“Señor, mi Roca”

9 JULIO

Josué 11 | Salmo 144 | Jeremías 5 | Mateo 19

Los versículos 12–14 del Salmo 144 reflejan una situación idílica en la tierra: hijas e hijos numerosos y saludables, los graneros llenos de provisiones, los campos llenos de ganado, un comercio próspero, defensas militares seguras, libertad respecto a alguna potencia regional, bienestar y contentamiento en las calles. ¿Qué fomentará estas condiciones?

La respuesta se resume en el último versículo: “¡Dichoso el pueblo que recibe todo esto! ¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!” (144:15). Esta última línea no significa meramente que este pueblo prefiere un cierto tipo de religión. Supone, más bien, que si este Dios -el único Dios verdadero- posee a un pueblo -un pueblo que al confesarle como su Dios confían en él y le adoran y obedecen-, ese pueblo ciertamente es dichoso. Y como este último versículo es un resumen, el desarrollo de este concepto se encuentra en el resto del salmo.

El salmo empieza con una alabanza al “Señor, mi Roca” – un símbolo que evoca absoluta estabilidad y seguridad. Este Dios entrena las manos del rey para la guerra; es decir, su reinado providencial obra al suplirle y fortalecer a aquellos cuya responsabilidad es proveer la defensa nacional, mientras estos, por su parte, confían en él y no interpretan su capacidad militar como señal de superioridad innata (144:1–2). Todo lo contrario: los seres humanos son efímeros, fugaces como sombras (144:3–4). Lo que necesitamos es la presencia del Soberano del universo, su poderosa intervención: “Abre tus cielos, Señor, y desciende; toca los montes y haz que echen humo” (144:5). Cuando el Señor extiende su mano, David y su pueblo son librados del peligro, la opresión y el engaño (144:7–8). Lo que esto evoca es alabanza fresca a Aquel “que da victoria a los reyes, el que rescata… a David su siervo” (144:10). Cuando Dios interviene, el resultado es la seguridad y el fruto descritos en los versículos 10–15.

Aquí vemos un equilibrio que resulta difícil de entender y casi imposible de lograr. Es aplicable tanto al avivamiento en la iglesia como a la seguridad y prosperidad de la antigua nación de Israel. Por un lado, hay un reconocimiento profundo de que lo que hace falta es que el Señor abra los cielos y descienda. Pero, por otro, esto no genera pasividad ni fatalismo, porque David está seguro de que la fuerza del Señor le capacita para luchar con éxito. Lo que no necesitamos es una mentalidad arrogante de “yo sí puedo” a la que le enganchamos a Dios al final, ni una espiritualidad trillada que confunde la pasión con la pasividad. Lo que precisamos es el poder del Dios soberano y transformador.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 190). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Cuando ya no me queda aliento, tú me muestras el camino.”

8 JULIO

Josué 10 | Salmos 142–143 | Jeremías 4 | Mateo 18

El Salmo 142 se debe leer junto con el Salmo 57. Los dos son producto de la experiencia de David mientras estaba en una cueva escondiéndose de Saúl. Pero en varios aspectos, estos salmos son muy distintos el uno del otro. Aunque en ambos casos David se halla bajo mucha presión, en el Salmo 57 parece estar boyante, tal vez valiente, plenamente confiado en el resultado. Sin embargo, aquí, en el Salmo 142 la sensación es sombría, caracterizada por una sensación de estar “muy débil” (142:6), con sólo tres rayos de esperanza. No nos debe parecer extraño que esta crisis haya provocado diversas reacciones emocionales. Tanto las Escrituras como la experiencia nos atestiguan que los peligros extremos y la incertidumbre nos pueden llevar a respuestas conflictivas. No importa qué pensemos acerca de estos asuntos, el Salmo 142 refleja pura desesperación y, por ello, habla elocuentemente a los creyentes cuyas circunstancias les llevan a aguas oscuras igualmente profundas.

Los primeros versículos nos muestran al salmista suplicando ayuda, con urgencia y franqueza: “A gritos”; “expongo mis quejas”; “expreso mis angustias” – estas son las palabras de un hombre atemorizado y desesperado. El término que se traduce como “mis quejas” suena menos malhumorado y quejoso que en español: quizás sería mejor decir “lo que anda mal” o “mis pensamientos atormentados”.

