7. LA CULPA

SERIE GIGANTES AL ACECHO

7. LA CULPA

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David Logacho
2016-04-14

a1Saludos cordiales amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Cuando los doce espías de Israel fueron a reconocer la tierra que Dios les había prometido, encontraron que en esa tierra había gigantes. Diez de ellos se sintieron tan amenazados por esos gigantes que llegaron a la conclusión que sería imposible tomar posesión de esa tierra prometida. Su informe fue una bofetada contra Dios y la tenemos en Números 13: 31-33. La Biblia dice: Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros.

Num 13:32 Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura.
Num 13:33 También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.

Solamente dos de esos doce espías honraron a Dios con su informe. Ellos dijeron: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos. A estos se unió Moisés quien exhortando al pueblo les dijo: No temáis, ni tengáis miedo de ellos, Jehová vuestro Dios, el cual va delante de vosotros, él peleará por vosotros, conforme a todas las cosas que hizo por vosotros en Egipto delante de vuestros ojos. Eran los mismos gigantes, pero vemos dos distintas reacciones ante ellos. Una de derrota y otra de victoria. Igual sucede en nuestra vida, amable oyente. Nosotros también encontramos gigantes en la vida cristiana que amenazan con echar a perder todo lo que Dios nos ha prometido. Nosotros también podemos manifestar dos distintas actitudes ante ellos, una actitud de derrota y una actitud de victoria. Ya hemos visto que esos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el temor y el chisme. En el estudio bíblico de hoy vamos a referirnos a otro gigante más.

Otro gigante que amenaza con quitarnos el gozo de disfrutar nuestra vida cristiana se llama culpa. A menudo, a pesar de que sabemos que hemos sido perdonados, no nos sentimos perdonados y no sabemos qué hacer al respecto. El gigante llamado culpa nos tiene encadenados y caminamos por la vida cristiana arrastrando unas gruesas cadenas de culpa. Un creyente genuino vive lamentado las malas acciones que cometió antes de ser creyente. La culpa es como un fantasma que le persigue sin cesar. Intentamos de diversas maneras liberarnos del domino del gigante de la culpa, pero parece que fuera más fuerte que nosotros, porque por más que lo tratamos, no lo logramos. Todos los ancianos, pastores, consejeros, se ven forzados a tratar con este problema en las iglesias. Si el gigante llamado culpa desapareciera de la vida de los creyentes, el trabajo de los ancianos, pastores y consejeros se reduciría a menos de la mitad. La culpa es un gigante muy real, invade el corazón y cuando logra asentar allí sus dominios arruina todo lo que está a su lado. Ahora bien, la culpa tiene también su lado positivo, porque nos puede motivar a dos cosas. En primer lugar a reconocer lo pecadores condenados que éramos antes de conocer a Cristo como nuestro Salvador y en segundo lugar, a reconocer las faltas que hemos cometido aun siendo ya creyentes, siempre y cuando nuestras conciencias no se hallen cauterizadas al punto que no nos sentimos culpables cuando hacemos cosas cuestionables. En cuanto a lo primero, si un incrédulo no admite culpa, nunca podrá recibir a Cristo como Salvador. La salvación, amable oyente, es para los que genuinamente reconocen su vida de pecado y se sienten culpables por ello. El incrédulo que no se siente culpable, que piensa que no hay problema con todo lo malo que ha hecho, en realidad no necesita de un Salvador, no porque no le haga falta, sino porque no está consciente de que le hace falta un Salvador. Esta persona seguirá así su camino y terminará en condenación eterna. Es increíble como razona el incrédulo para hacer desaparecer el sentimiento de culpa en su vida. Normalmente echa la culpa a otra persona o a alguna circunstancia. Su frase preferida es: No es mi culpa, y luego se dedica a buscar un culpable, fuera de él mismo, por supuesto. Que el hogar donde me crié, que si las cosas hubieran sido diferentes, que la pobreza, que la riqueza, que mi apariencia física, que mi falta de educación, que la falta de amor de mis padres, y tantas otras cosas más. Qué diferencia haría en un incrédulo reconocer que se siente culpable a causa de su pecado. Sólo así podría acudir a quien tiene el poder y la voluntad para librarlo de la culpa por el pecado. Efesios 1:7, hablando del Señor Jesucristo dice: en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,

La culpa, por decirlo así, muestra el camino hacia la salvación en el incrédulo. Pero al hablar de la culpa como un gigante, no nos estamos refiriendo a esta faceta de la culpa, sino más bien a ese sentimiento de culpa por cosas que sucedieron en nuestra vida antes de ser creyentes o por cosas impropias que hemos hecho siendo ya creyentes y que ya han sido confesadas al Señor e inclusive nos hemos apartado de ellas. Esta actitud es lo que podríamos llamar un complejo de culpa y ciertamente causa mucho malestar y sufrimiento al punto de anularnos en nuestra vida cristiana. Un creyente que ha sido atacado por este gigante siente que su culpa merece castigo, y en eso tiene la razón, toda culpa merece ciertamente un castigo. Pero ese castigo en el caso del creyente, ya lo recibió nuestro Salvador y por tanto nosotros no tenemos que recibir ningún castigo. Es probable que seamos disciplinados por cosas que hicimos mal, pero eso es otra cosa. Las consecuencias de nuestro pecado no deben ser consideradas como castigo por nuestros pecados sino como una manera de buscar restauración.

Sin embargo, los creyentes que son víctimas del gigante de la culpa piensa que si reciben castigo, eso será la manera como purgarán sus faltas por ellos mismos y entonces se sentirán más espirituales. Este razonamiento es contrario a las Escrituras, es como despreciar el sacrificio de Cristo, quien, según lo que dice Hebreos 10:14 con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Para muchos parece ser más fácil aceptar el castigo por la culpa que aceptar el perdón en Cristo y vivir libres y gozosos. Romanos 5:1 dice: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;
El ser justificados o el ser declarados justos por Dios, que es lo mismo, no es el resultado de haber recibido el castigo por nuestra culpa, sino el resultado de haber confiado en Cristo como nuestro Salvador. Esto es un hecho, sea que los creyentes dominados por el gigante de la culpa lo reconozcan o no. Los sentimientos nada tienen que ver con este hecho. Es cuestión de creerlo y aceptarlo, sin importar como nos sentimos. El verdadero problema de los creyentes que se han dejado dominar por el gigante de la culpa es que no están seguros de que Cristo es todo suficiente para librarles del sentimiento de culpa. Tienen un Dios demasiado pequeño como dice J. B. Phillips.

Saben que Cristo murió por sus pecados y le han recibido como Salvador, pero no están seguros que Él ya fue castigado por todo el pecado cometido por el creyente. Piensan que en algo ayudaría a Dios si ellos sufren también un poquito por sus propias culpas. Esto es horrendo, amable oyente. No hay pecado demasiado grande o demasiado pequeño que el creyente haya cometido por el cual Cristo no haya pagado con su sacrificio en la cruz. No se puede luchar contra este gigante de la culpa sobre la base de los sentimientos. Si lo intentamos seremos derrotados vez tras vez. En lugar de ello debemos aferrarnos a lo que dice la Palabra de Dios y punto, sólo así podremos enfrentar a este gigante junto con el Salvador, quien puede salvarnos, guardarnos, darnos la paz y perdonarnos de todos nuestros pecados. Podemos conquistar al gigante de la culpa. La libertar verdadera está en Cristo y solamente en Él.

6. EL CHISME

SERIE GIGANTES AL ACECHO

6. EL CHISME

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David Logacho
2016-04-13

a1Saludos cordiales mi amiga, mi amigo. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: Gigantes al Acecho. Todos nosotros tenemos que enfrentar gigantes en nuestra propia vida. Cuando hablo de gigantes me estoy refiriendo a acciones o actitudes en nosotros mismos que amenazan con hacernos daño si no nos sometemos a ellas. En nuestros últimos estudios bíblicos dentro de esta misma serie hemos hablado ya de algunos de estos gigantes, el gigante del desánimo, el gigante de la crítica y el gigante del temor. En el estudio bíblico de hoy hablaremos sobre otro gigante. Este gigante se llama el chisme.

