La Lengua

a1Qué bendición saludarle amiga, amigo oyente. Muchas gracias por su sintonía. Gracias también por sus oraciones y sus ofrendas para este Ministerio. Su contribución es vital para la continuidad de esta obra del Señor. Estamos estudiando el libro de Santiago. Una pequeña y hermosa familia vivía en un pueblecito de Dakota del Norte en Estados Unidos. La joven esposa no se había estado sintiendo del todo bien a raíz del nacimiento de su segundo bebé. Pero a pesar de esto, los vecinos eran testigos del calor humano que había en sus corazones cuando todos los días, al atardecer, esposa e hijos salían a la puerta de la casa a esperar al esposo y padre, quien venía de su trabajo. Todo era felicidad en ese hogar aun hasta bien entrada la noche. Cuando el clima era propicio, el papá y los hijos se divertían en el patio mientras la mamá los miraba con una sonrisa desde una ventana. Pero cierto día se echó a correr un rumor infundado entre el pueblo. La gente comenzó a hablar en cuanto a que el esposo estaba siendo infiel con su esposa. Como era de esperarse, el rumor llegó a oídos de la esposa y obviamente fue demasiado para ella en las circunstancias que estaba viviendo por su frágil salud. Total que en un fatídico día, al atardecer, el esposo llegó a la casa. No había nadie que lo reciba en la puerta de la casa, no se escuchaba las risas de los niños, no había el fragante aroma a comida que salía de la cocina, solamente una extraña sensación que se clavó como un puñal en el corazón del atribulado esposo. Bajó al sótano y allí encontró a sus tres seres queridos colgados inertes de una misma viga. La enfermedad y el desánimo habían hecho que la joven esposa quite la vida a sus tiernos hijos y después ella mismo se quite la vida de la misma manera. En los días subsiguientes, salió a la luz la verdad de lo ocurrido. Una lengua chismosa, una historia falsa y una terrible tragedia. Cuánto daño puede causar la lengua. En el estudio bíblico de hoy, Santiago se va a referir al problema de la lengua suelta.

Le invito a abrir su Biblia en el libro de Santiago, capítulo 3 versículos 1 a 12. En este pasaje bíblico encontramos la responsabilidad de dominar la lengua y la razón para dominar la lengua. La responsabilidad de dominar la lengua se expresa por medio de un mandato. Santiago 3:1 dice: Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.
Santiago se dirige a los creyentes en general. Esto lo sabemos porque les dice hermanos míos. Leyendo ligeramente parecería como si Santiago estuviera advirtiendo en contra de ser un maestro, porque dice: No os hagáis maestros muchos de vosotros. Si este fuera el caso, nadie debería ser un maestro, pero el mismo Nuevo Testamento afirma que Dios ha dado a la iglesia a algunos como maestros. Efesios 4:11 dice: Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros,
De ninguna manera entonces Santiago podría estar advirtiendo en contra de ser un maestro. Lo que Santiago tiene en mente es que nadie debería darse de maestro sin serlo. Aparentemente, entre la comunidad de creyentes a quienes escribía Santiago había muchos que se las daban de maestros sin serlo. La idea es por tanto: Hermanos, cuidado con usar su lengua diciendo que es maestros sin serlo por no estar capacitado para ello. La razón de su advertencia descansa en el hecho que los maestros recibiremos mayor condenación. La mayor condenación provienen del hecho que los maestros podemos causar mucho daño por medio de nuestra lengua. Un maestro que proclame una falsa enseñanza, no sólo acarreará condenación sobre sí mimo sino que también acarreará condenación sobre los que le siguen en el error. Por eso dice el texto que los maestros recibiremos mayor condenación si proclamamos un mensaje errado por supuesto. Una ve que hemos considerado la responsabilidad de dominar la lengua, para no recibir mayor condenación, Santiago pasa a explicar las razones para dominar la lengua. Notamos cuatro razones. Primero porque la lengua experta en ofender. Santiago 3:2 dice: Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo.
Note la declaración inicial en este texto: Todos ofendemos muchas veces. La conjugación en tiempo presente del verbo ofender indica una acción continua. La lengua amable oyente es muy propensa a ofender. Inclusive en ocasiones sin tener la intención de ofender ofendemos por lo que decimos o la manera como lo decimos. Si alguien no ha ofendido nunca con su lengua, entonces aquel es un varón perfecto. No se puede pensar en algún otro sino en el Señor Jesucristo, como aquel que nunca ofendió con su lengua. Una persona que sabe dominar su lengua tendrá también la capacidad de dominar cualquier otra área de su vida. La lengua, sin lugar a dudas es el miembro del cuerpo más difícil de dominar. La segunda razón por qué debemos dominar la lengua es porque la lengua es pequeña pero poderosa. Para ilustrar este hecho, Santiago nos provee de tres comparaciones. Primero un freno controlando a un caballo. Santiago 3:3 dice: He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo.
El freno del caballo, es algo pequeño en relación con el cuerpo del caballo, sin embargo tiene el poder de dirigirlo. Segundo el timón guiando un barco. Santiago 3:4 dice: Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere.
El trasatlántico Queen Elisabeth pesa 83,600 toneladas. Sin embargo, su timón pesa nada más que 140 toneladas. ¿Ve la proporción? Sin embargo, el timón permite que quien gobierna la nave dirija la nave por donde él quiera. Tercero, una chispa de fuego. Santiago 4:5 dice: Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!
Los más grandes incendios forestales se han iniciado por turistas descuidados que han dejado vestigios de una hoguera en un bosque. Ante este cuadro, Santiago dice: Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. Qué poderosa que es la lengua, puede causar verdaderos desastres si la dejamos sin control. Tenemos la responsabilidad de dominar la lengua porque es propensa a ofender y porque es pequeña pero poderosa. La tercera razón es porque es necesaria a pesar de ser peligrosa. Para ilustrar esto Santiago nos provee de dos comparaciones. Primero con el fuego. Santiago 3:6 dice: Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno.
La lengua descontrolada es un mundo de maldad. Encierra la maldad misma. Una lengua descontrolada como el fuego nos consume y enciende fuego en toda la creación. Ella mismo es inflamada por el infierno, en el sentido que Satanás y sus demonios sacan mucho provecho de la pervertida labor de la lengua. Segundo, con una bestia indomable. Santiago 3:7-8 dice: Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana;
Jas 3:8 pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal.
Las bestias por más salvajes que sean pueden ser domadas por el hombre, pero no así la lengua. Ningún hombre puede decir que ha logrado domar su lengua en un 100%. La falta de docilidad de la lengua le hace más rebelde que el más salvaje de los animales, por eso dice el texto que es como si fuera una animal lleno de veneno mortal. La cuarta y última razón porque debemos dominar la lengua es porque la lengua es beneficiosa pero variable. Santiago 3:9-10 dice: Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.
Jas 3:10 De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.
Con la lengua podemos disfrutar del privilegio de bendecir a Dios. Cuan beneficioso es esto para nosotros, pero a la vez, con la misma lengua podemos maldecir a los hombres. Cuan denigrante es esto para nosotros. Para que veamos lo absurdo de este comportamiento de la lengua, Santiago dice lo siguiente en Santiago 3:11-12 ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?
Jas 3:12 Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.
Es de lo más absurdo que con la misma lengua que bendecimos al Señor maldigamos a sus criaturas o a su creación. La responsabilidad de dominar la lengua y las razones para dominar la lengua. ¿Cómo auto evaluaría su lengua a la luz de este pasaje bíblico? ¿Tiene a su lengua bajo control? ¿Qué hace cuando alguien viene a usted con algún chisme o un rumor? ¿Tiene la costumbre de prestar atención a los chismes o a los rumores, para después tener de qué conversar con sus amigos? Cuidado con los chismes, cuidado con los rumores, cuidado con las calumnias, cuidado con hablar a gritos, cuidado con quejarse, cuidado con difamar, cuidado con maldecir, cuidado con mentir. Cuidado con exagerar.

http://labibliadice.org/programa/2016/06/08/audio-2117/

Libro de Santiago

a1Es un gozo estar nuevamente con usted, amiga, amigo oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy en el Libro de Santiago. Antes de ir al pasaje bíblico para nuestro estudio de hoy, me gustaría agradecer a todos nuestros amables oyentes que nos apoyan por medio de sus oraciones y sus ofrendas. Que el Señor les recompense conforme a las riquezas de su gracia. Romanos 3:28 dice: Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.
Este texto afirma que la manera de ser justificados o declarados justos delante de Dios es por medio de la fe en la persona y obra del Señor Jesucristo quien murió en la cruz por nuestro pecado. Esto es sin duda una gran bendición para todos nosotros. En nuestro estudio bíblico último vimos que si el hombre quisiera justificarse delante de Dios por medio de la ley, tendría que guardar con absoluta perfección toda la ley, lo cual es imposible para el hombre. Es grandioso por tanto que podamos ser declarados justos por la sola fe. Pero tristemente, la justificación por fe ha dado pie para que algunos piensen que las obras no tienen ninguna importancia en la vida de un creyente. Muchos piensan que pueden ser salvos por fe y a la vez vivir como les venga en gana. La palabra de Dios sin embargo da a las buenas obras la importancia que deben tener. La palabra de Dios muestra claramente que aunque no somos justificados por buenas obras, somos justificados para buenas obras. Efesios 2:10 dice: Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.
Este es el lugar que corresponde a las buenas obras en la vida de un creyente. Son la evidencia de una fe genuina. En el pasaje bíblico de hoy veremos más sobre lo que es una fe genuina.

