La virtud cristiana del amor

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La virtud cristiana del amor

R.C. Sproul

¿Cuántas personas conoces que hayan llegado al salón de la fama en música, arte, literatura, o deportes, debido a su amor? Elevamos a la gente al estatus de héroes debido a sus dones, sus talentos, y su poder, pero no debido a su amor. A pesar de esto, desde la perspectiva de Dios, el amor es la mayor de todas las virtudes. Pero, ¿qué es el amor?

Se dice que el amor hace que el mundo gire, y el amor romántico ciertamente hace que la cultura gire en términos de publicidad y entretenimiento. Nunca nos cansamos las de historias románticas. Pero no nos referimos al amor romántico cuando hablamos de la virtud cristiana del amor. Estamos hablando de una dimensión mucho más profunda del amor, una virtud tan suprema que debe distinguir a los cristianos de todas las demás personas. Es más, el amor es tan importante en las enseñanzas bíblicas que Juan nos dice: “Dios es amor” (1 Jn. 4:7-8).

1 Corintios 13 mide las profundidades de lo que significa realmente el amor. Es una vara de medir con la que podemos examinarnos cuidadosamente para ver si este amor habita en nuestros corazones y se hace manifiesto en nuestras vidas.

Cualquier otra cosa que digamos sobre la virtud cristiana del amor, debemos tener en claro que el amor que Dios ordena es un amor que imita el suyo. El amor de Dios es absolutamente perfecto. Y somos llamados a reflejar ese amor como un espejo, a ser perfectos como Él es perfecto (Mt. 5:48). Ahora, por supuesto, ninguno de nosotros ama de manera perfecta, y es por esto que debemos estar cubiertos con la justicia perfecta de Cristo por medio de la fe únicamente en Él. No obstante, es importante regresar a la Escritura para descubrir cómo el amor debe lucir, pues nos satisfacemos fácilmente con un entendimiento sentimental, sensiblero, romántico, o superficial del amor.

1 Corintios 13 mide las profundidades de lo que significa realmente el amor. Es una vara de medir con la que podemos examinarnos cuidadosamente para ver si este amor habita en nuestros corazones y se hace manifiesto en nuestras vidas. Por eso me sorprende que 1 Corintios 13 sea uno de los pasajes más populares en toda la Biblia, en lugar de ser uno de los más despreciados. No puedo pensar en ningún capítulo en la Escritura que revele tan rápido nuestro pecado. Su popularidad quizá se debe a que es uno de los capítulos menos comprendidos y menos aplicados de la Biblia. En cierta manera somos ambivalentes a él. Nos atrae la grandeza de su tema y la elocuencia de su lenguaje, a pesar de que al mismo tiempo somos rechazados por este capítulo porque revela nuestras faltas. Queremos guardar cierta distancia del mismo porque nos muestra tan claramente nuestra falta de amor real.

Este capítulo es parte de una amonestación apostólica a los cristianos que se encontraban separados por las contiendas de la iglesia. Se estaban comportando de manera inmadura y carnal, y en el corazón de esa profana conducta estaban ciertos talentos, habilidades, y dones, que se manifestaban en ellos sin que hubiera amor en sus vidas. En los versos de apertura, Pablo habla del amor como el sine qua non de la virtud cristiana (1 Cor. 13:1-3). Está hablando en hipérbole, exagerando intencionalmente las cosas para establecer su punto. Inicia comparando el amor con el don de lenguas. Pablo dice: “No me importa si hablas cincuenta idiomas, o si tienes el don de milagrosamente hablar en idiomas extranjeros. No me importa si Dios te ha dotado con la habilidad de hablar el lenguaje de las potestades celestiales. Si no tienes amor, la elocuencia de tu discurso se convierte en ruido. Se convierte en disonancia, un estruendo irritante y molesto”. Él dice que si hablamos en lenguas de hombres o de ángeles pero no tenemos amor, nos convertimos en un metal resonante o en un címbalo que retiñe… puro ruido. Toda la hermosura del discurso se pierde cuando el amor está ausente.

Pablo luego compara el amor con los dones de profecía y entendimiento, dotaciones milagrosas que Dios daba a las personas durante la era apostólica. Estos formidables dones no se comparaban con el amor. El apóstol dice que puedes tener talentos milagrosos, puedes recibir poder de Dios el Espíritu Santo, pero debe ser para usarlos en el contexto de la gracia del amor. Y sin ese amor, el uso de poder divino es una parodia. Jesús tuvo que advertir incluso a sus discípulos sobre el peligro de usar un don dado por Dios sin amor. Jesús empoderó a sus discípulos para participar en su ministerio de exorcismo, y ellos fueron en su misión y regresaron con la frente en alto. Estaban tan emocionados ante la efectividad de su ministerio que se regocijaban en el poder que Cristo les había dado. Pero ¿qué dijo Jesús? No se regocijen por tener poder sobre Satanás, sino regocíjense de que sus nombres estén escritos en el cielo (Lc. 10:1-20). Los discípulos se centraron en el poder, en lugar de en la gracia que se encontraba detrás de ese poder. Estaban intoxicados por el regalo, y se estaban olvidando de aquel que lo dio.

La conclusión es que los dones de Dios pueden ser usados sin amor. Cuando eso sucede, su valor es destruido. La esencia del amor, nos dice 1 Corintios 13, es buscar el bien de los demás. Una persona que refleja el amor de Dios se da por otros, en lugar de ejercer su poder para su propio beneficio. Pero somos personas que estamos más interesadas en el poder; en hacer en lugar de ser. Nos preocupamos más por tomar el poder sobrenatural que Dios puede dar, que en el amor sobrenatural derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom. 5:5). Nuestras prioridades están fuera de lugar. Gracias sean dadas a Dios que su amor por nosotros es mayor que nuestro amor por Él. Que Él nos fortalezca para buscar su amor sobre todas las cosas, un amor que refleje su amor por nosotros en Cristo (Rom. 5:8).

Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

 

La Iglesia debe predicar a Cristo

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La Iglesia debe predicar a Cristo

R.C. Sproul

La Iglesia del siglo XXI se enfrenta a muchas crisis. Una de las más graves es la crisis de la predicación. Diversas filosofías de predicación compiten por ser aceptadas entre los ministros contemporáneos. Algunos ven el sermón como una charla informal; otros, como un estímulo para la salud psicológica; otros, como un comentario sobre la política contemporánea. Sin embargo, algunos aún ven la exposición de las Sagradas Escrituras como un ingrediente necesario en el oficio de la predicación. A la luz de estos puntos de vista, siempre es útil ir al Nuevo Testamento para buscar o averiguar el método y el mensaje que se encuentra en el registro bíblico de la predicación apostólica.