Muchos gigantes acechan nuestra vida y no nos permiten disfrutar a plenitud de lo que Dios nos ha prometido en su Palabra. Ya hemos hablado acerca de los gigantes del desaliento, la crítica y el temor. Otro de los gigantes más comunes con los cuales debemos tratar se llama chisme. Todos nosotros somos acosados insistentemente por este poderoso gigante. Es tan fácil caer en los chismes. Cuántas veces no nos habremos arrepentido de haber soltado algo que no debió haber salido de nuestra boca. Con razón que Carlos Spurgeon solía decir: No me gusta en absoluto que la gente me cuente sus secretos, simplemente porque me es muy difícil guardarlos. Creo que cada uno de nosotros podríamos pronunciar un sonoro Amén a este dicho de Spurgeon. No me gustan los chismes, pero como me entretienen, decía un amigo mío. Otro amigo mío decía: Las únicas veces que no me atrae un chisme es cuando ese chisme es sobre mí. El gigante del chisme se parece mucho al gigante de la crítica, porque ambos se basan en conjeturas carentes de veracidad. Con el gigante del chisme sucede algo interesante, es esto: Puede ser que sepamos cuál es la realidad de los hechos, pero cuando lo contamos a otros lo hacemos de tal forma que exageramos esos hechos para hacer daño a la persona de quien estamos chismeando. En realidad, amable oyente, si permitimos que este gigante nos tome por el cuello, no tardaremos en convertirnos en incurables chismosos. Ahora bien, ¿Por qué es tan nocivo esto del chisme? Bueno, porque Dios nos ha ordenado no chismear. Levítico 19:16 dice: No andarás chismeando entre tu pueblo. No atentarás contra la vida de tu prójimo. Yo Jehová.
Interesante que el andar chismeando es un atentado contra la vida del prójimo. Por andar en chismes, ponemos en peligro la vida misma de otra persona. ¿Se puede imaginar? A veces, la lengua causa más daño que un puñal. Por esto el sabio Salomón habló bastante sobre el mal uso de la lengua, dentro de ello, el chisme. Note lo que dice Proverbios 11:13 El que anda en chismes descubre el secreto;
Mas el de espíritu fiel lo guarda todo.

Note que aquí se contrasta al chismoso con el de espíritu fiel. Andar chismeando es un atentado a la fidelidad que nos debemos el uno al otro. Actuando con necedad, el chismoso descubre algo que debía ser guardado en secreto, en cambio, el de espíritu fiel protege lo que está en secreto. Esto no tiene nada que ver con ocultar pecados, sino con personas que hablan de cosas que no saben y dicen cosas que no son verdad para lastimar a otros. Proverbios 20:19 dice: El que anda en chismes descubre el secreto;
No te entremetas, pues, con el suelto de lengua.

Esta es una descripción precisa de cómo actúa el chismoso. El chisme ha sido causa de peleas y distanciamiento de los mejores amigos. Sobre esto, Proverbios 16:28 dice: El hombre perverso levanta contienda,
Y el chismoso aparta a los mejores amigos.

Muchas veces encontramos que nuestro mejor amigo nos pone una cara larga. No logramos descubrir la razón. Una probable razón es que nuestro mejor amigo tal vez escuchó algún chisme sobre nosotros y ese chisme está separando a dos grandes amigos. Es muy fácil caer en el chisme. Ponga atención a lo que dice Proverbios 18:8 Las palabras del chismoso son como bocados suaves,
Y penetran hasta las entrañas.

¡Cómo nos divierten los chismes! Salomón los compara como bocados de delicioso manjar, pero ¡Qué consecuencias más desastrosas! Dice el texto que son peor que un puñal que penetra hasta las entrañas. Cuidado con los chismes amable oyente. No sea que estemos apuñalando a alguien sin saberlo. Es fácil descubrir como hiere un chisme. Todo lo que tenemos que hacer es recordad cómo nos dolió la última vez que oímos un chisme acerca de nosotros mismos. Cómo se incrustó ese aguijón donde más nos duele. Cómo nos lanzó a ese estado de desesperanza. Quizá nos preguntamos: ¿Cómo es posible que alguien sea capaz de hacer algo semejante? Así es exactamente como sienten otros cuando escuchan un chisme que nosotros hemos repetido. Bueno, con todo lo que hemos dicho, seguramente usted tendrá un cuadro bastante completo de lo bajo y ruin que es este gigante llamado chisme. Ahora viene la mejor parte. ¿Cómo podemos evitar que este maléfico gigante nos siga dominando? ¿Cómo lograr conquistarlo? Primero, debemos tratarlo como lo que es, es decir, como un pecado. Muchas personas no miran al chisme como algo bajo y sucio, sino que lo cubren con un manto de falsa piedad. Lo consideran como una pequeña debilidad o un hábito malo pero nada serio o toman la actitud de si todos lo hacen entonces por qué no yo. Con ideas como estas sobre el chisme, nunca lograremos conquistarlo. Lo que necesitamos es encararlo honestamente y considerarlo como un pecado. Segundo, ya que estamos de acuerdo en que el chisme es pecado es necesario confesarlo como tal delante de Dios. Deberíamos decir a Dios algo como esto: Señor, reconozco que he sido un chismoso. Reconozco que el chisme es un pecado y por tanto ha ofendido tu santidad. Cuando tratamos al chisme de esta manera, podremos descansar en promesas como la que encontramos en 1 Juan 1:9 donde dice: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Tercero, debemos inmediatamente abandonar el chisme. Proverbios 28:13 dice: El que encubre sus pecados no prosperará;
Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

Si queremos en verdad conquistar al gigante llamado chisme, no es suficiente con reconocer al chisme como pecado y confesarlo como tal delante de Dios. Además se necesita de un acto voluntario por el cual decidimos dejar a un lado totalmente el chisme. Federico el Grande, rey de Rusia, ha dejado una lección sobre esto. En alguna ocasión recibió en su despacho a una distinguida dama de su imperio. Vengo a contarle que mi esposo me trata muy mal, dijo la dama. El rey sin inmutarse replicó. Ese no es asunto mío, madam. La dama entonces añadió: Pero… también habla muy mal de usted. Nuevamente el rey sin inmutarse respondió: Si es así, no es asunto suyo madam. Qué bueno sería que nosotros mostráramos la misma decisión para no andar en chismes. Cuando rendimos nuestra voluntad a Cristo, Él puede cumplir su voluntad en nosotros. Filipenses 2:13 dice: porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Cuando entregamos a Dios nuestra voluntad, él cambiará nuestra conducta. Debemos decir al Señor: Por la gracia de Dios no voy a ser más la clase de gente que hiere a las personas recibiendo o propagando chismes. Cuarto, cuando alguien venga a usted con un chisme, córtelo con cortesía, recuerde que el mal no radica solamente en ir a otros con el chisme, sino también el recibir chismes de otros. Una buena manera de hacerlo es diciendo a la persona que trae el chisme algo como esto: Antes que continúes, quiero que sepas que yo voy a verificar lo que me digas con la persona aludida. ¿Tendrías algún problema si le digo que has sido tú quien me lo ha contado? El chismoso normalmente no querrá que se revele su nombre y así usted logrará no recibir más chismes de él. Quinto, antes de hablar algo sobre otro, para evitar caer en el chisme, hágase esta pregunta: ¿Podría decir esto aún si la persona de quien se trata estuviera presente? Si la respuesta es sí, entonces, adelante, lo que diga no será un chisme, pero si la respuesta es no, y aun así, usted lo dice, habrá caído en el chisme. Sexto, ore constantemente al Señor, pidiendo poder para no caer en el chisme. David oraba de esa manera según Salmo 141:3 Pon guarda a mi boca, oh Jehová;
Guarda la puerta de mis labios.

Es preferible morderse los labios antes que soltar un chisme. Si somos diligentes en poner en práctica estos principios habremos conquistado al gigante del chisme.

