Él es la “luz verdadera”

Él es la “luz verdadera

14 MARZO

Éxodo 25 | Juan 4 | Proverbios 1 | 2 Corintios 13

Éxodo 25 y Juan 4 están estrechamente vinculados canónicamente.

El primero comienza las instrucciones para la construcción del tabernáculo y sus accesorios (Ex. 25–30). El tabernáculo es el precursor del templo, el cual fue construido en tiempos de Salomón. Repetidamente en estos capítulos Dios dice: “Procura que todo esto sea una réplica exacta de lo que se te mostró en el monte” (25:40) o “Erige el santuario ciñéndote al modelo que se te mostró en el monte” (26:30), y otros pasajes semejantes. La Epístola a los Hebreos recoge esta misma idea. Los diseños del tabernáculo y del templo no son arbitrarios; reflejan realidades celestiales. “Asegúrate de hacerlo todo según el modelo que se te ha mostrado en la montaña” (Hebreos 8:5).

En Juan 4, encontramos a Jesús conversando con una mujer samaritana. Los samaritanos creían que el lugar apropiado para el culto a Dios no era Jerusalén, donde estaba el templo, sino el Monte Gerezim y Ebal, puesto que estos dos sitios eran los últimos estipulados para dicho culto al entrar el pueblo en la Tierra Prometida (Deut 11:29; Josué 8:33). No aceptaban como Escritura aquellos textos que trataban de la monarquía. La mujer quiere saber qué piensa Jesús: ¿Cuál es el lugar donde se le debería rendir culto a Dios: estas montañas, cerca de donde están, o Jerusalén? (Juan 4:20).

Jesús insiste en que amanece el tiempo cuando a Dios se le rendirá culto ni en un sitio ni en otro (4:21). Esto no quiere decir que Jesús dé igual validez a las reivindicaciones de los samaritanos que a las de los judíos. Más bien, todo lo contrario. Se pone de lado de los judíos en este debate concreto, puesto que son ellos los que siguen toda la gran extensión de las Escrituras de la antigua alianza, que incluyen la transición desde el tabernáculo hasta el templo en Jerusalén (4:22). “Pero se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren” (4:23).

Esto significa que (1), con la llegada de Cristo Jesús y el amanecer de la nueva alianza, el culto apropiado ya no estará ligado a ningún lugar geográfico concreto. Implícitamente, señala la obsolescencia del templo. El culto será tan extendido, geográficamente, como lo es el mismo Espíritu, como Dios mismo, el cual es espíritu (4:23). (2) El culto no será solamente en “espíritu”, sino también en “verdad”. En este contexto, no quiere decir que el culto deba ser sincero (“verdad” en este sentido); más bien, debe ser conforme a aquello que es últimamente la verdad, la misma manifestación de la verdad, Jesucristo mismo. Él es la “luz verdadera” (1:9), el verdadero templo (2:19–22), el verdadero pan del cielo (6:25 ss.), y mucho más. Los verdaderos adoradores le adoran en espíritu y en verdad.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 73). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Haremos todo lo que el SEÑOR ha dicho, y le obedeceremos”

“Haremos todo lo que el SEÑOR ha dicho, y le obedeceremos”

13 MARZO

Éxodo 24 | Juan 3 | Job 42 | 2 Corintios 12

Resulta un tanto difícil ordenar algunas de las secuencias de sucesos en estos capítulos de Éxodo. Sin lugar a duda, Dios, en su misericordia, proporciona la suficiente revelación de su pacto para que el pueblo pueda estar de acuerdo con sus términos (Éxodo 24). Otras estipulaciones adicionales, como las correspondientes al tabernáculo y las disposiciones sacerdotales en especial, se describen en los siguientes capítulos. El largo viaje de Moisés a la montaña comienza más o menos en este tiempo y precipita la caprichosa rebelión que da lugar a la fabricación de un ídolo: el becerro de oro (Ex. 32). Esto hace que Moisés descienda del monte y haga pedazos las tablas de los Diez Mandamientos. A su debido tiempo, reflexionaremos sobre estos acontecimientos.