Primeramente, debemos hacer distinción entre dos tipos de predicación. La primera ha sido llamada kerigma; la segunda, didaché. Esta distinción se refiere a la diferencia entre proclamación (kerigma) y la enseñanza o instrucción (didaché). La estrategia de la iglesia apostólica era ganar convertidos por medio de la proclamación del evangelio. Una vez que la gente respondía a ese evangelio, eran bautizados y recibidos en la iglesia visible. En seguida se sometían a una exposición regular y sistemática de la enseñanza de los apóstoles, a través de la predicación ordinaria (homilías), y en grupos particulares de instrucción catequista. Cuando se comenzó a compartir a los gentiles, los apóstoles no entraron en gran detalle sobre la historia redentiva del Antiguo Testamento. Ese conocimiento ya se asumía entre las audiencias judías, pero no se manejaba entre los gentiles. Sin embargo, incluso en las audiencias judías, el énfasis central de la predicación evangelística era el anuncio de que el Mesías había venido y establecido el reino de Dios.

Después de predicar los detalles de su muerte, resurrección, y ascensión a la diestra de Dios, los apóstoles llamaban al pueblo a convertirse a Cristo, arrepentirse de sus pecados, y recibir a Cristo por fe.

Si tomamos un tiempo para examinar los sermones de los apóstoles que se registran en el libro de Hechos, vemos una estructura algo común y familiar en ellos. En este análisis, podemos discernir el kerigma apostólico, la proclamación básica del evangelio. Aquí, el enfoque en la predicación estaba en la persona y la obra de Jesús. El evangelio mismo fue llamado el evangelio de Jesucristo. El evangelio es acerca de Él; involucra la proclamación y declaración de lo que Él logró en su vida, en su muerte, y en su resurrección. Después de predicar los detalles de su muerte, resurrección, y ascensión a la diestra de Dios, los apóstoles llamaban al pueblo a convertirse a Cristo, arrepentirse de sus pecados, y recibir a Cristo por fe.

Cuando buscamos extrapolar, a partir de estos ejemplos, cómo evangelizó la iglesia apostólica, debemos preguntarnos: al transferir a la iglesia contemporánea los principios apostólicos de la predicación, ¿qué es apropiado? Algunas iglesias creen que es un requisito predicar el evangelio o comunicar el kerigma en cada sermón que se predica. Este punto de vista ve un énfasis evangelístico en la predicación del domingo en la mañana. Sin embargo, muchos predicadores hoy en día dicen que predican el evangelio regularmente cuando en algunos casos nunca han predicado el evangelio en absoluto, porque lo que ellos llaman el evangelio, no es el mensaje de la persona y la obra de Cristo, y de cómo su obra cumplida y sus beneficios pueden ser apropiados por el individuo por medio de la fe. Más bien, el evangelio de Cristo es intercambiado por promesas terapéuticas de una vida con propósito o de cómo llegar a una realización personal al venir a Jesús. En los mensajes así, la atención se centra en nosotros y no en Él.

Por otro lado, al estudiar el patrón de los servicios de adoración de la iglesia primitiva, vemos que la asamblea semanal de los santos involucraba reunirse para adoración, comunión, oración, celebración de la cena del Señor, y devoción a la enseñanza de los apóstoles. Si estuviéramos allí, veríamos que la predicación apostólica abarcaba la totalidad de la historia de la redención y la suma de la revelación divina; no se limitaba simplemente al kerigma evangelístico.

Así que, de nuevo, el kerigma es la proclamación esencial de la vida, muerte, resurrección, ascensión, y gobierno de Jesucristo, así como un llamado a la conversión y al arrepentimiento. Es este kerigma que el Nuevo Testamento indica como el poder de Dios para salvación (Rom. 1:16). No puede haber ningún sustituto aceptable para ello. Cuando la iglesia pierde su kerigma, pierde su identidad.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

 

Los cinco puntos del calvinismo

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Los cinco puntos del calvinismo

R.C. Sproul

El ya fallecido teólogo Cornelius Van Til una vez observó que el calvinismo no debe ser identificado con los llamados cinco puntos del calvinismo. Más bien, Van Til concluyó que los cinco puntos funcionan como una vía, o un puente, a toda la estructura de la teología reformada. Del mismo modo, Charles Spurgeon argumentó que el calvinismo no es más que un apodo para la teología bíblica. Estos titanes del pasado entendieron que la esencia de la teología reformada no puede reducirse a cinco puntos particulares, los cuales surgieron como puntos de controversia en Holanda hace siglos con los remonstrantes, quienes se opusieron a cinco puntos específicos del sistema de doctrina encontrado en el calvinismo histórico. Esos cinco puntos se han asociado con el acróstico TULIP (por sus siglas en inglés): depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible, y la perseverancia de los santos.

El punto central de la teología reformada es Dios, y es la doctrina de Dios que impregna la totalidad de la sustancia del pensamiento reformado.

Este artículo busca abordar la cuestión de la teología reformada desde la perspectiva de lo que en la filosofía se llama: la vía negativa. Este método de acercarse a la verdad define las cosas en términos de lo que no son; por lo tanto, se le llama el “camino de la negación”. Por ejemplo, cuando hablamos de la naturaleza de Dios, decimos que Él es infinito, lo que simplemente significa que Él no es “finito”. Este es un ejemplo de cómo se utiliza la forma de negación. Cuando comprendemos claramente cómo emplear este método, la forma de afirmación, su opuesto, se hace manifiesta. Si nos fijamos en lo que la teología reformada no es, nos ayuda a comprender lo que es.

Comenzamos diciendo que la teología reformada no es un conjunto caótico de ideas inconexas. Por el contrario, la teología reformada es sistemática. Vivimos en una época en que los sistemas de pensamiento son censurados en un mundo posmoderno, no solo en el ámbito secular de las ideas, pero incluso dentro de seminarios cristianos. Históricamente el principio de la teología sistemática ha sido el siguiente: la Biblia, siendo la Palabra de Dios, refleja la coherencia y la unidad del Dios cuya palabra es. Por supuesto, sería una distorsión tomar un sistema externo de pensamiento y forzarlo a la Escritura, obligando a la Escritura a ajustarse a él como si fuera una especie de lecho de Procusto. Ese no es el objetivo de la sana teología sistemática. Por el contrario, la verdadera teología sistemática trata de comprender el sistema de teología que está contenido dentro de todo el ámbito de la sagrada Escritura. No impone ideas sobre la Biblia; sino que escucha las ideas que son enunciadas por la Biblia y las entiende de una manera coherente.

