“Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte”

Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte

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22 FEBRERO

Éxodo 5 | Lucas 8 | Job 22 | 1 Corintios 9

Según Lucas 8:19–21, la madre y los hermanos de Jesús habían venido a verle, pero no lo consiguieron debido a la gran multitud. Jesús fue avisado: “Tu madre y tus hermanos están afuera y quieren verte” – aparentemente bajo la impresión de que Jesús mismo abriría paso a través de la muchedumbre para llegar hasta ellos, o que usaría su autoridad para hacer que ellos pudiesen pasar. Al fin y al cabo, no era una cultura tan egoísta como la nuestra, y mucho más orientada hacia la familia tanto nuclear como también hacía la amplia.

Por esto resulta tan asombrosa la respuesta de Jesús: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica” (8:21). Hay que decir cuatro cosas en relación con esto.

En primer lugar, no se trata de ningún texto aislado. Una vez que Jesús comienza su ministerio público, no hay ninguna ocasión, hasta la cruz, en la que muestre la más mínima preferencia hacia los miembros de su propia familia, incluida su madre. En cada ocasión, o se aleja de ellos (como aquí y en 11:27–28), o se lo reprocha (Juan 2:1–11). No hay excepción alguna. Los que argumentan que María tenía alguna clase de acceso especial a los sentimientos de Jesús y a las bendiciones que sólo él podía pronunciar, no pueden usar este texto, de forma responsable, para avalar su punto de vista.

En segundo lugar, los motivos del comportamiento de Jesús no son difíciles de apreciar. Aparte de este pasaje, los evangelios continuamente hacen referencia a la singularidad de Jesús. En el contexto de Lucas, la conexión familiar queda ensombrecida por la concepción virginal de Jesús, lo cual está estrechamente ligado con su misión y con su identidad. A juzgar por el libro de Hechos, incluso la familia natural de Jesús tuvo que asumir, después de la resurrección, quién era este hijo y hermano suyo, y se hicieron miembros de la comunidad cristiana que le rendía culto.

En tercer lugar, esto no da a entender, ni mucho menos, que Jesús fuese insensible a los sentimientos de su familia. En uno de los momentos más emotivos del evangelio de Juan, encontramos a Jesús en la cruz, y, casi exánime ya, hace provisión para las necesidades materiales y emocionales de su madre desconsolada (Juan 19:26–27).

En cuarto lugar, es importante darnos cuenta de la fuerza de este pasaje: Jesús insiste en que los más cercanos a él, los que le “pertenecen”, los que tienen acceso inmediato a él, los que forman parte de su verdadera familia, ya no serán sus parientes biológicos, sino los que “oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica” (8:21). A diferencia de muchos gobernadores, Jesús no mostró ningún interés en establecer ninguna dinastía en la tierra. Llegó para la creación perenne de la familia de Dios – caracterizada por su respuesta obediente a la Palabra de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 53). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“endureció su corazón”

endureció su corazón

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21 FEBRERO

Éxodo 4 | Lucas 7 | Job 21 | 1 Corintios 8

En Éxodo 4, encontramos el comienzo de algunos fenómenos complejos que se prolongan hacia adelante por todo el resto de la Biblia.

El primero de ellos es la razón que Dios da por la cual el faraón no iba a dejarse impresionar por los milagros realizados por Moisés. Dios declara, “Yo, por mi parte, endureceré su corazón para que no deje ir al pueblo.” (4:21). A lo largo de los capítulos posteriores, la expresión varía: no sólo “yo voy a endurecer el corazón del faraón” (7:3), sino también “el faraón endureció su corazón”, o “este había endurecido su corazón” (7:13, 22; 8:19, etc.) y “endureció su corazón” (8:15, 32, etc.). No se detecta ningún patrón en estas referencias. Por un lado, no podemos decir que el proceso sea hacia arriba, a partir de “el faraón endureció su corazón” hasta que “el Señor endureció el corazón del faraón” (como si el endurecimiento efectuado por Dios fuese sólo la confirmación de algo que el hombre hubiese elegido para si mismo); por otro lado, tampoco podemos decir que haya un proceso en la dirección contraria desde “el Señor endureció el corazón del faraón” hasta “este había endurecido su corazón” o “el faraón endureció su corazón” (como si el endurecimiento de su propio corazón por parte del faraón no fuera más que el resultado inevitable del mandato divino).

