¿cómo es su hijo?

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22 ENERO

Génesis 23 | Mateo 22 | Nehemías 12 | Hechos 22

alimentemos_el_almaLos versículos finales de Mateo 22 (Mateo 22:41–46) contienen uno de los más sorprendentes diálogos del conjunto de los Evangelios. Tras eludir hábilmente caer en la trampa de una serie de preguntas tendenciosas, planteadas más para su descrédito que por un genuino deseo de saber, Jesús reacciona ante sus oponentes haciendo él a su vez una pregunta: “¿Qué pensáis del Cristo?” “¿De quién es hijo?” (22:42). Algunos judíos creían que iba de hecho a haber dos Mesías: el de la línea de David (de la tribu de Judá) y otro de la tribu de Leví. No sorprende por tanto que los fariseos respondan acertadamente: “De David” (22:42). Pero es entonces cuando Jesús plantea la cuestión clave, que cae como una bomba: “¿Cómo pues David, en el Espíritu, le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?” (22:43–44).

Jesús estaba ahí citando el Salmo 110, designado por los escribas como salmo de David. De haber sido compuesto por un simple escriba de la Corte, al escribir “El SEÑOR dijo a mi Señor,” lo habría entendido como “El Señor [Dios] dijo a mi Señor [el Rey].” Y, de hecho, así es como lo han interpretado muchos teólogos de la escuela liberal, haciendo caso omiso de lo indicado en el rótulo. Pero, si en verdad fue David el autor del salmo, ese ‘mi Señor’ estaría obviamente apuntado a alguien distinto al autor. La explicación propuesta por muchos expertos en Biblia, tanto judíos como cristianos, durante siglos, es por tanto adecuada: David, “en el Espíritu” (22:43), habría escrito ahí un salmo oracular (esto es; un oráculo, o profecía, inspirado por el Espíritu), en referencia al futuro Mesías que habría de venir: “El SEÑOR [Dios] dijo a mi Señor [el Mesías].” El contenido del resto del salmo, lo establece por tanto como rey universal y verdadero y perfecto sacerdote.

En unos tiempos en los que las jerarquías familiares señalaban a los hijos como inferiores respecto al padre, Jesús hace patente la intención de sus palabras: “Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?” (22:45).

Las implicaciones son realmente impresionantes. El Mesías del linaje de David tendría que ser de la estirpe de David, separado por un milenio del propio David, pero aun así genuino heredero con derecho a ese trono. Por otra parte, además, iba a ser tan grandioso monarca que hasta el propio David tendría que dirigirse a él como “mi Señor”. Toda otra forma de entenderlo sería excesivamente limitada y reduccionista. Los textos relacionados del Antiguo Testamento apuntan en la dirección adecuada ya desde generaciones atrás. Pero eso no evita que vaya siempre a haber quien prefiera las simplificaciones del reduccionismo antes que las profundidades de la revelación del conjunto de la Biblia en su totalidad.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 22). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“El cordero, hijo mío, lo proveerá Dios”

El cordero, hijo mío, lo proveerá Dios

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21 ENERO

Génesis 22 | Mateo 21 | Nehemías 11 | Hechos 21

alimentemos_el_almaLa fuerza dramática que se concentra en el relato de la prueba de la fe de Abraham cuando Dios le mandó sacrificar a su hijo Isaac (Génesis 22) es muy conocida. El carácter escueto de la narrativa nos conmueve profundamente. Cuando dice a su siervo: “El muchacho y yo seguiremos adelante para adorar a Dios, y luego regresaremos junto a vosotros.”, ¿acaso creía Abraham que Dios resucitaría a su hijo de la muerte? ¿Esperaba que Dios interviniera de algún otro modo imprevisible? ¿Qué explicación le podría dar a Isaac al atarlo y estirarlo en el altar preparado para el sacrificio?

