¿Qué te pide el Señor tu Dios?

6 JUNIO

Deuteronomio 10 | Salmos 94 | Isaías 38 | Apocalipsis 8

Intercaladas con el recital de relatos históricos que constituye gran parte de los primeros capítulos de Deuteronomio hay numerosos brotes de exhortación. Uno de los más conmovedores se encuentra en Deuteronomio 10:12–22. Entre sus grandes temas se destacan:

(1) Su carácter netamente teocéntrico: un Dios a quien hay que temer, y un Dios a quien hay que amar (10:12–13). En nuestro mundo confuso y cegado, el temor a Dios sin amor lo convertiría en un objeto de terror, de lo cual salen los tabúes, la magia, los encantamientos, los ritos supersticiosos; el amor a Dios sin obediencia, por otra parte, se degrada hacia el sentimentalismo sin ningún afecto profundo, pretensiones de piedad sin ningún vigor moral, codicias de poder sin bridas y sin decoro, anhelos apasionados de relaciones sin pasión por la santidad. Ninguno de estos dos escenarios se ajusta a lo que dice la Biblia: “Y ahora, Israel, ¿qué te pide el Señor tu Dios? Simplemente que le temas y andes en todos sus caminos, que lo ames…” (10:12)

(2) Su carácter netamente teocéntrico también en el sentido que presenta la elección como un acto de pura gracia. A Dios le pertenece todo el espectáculo – “Al Señor tu Dios le pertenecen los cielos y lo más alto de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella” (10:14). Puede actuar como le plazca. Lo que le ha placido hacer, de hecho, ha sido: “se encariñó con tus antepasados y los amó; y a ti, que eres su descendencia, te eligió de entre todos los pueblos, como lo vemos hoy” (10:15; ver 4:37).

(3) Su carácter netamente teocéntrico en cuanto se trata de un Dios que no se conforma con los meros ritos y las fachadas religiosas: interpela el corazón (10:16). Es por esto por lo que la circuncisión física nunca se podía considerar como un fin, ni siquiera en el Antiguo Testamento. Simbolizaba algo mucho más profundo: la circuncisión del corazón. Lo que Dios busca no es una mera señal externa de que ciertas personas le pertenecen, sino una predisposición del corazón y de la mente que nos orientan constantemente hacia Dios.

(4) Su carácter netamente teocéntrico también en el sentido que reconoce la imparcialidad de Dios, y por tanto su justicia – y actúa de acuerdo con ella (10:17–20). “Porque el Señor tu Dios es Dios de dioses y Señor de señores; él es el gran Dios, poderoso y terrible” (10:17). No nos extrañe entonces que no acepte sobornos y no muestre ninguna parcialidad. (Nunca debemos confundir la elección con el favoritismo, el cual se ve corrompido por una disposición a torcer la justicia en los intereses de unos cuantos predilectos; la elección escoge a cierta gente a partir de la libre decisión de Dios y nada más, y aun así, no se pervierte la justicia; de ahí la cruz.) Y él espera a los así elegidos que se comporten conforme a este hecho.

(5) Su carácter netamente teocéntrico que se pone de manifiesto en las alabanzas del pueblo (10:20–22). “Él es el motivo de tu alabanza; él es tu Dios” (10:21). Los que se centran en Dios encuentran mucho por lo cual alabarle. Los que tienen una visión meramente terrestre y egocéntrica acaban como ciruelas disecadas. ¡Dios es motivo de vuestra alabanza!

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 157). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Autocrítica!

