“¿Y qué voy a hacer?”

¿Y qué voy a hacer?

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Génesis 45 | Marcos 15 | Job 11 | Romanos 15

En Marcos 15, la gente habla más de lo que sabe.

¿Y qué voy a hacer” pregunta Pilato, “con el que llamáis el rey de los judíos?” (15:12). Sin duda, pronuncia las palabras con un cierto desprecio. Cuando la muchedumbre contesta “¡Crucifícalo!” (15:13, 14), los motivados por cuestiones políticas pensarán que esto señala el fin de otro pretendiente mesiánico más. No se dan cuenta de que este rey debe morir, que su reino gira en torno a su muerte, y que es simultáneamente Rey y Siervo Sufriente.

Los soldados le preparan una corona de espinas y la clavan en su cabeza. Le golpean y le escupen y después caen de rodillas en una parodia de homenaje, gritando “¡Salve, Rey de los judíos!” (15:18). De hecho, es más que el Rey de los Judíos (por supuesto, no es menos). Y cada uno de estos soldados, junto con cada hombre y mujer, tendrá que doblar la rodilla ante el Hombre resucitado que habían despreciado, injuriado y crucificado, y confesar que él es Señor (Filipenses 2:9–11).

Los que pasaban por delante también se dedicaban a lanzar insultos: (15:29–30). Detrás de esta burla despreciadora se escondía una verdad que no vieron: anteriormente, Jesús había enseñado, efectivamente, que él era el verdadero templo, el arquetipo del templo de Jerusalén, el último lugar de encuentro entre Dios y los seres humanos (Juan 2:19). De hecho, Jesús no sólo insistía que él es el templo, sino que lo es en virtud del hecho de que este templo debería ser destruido y devuelto a la vida en tres días. Si hubiese “bajado de la cruz” para salvarse, como los burladores decían que hiciese, no podía haber llegado a ser el “templo” destruido y vuelto a reconstruir que reconcilia a los hombres y a las mujeres con Dios.

Salvo a otros pero no puede salvarse a si mismo” (15:31). Otra equivocación – y, al mismo tiempo, aciertan. Este es el hombre que va voluntariamente a la cruz (14:36; ver también Juan 10:18). Decir “no puede salvarse a sí mismo” es una limitación ridícula. No obstante, no se podía salvar a sí mismo y salvar a otros. Salva a los demás al no salvarse a sí mismo.

Que baje ahora de la cruz ese Cristo, el rey de Israel, para que veamos y creamos” (15:32). Pero entonces, ¿en qué clase de Cristo habrían creído? Un rey poderoso, sin duda – pero no el Redentor, no el Sacrificio, no el Siervo Sufriente. No podían haber creído en él, puesto que la base de la transformación que se podía producir en ellos era precisamente la obra de la cruz que le estaban diciendo que abandonase.

Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios” (15:39). Si, más de lo que se podían imaginar.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 43). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Genuina vergüenza

«Genuina vergüenza«

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11 FEBRERO

Génesis 44 | Marcos 14 | Job 10 | Romanos 14

Hasta este punto de la narrativa (Génesis 44), Judá no se ha cubierto precisamente de gloria. Cuando los hermanos de José declaran por primera vez su intención de acabar con él (Génesis 37:19–20), dos de ellos ofrecen alternativas. Rubén se limita a proponer que sea echado en una fosa, de la que no pudiese escapar. Esta propuesta tenía dos ventajas: en primer lugar, así el asesinato no se podría achacar directamente a sus hermanos y, en segundo lugar, Rubén esperaba poder volver en secreto para rescatar a su hermano. Rubén quedó asolado cuando su plan fracasó (Génesis 37:29–30). El otro hermano con otra propuesta independiente fue Judá quien argumentó que no sacarían ningún provecho de un mero asesinato, sino que sería mejor vender a José como esclavo (37:25–27) – y fue este punto de vista el que prevaleció.

Judá reaparece en el anterior capítulo, acostándose con su nuera (Génesis 38) y, al menos inicialmente, utilizando un doble rasero (ver meditación del 6 de febrero).