5. TEMOR

SERIE GIGANTES AL ACECHO

5. TEMOR

David Logacho
2016-04-11

a1Reciba cordiales saludos amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Gracias sinceras por su sintonía. En los últimos estudios bíblicos nos hemos ocupado de algunos gigantes que amenazan nuestra vida. No se trata de ciencia-ficción o algo por el estilo. Hemos llamado gigantes a esos hábitos perniciosos que instalándose en nuestra vida nos causan serios estragos, tales como el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa. Los hemos llamado gigantes porque existe cierta similitud entre estos hábitos y los gigantes que habitaban la tierra de Canaán cuando Israel estaba a punto de tomar posesión de ella conforme a la promesa de Dios para su pueblo escogido. Los gigantes de Canaán asustaron tanto a la nación de Israel, que la mayoría de los israelitas desistieron de entrar a la tierra prometida y estaban hablando seriamente de regresar a la esclavitud en Egipto. De la misma forma, esos gigantes en nuestra vida nos asustan tanto que nos impiden crecer espiritualmente, emocionalmente y hasta físicamente. Ya hemos hablado sobre los gigantes del desánimo y la crítica. En el estudio bíblico de hoy vamos a hablar de un poderos gigante llamado temor.

Toda persona, incluso los creyentes, lucha contra poderosos gigantes, es decir, contra aquellas cosas que parecen más poderosas que nosotros. Son cosas que se afanan por destruirnos y robarnos la paz y la voluntad para avanzar en la vida con decisión, fe y esperanza. Por supuesto, muchos de estos gigantes tienen la capacidad de dar la apariencia de ser mucho más grandes de lo que realmente son. En muchos casos son solamente el producto de nuestra propia imaginación, como por ejemplo, la ansiedad, o la preocupación. A veces estamos tan preocupados que perdemos el apetito, perdemos el sueño, perdemos la paciencia, nos desesperamos y hasta nos enfermamos físicamente. Sin embargo, más tarde hallamos que las cosas que tanto temíamos y que nos produjeron tanta preocupación nunca llegaron a suceder en la realidad. Uno de esos gigantes es justamente el temor. El temor no siempre es malo. El temor es como una protección natural que nos ayuda a discernir las situaciones que revisten algún peligro. Por ejemplo, usted jamás se atrevería a intentar cruzar una calle atestada de vehículos que transitan a toda velocidad. ¿Por qué? Pues porque tiene temor de que alguno de esos vehículos le atropelle. El temor nos protege, en cierto sentido, del peligro. Pero al hablar del temor como un gigante, no me estoy refiriendo a esta faceta beneficiosa del temor, sino más bien a una parte muy negativa del temor que si nos descuidamos nos puede dominar y hacernos mucho daño en la vida. Tenemos por ejemplo, el temor al fracaso. Quizá el Señor nos está abriendo una gran puerta de oportunidad para hacer algo grande para Él, pero tan pronto se abre esta puerta de oportunidad, aparece también en medio del camino el gigante llamado temor al fracaso. Este gigante no sólo susurrará al oído, sino que gritará a todo pulmón: ¡Cuidado! ¿Quién te crees que eres para pretender hacer tal cosa? ¿Acaso no sabes que eres un inútil? ¿Acaso no te han informado que no estás capacitado para esa tarea? Luego, este gigante llamado temor al fracaso se pone su manto de piedad y bajando el tono de la voz dice: Yo sólo quiero ayudar, yo sólo quiero advertirte que si sigues empeñado en hacer eso vas a fracasar y eso te va a doler y yo quiero evitarte ese dolor. Si nos dejamos dominar por este gigante, quedaremos inutilizados, perderemos el tren de la historia y para nuestra vergüenza habremos desperdiciado preciosas oportunidades que quizá jamás se vuelvan a dar y todo por dar oído al gigante del temor al fracaso. Para vencer a este gigante, tenemos que reconocer que si Dios nos llama a algo es porque Él va a estar junto a nosotros para permitir que cumplamos con lo que nos está llamando a hacer. No hay motivo alguno para temer al fracaso. Jeremías 1:18-19 dice: Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro, y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes, y el pueblo de la tierra.
Jer 1:19 Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte.
Con promesas así, es injustificable un temor al fracaso. Otra cara de este gigante llamado temor es el temor a no seguir la corriente del mundo. Usted sabe. Me refiero al pánico que a veces sentimos cuando tenemos que pararnos firmes en nuestras convicciones como creyentes. El mundo casi nos exige a que nos amoldemos a sus costumbres, y si no lo hacemos nos amenaza con el rechazo. Allí es cuando entra en escena el gigante del temor a sufrir el rechazo por mantener nuestras convicciones. Este gigante nos habla en tono airado y nos dice que no debemos ser fanáticos, que no está mal participar de actividades cuestionables de vez en cuando. Que no es justo que seamos mal vistos por el mundo. Si nos dejamos dominar de este gigante, muy pronto estaremos bailando al ritmo del mundo y eso es justamente lo que busca el enemigo de nuestras almas. Para vencer a este gigante, tenemos que recordar que aunque estamos en el mundo, no somos del mundo y que es natural que el mundo nos aborrezca. Juan 17:14 dice: Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Qué importa que el mundo nos aborrezca a causa de nuestras convicciones. Si el mundo aborreció a nuestro Maestro al punto que lo llevó a una cruz, ¿Qué nos hace pensar que a nosotros el mundo debe amarnos? Josué hizo muy bien cuando dijo: Pero yo y mi casa serviremos a Jehová. Se necesita de valor para pararse firme en nuestras convicciones y eso es justamente lo que Dios espera de nosotros. No nos rindamos ante el gigante del temor a no seguir la corriente del mundo. Otra cara del gigante del temor es el temor al qué dirán. Este gigante ha maniatado a muchos creyentes, quienes están inutilizados para el Señor por el puro temor al qué dirán. Podrían hacer tanto en la obra del Señor, pero no lo hacen, están como petrificados porque temen la opinión de la gente. Este gigante se interpone en nuestro camino y nos aconseja que no es prudente ser objeto de la crítica de la gente, especialmente de nuestros conocidos. Nos pone muy en alto la opinión que los demás deben tener de nosotros y si nos dejamos dominar de este gigante, pronto estaremos haciendo cosas para agradar a los hombres antes que a Dios. Pero note lo que dice Pablo en 1 Tesalonicenses 2:4 sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones.
A Pablo le importaba un comino la opinión de los hombres. Jamás hizo algo buscando la buena opinión de los demás. Lo único que le interesaba era agradar a Dios. Muchas veces tuvo que padecer aflicción porque algunos hombres no se formaron una buena opinión de él, pero eso no le preocupó. No se dejó dominar por el gigante del temor al qué dirán. Usted también amable oyente, si se ha dejado dominar por el gigante del temor al qué dirán, libérese inmediatamente porque nuestro compromiso no es con la gente sino con Dios. Otra cara del gigante del temor es el temor a la muerte. Tanto usted como yo, conocemos una cantidad de personas que viven obsesionadas por el temor a la muerte. Este temor es bien fundado cuando se trata de in incrédulo, porque para él, la muerte significa el fin de su oportunidad para ser salvo y el comienzo de su tormento eterno. Pero cuando se trata de creyentes, es un temor infundado, porque la palabra de Dios nos muestra que la muerte para el creyente es el paso a su gloria eterna. Es tan así, que Pablo ha pronunciado palabras impactantes a ese respecto. Filipenses 1:21 dice: Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.
Pablo no temía a la muerte. Pablo la consideraba como ganancia. Pablo estaba tan seguro que la muerte le llevaría a ver al Señor cara a cara, que casi como que anhelaba la muerte. Hablando de la muerte dijo lo siguiente en Filipenses 1:23 Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor;
El gigante del temor a la muerte se presenta de vez en cuando para quitarnos el gozo de vivir. La muerte para el creyente es un asunto enteramente de Dios. Él sabe cuando moriremos y mal hacemos los creyentes dejando que ese gigante nos atemorice. Aún en el instante mismo de la muerte contaremos con la presencia de Dios. David dice en Salmo 23:4 Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
Con promesas como ésta es absurdo dejarnos dominar por el temor a la muerte. Como vemos, el temor puede constituirse en un poderoso gigante que amenaza pisotearnos como a hormigas. Pero si tenemos el Señor de nuestro lado, no hay razón para dejarnos dominar por él.