5 JUNIO

Deuteronomio 9 | Salmos 92–93 | Isaías 37 | Apocalipsis 7

Si Deuteronomio 8 recuerda a los israelitas que Dios es quien les dio todas sus bendiciones materiales, entre las cuales su capacidad de trabajar y de producir riquezas no es la de menos importancia, Deuteronomio 9 también insiste que será Dios quien les permitirá ocupar la Tierra Prometida y vencer a los que se les opongan. Antes de entrar en combate, los israelitas siguen luchando contra sus temores. Dios les reconforta con palabras repletas de gracia: “Pero tú, entiende bien hoy que el Señor tu Dios avanzará al frente de ti, y que los destruirá como un fuego consumidor y los someterá a tu poder. Tú los expulsarás y los aniquilarás en seguida, tal como el Señor te lo ha prometido” (9:3). Sin embargo, después de los combates, la tentación con la que tendrán que enfrentarse será muy diferente. En aquel momento serán tentados a creer que, fuesen los que fuesen los miedos que experimentaban previamente, era su superioridad intrínseca lo que les permitió realizar tal hazaña. Por lo tanto, Moisés les advierte:

“Cuando el Señor tu Dios los haya arrojado lejos de ti, no vayas a pensar: “El Señor me ha traído hasta aquí, por mi propia justicia, para tomar posesión de esta tierra.” ¡No! El Señor expulsará a esas naciones por la maldad que las caracteriza. De modo que no es por tu justicia ni por tu rectitud por lo que vas a tomar posesión de su tierra. ¡No! La propia maldad de esas naciones hará que el Señor tu Dios las arroje lejos de ti. Así cumplirá lo que juró a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob. Entiende bien que eres un pueblo terco, y que tu justicia y tu rectitud no tienen nada que ver con que el Señor tu Dios te dé en posesión esta buena tierra”. (9:4–6)

Y ¿dónde está la evidencia de aquello? Moisés les recuerda sus tristes rebeldías durante sus años en el desierto, comenzando por el desgraciado incidente con el becerro de oro (9:4–29).

¿Qué podemos aprender nosotros? (1) Aunque la aniquilación de los cananitas nos llena de espanto y bochorno, en un sentido, me atrevo a decir, debemos acostumbrarnos a ello. Forma parte íntegra del mismo fenómeno que el diluvio, que la destrucción de los imperios, y que el mismo infierno. La respuesta más apropiada es la que se aconseja en Lucas 13:1–5: a menos que nos arrepintamos, todos igualmente pereceremos. (2) Es posible llegar a la conclusión que los israelitas vencieron porque los cananitas eran muy malos. Pero lo que no podemos decir es que los cananitas fuesen derrotados porque los israelitas fuesen muy buenos. Dios se comprometía con la obra de mejorar a los israelitas por fidelidad a la alianza que había hecho con ellos. Pero serían necios si, después de sus victorias, pensasen que las merecían. (3) Nuestras tentaciones, como las de los israelitas, varían según las circunstancias: miedo sin fe en unas circunstancias, orgullo altivo en otras. Sólo un caminar con Dios en lo más íntimo de nuestro ser, nos puede inducir la apropiada autocrítica, para que aborrezcamos tanto un peligro como el otro.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 156). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Por qué tanta disciplina?

4 JUNIO

¿Por qué tanta disciplina?

Deuteronomio 8 | Salmo 91 | Isaías 36 | Apocalipsis 6

Deuteronomio 8 ofrece una perspectiva teológica importante sobre los cuarenta años de peregrinaje en el desierto. Siendo Dios un Dios personal, es posible relatar esta historia como la historia de la interacción entre Dios y su pueblo: el responde a sus necesidades, ellos se rebelan, ellos se arrepienten – y luego el mismo ciclo vuelve a comenzar de nuevo. Por un lado, es posible contemplar el relato entero desde el punto de vista de la soberanía trascendente y fiel de Dios. Él permanece siempre al mando. Esta es la perspectiva que viene reflejada en este capítulo.

Por supuesto que Dios podía haberles dado todo lo que querían antes de que llegasen a articular sus deseos. Podía haberse dedicado a consentirles y mimarles hasta la saciedad. En lugar de ello, su propósito fue humillarles, ponerles a prueba, e incluso dejar que pasasen hambre antes de, por fin, alimentarles de maná (8:2–3). Moisés insiste que el propósito detrás de esta última experiencia fue que Dios les enseñara que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor” (8:3). Y más ampliamente, “Reconoce en tu corazón que, así como un padre disciplina a su hijo, también el Señor tu Dios te disciplina a ti” (8:5).

