¡El SEÑOR es mi luz!

16 de junio

«El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El SEÑOR es la fortaleza de mi vida, ¿de quién tendré temor?».

Salmo 27:1 (LBLA)

¡El Señor es mi luz y mi salvación! He aquí un interés personal: «mi luz», «mi salvación». El alma se siente segura de ello y, por consiguiente, lo proclama resueltamente. Cuando nacemos de nuevo se derrama sobre el alma la luz divina precursora de la salvación. Donde no hay suficiente luz que revele nuestras tinieblas y nos haga ansiar al Señor Jesús, no hay prueba de salvación. Después de la conversión, nuestro Dios es nuestro gozo, consuelo, guía, maestro y, en todo sentido, nuestra luz. Él es luz dentro y alrededor de nosotros; luz reflejada por nosotros y luz que tiene que ser revelada a nosotros. Observa que no se dice meramente que Dios proporcione luz, sino que Dios es luz; ni que él dé salvación, sino que él es salvación. El que por fe se aferra a Dios tiene en su poder todas las bendiciones del pacto. Una vez sentado esto, el argumento que se desprende está expresado en forma de pregunta: «¿A quién temeré?». Una pregunta que tiene en sí misma su respuesta. No hay que temer a los poderes de las tinieblas, pues el Señor, nuestra luz, los destruye; no debemos temer a la condenación del Infierno, porque el Señor es nuestra salvación. Es este un desafío diferente del que hizo el jactancioso Goliat, pues no descansa sobre el arrogante vigor de un brazo de carne, sino en el poder real del omnipotente «YO SOY». «El Señor es la fortaleza de mi vida»: he aquí un tercer término brillante para indicar que la esperanza del autor estaba asegurada con un triple cordón que no podía romperse. Bien podemos acumular palabras de alabanza allí donde el Señor prodiga hechos de gracia. Nuestra vida deriva todo su poder de Dios; y si él se propone hacernos fuertes, todas las maquinaciones del adversario no podrán debilitarnos. «¿De quién tendré temor?». La clara pregunta mira tanto al futuro como al presente: «Si Dios es por nosotros», ¿quién puede estar contra nosotros tanto ahora como en lo porvenir?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 176). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El que abre y ninguno cierra

15 de junio

«El que abre y ninguno cierra».

Apocalipsis 3:7

Jesús es el Guarda de las puertas del Paraíso: él ha puesto delante de toda alma creyente una puerta abierta que ningún hombre ni ningún demonio puede cerrarle. ¡Qué gozo será descubrir que la fe en él es la llave de oro que abre las puertas eternas! Alma mía, ¿estás llevando por todas partes esta llave en tu pecho o confías en alguna llave falsa que, al fin, fracasará? Oye esta parábola del predicador y recuérdala: El gran Rey ha hecho un banquete y ha proclamado por todo el mundo que ninguno entrará en él, salvo los que traigan la flor más hermosa del mundo. Los espíritus de los hombres se adelantan por millares a la puerta y cada uno trae una flor que estima ser la reina del jardín; pero son arrojados en tropel de la presencia regia y no pueden entrar en la sala del banquete. Algunos traen en sus manos la mortal hierba mora de la superstición, o la pomposa adormidera de Roma, o la cicuta de la justicia propia; pero como estas flores no agradan al Rey, a los que las llevan, se les cierran las puertas de perla. Alma mía, ¿has arrancado tú la rosa de Sarón? ¿Llevas en tu pecho constantemente el lirio de los valles? Si es así, cuando llegues a las puertas del Cielo conocerás su valor; pues solo tienes que mostrar la más selecta de las flores y el Portero abrirá. Ni por un momento te negará la entrada, ya que el Portero siempre le abre a aquella Rosa. Tu camino al trono de Dios lo hallarás con la Rosa de Sarón en las manos; pues el Cielo no posee nada que sobrepase su radiante belleza, y de todas las flores que crecen en el Paraíso, no hay ninguna que pueda rivalizar con el lirio de los valles. Alma mía, toma en tus manos, por la fe, la roja rosa del Calvario; llévala por amor, presérvala por la comunión, haz de ella tu todo en todo por una diaria vigilancia, y serás grandemente bendecida, feliz por encima de toda imaginación. Jesús, sé mío para siempre: mi Dios, mi Cielo, mi todo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 175). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«¡Oh SEÑOR, nuestra es la vergüenza del rostro […] porque hemos pecado contra ti»

14 de junio

«¡Oh SEÑOR, nuestra es la vergüenza del rostro […] porque hemos pecado contra ti».