El siguiente punto que hacemos a través de la negación es que la teología Reformada no es antropocéntrica. Es decir, la teología reformada no está centrada en los seres humanos. El punto central de la teología reformada es Dios, y es la doctrina de Dios que impregna la totalidad de la sustancia del pensamiento reformado. Por lo tanto la teología reformada, a modo de afirmación, puede llamarse teocéntrica.

Aunque no suele ser útil hablar de paradojas en nuestra comprensión de la verdad, hay sin embargo una paradoja que me gusta mantener. Por un lado, la doctrina adecuada de Dios, es decir, la doctrina de la naturaleza, atributos, y carácter de Dios, afirmada por diversos credos de pensamiento reformados, tiene poca deferencia con otras teologías y otras expresiones de fe que se encuentran entre los luteranos, católicos, metodistas, y otros. Al mismo tiempo, y en ello radica la paradoja, pues la dimensión más distintiva de la teología reformada es su doctrina de Dios. Aunque suena como que estoy escribiendo “con los dos lados de mi pluma”, permítanme apresurarme a aclarar esta afirmación paradójica. Después de que la teología reformada articula su doctrina de la naturaleza y el carácter de Dios en los primeros principios de su sistema doctrinal, no se olvida de estas afirmaciones cuando pasa a otras doctrinas. Por el contrario, nuestra comprensión de la naturaleza de Dios es principal y determinante con respecto a nuestra comprensión de todas las otras doctrinas. Es decir, nuestra comprensión de la salvación tiene como factor de control, justo en el corazón de sí misma, nuestra comprensión del carácter de Dios.

La teología de la reforma no es anticatólica. Esto puede parecer extraño, ya que la teología reformada surge directamente del movimiento protestante del siglo XVI, movimiento que se llama “protestante” porque se trataba de una “protesta” en contra de la enseñanza y de la actividad del catolicismo romano. Pero el término católico se refiere al cristianismo católico, la esencia de lo cual se puede encontrar en los credos ecuménicos de los primeros mil años de historia de la Iglesia, en particular los primeros credos y concilios de la Iglesia, tales como el Concilio de Nicea en el siglo IV, y el Concilio de Calcedonia en el siglo V. Es decir, esos credos contienen artículos de fe comunes y compartidos por todas las denominaciones que abrazan el cristianismo ortodoxo, doctrinas como la Trinidad y la expiación de Cristo. Las doctrinas afirmadas por todos los cristianos están en el centro y el núcleo del calvinismo. El calvinismo no se aparta en busca de una nueva teología ni rechaza la base común de la teología que toda la Iglesia comparte.

La teología de la reforma no es católica romana en su comprensión de la justificación. Esto es simplemente para decir que la teología reformada es evangélica, en el sentido histórico de la palabra. En este sentido, la teología reformada se sostiene fuerte y firmemente con Martín Lutero y los reformadores magisteriales en su articulación de la doctrina de la justificación por la fe sola. Afirma las solas de la Reforma, que son las causas formales y materiales de la Reforma del siglo XVI. Estos dos principios son las doctrinas de la sola Scriptura y sola fide. Ninguna de estas doctrinas se declaran explícitamente en los cinco puntos del calvinismo; sin embargo, en cierto sentido, se convierten en la base para las demás características de la teología reformada.

Estas declaraciones introductorias acerca de lo que la teología reformada no es son expresadas de una manera mucho más amplia y profunda en mi libro: ¿Qué es la Teología Reformada?, que fue escrito para ayudar a laicos y líderes cristianos a entender la esencia de la teología reformada. En este artículo estoy dando un enfoque escueto de la doctrina, recordando a los lectores que la teología reformada trasciende de los meros cinco puntos del calvinismo, porque es una cosmovisión de la vida y el mundo. Es del pacto. Es sacramental. Está comprometida a transformar la cultura. Está subordinada a la operación de Dios el Espíritu Santo, y tiene un marco rico para comprender la totalidad del consejo de Dios revelado en la Biblia.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Qué significa expiación y propiciación?

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¿Qué significa expiación y propiciación?

R.C. Sproul

Cuando hablamos del aspecto vicario de la redención, dos palabras técnicas aparecen una y otra vez: expiación y propiciación. Estas palabras despiertan todo tipo de argumentos acerca de cuál se debe utilizar para traducir una palabra griega en particular, y algunas versiones de la Biblia utilizan una de estas palabras, y otras versiones utilizaran la otra. A menudo se me pide explicar la diferencia entre propiciación y expiación. La dificultad es que a pesar de que estas palabras están en la Biblia, no las utilizamos como parte de nuestro vocabulario diario, y por eso no estamos seguros exactamente de lo que comunican en la Escritura. Nos faltan puntos de referencia en relación a estas palabras.

Expiación y propiciación

Pensemos en lo que significan estas palabras, entonces, comenzando con la palabra expiación. El prefijo ex significa “fuera de” o “de”, por lo que la expiación tiene que ver con eliminar algo o quitar algo. En términos bíblicos, tiene que ver con quitar la culpa mediante el pago de una sanción, o mediante la ofrenda de un sacrificio. En contraste, la propiciación tiene que ver con el objeto de la expiación. El prefijo pro significa “por”, así que la propiciación provoca un cambio en la actitud de Dios, para que Él pase de estar en enemistad con nosotros a estar por nosotros. A través del proceso de la propiciación somos restaurados a la comunión y al favor delante de Él.

En conjunto, la expiación y la propiciación constituyen un acto de aplacamiento.

En cierto sentido, la propiciación tiene que ver con el apaciguar a Dios. Sabemos cómo la palabra apaciguamiento funciona en conflictos militares y políticos. Pensamos en la llamada “política de apaciguamiento”, que es esa filosofía usada cuando se tiene a un estrepitoso conquistador del mundo suelto y haciendo sonar la espada; en lugar de arriesgar que se enoje, le das (como en la Segunda Guerra Mundial) los Sudetes de Checoslovaquia o alguna porción de territorio. Intentas mitigar su ira al darle algo que lo va a satisfacer para que no entre a tu país y te acribille. Eso es una manifestación impía de apaciguamiento. Pero si tú estás enojado y eres atacado, y yo satisfago tu ira o te apaciguo, entonces soy restaurado a tu favor y el problema es eliminado.