Aquí debemos analizar profundamente algunos elementos de la ratificación de este pacto.

(1) Los israelitas ya habrían estado acostumbrados a los pactos de señorío feudal tan habituales en el mundo antiguo. Los poderes regionales y las superpotencias solían imponer este tipo de tratado sobre las naciones menores. Ambas partes acordaban una serie de obligaciones. La potencia menor aceptaba vivir rigiéndose por las normas establecidas por el poder superior, pagar ciertos impuestos y mantener una adecuada lealtad; la parte más poderosa prometía protección, defensa y lealtad. Por lo general, estos pactos tenían una introducción que detallaba la historia pasada y un apéndice que recogía las amenazas, maldiciones y juicios que recaerían sobre la parte que quebrantara el acuerdo.

(2) Algunas partes de Éxodo y Deuteronomio, en particular, reflejan estos acuerdos. Este capítulo contiene elementos únicos. Sin embargo, lo que queda claro es que el pueblo mismo estuvo de acuerdo con las estipulaciones del pacto que Moisés escribe con sumo cuidado: “Haremos todo lo que el SEÑOR ha dicho, y le obedeceremos” (24:7). Por tanto, la posterior rebelión no solo manifiesta un inconstante espíritu independiente, sino que quebranta un juramento y destroza el pacto. Se están burlando del tratado del gran Rey.

(3) Con el fin de fortalecer la lealtad de la comunidad del pacto, Dios, en su misericordia, no sólo se revela a Moisés, sino también a Aarón, a sus hijos y a setenta ancianos. Cuando algunos escritores del Antiguo Testamento afirman que ciertas personas “vieron al Dios de Israel” (24:10–11) o “una especie de”, es inevitable que surjan las salvedades, porque, como dice en otro lugar de este mismo libro, nadie podía ver el rostro de Dios y seguir vivo (33:20). Por tanto, cuando se nos indica que los ancianos vieron a Dios, la única descripción es “una especie de” pavimento “bajo sus pies” (24:10). Dios permanece a distancia, pero, con todo, es una exhibición gloriosa que hace en su misericordia para reforzar la lealtad, aunque a Moisés se le reserva un papel especial como mediador, que es el único en subir hasta la cima de la montaña.

(4) El pacto se sella con un derramamiento de sangre (24:4–6).

(5) A lo largo de los cuarenta días que Moisés permanece en la montaña, la gloria del Señor se exhibe de una forma visible (24:15–18). Es un anticipo de lo que se desarrollará en capítulos posteriores.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 72). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Destruid este templo —respondió Jesús—, y lo levantaré de nuevo en tres días”

Destruid este templo —respondió Jesús—, y lo levantaré de nuevo en tres días

12 MARZO

Éxodo 23 | Juan 2 | Job 41 | 2 Corintios 11

Cuando los líderes judíos cuestionan el derecho de Jesús de limpiar el templo como hizo, y le exigen que explique con qué autoridad lo ha hecho, contesta: “Destruid este templo —respondió Jesús—, y lo levantaré de nuevo en tres días” (Juan 2:19).

Este dialogo sólo se encuentra en Juan. Según los sinópticos, estas palabras se recogen, algo vagamente, en las acusaciones de aquellos que querían deshacerse de él basándose en el cargo capital de profanación del templo. Que sus recuerdos de dicho suceso fuesen más bien borrosos concuerda bien con el hecho de que Jesús pronunciase estas palabras al comienzo de su ministerio, quizá algo más de dos años antes de su arresto y juicio.

Pero, ¿qué quería decir Jesús con estas palabras? Sus adversarios creían que se refería al templo literal, y tildaron su afirmación de ridícula (2:20). Según dice Juan, ni siquiera los discípulos entendían qué quería decir. Por supuesto, cuando Juan compuso el evangelio lo sabía, y hace constar su conclusión: “cuando se levantó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús” (2:22).

