Mirad al preñado de maldad

Mirad al preñado de maldad

4 ABRIL

Levítico 7 | Salmos 7–8 | Proverbios 22 | 1 Tesalonicenses 1

El Salmo 7 es el segundo de 14 salmos que están relacionados en su título con algún suceso histórico concreto (el primero es el Salmo 3). No podemos conocer los detalles, pero está claro que David se sentía terriblemente traicionado cuando fue acusado falsamente por alguien que estaba cerca de él y a quien el debía conocer bien. Centraremos nuestra atención en los últimos cuatro versículos (7:14–17).

Mirad al preñado de maldad:

Concibió iniquidad y parirá mentira.

Cavó una fosa y la ahondó,

y en esa misma fosa caerá.

Su iniquidad se volverá contra él;

su violencia recaerá sobre su cabeza.

¡Alabaré al Señor por su justicia!

¡Al nombre del Señor altísimo cantaré salmos!

Este texto, con su lenguaje muy colorido, es contundente. Se nos habla de alguien que invierte tiempo y trabajo cavando una fosa que sirva de trampa para atrapar a otro – pero el que preparó esa trampa es quien cae en ella. La primera línea nos presenta a alguien “preñado de maldad”, que “concibió iniquidad”, pero que no “parirá” el mal que quería provocar, sino su propia “mentira”. El salmista expresa luego su convicción con mayor claridad en el versículo 16: “Su iniquidad se volverá contra él; su violencia recaerá sobre su cabeza”.

La convicción de David no está anclada ni en una fuerza impersonal (“El bien acaba triunfando”) ni en ningún optimismo ciego e irracional (“Seguro que todo acabará bien”), sino en la justicia de Dios: “¡Alabaré al SEÑOR por su justicia! ¡Al nombre del Señor altísimo cantaré salmos!” (7:17). David no está ciego ante las injusticias del mundo, sino que habita un universo regido por Dios, donde el bien acabará prevaleciendo porque Dios es justo.

Si pensamos en las páginas de las Escrituras con suficiente amplitud (por no decir nuestra propia experiencia también), no es difícil recordar casos en los que las artimañas y las trampas puestas por los malos rebotaron sobre ellos mismos antes de alcanzar la meta deseada. Amán es ahorcado en el patíbulo que ha preparado para Mardoqueo. En muchos casos, el juicio cae sobre el culpable en esta vida sólo después de que este ha logrado hacer mucho daño. Nadie sabía esto mejor que David mismo: él también había caído en semejante trampa. Logró acostarse con Betsabé y matar a su marido Urías antes de caer en la trampa, y tuvo que enfrentarse al juicio de Dios. La vida de Judas Iscariote acabó horriblemente, pero no antes de que lograse traicionar a su Maestro. Acab cayó bajo la ira de Dios mediante el profeta, pero sólo después de que su malévola reina, Jezabel, difamase a Nabot y le hiciese morir a fin de apoderarse de su viña.

Pero la última palabra será la del juicio final, sin el cual no habría justicia en este universo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 94). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Engaño, Mentira!

¡Engaño, Mentira!

3 ABRIL

Levítico 6 | Salmos 5–6 | Proverbios 21 | Colosenses 4

Al comienzo de Levítico 6, el Señor establece, mediante Moisés, lo que ha de suceder en caso de que alguien de la comunidad haya mentido a su prójimo acerca de algo que le hubiese sido encomendado, o le haya engañado, o mentido acerca de alguna propiedad recuperada a fin de podérsela quedar, o haya cometido perjurio, o alguno de una serie de pecados. Hay dos observaciones que servirán para esclarecer lo que estos versículos (6:1–7) contribuyen a la estructura legal y moral que aquí se desarrolla.

(1) Los lectores de Levítico, especialmente los lectores de la versión NVI, estarán familiarizados con la distinción que se hace entre los pecados no intencionales y (una buena parte de Lev 4) y los intencionales. Algunos intérpretes han argumentado que no hay sacrificios para propiciar los pecados intencionales. Quien peque intencionalmente queda excluido de la comunidad.