Le invito a abrir su Biblia en el libro de Santiago, capítulo 2 versículos 14 a 26. En este pasaje bíblico tenemos la fe genuina expresada, la fe genuina explicada y la fe genuina ejemplificada. Consideremos primeramente la fe genuina expresada. Santiago 2:14 dice: Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?

Santiago está expresando lo que es una fe genuina. Básicamente la fe genuina es aquella que se manifiesta en buenas obras. Santiago se dirige a los judíos creyentes y les hace dos preguntas retóricas muy importantes. La primera: ¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe y no tiene obras? La respuesta es: De nada. De nada aprovecha tener una fe que no se manifiesta en buenas obras. Cuando digo que una fe sin obras de nada aprovecha, estoy diciendo que una fe sin obras no sirve para nada. Tristemente esta es la fe de muchos que se llaman Cristianos en América Latina. Ellos afirman que tienen tanta fe como para hacer todo tipo de sacrificios, pero no obedecen en absoluto lo que Dios dice en su palabra. Viven en pecado constante, en sus vidas no se ve nada de las buenas obra que son evidencia de un fe genuina. Santiago dice a estas personas que su fe no aprovecha para nada, no sirve para nada, porque en realidad no existe. La segunda pregunta retórica que hace Santiago es: ¿Podrá la fe salvarle? La respuesta es un no rotundo. Recordemos que Santiago está hablando de aquella fe que no se manifiesta en buenas obras, es decir de esa fe que no aprovecha para nada. Bueno, si no aprovecha para nada, mal puede esta clase de fe salvar a la persona. Muchos hoy en día afirman que son salvos porque tienen fe en Cristo como Salvador, pero su vida en constante pecado les delata como farsantes, su fe no tiene las buenas obras que son característica de una fe genuina, por tanto en realidad no son salvos. ¿Es usted una persona salva? Si su respuesta es sí, su vida tiene que estar manifestando las buenas obras que Dios preparó de antemano para que ande en ellas. La fe genuina es entonces amable oyente, aquella que se manifiesta en buenas obras. ¿Cuáles serán esas buenas obras? Para responder a esa pregunta, consideremos la fe genuina explicada. En primer lugar, la fe genuina no es indiferente a los demás, sino que da mucha importancia a los demás. Santiago 2:15-17 dice: Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día,
Jas 2:16 y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?
Jas 2:17 Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.
La fe genuina se manifiesta no en indiferencia a los demás, sino en interés por los demás. Santiago presenta el caso de una persona que tienen dos necesidades básicas: vestido y alimentación. De pronto esta persona necesitada se encuentra con un creyente. El creyente constata de alguna manera la necesidad, es decir no es ignorante de la necesidad del hermano. Sin embargo, en lugar de hacer algo para satisfacer la necesidad del hermano, le mira atentamente y se despide de la manera que todo judío lo haría: Id en paz. Después hace un comentario que parece sarcástico: Calentaos y saciaos. Casi podemos ver la escena. El hermano que está en posibilidad de ayudar, se despide del que necesita abrigo y alimento, y dándole unas palmaditas en la espalda le dice: Espero que encuentre algo para abrigarse y algo para comer hasta saciarse. ¿No actuamos nosotros de esta manera muchas veces? ¿Cuántas ocasiones no habremos encontrado a un hermano en necesidad y pudiendo ayudar le hemos dicho: voy a estar orando por usted y espero que Dios le provea para el vestido y el alimento? Cuán hipócrita es esta respuesta a la luz de 1 Juan 3:17 donde dice: Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?
Una fe genuina se manifiesta no ignorando a otros sino involucrándonos en satisfacer la necesidad de otros. Si nos mantenemos indiferentes a las necesidades de otros pudiendo ayudar, nuestra fe es hueca, vacía de realidad. Santiago tiene un calificativo para una fe así. Dice que es una fe muerta. ¿Cómo es su fe, amable oyente? ¿Es una fe viva que se manifiesta en satisfacer las necesidades de otros? Una segunda manifestación de un fe genuina es que no es invisible sino evidente. Santiago 2:18 dice: Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.
La fe necesita mostrarse de alguna manera. La mejor manera es por medio de las buenas obras. Una fe que no se ve por las buenas obras, es una fe muerta, una fe inexistente. La tercera manifestación de una fe genuina es que no lo hace intelectualmente sino de corazón. Santiago 2:19-20 dice: Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.
Jas 2:20 ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?
Los demonios tienen un conocimiento intelectual de Dios pero por su desobediencia a Dios demuestran que no tienen fe en Dios. El hombre también puede tener un conocimiento intelectual de Dios pero estar vacío de fe en Dios. La fe vacía queda en evidencia por la falta de obras. Por esto Santiago concluye esta sección diciendo: Hombre vano o vacío. La falta de buenas obras de su fe comprueban que eres un hombre sin fe. Una de las mejores maneras de aprender es por medio de ejemplos, por esto Santiago habla de la fe genuina ejemplificada nos deja tres ejemplos impactantes de personas que mostraron su fe por sus obras. Primero el caso de Abraham. Santiago 2:21-24 dice: ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?
Jas 2:22 ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?
Jas 2:23 Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios.
Jas 2:24 Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe.
La historia de Abraham es fascinante. Abraham fue justificado o declarado justo delante de Dios por la sola fe según Génesis 15:6. Más o menos unos 40 años más tarde Abraham ofreció a su hijo Isaac, según Génesis 22. El acto de obedecer a Dios por parte de Abraham al punto de estar dispuesto a sacrificar a su propio hijo fue una demostración de que Abraham poseía una fe genuina. El segundo ejemplo es Rahab. Santiago 2:25 dice: Asimismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino?
Rahab llegó a conocer a Dios y por la fe creyó a Dios, esto le fue contado por justicia. Más tarde cuando vinieron los espías de Israel, los escondió y así protegió sus idas. Su fe se manifestó por sus obras, mostrando que era una fe genuina. El tercer ejemplo es el espíritu en el cuerpo. Santiago 2:26 dice: Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.
La vida del cuerpo existe mientras el espíritu esté en el cuerpo. Así también la fe existe mientras las buenas obras están presentes. ¿Cómo es su fe amable oyente? ¿Es una fe viva? O es una fe muerta. ¿Puede ver las buenas obras que resultan de su fe viva? Si no existen estas buenas obras de obediencia a la palabra de Dios, es muy posible que su fe está muerta y que en realidad no sea salvo. Si ese es su caso, hoy mismo reconozca su necesidad de salvación y confíe en Cristo como su Salvador.

15. EL MAL GENIO

David Logacho
2016-04-28

a1Saludos cordiales amable oyente. Sea bienvenida, o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Muchas gracias por su gentil sintonía. Gracias por sus oraciones y sus ofrendas, sin lo cual sería imposible llevar a cabo esta obra del Señor. Todos nosotros tenemos gigantes que enfrentar en nuestro diario vivir. ¿Cuál es el gigante o a lo mejor los gigantes que ha tenido que enfrentar? Bueno, hemos señalado ya que esos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos, la soledad, los malos entendidos, la enfermedad y el resentimiento. ¿Ha logrado conquistar a estos gigantes? Quiera el Señor que sí. En nuestros estudios bíblicos anteriores hemos planteado algunas sugerencias para evitar que estos gigantes nos dominen. En el estudio bíblico de hoy, vamos a tratar sobre otro poderoso gigante llamado mal genio. ¿Es usted una persona de mal genio? ¿Conoce a alguien que es de mal genio? Pues siga con nosotros porque tenemos algo importante para compartir con usted.

El mal genio o mal carácter se define como la propensión a explotar ante la más mínima provocación. ¿Conoce a personas que, como afirma el popular dicho, se enojan hasta porque ven volar a una mosca? Pues, esas personas son las que tienen mal genio. Son personas que si usted dice o hace algo, inmediatamente se sienten aludidos y ofendidos e inician un escándalo de grandes proporciones. Personas que se molestan por todo. Por el alto costo de la vida, por lo aburrido de su trabajo, por lo insoportable del clima, por lo abusivas que son las personas, por lo malo que es el gobierno, por el equipo de fútbol que pierde un partido y tantas cosas más. Personas así casi siempre andarán con su ceño fruncido y alguna palabra hiriente en la punta de la lengua. La palabra de Dios cataloga a una persona así como una persona rencillosa, lo cual a su vez significa inclinada a las rencillas o a las peleas. Note por ejemplo lo que dice Proverbios 26:21: El carbón para brasas, y la leña para el fuego; Y el hombre rencilloso para encender contienda.