¿Por qué tanta disciplina? La triste realidad es que gente caída como tú y como yo nos fijamos con gran facilidad en los dones que recibimos, al mismo tiempo que ignoramos al Dador. Siempre llega el momento cuando esta tendencia se degenera en el culto a lo creado en lugar del culto al Creador (ver Romanos 1:25). Dios sabe que Israel corre este peligro. Les lleva a una tierra agrícolamente prometedora, con agua suficiente, con riqueza mineral (8:6–9). ¿Cuál sería en un escenario así la probabilidad de que aprendieran la verdad que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor”?

Incluso tras aquellos cuarenta años de disciplina, los peligros resultarán ser enormes. Por lo tanto, Moisés les recalca estas lecciones una y otra vez. Será una vez que el pueblo haya entrado en la tierra y esté gozando de la abundancia considerable que allí encontrará, que los peligros comenzarán. “Pero ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios. No dejes de cumplir sus mandamientos, normas y preceptos que yo te mando hoy” (8:11). Con la riqueza vendrá la tentación a la arrogancia, lo cual incitará al pueblo a olvidarse del Señor que les liberó de la esclavitud (8:12–14). Al final, no sólo acabarán dando más valor a las riquezas que a las palabras de Dios, sino que podrían incluso justificarse a sí mismos, proclamando con orgullo: “Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos” (8:17) – olvidando de manera muy conveniente que incluso la capacidad de producir riquezas es un don que procede de la gracia de Dios (8:18).

¿De qué maneras muestra tu vida que valoras enormemente cada palabra que procede de la boca de Dios, por encima de todas las bendiciones, e incluso de las necesidades, de esta vida?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 155). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Por qué?

3 JUNIO

¿Por qué?

Deuteronomio 7 | Salmo 90 | Isaías 35 | Apocalipsis 5

Hay algunos temas muy complejos que se entrelazan en Deuteronomio 7. Aquí quisiera reflexionar en dos de ellos.

El primero de ellos es el énfasis en la elección. “Porque para el Señor tu Dios tú eres un pueblo santo; él te eligió para que fueras su posesión exclusiva entre todos los pueblos de la tierra” (7:6). ¿Por qué? ¿Acaso fue a base de una superioridad intrínseca, ya sea de una inteligencia privilegiada, o de una superioridad moral, o de un poderío militar, que Yahvé hizo elección? De ningún modo. “El Señor se encariñó contigo y te eligió, aunque no eras el pueblo más numeroso sino el más insignificante de todos. Lo hizo porque te ama y quería cumplir su juramento a tus antepasados; por eso te rescató del poder del faraón, el rey de Egipto, y te sacó de la esclavitud con gran despliegue de fuerza.” (7:7–8).

Tres observaciones en relación con esto: (1) En la Biblia, la absoluta soberanía de Dios no disminuye la responsabilidad humana; y recíprocamente, los seres humanos son agentes morales que eligen, que creen y niegan, que obedecen y desobedecen, y este hecho no convierte en intrascendente la soberanía de Dios. Esto queda muy claro en la manera como la soberanía se manifiesta en este capítulo, es decir, en lo que se refiere a la elección, mientras el mismo capítulo está lleno de las responsabilidades que nos recaen. Los que no mantienen ambas verdades – que Dios es soberano y que los seres humanos somos responsables – de este modo introducen elementos que tarde o temprano harán tambalear toda la estructura de su fe. (2) Aquí el amor de Dios se muestra selectivo. Dios escoge a Israel porque les ha hecho objeto de su afecto, y no a causa de ninguna cualidad que posean. Esta misma idea aparece en otras partes (p. ej., Malaquías 1:2–3). Pero esta no es la única forma como las Escrituras describen el amor de Dios (p. ej., Juan 3:16).