Parte del problema tiene que ver con la traducción intencional y no intencional. La palabra intencional se usa a menudo para reflejar una expresión hebrea que significa “con mano levantada”; la palabra traducida no intencional significa “no con mano levantada”. Esta explicación preliminar será importante mientras reflexionemos en Lev 6:1–7. Los pecados que aquí se describen son todos ellos intencionales en el sentido moderno de la palabra; no puedes mentir, engañar ni cometer perjurio sin tener la intención de hacerlo. Hay un procedimiento a seguir mandado por Dios: la restitución allí donde sea posible (siguiendo los pasos prescritos en Éxodo 22), seguida por la confesión y los sacrificios.

Por supuesto que se adquiere cierta medida de culpabilidad no intencional aunque uno no sea consciente de haber cometido un delito (como en 5:3); sigue habiendo culpa, pues se trataba de un acto prohibido, aun cuando quien lo haya cometido no sea consciente de haber cometido un delito. Otra clase de culpa “no intencional” no se refiere a la culpa acumulada sin saber que uno actuaba mal, sino a la culpa acumulada conscientemente, aún cuando el delito no se cometió “con mano levantada”. Muchas veces pecamos al estar atraídos por algo impetuosamente, o al abrigar resentimientos hacia alguien, o por los riesgos que entraña decir la verdad. Pero esto dista mucho del pecado “con mano levantada”, cuando el pecador desafía a Dios y, abierta y descaradamente, elige el pecado buscando desafiar a Dios. En mi opinión, el antiguo pacto no prescribe propiciación en caso de semejante desafío, sino el juicio.

(2) Incluso los pecados mencionados en este pasaje – todos los pecados cometidos contra otro ser humano – son considerados, en primer lugar, en relación con Dios: “Si alguien comete una falta y peca contra el Señor al defraudar a su prójimo” (6:2). La ofrenda es traída al sacerdote; el culpable debe no sólo hacer restitución a su prójimo, sino buscar ser perdonado por Dios. Una actitud de desafío contra Dios es lo que convierte una transgresión en pecado, y lo que hace que el pecado sea odioso.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 93). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Una sociedad compleja y bien ordenada»

«Una sociedad compleja y bien ordenada»

2 ABRIL

Levítico 5 | Salmos 3–4 | Proverbios 20 | Colosenses 3

Imagínese una sociedad compleja y bien ordenada, hasta tal punto, que en todas las áreas de la vida hay actuaciones que ensucian a una persona, y otras prescritas que la vuelven a limpiar. Cuando te levantas por la mañana, debes ponerte ropa con un cierto tipo de tejido y no otro. Hay alimentos limpios y otros que no lo son. Si aparece una mancha de moho en una de las paredes de tu casa, hay procedimientos para tratarlo. Los hombres deben actuar de cierta manera tras un sueño húmedo, y las mujeres en todo lo relacionado con sus períodos. Ciertas cosas no limpias no se deben tocar si quiera. Y además, existe un complejo sistema religioso y de sacrificios al que todos deben conformarse y, en caso de no hacerlo en cualquier detalle, incurres en una clase u otra de suciedad. Y todo esto encaja dentro de un conjunto de restricciones más amplio a las que solemos llamar categorías morales: cómo hablamos, la verdad en lugar de la mentira, cómo tratamos a los demás, las cuestiones de propiedad, la integridad sexual, nuestras actuaciones en relación con el prójimo, la imparcialidad judicial, entre otras cosas. Téngase en cuenta también que, en esta sociedad, las reglas han sido establecidas por Dios mismo. No son las acciones de algún congreso o parlamento elegido, fáciles de derrocar por un público voluble o frustrado, y deseoso de cambios. Ignorar o desafiar estas normas es enfrentarse con el Dios viviente. ¿Cuáles son las lecciones que se aprenderían si viviéramos en una sociedad como esta?

Bienvenidos al mundo del libro de Levítico. Este también forma parte de la herencia del monte Sinaí, al formar parte del pacto mosaico. Aquí se tratará de que el pueblo de Dios aprenda que Dios prescribe lo que está bien y lo que está mal, y que tiene todo el derecho de hacerlo; que la santidad abarca toda la vida; que debe haber una diferencia fundamental entre la conducta del pueblo de Dios y la de las naciones paganas alrededor suyo, y eso no sólo en las creencias abstractas. Aquí, el Señor mismo señala los sacrificios que son necesarios, junto con la confesión de pecado (Lev 5:5), cuando alguien se ensucia; e incluso cuando el sistema no ofrece ninguna respuesta definitiva, puesto que uno caía constantemente bajo un tabú u otro, y tenía que ir repitiendo de continuo los mismos sacrificios que se habían realizado antes, uno comienza a preguntarse, si en algún momento habrá un sacrificio final y suficiente para el pecado.