Muy interesante lo que dice este proverbio. Compara al hombre rencilloso con el carbón y la leña. Así como el carbón y la leña sirven para encender fuego, el hombre rencilloso enciende pleitos en dondequiera que se encuentra. Ahora note, aunque tanto el hombre como la mujer pueden ser rencillosos, la Biblia habla más de la mujer rencillosa que del hombre rencilloso. No sabemos por qué, el Señor lo sabe. Por ejemplo Proverbios 21:9 dice: Mejor es vivir en un rincón del terrado; Que con mujer rencillosa en casa espaciosa.

El terrado hace referencia a un rincón en el techo de una casa. Según lo que dice este proverbio, es preferible vivir en un rincón de un techo con una esposa no rencillosa que en un gran palacio pero con una esposa rencillosa. Sobre el mismo asunto mire lo que dice Proverbios 21:19 Mejor es morar en tierra desierta
Que con la mujer rencillosa e iracunda.

Está por demás cualquier comentario, para saber que realmente es terrible vivir junto a una persona de mal genio. Ahora escuche lo que dice Proverbios 27:15 Gotera continua en tiempo de lluvia; Y la mujer rencillosa, son semejantes.

Algo que me fascina del libro de Proverbios es la forma tan pintoresca de algunas de sus comparaciones. Si alguna vez ha vivido en una casa con goteras, sabrá cuán molestas son. Allí está durmiendo plácidamente. Afuera está lloviendo. De pronto oye el inconfundible ruido de gotas de agua que se estrellan sobre algún lugar de su dormitorio. Tas, tas, tas…Con la esperanza que la gotera no esté sobre su cama se levanta, busca una cubeta y pone allí justo donde caen las molestas gotas para evitar que el agua moje todo su dormitorio. Regresa a su cama esperando que va a volver a dormirse, pero el molesto goteo no le deja dormir. Se las ingenia para atenuar el ruido. Trata diversas formas, pero sin éxito, el ruido de la gotera sigue allí. Cansado y derrotado vuelve a su cama. Ni bien comienza a conciliar el sueño, el ruido ensordecedor de su despertador le anuncia que es hora de levantarse. Sale de mal genio de su cama y en la ofuscación del momento en medio de la tenue penumbra del amanecer mete accidentalmente su pié desnudo en la cubeta donde recogió el agua de la gotera. El frío y el mal genio le provoca una reacción violenta. La cubeta sale volando por los aires. El desastre es total. Es terrible tener una gotera en la casa. Pues bien, igual de terrible es tener una esposa de mal genio según el proverbio que leímos. Ahora bien, el gigante del mal genio es muy hábil para tenernos dominados. Cuando alguien nos hace notar que tenemos mal genio, casi instintivamente buscamos una excusa para justificar nuestro mal genio. Algunos dirán mientras se levantan de hombros: Es que soy así, así he nacido y así he de morir. Otros dirán, es que he tenido una vida dura, con muchos problemas, por eso soy así y no puedo cambiar. No faltarán los que digan: Tengo derecho a estar mal genio, porque así todos me tendrán temor y me respetarán. Si pensamos que algunas de estas excusas son válidas para manifestar mal genio, significa que estamos dominados por el gigante del mal genio. ¿Qué hacer para conquistar a este gigante? En primer lugar, reconocer que Dios no nos ha puesto en este mundo para que andemos de mal genio. En Juan 10:10 el Señor Jesús dijo que Él ha venido al mundo para que los que le seguimos vivamos en abundancia. El mal genio o el mal carácter o el ser rencilloso, como quiera que se lo llame, dista mucho de la vida abundante que el Señor quiere que tengamos. En realidad un creyente mal genio es una afrenta para aquel que vino a darnos vida en abundancia. Si padece de mal genio, amable oyente, no eche mano de ninguna excusa para justificar su mal genio. En humildad reconoce que a causa de su mal genio no está viviendo como Dios quiere que viva y además está haciendo miserable la vida de los que están a su alrededor. En segundo lugar, debe reconocer que el mal genio no se cambia de la noche a la mañana. No es cuestión de revestirse de fuerza de voluntad y hacer la firme promesa de que a partir de determinado momento en adelante va a dejar de ser mal genio. Es posible que a fuerza de voluntad logre estar de buen genio mientras no suceda algo que lo saque de casillas, pero muy pronto reconocerá que la fuerza de voluntad no es tan fuerte como parece para hacernos cambiar el carácter. Por eso, en tercer lugar, dependa del poder del Espíritu Santo para dejar de ser mal genio. El poder del Espíritu Santo se manifiesta en los creyentes llenos del Espíritu Santo. El ser lleno del Espíritu Santo es resultado de conocer y obedecer la palabra de Dios. Por tanto, si quiera dejar de ser mal genio, debe comenzar a invertir más tiempo en la lectura, el estudio y la meditación de la palabra de Dios, acompañándolo en oración. En la medida que sepa lo que Dios dice en su Palabra y lo aplique a su diario vivir estará lleno del Espíritu Santo y en esas condiciones su vida manifestará lo que la Biblia llama el fruto del Espíritu. Veamos que comprende el fruto del Espíritu Santo. Gálatas 5:22-23 dice: Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
Gal 5:23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

Imagínese una persona que manifiesta amor en lugar de indiferencia, gozo en lugar de tristeza, paz en lugar de ansiedad, paciencia en lugar de explotar ante la más mínima situación adversa, benignidad en lugar de una disposición a la maldad, bondad en lugar de aspereza, fe o confianza en lugar de incertidumbre o desconfianza, mansedumbre en lugar de agresividad, templanza en lugar de ir a cualquier extremo. Esta persona es en realidad todo lo contrario a una persona mal genio, ¿no le parece? Claro que sí. Pero ¿En dónde comenzó todo? Pues en ser lleno del Espíritu Santo. Dominar al gigante del mal genio no es asunto fácil amable oyente, demanda gran esfuerzo e parte del creyente y eso da resultado única y exclusivamente cuando el Espíritu Santo otorga el poder para hacerlo. De modo que, amable oyente, si ha permitido que el gigante del mal genio domine su vida, hoy mismo debe comenzar la batalla para destronarlo. No será fácil, pero tampoco imposible con la ayuda del Señor.

14. EL RESENTIMIENTO

ESTUDIO BÍBLICO GIGANTES AL ACECHO

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14. EL RESENTIMIENTO

David Logacho
2016-04-26

a1Es un gozo saludarle amable oyente. Reciba una cordial bienvenida al estudio bíblico de hoy. La Palabra de Dios dice en Génesis 6 que cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, había gigantes en la tierra en aquellos días. Seguramente fue de estos gigantes que descendieron los gigantes que mucho tiempo después se encontraron con los doce espías de Israel quienes fueron enviados por Moisés en una misión secreta de reconocimiento de la tierra prometida. Estos gigantes infundieron tanto temor en los israelitas que la mayoría de ellos desistieron de su anhelo de conquistar esa tierra que fluye leche y miel. Qué triste. Estos Israelitas se dejaron dominar por los gigantes y de esa manera no recibieron las grandiosas promesas que Dios les había hecho. Nosotros también amable oyente, podemos dejar de recibir grandiosas promesas de Dios por el solo hecho de dejarnos dominar de algunos gigantes. Los gigantes que amenazan con dominarnos y nos infunden tanto temor no son de carne y hueso como los gigantes del pasado sino que son más bien hábitos o actitudes contra las cuales todos nosotros tenemos que luchar. Ya hemos visto que estos poderosos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos, la soledad, los malos entendidos y la enfermedad. En el estudio bíblico de hoy vamos a tratar acerca de otro de estos poderosos gigantes.

Los gigantes acerca de los cuales se habla en las Escrituras eran gigantes literales, eran hombres reales. Los gigantes de quienes estamos hablando nosotros son de diferente clase, pero son igualmente reales, igualmente peligrosos, igualmente amenazadores, igualmente poderosos. Nuestros gigantes son aquellas cosas que nos estorban o impiden conseguir lo mejor, nos impiden ser lo que debemos ser, o lo que queremos ser o lo que Dios quiere que seamos. A menudo somos estorbados, arrinconados, asustados, pisoteados o derrotados por estos gigantes. O aprendemos a conquistarlos o terminarán conquistándonos y alejando de nosotros todas las cosas buenas que Dios tiene para nosotros. Los gigantes que enfrentamos no son inofensivos. Nos atacan sin importar lo que seamos o donde estemos. Si no nos mantenemos alerta, nos privarán del mismo gozo del Señor, el cual es nuestra fortaleza, conforme a lo que dice Nehemías 8:10 donde leemos: porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza.

Estos gigantes pueden dejarnos maltrechos, gimiendo y con nuestra vida marchita e inútil. Uno de estos gigantes al acecho se llama resentimiento. El resentimiento es el enojo guardado en nuestro corazón ante una persona, cosa o circunstancia que nos causó algún tipo de malestar. Un joven puede vivir resentido contra sus padres porque cuando era niño sus padres no le prodigaron amor. Una esposa puede vivir resentida contra su esposo porque en algún momento éste le agredió física y verbalmente. Cuando el resentimiento no es confrontado franca y honestamente y erradicado de nuestra vida, corre el riesgo de transformarse en rencor que en esencia es resentimiento arraigado y tenaz. El rencor es condenado en la Palabra de Dios. Levítico 19:18 dice: No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.

