La creación: El acto de apertura

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La creación: El acto de apertura

R.C.Sproul

Mientras venía de camino en mi auto encendí la radio y empecé a escuchar uno de esos programas de noticias muy conocidos y que uno reconoce porque más o menos todos tienen el mismo formato. El narrador empieza su reporte diciendo, “Estos son los titulares” y después de leer los más importantes, viene una breve pausa para luego decir, “Ahora el desarrollo de las noticias”. Esa es la estructura de cómo se dan las noticias.

Bueno, cuando miramos un drama, tal como lo haremos hoy mientras estudiamos el drama de la redención, y pensamos en las producciones dramáticas del teatro, sabemos que están usualmente estructuradas de acuerdo a actos y conforme a escenas. Habrá un Acto Uno, Escena Uno, Escena dos y así sucesivamente. Muchas obras tienen tres actos. Y si miramos el Drama de la Redención, veremos que hay ciertas etapas que toman lugar, y podría decirse que, en la elaboración de esta redención, el Acto Uno sería la narración bíblica de la creación.

Vemos que el Acto Uno establece la escena para todo lo que se desarrollará en el drama; y una de las cosas extraordinarias es, creo yo, la total magnitud del tamaño de la Escritura—¡66 libros compilados en un solo libro!

De hecho, la Biblia no es solo un libro, es una biblioteca. Son 66 libros puestos juntos, y cuando empezamos con la página uno del Acto Uno, la primera declaración del Antiguo Testamento es, ¿qué?: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. De tal forma que en la primera página oímos acerca de la creación del universo. Y luego oímos de la creación de los seres humanos, y todas esas obras de creación son relatadas para nosotros en los primeros dos capítulos de la Biblia.

El capítulo tres del Génesis nos entrega el Acto Dos, el registro de la caída de la humanidad y la caída de toda la creación. Y todo lo que aparece desde Génesis tres hasta el final del Apocalipsis es acerca de la redención.

¿No es esto increíble? ¿Que solo dos capítulos son para la creación, uno a la caída, y el resto de la Escritura está dedicado al Señor revelándonos el Drama de la Redención?

Bueno, cuando observamos la creación de Adán y Eva, su situación en el paraíso, lo observamos en términos del pacto.

El de ahora no es el pacto que existe entre los miembros de la Divinidad, el que ya hemos examinado—el pacto de la redención—sino que ahora hay una relación de pacto entre el creador y la criatura—entre Dios y Adán y Eva.

Es importante que entendamos que, en este pacto particular, las partes del acuerdo no son iguales. Estamos familiarizados con los pactos en la sociedad. Quizás el más familiar sea el pacto matrimonial en donde dos personas van juntas delante de Dios para hacer promesas solemnes, hacer un juramento sagrado en los votos y ponerse de acuerdo en los términos de su relación.

Ellos prometen que van a hacer cosas por y para ellos juntos que serán de beneficio mutuo. Esa es la estructura de pacto matrimonial. Entonces se presume que tenemos dos partes iguales compartiendo en ese pacto o en ese contrato.

Ahora, cuando uno tiene delante contratos industriales entre una compañía y sus empleados, hay una persona que es el superintendente y hay otra persona que es el empleado. Ahora, este contrato involucra obligaciones y promesas de ambos lados, pero no se trata de partes iguales.

El empleado no puede despedir a la compañía, pero la compañía puede despedir al empleado. Entonces no todo es igual en este tipo de relación de pacto. Y digo esto por la siguiente razón: Cuando Dios hace un pacto con sus criaturas, este no es un pacto entre partes iguales.

Hay un soberano en esta relación, y hay un subordinado en esta relación, y obviamente es Dios quién es soberano. Y el Señor no está requerido a entrar en ninguna clase de acuerdo con nosotros. Cuando crea a sus criaturas, Él no le debe a esas criaturas nada. Sin embargo, sí se involucra en la creación de pactos, y esa es la relación que nosotros llamamos en teología una Relación de Pacto—una relación basada en un acuerdo de pacto con promesas y bendiciones que surgen del mismo pacto.

Entonces, cuando Dios crea a Adán y Eva los pone en el Jardín del Edén, les da bendiciones producto de su gracia. Ellos no merecen nada. En primer lugar, ellos no se han ganado el derecho a existir. No se han ganado el derecho a la vida, o aun la continuidad de su existencia.

Dios pudo haberlos creado, los hubiera disfrutado por cinco minutos y luego destruirlos si así lo hubiera querido. Pero, en vez de eso, producto de su benevolencia, de su bondad, Él se inclinó o condescendió para hacer un pacto con sus criaturas.

Ahora, la pregunta es, ¿Cómo es que llamaremos a ese pacto? Bueno, ha sido llamado de diferentes maneras, y quisiera tomar unos pocos minutos hoy para ver las diferentes formas en las que este arreglo, o esta relación que Dios estableció con sus criaturas, fue estructurado.

Algunos se refieren al pacto que Dios hizo con Adán y Eva como el “Pacto de la Creación” y éste se refiere a las reglas, las promesas y todas aquellas cosas que Dios le dio a la humanidad antes de que hubiera una caída. Antes de que el pecado entrase en el mundo, ya hubo una ley. Ya hubo un mandamiento. Cuando Dios creó a Adán y Eva, les dio mandamientos. Les dijo a ellos, “Fructificad y multiplicaos”. Él los puso en el Jardín del Edén, pero no simplemente para que lo disfruten.

Él les dio una tarea para que participen en el mantenimiento de lo que Dios ha hecho. Él les ordena a Adán y Eva que disfruten del Jardín y de los frutos del huerto. “De todo árbol del huerto podrás comer”, les dijo. Él les dio las bendiciones de la vida, de la nutrición y del sustento, pero también les dio responsabilidad—no solo la responsabilidad de ser fructíferos, procrear, multiplicarse—les dio la responsabilidad de nombrar los animales, lo cual, en términos sencillos, es el nacimiento de la ciencia. Es el nacimiento de la clasificación de los objetos en el mundo físico, que es justamente de lo que trata la ciencia.

Pero no es solo esto. Les da la responsabilidad del cuidado del Huerto. Les dice que ellos deben guardar el jardín y reponer el huerto. Por eso es que entendemos que, en la creación, Dios le da a la humanidad una tarea por realizar.
Algunos de nosotros tendemos a pensar que el trabajo es la maldición de la Caída.

Veremos más adelante la maldición de la Caída, pero el trabajo no es parte de esa maldición. Cómo es que nuestro trabajo se desarrolla después de la Caída sí es parte de la maldición. Se hará con fatiga, la tierra opondrá cierta resistencia y tendremos que lidiar con las espinas y los abrojos y todo lo demás,

pero la misma realidad del trabajo mismo no es una maldición. Esta desarrollado en la creación. Dios creó a esas personas y les dio un trabajo por hacer porque Dios mismo es un Dios trabajador. Seis días trabajó Dios para crear todas las cosas que existen y luego santificó el séptimo—lo santificó, lo bendijo.

Y por inferencia, nuestra tarea es reproducir y reflejar el carácter laboral de Dios. Somos seres creados para trabajar. También fuimos creados para descansar. Fuimos creados para reanimarnos y también fuimos creados para la santidad—para reproducir y reflejar a ese Dios que es santo, quién trabaja y quién descansa.

Pero en estas tareas que Dios nos entrega, hay promesas de vida. Él establece en su Jardín un árbol que no debía ser tocado, que es llamado el árbol de la ciencia del bien y del mal y también hay un árbol de la vida, del que oímos de forma esporádica en las Escrituras.

Ahora, con el fin de que el ser humano alcance la vida eterna—él no la tiene en el jardín. Él es creado con la capacidad de morir. No somos por naturaleza o de forma intrínseca inmortales. Ahora, la Escritura deja en claro que Adán y Eva no morirían a menos que pecaran, pero para que ellos alcancen la bendición de la eterna comunión con Dios, primero deberían manifestar obediencia antes que ellos siquiera puedan saborear al árbol de la vida.

Y así, muchos de los eruditos bíblicos ven el drama de lo que está pasando en el paraíso como el drama del período de prueba, que fuimos creados a la imagen de Dios, pero que fuimos puestos a prueba. Hubo una examinación. Teníamos obligaciones que estábamos llamados a obedecer y promesas de bendiciones si en realidad las obedecíamos.

Ahora, a eso le llamamos, como dije, el “pacto de la creación”, y es importante que entendamos que el pacto de la creación es el pacto que no solo fue hecho entre Dios y dos personas—Adán y Eva—sino que con este pacto que Dios hizo con Adán y Eva, Él está haciendo un pacto con todos los seres humanos.

El pacto es con Adán y Eva y con todos sus descendientes. Entonces, cuando hablamos de este pacto, decimos que no es solo un pacto que Dios simplemente hizo con los judíos o que Dios hace con los cristianos. Es un pacto que Dios hace con man qua man—con todos los seres humanos.

Ahora, ¿Por qué es importante para nosotros recordar esto? Bueno, ten en mente que, si cada persona humana está en una relación de pacto con Dios, esto significa que no hay salida para nosotros. Si una persona no cree en Dios, eso no lo libera de la obligación de obedecer los términos del pacto de la creación.

Estamos en el pacto de la creación en virtud de ser descendientes de Adán y Eva. Todos los seres humanos están en una relación de pacto con Dios. La única diferencia es que algunos somos guardadores del pacto y otros somos quebrantadores del pacto, y todos nosotros hemos quebrantado el pacto.

Lo que estoy diciendo es que estamos siempre en una relación de pacto con Dios—todos nosotros—y que estamos allí ya sea en una relación positiva o negativa, porque si rompemos y violamos los términos del contrato que tenemos con nuestro creador, esto no anula el contrato.

He dicho todo esto para decir que esto simplemente significa que cada ser humano es responsable delante de Dios por su vida. Podrías decir, “Yo escogí el salirme de esa relación”. No puedes. Serás contado como responsable. Estás en una relación con Dios.

La única pregunta es la siguiente, ¿Es una relación de distanciamiento o es una relación de redención? Allí radica el conflicto en el drama. Ahora, hay un gran argumento en teología acerca de cómo es que también llamaremos al pacto de la creación.

Algunas veces nos referimos al pacto de creación como el pacto de obras y distinguimos la idea de un pacto de obras de un pacto de gracia. Ahora, tal distinción es significativa y tiene sentido, pero tenemos que ser muy, muy cuidadosos con eso, y algunos protestan diciendo: “No deberíamos hablar de un pacto de obras en absoluto”.

Lo que se trata de decir con un pacto de obras es que los términos de las promesas y las bendiciones de este pacto están directamente basados en nuestro comportamiento—ya sea que obedezcamos o no a Dios.