Un poco antes, cuando Isaac le pidió explicaciones por la falta de víctima, Abraham le supo contestar de manera magistral: “El cordero, hijo mío, lo proveerá Dios” (22:8). No es legítimo deducir que aquí Abraham entreviese la cruz de Cristo. A juzgar por su disposición a llevar a cabo el sacrificio, incluso es dudoso que esperase que Dios proveyese un animal. Incluso podríamos pensar que se trata de una respuesta piadosa para su hijo hasta el momento en que la terrible verdad ya no pudiese esconderse. No obstante, en el marco de esta historia, Abraham dijo más de lo que él mismo pudiese saber al respecto. Dios sí proveyó un cordero, un sustituto para Isaac (22:13–14). De hecho, igual que algunas otras figuras bíblicas, Abraham dijo mucho más de lo que sabía: Dios suministraría no sólo un animal que sirviese de sustituto en este caso, sino que proveería el sustituto definitivo, el Cordero de Dios, quien, solo, llevaría sobre sí mismo nuestro pecado y haría que se cumplieran todos los magníficos propósitos de Dios para la redención y el juicio (Apocalipsis 4–5; 21:22).

El Señor provee” (22:14): hasta aquí Abraham lo podía comprender. Uno se puede imaginar cómo esta misma realidad habrá quedado muy grabada también en la mente de Isaac, y en la de sus herederos. Dios enlaza este episodio con la promesa de la alianza: la fe de Abraham le abre la puerta a una obediencia a Dios tan radical, que ni siquiera eleva a su propio hijo amado a una posición que pudiese estar comprometida. Luego, Dios le reitera la alianza: “que te bendeciré en gran manera, y que multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena del mar. Además, tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos. Puesto que me has obedecido, todas las naciones del mundo serán bendecidas por medio de tu descendencia” (22:17–18). En esta ocasión, Dios jura por sí mismo (22:16), no porque fuese posible que mintiese, sino porque no hay nadie más grande cuyo nombre pudiese invocar, y porque el juramento serviría de ancla estabilizadora para la fe de Abraham y para la de todos aquellos que hubiesen de venir después de él (ver Hebreos 6:13–20).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 21). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Siervos de Cristo

Siervos de Cristo

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20 ENERO

Génesis 21 | Mateo 20 | Nehemías 10 | Hechos 20

alimentemos_el_almaEn el siglo XIX Lord Acton escribió que todo poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los padres fundadores de la República Estadounidense estarían de acuerdo. Esta es la razón por la cual construyeron un gobierno con un sistema de frenos y equilibrios – no querían que nadie tuviese un exceso de poder, porque sabían que tarde o temprano se corrompería. Fue también por este motivo que querían un sistema constitucional de votación democrática. No fue en absoluto porque confiasen en la sabiduría colectiva del pueblo – sus escritos demuestran que estaban algo preocupados ante la posible cesión de un exceso de poder al voto popular. Sin embargo, veían la necesidad de un mecanismo que permitiese apartar a alguien de su posición, y poner a otro en su lugar. De esta manera, ningún gobernador podría ir acumulando poderes: tarde o temprano, sería sustituido, sin derramamiento de sangre.

Jesús comprendía muy bien la naturaleza del poder en las jerarquías gubernamentales: “Como sabéis, los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad.” (Mateo 20:25). Tristemente, el poder eclesial puede ser igualmente corruptor. Por esta razón, Jesús plasma un paradigma radicalmente diferente: “Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre vosotros deberá ser vuestro servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás” (Mateo 20:26–27).

Es de una importancia crucial para la salud de la Iglesia que comprendamos bien estas palabras. Hay tres consideraciones que podrían esclarecer su significado.

En primer lugar, el modelo definitivo en este aspecto es el propio Señor Jesús, quien “no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (20:28). Este versículo no es solamente uno de los grandes textos acerca del carácter vicario de la expiación efectuada por Jesús al morir en la cruz (ver 20:17–19), sino que también insiste de manera muy poderosa en que la vida y la muerte de Jesús constituyen el listón del liderazgo cristiano.

En segundo lugar, convertirse en siervo de todos no implica que el líder cristiano deba volverse ni servil, ni tonto, ni ignorante, ni meramente “simpático” – ¡como si el liderazgo de Jesús reflejara esta clase de incompetencia!

En tercer lugar, lo que sí significa es que el líder cristiano debe ser profundamente abnegado a favor de las personas, mirando siempre este último ejemplo de autoabnegación de Cristo a favor de los demás. Por tanto, la iglesia no debe elevar a posiciones de liderazgo a personas que carezcan de este rasgo, por mucho que reúnan muchas de las cualidades propias de un líder. Para dirigir o para enseñar, por ejemplo, hay que tener el don de la enseñanza (Romanos 12:6–8). Sin embargo, también hay que estar profundamente comprometido con el principio de la abnegación a favor de los hermanos y hermanas en Cristo. Si no, uno queda forzosamente descalificado.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 20). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿quién podrá salvarse?