Hay tres observaciones que podrían arrojar luz sobre estos textos: (a) Dada la línea narrativa de la Biblia hasta aquí, se da por sentado que el faraón ya es una persona inclinada hacia el mal. En concreto, ha esclavizado al pueblo del pacto de Dios. Dios no ha endurecido el corazón de un hombre moralmente neutral; ha pronunciado juicio sobre un hombre malo. El infierno es un lugar donde el arrepentimiento ya no es posible. El endurecimiento tuvo el efecto de ejecutar dicha sentencia antes de lo habitual. (b) En todas las acciones humanas, Dios no queda nunca completamente pasivo: este es un universo teísta, de modo que las frases “el Señor endureció el corazón del faraón” y “el faraón endureció su corazón”, lejos de ser afirmaciones disyuntivas son en realidad complementarias. (c) Este no es el único texto donde encontramos algo así. Ver, por ejemplo, 1 Reyes 22; Ezequiel 14:9 y, especialmente, 2 Tesalonicenses 2:11–12: “Por eso Dios permite que, por el poder del engaño, crean en la mentira. Así serán condenados todos los que no creyeron en la verdad sino que se deleitaron en el mal.”.

El segundo elemento en la narrativa que se extiende hacia adelante es el uso del término “hijo”: “Israel es mi primogénito. Y te he dicho: “Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo para que me rinda culto, pero tú no has querido dejarlo ir. Por lo tanto, voy a quitarle la vida a tu primogénito.” (Éxodo 4:22–23). Esta primera referencia a Israel como el hijo de Dios se desarrolla y se convierte en una tipología vibrante que incluye al rey Davídico como el hijo por excelencia, lo cual culmina en Jesús, el último Hijo de Dios, el verdadero Israel y el Rey mesiánico.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 52). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“ángel del Señor”

ángel del Señor

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20 FEBRERO

Éxodo 3 | Lucas 6 | Job 20 | 1 Corintios 7

En Éxodo 3, hay dos cosas que requieren nuestra atención.

En primer lugar, la presentación dramática del “ángel del Señor” (3:2). Al principio, Moisés no ve ningún ángel. El texto dice: “Estando allí, el ángel del Señor se le apareció entre las llamas de una zarza ardiente.” – pero esto no puede significar que un ser angélico le apareciese dentro de las llamas, aunque distinto de las propias llamas, puesto que lo que le llamó la atención a Moisés era el arbusto mismo, el cual, aunque ardía, no se consumía jamás. La manifestación del ángel del Señor parece ser entonces el carácter milagroso de las llamas. Curiosamente, cuando la voz habla con Moisés desde dentro del arbusto, no es la voz de un ángel, sino la voz de Dios mismo: “Cuando el SEÑOR vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: ¡Moisés, Moisés!” (3:4). La conversación que sigue es entre Dios y Moisés; ya no hay más mención del “ángel del Señor”.

Aparentemente, entonces, este “ángel del Señor” parece ser una manifestación de Dios mismo. Tendremos la ocasión de reflexionar en algunos otros pasajes del Antiguo Testamento donde aparece el ángel del Señor – unas veces en forma humana, y otras sin que se diga explícitamente que sea un ángel (recuérdese el “hombre” que lucha con Jacob en Génesis 32), siempre de carácter misteriosamente “otro”, y siempre identificado de alguna manera con Dios mismo.