Y cuando observas la historia del Génesis y ves el ambiente y la relación entre Dios y Adán, Él dice, cuando Dios lo dice negativamente, que no están autorizados a tocar el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal—Él dice, “… porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”.

Entonces Dios está diciendo, ya sea que vivas o que mueras, ya sea que seas maldito o que seas bendecido, todo depende de ¿qué? De tu comportamiento—de tu obediencia o de tu desobediencia. Esto es que el ser humano será juzgado por sus obras de acuerdo al pacto de obras.

Pero aquellos que objetan esa designación dicen, “Pero RC, aun el pacto tiene gracia” y ellos tienen razón porque, como he dicho antes, Dios no está bajo ninguna obligación de entrar en un pacto o en un acuerdo con sus criaturas. La misma prueba que ofrece una promesa de bendición viene de la misericordia y asentimiento de Dios.

Parte del problema que tenemos es que queremos hacer una absoluta distinción entre la ley de Dios y la gracia de Dios, y nos olvidamos que aun la ley de Dios es una expresión de su gracia porque el contexto en el cual Dios da su ley a la humanidad es en el contexto de ese pacto, compromiso o acuerdo.

Pero simplemente lo que se quiere establecer con la distinción entre pacto de obras y pacto de gracia es esto:
Que Dios en su gracia hizo un acuerdo con una promesa de bendiciones si las obras fueran realizadas, pero todavía se requieren obras. Todavía se requiere una obediencia que Adán y Eva fallaron en cumplir, y por eso fracasaron en su prueba. Ellos no pasaron el examen.

Hoy no hay manera en que ellos pudieran, de algún modo, por sus obras, ganarse las bendiciones prometidas. Que Dios no destruyó sus criaturas después de la caída en el paraíso, y el hecho que Dios continúa trabajando por la redención de personas, manifiesta de forma dramática su gracia, y así la distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia es este: el pacto de obras se refiere al nivel inicial de acuerdo entre Dios y Adán y Eva. Este se basa en obras.

Cuando el ser humano fracasó en tal pacto, todo el resto de la historia redentiva es una redención que es prometida por Dios a su pueblo, pero no sobre la base de su desempeño, sino sobre la base de su pacto de gracia—esto es, después que pecamos, cuando Dios nos manda ser perfectos, ¿qué podemos hacer para compensar tal imperfección?

Somos como Lady Macbeth. Nos lavamos las manos para quitarles las manchas de sangre y gritamos, “¡Fuera, fuera mancha maldita!” Pero no hemos sido capaces de encontrar un detergente que sea lo suficientemente fuerte para limpiar tal pecado.

Esto es fácil, ¿no es cierto? Si se nos ha mandado ser perfectos y pecamos una vez, de allí en adelante es imposible ser perfecto porque una criatura perfecta no tiene pecados. Podríamos tener esos pecados perdonados, olvidados y no castigados, pero eso no significa que no sucedieron. Algunos de nosotros estamos seducidos por la idea de que Dios clasifica sobre una curva, y después de todo, nadie es perfecto.

¿Cuántas veces has oído la expresión, “Todos tienen derecho a equivocarse”? Bueno, Dios no le da derecho a nadie, y eso incluye a todos, a cometer algún error. Pero, por el bien de la discusión le diré a los que dicen, “Todos tienen derecho a equivocarse” que, “Dios no te da derecho a un error, pero está bien, si ya tuviste uno, ¿hace cuánto que ya usaste el tuyo?”

Y hace mucho que pasamos el primer error, por lo que no hay manera de que podamos tener una relación con un Dios santo que es absolutamente justo y que requiere perfección de sus criaturas. La única manera en la que es factible tener relación con Dios como esa es por gracia.

Esa es la razón por la que la historia de la redención y el drama de la redención es un drama cuyo tema recurrente es la gracia. Gracia, gracia. El concepto de gracia es fácil de articular. Es fácil de definir, es fácil de entender, pero es el concepto más difícil de incorporar en el torrente sanguíneo para un ser humano caído.

El entender que no podemos, en y para nosotros mismos, cumplir el pacto de obras. El pacto de obras fue cumplido, sí, pero no por Adán y no por mí y no por ti, sino por el nuevo Adán, el segundo Adán, quién para nosotros, seres humanos, y por nuestra salvación se sujetó a sí mismo a los términos de tal pacto y lo cumplió perfectamente en nuestro nombre.
Hoy, mientras consideramos este concepto del pacto de creación, quisiera que entendamos que toda la creación en la que vivimos es gobernada por Dios.

Algunas veces hablamos de las leyes de la naturaleza como si esas leyes fueran algún tipo de fuerza abstracta—fuerzas o una legislación que existe completamente fuera de Dios. Todas las leyes de la naturaleza no son creadas por la madre naturaleza porque no hay una madre naturaleza. Esas son simplemente las reglas o los métodos con los cuáles Dios sostiene su universo.

Las leyes de la naturaleza son las leyes de Dios, pero no solo Dios implanta leyes físicas por las cuales la naturaleza debe comportarse—las leyes de la gravedad que hace que la piedra caiga cuando uno la suelta—sino que también da leyes morales a su creación—a ti y a mí—y nadie es autónomo, como si no hubiera leyes sobre ellos.

Podemos rebelarnos contra el dador de la ley, podemos rebelarnos contra el creador, podemos despreciar al creador, podemos negar al creador, pero no podremos escapar del creador. Y tú estás ahora mismo, donde quiera que estés o quién sea que fueres, en relación con Dios. Y en tal relación, esa relación está definida por Sus leyes, no por tus preferencias o por tus deseos o por tu voluntad; y una vez más, el único tema es la naturaleza de tu relación.

¿Es de distanciamiento, o es de reconciliación? El drama de la redención es el drama de Dios reconciliando personas que han roto su ley y que están alejados de Él debido a eso.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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El drama eterno

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El drama eterno

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En los días que vienen vamos a desarrollar una serie completamente nueva titulada, “El Drama de la Redención”. Permítanme repetirlo, “El Drama de la Redención”. Ahora, he escogido la palabra “drama” en el título de esta serie por una razón. Cuando usamos el término “drama” pensamos, en primer lugar, en algo que vemos sobre un escenario – una obra – como decimos, “hay un drama” y hay actores en la obra, y tienen líneas que declamar y hay una acción que se desarrolla delante de nuestros propios ojos.

Y es común que una presentación dramática involucre alguna clase de conflicto que se va moviendo de forma inexorable hacia una resolución. Ahora, cuando estamos hablando de la historia de la redención, o del drama de la redención, no estoy sugiriendo al usar el término “drama” que Dios está involucrado en una obra, y que solo estamos pretendiendo que vamos a algún tipo de conflicto y resolución producto de ese drama.

El drama de la redención es algo que toma lugar en el plano de la realidad. No hay ningún tipo de actuación. No hay ficción imaginaria involucrada. Esto es real, es una historia real. Y, sin embargo, todavía me he quedado con el uso de la palabra “drama” porque hay una acción desplegada que se extiende sobre toda la historia, y hay actores involucrados en ella—actores humanos, aquellos que están llamados a ser participantes en esa redención; y, por supuesto, también hay un actor divino—Dios Mismo—en sus tres personas.

Y más allá de esto, cuando pienso en el término “drama” o en la palabra “dramático” pienso en algo que evoca una respuesta apasionada de aquellos que están comprometidos en esa obra. No es aburrida. No es tonta. Decimos que algo es dramático en el sentido de que tiene un fuerte elemento emotivo.

Recuerdo que hace como 40 años atrás, escuchaba a un evangelista itinerante predicar un sermón. Estaba predicando de la crucifixión. Estaba predicando de la cruz, y estaba completamente apasionado. Estaba gritando y casi chillando, gesticulando y agitando sus brazos con enormes gestos. Y a la mitad de su extremadamente apasionado discurso, se detuvo, miró a la congregación y dijo: “Perdónenme, pero ¿creen que estoy siendo muy dramático? ¿Piensan que soy demasiado dramático?” Y luego dijo, “Amigos, eso es imposible porque el momento más dramático en toda la historia humana fue la cruz de Jesucristo”. Y obviamente recuerdo esto porque te lo estoy mencionando hoy, casi 40 años después de que sucedió.

Bueno, cuando observamos la magnitud de ese drama, toda la historia de la redención, podemos entender que, en términos del registro bíblico de la redención, hay una estructura en la cual esa actividad se despliega. Y la estructura que encontramos dentro de la Biblia misma para este drama es denominada la estructura del pacto. Ahora, uno no tiene que comprometerse con lo que se denomina “Teología del Pacto” para observar esto. Prácticamente en todas las escuelas teológicas reconocemos que las Escrituras están llenas con referencias al Pacto. Dios hizo un pacto con Noé. Dios hizo un pacto con Abraham. Dios hizo un pacto con Moisés. Un nuevo pacto es instituido en el Nuevo Testamento, y lo que quisiera que hagamos en los días siguientes es entender el marco del pacto, la estructura de ese pacto, porque ésta es la estructura en la cual el drama de la redención toma lugar.

Ahora, para empezar, necesitamos hacer notar que hay diferentes clases de pactos en la Biblia, y que el primer pacto que quisiera que observemos hoy es llamado, usualmente, “El Pacto de la Redención”. Ahora, si le das una mirada a las secciones históricas de la Biblia, no encontrarás este pacto de redención allí, excepto solo cuando se deduce de la enseñanza de la Escritura, y a lo que el pacto de redención apunta es al pacto que fue establecido desde la eternidad, y los participantes del pacto no nos incluyen a nosotros.

Los únicos actores en este drama que empezó en la eternidad—de hecho, no es siquiera propio hablar de “comienzo” porque es eterno—sus personajes, o los actores en este drama, el drama de la redención, fueron los miembros personales de la divinidad—el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto quiere decir que, desde la eternidad, antes que el mundo siquiera fuese hecho, antes que cualquiera de nosotros hubiese nacido, un acuerdo existió dentro del Dios Trino mismo, y esto podría parecernos obvio hasta el punto de decir, “¿Y entonces qué?” Es obvio que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estarán siempre de acuerdo”. Pero esto no es tan obvio para todo el mundo. Es muy común para mí el oír que la gente percibe la obra de Cristo en la historia como un intento de parte del Hijo de Dios para cambiar la mentalidad del Padre.

