“Me casaré con quien me plazca”

27 MAYO

Números 36 | Salmo 80 | Isaías 28 | 2 Juan

En Números 27:1–11 se nos presenta por primera vez a Zelofehad y sus hijas. Por lo general, la herencia se transmitía a través de los hijos, pero él solo tenía cinco hijas llamadas Maalá, Noa, Jogla, Milca y Tirsa. Este hombre pertenecía a la generación que pereció en el desierto. ¿Por qué preguntaron sus hijas a Moisés si a su linaje se le debía prohibir que heredasen solo porque su descendencia fuera toda femenina? Se nos dice que Moisés “presentó su caso ante el Señor” (27:5). El Señor no solo falló a favor de la petición de las hijas, sino que proporcionó un estatuto que regularizaba esta decisión para casos similares en todo Israel (27:8–11).

Sin embargo, en Números 36 aparece un giro inesperado de esta norma. Los jefes de las casas paternas de Manasés, a la que pertenecía la familia de Zelofehad, preguntan qué ocurrirá si las hijas se casan con israelitas no pertenecientes a su tribu. Aportarían su herencia al matrimonio y la transmitirían a sus hijos que pertenecerían al linaje de su padre. Esto supondría que, a lo largo de los siglos, pudiera haber una redistribución masiva de los territorios tribales y, potencialmente, una falta de equidad entre las tribus. En esta cuestión, también es el Señor quien toma la decisión (36:5). “Ninguna heredad podrá pasar de una tribu a otra, porque cada tribu israelita debe conservar la tierra que heredó.” (36:9). La única opción era que las hijas de Zelofehad se casaran con hombres de su propia tribu, norma que ellas cumplieron con agrado (36:10–12).

Si esto ofende nuestra sensibilidad, deberíamos considerar el porqué.

(1) De forma pragmática, ni siquiera nosotros podemos casarnos con cualquiera: casi siempre contraemos matrimonio dentro de nuestros círculos altamente limitados de amigos y conocidos. Por tanto, en Israel: la mayoría de la gente desearía hacerlo dentro de sus tribus.

(2) Más importante aún: hemos heredado los prejuicios occidentales a favor del individualismo (“Me casaré con quien me plazca”) y del enamoramiento (“No pudimos evitarlo; ocurrió y nos enamoramos). Sin duda, existen ventajas en estos convencionalismos sociales, pero no son más que eso: meras costumbres sociales. Para la mayoría de la gente de todo el mundo, los padres conciertan los casamientos o, lo más probable es que, como mínimo, se realicen con mayor aprobación familiar de la que opera en Occidente. ¿En qué punto se disuelve nuestro amor a la libertad para convertirse en un egocentrismo individualista con poca consideración por los parientes y la cultura, o, en este caso, por la clemente estructura del pacto de Dios que proporcionó una distribución equitativa del territorio?

Vivimos en nuestra propia cultura, claro está, y bajo un nuevo pacto. También tenemos restricciones bíblicas que se imponen a la hora de escoger con quién casarnos (p. ej., 1 Corintios 7:39). Lo que es más importante aún, debemos evitar la abominable idolatría de pensar que el universo debe bailar a nuestro son.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 147). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Ciudades de refugio

26 MAYO

Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

Cuando se hicieron los planes para dividir la Tierra Prometida entre las doce tribus, se excluyó a Leví. Se les dijo a los levitas que Dios era su herencia: no recibirían territorio tribal, pero vivirían de los diezmos entregados por el resto de los israelitas (Números 18:20–26). Aun así, necesitaban un lugar donde vivir. De modo que Dios ordenó a cada tribu que apartara algunas ciudades para ellos, junto con los pastos circundantes para su ganado (Números 35:1–5). Como los levitas debían enseñar al pueblo la ley de Dios, además de sus deberes en el tabernáculo, las disposiciones del terreno tenía la ventaja añadida de dispersarlos entre el pueblo donde pudieran hacer el mayor bien. Asimismo, sus tierras diseminadas no podían pasar a otras manos que no fueran levíticas (Levítico 25:32–34).

