Convicción compasiva

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Serie: La ética cristiana

Convicción compasiva
Por Lowell A. Ivey

Nota del editor: Este es el octavo y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética cristiana

Es imposible sobreestimar el poder santificador de un ministerio con un púlpito sólido. Dios diseñó la predicación de la Palabra para que fuera el medio principal de gracia en la vida de cada cristiano. La proclamación de la Escritura debe ser el medio principal por el Nunca olvidaré un sermón que escuché en una reunión de mi iglesia regional. El sermón fue predicado por un hombre que estaba siendo examinado para su ordenación. Sus oyentes eran, en su mayoría, ministros y ancianos. Predicó sobre la humildad en Proverbios 3:33-34. En ese sermón, el Espíritu del Señor Jesús resucitado me habló de manera suave, poderosa y directa, convenciéndome de mi orgullo y persuadiéndome de mi necesidad de un corazón más conforme al corazón manso y humilde de mi Salvador.

La verdad, dicha en el amor de Cristo, tiene un tremendo poder espiritual para penetrar incluso en los corazones más endurecidos y obstinados. La verdad de Dios nunca nos llega como una mera compilación de propuestas doctrinales. Viene como una persona de carne y hueso, como la encarnación misma del amor eterno del Padre por nosotros en la historia, como el Verbo eterno hecho carne para habitar entre nosotros, y en nosotros, «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1:14). En Cristo, Dios demuestra Su amor por los pecadores al revelar ese amor en el carácter misericordioso y en la obra expiatoria y reconciliadora de Su Hijo (Rom 5:8). La verdad de la muerte y resurrección de Cristo nos llega como una revelación viva en el tiempo y el espacio de la mansedumbre y la compasión del Dios triuno. Este es el patrón que da forma no solo a lo que creemos, sino también a cómo hablamos y vivimos (Ef 4; 1 Jn 4:7-11).

Ser cristiano es ser semejante a Cristo, lleno de gracia y de verdad. O para decirlo de otra manera, un cristiano da testimonio tanto de la gracia como de la verdad que hay en Cristo. De esa manera, damos a conocer a un Cristo entero, un Cristo íntegro, un Cristo completo, el único tipo de Cristo capaz de salvar, santificar y glorificar a los pecadores que perecen en la incredulidad y que están atrapados por Satanás, el dios de este mundo.

Lo que esto requiere, en términos prácticos, es que busquemos ser cristianos íntegros. Todo cristiano íntegro es un cristiano cuyas convicciones se basan en la compasión y cuya compasión se fortalece con la convicción. Estar en Cristo es estar unido a un Salvador cuyo corazón fue «movido a compasión» cuando vio la confusión, la ignorancia y el desconcierto moral de aquellos a quienes vino a buscar y salvar (Lc 19:10). Su compasión fue tan grande que proclamó la verdad del evangelio, llamando a los que estaban en la oscuridad a volverse a Él como la luz del mundo, Aquel que vino hablando palabras de vida eterna.

La compasión se define por la persona y la obra redentora de Jesucristo. ¿Cómo sabemos cómo luce una convicción compasiva en la vida real? Mediante el estudio de la vida y del ministerio de nuestro Salvador. Ver a Jesús es ver el corazón mismo de Dios abierto y revestido de nuestra naturaleza humana. Es ver una compasión sin principio, que tiene sus raíces en el suelo de la eternidad. Es ver una compasión que nunca puede terminar sino que seguirá dando frutos para siempre en la nueva creación. La encarnación, la vida sin pecado, el ministerio, los milagros, la muerte, el entierro y la resurrección de Jesucristo, todos dan testimonio de la compasión que había en el corazón de Dios el Padre antes de la fundación del mundo. Esa compasión se nos revela más claramente en las Escrituras y es confirmada por medio del testimonio del Espíritu en nuestros corazones de que somos hijos de Dios (Rom 8:16).

Entonces, ¿cómo nosotros, como hijos de Dios, expresamos nuestras convicciones de una manera que sea consistente con la compasión de Jesucristo? Lo hacemos recordando que estamos llamados a decir la verdad en amor (Ef 4:15). Decimos la verdad con un propósito compasivo. «No salga de vuestra boca ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan» (v. 29). El discurso corrupto es, literalmente, un discurso que deteriora. Es lo opuesto al discurso que da vida. Es un discurso que busca derribar y destruir, no edificar o cultivar el crecimiento espiritual. El discurso compasivo es edificante. Es un discurso que afirma tanto la verdad que se está hablando como la dignidad humana de la persona a la que se le habla o de quien se habla. El discurso compasivo es proposicional y a la vez personal. Afirma lo que es verdad sin destruir ni maldecir la imagen de Dios (Stg 3:1-12). Si estamos en Cristo, hablamos como aquellos que anhelan ver a Cristo formado en los corazones de aquellos que escuchan lo que tenemos que decir (Gal 4:19).