El primer rayo de esperanza llega en el versículo 3a: “Cuando ya no me queda aliento, tú me muestras el camino.” Habiendo caído tan bajo que está a punto de rendirse, el salmista encuentra reafirmación en el hecho de que a Dios nada le toma por sorpresa: “ conociste mi camino.”

Las peores heridas, desde luego, son las traiciones personales. Al no tener a nadie alrededor en quien pueda confiar; cuando cada experiencia le demuestra que esta conclusión es razonable (aunque patética) y no un mero síntoma de la paranoia; cuando la mera soledad de la lucha le añade una capa pesada de depresión (“No tengo dónde refugiarme; por mí nadie se preocupa”, 142:4), ¿a dónde acude el salmista? Aquí está el segundo rayo de luz: “A ti, Señor, te pido ayuda: a ti te digo: ‘Tú eres mi refugio, mi porción en la tierra de los vivientes’ ” (142:5). La transición de “mi refugio” a “mi porción” demuestra que David no está pensando en Dios meramente como la solución a un problema. Hay una progresión del temor a la gratitud.

Nada de esto suaviza la cruda realidad de lo “muy afligido” que está David (142:6). Esta aflicción no es meramente emocional: su crisis emocional está fundamentada en la realidad de estar perseguido por soldados y por su amargado rey. El rayo final de la esperanza sirve como contraste: la bondad y fidelidad de Dios aseguran que David será rescatado. David se atreve a visualizar el día en el que los justos de la tierra no sólo le rodearán, sino que celebrarán su reino.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 189). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Es mucho mejor que se nos sacuda bruscamente antes de que las cosas se descontrolen.

5 JULIO

Josué 7 | Salmos 137–138 | Jeremías 1 | Mateo 15

Por supuesto que no siempre funciona de esta manera. A veces, el pecado de un hombre y de su familia- en este caso, Acán- no supone la derrota de toda la comunidad de creyentes (Josué 7). Por ejemplo, el pecado de Ananías y Safira sólo les provocó la muerte a ellos mismos (Hechos 5), y el castigo que sufrieron produjo un temor piadoso sobre el resto de la asamblea. Por otro lado, el pecado de David repercutió trágicamente en la nación entera. Tal vez, los casos más atemorizantes son aquellos en los cuales muchísimas personas cometen innumerables pecados y Dios no hace absolutamente nada al respecto. Porque el peor juicio ocurre cuando Dios le da la espalda al pueblo y decide dejar que el pecado siga su curso. Es mucho mejor que se nos sacuda bruscamente antes de que las cosas se descontrolen. Por esto, durante gran parte de los últimos cuarenta años en el desierto, ellos estuvieron entregados a la disciplina de Dios: el propósito era tanto educativo como reformador.

Cualquiera que sea el caso en otras partes de las Escrituras, aquí el pecado de Acán y su familia provoca una derrota vergonzosa al contingente de tropas enviadas a tomar el pueblito de Hai. Peor aún, supuso la muerte de treinta y seis israelitas (7:5). En un sentido, Acán era un asesino. Cuando Josué, consternado, busca el rostro de Dios, Dios le responde un tanto abruptamente y le dice: “Deja de orar y resuelve el problema del pecado en el campamento” (7:10–12). Dios le había dado instrucciones explícitas en repetidas ocasiones y habían sido violadas. El pacto entre Dios y los israelitas era esencialmente comunitario, de manera que Dios estaba decidido a enseñarle a toda la comunidad a ejercitar entre sus miembros la disciplina ordenada por el pacto.

No hay duda de que debemos tener en cuenta ciertas diferencias sustanciales al pensar en el nuevo pacto. Sin embargo, aquí también Dios dice algunas cosas explícitas y espera que la comunidad del pacto ejerza la disciplina (por ejemplo, 1 Corintios 5; cf. 2 Corintios 11:4; 13:2–3). Pablo nos advierte que dejar de tomar una acción disciplinaria en la iglesia cuando ha habido una crasa violación, pone en peligro a la comunidad entera (1 Corintios 5:6). Los pastores de iglesias y los líderes de otras organizaciones cristianas que ignoren esta perspectiva le están abriendo la puerta al desastre en medio del pueblo al que son llamados a dirigir. Se puede apelar a la paz cuando la verdadera motivación puede ser sencillamente cobardía o, peor aún, no tomar las en serio palabras de Dios. Este tema se refuerza en la segunda lectura asignada para este día: “Yo… alabaré tu nombre por tu gran amor y fidelidad. Porque has exaltado tu nombre y tu palabra por sobre todas las cosas” (Salmo 138:2–3).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 186). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Siervos del Señor”

4 JULIO

Josué 6 | Salmo 135–136 | Isaías 66 | Mateo 14

Cada versículo del Salmo 135 cita a, alude a, o es citado por otra parte de las Escrituras.