La otra disposición peculiar del territorio establecido en este capítulo es la designación de las seis “ciudades de refugio” (Números 35:6–34). Debían salir de las cuarenta y ocho asignadas a los levitas, tres a cada lado del Jordán. Si alguien mataba a otro, intencionada o accidentalmente, podía huir a una de estas ciudades donde se protegería de la ira de los vengadores de la familia. En una época en la que las peleas de sangre no eran desconocidas, esta norma enfriaba el ambiente hasta que el sistema oficial de justicia pudiera dilucidar la culpa o la inocencia del homicida. Si se le hallaba culpable mediante una prueba convincente (35:30), debía ser ejecutado. Acude a la memoria el principio establecido en Génesis 9:6: quienes derramaran sangre de un ser humano, hecho a imagen de Dios, habrían cometido un acto tan vil que se ordenaba la pena máxima. No se trataba de una lógica disuasiva, sino de valores (cf. Números 35:31–33).

Por otra parte, si se trataba de una muerte accidental y el homicida era inocente de asesinato, no quedaba libre de culpa y se le enviaba sencillamente a su casa, sino que debía permanecer en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote (Números 35:25–28). Solo entonces podía regresar a su propiedad ancestral y retomar una vida normal. Esperar que el sumo sacerdote falleciese podía ser cuestión de días o de décadas. Si el tiempo era sustancial, podía servir para aplacar a los vengadores de la familia de la víctima. Pero el texto no proporciona este razonamiento.

Probablemente existen dos razones para que se estipule que el asesino debiera permanecer en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote. (1) Su muerte marcaba el final de una era y el principio de otra. (2) Y, de forma más importante, puede ser que su muerte simbolizara que alguien tuviera que morir para pagar por la muerte de un portador de la imagen de Dios. Los cristianos sabemos adónde conduce este pensamiento.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 146). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“En tu propia cara”

25 MAYO

Números 34 | Salmo 78:40–72 | Isaías 26 | 1 Juan 4

¡Cuántas veces se rebelaron contra él en el desierto, y lo entristecieron en los páramos! Una y otra vez ponían a Dios a prueba; provocaban al Santo de Israel.” (Salmo 78:40–41). Aquí, Asaf hace una pausa en el curso de su recitado para resumir uno de los puntos principales de este salmo. De hecho, podríamos hacer el siguiente bosquejo de algunos de los puntos dramáticos que expone:

(1) La repetida rebeldía del pueblo de Dios no se presenta como una mera desobediencia, sino que se asemeja a poner a Dios a prueba. Es uno de los elementos graves y sumamente odiosos de la insubordinación. Está marcada por una fuerte dosis de “en tu propia cara”, un desagradable patrón de incredulidad que culpa a Dios implícitamente de falta de poder, crueldad, egoísmo, desconsideración e insensatez. La falta de fe crónica y repetida “en la actitud” siempre conlleva este elemento de tentar a Dios. ¿Qué hará Dios al respecto? No es de sorprender que el apóstol Pablo identifique este mismo modelo de conducta del pueblo durante los años en el desierto y advierta a los cristianos de su tiempo: “Tampoco pongamos a prueba al Señor, como lo hicieron algunos y murieron víctimas de las serpientes. Ni murmuréis contra Dios, como lo hicieron algunos y sucumbieron a manos del ángel destructor. Todo eso les sucedió para servir de ejemplo, y quedó escrito para advertencia nuestra” (1 Corintios 10:9–11).

(2) Aunque la primera parte del capítulo señala la respuesta del enfado de Dios frente al patrón de rebeldía del pueblo, también insiste una vez tras otra en que Dios “Una y otra vez contuvo su enojo, y no se dejó llevar del todo por la ira.” (78:38). Sin embargo, este modelo de conducta se vuelve más sombrío. La idolatría llegó a ser tan flagrante que Dios “se puso muy furioso, por lo que rechazó completamente a Israel.” (78:59). El contexto muestra que Asaf tiene en mente el juicio divino sobre el pueblo cuando permitió que los filisteos capturaran el arca del Señor: “Y dejó que el símbolo de su poder y gloria cayera cautivo en manos enemigas.” (78:61; cf. 1 Samuel 4:5–11), con la terrible destrucción a la que se tuvieron que enfrentar, como consecuencia, a manos de sus enemigos.

(3) Los versículos finales (78:65–72) se centran en la misericordiosa elección de Judá y David como respuesta de Dios a los desdichados años del desierto, de los jueces, del reinado de Saúl. “Y David los pastoreó con corazón sincero; con mano experta los dirigió” (78:72). Viviendo a este lado de la Encarnación, los cristianos nos sentimos especialmente agradecidos por el linaje de David.

