Cubriendo la vergüenza

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Continuamos entonces con nuestro estudio de la santidad de Dios manteniendo nuestro enfoque en lo que hemos estado viendo en los últimos mensajes sobre el trauma de la santidad de Dios, cuán espantosa es la santidad de Dios producto de nuestra caída.

En nuestra última sesión vimos la respuesta de Simón Pedro al milagro de Jesús al llenar con peces, de manera que Simón Pedro le dijo a Jesús, “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”. Así es como en nuestra culpa y pecaminosidad nos sentimos incómodos en la presencia del santo. Buscaremos algún refugio, algún lugar donde ocultarnos, alguna defensa que nos cubra del vistazo descubierto de Dios.

En el Antiguo Testamento, en el libro del Génesis, leemos de un incidente extraño e inusual que tuvo lugar en la vida de Noé. Después que las Escrituras registran la rectitud de Noé, la expresión noble de fe que lo caracterizó a lo largo de su vida y por la cual Dios redimió a Noé y su familia de los estragos del diluvio, nos encontramos con un episodio desagradable en su vida que sucedió un tiempo después.

En el capítulo 9 del Génesis, en el verso 20, leemos esto: “Después comenzó Noé a labrar la tierra, y plantó una viña; y bebió del vino, y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda. Y Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban fuera. Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros, y así no vieron la desnudez de su padre. Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo más joven, y dijo: Maldito sea Canaán; siervo de siervos será a sus hermanos. Dijo más: Bendito por Jehová mi Dios sea Sem, y sea Canaán su siervo. Engrandezca Dios a Jafet, y habite en las tiendas de Sem, y sea Canaán su siervo”.

Esta historia suena un tanto extraña. Ha sido sujeta a muchas especulaciones por los estudiosos bíblicos. ¿Qué es lo que está pasando? Tenemos esta extraña historia de Noé embriagándose y quedándose dormido en su tienda, sus vestidos se le han caído, hasta el punto en que está acostado desnudo. Está borracho. Y leemos que su hijo entró, su hijo Cam entró en la tienda y vio la desnudez de su padre. Aparentemente salió y fue a decirle a sus otros hermanos acerca de esta posición comprometedora en la que había encontrado a su padre.

Como he dicho, algunos estudiosos leen algo más en el texto. Dicen que el término, “vio la desnudez de su padre” es un eufemismo judío para algún tipo de acto sexual, por lo que sugieren que lo que el hijo había hecho era un asalto sexual innombrable con su padre. Esto podría ser, y podría darse en las pistas del lenguaje, pero no tenemos que llegar hasta algo tan radical como eso para poder ver lo que está pasando en la historia.

En cualquier caso, los hermanos no participaron en el acto de Cam de mirar abierta y escandalosamente el pecado de su Padre. En vez de eso, Sem y Jafet trajeron ropas, distribuyéndolas entre ellos, entraron en la tienda caminando de espaldas para no ver la desnudez de su padre, y lo que me hace pensar que el verdadero pecado fue mirarlo y no estar envuelto en algún tipo de pecado sexual se debe a que estos hombres actuaron con mucho cuidado para no mirar a su padre en ese estado expuesto, avergonzado y humillado.

Esos hijos de Noé tuvieron la gracia de cubrir a su padre. Esto fue un cubrimiento, no un encubrimiento dirigido por el pecado, sino un cubrirlo con gracia. Y así ellos van y toman una manta o sus ropas y caminan de espaldas y cubren la desnudez de su padre. Ahora, cuando Noé se despierta y se da cuenta de su propia tontería y vergüenza, oye lo que Cam ha hecho al crear un espectáculo de su propio padre.

Es entonces que Noé pronuncia una maldición de juicio contra Cam que incluiría sus futuras generaciones, “Maldito será Canaán” el hijo de Cam. Al mismo tiempo, él pronuncia la bendición patriarcal sobre Sem y sobre Jafet. “Bendito por Jehová mi Dios sea Sem… Engrandezca Dios a Jafet…”

¿Qué es todo esto? Una vez hice un estudio del porqué de este texto y del concepto de desnudez en la Escritura. La palabra griega para “desnudez” es la palabra “gumnas” y la encontramos con frecuencia en la literatura de los judíos. Y la idea que está detrás de la respuesta del pueblo judío a la desnudez humana debe ser encontrado en sus raíces en la historia de la Caída en Génesis 3.

Tomemos un momento para mirar este texto juntos. Al final del capítulo 2 del Génesis en el cual recién se ha contado la historia de la creación de Adán y Eva, y la unión de los dos hasta llegar a ser una sola carne, hay un comentario final al terminar el capítulo 2 que parecer estar pendiendo allí sin ninguna importancia particular.

Leemos al final del capítulo 2 las siguientes palabras: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Y luego tenemos ese tipo de afirmación colgante:“Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban”.

Desmond Morris escribió hace algunos años atrás un libro titulado, “El Simio Desnudo”. Allí observó que en el reino animal hay como 80 variedades particulares de primates, diferentes clases de simios, gorilas y chimpancés. Él dijo que en esa amplia clase, el ser humano es asignado como uno de los primates, pero lo que distingue al ser humano del resto de los primates es que el ser humano está desnudo, que no está cubierto de pies a cabeza con un manto de pelaje como se encontraría en un gorila. El ser humano es la única especie que usa vestimenta artificial, no solo entre los primates, sino entre todos los animales.

Uno no encuentra una industria del vestido entre las hormigas, los pelícanos o los caballos. Algunas veces veremos vestiduras sobre animales, en caballos, perros, mulas, pero ¿de dónde vienen esas vestiduras? Vienen de nosotros. Les hacemos pequeños suéteres, ropas pequeñas para las mascotas, o le ponemos sombreros a las mulas; pero por naturaleza los animales no usan ropas. Ellos pertenecen a una colonia natural nudista universal.

Pero de todas las especies en el mundo, solo una camina por allí vestida con camisas, vestidos, pantalones y zapatos. Y decimos bien que la razón por la que nosotros hacemos esto debido a que nuestra inteligencia avanzada tenemos una ventaja para estar abrigados del frío y así sucesivamente.

Pero protegernos a nosotros mismos de los elementos no es la única razón por la que usamos ropas. Una razón para hacerlo es por una razón estética, por la belleza, como adorno. Tratamos de mejorar nuestra apariencia natural al usar vestimentas hermosas. Pero quizás la más profunda motivación para vestir ropas humanas es para cubrir nuestra desnudez.

Y hay algo que es profundamente no natural en todo esto. Al ver en Génesis que cuando Dios creó al hombre y Dios creó a la mujer y los juntó para que llegarán a ser una sola carne, leemos que ellos estaban desnudos. Y no solo estuvieron ellos desnudos al ser creados, sino que no estaban avergonzados de su desnudez. Ellos estaban cómodos al estar desnudos.

¿Qué pasó? Bueno, si vemos el capítulo 3, leemos el relato bíblico de la Caída. En el verso 6 del capítulo 3, leemos: “Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí una voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”

Y luego, por supuesto, todas las respuestas, que la mujer me hizo comer y me metió en esto, y que la serpiente nos engañó y todas las excusas fueron dadas. Pero, ¿puedes ver en este encuentro, en este episodio el enfoque dramático en el cambio de la condición, actitud humana y la sicología con respecto a la desnudez?

La primera experiencia emocional y sicológica que la humanidad tuvo con el primer pecado los llevó a tomar conciencia de la desnudez. Fue una experiencia de vergüenza, una experiencia de culpa. La culpa provoca vergüenza y humillación. Y no hay nada que protejamos más cuidadosamente que nuestras reputaciones, porque hay un sentimiento verdadero y real, amados, en el cual no queremos que la gente conozca lo que realmente somos en secreto.

Todos tenemos puertas en nuestras casas y cortinas en las ventanas, Sí, estamos viviendo una era donde hay mayor obsesión con la desnudez que quizás ninguna otra generación en la historia de Estados Unidos. La pornografía está por todas partes, pudiendo ser vista en cada rincón del mundo virtual, hay páginas que son gratuitas y otras que se pagan para ver exclusivamente gente desnuda.

Los estilos de vestimentas son cada vez más reveladores, y en casi cada ciudad encontramos locales que presentan espectáculos con gente desnuda realizando diferentes actos. Tenemos aún un fenómeno que ya tiene muchos años, de gente que corren desnudos por las calles o en medio de un juego deportivo.

Algunos dicen que lo hacen para manifestarse a favor de una causa o en contra de algo que poco tiene que ver con una desnudez. Ellos arriesgan a la humillación pública al salir desnudos por las calles. Es su forma, dicen, de manifestar su opinión. Todavía tenemos esa sensibilidad a ser visto desnudo. Y todavía tenemos esa sensación de estar desnudos y avergonzarnos. Y todavía anhelamos un lugar donde podamos estar desnudos y sin estar avergonzados una vez más.

Y el Señor ha provisto un lugar—el matrimonio, donde dos personas pueden conocerse uno al otros tan íntimamente, sin adornos y sin limitaciones hasta donde sea humanamente posible. Hay una razón por la que Dios requiere un juramento solemne y votos delante de otras personas al entrar en una relación, porque quiero saber que si voy a estar desnudo, totalmente desnudo, no solo físicamente, sino también emocional y espiritualmente, intelectualmente desnudo delante de otra persona, no voy a ser masacrado en el proceso.

Todos desean que seamos abiertos, y la razón por la que son cerrados es porque ellos tratan de ser abiertos, y cuando revelan sus pecados más profundos, son aplastados y por eso debemos aprender a ser muy, muy cuidadosos acerca de nuestra desnudez, la desnudez espiritual, la desnudez intelectual, la desnudez ética y física.

Si observas a lo largo de tu Biblia, por todo lugar en la Escritura, la experiencia de desnudez está relacionada con la humillación. Cuando los ejércitos en el Antiguo Testamento capturaban soldados del ejército enemigo, a ellos se les exponía en cautividad y los llevarían desnudos, porque un prisionero desnudo es un prisionero dócil. Una vez que se le han quitado sus ropas, se le ha quitado su dignidad y es reducido a un sentimiento de impotencia.

Era la práctica de los romanos el crucificar desnudas a las personas. Y es muy probable que Jesús haya sido crucificado desnudo. Él fue hecho un espectáculo público delante de los ojos de aquellos que lo tenían como motivo de burla. Era un castigo en la antigüedad despojar a las personas de sus vestimentas. Ninguno de nosotros quiere caminar por las calles desnudo. Ninguno de nosotros desea que, todo lo que alguna vez hayamos dicho o hecho, sea expuesto al mundo entero.

Lo que queremos cubrir más que cualquier otra cosa es nuestra culpa. Y la primera experiencia de la humanidad con el pecado fue huir cuando Dios estuvo cerca. Y Adán y Eva huyeron al bosque para cubrirse a sí mismo de su desnudez. Lo que ellos estaban cubriendo o tratando de cubrir no eran sus cuerpos, sino su culpa. Y cuando Dios vino y les preguntó, ¿por qué se están ocultando? Adán le dijo que era porque estaban desnudos. ¿Cómo sabes que estás desnudo? Tú estuviste desnudo ayer, y no huiste. ¿Comiste del fruto del árbol? Sí.

Ahora, esto es crucial porque quisiera que veamos lo que Dios hizo. Dios maldijo a Adán y maldijo a Eva, maldijo a la serpiente. Maldijo la tierra. Dios maldijo al mundo que había caído en pecado. Dios no iba a negociar su santidad por Adán, por Eva, por la serpiente o por nadie más. Pero en medio de todo esto, ¿Qué más hizo Él? Hizo túnicas para sus criaturas avergonzadas, atemorizadas, humilladas, pecadoras y caídas. Y Él cubrió su desnudez.

La gran tragedia hoy en día, amados, es que la gente sigue corriendo y sigue ocultándose de la santidad de Dios por temor a que sean encontrados desnudos delante de Dios. Lo que se han perdido es que todo lo que la Biblia trata, que todo el simbolismo de la Biblia cuando describe la obra de Jesús para nuestro bien es que Jesús provee una cubierta a nuestra desnudez. Tú y yo sabemos que toda nuestra rectitud es como trapos de inmundicia delante de Dios, y que nunca podré soportar la mirada de un Dios santo. Y tú tampoco podrás. Necesito estar cubierto, necesito vestirme.

Y la misma esencia del evangelio, la cual hace a Jesús amigo de los pecadores es que Jesús ha conseguido la perfecta santidad y rectitud, la cual Él ha tejido en una túnica que Él ofrece para darte y para cubrirte en la presencia de Dios con su justicia. Entonces, una vez que estamos cubiertos por la justicia de Cristo, podemos estar desnudos una vez más en la presencia de Dios y no estar avergonzados. Podemos dejar de huir, dejar de ocultarnos, porque hemos sido adornados con la vestidura de la perfecta justicia si ponemos nuestra confianza en Él.

 

CORAM DEO

Al considerar el pensamiento Coram Deo de hoy, quisiera recordar el significado del término Coram Deo. Este significa “delante del rostro de Dios”. Significa “delante de la presencia de Dios”.

Y lo que hemos aprendido hoy es que no hay lugar en el que una persona desnuda esté más incómoda que en Coram Deo, en la presencia de Dios, delante del rostro de Dios.

Y lo que quisiera que entienda hoy es que así como los hijos de Noé hicieron todo lo posible para proveerle una cubierta a la desnudez de su padre, ellos no inventaron excusas para la desnudez de su padre, su padre había pecado, su padre había violado la ley de Dios, pero los hijos no estuvieron interesados en condenar a su padre.

Ellos estaban interesados en su redención. Y así, humanamente, ellos proveyeron una cubierta para el padre que amaban.
Y al hacerlo, ellos estaban simplemente repitiendo lo que Dios mismo había hecho por sus criaturas caídas en el Jardín del Edén cuando Dios se compadeció e hizo túnicas para sus criaturas desnudas.

Y lo que ha hecho en la cruz de Jesucristo, cuya sangre cubre el propiciatorio, cuya sangre cubre nuestros pecados, cuya sangre cubre nuestra culpa, y cuya justicia cubre nuestra desnudez, con el fin de que podamos estar cómodos en la presencia de Dios.

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Al continuar con nuestro estudio de la santidad de Dios, proseguimos observando el tema del trauma de la santidad de Dios. Hemos visto que nos incomodamos cuando Dios se acerca y empieza a manifestar o a exhibir Su majestad trascendente.

Ya hemos examinado la narración del Nuevo Testamento, de lo que le pasó a los discípulos cuando ellos estuvieron atrapados en una tormenta en el mar y se asustaron con las fuerzas de la naturaleza que amenazaban sus vidas, y como Jesús tomó la situación al ordenar a los vientos y al mar que se calmen. Y cuando ellos de repente y de forma instantánea se calmaron, el temor de los discípulos se intensificó. Ahora ellos estaban más asustados de Cristo que de las fuerzas de la naturaleza.

Y quisiera que continuemos viendo la dimensión de nuestro temor humano natural a lo divino y el temor a lo santo y trascendente. Varios años atrás fue escrito un libro que llegó a ser muy popular en el mundo secular. Se titulaba, El Principio de Peter. Era un estudio del síndrome que ocurre en los negocios y en las corporaciones cuando las personas buscan escalar los niveles corporativos al próximo nivel de autoridad.

Y el principio de Peter es aquel que dice que hay una tendencia en el mundo de los negocios a que la gente se eleve a su nivel de incompetencia. Es una interesante percepción, ¿no es cierto? Porque la gente podría ser muy competente en el nivel uno, y cuando pasa al nivel dos todavía seguir siendo competente porque ellos muestran competencia. Entonces se le promueve al nivel tres, pero ahora, de repente, a ellos se les confía una posición que los supera. Y tarde o temprano, la teoría dice, uno es elevado más allá de donde debería estar, al nivel de incompetencia.

Bueno, ha habido mucha discusión acerca de esto, pero hay un capítulo en el libro que me fascina desde una percepción teológica, un capítulo en que se describe a la persona que es súper competente. El autor habla del súper incompetente, la persona que nunca va más allá del primer nivel. Es tan incompetente que ni siquiera puede llegar al nivel de entrada de la organización y lo eliminan y pierde su trabajo. Pero, ¿qué del individuo excepcional que no solo es competente, sino que tiene abundante competencia, quién es súper competente?

Bueno, el libro dice, de acuerdo a una encuesta que ellos hicieron, que para que una persona sea excepcionalmente competente para avanzar a un nivel apropiado en una organización con frecuencia, casi siempre debe moverse a otra compañía, porque el súper competente enfrenta una resistencia enorme de dos fuentes—de las personas que están bajo él o ella, debido a que se intimidan, se sienten amenazados por su grado superlativo de competencia, y aún más las personas que están sobre ellos, debido a que se sienten amenazados por esa persona súper competente que viene a tomar su trabajo.

Ellos dicen que lo que le pasa a una persona que es excepcionalmente capaz para que pueda avanzar en el mundo corporativo. Lo que tiene que hacer es moverse de compañía en compañía donde se está buscando a alguien súper competente y que no represente una amenaza latente.