Nos podríamos preguntar entonces si, al afirmar el texto que tenemos delante que “el Señor vio que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó”, no se trata simplemente de que Dios habló a través de este mensajero angélico; al fin y al cabo, si el mensajero habla las palabras de Dios, entonces, en un sentido, es Dios quien habla. No obstante, las manifestaciones bíblicas del “ángel del Señor” no encajan tan fácilmente en una explicación tan simple y bien trabada. Es como si los escritores bíblicos quisiesen enfatizar que Dios mismo realmente apareció, pero al mismo tiempo separando a este Dios trascendente de cualquier mera aparición. El ángel del Señor sigue siendo una figura enigmática, identificada con Dios, pero, al mismo tiempo diferenciable de él – un preanuncio, por decirlo así, del Verbo eterno, quien se hizo carne, el nombre de Dios simultáneamente compañero de Dios y Dios mismo (Juan 1:1, 14).

La segunda cosa que cabe destacar es aún más importante, aunque le dedico sólo un pequeño comentario ahora. El nombre de Dios (3:13–14) se puede traducir también “YO SOY EL QUE SOY”, tal como aparece en la Nueva Versión Internacional, o “Yo seré el que seré”. En hebreo, la forma abreviada “Yo Soy” está relacionada de alguna forma con YHWH, a menudo escrito Yahvé (y traducido SEÑOR, en mayúsculas; las mismas letras hebreas están detrás del nombre Jehovah en inglés y castellano). Lo mínimo que este nombre indica es que Dios es autoexistente, eterno, completamente autónomo y absolutamente soberano: Dios es quien es, dependiente de nada ni de nadie.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 51). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Por tanto no hay ningún héroe excepto Dios mismo, y nadie excepto Dios debe recibir la gloria.»

«Por tanto no hay ningún héroe excepto Dios mismo, y nadie excepto Dios debe recibir la gloria.»

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19 FEBRERO

Éxodo 2 | Lucas 5 | Job 19 | 1 Corintios 6

En los sucesos más cruciales de la historia de la redención, Dios se toma muchas molestias para que nadie pueda legítimamente llegar a la conclusión de que estos acontecimientos han tenido lugar a causa de la resolución o de la ingenuidad humanas. Han sido llevados a cabo por Dios mismo – según su calendario, conforme a sus propósitos, por sus medios, para su gloria–, pero siempre a través de una interacción continua con su pueblo. Todo esto brota de Éxodo 2:11–25.

No se nos explica cómo su madre logró inducir en él un profundo sentido de identidad con su propio pueblo antes de ser educado en la casa real. Posiblemente, hubo un contacto continuado con su madre biológica; tal vez, como joven, quiso conocer su pasado e investigó rigurosamente el estatus y la opresión de su propio pueblo. Conocemos a Moisés cuando ya se ha identificado con los israelitas esclavizados hasta tal punto que está dispuesto a asesinar a un brutal egipcio. Al descubrir que el asesinato ha llegado a ser de dominio público, debe huir del país para salvar la vida.

No obstante, uno no puede por menos que reflexionar acerca del lugar que ocupa este incidente en el guión que culmina en el liderazgo del Éxodo, por parte de Moisés, varias décadas más tarde. Por la intervención judicial de Dios mismo, muchos egipcios tendrían que morir. Por tanto, ¿por qué Dios no utiliza a Moisés ahora, mientras aún es joven, lleno de fervor y celo para servir y emancipar a su pueblo?

Simplemente, porque no es así como Dios obra. Dios quiere que Moisés aprenda a ser manso y humilde, a confiar en la intervención poderosa y espectacular de Dios, a esperar que Dios intervenga, a esperar el tiempo de Dios. Actúa de tal manera, que no nos es posible sacar la conclusión que el verdadero héroe sea Moisés, el gran visionario. Al cumplir los ochenta años, ya no quiere servir así; ya no es un ningún visionario fogoso y idealista. Es un anciano a quien Dios tiene que apremiar (Éxodo 3) e incluso amenazar (Éxodo 4:14) para que obedezca. Por tanto no hay ningún héroe excepto Dios mismo, y nadie excepto Dios debe recibir la gloria.

