en anfitrión. Curiosamente, la transición de la metáfora de una oveja conducida por su pastor a la de un huésped honrado por su anfitrión ocurre a través del «valle de sombra de muerte» (v. 4). Entonces, para David la esperanza de habitar con Dios en Su casa era una realidad para el futuro, una escatología. La expectativa de David era segura ya que él mismo, como pastor, entendía que la llegada no era una carga para las ovejas, que a menudo son temerosas, necias y caprichosas. Más bien, la guía, el cuidado y la protección de las ovejas, junto con su destino, era una carga impuesta al pastor.

En segundo lugar, la casa de Dios se presenta como el principio de la gloria eterna. Sin duda, los deleites y las alegrías de la casa de Dios se prueban en esta vida, especialmente entre el pueblo de Dios en la adoración del Día de Reposo. Además, el Señor ciertamente había tendido una mesa en el desierto a lo largo de los viajes de Israel, pero estos casos, por bendecidos que fueran, son meros anticipos del banquete que Dios ha preparado para Su pueblo en la «casa» de una gloriosa nueva creación. Ungir la cabeza con aceite y servir en la copa hasta que se rebose, son descripciones simbólicas que muestran una hospitalidad generosa (v. 5). Aquí Dios es presentado como un antiguo anfitrión del Cercano Oriente que generosamente honra y sacia a sus invitados con una abundancia extravagante. En otra parte, David elabora, diciendo que los hijos de Dios «se sacian de la abundancia de Tu casa, y les das a beber del río de Tus delicias» (Sal. 36:8). La palabra que David usa aquí para «delicias» proviene de la misma raíz que la palabra Edén, el paraíso de Dios donde la humanidad una vez disfrutó las delicias de Su comunión. El fin de nuestro viaje también es un nuevo comienzo, el comienzo de una vida supremamente bendecida con Dios y Su pueblo en un paraíso más glorioso que el Edén.

Sin embargo, ni siquiera la frase «invitado de honor» capta del todo la esperanza y el corazón de David. Esta generosa hospitalidad se derrama más bien sobre hijos e hijas. A través de la obra expiatoria de Jesucristo y la unión con Él por el Espíritu Santo, los pecadores pueden llegar a ser hijos y familia de Dios, nacidos de Dios (Jn. 1:12-13Ef. 2:19). Como el hijo pródigo que regresa y recibe un abrazo prolongado de su padre jadeante, así el fin de nuestro viaje y el comienzo de la eternidad son en realidad un regreso a casa, y de hecho, la casa de Dios no está completa hasta que todos Sus hijos regresen a su hogar. Guiados por el Buen Pastor, el Señor Jesucristo, que entregó Su vida por Sus ovejas, el pueblo de Dios entrará por Sus puertas con acción de gracias y a Sus atrios con alabanza (Jn. 10:1-18, ver Sal. 100).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
L. Michael Morales
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

La Gran Comisión en el Antiguo Testamento

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La Gran Comisión en el Antiguo Testamento

L. Michael Morales

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «La Gran Comisión», publicada por la Tabletalk Magazine.

Por estar basada en el propio reino de Dios, entendemos que la Gran Comisión comienza antes de que la humanidad se distanciara de Su Creador. En el sexto día, el hombre fue comisionado por Dios para llenar y sojuzgar la tierra, y para ejercer dominio sobre las criaturas (Gn. 1:27). En consecuencia, uno podría definir justamente la Gran Comisión como “ejercer dominio y sojuzgar» la tierra y sus criaturas, una comprensión que necesitaremos explicar.

Sin duda, la frase «ejercer dominio y sojuzgar» tiene connotaciones profundamente negativas en nuestro mundo moderno, llena de recuerdos de horrible tiranía y abuso de poder. Sin embargo, debemos notar que esta comisión fue dada antes del descenso al pecado y la miseria, precisamente en el contexto del hombre en unión con Dios, es decir, dado al hombre como portador de la imagen de Dios (v. 26), creado para la comunión con Dios y para mediar en el bendito reino de Dios sobre toda la tierra.

Una vez que entendemos la Gran Comisión en función del reino, nos encontramos en una mejor posición para evaluar esta agenda a lo largo del resto del Antiguo Testamento.