Bueno, ¿cómo se aplica esto a la teología? Tratando de explicar la reacción de las personas a Jesús podemos aplicar esto. Jesús fue el ser humano más súper competente que alguna vez caminó sobre la tierra. Y ¿quiénes fueron lo que más lo resistieron y lo odiaron. No era la gente común. Las Escrituras dicen que la gente común le oía con agrado. Se regocijaban en su habilidad y en su competencia.

Pero eran los fariseos y los escribas los que lo odiaban. ¿Por qué? Bueno, los fariseos eran un grupo de personas que empezó, históricamente, como un grupo de gente que se llamó a sí mismo como los separados, que se consagraron a sí mismos a la rigurosa búsqueda de la rectitud. Y ellos eran tan celosos en su búsqueda de la rectitud que llegaron a obtener un nivel poco común de aprecio popular y aclamación por su estatus, siendo los pilares de la comunidad. Ellos mostraron todas las apariencias externas de grandeza con respecto a la rectitud. Eran tan disciplinados, mucho más disciplinados que la gente común, tan devotos en sus oraciones, en sus diezmos y en su liderazgo, que la gente empezó a mirarlos como los modelos de todas las virtudes, pero, en realidad eran un fraude.

Su rectitud solo era superficial. Eran unos hipócritas. Y un hipócrita es alguien que está actuando un papel, que entrega un show externo de rectitud, pero que es corrupto en el interior. Y ellos fueron capaces de engañar a la gente. Su santidad falsa no fue revelada como falsa y fraudulenta hasta que el mismo santo apareció.

Cuando apareció, esto es lo que pasa cuando la verdad aparece con claridad, la falsedad es expuesta por lo que es, y la presencia de Jesús de Nazaret era una manifestación amenazadora para esa gente que se enorgullecían en su rectitud. Se sintieron amenazados; estaban resentidos; eran hostiles y conspiraron para destruirlo.

Recuerdo algo que me pasó cuando estaba en mi primer año de mi carrera como profesor. Estaba enseñando en una universidad presbiteriana en Pensilvania, y había una señorita de años avanzados que estaba en mis clases de filosofía. Ella había tomado varios cursos en los que enseñaba filosofía. Y en cada curso ella no solo sacaba As, sino que obtenía, de lejos, la nota más alta de cada examen. Yo solía poner las notas con una curva. Y algunas veces a los estudiantes no les iba tan bien; el examen era, quizás, demasiado difícil y tenía que hacer algo, y las notas tenían que subirse, y veía cuáles eran las notas que recibieron los estudiantes, y tenía que escalarlas en la pizarra. Y era posible que la nota promedio era 60 o 70 en la clase, y veía que esta muchacha llegaba a sacar un 99.

¿Cuál se suponía que era la respuesta de los estudiantes cuando hiciera el anuncio? Ellos no se levantarían instantáneamente para darle una ovación de pie. Un gruñido saldría por el aula, un suspiro de desdén. A ellos no les gustaba que ella hubiera mostrado su desempeño superior.

Uno de esos días tomé un examen a la clase de filosofía, y cuando puse las notas, esta muchacha reprobó el examen. La prueba era terrible, se equivocó en cada pregunta. Entonces la llamé y le pregunté, “¿Qué te pasó en este examen?” Le dije que había algo muy raro en todo eso. Ella se había equivocado en cada pregunta de una forma tal que solo sabiendo la respuesta correcta uno podía equivocarse todas las veces. Le dije que había algo muy extraño en todo esto.

Y ella se echó a llorar. Me explicó que ella estaba en su último semestre de su programa universitario, no estaba casada ni comprometida, no tenía un novio y que nadie la invitaba a salir. Ella estaba entrando en pánico. Los muchachos le habían dicho que ellos no querían salir con ella porque era demasiado inteligente para ellos.

Ella me dijo, “Profesor Sproul, yo solo quiero casarme. Quiero tener una familia. Yo no miro en menos a la gente que no le va tan bien como a mí me va”. Y ella, de forma intencional, reprobó el examen porque se dio cuenta que su desempeño superior la estaba alejando de los demás, debido a que rompía con el estándar. Rompía la curva y el molde.

Nadie, nunca lo pudo hacer como lo hizo Jesús. Hay otro episodio en el Nuevo Testamento que involucra el Mar de Galilea. Involucra a Jesús, el mismo mar, y los mismos discípulos que vimos en el episodio donde Jesús calmó la tempestad. Éste está registrado en el quinto capítulo del evangelio de Lucas, empezando en el verso 1. Esto es lo que dice, “Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios.

Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud.Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía.

Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón”.

¿Pueden ver lo que está pasando aquí? Jesús está por enseñarle a las multitudes y ellos están a punto de aplastarlo. Él ni siquiera tiene un lugar donde ir. Y por eso, con el fin de poder estar en una posición que sea más apropiada para dirigirse a esa gran multitud, le pidió a los discípulos que le den uno de los botes para que desde allí, en la orilla, se dirigiera a la multitud. Y después que terminó su mensaje, le dijo a Simón y a los discípulos que habían estado allí en la orilla con los botes y reparando sus redes, lo que, por cierto era una ocupación diaria.

Si ustedes van a cualquier puerto de pescadores, por ejemplo, en el muelle ustedes podrán ver a los pescadores reunidos al final del día, aun en nuestros días, reparando con cuidado sus redes de cualquier agujero que tengan las redes. Esto se debe a que cuando los pescadores tienen agujeros en las redes, no atraparán pescados, porque se escaparán por los agujeros. Por eso tienen que mantener esas redes en buen estado.

Bueno, eso es lo que los discípulos habían hecho luego de que completaron sus tareas de pesca por el día y estaban preparándose para la próxima travesía en el mar. Y así Jesús, luego de que había terminado su discurso y viendo las redes reparadas, les dijo que remen mar adentro y que echen las redes para pescar. Recuerden que Jesús es su maestro, es su Rabí. Ellos eran sus estudiantes. Y lo que sea que el rabí dijera, se suponía que ellos tenían que obedecer.

Y a lo largo de casi todo el ministerio de Jesús, cuando les decía a sus discípulos que hagan algo, ellos normalmente lo hacían sin la menor duda, protesta o argumentación. Pero en esta ocasión, Pedro discutió con Jesús. Es como si Simón estuviera diciendo, “Jesús, entendemos cuán súper competente eres en el área de la teología, y cuando nos enseñas teología, somos muy respetuosos, estamos a tus pies, pero ahora danos un poco de crédito. Nosotros sabemos algo del negocio de la pesca. Somos profesionales. Hemos estado haciendo esto y estuvimos en el mar toda la noche y no pescamos nada…” Pedro no dice esto así exactamente. Él solo simplemente le recuerda a Jesús lo que ya sabía. Que habían estado allí toda la noche, y que fue una faena pésima sin captura de peces. Y es como si Simón estuviera diciendo, “Bien compañeros, sigámosle la corriente. Si dice que tiremos las redes, vamos a tirar las redes y demostrarle que no hay peces hoy”. Y ustedes saben lo que pasó. Ellos fueron, tiraron las redes, y cada pez que había en el Mar de Galilea saltó a la red. Esto fue tal pesca como nunca antes lo hubo en la historia. No solo sus redes están repletas, sino que están llenas hasta el punto de romperse. Y cuando subieron las redes en el bote, es tan grande que el bote está ahora empezando a hundirse.

Tuvieron que llamar a otros botes que vengan para que los ayuden a manejar esta enorme captura de peces. Y esos botes están ahora en peligro de hundirse. Lo que tenemos es lo que ha sido llamado la Pesca Milagrosa.

Lo que quisiera que veamos mientras seguimos observando el trauma de la santidad, es la reacción de Simón a este episodio. ¿Cuál creen que debió haber sido su reacción? Recuerden que Simón es judío y es un hombre de negocios. Y los hombres de negocios no son conocidos por su falta de interés en las ganancias.

Yo le hubiera dicho, “Jesús, mira. Hagamos un trato—cincuenta por cierto del negocio. Todo lo que tienes que hace es venir una vez al mes y hacer esto que acabas de hacer. Solo una vez al mes y cincuenta por ciento de las ganancias son tuyas. Nosotros nos encargamos de las redes y de los botes, trabajando la pesca de forma normal. Solo que un día al mes, vienes y lo haces de nuevo”.

Eso es lo que hubiera hecho. Pero no es lo que Pedro dijo. Simón Pedro miró a Jesús y le dijo, “Aléjate de mí”. Márchate. Sal de aquí. Las palabras que leemos en el texto, “Apártate de mí, Señor”. ¿Por qué le pediría que Jesús se vaya? Él no ha dañado las redes, ni tampoco los botes y menos le ha hecho daño a la gente.

Simón nos da la razón. Él dice, “Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador”. ¿Qué tenía que ver el llenar las redes con peces con la pecaminosidad de Simón Pedro? Una vez más, ¿Puedes ver lo que está pasando aquí? En esta obra milagrosa de Cristo, hay una aparición repentina de la gloria. Su majestad trascendente, la cual había sido velada, tapada y oculta por su humanidad, de repente se manifiesta, y una vez más, Simón se da mucha cuenta de que está parado delante de la presencia del santo. Y no puede soportarlo. Jesús, por favor, apártate de mí. Vete, porque soy un pecador, no puedo estar en la presencia del santo. Estoy desnudo, estoy expuesto.

Cuando tú manifiestas tu gloria como ahora, es devastador para mí. Es traumático. No tengo cómo defenderme. Necesito algún espacio. Estás importunando y me haces profundamente incómodo.

¿Por qué la gente huye de Cristo? ¿Por qué la gente escapa de Dios? ¿Por qué somos, por naturaleza, fugitivos? La Biblia dice que los malvados huyen cuando nadie los persigue. Lutero solía decir que el pagano tiembla con el ruido de una hoja porque sabemos que no somos dignos.

Desde el mismo primer pecado, los seres humanos se han ocultado, ocultándose del rostro de Dios, buscando con desesperación algo que los cubra, que los proteja del trauma de la presencia del santo.

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo del día de hoy, permítanme preguntarles, ¿Cuán cómodo está en la presencia del santo?

Me he dado cuenta de algo notable en mi trato con mis amigos, mis amigos cristianos y los que no son cristianos. Yo paso tiempo jugando golf con hombres que no han hecho ninguna profesión de fe en Cristo, y algunas veces su lenguaje se pone un poco fuerte, desatando algunas expresiones fuertes en el campo de golf. Cuando eso sucede, inmediatamente se vuelven a mí y me dicen, “discúlpame pastor”. Y ellos me piden disculpas como si hubiera algo por lo que deben rendirme cuentas por su lenguaje. Yo no soy su juez. No es que mis oídos son vírgenes o que aun mi boca lo sea. He oído esas palabras un millón de veces.

No deberían y no sé por qué ellos sienten la necesidad de disculparse conmigo. Pero algunas veces hablamos de eso y ellos tienden a decir, “Bueno, RC, tú eres un ministro, por eso no estamos cómodos”. Otras veces ellos se sienten cómodos y dicen, “Tú sabes, no eres como nuestros pastores. Sentimos que podemos ser nosotros mismos al estar contigo”. ¿Por qué necesitan decirme eso? No soy Dios. No soy Cristo, no soy santo. Pero como soy pastor, represento para ellos al santo.

Y a veces la gente reaccionará contra los cristianos y los llamarán santurrones o que deben ser perfectamente humildes, pero todo lo que tienes que hacer es llevar el nombre de Cristo y ya harás que la gente se sienta incómoda. ¿Estás incómodo?

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¿Quién es este Jesús?

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Continuando con nuestro estudio de la santidad de Dios, recordaremos que en nuestra sesión pasada estuvimos viendo las teorías que fueron expuestas en el siglo XIX por hombres como Karl Marx, Ludwig Feuerbach y Sigmund Freud, los cuales buscaban dar una explicación psicológica del origen de la religión, diciendo que la religión humana, en última instancia, está motivada por la profunda necesidad psicológica de auto-preservación; que por el miedo a la muerte, la enfermedad y a las fuerzas de la naturaleza, imploramos una religión atribuyendo personalidad a las tormentas, los tornados, los terremotos y cosas así, con la esperanza de encontrar algún modo de apaciguar a estas deidades que residen en esas fuerzas hostiles, de tal manera que podamos sobrevivir.

Vimos también el trauma que existe con respecto a la santidad; y dije que si inventáramos una religión por pura motivación sicológica para desviar los aspectos amenazantes de la naturaleza, probablemente no inventaríamos una religión que tuviera como núcleo un ser que es absolutamente santo, porque, como trataba de explicar, no hay nada más atemorizante que un Dios santo.

Ahora, hay episodios donde esta idea se observa muy claramente en las páginas de la Escritura. Me gustaría dirigir nuestra atención en esta sesión al evangelio según San Marcos, donde el evangelista nos relata la historia de un evento que tuvo lugar en el Mar de Galilea. Se encuentra en el capítulo 4 del evangelio de Marcos, empezando en el versículo 35. Dice así: “Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas.

Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”

Creo que este es un relato extraordinario de un evento que tiene lugar en la vida de Jesús. En el mundo literario hay una grupo de lectores de novelas de crimen, misterio y suspenso que se burlan de la trivialidad de esas historias de misterio que empiezan con la expresión: “Era una noche oscura y tormentosa”. Me alegra que Marcos no empiece la sección de su evangelio con esa introducción, pero eso es básicamente lo que dice: “Fue cuando llegó la noche y hubo una tormenta que se levantó en el mar”; Ante eso, es perfectamente correcto decir que fue ‘una noche oscura y tormentosa’ cuando eso ocurrió, tal como se relata aquí en el evangelio.

Era de noche. Y en esa ocasión, el propósito de los discípulos de ir a sus botes, no fue para ir a pescar sino, simplemente, para sacar a Jesús de la presión y empujones de la gente y de la multitud que lo rodeaba; pasándolo al otro lado del lago de Galilea, el cual era bastante grande como para que se le llame el Mar de Galilea. Si alguna vez has estado en Palestina, quizá has tenido la oportunidad de navegar ese mar. Cuando estuve en Israel, tomamos un bote grande para cruzarlo y el guía turístico, en un punto, nos mencionó de esas tormentas repentinas y nos dijo que incluso con el equipo naval y las técnicas de navegación modernos, estas tormentas que aparecen de tiempo en tiempo, todavía pueden poner en peligro la vida. Esto tiene una razón. Si ves un mapa de Palestina y observas donde está ubicado el Mar de Galilea, notarás que está justo al este del Mar Mediterráneo y al oeste del desierto. Y la composición natural es tal que hay una especie de canal, casi como un túnel de viento, que está fijo en tierra de tal manera que estas tormentas pueden acumularse rápidamente y ser expulsadas violentamente desde el mar y atravesar la superficie de la tierra en lo que se asemeja a un túnel de viento, golpeando el Mar de Galilea y convirtiéndose en una tempestad descontrolada y sin previo aviso. Era obvio que se trató de una de esas tormentas repentinas la que azotó precipitadamente el Mar de Galilea esa noche.

Recordamos que Freud dijo que la religión es provocada por nuestra necesidad sicológica de encontrar protección contra las fuerzas de la naturaleza y que las fuerzas naturales como tormentas, tornados, son traumáticas para nuestra psiquis. Les tememos. Y su teoría del temor humano a la naturaleza se observa en la descripción de Marcos y posteriormente también de la descripción de Lucas del mismo evento, porque nos dice que cuando surgió la tormenta, los discípulos tuvieron miedo. Tenían miedo del peligro claro y presente de esa fuerza impersonal de la naturaleza, la tormenta que se había levantado.

Ahora, tengan en cuenta que estos eran pescadores profesionales. Estos no eran novatos inexpertos que no sabían cómo operar un barco en aguas turbulentas. Ellos tenían experiencia. Ellos eran expertos, pero esta tormenta surgió con tanta ferocidad. Fue tan feroz que aún estos veteranos experimentados estaban asustados.

¿Y qué haces cuando ocurre una crisis como esa? Lo primero que hacen las personas es buscar a su líder. Y entonces fueron a buscar a Jesús para pedir ayuda. ¿Y qué leemos? Que Jesús estaba dormido en la parte trasera del bote. ¿Alguna vez has conocido gente así?

Recuerdo una vez, que estaba en un avión con el Dr. James Montgomery Boice. Estábamos en medio de una tormenta violenta y yo estaba sujetándome firmemente. Me incliné para decirle algo a Jim quien tenía la cabeza apoyada sobre la almohada y estaba profundamente dormido. Lo sacudí para despertarlo y le dije: Jim, te habrás dado cuenta que esto está muy turbulento. Él dijo, sí, ¿no es grandioso? Es como estar en un parque de diversiones. Y dije, bueno, aquí hay un verdadero calvinista que disfruta este tipo de cosas. Yo no lo disfruté, pero de seguro conocen a gente así. Como que uno no entiende que sean capaces de dormir bajo esas condiciones traumáticas.

Bueno, ahí está Jesús…. Calmado, dormido, sin preocupación alguna. Y entonces los discípulos se acercan a él, lo sacuden, lo despiertan de su sueño y le dicen: Maestro, haz algo o perecemos. No tengo idea porque la Biblia no nos dice qué es lo que esperaban que Jesús hiciera. No lo puedo imaginar. Quizá esperaban que él orara, porque ya habían visto la eficacia de sus oraciones. Pero una cosa que creo que podemos concluir es que no esperaban que Jesús hiciera lo que hizo.