Hubo un movimiento al inicio de la iglesia—una herejía terrible que creció mucho y que se denominó Gnosticismo—y la primera persona que compiló un canon de la Sagrada Escritura fue un hereje que se llamaba Marción. Y lo que Marción hizo fue que produjo y modificó una versión de la Biblia en la que en los libros del Nuevo Testamento cualquier referencia del Antiguo Testamento que presente a Dios como bueno y justo fue borrada, porque Marción creía que el Dios del Antiguo Testamento no era el Dios Supremo, no era el Padre de Jesucristo, sino que fue un demiurgo infame y desagradable, quien controlaba este mundo y lo sujetaba a ira y juicio, visitándolo con toda clase de actividades severas y crueles.

Y la idea que tenía Marción era que Jesús, cuando Él vino, nos redimió de ese personaje desagradable que se encontraba en el Antiguo Testamento. Por eso es que usó sus tijeras y creó un Nuevo Testamento de acuerdo a sus gustos y, por supuesto, eso es lo que provocó que la iglesia se plantara frente a Marción y le dijera, “No. Tú has distorsionado el mensaje bíblico”. Y fue entonces cuando la Iglesia encontró necesario el declarar con claridad qué libros y qué contenido de esos libros pertenecen en sí a la Biblia.

El tema en ese entonces fue un asunto de acuerdo entre los miembros de la divinidad; y una vez más, todavía existen personas que tienden a ser unitarios con alguna persona de la Trinidad u otra. Al pensar en el Unitarianismo—pensamos en los que dicen, “El único Dios es Dios el Padre. El Hijo y el Espíritu Santo son seres inferiores”. Pero otros tienen un Unitarianismo de la Segunda Persona de la Trinidad, o de la Tercera Persona de la Trinidad. Algunas personas piensan que la obra de redención completa fue cumplida únicamente por el Espíritu Santo o únicamente por Cristo, y lo que tenemos que ver en este pacto de redención es que, desde la eternidad, las tres personas de la Divinidad—El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo—acordaron juntos crear este drama y operar dentro de él.

Ahora vemos, por ejemplo, que Dios es como el dramaturgo. Cuando los actores se juntan para actuar en una obra, desarrollar una producción dramática, no se paran simplemente en el escenario e improvisan algo.

Es usual que haya un plan escrito, un escenario que ha sido creado por el autor. Lo mismo es con el drama de la redención. Desde toda la eternidad, Dios planeó este drama, y Él solo ha tenido un plan. Este plan de salvación no ha tenido un plan A y luego un plan B, aunque a menudo actuamos como si Dios actuara así—que Dios tiene un plan, y empieza a ejecutar tal plan. Si las cosas no van como quisiera, como si fuera un entrenador luego de los primeros 45 minutos, él ajusta el plan. Él sale con un plan B y dice, “Bueno, si no funciona, entonces pondremos en práctica esta opción que espero que funcione”.

Pensar de esa manera está reflejando una visión de Dios que lo hace un poco menor que el Becerro de Oro que no es más que un espectador impotente, un animador celestial que espera que las cosas funcionen. No, la visión bíblica es que el plan de Dios fue establecido en la eternidad, que no hay plan B, y que este plan no tiene otra chance más que suceder.

Como lo diría el lenguaje escritural, “Es necesario que todo esto suceda” porque fue establecido en la eternidad por el determinante y predeterminado consejo de Dios mismo. Lo que estoy diciendo es que antes que el mundo fuera siquiera creado, Dios tuvo la intención de crear un mundo, y que tal creación era parte del plan eterno de Dios.

Y en ese plan eterno hubo un completo acuerdo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cuando vamos a las Escrituras, vemos cómo en ese drama los tres miembros de la divinidad están activos. Algunas veces la Biblia habla de la creación como siendo la obra del Padre, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” y tendemos a pensar que esto se refiere casi de forma exclusiva a la obra de Dios el Padre. Pero luego cuando leemos el recuento de la creación, cómo Dios trae orden al universo, vemos que el Espíritu Santo—el Espíritu de Dios—se mueve sobre las aguas y trae la luz al mundo y llena el mundo con aquellas cosas que habitan nuestro planeta.

Así el Espíritu mismo es visto como íntimamente involucrado en la actividad de la creación y, de forma particular, cuando se trata de la creación de la vida porque, aparte del Espíritu Santo, nadie podía vivir en lo absoluto. Bíblicamente, todos tenemos al Espíritu Santo en un sentido—no en el sentido de la redención, sino en el sentido de participar del poder del Espíritu Santo de Dios, el cuál es el mismo poder de la vida.

Aun el pagano que no tiene una relación redentiva con Dios, sin embargo, participa de los beneficios—los beneficios comunes—del Espíritu Santo al experimentar la vida misma.

Eso fue la tercera persona, pero ¿qué de la Segunda Persona de la Trinidad? Cuando vamos al Nuevo Testamento leemos, “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios…” Continúa el texto y luego dice, “Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. El Nuevo Testamento dice que el mundo fue creado por la Segunda Persona de la Trinidad, Cristo, en Cristo, y para Cristo. En un sentido, todo lo creado fue un regalo del Padre al Hijo. Ésta es solo una manera de hablar del acuerdo íntimo en la divinidad.

Pero nuestra preocupación no es con la creación, es con respecto a la redención; y la redención es el drama de la salvación de la creación caída. Y desde toda la eternidad, Dios no solo planeó la creación, sino que Él también planeó la redención de la creación, y la redención de la creación fue igualmente una obra trinitaria.

El Nuevo Testamento dice, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito”, y estamos muy familiarizados con ese texto. Hay mucho en las Escrituras acerca de Dios dando a su Hijo—el Padre enviando al Hijo—y por eso el impulso inicial para la redención empieza con el Padre. El Padre es el miembro superior de la divinidad, y el Hijo y el Espíritu Santo están subordinados en términos de obrar el plan de salvación. Eso no significa que el Hijo o el Espíritu son, de alguna manera, inferiores al Padre; ellos son iguales, ellos son co-eternos, ellos son co-substanciales, son iguales en poder y ser, en dignidad y en todo lo demás.

Pero en términos de su acción, Dios el Padre es el iniciador. El Padre envía al Hijo al mundo—no es que el Hijo envía al Padre—y el Padre y el Hijo juntos envían al Espíritu Santo al mundo. Y así vemos que el Padre es como el iniciador que está activamente involucrado en la obra de redención.

¿Qué del Hijo? Es el Hijo el que no considera su igualdad con Dios como algo a que aferrarse con tenacidad o celo, sino que es el Hijo quién, desde toda la eternidad, concuerda con el Padre que en un momento dado se vaciaría a sí mismo de su gloria, y asumiría la naturaleza de la humanidad, para encarnarse y someterse a las leyes del Padre, a las que todos los seres humanos están llamados a obedecer, y llegar a ser obediente hasta la muerte, aun la muerte en una cruz.

Y así, esta no es una decisión que el Padre toma de forma unilateral para enviar al Hijo, sino que el Hijo está de acuerdo—que la venida de Cristo al mundo es voluntaria. Él está de acuerdo. Hay un pacto entre el Padre y el Hijo, y el Hijo está dispuesto a venir. Y ahora, es el Hijo quién se ofrece en sacrificio al Padre para satisfacer la rectitud del Padre, para satisfacer su justicia.

Cristo se ofreció a sí mismo en la Cruz por nosotros y por nuestra salvación, y lo hizo para satisfacer la justicia del Padre; y no solo se ofreció a sí mismo como ofrenda, como un sacrificio con el fin de satisfacer las demandas de la justicia de Dios, sino que más allá de eso, Él continúa en su rol como un intercesor por su pueblo. Por toda la eternidad, este era el plan de Dios, que el Hijo viniera a redimir a su pueblo, y el Hijo lo llevo a cabo. Él recrea el drama. Él viene, es encarnado, se sujeta a sí mismo a la ley, vive una vida de perfecta obediencia, y luego se ofrece a sí mismo como el sacrificio perfecto; y luego entra Él mismo al lugar Santísimo en el cielo, con la sangre en sus propias vestiduras, de su propio sacrificio y sirve allí de forma perpetua como nuestro intercesor.

¿Qué del Espíritu Santo? Vemos al Espíritu Santo activo en la creación, pero Él también está activo en la redención. El Padre envía al Hijo, es el Hijo quien se encarna, pero ¿cómo ocurre la encarnación? sino a través de esa joven campesina que ha concebido por el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien cubre con su sombra a María y hace posible que ella tenga un hijo, quién es el Dios encarnado. Es el Espíritu Santo que unge a Jesús en su bautismo y lo empodera para su misión de servir como nuestro mediador y como nuestro redentor; y cuando el Hijo del Hombre es ofrecido en la cruz y Jesús muere y luego es enterrado, ¿quién es el que lo levanta de la tumba? Las Escrituras nos dicen que es el Espíritu Santo que viene y revive el cadáver de Jesús.

Entonces el ministerio de Jesús es a través del Espíritu Santo, su resurrección es a través el poder del Espíritu Santo, y luego, por supuesto, más allá está la aplicación de la redención que Dios ha diseñado, que Cristo ha ejecutado—ahora tiene que ser aplicada a su pueblo. ¿Cómo es que recibimos el beneficio de la obra de Cristo? Nos es aplicada por la obra y el ministerio del Espíritu Santo.

Es el Espíritu Santo quien nos estimula, regenera nuestra alma y hace esto posible para nosotros al hacernos pasar de la muerte a la vida, quién hace posible por nosotros que abracemos por la fe a Cristo. Es el Espíritu Santo quién obra en nosotros diariamente, obrando en nosotros para nuestra santificación. Es el Espíritu Santo quién nos unge y nos da poder para el ministerio. Es el Espíritu Santo que nos convence de pecado. Es el Espíritu Santo que nos ayuda a orar a Dios. Es el Espíritu Santo quien nos glorificará en el cielo.

Y así los personajes en este drama grandioso incluyen toda la dimensión y todas las personas de la Trinidad. Es una obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hace poco oí a una mujer decirme, “me parece que la mayoría de los cristianos, en nuestros días, creen que la iglesia empezó con Billy Graham”. Hay dos cosas que quisiera decir al respecto. Este fue, en cierto modo, una afirmación cínica de parte de esa dama, y no tenía la intención de insultar a Billy Graham. Ella no estaba criticando a Billy. Ella estaba criticando a la iglesia por su falta de entendimiento de toda la historia de la iglesia, la cual involucra no solo ir hasta la Edad Media, o ir hasta el primer siglo, sino que significa el ir todo el camino de vuelta hasta el inicio de la iglesia en el Jardín del Edén.

Pero aún el llegar hasta allí no es llegar al final del camino. Si vamos a entender realmente cuándo empezó la iglesia, debemos saber que empezó en el pacto entre los miembros de la divinidad—que este drama donde todos estamos involucrados hoy empezó en la eternidad, y que no tiene fin porque está destinado para la eternidad. Esta redención es de características eternas. Nosotros hemos experimentado toda clase de asuntos redentivos en nuestras vidas, de forma temporal.