Pero a esto volveremos más adelante. Aquí, en Levítico 5, los lectores cristianos se deleitan al observar que, mientras Dios forma a su pueblo en el pensamiento religioso más básico, provee la manera cómo aun los más pobres de la sociedad puedan volverse limpios a sus ojos. Quien no se pueda permitir un cordero puede traer un par de palomas; quien ni siquiera las tenga, puede traer una cierta cantidad de harina. Las lecciones continúan; siempre hay esperanza y una manera de librarse del castigo que la rebeldía conlleve.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 92). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Señor, ¿y este, qué?”

“Señor, ¿y este, qué?”

31 MARZO

Levítico 2–3 | Juan 21 | Proverbios 18 | Colosenses 1

Tras el asombroso intercambio con el cual Pedro queda restaurado, Jesús le dice en voz baja que su discipulado acabará por costarle la vida: “cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir” (Juan 21:18). Si esta predicción contiene en sí cierta ambigüedad, cuando Juan lo deja escrito en este relato toda posible ambigüedad ya había desaparecido: “Esto dijo Jesús para dar a entender la clase de muerte con que Pedro glorificaría a Dios” (21:19). Según la tradición, probablemente cierta, Pedro fue martirizado en Roma más o menos cuando ejecutaron a Pablo, ambos bajo Nerón, durante la primera mitad de la década de los 60 de siglo I.

Pedro observa al “discípulo a quien Jesús amaba” – ni más ni menos que el apóstol Juan – que les seguía mientras él y Jesús caminaban por la playa (20:20). El término “a quien Jesús amaba” no debería dar a entender que Jesús mantuviese ningún juego desagradable de favoritos de manera arbitraria. Hay ciertas indicaciones de que algunas de las personas que seguían a Jesús se sentían especialmente amadas por él. Por ejemplo, cuando Lázaro estaba gravemente enfermo, sus hermanas le hicieron llegar un mensaje diciendo: “Señor, tu amigo querido está enfermo” (11:3). Incluso después de la resurrección y ascensión, los seguidores de Jesús se deleitaron en su amor hacia ellos, su amor personal en particular, de modo que Pablo sólo necesita mencionar a Jesús y la cruz, para que brote espontáneamente la frase: “quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2:20).

No obstante, en el caso que nos ocupa, queda algo del Pedro antiguo. Sin duda, estaba gozoso al quedar restituido y que se le encargase la tarea de alimentar a los corderos y a las ovejas de Jesús (Juan 21:15–17). Por otro lado, la perspectiva de una muerte ignominiosa le resulta menos atrayente. Por tanto, cuando Pedro ve a Juan pregunta, “Señor, ¿y este, qué?” (21:21).

No tenemos derecho a criticar a Pedro. La mayoría de nosotros no cesamos de comparar nuestro historial de servicio con el de otros. ¡El color verde es frecuente entre los ministros del evangelio! Otra persona parece tener una vida más fácil, lo que nos permite explicar el aparente mayor éxito de su ministerio. Sus niños han salido mejores, su iglesia parece más próspera, su actividad evangelística más eficaz. O cuando logramos un cierto “éxito”, y miramos a los que siguen detrás, hacemos comentarios algo despectivos acerca de los que pronto nos sustituirán. “Después de todo, ellos han tenido más ventajas que nosotros, ¿verdad?”

Es un comportamiento tan patético, tan centrado en nosotros mismos, tan pecaminoso. Jesús dice a Pedro: “Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme” (21:22). La diversidad de los dones y de los tipos de gracia que Dios concede es enorme. Jesús es el único Maestro al que debemos complacer.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 90). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“el incrédulo Tomás”

“el incrédulo Tomás”