No obstante, en Génesis 44, Judá sale algo mejor parado. José manipula las circunstancias a fin de que Benjamín y sus hermanos sean arrestados por robo, e insiste en que sólo Benjamín tendrá que quedarse en Egipto como esclavo. Posiblemente, José quería probar a sus hermanos para ver si seguían menospreciando al más joven, si seguían tan duros de corazón que estarían dispuestos a condenar a uno de ellos a la esclavitud, y quedarse tan tranquilos al marcharse libres. Judá interviene e invoca, por encima de todo lo demás, el amor especial que su padre tiene hacia Benjamín. Incluso se refiere a la creencia por parte de Jacob de que José fue matado por animales salvajes (44:28), como si hubiese pasado el último cuarto de siglo preso de una conciencia atormentada a causa del engaño y de la maldad de todo aquel episodio. Judá explica cómo él mismo había prometido llevarle a Benjamín sano y salvo, y pide emocionadamente, “Por eso, permita mi señor que yo me quede como esclavo de mi señor en lugar de mi hermano menor, y que él regrese con sus hermanos. ¿Cómo podré volver junto a mi padre si mi hermano menor no está conmigo? ¡No soy capaz de ver la desgracia que le sobrevendrá a mi padre!” (44:33–34).

Este es el punto culminante de lo que sabemos del peregrinaje de Judá. Ofrece su propia vida en sustitución por la de otro. Puede que, en parte, fuese motivado por una conciencia culpable; en este caso, este heroísmo genuino nace de una genuina vergüenza. No podía saber cómo, en menos de dos mil años, su descendiente más ilustre, de ninguna manera movido por la vergüenza sino únicamente por la obediencia a su Padre celestial y por su amor hacia los rebeldes culpables, se ofrecería a sí mismo como sustituto de ellos (Marcos 14).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 42). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“reyes” y “césares”

“reyes” y “césares”

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9 FEBRERO

Génesis 42 | Marcos 12 | Job 8 | Romanos 12

La disputa entre Jesús y algunos de sus adversarios que se relata en Marcos 12:13–17 es muy interesante. Marcos dice que los interlocutores de Jesús quisieron atraparle en sus palabras (12:13). Sin duda por eso comienzan con elogios acerca de la solidez de sus principios, como maestro que no está dispuesto a dejarse influenciar por la opinión pública. Pero es un montaje. “¿Está permitido pagar impuestos al césar o no?”, le preguntan. “¿Debemos pagar o no?” (12:14–15).

Pensaban que ya lo tenían atrapado. Si contestaba que “no”, se las tendría que ver con las autoridades romanas, las cuales, evidentemente, no iban a permitir que un predicador religioso en un país tan inestable como este, anduviese por ahí abogando por la desobediencia fiscal. Incluso le podrían ejecutar por traición. Pero si contestaba que “sí”, perdería la confianza de la gente, lo cual le restaría popularidad. Muchos judíos normales y corrientes no sólo sentían un profundo rechazo de los impuestos, sino que planteaban no pocas objeciones teológicas. ¿Cómo podía un judío concienzudo pagar con monedas que llevaban la imagen del emperador, especialmente monedas que le atribuían un título divino? Si los judíos realmente tenían la justicia de su parte, ¿No bajaría Dios para volver a liberar a su pueblo, esta vez de la superpotencia romana? ¿No requiere la fidelidad escrupulosa hacia Dios que no se paguen los impuestos?

Fuese la respuesta que fuese de Jesús, perdería la partida. Pero Jesús se niega a rendirse. En lugar de ello, pide una moneda, pregunta de quién es la imagen y afirma que es legítimo pagar a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Jesús consigue así evitar la trampa, y sus interlocutores quedan atónitos.

Pero aquí hay varios niveles interpretativos. Bajo una teocracia estricta, las palabras de Jesús serían incoherentes: el reino de Dios es mediado a través del rey, de modo que no es tan fácil separar estos dominios el uno del otro. Además, la estructura del antiguo pacto, sobre el papel, estaba estrechamente ligada a un régimen teocrático. No obstante, aquí tenemos a Jesús insistiendo en que sí se debe hacer una distinción entre las reivindicaciones del César y las del Dios viviente.