Daniel 9:8 (LBLA)

Un sentido profundo de lo que es el pecado, un concepto claro de su gravedad y del castigo que merece nos hará estar humillados delante del Trono. Hemos pecado como cristianos, ¡qué tristeza! Nos hemos mostrado ingratos, a pesar de haber sido favorecidos; no hemos producido los frutos esperados, habiendo recibido más privilegios que muchos. ¿Quién, aunque haya estado ocupado en la batalla cristiana, no se sonrojará al pensar en el pasado? Lo que hicimos en los días que precedieron a nuestra regeneración debe perdonarse y olvidarse, pero aquello que hemos hecho desde entonces, aunque no sea como lo anterior, sin embargo, lo hemos hecho en contra de la luz y del amor: luz que ha penetrado realmente en nuestras mentes y amor en el cual nos hemos regocijado. ¡Oh qué horrible es el pecado de un alma perdonada! El pecado de un pecador no perdonado no es nada comparado con el pecado de uno de los elegidos de Dios, que ha tenido comunión con Cristo y ha reclinado su cabeza en el pecho de Jesús. ¡Mira a David! Muchos hablarán de su pecado, pero yo te ruego que te fijes en su arrepentimiento y oigas sus huesos quebrantados mientras cada uno de ellos expresa su dolorosa confesión. Observa sus lágrimas mientras caen al suelo, y sus profundos suspiros con los que acompaña la melodiosa música de su arpa. Hemos errado; busquemos, pues, el espíritu de arrepentimiento. Mira también a Pedro. Hablamos mucho de que Pedro negó a su Maestro. Pero recuerda que está escrito que él «lloró amargamente». ¿No tenemos que lamentar nosotros con lágrimas algunas ocasiones cuando hemos negado a nuestro Maestro? ¡Ay!, si no fuera por la soberana misericordia que nos transformó, arrebatándonos como tizones del fuego, los pecados cometidos antes y después de nuestra conversión nos consignarían al lugar del fuego inextinguible. Alma mía, inclínate bajo un sentido de tu natural perversidad y adora a Dios. Admira la gracia que te salvó, la misericordia que te ha guardado y el amor que te perdonó.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 174). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Dios mío, no te alejes de mí

13 de junio

«Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí».

Proverbios 30:8

«Dios mío, no te alejes de mí».

Salmo 38:21

Aquí tenemos dos grandes lecciones: 1) qué cosas hay que desaprobar; y 2) qué cosas hay que suplicar. El estado más feliz del cristiano es el de una profunda santidad. Así como sentimos más calor cuanto más cerca estamos del sol, también gozamos de mayor felicidad en la medida que nos acercamos a Cristo. Ningún cristiano se siente satisfecho cuando sus ojos están puestos en la vanidad: no halla placer en otra cosa sino en que su alma se sienta vivificada en los senderos del Señor. El mundo puede conseguir felicidad en otra parte, pero no él. Yo no condeno a los impíos porque se hundan en los placeres. ¿Por qué debo hacerlo? Dejemos que tengan su satisfacción, pues eso es todo lo que ellos pueden gozar. Una esposa convertida, que había perdido toda esperanza respecto a su marido, se mostraba siempre muy afectuosa con él, pues decía: «Temo que este sea el único mundo en el cual él será feliz y, por tanto, he resuelto hacerlo tan feliz como pueda». Los cristianos han de buscar su placer en una esfera más alta que aquella de las frivolidades insípidas o los pecaminosos deleites del mundo. Las ocupaciones vanas son peligrosas para las almas renovadas. Hemos oído de un filósofo que, mientras estaba mirando a las estrellas, cayó en un pozo; pero ¡cuán profundamente caen aquellos que miran abajo! Su caída es fatal. Ningún cristiano está seguro si su alma es indolente y su Dios se encuentra lejos de él. Satanás no ataca, por lo regular, al cristiano que vive cerca de Dios. Cuando el cristiano se aparta de su Dios, está espiritualmente famélico y se esfuerza por alimentarse de vanidades, entonces el diablo encuentra su oportunidad. Ese cristiano puede hallarse algunas veces en la misma situación en que están los hijos de Dios que son activos en el servicio de su Maestro; pero eso, generalmente, dura poco. El que resbala mientras desciende al valle de la Humillación, cada vez que da un paso en falso, propicia que Apolión lo ataque. Necesitamos gracia para andar humildemente con nuestro Dios.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 173). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo»