(1) Muchas veces, a Juan se le acusa de anacronismo, de introducir en los tiempos de Jesús prácticas y creencias que sólo se desarrollaron más tarde. Pero esto es poco probable. Ningún evangelista es más persistente que Juan a la hora de distinguir cuidadosamente (lo hace dieciséis veces) entre lo poco que los discípulos comprendían en aquel tiempo (durante la vida y ministerio de Jesús) y lo que llegaron a comprender más tarde.

(2) El punto de inflexión en su entendimiento de las palabras de Jesús fue una combinación de su resurrección de la muerte y una comprensión más profunda y una aceptación más plena de las Escrituras (2:22). Al morir Jesús y resucitar de la muerte, se vieron obligados a pensar en Jesús el Mesías no sólo de acuerdo con las categorías de una llegada real y triunfal. Tanto los acontecimientos como el tutelaje que habían recibido de Jesús les habían enseñado que el Mesías no era tan sólo el Rey davídico, sino también el Siervo sufriente. El mandato de la antigua alianza con respecto al sistema sacerdotal, el día de la expiación, el Cordero Pascual, un templo peculiar construido de acuerdo con las especificaciones de diseño establecidas por Dios mismo, les obligaron a reconocer que su anterior lectura de las Escrituras (las que hoy llamamos el Antiguo Testamento) había sido reduccionista. Ahora podían ver que el templo del Antiguo Testamento, el lugar de encuentro entre Dios y el pueblo de la alianza, apuntaba hacia aquel lugar de encuentro definitivo, el último Mediador. Jesús desempeñaría este papel en virtud de su muerte y resurrección – el “templo” sería destruido y reconstruido.

(3) Jesús mismo es la fuente de esta “hermenéutica”, de esta manera de leer las Escrituras del Antiguo Testamento.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 71). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Leyes de restitución»

«Leyes de restitución»

11 MARZO

Éxodo 22 | Juan 1 | Job 40 | 2 Corintios 10

Haríamos bien en reflexionar sobre algunas de las leyes específicas que encontramos en el Pentateuco, comenzando con las leyes de restitución que encontramos en Éxodo 22:1–15.

Los ladrones no sólo debían devolver lo que robaban, sino también algo más (22:1–4). Este “algo más” no es sólo un castigo para el ladrón, sino que sirve para compensar a la víctima por la sensación de haber sido ultrajado, o por la molestia de haberse quedado sin aquello que le fue robado. Zaqueo comprendía muy bien este principio, y la autenticidad de su arrepentimiento quedó demostrada por su decisión de restituir a sus víctimas cuatro veces lo que les hubiese robado, y dar a los pobres con generosidad (Lucas 19:1–10).

En el caso de que un ladrón sea incapaz de restituir lo robado, la ley exigía que se vendiese a sí mismo como esclavo para pagar su deuda (22:3). La esclavitud en las culturas antiguas tenía raíces económicas. No existían las leyes actuales de insolvencia, por lo cual alguien podía venderse a sí mismo como esclavo a fin de afrontar deudas insatisfechas. Sin embargo, en Israel la esclavitud era limitada: debía finalizarse al cabo del ciclo de siete años (21:2–4).

Los versículos posteriores exponen la restitución que se debía realizar para una variedad de delitos, con ciertas excepciones que se incluían a fin de que la ley fuese suficientemente flexible para encajar las situaciones más difíciles o delicadas (p. ej., 22:14–15). En algunos casos, las reivindicaciones que se contradicen deben presentarse ante un juez, a quien se le encarga la tarea de discernir cuál de los adversarios dice la verdad. Por ejemplo, si alguien da a su prójimo su dinero o sus bienes para que los guarde, y luego el prójimo afirma que le fueron robados por un ladrón, le corresponde al juez determinar si el prójimo está diciendo la verdad, o si es él el ladrón. Si se detiene al ladrón, este debe pagar el doble. Pero si el juez determina que el prójimo está mintiendo, es el prójimo quien tiene que pagar el doble (22:7–9).