Interesante que el resentimiento y el ulterior rencor son un atentado contra el amor. Por eso Pablo al hablar del perfecto amor dice en 1 Corintios 13:5 que el amor no guarda rencor. Cuando nos rendimos ante el gigante del resentimiento nos afligirá sin misericordia. Sufriremos espiritualmente, porque el resentimiento es un obstáculo en nuestra comunión con Dios. Sufriremos emocionalmente, porque el resentimiento es como vivir con una herida abierta que va infectándose más y más a medida que avanza el tiempo. Sufriremos físicamente, porque el resentimiento es el origen de muchas enfermedades. Según los médicos, una de las causas para las úlceras gastrointestinales es justamente el resentimiento. Así que, amable oyente, es altamente peligroso dejarnos dominar por el gigante llamado resentimiento. Lo prudente es conquistar este poderoso gigante. Si tiene a Cristo en su corazón, está en capacidad de derrotar a este gigante en su vida. Existe un arma mortal que el gigante del resentimiento no puede resistir. Esa arma se llama perdón. Al escuchar esta palabra, a lo mejor se pondrá a la defensiva y dirá: La verdad es que no puedo perdonar a esa persona. Lo que esta persona me hizo es imperdonable. Si supiera lo que me hizo esta persona. Por supuesto que yo no sé lo que alguien le ha hecho amable oyente, pero ¿Quiere saber algo? Cualquier cosa que le hayan hecho es nada en comparación con lo que usted y yo hemos hecho en contra de Dios. Lo que nosotros pecadores hicimos a Dios fue tan grave, que costó la vida de su amado Hijo. Pero lo grandioso es que Dios nos perdonó. Efesios 4:30-32 dice: Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Eph 4:31 Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.

Eph 4:32 Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

A pesar de que nuestra ofensa a Dios fue tan grave, Él nos perdonó en Cristo. Por tanto, dice Pablo, así mismo perdone a todo aquel que le ofende, sin importar la magnitud de la ofensa. El perdón, amable oyente, es el mejor favor que nosotros podemos hacernos a nosotros mismos. El gigante del resentimiento nos aconseja vivir resentidos como una arma para atacar al que nos ofendió. Nuestro resentimiento hacia esa persona será el permanente recordatorio que fuimos agredidos por esa persona. Llegamos a pensar que la persona que nos ofendió estará sufriendo lo indecible por cuanto nosotros estamos resentidos. Pero es todo lo contrario amable oyente. Cuando estamos resentidos nosotros llevamos la peor parte. Ya hemos señalado que el resentimiento es un lujo que no debemos permitirnos porque el precio que tenemos que pagar no se puede cuantificar en lo espiritual, en lo emocional y en lo físico. Si queremos dejar de estar resentidos, debemos perdonar. No estamos diciendo que sea fácil perdonar. El mismo Señor Jesucristo dijo que no sería fácil. Mateo 16:24 dice: Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

Sin importar como definamos la cruz en este versículo, no podemos reducirla a algo fácil o simple. Es algo muy difícil, arduo y penoso. Dios quiere que perdonemos a otros igual como Él nos ha perdonado a nosotros. Además amigo oyente, el perdón no es una opción que tenemos los creyentes. Ninguno de los que somos hijos de Dios podemos decir: Si quiero perdono y si no quiero no perdono. El perdón es en realidad un mandato del Señor. Marcos 11:25-26 dice: Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.

Mar 11:26 Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.

El guardar resentimientos, o lo que es lo mismo, el no perdonar es lo mismo que andar en desobediencia a la Palabra de Dios, algo condenado por Dios. De modo que, amable oyente, detrás del entre comillas “no puedo perdonar” en realidad lo que se esconde es un “no quiero perdonar” y el que mantiene esta actitud está en franca y abierta rebeldía contra Dios. Otra cosa que debemos tomar muy en cuenta a la hora de perdonar es que el perdón no necesariamente implica olvidar la ofensa recibida. El perdón es en realidad un compromiso que nos hacemos delante de Dios por el cual nos obligamos a nosotros mismos a nunca jamás tratar al ofensor de la misma manera como el ofensor nos trató a nosotros. Si no tenemos este concepto de perdón, siempre nos encontraremos hurgando en las ofensas del pasado para echar más leña al fuego del conflicto. Una esposa que no tiene esta manera de pensar, encontrará que siempre que discute con su esposo saca a colación problemas que se supone ya fueron arreglados y perdonados. Terminando ya, amable oyente, recuerde que es muy peligroso dejar que nos domine el gigante del resentimiento. Para evitarlo tenemos que echar mano del arma llamada perdón. No es fácil perdonar, pero cuando nos decidimos hacerlo ganaremos un cúmulo de beneficios.

13. LAS ENFERMEDADES

13. LAS ENFERMEDADES

David Logacho
2016-04-24

a1Reciba cordiales saludos amable oyente. Es motivo de gran gozo para mí contar con su sintonía. Bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Gracias por sus oraciones a favor de La Biblia Dice… Gracias por animarnos mediante sus cartas o sus correos electrónicos. Nuestro profundo reconocimiento a aquellos que nos apoyan económicamente. Que el Señor les recompense conforme a sus riquezas en gloria. Este estudio bíblico es parte de la serie que lleva por título: Gigantes al Acecho. Cuando hablo de gigantes no me estoy refiriendo a seres humanos superdotados físicamente. Los gigantes de quienes hablo son hábitos o actitudes contra las cuales todos nosotros tenemos que luchar diariamente. Ya hemos hablado de algunos de estos gigantes, como el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos, la soledad y los malos entendidos. Todos estos gigantes son muy poderosos y si se lo permitimos, son capaces de someternos bajo sus pies y causarnos gran aflicción. En el estudio bíblico de hoy vamos a tratar sobre otro gigante igualmente poderoso.

Sin temor a equivocaciones, puedo afirmar que el gigante que más nos ha atacado a todos y cada uno de nosotros es el gigante llamado enfermedad. ¿Ha estado alguna vez enfermo? Con toda seguridad su respuesta será afirmativa. Si su respuesta es negativa, seguramente está enfermo de amnesia. Si no tenemos una perspectiva correcta sobre la enfermedad, se tornará en un poderoso gigante que está listo a caer sobre nosotros para destruirnos. Si damos un vistazo a la Biblia para ver que hay detrás de la enfermedad, encontraremos que la enfermedad puede tener al menos tres diferentes orígenes. Primero, puede ser que se trate de alguna consecuencia de algún pecado. Enfermedades como el Sida, cuando resulta del uso del sexo fuera de los parámetros establecidos por Dios, es un buen ejemplo de una enfermedad que es consecuencia del pecado. Obviamente, no siempre el Sida es consecuencia de pecado. Piense por ejemplo en una persona que se contagia de Sida como resultado de una transfusión sanguínea con sangre contaminada con el virus. Pero la Biblia nos advierte muy abierta y francamente sobre la ley de la siembra y la cosecha. Gálatas 6:7-8 dice: No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.

Gal 6:8 Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.

Si el hombre siembra el bien, cosechará el bien, pero si el hombre siembra el mal cosechará el mal. En ocasiones la enfermedad es la cosecha de una siembra de desobediencia a la palabra de Dios. La enfermedad en este caso es vista también como una disciplina por parte de Dios. Algunos creyentes corintios fueron desobedientes a la Palabra de Dios y aún así participaban en la Cena del Señor como si todo estuviera bien en su vida. Por esta falta de integridad moral Dios los disciplinó y note como lo hizo. 1 Corintios 11: 26-30 dice: Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

1Co 11:27 De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.

1Co 11:28 Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.

1Co 11:29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.

1Co 11:30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.

La disciplina de Dios para estos creyentes corintios fue enfermedad, debilidad y aún la muerte. Si duda del hecho que Dios puede disciplinar con enfermedad a sus hijos descarriados solamente estudie la vida de David a raíz que cometió el pecado de adulterio con Betsabé, para que compruebe como Dios puso su mano sobre el cuerpo de David al punto que David exclamó lo que tenemos en Salmo 32:3-4. La Biblia dice: Mientras callé, se envejecieron mis huesos
En mi gemir todo el día.

Psa 32:4 Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;
Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Selah

El segundo origen de la enfermedad, puede ser una prueba para purificar nuestra fe. A veces Dios usa la enfermedad como el fuego que calienta el crisol donde se coloca nuestra fe. El mejor ejemplo de esto lo tenemos en Job del Antiguo Testamento. Según Job 1:1, Job era perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Sin embargo de ello, fue probado como quizá ningún ser humano ha sido jamás probado. Parte de su prueba fue justamente la enfermedad. Al salir airoso de la prueba, Job dijo lo que está registrado en su libro capítulo 42 versículo 5 De oídas te había oído;
Mas ahora mis ojos te ven.