Puedo recordar que cuando era niño tuve que ir al dentista cada seis meses y tenía que ir al dentista para que rellenara las cavidades en mis dientes. Y puedo recordar que cuando él acababa, me iba del consultorio del dentista con un gran suspiro de alivio mientras decía, “Tengo al menos otros seis meses antes de tener que regresar”. Pero siempre tenía que volver. Nunca terminaba. Pero en este drama, la redención que experimentamos en Cristo está destinada y durará para siempre. Nosotros ya estamos participando de la vida eterna—una vida que fue planeada desde la eternidad y planeada para la eternidad.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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Perseverancia de los santos

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Perseverancia de los santos

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Llegamos a la última sesión de esta serie acerca de la naturaleza de la Teología Reformada, y estuvimos viendo el acróstico TULIP, en los últimos días, y realizamos unos ajustes a los términos que se encuentran en él. En la última sesión vimos el concepto de la gracia irresistible, y les mencioné que prefería el término gracia eficaz, y antes de pasar a otro tema sólo quiero agregar un pequeño postulado final, no científico, mediante la lectura de un breve texto de la «Confesión de Fe de Westminster», la cual es una norma doctrinal histórica de la Teología Reformada que data del siglo XVII en Inglaterra, donde tenemos esta referencia a la doctrina del llamamiento eficaz.
Dice así: «Todos aquellos a quienes Dios ha predestinado a la vida, y a ellos solamente, tiene Él a bien a su tiempo señalado y aceptado, llamar eficazmente por su Palabra y Espíritu, de ese estado de pecado y muerte, en el que están por naturaleza,

a la gracia y la salvación por Jesucristo; iluminando espiritual y salvíficamente su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios; quitándoles su corazón de piedra y dándoles un corazón de carne; renovando sus voluntades y por su omnipotente poder predisponiéndolos a lo que es bueno, y trayéndolos eficazmente a Jesucristo; de manera que ellos vienen muy libremente, habiendo sido dispuestos por su gracia.”

Hago referencia una vez más acerca de la eficacia de la gracia de la regeneración, no para continuar donde nos quedamos la última sesión, sino como puente, como transición a la última letra del TULIP, la cual es la P en TULIP, y estoy seguro de que estarán encantados de saber que no voy a cambiar esta letra.

Y la P viene por Perseverancia de los santos. Sin embargo, a pesar de que no voy a cambiar la letra, sí voy va a hacer un cambio en la palabra. También creo que esta frase de perseverancia de los santos es peligrosamente confusa porque, una vez más, sugiere que la perseverancia es algo que hacemos, tal vez en y por nosotros mismos. Ahora, yo creo, que los santos perseveran en la fe y que los que han sido llamados eficazmente por Dios y han sido regenerados por el poder del Espíritu Santo perduran hasta el fin, así que ellos perseveran. Pero ellos perseveran no solo porque son tan diligentes en hacer uso de las misericordias de Dios, sino que la única razón por la cual cualquiera de nosotros continúa en la fe, aun hasta el último día no se debe tanto a que hemos perseverado sino porque nosotros hemos sido preservados.

Por lo tanto, prefiero el término la preservación – la conservación – de los santos, porque este proceso por el cual somos guardados en un estado de gracia es algo que es llevado a cabo por Dios. Ahora leemos esta declaración de la Confesión sobre Dios llamándonos con eficacia a la fe que regeneración la llamamos: la iniciativa divina, y se refiere a la primera etapa en nuestra transformación.

Así como entramos a este mundo a través del proceso de nacimiento biológico, el nuevo nacimiento no se refiere a la totalidad de la nueva vida cristiana, sino se refiere al principio de ella, al primer paso, el paso que se lleva a cabo por iniciativa de Dios cuando Él vivifica nuestras almas de la muerte espiritual a la vida espiritual. Y por eso llamamos a esta iniciativa divina el punto de inicio.

Y es el principio que es ejecutado, como digo, una vez más, por Dios. Ahora, ¿Qué escribió Pablo a los Filipenses? Él dice que «El que comenzó la buena obra en vosotros, la perfeccionará hasta el fin”. Ahí está la promesa de Dios de que lo que Él empieza en nosotros tiene la intención de terminarlo.

Entonces, el viejo axioma de la Teología Reformada sobre la perseverancia de los santos es este: Si tú la tienes, es decir, si tú tienes una fe genuina y estás en un estado de gracia salvadora, si la tienes, nunca la pierdes. Y si la pierdes, nunca la tuviste.

Sabemos que hay muchas, muchas personas que hacen profesión de fe y que luego se apartan y repudian o se retractan de su profesión de fe. Tal como Juan afirma en el Nuevo Testamento, estaban los que dejaron el grupo de los discípulos, y Juan dice de ellos, “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros».

Estaban con los discípulos en términos de apariencias externas antes de apartarse, antes de dejar al grupo de los discípulos de Jesús. Habían hecho una profesión de fe externa, y Jesús deja claro que eso es posible hacer, aun cuando uno no tenga lo que dice estar profesando.

Recuerde que Jesús dice: «Este pueblo con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí». Y aunque advierte al final del Sermón del Monte que en el último día del juicio muchos vendrán a Él diciendo: Señor, Señor, ¿No hicimos esto en tu nombre? ¿No hicimos aquello en tu nombre? Y él les declarará diciendo: «Apartaos de mí, hacedores de maldad. Yo Nunca os conocí;». No que los conocí por una temporada y luego se perdieron y me traicionaron. No, no, ustedes nunca fueron parte del cuerpo invisible de mi iglesia invisible.

El mismo tipo de comentario es hecho por Cristo con respecto a Judas, a quien llama «El hijo de perdición desde un principio». Y en su oración sacerdotal, Jesús ora para que aquellos que el Padre le había dado nunca se pierdan, y que nadie jamás se los arrebate de su mano. Y Él da gracias al Padre porque todos los que el Padre le dio vinieron a Él, y ninguno de ellos se ha perdido.

Y así podríamos enumerar en los próximos minutos una serie de pasajes similares en el Nuevo Testamento donde tal seguridad es dada por los apóstoles, que las personas que moran en Cristo tienen un futuro, una herencia futura que ha sido establecida desde la fundación del mundo y que algún día vamos a escuchar al Padre decir: «Venid, amados míos.

Heredad el reino que ha sido preparado para vosotros desde la fundación del mundo». Pero, una vez, más el punto que quiero resaltar es que esta perseverancia en la fe no es algo que depende de nuestra fuerza. Aun después de que somos regenerados todavía caemos en pecado, y no sólo en el pecado, sino en pecado grave.

Y decimos que es posible que un cristiano se vea envuelto en una caída muy grave. Y hablamos sobre reincidencia; sobre faltas morales, y cosas así. No puedo pensar en algún pecado, que no sea el de la blasfemia contra el Espíritu Santo, que un verdadero cristiano no sea capaz de cometer.

Vemos, por ejemplo, el modelo de David en el Antiguo Testamento, donde David fue, sin duda, un hombre conforme al corazón de Dios fue sin duda un hombre regenerado.

Tenía el Espíritu de Dios en él. Tenía un profundo amor apasionado por las cosas de Dios, y sin embargo este hombre no sólo cometió adulterio, sino que se involucró en una1 conspiración para que el marido de su amante muriera en la guerra, lo que era en sí una conspiración para matar.

Y eso es un asunto serio, muy serio. Y observamos el serio nivel de arrepentimiento al que David fue conducido como resultado de las palabras del profeta Natán. Pero el punto es que David cayó, y cayó muy hondo como el apóstol nos advierte en contra de tener una visión inflada de nuestra propia fuerza espiritual por lo que dice: «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.»

Y nosotros caemos, y nos alejamos de la gracia, no es que caemos por completo, pero nosotros caemos en acciones muy

graves, nada más grave que la del apóstol Pedro, quien, en público con maldiciones, aun habiendo sido advertido, negó a Jesucristo, jurando que él nunca lo conoció – una traición pública a Cristo. Él cometió traición contra su Señor.

¿Recuerdan que antes de este episodio él había sido advertido sobre este evento? Ya se imaginan, Pedro dijo que esto jamás ocurriría. Él jamás se comportaría de tal manera. ¿Y recuerdan la advertencia de Jesús? «Simón, Simón, Satanás te ha pedido para estremecerte como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que cuando vuelvas fortalezcas a los hermanos».

Ahora, él cayó, pero se levantó. Fue restaurado. Y su caída fue por un momento. Y por eso decimos que los cristianos verdaderos pueden tener caídas radicales y serias, pero nunca caídas totales y finales de la gracia. Aun en la iglesia, cuando las personas profesan fe y caen en pecados muy serios y atroces, pecados tan graves que implican la disciplina de la iglesia.

Y aun en procesos de disciplina eclesiástica que pasa por varias etapas, cuya etapa final ¿Cuál es? La excomunión. Y creo que es posible; sabemos que es posible para alguien que es verdaderamente regenerado, un verdadero cristiano, que esté tan atrapado en el pecado al punto de ser llamado por la iglesia, puesto en disciplina; ser suspendido de los sacramentos; y aun así no se arrepienta en todo el camino hasta llegar al final que es la excomunión donde es expulsado de la comunión del cuerpo de Cristo y debe ser tratado como un no creyente, ser declarado como no creyente por la iglesia.

Incluso ese acto de excomunión se hace con la esperanza que la persona es un verdadero creyente atrapado en un estado muy persistente de pecado y que esta disciplina final de ser separado de la comunión en el cuerpo de Cristo será lo que el Espíritu de Dios use para llevarlo al arrepentimiento. Y vemos ese ejemplo que se encuentra en el Nuevo Testamento, en la situación de Corinto con el hombre incestuoso.

¿Recuerdan cómo la iglesia nada hacía para disciplinar a este hombre que estaba viviendo una vida escandalosa hasta que el apóstol tuvo que reprenderlos y amonestarlos y les ordenó excomulgarlo? ¿Qué pasó cuando él fue excomulgado? Se arrepintió. Y solicitó la reincorporación a la iglesia, y ahora la iglesia no lo dejaba regresar.

Entonces Pablo tuvo que volver y decir: miren, todo el propósito de la excomunión fue para llevarlo al arrepentimiento. Ahora que él se ha arrepentido, permítanle regresar, así como Cristo dio la bienvenida a Pedro de vuelta al redil después de su acto reprochable de traición. Así que, de nuevo, el pecado del cristiano puede ser radical y serio, pero nunca total y final. Entonces, ¿Cómo juzgamos a alguien que ha hecho una profesión de fe, quizá en presencia nuestra, y luego vemos como, más tarde, la repudia? Bueno, lo primero que se hace es un juicio compasivo, porque uno no sabe el verdadero estado de su alma.