12 de junio

«Quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo»

2 Timoteo 1:9 (LBLA)

El Apóstol utiliza el tiempo perfecto y dice: «Quien nos ha salvado». Los creyentes en Cristo Jesús son salvos. No se los considera como personas que se hallen en una posición de esperanza y que, al final, pueden ser salvados, sino que ya son salvos. La salvación no es una bendición que tenga que saborearse en el lecho de muerte y cantarse en el Cielo, sino algo que debe obtenerse, recibirse, ofrecerse y saborearse ahora. El cristiano es perfectamente salvo en el propósito de Dios: Dios lo ha destinado para la salvación, y ese propósito se ha cumplido. El cristiano es salvo también en cuanto al precio que se ha pagado por él. «Consumado es», ese fue el clamor de nuestro Salvador antes de morir. El creyente es también perfectamente salvo en Aquel que es la Cabeza del pacto divino; pues como cayó en Adán, así vive en Cristo. Esta completa salvación va acompañada de un llamamiento santo. Aquellos a quienes el Salvador salvó en la cruz son, a su debido tiempo, llamados por el poder del Espíritu Santo a la santidad. Dejan sus pecados y se esfuerzan por ser semejantes a Cristo; escogen la santidad, no por compulsión alguna, sino por el impulso de la nueva naturaleza que los lleva a regocijarse en la santidad tan naturalmente como antes se deleitaban en el pecado. Dios no los eligió ni los ha llamado porque fuesen santos, sino que los ha llamado para que pudiesen ser santos, y la santidad es la perfección producida por la obra divina en ellos. Las excelencias que vemos en un creyente son obra de Dios, como lo es también la Expiación. Así se revela admirablemente la plenitud de la gracia de Dios. La salvación tiene que ser por gracia, porque Dios es el autor de la misma. ¿Y qué motivo fuera de la gracia podrá moverlo a salvar al culpable? La salvación tiene que ser por gracia, porque el Señor actúa de tal manera que nuestra justicia queda completamente excluida. Tal es el privilegio del creyente: una salvación actual. Tal es la prueba de que ha sido llamado a gozarla: una vida santa.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 172). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Allí quebró las saetas del arco, el escudo, la espada y las armas de guerra»

11 de junio

«Allí quebró las saetas del arco, el escudo, la espada y las armas de guerra».

Salmo 76:3

El glorioso clamor de nuestro Redentor diciendo: «Consumado es», fue el tañido que anunció la muerte de todos los adversarios de su pueblo, la destrucción de «las saetas del arco, el escudo, la espada y las armas de guerra». He aquí al héroe del Gólgota utilizando su cruz como yunque y sus ayes como martillo, haciendo añicos un manojo tras otro de nuestros pecados —esas envenenadas «saetas del arco»—, menospreciando toda denuncia y confutando toda acusación. ¡Qué golpes gloriosos da el poderoso Rompedor con un mazo mucho más pesado que el arma fabulosa de Thor! ¡Cómo vuelan en pedazos los dardos diabólicos y los infernales escudos se quiebran como vasos de alfarero! He aquí, él saca de la vaina de infernal hechura la temible espada de poder satánico y la rompe sobre sus rodillas, como quien parte leña seca y la echa en el fuego. He aquí, ningún pecado del creyente puede ahora ser una saeta que lo hiera mortalmente; ninguna condenación representa una espada capaz de matarlo, porque Cristo sufrió el castigo de nuestro pecado y nuestro bendito Sustituto y Fiador hizo una expiación perfecta de todas nuestras iniquidades. ¿Quién es ahora el que acusa? Ahora, ¿quién condenará? Cristo murió; más aún, también resucitó. Jesús vació las aljabas del Infierno, apagó todo dardo de fuego, despuntó toda saeta de ira. El suelo está sembrado de astillas y de restos de las armas de guerra del Infierno, solo visibles para recordarnos nuestro peligro anterior y nuestra gran liberación. El pecado no tiene más dominio sobre nosotros. Jesús ha terminado con él y lo ha quitado de en medio para siempre. ¡Oh tú, enemigo mío, las destrucciones han llegado a un final definitivo! Hablemos de todas las obras admirables del Señor, nosotros que mencionamos su nombre; no callemos, ni de día, ni cuando el sol se pone. Bendice, alma mía, al Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 171). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Ellas dan testimonio de mí

10 de junio

«Ellas dan testimonio de mí».