El segundo tema es la manera como Dios alienta a su pueblo a no tener ningún miedo hacia aquellos contra quienes tendrán que luchar durante la conquista de la Tierra Prometida (7:17–22). La razón para ello es el Éxodo. Un Dios capaz de desencadenar las plagas, dividir el Mar Rojo, y liberar a su pueblo de una superpotencia como la egipcia no tendrá problema alguno para eliminar la resistencia de unos cuantos cananitas paganos e inmorales. El miedo es el contrario de la fe. A los israelitas se les anima a no tener miedo, no porque ellos sean más fuertes ni superiores en cualquier sentido, sino porque son el pueblo de Dios, y a Dios no se le puede vencer.

Estos dos temas – y varios otros también – se entrelazan en este capítulo. El Dios que escoge a las personas es suficientemente fuerte como para llevar a buen puerto sus propósitos con respecto a ellas; las personas escogidas por Dios deben responder no sólo con una obediencia agradecida, sino con una confianza inconmovible.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 154). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Modelación!

2 JUNIO

¡Modelación!

Deuteronomio 6 | Salmo 89 | Isaías 34 | Apocalipsis 4

Ya hemos reflexionado sobre otros textos bíblicos que tratan sobre la importancia de transmitir el legado de la verdad bíblica a la próxima generación. Este tema constituye el meollo del Deuteronomio 6. Nuevas aportaciones en las que se hace un hincapié especial incluyen:

(1) Los antiguos israelitas tenían el encargo divino de enseñar a la generación siguiente a temer al Dios de la alianza. Moisés enseña al pueblo: “para que durante toda tu vida tú y tus hijos y tus nietos honren al Señor tu Dios cumpliendo todos los preceptos y mandamientos que te doy, y para que disfrutes de larga vida” (Deuteronomio 6:2). Cuando, a partir de aquel momento, un hijo preguntaba a su padre acerca del significado de las leyes, el padre debía explicar el trasfondo, el Éxodo, y el pacto: “El Señor nuestro Dios nos mandó temerle y obedecer estos preceptos, para que siempre nos vaya bien y sigamos con vida. Y así ha sido hasta hoy” (6:24). Por ello debemos preguntarnos qué pasos estamos dando para enseñar a nuestros hijos a temer al Señor nuestro Dios, no con el terror del que se acobarda ante la maldad caprichosa, sino con la profunda convicción que Dios es perfectamente justo, y que no juega con el pecado.

(2) Moisés enfatiza la constancia con la que se debe enseñar a la próxima generación. Los mandamientos que Moisés transmite deben permanecer en el “corazón” del pueblo (6:6; tal vez deberíamos decir “la mente”). Desde esta abundancia siguen las próximas palabras: “Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (6:7). Incluso la ropa que vestían y la manera como decoraban sus casas servirían de recordatorio de la Ley de Dios (6:8–9). Cabe que nos preguntemos con qué constancia enseñamos a nuestros hijos el contenido de las escrituras. En el antiguo Israel, los hijos solían aprender sus competencias vocacionales de sus padres, pasando muchas horas a su lado, lo cual facilitaba muchas ocasiones de transmitir las bendiciones del pacto. Nuestra cultura fragmentada implica que estas oportunidades se tienen que forjar y crear.

(3) Ante todo, la generación mayor debía ser modelo de la lealtad absoluta a Dios (6:13–19). Esta “modelación” constante debía incluir el rechazo total y absoluto de la idolatría, la obediencia a las demandas del pacto, la reverencia al nombre de Yahvé, haciendo “lo que es recto y bueno a los ojos del Señor” (6:18) ¿Con qué fidelidad hemos nosotros, por nuestra propia manera de vivir, transmitido a nuestros hijos una vida auténticamente centrada en Dios?