Cuando el delito es el robo, la restitución es el principio que salvaguarda el concepto de la justicia. Al ser enviados los ladrones a la cárcel, tarde o temprano los expertos se pondrán a discutir si el propósito de la cárcel es correctivo, terapéutico, pedagógico, custodial (la protección de la sociedad) o vengativo. Una sentencia que corresponda al delito preserva la primacía de la justicia. Lo mismo se podría decir, por supuesto, del principio, a menudo ridiculizado, del estatuto de la lex talionis: “ojo por ojo” (21:23–25), el cual no era en absoluto una excusa para una vendetta personal, sino una medida que permitiese a los tribunales aplicar sentencias que correspondiesen lo más exactamente posible al delito. Este concepto de una justicia que reclama ser satisfecha impregna las partes del Antiguo Testamento que tratan el tema del pecado y la transgresión, y al mismo tiempo preparan el camino para una compresión plena de la cruz como el sacrificio que satisface las demandas de la justicia (ver Romanos 3:25–26).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 70). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«La muerte ha sido absorbida en la victoria.»

«La muerte ha sido absorbida en la victoria.»

10 MARZO

Éxodo 21 | Lucas 24 | Job 39 | 2 Corintios 9

Los dos primeros versos del siguiente poema son una meditación de una parte de Lucas 24:1–8, 13–25.

Los dos últimos se basan en otros relatos de la resurrección (Jn. 20:24–29; He. 2:14–15; 1 Co. 15:50–58).

En inglés se puede cantar con música típica de Londonderry (“Danny Boy”).

Vinieron solas: eran algunas mujeres que le recordaron,

se inclinaron con especias para ungir su cuerpo.

Por oscuras callejuelas, lloraron a su manera y honraron

a aquel cuya muerte había destrozado sus esperanzas.

“¿Por qué buscáis vida entre los sepulcros?

No está aquí. Ha resucitado tal como indicó.

Recordad lo que os dijo estando en Galilea:

El Hijo del Hombre morirá, y resucitará de entre los muertos”.

Dos regresaban a su casa, inmersos en la derrota y la pérdida,

explicando a un desconocido el por qué de su tristeza.

Cómo Jesús pareció ser el Rey ante su cruz,

cómo quedaron sepultadas las esperanzas en su tumba.

“¡Cuánto han tardado en ver que el glorioso peregrinar de Cristo

había de pasar por la cruz”; y entonces partió el pan.

Sus ojos fueron abiertos y entendieron la verdad de las Escrituras:

aquel hombre que les enseñaba había resucitado de entre los muertos.

Era escéptico: no era para él esa fe fácil

que cambia la verdad por un suspiro sentimental.

Si no veía las marcas de los clavos en sus manos

y tocaba su costado, no creería aquella mentira.

Entonces, llegó Jesús, a pesar de las puertas bien cerradas con llave.

“Arrepiéntete por dudar y ven, toca mi costado;

busca las heridas que los clavos dejaron en mis quebrantadas manos.

Y entiende que yo, que ahora te hablo, un día estuve muerto”.

Han pasado muchos años y seguimos temiendo a la muerte,

que nos roba a nuestros seres amados, nos deja deshechos

y sigue confrontándonos, señalando con su aliento helado

el terror final cuando acaba la carrera de la vida.

Mas una cosa sé: el Salvador cruzó primero este sendero,

con su cuerpo vestido de inmortalidad.

Se ha extraído el aguijón: del pecado, el poder se ha destruido.