Esa es una desventaja que tenemos. No podemos leer el corazón de nadie. No pueden leer mi corazón, y yo no puedo leer los suyos. Estamos llamados a ser prudentes y sabios, y mirar las acciones de los demás y evaluar y discernir respectivamente. Pero aún por tu mejor acción no puedo conocer realmente tu alma, y ustedes no saben lo que hay en la mía. Por eso, estamos llamados a ser excepcionalmente tolerantes los unos con los otros y tener esa compasión que cubre una multitud de pecados entre nosotros en la comunión de la iglesia. Pero Dios lee el corazón. Y cuando Dios dice que una determinada persona nunca estuvo en un estado verdadero de fe, podemos estar seguros de que esa persona nunca estuvo en la fe verdadera.

Ahora, pero ¿Qué pasa si nos topamos con alguien que está en medio de una grave y prolongada caída, y que ha repudiado la fe públicamente? Entonces, ¿Podemos saber que no es cristiano? No, porque no conocemos el mañana. No sabemos si están en la posición de David antes que Natán hablara con él. Si alguien hubiera estado en ese momento, cuando Pedro dijo que nunca conoció a Jesús, de seguro no habría aseverado que Pedro era cristiano, porque lo estaban observando justo en medio de esta prolongada caída tan grave.

Pero todavía tenemos esperanza por aquellos que nos han dejado por un tiempo, y que van a regresar. Y tenemos que reconocer que puede tratarse de una de dos cosas. Uno, que su profesión inicial no fue auténtica ni genuina; se trataba de una profesión de fe vacía, y que nunca fue creyente. O, que su profesión de fe era genuina y que va a volver. Pero eso se lo dejamos a Dios en este punto.

Pero lo que nos enseña el Nuevo Testamento es que es el Espíritu Santo, de nuevo, el único que nos levanta de entre los muertos. Y Él nos levanta para vida eterna. Todo el propósito de la elección de Dios es para llevar a su pueblo de manera segura al cielo, de modo que lo que Él empieza Él promete terminar.

Y Él no solo inicia la vida cristiana, sino que el Espíritu Santo es el santificador, el que convence, y el ayudante que está ahí para ayudar en nuestra preservación. Ahora dos importantes términos se dicen con respecto a la obra del Espíritu en la vida del cristiano que están relacionados con esta idea de la preservación.

Uno es que somos sellados por el Espíritu Santo, y el otro es que se nos dan las arras del Espíritu. Vamos a ver este último primero. El término arras del Espíritu se extrae del lenguaje comercial de los tiempos bíblicos, y la única cosa que puedo pensar sobre eso es un paralelo que en nuestros días sería lo que llamamos una cuota inicial de dinero, cuando alguien va a comprar una casa y se hace el contrato inicial, se da una porción de dinero como pago a cuenta o como pago inicial, lo que es una promesa de que usted tiene la intención de obtener un préstamo y cerrar el trato y pagar el resto del saldo.

Y para demostrar que estás interesado en serio, entregas este pago. Ahora sé que hay gente que ha pagado dinero de buena fe pero que no logran cumplir. Tal vez ellos no estaban tan interesados en primer lugar, o tal vez aparecieron circunstancias que hicieron imposible el continuar con el compromiso. Pero amados, cuando Dios el Espíritu Santo les es dado a ustedes por el Padre como prenda, cuando el Espíritu mismo que mora en ustedes es el compromiso del Padre para su futuro, ¿realmente creen que el Padre vaya a fallarles en cumplir con el pago final? No tenemos un fajo de billetes, sino el Espíritu de Dios mismo morando en nosotros como promesa de Dios de finalizar la obra.

Y no sólo nos da las arras del Espíritu, sino que Él nos sella en el Espíritu Santo. Cuando Dios escribe nuestros nombres en el libro de la vida, Él no lo hace con un borrador a mano, sino que lo hace por la eternidad, y Él nos sella en el Amado para siempre.

Ahora finalmente, una de las razones por las que tenemos confianza en nuestro futuro no es solo por el ministerio del Espíritu Santo que acabo de mencionar rápidamente, de paso, sino, por lo más importante, debido a la labor que realiza Jesús. A veces tenemos una tendencia o, a veces, creo, tenemos la tendencia a pensar que cuando Jesús vino y vivió su vida de perfecta obediencia y cumplió todas las exigencias de la ley que hemos incumplido y entonces, por su obediencia pasiva pagó el precio de nuestros pecados con la perfecta expiación.

Él hizo todo lo que necesitamos que Él hiciera por nosotros, pero nos olvidamos de que cuando ascendió al cielo y se sentó a la diestra de Dios y fue entronizado como Rey de reyes y Señor de señores, Él no sólo fue a su reino, sino que también entró al cielo como nuestro gran Sumo Sacerdote.

Y la función principal de nuestro Sumo Sacerdote, como Él nos dice, es la de interceder por nosotros diariamente ante el Padre. Jesús intercede por mí, por mi salvación final. No sólo oró por sus discípulos en Juan 17 para que nunca fueran arrebatados de la mano de Dios, sino que Él ora por nosotros para que seamos preservados. Ahora bien, miren a Judas y a Pedro. Ambos traicionaron a Cristo. Uno de ellos era un creyente; y el otro no lo era.

Ambas acciones fueron indignantes en extremo – la traición total a Cristo. Ambas fueron anticipadas por Cristo. Y cuando Él le dijo a Judas lo que iba a hacer, Él terminó su comentario diciéndole a Judas: «Lo que vas a hacer, hazlo más pronto.» Y lo despidió. Pero cuando hizo el mismo tipo de predicción sobre el comportamiento de Pedro, como ya lo hemos mencionado, «Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo,» ¿recuerdan lo que dijo? Pero Simón, “he rogado por ti, para que una vez vuelto, no para cuando vuelvas, sino que una vez vuelto, confirma a tus hermanos.

Mi confianza en mi preservación no está en mi capacidad de perseverar, sino que mi confianza descansa en el poder de Cristo para sostenerme con su gracia y por el poder de su intercesión por nosotros es que Él nos va a conducir con seguridad.

 

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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Continuamos ahora con nuestro estudio de «¿Qué es la Teología Reformada?» y vamos a seguir con nuestro análisis del acróstico TULIP, el cual ha dejado de ser una hermosa flor del jardín de Dios ya que hemos cambiado la depravación total por corrupción radical, convirtiendo la T en R. Cambiamos elección incondicional por elección soberana, y luego pasamos de expiación limitada a expiación definitiva, y ahí vamos de nuevo. (jajaja) Vamos a cambiar otra letra aquí.

Esta letra I representa la idea de irresistible grace – gracia irresistible. Y otra vez, tengo un pequeño problema con la terminología, no es porque no crea en la doctrina clásica de la gracia irresistible, sino porque también es confusa para muchas personas cuando la escuchan articulada en estos términos.

Así que vamos a hablar mejor de gracia eficaz; Y lamentablemente, como pueden ver, quedará muy poco de la flor del tulipán (TULIP en inglés) cuando haya terminado con estas modificaciones, y tendremos que buscar algún otro acróstico, al parecer, pero la idea de la gracia irresistible también genera una gran controversia, y hay muchos malentendidos al respecto.

Recuerdo que cuando estudiaba en el seminario, tenía un profesor que enseñaba Nuevo Testamento, y el hombre era también el presidente de ese seminario presbiteriano, y un día, en clase, uno de los estudiantes levantó la mano y dijo: «¿Cree usted en la doctrina de la elección?» Y el profesor mostró un poco de irritación con tal pregunta, y dijo con énfasis que no creía porque él no creía que Dios llevaba a la gente gritando y pataleando contra su voluntad al reino de Dios, personas que no quieren estar allí, y que al mismo tiempo impedía entrar a otras personas que desesperadamente quieren estar en el reino. Y me sorprendió no sólo por ser una distorsión tan grave y una caricaturización de la Teología Reformada histórica, sino por ser pronunciada por un hombre que debería tener un conocimiento mejor, un hombre que ha estado sumido en las normas confesionales de la iglesia y demás.

Pero pensé que si una persona de este nivel en la iglesia, con esta experiencia y educación tenía esta idea falsa sobre la gracia irresistible entonces cuántas otras personas estarían también bajo el mismo concepto erróneo. La idea de irresistible insinúa que uno no tiene posibilidad de poner resistencia alguna a la gracia de Dios.

Ahora amados, la historia de la raza humana es la historia de una resistencia brutal de los seres humanos a la dulzura de la gracia de Dios. Lo que se entiende por gracia irresistible no es lo que la palabra sugiere, es decir que es imposible de ser resistida. De hecho, somos capaces de resistir la gracia de Dios, y sí resistimos la gracia de Dios.

Pero la idea aquí es que a pesar de nuestra resistencia natural a la gracia de Dios esta gracia de Dios es tan poderosa que tiene la capacidad de superar nuestra resistencia natural a la misma. Es por eso que prefiero el término gracia eficaz, en lugar de la gracia irresistible, porque esta gracia tiene los efectos irresistibles que Dios pretende realizar con ella.

Ahora lo que estamos realmente buscando en esta controversia es la relación entre la gracia, la obra de Dios, y nuestra respuesta a ella – la relación entre fe y regeneración.

De hecho, históricamente, si hay un punto que divida la Teología Reformada de otras teologías es el tema de la relación de estas dos ideas. En el pensamiento de la Reforma histórica la idea es esta: que la regeneración precede a la fe.

Ahora permítanme un momento para explicar un matiz sutil de esta palabra. Cuando usamos el término precede, por lo general estamos hablando de algo que viene antes que otra cosa en el tiempo. Es decir, si algo precede a otra cosa en el tiempo, decimos que tiene prioridad temporal.

Una cosa sucede y luego, después o más tarde, la otra cosa viene tras de ella. Pero cuando los teólogos hablan con este lenguaje, ya saben que siempre tenemos que disculparnos como teólogos porque andamos confundiendo a la gente, lo que vemos aquí en esta fórmula, con respecto a lo que se llama el orden de la salvación, es lo que llamamos prioridad lógica – prioridad lógica.

En este caso, por ejemplo, creemos que la justificación es solo por fe. No decimos que la fe es por la justificación. Sabemos que la justificación es por fe. Ahora, creemos que, al momento, el mismo instante que una persona tiene fe, en ese mismo instante Dios lo declara justo en Cristo, por lo que no existe una diferencia de tiempo entre la presencia de la fe y la presencia de la justificación. En el tiempo, son simultáneos.

