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Etiqueta: Manuel II Paleólogo

El fin del Imperio Bizantino 55

8 marzo, 2016

El fin del Imperio Bizantino 55

Los turcos temen sobre todas las cosas nuestra unión con los cristianos occidentales […] Por lo tanto, cuando quieras inspirarles terror, hazles saber que vas a reunir un concilio para llegar a un entendimiento con los latinos. Piensa siempre en tal concilio, pero cuídate de reunirlo.

Manuel II Paleólogo, a su hijo

a1Los siglos XIV y XV fueron tiempos aciagos para lo que quedaba del Imperio Bizantino. Como hemos dicho, en el 1204 los cruzados se adueñaron de la ciudad de Constantinopla, y establecieron en ella un emperador y un patriarca latinos. En el 1261 los griegos pudieron apoderarse de nuevo de su capital, y terminó así el Imperio Latino de Constantinopla. Pero el mal estaba hecho. El viejo Imperio Bizantino nunca recobró su gloria perdida, y tuvo que contentarse con sostenerse en una existencia precaria entre los occidentales por una parte y los turcos por otra.

En tales condiciones, la cuestión de las relaciones entre la iglesia griega y la latina dominó el escenario religioso de Constantinopla. El recelo del pueblo hacia los latinos se había agudizado cuando éstos últimos utilizaron la Cuarta Cruzada para tomar a Constantinopla, y después le impusieron sus costumbres, sus doctrinas y su jerarquía eclesiástica. Los jefes bizantinos, tanto en el estado como en la iglesia, participaban de los mismos recelos. Pero veían la necesidad de llegar a un entendimiento con el cristianismo occidental, a fin de poder resistir los embates de los turcos. Por ello, cuando alguien proponía la unión con Roma, se trataba siempre del emperador, el patriarca, o algún otro jerarca civil o eclesiástico. Y por las mismas razones todas esas propuestas se estrellaron contra la firme voluntad del pueblo, los monjes y el clero bajo, para quienes los latinos eran herejes y cismáticos con quienes no se debía tener contacto alguno.

La situación política se complicaba porque, a raíz de la conquista latina de Constantinopla, se habían fundado varios estados que se separaron de la vieja capital. En Nicea y Trebizonda hubo imperios griegos rivales del latino de Constantinopla. En el Epiro, en Moesia y en otras regiones del Egeo, otros estados menores trataron de continuar la herencia bizantina. Cuando Constantinopla volvió a quedar en poder de los griegos, algunos de estos estados se sometieron a ella. Pero muchos otros continuaron teniendo una existencia independiente, o una relación con la capital más teórica que real. En consecuencia, los emperadores bizantinos eran señores efectivos de poco más que Constantinopla y sus alrededores. Poco a poco, los turcos iban estrechando el cerco, y no parecía haber defensa alguna contra ellos.

A mediados del siglo XIV, la situación empeoró. Los turcos otomanos, que antes se habían posesionado del Asia Menor, atravesaron el Mar Negro y se lanzaron a la conquista de los Balcanes. Este era el único territorio que le quedaba a Constantinopla, aparte de unas pocas islas en el Egeo. Pronto los genoveses aprovecharon esa coyuntura y se apoderaron de las principales de esas islas, al tiempo que los turcos conquistaban toda la península balcánica, excepto el Epiro y el Peloponeso. El primero de estos dos territorios siguió un curso independiente, hasta que fue conquistado, primero por los albaneses y después, en el siglo XV, por los turcos. El segundo fue tomado por los turcos en 1460, siete años después de la caída de Constantinopla.

Privada de casi todos sus territorios, y dividida por cuestiones de la sucesión al trono, Constantinopla sólo pudo subsistir como estado vasallo de los turcos, a quienes se vio obligada a pagar tributo. Y aun esa situación era en extremo precaria, pues tan pronto como los turcos se vieran libres de sus conflictos con los húngaros y los albaneses era de esperarse que se volvieran contra Constantinopla. Colocada en el centro mismo de los territorios otomanos, como un puente entre Asia y Europa, la vieja capital de Constantino era un quiste dentro de las posesiones del sultán Bayaceto. Al comenzar el siglo XV, parecía que los turcos tomarían a Constantinopla de un momento a otro.