(4) Los cristianos saben cómo se desarrolla el argumento del Salmo 78. La dinastía de David cae en la corrupción; la ira de Dios aumenta y llega el exilio. Sin embargo, en la cruz se desplegarían una ira mayor y un amor más glorioso.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 145). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Misterios de antaño

24 MAYO

Números 33 | Salmo 78:1–39 | Isaías 25 | 1 Juan 3

Los versículos iniciales del Salmo 78 provocan un cierto desconcierto. Asaf invita a sus lectores (y, siendo un cántico, a sus oyentes) a escuchar su enseñanza, a prestar oído a las palabras de su boca (78:1). A continuación, anuncia: “Mis labios pronunciarán parábolas y evocarán misterios de antaño” (78:2). La expectación aumenta; parece como si fuésemos a oír cosas nuevas que estaban ocultas antes de que Asaf apareciera en escena. Luego sigue describiendo esos “misterios de antaño” y especifica “que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado” (78:3). ¿Acaso se está embarcando en alguna revelación novedosa, o se trata sencillamente de una revisión del patrimonio común de los israelitas? ¿Y por qué añade en este punto que al menos una parte de su propósito consiste en desvelar estas cosas a la nueva generación naciente (78:4)?

Tres observaciones:

Primero, la palabra traducida “parábolas” posee un amplio abanico de significados. Puede aludir a las parábolas narrativas, los dichos de sabiduría, los aforismos y varias otras formas. Aquí, Asaf solo parece afirmar que va a expresar lo que tiene que comunicar en las estructuras poéticas y las sabias comparaciones que caracterizan este salmo.

Segundo, el contenido de este salmo es antiguo –“que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado”– y, a la vez, nuevo: “misterios”. Este salmo forma parte del grupo de “salmos históricos”, es decir, los que repasan algunas de las experiencias del pueblo de Dios con Él. En su mayor parte, el enfoque principal se halla en el éxodo y en los sucesos que lo rodearon, incluidas las plagas, cruzar el Mar Rojo, la provisión de maná, etc. El salmo nos transporta al reinado de David (que, casualmente, muestra que Asaf mismo vivió en aquella época o poco después). Con todo, no se trata de un mero repaso de hechos escuetos de aquella historia. El recitado está diseñado para sacar ciertas lecciones de la misma que se podrían pasar por alto si no se les presta atención. Estas enseñanzas incluyen los tristes patrones de rebeldía, cómo Dios se autocontrolaba en su creciente ira, su misericordia que los salvó una y otra vez, y mucho más. Estas amonestaciones se hallan “ocultas” en el texto mismo, pero están ahí, y Asaf las extrae.

Tercero, Asaf entiende (1) que el profundo conocimiento de las Escrituras y de los caminos de Dios significa más que estar al tanto de los hechos y que se debe comprender el desarrollo de los distintos patrones para ver lo que Dios está realizando; (2) que, en todo momento, el pueblo del pacto de Dios nunca se halla a más de una generación de la extinción y, por tanto, es vital que esta profunda comprensión se transmita a la siguiente generación.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 144). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“recordar”

23 MAYO

Números 32 | Salmo 77 | Isaías 24 | 1 Juan 2

Asaf nos debe haber dado muchas razones sobre la cuestión de porqué debemos “recordar” los creyentes. El Salmo 75 que vimos ayer ensalza el poder del “recitado” piadoso: contar de nuevo lo que Dios ha hecho para acercar el “nombre” de Dios. La importancia de recordar y repetir constituye el núcleo central del Salmo 78. Aquí, en el Salmo 77, Asaf destaca otro elemento más.

Él mismo está sumamente afligido (77:1). Desconocemos los motivos, pero la mayoría de nosotros hemos pasado por “oscuras noches del alma”, cuando parece que Dios está muerto o que no le importamos lo más mínimo. Asaf estaba tan decaído que no podía dormir; de hecho, culpa a Dios de no dejarle dormir (77:4). Los recuerdos de otros tiempos en que las circunstancias eran tan alegres que cantaba gozoso durante la noche (77:6) solo sirven ahora para deprimirle más. La amargura tiñe su lista de preguntas retóricas: “¿Nos rechazará el Señor para siempre? ¿No volverá a mostrarnos su buena voluntad? ¿Se habrá agotado su gran amor eterno, y sus promesas por todas las generaciones? ¿Se habrá olvidado Dios de sus bondades, y en su enojo ya no quiere tener compasión de nosotros?” (77:7–9).