El capítulo acaba recordándonos cómo los israelitas “seguían lamentando su condición de esclavos y clamaban pidiendo ayuda. Sus gritos desesperados llegaron a oídos de Dios, quien al oír sus quejas se acordó del pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob.” (2:23–24). Esto no quiere decir que Dios se haya olvidado de su pacto. Ya hemos visto que Dios dijo explícitamente a Jacob que descendiese a Egipto y había predicho que él mismo llevaría un día al cumplimiento los propósitos pactados. El mismo Dios que soberanamente arregla estas circunstancias y solemnemente predice lo que hará, elige llevar estas promesas a su cumplimiento relacionándose con el pueblo del pacto en su desesperación y respondiendo a sus clamores.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 50). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El triste papel que juega el olvido

El triste papel que juega el olvido

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18 FEBRERO

Éxodo 1 | Lucas 4 | Job 18 | 1 Corintios 5

Pero llegó al poder en Egipto otro rey que no había conocido a José” (Éxodo 1:8). Según se afirma, quien no aprende nada de la historia está destinado a repetir todos sus errores. Dicho de otra forma, lo único que la historia enseña es que no se aprende nada de ella. Aforismos arbitrarios al margen, uno no puede leer la Escritura durante mucho tiempo sin reflexionar sobre el triste papel que juega el olvido.

Los ejemplos abundan. Era de esperar que, tras un juicio tan devastador como el Diluvio, los seres humanos posdiluvianos estarían tan atemorizados que habrían procurado evitar la ira de Dios. Pero esto no es lo que sucedió. Dios sacó a Israel de la esclavitud, mediante plagas espectaculares y les hizo atravesar el Mar Rojo. Sin embargo, tan solo transcurrieron unas pocas semanas antes de que los israelitas se dispusieran a atribuir su rescate a un dios representado por un becerro de oro. El libro de Jueces describe el despreciable patrón repetitivo de pecado, juicio, rescate, justicia: siempre el aburrido ciclo que les llevó a la decadencia. Cabía pensar que, bajo la dinastía Davídica, los reyes de su línea sucesoria recordarían las lecciones aprendidas por sus padres y buscarían procurar la bendición de Dios por medio de una obediencia fiel. Pero esto apenas fue así. Tras la catastrófica destrucción del reino del norte y la destitución de sus líderes y artesanos que los exilió bajo dominio asirio, ¿cómo es que el reino del sur no tomó nota y mantuvo la fidelidad del pacto? En realidad, apenas ciento cincuenta años más tarde, los babilonios los sometieron a un destino similar. Tampoco resulta difícil encontrar este mismo olvido deplorable en algunas de las iglesias del Nuevo Testamento.

Por tanto, el olvido de los gobernantes egipcios, ayudado por un cambio de dinastía, no nos sorprende demasiado. Unos cuantos siglos es un tiempo largo. ¿Cuántos cristianos de Occidente han absorbido realmente las lecciones del avivamiento evangélico, por no hablar de la magistral Reforma?

A poca distancia del lugar en el que escribo estas líneas, se encuentra una iglesia que atrae a cinco o seis mil personas cada domingo por la mañana. Sus líderes han olvidado que todo comenzó cuando se plantó aquella iglesia hace tan solo dos décadas. Ahora pretenden retirarse de la denominación que la fundó no por discrepancia teológica ni por un error moral, sino porque están tan impresionados por su propia magnitud e importancia que la arrogancia no les permite ser agradecidos. Acuden a nuestra mente seminarios que han abandonado sus raíces doctrinales de una generación a otra; nos acordamos de algunos individuos, importantes eruditos, tan impresionados por la novedad que han dado a la inteligente originalidad un rango mayor que a la piadosa fidelidad. Las naciones, las iglesias y las personas cambian y se creen cada vez más “avanzadas” que quienes les precedieron.