Antes de la prueba, Job conocía a Dios pero su conocimiento de él era limitado, como de oídas, pero después de la prueba, el conocimiento de Dios por parte de Job era mucho más profundo, como si lo viera con sus propios ojos. ¿Qué es lo que hizo cambiar la perspectiva que Job tenía sobre Dios? Pues la prueba, entre lo cual también estuvo la enfermedad. El tercer origen de la enfermedad es simplemente una oportunidad para manifestar el poder de Dios en sanidad. Una vez Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos entonces le preguntaron: ¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? La respuesta de Jesús fue: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, luego le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé. El ciego fue y se lavó y regresó viendo. La ceguera que es una enfermedad no fue consecuencia de pecado, tampoco fue una prueba, simplemente fue una oportunidad para que Dios manifieste su poder en sanidad. Si no miramos a la enfermedad como hemos mencionado, corremos el riesgo de que la enfermedad se torne en un poderosos gigante que no solamente afligirá nuestro cuerpo sino también nuestra alma y nuestro espíritu. El gigante de la enfermedad nos aconsejará que Dios nos ha abandonado. Que Dios es injusto con nosotros. Que tenemos el derecho de vivir sanos pero que Dios nos está negando ese derecho. Que Dios no tiene poder para detener la enfermedad o aún pensaremos que a lo mejor tenemos algún pecado oculto que ni siquiera nosotros mismos sabemos y que por eso Dios nos está disciplinando. Si hacemos caso a los consejos del gigante llamado enfermedad llegaremos a vivir amargados, desanimados, confundidos, desesperados, faltos de fe y apesadumbrados. El gigante de la enfermedad quiere justamente vernos en esas lamentables condiciones. Pero no es necesario dejarnos dominar por el gigante de la enfermedad. Para conquistarlo sugiero lo siguiente: Primero, agradezca a Dios por la enfermedad, sin importar el origen de la misma. 1 Tesalonicenses 5:18 dice: Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.

Una actitud de agradecimiento a Dios, a pesar del dolor causado por la enfermedad, abrirá el camino para entender el propósito de Dios para la enfermedad. Segundo, en oración ferviente al Señor y en dependencia plena del Espíritu Santo, haga una evaluación de su propia vida. ¿Existe algún pecado que no lo ha confesado al Señor? Si es así confiéselo inmediatamente y apártese de ese pecado, porque es posible que la enfermedad tenga que ver con aquel pecado. Si luego de una investigación exhaustiva de su propia vida, no hay ningún pecado oculto, debería pensar que a lo mejor su enfermedad es una prueba de parte de Dios para ayudarle a madurar espiritualmente. En oración y en humildad pida a Dios sabiduría para comprender qué es lo que Dios quiere enseñarle a través de esta prueba. No busque desesperadamente la salida de la prueba, porque echará a perder la lección que Dios quiere enseñarle. Con paciencia espere hasta que el Señor mismo le muestre la puerta de salida. También es posible que su enfermedad sea una oportunidad para que Dios muestre su poder sanándole milagrosamente. Pida a Dios por sanidad, pero no sea impaciente o impertinente demandando de Dios sanidad inmediata. Si la voluntad de Dios es sanarle, él lo hará en su tiempo mas no cuando usted quiera. Tercero, no descuide consultar a los médicos. La ciencia médica y los médicos pueden ser canales a través de los cuales Dios puede obrar sanidad. Dios es soberano amable oyente. Él puede sanar con médico o sin médico, pero no debe adoptar una posición de pseudo espiritualismo afirmando que la medicina y los médicos no son necesarios para aquel que tiene su confianza puesta en Dios. Pablo dijo a Timoteo que tomara un poco de vino por causa de su estómago. En esa época se usaba el vino como una medicina, además de una bebida por supuesto. Con eso Pablo estaba diciendo a Timoteo: No descuides tu medicina si quieres sanarte. El gigante de la enfermedad no tendrá poder en alguien que afronta la enfermedad de esta manera.

12. LOS MALOS ENTENDIDOS

12. LOS MALOS ENTENDIDOS

David Logacho
2016-04-23

a1Saludos cordiales amable oyente. Gracias por su sintonía. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: Gigantes al Acecho. Al hablar de gigantes, me refiero a aquellas cosas contra las cuales todos nosotros tenemos que luchar en nuestro diario vivir. Cosas como el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos, la soledad, y eso sólo para mencionar algunos. Gracias a Dios, los creyentes hemos recibido el poder para conquistar estos gigantes, pero a pesar de ello, muchas veces permitimos que algunos de estos gigantes nos tengan dominados y de esa manera nos arrastramos por la vida a pesar de que pudiéramos volar. En esta oportunidad vamos a tratar acerca de otro gigante, igualmente peligroso. Se llama los malos entendidos.

Un dicho popular afirma que ningún comedido sale con la bendición de Dios. ¿Se ha puesto a pensar en el fundamento de este dicho? Una de las posibles razones es porque no siempre nuestras buenas acciones o buenas palabras son bien interpretadas o bien comprendidas por los demás. Se produce lo que llamamos un malentendido. Una de las más brillantes ilustraciones de lo que es un malentendido lo leí en el libro Tres Pasos Adelante, Dos para Atrás de Charles Swindoll. Este autor cuenta que el jefe de un bufete jurídico acostumbraba en el día de Acción de Gracias, entregar a sus empleados un pavo listo para llevarlo a la casa y prepararlo para la cena de acción de gracias. Uno de sus empleados era un joven abogado, soltero. Como vivía solo, no podía en absoluto aprovechar un pavo tan grande, sin mencionar siquiera que no tenía la menor idea de cómo preparar adecuadamente un pavo. Pero por no desairar a su jefe, año tras año recibía su pavo aunque no sabía que hacer con él. Cierto año, los compañeros de trabajo de este joven abogado, sabiendo que el pavo no significaba nada para él, decidieron jugarle una broma. Sustituyeron el pavo que iba recibir por un paquete de piedras, muy bien envueltas para que parezca un pavo de verdad y para que no sospeche nada, le pusieron un cuello un una cola de un verdadero pavo. Llegó el día de acción de gracias. El joven abogado recibió lo que él creía que era un pavo de verdad y luego de agradecer a su jefe por su regalo se marchó a su casa. Tomó un autobús y se sentó pensando que hacer esta vez con ese pavo tan grande y pesado. De pronto se subió al autobús un hombre que tenía una apariencia bastante cansada.

El único puesto libre que encontró este pobre hombre de mirada perdida fue justo a lado de nuestro joven abogado. Se sentó y los dos empezaron a hablar de la vida. El abogado supo entonces que aquel hombre de figura maltrecha había estado todo el día buscando empleo y no había logrado nada, que tenía una familia muy grande y que se estaba preguntando qué llevaría a su casa por el día de acción de gracias. Fue allí, en ese preciso instante cuando al joven abogado se le ocurrió una magnífica idea. Por fin llegó la hora de hacer una obra de caridad, se dijo: Le regalaré mi pavo a este desdichado. Luego le vino otro pensamiento. Este pobre hombre se puede ofender si le regalo un pavo, será mejor si le ofrezco vender en lo que tenga. Así que preguntó al hombre: ¿Cuánto me daría por este pavo? El pobre hombre dijo: Lo único que tengo es un par de dólares y unos pocos centavos. Vendido, exclamó el abogado. El hombre sacó los dos dólares y las monedas que tenía y con sonrisa en los labios recibió a cambio ese enorme envoltorio que se suponía era un pavo. Se despidió del abogado y se bajó del autobús, no sin antes oír las palabras del abogado: Que Dios lo bendiga. Que se divierta mucho el día de acción de gracias. ¿Puede imaginar lo que sucedió cuando este hombre llegó a su hogar? Quizá entró gritando: Me encontré un hombre que prácticamente me regaló un enorme pavo. La dicha se habrá transformado en tristeza y rabia cuando al quitar la envoltura se encontró con piedras en lugar de pavo.

El lunes siguiente, el abogado regresó a su trabajo. Sus amigos se morían de la curiosidad por saber lo que había ocurrido con el supuesto pavo. Cuando el abogado contó la historia, todos sus amigos quería morirse. Sin quererlo, por bien hacer, el abogado vendió una cuantas piedras envueltas como un pavo por un par de dólares con unos pocos centavos y sus amigos fueron sus cómplices. Esto es un malentendido. Una acción bien intencionada que sin embargo sale mal y causa dolor a alguien. Todos hemos pasado por situaciones parecidas, quizá no tan espectaculares como las del relato, pero ¿Cuándo fue la última vez que usted dijo algo o hizo algo con la mejor de las intenciones y sin embargo todo salió tan mal que se arrepintió de haberlo dicho o haberlo hecho? A lo mejor no fue hace mucho tiempo, porque los malos entendidos suelen ocurrir con bastante frecuencia. Cuando uno es víctima de un malentendido queda malherido, porque inmediatamente uno es criticado o difamado o investigado, o como decimos familiarmente, uno se mete en un lío gordo. A nadie le gusta pasar por esta situación y justamente de esto es de lo que se aprovecha el gigante de los malos entendidos para acorralarnos y dominarnos. Este gigante nos gritará en la cara: ¿Ya ves lo que pasó? ¿Viste que por hacer bien saliste mal parado? No seas necio, la próxima vez no hagas nada aunque estés en condiciones de hacerlo, para que no pases vergüenza una vez más. Dominados por este gigante, nos volvemos apáticos a las necesidades espirituales, emocionales y físicas de los demás. Decidiremos que lo mejor será vivir nuestra vida sin pensar siquiera en los demás. Vive tu vive y deja que otros vivan la suya. Si llegamos a este estado de cosas, el gigante de los malos entendidos habrá logrado una resonante victoria. Y cuántos han llegado a esta lamentable condición.