A TODOS ATRAERÉ A MÍ MISMO

A TODOS ATRAERÉ A MÍ MISMO

Pablo Martini
Programa No. 2016-04-09

a1Las palabras de Jesús a los suyos al anunciarles su muerte cercana tuvieron diferentes matices y diferentes momentos. Es como si se los hubiese querido dejar bien en claro para que cuando suceda no les tome por sorpresa, pero a la vez trató de hacerles el menor daño psicológico posible.

Debemos comprender que lo que les estaba anunciando no era fácil de digerir, pero era necesario. Por eso, en una de esas tantas ocasiones, les dijo: “Os conviene que yo me vaya.” En el evangelio según lo narra San Juan, Jesús dijo: “Y Yo, si fuere levantado de la tierra (como sucedió en la cruz), a todos atraeré a mí mismo.” Me preguntaba: ¿Qué es lo que hoy atrae a todos a la iglesia? ¿Se cumple el deseo del Mesías sufriente de que sea su cruz el centro de atracción? Algún “pastor” convencional de hoy en día me respondería: “Mirá Pablo, es un poco delicado hoy hablar de la cruz sangrienta en términos absolutos. La gente de nuestro tiempo viene cargada de problemas y tenemos que ser cautelosos en presentarle a un Cristo sufriente ya a un cristianismo con forma de cruz.

Ellos necesitan otro tipo de mensaje.” Entonces, manipulados por cierto asesor de imagen proveniente del mismo infierno, hoy se ha cambiado la parte sacrificial del evangelio de Jesús, se le ha dado cierto tratamiento cosmético al pecado y se ha logrado un producto que salta al mercado de las almas necesitadas de alivio con promesas de prosperidad, bendición, placer y cultos entretenidos. Miles y miles de persona se agolpan en lujosos templos con amplios parqueaderos, ujieres elegantemente vestidos que te reciben con una amplia sonrisa, te regalan un sobre que luego sabrás para qué se usa, te sientan en cómodas butacas y… ¡A disfrutar del show! Unas horas de estimulación auditiva, algo de danza, y un desfile de experiencias y milagros en el escenario que transmiten confianza y te motivan a poner tu ofrenda en aquel sobrecito para recibir la bendición.

¿Y la Cruz de Cristo? ¿Y el Cristo de la cruz?… No en vano, la primer pregunta que Jesús hizo a los que se disponían a seguirle en el primer capítulo del mismo evangelio fue: ¿QUÉ BUSCÁIS AL SEGUIRME?

PENSAMIENTO DEL DÍA:

Si lo que te atrae a la iglesia no es el Cristo de la Cruz muy pronto te desilusionarás con la iglesia.

4. CÓMO EVITAR HACER CRÍTICA DESTRUCTIVA CONTRA OTROS

SERIE GIGANTES AL ACECHO

4. CÓMO EVITAR HACER CRÍTICA DESTRUCTIVA CONTRA OTROS

David Logacho
2016-04-05

a1Saludos cordiales amable oyente. Qué privilegio es para mí contar con su sintonía. Bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Nuestro tema de estudio tiene que ver con los gigantes en nuestra vida. Al hablar de gigantes me estoy refiriendo a poderosos enemigos que se instalan cómodamente en nuestra vida para echar a perder el gozo y la libertad que como creyentes tenemos en Cristo. Estos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el chisme, la culpa, el miedo, la soledad, los celos. En nuestro estudio bíblico anterior dentro de esta misma serie, tratamos el asunto de la crítica y vimos que puede ser constructiva o destructiva. La crítica constructiva es aquella que evalúa objetivamente una situación determinada y sugiere maneras de corregir los problemas buscando siempre una mejora. Todos deberíamos ser críticos constructivos. Por contraste, la crítica destructiva es aquella que no hace ninguna evaluación de una situación determinada y emite conclusiones basadas en premisas equivocadas o prejuiciadas, buscando destruir en lugar de construir. Esta crítica tiene dos caras. Por un lado esta la crítica destructiva que recibimos de otros y por otro lado está la crítica destructiva que lanzamos contra otros. Ya hablamos de cómo hacer frente a la crítica destructiva que recibimos de otros. En esta ocasión vamos a tratar acerca de cómo evitar hacer crítica destructiva contra otros.

En realidad, si somos honestos con nosotros mismos, debemos admitir que cuando somos objeto de la crítica destructiva, sufrimos en alto grado. Pero lo sorprendente es que no nos detenemos a pensar en ello cuando nosotros lanzamos crítica destructiva. Pensamos que de alguna forma inexplicable, los demás no van a sufrir cuando son víctimas de nuestra crítica destructiva. Es tan fácil criticar a otros. Es sencillo formarse una opinión sin conocer a fondo los detalles de los hechos. Alguien ha afirmado que los hechos pueden ser perturbadores, y por tanto, es mucho más sencillo ignorarlos. En cosas así se basa la crítica destructiva. De pronto nos convertimos en expertos en cualquier cosa que imaginemos. Con estas ínfulas pensamos que sabemos el por qué de todo. Sabemos por qué alguien hizo esto o aquello, sabemos cuáles fueron sus motivaciones. Lo entendemos todo perfectamente. Hacemos que la gente piense que en realidad estamos tan al tanto de todo que hasta conocemos lo que hay en el corazón de las víctimas de nuestra crítica destructiva, cuando la realidad es que no sabemos nada y si algo sabemos es información fragmentada y casi siempre distorsionada. Por esto no nos queda otra cosa sino hacer conjeturas. Juzgamos todo y a todos y nos creemos Dios. Pronto todo mundo llega a ser víctima de nuestra crítica despiadada. Los que son dados a la crítica destructiva son gente que ha intentado algo y ha fracasado. Por tanto se tornan amargados y envueltos en envidia debido a que como no han podido lograr la excelencia que buscaron resisten a los que están en el camino a la excelencia. También es gente que busca auto promocionarse a cualquier precio. El que critica para destruir normalmente piensa que de esa manera va a levantar su propia imagen. El viejo truco de hacer quedar mal a otros para quedar bien nosotros, o como muy bien se ha dicho, echar lodo a otros para que nosotros parezcamos más limpios que ellos. Así que, amable oyente, todos tenemos el potencial de volvernos críticos despiadados, criticando los métodos sin realmente entenderlos. Algunas veces ni siquiera sabemos lo que impulsa a las personas a actuar como lo hacen, y sin embargo los criticamos severamente. Cuando nos invade esa pasión por la crítica destructiva, generalmente hablamos mucho de algo que conocemos muy poco. Nos atrevemos a criticar las intenciones o las motivaciones de los demás, pero ¿Cómo podemos conocer algo que está muy escondido en el corazón de las otras personas? Solamente Dios puede conocer las intenciones del corazón y por eso solamente él es el único quien puede juzgar con justo juicio. Pero nosotros no somos Dios para saber las intenciones del corazón de otros y sin embargo cuántas veces habrá salido de nuestros labios expresiones como: Yo sé por qué lo hizo o yo sé lo él estaba pensando. A veces inclusive vamos más allá y empezamos a censurar y a condenar. Es muy fácil censurar cuando se desconoce la realidad de los hechos. Ahora que sabemos algo de lo que hay detrás de bastidores en cuanto a lanzar crítica destructiva, pensemos en cómo prevenir la crítica destructiva o si ya hemos caído en criticar para destruir, pensemos en cómo abandonarla. Para ello debemos tomar en cuenta ciertas cosas. Primero, la crítica destructiva será tomada muy en cuenta por Dios. Mateo 12:36 dice: Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.

La crítica destructiva es palabra ociosa o palabra inútil. Cuando criticamos a otros para destruir deberíamos pensar en este versículo. Algún día tendremos que responder por nuestras palabras ociosas, es decir por cada palabra improductiva o descuidada, que no sirve para ningún buen propósito. Esto debería servir de freno para no andar criticando a otros para destruir. Segundo, la crítica destructiva echa a perder nuestra buena relación con Dios. Santiago 1:26 dice: Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.
Sería bueno que este texto sea colocado en letras grandes en nuestros hogares y en nuestras iglesias. Si no refrenamos nuestra lengua no nos digamos religiosos porque nuestra religión es vana. Esto es lo que en esencia dice este texto. Gran advertencia para no meternos en crítica destructiva y si ya hemos caído en ella, gran aliciente para salir de ella inmediatamente. Tercero, Dios nos exhorta a decir las cosas como conviene. Proverbios 25:11 dice: Manzana de oro con figuras de plata
Es la palabra dicha como conviene.