Jesús evaluó la situación, vio la tormenta, abrió la boca y pronunció un mandato. Él le dio una orden a las fuerzas impersonales. No había ningún demonio en el mar, ningún demonio en el viento para que Jesús lo reprenda. Él estaba hablando a lo que llamaríamos fuerzas ciegas e impersonales. Y con una voz fuerte, dirigiéndose al viento y al mar, dijo: “Calla, enmudece” y al instante el mar fue como cristal y no hubo la más mínima brisa en el aire. Hubo calma total en el mar. La calma del viento, la calma del mar, la calma en Jesús, la calma estaba en todas partes, excepto en los corazones de los discípulos.

Es de esperar en esta historia, que la reacción de los discípulos sea de absoluta euforia y alegría. Uno podría pensar que tirarían algo al aire y dirían: Gracias Jesús por salvarnos de esta fuerza terrible de la naturaleza impersonal. En cambio, el punto que quiero resaltar es que las Escrituras describen la reacción de los discípulos después que la amenaza de la naturaleza ya había desaparecido, como una respuesta al aumento de su temor. La Biblia dice: “Entonces temieron con gran temor” o sea que tuvieron mucho miedo; no de la tormenta, ni del viento, ni del agua, sino de Jesús. Se quedaron paralizados pero temblando ante este hombre, quien con un imperativo divino, ordenó a la naturaleza a que hiciera algo y la naturaleza obedeció. Y dijeron: “¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?”

Permítanme una pequeña licencia aquí, con esta pregunta. Ya sea que lo pensemos conscientemente o no, a cada persona que vemos o encontramos en la calle, en la ciudad o en el pueblo, nosotros le hacemos una evaluación instantánea. Como parte de nuestro mecanismo de respuesta, hacemos una evaluación: ¿amigo o enemigo? ¿Esa persona que se me acerca es inofensiva o peligrosa? Mientras caminamos por la calle, simplemente observamos; nuestros ojos están mirando alrededor. Y cuando vemos gente sonriendo, nos sentimos cómodos. Si vemos que alguien se nos acerca con el ceño fruncido, nos ponemos tensos y en alerta. Si levantan un cuchillo delante de nosotros, nos ponemos extremadamente tensos y a la defensiva y, en cierto sentido, estamos haciendo funcionar la computadora de nuestros cerebros categorizando, clasificando los tipos de personas con las que nos topamos, porque en nuestra experiencia nos hemos encontrado con personas amables, gentiles, dóciles, agresivas, enojadas, hostiles, mezquinas y violentas.

Es solo un asunto de defensa humana el tener un mecanismo de clasificación y de catalogación que usamos todo el tiempo a fin de poder conocer a otros seres humanos. Leemos su lenguaje corporal, su postura, para asegurarnos de que sea seguro estar cerca de ellos. Esa es la misma actitud que había en los discípulos. Ellos hicieron lo mismo. Pero ahora acababan de presenciar a Jesús calmando la tormenta y sus cerebros estaban a mil por hora clasificando y catalogando, tratando de encontrar una categoría donde poner a Jesús. “¿Quién es éste?” Y no pudieron encontrar una categoría. Ellos se dieron cuenta que estaban en la presencia de Uno que vino como ser humano, como cualquier otro humano, pero que acababa de hacer algo que lo ponía en una clasificación única, que lo hacía sui generis, completamente distinto o diferente, lejos de cualquier ser humano que hayan conocido, porque nunca se habían topado con una persona que pudiera pararse en un bote, en medio de una tormenta y decir: haya paz, haya calma y que la tormenta desapareciera con esa sola orden.

“¿Quién es este?” Y estaban aterrorizados. Bueno, ¿qué clase de hombre era éste? Era un hombre santo, un hombre diferente en trascendencia y otredad, quien es el supremo foráneo, ante cuya santidad las personas que antes se sentían cómodas en su presencia, ahora estaban aterrorizadas y hubieran recibido con satisfacción el mar embravecido para darles un respiro.

¿Ven lo que Freud se perdió? Freud tenía razón en que estamos temerosos por las fuerzas impersonales de la naturaleza, pero un tornado no es sagrado. La plaga no era santa. Un terremoto no es santo. Y por muy terroríficos que sean, no son tan terroríficos como la santidad personal. El sociólogo, el antropólogo y el sicólogo nos dicen que una de las principales fobias de las que padecemos es aquella llamada xenofobia, miedo a los extranjeros, miedo a los extraños. La gente de color tiende a temer a los blancos; los blancos tienden a temer a los que no son como ellos, porque son extranjeros y extraños. Ellos tienen una forma distinta de hacer las cosas. Tienen una cultura diferente y hay una razón por la cual los pájaros con plumas se juntan y por qué las personas de orígenes similares tienden a reunirse entre sí, de forma segregada; no simple o meramente motivadas por el fanatismo, sino más bien motivadas por el miedo, por la extrañeza de tener que adaptarse a otro entorno, de adaptarse a otra cultura. Y cualquiera que, alguna vez, se haya mudado a otro país y haya tenido que pasar por esa adaptación cultural, entiende lo que es un choque cultural.

Y tenemos la tendencia a temer eso que es diferente de nosotros. La última xenofobia que podemos resistir es el miedo al gran extraño, este extraño misterioso que es santo. No nos sentimos cómodos en presencia de lo santo. De hecho, la santidad es traumática. “¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” La respuesta es clara ¿cierto? Él es santo. Y cuando esa santidad rompe el velo de su naturaleza humana, la gente tiembla.

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo de hoy, permítanme hacer esta pregunta. ¿Qué clase de hombre cree que era Cristo? ¿Cómo reaccionaría si en su presencia él mostrara esta dimensión trascendente distinta y extraña de santidad? ¿Se asustaría? ¿Cómo ha clasificado a Jesús en su propia evaluación intelectual de clases y tipos de personas que alguna vez ha conocido?

¿Alguna vez ha conocido a uno como éste que tiene la autoridad para mandar a las obras de la creación, que tiene la autoridad por su sola palabra de hacer que el viento deje de soplar y que el mar se calme? Este es el Jesús de la Biblia, no el Jesús manso y benigno, sino el Jesús que es santo y que atemorizó a la gente más cercana a él. ¿Él lo asusta?

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Continuando con nuestro estudio de la Santidad de Dios, recordamos que estuvimos viendo detenidamente el relato del llamado de Isaías al oficio de profeta y cómo Dios le dio el indescriptible privilegio de dar un vistazo detrás del velo y observar la magnífica visión del Señor exaltado en su trono, en el santuario celestial, rodeado de Serafines, cuyas huestes angélicas clamaron repetidamente una y otra vez: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos.”

También vimos la reacción y la respuesta traumática que Isaías mismo tuvo ante la presencia de Dios. Como pronunció un oráculo de condenación sobre sí mismo diciendo: “¡Ay de mí! Que soy muerto.” Ahora, lo siguiente que quisiera que veamos es todo el tema del impacto traumático –noten que dije traumático, no dramático— El impacto traumático que la santidad de Dios tiene sobre los seres humanos.

Entendemos que el trauma generalmente se asocia con algún tipo de lesión, ya sea física o sicológica, que deja alguna herida, cicatriz o parálisis a su paso. Bien, lo que experimentamos en nuestra lectura de la respuesta de Isaías a la santidad de Dios, el trauma que le sobrevino, debemos entenderlo como un tipo de trauma que no era infrecuente, sino que, a lo largo de la historia bíblica, cuando la gente estaba cerca de la manifestación de Dios, ellos tenían una experiencia terrible, aterradora y devastadora.

Juan Calvino, al comienzo de su famosa Institución de la Religión Cristiana, cuando hablaba acerca de las respuestas humanas a la santidad de Dios, hizo la siguiente observación, la cual leeré brevemente.

Calvino dijo: “De aquí procede aquel horror y espanto con el que, según dice muchas veces la Escritura, los santos han sido afligidos y abatidos cada vez que contemplaban la presencia de Dios.” Luego continúa diciendo: “el hombre nunca siente de veras su bajeza hasta que se ve frente a la majestad de Dios.”

Lo que Calvino dice aquí y en muchas otras partes es que vivimos la vida, en su mayor parte, en un plano horizontal. A veces cometemos el error fatal de juzgarnos a nosotros mismos y juzgarnos entre nosotros mismos, un criterio que la Escritura señala que no es sabio. Calvino dice que nos permitimos adulaciones, considerándonos a nosotros mismo un poco menos que semidioses, hasta que nuestra mirada se vuelca al cielo.

Y del mismo modo que nos es imposible mirar el brillo directo del sol sin dañarnos los ojos, cuando miramos al cielo y observamos el tipo de ser que es Dios, ésa es una experiencia perjudicial para nosotros, al menos psicológicamente. Como dijo Calvino, quedamos devastados por el contraste evidente que existe entre la santidad de Dios y nuestra propia impiedad. ¡Y esto es traumático!

Recuerdo que al comienzo de mi carrera docente, estaba enseñando en un seminario en el campus de una Universidad en Filadelfia, y uno de los cursos que debía enseñar era sobre ateísmo. Les dije a mis alumnos que leyeran las fuentes primarias de algunos de los pensadores ateos más formidables de la historia occidental. Tuvieron que leer obras de Feuerbach, Nietzsche, Kaufmann, Marx, Sartre, Camus y otros; Descubrimos mientras leíamos las obras de estos ateos, que en el siglo XIX había una corriente común entre los eruditos que hablaban acerca del ateísmo.

Ellos no desperdiciaban mucho su tiempo en tratar de probar que Dios no existe. Eso se podía asumir tácitamente. Lo que ellos decían era que si ahora sabían que no hay Dios, después del período de la Ilustración, ahora se les ha dejado con un pregunta de fondo: Puesto que no hay Dios, ¿cómo podemos explicar la presencia casi universal de la religión?

Si Dios no existe y la religión humana no es una respuesta a la existencia de Dios, ¿por qué el ser humano parece ser incurablemente, no solo homo sapiens, sino homo religiosus, que el ser humano, en todas sus culturas, está involucrado en algún tipo de religión.

La pregunta era simple. Si no hay Dios, ¿por qué hay religión?

Muchos de estos estudiosos en el siglo XIX trataron de dar una explicación creíble de por qué se inventó la religión. Creo que la mayoría de nosotros estamos familiarizados con el comentario atribuido a Karl Marx, aunque realmente lo tomó prestado de otra persona: La religión es el opio de los pueblos. ¿Qué quiso decir con esto? El opio es un estupefaciente. Un narcótico es algo que embota los sentidos. Lo que Marx estaba diciendo era que las personas recurren a la religión para aliviar su dolor, para buscar muletas y poder ayudarse a navegar en el mundo problemático en el que vivimos, para aliviar el dolor, para opacar la sensación de estar solos en un universo indiferente.

Bueno, toda clase de personas, como dije, trata de dar explicaciones acerca de la religión y hay un hilo común que las une, y esa es la explicación psicológica del origen de la religión. Y uno de los argumentos más popular y famoso, fue el argumento dado por Sigmund Freud. Veamos lo que dice. Freud, como psiquiatra, creía que el ser humano tiene un sentimiento de temor muy poderoso y sicológico. Le tememos a muchas cosas, a todo aquello que nos amenaza.

Y hay muchas cosas en el mundo en que vivimos que representan un peligro claro y presente para nuestro bienestar. Gente que podría levantarse enojada y atacarnos físicamente, tratando de matarnos, ya sea de manera individual o en gran escala, en una guerra que infunde terror en nuestros corazones.

Pero además de la esfera humana del miedo y el peligro, también existe el reino impersonal de la naturaleza, en especial en épocas anteriores donde no se contaba con protección contra las fuerzas de la naturaleza tal como contamos hoy en día, tiempos donde la gente estaba más expuesta a los caprichos de la tormentas, las sequías, las inundaciones (aunque esos desastres todavía nos asustan hoy en día), tiempos donde enfermedades como el cólera o la peste podían arrasar con poblaciones enteras; la vida parecía más frágil y la naturaleza parecía tan amenazante para nuestra humanidad.

Una de las tareas de la ciencia que percibimos en nuestros días es domar, de alguna manera, esas fuerzas ingobernables de la naturaleza: como el huracán, el tornado, las inundaciones o el fuego. Y esos fueron los términos en que Freud lo explicó.  Él dijo que hemos aprendido a tratar con personas amenazantes. No, no siempre lo hacemos con éxito, pero si alguien manifiesta ira contra mí y viene hacia mí con una actitud hostil, he aprendido formas que para tratar de desarmarlo y reducir su hostilidad.

Podría, por ejemplo, adularlos. Decimos: espera un minuto. ¿Por qué estás enojado conmigo? Soy el presidente de tu club de fans, te admiro. Me encanta tu carácter tan distinguido. Me estás atacando sin razón. O simplemente podemos tratar de negociar con ellos. El asesino viene y me apunta con el arma y digo: espera un minuto, ¿tú no quieres matarme sólo por un par de billetes que tengo en el bolsillo?

Tengo mucho más en casa o en el banco.  Vamos a hacer un trato. Si perdonas mi vida, te daré todo mi dinero. Puedo intentar sobornarlo y ofrecerle regalos o cosas.  O simplemente puedo apelar a su sentido humano de misericordia y ponerme de rodillas, rogarle y suplicarle que me perdone la vida. Hemos visto este tipo de reacciones.

Estas son algunas de las técnicas que hemos aprendido en cuanto a cómo lidiar con las personas que nos amenazan a nivel personal. Freud dijo, …pero el dilema que tenía el hombre antiguo era ¿cómo negociar, dialogar o defenderse del cólera, de la peste, de un tornado, una inundación o un terremoto? Estas fuerzas de la naturaleza que son peligros claros y evidentes para nosotros, son impersonales. No tienen oídos para escuchar. No tienen corazón al que podamos apelar.  No tienen emociones.

Entonces, Freud dijo que la forma en que la religión surgió fue esta. Lo primero que hizo el ser humano antiguo fue personalizar la naturaleza, es decir que ellos inventaron la idea de que la tormenta estaba habitada por algún tipo de espíritu personal. Había un dios de la tormenta. Un dios en el terremoto, un dios en el fuego y había dioses que estaban relacionados con diversas enfermedades. Las enfermedades venían de espíritus malos o demonios. De esta manera ahora se podía aplicar las técnicas usadas contra fuerzas hostiles personales, a las fuerzas impersonales, las fuerzas impersonales de la naturaleza.

Ahora podemos suplicar al dios de la tormenta, rezar al dios de la tormenta, hacer sacrificios al dios de la tormenta y cosas por el estilo, arrepentirse ante el dios de la tormenta, hacer todo lo posible para aplacar la ira de los dioses a fin de eliminar la amenaza. Así que para Freud esa es la fuerza sicológica impulsora del origen de la religión, por la cual la naturaleza, que es básicamente impersonal, ahora es personal y sacralizada, es decir, hecha sagrada. Y empezamos a adorar a la luna o al terremoto o a la tormenta, como muchas religiones lo han hecho.

Estoy fascinado con la explicación de Freud acerca del origen de la religión, porque es posible. Supongamos que no hay dios. Sin duda sería una explicación razonable para entender cómo las personas pudieron volverse religiosas. Es posible, teóricamente, que no haya Dios, teóricamente, y que aun así haya religión.

Sabemos que somos capaces de fantasear. Sabemos que somos capaces de imaginar y así lograr la creencia en cosas que realmente no existen. De hecho, la biblia está repleta de críticas a la religión falsa que hace precisamente eso, en especial con respecto a la adoración de ídolos.

¡Imagínense!, imaginen lo tonto que puede ser el ser humano como para que una persona vaya a su taller, a su mesa de trabajo, tome un bloque de madera o piedra, lo trabaje minuciosamente con sus herramientas y vaya dando forma a esa pieza de madera amorfa y la convierta en una hermosa estatua de un animal o de una persona.  Luego, con cuidado, la lija, la pule y quizá la pinta, después, cuando ha terminado, limpia el piso, devuelve las herramientas a su lugar, y ya al final, se pone de rodillas ante la estatua de madera y empieza a hablarle y a pedirle que le proteja, le libre, le proporcione alimentos y trata a esta estatua como si fuera una deidad. Cuando recién la acaba de hacer con sus manos, de un trozo de madera o piedra.

Y la Biblia realmente se burla de la idolatría, de forma cruda, de todos aquellos que realmente hacen esto, tomar algo que es impersonal y tratarlo como si fuera una persona sagrada. Eso es lo que hace la idolatría. Ahora, creo que Freud ha demostrado que es posible que las personas inventen a Dios si Dios no existiera. Una cosa es decir que una persona es capaz de cometer un crimen, pero eso no prueba que realmente esa persona cometió un crimen. Puedes tener medios, motivos y oportunidades y aún ser inocente. Puedes encontrar diez mil personas más que tengan medios, motivos y oportunidades, pero solo por el hecho de tener medios, motivos y oportunidades, no significa que lo hicieron.

Creo que Freud ha demostrado que el ser humano tiene los medios, el motivo y la oportunidad de inventar la religión.  Eso no quiere decir que realmente sucedió así. Pero tengo algunas preguntas. Y quizá usted ahora mismo también tenga preguntas.

¿Qué tiene que ver todo esto con la santidad de Dios?