Juan 5:39

Jesucristo es el Alfa y la Omega de la Biblia, el tema constante de sus sagradas páginas. Desde la primera hasta la última página, la Biblia testifica de él. En la creación, enseguida lo percibimos como parte de la sagrada Trinidad. Tenemos una vislumbre de él en la promesa de la simiente de la mujer. Lo vemos representado en el arca de Noé. Andamos con Abraham y percibimos, como él, el día del Mesías. Moramos en las tiendas de Isaac y de Jacob, mientras ellos se alimentan de las agradables promesas. Oímos al venerable Israel hablando de Siloh; y en los numerosos tipos de la ley, vemos al Redentor claramente anunciado. Profetas y reyes, sacerdotes y predicadores, todos tienen la mirada puesta en un punto: todos ellos, como los querubines sobre el arca, desean mirar adentro y leer el misterio de la gran propiciación de Dios. No obstante, es en el Nuevo Testamento donde hallamos claramente a nuestro Señor como el único tema que todo lo llena. Este tema no es un raro lingote o un polvo de oro escasamente esparcido, sino un sólido suelo áureo sobre el cual estás en pie; pues la entera sustancia del Nuevo Testamento es Jesús crucificado, y aun sus últimas palabras se encuentran adornadas con el nombre del Redentor. Quisiéramos leer siempre las Sagradas Escrituras bajo esta luz. Desearíamos considerar la Palabra como un espejo en el cual Cristo se mira desde el Cielo y en el que, mirando nosotros también, vemos su rostro reflejado: oscuramente (es cierto) pero, sin embargo, de tal forma que supone una bendita preparación para contemplarlo cuando lo veamos cara a cara. La Biblia contiene las cartas de Jesucristo para nosotros, perfumadas con su amor. Esas páginas son vestiduras de nuestro Rey y exhalan fragancia de mirra, áloes y casia. La Biblia es la carroza real en que viaja Jesús, y cuyo interior está «recamado de amor por las hijas de Jerusalén» (Cnt. 3:10). Las Escrituras son los pañales del santo niño Jesús; despliégalos y halla en ellos a tu Salvador. La quintaesencia de la Palabra de Dios es Cristo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 170). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

 

Escudriñad las Escrituras

9 de junio

«Escudriñad las Escrituras».

Juan 5:39

La palabra griega traducida aquí por escudriñad significa una escrupulosa, minuciosa, diligente y cuidadosa investigación, como la que efectúan los hombres cuando buscan oro, o los cazadores cuando van inquietos tras la caza. No debemos descansar satisfechos por haber leído uno o dos capítulos de la Biblia, sino que hemos de buscar expresamente, con la vela del Espíritu en la mano, el significado oculto de la palabra. La Sagrada Escritura requiere examen; gran parte de ella solo se puede comprender mediante un estudio cuidadoso. En ella hay leche para los niños, pero hay también carne para los hombres vigorosos. Los rabinos dicen, sabiamente, que hay una montaña de enseñanza en cada palabra; sí, en cada nombre de las Escrituras. Tertuliano exclama: «Adoro la plenitud de las Escrituras». Ninguno que meramente hojee el libro de Dios puede sacar provecho de él; tenemos que cavar y excavar hasta que encontremos el tesoro escondido. La puerta de la Palabra solo se abre con la llave de la diligencia. Las Escrituras demandan investigación: son las Escrituras divinas que llevan el sello y la autorización de Dios. ¿Quién se atreverá a tratarlas con ligereza? El que las menosprecia, menosprecia a Dios que las escribió. No permita Dios que alguno de nosotros deje que su Biblia se convierta en un testigo contra él en el Juicio del gran día. La Palabra de Dios recompensará al que la investigue. Dios no nos ordena zarandear un montón de paja que contiene un grano de trigo aquí y allá, sino la Biblia, que es trigo aventado. Solo tenemos que abrir la puerta del granero y encontrarlo. La Biblia se agranda ante el que la estudia, pues está llena de sorpresas. La Biblia, a semejanza de un amplio templo pavimentado con oro y techado con rubíes, esmeraldas y toda suerte de gemas, brilla bajo la instrucción del Espíritu Santo con esplendor de revelación. No hay mercancía igual a la verdad de las Escrituras. Finalmente, las Escrituras revelan a Jesús. «Ellas dan testimonio de mí». Ningún estímulo más poderoso que este puede presentarse a los lectores de la Biblia: el que halla a Jesús halla la vida, el Cielo y todas las cosas. Feliz el que, escudriñando su Biblia, encuentra a su Salvador.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 169). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Ahora verás si se cumple mi palabra o no

8 de junio

«Ahora verás si se cumple mi palabra o no».