Esto es cierto, de manera especial, en nuestra era de comunicación electrónica. La Internet ha hecho que el mensaje del evangelio sea más accesible que nunca. Pero con cada nuevo medio de comunicación surgen tentaciones y desafíos nuevos y únicos. El gran peligro de hablar con otros desde atrás de la barrera inexpugnable de un dispositivo electrónico es que olvidamos con demasiada facilidad la individualidad de quienes están al otro lado de la pantalla. Una ética cristiana de la comunicación digital requiere que recordemos y reconozcamos el significado eterno de nuestro discurso y que nos esforcemos siempre por hablar con compasión, incluso cuando no podemos ver —y posiblemente nunca conozcamos— a los destinatarios de nuestras palabras en línea.¿Esto significa que un cristiano compasivo nunca dirá nada que pueda ofender? No, Jesús fue condenado a muerte por decir la verdad en perfecto amor. La verdad por su propia naturaleza es ofensiva para la mente carnal, esa mente que es hostil y se opone a Jesús, quien es tanto la verdad como el amor encarnado. Pero hay una diferencia entre decir una verdad ofensiva y decir la verdad para ofender. Estar en Cristo es tener el Espíritu de Cristo morando en ti. ¿Cristo ha mostrado compasión al revelarte Su gracia y verdad? Si es así, deja que Su compasión te enseñe no solo cómo mantener tus convicciones, sino también cómo compartirlas de una manera que le den honor y gloria.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Lowell A. Ivey
Lowell A. Ivey

El Rev. Lowell A. Ivey es el pastor organizador de Reformation Presbyterian Church en Virginia Beach, Va.

Agradecimiento y generosidad

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Serie: Gratitud

Agradecimiento y generosidad

Lowell A. Ivey

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

“¡Mío! ¡Yo lo tenía primero!”. Soy padre de cuatro niños pequeños, así que estas palabras resuenan con regularidad en mi hogar. Mis hijos saben que entristecen el corazón de su padre cuando se hablan de esta manera. Saben que la Biblia les enseña a ser “amables unos con otros” (Ef 4:32). Y saben que “el amor… no es jactancioso, no es arrogante… no busca lo suyo” (1 Co 13:4-5). Así que ¿por qué les cuesta tanto vivir conforme a lo que saben? 

Las palabras son pequeñas ventanas al corazón. Con bastante frecuencia, las palabras de mis hijos me llevan a reflexionar en mis propias actitudes hacia Dios. ¿Cómo se ven mi egoísmo y mi ingratitud a los ojos de Aquel que envió a Su Hijo unigénito para pagar por mi pecado? ¿Qué dice mi renuencia a dar libremente de mis tesoros terrenales acerca de mi amor (o falta de amor) por Aquel que me amó primero? 

Hace poco, caminaba con un grupo de compañeros de ministerio en una ciudad concurrida. En la acera, recostado de un edificio, había un anciano sosteniendo un cartel que decía: “No tengo hogar, ¡ayúdenme, por favor!”. Al igual que los demás pastores en el grupo, evité hacer contacto visual y seguí caminando. Al mismo tiempo, me sentí intensamente culpable por no haberme detenido a reconocer la existencia (y la miseria) de otro ser humano creado a imagen de Dios.

La generosidad comienza en el corazón. Comienza cuando dejamos de lamentarnos por aquellas cosas a las cuales hemos renunciado y comenzamos a regocijarnos por todo lo que hemos ganado en Cristo.

“Dios ama al dador alegre” (2 Co 9:7). Al leer estas palabras de las Escrituras, ¿pensamos en lo que requieren de nosotros más que en lo que revelan acerca del corazón de Dios? 

Observa con cuidado las dos primeras palabras: “Dios ama”. Dios es un Padre misericordioso y generoso con Sus hijos, a pesar de que somos indignos y pecadores. Él no necesita nada de nosotros. Él es el Creador de los confines de la tierra. Él creó las galaxias de la nada. No hay nada que tengamos que no venga del corazón paternal de Dios. De tal manera amó Dios al mundo que dio. Él nos dio a Su Hijo en la cruz. Él nos da Su Espíritu para conformar nuestro corazón al Suyo.

“Dios ama al dador alegre”. Pero nos engañamos a nosotros mismos si asumimos que Él nos ama porque somos dadores alegres por naturaleza. Más bien, Dios ama a pecadores impíos e ingratos como tú y como yo, y nos transforma en dadores alegres. Algo que hace solo por gracia, únicamente por medio de la fe en Cristo. 

Entonces ¿qué significa ser un dador “alegre”? Significa ser un dador gozoso, un dador generoso. Significa no dar de mala gana ni por obligación (2 Co 9:7). Observa el contexto más amplio:

Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre. Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para vosotros, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abundéis para toda buena obra… Y el que suministra semilla al sembrador y pan para su alimento, suplirá y multiplicará vuestra sementera y aumentará la siega de vuestra justicia; seréis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual por medio de nosotros produce acción de gracias a Dios (2 Co 9:7-810-11).

Ser un dador alegre significa reconocer que Dios “suministra semilla al sembrador y pan para su alimento”, y que Él también es capaz, por medio de nuestra generosidad alegre, de enriquecernos espiritualmente, particularmente en la gracia del agradecimiento. Un dador alegre no solo es un dador generoso, sino que también es un dador agradecido. Un dador alegre está agradecido con Dios por el don de la salvación en Cristo Jesús. Un dador alegre está agradecido por cada oportunidad que Dios le da de participar en Su obra de llamar a pecadores al arrepentimiento y a la vida eterna. Un dador alegre sabe que no hay nada que tenga que no haya venido de la mano generosa de Dios, y quiere que toda su vida sea un coro incesante de alabanza y gratitud hacia el Padre por habernos dado a Su Hijo. 

¿Eres un cristiano generoso? La generosidad comienza en el corazón. Comienza cuando dejamos de lamentarnos por aquellas cosas a las cuales hemos renunciado y comenzamos a regocijarnos por todo lo que hemos ganado en Cristo. Comienza cuando nuestro tesoro está en los cielos, y no en la tierra. Comienza cuando podemos decir, en cualquier circunstancia y con todo nuestro corazón: “¡Gracias a Dios por Su don inefable!” (2 Co 9:15).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Lowell A. Ivey
Lowell A. Ivey

El Rev. Lowell A. Ivey es el pastor organizador de Reformation Presbyterian Church en Virginia Beach, Va.