¿quién podrá salvarse?

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19 ENERO

Génesis 20 | Mateo 19 | Nehemías 9 | Hechos 19

alimentemos_el_almaDespués de la entrevista que Jesús tuvo con el joven rico, dice a sus discípulos: “- Os aseguro – comentó Jesús a sus discípulos – que es difícil para un rico entrar en el reino de los cielos. De hecho, le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.” (Mateo 19:23–24). Los discípulos, según se nos relata, “quedaron desconcertados”. Preguntaron: “En ese caso, ¿quién podrá salvarse?” (19:25).

Su pregunta delata mucho su manera de pensar. Es como si los discípulos creyeran que si alguien iba a ser salvo sería como este joven justo, recto y francamente rico que acababa de alejarse, cabizbajo y algo triste, de Jesús. Si no se salvaba ni este, ¿quién se salvaría entonces? Es posible que pensaran que sus riquezas eran prueba de que Dios le había bendecido, mientras que su carácter públicamente tan recto parecía confirmar esta idea.

Pero, de esta forma, lo que delatan es lo poco que habían comprendido la afirmación de Jesús. Quiso señalar con qué facilidad las riquezas se convierten en un sucedáneo de Dios. Es extraordinariamente difícil que alguien que esté apegado a las riquezas, especialmente las acumuladas a lo largo de los años y de las cuales uno se siente orgulloso, se acerque a Dios como un niño se le acercaría (19:13–15), y sencillamente pida ayuda y busque misericordia. Los discípulos están mirando estas cosas justamente al revés. Los bienes materiales son una bendición, según razonan, y proceden de Dios. Si alguien goza de muchos bienes, estas bendiciones tienen su origen en Dios. Por tanto, es más probable que se salve una persona con grandes bendiciones, que no una que cuente con menos.

Jesús no entra en un debate con ellos. Si comenzase a hablar en este momento sobre las probabilidades mayores o menores de que alguien se salve, supondría reconocer la legitimidad de la pregunta, la cual, de hecho, está muy mal planteada. No es así como hay que abordar esta cuestión. Tomemos, por ejemplo, el grupo que los discípulos consideran estar más cerca del reino. ¿Ellos se salvarán? “A base del esfuerzo humano, es imposible”, dice Jesús. Y esto significa, desde la perspectiva de los discípulos, que, si el colectivo más privilegiado no puede entrar, entonces no entrará nadie. Está clarísimo: “Para los hombres es imposible”.

Sin embargo, esta imposibilidad puede convertirse en realidad, puesto que servimos a un Dios que hace cosas que nosotros, los seres humanos nunca podríamos realizar. “¿quién podrá salvarse?”, “… mas para Dios todo es posible” (19:26). En esto estriba nuestra confianza: un Dios que se fija en los individuos más improbables, sean ricos o pobres, y escribe su ley en sus corazones. Aparte de la gracia de Dios, que interviene en nuestra condición, no hay esperanza para ninguno de nosotros.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 19). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos”.

Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos”.

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18 ENERO

Génesis 19 | Mateo 18 | Nehemías 8 | Hechos 18

alimentemos_el_almaSi no vamos con cuidado, es muy fácil distorsionar una analogía. La razón es obvia. Cuando una cosa sirve de analogía para otra, inevitablemente habrá unos aspectos en los cuales ambas serán semejantes, y otros en los cuales serán muy diferentes. Si fueran paralelas en todos los aspectos, no se trataría de una relación análoga, sino de dos cosas idénticas. Que una relación análoga sea tan fructífera y reveladora estriba precisamente en que las dos en cuestión no sean idénticas. Pero ahí está justamente lo que hace que la analogía sea difícil de comprender.

Así que hay que tener esto en cuenta a la hora de interpretar la analogía que Jesús usa en Mateo 18:1–6. Cuando sus discípulos comienzan a discutir acerca de quién es el más grande en el reino de los cielos, Jesús llama a un niño pequeño e insiste en que, si ellos no cambian y son como niños pequeños, no “entraréis en el reino de los cielos” (18:3). De hecho, “el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos” (18:4). Recibir a un niño pequeño en nombre de Jesús es recibir a Jesús mismo (18:5); hacer que uno de estos pequeños tropiece es cometer un pecado tan serio, que habría sido mejor no haber nacido (18:6).