El versículo 1 reordena las palabras del Salmo 113:1, enfatizando a los “siervos del Señor”, a quienes se les describe en el versículo 2, el cual, a su vez, adapta una frase del Salmo 116:19. El versículo 3 es uno de tres versículos que aparecen en el libro de los Salmos en los cuales se nos dice de distintas formas que el nombre del Señor es bueno (52:9), que él mismo es bueno (135:3) y que alabarle es bueno (147:1); y más aún, que tanto su nombre (en este texto) como la adoración a él (147:1) es “agradable” (o tal vez “deleitoso”). Si el versículo 3 enfatiza el carácter de Dios, el 4 resalta su amor electivo de manera que nos transporta de vuelta a Deuteronomio 7:6.

Los versículos 5 al 7 enfatizan el poder ilimitado de Dios, trayendo a memoria Éxodo 18:11; Salmo 115:3; Jeremías 10:13. La frase inicial “Yo sé que…” resalta la confesión personal; esto es una verdad no sólo para conocer, sino para vivir. Gran parte de los versículos 8 al 12 vuelven a aparecer dispersados en el próximo salmo, a menudo de manera textual (136:10, 18–22). No importa cuál de ellos tomó prestado del otro. Las referencias a la derrota de Sihón y de Og nos remontan a Números 21:21–35. En cuanto al nombre de Dios (135:13–14), la alusión es a Éxodo 3:15 y Deuteronomio 32:36. Los versículos 15 al 18, sobre la locura de toda idolatría, sigue casi exactamente al 115:4–8; convicciones de temas parecidos encuentran su expresión en Isaías. Los últimos versículos de este salmo (135:19–21) aparentemente siguen al 115:9–11, en el cual a tres de los cuatro grupos se les dice que glorifiquen a Dios.

El resultado de este acercamiento pastiche a la escritura de los salmos es un maravilloso compendio de la alabanza. Es como si la mente del escritor estuviera llena, no sólo de muchos datos históricos de las Escrituras, sino también de textos. De manera que al construir su himno exuberante de alabanza, él, consciente o inconscientemente, intercala frases, incluso versículos enteros, de otros pasajes bíblicos.

Un fenómeno parecido solía suceder entre los evangélicos al orar. A medida que los hombres y las mujeres derramaban sus corazones al Señor en reuniones de oración, tanto la alabanza como las peticiones se articulaban en el lenguaje de las Escrituras. Desde luego que, en su peor expresión, era una recitación enlatada de los mismos seis textos. Pero en su mejor expresión, este tipo de alabanza y oración transitaba a través de panoramas cada vez más amplios de las Escrituras, a medida que las personas crecían en su conocimiento de las mismas. Esta alabanza es madura y bíblica, y dista mucho del sentimentalismo trillado y los temas superficiales de hoy día. La diferencia es dramática, como si comparásemos la Quinta Sinfonía de Beethoven con “Susanita tiene un ratón”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 185). Barcelona: Publicaciones Andamio.

En presencia de santidad.

3 JULIO

Josué 5 | Salmos 132–134 | Isaías 65 | Mateo 13

Tres elementos resaltan en Josué 5.

(1) Aquí, se circuncida a todos los varones nacidos durante los años en los que vagaron por el desierto. Según y cómo, esto es bastante sorprendente: ¿Por qué no lo hicieron cuando nacieron los niños? En muchas ocasiones la multitud se quedaba en un lugar por largo periodo de tiempo y sin duda, desarrollaban vida de comunidad. ¿Qué les impidió que obedecieran este claro mandato del pacto?

Ha habido muchas teorías, pero carecemos de una definitiva. Más importante aún en este contexto es el hecho de que el rito se hace ahora a todos por igual. Por ende, surge como un punto de inflexión, una afirmación simbólica comunitaria del pacto en el momento en que el pueblo está a punto de entrar a la Tierra Prometida. Egipto ya quedó atrás; el descanso asegurado les espera. “Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto” (5:9).

