«Venid y subamos al monte del SEÑOR».

4 de abril

«Venid y subamos al monte del SEÑOR».

Isaías 2:3 (LBLA)

Resulta muy beneficioso para nuestras almas elevarse de este presente mundo malo hacia algo más noble y mejor, ya que el afán de este siglo y el engaño de las riquezas pueden ahogar todo bien que hay en nosotros de manera que nos volvamos gruñones, desalentados y hasta orgullosos y carnales. Es bueno que cortemos esas espinas y zarzas, porque de otro modo la simiente celestial sembrada entre ellas probablemente no dará cosecha. ¿Y dónde hallaremos una hoz mejor que la comunión con Dios y las cosas del Reino? En los valles de Suiza, muchos de sus habitantes están deformados, y todos ellos tienen una apariencia enfermiza, porque la atmósfera se halla cargada de miasmas y viciada, y resulta sofocante. Pero arriba, sobre las montañas, vive una raza robusta que respira el aire fresco y puro procedente de las inmaculadas nieves de las alturas alpinas. Sería conveniente que los habitantes del valle dejaran frecuentemente sus habitaciones entre los pantanos y las emanaciones febriles e inhalaran el vigorizante aire de las montañas. Es a esta hazaña de escalador a la que te invito esta noche. Que el Espíritu de Dios nos asista para dejar los efluvios del temor y las fiebres de la ansiedad, y todos los males que se juntan en este valle terrenal, y subir a las montañas de la felicidad y el gozo anticipados. ¡Que Dios el Espíritu Santo corte las cuerdas que nos mantienen atados aquí abajo y nos ayude a ascender! Muy a menudo estamos sentamos como águilas encadenadas, sujetas a una roca; solo que, a diferencia de las águilas, nosotros empezamos a amar nuestras cadenas y quizá, si llegara la ocasión, lamentaríamos verlas rotas. Quiera Dios concedernos gracia para que, si no podemos escapar de las cadenas que tienen que ver con nuestra carne, lo logremos sin embargo en lo relacionado con nuestro espíritu; y, dejando el cuerpo como un siervo al pie del monte, nuestras almas, como Abraham, alcancen la cima de la montaña y gocen allí de comunión con el Altísimo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 103). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino, pero el SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros».

3 de abril

«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino, pero el SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros».

Isaías 53:6 (LBLA)

Aquí tenemos una confesión de pecado que es común a todos los elegidos de Dios. Ellos han caído y, por tanto, dicen al unísono, desde el primero que entró en el Cielo hasta el último que lo hará: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas». La confesión, aparte de ser unánime, es también especial y particular: «Nos apartamos cada cual por su camino». Hay una pecaminosidad peculiar a cada individuo: todos son pecadores, pero cada uno tiene un agravante que no se encuentra en su prójimo. Esta es la señal del genuino arrepentimiento: que mientras el mismo se identifica naturalmente con los otros penitentes, asume también una posición de soledad. «Nos apartamos cada cual por su camino» es una confesión de que cada hombre ha pecado contra una luz particular o tiene un agravante que no ha podido ver en otros. Esta confesión es una confesión sin reservas. No hay una sola palabra que disminuya su fuerza, ni una sílaba que pueda pronunciarse a modo de excusa. La confesión es una renuncia a toda pretensión de justicia propia; es la declaración de hombres que son conscientemente culpables: culpables con agravantes, culpables sin excusas… Tienen sus armas rotas en pedazos, y claman: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino». Sin embargo, acompañando a esta confesión de pecados no oímos lamentos de dolor; muy al contrario, la siguiente frase convierte la misma casi en un cántico: «El Señor hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros». Esta es, de las tres, la frase más triste, pero rebosa estímulo. Extraña cosa es que allí donde se concentró la desdicha reinó la misericordia; donde el dolor alcanzó su clímax, las almas fatigadas hallaron descanso. El Salvador herido es la medicina para los corazones lacerados: ve cómo el más hondo arrepentimiento da lugar a una segura confianza, simplemente con mirar a Cristo en la cruz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 102). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Verá su descendencia, prolongará sus días y la voluntad del SEÑOR en su mano prosperará».