Tiene mucho que ver con la santidad de Dios. Porque lo que he descubierto leyendo las Escrituras y lo que deseo mostrar en los días venideros es que, si vamos a inventar un dios que nos redima de la amenaza y del peligro del trauma, mi pregunta es: ¿inventaríamos un Dios, quien en su carácter fuera diez veces más amenazante que las amenazas que hemos inventado para que él las venza? Sí, puedo imaginar que podamos inventar a un Dios que habita en la tormenta y demás, un dios benevolente que se apacigua fácilmente y que incluso pueda ser un dios malo, un espíritu malo.

Hasta podría tener todos las características que le atribuiríamos a iconos religiosos, pero, ¿inventaríamos uno que es santo? ¿De dónde viene eso? Lo que espero que empecemos a ver es que no hay nada en el universo más aterrador, más amenazante al sentimiento de seguridad y bienestar de una persona, que la santidad de Dios.

No creo que podamos crear eso, a menos que seamos masoquistas, porque lo que vemos aquí, a través de las Escrituras, es que el Dios a quien la Biblia revela es un Dios que gobierna sobre la tormenta, sí, que gobierna sobre el terremoto, sí, que es un Dios que reina sobre todas las fuerzas amenazantes a las que tememos. Pero qué Dios, dentro y fuera de él, nos asusta más que cualquiera de esas cosas, y con justa razón, porque entendemos que nada representa una amenaza mayor para nuestro bienestar futuro que la santidad de Dios.

Me sorprende la gente cuando discuto con ellos acerca del cristianismo y, a menudo, me dicen: “bueno, está bien que tengas una fe religiosa en Cristo, pero no siento la necesidad de Cristo”. Y yo les digo, bueno, si Dios es santo, entonces necesitas a Cristo. No hay nada más apremiante en la vida que la necesidad de un Salvador, porque si Dios es santo y él es tu juez, y tú no eres santo, entonces tienes algo que temer, algo que temer que finalmente es mucho más devastador que un tornado o el cólera. Como dice la Biblia, es algo terrible caer en las manos del Dios vivo.

Y entonces, lo que quisiera mostrarles en nuestros próximos mensajes, es el retrato bíblico del carácter traumático de la santidad de Dios, el cual implica una amenaza primaria y fundamental a nuestro sentido de seguridad.

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo de hoy, tengo un par de preguntas simples y prácticas para que se las hagan a ustedes mismos. ¿Usted tiene miedo de Dios? Y la segunda pregunta es ¿Le agrada Dios? ¿Le gusta el concepto bíblico de Dios o es hostil al concepto bíblico de Dios?

Les hago esta pregunta por la siguiente razón: las Escrituras enseñan que, por naturaleza, en nuestra humanidad caída, estamos en enemistad con Dios, no queremos tener a Dios en nuestro pensamiento, pero no somos indiferentes o neutrales con respecto a Dios, sino que hay como un dominio básico que reside en lo profundo de nuestras almas contra nuestro creador.

Y que ese desagrado, ciertamente ese odio, es tan fuerte que cuando Dios se hizo carne, los seres humanos no pudieron esperar hasta destruirlo.

Jonathan Edwards una vez comentó que si Dios mismo hiciera su vida vulnerable y expuesta a manos humanas, no sobreviviría por un minuto.

Así de profunda es nuestra incomodidad en su presencia.

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Continuando con nuestro estudio de la Santidad de Dios, recordamos que hemos estado viendo detenidamente y de cerca los registros del llamado de Isaías al oficio de profeta, lo cual encontramos en el capítulo 6 del libro con su mismo nombre. Y hemos visto la respuesta de los ángeles y los serafines al esplendor revelado de la santidad de Dios mientras cantan su respuesta antifonal: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos.

Toda la tierra está llena de su gloria.” Y vimos también la respuesta de Isaías a esta demostración del carácter de Dios en donde Isaías se maldice diciéndose a sí mismo: “¡Ay de mí, que soy muerto!” Vemos a Isaías arruinado, gritando que él es un hombre de labios inmundos y que habita en medio de un pueblo de labios inmundos.

Pero ahora nos queda la pregunta: ¿qué hace Dios con este hombre que ahora se está maldiciendo a sí mismo, que está postrado ante Dios, que clama por su propia suciedad e inmundicia? ¿Acaso responde Dios desde el cielo mirándolo y diciendo: sí, tú, gusano, eres inmundo, yace allí en la tierra y agoniza por siempre; tú no me importas?
Eso no es lo que Él hace.

Déjenme decirles, queridos amigos, qué más Dios no hace. Dios no mira a Isaías y le dice: oh Isaías, no seas tan melodramático; no te lo tomes tan a pecho. Tienen una autoimagen tan negativa. ¿No sabes qué clase de Dios soy? Yo soy un Dios que te acepta tal y como eres, que mi amor por ti es incondicional y no me importa que estés contaminado con este pecado. Dios no dijo eso a Isaías ni ha dicho eso a nadie.

Y de alguna manera, de algún modo tenemos que detener este evangelio de la gracia barata que cruza las vías respiratorias de todo el mundo como si el reino de Dios fuera el vecindario del Chavo, que le dice al mundo que Dios acepta a las personas tal como son. Ahora, la verdad detrás de esa distorsión es que el evangelio de Dios no espera que nos volvamos puros, santos y perfectos antes que Él entre en una relación salvífica con nosotros.

Dios no demanda perfección. Dios no demanda pureza antes que Él nos redima. Mientras aún somos pecadores es que Cristo muere por nosotros. Ese es el evangelio. Pero no exageremos tanto ese evangelio como para decir a las personas que no tienen que hacer nada. Ellos tienen que arrepentirse. Y si no nos arrepentimos, Dios nunca nos recibirá en Su reino. Y si nunca nos arrepentimos, Él nos dejará en la tierra gritando delante de Su santidad.

Él demanda que pongamos nuestra fe en su Hijo unigénito confiando en él y sólo en él y su justicia para que podamos tener el perdón de los pecados. Sí, en cierto sentido Dios ama a todos incondicionalmente, en el sentido de que no hay condiciones que tenemos que cumplir antes de que Dios nos dé Su gracia común, Su amor de benevolencia por el cual derrama su lluvia sobre justos e injustos.

Pero hacemos una distinción en teología entre el amor de la benevolencia de Dios y su amor complaciente. Ese amor complaciente, no en el sentido de la indiferencia, sino en el amor que disfrutan aquellos que han sido adoptados en Su familia, el amor redentor de Dios. Y ese amor no es incondicional. Para recibir ese amor, que Esaú no recibió pero que Jacob sí recibió, se requiere de fe. Requiere una respuesta de reconocimiento de nuestro pecado y nuestra necesidad desesperada del perdón de gracia de Dios para poder ser parte de su familia.

Isaías recibe el amor de Dios, el amor de la complacencia, el amor de la redención, cuando Isaías recibe el perdón por su pecado. Pero déjenme decir algo al mirar este relato de la purificación de Isaías, que la gracia que redime a este hombre quien está sobre su rostro maldiciéndose a sí mismo ante Dios, no tiene nada de barato en absoluto. Es una gracia que viene con el pesado precio y en el contexto del dolor extremo. Amados, permítanme preguntarles algo:

Alguna vez, te has arrepentido, en realidad, de tu pecado. Hay algo completamente dulce y liberador al arrepentirnos verdaderamente de nuestros pecados. Cuando nos presentamos ante Dios con toda honestidad, sin minimizar la situación, sin dar mil excusas ante Él, sino más bien clamando: ¡Oh, Dios, he pecado contra Ti! Contra ti, contra ti solo he pecado, tal como clamó David en el Salmo 51.

Y dicho sea de paso, déjenme decirles a manera de paréntesis que, si no saben qué es el arrepentimiento, pueden invertir una hora reflexionando en el Salmo 51 donde David derrama, bajo el ímpetu del Espíritu Santo, las expresiones de un corazón quebrantado y contrito delante de Dios. Cuando hacemos eso, hay algo dulce, algo que es un deleite, algo liberador al hacer una confesión abierta ante Dios. Pero, al mismo tiempo, amados, siempre hay algo doloroso que acompaña la confesión. No es divertido arrepentirse. Hay algo extremadamente costoso en ello, porque tenemos que mirarnos al espejo y darnos cuenta de que no fuimos tan buenos como creemos ser.

Entonces, cuando Isaías maldice: “¡Ay de mí, que soy muerto!”, Estoy arruinado, me estoy desmoronando y llora ante Dios porque ha visto a Dios cara a cara en la visión. Lo siguiente que sucede es que Dios toma la iniciativa y los Serafines ahora se mueven desde arriba del trono de Dios, de estar ejerciendo sus obligaciones y deber de celebrar a Dios en adoración. Ahora, en el servicio a Dios, Dios dirige al ángel para ir al altar.

Ahora, permítanme decir que, generalmente eso es lo que sucede en la salvación, hay un altar involucrado. En el Antiguo Testamento fue comunicado a través de las imágenes del altar del holocausto y del sacrificio. No hay redención en el Nuevo Testamento excepto por el altar del Gólgota donde Cristo fue levantado como nuestro sacrificio por una vez y para siempre. Y en ese altar sagrado, la expiación fue hecha por nuestros pecados. Isaías nos dice esto: “Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas;” Estos carbones estaban al rojo vivo. Habían estado ardiendo allí en el santuario, estaban incluso calientes para el toque del ángel. Entonces los serafines deben usar tenazas para recoger ese carbón. Bueno, ¿qué hace él con eso? Dios le ordenó que volara a la tierra donde estaba Isaías postrado y que tomara ese carbón vivo del altar y que lo colocara sobre los labios de un hombre.

Tenemos costumbres muy extrañas como seres humanos para expresar nuestro afecto y cuidado. ¿Qué es romance sin un beso? No nos frotamos la nariz para comunicar afecto. Nos besamos. Y el instrumento que usamos para la ternura de un beso, son los labios. ¿Por qué? Porque los labios son, de alguna manera, los que guardan la entrada a nuestras almas, los labios sellan nuestras lenguas para que no expresen mentiras o falsedades, los labios pueden ocultar el veneno de las zarzas, como dicen las Escrituras, en su superficie están algunas de las terminaciones nerviosas más sensibles que tenemos en la piel.

Cuando los labios tocan tiernamente los labios de otra persona, comunican las profundidades del afecto. ¿Has experimentado el morder algo que estaba demasiado caliente? Una sopa que estaba muy caliente y dejaste caer la cuchara y dijiste: oh, me quemé los labios; y sabes cuán doloroso es probar algo muy caliente. Pero, ¿te imaginas un carbón encendido al rojo vivo que se coloque en tus labios, poniéndotelo en la boca? El dolor que eso sería.

Ahora, miramos este texto y decimos: ¿qué clase de Dios es este, que cuando un ser humano se humilla en oración, en arrepentimiento, contrito, simplemente no le dice a Isaías: te perdono? ¿Por qué este acto que parece ser un castigo cruel e inusual? ¿Cuál es el propósito del carbón? El propósito del carbón no es castigar a Isaías. El carbón se trae para la limpieza… La boca de Isaías está sucia. Necesita limpieza. Él es una persona herida. Y en la antigüedad, hasta el siglo XX, el procedimiento estándar para la limpieza y curación de una herida era el proceso de la cauterización mediante el cual el fuego purificaba la herida para evitar que la infección y el veneno se acumulen y se vuelvan fatales.

Por eso, Dios se inclina en misericordia para limpiar a su siervo y le ordena al ángel que venga con el carbón ardiente y se lo ponga sobre los labios, y no quiero ser muy gráfico aquí, pero estoy pensando que cada ángel ahí, podía oír el chisporroteo de la carne chamuscada cuando ese carbón tocó los labios. Pero noten que Isaías no dice nada sobre el dolor.

Me preguntó si siquiera lo sintió, porque al mismo tiempo que los ángeles actuaron para purificar, Dios habló. Y las palabras de Dios que cayeron sobre los oídos de Isaías fueron las palabras más maravillosas que Isaías o cualquier ser humano pudieron escuchar. “Y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.”

Ahora Isaías escucha un oráculo del ángel de Dios, que es el supremo oráculo de la bienaventuranza. “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.” Déjenme decirlo de nuevo, amados. “y es quitada tu culpa.” ¿Qué darías para poder llamar a un camión de basura para que vaya a tu casa no a sacar la basura de tu ático o garaje, sino para que quite el pecado de tu alma y lo entierre en algún lugar?

La esencia del Evangelio de Jesucristo es el anuncio de la remisión de los pecados, y que algo sea remitido indica ser eliminado, quitado. ¿Y qué le dice Dios a su pueblo? “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.” Ven, Él dice, el profeta Isaías en el primer capítulo, “Ven y estemos a cuenta: Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.” ¿Qué tan roja es la mancha en tu alma? ¿Es carmesí?

Isaías dijo que todos estamos en esa condición, pero oí esta voz que me decía: mira, tus pecados han sido quitados. Tus transgresiones han sido eliminadas. Y tus pecados han sido purgados. No solo perdonados, sino limpiados. Te estoy limpiando la boca sucia.

Ya no tengo contra ti los pecados que salieron de esa boca. Te estoy dando una boca pura y te estoy poniendo en la boca, Isaías, mis palabras, para que ahora lo que salga de tus labios no se blasfemia ni maldiciones ni mentiras, sino que ahora hablarás mi Palabra.

Y mientras Isaías escucha este glorioso anuncio de su redención, escucha algo más. Dios dijo: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Y lo primero que Isaías dice con labios ampollados pero puros es: “Heme aquí, envíame a mí.” No aquí estoy, No es una declaración de su ubicación. Él no está preocupado por la geografía. Dios sabe muy bien dónde está, pero Dios dijo: ¿Quién irá por mi? ¿A quién enviaré? E Isaías dice: Aquí estoy. Envíame.

La incongruencia de esto. Dos minutos antes, este Isaías acababa de anunciar que tenía la boca sucia. ¿Por qué debería ir y ser el portavoz de Dios? Él es la persona más descalificada en el mundo para hablar por Dios, ¿hasta qué? Hasta que él fue perdonado. La única calificación verdadera que alguien haya tenido para ser portavoz de Dios es que esa persona haya experimentado lo que significa ser perdonado. Todo el estudio en el seminario nunca puede calificarme para ser un predicador. La única credencial que tenemos todos nosotros es que hemos experimentado el perdón de Cristo.

Y entonces Isaías dijo, ey, si estás buscando a alguien para enviar, no busques más. Iré a donde quieras que vaya. Me arrastraré sobre el vidrio. Se lo diré a todo el mundo, porque he visto al Rey. He contemplado la gloria de Dios. No estoy avergonzado del Evangelio de Dios No puedo esperar para contarle al mundo entero sobre esta experiencia, sobre este momento de mi vida.

Sí, es doloroso. Sí, apenas puedo hablar. Mi boca está llena de ampollas, pero por primera vez en mi vida, estoy limpio. Ahora entiendo quién eres. Entonces, envíame.

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo para hoy, quiero hacerte una pregunta muy personal y práctica.

¿Sabes en tu alma que tus pecados han sido perdonados por Dios? ¿Tienes la seguridad de que a los ojos de Dios estás limpio?

Sabes que Dios no es ciego y sabes que Él conoce el pecado que está en tu alma, que está en tu boca, que está en tu vida. Pero también ha provisto una cobertura para eso, con el manto de la justicia de Cristo. Y todo el que está adornado con ese manto de la justicia de Cristo, es aceptable ante el Padre.

Pero para recibir esa limpieza, uno debe confiar en Cristo y solo en Cristo. Si confías en tu rectitud, si confías en tu desempeño, si confías en tus esfuerzos eso es todo lo que podrás presentar ante un Dios santo. Y no será suficiente. Pero si pones tu confianza en la justicia de Cristo, entonces puedes estar seguro de que Dios dirá: Tus pecados te son perdonados y tus transgresiones han sido removidas.

 

Encontrando la Gloria

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Encontrando la Gloria

R.C.Sproul

Al continuar con nuestro estudio de la santidad de Dios, recordemos que hemos estado mirando de cerca las circunstancias que rodearon el llamado del profeta Isaías al ministerio. Y hemos visto el marco histórico con la vida trágica del rey Uzías. Hemos visto la respuesta de las criaturas celestiales, los serafines ante la cegadora gloria de la santidad de Dios. Hemos considerado la afirmación de que toda la tierra está llena de su gloria, e incluso observamos las diversas respuestas que las personas tienen hacia esta gloria, cómo la mayoría de nosotros hemos ido por la vida y la dejamos pasar aun cuando nos está mirando directamente a los ojos. Pero lo que es más importante de considerar ahora es la respuesta de Isaías mismo a la experiencia de mirar en la cámara interior del cielo y mirar el despliegue glorioso de la santidad de Dios.

Vayamos de vuelta al texto y veamos la respuesta de Isaías. Leemos en el verso 4 de Isaías 6 que, “los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenaba de humo”. Luego leemos estas palabras de Isaías, “Entonces dije: ¡Ay de mí! Que soy muerto, porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al rey, Jehová de los ejércitos”. Como ya se los he mencionado antes, cuando vemos la triple repetición de la canción de los serafines celebrando la santidad de Dios en la que decían, “Santo, santo, santo”.

