La iglesia de Oriente después de las conquistas árabes 33
La iglesia de Oriente después de las conquistas árabes 33
Hasta nosotros han llegado muchos cristianos, algunos de ellos italianos, otros griegos y otros alemanes, y nos han hablado cada cual a su modo. Pero nosotros los eslavos somos gente sencilla, y no tenemos quien nos enseñe la verdad […]. Por tanto te rogamos nos envíes a alguien capaz de enseñarnos toda la verdad.
Ratislao de Moravia a Miguel de Constantinopla
En el capítulo IV seguimos el curso de la iglesia bizantina hasta que terminó la querella acerca de las imágenes. Poco después vimos que cuando estaba teniendo lugar esa disputa el Imperio Bizantino había perdido todas sus posesiones en Africa y Asia, excepto el Asia Menor. Al mismo tiempo, el Occidente se independizaba cada vez más de la tutela de Constantinopla, hasta que llegó a coronar a su propio emperador en la persona de Carlomagno.
Dadas tales circunstancias, podría suponerse que la iglesia oriental caería en un período de decadencia. Y esto fue en cierta medida lo que sucedió. Pero aquella iglesia, cercada al este y al sur por los musulmanes, llevó a cabo una activa labor misionera hacia el norte y el noroeste, al tiempo que trataba de zanjar sus diferencias con el cristianismo occidental. Luego, estos dos aspectos de la vida de la iglesia bizantina, sus misiones y sus relaciones con Roma, ocuparán nuestra atención en el presente capítulo.
La expansión del cristianismo bizantino
Tras los germanos, otros pueblos se habían establecido en la Europa central. De estos el más numeroso era el de los eslavos, cuyas diversas ramas ocupaban lo que hoy es Polonia, los países bálticos, y parte de lo que después fue Rusia, Checoslovaquia, Yugoslavia y Grecia. Los que habían cruzado el Danubio se encontraban bajo el gobierno, al menos nominal, de Constantinopla, Los demás estaban divididos en diversas tribus y reinos. Poco después los búlgaros se habían adueñado de buena parte de la cuenca del Danubio, donde gobernaban sobre una población formada por eslavos y por antiguos súbditos de Bizancio.
Esto quería decir que el gobierno de Constantinopla tenía que cuidar sus fronteras, no sólo contra los musulmanes al sur y al este, sino también contra los búlgaros al norte.
En tales circunstancias, la carta del rey Ratislao de Moravia que hemos citado al principio de este capítulo fue recibida en Constantinopla como una bendición del cielo. Los moravos eran un pueblo eslavo cuyos territorios se encontraban al norte de los búlgaros. Luego, si Constantinopla lograba establecer una alianza con ellos, el peligro búlgaro se vería reducido.
También Ratislao tenía sus razones para buscar contactos más estrechos con Constantinopla. Durante algún tiempo sus vecinos germanos del oeste, que eran parte del Imperio de Occidente, habían estado tratando de lograr su conversión. Pero esa conversión era claramente un medio de conquista, pues se intentaba aplicar a los moravos los mismos métodos que Carlomagno había empleado en el caso de los sajones. Para los moravos, su conversión al cristianismo occidental equivaldría a perder su independencia. Por tanto, Ratislao tenía razones políticas para establecer contactos más estrechos con Constantinopla, que no trataría de utilizar su conversión al cristianismo como un medio de dominio directo sobre el país.
Para responder a la petición de Ratislao, Miguel decidió enviarle a dos hermanos, Cirilo (también conocido por Constantino) y Metodio. Estos dos misioneros se habían criado en los Balcanes, donde había muchos eslavos, y por tanto conocían su idioma. Además, habían mostrado su habilidad en otra empresa misionera emprendida algún tiempo antes en la península de Crimea. En Moravia, Cirilo y Metodio se dedicaron a la enseñanza, la predicación y la organización de la iglesia. Pero el aspecto más importante de su obra fue la tarea de reducir el idioma eslavo a la escritura, diseñar un alfabeto para ese propósito, y después traducir al eslavo tanto la Biblia como la liturgia de la iglesia y otros libros. El alfabeto cirílico (que así se llama en honor de su creador) era una adaptación del griego, y hasta el día de hoy se utiliza en varios idiomas de origen eslavo.