(2) El maná cesó (5:10–12). De ahora en adelante, el pueblo se alimentará de “los frutos de la tierra de Canaán”. Esto también fue una señal dramática de que se habían acabado los días errantes y que el cumplimiento de la promesa de una nueva tierra comenzaba a revelarse ante ellos. El cambio les debió haber provocado tanto miedo como emoción, especialmente a toda una generación que nunca había conocido la vida sin la seguridad del maná.

(3) En los primeros capítulos de este libro, Josué experimenta una serie de hechos que lo destacan, tanto en su propia mente como en la del pueblo, como el sucesor legítimo de Moisés. Este capítulo termina con una de estas señales. Sin duda, la más dramática antes de este capítulo fue cuando cruzaron el río Jordán, una especie de recreación milagrosa del momento en el que pasaron el Mar Rojo (Josué 3–4). Aparte de ser una manera eficiente de mover a las multitudes a través del río, la dimensión personal está explícita: “Aquel mismo día, el Señor engrandeció a Josué ante todo Israel. El pueblo admiró a Josué todos los días de su vida, como lo había hecho con Moisés” (4:14- aunque esa última frase se debe tomar con un tono un tanto irónico).

Pero, ahora, hay otro paso: Josué se encuentra con un “hombre” que parece ser una especie de aparición angelical. Él es un guerrero, un “comandante del ejercito del Señor” (5:14). Por un lado, esto fortalece la fe de Josué para creer que el Señor mismo irá delante de él en las competencias militares que le esperan. Pero aún más: la escena en cierto sentido nos recuerda a Moisés ante la zarza ardiente (Éxodo 3:5): “porque estás pisando tierra santa”. Si bien estas circunstancias son únicas, nosotros también debemos tener líderes acostumbrados a estar en presencia de santidad.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 184). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Amor inagotable

2 JULIO

Josué 4 | Salmos 129–131 | Isaías 64 | Mateo 12

¿Desde qué clase de “profundidad” clama el salmista en el Salmo 130:1? En otros salmos, la absoluta desesperanza de la expresión está ligada a “amigos” traicioneros y persecución abierta (Salmo 69) o a enfermedad y añoranza del hogar (Salmos 6; 42). En este caso, sin embargo, lo que ha hundido al salmista en “las profundidades” es el pecado y la culpa: “Si tú, Señor, tomaras en cuenta los pecados, ¿quién, Señor, sería declarado inocente?” (130:3).

Cuatro reflexiones:

Primero, este énfasis en la miseria de la culpa y la necesidad del perdón de Dios nos ofrece un grato contraste con algunos de los salmos que piden venganza, basando esa demanda en una alegación de que el salmista es fundamentalmente justo o recto (ver las meditaciones del 10 y el 24 de abril). Tales alegaciones apenas se pueden tomar de manera absoluta; las personas genuinamente rectas se tornan invariablemente más conscientes de su culpa personal y de su necesidad de perdón que aquéllas que se han vuelto tan viles y duras que no son capaces de detectar su propia vergüenza.

Segundo, se destaca la relación entre el perdón y el temor: “Pero en ti se halla perdón, y por eso debes ser temido” (130:4). Tal vez, en este par de líneas se nos insinúa que, en esta etapa de la historia de la redención, la seguridad del perdón de los pecados no era tan robusta como lo es a este lado de la cruz. Más importante aún, se presenta el “temor del Señor” no sólo como el resultado del perdón, sino como una de sus metas. Confirma que el “temor del Señor” no se trata tanto de un terror servil o de esclavos (lo cual seguramente disminuiría con el perdón, en vez de aumentar) como de una reverencia santa. Aun así, esta reverencia tiene un componente de miedo honesto. Cuando los pecadores comienzan a ver la magnitud de su pecado y a experimentar el gozo del perdón, en sus mejores momentos logran entrever lo que pudo haber sido su situación si no se les hubiera perdonado. El perdón engendra el alivio; irónicamente, también genera una reflexión sobria que se convierte en reverencia y temor piadoso, pues nunca más se podrá tomar a la ligera el pecado, ni recibir el perdón livianamente.

Tercero, el salmista entiende que lo que necesita no es perdón en abstracto, sino perdón de Dios– porque lo que él quiere y necesita es reconciliación con Dios, una comunión restaurada con él. Espera en el Señor y confía en sus promesas (130:5). Lo hace como el vigía aguarda el amanecer durante las horas de mayor temor, con la seguridad de que la llegada del alba es inevitable (130:6).