Me refiero a personas que alguna vez hicieron algo para ayudar a alguien pero fueron malentendidos y hoy no mueven ni un dedo para ayudar a nadie. La clave está entonces en cómo conquistar a este poderoso gigante. Para ello, primero reconozca que usted no es el único que ha sido víctima de un malentendido. No piense que hay algo raro en usted que hace que los demás no entiendan correctamente sus palabras o sus actos. No hay tal, todos nosotros somos víctimas del malentendido. Es un mal universal. Una cosa es lo que pensamos, otra la que sale de nuestros labios, otra la que llega a los oídos de nuestro interlocutor y otra la que llega a la mente de nuestro interlocutor. Es la falencia de la comunicación y la fuente de todos los malos entendidos. La única forma de evitar malos entendidos sería dejando de hablar con todos.

Pero trate de pasar una sola hora con otros sin decir una palabra. Verá que es imposible. Entonces es perfectamente posible que usted y yo y cualquier otra persona seamos mal entendidos. Los malos entendidos son como algunas bacterias en nuestro organismo. Tenemos que vivir con ellas. Segundo, entregue la situación a Dios. Diga al Señor en oración: Dios, aquí estoy otra vez. He sido mal entendido. Me siento herido. Tengo la razón pero nunca me lo creerían. Encárgate tú de poner en claro mi buena intención en todo este asunto. Esta, amable oyente es la única salida sensata antes los malos entendidos. No trate de aclarar por usted mismo que sus intenciones fueron buenas. Los hombres sólo vemos las acciones. No podemos ver las intenciones. Si usted entra al tortuoso camino de aclarar esto y aquello para que a todos les conste que sus intenciones eran buenas, sólo conseguirá hundirse más y más en el profundo pozo del mal entendido. Tercero, ore al Señor para que le dé sabiduría, discernimiento y tino para hacer o decir cosas. Antes de hacer o decir algo medite en la forma como lo va a hacer o en las palabras que va a decir. Si por alguna razón sospecha que algo que va a decir puede prestarse para ser mal entendido, no lo diga o dígalo de otra manera. El hablar impulsivo o el actuar impulsivo nos puede conducir a los malos entendidos.

Piense antes de hablar. Piense antes de actuar. Cuarto, si a pesar de poner todo su empeño para no ser malentendido igual es malentendido, no se desanime, ponga el asunto en la mano del Señor y siga haciendo cosas buenas. No se quede atado por el gigante del malentendido. Que con la ayuda del Señor logremos conquistar al temible gigante del malentendido.

11. LA SOLEDAD

11. LA SOLEDAD

David Logacho
2016-04-22

a1Saludos cordiales amable oyente. Es motivo de gran gozo para mí darle la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada Gigantes al Acecho. Cuando hablo de gigantes no me refiero a alguna raza de superhombres sino a cosas contra las cuales todos tenemos que luchar en nuestra vida cristiana. Estas cosas pueden ser el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos. Todas estas cosas son como poderosos gigantes que si llegan a dominarnos nos causarán gran aflicción. En nuestros estudios bíblicos anteriores sobre este mismo tema, ya hemos visto como podemos librarnos de al menos los gigantes que he mencionado. El problema es que existen más de esos gigantes y es así como en el estudio bíblico de hoy vamos a hablar acerca de otro poderoso gigante que se llama soledad.

Otro poderoso gigante es la soledad. Casi a cualquier lugar donde dirijamos nuestra mirada encontramos personas solitarias. Millones de personas sufren de aislamiento, pensando que nadie les ama, o peor aun pensando que no tienen ningún valor. Personas así viven atormentadas porque se encuentran completamente solas en el mundo a pesar que probablemente tengan a mucha gente a su alrededor. Alguien que trabaja con jóvenes ha dicho que probablemente un 95% de ellos se encuentra en un estado de soledad. Quizá esto explique el alto índice de suicidios entre la juventud. La soledad es un gigante terrible, puede hacer que nos sintamos tan miserables, deprimidos y desanimados que pensamos que lo mejor sería morir. Quizá valga la pena pensar en cómo una persona puede quedar atrapada en las temibles garras de ese gigante llamado soledad. Existen varias puertas que este poderoso gigante utiliza para entrar a nuestra vida y arruinar nuestra existencia. La primera se llama rechazo. Si por algún motivo hemos sufrido algún tipo de rechazo en el pasado, es posible que sintamos que no valemos nada, lo cual nos conducirá al desconsuelo y a la autocompasión. Con una mentalidad así marcada, evitaremos el contacto con la gente para evitar el tan temido rechazo. La soledad aunque sea dolorosa será una especie de autoprotección para evitar mayores heridas. La segunda puerta por donde puede entrar el gigante de la soledad se llama burla. Si alguien se burla de nosotros, ya sea de lo que somos o de lo que hacemos o de lo que decimos, nos sentiremos profundamente heridos en nuestro amor propio. Para evitar seguir siendo heridos echaremos mano de la soledad como mecanismo de autodefensa. Los padres somos muy propensos a burlarnos de nuestros hijos. Al hacerlo estamos abriendo una gran brecha en su amor propio, por la cual perfectamente podría entrar el gigante de la soledad. La tercera puerta por la cual puede entrar el gigante de la soledad es la separación. Un cambio de casa nos puede separar de nuestros mejores amigos y potencialmente nos puede sumir en la soledad. La muerte de un familiar puede separarnos de la persona que tanto hemos amado y arrojarnos a una terrible soledad. Un divorcio puede separar a dos personas que han estado juntas por años y conducir al profundo abismo de la soledad. La cuarta puerta por la cual puede penetrar el gigante de la soledad a nuestra vida es el pecado no confesado. Un pecado no confesado crea un fuerte sentimiento de culpa. En el huerto de Edén, la desobediencia no sólo erigió una barrera entre Dios y el hombre, sino entre el hombre y su mujer. Una vez que cayeron en pecado se convirtieron en seres egoístas y corruptos. Su maldad creció a partir de ese acto y continuó separándolos. El pecado separa, aísla, conduce a la soledad. Si la soledad ya ha entrado a su vida, debe haber atravesado por alguna de estas puertas. Quizá usted podría identificar por cuál de esas puertas entró ese poderoso gigante llamado soledad. Pero en realidad, lo que más le interesa a usted es saber como sacar a ese poderoso gigante de su vida. Bueno, permítame sugerir estas ideas. Primero, establezca o fortalezca su relación personal con Dios. Si usted no es creyente, está separado de Dios y eso puede ser la fuente de su soledad. Pero Cristo murió en la cruz del Calvario para que usted no continúe separado de Dios. Si quiere estar unido a Dios, lo único que debe hacer es recibir a Cristo como su Salvador. Si usted ya tiene a Cristo como su Salvador y aún así sigue sintiéndose solo, necesita fortalecer su comunión con el Señor. A lo mejor existe algún pecado no confesado en su vida. Algo que solamente usted y Dios lo saben. Si ese es el caso, confiese ese pecado al Señor y apártese del mismo. A lo mejor siente amargura contra los que le han rechazado o contra los que se han burlado de usted, o aún contra Dios por haber permitido cosas que le han causado tanto dolor. Si es así, decídase a perdonar a los que le han causado daño y si su amargura es contra Dios, recuerde que él no puede fallar. Si Dios permitió aquello que le ha causado tanto sufrimiento es porque de alguna manera que tal vez no pueda entender por ahora, eso es para su propio bien. Segundo, procure establecer relaciones significativas con otros. ¿Por qué no puede hacer amistades con facilidad? Quizá está ahuyentando a otros por sus actitudes y sus acciones. Nadie desea relacionarse con una persona amargada, enojada, egoísta y centrada en sí misma. Evalúe cuáles son sus motivaciones a la hora de entablar una amistad con alguien. ¿Busca amistad para obtener algún provecho personal? Si es así, está mal motivado y eso puede ser la causa de su soledad. La amistad no es para sacar algo sino para dar algo. Tener amigos significa correr riesgos, como vernos traicionados o desilusionados, pero no hay otra manera de disfrutar de sus recompensas. Debemos estar listos a tender puentes de amistad y caminar sobre estos puentes confiadamente. Encontraremos que es muy satisfactorio pues el proceso llena nuestras necesidades sociales. Tercero, identifique si su soledad está de alguna manera relacionada con la amargura. Si ha sido lastimado de alguna manera en el pasado, probablemente no desee arriesgarse buscando otra amistad. Pero si persiste en actuar de esta forma negativa, estará impidiendo el proceso sanador que necesita llevarse a cabo. Si continúa abrigando sus resentimientos, quedará incapacitado para actuar con la honestidad y apertura que requieren para llenar sus vacíos sociales. Confiese este sentimiento a Dios y confíe en que él permitirá que tenga buenas relaciones con otros. Cuarto, no se abandone a la autocompasión. Si se pasa la vida sintiendo lástima de usted mismo, nunca saldrá de su soledad. Entre más tiempo se pase lamentando su desdicha, más profundas se harán sus heridas emocionales. La autocompasión es el recurso de los débiles. Deje de mirar hacia el pasado. Cúbralo con la sangre de Cristo y mire el futuro con esperanza. Quinto, evite recluirse en la soledad. Si es una persona con tendencia a la soledad, minimice el tiempo que pasa solo o sola. Busque la comunión con otras personas. Aunque sus emociones le aconsejen a quedarse en su cama todo el día, no se deje dominar de este sentimiento. Fortalézcase en el Señor y busque la compañía de otros. Sexto, busque maneras de ayudar a otros. No hay mejor terapia para salir de la soledad que el ocuparse en el servicio a otros. Cuando está sirviendo a otros, dejará de mirarse a usted mismo y estará forzado a poner su mirada sobre otros. Esto le ayudará a vencer su soledad. Séptimo, busque promesas en la palabra de Señor, que le motiven mirar a Dios como un ser personal, interesado aún en los detalles más insignificantes de su vida. Si Dios conoce aun el número de cabellos de nuestra cabeza, ciertamente que nuestra soledad no le será desconocida. La palabra infalible de Dios le mostrará que en realidad no está solo o sola, a pesar que usted así lo sienta. Note por ejemplo lo que dice la palabra del Señor en relación con su pueblo escogido Israel. Leo en Isaías 43:1-5 Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.