Empero los germanos no estaban dispuestos a permitir que los territorios moravos, hacia donde habían dirigido su codiciosa mirada, se les escaparan de las manos. Pronto los misioneros germanos comenzaron a intrigar contra Cirilo y Metodio, sobre todo por cuanto parecía que el país estaba siguiendo un proceso de conversión en masa. Por tanto, acusaron a los dos hermanos de herejía por celebrar la misa en el idioma del pueblo, aduciendo que sólo era lícito celebrar los sagrados misterios en hebreo, griego o latín. La acusación llegó a Roma, y hacia ella se dirigieron nuestros dos misioneros, deseosos de defender su causa. Con este paso comenzaban una política difícil, pues Roma y Constantinopla se disputaban el dominio eclesiástico sobre la región de Moravia y sus alrededores. En todo caso, los papas Adriano II y Juan VII tomaron partido frente a los germanos, que les parecían estarse volviendo demasiado poderosos. Tras la muerte de Cirilo en el 869, Juan VII consagró a Metodio arzobispo de Sirmio, con jurisdicción sobre toda la zona disputada. Esto colocó al misionero bajo la protección de Roma, pero lo distanció tanto de Constantinopla como de los germanos. Esta enemistad llegó a tal punto que cuando Metodio iba camino de su diócesis fue apresado y encarcelado por largo tiempo por órdenes del arzobispo de Salzburgo. Pero por fin fue puesto en libertad y regresó a Moravia, donde continuó laborando hasta su muerte en el 885.
Tras la muerte de Cirilo y Metodio, la labor misionera entre los eslavos siguió dividida entre los occidentales y los bizantinos. Pronto la iglesia que ellos habían fundado en Moravia sucumbió, pues en el año 906 los húngaros invadieron la región y el reino moravo se deshizo. Algunos de sus conversos huyeron a territorios de los búlgaros, que se habían convertido poco antes. Otros continuaron practicando su religión bajo los húngaros. En cuanto a los demás pueblos eslavos, unos se unieron a la cristiandad occidental, y otros siguieron la inspiración de Bizancio. Por esto las naciones modernas de Polonia, Estonia, Lituania y Latvia son tradicionalmente católicas romanas, mientras que Rusia se sumó a la tradición oriental, poco más de un siglo después de la obra de Cirilo y Metodio.
Empero, para seguir un orden cronológico, antes de tratar acerca de la conversión de Rusia debemos ocuparnos de los acontecimientos que tuvieron lugar entre los búlgaros. También entre ellos había habido misioneros tanto latinos como bizantinos. De hecho, según veremos en la próxima sección de este capítulo, la cuestión de si los búlgaros estarían bajo la jurisdicción eclesiástica de Roma o la de Constantinopla fue uno de los factores que contribuyeron a aumentar las tensiones entre el cristianismo oriental y el occidental.
En el año 865 el rey de los búlgaros, Boris, decidió abrazar el cristianismo, pues en sus territorios había numerosos misioneros, tanto latinos como bizantinos. Tras recibir el bautismo, el Rey quiso que la iglesia en su país contara con un arzobispo, y así se lo pidió a Focio, el patriarca de Alejandría. Puesto que Focio le pidió más detalles y le impuso condiciones, el Rey se dirigió al papa Nicolás, quien se contentó con enviarle dos obispos y ofrecerle la opinión de los occidentales acerca de varias cuestiones de fe y de costumbres. Uno de esos obispos, Formoso de Oporto, logró ganarse la buena voluntad del Rey, quien le pidió al Papa que nombrara a Formoso arzobispo de los búlgaros. Pero Nicolás le contestó que Formoso era ya obispo de Oporto, y que estaba prohibido trasladar un obispo de una sede a otra. Molesto por la respuesta papal, Boris se volvió de nuevo hacia Constantinopla, donde el nuevo patriarca, Ignacio, consagró a un arzobispo y varios obispos para que dirigieran y organizaran la vida de la iglesia en Bulgaria.