Para nuestra vergüenza, olvidamos todo lo que deberíamos recordar.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 49). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«No tengáis miedo»

«No tengáis miedo»

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17 FEBRERO

Génesis 50 | Lucas 3 | Job 16–17 | 1 Corintios 4

El último capítulo de Génesis incluye una sección que es gloriosa y patética a la vez (Génesis 50:15–21).

Todo lo triste, todo lo defectuoso de esta familia vuelve a salir a la superficie tras la muerte de Jacob. Los hermanos de José temen que su ilustre hermano tal vez haya aparcado su resentimiento vengativo hasta la muerte de su padre. ¿Por qué pensaban así? ¿Acaso no se habían librado aún de sus sentimientos de culpa? ¿Proyectaban sobre José las medidas que ellos seguramente habrían tomado de estar en su lugar?

Su estrategia les involucra en otro patrón de comportamiento pecaminoso: mienten con respecto a lo que su padre les había dicho, con la esperanza de que esta apelación, supuestamente por parte de Jacob, sirviese para tocar la fibra sensible de su hermano. A la luz de esta estrategia, su sumisión absoluta (reflejada en las palabras “somos tus esclavos”, 50:18) parece no tanto un homenaje real como un intento de manipulación.

José, en cambio, llora. No puede por menos ver cómo estas mentiras serviles delatan lo poco que le aman y confían en él, aun después de 17 años de reconciliación nominal (47:28). Su respuesta verbal exhibe no sólo una gran ternura pastoral – “con el corazón en la mano, José los reconfortó”, prometiendo además que cuidaría a sus familias (50:21) – sino que también procede de un hombre que ha reflexionado profundamente acerca de los misterios de la providencia divina, de la soberanía de Dios y de la responsabilidad humana. “—No tengáis miedo —les contestó José—. ¿Puedo acaso tomar el lugar de Dios? Es verdad que vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente.” (50:19–20).

La profundidad de este razonamiento se demuestra en la medida en que reflexionamos en lo que José no dice. No dice que durante un pequeño lapsus por parte de Dios sus hermanos le vendieron como esclavo, pero que Dios, Maestro por excelencia de ajedrez, dio la vuelta a la partida e hizo que José llegase incluso a ser Primer Ministro de Egipto. La intención de Dios no había sido, ni mucho menos, que traerle a Egipto en un carro especialmente preparado para él, pero como sus hermanos estropearon este propósito divino, Dios se vio obligado a intervenir con una serie de contramedidas para llevar su propósito a buen puerto. Más bien, en este episodio concreto, la venta de José como esclavo, había dos partidos, cada uno de los cuales perseguía un propósito diferente. Por un lado, los hermanos de José habían actuado, y sus intenciones eran malévolas; por otra parte, Dios actuaba, y sus intenciones eran buenas. Los dos actuaron para que este episodio tuviese lugar, pero mientras lo que contiene de malo tiene su origen en el corazón de sus hermanos, y no más allá de esto, lo que contiene de bueno tiene su origen en Dios.

Este es un motivo recurrente en las Escrituras. Da lugar a muchas discusiones filosóficas muy complejas. Pero el quid de la cuestión es bien sencillo: Dios es Soberano e invariablemente bueno; nosotros somos moralmente responsables por nuestros actos, y nuestros actos a menudo son malos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 48). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Jesús se crió como un muchacho»

«Jesús se crió como un muchacho»