Isa 43:2 Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.

Isa 43:3 Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador; a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti.

Isa 43:4 Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida.

Isa 43:5 No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré.

Si Dios cuida así de su pueblo Israel, ¿Piensa que lo hará menos con nosotros que somos sus hijos?

10. LOS CELOS

ESTUDIO BÍBLICO GIGANTES AL ACECHO

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10. LOS CELOS

David Logacho
2016-04-21

a1Saludos cordiales amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Gracias por dispensarnos su sintonía. Continuamos tratando el tema de los gigantes en nuestra vida. Me refiero a esas cosas que cómodamente se ha instalado en nuestra vida y nos han llegado a dominar de tal manera que echan a perder todo lo que podríamos ser o hacer para el Señor. Estos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad y algunos otros que los conoceremos a medida que progresamos en esta serie. Todas estas cosas son como poderosos gigantes que si se lo permitimos nos causarán gran aflicción. Gracias a Dios que los que somos creyentes hemos recibido el poder para conquistar a cada uno de estos gigantes. Eso lo hemos visto en nuestros estudios bíblicos anteriores. En el estudio bíblico de hoy, vamos a hablar de otro gigante, tan poderoso como los otros, llamado celos.

Se dice con justa razón que los celos están en cada uno de nosotros desde que nacemos hasta que morimos. Mi esposa y yo, hemos traído al mundo tres preciosos hijos. Cuando el mayor tenía tan sólo dos años nació su hermanita. Usted a lo mejor dirá: Qué bueno, así el hermano mayor ya tuvo compañía. Pues… nosotros también pensamos así. Pero a decir verdad, no resultó del todo de esa manera. ¿Sabe por qué? Pues por ese poderoso gigante llamado celos. Lamentablemente el hermanito mayor se sintió celoso por la llegada de su hermanita. Claro, las atenciones de los padres y los halagos de la familia ya no eran sólo para él. Tenía que compartir no sólo la atención y los halagos, sino muchas cosas más con aquella intrusa que de pronto apareció dando alaridos en la casa. Y no estamos hablando de un viejo pecador empedernido. Estamos hablando de una criatura de tan sólo dos años. Pero he allí, los celos estaban ya causando problema en él. Con el correr del tiempo, este gigante de los celos ya no causará solamente un lloriqueo constante como en el caso de un niño celoso, sino un comportamiento totalmente extravagante, en el caso de un adulto. Por los celos, el ser humano es capaz de causar terribles desastres. Tanto usted como yo, podemos citar caso tras caso de personas destruidas por haberse entregado al implacable gigante de los celos, hogares destruidos por los celos, iglesias destruidas por los celos. Con sobrada razón, Santiago dice en su libro, en el capítulo 3 versículo 16: Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.

Este es un axioma inviolable. Donde usted vea a un hombre celoso o a una mujer celosa, allí habrá peleas, vocabulario soez, intrigas, malos pensamientos, calumnias, chismes y rumores. Cuánto problema puede causar los celos. Los celos, amable oyente, son esas emociones negativas que experimentamos cuando tememos que cualquier afecto o bien que disfrutamos o pretendemos disfrutar, llegue a ser logrado por otro. Dicho en otras palabras, los celos tienen que ven con la incomodidad que sentimos cuando vemos amenazados los afectos o bienes que consideramos como de nuestra exclusiva propiedad. Es por eso que si alguien recibe cierto reconocimiento que nosotros estábamos dándolo como nuestro, casi inmediatamente comenzamos a pensar: Vaya, por qué a él y no a mí. Yo merecía más que él. Lo que pasa es que a nadie le importo. Nadie se fija en mí. Es el gigante de los celos que ha atacado. Una esposa podría pensar: Mi esposo ya no me ama. Debe haber otra mujer en su vida. Presa de este pensamiento esta esposa celosa tejerá una serie de episodios fantásticos. Si su esposo no llega a casa a la hora que se supone, pensará: Seguramente debe estar con esa otra mujer, por eso no llega a tiempo. El gigante de los celos ha atacado a esta esposa. Los celos pueden provocar verdaderos desastres amable oyente. Proverbios 6:34 dice: Porque los celos son el furor del hombre,Y no perdonará en el día de la venganza.

Muy bien, con todo lo que hemos dicho, estoy seguro que habrá reconocido cuan peligroso es este gigante llamado celos. Ahora viene lo bueno. ¿Qué hacer para conquistar a este poderoso gigante? Primero, es necesario reconocer que los celos son pecado. Como leímos ya en Santiago 3:16 los celos son la fuente de una serie de conductas pecaminosas en el ser humano, perturbación y toda obra perversa, dice el texto. Además note lo que dice Gálatas 5:19-21 Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, Gal 5:20 idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, Gal 5:21 envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

En este pasaje bíblico vemos que los celos están en el mismo plano que el adulterio, la fornicación, los homicidios, las borracheras y todo lo demás. Por tanto los celos son un pecado que ofende la santidad de Dios. Si usted es una persona celosa, no justifique sus celos diciendo: Es que me provocan, o es que tengo suficientes motivos para ser celoso o celosa. Lo aconsejable es ir al Señor en oración para decirle: Señor, soy un celoso o una celosa, me he dejado dominar del gigante de los celos, reconozco que es pecado y no quiero seguir viviendo de esta manera. Luego de confesar los celos como pecado, en segundo lugar, debe apartarse de los celos. No es algo sencillo se lo aseguro y por eso usted necesitará aferrarse con todas sus fuerzas al Señor. Pida al Señor en oración la ayuda necesaria para vencer a este poderoso gigante. Cada vez que surja ese sentimiento de celos, reconózcalo inmediatamente, y una vez detectado, no deje que su mente se ocupe más en eso. Destierre inmediatamente ese pensamiento. No piense que los celos le van a ayudar a resolver los problemas que tenga, cualquiera que estos sean. Si por ejemplo, se siente celoso de un compañero de trabajo, pensando que a lo mejor él va a recibir una promoción y no usted, piense y razone que esta actitud es fruto de sus celos e inmediatamente sáquela de su mente.

Tercero, jamás actúe motivado por los celos. El gigante de los celos insistirá que usted haga algo en contra de la persona contra quien se siente celoso o celosa. Si se trata de su esposo, el gigante de los celos insistirá que usted inicie una pelea, o lo que se llama una escena de celos, ante la más mínima provocación, no importa si se trata de una situación real o creada en su imaginación. Si es su compañero de trabajo, el gigante de los celos insistirá que usted busque maneras para hacer quedar mal a su compañero de trabajo ante sus superiores, de modo que su propia imagen se vea bien. Usted sabe, el viejo truco de hacer quedar mal a otros para quedar bien nosotros. No actúe motivado por los celos. Lo único que obtendrá es fortalecer a ese gigante que le tiene dominado y que se llama celos y ciertamente, en algún momento se arrepentirá de eso. Recuerde lo que pasó con el celoso rey Saúl cuando David apareció en la escena como el ungido futuro rey. Los celos de Saúl le llevaron a perseguir a David para matarlo, pero en el intento, Saúl mismo fue víctima de la violencia que causó. Por algo afirma el popular dicho: Quien siembra vientos cosechará tormentas.