Por supuesto, esto no significa que el dominio del César sea completamente independiente del dominio de Dios, ni que Dios no mantenga el control providencial. No obstante, es fácil llegar a la conclusión de que Jesús está proclamando aquí un cambio fundamental en la administración de la comunidad del pacto. El locus de la comunidad ya no es un reino teocrático; ahora es una asamblea de iglesias alrededor de todo el mundo, sujetos a muchos “reyes” y “césares”, pero que no rinde culto a ninguno de ellos. Por esto muchos creyentes alrededor del mundo, siguen la línea del no reconocimiento oficial y político de ninguna religión o confesión en particular, en coherencia con esta afirmación por parte del mismo Señor Jesús.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 40). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«El derecho a una respuesta»

«El derecho a una respuesta»

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8 FEBRERO

Génesis 41 | Marcos 11 | Job 7 | Romanos 11

El intercambio de palabras entre Jesús y algunos de sus adversarios, como viene relatado en Marcos 11:27–33, es uno de los más extraños en los cuatro evangelios. Jesús esquiva una pregunta crucial planteando otra, una pregunta que ellos se ven incapaces de contestar por motivos políticos. ¿Por qué Jesús no contesta la pregunta de ellos de manera clara y directa? ¿No suena esto a mera diplomacia o, lo que sería peor, a un intento de posicionamiento para conseguir ventajas en el juego de poder?

En cierto modo, la cuestión de los principales sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos era perfectamente legítima. ¿Con qué autoridad Jesús desaloja los recintos del templo, acepta los elogios de miles de personas que han acudido para festejar su llegada a Jerusalén montado en un asno, y predica con tanta rotundidad y confianza? No puede reclamar la autoridad de ninguna escuela rabínica, ni de ninguna posición religiosa ni política. Entonces, ¿de qué clase de autoridad se trata?

¿Cómo podía Jesús haber contestado? Si hubiese dicho que hacía estas cosas por propia iniciativa, sus palabras habrían sonado pretenciosas y arrogantes. No podía nombrar ninguna autoridad terrenal adecuada. Si hubiese insistido en que todo lo que decía y todo lo que hacía eran las palabras y hechos de Dios, podían haberle acusado de blasfemia. No es evidente que hubiese podido ofrecer una respuesta verdadera que les hubiese satisfecho y, al mismo tiempo, le hubiese garantizado su integridad física.

Por lo tanto Jesús les dice, en efecto, que contestará su pregunta si ellos primero responden a la suya: “El bautismo de Juan, ¿procedía del cielo o de la tierra? Respondedme” (11:30). Sus interlocutores sopesan sus posibles respuestas en base a la conveniencia política. Si dicen “del cielo”, piensan, él les condenará por no haberse convertido en discípulos de Juan. Peor aún, no pueden dejar de ver en esta pregunta un preludio a la respuesta que pretende darles a la de ellos. Al fin y al cabo, Juan el Bautista apuntaba hacia Jesús. Si reconocen que el ministerio de Juan provenía del cielo, y Juan señalaba a Jesús, entonces Jesús sí ha contestado su pregunta: su ministerio también debía contar con la aprobación de Dios. Pero si dicen “de la tierra”, tendrán en contra suya las muchas personas que valoraban el ministerio de Juan. Por lo cual, guardan silencio y pierden el derecho de recibir una respuesta por parte de Jesús (11:31).

De este intercambio, se pueden sacar varias implicaciones pastorales. En primer lugar, algunas personas son incapaces de captar el verdadero ministerio de Jesús aunque hagan preguntas que parecen penetrantes, puesto que, en realidad, ya han tomado su decisión y sólo buscan más argumentos para destruirle. La segunda es que, a veces, la respuesta más sabia es una respuesta indirecta que evite las trampas mientras que al mismo tiempo ponga de manifiesto la perversidad engañosa del interlocutor. Como creyentes, debemos hablar con claridad, pero no deberíamos ser ingenuos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 39). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“lo que sea, será”

“lo que sea, será”

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7 FEBRERO

Génesis 40 | Marcos 10 | Job 6 | Romanos 10

Confiar en la providencia de Dios no debería confundirse con sucumbir a una actitud fatalista. No tiene nada que ver con el suspiro resignado de “lo que sea, será”. Esto José lo comprendía muy bien (Génesis 40).

En el relato del copero y del panadero del faraón no se nos explica quién era culpable de que, si es que alguno de ellos lo era, sino sólo a quién mandó ejecutar el faraón. Tampoco se nos dice nada sobre la naturaleza del crimen. El énfasis cae más bien en sus respectivos sueños, y en el hecho de que, de todos los que estaban en la cárcel, sólo José es capaz de interpretar los sueños. Las interpretaciones son tan dramáticas, y se cumplen con tanta precisión, que su veracidad no se puede poner en tela de juicio.