Pero cuando decimos que la justificación es por fe, y no la fe por la justificación, ¿Qué queremos decir? Queremos decir que la justificación, la realidad de la justificación depende de una condición previa, que es la presencia de algo más para que sea real.

Y en este caso, la justificación depende de la fe, no la fe dependiendo de la justificación. Así que cuando decimos que la regeneración precede a la fe, lo esto que significa es: que antes de que una persona ejerza la fe salvadora antes que crea en Cristo antes de que ejerza su voluntad para abrazar a Cristo, Dios debe hacer algo por ellos y en ellos, para que la fe pueda ser ejercitada.

Ahora, es común en nuestra cultura y en nuestros círculos religiosos decir esto: Que, para que una persona sea regenerada o para nacer de nuevo todo lo que se necesita para volver a nacer es creer. Así que, si usted tiene fe, entonces como resultado de su fe viene a ser una nueva criatura.

Usted ahora es regenerado. Ahora es nueva criatura y ha nacido de nuevo precisamente porque ha ejercido fe. Anteriormente mencionamos la antigua controversia pelagiana sobre ese concepto arcaico del pecado original que dejó una pequeña isla de justicia en el hombre caído por la cual el hombre caído todavía se considera que tiene el poder moral de inclinarse él mismo o ella misma para responder positivamente al bien, de elegir a Cristo y cosas así.

Que la persona no está muerta en delitos y pecados, que esa metáfora de la Escritura es hiperbólica y que realmente los caídos sólo están seriamente enfermos. Ellos han sido debilitados por la caída, pero no hasta el punto de (de) que requieran una renovación, una obra divina de la recreación de su alma para venir a la fe.

Esa es la visión semi-pelagiana, que el hombre caído todavía tiene en su corazón la capacidad de ejercer la fe si Dios lo cautiva, lo incita, o de alguna manera lo atrae. Juan refleja las palabras de Jesús en el capítulo seis de su Evangelio donde Jesús dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.» Y la forma en que muchos cristianos interpretan el texto es diciendo que el traer tiene que ver con el cortejo externo, persuasión, seducción, etc. etc; y que Dios da esta atracción influyente a muchas, muchas personas. Algunos responden positivamente a esto; otros dicen que no a lo mismo.

Así que Dios atrae a todo el mundo, presumiblemente, con un igual poder de persuasión y, en el análisis final, los que consienten a esa atracción son salvos, y aquellos que no lo hacen están perdidos. Una vez tuve un debate sobre este tema en un seminario arminiano en Estados Unidos y tuve un intercambio interesante con el jefe del departamento de Nuevo Testamento cuando él citó este versículo, y me apresuré a decirle: ¿Sabías que la misma palabra griega que Juan usa aquí, se utiliza con frecuencia en otras partes de las Escrituras, en particular en el libro de los Hechos, donde Pablo y Silas son arrastrados a la cárcel?

Y le sugerí que la idea allí en el libro de los Hechos no era que el carcelero entró en la celda y que trató de seducir o convencer a Pablo y a Silas para que volvieran tras las rejas. Le dije que no . le dije que la palabra tenía más fuerza que eso. Y entonces llamé la atención del estudio lexicográfico de esa palabra griega en el «Diccionario Teológico del Nuevo Testamento» de Kittle donde la presentación preferida de la palabra «traer» es la palabra «obligar».

Ahora esto cambia todo si tú lees el texto. Y Jesús está diciendo que nadie puede venir a Mí, si el Padre no le obliga. Eso es mucho más fuerte que usar la palabra débil «traer», la cual podría dejarse para ser interpretado como el concepto de un tipo de cortejo que es una mera persuasión externa.

Y en ese punto de nuestro debate el profesor dio una vuelta de tortilla que no me esperaba. Él me dijo: sí, pero ¿Sabías que la misma palabra griega es utilizada en uno de los poemas griegos?, y mencionó una cita de Eurípides o alguien más; No me acuerdo. Donde se utilizó el verbo para la acción de sacar agua de un pozo. Y él me miró triunfante, y dijo: «Dr. Sproul,» él dijo: «Tú no obligas al agua a salir de un pozo, ¿Verdad?» Y yo dije: «No, señor, no lo hago. Me atrapó, y confieso que no sabía de esa referencia en el idioma griego,». Le dije:» Pero, ¿cómo hace usted para sacar agua de un pozo?” Acaso se para en la parte superior del pozo, y llamas, ‘Ven aquí, agua, agua, agua?’ ¿Tratas de persuadirla, seducirla, de atraerla, o tienes que ir con un cubo y tirar de ella? »

Le dije,» Estoy muy feliz con la ilustración de sacar agua de un pozo, porque eso es lo que Dios hace con nosotros. Estamos sepultados en el agua, y tenemos que ser sacados por el poder de alguien más, no del nuestro». Y de eso es de lo que trata el debate aquí.

Dije al principio que todas estas controversias realmente se desprenden y se basan en nuestra comprensión de la T en TULIP, en nuestra comprensión de la doctrina de la depravación total, y nuestra doctrina de la incapacidad moral. ¿Nuestra condición de esclavitud al pecado es tan grave y la caída tan severa que no tenemos ningún deseo moral de Dios a menos que Dios siembre ese deseo en nuestros corazones?

Ahora bien, Jesús se lo dijo así a Nicodemo. «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.» Él no puede entrar al reino de Dios. Lo que oímos que nuestro Señor le dice en esa discusión con Nicodemo es lo siguiente: «Lo que es nacido de la carne, carne es», y que » la carne para nada aprovecha».

Que hay un requisito previo – una condición sine-qua-non que debemos experimentar como una obra de Dios Espíritu Santo por la cual Él nos saca del estado de muerte espiritual tal como Pablo dice en el segundo capítulo del libro de Efesios. Tomemos un momento para ver esto, donde Pablo dice en Efesios capítulo 2 versículo 1: «Y Él os dio vida a vosotros cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo» Y luego, entre paréntesis, «Porque por gracia sois salvos, y juntamente con él nos resucitó y así mismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús»

Y luego de nuevo en el versículo 8: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros.» Una vez más el antecedente inmediato de «que» es fe. «Es el don de Dios.» Entonces lo que Agustín le decía a Pelagio, lo que Lutero le decía a Erasmo, lo que Calvino le decía al mundo, lo que Edwards le decía a Chancey, y lo que nosotros estamos diciendo a nuestros amigos hoy es que la fe misma es un don que es dado, y es gestada en nosotros por la regeneración.

No es que el Espíritu Santo arrastra a la gente pataleando y gritando en contra de su voluntad para venir a Cristo, sino que lo que el Espíritu Santo hace es cambiar la inclinación y disposición de nuestros corazones para que, si antes no estábamos dispuestos a abrazar a Cristo, ahora estemos dispuestos, y más que dispuestos.

De hecho, no somos arrastrados a Cristo, corremos a Cristo, y nos abrazamos a Él con alegría porque el Espíritu ha cambiado nuestros corazones. Y ese corazón ya no es un corazón de piedra que es indiferente a los mandamientos de Dios y a las invitaciones del Evangelio, sino que Dios derrite la dureza de nuestros corazones cuando Él nos hace nuevas criaturas, que estando muertos, el Espíritu Santo nos resucita de la muerte espiritual, para que vayamos a Cristo, porque queremos ir a Cristo.

Pero la razón por la que quiero ir a Cristo es debido a que Dios ya ha hecho una obra de gracia en mi alma. Y sin esa obra yo nunca hubiera tenido el deseo de ir a Cristo. Por eso decimos que la regeneración precede a la fe. También creemos en el pensamiento reformado de que la regeneración es monergista. Ahora esta es una palabra muy compleja—monergista. Y lo que significa básicamente es esto: que en esta operación divina llamada nuevo nacimiento o regeneración, es la obra de Dios en el alma humana y sólo la obra de Dios.

El Ergo es una unidad de medida de energía y trabajo. La palabra energía proviene de esa idea. Mono significa uno. Así que monergismo significa uno trabajando–que la obra de regeneración en mi corazón es algo que Dios hace con su poder, no con un 50% de su poder y un 50% de mi poder, o 99% de su poder y el 1% de mi fuerza, sino que es 100% obra de Dios.

Él, y sólo Él, tiene el poder para cambiar la disposición del alma y del corazón humano, para llevarnos a la fe. Y cuando Él ejerce esta gracia en el alma, Él produce el efecto que pretende lograr con él. Cuando Dios te crea, en primer lugar, Él te trae a la existencia. Tú no lo ayudaste. Fue su obra soberana que te trajo a la vida biológicamente.

Cuando Él te trae a la vida espiritual de manera salvífica, es su obra y sólo de Él, que te lleva a ese estado de nuevo nacimiento y de creación renovada. Y por lo tanto, llamamos a esto gracia eficaz.

Es gracia que funciona. Es gracia que trae consigo lo que Dios quiere, que ocurra. Permítanme leer un pasaje que se encuentra en el histórico ensayo introductorio a la edición Rebelde de la que es quizá la obra más importante que hizo Lutero, al menos un libro que él creyó que fue su obra más importante sobre la «Esclavitud de la Voluntad.» Y esta introducción histórica fue escrita en conjunto por dos hombres, uno de ellos fue J. I. Packer.

Justo aquí tenemos un párrafo de esa introducción que me gustaría que escuchen. Dice así: . «¿Viene nuestra salvación totalmente de Dios, o en última instancia, depende de algo que hagamos nosotros mismos? Aquellos que dicen esto último, tal como lo hicieron los arminianos, niegan la absoluta impotencia del hombre en pecado y afirman que una forma de semi-pelagianismo es cierta después de todo.

No es de extrañar, entonces,» dicen los autores, «que la Teología Reformada posterior condenara el Arminianismo, en principio, como un retorno a Roma—porque en efecto esto convierte la fe en una obra meritoria—y una traición a la Reforma porque niega la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores, que fue el principio religioso y teológico más profundo del pensamiento de los reformadores” Lo que ellos dicen aquí en esta introducción, está continuando con el trabajo de Lutero en contra de Erasmo, de que toda la controversia sobre la justificación era un problema superficial que apenas cubría la pregunta más profunda que originó la controversia en primer lugar.

Y esa pregunta fue la pregunta de si nuestra salvación ¿es únicamente por la gracia de Dios o no? Y de esto era lo que Lutero fue celoso al hablar en su obra sobre la «Esclavitud de la Voluntad.» Si, en realidad, estamos muertos en delitos y pecados, si, de hecho, nuestra voluntad está cautiva por los deseos de nuestra carne y que sí necesitamos ser liberados de nuestra propia carne, a fin de ser salvos, entonces, evidentemente, en el análisis final, la salvación es algo que Dios hace en nosotros y por nosotros, no es algo que de alguna manera hagamos por nosotros mismos.