Hay una basta diferencia entre la persona que habla sabiamente y aquel que siempre anda criticando y nunca ve nada bueno en nadie. Este último jamás analiza; sólo habla. Cuarto, toda crítica destructiva que lanzamos contra otros se basa en asumir gratuitamente que conocemos los pensamientos o las motivaciones de los demás, lo cual es totalmente falso y antibíblico, porque debeos saber que solamente Dios puede conocer las motivaciones o las intenciones del corazón. Es por este motivo que Pablo nos dice lo siguiente en 1 Corintios 4:5 Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.

Es el Señor, amable oyente, no nosotros, quien en su debido tiempo manifestará las intenciones de los corazones. Por eso, él es el único con derecho a juzgar. Si nosotros lo hacemos estaremos cayendo en la crítica destructiva. Romanos 14:4 dice: ¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme.

Así que, criticar a oro para destruir es usurpar el papel de Dios o el papel de amo de la otra persona. ¿Quién de nosotros puede permitir esto? Entonces no debemos criticar a otros. Quinto, al criticar a otros debemos saber que en algún momento, nosotros también seremos criticados por otros. El crítico no puede evitar ser objeto de la crítica. Mateo 7:1-2 dice: No juzguéis, para que no seáis juzgados.

Mat 7:2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.

Ya vimos cuan doloroso es esto de ser objeto de la crítica destructiva. Una de las maneras de evitar este dolor es por medio de no criticar a otros para destruir. Sexto, cuando nos hallemos tentados a criticar a otros, en lugar de criticar debemos orar a favor de ellos. Esta práctica nos alejará poco a poco de la crítica destructiva contra otros. Espero que estas sencillas sugerencias le ayuden a derrotar a ese temible gigante, llamado crítica destructiva.

CREER EN CRISTO O CREERLE A CRISTO, PERSONAS DESTINADAS PARA CONDENACIÓN

CREER EN CRISTO O CREERLE A CRISTO, PERSONAS DESTINADAS PARA CONDENACIÓN

David Logacho
2016-03-31

a1Por medio del correo electrónico se ha comunicado con nosotros una amable oyente para hacernos la siguiente consulta: He encontrado dificultad en evangelizar a algunas personas no creyentes. Me dicen que ellos también creen en Cristo y que reciben milagros y que sus oraciones son contestadas. Cuando yo les hablo de las obras de la ley y de la fe en Cristo, me salen con que ellos tienen fe en Cristo, pero lo dicen sólo de palabra, sin entender lo que están afirmando. ¿Cómo puedo hacerles entender claramente el error en el que se hallan? ¿Qué palabras bíblicas se aplican a este problema tan delicado?

Gracias por su consulta amiga oyente. Comienzo por felicitarle por su deseo de compartir el Evangelio con otras personas. Habrá algunos que oyen el mensaje, no lo entienden en absoluto, y muy pronto se olvidan de lo que oyeron y siguen viviendo sin pensar siquiera en su condición espiritual. Habrá otros que oyen el mensaje, y al momento lo reciben con gozo, pero cuando vienen las pruebas de la vida, se desaniman y rehúsan seguir al Señor. Habrá otros que oyen el mensaje, parece que lo aceptan, pero muy pronto se nota que no pasó nada, porque más les interesa los afanes de este mundo y el engaño de las riquezas. Habrá otros que oyen el mensaje, lo entienden totalmente y de todo corazón, con sinceridad reciben a Cristo como su Salvador y esta decisión transforma totalmente sus vidas. El Señor Jesús habló de estas cuatro diferentes respuestas al mensaje del Evangelio, en lo que se conoce como la parábola del sembrador. Usted se siente algo frustrada porque algunas personas a quienes ha compartido el mensaje del Evangelio han dicho que ya creen en Cristo, y que sus oraciones son contestadas y hasta han recibido milagros. Bueno, existe la posibilidad de que estas personas sean ya creyentes y por eso han respondido de esa manera, pero también existe la posibilidad de que no sean creyentes aunque esté convencidas de que lo son. Esto último es lo que Usted piensa en cuanto a las personas a quienes compartió el Evangelio. Lo que pasa es que mucha gente piensa que cree en Cristo por el sólo hecho de ser miembro de alguna religión que tiene algo que ver con Cristo, no importa cuál religión sea. Mucha gente piensa que debe tener comunión con Dios porque cuando le pide algo, recibe lo que pide. Mucha gente piensa que Dios está con ellos porque han sido librados milagrosamente de algún peligro. Pero no debemos olvidar lo que dice Santiago 2:19 donde leemos: Tú crees que Dios es uno;  bien haces.  También los demonioscreen,  y tiemblan.

Hasta los demonios creen que Dios es uno, y no sólo eso, sino que tiemblan, pero no por eso dejan de ser siervos de Satanás y por tanto enemigos de Dios. Una cosa es creer en Dios o creer en Cristo y otra muy diferente es creer a Dios o creer a Cristo. Creer a Cristo significa conocer lo que Él ha dicho y hacer lo que Él ha dicho. Aquí radica la falla de muchos que dicen que creen en Cristo o que creen en Dios. El Nuevo Testamento presenta un episodio por demás trágico de personas que profetizaban, hacían obras sobrenaturales y todo en el nombre de Cristo, pero sin tener a Cristo en su vida. Ponga atención a lo que dice Mateo 7:21-23 No todo el que me dice:  Señor,  Señor,  entrará en el reino de los cielos,  sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Mat 7:22  Muchos me dirán en aquel día:  Señor,  Señor,  ¿no profetizamos en tu nombre,  y en tu nombre echamos fuera demonios,  y en tu nombre hicimos muchos milagros?

Mat 7:23  Y entonces les declararé:  Nunca os conocí;  apartaos de mí,  hacedores de maldad.

No es cuestión de invocar al Señor de labios para afuera para poder entrar al reino de los cielos. Es algo más que eso. Implica un nuevo nacimiento, que hace posible el que cumplamos con la voluntad del Padre que está en los cielos. El Señor Jesús dijo que llegará un día, el día que el mundo llama el día del juicio, cuando no pocos, sino muchos estarán ante la persona del Señor y sabiendo que están en condenación, dirán al Señor: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Note, eran personas como las que Usted menciona en su consulta, que dicen que creen en Cristo, que reciben lo que piden en oración y que hasta milagros reciben. Pero estas personas no eran salvas, porque jamás habían sometido su voluntad a la voluntad de Dios, jamás habían recibido al Señor Jesucristo como Salvador. Por eso, estas personas escucharán las fatídicas palabras del Señor: Nunca os conocí. Apartaos de mí, hacedores de maldad. Estas personas profetizaban en el nombre del Señor, echaban demonios en el nombre del Señor, hacían milagros en el nombre del Señor, pero no hacían la voluntad del Señor sino la voluntad de Satanás. Nunca tuvieron una relación íntima y personal con el Señor y prueba de ellos es que su vida estaba caracterizada por hacer el mal. Cuando nos encontramos con personas que no quieren obedecer lo que dice Dios en su palabra, porque según ellos ya creen en Cristo y Dios les contesta las oraciones y reciben hasta milagros, es necesario reconocer que Dios necesita intervenir en estas personas haciendo su obra de quitar la venda espiritual que no les permite ver su triste condición espiritual como pecadores separados de Dios. Nosotros podemos orar a Dios pidiendo por esto, pero Dios tiene la última palabra. Él sabrá como lo hace y cuando lo hace. Algo que sí podemos hacer, además de orar, es compartir con estas personas el plan de salvación, poniendo énfasis en que el hombre es pecador, según Romanos 3:23, señalando que el hombre está en peligro de recibir eterna condenación por el hecho de ser pecador, según Romanos 6:23, indicando que Dios ama al pecador conforme a lo que dice Juan 3:16 y que por ese amor Dios envió a su Hijo unigénito para que muera en lugar del pecador, según Romanos 5:8 y finalmente invitando al pecador a reconocer que Cristo murió por él y por tanto debe recibirlo por la fe como Salvador personal, para llegar a ser hijo de Dios, según Juan 1:12. La palabra de Dios, y el poder del Espíritu Santo pueden derribar cualquier obstáculo que pueda poner el enemigo para evitar que el pecador halle salvación en Cristo Jesús.