Cuarto, lo más precioso de este salmo es que, a pesar de que faltan siglos para la culminación del plan de redención, no se centra en el mecanismo, sino en Dios. “Así tú, Israel, espera al Señor. Porque en él hay amor inagotable; en él hay plena redención. él mismo redimirá a Israel de todos sus pecados.” (130:7–8).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 183). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Si el Señor no edifica la casa, en vano se esfuerzan los albañiles.»

1 JULIO

Carson, D. A.

Josué 3 | Salmos 126–128 | Isaías 63 | Mateo 11

El primer versículo del Salmo 127 suele citarse hoy día: “Si el Señor no edifica la casa, en vano se esfuerzan los albañiles.” Sin embargo, en esta época de superpoblación, no citamos tanto el versículo 3: “Los hijos son una herencia del Señor, los frutos del vientre son una recompensa.” Podemos obtener una perspectiva útil si observamos cuatro cosas.

Primero, en hebreo, el salmo utiliza varios juegos de palabras que se pierden en la traducción y estos recursos literarios nos pueden ayudar a leerlo mejor. La palabra casa (127:1) puede referirse a un edificio. Por extensión, esto se aplica entonces a la ciudad en un sentido metafórico (127:1b–3). Más importante aún, casa también podría referirse a un hogar, edificado en este caso mediante la bendición de los hijos (127:3–5). Además, las palabras edificadores e hijos suenan de forma muy parecida en hebreo.

Segundo, esto nos sugiere el tema que unifica las distintas partes, aparentemente desconectadas, del salmo: que en cada esfera de la vida, sólo la bendición y provisión de Dios pueden provocar un resultado exitoso. En relación al aspecto más mecánico de la construcción de una casa, esto es verdad. Dios da fuerzas a los trabajadores; los sostiene en vida; evita enviar una tormenta catastrófica que arrase la estructura; puede impedir un sinnúmero de sorpresas (cemento inseguro, un lodazal bajo la superficie del terreno, “accidentes” que lastimen a los obreros, entre muchas otras). El mismo principio es cierto en la operación defensiva básica de velar sobre la muralla de una ciudad o proteger una nación con un sistema de radar: si Dios te sostiene, tu defensa será suficiente y si no, no importa cuán profesional y costosa sea, resultará inadecuada. En el hogar, la procreación es una función “natural”, pero, en un mundo ordenado providencialmente, los hijos son herencia del Señor. La lección a aprender no es la pasividad, sino la confianza y el descanso, una reducción divina de la afanosa labor (127:2).

Tercero, el Salmo 127 se ubica dentro de los cánticos de ascenso precisamente porque el peregrinaje a Jerusalén para observar las fiestas ordenadas en el pacto ofrecía un momento excelente para reflexionar sobre la gracia y provisión de Dios en todas las áreas de la vida (se puede comparar también con el Salmo 128).

Cuarto, entre los cánticos de ascenso, sólo este se atribuye a Salomón. Tristemente, Salomón es una figura que no siempre aplicó su gran sabiduría a la propia vida: su propio programa de edificación, tanto física como metafórica, se tornó insensato (1 Reyes 9:10–19), su reino se convirtió en una ruina (1 Reyes 11:11–13; ver también la meditación del 8 de octubre) y su hogar- particularmente sus múltiples matrimonios paganos- llegó a ser una negación sistemática de las alegaciones del Dios vivo (1 Reyes 11:1–9). ¡Cuán importante es pedirle a Dios la gracia de vivir conforme a lo que entendemos!

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 182). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dejemos que Dios sea Dios

30 JUNIO

Carson, D. A.

Josué 2 | Salmos 123–125 | Isaías 62 | Mateo 10

Una vez oí a un erudito, que era sociólogo, confesionalmente evangélico, explicar con autoridad académica por qué ni siquiera un gran avivamiento, en caso de que el Señor escogiese darlo a un país como América, podría lograr una transformación rápida del país. El problema no sería solamente el grado de analfabetismo bíblico de los niveles más poderosos de la sociedad, ni la medida en la que el espíritu secularista ha penetrado los medios de comunicación, ni la historia de las decisiones del Tribunal Supremo que han influido en el contenido de los programas educativos y en los libros de texto de nuestras escuelas, sino también la manera como estos elementos se ven entrelazados los unos con los otros. Aun cuando, digamos, un millón de personas se convirtiesen, ninguna de estas estructuras sociales interdependientes ni de estos valores culturales se desmontaría por ese solo hecho.