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Ahora continuamos con nuestro estudio de las doctrinas centrales de la Teología Reformada, y estábamos viendo los cinco puntos polémicos del calvinismo, ya hemos visto la T de TULIP y la U de TULIP. Y lo que nos queda de la palabra TULIP es la parte LIP, hoy vamos a empezar con la letra L de TULIP que es la letra que refleja a la expiación limitada.

Y creo que, de los cinco puntos del calvinismo, este es el más controversial, y el que genera, tal vez, la mayor confusión y preocupación que los demás. Nuestros amigos del grupo dispensacionalista tienen una tradición que hace que se llamen a sí mismos «calvinistas de los cuatro puntos», si han oído del «calvinismo de cuatro puntos» por lo general significa que hay disposición a aceptar cuatro de los cinco puntos del TULIP, y el punto que objetan es la L de la expiación limitada. Y como ya he dicho, hay mucha confusión en cuanto a la expiación limitada.

Y para tratar de aclarar la confusión permítanme explicar lo que la expiación limitada no significa. No quiere decir que hay que trazar un límite sobre el valor o el mérito de la expiación de Jesucristo. Por tradición se dice que la obra expiatoria de Cristo es suficiente para todos. Es decir que su valor meritorio es suficiente para cubrir los pecados de toda la gente, y ciertamente cualquiera que pone su confianza en Jesucristo recibirá la plena medida de los beneficios de esa expiación.

Y también es importante entender que el Evangelio debe ser predicado universalmente y en ese sentido es que hablamos de una oferta universal del Evangelio, y ese es otro punto controversial porque, por una parte, el Evangelio se ofrece universalmente. a todos los que estén al alcance de oír la predicación del mismo, pero no es ofrecido universalmente en el sentido de que se ofrezca a cualquiera sin condición alguna. Se ofrece a todo aquel que cree. A todo aquel que se arrepiente, y, obviamente, el mérito de la expiación de Cristo se da a todos los que creen y a todos los que se arrepienten de sus pecados.

Ahora, una de las formas tradicionales de hablar sobre esto es decir que la expiación es suficiente para todos, pero efectiva para algunos. Es decir, no todos reciben todos los beneficios que se derivan de la obra salvadora de Cristo en la cruz; léase, aquellos que no creen. Pero hasta ahora lo que esas distinciones hacen es diferenciar nuestra teología del universalismo y los que son particularistas, es decir todos los cristianos que no son universalistas estarían de acuerdo en que la expiación de Cristo es suficiente para todos y efectiva sólo para algunos.

Y esa distinción entre suficiencia y eficacia no es en realidad de lo que trata esta doctrina. De lo que esta doctrina se preocupa es básicamente esto: ¿Cuál fue el propósito, plan o diseño original, de Dios en enviar a Cristo al mundo a morir en la cruz? ¿Fue la intención del Padre enviar a su Hijo a morir en la cruz para hacer posible la salvación para todos, pero también con la posibilidad de que no fuera eficaz para ninguno?

Es decir, ¿Dios simplemente envió a Cristo a la cruz para hacer la salvación posible, o Dios, desde toda la eternidad tenía un plan de salvación por el cual conforme a las riquezas de su gracia y su elección eterna diseñó la expiación para asegurar la salvación de su pueblo?

Así que de esto es de lo que se trata. ¿Fue esto limitado en su diseño original? O por eso es que una vez más tengo que jugar un poco con este acróstico del TULIP como lo hice con la T y con la U, ahora tengo que lidiar con la L también. Es por eso que preferimos no utilizar el término expiación limitada porque es muy confuso y es mejor hablar de redención definitiva o expiación definitiva queriendo decir que Dios el Padre diseñó la obra de la redención específicamente con el fin de proporcionar salvación para los elegidos, y que Cristo, aunque su muerte es suficientemente valiosa para satisfacer las necesidades de todo el mundo, hubo un sentido especial y único en que muriera por sus ovejas, que Él pusiera su vida por aquellos a quienes el Padre le había dado.

Ahora, el problema que surge de este punto de vista técnico de la teología en términos de los decretos eternos de Dios y su designio y propósito final para la expiación a menudo se discute a la luz de varios pasajes en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, cuando se dice que Jesús murió por los pecados de todo el mundo, que por cierto, creo que estas preguntas difíciles han sido vistas con altura en lo que creo es la mejor aproximación a esta doctrina que se haya escrito, me refiero al teólogo puritano John Owen en su libro ‘La muerte de la muerte’.

Por favor, no llame a Ligonier solicitando este libro ya que no lo tenemos en stock ahora mismo. Si nunca ha leído «La Muerte de la Muerte» de John Owen, le recomiendo que lo haga. Es un libro magnífico sobre la gracia de Dios, y es rico en exposición bíblica y trata en gran detalle y de manera brillante algunos de los pasajes difíciles que encontramos en el Nuevo Testamento.

Ahora uno de esos textos que tan a menudo oímos utilizar como una objeción contra la idea de la expiación definitiva se encuentra en el libro de II Pedro. Capítulo 3 empezando en el versículo 8, leemos estas palabras: «Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día.

El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” ¿Sienten el peso de este texto con respecto a la idea de que, en cierto sentido, desde la eternidad, quiere que sólo los elegidos reciban los beneficios de la expiación, lo cual es lo que enseña la expiación definitiva?

Y aquí el texto pareciera que sugiere que Dios no quiere que ninguno perezca, sino que Él está, obviamente, deseando la salvación de todos. Ahora, este texto es manejado de varias maneras por distintos teólogos. Tengo un amigo que es teólogo en otro bando el cual ha popularizado la idea de que Dios, en realidad, salva a todos los que le sea posible.

Él ha hecho todo lo posible para influir en la salvación de todos los seres humanos. Él ha provisto una expiación en Cristo y ha provisto los beneficios de esa expiación a todos los que creen, pero en el análisis final si la expiación de Cristo afecta su salvación, dependerá de algún tipo de respuesta humana y Dios no intervendrá de manera soberana llevando a una persona a la fe en Jesucristo.

Y de nuevo, se cita este texto apelando a que Dios no quiere que nadie perezca. Ahora al tratar con este texto difícil hay algunas ambigüedades que han causado que muchos estudiosos e intérpretes bíblicos se rompan la cabeza con esto.

De hecho, si tienes diez comentarios sobre 2da de Pedro lo más probable es que obtengas diez interpretaciones distintas de este pasaje en particular. Y los problemas tienen que ver justo con el entendimiento de dos palabras distintas en este texto.

La primera es la palabra «voluntad» y la segunda es «ninguna». Ahora, veamos la primera. Dios no quiere que ninguno perezca. Aquí hay una referencia específica a la voluntad de Dios. Y sabemos que en el Nuevo Testamento hay dos palabras griegas las cuales se pueden traducir al español por la palabra voluntad. Desafortunadamente, cada una de estas palabras puede tener muchos matices diferentes y cuando queremos saber específicamente qué tipo de voluntad es esta, no se puede resolver la duda con solo buscar el texto griego y mirar el léxico griego para saber qué se está usando aquí.

Hay seis o siete formas diferentes en que la Biblia habla acerca de la voluntad de Dios o de su disposición. Con el fin de ahorrar tiempo, permítanme tomar unos minutos para ver las tres formas más frecuentes en que la Biblia habla de la voluntad de Dios. La primera forma que la Biblia habla de la voluntad de Dios es, en términos de la voluntad de Dios que decreta, o lo que algunas personas llaman la voluntad soberana efectiva de Dios; otros la llaman la voluntad definitiva de Dios.

Y lo que queremos decir con este significado de voluntad o disposición, tiene que ver con la voluntad de Dios por la cual Dios lleva a cabo soberanamente todo lo que Él elige hacer. Cuando Dios desea que el mundo llegue a existir su voluntad lo hace una realidad. Este es un decreto soberano que debe llegar a hacerse realidad. No puede dejar de ocurrir, y no lo puede frustrar ninguna fuerza externa. Y a eso nos estamos refiriendo cuando hablamos del decreto soberano de la voluntad.

Ahora supongamos que este texto está usando este significado o matiz de la voluntad de Dios. ¿Qué significa esto? Que Dios no quiere que ninguno perezca. Si «ninguno» se refiere a cualquier persona, y si lo traducimos para que signifique que Dios decreta que ningún ser humano se pierda, ¿cuál sería la conclusión obvia? Si Dios soberanamente decreta que ningún ser humano perezca entonces, claramente ningún ser humano perecería jamás, y entonces este texto se convertiría en el texto de prueba clásico para el universalismo.

Pero una vez más, el debate sobre el texto no es entre los particularistas y universalistas; es entre partes que afirman al mismo tiempo el particularismo; que no todo el mundo se salva. Y entonces buscamos otros significados posibles para la palabra voluntad. Ahora la segunda forma más frecuente en que la Biblia habla de la voluntad de Dios es llamada la voluntad preceptiva de Dios. Y un precepto es una ley o un mandamiento.

Y la voluntad preceptiva de Dios se refiere a los mandamientos que Dios da a las personas. Los Diez Mandamientos serían una expresión de la voluntad preceptiva de Dios. Cuando Dios dice «No tendrás dioses ajenos delante de mí», y así sucesivamente, está manifestando su ley.

Ahora bien, no podemos desobedecer la voluntad preceptiva de Dios con impunidad, pero tenemos el poder y la capacidad para romper esta ley. Así que hay un sentido en el que la voluntad preceptiva no siempre se cumple, porque la gente no siempre obedece. Tratemos, de nuevo, de aplicar este posible significado a este texto que Dios no está queriendo en el sentido preceptivo que nadie perezca, lo cual significa que Él no permite o da su aprobación o su permiso moral a la gente cuando perecen.

Ahora hay un sentido en el cual eso es cierto, porque, aunque Él manda a todos a venir a Cristo, claramente el hecho de no obedecer esa orden sería violar su voluntad preceptiva. Así que yo diría que eso es una interpretación posible de este texto, y hay teólogos de renombre que asumen este significado de la voluntad en este versículo específico.

Yo personalmente creo que es un poco incómodo y simplemente no tiene sentido decir que uno no está autorizado a perecer, y no creo que esté incluso en el contexto. Creo que con el contexto hasta se hace aún más dificultoso.

La tercera forma en la que el término voluntad se usa en la Biblia con respecto a Dios es lo que llamamos su voluntad de disposición. Y aquí se trata de una de esas expresiones antropomórficas que se refieren a las emociones de Dios, lo que agrada a Dios, lo que hace que Dios se complazca, y lo que hace que Dios se aflija y ese tipo de cosas.