La impaciencia de Boris con Roma y Constantinopla no ha de interpretarse como los caprichos de un rey malcriado. Al contrario, Boris parece haber sido un cristiano convencido que de veras quería que su país conociese el evangelio, y que por tanto perdía la paciencia ante las sutilezas y suspicacias del Papa y del Patriarca. Tras largos años de reinado, Boris decidió retirarse a la vida monástica, y abdicó a favor de su hijo Vladimir. Pero el nuevo rey pronto se puso a la cabeza de una reacción pagana, y su padre salió del monasterio, lo depuso, y colocó sobre el trono a Simeón, hermano menor de Vladimir.
Bajo Simeón el cristianismo avanzó rápidamente en Bulgaria. El Rey, que antes de ser coronado había sido monje, trajo a su país varios discípulos de Cirilo y Metodio, quienes se ocuparon de la labor misionera entre sus súbditos eslavos. Además, hizo traducir al búlgaro las Escrituras y otros libros cristianos. La iglesia de ese país siguió entonces las tradiciones orientales, aunque al mismo tiempo afirmó su independencia de Constantinopla. En el año 917 el Rey tomó el título de “zar”, es decir, César o emperador, y en el 927 su arzobispo tomó el nombre de “patriarca”. Aunque al principio las autoridades de Constantinopla consideraron que tales títulos constituían una usurpación, a la postre los reconocieron.
El otro país en que las misiones bizantinas tuvieron un éxito notable y duradero fue Rusia. Aunque la mayoría de la población era eslava, se hallaba sometida al régimen de los escandinavos, que habían invadido el país desde el norte. Según veremos en el próximo capitulo, durante esta época los pueblos escandinavos se lanzaron a una serie de ataques e invasiones por toda Europa. Sus conquistas en Europa oriental los hicieron dueños de Rusia, donde establecieron un reino cuya capital fue primero Novgorod y después Kiev.
Alrededor del año 950, la reina Olga, quien había estado en contacto con misioneros de origen germano, se convirtió al cristianismo, y trató de lograr la conversión de sus súbditos. Pero sus esfuerzos no lograron resultados permanentes, y fue el rey Vladimir, nieto de Olga, quien logró que el cristianismo empezara a echar raíces profundas en el país. Por razones que no están del todo claras, Vladimir hizo venir misioneros, no del Occidente, sino del Imperio Bizantino. Las fuentes tampoco concuerdan en cuanto a si usó de la fuerza para lograr la conversión de sus súbditos, como lo hicieron otros reyes escandinavos. Pero sí resulta claro que fueron millares los que, por una razón u otra, lo siguieron a la fuente bautismal.
El hijo de Vladimir, Yaroslav, continuó su obra, y estableció lazos cada vez más estrechos con Constantinopla, al tiempo que se apartaba de Roma y del cristianismo occidental. Esta conversión en masa, al principio indudablemente superficial, echó sin embargo profundas raíces. Cuando, en el año 1240, los mogoles invadieron el país, y lo tuvieron subyugado por más de dos siglos, fue la fe cristiana el vínculo nacional que les permitió a los rusos sobrevivir como nación y por fin echar el yugo mogólico. En el siglo XVI, tras la conquista de Constantinopla por los turcos, los rusos declararon que Moscú era “la tercera Roma”, su rey tomó el título imperial de “zar”, y el metropolitano de Moscú comenzó a llamarse “patriarca”.
En resumen, aunque sus fronteras se hallaban amenazadas constantemente por musulmanes, búlgaros y otros, el cristianismo bizantino logró dejar su sello tanto en Bulgaria como en Rusia, y ese sello no se ha borrado hasta nuestros días.