Cantamos: la muerte ha sido absorbida en la victoria.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, pp. 69–70). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Los diez mandamientos»

«Los diez mandamientos»

9 MARZO

Éxodo 20 | Lucas 23 | Job 38 | 2 Corintios 8

Los diez mandamientos (Éxodo 20) antes eran memorizados por cada niño en todas las escuelas del mundo occidental. Esto servía para inculcar profundamente los principios del bien y del mal, los cuales contribuyeron a formar los cimientos de la civilización occidental. No se veían como diez recomendaciones, caprichos opcionales para gente educada. Incluso mucha gente que no creía que los diez mandamientos procediesen de Dios mismo (“Dios habló, y dio a conocer todos estos mandamientos” 20:1), los consideraba sin embargo como el más noble resumen que se pudiese imaginar de la clase de principios morales, privados y públicos, que hacen falta para la estructuración de una sociedad.

La importancia de los diez mandamientos se va socavando muy rápidamente en Occidente. Incluso muchos miembros de nuestras iglesias no pueden citar más de tres o cuatro de ellos. Pero es inconcebible que un creyente pensante no los memorice.

No obstante, es el contexto donde se entregaron lo que me ha inducido a hacer esta meditación. Los diez mandamientos fueron dados por Dios mediante Moisés a los israelitas en el tercer mes después de su liberación de la esclavitud en Egipto. Cuatro observaciones:

(1) Los diez mandamientos representan el momento culminante del pacto mediado por Moisés (19:5), entregado por Dios en Sinaí (Horeb). El resto del pacto tiene poco sentido sin ellos; los mismos diez mandamientos están cimentados por las demás estipulaciones de la alianza. Aunque hechos para durar, no se presentan como una serie de principios abstractos, sino que están formulados teniendo en cuenta los términos concretos de aquella cultura: por ejemplo, cuando se prohíbe codiciar el buey o el asno del prójimo.

(2) Los diez mandamientos comienzan recordando a la comunidad que Dios les redimió de la esclavitud: “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo” (20:2). Son su pueblo, no sólo a causa de la creación, no sólo debido de la alianza con Abraham, sino porque Dios les rescató de Egipto.

(3) Dios entregó los diez mandamientos en una exhibición aterradora de su poder. En una época anterior al holocausto nuclear, la experiencia más aterradora del poder eran las fuerzas de la naturaleza desencadenadas.

Aquí, la violencia de la tempestad, el sacudir de la tierra, los relámpagos, el ruido, el humo (19:16–19; 20:18) no sólo dio solemnidad al suceso, sino que sirvió para enseñar al pueblo el significado del temor reverente (20:19–20). El temor del Señor no sólo es el principio de la sabiduría (Prov 1:7), sino que impide que la gente peque contra Dios (Éxodo 20:20). Dios quiere que sepan que él los rescató, y también que sepan que no es un dios domesticado, que existe para ir dispensando alegremente un sinfín de bendiciones tribales. No es sólo un Dios bueno, sino también un Dios aterrador, magnífico.

(4) Al ser Dios tan aterrador, fue el mismo pueblo quien insistió que Moisés sea mediador entre Dios y ellos (20:18–19). Y esto prepara el camino para otro Mediador definitivo. (Deut 18:15–18).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 68). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Las palabras de institución”

“Las palabras de institución”

8 MARZO

Éxodo 19 | Lucas 22 | Job 37 | 2 Corintios 7

Las descripciones que encontramos en el Nuevo Testamento de “las palabras de institución” – es decir, las palabras mediante las cuales se instituye la Cena del Señor como mandato del Señor varían bastante, pero los aspectos que tienen en común nos llaman la atención. Lucas 22:7–20 nos permite reflexionar sobre ciertos elementos de una de estas descripciones.