Es importante notar lo que no establece esta analogía. No hay ninguna indicación aquí de que los niños sean inocentes o libres de pecado, ni que su fe sea intrínsecamente pura; no encontramos aquí el espejismo sentimental de que los niños comprendan mejor la naturaleza de Dios que los adultos. La primera verdad a la que la analogía apunta se encuentra en el contexto de la discusión entre los discípulos. Mientras ellos se preocupan por quién será el más grande en el reino de los cielos, Jesús les llama la atención sobre aquellos miembros de la sociedad a quienes nadie consideraría “grandes”. Los niños son criaturas dependientes. No son ni fuertes ni sabios ni sofisticados. Son relativamente transparentes. Los adultos orgullosos, pues, se deben humillar a fin de acercarse a Dios como niños pequeños: sencillamente, con una dependencia natural y sincera, sin abrigar deseo alguno de ser el más grande.

Además, si como estos niños ponen su confianza en Jesús – sin pretensiones de ningún tipo y con una sencillez transparente –, aquellos que los corrompan y desvíen son patética y profundamente malévolos.

Aquí se nos ofrece entonces una imagen de la grandeza en el reino de los cielos que desmonta por completo todas nuestras pretensiones, desinfla nuestro orgullo y expone como vergonzosas nuestras aspiraciones egoístas. Si bien es cierto que no debemos sacar las conclusiones equivocadas de esta analogía, también lo es que hay muchísimas conclusiones correctas en las que debemos reflexionar y poner en práctica.

Quienes aspiran a lograr grandes cargos y grandes reputaciones en el liderazgo cristiano deben reflexionar prolongadamente en estas palabras: “Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 18). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Jesús no tiene rival alguno»

Por Amor a Dios

Un devocional para apasionarnos por la Palabra

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17 ENERO

Génesis 18 | Mateo 17 | Nehemías 7 | Hechos 17

Uno de los grandes fallos en los que también pueden caer incluso los creyentes es el de minusvalorar a Jesús (Mateo 17:1–8).

alimentemos_el_almaJesús se lleva al círculo íntimo de sus doce discípulos – a Pedro, a Santiago y a Juan – a la cumbre de una montaña alta: sólo estaban ellos cuatro. “Allí se transfiguró en presencia de ellos; su rostro resplandeció como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz” (17:2). De pronto, aparecieron Moisés y Elías, “hablando con Jesús” (17:3) Es como si se nos permitiesen vislumbres acerca de la identidad definitiva del Hijo eterno; los tres discípulos son ahora “testigos directos de su majestad” (2 Pedro 1:16). Es difícil no ver aquí un anticipo de la gloria del Hijo exaltado (Apocalipsis 1:12–16), de Jesús tal como aparecerá cuando toda rodilla se doblegue ante él, en el cielo y en la tierra, y bajo la tierra, y toda lengua confiese que “Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:10–11).

Sin embargo, Pedro no lo comprende. Acierta al reconocer que es un enorme privilegio presenciar este momento: “Señor”, dice, “¡qué bien que estemos aquí!”. Pero luego mete la pata: “Si quieres, levantaré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No llega a comprender el significado de la presencia de Moisés y Elías. Se imagina que se trata de que Jesús está siendo elevado así a la estatura de ellos, a la estatura del mediador de la alianza de Sinaí y a la de uno de los más grandes de los profetas bíblicos.

Está profundamente equivocado. La presencia de Moisés y Elías, significa más bien, que tanto la ley como los profetas daban testimonio de él (5:17–18; 11:13). Dios mismo es quien pone las cosas en su sitio. En una manifestación aterradora, la voz de Dios truena desde el interior de una nube que los envuelve a todos: “Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él. ¡Escuchadle!” (17:5). Cuando los tres discípulos se recuperaron del profundo impacto, todo había desaparecido: “Cuando alzaron la vista, no vieron a nadie más que a Jesús” (17:8). Esta última visión es una conclusión preñada de significado.