La misma palabra griega se traduce usando las palabras expiación y propiciación de cuando en cuando. Pero hay una ligera diferencia en los términos. La expiación es el acto que resulta en el cambio de la disposición de Dios para con nosotros. Es lo que Cristo hizo en la cruz, y el resultado del trabajo de expiación de Cristo es la propiciación: la ira de Dios es removida. La distinción es la misma que existe entre el rescate que se paga y la actitud de la persona que recibe el rescate.

La obra de Cristo fue un acto de aplacamiento

En conjunto, la expiación y la propiciación constituyen un acto de aplacamiento. Cristo hizo su obra en la cruz para aplacar la ira de Dios. Esta idea de aplacar la ira de Dios ha hecho poco para aplacar la ira de los teólogos modernos. De hecho, se vuelven iracundos sobre cualquier la idea de aplacar la ira de Dios. Creen que está por debajo de la dignidad de Dios que tenga que ser aplacado, o que debamos hacer algo para calmarle o apaciguarle. Tenemos que ser muy cuidadosos en la manera de como entendemos la ira de Dios, pero quisiera recordarles que el concepto de aplacar la ira de Dios tiene que ver aquí no con un punto periférico o tangencial de la teología, sino con la esencia de la salvación.

¿Qué es la salvación?

Permítanme hacer una pregunta muy básica: ¿qué significa el término salvación? Tratar de explicarlo rápidamente le puede dar un dolor de cabeza, debido a que la palabra salvación se utiliza de casi setenta diferentes maneras en la Biblia. Si alguien es rescatado de una derrota segura en la batalla, él experimenta salvación. Si alguien sobrevive una enfermedad que amenaza su vida, esa persona experimenta salvación. Si unas plantas reverdecen después de estar marchitas, son salvas. Ese es lenguaje bíblico, y realmente no es diferente a nuestra propia lengua. Un boxeador es salvado por la campana, lo que significa que se salvó de perder la pelea por knockout, no que fue transportado al reino eterno de Dios. En resumen, experimentar liberación de un peligro claro y presente se puede decir que es una forma de salvación.

Cuando hablamos de la salvación en la Biblia, debemos tener cuidado de afirmar de qué somos salvos. El apóstol Pablo hace exactamente eso por nosotros en 1 Tesalonicenses 1:10, donde dice que Jesús “nos libra de la ira venidera”. En última instancia, Jesús murió para salvarnos de la ira de Dios. Simplemente no podemos entender la enseñanza y la predicación de Jesús de Nazaret aparte de esto, porque Él constantemente advirtió a la gente que todo el mundo algún día pasaría a estar bajo el juicio divino. Estas son algunas de sus advertencias sobre el juicio: “Pero Yo les digo que todo aquél que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte” (Mat. 5:22); “Y yo os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio” (Mat. 12:36); y “Los hombres de Nínive se levantarán con esta generación en el juicio y la condenarán, porque ellos se arrepintieron con la predicación de Jonás; y miren, algo más grande que Jonás está aquí” (Mat. 12:41). La teología de Jesús era una teología de crisis. La palabra griega crisis significa “juicio”. Y la crisis de la que Jesús predicó era la crisis de un juicio inminente al mundo, en el cual Dios derramará su ira contra los no redimidos, los impíos, y los impenitentes. La única manera de escapar ese derramamiento de ira es ser cubierto a través de la expiación de Cristo.

Por lo tanto, el logro supremo de Cristo en la cruz es que Él aplacó la ira de Dios, la cual nos destruiría de no haber sido cubiertos por el sacrificio de Cristo. Así que si alguien argumenta en contra del aplacamiento, o de la idea de que Cristo satisface la ira de Dios, debes estar alerta, porque el evangelio está en juego. Se trata de la esencia de la salvación — que como personas que estamos cubiertas por la expiación, somos redimidos del supremo peligro al que se expone cualquier persona. Es algo terrible caer en las manos de un Dios santo que está airado. Pero no hay ira para aquellos cuyos pecados han sido pagados. De eso es lo que se trata la salvación.

ESTE EXTRACTO ES TOMADO DE LA VERDAD DE LA CRUZ (THE TRUTH OF THE CROSS), POR R.C. SPROUL.
Publicado originalmente en el blog de Ligonier Ministries. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Qué es el evangelio?

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¿Qué es el evangelio?

R.C. Sproul

No hay mayor mensaje que el evangelio. Pero a pesar de su importancia, muy a menudo es distorsionado masivamente o simplificado de más. La gente piensa que está predicando el evangelio cuando te dice: “Puedes tener un propósito en la vida”, o “puedes encontrar significado en tu vida”, o “puedes tener una relación personal con Jesús”. Todo eso es verdad y es importante, pero no llega al corazón de lo que es el evangelio.

El que Dios te perdone es algo muy costoso. Le costó el sacrificio de su propio Hijo.
Al evangelio se le llama “buenas nuevas” ya que habla sobre el problema más serio que tú y yo tenemos como seres humanos, y ese problema es simplemente esto: Dios es santo y Él es justo, y yo no lo soy. Y al final de mi vida estaré delante de un Dios justo y santo, y seré juzgado. Y seré juzgado ya sea en base a mi propia justicia, la falta de ella, o en base a la justicia de otro. Las buenas nuevas del evangelio son que Jesús vivió una vida de perfecta rectitud y perfecta obediencia a Dios, no a su propio favor, sino por su pueblo. Él ha hecho por mí lo que yo no podía hacer por mí mismo. Pero no solo vivió esa vida de perfecta obediencia, sino que se ofreció a sí mismo como un sacrificio perfecto para satisfacer la justicia de Dios.

El gran error en nuestros días es el siguiente: creer que Dios no se preocupa de proteger su propia integridad. Que es una deidad debilucha, que solo pasa su varita mágica de un lado a otro perdonando a todos. No. El que Dios te perdone es algo muy costoso. Le costó el sacrificio de su propio Hijo. Fue tan valioso el sacrificio que Dios lo pronunció valioso al levantarlo de los muertos. Así que Cristo murió por nosotros, y fue levantado para nuestra justificación. Por lo que el evangelio es algo objetivo. Es el mensaje de quién es y qué hizo Jesús. Y también tiene una dimensión subjetiva.