Según todos los tres evangelios sinópticos, Jesús dijo a sus discípulos que preparasen una cena para la Pascua; Lucas enfatiza este hecho (22:1, 7–8, 11, 15). Jesús quiere que sus propias palabras y acciones se comprendan a la luz de aquella fiesta original de la Pascua. Era una celebración no sólo de la liberación de los esclavos israelitas, sino de la manera como esta liberación se logró: de acuerdo con el plan de Dios, el ángel de la muerte “pasó de largo” cuando veía la sangre del sacrificio pintada en las puertas, mientras todas las demás casas egipcias perdieron a sus primogénitos. Además, este éxodo milagroso preparó la escena para la inauguración de la alianza en Sinaí. Por lo tanto, cuando Jesús toma el pan en esta última comida de la Pascua y dice: “Este pan es mi cuerpo, entregado por vosotros” (22:19), y cuando toma la copa y dice: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por vosotros” (22:20), uno percibe algo más que un simple eco del rito de la antigua alianza. A este lado de la cruz, no podemos por menos que llegar a la conclusión de que Jesús ve su propia muerte, el derramamiento de su propia sangre, como el sacrificio provisto por Dios para satisfacer la ira de Dios contra el pecado; a sí mismo, como el Cordero de la Pascua, el Cordero de Dios por excelencia, y su muerte, como el medio que establece una alianza con el pueblo de Dios al liberarle de una esclavitud aún más oscura y más profunda.

Alguien ha dicho que las cuatro palabras más discutidas en la historia de la Iglesia cristiana son “Esto es mi cuerpo”. Sin entrar en la lista de todo lo que se pudiese decir con respecto a esta cláusula, al menos podemos estar de acuerdo en que una de las funciones del rito, puesto que es lo que Cristo mismo dice explícitamente mientras lo instituye, es conmemorativa: “Haced esto en memoria de mí” (22:19). Resulta chocante que esto sea necesario, igual que también lo es que el rito conmemorativo de la Pascua fuese necesario. No obstante, la historia nos demuestra con qué rapidez el pueblo de Dios pierde de vista lo importante y se desliza hacia asuntos periféricos, acabando por ignorar o incluso negar su centro. Mediante este rito sencillo, Jesús advierte a sus discípulos que tienen que regresar a su muerte, a su sangre derramada, a su cuerpo roto, una y otra vez.

También es un rito que mira hacia el futuro, hacia el reino consumado, cuando la Pascua y la Cena del Señor se culminarán (22:16, 18). Comemos y bebemos según él lo ha mandado, “hasta que él venga” (1 Corintios 11:26), cuando la conmemoración y la proclamación serán absorbidas en el gozo de su presencia real.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 67). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿No existen analogías contemporáneas?

¿No existen analogías contemporáneas?

7 MARZO

Éxodo 18 | Lucas 21 | Job 36 | 2 Corintios 6

Es difícil imaginarnos el contenido de las conversaciones que Moisés habría disfrutado con Jetro, su suegro, durante las décadas que pasaron juntos en Madian. Pero no cabe duda de que uno de los temas fuera Yahvé. Llamado a un ministerio extraordinario, Moisés confió temporalmente a su suegro el cuidado de su esposa e hijos (Éxodo 18:2). Tal vez esta decisión la precipitara el acontecimiento extraordinario que se relata en Éxodo 4:24–26, en el cual, a la luz de la nueva misión encargada a Moisés, su propios hijos tienen que someterse a la circuncisión in extremis para que la casa de Moisés estuviese en conformidad con los términos del pacto con Abraham, y evitase así caer bajo el juicio de Dios.

Pero ahora, Moisés recibe la noticia que Jetro viene a verle, trayéndole a su esposa Séfora y a sus hijos Gersón y Eliezer. Luego, sigue la conversación en torno a los mismos temas que antes. Esta vez, Moisés ofrece a su suegro una descripción detallada de todo lo que Yahvé había hecho, rescatando a su pueblo de la esclavitud en Egipto. Sin duda, parte del gozo que Jetro experimenta (18:9) tiene que ver con los lazos que le unen a su yerno. Pero, si se toma su último comentario evaluativo al pie de la letra, Jetro también ha llegado a una convicción muy firme: “Ahora sé que el SEÑOR es más grande que todos los dioses, por lo que hizo a quienes trataron a Israel con arrogancia” (18:11). Y ofreció sacrificios al Dios vivo (18:12).