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30 MARZO

Levítico 1 | Juan 20 | Proverbios 17 | Filipenses

A Tomás se le ha criticado mucho – “el incrédulo Tomás”, le llamamos. No obstante, la razón de su duda tal vez tiene que ver con el hecho de que no estuviese presente cuando Jesús apareció en primer lugar ante los discípulos (Juan 20:19–25). ¿Crees que la fe de cualquiera de los otros discípulos hubiese sido más fuerte si ellos hubiesen estado ausentes en aquel día crucial?
Lo que a Tomás no le falta es coraje. Cuando Jesús se dispone a ir de Galilea a Judá para levantar a Lázaro de la muerte, y los discípulos, conscientes del clima político, reconocen lo peligroso que será semejante regreso, es Tomás quien tranquilamente alienta a sus compañeros: “Vayamos también nosotros, para morir con él” (11:16). A veces, es Tomás quien articula la pregunta que los otros discípulos están deseando plantear. Así que, cuando Jesús insiste en que tiene que irse, y que a estas alturas ya conocen el camino, Tomás no sólo habla por sí mismo cuando protesta, “Señor, no sabemos a dónde vas, así que ¿cómo podemos conocer el camino?” (14:5).
Pero aquí, en Juan 20, aunque es cierto que Tomás se halla ausente la primera vez que Jesús aparece, en la segunda aparición del Jesús resucitado, Tomás se encuentra en el centro de un diálogo que resulta de una importancia estelar. Cuando Jesús llega, a través de unas puertas cerradas, se vuelve hacia Tomás y le muestra las cicatrices de sus heridas: “Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe” (20:27). Tomás no pide ninguna evidencia adicional. Espontáneamente, pronuncia una de las grandes confesiones cristológicas de todo el Nuevo Testamento: “¡Señor mío, y Dios mío!” (20:28).
Jesús responde con unas palabras que hoy en día siguen iluminando la verdadera naturaleza del testimonio cristiano: “Porque me has visto, has creído —le dijo Jesús—; dichosos los que no han visto y sin embargo creen” (20:29). Aquí, Jesús arroja su propia sombra hacia el futuro, a través de los paisajes de la historia posterior, aludiendo a los incontables millones de personas que pondrán su confianza en él sin haberle visto nunca en la carne, sin haber podido contemplar las cicatrices que lleva en sus manos, sus pies y su costado. La fe de ellos no es en absoluto inferior a la de los primeros discípulos. De hecho, conforme a la providencia peculiar de Dios, el relato de la experiencia de Tomás será precisamente una de las cosas que el Espíritu de Dios usará para llevarles a la fe. Jesús provee generosamente la evidencia visible y tangible que uno necesita, de modo que este relato escrito de la fe y la confesión de Tomás incite a la conversión a los que sólo tengan acceso al texto. Tanto Tomás como sus sucesores creen en Jesús y tienen vida en su nombre (20:30–31).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 89). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La construcción del tabernáculo

La construcción del tabernáculo

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29 MARZO

Éxodo 40 | Juan 19 | Proverbios 16 | Filipenses 3

Las últimas líneas de Éxodo 40 unifican varios temas ya presentados, y anticipan algunos otros. Aquí la construcción del tabernáculo queda completada, junto con las vestimentas y accesorios para el servicio sacerdotal. “En ese instante la nube cubrió la Tienda de reunión, y la gloria del SEÑOR llenó el santuario” (40:34).
Debe tratarse de la columna de nube (durante el día) y la columna de fuego (por la noche) que les habían acompañado desde el comienzo. Ambas señalaban la presencia de Dios y serían una guía para el pueblo en cuanto a cuándo y hacia dónde tenían que desplazarse. Ahora, esta nube descansa sobre el tabernáculo, o tienda de encuentro, recién construido, instalándose en su interior, llenándolo. De hecho, en este “llenar” inaugural, la presencia de Dios es tan intensa, que ni siquiera Moisés, y mucho menos cualquier otro, puede entrar (40:35). Además, de aquí en adelante la nube de gloria descansaba sobre el tabernáculo cuando el pueblo debía quedar donde estaban, y se levantaba y conducía al pueblo cuando tenían que desplazarse (40:36–38). Seis observaciones:
(1) La columna de nube y la de fuego que descansan sobre el tabernáculo vinculan esta estructura con el símbolo visible de la presencia continua, de la guía y del poder de Dios.
(2) En un momento dado, después de la desgraciada rebeldía que desembocó en la construcción del becerro de oro, Dios se había negado a hacerse presente en medio de la comunidad del pacto. Moisés intercedió (Éxodo 32–34). Aquí está el fruto de sus oraciones. El tabernáculo está construido, la presencia de Dios planea por encima de él en la forma simbólica con la cual el pueblo estaba ya familiarizado, y todo ello en el mismo centro de las doce tribus.
(3) Este énfasis en el tabernáculo al final de Éxodo prepara el camino para los primeros capítulos de Levítico en cuanto a las especificaciones para los sacrificios y las ofrendas que se tenían que realizar en el servicio del tabernáculo.
(4) El tabernáculo anticipa el templo. De hecho, es una especie de templo portátil. En los días de Salomón, cuando queda completada la estructura permanente, la gloria de Dios también desciende, de modo que se establece un vínculo tanto con el tabernáculo como con la columna de nube y de fuego de los años de la travesía por el desierto.
(5) Se anticipa el futuro: no hay nada que simbolice con más viveza la destrucción de Jerusalén, que la visión de la partida de la gloria de Dios (Ezequiel 10–11).
(6) No hay nada que más poderosamente dé fe del papel mediador de Jesucristo, que la insistencia en que él es el verdadero templo (Juan 2:19–22); y no hay nada que con más intensidad refleje la pura gloria del cielo que la afirmación de que allí no hay templo, puesto que “el Señor Dios Todo poderoso y el Cordero son su templo” (Apocalipsis 21:22).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 88). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Rey de los judíos”