La teología aquí es doble. Primero, Adán debe reunir a toda la creación en alabanza y adoración a Dios el séptimo día: eso es lo que significa «ejercer dominio y sojuzgar». Él está a cargo de apartar (“santificar”) la creación cada vez más hasta que toda la tierra sea santa, llena de la perdurable gloria de Dios.

En segundo lugar, no hay bendición para ser disfrutada, por mínima que sea, que no se derive del reino de Dios; ese es el gozo de lo que significa «ser sojuzgado o sometido», especialmente después de haber sido expulsados de la vida con Dios. Por esta razón, con alegría enseñamos a nuestros hijos que Cristo ejecuta el oficio de rey «sujetándonos [sometiéndonos] a Sí mismo» (Catecismo Menor de Westminster, Pregunta y Respuesta 26).

La Gran Comisión otorgada a Adán implicaba que su reinado estaría al servicio de su oficio sacerdotal, a saber, que él «ejercería dominio y sojuzgaría» con el fin de reunir a toda la creación a los pies del Creador en adoración. La consumación del día de reposo estuvo en el corazón y fue la meta de la comisión del sexto día.

Una vez que entendemos la Gran Comisión en función del reino, nos encontramos en una mejor posición para evaluar esta agenda a lo largo del resto del Antiguo Testamento. El reino de Dios es universal, y desde el principio, Su plan de salvación estaba dirigido a todas las familias de la tierra, nunca olvidando el hecho de que Él posee “todas las naciones” (Sal. 82:8).

Aquí, el papel de Génesis 1-11 como un prólogo de la historia de Israel es extremadamente importante, ya que la identidad y el sagrado llamado de Israel brotan de este contexto universal y siempre están determinados por él. Después de que las naciones son dispersadas al exilio desde la torre de Babel, Dios llama a Abram en Génesis 12, prometiendo que por medio de él «serán benditas todas las familias de la tierra» (v. 3). Esta promesa es más adelante reiterada a Abraham: «y en tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra, porque tú has obedecido mi voz» (Gn. 22:18; véase 18:18). Luego es otorgada a Isaac (26:4), y luego a Jacob como el padre de las doce tribus de Israel (28:14).

Junto con esta promesa está el trasfondo del reino. A Abram se le había prometido: «de ti saldrán reyes» (17:6); y luego observamos una genealogía que florecerá en el linaje de David. Eventualmente, a través de Israel, surgiría un rey para reunir a las naciones de vuelta a la presencia de Dios.

Israel, además, fue llevado a la comunión del pacto con Dios en el Sinaí para vivir como un reino sacerdotal y una nación santa (Ex. 19:6), es decir, para ser una luz a los gentiles. Los atributos paralelos que definen, sacerdotal y santo, deben ser entendidos en el sentido de ser apartados para el Señor Dios por el bien de las naciones; Israel debía ser un mediador entre Dios y las naciones. Este llamado sagrado tenía mucho más que ver con ser sometido que con someter a otros pueblos. Israel necesitaba ser consagrado y santificado, transformado en el siervo de Dios por el bien del mundo, para glorificar a Dios ante las naciones. El Salmo 67, uno de los muchos salmos que llaman a los gentiles a alabar a Dios, declara claramente que Israel había recibido misericordia e incluso la bendición sacerdotal para que el camino de Dios fuera conocido en la tierra, y para que Su salvación abarcara a las naciones.

Sin embargo, durante el primer período de Israel, «no había rey en Israel», lo que significaba que «cada uno hacía lo que le parecía bien ante sus ojos» (Jue. 21:25). En otras palabras, sin uno que encarnara el reino de Dios, Israel caería persistentemente en apostasía. Israel necesitaba ser sometido antes de que pudiera ser una luz para los gentiles.

Tras la instalación de David como rey de Israel, la Gran Comisión nuevamente se convirtió en un mandato divino para un rey humano. El Salmo 2, probablemente utilizado durante la ceremonia de coronación de Israel, es instructivo en este punto. En medio de las naciones enfurecidas, el Señor declara: «Pero yo mismo  he consagrado a mi rey sobre Sion, mi santo monte» (v. 6). El rey entonces declara el decreto divino: «Ciertamente anunciaré el decreto del Señor que me dijo: ‘Mi Hijo eres tú; yo te he engendrado hoy. Pídeme y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra’»(vv. 7-8). La frase “Mi Hijo” nos lleva una vez más a Adán y a otra faceta de la teología de la Gran Comisión.