Todo este detalle sirve de trasfondo para lo que se relata en el resto del capítulo. Al día siguiente, Jetro ve los esfuerzos de Moisés para arbitrar en todas y cada una de las disputas que surgen en esta nación en formación. Con sabiduría y gran perspicacia, anima a Moisés a que emprenda un cambio radical en la manera de administrar la nación – a implantar, de hecho, un sistema jurídico riguroso, por el cual la mayor parte de las decisiones se tomarían al nivel más bajo posible y sólo las más difíciles corresponderían a Moisés mismo, el “tribunal supremo” por así decirlo. Moisés escucha con atención los consejos de su suegro y decide poner en marcha todo este plan (18:24). Las ventajas para el pueblo, para el cual resulta ser un sistema mucho menos frustrante, y para Moisés, quien sufrirá mucho menos estrés, son incalculables. Y al final del capítulo, Jetro regresa a su casa.

En algunos aspectos, este relato nos sorprende. Se montan unas estructuras administrativas muy importantes sin que Dios medie palabra alguna. ¿Por qué se le permite a Jetro, que vive en la periferia del pueblo del pacto, desempeñar un papel tan extraordinario como consejero y confidente de Moisés?

Las preguntas se contestan a sí mismas. Dios puede usar los medios de la gracia común para instruir y enriquecer a su pueblo. La bondad y provisión soberanas de Dios se exhiben tan claramente mediante esta participación de Jetro en la formación de la nación, como mediante la división de las aguas del Mar Rojo. ¿No existen analogías contemporáneas?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 66). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Un paso más hacia la cruz

Un paso más hacia la cruz

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6 MARZO

Éxodo 17 | Lucas 20 | Job 35 | 2 Corintios 5

A estas alturas en el ministerio de Jesús, las tensiones entre él y los poderes fácticos se han agudizado. Algunas de ellas son abiertamente teológicas, mientras que otras son más bien pragmáticas y tienen mucho que ver con la protección de territorio. Cada unidad de Lucas 20 refleja algo de esta tensión creciente.

Vamos a concentrar nuestra atención en la parábola de los terratenientes (20:9–19). El relato se hace más comprensible para la mente occidental cuando tenemos en cuenta que estos arrendatarios no eran simples empleados (en el sentido moderno de la palabra), sino trabajadores vinculados a toda una estructura social. Debían al propietario de la viña no sólo un porcentaje de los productos, sino también una lealtad respetuosa. La manera como trataron a los siervos que envió no era solamente cruel y avariciosa, sino también vergonzosa. Que decidiera enviar a su hijo no sería visto como una estupidez por su parte, sino que sería inconcebible que le matasen. Pero en el relato que Jesús explica, esto es precisamente lo que ocurre: le matan, esperando de alguna forma que el terreno pasase a ser suyo, ahora que el legítimo heredero está muerto.

¿Qué hará el dueño? Jesús mismo da la respuesta a su propia pregunta: “Volverá, acabará con esos labradores y dará el viñedo a otros” (20:16).

Los oyentes comprenden el significado de la parábola. Las líneas interpretativas son claras: Dios era el propietario de la viña, los arrendatarios era Israel, los siervos maltratados y rechazados por los arrendatarios eran los profetas, hasta que Dios acaba enviando a su propio hijo (sin duda, una categoría algo dudosa para ellos), y el resultado es que la tierra junto con la prosperidad provista por el dueño, les es quitada y entregada a otros. No es de extrañar que digan: “¡Dios no lo quiera!”.

Pero esta es justamente la respuesta que Jesús esperaba oír de su parte. Les había preparado el terreno para que respondiesen así. Pero les mira fijamente y les cita las Escrituras para demostrarles que será así el desenlace, y que así es como debe ser. Pues, ¿no dicen las Escrituras: “la piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular” (20:17; Salmo 118:22)? Esta “piedra” acaba por ganar: aquellos que tropiezan con esta piedra serán destruidos, y aquellos sobre quienes cae, serán destruidos. Pero resulta que se trata de una piedra inicialmente rechazada por los edificadores.