Números 11:23

Dios le había hecho a Moisés la promesa de que por espacio de todo un mes alimentaría a aquel numeroso ejército en el desierto con carne. Moisés, viéndose sorprendido por un ataque de incredulidad, considera los medios externos y no es capaz de saber cómo la promesa en cuestión puede cumplirse. Moisés miró a la criatura más bien que al Creador. Sin embargo, ¿espera el Creador que la criatura cumpla la promesa por él? No: Dios, que es quien hace la promesa, siempre la cumple por su propia omnipotencia sin ayuda alguna. Si él habla, su Palabra puede considerarse un hecho que él mismo llevará a cabo. El cumplimiento de su promesa no depende de la cooperación de la débil fuerza del hombre. Enseguida podemos observar el error que cometió Moisés; y, sin embargo, ¿con cuánta frecuencia hacemos nosotros lo mismo? Dios ha prometido suplir nuestras necesidades y nosotros esperamos que sea la criatura quien aquello que Dios ha prometido hacer; luego, al ver que la criatura es débil y frágil, nos entregamos a la incredulidad. No obstante, ¿por qué recurrimos a ese lugar? ¿Recurrirías tú a la cima de los Alpes en busca de calor estival? ¿Irías al polo norte para cosechar frutas maduradas por el sol? Sin embargo, si lo hicieras, no estarías obrando más neciamente que cuando recurres al débil en busca de fuerza y a la criatura para que haga la obra del Creador. Pongamos, pues, esta cuestión sobre una base razonable. El fundamento de la fe no es la suficiencia de los medios visibles para el cumplimiento de la promesa, sino la completa suficiencia del Dios invisible que, con toda seguridad, hará según lo que ha dicho. Si nos atrevemos a entregarnos a la desconfianza, después de comprender claramente que el actuar corresponde al Señor y no a la criatura, la pregunta de Dios vendrá a nosotros con poder: «¿Está limitado el poder del Señor?» (LBLA). Puede acontecer también que, en su misericordia, con dicha pregunta fulgure sobre nuestras almas la bendita declaración que dice: «Ahora verás si se cumple mi palabra o no».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 168). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Sé, pues, celoso

7 de junio

«Sé, pues, celoso».

Apocalipsis 3:19

Si deseas ver almas convertidas, si quieres oír el pregón de que «los reinos de este mundo han venido a ser el reino de nuestro Señor»; si anhelas colocar coronas sobre la cabeza del Salvador y ver su Trono establecido, llénate de celo. Porque, bajo la dirección de Dios, el medio para la conversión del mundo es el celo de la Iglesia. Todas las virtudes harán proezas, pero esta será la primera. La prudencia, el conocimiento, la paciencia y el coraje le seguirán en sus lugares respectivos, pero el celo debe ir a la cabeza. No es la amplitud de tus conocimientos (aunque estos sean útiles), ni tampoco el número de tus talentos (aunque no haya que despreciar los mismo), sino tu celo el que hará grandes hazañas. Este celo es el fruto del Espíritu y obtiene su fuerza vital de las continuas operaciones del Espíritu Santo en el alma. Si nuestra vida interior decae, si nuestro corazón late con lentitud delante de Dios, es que no conoceremos el celo. No obstante, cuando en nuestro interior todo es fuerte y vigoroso, no podremos por menos de sentir una grata ansiedad de ver llegar el Reino de Cristo y de que su voluntad se haga en la tierra como en el Cielo. Un profundo sentimiento de gratitud alimentará el celo cristiano. Mirando al «hueco de la cantera de donde [fuimos] cortados» (Is. 51:1), encontramos muchas razones para gastar y gastarnos por Dios. El celo también se estimula pensando en el futuro eterno: el celo mira con ojos llorosos a las llamas del Infierno y no puede descansar; luego dirige la vista hacia arriba, con angustiosa mirada, a las glorias del Cielo y no puede sino mostrarse activo. Se da cuenta de que el tiempo es corto comparado con la obra que ha de hacerse y, por consiguiente, consagra todo lo que tiene a la causa del Señor. Y el celo se ve siempre alentado por el recuerdo del ejemplo de Cristo. Él se vistió de celo como de un manto. ¡Cuán rápidas las ruedas del carro del deber giraron con él! Él no malgastó el tiempo en el camino. Demostremos que somos sus discípulos manifestando ese mismo espíritu de celo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 167). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.