Y ya les he explicado que hay técnica literaria inusual involucrada que le era común al pueblo judío. En esta frase que es pronunciada por Isaías, “¡Ay de mí!, que soy muerto” encontramos algo que es intensamente judío que podríamos leer muchas, muchas veces y perder su significado.

Un profeta del Antiguo Testamento era alguien separado por Dios, ungido por el Espíritu de Dios y comisionado para anunciar la palabra de Dios a su pueblo. Él era un hilo conductor de revelación sobrenatural. Él fue dotado y autorizado para hablar los pronunciamientos de Dios. Y esos pronunciamientos que fueron pasados y canalizados a través de los profetas fueron básicamente de dos clases o dos tipos. Ellos eran tanto pronunciamientos positivos o pronunciamientos negativos. Eran buenas noticias o malas noticias.

Vemos, por ejemplo, en el Nuevo Testamento, que en el Sermón del Monte cuando Jesús dio su famosa lista de bienaventuranzas, él usó una fórmula que era común a los profetas de Israel. Y la forma de la fórmula era el uso de lo que fue llamado un oráculo.

Ahora hemos oído del famoso oráculo de Delfi, donde los reyes de la antigüedad y los sacerdotes iban a consultar a ese oráculo buscando conocer el futuro, con la esperanza de que el oráculo les daría una predicción profética del resultado de una guerra, de una inversión de negocios o de lo que fuera. Y el oráculo anunciaría su mensaje, y ellos usarían una fórmula particular que sería conocida como la fórmula oracular. Y como dije, la fórmula de un oráculo puede ser positiva o negativa.

En las bienaventuranzas, cuando Jesús dice bienaventurados los pobres, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados y así. Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados. Bienaventurados los pacificadores porque serán llamados hijos de Dios. Allí está usando la fórmula judía porque un oráculo de prosperidad, un oráculo que comunicaba buenas nuevas era precedido por la palabra “bienaventurado”. Para un judío, el ser bendito era ser llevado más cerca de la presencia de Dios.

Me disgusta cuando los traductores modernos traducen “bienaventurado” o “bendito” con la palabra “feliz” porque nuestra palabra “felicidad” se ha desvalorizado por el uso superficial del término. Hoy decimos que la felicidad es abrazar una mascota. Bueno, lo que obtenemos de un perro cálido está bastante lejos de lo que la Biblia habla de ser bendito o ser bienaventurado.

La idea de bienaventuranza podría ser vista en la bendición del Antiguo Testamento, donde la bendición hebrea es algo como esto, “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. ¿Han notado el paralelismo simétrico en este pasaje? La bendición es comunicada en la imagen concreta del rostro de Dios. Ser bienaventurado es vivir Coram Deo, vivir delante del rostro de Dios, vivir en la inmediata presencia de Dios, donde el Señor hace que su rostro brille sobre ti, donde el Señor alza sobre ti la luz de su semblante.

Si alguna vez viste la película Ben Hur, hay un momento magistral en el film. Cuando Ben Hur está en cadenas y ha sido reducido al nivel de esclavo, y al estar con un grupo de esclavos está siendo tratado con despreciable humillación. Él es arrastrado hasta la orilla de un pozo y ni siquiera puede levantarse de sus rodillas. Está sediento, está débil, está herido, maltratado y derrotado. Él está tirado en el polvo y con cadenas. Y está tan sediento. De repente todo lo que puedes ver en la pantalla es el paso de una sombra humana, y oyes una voz. Y Ben Hur voltea su rostro y mira hacia arriba a quien sea que esté parado allí. Y quienquiera que está parado allí se inclina y le da a Ben Hur un vaso con agua fría.

Lo que vemos es una dramática e inmediata transformación en el semblante de Ben Hur mientras mira en el rostro de quienquiera que le está dando esa agua fría. Y nunca vemos a esa persona, pero no hay duda que quién Ben Hur acaba de encontrar es Cristo. Y al mirar el rostro de Jesús, el brillo del semblante del esclavo cambió. Y en un segundo Ben Hur experimentó la bendición. “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. Ese es el oráculo de buenas noticias. Ese es el oráculo de bendición. Pero el concepto opuesto en el Antiguo Testamento a la bienaventuranza es la idea de maldición, otra palabra que ha sido trivializada en nuestra cultura.

Hoy pensamos en maldiciones como algo que médicos brujos colocan sobre un muñeco y cosas como esas. Pero en Israel, era la expresión suprema de la ira y el juicio de Dios. Recordemos que en el libro de Deuteronomio, cuando Dios establece su Ley delante de su pueblo y dice que si guardamos los términos del pacto, entonces benditos seremos en la ciudad. Benditos seremos en el país. Benditos seremos cuando nos levantemos. Benditos seremos cuando vayamos. Benditos seremos en la casa. Benditos seremos en la habitación. Benditos seremos en todas partes.

Luego hay un fuerte contraste, sin embargo, cuando Dios dice que si quebramos su ley, si rehusamos obedecer su voluntad, entonces seremos malditos en el país y lo seremos en la ciudad. Malditos serán nuestros cultivos y maldita será nuestra familia. Malditos seremos cuando nos sentemos y cuando los levantemos.

Así vemos esta ominosa idea de maldición. Bueno, la maldición para los judíos es exactamente lo opuesto, la antítesis de bienaventuranza. Y ésta alcanza su momento más terrible y doloroso con la imagen de Dios dando la espalda. En vez de hacer resplandecer la luz de su semblante al maldito, Él los lanza a la más terrible oscuridad. En vez de hacer que su rostro brille en el maldito, Él remueve por completo su rostro de entre ellos.

Yo he tenido serias discusiones con muchos acerca del concepto bíblico del infierno donde hay personas que me dicen, “RC, ¿tú crees que el infierno es la ausencia de Dios? Y les digo que sí, y como que respiran aliviados como si dijeran, ¿eso es todo entonces? Y les pregunto, ¿pueden imaginar algo más terrible que la absoluta ausencia de Dios en términos de su benevolencia? Les digo a ellos que dicen que la guerra es un infierno o que el dolor es un infierno o que un mal negocio es un infierno.

Ellos usan una hipérbole porque si pudieras hoy encontrar una persona en este planeta que está en el estado más terrible de dolor, sufrimiento y tormento que cualquiera pudiera experimentar en este mundo, sin embargo, esa persona no está total y absolutamente despojado de la compasiva presencia de Dios. No hay una esquina de este planeta sin que al menos brille algo de la luz del rostro de Dios.

Pero dentro del simbolismo judío se piensa que la peor de todas las cosas, la más grande pesadilla de la humanidad es estar en una situación donde la bendición es totalmente ausente, y solo la maldición permanece, solo el abandono está allí. Esas son malas noticias. Ese es el pronunciamiento de la fatalidad.

Les he mencionado que solo una vez en la Escritura un atributo de Dios es elevado al tercer nivel donde la santidad de Dios es declarada, “santo, santo, santo”. Pero hay un pasaje en el Nuevo Testamento, en el Apocalipsis, donde el juicio de Dios es descrito con un simbolismo gráfico, donde los ángeles vuelan a través del cielo más oscuro y ellos dan su oráculo de fatalidad contra este planeta en el cual estas criaturas aladas claman con la misma intensidad de los serafines, “ay, ay, ay”.

Y la copa de la ira de Dios fue derramada en el mundo. Ahora, la palabra que anuncia tal juicio viene en la forma de un oráculo. Es el oráculo del ay. Cuando la palabra de Dios pronuncia fatalidad y juicio, los profetas usan el término “ay”, tal como lo hizo Jeremías a la nación y a la ciudad, “¡Ay de ti, Moab! pereció el pueblo de Quemos; porque tus hijos fueron presos en cautividad, y tus hijas para cautiverio”.

Así como Jesús usa la fórmula oracular en su denuncia radical en contra de los fariseos y los escribas que estaban supuestos a ser los líderes de la devoción, los ministros de gracia, pero fueron los más duros opositores al Hijo de Dios. Él les dijo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros”. Una y otra vez Jesús entrega el oráculo profético de fatalidad a aquellos hombres. “Ay de vosotros, escribas y fariseos”.

Pero si hacemos la pregunta, ¿cuál es la primera profecía de Isaías, cuál es el primer oráculo pronunciado por este magnífico profeta del Antiguo Testamento. El primer pronunciamiento del profeta Isaías no es contra Damasco, no contra Israel, no contra Judá, no contra los escribas, no contra los fariseos.

Su primer oráculo profético es entregado contra él mismo, porque cuando ve la develada gloria y santidad de Dios, él clama, “¡Ay de mí!” Estoy maldito. Soy digno de ser tirado en la más absoluta oscuridad. “¡Ay de mí!” él clama, “… que soy muerto”. Intencionalmente estoy usando la Reina Valera del 60 porque he leído traducciones que dicen, “Ay de mí porque estoy arruinado”. Nadie habla más de estar muerto o deshecho. ¿Qué es lo que esto significa?

Me agrada la selección de sus palabras. Porque podrán ver, amados, que lo que Isaías está experimentado en este momento del encuentro con la santidad de Dios es el proceso que podríamos llamar desintegración psicológica. Nosotros decimos que una persona, que es virtuosa, es una persona íntegra, completa. En lenguaje coloquial diríamos que no tiene quiebres. Esto quiere decir que los varios componentes de su vida están integrados, y que es, por lo tanto, una persona de integridad.

Bueno, si hubiéramos hecho una encuesta en Israel y hubiéramos ido por la ciudad y por los campos y hubiéramos preguntado, ¿quién es el hombre con mayor integridad entre ustedes? De seguro que el mayor candidato en el siglo VIII antes de Cristo hubiera sido Isaías, el pilar de la comunidad, el modelo de virtud. El hombre que ya era distinguido por su aparente rectitud se acaba de encontrar con el Dios viviente y ha salido deshecho. ¿Es de extrañar que las personas eviten estar muy cerca de un Dios santo?

Como lo he dicho antes, lo que pasó en el mismo instante fue que, por primera vez en su vida, Isaías realmente entendió quién era Dios. Y la reacción inmediata y la consecuencia fue que, por la primera vez en su vida, Isaías conoció quién era Isaías. Evitamos el contacto con lo santo porque sabemos que no somos santos. Pero tratamos de reprimir tal evaluación. No queremos oír que no somos santos. Queremos que la gente nos diga cuán grandes somos, cuán rectos somos y cuán virtuosos somos.

Una de las cosas más peligrosas para mí, o para cualquier ministro, es hablar acerca de la santidad de Dios porque, tan pronto lo hacemos, tenemos gente que se apresura en venir para decir, “oh reverendo, tú debes ser tan santo, porque solo una persona santa amaría esas cosas”. Y digo, “esperen un minuto. Si estoy obsesionado y preocupado con la santidad de Dios, no es porque sea santo. Es porque no lo soy y lo sé. Y sé que mi única esperanza descansa en un Dios santo que está preparado para perdonarme. No hay otra forma posible de seguir en pie, no puedo engañarme a mí mismo”. Y todas las bromas terminaron para Isaías. Un vistazo de la develada santidad de Dios, y él se desintegró. “¡Ay de mí! que soy muerto, porque siendo hombre inmundo de labios”. Tengo una boca sucia. Mis labios revelan mi carácter. Las cosas que digo no son puras. Miento. Blasfemo. Maldigo. Y me doy cuenta en esta instancia que no solo mi boca es sucia, sino que es algo común. Es contagioso. “… y habito en medio de pueblo que tiene labios inmundos”.

Nuestros labios no son limpios porque nuestros corazones no son limpios. “…han visto mis ojos al rey…” Pueden notar que una vez que vio eso, una vez que vio la verdad acerca del carácter de Dios, no se pudo mentir a sí mismo nunca más.

Él se dio cuenta, por comparación, de lo sucio que estaba. El propósito de esto para Isaías y para ti no era destruir su autoestima, sino dejarte entender que la única esperanza posible para la autoestima viene del único que la tiene perfecta y pura, y quien nos acepta a través de la cruz.

Hablaremos la próxima vez acerca de la respuesta de Dios al quebranto de Isaías.

 

CORAM DEO

Nuestro pensamiento Coram Deo para este día tiene que ver con la respuesta de Isaías, su propia reacción personal al ver la santidad de Dios.

Permíteme pedirte que uses hoy tu imaginación. ¿Cómo responderías si tuvieras esa visión? Si pudieras cruzar el velo y mirar sin impedimento a la absoluta y cegadora pureza de Dios, ¿Qué es lo que te haría?

Algunas veces escucho a cristianos hablar de Dios como si Él fuera un amigo, en el sentido de ser como un par. He oído a personas decir eso… y les he dicho, ¿Qué harías si Cristo entrara en esta habitación ahora mismo? Y ellos me han respondido, “Iría donde él, le tomaría de la mano y le diría, vamos Señor, estemos juntos”.
Y les digo, ustedes no saben quién es Él. Si entrara en esta habitación y si tuvieras algún buen sentido, estarías en el suelo sobre tu rostro a sus pies clamando en sobrecogimiento ante su gloria. Y estarías aterrorizado hasta los huesos a la vista del Señor.

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La Majestad de Dios

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Varios años atrás estaba en el Oeste de Pennsylvania porque fui invitado a hablar a una universidad en la zona industrial cerca de Pittsburgh. Tuve que tomar un bus desde el centro de Pittsburgh hasta el campus donde se realizarían los eventos; era un bus local, uno de esos buses que pasan a través de pueblos industriales bastante pobres al oeste de Pensilvania.

Quizás ustedes no sepan, pero en esa época el oeste de Pensilvania estaba muy deteriorado como quizás ninguna otra área en el país como resultado del declive de la industria del acero. Mi visita fue en la tarde de un día de invierno, y el bus mismo estaba sucio y las ventanas empañadas, lo que arrojaba un manto de oscuridad al mirar por las ventanas ese día gris de noviembre. E iba pasando a través de cada uno de esos pequeños pueblos donde veía tienda tras tienda tapiadas con signos de “cerrado” colocados afuera.

Tuve una abrumadora sensación de tristeza mientras observaba a la gente subir y bajar a lo largo de la ruta. La gente subía con una postura encorvada, con los hombros caídos. Se podían notar las líneas de desesperación en sus rostros. Y mientras veía esto, con esa actitud melancólica que estaba experimentando, me preguntaba si esas personas tenían algún tipo de esperanza. ¿Hay esperanza para esos pueblos?

Observo las fachadas externas, los edificios están deteriorados, las calles sin reparar; y pienso en todas las esperanzas que fueron puestas en los edificios de esos pueblos. Y ahora solo vemos la evidencia del deterioro, de la muerte y de la desesperanza. Y mientras estaba en esa actitud contemplativa, de repente pasamos por el frente de una tienda que había sido convertida en la fachada de una iglesia, y con un lenguaje simple y con un tipo de letrero de neón había una cruz en la ventana de la tienda. Y pensé en eso y me dije: ahí está el símbolo universal de la esperanza.

Eso me puso en alerta y empecé a mirar con mayor detenimiento, y descubrí que no podía pasar por ninguna cuadra de la ciudad sin que en algún lugar no viera el signo de la cruz. Y mientras observaba empecé a reflexionar. Y pensé, ustedes saben, en lo que estoy sentado aquí preocupándome por la desesperanza, y aún cuando lo estoy pensando ahora mismo, en algún lugar de este mundo hay un grupo de personas sentadas a la mesa comiendo pan y bebiendo de la copa en memoria de Cristo.

Y empecé a darme cuenta que no hay un solo segundo que pase por el reloj sin que haya algún lugar en la tierra donde haya gente celebrando la venida de Cristo al mundo y el triunfo de Cristo sobre la oscuridad, sobre la fealdad y la desesperación. Y así, por un breve segundo, tuve un entendimiento gráfico de la gloria de Dios, la gloria de Dios que no puede ocultarse ni esconderse bajo la fachada del deterioro o muerte.

Y pensé en el sexto capítulo de Isaías, cuando los ángeles cantaban la respuesta antifonal celebrando la santidad de Dios mientras se decían uno a otro, “Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos” Ellos añaden al coro las siguientes palabras,“Toda la tierra está llena de su gloria”. Piensen en esto. No solo está diciendo que hay pruebas ocultas escondidas detrás de las puertas, ocultas bajo las rocas, veladas a nuestra vista de la gloria de Dios, sino que la tierra está llena con la evidencia de la gloria de Dios.

Hace poco leí un libro escrito por el que quizás es el teólogo judío más famoso y talentoso en Estados Unidos, Abraham Heschel. En el libro habla acerca de la vida en Estados Unidos en el siglo XX. Él habla que lo que nos caracteriza en el siglo XX es nuestra superficialidad, el haber llegado a ser personas que están satisfechas con hojear la superficie de la vida, interesados sólo con imágenes e impresiones de los medios, no con la verdad intensa y profunda, sino sólo con pequeños fragmentos que nos entretienen, pero que no nos detienen en un llamado serio a una reflexión. Somos pragmáticos. Deseamos ser prácticos. Y en nuestra ocupada practicidad vamos por la vida cegados a las profundidades de la realidad que nos mira fijamente a los ojos.