2 de abril

«Verá su descendencia, prolongará sus días y la voluntad del SEÑOR en su mano prosperará».

Isaías 53:10 (LBLA)

Abogue por el rápido cumplimiento de esta promesa todo aquel que ama al Señor. Cuando nuestros deseos están fundados y cimentados en las promesas de Dios, orar es trabajo fácil. ¿Cómo podría Aquel que dio la palabra dejar de cumplirla? La Veracidad inmutable no puede envilecerse con una mentira, ni la eterna Fidelidad degradarse con un olvido. Dios tiene que bendecir a su Hijo: su pacto le obliga a ello. Lo que el Espíritu nos inspira a pedir por Jesús es lo que Dios decretó que le daría. Cuando ores por el Reino de Cristo, deja que tus ojos contemplen el amanecer de ese bendito día que se acerca, cuando el crucificado se verá coronado en el mismo lugar donde los hombres lo rechazaron. Ten ánimo, tú que con devoción trabajas y te afanas por Cristo con tan pobres resultados: ¡esto no siempre será así! Tienes por delante mejores días. Tus ojos no pueden ver el feliz futuro; pero pide prestado el telescopio de la fe, limpia del cristal el vaho de tus dudas, mira a través del mismo y contempla la gloria que se aproxima. Lector, permíteme preguntarte si haces de esto el objeto de tus constantes oraciones. Recuerda que el mismo Cristo, que nos mandó pedir el pan nuestro de cada día, nos enseñó a decir primero: «Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Que no todas tus oraciones tengan que ver con tus pecados, tus necesidades, tus imperfecciones, tus pruebas… Suban por la estrellada escala hasta Cristo mismo. Entonces, acercándote al propiciatorio rociado con sangre, ofrece continuamente esta oración: «Señor, ensancha el Reino de tu querido Hijo». Tal petición, fervientemente presentada, elevará el espíritu de todas tus devociones. Y recuerda que demuestras la sinceridad de tu oración trabajando para promover la gloria del Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 101). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Entonces Rispa hija de Aja tomó una tela de cilicio, y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que ninguna ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche».

31 de marzo

«Entonces Rispa hija de Aja tomó una tela de cilicio, y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que ninguna ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche».

2 Samuel 21:10

Si el amor de una mujer hacia sus hijos muertos pudo hacer que ella prolongase su triste vigilia por tan largo tiempo, ¿nos cansaremos nosotros de considerar los sufrimientos de nuestro bendito Señor? Ella ahuyentó las aves de rapiña. ¿No disiparemos nosotros de nuestras meditaciones los pensamientos mundanos y pecaminosos que manchan nuestras mentes y los sagrados temas en los cuales estamos ocupados? ¡Fuera, pájaros de maligno vuelo! ¡Dejad el sacrificio! Rispa soportó sola y sin refugio los calores del verano, el rocío de la noche y las lluvias. El sueño había huido de sus humedecidos ojos; su corazón estaba demasiado lleno como para dormitar. ¡Ved cómo amaba a sus hijos! ¡Así resistió Rispa! ¿Y nos retiraremos nosotros ante el primer inconveniente o la primera prueba? ¿Somos tan cobardes que no podemos resignarnos a sufrir con nuestro Señor? Rispa ahuyentó aun a las fieras con un coraje nada común para su sexo. ¿Y no estaremos nosotros prontos a hacer frente a cualquier enemigo por amor de Jesús? A estos hijos de Rispa los mataron manos extrañas, sin embargo ella lloró y veló. ¿Qué deberíamos entonces hacer nosotros, ya que por causa de nuestros pecados se crucificó a nuestro Señor? Nuestras obligaciones son ilimitadas: nuestro amor debiera ser ferviente y nuestro arrepentimiento completo. Velar con Jesús tendría que ser nuestra ocupación; permanecer cerca de la cruz, nuestro solaz. Aquellos horribles cadáveres bien podían espantar a Rispa, especialmente por la noche; pero en nuestro Señor, al pie de cuya cruz estamos sentados, no hay nada repugnante, sino que todo es atractivo. Nunca hubo una belleza viviente tan encantadora como la del Salvador agonizante. Jesús, nosotros velaremos contigo aún un poco más, y tú revélate benignamente a nosotros: entonces sobre nuestras cabezas no habrá tela de cilicio, sino que estaremos sentados en un pabellón real.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 99). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Examinemos nuestros caminos y escudriñémoslos, y volvamos al SEÑOR».