Jesús no tiene rival alguno. Ha habido y sigue habiendo muchos líderes religiosos. En una era de gran sensibilidad posmoderna y de un compromiso muy extendido y profundo con el pluralismo filosófico, es muy fácil relativizar a Jesús de muchísimas maneras. Pero sólo hay una persona de quien se puede decir que nos creó, y luego se hizo uno de nosotros; que es el Señor de la gloria y al mismo tiempo un ser humano; que murió con ignominia y vergüenza en una cruz odiosa; pero que ahora está sentado a la diestra de la Majestad, habiendo vuelto a la gloria que compartía con el Padre antes de que el mundo fuera creado.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 17). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Yo soy el Dios Todopoderoso….”

Por Amor a Dios

Un devocional para apasionarnos por la Palabra

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16 ENERO

Génesis 17 | Mateo 16 | Nehemías 6 | Hechos 16

alimentemos_el_almaNo pensemos que Dios se revelaba a Abram cada día: estos momentos decisivos ocurren a lo largo de un período muy extenso. Si reunimos las pistas cronológicas, podemos deducir lo siguiente: Génesis 12 tiene lugar cuando Abram tiene 75 años; Génesis 15 no tiene fecha, pero ocurre durante la siguiente década; ahora Abram tiene 99 años, e Ismael ya tiene 13 (Génesis 17:1, 25). Las palabras con las cuales Dios inicia el encuentro debían ser profundamente consoladoras, puesto que recogen unas cuantas de las realidades que ya han sido plasmadas: “Yo soy el Dios Todopoderoso….”.

En los siguientes versículos, lo que primero se enfatiza es la alianza, la promesa de la Tierra y el hecho de que Abram será padre de muchas naciones (17:4–5). Esta última promesa es la que ocupa el lugar primordial en esta secuencia, pero hay tres elementos más que conducen hacia adelante la historia de la redención.

En primer lugar, tanto Abram como Sarai reciben un nombre nuevo. Si Abram significa “padre exaltado”, Abraham significa “padre de muchos”; es decir, “padre de muchas naciones”. Implícitamente, eso da a entender que por muy importante que sea su papel como padre de esta nación hebrea recién nacida, Abraham será aun más grande como aquel a través del cual todos los pueblos de la tierra serían bendecidos (12:3). Sara “será madre de naciones” (17:16).

En segundo lugar, Dios introduce el tema de la circuncisión como la señal iniciadora de la alianza. La circuncisión era un rito que existía entre varios pueblos mesopotámicos de aquella época. En este caso, sin embargo, se le da un significado distintivo: un rito conocido en el mundo donde Abraham vivía es recogido por Dios y revestido de un significado particular en la historia de la alianza que Dios hace con su pueblo. Abraham no tarda en cumplir con ella (17:23–27). Esto se convierte en una señal fronteriza que, a lo largo de la historia, marca la diferencia entre los hebreos y los demás; pero es algo más que eso. Se establece tan definitivamente como la señal única del pacto eterno, que quien no la cumpliese sería excluido del pueblo de Dios (17:13–14). Aun antes de que el pacto comportara una amplia gama de leyes, se están forjando su marco, sus fronteras y su simbolismo.

En tercer lugar, el escepticismo comprensible, aunque poco afortunado, por parte de Abraham en cuanto a su capacidad de engendrar a un hijo con Sara a estas alturas de su matrimonio le induce a proponer a Ismael como el hijo a través de quien Dios podría llevar a cabo sus propósitos (17:17–18). Pero Dios rechaza esta propuesta. Ismael también será padre de muchos, pero la línea de la alianza pasará por Isaac (17:19–21). La historia del pueblo de la alianza estará, por tanto, sujeta a la elección soberana de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 16). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dios habla con Agar

Por Amor a Dios

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15 ENERO

Génesis 16 | Mateo 15 | Nehemías 5 | Hechos 15

alimentemos_el_almaEn toda la literatura de la antigua Mesopotamia, que yo sepa, Agar es la única mujer a quien Dios se dirige directamente, llamándola por su nombre (Génesis 16:8; 21:17). Esta mujer en cuestión no es una de las grandes figuras matriarcales del Antiguo Testamento – como Sara, o Raquel, o Rebeca –, sino una simple esclava que resentida con su ama, se da a la fuga. No obstante, Dios se acerca a ella, le dice que se someta a Sara (16:9), le promete que el niño que lleva en su vientre será varón, y que este varón será el progenitor de una gran nación (21:8).