José mismo no tiene la menor duda en cuanto al origen de sus poderes. “¿Acaso no es Dios quien da la interpretación?”, pregunta (40:8). Incluso ante el faraón, cuando quizá se podía esperar que hubiese moldeado algo sus explicaciones a fin de embellecer un poco su propia reputación, José insistirá aun con mayor énfasis que él no sabe interpretar los sueños; sólo Dios lo puede hacer (41:16, 25).

No obstante, a pesar de esta lealtad inflexible hacia Dios, de su cándida confesión de sus propias limitaciones, de la pura tenacidad e integridad de su conducta bajo un sufrimiento injusto, José no confunde la providencia de Dios con el fatalismo. Esto se demuestra en este capítulo de dos maneras.

En primer lugar, José está más que dispuesto a explicar su situación al copero (el siervo que será puesto en libertad al cabo de tres días y restaurado a su puesto en la Corte) con la esperanza de que tal vez será liberado (40:14–15). La fe que José ha depositado en Dios no significa que se vuelva pasivo. Toma amplias medidas para lograr mejorar sus circunstancias, con la premisa de que estas medidas deben ser compatibles con la integridad.

En segundo lugar, al describir brevemente las circunstancias que lo condujeron a la cárcel, José no oculta en absoluto la malevolencia de la que ha sido víctima. Insiste en que fue sacado “por la fuerza” del país de los hebreos (40:15). Este punto es importante, puesto que la mayoría de los esclavos llegaron a serlo por circunstancias económicas. Por ejemplo, cuando alguien resultaba insolvente, se vendía a sí mismo como esclavo. Pero este no fue su caso, y quería que Faraón lo supiese. Era una víctima. Además, incluso durante su vida como esclavo en Egipto no había hecho nada por lo que mereciese que se le metiera en la cárcel – lo cual significa que había sido encarcelado injustamente. Por tanto, José no confunde el reino providencial de Dios con la aprobación moral de Dios hacia lo que ocurra.

El fatalismo y el panteísmo carecen de argumentos para distinguir entre lo que es y lo que debería ser. El teísmo bíblico es robusto en cuanto que nos manda confiar en la bondad de Dios mientras que también nos ayuda a confrontar y a oponernos a la maldad que caracteriza a este mundo caído.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 38). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“inclusión”

“inclusión”

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6 FEBRERO

Génesis 39 | Marcos 9 | Job 5 | Romanos 9

Es totalmente apropiado leer Génesis 39 como una lección de coraje moral, la historia de un hombre temeroso de Dios que acertadamente percibe que una tentación muy atrayente es, en realidad, una invitación a pecar contra Dios (39:9), y para quien, por tanto, es más importante su pureza que sus intereses.

No obstante, Génesis 39 debe leerse también a otros niveles, cada uno de los cuales tiene sus lecciones importantes que enseñarnos.

En primer lugar, el capítulo comienza y se concluye en términos muy similares. Esta “inclusión” literaria sirve para señalar que los temas planteados al inicio y a la conclusión del capítulo lo controlan por completo. Al comienzo, José es vendido al servicio de Potifar. Dios está con él hasta tal punto, que con el tiempo llega a convertirse en el principal esclavo de esta considerable mansión. No debemos sacar la conclusión que esto ocurriese de la noche a la mañana; la cronología sugiere que transcurrieron unos 8 ó 9 años. Durante este tiempo, José habría tenido que aprender el idioma e ir subiendo desde el primer peldaño. Pero esto estaba vinculado a la bendición de Dios sobre su vida y a la consiguiente integridad personal de José. Al final del capítulo, José se ve arrojado a la cárcel a causa de una acusación falsa, pero aun aquí Dios sigue con él y hace que el guardia de prisión tenga una buena opinión de él, hasta que es puesto a cargo de todos los prisioneros. Así, el capítulo demuestra que, a veces Dios escoge bendecirnos haciéndonos gente íntegra en medio de circunstancias abominables, en lugar de transformar las circunstancias.

En segundo lugar, Génesis 39 sirve de contrapunto con respecto al capítulo 38. Judá es un hombre libre y próspero, pero, tras la muerte de su esposa, acaba acostándose con su nuera. Utiliza un doble rasero y trae la vergüenza sobre sí mismo y sobre su familia. (El hecho de que inicialmente quiere hacer ejecutar a Tamar por un pecado que él también había cometido demuestra que le interesa menos castigar a los culpables por cuestión de principios, que a los que han sido pillados en el acto.) José es esclavo, pero, bajo la bendición de Dios, conserva su integridad y pureza sexual. ¿Cuál de ellos es más feliz a ojos del mundo? ¿Cuál de ellos es más feliz a la luz de la eternidad?