¿Cómo nos apropiamos subjetivamente de los beneficios de Jesús? ¿Cómo los consigo? La Biblia deja en claro que no somos justificados por nuestras obras, ni por nuestros esfuerzos, ni por nuestras acciones, sino por la fe —y solo mediante la fe. La única manera en que puedes recibir el beneficio de la vida y la muerte de Cristo es poniendo tu fe en Él y solo en Él. Si haces esto, eres declarado justo por Dios, adoptado en su familia, perdonado de todos tus pecados, y habrás comenzado tu peregrinación hacia la eternidad.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

 

¿Qué significa temer a Dios?

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¿Qué significa temer a Dios?

R.C.Sproul

Tenemos que hacer algunas distinciones importantes sobre el significado bíblico de “temer” a Dios. Estas distinciones pueden ser útiles, pero también un poco peligrosas. Cuando Lutero lidió con ello, hizo la siguiente distinción, que desde entonces llegó a ser famosa: él distinguió entre un temor servil y un temor filial.

Si realmente tenemos una sana adoración por Dios, deberíamos tener certeza también de que Dios puede ser aterrador.
El temor servil es una especie de temor que un prisionero en una cámara de tortura tiene para con su torturador, el carcelero, o el verdugo. Es ese tipo de terrible ansiedad en la que alguien se asusta por el peligro claro y presente que representa otra persona. O es el tipo de miedo que un esclavo tendría a manos de un amo malicioso que viene con el látigo para atormentarlo. Servil se refiere a una postura de servidumbre hacia un propietario malévolo.

Lutero distinguió eso de lo que él llamó temor filial, que viene del concepto latino del cual obtenemos la idea de familia. Se refiere al temor que un niño tiene por su padre. En este sentido, Lutero estaba pensando en un niño que tiene un gran respeto y amor por su padre o madre y que realmente quiere complacerlos. Tiene temor o ansiedad de ofender a quien ama, no por miedo a una tortura, o incluso a un castigo, sino más bien porque tiene miedo de disgustar a aquel que es —en el mundo de ese niño—, la fuente de seguridad y amor.

Creo que esta distinción es muy útil debido a que el significado básico de temer al Señor que leemos en Deuteronomio está presente también en los libros de Sabiduría, donde se nos dice que “el temor del Señor es el principio de la sabiduría”. El enfoque aquí se centra en un sentido de admiración y respeto por la majestad de Dios. Esto es algo que a menudo falta en el cristianismo evangélico contemporáneo. Nos comportamos de una forma muy descarada y arrogante delante de Dios, como si tuviéramos una relación informal con el Padre. Se nos invita a llamarlo Abba, Padre, y a gozar de la intimidad personal con Él que nos ha sido prometida, pero sin ser impertinentes. Siempre debemos mantener un sano respeto y adoración hacia Él.

Un último punto: si realmente tenemos una sana adoración por Dios, deberíamos tener certeza también de que Dios puede ser aterrador. “¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!” (Heb. 10:31). Como gente pecadora, tenemos todas las razones del mundo para temer el juicio de Dios; esto es parte de nuestra motivación para reconciliarnos con Dios.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Ver no siempre es creer

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Ver no siempre es creer

Por R.C. Sproul

Uno de los comentarios que los pastores cristianos a veces escuchan de la gente que aconsejan es que sería más fácil para ellos tener una fe fuerte si pudieran ver a Dios hacer el mismo tipo de milagros hoy en día que los que se muestran en la Biblia. La suposición implícita es que se necesita ver para creer —que las personas que vivían en los tiempos de Jesús pudieron confiar más fácilmente en Él ya que podían ver sus grandes obras.

Esos comentarios demuestran la necesidad de leer más profundamente las Escrituras, ya que hay muchos casos en los que ver grandes milagros no movieron a la gente hacia tener fe.

La Escritura también registra ocasiones en las que la gente experimentó incredulidad después de ver muchos milagros.

Por ejemplo, Juan 11 registra la resurrección de Lázaro por parte de Jesús. Si ha existido una señal convincente alguna vez, fue esa. Sin embargo, las autoridades tomaron el milagro como una razón para oponerse a Jesús, no para creer en Él (vv. 45-53).

La Escritura también registra ocasiones en las que la gente experimentó incredulidad después de ver muchos milagros. Considere Josué 7, que muestra lo que pasó en Hai no mucho después de que los israelitas conquistaran Jericó. Después de la conquista de Jericó, cuando con un grito “la muralla se vino abajo” (cap. 6), uno puede imaginarse lo que sentía el pueblo de Israel. Dios los había salvado de una manera dramática y sobrenatural, quitando de su camino el mayor obstáculo para la conquista de Canaán. Él había cumplido su promesa de darles todo lugar donde Josué pusiera su pie. Por lo tanto pensaríamos que no habría nada mas que euforia y confianza entre las tropas, y en especial en el corazón de Josué. Pero lo que estaba por suceder era un importante castigo para Josué y los israelitas. Después de que unos espías informaran que Hai era fácil de vencer, Josué envía tropas a tomar la ciudad, pero salen huyendo, y treinta y seis personas mueren (7:2-5). ¿Cómo responde Josué?

Entonces Josué rasgó sus vestidos y postró su rostro en tierra delante del arca del Señor hasta el anochecer, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas. Y Josué dijo: ‘¡Ah, Señor Dios! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos después en manos de los Amorreos y destruirnos? ¡Ojalá nos hubiéramos propuesto habitar al otro lado del Jordán! ¡Ah, Señor! ¿Qué puedo decir, ya que Israel ha vuelto la espalda ante sus enemigos? Porque los Cananeos y todos los habitantes de la tierra se enterarán de ello, y nos rodearán y borrarán nuestro nombre de la tierra. ¿Y qué harás Tú por Tu gran nombre?’ (vv. 6-9).