30 de marzo

lecturas-vespertinas

«Examinemos nuestros caminos y escudriñémoslos, y volvamos al SEÑOR».

Lamentaciones 3:40 (LBLA)

La esposa que tiernamente ama a su esposo ausente ansía su regreso; una prolongada separación de su señor es para su espíritu como media muerte. Así acontece con las almas que aman mucho al Salvador: tienen que ver su faz; no pueden soportar que él esté en los montes de Beter y las deje privadas de su comunión. Una mirada de reproche, un dedo levantado, será penoso para los hijos amantes que temen ofender a su tierno padre y que solo son felices con su sonrisa. Querido amigo, así sucedió una vez contigo. Un texto de las Escrituras, una amenaza, un toque de la vara de la aflicción y, enseguida, fuiste a los pies de tu Padre clamando: «Muéstrame por qué pleiteas conmigo». ¿Pasa lo mismo ahora o estás contento con seguir a Jesús de lejos? ¿Puedes contemplar sin alarmarte que se ha interrumpido tu comunión con Cristo? ¿Eres capaz de tolerar que tu Amado ande en dirección contraria a la tuya, porque tú caminas en dirección opuesta a la de él? ¿Han hecho tus pecados separación entre ti y tu Dios y tu corazón está tranquilo? ¡Oh, permíteme exhortarte cariñosamente!, porque es penoso que podamos vivir en paz sin el presente disfrute del rostro del Salvador. Esforcémonos por sentir lo malas que son estas cosas: el poco amor a nuestro agonizante Salvador, el poco gozo en nuestro precioso Jesús, el poco compañerismo con el Amado… Celebra una verdadera Cuaresma en tu alma mientras te lamentas por la dureza de tu corazón. ¡No detengas el lamento! Recuerda dónde recibiste la salvación. Ve enseguida a la cruz: allí, y solo allí, puedes lograr que tu espíritu se aliente. No importa cuán duros, cuán insensibles, cuán muertos hayamos llegado a estar. Vayamos otra vez con todos los andrajos, la pobreza y la contaminación de nuestra condición natural. Abracemos aquella cruz; fijémonos en aquellos lánguidos ojos; bañémonos en aquella fuente llena de sangre: esto nos hará volver al primer amor; esto restaurará la sencillez de nuestra fe y el afecto de nuestro corazón.

 
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 98). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Lo llamé, y no me respondió».

29 de marzo

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«Lo llamé, y no me respondió».