En tercer lugar, Génesis 39 forma parte del desfile de sucesos que lleva a la elevación de José a una posición de liderazgo sobre todo el país. A través de las circunstancias desgraciadas relatadas en el capítulo 37; 39–40, José llega finalmente a ser Primer Ministro de Egipto y salva a mucha gente de la muerte por hambre – incluida a su propia familia y, por tanto, también a la línea mesiánica. Pero José no podía saber cómo sucedería todo esto mientras padecía en su situación personal. Lo único que podía recordar eran los relatos transmitidos desde Abraham, y sus propios sueños de niño (Génesis 37). Pero José camina por fe, y no por vista.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 37). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El Siervo Sufriente

El Siervo Sufriente

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5 FEBRERO

Génesis 38 | Marcos 8 | Job 4 | Romanos 8

Al ser preguntados, los discípulos de Jesús confiesan quién es él (Marcos 8:27–30). Cristo es la forma griega de Mesías, que tiene un trasfondo hebreo. Esta confesión desata un aluvión de nueva revelación por parte del Señor Jesús (8:31–38). Ahora enseña que el Hijo del Hombre “tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que a los tres días resucite” (8:31). Tal como señala Marcos, Jesús “Habló de esto con toda claridad” (8:32). Al parecer, con anterioridad había comentado este asunto de una manera más encubierta.

Viviendo como lo hacemos de este lado de la cruz, nos resulta fácil ser un tanto condescendientes con la reacción de Pedro y la reprensión del Maestro (8:32). El discípulo consideraba sencillamente que Jesús debía estar equivocado en esto. Después de todo, no se mata a los mesías: ellos ganan siempre. ¿Cómo podía ser que el Mesías ungido de Dios, que hacía milagros como Jesús, pudiera ser derrotado? Por supuesto, Pedro estaba en un error; era una gran equivocación. Y es que ni siquiera los discípulos habían llegado a entender aún que Jesús, el Mesías, era el Rey conquistador y, a la vez, el Siervo Sufriente.

Pero aún había más. Jesús no solo insistió en que él mismo iba a sufrir, morir y resucitar, sino que advirtió: “Si alguien quiere ser mi discípulo —les dijo—, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga” (8:34). Para un oyente del siglo I, este tipo de lenguaje sonaría desconcertante. “lleve su cruz” no significaba soportar un dolor de muelas, perder el trabajo o una discapacidad personal. La crucifixión se consideraba, universalmente, el tipo de ejecución romano de mayor barbarie, y apenas se mencionaba entre la gente educada. El criminal condenado “llevaba su cruz”, es decir, cargaba con el travesaño y lo llevaba hasta el lugar de la ejecución. Cuando a uno le tocaba llevar su cruz, no había esperanza para él. Solo le esperaba una muerte ignominiosa y espantosa.

A pesar de todo, este es el lenguaje utilizado por Jesús, porque lo que todos sus discípulos deben aprender es que ser un seguidor suyo implica una dolorosa renuncia al interés personal para buscar de todo corazón los intereses del Señor. El abrupto lenguaje utilizado no es una invitación al masoquismo espiritual, sino a la vida: la norma infalible del reino es que centrarse en uno mismo desemboca en muerte, mientras que “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará” (8:35). Este compromiso sólo acarreará la pérdida de la vida física para unos cuantos; para todos nosotros, significa morir a uno mismo y ser discípulo de Jesús. Y esto incluye confesar a Jesús con alegría y negarse por principio a avergonzarse de él y de sus palabras, en esta generación adúltera y pecadora (8:38).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 36). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Tradiciones”

“Tradiciones”

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4 FEBRERO

Génesis 37 | Marcos 7 | Job 3 | Romanos 7

Muchos protestantes recelan de las “tradiciones” y, con frecuencia, en la polémica popular, retratan a los católico-romanos como gente que abraza la Biblia más las tradiciones, mientras nosotros nos supeditamos tan solo a las Escrituras. Antes de poder ver lo que Marcos 7 dice sobre las tradiciones, hay algunos asuntos que han de ser aclarados.