Entonces sucedió lo imprevisto. Por varias décadas, los emperadores bizantinos habían estado rogándole al Occidente cristiano que acudiera en su defensa. Sus ruegos no consiguieron respuesta efectiva alguna. Pero en el Oriente, entre paganos, se levantó el conquistador que, sin quererlo, prolongaría la vida de Bizancio por medio siglo. Tamerlán, el temible mongol que se propuso reconstruir el imperio de Gengis Kan, derrotó a los turcos en la batalla de Angora, en Asia Menor, a mediados de 1402. Esto detuvo el avance de los turcos. Y aunque Tamerlán pronto abandonó el Asia Menor, los turcos se vieron entonces divididos por una guerra civil entre los hijos de Bayaceto. Cuando por fin el sultán Mahoma I resultó vencedor, tuvo que dedicar sus esfuerzos a consolidar su poder e imponer el orden en sus territorios. Su hijo, Murad II, sitió a Constantinopla en 1422. Pero un nuevo ataque mongol, y la rebelión de uno de sus hermanos, le obligaron a levantar el cerco. Por otra parte, los húngaros y los albaneses también lograron importantes victorias sobre los turcos. Así, salvada por acontecimientos inesperados, Constantinopla logró prolongar su existencia. Pero en 1451, a la muerte de Murad, le sucedió Mahoma II, cuyo gran sueño era hacer de Constantinopla una ciudad musulmana, capital de su imperio.

En el entretanto, los emperadores de Bizancio no tenían otro recurso que acudir al Occidente latino, con la esperanza de que esta vez su clamor fuera escuchado. Fue entonces que tuvo lugar la reconciliación entre ambas ramas de la cristiandad, en el Concilio de Ferrara-Florencia, en julio de 1439. Empero esto no redundó en bien de la asediada Constantinopla, pues el papado no tenía el poder necesario para obligar a las potencias occidentales a enviarle refuerzos a la ciudad asediada, y los griegos vieron en la acción de su emperador y sus jerarcas eclesiásticos una traición y una capitulación ante la herejía. En 1443, los patriarcas de Jerusalén, Alejandría y Antioquía, quizá debido en parte a la presión de los turcos, repudiaron lo que había sido hecho en el concilio. Los rusos reaccionaron de igual manera. Luego, Constantinopla se vio absolutamente sola, dividida y asediada por los turcos. No le quedaba a Constantino XI, quien reinaba a la sazón en la ciudad de su homónimo el Grande, otro aliado que el Occidente cristiano, y por ello insistió en sus planes de unión. En diciembre de 1452 se celebró en Santa Sofía la misa romana.

Los días de Constantinopla estaban contados. El 7 de abril de 1453, Mahoma II sitió la ciudad. Para forzar sus murallas hizo uso de piezas de artillería que le habían facilitado ingenieros cristianos. Los sitiados se defendieron valientemente, pero su situación era desesperada, pues las murallas no resistían el embate de la artillería turca. El 28 de mayo hubo un culto solemne en la catedral de Santa Sofía. El 29 fue el último asalto por parte de los turcos. El emperador Constantino XI Paleólogo murió defendiendo la ciudad. (Cinco siglos más tarde, este autor se encontró, en el camposanto de una pequeña iglesia anglicana en una isla del Caribe, una lápida que decía: “Aquí yace el último descendiente por línea directa de Constantino Paleólogo, último emperador de Constantinopla”.) Los turcos irrumpieron a través de la muralla, y por tres días y tres noches, según se lo había prometido el Sultán, la vieja capital fue saqueada. Después Mahoma tomó posesión formal de ella, y Constantinopla comenzó su transformación para venir a ser Istambul, capital del Imperio Otomano. En la catedral de Santa Sofía, donde siglos antes predicó Juan Crisóstomo, resonó ahora el nombre de Mahoma. El gran sueño de Constantino, de fundar una Nueva Roma cristiana, había terminado.

González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 555–557). Miami, FL: Editorial Unilit.

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