El apóstol Pablo en el primer capítulo de Romanos describe la situación que es común a la humanidad. Pablo nos dice en Romanos 1 que desde el mismo inicio del tiempo, desde el mismo comienzo de la creación Dios se ha revelado a sí mismo y continúa revelándose a sí mismo a través de la naturaleza. Él dice allí, “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas…”Pero luego él lleva al mundo entero delante del Tribunal de Dios y los evalúa en términos de una formulación de cargos universal, debido a que el pecado básico y primordial de la humanidad, de acuerdo a Pablo, por el cual todos somos culpables y nadie se puede excusar, es que sostenemos esta verdad de la revelación en un espíritu de impureza. La resistimos, la reprimimos, la enterramos, la enjaulamos.

Entonces el apóstol dice que “… la ira de Dios se revela…” contra el mundo entero, y la razón de su enojo es porque reprimimos y suprimimos la gloria que Él manifestó aun en la naturaleza misma. Y añade que nuestra propensión es a cambiar la verdad de Dios por la mentira, y servir y adorar a las criaturas en vez de al Creador.

Esa es nuestra inclinación natural, una inclinación hacia la idolatría, fijando nuestra mirada en las cosas de este mundo y nunca reconociendo cómo las cosas de este mundo guían nuestra atención más allá de este mundo a la gloria y a la majestad de su Creador. El pecado fundamental, de acuerdo al apóstol, es que rechazamos el honrar a Dios como Dios, ni tampoco somos agradecidos.

Entonces, lo que Pablo está describiendo es similar a lo que el salmista dice cuando señala, “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Todo eso simplemente hace eco a lo que los ángeles están declarando en el cielo mismo, que toda la tierra está llena de su gloria.

Si la tierra está llena de la gloria de Dios, no tenemos que ser genios científicos para encontrarla. No necesitamos un microscopio. No necesitamos un telescopio como el Hubble para tener un vistazo de la majestad de Dios. Está en todas partes.

Todo el mundo, dijo alguna vez Calvino, es un glorioso teatro de la majestad de Dios. Pero caminamos en ese teatro como hombres y mujeres vendados, quienes voluntariamente han vendado sus ojos. Cerramos nuestros ojos y no miramos a lo que está justo delante de nuestros ojos. La claridad manifiesta de la majestad de Dios nos rodea por completo.

Y así como Heschel, el teólogo judío, indica que, de alguna manera, hemos sido inoculados con eso y estamos inmunes ahora. Hemos perdido nuestra capacidad de asombro. Hemos trivializado el teatro de la gloria divina, y caminamos por ella impermeabilizados a la maravilla y al asombro.

Ahora quiero que veas el contraste entre nuestra respuesta a la manifestación de la gloria de Dios y lo que Isaías describe que toma lugar en su visión, mientras oye a los serafines afirmando, “Santo, santo, santo es el Señor de los Ejércitos. Toda la tierra está llena de su gloria”. Lo que sigue inmediatamente en el texto es extraordinario. Él dice, “Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba… y la casa se llenó de humo”. Ahora Isaías está dándole un vistazo al templo celestial, y mientras las voces están cantando de la santidad de Dios, las puertas del templo interior del cielo mismo están repentinamente temblando en sus bases y vibrando ante el espectáculo de la gloria divina.

Hace unos años atrás visité una prisión de máxima seguridad con Lem Barney, quién por muchos años fue un jugador profesional de Fútbol americano. Ambos estábamos en el Directorio del Ministerio Prison Fellowship. Entramos a esa prisión y Len se puso al frente de cientos de hombres endurecidos, hombres rudos, y empezó a cantar la canción de niños: “Otros, Señor, sí, otros, ayúdanos a vivir por ellos”.

No podía creer que este jugador de fútbol profesional tuviera la humildad para cantar una canción tan sencilla. Y, a su estilo, empezó a hablar a esos hombres de las riquezas de Cristo y de la gloria de Dios. Y a la mitad de su presentación, se detuvo y preguntó a esos hombres, ¿Eso los enciende? Y no hubo respuesta; pausó por un momento y luego él dijo, “señores, si esto no los enciende, entonces ustedes no tienen ningún interruptor”. Y todos se rieron. Y pensé que estaba en lo cierto. Si no podemos emocionarnos con la gloria de Dios, entonces algo está mal, algo no está funcionando en nuestras almas, porque en ese texto, cuando la gloria de Dios es presentada de forma simple y su santidad está radiando a través del santuario, las puertas y las columnas del templo son movidas. Esas son cosas y objetos inanimados. Las puertas no tienen espíritus. Las puertas no tienen almas. Las puertas no tienen mentes; pero aun esos objetos hechos de madera o metal fueron movidos por la presencia de Dios.

Y la comparación es una que los profetas hacen repetidamente, ¿no es cierto? Que ellos dicen que nosotros, los que rechazamos ser movidos por la grandeza de Dios no tenemos tanta sensibilidad como los animales. “El buey conoce a su dueño…” y textos como esos. Y él habló de cómo esos animales—el burro, el caballo y otros hacen por naturaleza lo que Dios decidió que hicieran, y ellos tienen un mayor sentido para responder a su Creador en obediencia de la que tenemos nosotros porque la hemos perdido.

Una encuesta hecha en los Estados Unidos hace unos años preguntó quién hizo que ya no fueras a la iglesia y por qué dejaron de asistir. No era una encuesta para los que nunca habían ido a la iglesia. Era una encuesta preparada para preguntar a aquellos, literalmente millones de personas que en alguna oportunidad estuvieron involucrados en la vida de la iglesia y luego la abandonaron. Y en esa encuesta particular, la razón número uno por lo que las personas dejaron de asistir a la iglesia fue porque la iglesia era aburrida.

La segunda respuesta más frecuente que apareció en la encuesta era que ellos consideraban irrelevante a la iglesia. Ahora, cuando leo las páginas de la Escritura, de forma particular las páginas del Antiguo Testamento, cada vez que un episodio comunica que el pueblo tiene ese vistazo momentáneo de la gloria de Dios revelada, hay una multitud de respuestas humanas variadas que están registradas.

Algunos se regocijan y manifiestan un sentido de emoción y júbilo al haber estado presentes, al haber visto la manifestación de la gloria. Otros son afectados con un ánimo sombrío de silencio y se quedan paralizados.

Pero la reacción que es más común es la reacción del miedo paralizante—los pastores en los llanos fuera de Belén, a la mitad de la noche, de repente fueron testigos del sonido y la manifestación de luces más espectacular que el mundo jamás haya visto.

Cuando de repente aparece en el cielo un ejército celestial, y la gloria de Dios brilla totalmente, ¿qué es lo que dice la Escritura? “… y tuvieron gran temor”. Esa es la reacción normal a cualquier manifestación visible de la gloria de Dios. Sin embargo, las reacciones podrían diferir entre los seres humanos a la santidad de Dios. Algo que nunca encontrarás en la Escritura es alguien que esté aburrido en la presencia de Dios, o alguien que sale de un encuentro con el Dios viviente y dice que fue irrelevante.

No hay un encuentro que pueda tener un ser humano que sea más relevante para la vida diaria que encontrarse con el Dios viviente. Si la gente está aburrida en la iglesia el domingo en la mañana, lo que me dice es que, de alguna manera, la presencia de Dios, el carácter de Dios, el Dios tal como es, no se ha manifestado allí.

Una mujer se me acercó un día. Ella estaba amargada y enojada, y estaba enojada con su pastor. Y le pregunté, ¿Cuál es el problema? Ella me dijo que estaba enojada con su pastor. Le pregunté por qué. Ella dijo porque tenía la convicción de que él, de forma sistemática, hacer todo lo que está en su poder para esconder el carácter de Dios de ellos el domingo en la mañana. El pastor está tan temeroso de que podría ofender a alguien, de que a alguien no le guste oír que Dios es santo, que es soberano o que Dios es capaz de airarse, que él nunca habla de eso. Él ha desarmado a Dios. Le ha quitado los dientes a Él, le quitó las garras y dientes. Le ha quitado todo lo que podría causar temor.

Y así ese Dios ahora se ha convertido en algo inocuo; por eso estamos muertos de aburrimiento. Uno no fue creado para aburrirse con la gloria de Dios. Tienes que estar espiritualmente muerto para aburrirte con la gloria de Dios, porque la gloria de Dios llena la tierra. ¿Cuándo fue la última vez que la notaste?

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo para este día quisiera que pensemos en la siguiente pregunta, ¿Cuán práctico es el pragmatismo? ¿Cuán práctico es realmente ir por la vida estando muy preocupado con las cosas del momento que nunca nos detenemos para penetrar la superficie? Cuando entendemos que solo bajo la superficie hay un millar de puntos de luz—no de luz política, no luz social, sino la luz de la radiante gloria de Dios.

No hay nada más práctico, nada que cambie más nuestra práctica de forma radical que estar cara a cara con la gloria del Dios santo. La evidencia de ello está a nuestro alrededor. Si no lo has visto, quizá has estado con los ojos cubiertos. Y es tiempo de quitar el velo y abrir los ojos al episodio glorioso de la gloria de Dios que está en todo tu derredor.

Renovando Tu Mente es un ministerio de alcance en español de Ligonier Ministries, una organización internacional de enseñanza y discipulado cristiano fundada en 1971 por el Dr. R.C. Sproul.

Dios usa Su Palabra para cambiar vidas. En Romanos 12:2, Pablo dice a los cristianos, «transformaos por medio de la renovación de vuestra mente». Nuestro objetivo es presentar fielmente la verdad de las Escrituras, ayudando a las personas a saber lo que creen, por qué lo creen, cómo vivirlo, y cómo compartirlo.

Dios llama a Su pueblo a ser transformado por la renovación de su mente. Para ayudar con esto, Renovando Tu Mente transmite una enseñanza semanal que expone las glorias de Dios reveladas en la Biblia en el contexto de la cultura, la filosofía, la apologética, la ética y la historia de la Iglesia. Queremos ser como un puente sobre la brecha entre la escuela dominical y el seminario —equipando a los oyentes para la vida cristiana.

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El Himno de los Ángeles

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El Himno de los Ángeles

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Era el siglo VIII antes de Cristo cuando Isaías fue llamado por Dios para ser profeta, uno de los profetas más importantes de la historia del Antiguo Testamento. Hemos visto que el siglo VIII fue el tiempo en que el rey Uzías murió, justo el mismo año en que el Imperio Romano empezó con el establecimiento y la fundación de la ciudad de Roma a orillas del río Tíber. Fue en ese momento de la historia en que Isaías tuvo la experiencia de ver los lugares que eran el corazón del cielo mismo. Y como ya lo hemos visto en el texto que registra esta historia, en el capítulo seis del libro de Isaías, Isaías fue capaz de ver al Señor mismo exaltado y sentado sobre un trono.

Y hemos descrito la experiencia de los serafines a quienes se les dieron dos alas para cubrir sus rostros, dos alas para cubrir sus pies y dos alas para volar. En nuestra última sesión analizamos el significado de la estructura de los serafines, y terminé mencionando que no era tanto la naturaleza de los serafines lo que nos interesa aquí, sino su mensaje.

Se nos dice en el capítulo seis de Isaías: “Y el uno al otro daba voces, diciendo: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.” Y como he dicho varias veces, podemos leer este pasaje una y otra vez y perder el significado de peso de este himno de los ángeles, porque hay algo que ocurre en él que es inusual en las Escrituras, aunque no es absolutamente único.

Los judíos tenían varias maneras de expresar el énfasis o la importancia en su literatura, tal como lo hacemos nosotros. Cuando estamos escribiendo y deseamos resaltar algo que es específicamente importante, lo podemos subrayar o ponerlo entre comillas o en cursivas o en negritas o poner muchos signos de exclamación al final de la frase para decirle al lector que eso es algo súper importante.

Bueno, los judíos también hacían todo eso. Usaban este tipo de técnica para enfatizar algo, pero además tenían otra técnica literaria muy interesante para comunicar que algo era importante y eso era simplemente el método de la repetición.

Hay un lugar en el Antiguo Testamento, por ejemplo, donde se describe un pozo grande y he leído varias traducciones diferentes de este pasaje, algunos hablan de un pozo grande, un pozo de asfalto o un pozo de alquitrán o un pozo de pavimento.

Mientras leías estas distintas traducciones, dije: ¿qué clase de pozo realmente era? Bueno, en hebreo todo lo que tenemos es la palabra hebrea para ‘hoyo’ mencionada dos veces seguidas, el vocablo simple para hoyo se repite. Si fuéramos a traducir el texto literalmente, diríamos que era un pozo pozo. Entonces, ¿de qué se trata esto de pozo pozo? Bueno, lo que el escritor judío está tratando de decir es que hay pozos y hay pozos. Un pozo pozo es un tipo de pozo. Un pozo pozo es “el pozo” de todos los pozos. Si alguna vez se caen en un pozo, asegúrense que no se trate de un pozo pozo.

Esto es simplemente una de esas formas extrañas e inusuales que nuestros amigos judíos usaban para poner énfasis o dar importancia. Jesús lo hizo. Cada vez que Él enseñaba a sus discípulos, con frecuencia Él empezaría diciendo: “Amén, amén te digo.” Lo que usualmente se traduce en las versiones antiguas como: “De cierto, de cierto te digo” o en las versiones más recientes se traduce: “De verdad, de verdad te digo.”

Ahora, mis amados, todo lo que Jesús alguna vez enseñó a sus discípulos, fue importante. Nunca salió de los labios de Jesús una palabra sin propósito, nada que pudiéramos considerar como algo completamente insignificante. Y sin embargo, en el contexto de su propia enseñanza, hubo ocasiones en las que llamó a sus discípulos a prestar una especial atención. Sería algo así como estar a bordo de una embarcación naval y en eso se escucha la alerta de que se va a dar un anuncio y luego de los parlantes se empiezan a escuchar las palabras: “Su atención, por favor. Les habla el capitán”. Todos paran la oreja y la atención está centrada en el anuncio que está por venir.

Eso es lo que sucedía cuando Jesús presentaba algunas de sus enseñanzas a sus discípulos, diciendo: “Amén, amén; de cierto de cierto te digo.” Por supuesto que ustedes probablemente ya reconocieron la expresión aramea que usé aquí. Amén, amén, de donde viene nuestra palabra en español: amén. Pero, normalmente cuando decimos amén, será, por ejemplo, al final de una oración o quizá como una respuesta congregacional al predicador.

Cuando el predicador hace un énfasis en alguno de sus puntos, la congregación puede gritar en medio del sermón, “amén”. Es por eso que tenemos un rincón para “amén” en ciertas congregaciones. ¿Y qué significa amén? Viene de la palabra hebrea amut que significa verdad. Así que amén significa es verdad. Pero Jesús hizo algo extraordinario. No esperó por el consentimiento de sus discípulos para afirmar que lo que estaba diciendo era verdad. Él presentó sus enseñanzas con la palabra amén, diciendo amén, amén. Las repitió y los discípulos sabían que esa era su técnica de énfasis para subrayar algo que era de suma importancia.

En otras ocasiones donde vemos esto, es en el primer capítulo de la carta de Pablo a los Gálatas, cuando él está lidiando con la intromisión de una peligrosa herejía que amenazaba con destruir los cimientos de la iglesia. Pablo había estado enseñando el evangelio de la justificación solo por fe, pero un grupo llamado los Judaizantes llegó y quiso mezclar este tema de las buenas nuevas de la justificación solo por fe, una mezcla de obras de la ley con la oferta gratis de gracia y también querían ligar la salvación a los rituales y los ritos de la comunidad.

Y Pablo vio esto como una amenaza grave para el evangelio, así que les dijo a los creyentes de Galacia, dijo: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado…para seguir un evangelio diferente.” Luego continúa y dice, ¿qué? “Si alguno os anunciare otro evangelio, así sea un ángel del cielo, si ellos os anunciaren otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema, sea maldito o sea condenado.” Y después de dar esta gran advertencia y amonestación a los Gálatas, sigue de inmediato con estas palabras. “También ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.” Vemos que Pablo usa esta técnica de repetición para resaltar la importancia y el énfasis.

Ahora, cuando volvemos al texto de Isaías y vemos la canción de los serafines que se pronuncian en respuestas antifonal, de un serafín a otro, “Santo, santo, santo.” Esta respuesta antifonal se llama trisagio o las tres veces santo, donde la única palabra ‘santo’ se repite, no una, sino dos veces. Esta es la única vez en la Escritura donde un atributo de Dios se repite tres veces. Y comprenderán que tres veces es el grado superlativo, el último grado, el grado a la n de importancia, pero lo que leemos en Isaías 6, permítanme leérselos una vez más. Dice, “…el uno”, es decir el serafín, “al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”

Ahora, lo importante es que la canción de los ángeles no es solo santo es el Señor. Ni están cantando santo, santo es el Señor. La canción que cantan es que Dios es santo, santo, santo. Otra vez, en ningún otro lugar de las Escrituras un atributo de Dios es elevado a este grado de importancia.

La Biblia no dice que Dios es amor, amor, amor o misericordia, misericordia, misericordia o justicia, justicia, justicia o ira, ira, ira; nos dice que es santo, santo, santo.