Para ser justos con el estudioso en cuestión, estaba intentando, al menos en parte, advertirnos contra una manera de pensar que alimenta una concepción simplista de la religión y de los avivamientos –como si un buen avivamiento nos eximiera de la responsabilidad de pensar con profundidad y con amplitud a fin de ir cambiando la cultura.

El elemento fundamental que falta en esta clase de análisis es el enorme alcance de la soberanía de Dios. El análisis de este sociólogo es reduccionista. Parece como si pensase casi únicamente según categorías naturalistas, dejando al mismo tiempo un pequeño rincón para el fenómeno de la regeneración que, aunque sobrenatural, resulta más bien impotente. No estoy diciendo en absoluto que Dios no suela actuar a través de medios que se conforman a las estructuras regulares que Dios mismo ha creado. Pero es de suma importancia que insistamos en el hecho de que Dios no queda restringido por estas regularidades. Ante todo, la Biblia habla repetidamente de períodos cuando, por un lado, él sumerge a naciones enteras en la confusión y la angustia, o, por otro transforma a los seres humanos de tal manera al escribir su Ley en sus corazones, que anhelan por encima de todo lo demás, complacerle. Estamos ante un Dios que no queda limitado por las maquinaciones de los medios de comunicación. Es perfectamente capaz de intervenir de tal forma, sea con juicio o con gracia, que ejerza un control soberano sobre la manera de pensar de la gente.

Esto lo vemos en el Éxodo, a través del cántico de Miriam y Moisés, Dios se exalta por la manera en que desata el pavor entre las naciones a lo largo de las fronteras por las que Israel debe pasar en su camino hacia la Tierra Prometida (Éxodo 15:15–16). De hecho, esto es precisamente lo que Dios promete que hará (Éxodo 23:27). Y promete lo mismo con respecto a los Cananeos (Deuteronomio 2:25). Por tanto, no nos debería extrañar encontrarnos con pruebas inequívocas de tales intervenciones, cuando, por ejemplo, los israelitas se acercan a su primera ciudad amurallada (Josué 2:8–11; ver también 5:1).

Puede que Dios suela obrar normalmente a través de medios ordinarios. Pero no se halla limitado por dichos medios. Es por esto por lo que todo el poderío militar del mundo por sí sólo es incapaz de garantizar la victoria, e igualmente toda la secularización, todo el postmodernismo, el materialismo y el paganismo del mundo no puede por sí solo impedir el avivamiento. Dejemos que Dios sea Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 181). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Cánticos de los peregrinos

29 JUNIO

Carson, D. A.

Josué 1 | Salmos 120–122 | Isaías 61 | Mateo 9

Los quince salmos cortos (Salmos 120–134) que siguen inmediatamente después del 119 y están recogidos bajo el nombre “cánticos de los peregrinos”: es decir, cada salmo lleva este mismo título. La explicación más probable es que estos salmos se cantaban mientras los peregrinos iban de camino hacia Jerusalén y su templo para participar en las grandes fiestas: la gente “subía” a Jerusalén desde cada punto del mapa, de la misma manera como en Inglaterra la gente “sube” a Londres desde cada punto del mapa. Esto no quiere decir que cada uno de estos salmos se hubiese compuesto para este propósito. Algunos se escribieron sin duda dentro de contextos muy diferentes y fueron incluidos en esta colección por considerarse apropiados. De modo que el Salmo 120 parece reflejar una experiencia personal, pero podría ser entonado con gran empatía por peregrinos que se sentían enajenados al encontrarse rodeados por vecinos paganos –un tema importante mientras los peregrinos se acercaban a Jerusalén con el sentimiento de que volvían “a casa”–. De hecho, la serie de quince salmos va moviéndose, más o menos, desde una tierra lejana hasta Jerusalén (Salmo 122), y, finalmente, en el último de estos salmos, al arca de la alianza, los sacerdotes y el templo, “todos vosotros sus siervos, que de noche permanecen en la casa del Señor” (134:1).