Asaf decide concentrarse en todas las maneras en que Dios se reveló con poder en el pasado. Escribe: “Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo” (77:11; RVR60); en otras palabras, apela a todas las exhibiciones de fuerza de los hechos de la “diestra” de Dios a lo largo de la historia. “Prefiero recordar las hazañas del Señor, traer a la memoria sus milagros de antaño. Meditaré en todas tus proezas; evocaré tus obras poderosas” (77:11–12). De modo que, en el resto del salmo, Asaf pasa a hablar en segunda persona, dirigiéndose directamente a Dios y recordando algunos de los innumerables hechos de gracia y poder que caracterizaron su trato con el pueblo del pacto. Recuerda las plagas, el Éxodo, cuando cruzaron el Mar Rojo, la forma en que Dios guió a su pueblo “por mano de Moisés y Aarón” (77:13–20).

Los cristianos tenemos mucho más que recordar. Así como Asaf “se acordaba” del Éxodo mediante la lectura de las Escrituras, nosotros contamos con mucho más. No solo rememoramos lo que él traía a su memoria, sino cosas de las que él no tenía ni idea: el exilio, el retorno de este, los largos años aguardando la venida del Mesías. Evocamos la Encarnación, los años de la vida de Jesús y su ministerio, sus palabras y sus hechos poderosos. Por encima de todo, conmemoramos su muerte y su resurrección, y la obra poderosa del Espíritu en Pentecostés y lo que siguió después.

Al traer todo esto a la memoria, nuestra fe se fortalece, nuestra visión de Dios se renueva y la desesperación se disipa.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 143). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“el recuento”

22 MAYO

Números 31 | Salmos 75–76 | Isaías 23 | 1 Juan 1

Una de las funciones más importantes del culto colectivo es la recitación, es decir, “el recuento” de las cosas maravillosas que Dios ha obrado. De ahí el Salmo 78:2–4: “Mis labios pronunciarán parábolas y evocarán misterios de antaño, cosas que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado. No las esconderemos de sus descendientes; hablaremos a la generación venidera del poder del Señor, de sus proezas, y de las maravillas que ha realizado.” De modo semejante, si bien de forma más breve, Salmos 75:1: “Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias e invocamos tu nombre; ¡todos hablan de tus obras portentosas!” De hecho, la New English Bible lo traduce de manera que se aproxima más al sentido del texto hebreo: “Tu nombre se ha hecho muy próximo a nosotros en la historia de tus proezas”. El “nombre” de Dios forma parte de su revelación, por pura gracia, de sí mismo. Es la revelación de su identidad (Éxodo 3:14; 34:5–7, 14). El “nombre” de Dios, entonces, se ha hecho próximo a nosotros en la narrativa de sus hechos maravillosos: es decir, la identidad de Dios se ha revelado por medio de los relatos de lo que ha hecho.

De modo que la recitación de los hechos de Dios constituye un medio de gracia para acercar a Dios a su pueblo. Los creyentes que no pasen ningún tiempo releyendo y reflexionando en lo que Dios ha hecho, ya sea que lo hagan de forma personal leyendo su Biblia o con otros creyentes en un encuentro de culto colectivo, no deben extrañarse si rara vez experimentan la cercanía de la presencia de Dios.

El énfasis que encontramos en este salmo en lo que a Dios se refiere es que “dispone soberanamente”, o “dispone supremamente” (como un comentarista lo expresa). Es maravillosamente estabilizante para nosotros que podamos descansar en un Dios así. Declara: “Tú dices: Cuando yo lo decida, juzgaré con justicia” (75:2). Es difícil imaginarse una categoría más sugerente del firme control que Dios ejerce que las palabras “cuando yo lo decida”. No obstante, el control sin justicia no sería más que el fatalismo. Este Dios sin embargo no sólo establece el tiempo, sino que juzga con justicia (75:2). Además, en este mundo roto, hay acontecimientos catastróficos que parecen amenazar el orden social en su totalidad. En otra parte David reflexiona: “Cuando los fundamentos son destruidos, ¿Qué le queda al justo?” (11:3). Pero aquí somos afirmados, porque Dios mismo proclama: “Cuando se estremece la tierra con todos sus habitantes, soy yo quien afirma sus columnas” (75:3). Por tanto, los arrogantes que se consideren a sí mismos “pilares” de la sociedad quedan advertidos: “«No seáis altaneros», digo a los altivos; «No seáis soberbios», ordeno a los impíos” (75:4). A los malos Dios dice “No hagáis gala de soberbia contra el cielo, ni habléis con aires de suficiencia” (75:5).