(4) Debe haber de nuestra parte una sensibilidad consciente a las oportunidades de responder a las preguntas de nuestros hijos (6:20–25). Sin cortinas de humo. Si no se sabe la respuesta es mejor buscarla, o encontrar a alguien que la sepa. Debemos preguntarnos si aprovechamos al máximo las preguntas que nuestros hijos nos hacen.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 153). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El Dios de mi salvación

1 JUNIO

El Dios de mi salvación

Deuteronomio 5 | Salmo 88 | Isaías 33 | Apocalipsis 3

Lo que más llama la atención del Salmo 88 es que no hay alivio alguno. Hemán comienza el salmo clamando al Señor, dejando ver su desánimo de varias maneras, y lo acaba en el desespero y en la oscuridad. La mayoría de los salmos donde hay desespero y desánimo comienzan en la oscuridad, pero acaban no obstante en la luz. Este comienza en la oscuridad, y acaba en una oscuridad aun más densa.

Cuando Hemán comienza su cántico, aunque proclama “el Dios de mi salvación” (por cierto el único rayo de luz en todo el salmo), observa, con lástima, que día y noche clama ante Dios (88:1). Se queja con franqueza que Dios no escucha su súplica (88:2, 14). No sólo está en dificultades, sino que se siente cerca de la muerte: “Tan colmado estoy de calamidades que mi vida está al borde del sepulcro” (88:3). De hecho, Hemán insiste que los demás le están tratando como si estuviese acabado (88:4–5). La única explicación es que está bajo la ira de Dios: “El peso de tu enojo ha recaído sobre mí; me has abrumado con tus olas” (88:7; ver 88:16). Entre sus miserias cuenta la pérdida de sus amigos. (88:8).

Lo que es aún peor, Hemán está convencido que toda su vida ha vivido bajo la sombra de la muerte: “muy cerca he estado de la muerte” (88:15). ¿Tal vez sufría una terrible enfermedad crónica y progresiva? “Yo he sufrido desde mi juventud; muy cerca he estado de la muerte. Me has enviado terribles sufrimientos y ya no puedo más. Tu ira se ha descargado sobre mí; tus violentos ataques han acabado conmigo. Todo el día me rodean como un océano; me han cercado por completo. Me has quitado amigos y seres queridos; ahora sólo tengo amistad con las tinieblas.” (88:15).

Pero lo que colma la desesperación que se manifiesta desde el comienzo es la última línea. Hemán no sólo acusa a Dios de haberle quitado a sus compañeros y a sus seres más queridos, sino que, a fin de cuentas “ahora sólo tengo amistad con las tinieblas” (88:18). No Dios; las tinieblas.

Uno de los pocos rasgos atractivos que tiene este salmo es su brutal honestidad. Nunca es aconsejable ser deshonesto con Dios, por supuesto; él sabe exactamente cuáles son nuestros pensamientos de todas maneras, y prefiere que nos desahoguemos de toda nuestra indignación, todo nuestro dolor y nuestras acusaciones que recibir exclamaciones falsas de adoración y júbilo. Por supuesto, es mucho mejor aprender a comprender, a reflexionar, y finalmente a aceptar su perspectiva. Pero en todo caso, la honestidad con Dios es siempre el camino de los sabios.

Esto nos lleva a lo más importante que tiene este salmo. Los clamores y el dolor que se plasman aquí no tiene nada que ver con la rabia barata y poco reflexiva de los que usan sus períodos más oscuros para denunciar a Dios desde lejos, la crítica autocomplaciente del agnosticismo desdeñoso, o del ateísmo arrogante. Estos clamores en cambio interpelan a Dios de manera activa, conscientes de cuál es la única fuente de socorro.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 152). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡El pacto!

31 MAYO

¡El pacto!