En un sentido único, Adán puede ser llamado el «primogénito» hijo de Dios (engendrado y hecho). La genealogía de Lucas del Mesías, por ejemplo, nos lleva de vuelta a Set como hijo «de Adán» y luego a Adán como hijo «de Dios» (Lc. 3:38, ver Gn. 5:1-3). Como el «primogénito» de Dios, entonces, la herencia de Adán era tan amplia como su comisión: toda la tierra, porque «el ganado sobre mil colinas» y «el mundo y todo lo que en él hay» son suyos (Sal 50:1012). Adán poseía, en otras palabras, el derecho inherente de gobernar y someter a toda la tierra en nombre de su Padre y por causa de la gloria de su Padre.

A medida que la historia de la redención progresa, Israel se convierte, por así decirlo, en el segundo hijo «primogénito» de Dios. Debe ser notado aquí que el Señor fue bastante específico en cuanto a las palabras que Moisés iba a hablar en su confrontación inicial con Faraón: «Así dice el SEÑOR: ‘Israel es mi hijo, mi primogénito. Y te he dicho: ‘Deja ir a mi pueblo para que me sirva’, pero te has negado a dejarlo ir. He aquí mataré a tu hijo, a tu primogénito” (Ex. 4:22-23, ver Os. 11:1). La señal final de Dios, celebrada anualmente en la Pascua, clavaría esa revelación original profundamente en el corazón de Faraón.

Volviendo ahora al Salmo 2, David, como cabeza de Israel y por promesa divina (2 Sam. 7:14), podría ser considerado hijo de Dios en un sentido especial, ya que evidentemente había recibido el manto de Adán en función de su oficio. Por su unción, David heredó el papel de Adán como «hijo de Dios» y rey ​​de la tierra. «Yo también lo haré mi primogénito», dice Dios, «el más excelso de los reyes de la tierra» (Sal. 89: 26-27).

Es importante entender que solo al ser ungido como rey  fue que David recibió la encomienda de gobernar y someter a las naciones. La comisión de David fue extender la voluntad y el reino de Dios sobre la tierra; sus «enemigos» no eran meramente políticos o personales, sino los enemigos de Dios, reyes que se habían opuesto al Señor y a Su ungido. En realidad, sin embargo, el objetivo de someter a Israel probaría ser demasiado. Peor aún, fueron los propios reyes de Israel los que desviaron a las ovejas de Dios hacia la rebelión perversa y la odiosa idolatría. El exilio fue inevitable.

Aun así, notablemente, en el contexto de la apostasía de Israel, Dios prometió levantar un Siervo davídico que no solo guiaría a las tribus de Jacob a través de un nuevo éxodo, sino que también sería hecho “luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra» (Is. 49: 6). Este mismo Siervo, leemos más adelante, sufriría el juicio de Dios al cargar los pecados de muchos, para que como sacerdote exaltado pudiera «rociar a muchas naciones» (Is. 52:13-53:12; ver 1 Pe. 1:1-2). Habiendo expiado los pecados de Su pueblo, este Mesías venidero, el último Adán, la simiente de Abraham, el verdadero Israel, el mayor David, el Siervo Sufriente, el Hijo de Dios, ascendería a lo alto para reinar desde el Monte Sion celestial, a la diestra de Dios el Padre.

Mateo 28, entonces, no es más que la aceptación de la herencia prometida en el Salmo 2. Pero este reinado está al servicio de un oficio sacerdotal, para guiarnos a la presencia de Dios a través del velo de la carne desgarrada y la sangre derramada. A través de Su Espíritu derramado, Jesús reina para someter y convocar a toda la creación a la adoración de Su Padre (1 Co. 15: 24-28), sometiéndonos día a día cada vez más profundamente para que podamos aprender cómo «glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.»

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

L. Michael Morales
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?