Sin duda, los oyentes de Jesús no captaron todas las ramificaciones de esta parábola. Pero los escribas y los fariseos conocían lo suficiente como para saber que ellos mismo no salen muy bien parados en ella: deben figurar entre los que maltratan a los profetas y acaban por matar al propio Hijo de Dios. Políticamente, esto nos lleva un paso más hacia la cruz; en el plano teológico, Jesús enseña a los suyos qué clase de Mesías es, y cómo su muerte es tan inevitable como las profecías de las Escrituras lo predicen.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 65). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Quién es el Dios verdadero?

¿Quién es el Dios verdadero?

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5 MARZO

Éxodo 16 | Lucas 19 | Job 34 | 2 Corintios 4

Los últimos versículos de Éxodo 15 son un anticipo de lo que vendrá. A pesar de las intervenciones milagrosas por parte de Dios que acompañaban su salida, el pueblo no termina de poner su confianza en él; ante la primera aparición de adversidad, comienzan a murmurar y a quejarse. Éxodo 16 nos lleva más adelante en esta narrativa, y nos muestra cómo esta murmuración va unida, a varios niveles, a una actitud de desafío abierto a Dios.

No nos imaginemos que los israelitas no pasaban hambre. Por supuesto que estaban hambrientos. El problema es su respuesta ante el hambre. Podían haberse dirigido a Dios, suplicándole que satisficiera sus necesidades. Aquel que había efectuado su rescate de una manera tan dramática, ¿no proveería también lo que necesitaban? Sin embargo, lo que hacen es invocar con sarcasmo y con romanticismo su experiencia de la esclavitud en Egipto (16:3), y se quejan contra Moisés y Aarón (16:2).

Sin duda, Moisés quedó muy decepcionado a causa de la terrible ingratitud del pueblo. Es lo suficientemente sabio como para reconocer su auténtico foco y el verdadero mal que había detrás de ella. Aunque se quejan contra Moisés y Aarón, el objeto de sus quejas era ni más ni menos que Dios mismo (16:7–8): “¡Vosotros no estáis murmurando contra nosotros sino contra el Señor!

Durante todo este proceso, Dios continúa siendo paciente. De la misma manera como convirtió las aguas amargas de Mara en aguas dulces (15:22–26), así también les envía carne, en forma de perdices, y maná. Esta provisión, a todas luces milagrosa, no sólo satisface su hambre, sino también se efectúa a fin de que vean “la gloria del Señor” (16:7). Y sepan “yo soy el Señor su Dios” (16:12). Además, anuncia el Señor, “Voy a ponerlo a prueba, para ver si cumple o no mis instrucciones” (16:4).

Por desgracia, no pocos miembros de esta comunidad suspenden esta prueba miserablemente. Intentan almacenar el maná a pesar de que se les había dicho explícitamente que no lo hiciesen; luego buscan seguir haciéndolo cuando, en el sábado, no hay nada que recoger. Moisés se enfurece (16:20), y el Señor mismo interviene para desafiar su desobediencia crónica (16:28).

¿Por qué gente que ha presenciado una manifestación tan espectacular de la gracia y del poder de Dios caen con tan tanta facilidad en la queja y la murmuración y con tan poca gracia en una desobediencia indiferente? La respuesta es que muchos de ellos llegan a ver a Dios como el que existe para servirles a ellos. Él les servía en el Éxodo, Y al facilitarles agua pura. Ahora exigían que les cubriese no sólo las necesidades, sino también sus caprichos. Si no era así, estaban más que dispuestos a abandonarle. Mientras Moisés insiste ante el faraón que el pueblo tenía que salir del país al desierto para servir a Dios y rendirle culto, el pueblo parece creer que Dios existe para servirles a ellos.

La pregunta fundamental es: “¿Quién es el Dios verdadero?” Los creyentes del nuevo pacto también tienen que plantearse la misma pregunta (1 Corintios 10:10).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 64). Barcelona: Publicaciones Andamio.