La primera observación es histórica. Las pruebas demuestran que, hasta la Reforma, la Iglesia Católica no había articulado la clara distinción que prevaleció tras ella. Aunque la Iglesia Católica postulaba una doctrina bastante innovadora, intentó por todos los medios vincularla de algún modo a las Escrituras mediante una serie de inferencias. No obstante, al ser confrontadas por la sola Scriptura (“solo las Escrituras”) de la Reforma, la Iglesia Católica alegó razones a favor de un criterio de revelación que insistía en que la verdad fue un depósito dado a la iglesia misma, de la que solo una parte se halla en las santas Escrituras y el resto en otras tradiciones que esta debía conservar y transmitir. En este tipo de fórmula, la tradición se establecería, pues, en contraposición a las Escrituras como algo adicional.

Esto nos conduce a la segunda observación, que alude al texto del Nuevo Testamento. Aquí se puede encontrar la palabra tradición o tradiciones, utilizadas tanto en sentido positivo como negativo. Este término se refiere sencillamente a lo que se va transmitiendo. Cuando se trata de la enseñanza apostólica, las tradiciones son algo bueno (p. ej., 1 Co. 11:2); si nos referimos a conflictos con lo declarado por Dios, entonces son inútiles y peligrosas (como aquí, en Marcos 7).

Esta distinción entre los diferentes tipos de tradición no es la misma que, por lo general, se pueda hacer hoy día. Distinguimos tradiciones intrínsecamente neutras, aunque útiles para la edificación de las familias o las comunidades —tradiciones familiares u otras interesantes de tipo cultural o eclesiástico—, así como otras que son represivas, restrictivas o agobiantes. En resumen, hacemos la diferenciación basándonos en el efecto social de las mismas y no en su veracidad. Sin embargo, el Nuevo Testamento no las alaba o critica según su función social, sino a la luz de su conformidad o distanciamiento con la Palabra de Dios. En este caso de Marcos 7:1–13, las tradiciones que Jesús condena son las que permiten que las personas eludan lo que las Escrituras afirman con toda claridad.

En tercer lugar, debemos reconocer que los evangélicos confesos que, de nombre, evitan la tradición, a veces abrazan tradiciones que, de hecho, adaptan la Palabra de Dios. Pueden ser interpretaciones tradicionales de la Escritura o prácticas eclesiales y formas de conducta tradicionales “permitidas” en nuestros círculos, pero muy alejadas de las sagradas Escrituras. En cualquier caso, la fidelidad hacia Cristo ordena una reforma por medio de la Palabra de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 35). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡No hay excusas!

¡No hay excusas!

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3 FEBRERO

Génesis 35–36 | Marcos 6 | Job 2 | Romanos 6

En el relato que Marcos hace de la alimentación de los cinco mil y de la ocasión posterior en que Jesús camina sobre las aguas (Marcos 6), se constata un pequeño punto y aparte que provoca una provechosa reflexión. Tan pronto como Jesús subió al barco en medio de la fuerte tormenta, el viento cesó. Según comenta Marcos, los discípulos “Subió entonces a la barca con ellos, y el viento se calmó. Estaban sumamente asombrados, porque tenían la mente embotada y no habían comprendido lo de los panes.” (6:51–52).

La primera observación es la más evidente: la sorpresa de los discípulos demuestra el triste hecho de lo poco que habían reflexionado sobre el espectacular milagro realizado por Jesús tan solo unas cuantas horas antes. A primera vista, una persona que domina la naturaleza tomando unos pocos bocados de comida y alimentando a cinco mil personas, sin duda podrá también manejarla de forma suficiente como para domesticar una tormenta. No debemos adoptar una actitud demasiado petulante y condenar a los discípulos, sino más bien reflexionar sobre la facilidad con que olvidamos la misericordia con que Dios obra en nuestra propia vida y reconocer con franqueza (y avergonzados) que nos sorprendemos cuando interviene una vez más.

La segunda observación es un poco más profunda. Si Jesús es verdaderamente el Mesías prometido, si goza de los poderes ya mostrados, ¿puede un discípulo responsable pensar que pierda el control? ¿Puede un miembro comprometido de los doce imaginar que un Mesías así podría hacer discípulos para perderlos en un accidente de navegación? Con esto no sugiero que los seguidores de Jesús estén exentos de sufrir accidentes hoy día. Claro que puede ocurrir. Este es un mundo caído y los que siguen a Jesús también se ven envueltos en los entramados trágicos y crueles de la caída. Sin embargo, aun nosotros debemos aprender a confiar en la sabia providencia de Dios en medio de las circunstancias difíciles y atemorizantes. Con toda seguridad, aquí hay algo que los discípulos deben aprender: su propio servicio particular como núcleo esencial de los discípulos está tan vinculado al ministerio de Jesús que resulta impensable que pudieran morir de manera “accidental”.