“Rey de los judíos

28 MARZO

Éxodo 39 | Juan 18 | Proverbios 15 | Filipenses 2

Cuando Pilato le pregunta a Jesús si es o no el “rey de los judíos” (Juan 18:33), lo que más le interesa saber es si Jesús representa alguna amenaza política. ¿Acaso es uno de los mesías nacionalistas y autoproclamados que pretenden restarle poder a la superpotencia romana? En tal caso, le correspondería la pena capital.

La respuesta que Jesús le da a Pilato, no la había escuchado jamás: “Mi reino no es de este mundo —contestó Jesús—. Si lo fuera, mis propios siervos pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36).

Es una respuesta que merece ser considerada en profundidad. Analizaremos ahora cuatro aspectos de ella:

(1) La palabra “reino” no puede tener aquí el significado estático, como en el caso del “reino de Jordania” o el “reino de Arabia Saudí”. Quiere decir algo más dinámico, próximo al concepto de “dominio real”, o “gobierno real”, puesto que Jesús se refiere a la procedencia u origen de su reino, es decir: la fuente de su autoridad para gobernar. Esto no significa que su dominio real carezca de territorio que vaya unido a él; sí que lo hay, como veremos más adelante, pero no es el énfasis en este caso.

(2) Jesús afirma que su reino “no es de este mundo”; procede “de otro lugar”. En otras palabras, todos los reinos y los centros de fuerza política construidos por los seres humanos encuentran su autoridad en realidades de este mundo. No así Jesús. Su reino, su autoridad para gobernar, procede de “otra parte” – y los lectores de este evangelio saben que, con esto, quiere decir el cielo, de Dios mismo.

(3) Por esto, sus siervos no lucharán. Su reino no avanza ni se convierte en imperio como los imperios de este mundo logran sus avances: a saber, inevitablemente con grandes movilizaciones militares. El reino de Dios no avanza gracias a los ejércitos humanos y los santos guerreros. Hemos de lamentar que los promotores de las cruzadas no hubiesen reflexionado un poco más en este texto. Por lo visto, Pilato comprendió y aceptó al menos parte de la respuesta de Jesús y, por lo tanto, no vio en él ninguna amenaza política (18:38).

(4) Sin embargo, esto no quiere decir que Jesús no reivindique nada en absoluto en lo que se refiere a los reinos de este mundo. Insiste en que es el Rey Jesús, aunque la fuente de su autoridad no se encuentre en este mundo y sus siervos no lo defiendan con las armas. No obstante esto, vendrá un día cuando todos le reconocerán como único Señor de señores y Rey de reyes (Apocalipsis 17:14; 19:16), y todos los reinos de esto mundo están destinados a pertenecerle (Apocalipsis 11:15).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 87). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Jesús ora

Jesús ora

27 MARZO

Éxodo 38 | Juan 17 | Proverbios 14 | Filipenses 1

Juan 17 se cita muy a menudo en círculos ecuménicos. Jesús ora a favor de “los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti… y así el mundo reconozca que tú me enviaste” (17:20–23). Lo que esto implica es que, al apoyar el movimiento ecuménico de todo corazón, uno contribuye a que la oración de Jesús se cumpla.