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16 FEBRERO

Génesis 49 | Lucas 2 | Job 15 | 1 Corintios 3

Jesús se crió como un muchacho judío hasta la médula. Su linaje era no solamente judío, sino davídico: legalmente, pertenecía a la suprimida casa real (Lucas 2:4). Dios manejó la política imperial de tal manera que Jesús naciera en la antigua ciudad de David (2:1–4, 11). En el octavo día desde su nacimiento, fue circuncidado (2:21). En el momento apropiado, María y José ofrecieron un sacrificio conforme a lo que la Ley exigía en lo que se refería al nacimiento del primer hijo (2:22–24). “José y María”, se nos dice, “Después de haber cumplido con todo lo que exigía la ley del Señor” (2:39). Durante los primeros días de la vida de Jesús, Simeón se dirigió proféticamente a Dios en oración, proclamando que la venida de Jesús fue “gloria de tu pueblo Israel” (2:32); la anciana Ana, “dio gracias a Dios y comenzó a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.” (2:38). Todos los años, José y María cubrían los muchos kilómetros que separaban Nazaret de Jerusalén para participar de la fiesta de la Pascua, “según era la costumbre” (2:41–42), encontrándose entre una multitud de decenas de miles de otros peregrinos; y, por supuesto, Jesús también iba, presenciaba la matanza masiva de miles de corderos de la Pascua, oía los coros del templo y recitaba las antiguas Escrituras. A los doce años, beneficiario del patrimonio de su pueblo y expuesto constantemente al contenido de sus Escrituras, protagonizó unos intercambios extraordinarios con los maestros del templo (2:41–52).

No podemos ni comenzar a comprender las categorías dentro de los cuales Jesús hablaba y actuaba, categorías mediante las cuales su vida y su ministerio, su muerte y su resurrección cobran su significado, a menos que las encontremos en las antiguas Escrituras hebreas.

No obstante, esto no es todo lo que cabe señalar al respecto. La Biblia no comienza con Abraham y los orígenes de Jerusalén. Comienza con Dios, origen del universo, la desgraciada rebelión humana que constituyó la Caída, los primeros ciclos de juicio y perdón, las primeras promesas de la redención que vendría. Por supuesto que Pablo comprendió que la gran historia de los judíos se tiene que colocar dentro de la historia aún más grande de la raza humana, y que incluso el primer llamamiento del hombre que era padre de todos los judíos especifica que, a través suyo, se bendecirían todas las naciones de la tierra (Gálatas 3; ver también Génesis 12). Ahora, al principio de la vida de Jesús, podemos vislumbrar algo de este mismo esquema. Simeón alaba al Señor Soberano porque le ha permitido vivir para ver a este niño: “Porque han visto mis ojos tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz que ilumina a las NACIONES y gloria de tu pueblo Israel.” (2:30–32).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 47). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Venid a mí…” (Mateo 11:28), dice Jesús, y no: “Venid a mi madre…”

Venid a mí…” (Mateo 11:28), dice Jesús, y no: “Venid a mi madre…”

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15 FEBRERO

Génesis 48 | Lucas 1:39–80 | Job 14 | 1 Corintios 2

Hay ocasiones en las que la mala teología produce de forma reactiva otro tipo de mala teología. Ante los mitos y títulos de más que la Iglesia Católica ha añadido a María, los protestantes a veces han reaccionado con un silencio absoluto en torno a su carácter asombroso. Ninguno de los dos enfoques resiste un análisis de este pasaje (Lucas 1:39–80) y unos cuantos más.

La Iglesia Católica Romana ha añadido a María títulos como “Madre de Dios” y “Reina del Cielo”, ninguno de los cuales se encuentra en la Biblia. La idea de que María fuese concebida inmaculadamente (y por tanto nacida sin pecado) y que ella, igual que Enoc, hubiese sido transportada al cielo corporalmente, librándose así de la muerte, carecen igualmente de soporte alguno. Esta última doctrina se convirtió en dogma para los católicos romanos tan recientemente como el año 1950. Según recientes reportajes, el Papa actual se plantea la posibilidad de establecer, como dogma que debe confesarse, otro título que los católicos conservadores atribuyen a María: “Co-Redentora”.