Aquí vemos a Josué, quien en el pasado siempre había sido valiente, el hombre de fe que dio la noticia a la nación de que Israel tomaría Canaán, ahora rasgando sus vestidos y quejándose delante del Señor, diciendo: “¿Por qué no simplemente dejaste las cosas como estaban? Podríamos haber vivido felices para siempre al otro lado del Jordán, y ahora hemos sido humillados, y la noticia de esta derrota irá por todos lados en la tierra prometida”. Josué, en un momento de incredulidad, le está diciendo a Dios: “¿Qué has hecho por mí últimamente?”. Su fe es tan frágil que después de un contratiempo menor, pierde su confianza y está de luto. Josué pensó que comprendía el compromiso total de Dios hacia él y su ejército, pero ahora está fuera de sí al ser derrotado por un enemigo que Israel debió conquistar sin la ayuda de Dios. Incluso teniendo la promesa de Dios, sufren esta derrota humillante. De repente Josué se pregunta: “¿Fue la promesa de Dios una ilusión? ¿Estaba yo escuchando cosas? Dios prometió que nunca seríamos derrotados, y fuimos derrotados”. Lo que le sucede a Josué aquí, como vemos en su ayuno, luto, y búsqueda del rostro de Dios, es una crisis de fe.

¿Por qué fueron derrotados los israelitas? Josué 7:1 nos dice: “Pero los Israelitas fueron infieles en cuanto a las cosas dedicadas al anatema, porque Acán […] de la tribu de Judá, tomó de las cosas dedicadas al anatema. Entonces la ira del Señor se encendió contra los Israelitas”. Sí, Dios prometió la victoria a Israel, pero también ordenó al pueblo obedecer escrupulosamente los términos de guerra. Dios instituyó la prohibición contra los cananeos, lo que significaba que en esta conquista de guerra santa los soldados no podían obtener ningún botín. Y un hombre en el ejército desobedeció. Acán sucumbió a la tentación de llenar sus bolsillos con los despojos de la victoria en Jericó. Y por el pecado de un solo hombre, Dios responsabilizó a toda la nación de Israel. Debido a esta violación, la ira de Dios se mostró en contra de Israel, y su juicio providencial causó la derrota.

La Escritura nos advierte que en este lado de la gloria no hay una correlación directa entre la obediencia y bendición. Los fieles tienen éxito a menudo, pero a veces experimentan grandes derrotas. El infiel con frecuencia sufre por sus malas acciones, pero a veces disfruta de muchos éxitos externos.

Sin embargo, tener éxito y una fe fuerte son algunas de las bendiciones que el Señor da a los que guardan sus mandamientos (Salmo 1). Aunque Dios no ha prometido actuar milagrosamente hoy como lo hizo en los días de antaño, podemos confiar en que Él actúa en favor de nosotros. Nuestra obediencia no merece justificación delante de nuestro Padre; pero la gracia del Señor es tan grande que Él nos bendice a pesar de nuestra desobediencia. Aún así, quizá veríamos más bendición y experimentaríamos menos duda si le sirviéramos con mayor fidelidad.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

 

La diferencia entre ética y moralidad

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La diferencia entre ética y moralidad

Por R.C. Sproul

En nuestro vocabulario, encontrarás que la mayoría de las personas usan las palabras ética y moral de manera intercambiable, como si fueran sinónimos. Pero, históricamente, ese no ha sido el caso.

La palabra en español “ética” viene de la palabra griega ethos. La palabra “moral” o “moralidad” viene de la palabra mores. La diferencia es que el ethos de una sociedad o cultura se ocupa de su filosofía fundamental, su concepto de valores, y su sistema de comprensión de cómo el mundo tiene sentido. Hay un sistema filosófico de valores que es el ethos de todas las culturas del mundo. Por otro lado, mores tiene que ver con costumbres, hábitos y formas normales de comportamiento que se encuentran dentro de una cultura determinada.

El concepto cristiano de la ética va en curso de colisión con gran parte de lo que se está expresando como la moral.

En primera instancia, la ética es llamada una ciencia normativa; es el estudio de las normas o estándares por los cuales las cosas son medidas o evaluadas. La moral, por otro lado, es lo que llamaríamos una ciencia descriptiva. Una ciencia descriptiva es un método para describir la manera en que las cosas operan o se comportan. La ética tiene que ver con lo imperativo y la moral se ocupa de lo indicativo. ¿A qué nos referimos con eso? Significa que la ética se ocupa de lo que debe ser, y la moral se ocupa de lo que es.

La ética, o ethos, es normativa e imperativa. Se trata de lo que alguien debe hacer. La moralidad describe lo que alguien está haciendo en realidad. Esa es una diferencia importante, en particular en cuanto a cómo la entendemos a la luz de nuestra fe cristiana, y también a la luz del hecho de que los dos conceptos se confunden, se fusionan, y se mezclan en nuestra comprensión contemporánea.

Lo que ha resultado de la confusión de la ética y la moral es la aparición de lo que llamo “moralidad estadística”. Esto es en donde lo normal o lo regular se convierte en lo normativo. Así es como funciona: para saber lo que es normal, hacemos un estudio estadístico, realizamos una encuesta, o averiguamos lo que la gente está haciendo en realidad.

Por ejemplo, supongamos que nos encontramos con que la mayoría de los adolescentes están usando marihuana. Entonces llegamos a la conclusión de que en este momento de la historia, es normal que un adolescente en la cultura estadounidense se permita a sí mismo el uso de la marihuana. Si es normal, lo comenzamos a considerar como bueno y correcto.

En última instancia, la ciencia de la ética se ocupa de lo que es correcto, y la moral tiene que ver con lo que es aceptado. En la mayoría de las sociedades, cuando algo se acepta, es juzgado como correcto. Pero a menudo, esto provoca una crisis para el cristiano. Cuando lo normal se convierte en lo normativo, cuando lo que es determina lo que debería ser, es posible que, como cristianos, nos encontremos nadando con dificultad contra la corriente cultural.

El concepto cristiano de la ética va en curso de colisión con gran parte de lo que se está expresando como la moral. Esto se debe a que no determinamos lo correcto o incorrecto basándonos en lo que hacen los demás.

Por ejemplo, si estudiamos las estadísticas, veremos que todos los hombres en algún momento u otro mienten. Eso no quiere decir que todos los hombres mienten todo el tiempo, sino que todos los hombres se han permitido el mentir en algún momento u otro. Si lo vemos estadísticamente, diríamos que el cien por ciento de las personas se permiten la deshonestidad, y puesto que es cien por ciento universal, se debe llegar a la conclusión de que es perfectamente normal para los seres humanos decir mentiras. No solo normal, sino absolutamente humano. Si queremos ser plenamente humanos, debemos alentarnos a nosotros mismos en la dirección de mentir. Por supuesto, eso es lo que llamamos un argumento de reducción al absurdo (reductio ad absurdum), donde llevamos algo hasta su conclusión lógica y mostramos el disparate de ello.