Relatad las proezas de Dios y haced que su nombre sea cercano.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 142). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Tercer mundo”

21 MAYO

“Tercer mundo”

Números 30 | Salmo 74 | Isaías 22 | 2 Pedro 3

Hace algunos años pasé un tiempo en un país del llamado “tercer mundo”, muy conocido por su terrible miseria. Lo que más me llamó la atención de la cultura de dicho país sin embargo no fue la extrema pobreza, ni la brecha entre los muy prósperos y los muy pobres – había leído tanto acerca de estos temas que no encontré nada en este aspecto que me sorprendiese, y había presenciado semejantes tragedias humanas en otras partes – sino su corrupción omnipresente y endémica.

Aquí en Occidente no somos nadie para señalar con el dedo a otros países en lo que se refiere a la corrupción; sin duda tenemos listas de precios publicadas para muchos servicios públicos que hacen que los sobornos y las recompensas ilícitas sean más difíciles de institucionalizar; sin duda el legado cristiano en nuestra cultura sigue siendo suficientemente sólido como para que reconozcamos, al menos en teoría, que la honestidad es buena, que la palabra de un hombre o una mujer debe constituir un compromiso firme, que la avaricia está mal – aunque también es cierto que estos valores se ven más honrados cuando se han desvirtuado que como patrón para la vida real. No obstante, somos con diferencia la sociedad más litigiosa del mundo entero. Formamos a muchos más abogados que ingenieros (lo contrario de Japón). El acuerdo más sencillo debe estar envuelto en un montón de lenguaje jurídico que proteja a los contratantes. Esto se debe en gran parte al hecho de que muchos individuos y muchas empresas son incapaces de mantenerse fieles a lo prometido, y de hacer lo justo, y harán lo posible para sacar alguna ventaja a la otra parte si lo pueden conseguir con impunidad. Una mentira sólo es embarazosa si te pillan los dedos. Las promesas y los compromisos públicos se convierten en herramientas para conseguir lo deseado, más bien que compromisos reales con la verdad. Los votos matrimoniales se descartan por un capricho, o se disuelven en el calor de la codicia. Y por supuesto, si abandonamos a la ligera los votos matrimoniales, los compromisos comerciales y personales, se vuelve mucho más fácil abandonar el pacto con Dios.

Decir la verdad y guardar las promesas en cualquier área de la vida tiene consecuencias para todas las demás áreas; la infidelidad en un área frecuentemente se desborda hacia otras áreas. Por tanto, anidadas dentro del pacto mosaico encontramos las palabras: “El Señor ha ordenado que cuando un hombre haga un voto al Señor, o bajo juramento haga un compromiso, no deberá faltar a su palabra sino que cumplirá con todo lo prometido” (Números 30:1–2). El resto del capítulo reconoce que los votos en cuestión hechos por individuos a menudo no tendrán que ver únicamente con asuntos individuales; puede que sean compromisos matrimoniales o familiares. De modo que para el buen ordenamiento de una cultura, Dios mismo es quien afirma quien tiene derecho a ratificar o a descartar una promesa; este patrón tiene mucho que decir acerca del liderazgo y la responsabilidad en la familia. Pero la cuestión fundamental es la de la verdad y la fidelidad.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 141). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Puros de Corazón”

20 MAYO

“Puros de Corazón”

Números 29 | Salmos 73 | Isaías 21 | 2 Pedro 2

Hay pocos Salmos que hayan brindado mayor consuelo a personas perturbadas por la frecuente y flagrante prosperidad de los malévolos que el Salmo 73.