Cantares 5:6

La oración a veces aguarda, a semejanza de un peticionario que está a la puerta, hasta que el Rey sale a colmar su seno de las bendiciones que busca. Cuando el Señor ha dado una gran fe, por lo general la ha probado con grandes demoras y permitido que las palabras de sus siervos volvieran a sus propios oídos como si estuvieran llamando a un Cielo de bronce. Sus siervos han golpeado en la puerta de oro, pero esta ha permanecido cerrada, como si sus goznes se hubiesen aherrumbrado; y, al igual que Jeremías, han clamado: «Te cubriste de nube para que no pasase la oración nuestra» (Lm. 3:44). Así, los verdaderos santos han continuado por mucho tiempo en paciente espera, sin recibir contestación, no porque sus oraciones no fuesen fervorosas, ni porque fuesen inaceptables, sino porque así le agradó a él, que es soberano y da según su voluntad. Si a él le place ordenar que nuestra paciencia sea ejercitada, ¿no hará como guste con los suyos? Los mendigos no deben elegir el momento, el lugar o la forma en que se les concederá el favor. Sin embargo, debemos tener cuidado de no considerar las demoras en la oración como negativas: los cheques de Dios con fechas atrasadas se pagarán puntualmente. No podemos permitir que Satanás debilite nuestra confianza en el Dios de la verdad, señalando nuestras oraciones no contestadas. Las peticiones no contestadas no indican que no hayan sido oídas. Dios tiene nuestras oraciones en un archivo: no se las llevará el viento, sino que están bien guardadas en los archivos del Rey. Es este un registro en la corte celestial donde cada oración queda asentada. Creyente que has sido probado, tu Señor tiene una redoma en la cual guarda las costosas lágrimas de dolor sagrado, y un libro en donde tus santos gemidos quedan recogidos. Pronto tu súplica prevalecerá. ¿No puedes conformarte con esperar un poco? ¿No será el tiempo del Señor mejor que el tuyo? Él aparecerá pronto para gozo de tu alma, te quitará el cilicio y la ceniza de tu larga espera, y te vestirá con el lino escarlata y fino del deleite pleno.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 97). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Como incienso agradable os aceptaré».

Charles Spurgeon  H

28 de marzo

«Como incienso agradable os aceptaré».

Ezequiel 20:41

Los méritos de nuestro gran Redentor son como olor suave para el Altísimo. Ya sea que hablemos de la justicia activa de Cristo o de su justicia pasiva, hay en ellas la misma fragancia. Su vida activa, por la cual honró la ley de Dios e hizo que cada precepto brillase como preciosa joya en el puro engaste de su propia persona, desprende un suave olor. Así es también con su obediencia pasiva: cuando soportó con callada sumisión hambre y sed, frío y desnudez y, al fin, sudor de grandes gotas de sangre en Getsemaní; cuando dio su espalda a los heridores y sus mejillas a los que le mesaban la barba, y fue colgado en el cruel madero para que sufriese la ira de Dios en nuestro lugar. Estas son dos cosas fragantes delante del Altísimo; y, en consideración de sus obras y de su muerte, de sus sufrimientos en lugar del pecador y de su obediencia vicaria, el Señor nuestro Dios nos acepta. ¡Qué dulce aroma debe de haber en él para superar nuestra carencia de aroma! ¡Qué suave olor para quitar toda nuestra hediondez! ¡Qué poder purificador en su sangre para borrar pecados como los nuestros! ¡Y qué gloria en su justicia para hacer que criaturas tan inaceptables como nosotros fuesen aceptas en el Amado! ¡Observa, creyente, cuán segura e inmutable debe de ser nuestra aceptación cuando se encuentra en él! Cuídate y no dudes nunca de tu aceptación en Jesús. No puedes ser aceptado sin Cristo; pero una vez que has recibido sus méritos no puedes dejar de serlo. A pesar de todas tus dudas, temores y pecados, el ojo bondadoso del Señor nunca te mirará con ira. Aunque él vea pecado en ti —en ti mismo—, sin embargo, cuando te mira a través de Cristo, no descubre ninguno. Siempre eres acepto en Cristo; siempre eres bendito y amado para el corazón del Padre. Eleva un cántico, pues, y a medida que veas el humeante incienso de los méritos del Salvador subir delante del Trono de zafiro en esta noche, deja que el incienso de tu alabanza ascienda también con él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 96). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Charles Spurgeon  H