La segunda consulta de nuestra amiga oyente que hizo la consulta anterior dice así: En Judas 4 dice el texto bíblico que algunas personas han sido desde antes destinadas para condenación, y he leído que Dios no quiere que ninguno se pierda, sino que todos sean salvos. ¿Cómo puedo explicar esta aparente contradicción? No puedo creer que Dios destine a alguien para perdición.

Gracias por su consulta. Usted tiene toda la razón al afirmar que la voluntad de Dios es que ninguno perezca sino que todos procedan al arrepentimiento. 2 Pedro 3:9 dice: El Señor no retarda su promesa,  según algunos la tienen por tardanza,  sino que es paciente para con nosotros,  no queriendo que ninguno perezca,  sino que todos procedan al arrepentimiento.

Siendo así, es de esperarse que Dios no predestine a nadie para condenación, como efectivamente se ve en la Biblia. Lo que la Biblia presenta es una paradoja en la salvación. Los que somos salvos hemos sido elegidos para ser salvos antes de la fundación del mundo, pero los que no son salvos, se condenan, no por no haber sido elegidos para ser salvos antes de la fundación del mundo, sino porque voluntariamente rechazan la oferta de salvación en Cristo. Con esto en mente permítame leer el texto que se encuentra en Judas 4. La Biblia dice: Porque algunos hombres han entrado encubiertamente,  los que desde antes habían sido destinados para esta condenación,  hombres impíos,  que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios,  y niegan a Dios el único soberano,  y a nuestro Señor Jesucristo.

Leído a la ligera, parecería que este versículo está diciendo que Dios ha predestinado, o decidido de antemano que algunos hombres terminen en condenación. Estos hombres son los apóstatas. Pero no hay tal. La Biblia nunca enseña que alguien sea predestinado para condenación. Cuando los hombres se salvan es por la soberana gracia de Dios. Pero cuando los hombres se condenan es por su propio pecado y desobediencia. Lo que este versículo está diciendo es que la condenación que van a recibir los apóstatas ha sido decidida por Dios con anticipación. El versículo no está hablando de que Dios ha determinado con anticipación quien va a ser apóstata. Lo que está diciendo el versículo es que cuando alguien por su propia voluntad se desvía del camino de la verdad y por su propia voluntad decide ser un apóstata, entonces lo que le espera es la condenación que de antemano Dios ha determinado para todo apóstata.

 

3. LA CRÍTICA DESTRUCTIVA

SERIE GIGANTES AL ACECHO

3. LA CRÍTICA DESTRUCTIVA

David Logacho
2016-03-30

a1Doy gracias al Señor por la oportunidad de compartir este tiempo con usted, amable oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada Gigantes al Acecho. Al hablar de gigantes nos estamos refiriendo a enemigos como el desánimo, la crítica, el chisme, la culpa, el miedo, la soledad, los celos. En nuestro último estudio bíblico vimos cuan poderoso es ese gigante llamado desánimo. Es tan poderoso que ha sacudido países, familias, iglesias, ministerios cristianos y vidas de personas. Todavía retumba en nuestros oídos el triste final de toda una generación de hijos de Israel en el desierto, quienes, en cierta ocasión, presa del desánimo, se rebelaron contra Moisés y Aarón y llegaron a dudar de la persona y propósitos de Dios. En esta ocasión hablaremos de otro poderoso gigante al acecho. Este gigante se llama la crítica.

La crítica puede ser buena o mala. Una crítica buena, también llamada crítica constructiva es aquella que tiene como propósito hacer una evaluación objetiva y razonada de cierto asunto buscando siempre una mejoría de aquello que ha sido materia de la crítica. La crítica constructiva busca construir mas no destruir. Esta crítica constructiva es muy necesaria. Cada uno de nosotros debería tener un espíritu crítico en el buen sentido de la crítica. Es decir, debemos ser capaces de dar una opinión cuidadosa, inteligente y razonada de lo que percibimos con nuestros sentidos. No deberíamos aceptar cualquier cosa sin mayor explicación. No hay nada de malo con realizar una crítica constructiva. Pero existe otro tipo de crítica, que en esencia es mala. Es la crítica destructiva. Aquel que hace una crítica destructiva es el que emite su opinión despiadada, irreflexiva y a menudo prejuiciada en cuanto a cierto asunto o cierta persona. El que hace crítica destructiva lo ve todo negativamente, busca trivialidades y arma con ellas un escándalo mayúsculo. Colecciona todos los errores insignificantes, y basándose en ello se apresta a condenar irreflexivamente. Una persona así se convierte en una persona desconfiada y llega a creer que toda conducta humana está motivada por un interés egoísta de buscar el beneficio propio. Este tipo de persona desconfía de las motivaciones de las demás personas y mira a casi todo con una incredulidad que raya en el desprecio; y muy especialmente hacia aquello que le hacer sentirse o aparecer inferior. Este gigante, llamado crítica destructiva impulsa el descontento, destruye todo lo que halla en su camino y deja atrás un reguero de personas destrozadas. Ahora bien, este poderoso gigante tiene dos caras. Parece que fuera uno solo, pero en realidad son dos, a manera de hermanos gemelos. Uno es el gigante de la crítica destructiva que recibimos de otros y su hermano gemelo es la crítica destructiva que nosotros lanzamos contra otros. En nuestro estudio bíblico de hoy nos limitaremos a esa crítica destructiva que recibimos de otros. Cuando alguien habla mal de nosotros, esto puede destruirnos rápidamente a menos que sepamos como controlar a este gigante. Este gigante siempre anda persiguiéndonos. Si todavía nunca se ha encontrado con él, no dude que en algún momento tropezará con él. Todos los que nos hemos encontrado con este gigante nos hemos sentido lastimados, confundidos, preocupados, indignados, airados. La crítica destructiva nos sacude sin misericordia y nos deja lamiéndonos las heridas, muriéndonos de miedo. Hablando sobre esto, un poema dice lo siguiente: El hombre, con el aliento que le dio el cielo, habla palabras que ensucian la blancura de la vida. Es igual que un asesino, porque igual se mata con la lengua que con un cuchillo. Cuando alguien hable mal de usted, se sentirá como si le traspasaran el alma con un cuchillo. Este gigante se meterá en su vida y enredará todas las cosas. Atacará desde muchos frentes. Serán tiempos de prueba para su alma. No será capaz de entenderlo, se sentirá confundido, frustrado, perplejo y abrumado. Si dejamos que este gigante nos domine, viviremos amargados el resto de nuestros días. La clave está entonces en conquistar a esta poderoso gigante. ¿Cómo hacerlo? Primero, reconociendo que no es del todo extraño que recibamos crítica destructiva, especialmente si estamos esforzándonos por vivir vidas santas delante de Dios o si Dios nos ha puesto en alguna posición de liderazgo. Moisés fue objeto de la crítica destructiva una cantidad de veces. Josué y Caleb fueron objeto de la crítica cuando dieron un buen reporte acerca de lo que vieron en la tierra prometida. David fue objeto de la crítica destructiva tantas veces que perdió la cuenta. En su angustia por la crítica destructiva, exclamó las palabras que se hallan en textos como Salmo 64:1-6. La Biblia dice: Escucha, oh Dios, la voz de mi queja;

Guarda mi vida del temor del enemigo.

Psa 64:2 Escóndeme del consejo secreto de los malignos,

De la conspiración de los que hacen iniquidad,

Psa 64:3 Que afilan como espada su lengua;

Lanzan cual saeta suya, palabra amarga,

Psa 64:4 Para asaetear a escondidas al íntegro;

De repente lo asaetean, y no temen.