Deuteronomio 4 | Salmo 86–87 | Isaías 32 | Apocalipsis 2

La estructura del libro de Deuteronomio contiene muchos paralelos detallados con antiguos pactos o tratados que los poderes regionales establecían con sus Estados vasallos. Uno de los componentes de estos acuerdos era una especie de prolegómeno histórico, una recapitulación breve y selectiva de las circunstancias históricas que habían llevado a ambas partes a ese punto. Es el tipo de cosa que uno encuentra en Deuteronomio 1–3. Cuando el pueblo del pacto de Dios hizo su segundo acercamiento a la Tierra Prometida, cuarenta años después del Éxodo (1:3), y con toda una generación perdida, Moisés se apresura a grabar en la congregación la naturaleza del pacto, la magnitud del rescate que ahora era su herencia, la triste historia de rebeldía y, por encima de todo, la pura majestad y gloria de Dios a quienes están vinculados en esta relación sorprendentemente generosa del pacto.

Los tres capítulos de historia selectiva preparan el camino para Deuteronomio 4. Aquí, el repaso histórico ya ha acabado en gran parte; ahora las lecciones principales de dicha historia se hacen más evidentes. Revisar siempre y recordar lo que Dios ha hecho. Dios no nos debe a nosotros su asombrosa salvación. Ni mucho menos: “El Señor amó a tus antepasados y escogió a la descendencia de ellos; por eso te sacó de Egipto con su presencia y gran poder.” (4:37). Pero existen vínculos: “A ti se te ha mostrado todo esto para que sepas que el Señor es Dios, y que no hay otro fuera de él” (4:35). “Reconoce y considera seriamente hoy que el Señor es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y que no hay otro.” (4:39). “Tened, pues, cuidado de no olvidar el pacto que el Señor vuestro Dios ha hecho con vosotros. No os fabriquéis ídolos de ninguna figura que el Señor vuestro Dios os haya prohibido, porque el Señor vuestro Dios es fuego consumidor y Dios celoso.” (4:23–24). En otras palabras, debemos servir a Dios; pero solo él es Dios. Todas las generaciones de creyentes deben tener en cuenta esta verdad o enfrentarse a la ira de Dios.

De las muchas lecciones que surgen de este recuento histórico, surge silenciosamente un tema relativamente menor, doloroso para Moisés e importante para nosotros. El líder recuerda una y otra vez al pueblo que a él mismo no se le permitirá entrar en la tierra. Está aludiendo a la ocasión en que golpeó la roca en lugar de hablarle (Números 20; ver también la meditación del 9 de Mayo). Pero, ahora, señala con sinceridad que su pecado y castigo sucedieron, según él, “por causa vuestra” (Deuteronomio 1:37; 3:23–27; 4:21–22). Por supuesto que Moisés era responsable de su propia acción, pero, de haberse tratado de un pueblo piadoso, él no habría sido tentado. Su incredulidad persistente y sus quejas lo agobiaron.

Medite en una articulación de este principio en el Nuevo Testamento: Hebreos 13:17.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 151). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El amor y la verdad se encontrarán

30 MAYO

Deuteronomio 3 | Salmo 85 | Isaías 31 | Apocalipsis 1

¡Qué emparejamiento tan maravilloso! “El amor y la verdad se encontrarán”. Y le sigue otro: “Se besarán la paz y la justicia” (Salmo 85:10).

La traducción “amor y verdad” son bastante distintas de otras versiones bíblicas que han optado por “amor y fidelidad”. Pero el hebreo subyacente, un emparejamiento sumamente común (como en 86:15 o Éxodo 34:6; ver la meditación del 23 de Marzo), se podría traducir de ambas formas. El primer término suele aludir al amor del pacto de Dios, su misericordia: su pura bondad o gracia del pacto se derramó sobre su pueblo que no lo merecía. El segundo vocablo varía en las traducciones dependiendo de a qué se haga referencia. Cuando la reina de Sabá le comenta a Salomón que todo lo que había oído sobre él era “verdad”, literalmente “la verdad”, utiliza la palabra que se traduce “fidelidad”. Un informe “verdadero” es “fiel”; cuando la verdad se encarna en el carácter, se convierte en fidelidad.