Este relato tiene numerosas facetas estrechamente relacionadas entre sí. Siguiendo el relato de la alianza con Abram en el capítulo 15, este incidente deja en evidencia tanto a Abram como a Sara. Desesperados por tener un hijo, piensan que tienen derecho a llevar a término los propósitos de Dios por sus propios medios, más bien turbios. Como resultado, se produce no sólo una tensión muy grande en el seno de su propia familia que dura muchos años – tensión que se desborda hasta la siguiente generación (Génesis 21:25) –, sino que de ahí nacen los pueblos árabes, que se encuentran enzarzados en un conflicto perenne con el pueblo de Israel hasta nuestros días. Uno de los grandes rasgos característicos de la Biblia es su absoluta honestidad: los grandes hombres y las grandes mujeres se retratan con todas sus miserias. Este mundo continúa siendo un mundo deteriorado, e incluso los mejores son seres caídos. Esto nos debe prevenir ante el peligro de un culto exacerbado a la personalidad.

No obstante, hay aquí otro vínculo con los capítulos anteriores. Dios había prometido a Abram que todos los pueblos de la tierra serían bendecidos a través de él (12:3). La elección de Abram es un medio hacia este fin. Por muy centrados en la descendencia que estén los propósitos de Dios a partir de ahora, Dios sigue siendo el Rey soberano sobre todo el cosmos. En el libro de Génesis, el relato de Abram se enmarca en medio de la narrativa más amplía de la creación de todos, y de la caída de todos. De modo que aquí, al principio de la historia de la nación de Israel, Dios muestra su amor hacia los marginados y los despreciados, hacia los que no están orgánicamente incorporados en la línea de la Promesa.

Encontramos esta misma solicitud en el Señor Jesús. En Mateo 15:21–28, Jesús es perfectamente consciente de que su misión, durante los tres años de su ministerio público, va dirigida especialmente a “las ovejas perdidas del pueblo de Israel” (15:24). La narrativa de la redención exige que dé prioridad al antiguo pueblo de Dios con quien hizo alianza. Pero esto no impide que reconozca la fe asombrosa de otra mujer, cananita, quien tiene la sabiduría de cambiar los términos de su pleito. Ya no se dirige a Cristo como “Hijo de David” (15:22), puesto que, no siendo Israelita, no tiene derecho a ninguna reivindicación directa, y se limita a pedir misericordia (15:27). Otra “Agar” así descubre cómo es de abundante esta misericordia, igual que muchísimas otras personas en nuestros días.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 15). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Abram creyó al Señor…”

Por Amor a Dios

Un devocional para apasionarnos por la Palabra

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14 ENERO

Génesis 15 | Mateo 14 | Nehemías 4 | Hechos 14

alimentemos_el_almaEl marco temporal de Dios es muy diferente del nuestro. Abram quiere un hijo y le parece que se va quedando sin tiempo. Dios tiene en mente a un pueblo compuesto de millones de descendientes. Abram siente que su vida se acerca al final sin que sea evidente en absoluto por qué Dios le ha llamado a salir de Ur de los caldeos; Dios ve el curso entero de la historia redentora.

Lo que Dios hace en Génesis 15 es prometer a Abram que su descendencia constituirá una multitud incontable. A un cierto nivel, la promesa de Dios es suficiente: “Abram creyó al Señor…” (Génesis 15:6). La fe de Abram es sencilla y también profunda: creyó la promesa de Dios, convencido de que Dios sería fiel a su palabra. Y a ojos de Dios, esta fe “contaba como justicia”. Esto no quiere decir que Abram se mereciese puntos por mostrar una fe así. Se trata más bien de que lo que Dios exige a los que llevan su imagen, lo que siempre les había exigido, era justicia – sin embargo, en este mundo caído acepta, y lo cuenta como si fuese justicia, una fe que reconozca nuestra dependencia de Dios y que reciba la palabra de Dios como tal. Es la fe de Abram lo que le convierte en el padre de todos los que creen (Romanos 4; Gálatas 3).