Asaf comienza su cántico con un par de líneas provocadoras: “En verdad, ¡cuán bueno es Dios con Israel, con los puros de corazón!” ¿Significa este paralelismo que el pueblo de Israel sean los “puros de corazón”? Difícilmente; esto no concordaría ni con la historia ni con el contenido de este mismo salmo. La segunda línea resulta ser entonces una limitación de la primera. ¿Deberíamos equiparar a los que no son puros de corazón con los “malos” que salen tan vívidamente retratados e este capítulo? Tal vez sí, pero en todo caso lo que llama la atención en particular es que las próximas líneas retratan no tanto el mal de los malos sino el pecado que había en el corazón de Asaf mismo. Su propio corazón era impuro mientras contemplaba “la prosperidad de los malos” (73:3). Les envidiaba. Por lo visto, estaba tan consumido por la envidia que corría el peligro de perder su equilibrio moral: “poco me faltó para que resbalara” (73:2).

Lo que más atraía a Asaf en cuanto a los malos era que tantos de ellos parecían reflejar el mismo apogeo de la serenidad, la buena salud, y la felicidad (73:4–12). Incluso su arrogancia tenía su atractivo: parecía colocarles por encima de los demás. Su prosperidad y su poder les otorgaban popularidad. En el peor de los casos, ignoran a Dios y, no obstante, parecen inmunes al miedo. Según parece, “sin afanarse, aumentan sus riquezas” (73:12).

Por tanto, tal vez no merece la pena buscar la rectitud: “En verdad, ¿de qué me sirve mantener mi corazón limpio y mis manos lavadas en la inocencia” (73:13). Asaf era incapaz de llevar su razonamiento hasta hacer una afirmación así; reconocía que hablar así sería traicionar a “tus hijos” (73:15) – aparentemente se trataba del pueblo de Dios para con el cual Asaf sentía una profunda lealtad y para quienes sentía también una gran carga de responsabilidad. Pero todas estas reflexiones le eran “opresivas” (73:16), hasta que se dio cuenta de tres grandes verdades.

En primer lugar, a largo plazo los malos acabarían siendo arrasados. Al entrar Asaf en el santuario, reflexionaba en “el destino final” (73:17–19, 27) de todos aquellos a quienes había comenzado a envidiar, y les dejó de envidiar.

En segundo lugar, Asaf mismo, junto con todos aquellos que conocen a Dios y andan en sumisión a sus leyes, poseen muchísimo más que los malos – tanto en esta vida como en la venidera. “Pero yo siempre estoy contigo,” proclama Asaf gozosamente, “pues tú me cogiste de la mano derecha. Me guías con tu consejo, y más tarde me acogerás en gloria” (73:22–24).

En tercer lugar, Asaf ya puede contemplar su propia amargura por lo que es en realidad: un pecado nefasto (73:21–22), y resuelve, en lugar de recrearse en ella, acercarse a Dios y publicar sus hazañas (73:28).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 140). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Tipología Davídica

19 MAYO

Tipología Davídica

Números 28 | Salmos 72 | Isaías 19–20 | 2 Pedro 1

Uno de los rasgos de los Salmos que describen la llegada al trono, o el reino, de un rey davídico, es la manera como el lenguaje a veces parece exagerado. Este rasgo combina con la tipología Davídica inherente para dar a estos Salmos un doble enfoque. Por un lado, se pueden leer como descripciones algo extravagantes de uno de los reyes Davídicos (en este caso Salomón, según el título); por otro lado, invitan al lector a anticipar algo más que un David, un Salomón, o un Josías.

Así es el caso del Salmo 72. Por un lado, el rey Davídico reinaría en justicia, por lo cual es del todo apropiado que este salmo sea dedicado a este tema. En particular, debía ponerse del lado de los afligidos, “a los pobres del pueblo” (72:4), de aquel que “no tiene quien lo ayude” (72:12). Debe oponerse al opresor y al violento, estableciendo justicia para los que de otra manera sufrirían la opresión y la violencia (72:14). Su reino debe caracterizarse por la prosperidad, la cual es “fruto de la justicia” (72:3), principio que en Occidente estamos rápidamente perdiendo de vista. Dios entrará en la nación como un río abundante; el pueblo rogará por su rey; abundará el trigo por todas partes de la tierra (72:15–16).