Como expone este salmo, las categorías se utilizan de forma evocativa. Cuando leemos el primer emparejamiento: “El amor y la verdad se han encontrado”, lo natural es pensar que se tratan de descripciones de Dios: Él es el Dios de la gracia o el amor del pacto y de la fidelidad completamente fiable. El segundo emparejado podría tomarse de la misma manera: Dios es de una justicia que no se puede calificar y la fuente de todo bienestar. En él, la justicia y la paz se besan. Sin embargo, en el versículo siguiente, la segunda palabra del primer emparejado y la primera del segundo están tomadas y colocadas juntas para introducir un nuevo pensamiento: “La verdad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo” (85:11). En el contexto total del salmo, la fidelidad del pueblo parece vincularse a la justicia del Señor: la primera surge de la tierra, mientras que la segunda observa desde el cielo. No es absolutamente necesario tomar las cosas de este modo, pero el salmista reconoce implícitamente los vínculos al principio de su poema: “Perdonaste la iniquidad de tu pueblo […] Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación […] Muéstranos, oh Señor, tu misericordia […] Él promete paz a su pueblo, a sus santos; pero que no vuelvan ellos a la insensatez” (85:2–8; cursivas añadidas).

Como quiera que combinemos estos emparejados, resulta vital recordar que el amor y la fidelidad pertenecen a Dios, que la justicia y la paz se encuentran y se besan en él. Por ello, Dios puede ser al mismo tiempo justo y Aquel que justifica lo impío mediante la entrega misericordiosa de su Hijo (Romanos 3:25–26). ¿Acaso debe sorprendernos descubrir que, entre los portadores de su imagen, la misericordia y la verdad, la justicia y la paz suben y bajan juntos?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 150). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El Señor es sol y escudo

29 MAYO

Deuteronomio 2 | Salmos 83–84 | Isaías 30 | Judas

El Señor es sol y escudo; Dios nos concede honor y gloria. El Señor brinda generosamente su bondad a los que se conducen sin tacha. Señor Todopoderoso, ¡dichosos los que en ti confían!” (Salmo 84:11–12).

Gran parte de este salmo exulta del alegre privilegio y la delicia de morar en la presencia de Dios que, para los hijos del antiguo pacto, significaba vivir a la sombra del templo. “Anhelo con el alma los atrios del Señor; casi agonizo por estar en ellos. Con el corazón, con todo el cuerpo, canto alegre al Dios de la vida.” (84:2). Tener un lugar “junto a tu altar” es tener un hogar, así como el gorrión halla una morada o la golondrina construye un nido (84:3). “Dichoso el que habita en tu templo, pues siempre te está alabando.” (84:4; ver también la meditación del 17 de Abril).

Pero ¿qué ocurre con los dos últimos versículos de este salmo? ¿Acaso no exageran y prometen demasiado? El salmista insiste en que Dios no niega “nada bueno” a aquellos cuyo caminar es irreprensible. Bueno, como todos pecamos, supongo que debe haber una cláusula de escape: ¿Quién es intachable? ¿No es evidente que Dios retiene muchas cosas buenas a un montón de gente cuyos caminos son tan irreprensibles como pueden serlo de este lado del nuevo cielo y la nueva tierra?

Consideremos a Eric Liddell, el famoso atleta olímpico escocés que se homenajea en la película Carros de fuego. Liddell se convirtió en misionero para China. Durante diez años impartió clases en una escuela y, después, pasó al interior del país para realizar una evangelización de primera línea. La obra no solo era desafiante, sino peligrosa, en gran parte por las crecientes incursiones de los japoneses. Finalmente, fue recluido con otros muchos occidentales. Fue una luz resplandeciente de servicio y buen ánimo en el miserable campamento; un faro para los muchos niños que no habían visto a sus padres durante años, un líder abnegado. Pero unos pocos meses antes de ser liberado, Liddell murió de un tumor cerebral. Tenía cuarenta y tres años. Jamás vio a la más pequeña de sus tres hijas en esta vida: su esposa e hijos habían regresado a Canadá antes del barrido japonés que acorraló a los extranjeros. ¿Acaso Dios no le negó una larga vida, años de servicio fructífero, el gozo de criar a sus propios hijos?