Psa 64:5 Obstinados en su inicuo designio,

Tratan de esconder los lazos,

Y dicen: ¿Quién los ha de ver?

Psa 64:6 Inquieren iniquidades, hacen una investigación exacta;

Y el íntimo pensamiento de cada uno de ellos, así como su corazón, es profundo.

Todos los hombres y mujeres que han hecho algo de bueno por el Señor, han sido víctimas de la crítica destructiva. Pero nadie ha sufrido tanta crítica destructiva como el Señor Jesús. Él fue criticado por comer con pecadores, fue criticado por echar fuera demonios, fue criticado por haber sanado a un hombre en un día de reposo, fue criticado por enseñar con autoridad, fue criticado por perdonar pecados. Así que, no piense que usted es la única víctima de la crítica destructiva. Es natural que los hijos de Dios seamos objeto de la furia del enemigo. Segundo, agradezca al Señor por la crítica destructiva en su contra. Esto suena extraño, pero cuando considera a la crítica destructiva como una oportunidad para crecer espiritualmente, estará dispuesto a agradecer al Señor por ello. Quizá cuando más rápidamente creció David en su relación con el Señor, fue cuando se encontró en la hoguera encendida por sus críticos. Tercero, no se esfuerce por dar su merecido a quien ha lanzado la critica destructiva en contra suya. Si está a su alcance el desmentir la crítica destructiva, hágalo, pero no tome la justicia en su propia mano para vengarse de quien ha hecho crítica destructiva en su contra. Ni siquiera piense por un momento en contrarrestar la crítica destructiva en su contra por medio de criticar destructivamente a la persona que le ha criticado. Es mejor poner todo en la mano del Señor y confiar en que Él castigará a os que le han criticado injustamente. Romanos 12:19 dice: No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

Cuarto, no permita que la crítica destructiva altere su estilo de vida, si está haciendo bien las cosas, por supuesto. El que critica para destruir busca justamente eso, destruir. Si se desanima y se abandona a usted mismo y piensa que lo mejor es no hacer nada para no se objeto de una crítica destructiva, habrá sido derrotado por ese gigante de la crítica destructiva. A pesar de lo que digan sus críticos, si sabe que está limpio delante del Señor de cualquier cosa que haya sido acusado injustamente, siga adelante con fe y determinación. Recuerde que los que hemos sido víctimas de la crítica destructiva hemos sido personas que estamos caminando hacia la madurez en nuestra vida cristiana. Esto me trae a la mente un pasaje de El Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Un día, Sancho Panza, su fiel escudero, se quejó de que los perros les ladraban. El Quijote le respondió: No te preocupes Sancho Panza, si los perros ladran, eso significa que estamos caminando. Así es mi querido amable oyente. Si está siendo víctima de la crítica destructiva, eso significa que está caminando hacia la madurez. Deje que los perros que critican para destruir sigan ladrando. Quinto, dependa del Señor para que Él proteja su integridad. Deje que el Señor luche por usted. Salmo 3:3 dice: Mas tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí;

Mi gloria, y el que levanta mi cabeza.

Si en su propia fuerza se embarca en desvanecer las críticas destructivas en su contra, terminará frustrado y mal herido. Mejor es confiar en el Señor. Él sabe hacerlo bien. Espero amable oyente que estas ideas sean de ayuda para conquistar al gigante de la crítica destructiva en nuestra vida.

POR EL GOZO PUESTO DELANTE DE ÉL

POR EL GOZO PUESTO DELANTE DE ÉL

Pablo Martini
Programa No. 2016-03-30

a1La famosa carrera de Maratón hace referencia al acto heroico en el cual Domedrión, general ateniense, corrió 42 kilómetros para dar la noticia al Gran Alejandro Magno sobre la victoria del ejército heleno en dicha ciudad: Marathon. Cuando los atletas griegos se disponían a correr la Maratón cada año lo hacían  conmemorando aquel suceso y a aquel soldado. De alguna manera cada competidor era poseído por ese espíritu de héroe y sólo pensaba en llegar primero. Sumado a este estímulo interior había otro externo que era el observar al podio, el estrado, los laureles, la corona que, intencionalmente, se ponía en el miso lugar de la partida. También hoy, en las carreras modernas, muchas veces el lugar de la largada coincide con el de la llegada. Esta misma táctica de los organizadores de eventos deportivos se observa, por ejemplo, en competencias deportivas a nivel internacional como el fútbol o el tenis donde se ubica el trofeo a conquistar en la salida misma de los competidores por el túnel. Ellos pasan al lado del trofeo, miran de reojo y sus espíritus se cargan de una dosis extra de energía porque saben que deben obtenerla a cualquier costo. Aun durante la carrera el recuerdo del trofeo y la imagen del momento de la llegada están grabados delante de él y en momentos de desánimo le inspira a continuar.

Jesús, en los tramos finales de su carrera de redención, estuvo al límite de sus fuerzas: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte”, fueron sus palabras, pero dice el Autor de la epístola a los Hebreos que: “Por el gozo puesto delante de Él, soportó la cruz, menospreció el oprobio y llegó y se sentó en el estrado de premiación, al lado de su Padre”. Todo humano que intente correr la carrera de la vida sin este estímulo interno de imitar  a nuestro máximo héroe: Jesús, el Autor y Consumador de la fe, y sin el estímulo externo, esa mirada de fe que me permite vislumbrar aquel día cuando lleguemos a la meta, quedará postrado a la vera del camino como tantos.

Pensamiento del día:

Si no te importa triunfar en la carrera de esta vida ¿para qué la corres?…

2. CÓMO LIBRARNOS DEL DESÁNIMO

SERIE GIGANTES AL ACECHO

2. CÓMO LIBRARNOS DEL DESÁNIMO

David Logacho
2016-03-29

a1Qué gozo saludarle nuevamente amiga, amigo oyente. Reciba una cordial bienvenida al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: Gigantes al Acecho. En nuestro último estudio bíblico tocamos el tema del desánimo y vimos que es un gigante muy agresivo, capaz de causar enorme daño. Tanto es así que destruyó por completo a toda una generación del pueblo de Israel en el desierto, según el relato que tenemos en el Antiguo Testamento. Todos nosotros hemos sido víctimas de este poderoso gigante en nuestra vida, tal vez unos más que otros. Es posible que usted, amable oyente, este preciso instante esté siendo víctima de este agresivo gigante. Si ese es el caso, le invito a seguir en sintonía porque vamos a hablar acerca de cómo librarnos del dominio de este gigante.