Cuarto, procure compartir su problema de celos con alguna persona madura espiritualmente hablando. De esta forma, el peso de los celos se hará más ligero. No esconda ese pecado de celos que ya ha detectado en su vida. Confróntelo y pida consejo a hombres y mujeres de Dios para derrotarlo. Es interesante que según la ley Mosaica, si un marido se sentía celoso de su mujer, no debía quedarse en casa alimentando a ese gigante llamado celos, por medio de sospechas sobre su mujer y haciéndole la vida imposible. Según el libro de Números, capítulo 5, lo que debía hacer es ir al sacerdote y allí, ante él, tratar el asunto para terminar de una vez por todas con esos celos tan funestos. Definitivamente, amable oyente, Dios no quiere que vivamos saturado de celos. Los celos nos quitan el gozo de vivir para Dios, y lo que es peor nos conducen al pronunciado barranco de hacer o decir cosas totalmente fuera de lugar. Debemos confrontar este pecado y desterrarlo de nuestra vida. Por último, si usted es una persona celosa, debe como nunca confiar en la suficiencia de Dios para satisfacer cualquiera de nuestras necesidades. Dios sabe lo que es mejor para cada uno de nosotros. Puede ser que nosotros pensemos que tal o cual cosa nos hará felices y por eso lo buscamos con tanto ahínco y sentimos celos ante todo lo que amenace con privarnos de aquello que esperamos. Pero solamente Dios sabe lo que es mejor para nosotros. Busquemos lo que deseamos con dedicación, pero si no lo conseguimos, no pensemos que fue porque otros fueron mejores que nosotros, sino simplemente porque aquello que buscábamos no fue lo mejor y Dios no nos lo dio porque él busca lo mejor para nosotros.

9. COMPLEJO DE INFERIORIDAD

8. DUREZA DE CORAZÓN

SERIE GIGANTES AL ACECHO

8. DUREZA DE CORAZÓN

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David Logacho
2016-04-15

a1Saludos cordiales amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Es un privilegio contar con su sintonía. Esta serie de estudios bíblicos está dedicada a tratar el tema de los gigantes. No se asuste, no me refiero a alguna rara especie, sino a cosas con las cuales tenemos que luchar cada uno de nosotros en nuestro diario vivir. Estas cosas pueden ser el desaliento, la crítica, el temor, el chisme, la culpa y tantas otras cosas más. A simple vista, estas cosas parecen enormes gigantes que amenazan con quitarnos el gozo de vivir como hijos de Dios. A veces, estos gigantes han tenido éxito maniatándonos y eso explica la existencia de millones de creyentes desanimados, criticones, temerosos, chismosos y quien sabe qué más. En el estudio bíblico de hoy vamos a hablar sobre otro de estos gigantes.

Siempre hay gigantes en nuestras vidas, me refiero a obstáculos que tenemos que vencer o cosas que nos impiden que disfrutemos de lo mejor de Dios. En ocasiones inclusive nos parece que a nosotros nos ha tocado enfrentar algo que jamás nadie ha enfrentado, lo cual no corresponde a la realidad porque los gigantes que nosotros tenemos que enfrentar están también atacando a todos los demás. Podemos intentar ignorarlos, pero eso no nos conducirá a ningún lado, más bien producirá un efecto contraproducente porque estos gigantes se volverán más feroces y despiadados. Lo mejor es reconocer su existencia, pero no permitir que controlen nuestra vida. La táctica de estos gigantes es la intimidación, tratan de asustarnos, pero no deberíamos caer en su estilo de juego, no deberíamos dejar que nos dominen. Estos gigantes tratarán de hacernos pensar que lo más prudente para nuestro bien es hacer caso a sus dictámenes, pero los que somos hijos de Dios no debemos hacer caso al consejo de estos gigantes sino a la infalible palabra de Dios. En esto radica en realidad la clave para conquistar a estos poderosos gigantes. Recordemos que la tierra que Dios prometió a la nación de Israel, también tenía gigantes, esos gigantes eran de carne y hueso. Moisés sin embargo dijo a su gente. No temáis, ni tengáis miedo de ellos. Pero el pueblo no escuchó la voz de Dios por medio de Moisés sino que escuchó la voz de los gigantes que clamaban: No vengan porque si vienen los vamos a devorar. De esta manera, todo una generación de los hijos de Israel perdieron la bendición de poner su pie en la tierra prometida y en lugar de ello murieron en el candente desierto. Esas son las consecuencias de dejarse dominar por los gigantes amable oyente. Hemos considerado ya a algunos de estos gigantes, desánimo, crítica, temor, chisme, sentimiento de culpa. Hoy vamos a hablar de uno más. Se llama dureza de corazón. En Mateo 24:12, Jesús dijo: y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.

Jesús advirtió que el mal iba a abundar, e iba a causar algunos estragos, entre ellos, que el amor no de pocos, sino de muchos, se iba a enfriar. Pero para enfriarse tuvo que estar caliente primero. En otras palabras, algo hará que alguien que tenía un amor ardiente, de pronto ese amor se enfríe. Lo que pasa es que atacó ese gigante que nosotros hemos llamado dureza de corazón. Es interesante, pero por medio de las circunstancias y el medio ambiente que nos rodea nos dejamos contagiar del espíritu de la época que vivimos. Quizá nos defendamos diciendo: Yo no soy así, pero somos así, lo que pasa es que no nos damos cuenta de ello. Vivimos rodeados de gente criticona, desdichada y amargada; y si no somos precavidos inevitablemente llegamos a ser como ellos. Incluso podemos criticarlos, sin tomar conciencia de que estamos haciendo las mismas cosas que ellos hacen. La iniquidad y la maldad campean por doquier. Esto nos afecta al fin y al cabo y termina por hacer enfriar nuestro amor, con un amor frío, nuestro corazón se endurece. Con un corazón así, adoptamos una actitud de dureza e insensibilidad. Llegamos a la conclusión que la gente merece todo lo malo que le está pasando debido a su impiedad. La decadencia moral abunda a nuestro alrededor y nosotros, dominados por el gigante de la dureza de corazón adoptamos una actitud de superioridad al razonar y decir: Gracias a Dios que no soy malo como el resto, por eso, todos esos impíos tienen bien merecido que Dios les castigue con rudeza.

Es muy fácil olvidar que somos lo que somos únicamente por la gracia de Dios. No estoy diciendo que debemos estar de acuerdo con lo que los impíos hacen, sino que debemos tener compasión de ellos. El Señor Jesús nunca estuvo de acuerdo con las cosas malas que hacían los impíos de su tiempo, pero sin embargo el Nuevo Testamento dice que Él tuvo compasión de las multitudes porque les vio como ovejas sin pastor. Pero si nos dejamos dominar por el gigante de la dureza de corazón no tenemos compasión por nadie. La maldad habrá hecho enfriar nuestro corazón. La dureza de corazón es realmente un gigante, y no sólo matará nuestra compasión, sino que también anulará nuestra preocupación e interés por los demás. De esta manera matará también nuestro ministerio en otras vidas. Seremos inútiles para Dios si nuestra compasión se extingue y nuestros corazones se endurecen. Dios no podrá conmovernos y tampoco las circunstancias que nos rodean. Con un corazón endurecido habremos perdido nuestra capacidad de amar. El apóstol Pablo nos ha dejado esta advertencia en Romanos 12:2. La Biblia dice: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Pablo está diciendo que los creyentes no debemos permitir que el mundo nos meta a la fuerza en su molde. No debemos pensar, ni sentir, ni actuar o juzgar de la manera que el mundo lo hace. Debemos ser diferentes. Si lo permitimos podemos llegar a ser tan insensibles que nada nos conmoverá. Cuando eso pase, dejaremos que los necesitados pasen de largo y nuestro corazón jamás se agitará para tocarlos. Por supuesto que si nuestro corazón no se agita por tocarlos, menos lo harán nuestras manos y nuestros pies jamás encontrarán un camino hacia ellos. El amor no significa estar de acuerdo con la maldad del mundo. Nunca estaremos de acuerdo con el individuo que se emborracha y atropella a alguien o con el tipo que comete algún crimen. Lo que el amor significa es que nuestro corazón se conmueve de compasión por el pecador.

La compasión es parte del carácter de Dios y por tanto debe ser parte del carácter de su pueblo. La compasión mueve a hacer lo mejor para quien es objeto de la compasión. Eso fue justamente lo que hizo el Señor Jesús al morir por nuestros pecados. Solamente existe una cosa que podemos hacer para liberarnos del domino del gigante de la dureza de corazón y eso es acudir lo antes posible al Divino especialista del corazón y decirle: Dios, he llegado a la conclusión que tengo un corazón endurecido.

No puedo pensar correctamente, no puedo ver las cosas correctamente. Mi amor es pura teoría. Todo mi amor por ti y por mi prójimo ha llegado a ser nada más que una farsa con vestimenta de religión. Señor, ayúdame. Haz algo en mí. Cambia mi corazón. Dios es experto en corazones endurecidos, amable oyente. Ante una oración así, él puede sanar el corazón y puede poner allí un nuevo corazón, lleno de compasión e interés por los demás. No continúe dominado por el gigante de la dureza de corazón. Viva la hermosa realidad de tener un corazón sensible a las necesidades de los demás. Con la ayuda del Señor podrá apropiarse de la promesa del Señor cuando dijo: Yo he venido para que tenga vida, y para que la tengan en abundancia.