Pero el testimonio de Lucas apunta en otra dirección. En el cántico de María (1:46–55), tradicionalmente llamado “El Magníficat” (del vocablo latín para “magnifica”: “Mi alma magnifica al Señor”), la madre de Jesús dice que su espíritu se regocija en “Dios mi Salvador” – lo cual da a entender que ella también necesitaba a un Salvador y parece extraño tratándose de alguien que fuera concebida inmaculadamente. De hecho, un repaso rápido de los evangelios es suficiente para darnos cuenta de que María no tenía ningún acceso especial a su célebre hijo, y que a veces no alcanzó a comprender la naturaleza de su misión (2:48–50), ni nunca ayudó a nadie a obtener ningún favor que no pudiera recibir directamente. El testimonio unánime de las Escrituras es que los necesitados deben acudir a Jesús: “Venid a mí…” (Mateo 11:28), dice Jesús, y no: “Venid a mi madre…”. Él es el verdadero Mediador entre Dios y los seres humanos.

No obstante, María es tremendamente admirable, un modelo de muchas virtudes (como también lo es José, por ejemplo, en Génesis 37–50). Ella acepta su papel extraordinario con sumisión y serenidad, teniendo en cuenta el impacto que debió de suponer en su reputación (1:34–38). Dos veces Elisabet le llama “bendita” (1:42–45), es decir, aprobada por Dios; el reconocimiento sobrenatural de la superioridad del hijo de María con respecto al hijo de Elisabet (1:41–45) era sin duda una de las cosas que María meditaba en su corazón (2:19). Pero nada de esto se le sube a la cabeza: ella misma reconoce que su estado de “bendita” no se basa en ninguna superioridad intrínseca, sino en el hecho de que Dios (el Todopoderoso) ha considerado su estado “humilde” y su decisión de hacer “grandes cosas” en ella (1:48–49). En el Magnificat, el acento recae, como deber recaer en nuestro caso también, en la fidelidad de Dios al efectuar la liberación que había prometido (1:50–55).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 46). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Cómo llegaron a nuestras manos los Evangelios Canónicos?

¿Cómo llegaron a nuestras manos los Evangelios Canónicos?

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14 FEBRERO

Génesis 47 | Lucas 1:1–38 | Job 13 | 1 Corintios 1

A un cierto nivel, es suficiente descansar en la confianza de que Dios nos los ha provisto. Pero Dios suele obrar por medios identificables. En ningún momento recibimos la impresión de que los evangelios canónicos llegasen del cielo en placas de oro, ni que fuesen escritos por los discípulos por un proceso de dictado divino.

Lucas nos ofrece el mayor detalle de los cuatro en cuanto a la manera como aborda su tarea (Lucas 1:1–4). Nos dice que “muchos” ya han “intentado hacer un relato” de la vida y ministerio de Jesús, “tal y como nos las transmitieron los que desde el principio fueron testigos presenciales y servidores de la palabra” (1:1–2). De esto se desprenden dos cosas: (a) Lucas mismo no proclama ser testigo presencial de Jesús. Sí que afirma, sin embargo, estar en contacto con los “testigos presenciales” originales y con “los servidores de la palabra” transmitida. (b) Cuando Lucas escribe, sabe que ya hay muchos reportajes y relatos que circulan por ahí. No es de extrañar. Los judíos eran una raza de escritores. Cada niño aprendía a leer y a escribir. Sería inconcebible que nadie escribiese nada durante los primeros años después de la muerte, resurrección y exaltación de Jesús.

Luego Lucas dice que él mismo “habiendo investigado todo esto con esmero desde su origen”. Estas palabras sugieren que había leído las fuentes, hablado con todos los líderes que encontró y valorado con rigor sus informes. Podemos entrever algo de su método si leemos su segundo tomo, el libro de los Hechos. Allí, al seguir sus movimientos, descubrimos que se encontraba en cada uno de los principales centros cristianos, donde tuvo la oportunidad de hablar con todos los líderes cristianos, y leer cada uno de los primeros informes y archivos. No es necesario entonces hacer un salto demasiado grande para deducir que, si Lucas el médico (ver Colosenses 4:14) tiene más información acerca del singular embarazo de María (Lucas 1:26 ss), es porque la había visitado y había mantenido largas conversaciones con ella. Llegado el momento entonces, había escogido escribir “ordenadamente” (1:3).