Sin embargo, por muy genuina que sea esta fe, Abram tiene problemas para encajar algunos de los detalles de la promesa de Dios. Dios le habla de un tiempo en el que sus descendientes poseerán toda la tierra que le rodea, y Abram vacila y pide una señal (Génesis 15:8). En su gracia, Dios provee una: en una visión, a Abram se le permite entrar en un pacto con Dios. Probablemente, los animales troceados por medio de los cuales pasa “una hornilla humeante y una antorcha encendida” (Génesis 15:17) representan una manera de decir “que los que entren en este pacto sean igualmente troceados si violan las condiciones del mismo”. Esta visión que Abram recibe, aparte de ser un acto de bondad de parte de Dios para afianzar su fe, también le permite vislumbrar los propósitos de Dios a largo plazo, y el vasto alcance de su campo de acción: establece un pacto con Abram y con su descendencia, la misma relación de pacto en la cual entran también los creyentes de hoy día (Gálatas 3:6–9).

Hay otro elemento más en este capítulo que deja entrever la perspectiva divina. Una razón por la cual Abram no puede comenzar a conquistar la Tierra Prometida es que “antes de eso no habrá llegado al colmo la iniquidad de los amorreos” (Génesis 15:16). La cronología divina encaja tan perfectamente con su sensibilidad moral, que, cuando el pueblo de Dio esté listo para entrar en la Tierra, los habitantes de dicha Tierra se habrán hundido en la degradación moral hasta tal punto, que el juicio divino será absolutamente necesario. Llegará aquel día, dice Dios, pero en este capítulo aún no ha llegado.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 14). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El último rey-sacerdote,

Por Amor a Dios

Un devocional para apasionarnos por la Palabra

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13 ENERO

Génesis 14 | Mateo 13 | Nehemías 3 | Hechos 13

alimentemos_el_almaSi leyéramos el libro de Génesis sin conocer el contenido de ningún otro libro de la Biblia una de las secciones que encontraríamos más enigmáticas sería estos versículos que tratan de Melquisedec (Génesis 14:18–20). ¿Cómo puede ser que contribuya de forma sustancial a la línea narrativa del libro?

Aparece tras la decisión (Génesis 13) de Abram y de Lot de separarse para poner fin a las querellas que se sucedían entre sus respectivos empleados. Lot escoge las llanuras de Sodoma y Gomorra. Esto quiere decir que tanto él mismo como su familia y sus bienes son capturados cuando Quedorlaomer y los reyes más bien mediocres que se han aliado con él atacan las ciudades gemelas y se hacen con un botín considerable. Abram y un buen número de guerreros persiguen a los saqueadores. La batalla acaba con la liberación de Lot y de su familia, y la restauración tanto de las personas como de los bienes que habían sido saqueados. En los versículos siguientes, Abram rechaza cualquier recompensa de parte del rey de Sodoma, una ciudad cuya maldad ya era notoria, pero acepta con agrado la bendición del rey de Salem (posiblemente la misma ciudad que Jerusalén) y a cambio le ofrece un diezmo honorífico.

Históricamente, Melquisedec (nombre que significa “rey de justicia”) parece ser el rey de la ciudad-Estado de Salem (nombre que significa “paz” o “bienestar”. Su rol en la narrativa no es sólo el del “Rey de Salem”, sino también “sacerdote del Dios altísimo” (14:18). De hecho, bendice a Abram en nombre del Dios Todopoderoso. Hasta tal punto Abram le respeta, aparentemente conociéndole ya por otros encuentros anteriores, que él a su vez también le honora.

No hay motivo para creer que Abram fuese la única persona en la tierra que conservase el conocimiento del Dios viviente. Melquisedec era otro, y Abram reconoce en él un alma gemela. En un libro que cataloga con detalle la genealogía de prácticamente todo el mundo que tiene un lugar en la narrativa, no deja de sorprender la manera como Melquisedec aparece y desaparece – no se nos dice ni quiénes eran sus padres ni como murió. Él y su ciudad son la contrapartida de Sodoma y su rey. Otra vez más, se contraponen la ciudad de Dios y la de los hombres (como diría Agustín).

Melquisedec sólo se menciona en dos sitios más en la Biblia. El primero, es el Salmo 110 (ver la reflexión para el 17 de junio); el otro es Hebreos, donde el escritor reconoce la importancia de la inclusión de Melquisedec en la línea narrativa de Génesis, afirmando que se trata de un evento cargado de simbolismo cuyo significado es extraordinario (ver especialmente Hebreos 7). Dios prepara así el camino para el último rey-sacerdote, no sólo a través de profecías verbales, sino también, mediante modelos (o tipos) que establecen las categorías y configuran las expectativas del pueblo de Dios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 13). Barcelona: Publicaciones Andamio.