En efecto se trata de una oración muy importante. Pero hay que destacar el resto del contenido de su oración en este capítulo:

(1) Jesús ora para que Dios proteja a los primeros discípulos del “maligno”, especialmente ahora que él mismo desaparecerá de la escena (17:11, 15). Tal vez piensa especialmente en los terribles golpes que se asestará a su fe cuando vean crucificado y enterrado a su Maestro.

(2) Jesús ora también para que sus discípulos sean santificados en la verdad – comprendiendo muy bien que la Palabra de Dios es la verdad y que el propósito principal de esta es su propia santificación (es decir: “se santifica” a sí mismo – al someterse a los propósitos santos de Dios, obedeciendo al Padre y yendo a la cruz, así es como él será santificado (17:17–18).

(3) Jesús ora para que, tanto los primeros discípulos como los que acabarán creyendo a través de su mensaje, estén “en nosotros” (es decir, ‘en’ el Padre y el Hijo), “para que el mundo crea que tú me has enviado” (17:21).

(4) Jesús declara que desea que todos aquellos que el Padre le ha dado, estén allí donde él esté, y que vean su gloria, la misma gloria que el Padre le dio porque el Padre le amaba “desde antes de la creación del mundo” (17:24)

Además, por supuesto, Jesús ora también para que los discípulos sean uno. Sería deseable que todos aquellos que enfatizan esta petición lo hicieran también con el resto de sus peticiones con el mismo celo – o, asimismo, que los que enfatizan la segunda petición, también lo hagan con la que busca la unidad.

La pregunta que hay que plantear, sin embargo, es si las oraciones de Jesús siempre son contestadas. ¿No dice Jesús, en otro sitio, que el Padre siempre le “escucha” (11:42). Por supuesto que Dios protegía a todos y cada uno de los primeros discípulos, con la excepción, claro está, de Judas, a quien incluso en esta oración reconoce ser “aquel que nació para perderse” (17:12). Las restantes peticiones también están siendo contestadas, y al final encontrarán su cumplimiento final en la consumación. Así es el caso de la oración de Jesús por la unidad: los verdaderos cristianos dan fe de una autentica unidad, a pesar de las estructuras jerárquicas y a menudo en oposición a las iniciativas ecuménicas, como respuesta a la oración de Jesús. Esto a menudo, atrae a la gente al evangelio. Debemos desear con pasión y luchar por el cumplimiento de todas las peticiones de Jesús.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 86). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El Espíritu Santo da testimonio de Jesús

El Espíritu Santo da testimonio de Jesús

26 MARZO

Éxodo 37 | Juan 16 | Proverbios 13 | Efesios 6

La venida del Espíritu Santo, el “Consejero” o Paracleto, depende de la “partida” de Jesús; es decir, después de su muerte en la cruz, su resurrección y su exaltación (Juan 16:7; ver 7:37–39). Esto nos plantea varias preguntas importantes acerca de la relación entre el papel del Espíritu Santo bajo el Antiguo Pacto, antes de la cruz, y a este lado de ella. Este tema es digno de un estudio cuidadoso. Aquí, no obstante, cabe llamar la atención al énfasis que Juan pone sobre la obra del Espíritu.

Al final de Juan 15, se nos dice que el Consejero dará testimonio de Jesús y a esta gran tarea, los discípulos de Jesús sumarán también, sus voces (15:26–27). El peso principal de este testimonio recae sobre el Espíritu. En Juan 16:8–11, el Consejero convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Lo hace porque Jesús vuelve al Padre y ya no desempeña él mismo el papel de convencer a la gente.