La respuesta se halla, quizás, en su himno favorito:

¡Descansa, alma mía! El Señor está de tu parte;

Lleva con paciencia la cruz de la pena y el dolor.

Deja que tu Dios ordene y provea;

En cada cambio, él permanecerá fiel.

¡Descansa, alma mía! Tu mejor Amigo, tu Amigo celestial

Te conduce a un gozoso final a través de caminos espinosos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 149). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Abre bien tu boca y la llenaré”

28 MAYO

Deuteronomio 1 | Salmos 81–82 | Isaías 29 | 3 Juan

Abre bien tu boca y la llenaré” (Salmo 81:10): el simbolismo es transparente. Dios está perfectamente dispuesto y es capaz de satisfacer todas nuestras necesidades y nuestros deseos más profundos. Implícitamente, el problema consiste en que ni siquiera abrimos la boca para disfrutar del alimento que él provee. La ilustración vuelve en el último versículo: aunque los impíos se enfrentarán al castigo eterno, el Señor dice: “y a ti te alimentaría con lo mejor del trigo; con miel de la peña te saciaría” (81:16).

Por supuesto que Dios habla de algo más que del alimento físico (aunque de igual importancia). El entorno es común tanto en Salmos como en las partes narrativas del Pentateuco. En su misericordia, Dios rescató espectacularmente a su pueblo de la esclavitud en Egipto, respondiendo a su propio clamor de angustia. “Yo libré su hombro de la carga, sus manos se libraron de las canastas. En la angustia llamaste, y yo te rescaté” (81:6–7). Y ahora llega el pasaje que conduce a la frase citada al comienzo de esta meditación:

Escucha, pueblo mío, mis advertencias;

¡ay Israel, si tan sólo me escucharas!

No tendrás ningún dios extranjero,

ni te inclinarás ante ningún dios extraño.

Yo soy el Señor tu Dios,

que te sacó de la tierra de Egipto.

Abre bien tu boca y te la llenaré.

Históricamente, la respuesta del pueblo fue, como siempre, decepcionante: “Pero mi pueblo no me escuchó; Israel no quiso hacerme caso” (81:11). En este caso no se les prometió la satisfacción simbolizada por bocas llenas. Lejos de esto. Dios declara: “Por eso los abandoné a su obstinada voluntad, para que actuaran como mejor les pareciera” (81:12).

Está claro que la naturaleza de la idolatría cambia de siglo en siglo. Hace poco leí unas líneas de John Piper: “El mayor enemigo del hambre de Dios no es el veneno, sino el pastel de manzana. Lo que apacigua nuestro apetito por el cielo no es el banquete de los impíos, sino el constante picoteo entre horas a la mesa del mundo. No es esa película X sino los constantes sorbos de trivialidad que absorbemos cada noche en los programas de máxima audiencia. A pesar de todo lo malo que puede hacer Satanás, cuando Dios describe lo que nos aparta de la mesa del banquete de su amor, siempre acaba siendo un trozo de terreno, una yunta de bueyes y una esposa (Lucas 14:18–20). El mayor adversario del amor de Dios no radica en sus enemigos, sino en sus dones. Y los apetitos más mortíferos no son el tóxico del veneno, sino lo que sentimos por los sencillos placeres de este mundo. Porque cuando sustituimos a Dios por un apetito, apenas sí logramos discernir la idolatría, que además es casi incurable” (Hambre de Dios [Publicaciones Andamio: Barcelona, 2004], 14).

Abre bien tu boca y la llenaré”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 148). Barcelona: Publicaciones Andamio.