Las relaciones con Roma
Tras la querella de las imágenes, las relaciones entre Roma y Constantinopla fueron haciéndose cada vez más tensas. Roma no necesitaba ya del apoyo del emperador de Constantinopla puesto que en Carlomagno y sus sucesores se había procurado sus propios emperadores. Además, la prolongada controversia acerca de las imágenes había convencido a los occidentales de que el cristianismo oriental estaba de tal modo supeditado a los caprichos imperiales que fácilmente podía dejarse llevar hacia la herejía. Por su parte, los orientales no gustaban del modo en que los papas comenzaban a referirse a sí mismos como si gozaran de una autoridad universal, más bien que como patriarcas de Occidente. Todas estas razones llevaron por fin al cisma entre el patriarca Focio y el papa Nicolás I. Focio le debía su posición a una revolución de palacio, cuyos jefes habían depuesto al patriarca Ignacio para colocarlo a él en su lugar. Era un hombre estudioso, devoto y sincero, pero no gozaba del apoyo del pueblo, ante cuyos ojos Ignacio era casi un mártir. Puesto que ambos partidos pedían el apoyo del Papa, Nicolás intervino en el asunto, y se declaró a favor de Ignacio, a quien consideraba injustamente depuesto. Por su parte, Focio y los suyos declararon que el Papa y todos los occidentales eran herejes, pues le habían añadido al credo la palabra Filioque. Además, era la época en que Boris, el rey de Bulgaria, se mostraba dispuesto a aceptar el cristianismo, y Focio insistía en que ese país quedaba bajo su jurisdicción, mientras el Papa lo reclamaba para sí.
Por fin el cisma fue superado. Los vientos políticos cambiaron en Constantinopla, e Ignacio fue restaurado a su sede. Algún tiempo después se llegó a un acuerdo según el cual, a la muerte del anciano Ignacio, sería Focio quien lo sucedería. De este modo, el problema quedó resuelto en Constantinopla. Pero era todavía necesario resolver la cuestión de las relaciones rotas con Roma. A la postre, se llegó a un acuerdo según el cual Roma reconocería a Focio como patriarca de Constantinopla, y este último accedería a las pretensiones romanas sobre Bulgaria. Al llegar a este acuerdo, Focio y el nuevo papa, Juan VIII, no contaban con Boris, quien a pesar de lo acordado decidió continuar sus relaciones con Constantinopla más bien que con Roma. Pero en todo caso estas negociaciones pusieron fin al cisma.
Empero las causas del conflicto eran mucho más profundas. Desde tiempos antiquísimos, las tradiciones cristianas del Oriente habían sido distintas de las del Occidente. A esto se sumaban barreras culturales y políticas. Y el papado reclamaba para sí cada vez mayores prerrogativas, contra los usos antiguos a los que el Oriente estaba acostumbrado. Por todo ello, el cisma de Focio, a pesar de haber quedado subsanado, fue el preludio de la ruptura definitiva.
Esta se produjo por motivos al parecer insignificantes. A mediados del siglo XI, el arzobispo búlgaro León de Acrida escribió una carta en la que atacaba a los cristianos latinos por utilizar pan sin levadura en la comunión, y por hacer del celibato eclesiástico una ley universal. Estas cuestiones, al parecer de importancia secundaria, pronto llevaron a una disputa tal que el papa León IX decidió enviar una embajada a Constantinopla. Desafortunadamente, el jefe de esa embajada era el cardenal Humberto, celoso reformador de la iglesia, según veremos en otro lugar de esta historia. La reforma por la cual Humberto abogaba en el occidente iba dirigida principalmente contra las violaciones del celibato eclesiástico (el “nicolaísmo”) y la compra y venta de cargos en la iglesia (la “simonía”). Por tanto, el fogoso cardenal, que para colmo de males no sabía griego, veía en las prácticas orientales los mismos enemigos contra los que luchaba en el Occidente. El matrimonio de los clérigos le parecía poco mejor que el concubinato de los nicolaítas. Y la autoridad de que los emperadores gozaban sobre la iglesia no era para él sino otra forma de simonía.
El debate se volvió cada vez más enconado. Humberto y el patriarca Miguel Cerulario intercambiaron insultos. Por fin, el 16 de julio del 1054, cuando el Patriarca se preparaba para celebrar la comunión, el Cardenal se presentó en la catedral de Santa Sofía, y sobre el altar mayor colocó un documento en el que, en nombre del Papa (que de hecho había muerto poco antes) declaraba a Miguel Cerulario hereje, rompía la comunión con él, y extendía esa excomunión a cuantos lo siguieran.
Aunque después de esa fecha hubo períodos en los que, por diversas circunstancias, las iglesias de Roma y Constantinopla volvieron a establecer la comunión entre sí, puede decirse que a partir de entonces quedó consumado el cisma que había venido preparándose por siglos.
González, J. L. (2003). Historia del cristianismo: Tomo 1 (Vol. 1, pp. 333–338). Miami, FL: Editorial Unilit.