Si el Espíritu Santo da testimonio de Jesús en Juan 15:26–27 y convence a las personas, continuando así la obra de Jesús en Juan 16:8–11, en Juan 16:12–15 da gloria a Jesús al dar a conocer a Cristo a aquellos que asistieron a la Última Cena (la palabra “os” en el versículo 12 difícilmente se podría interpretar de otra manera, y controla todos los demás usos de la misma palabra en el resto del párrafo; ver también 14:6). Puesto que Jesús no es independiente de su Padre, sino que sólo dice lo que el Padre le manda decir (15:16–26), del mismo modo el Espíritu no es independiente del Padre y del Hijo: “no hablará por su propia cuenta sino que dirá sólo lo que oiga” (16:13). Su centro de atención es Jesús: “Él me glorificará porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer a vosotros” (16:14). Y por supuesto, aquí también todo lo que pertenece al Hijo procede del Padre: “Todo cuanto tiene el Padre es mío. Por eso os dije que el Espíritu tomará de lo mío y os lo dará a conocer a vosotros” (16:15).

La razón por la cual Jesús no lo ha dicho todo acerca de sí mismo y su misión hacia los discípulos, es que no están listos para escucharlo. Aún hacia el final de su discipulado no acaban de integrar en sus propias mentes el concepto de un Rey-Mesías con el de un Mesías que sufre. Hasta que esta realidad no quede bien asimilada, su manera de leer sus Escrituras – lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento – será tan distorsionada por sus aspiraciones políticas y reales que no acertarán.

¡Cuánto de la obra del Espíritu se centra en Jesucristo – dando testimonio de él, continuando ciertos aspectos de su ministerio, ayudándonos a profundizar más y más en lo que él significa!

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 85). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Manteneos en el amor de Dios”

“Manteneos en el amor de Dios”

25 MARZO

Éxodo 36 | Juan 15 | Proverbios 12 | Efesios 5

La Biblia habla del amor de Dios de diferentes maneras.

En algunos pasajes, el amor de Dios está dirigido hacia los escogidos. Les ama a ellos y no a los que no lo son. (p. ej., Deuteronomio 4:37; 7:7–8; Mal 1:2). Pero si deducimos de esto que el amor de Dios esté únicamente dirigido a los escogidos, acabamos distorsionando otras realidades: la provisión benevolente de la “gracia común” (¿no es Dios quien envía la lluvia sobre los justos y los injustos? [Mateo 5:45]), su paciencia (Romanos 2:4), sus ruegos a los rebeldes para que se arrepientan y así se libren de la muerte eterna, puesto que “no me alegro con la muerte del malvado” (Ezequiel 33:11). Por otra parte, si esto fuese todo lo que la Biblia dice sobre el amor de Dios, se vería reducido a una especie de amante impotente y frustrado que ha hecho todo lo que podía, pobrecito. Tal escenario no sirve para explicar la iniciativa amorosa ni el poder eficaz que hay detrás de ella y que se exponen en los primeros pasajes aquí citados, y en otros semejantes.

Pero la Biblia habla del amor de Dios de otras maneras. Una de ellas constituye el meollo de Juan 15:9–11. Aquí, el amor del Padre hacia nosotros se muestra dependiente de nuestra obediencia. Jesús pide a sus discípulos que le obedezcan de la misma manera como él obedece al Padre, para que permanezcan en su amor. “Si obedecéis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (15:10).

El contexto nos demuestra que esto no nos está explicando cómo alguien se convierte en seguidor de Jesús. Más bien, suponiendo que los que le escuchan ya son sus seguidores, Jesús insiste en que hay un amor relacional que debe ser cuidado y nutrido. De la misma forma, el amor del Padre por el Hijo no nos dice nada acerca de cómo nació este amor, sino que simplemente refleja la naturaleza de esa relación. En otros pasajes, el amor del Padre hacia el Hijo se expresa en el hecho de que el Padre le “muestra” al Hijo todas las cosas, de manera que el Hijo hace lo mismo que hace el Padre y recibe la misma honra que el Padre (Juan 5:19–23); el amor del Hijo hacia el Padre se manifiesta por la obediencia (14:31). Así como mis hijos permanecen en mi amor al obedecerme en lugar de desafiarme, los seguidores de Jesús permanecen en su amor. Por supuesto, hay un sentido en el cual yo siempre amaré a mis hijos, hagan lo que hagan. Sin embargo, este amor tiene una dimensión relacional que depende de su obediencia.

De este modo, Jesús es mediador del amor del Padre hacia nosotros (15:9), y el resultado de nuestra obediencia hacia él es el gozo profundo (15:11). “Manteneos en el amor de Dios” (Judas 1:21).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 84). Barcelona: Publicaciones Andamio.