Como teólogo reconozco que es una mala teología tratar de enfrentar un atributo de Dios contra otro, o incluso armar una jerarquía de atributos dentro de la Deidad, lo cual es un error que muchos de nosotros cometemos de vez en cuando. He sostenido discusiones con gente sobre el carácter de Dios, hablando de su soberanía o su justicia o su ira, esas dimensiones del carácter de Dios que son aterradoras para las personas. Y he tenido personas que me han dicho: No creo eso; mi Dios es un Dios de amor.

Bueno, ciertamente la Biblia enseña que Dios es un Dios de amor, pero no podemos acercarnos a las Escrituras como si se tratara de una mesa de buffet donde podemos escoger y elegir esos atributos de Dios, poner en nuestro plato lo que nos apetece y dejar en la mesa, para los otros, lo que no nos gusta, porque Dios es Sus atributos. Él es todos Sus atributos, de modo que su amor, por ejemplo, es siempre un amor santo, un amor justo y un amor soberano.

De la misma manera, su santidad es siempre una santidad amorosa, una santidad justa, una santidad soberana. Así que, no podemos construir una jerarquía de atributos y decir que uno es más importante que el otro. Pero si tuviéramos que hacer eso, de hecho, a la luz de la revelación bíblica del carácter de Dios, el atributo que destacaría entre los otros, sería el atributo de la santidad.

De hecho, hay muchos estudiosos que creen que la santidad no es simplemente un atributo único, sino que captura y reúne todos los atributos de Dios juntos, porque la santidad señala la majestad trascendente, la grandeza superlativa, la distinción que caracteriza a Dios y lo hace único y lo hace digno de nuestra adoración.

Ahora, quiero que noten que en este texto la actividad de los ángeles día y noche en la presencia de Dios, la cual Isaías tuvo el privilegio de contemplar, fue la actividad de adoración. Su actitud era una de reverencia, de honor y de dar gloria a Dios. Es la naturaleza de estos ángeles el adorar y exaltar a Dios.

Fuimos creados con una naturaleza que fue diseñada para adorar, honrar, venerar, exaltar la majestad de Dios. Pero ahora, después de la intromisión del pecado en nuestras almas, tal adoración y exaltación del carácter de Dios ya no es natural en nosotros. Es extraño a nosotros. Esto es algo que tiene que fluir de un alma renovada, solo cuando Dios el Espíritu Santo cambie la disposición de nuestro corazón, seremos capaces de adorarle en espíritu y en verdad.

Cuando Jesús se reunió con sus discípulos, en el Nuevo Testamento, y sus discípulos le dijeron: “Señor, por favor enséñanos a orar.” ¿Ustedes saben lo que hizo? No solo los dirigió al Antiguo Testamento, a los Salmos y les dijo que se sumerjan en los Salmos y que aprendan de David la actitud y prácticas apropiadas de la oración. Él bien pudo haber hecho eso. Pero, en cambio, en esta ocasión les dio una oración modelo diciendo: “Cuando ores, ora así”. Y luego les dio la oración del Padre nuestro.

La pregunta que a menudo hago a mis estudiantes en el seminario es esta: ¿Cuál es la primera petición que encontramos en el Padre nuestro? ¿Cuál es el primer pedido? ¿Cuál es la primera cosa que Jesús instruye a sus discípulos para que oren?

Cuando piensas en el Padre nuestro y te das cuenta que empieza, “Padre nuestro que estás en el cielo” Una introducción formal. Así es como iniciamos la oración, expresando nuestro respeto por Dios, reconociéndolo como nuestro Padre que está en el cielo. Pero la primera petición es lo que viene. “Santificado sea tu nombre”. ¿Qué significa eso? Jesús dijo, cuando ores, lo primero por lo que debes pedir es que el nombre de mi Padre sea considerado como santo.

Luego continúa y dice, “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”, y sigue…. Y aunque Jesús no dice esto, me pregunto si hay una progresión lógica aquí. Me pregunto si lo que Jesús está diciendo es que a menos que o hasta que el ser humano comience a considerar el nombre de Dios como santo, su reino no vendrá a la tierra, y su voluntad no se hará como se hace en el cielo.

Los serafines entienden el reino de Dios en su morada celestial porque están allá arriba del trono de Dios cantando diariamente, regocijándose por la entronización del rey. Allí, el reino es una realidad visible y los ángeles en el cielo, cada minuto, hacen y hacen a la perfección la voluntad de Dios. Los ángeles en el cielo también entienden que Dios es santo y cantan este himno todos los días.

Cuando las Escrituras hablan de la corrupción de la civilización e incluso de la iglesia, describen una situación en la que no hay temor de Dios entre la gente. Ahora bien, esa descripción no es simplemente una descripción del miedo que expresa el estar asustado o temeroso, pero la importancia de esa idea es que no hay temor en el sentido de admiración o reverencia ante Dios.

Vivimos en un mundo donde el nombre de Dios no es honrado. De una manera frívola, arrogante, caprichosa, el nombre de Dios es usado todos los días en nuestra cultura como una palabra de maldición, como un improperio, como todo, menos como un estímulo para adorar, honrar y exaltar.

Esto es lo que Isaías vio, no la ciudad del hombre, sino la ciudad de Dios. Dio un paso a través del velo, cruzó el umbral y, por un momento, pudo contemplar el santuario interior del cielo y ver la realidad tal como se vive en un plano diferente, en un reino diferente, en el cielo donde en todos y en cada uno de los momentos hay una conciencia aguda y una celebración gozosa de que Dios es santo, santo, santo.

CORAM DEO

En nuestro pensamiento de hoy, Coram Deo, ante el rostro de Dios y ante la presencia de Dios, me gustaría que nos fuéramos pensando en el carácter de Dios.

Sabemos que las ideas tienen consecuencias y no creo que haya una sola idea más ajena a nuestras vidas, y aún más necesaria para lograr una transformación completa de nuestras vidas personales y de nuestra sociedad que un despertar a la santidad de Dios, porque no es hasta que comprendamos quién es Dios que podremos captar el estándar, la norma por la cual todo lo demás en este universo, incluido nosotros mismos, debe medirse.

El credo del humanista es homo mensuras, a la medida del hombre. El hombre es la medida de todas las cosas. Esa no es la medida de las Sagradas Escrituras.

En las Sagradas Escrituras, la medida de usted, la medida de su vida no es lo que otras personas hacen o lo que otra gente es, sino el estándar final por el cual usted será medido es el carácter mismo de Dios, cuyo carácter es totalmente santo.

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Continuando con nuestro estudio de la santidad de Dios, volveremos otra vez a la experiencia que registró el profeta Isaías. En ella habló de las circunstancias de su llamado, del momento de su consagración a esa tarea divina que Dios puso sobre él.

Debemos recordar que Isaías empezó su testimonio al presentarnos el momento histórico que fue el año en que el Rey Uzías murió. El año en que un gobernante que reinó por 52 años fallece y deja al pueblo de la tierra con un sentimiento de temor e incertidumbre.

Este era un tiempo culminante en la vida de Israel. Algunos miran hacia atrás y dicen que este es un punto de inflexión en el que, desde ese momento, el declive de la prosperidad, la fe, y la esperanza nacional comenzó a acelerarse y el destino de Israel como nación comenzó a desmoronarse.

Una de las rarezas es la coincidencia que se da cuando en el mismo año que muere el rey Uzías, el mismo año en que Isaías fue llamado y consagrado por Dios para ser profeta, una villa fue fundada y establecida a las orillas del río Tíber en Italia. Es el año del nacimiento de la ciudad de Roma. Sería interesante trazar el movimiento en la historia del declive de Israel que coincide con el levantamiento del gran Imperio Romano.

Y en tal cruce de caminos en la historia está el momento en que Dios aparece a Isaías. Él dice, “En el año que murió el rey Uzías, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo”. Es significativo que cuando Isaías habla de la experiencia con esta visión, él dice, “yo vi algo”. No dice, “Yo no solo oí algo. Yo no solo imaginé algo. Yo no solo imaginé algo. Yo no solo leí acerca de algo. Es “Yo vi algo”. “Yo vi al Señor, y vi al Señor en un contexto específico. Lo vi en su trono. Lo vi ocupando el asiento de autoridad cósmica”.

Juan nos dice en el Nuevo Testamento que la visión que Isaías tuvo no fue una visión de Dios el Padre, sino que fue una visión de la presencia celestial, mucho antes de la encarnación, era una visión de la presencia celestial de la exaltada segunda persona de la Trinidad.

Antes que María tuviera un hijo, antes que Simeón lo tomara y declarara que está siendo testigo en su carne de la consolación de Israel, Isaías tuvo el privilegio de atisbar detrás del velo, mirar detrás de la cortina del destino de Dios y del plan de Dios para la historia, ver sentado en el cielo en la Jerusalén celestial, en el templo celestial al Rey de reyes y Señor de Señores.

Él dijo: “En el año que murió el rey Uzías, vi yo al Señor”. Si observas en tu Biblia, verás que la palabra Señor está impresa de esta manera: S mayúscula y la e, ñ, o y r en minúsculas. En la versión de Las Américas, en el canto de los serafines, donde dice en el verso 3 de Isaías 6: “Santo, Santo, Santo es el SEÑOR de los ejércitos”. Allí podrás notar que hay esa misma palabra SEÑOR, pero todo en mayúsculas.

Es algo muy común encontrar esto en las traducciones de la Biblia, y no se trata de un error tipográfico, sino que los traductores están tratando de señalarnos que algo inusual está pasando aquí— aunque la misma palabra “Señor” se repite en el texto, el hecho de que se impriman de forma diferente indica que hay dos palabras hebreas muy diferentes detrás del texto.

Cada vez que lee SEÑOR en mayúsculas en Las Américas o la NVI, es porque se trata del término hebreo que se traduce en la RV60 como Jehová, el nombre que Dios le reveló a Moisés cuando dijo: “Yo Soy el que soy”. Ese es el sagrado nombre de Dios, el santo nombre de Dios – Jehová.

En el verso 1 está la palabra “Señor”, sólo con S mayúscula y se traduce una palabra diferente, que es el término hebreo Adonai, y que significa simplemente el Soberano, aquel que está revestido con absoluta autoridad. De hecho, el título Adonai es más alto que el título rey porque aun el rey de Israel estaba sujeto a Adonai, el soberano Dios del cielo y la tierra, quien pone y quita reyes.

Y ahora en el año en que el rey más popular, Uzías, ha muerto, y que hay un vacío de poder en la nación, Isaías ve al Señor. Ve a Adonai. Él tiene una visión de aquel que es totalmente soberano. Y lo ve a Él con toda su investidura. Lo ve a Él después de su coronación. Lo ve a Él ocupando el trono alto y sublime.

Imágenes de exaltación, imágenes que demuestran la gloria de Dios, la gloria del Ungido de Dios, la gloria de Cristo. Entonces, es en ese contexto en que tiene la visión de las cámaras interiores del cielo mismo. Él dice que, “… sus faldas llenaban el templo”. Permítanme ir hacia atrás en este verso en donde habla de la vestimenta del Señor Soberano que lo abarca todo, llenando completamente el templo.

¿Cuál templo? Isaías no nos lo dice, y, quizás Isaías está teniendo esta experiencia en el templo terrenal en Jerusalén. Esa es una posibilidad, pero la mayoría de los expertos en Antiguo Testamento están de acuerdo en que la visión que Isaías tuvo no es algo que simplemente tuvo lugar; podría haber sucedido en el templo terrenal, pero él está viendo dentro del templo celestial, el templo principal del que el templo terrenal no es que una sombra o muestra.

Y mientras él observa al interior de las cámaras del cielo mismo, dentro del lugar donde está el trono de Dios, él ve a la Deidad sentada en su trono, donde la cola de su túnica llena por completo al templo celestial. ¿Qué quiere decir todo esto? Ustedes saben que los reyes de hoy y los reyes de ayer tenían una gran preocupación por los símbolos de su estatus. ¿Cuán grande es su trono? ¿Cuán vasto es su dominio? ¿Cuán glorioso era su cetro? ¿De cuántos vasos de oro podía jactarse de poseer?

Había un sentido en el cual todo el estatus se enfocaba en el lujo de sus vestiduras. Había un tinte real, un color púrpura que era reservado solo para los monarcas. Pero no solo el color de sus vestiduras distinguía su estatus, sino que también el tipo de material que era usado. Algunos usaban visón, otros usaban chinchilla, otros marta, algunos armiño. Así la grandeza de cada cual estaba relacionada con la piel preciosa que usaban. Pero junto con eso, el tamaño de la túnica lo decía todo. Recuerdo que uno de los primeros eventos televisados internacionales transmitidos por televisión en los Estados Unidos fue la coronación de Isabel, que iba a ser reina, la monarca del Imperio Británico. Y la pompa y la fastuosidad que solo los británicos pueden manifestar fue magnífica en esa ocasión. Y los comentaristas estaban hablando acerca de la estatura real de la princesa mientras ella entraba a la Abadía de Westminster y se acercaba al trono. Y mientras marchaba por el pasillo, ella vestía ese traje glorioso y magnífico cuya cola era tan larga que requería de algunos pajes que caminen detrás de ella sosteniéndola para que no se ensucie con el suelo. No recuerdo el largo exacto de la cola de su traje, ¿3 metros, 5 metros? ¿Quién sabe?

Recuerdo el día de mi boda, y me acuerdo que la tradición en muchos lugares es que el novio no está permitido de ver a la novia en el día de la boda hasta que ella desfile con la marcha nupcial al inicio del servicio. Por ocho años estuve planeando la boda con mi futura esposa. Ella fue con su madre a comprar su vestido de novia. Yo ni siquiera lo vi. No estaba permitido que lo viera.

Y recuerdo haber salido del costado de la iglesia y haber caminado al frente de la escalinata del presbiterio con el padrino y el ministro, escuchando la música de órgano con gozosa anticipación, y luego pasar por todo el proceso de la entrada de las damas de honor con sus hermosos vestidos.

Y finalmente, los compases del órgano se transformaron en una nueva tonada y empezó a sonar la marcha nupcial.
La madre se levantó, toda la congregación se puso en pie, y mi futura esposa apareció en la parte de atrás de la iglesia y del brazo de su padre que estaba a su lado. Ella desfiló por el pasillo y yo empecé a sonrojarme como un pequeño. Estaba sobrecogido con el asombro. Ese vestido precioso, el traje nupcial. Yo estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Y todavía es algo que atesoro.

En nuestras bodas de plata nos tomamos unas fotografías que conmemoren nuestro matrimonio, yo renté un esmoquin pero mi esposa subió al dormitorio, abrió una caja y de ella sacó su traje nupcial que le quedó perfecto. Yo no hubiera podido entrar en el esmoquin que usé cuando me casé.

Lo cierto es que hacemos tanto barullo y celebramos cosas tales como la vestimenta apropiada para ocasiones especiales, pero la vestimenta que Isaías vio se desenrollaba desde los hombros del rey, y se desparramaban por los lados del trono. Y luego sus gigantescos pliegues bajaban por el santuario, corrían por el suelo y ascendían por los lados de las paredes, rodeando por completo todo el templo celestial. Nunca ha habido una vestimenta así en la tierra. La imagen y el significado simbólico de lo que Isaías observó allí era el atuendo del rey que llamaba la atención sobre un tipo de majestad que no conoce paralelo en la tierra. Es una majestad trascendente la que él observa, porque “… sus faldas llenaban el templo”.

Y luego Isaías describe los seres que acompañaban y rodeaban al rey. Él dice, “Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban”. Isaías se tomó el tiempo para darnos una descripción detallada de la estructura anatómica de esos seres angelicales, esos seres angelicales que son mencionados solo aquí en la Escritura.

Hemos oído a través de la Biblia de varias clases de ángeles, arcángeles y querubines que los pintores renacentistas representaron como ángeles bebés. Sin embargo, aquí tenemos las descripciones de los serafines, criaturas creadas por Dios con seis alas. ¿Por qué seis alas? Ellos no necesitaban seis alas para volar. ¿Son las otras cuatro alas apéndices innecesarios, vestigios inútiles? No, había propósito para esas alas. Con dos alas cubrían sus caras. Con dos alas cubrían sus pies. Y con dos alas volaban. ¿Por qué tenían que cubrir sus caras?

Podrán notar que el propósito y la función por la cual esas criaturas fueron hechas era para servir en la inmediata presencia de Dios. Los serafines son una parte integral de las huestes celestiales, ángeles que atendían a Dios todo el tiempo. Y esos seres angelicales han sido equipados por su Creador para ser capaces de adaptarse a su ambiente. Esa es la forma en que Dios hace las cosas. Crea peces y les da aletas. Les da branquias porque su hábitat natural es el agua.

Cuando Él creó las aves, les dio plumas, les dio alas porque estaban diseñadas para estar en un ambiente específico en el que deberían volar por el aire. Entonces, ¿Cuál es el hábitat, cuál es el ambiente de un serafín? Es la inmediata presencia de Dios. Y así Dios los equipo con apéndices que estaban diseñados para cubrir sus rostros.
Sabemos que en la Escritura se nos dice de los seres humanos que ninguno podrá ver a Dios y vivir.

Recordamos cuando Moisés buscó con fuerza la visión beatífica, ser capaz de observar directamente al rostro de Dios sin ningún velo. Él había experimentado la presencia de Dios; conocía del poder de Dios. Había sido testigo de los tremendos milagros de redención en la batalla con el faraón, pero Moisés no estaba satisfecho con todo eso. Cuando subió al Sinaí, le dijo a Dios: “Te ruego que me muestres tu gloria”.