Y, en tercer lugar, no podemos evitar reflexionar en la conclusión de Marcos: “tenían la mente embotada”. Esto no significa que fueran estúpidos ni que, aunque su mente estuviera bien, sus afectos se distorsionaran, como si se estuviera refiriendo al centro de la personalidad humana; por tanto, tampoco se refiere exactamente a una percepción de la mente (esto quedaría demasiado restringido a un aspecto cerebral). La totalidad de su orientación seguía siendo excesivamente limitada, muy centrada en lo inmediato de sus temores, coartada por su incapacidad de penetrar en el misterio completo de la identidad de Jesús y el por qué de su venida.

Nosotros, que vemos la cruz y la resurrección del otro lado, tenemos aún menos excusas que ellos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 34). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“los buenos” y “los malos”

“los buenos” y “los malos”

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2 FEBRERO

Génesis 34| Marcos 5 | Job 1 | Romanos 5

alimentemos_el_almaLas películas y los libros de venganza son tan propios de la cultura popular que rara vez pensamos en la ambigua naturaleza corrosiva del pecado. Solo existen “los buenos” y “los malos”. Sin embargo, en el mundo real, el pecado no corrompe únicamente a quienes hacen el mal, sino también a aquellos que responden con arrogante indignación; créanme que es algo bastante habitual. Las únicas personas que no tienen culpa en este terrible suceso de violación y saqueo (Génesis 34) son las víctimas: Dina misma, por supuesto, y los de Siquem que, sin tener nada que ver con el pecado del hijo de Hamor o la corrupción de este, fueron masacrados o esclavizados.

Siquem, hijo de Hamor, es culpable sin lugar a dudas. A la luz de la violación cometida contra Dina, sus esfuerzos por pagar la dote y asegurarse de que los demás varones accedieran a la circuncisión parece más bien un egoísmo decidido y deliberado que una noble expiación; en cierto modo, era como si la violación no hubiera acabado. El razonamiento de Hamor y su hijo, tanto al acercarse a la familia de Jacob como a su propio pueblo, está motivado por el egoísmo y se caracteriza por las medias verdades. No reconocen su delito ni hablan con sinceridad, e intentan influenciar a su propio pueblo despertando su avaricia.

Los hermanos de Dina, “muy dolidos y, a la vez, llenos de ira” (34:7), pueden contar con nuestra comprensión, pero sus posteriores actos son indefendibles. Con extraordinaria hipocresía, utilizan el rito religioso más importante de su fe como medio para incapacitar a los hombres del pueblo (el término ciudad se refiere a una comunidad, cualquiera que sea su tamaño), para matarlos y llevarse a sus esposas, hijos y riquezas como botín. ¿Acaso estaban honrando así a Dina? ¿Agradaba esto a Dios?

También el papel desempeñado por Jacob resulta, como poco, ambiguo. Su silencio inicial (34:5) pudo no ser más que conveniencia política, pero no parece noble y carece de principios. Su conclusión final (34:30) es, sin duda, una valoración precisa de los peligros políticos; sin embargo, no proporciona justicia ni alternativa.

¿Qué aporta este capítulo al libro de Génesis, y, de hecho, al canon?

Mucho. Para empezar, nos recuerda un patrón recurrente. Una vez más, Dios, en su misericordia, intervino y ayudó a su pueblo en medio de una crisis (como lo hizo en Gn. 32–33), pero esto no significaba que ya estuvieran fuera de cualquier peligro moral o que no fueran hacia la corrupción. Más bien nos aclara de nuevo que la línea prometida no se ha escogido por una superioridad intrínseca; este capítulo es un argumento implícito de la primacía de la gracia. Se diría que la crisis de Siquem fue la que llevó a la familia de regreso a Betel (Gn. 35:1, 5), dando fin a los movimientos de Jacob y, como hecho aún más relevante, recordando al lector que “la casa de Dios” es más importante que cualquier morada meramente humana.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 33). Barcelona: Publicaciones Andamio.