El Salmo 121 se ubica dentro de esta matriz. La primera línea, “Alzaré mis ojos a los montes”, se arranca a menudo de su contexto para justificar algún tipo de misticismo, o cuando menos para una interpretación que sugiere que los montes y las montañas sirven para recordarnos la grandeza de Dios y, por tanto, sacarnos de nuestra introspección hacia él con el fin de acallar nuestro corazón agitado. De hecho, la referencia a los montes es enigmática. ¿Acaso nos hablan, a nivel simbólico, como el monte del Salmo 11:1, es decir, un lugar de refugio para los que se sienten amenazados o atemorizados? ¿Están plagados de bandidos, de modo que el primer versículo sirve para plantear el problema al cual el resto del salmo se dirige? O, tratándose de unos cánticos de peregrinos, tal vez sea más probable que este peregrino alce los ojos hacia los montes de Jerusalén, y que los montes evoquen no una especie de misticismo sino la sede del rey Davídico, el lugar del templo. Si esta es la interpretación correcta, es como si el salmista viera estos montes como una llamada a la reflexión en el Dios que los había creado (“el Creador del cielo y de la Tierra”, 121:2), el Dios que “cuida de Israel” (121:4) como el Redentor de la alianza.

Los últimos versículos del salmo rebosan de regocijo por el asombroso alcance del cuidado de Dios como “tu sombra protectora” (nótese que la palabra “tu” es singular, como si un peregrino hablase con otro peregrino). “El Señor es quien te cuida” (121:5) –día y noche (121:6), protegerá tu vida (121:7), en todo lo que hagas (“en el hogar y en el camino”, 121:8), “desde ahora y para siempre” (121:8).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 180). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Cómo se acaba el Pentateuco (Deuteronomio 34)?

28 JUNIO

Deuteronomio 33–34 | Salmo 119:145–176 | Isaías 60 | Mateo 8

¿Cómo se acaba el Pentateuco (Deuteronomio 34)?

En cierto sentido podríamos hablar de esperanza, o cuando menos de anticipación. Aunque a Moisés se le ha negado la posibilidad de entrar en la Tierra Prometida, los israelitas están a punto de hacerlo. La tierra que “fluye leche y miel” está a punto de ser suya. Josué, hijo de Nun, un hombre “lleno de espíritu de sabiduría” (34:9), ha sido nombrado. La bendición de Moisés sobre las doce tribus (Deuteronomio 33) se podría leer como la conclusión más adecuada de este capítulo de la historia del pueblo de Israel.

No obstante, esta sería una lectura demasiado optimista. Hay elementos convergentes que dejan al lector atento con unas expectativas más bien pesimistas respecto al futuro inmediato. Al fin y al cabo, durante cuarenta años el pueblo ha venido haciendo promesas y después rompiéndolas, y se les ha llamado repetidamente a una renovada fidelidad mediante unos juicios muy severos. En Deuteronomio 31, Dios mismo predice que “muy pronto esta gente me será infiel con los dioses extraños del territorio al que van a entrar. Me rechazarán y quebrantarán el pacto que hice con ellos” (31:16). Moisés, este líder increíblemente valiente y perseverante, no entra en la Tierra Prometida debido a que en una ocasión no honró a Dios ante el pueblo. En este aspecto, sirve de prototipo del gran patriarca hebreo que aparece al principio de la historia de Israel: Abraham muere como peregrino en una tierra ajena, que no le pertenece aún, pero al menos muere con honor y dignidad. Mientras, Moisés muere, en soledad vergonzosa, como peregrino a quien no se le permite entrar en la Tierra Prometida a él y a su pueblo. No se nos dice cuánto tiempo ha transcurrido entre la muerte de Moisés y la redacción de este último capítulo de Deuteronomio, pero debía ser un período largo, porque en el versículo 10 leemos: “Desde entonces no volvió a surgir en Israel otro profeta como Moisés”. No podemos por menos que escuchar en estas palabras la profecía de la llegada de un profeta como Moisés (18:15–18). En el momento de la redacción, otros líderes habían salido, algunos de ellos fieles y fuertes, pero ninguno había sido igual a Moisés, tal como se había prometido.

Estos elementos hacen que el lector pueda apreciar ciertas cosas, especialmente si el Pentateuco se ubica dentro de la línea narrativa de toda la Biblia. (1) La ley-alianza no tuvo el poder de transformar al pueblo de Dios de la alianza. (2) No nos debería extrañar que se produzcan más ejemplos de un declive catastrófico. (3) La principal esperanza reside en la venida de otro profeta como Moisés. (4) De alguna manera esto queda vinculado con las promesas que encontramos al final del relato: esperamos a alguien de la semilla de Abraham a través de quien todas las naciones de la Tierra serán bendecidas.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 179). Barcelona: Publicaciones Andamio.