Pero eso no es lo que normalmente ocurre en nuestra cultura. Estos problemas tan evidentes al desarrollar una moralidad estadística a menudo se pasan por alto. La Biblia dice que nos inclinamos hacia mentir, y sin embargo estamos llamados a un estándar superior. Como cristianos, el carácter de Dios es lo que suple nuestra ética, o ethos, definitiva; el marco definitivo por el cual podemos discernir lo que es correcto, bueno, y agradable a Él.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

¿Qué significa “Danos hoy nuestro pan de cada día”?

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¿Qué significa “Danos hoy nuestro pan de cada día”?

Por R.C. Sproul

Jesús nos enseña a orar a Dios que nos dé el pan de cada día (Mateo 6:11). Obviamente, Jesús no les estaba diciendo a sus discípulos que solo oraran por pan. Pero el pan era un alimento básico en la dieta de los judíos y lo había sido durante muchos años. Por otra parte, el pan era un símbolo poderoso en el Antiguo Testamento de la provisión de Dios con su pueblo.

Recordamos cómo Dios cuidó de los Israelitas cuando estaban en el desierto después de su salida de Egipto. La vida en el desierto era difícil, y pronto la gente comenzó a quejarse de que sería mejor volver a estar en Egipto, donde tuvieron comida excelente para comer. En respuesta a estas quejas, Dios les prometió hacer “llover pan del cielo” (Éxodo 16:4). A la mañana siguiente, cuando la capa de rocío se evaporó, había sobre la superficie “una cosa delgada, como copos, menuda, como la escarcha sobre la tierra… Era como la semilla del cilantro, blanco, y su sabor era como de hojuelas con miel” (vv. 14, 31). Cuando Dios alimentó milagrosamente desde el cielo a su pueblo, lo hizo dándoles pan.

No se nos da licencia para pedir grandes riquezas, pero se nos anima a hacer conocer nuestras necesidades a Él, confiando en que Él proveerá.

Es interesante que en el lenguaje de la cultura occidental, a veces nos referimos a una de las personas en el matrimonio (lo que solía ser casi exclusivamente del marido, pero no tanto en estos días) como el asalariado del hogar. Sin embargo, más coloquialmente, llamamos a esa persona el “que trae el pan a la casa”. Incluso en nuestra jerga, usamos la palabra pan como sinónimo de “dinero”. El pan sigue siendo, al menos en nuestro idioma, un símbolo poderoso de la base rudimentaria de provisión para nuestras necesidades.

Después de que termino la Guerra de Corea, Corea del Sur se quedó con un gran número de niños huérfanos. Hemos visto lo mismo en el conflicto de Vietnam, en Bosnia, y en otros lugares. En el caso de Corea, muchas agencias de ayuda llegaron para hacer frente a todos los problemas que surgieron por consecuencia de tener tantos niños huérfanos. Una de las personas que fue parte de este esfuerzo de ayuda me comentó de un problema que había encontrado con los niños que estaban en los orfanatos: A pesar de que a los niños se les proveía tres comidas al día, llegando la noche se ponían inquietos y tenía dificultad para dormir. Hablando mas con ellos, se dieron cuenta de que la ansiedad se debía a la incertidumbre de si tendrían comida para el día siguiente.

Para ayudar a resolver este problema, los trabajadores de ayuda de un orfanato en particular decidieron que cada noche cuando los niños se fueran a la cama, las enfermeras les pondrían un pedazo de pan en cada una de sus manos. El pan no era para que se lo comieran sino para que lo pudieran sostener en sus manitas mientras se quedaban dormidos. Era como una “manta de seguridad” para ellos, recordándoles que habría provisión para sus necesidades diarias. Efectivamente, el pan les calmó la ansiedad y los ayudó a dormir. Del mismo modo, a nosotros nos consuela saber que no nos faltara comida, o “pan” para suplir nuestras necesidades físicas.

Entonces, la petición que se encuentra en el Padre Nuestro nos enseña a venir al Señor con un espíritu humillado dependiente de Él, pidiéndole que supla nuestras necesidades y que nos sostenga diariamente. No se nos da licencia para pedir grandes riquezas, pero se nos anima a hacer conocer nuestras necesidades a Él, confiando en que Él proveerá.

Si nos parece como si la mano de Dios nos es invisible y que no podemos discernir su intrusión providencial en nuestras vidas, puede ser por la manera en la que oramos. Tenemos una tendencia a orar en general. Cuando oramos en general, solo vemos la mano de la providencia de Dios en lo general. Al entrar en la oración, por medio de la conversación y comunión con Dios, hay que poner nuestras peticiones delante de Él. Al derramar nuestras almas y nuestras necesidades en específico veremos respuestas específicas a nuestras oraciones. Nuestro Padre nos ha invitado a ir a Él y pedirle nuestro pan de cada día. Él no fallará en proveerlo.

Descarga el libro de R.C. Sproul: “¿Puede la oración cambiar las cosas?”, gratuitamente. Descarga más ebooks gratis de la serie Preguntas Cruciales aquí.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

 

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Si Dios es soberano, ¿por qué orar?

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Si Dios es soberano, ¿por qué orar?

R.C. Sproul

Nada escapa a la atención de Dios; nada sobrepasa los límites de su poder. Dios tiene autoridad sobre todas las cosas. Si pensara siquiera por un momento que una sola molécula estuviera corriendo suelta en el universo fuera del control y dominio del Dios omnipotente, no dormiría esta noche. Mi confianza en el futuro descansa en mi confianza en el Dios que controla la historia. Pero, ¿cómo es que Dios ejerce ese control y revela esa autoridad? ¿Cómo Dios lleva a cabo las cosas que Él soberanamente decreta?

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden.
Agustín dice que nada pasa en este universo aparte de la voluntad de Dios y que, en cierto sentido, Dios ordena todo lo que sucede. Agustín no estaba tratando de absolver a los hombres de la responsabilidad de sus acciones, pero su enseñanza plantea una pregunta: ¿Si Dios es soberano sobre las acciones y las intenciones de los hombres, ¿por qué orar entonces? Una preocupación secundaria gira en torno a la pregunta: “¿Realmente la oración cambia algo?” Permítanme responder a la primera pregunta diciendo que el Dios soberano ordena por su Santa Palabra a que oremos. La oración no es opcional para el cristiano, es requerida.