Por otro lado, parte de este lenguaje es maravillosamente extravagante. En este aspecto el salmo refleja los términos con los cuales otros antiguos reyes de la región se hacían ensalzar. No obstante, dada la tipología Davídica y las crecientes expectativas mesiánicas, es difícil no captar algo más específico. “Que viva el rey por mil generaciones, lo mismo que el sol y que la luna” (72:5) – lo cual se podría aplicar a la dinastía, o bien podría tratarse del deseo extravagante de un rey Davídico puramente humano, pero que, en un sentido literal, puede referirse únicamente a un rey Davídico en particular. “Que domine el rey de mar a mar, desde el río Éufrates hasta los confines de la tierra” (72:8) – lo cual encapsula una preciosa ambigüedad. ¿Son estos mares solamente los mares Mediterráneo y el de Galilea? El término hebreo ¿Debería traducirse (como de hecho es posible) de manera conservadora como refiriéndose al “fin de la tierra”? Tal lectura es muy poco probable. Puesto que no sólo le rendirán homenaje las tribus del desierto (es decir, de tierras colindantes), sino también los reyes de Tarsis – ¡España! – y de otras tierras lejanas le pagarán tributos (72:11). “Que en su nombre las naciones se bendigan unas a otras; que todas ellas lo llamen dichoso” (72:17) – un eco tan contundente como se pudiese imaginar de la alianza de Abraham (Génesis 12:2–3).

Ha venido alguien más grande que Salomón (Mateo 12:42).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 139). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“La perla de gran precio”

18 MAYO

“La perla de gran precio”

Números 27 | Salmos 70–71 | Isaías 17–18 | 1 Pedro 5

Muchos cristianos han escuchado testimonios que narran la manera como un hombre o una mujer vivían una vida de futilidad y de degradación flagrante, o cuanto menos una vida de desesperación silenciosa, antes de convertirse. La fe genuina en el Señor luego dio lugar a una revolución interior: vicios empedernidos que desaparecieron, nuevas amistades y nuevos compromisos se establecieron, un nuevo propósito y una nueva orientación; allí donde había desesperación, ahora hay gozo; allí donde reinaban los conflictos, hay paz; allí donde prevalecía la ansiedad, hay al menos cierta medida de serenidad. Y algunos de los que hemos crecido en el seno de un hogar cristiano nos hemos preguntado a veces si no hubiese sido mejor habernos convertido desde algún trasfondo desastroso.

No es así como razona el salmista. “Tú, Soberano Señor, has sido mi esperanza; en ti he confiado desde mi juventud. De ti he dependido desde que nací; del vientre materno me hiciste nacer”. (Salmo 71:5–6) “Tú, oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y aún hoy anuncio todos tus prodigios.” (71:17). De hecho, a causa de este trasfondo, el salmista repasa apaciblemente los años transcurridos desde su juventud, y suplica a Dios la continuación de su gracia hasta su vejez: “No me rechaces cuando llegue a viejo; no me abandones cuando me falten las fuerzas.” (71:9). “Pero yo siempre tendré esperanza, y más y más te alabaré” (71:14). “Aun cuando sea yo anciano y peine canas, no me abandones, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a la generación venidera, y dé a conocer tus proezas a los que aún no han nacido” (71:18).

Sin lugar a dudas había circunstancias concretas que Dios utilizó para hacer fluir estas palabras de la pluma del salmista. No obstante, la postura que adopta es en sí de mucho provecho. Los más sabios entre los que se han convertido más tarde durante su trayectoria desearían no haber perdido tantos años de su vida. Habiendo encontrado “la perla de gran precio”, lo único que lamentan es no haberla encontrado antes. Y lo que es más importante, los que crecieron en hogares cristianos piadosos están inmersos en las escrituras desde su juventud. Hay numerosos textos en las Escrituras y en su experiencia personal que les recuerda hasta que punto su corazón está inclinado hacia la perversidad; no hace falta que sean sociópatas para descubrir lo que significa la depravación. Estarán suficientemente avergonzados por los pecados que sí han cometido, a pesar de las ventajas de su educación, que, en lugar de desear haber tenido un trasfondo peor, se les cae la cabeza de vergüenza al pensar en lo poco que han aprovechado estas ventajas, y reconocerán que aparte de la gracia de Dios, no hay ni delito ni pecado el cual no pudiesen haber cometido.

Es mejor, con diferencia, estar agradecido por una herencia de piedad, y suplicar a Dios la gracia que nos permita atravesar también la vejez.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 138). Barcelona: Publicaciones Andamio.