27 de marzo

«Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». Mateo 15:27

Esta mujer halló aliento en su desgracia, al pensar en Cristo de una forma elevada. El Maestro había hablado acerca del pan de los hijos. «Ahora bien —arguyó ella—, como tú eres el dueño de la mesa de la gracia, sé que también eres un administrador generoso y que, sin duda, hay abundancia de pan en tu mesa. Habrá tal abundancia para los hijos que quedarán también migas que se arrojen al suelo para los perros, y los hijos no lo pasarán peor porque los perros se alimenten». Ella pensaba en Jesús como en uno que mantenía una mesa tan buena que todo lo que ella necesitaba era una migaja en comparación. Recuerda, sin embargo, que la necesidad de la mujer era que el demonio saliera de su hija. Esto era para ella una cosa grande; pero, como tenía un alto concepto de Cristo, se dijo: «Para él esto es nada: solo como dar una migaja». Ese es el camino real hacia el aliento. El tener pensamientos exagerados en cuanto a tus pecados, solo puede llevarte a la desesperación; pero el tener un alto concepto de Cristo te dirigirá al puerto de paz. «Mis pecados son muchos; pero, ¡ah!, a Jesús nada le cuesta el quitarlos todos. El peso de mi culpa me aplasta como aplastaría a un gusano el pie de un gigante; pero esa culpa no es más que una partícula de polvo para él, porque él ya llevó la maldición de la misma en su cuerpo sobre la cruz. El darme plena redención será una insignificancia para él; aunque el recibirla sea para mí una infinita bendición». La mujer abre muy ampliamente la boca de su alma, esperando grandes cosas de Jesús, y él la llena con su amor. Querido lector, haz tú lo mismo. Ella reconoció lo que Cristo le decía, pero se asió fuertemente de él y extrajo argumentos aun de las duras palabras del Señor. Ella creyó grandes cosas de él y así lo conquistó. Ganó la victoria creyendo en él. Su caso es un ejemplo de fe victoriosa: si queremos vencer como ella lo hizo, debemos imitar sus tácticas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, pp. 95–96). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles».

 Charles Spurgeon H

26 de marzo

«Cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles». Marcos 8:38

Si hemos sido partícipes con Jesús en la afrenta, lo seremos también en el esplendor que le rodeará cuando venga de nuevo en gloria. ¿Eres tú, querido amigo, uno con Cristo Jesús? ¿Te liga a él una unión vital? Entonces hoy estás con él en la afrenta: has tomado su cruz y sales con él fuera del campamento llevando su vituperio. Sin duda, estarás con él cuando se cambie la cruz por la corona. Júzgate a ti mismo esta noche, pues si no estás con él en la regeneración, tampoco lo estarás cuando venga en su gloria. Si te retraes del aspecto oscuro de la comunión, no entenderás su brillante y feliz período, cuando el Rey venga y todos sus santos ángeles con él. ¡Qué dices!… ¿ángeles con él? No obstante, él «no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham» (He. 2:16). ¿Están los santos ángeles con Jesús? Ven, alma mía: si tú, en verdad, eres su amada, no puedes quedarte lejos de él. Si sus amigos y vecinos están llamados repetidamente a ver su gloria, ¿qué piensas tú, siendo su desposada? ¿Estarás lejos? Aunque este sea un día de juicio, sin embargo, no es posible que te halles lejos de aquel corazón que, habiendo admitido en su intimidad a los ángeles, te ha recibido también a ti en esa misma relación. ¿No te ha dicho él, oh alma mía: «Te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia» (Os. 2:19)? ¿No han proferido sus propios labios: «Yo te desposaré y mi placer está en ti»? Si los ángeles, que son solo amigos y vecinos, van a estar con él, es también muy cierto que su amada Hefzi-bá, en quien se halla todo su deleite, estará junto a él y se sentará a su diestra. Aquí hay una estrella matutina de esperanza para ti, de tan marcada brillantez que bien puede iluminar la más oscura y desolada de las experiencias.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 94). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.