Podríamos preguntar, “¿Qué pasa si no sucede nada?” Ese no es el problema. Independientemente de si la oración haga algún bien, si Dios nos manda a orar, entonces debemos orar. Que el Señor Dios del universo, el creador y sustentador de todas las cosas lo ordene es razón suficiente. Sin embargo, Él no solo nos manda a orar, sino que también nos invita a hacer conocer nuestras peticiones. Santiago dice que nosotros no tenemos es porque no pedimos (Santiago 4:2). También nos dice que la oración del justo puede mucho (Santiago 5:16). Una y otra vez, la Biblia dice que la oración es una herramienta eficaz. Es útil, funciona.

Juan Calvino, en “Institución de la Religión Cristiana”, hace algunas observaciones profundas con respecto a la oración:

Pero nos dirá alguno, “¿Es que no sabe Él muy bien, sin necesidad de que nadie se lo diga, las necesidades que nos acosan y qué es lo que nos es necesario, por lo que podría parecer en cierta manera superflua que Él debería ser movido por nuestras oraciones, como si Él hiciese que no nos oye, o que permanece dormido hasta que se lo recordamos con nuestro clamor?” Pero los que así razonan no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado a su pueblo a orar, porque lo ordenó no tanto por su propio bien sino por el nuestro. Él que, como es razonable, conservar su derecho, quiere que se le dé lo que es suyo; es decir, que todo cuanto el hombre desee y en lo que le sirva de provecho, proviene de Él y de la manifestación de las oraciones. Sin embargo, el beneficio de este sacrificio, con el que Él es adorado, vuelve a nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más confiadamente se gloriaban de los beneficios que Dios les había concedido a ellos y a los demás, tanto más vivamente se animaban a orar. . .

Aun así, es muy importante para nosotros el clamarle: En primer lugar, a fin de que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y servirle siempre, acostumbrándonos a acogernos solamente a Él en todas nuestras necesidades como a una ancla sagrada. En segundo lugar, a fin de que nuestro corazón no se vea tocado por ningún deseo en el cual no nos atrevamos por vergüenza a ponerlo a Él como testigo, mientras aprendemos a poner todos nuestros deseos ante sus ojos y derramemos todo nuestro corazón sin ocultarle nada. En tercer lugar, para prepararnos a recibir sus beneficios con verdadera gratitud de corazón y con acción de gracias; beneficios que nuestra oración nos recuerda que todo viene de su mano.

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden. Todo lo que Dios hace, todo lo que Dios permite y ordena es, en todo sentido, para su gloria. También es cierto que mientras Dios busca su propia gloria enteramente, el hombre se beneficia cuando Dios es glorificado. Oramos para glorificar a Dios, pero también oramos con el fin de recibir los beneficios de la oración de su mano. La oración es para nuestro beneficio, aun conociendo el hecho de que Dios conoce el fin desde el inicio. Es nuestro privilegio llevar enteramente nuestra existencia finita a la gloria de su presencia infinita.

Uno de los grandes temas de la Reforma fue la idea de que toda la vida es para ser vivida bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios, en la presencia de Dios. La oración no es simplemente un soliloquio, un mero ejercicio de autoanálisis terapéutico, o una recitación religiosa. La oración es un discurso con el mismo Dios personal. Allí, en el acto y la dinámica de la oración, es que traigo toda mi vida bajo su atenta mirada. Sí, Él sabe lo que está en mi mente, pero aun así tengo el privilegio de poder expresarle lo que hay en ella. Dice: “Ven. Háblame. Haz conocer tus peticiones delante de mí”. Entonces vamos con el fin de conocerle, y para ser conocidos por Él.

Hay algo erróneo en la pregunta: “Si Dios lo sabe todo, ¿por qué orar?” La pregunta asume que la oración es unidimensional y se define simplemente como súplica o intercesión. Por el contrario, la oración es multidimensional. La soberanía de Dios no proyecta sombra sobre la oración de adoración. El previo conocimiento o consejo determinado de Dios no niega la oración de alabanza. Lo único que debe hacer es darnos una mayor razón para expresar nuestra adoración por quién es Dios. Si Dios sabe lo que voy a decir antes de que lo diga, su conocimiento, en lugar de limitar mi oración, realza la belleza de mi alabanza.

Mi esposa y yo nos conocemos mejor que nadie. A menudo sé lo que va a decir casi antes de que ella lo diga. Y viceversa también. Pero aun así me gusta oírla decir lo que está en su mente. Si esto es verdad en el hombre, ¿cuánto más cierto es para con Dios? Tenemos el privilegio inigualable de compartir nuestros pensamientos más íntimos con Dios. Por supuesto que podríamos simplemente entrar en nuestro espacio de oración, dejar que Dios lea nuestras mentes, y llamar a eso oración. Pero eso no es comunión y ciertamente tampoco es comunicación.

Somos criaturas que se comunican principalmente a través del habla. La oración hablada es, obviamente, una forma de expresión, una manera en la que nosotros nos relacionamos íntimamente y comunicamos con Dios. Hay un cierto sentido en el que la soberanía de Dios debe influir en nuestra actitud hacia la oración, al menos con respecto a la adoración. En todo caso, nuestra comprensión de la soberanía de Dios debe provocarnos a una intensa vida de oración de gratitud. Al conocer eso, deberíamos ver que cada beneficio, todo don bueno y perfecto, es una expresión de la abundancia de su gracia. Cuanto más entendamos la soberanía de Dios, nuestras oraciones estarán más llenas de acciones de gracias.

¿De qué manera podría la soberanía de Dios afectar negativamente a la oración de contrición o confesión? Tal vez podríamos llegar a la conclusión de que nuestro pecado es, en última instancia, la responsabilidad de Dios y que nuestra confesión es una “acusación de culpabilidad contra Dios mismo. Cada cristiano verdadero sabe que no puede culpar a Dios por su pecado. Quizás no pueda entender la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, pero me puedo dar cuenta de que lo que se deriva de la maldad de mi propio corazón no puede ser culpado a la voluntad de Dios. Así que debemos orar porque somos culpables, suplicando el perdón del Dios Santo a quien hemos ofendido.

Este extracto se toma del folleto “Preguntas Cruciales” de R.C. Sproul “¿Puede la oración cambiar las cosas?”. Descarga más ebooks gratis de la serie Preguntas Cruciales aquí.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.