Dos cosas se desprenden de esto. En primer lugar, por mucho que el Espíritu de Dios supervisó la composición de los evangelios, dicha supervisión divina no excluyó la necesidad de emprender una obra rigurosa de investigación y de trabajo muy diligente. En segundo lugar, este método de dar a luz una obra canónica está en completa sintonía con los temas que trata: Dios mismo trajo al hijo mesiánico de David, el Hijo de Dios, a este mundo (1:35), lo eterno invadiendo lo temporal, asegurando para siempre que se podría hablar de él de la misma manera que un testigo habla de lo que ha observado. La transmisión de la verdad cristiana descansa, necesariamente, en gran parte, no en experiencias místicas, sino en lo que se ha visto y oído.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 45). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Yo soy Dios, el Dios de tu padre»

«Yo soy Dios, el Dios de tu padre»

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13 FEBRERO

Génesis 46 | Marcos 16 | Job 12 | Romanos 16

Una de las verdades que resulta más difícil comprender es que el Dios de la Biblia es tanto personal – que se relaciona con otras personas – como trascendente (es decir, más allá del espacio y del tiempo, que es el ámbito en el que todas nuestras relaciones personales tienen lugar). Como Soberano trascendente, reina sobre todo, sin excepción; como Creador personal, se relaciona con todos los que llevan su imagen, revelándose no sólo como personal, sino también como absolutamente bueno. Cómo hacer que todas estas piezas encajen, queda, al fin y al cabo, fuera de nuestra capacidad intelectual, por mucho que se den por sentadas en las Escrituras.

Cando Jacob recibe la noticia que José vive, ofrece sacrificios a Dios, quien, otra vez más, vuelve a revelarse, por gracia, a Jacob: “—Yo soy Dios, el Dios de tu padre —le dijo—. No tengas temor de ir a Egipto, porque allí haré de ti una gran nación. Yo te acompañaré a Egipto, y yo mismo haré que vuelvas. Además, cuando mueras, será José quien te cierre los ojos.” (Génesis 46:3–4).

El libro de Génesis deja claro que Jacob sabía que el pacto que Dios hizo con Abraham incluía la promesa de que la tierra donde residían le sería entregada un día a él y a sus descendientes. Fue por esto por lo que Jacob necesitaba una revelación directa por parte de Dios para inducirlo a marcharse de la tierra. Jacob quedó reconfortado a tres niveles: (a) Dios haría que sus descendientes se multiplicasen hasta llegar a ser una gran nación durante su peregrinaje en el desierto; (b) Dios acabaría por sacarles de Egipto; (c) personalmente, Jacob es reconfortado al saber que José, su hijo perdido hacía mucho tiempo, estará presente en el momento de su propia muerte.

Todo esto le ofrece consuelo personal. También desvela algo de los misterios de la soberanía providencial de Dios, porque los lectores del Pentateuco saben que esta estancia en Egipto desembocará en la esclavitud, que se dirá de Dios que “oye” los clamores de su pueblo y que, a lo largo de los años, levantará a Moisés, el agente de Dios en las diez plagas, el cruce del Mar Rojo, la entrega del pacto de Sinaí, el vagar por el desierto y la llegada (o más bien retorno) a la Tierra Prometida. El Dios soberano que trae a José a Egipto a fin de preparar el camino a esta pequeña comunidad de 70 personas tiene en mente numerosos y complejos planes para su futuro. Estos tienen como propósito llevar al pueblo al próximo nivel de la historia redentora y enseñarles que las palabras de Dios son más importantes que los alimentos (Deuteronomio 8).

Es tan difícil desligar la trascendencia soberana de Dios del hecho que también es Persona, como sacar un ala de un avión y seguir esperando que vuele.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 44). Barcelona: Publicaciones Andamio.