El desánimo ha causado estragos en países, familias, iglesias, ministerios cristianos y vidas de personas. Puede ser que usted sea hoy mismo una víctima más del despiadado gigante llamado desánimo. Si ese es el caso, no es extraño que se sienta como que ha entrado a un callejón sin salida, su vida estará a punto de derrumbarse, su gozo se habrá esfumado. No sabrá dónde poner su mirada. El gigante del desánimo le tendrá contra las cuerdas. El gigante del desánimo le gritará en su cara: Eres un inútil, no sirves para nada. No es sencillo levantar cabeza cuando se ha perdido el valor y la confianza. El gigante del desánimo hace que el alma languidezca, que el corazón desfallezca y que la mente se oscurezca. En estas condiciones, cualquier obstáculo, por más insignificante que sea, aparece como una elevada montaña. Cuando somos presa del desánimo, nos parece que hemos entrado en un círculo vicioso, donde todo se vuelve aburrido. La luz brilla por su ausencia, la esperanza se desvanece, el deseo agoniza y hasta llegamos a pensar que Dios nos ha abandonado. Una de las particularidades del desánimo es que es contagioso. En Números 32 Moisés advierte a las tribus de Rubén y Gad en el sentido que no desanimen a los hijos de Israel, para que no pasen a la tierra que Jehová les ha dado. Los descendientes de Rubén y Gad querían quedarse al otro lado del río, en donde la tierra era buena para la ganadería. Rubén y Gad tenían grandes rebaños y la tierra del lado del desierto era ideal para ellos. Moisés tuvo que decirles que debían tener cuidado porque podían desanimar y destruir a los Israelitas. Leo en Números 32:15. La Biblia dice: Si os volviereis de en pos de él, él volverá otra vez a dejaros en el desierto, y destruiréis a todo este pueblo.
Moisés estaba preocupado porque el desánimo podía contagiar a todo el pueblo y así, el desánimo podía destruir a toda la nación. No hay lugar a dudas en cuanto a que los resultados del desánimo pueden ser fatales. Bueno, ahora que hemos visto cuan devastador puede llegar a ser el desánimo, pensemos en la solución. Lo primero que tenemos que hacer para no dejarnos dominar del desánimo es reconocer que estamos desanimados. Parece algo sencillo, pero no lo es en realidad. Todos tenemos nuestro orgullo, el cual se opondrá a que admitamos alguna debilidad en nosotros. Pero si deseamos dominar al poderoso gigante del desánimo, debemos recurrir al Señor en oración para decirle: Señor, reconozco que estoy desanimado, pero no quiero que desánimo controle mi vida, quiero vencer mi desánimo. Una oración de esta manera puede ser perfectamente el primer paso para derrotar al desánimo. Segundo, debemos reconocer que por estar desanimados, miramos a los obstáculos de una manera desproporcionada. El mínimo problema nos parecerá como una barrera insalvable. Eso fue justamente lo que pasó con el pueblo de Israel. Cuando dejaron que el desánimo inunde su ser, note como vieron a los obstáculos. Deuteronomio 1:28 dice: ¿A dónde subiremos? Nuestros hermanos han atemorizado nuestro corazón, diciendo: Este pueblo es mayor y más alto que nosotros, las ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo; y también vimos allí a los hijos de Anac.
Algo de esto era verdad. Las ciudades en la tierra prometida eran grandes, pero no tanto, la gente era mayor y más alta, pero no tanto, las ciudades tenían murallas, pero de ninguna manera las murallas llegaban hasta el cielo, como a ellos les parecía. Los hijos de Anac eran gigantes, pero también había gente normal. El desánimo amplifica los obstáculos para obligarnos a retroceder. Igual puede pasar con usted amable oyente. Si está desanimado, verá a los obstáculos como montañas, pero reconozca que eso no es real y decídase a enfrentar las dificultades y verá que como en su tiempo dijeron Josué y Caleb sobre los gigantes de Canaán, los comerá como pan. Tercero, debemos poner nuestra mirada en el Señor. En eso consistió el mayor de los fracasos de Israel. Ellos tenían por un lado la palabra de Dios, quien les prometió darles en heredad perpetua la tierra de Canaán, la tierra que fluye leche y miel, pero por otro lado tenían la palabra de los diez espías, quienes decían: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. Allí vimos gigantes, hijos de Anac, raza de gigantes, y éramos, a nuestro parecer, como langostas, y así les parecíamos a ellos. A causa del desánimo, el pueblo quitó la mirada del Señor y puso su mirada en los problemas. Para salir del desánimo tenemos que hacer el proceso inverso. Tenemos que quitar la mirada de los problemas y ponerla de nuevo en el Señor. Eso fue lo que Josué y Caleb pedían a gritos al pueblo de Israel. Números 14:9 dice: Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de esta tierra; porque nosotros los comeremos como pan; su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová; no los temáis.
Si quiere dominar al gigante llamado desánimo, no se fije en lo grande de los problemas, fíjese en el Señor quien es más grande que el más grande de sus problemas. Como bien afirma el dicho: No le digas a Dios cuán grande es tu problema, sino dile a tu problema cuán grande es tu Dios. Quitar la mirada del Señor es fatal amable oyente. ¿Recuerda lo que le pasó a Pedro cuando caminaba sobre el agua? Mientras tenía su mirada puesta en el Señor, podía caminar sobre el agua, pero cuando quitó su mirada del Señor y la puso en las olas del mar, comenzó a hundirse. Igual es con nosotros, amable oyente. Si nuestra mirada está en el Señor nos mantendremos a flote pero si ponemos nuestra mirada en los problemas, muy pronto comenzaremos a hundirnos en el mar del desánimo. Cuarto, invierta tiempo en la palabra del Señor y la oración. Estas actividades que antes nos llenaban de gozo, a causa del desánimo llegan a parecer vacías y aburridas. Pero si sinceramente desea abandonar su desánimo, separe un tiempo durante el día para estar a solas con la palabra de Dios y con el Dios de la palabra en oración, aún cuando todo su ser se resista a hacerlo. Notará que poco a poco entrará un rayo de luz a la lúgubre morada en la que se halla a causa del desánimo. Quinto, evite los momentos de soledad. Busque oportunidades para servir al prójimo. Esto hará que quite la mirada de sobre usted mismo y la ponga sobre otros. Verá como esto le ayuda a evitar la autocompasión que casi siempre acompaña al desanimado. Quizá me dirá que no se siente con ánimo ni para ayudarse a usted mismo, peor para ayudar a otros. Bueno, si ese es su caso, tome a esto de servir a otros como una terapia necesaria para su restauración. Los remedios no siempre son agradables, pero es necesario tomarlos si se quiere salir de algún problema de salud. De modo que aunque todo su ser se resista a servir al prójimo, oblíguese a hacerlo. En cuestión de poco tiempo su desánimo habrá quedado a un lado al ver como Dios le usa para el bien de otros. Sexto, dé atención a un problema a la vez, no se deje abrumar por la cantidad de problemas que tenga que resolver. De uno en uno puede resolver todos sus problemas. Mientras esté resolviendo un problema, olvídese del resto de problemas. Uno a la vez. Esto le ayudará a no sentirse ofuscado ante la aparente o real gravedad de sus dificultades. Séptimo, evite automedicarse con medicinas o químicos para recuperar el ánimo. Estas medicinas podrían conducirle a la adicción y no curarán en realidad su problema de desánimo. Lo único que harán es maquillar el problema haciéndole creer que todo marcha bien. Octavo, agradezca al Señor por la restauración que pronto llegará y por la victoria sobre ese tan agresivo gigante del desánimo.

PIEDAD SUPERFICIAL

PIEDAD SUPERFICIAL

Pablo Martini
Programa No. 2016-03-29

a1Prometemos lealtad en todos los ámbitos de nuestra vida. A veces incondicional y perpetua (como los votos maritales), otras condicionadas y cotidianas como mi compromiso laboral diario o mis obligaciones familiares. Algunos se esfuerzan por cumplirlas con responsabilidad  haciendo honor a sus palabras, otros viven vidas displicentes e irresponsables faltando a sus obligaciones y rompiendo sus votos a cada paso.  Esto es trágico, pero mucho más trágico se torna aun cuando esas promesas incumplidas van direccionadas a Dios. El texto arriba citado es tajante al respecto: “Vuestra lealtad es como nube matinal, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece.” Son palabras de Dios y se pueden oír con cierto dejo de tristeza y melancolía. Como si Dios nos estuviera diciendo: “Confié en ti, invertí en ti, te rescaté, fui y sigo siendo fiel a mis promesas y ¡mira cómo me pagas!… Creo que no exagero con esta paráfrasis, ¿verdad? La analogía con el rocío o la niebla matinal es perfecta, porque esta se desvanece al instante que el sol comienza a calentar la tierra. En la simbología bíblica el sol y el calor representan a los momentos de prueba y de crisis en la vida. Esos capítulos inesperados e indeseados que nos toca atravesar. Es justamente allí cuando se comprueba la verdadera vida de piedad, es entonces cuando los piadosos de alma y no de lengua se mantienen de pie.

Es fácil prometer fidelidad incondicional a nuestro Dios en medio de un día de fiesta, o en medio de un culto de alabanza rodeado de hermanos que también cantan promesas, muchos de ellos sin saber lo que dicen las letras de esas canciones. El tema es ver si esas palabras de lealtad a Dios se expresan con tanto fervor cuando sale el sol con su calor. Cualquiera de nosotros es capaz de proferir votos para con Dios, esa es la parte fácil. La parte difícil es mantenerse fiel a ellos cuando la vida te invite a desestimarlos.

PENSAMIENTO DEL DÍA:

La lealtad legítima se comprueba en la adversidad, no en la abundancia.