¿Recuerdan lo que le dijo Dios? “Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti… He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas…”.

Literalmente lo que dice en hebreo, “las caderas de Jehová”… pero, “… no se verá mi rostro” “… porque no me verá hombre, y vivirá”. No es porque Él sea invisible que no podemos verlo. No es que tengamos alguna deficiencia en los ojos, sino porque hay una deficiencia en nuestro carácter. Una deficiencia en nuestro corazón. No somos puros de corazón, y debido al pecado, no estamos permitidos de contemplar la presencia de Dios.

No estoy sugiriendo que los serafines eran criaturas caídas, que eran pecadores, pero aun esos seres celestiales no caídos y sin mancha están equipados para proteger sus ojos de la ardiente gloria de Dios. Piensa en esto. Aun los ángeles deben cubrirse sus ojos de la luz que es más brillante que el sol del mediodía.

Y les fueron dadas dos alas adicionales para cubrir sus pies. ¿Por qué? Una vez más, cuando Moisés entró en la presencia de Dios cuando se le apareció a él en el desierto madianita, le habló desde la zarza ardiente, diciéndole: “¡Moisés, Moisés!… quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”.

No era santa porque Moisés estaba allí, sino que era santa porque Dios estaba allí. Y nuestros pies son pies de criaturas, pies de barro, y nuestros pies indican que estamos atados a la tierra. Y Moisés es llamado a sacarse el calzado, un gesto simbólico que reconocía que ahora esa criatura está de pie en la presencia del Todopoderoso Dios.

Aun los ángeles cuyo hábitat natural es el cielo mismo son criaturas. Y cuando ellos entran a la presencia de Dios, ellos deben cubrir el signo de su realidad de criaturas. Ellos cubren sus ojos para protegerlos de la gloria ardiente; cubren sus pies para reconocer en humildad que son criaturas delante del Dios viviente.

Pero amados, el propósito de esta descripción de los serafines no es para hablar mucho de nuestra anatomía, sino para hablarnos de su tarea, para darnos un mensaje acerca de la naturaleza de Dios. Ese es el corazón de esta experiencia donde los ángeles claman en respuesta antifonal uno a otro diariamente en la presencia de Dios, “santo, santo, santo”. Este es el mensaje de los serafines que exploraremos en mayor detalle en nuestra próxima sesión.

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo para hoy, quisiera que pensemos acerca de algunas de las palabras que escogimos en nuestro lenguaje para expresar aquello que consideramos extraordinario, maravilloso o grande, palabras que son usadas tan a menudo que han venido a ser populares, palabras de moda de una generación hasta que mueren por trivialidad y estancamiento—palabras como “macanudo” en los 70s o “alucinante” en los ochentas fueron muy populares.

Pareciera como si cada generación tiene sus propias palabras, ¿no es cierto? Creo que una de las palabras que ha perdido valor es “impresionante”. Cuando vemos a un famoso jugador de futbol meter un gol espectacular, decimos que estuvo “impresionante”.

Oímos a un cantante bien dotado y decimos que él o ella es “impresionante”. Si hay una palabra que se puede usar mal es “impresionante”. Esta palabra resume algo que provoca un puro sentido de temor, de reverencia, de quedarme callado, una sensación de asombro.

Hablando con propiedad, solo Dios merece ese epíteto. Solo Dios verdadera y finalmente “asombroso”. Y lo que Isaías ve, y lo que Isaías siente es el compartir el asombro de los ángeles mismos mientras ellos contemplan la presencia de Dios.

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La caída de un héroe

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La caída de un héroe

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Estaba sentado en una mesa de la biblioteca del Seminario Teológico de Pittsburgh a inicios de los 60, haciendo un trabajo final; si han estado alguna vez en la biblioteca de un seminario, universidad o cualquier biblioteca, sabrán que hay una regla universal o protocolo de biblioteca y esa regla es: silencio.

Bueno, yo estaba ahí preparando un trabajo. Todos estaban muy callados; el único sonido audible era cuando alguien volteaba la página de un libro; de pronto, alguien entró y en medio del lugar dio un anuncio tan fuerte que me desconcentró totalmente de todo lo que estaba realizando.

De hecho, todo el mundo en la biblioteca dejó de hacer lo que estaba haciendo hasta ese momento, debido al anuncio. La persona que entró a dar el anuncio ese día de noviembre dijo fuertemente: “Han disparado al Presidente.”

Y nos quedamos ahí inmóviles sin poder creerlo, pero solo por un segundo hasta que salimos volando de la biblioteca, fuimos a la oficina del decano donde había una radio en el mostrador y estábamos escuchando atentamente el anuncio de que el Presidente Kennedy había muerto.

Había sido declarado muerto en un hospital de Dallas. Creo que todo aquel en ese lugar, suficientemente mayor para entender lo que estaba pasando en ese momento, puede recordar al día de hoy lo que estaba haciendo en el preciso momento del anuncio.

Yo puedo recordar dónde me encontraba y qué estaba haciendo en el momento que escuché la noticia de la muerte de Franklin Delano Roosevelt. Creo que solo tenía 5 años, pero la impresión del trauma de ese momento que presencié junto con todos los adultos que estaban alrededor mío reaccionando al anuncio, marcaron permanentemente mi memoria. La gente muere todos los días, pero los presidentes no son asesinados todos los días.

Y los reyes no perecen todos los días. Cuando un líder de una nación muere, esa experiencia es una experiencia traumática para toda la nación. En el capítulo 6 del libro del profeta Isaías, Isaías nos da un detalle de las circunstancias de su llamado sagrado al oficio de profeta.

Les mencioné, en la primera sesión, que cada uno de nosotros experimentamos momentos de crisis en nuestras vidas que van a definir el resto de nuestro futuro. Cambian el rumbo de nuestro camino. Nos desvían de un rumbo y nos ponen en uno nuevo del cual nunca debemos desviarnos.

En el Antiguo Testamento, quizá, nada sería más traumático para un hombre que ser llamado directa e inmediatamente por Dios para ser convocado a un santo oficio y vocación; ser ungido por el Espíritu Santo y ser apartado para el rol y oficio de profeta.

Desde el momento en que Jeremías, o Amós o Ezequiel fueron llamados por Dios, investidos por Su espíritu para esa vocación, sus vidas nunca fueron las mismas, porque ser un profeta era uno de los oficios más demandantes y difíciles que cualquier humano pudiera realizar en el Antiguo Testamento.

Porque hablar de parte de Dios exigía, una y otra vez, hablar en contra de sus semejantes. Estar de parte de Dios siempre ha significado lo inevitable de los momentos tensos en los que debemos enfrentar a nuestros amigos, incluso contra nuestras familias, tal como lo dijo Jesús.

Así que un profeta del Antiguo Testamento jamás olvidaría la crisis de ser llamado a ese oficio. Moisés pensó en rechazar el llamado; Jeremías protestó contra su oficio. Es un testimonio uniforme de aquellos que fueron seleccionados para esta tarea ingrata en el Antiguo Testamento, el tratar de evitarlo, pero una vez hecho el llamado, no había salida.

Realmente no había opción cuando Dios ungía a una persona en Israel para ser profeta. No había vuelta atrás. Ese llamado debía ser obedecido. Era habitual que los profetas del Antiguo Testamento relataran a las naciones los términos, las circunstancias, el tiempo de su consagración. Su principal credencial para hablar con Dios fueron las circunstancias de su llamado.

En el Nuevo Testamento vemos, por ejemplo, que uno de los puntos más debatidos entre la comunidad cristiana primitiva era la autoridad del apóstol Pablo. ¿Por qué? Porque Pablo no fue uno de los 12 discípulos originales y solo fue a ese grupo selecto que Jesús consagró inicialmente como apóstoles. Solo una persona que no estaba entre ese grupo fue finalmente seleccionada para ser incluida en las filas de los apóstoles.

Ahora, noten que un apóstol en el Nuevo Testamento es el equivalente a un profeta en el Antiguo Testamento. Y Pablo fue seleccionado como apóstol a los gentiles. Y la gente lo desafió. Dijeron: este es el hombre que sopló fuego, que fue a la comunidad cristiana arrastrando a la gente de sus camas, echándolos a la prisión, persiguiendo a Cristo y su iglesia. ¿Cómo podemos confiar en él?

Y en varias ocasiones, en el libro de los Hechos y en el mismo testimonio de Pablo en sus epístolas, las circunstancias de su llamado se repiten.. o se repitieron. Son las credenciales del apóstol. Entonces, tenemos esta tradición a través del Antiguo y Nuevo Testamento, que toda persona que es colocada en esa posición y que tiene la gran responsabilidad de hablar con veracidad la Palabra de Dios, cuentan con la credencial de un llamado sagrado.

El capítulo 6 de Isaías es el registro del llamado de Isaías al oficio de profeta. Él nos dice del trauma que experimentó con ese llamado y que lo acompañaría por el resto de su vida. Él dice al inicio de ese capítulo que fue en el año en que el rey Uzías murió.

Así que el escenario para la consagración de Isaías en Israel, y algunos han dicho que Isaías, si podemos medir en tales términos, fue el profeta más grande del Antiguo Testamento. Él fue quien se relacionó con reyes, a quien buscaron como consejero en asuntos diplomáticos. Era un estadista y también un profeta.

Y es significativo que su llamado tuvo lugar no solo en un momento de crisis personal, sino que tuvo lugar en un momento donde la nación estaba experimentando una tremenda crisis. Fue el año en que el rey Uzías murió. Piénsenlo. El anuncio que llegó a Israel—el rey está muerto.

Si leen la historia del Antiguo Testamento, verán que no es un anuncio inusual. Algunos reyes solo duraban un par de semanas, esta realidad era más frecuente en el reino del Norte particularmente.

A menudo la lista de reyes del. Norte y del sur que los niños de la escuela dominical, a veces, se ven obligados a memorizar, se ve como galería de villanos. Muchos de los reyes de Israel eran corruptos e impíos y llevaron a toda la nación a exponer los términos de su pacto con Dios.

Pero en el ámbito de la historia judía se destacan cuatro o cinco reyes que eran diferentes, solo unos cuantos reyes fueron bendecidos por Dios y sus reinos estuvieron marcados por cierta rectitud y piedad. El mejor de todos, por supuesto, fue David. El mejor guerrero, el mejor administrador, el mejor poeta, el mejor rey: el rey que se convirtió en el modelo del Mesías que había de venir.

Pensamos en Ezequías, quien también fue notable por su justicia y piedad. Pensamos en otros reyes del Antiguo Testamento que fueron buenos reyes, pero a pesar de que se menciona poco de Uzías, tiene que ser incluido ciertamente entre los cinco mejores reyes de Israel.

Ahora, cuando ese rey murió, dejó un hoyo. Dejó un vacío. Dejó una sensación de incertidumbre y miedo entre el pueblo de Israel. ¿Quién nos guiará? Ellos no dijeron simplemente: el rey está muerto, viva el rey. ¿Por qué? Bueno, cuando John Kennedy murió, lo repentino de esto, la desilusión de la pérdida de Camelot, arrojaron un manto de tristeza en todo Estados Unidos.

Cuando Roosevelt murió, sufrimos la muerte de un líder que había reinado, por así decirlo, durante más tiempo que cualquier otro presidente antes o después. Franklin Delano Roosevelt fue elegido por cuatro periodos como presidente de los Estados Unidos. Él fue el presidente que nos guió durante el tiempo de la depresión y durante la mayor parte del conflicto de la Segunda Guerra Mundial. Amado por muchos, odiado por otros, pero aún así su reinado fue menos de 15 años.

Uzías llegó al trono en Jerusalén cuando tenía 16 años y reinó sobre la nación, amado por 52 años. Imagínense, 52 años con el mismo monarca, con las mismas reglas. Un niño nacía en Israel y Uzías era el rey. Ese niño pasaría por el bar mitzvah a los 13 años y Uzías era el rey. El niño se casaría y el rey era Uzías. Ahora casado, esta persona tendría hijos y en lo que van creciendo sus hijos, el rey seguía siendo Uzías.

Había gente que nacía, tenían familia, tenía hijos, tenían nietos y morían, y durante todo ese período de tiempo, el rey de la nación seguía siendo la misma persona. ¿Se dan cuenta de la estabilidad que eso daba a la gente?

Veamos lo que las Escrituras nos dicen acerca de la naturaleza del reinado del rey Uzías. En 2 Crónicas leemos que Uzías tenía 16 años, esto está en el capítulo 26 de 2 Crónicas, “,,, cuando comenzó a reinar, y cincuenta y dos años reinó en Jerusalén. El nombre de su madre fue Jeconías, de Jerusalén. E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho Amasías su padre. Y persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías, entendido en visiones de Dios; y en estos días en que buscó a Jehová, él lo prosperó”.

Son pocos los reyes de Israel de los cuales podía decirse que buscaron al Señor. Pero se dice de Uzías que en esos días en que buscó a Jehová, Dios derramó sus bendiciones sobre él, sobre su casa y sobre toda la nación.

Ahora, brevemente resumiré lo demás que dice 2 Crónicas con respecto a él: “Y salió y peleó contra los filisteos, y rompió el muro de Gat, y el muro de Jabnia, y el muro de Asdod; y edificó ciudades en Asdod, y en la tierra de los filisteos. Dios le dio ayuda contra los filisteos”. “Su fama se extendió hasta la frontera de Egipto”.

Asimismo edificó torres en el desierto, y abrió muchas cisternas; porque tuvo muchos ganados, así en la Sefela como en las vegas, y viñas y labranzas, así en los montes como en los llanos fértiles; porque era amigo de la agricultura.

Tuvo también Uzías un ejército de guerreros, los cuales salían a la guerra en divisiones, de acuerdo con la lista hecha por mano de Jeiel…” y así continúa… “Mas cuando ya era fuerte, dice la Biblia, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso”.

Esto es como una tragedia de Shakespeare, donde la única mancha del gran héroe causa su caída y oscurece la ilustre carrera con una vergüenza permanente. Por cincuenta y dos años fue rey, y por casi cada uno de esos años, él buscó a Dios con rectitud y diligencia. Sus políticas demuestran justicia, pero se llegó a intoxicar con su propio poder, con su propio estatus a tal punto que él tomó una decisión que lo llevó a la permanente destrucción de sí mismo y de la nación.

Él no estaba satisfecho con ser el rey. Él quería ser un sacerdote también. Y por eso entró al lugar sagrado donde aun el rey no estaba permitido pisar, y él mismo decidió ofrecer allí el incienso por las oraciones. Ahora, cuando los sacerdotes vieron esto, lo reprendieron.

Y leemos, “Y entró el sacerdote Azarías, y con él ochenta sacerdotes de Jehová, varones valientes, y se pusieron contra el rey Uzías, y le dijeron: No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo. Sal del santuario…”

¿Pueden imaginarlo? Los ministros del santuario se interponen al rey y le dicen, “rey, no te está permitido estar aquí. Estás violando la ley de Dios. Solo aquellos que son de la tribu de Leví, solo los hijos de Aarón, que han sido apartados y ungidos por Dios para esta tarea están permitidos de realizarla. Sal de aquí. “… porque has prevaricado, y no te será para gloria delante de Jehová Dios.

Entonces Uzías, teniendo en la mano un incensario para ofrecer incienso, se llenó de ira contra los sacerdotes, la lepra le brotó en la frente, delante de los sacerdotes en la casa de Jehová, junto al altar del incienso… y le hicieron salir apresuradamente de aquel lugar; y él también se dio prisa a salir, porque Jehová le había herido.

Así el rey Uzías fue leproso hasta el día de su muerte, y habitó leproso en una casa apartada”. El trágico final para una monarquía gloriosa, pero así como fue tan trágico como vergonzoso y tan deshonroso como fue el comportamiento del rey al final de su vida, cuando él murió hubo un tremendo sentimiento de duelo en toda la tierra.
Y el sentimiento de que si este rey podía caer de forma tan miserable, ¿En quién se puede confiar? ¿En quién se puede descansar? ¿Quién podría ser el rey en quien se puede confiar total y absolutamente?

Y es en este contexto de tal pregunta en el que Isaías ve a Dios en su trono. El rey terrenal estaba muerto, pero el Rey de reyes estaba vivo, estaba bien, y estaba ahora llamando a Isaías a ser su profeta.

 

CORAM DEO

Mientras pensamos en las consecuencias prácticas de lo que hemos aprendido hoy, en nuestro segmento de Coram Deo quisiera preguntarles los siguiente,

¿Cuánto de tu confianza, cuánto de tu seguridad, cuánto de tu estabilidad está depositada en tus líderes terrenales y tus héroes? ¿Qué pasa cuando los héroes caen? ¿Qué pasa cuando los líderes pecan? ¿Hay alguien en quien se pueda confiar totalmente? Esa era la pregunta con la que luchaba el pueblo de Israel cuando el buen rey Uzías cayó.

Hubo un enorme vacío de liderazgo en la nación, y fue durante esa crisis que Isaías se encontró con el Dios y Rey de Israel, quién era totalmente santo, que no tenía ni una sombra de variación, ninguna posibilidad de caer, ninguna posibilidad de desilusionarnos. Él está todavía en su trono.

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