Y se nos dice en varias partes de la Escritura, por ejemplo, que Dios no se deleita en la muerte de los malvados. Esto quiere decir que Él no se alegra de enviar a la gente al infierno, aun cuando Él lo haga. Del mismo modo que un juez de la Corte, a fin de mantener la justicia, se vea obligado a enviar a su propio hijo a cadena perpetua en prisión.

Él lo haría porque eso era lo que correspondía, pero lo haría con lágrimas. Es decir, que no sentiría ningún placer personal por esto, nada que no sea el placer porque se haga y mantenga la justicia.

Entonces, en este caso sería un reflejo de lo que significa la disposición de Dios, como Él dice, como lo dice la Biblia en otro lugar, que Él no se deleita en la muerte de los malvados, que aquí la voluntad de Dios, en un sentido disposicional, no desea que nadie perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.

Así que esas son las tres formas básicas en que esta palabra puede ser utilizada. Y para mí, cuál de estas es la más apropiada, se determinará por la referencia a la segunda palabra en discusión, la palabra «ninguna». Si, de hecho, Pedro está hablando de «ninguno» refiriéndose a todos los seres humanos en este mundo, entonces yo llegaría a la conclusión de que sólo podría significar la disposición o la voluntad de disposición de Dios.

Pero yo no creo que él esté hablando de nadie en un sentido absoluto y sin restricción. Cada vez que usamos la palabra «ninguno» estamos asumiendo alguna Referencia – Ningún ¿qué? ¿Ninguno de que grupo? ¿No es cierto que Pedro no dice que Dios no quiere que ninguna persona perezca? Tuvimos que considerar tal persona como si se entendiera tácitamente. Pero ¿Hay alguna otra posible referencia a la de «ninguno» además de ningún ser humano? Bueno, obviamente, hay otras posibilidades, ninguna de la cuales es una clase específica.

Aquí tienen un tipo de gente y esa palabra «gente» hace una clase distintiva, y si dije ninguno de esa clase, me refería a ninguna persona. O podría tener otra clase, una clase llamada judíos, y si hablo de cualquiera en esa clase, me estaría refiriendo a cualquiera que sea judío, o americano, o de cualquier otro grupo que yo incluya en ese círculo.

Creo, sinceramente que de lo que Pedro está hablando aquí es de ese grupo que se menciona con frecuencia en su epístola por el término elegido. Ciertamente, la Biblia habla con frecuencia de los elegidos, y los elegidos conforman un grupo distintivo, y la pregunta es: ¿Está Pedro hablando aquí acerca de gente? ¿Está hablando del grupo de discípulos del cual Pedro era miembro? ¿O está hablando de todos los elegidos?

Recordamos en el Evangelio de Juan cómo Jesús menciona que ninguno de aquellos que el Padre le ha dado, perecerá y que todos ellos vendrán a la fe, para que todos en ese grupo de los que son elegidos sean, sin duda, redimidos. Ahora, de nuevo, Pedro no es específico aquí sobre a qué grupo se está refiriendo con la palabra ninguno.

Pero no está del todo en silencio. Si miramos atrás en el texto y vemos con cuidado, leemos esto, en el versículo 9 del capítulo 3: «El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con… [¿quién?»]… es paciente para con nosotros.» «Él es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento».

Ahora gramaticalmente el antecedente inmediato de la palabra ninguno aquí es la palabra “nosotros”, y creo que es perfectamente claro que lo que Pedro está diciendo es que Dios no quiere que ninguno de nosotros nos perdamos, sino que todos vengamos a la salvación. Y aún no hemos terminado con el problema, ¿Verdad? Porque ahora tenemos que preguntarnos ¿Quién es «nosotros»?

Ahora, en el contexto más amplio de su carta el «nosotros», no creo que se refiera a toda la humanidad de manera indiscriminada, pero el «nuestro» o el «nosotros» es una referencia a los creyentes, a aquellas personas a quienes Pedro les habla, que son los creyentes en Jesucristo.

Y así, no creo que este texto elimina la idea de que Dios diseñó la expiación para un propósito cuyo propósito según su diseño es necesario que llegue a ocurrir. No creo que queramos creer en un Dios que es un espectador del drama de la redención que envía a Cristo a morir en la cruz y luego se queda ahí esperando, cruzando sus dedos con la esperanza de que alguien lo llegue a tomar. Nuestra visión de Dios es diferente de eso. Nuestra visión es, que el plan de redención era un plan eterno de Dios, y que la planificación y el diseño estaban perfectamente concebidos y ejecutados a la perfección, para que la voluntad de Dios de salvar a su pueblo, en realidad, se lleve a cabo por la obra expiatoria de Cristo.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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Elección incondicional

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Elección incondicional

R.C.Sproul

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Ulises S. Grant, quien fue el jefe de las fuerzas de la Unión durante la guerra civil norteamericana y que luego fue el presidente de los Estados Unidos, recibió un apodo durante su carrera militar por sus iniciales U. S. en inglés Unconditional Surrender (Rendición Incondicional) porque cuando vencía al enemigo no permitía una paz negociada que implicara acceder a ciertas condiciones.

Y así tenemos este concepto de lo que es incondicional y que en el acróstico TULIP es la U para elección incondicional en inglés. Este es otro de esos términos que considero que puede ser un poco confuso y prefiero simplemente usar el término elección soberana, pero esto desbarataría las siglas TULIP en inglés y no sólo sería RULIP sino que ahora sería RSLIP y eso no rima en inglés.

¿De qué estamos hablando cuando utilizamos el término elección incondicional? Esto no quiere decir que Dios va a salvar a la gente, sin importar que vengan o no vengan a la fe. Hay condiciones que Dios decreta para la salvación siendo una de ellas poner nuestra confianza personal en Cristo.

Pero esa es una condición para la justificación y la doctrina de la elección es otra cosa. Está relacionada a la doctrina de la justificación, pero cuando hablamos de la elección incondicional estamos hablando, en un margen muy estrecho, de la doctrina de la elección misma. La pregunta a este punto se convierte entonces en: ¿Sobre qué base Dios escoge o elige salvar a ciertas personas? ¿Es en base a alguna reacción prevista, respuesta, o actividad de los elegidos? Es decir, muchas personas que tienen una doctrina de la elección o predestinación lo ven de esta manera: Que desde toda la eternidad Dios nos mira a través de todos los tiempos y sabe de antemano quien va a decir sí a la oferta del Evangelio y quién va a decir no.

Y en base a este conocimiento previo, aquellos quienes Él sabe que cumplirán con la condición para la salvación, es decir, de expresar la fe o creer en Cristo, sabiendo que hay quienes cumplirán con esa condición, es en base a eso que luego los elije para salvarlos.

Así que elección condicional significa que la gracia electiva de Dios es distribuida por Dios en base a alguna condición previa que los seres humanos ejercen por sí mismos. Mientras que en la idea reformada se llama elección incondicional es decir que no hay una acción previa o condición cumplida por nosotros, que induzca a Dios para decidirse a salvarnos, sino que la elección se basa en la decisión soberana de Dios para salvar a quien Él se complace salvar.

Ahora nos dirigimos a la carta de Pablo a los Romanos en el capítulo nueve donde encontramos una discusión de este difícil concepto. En Romanos 9 a partir del versículo 10, leemos esto: «Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí.»

Aquí en el capítulo 9 el apóstol Pablo está dando su exposición sobre la doctrina de la elección. Él había tratado esto extensamente en el capítulo 8 y ahora está ilustrando su enseñanza acerca de la doctrina de la elección, regresando al pasado del pueblo judío y mirando en las circunstancias que rodearon el nacimiento de los gemelos – Jacob y Esaú. En el mundo antiguo era costumbre que el hijo que nace primero recibiría la herencia o la bendición patriarcal.

Pero en el caso de estos gemelos Dios invierte el proceso y da la bendición no al mayor, sino al menor. Y el punto que el apóstol explica aquí, es que esta decisión no es en base a algo que hubieran hecho o de algo que ellos harían. El punto es que la decisión no solo se hace antes de su nacimiento, lo que es evidentemente obvio, sino que lo que Pablo detalla aquí no es en base a lo que hagan bien o mal, sino que Pablo usa esta ilustración para mostrar que los propósitos de Dios prevalecen.

De modo que esto no depende de nosotros, sino que sólo se basa en la decisión soberana de la gracia de Dios. Ahora, en el versículo 14, leemos estas palabras: «¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera.» Y otras traducciones dicen, «Dios no lo quiera». Y otras: «Por supuesto que no.» Ahora me parece fascinante que Pablo plantea esta pregunta retórica, inmediatamente después de exponer su metáfora del nacimiento de Jacob y Esaú y la preferencia de Dios por uno antes que el otro, sin considerar sus obras. Recuerdo cuando estudiaba en el seminario que luchaba profundamente con la doctrina de la elección como la mayoría de los estudiantes lo hacen, simplemente había algo que no me encajaba del todo. No sonaba bien pensar que Dios dispensa su gracia salvífica a unos y que a otros no y que la razón para otorgar salvación a unos y no a otros, no depende de nosotros, sino solo en la determinante gracia de Dios. Eso me molestaba. Porque mi respuesta inicial era que eso no me parecía ser justo. Pensé, ¿Cómo puede ser justo que Dios escoja salvar unos y no a otros? Luego entendí que nadie merecía la salvación en primer lugar.

Y sé que, si Dios dejase que todo el género humano pereciera, Él sería perfectamente justo al hacerlo. También comprendí, entonces, que la única forma en que alguna vez podía ser salvo era, de alguna manera, por la gracia de Dios.

Pero, ciertamente, no creía que esto descansara en gran medida en la gracia de Dios, y pensé ¿Por qué Dios daría su gracia a algunas personas en una medida mayor a la que le daría a otras? Simplemente, a mí no me parecía justo. Y mientras luchaba con esto y leía a Edwards y a otros teólogos de la Reforma todavía no estaba muy convencido, y vi una pequeña tarjeta que tenía en mi escritorio del seminario que decía: «Tú estás obligado a creer y predicar lo que la Biblia dice que es verdad, no lo que tú quieres que ella diga que es verdad.»

Y eso puso algunas reservas en mí porque había leído este pasaje de mil maneras, y sabía que había gente que decía, Pablo no está hablando realmente de la elección de individuos aquí; él está hablando de los beneficios de la salvación que eran dados a los judíos en vez de a los árabes. Y se refiere a naciones que son elegidas, no individuos. Eso no me convenció ni por cinco minutos, porque incluso si estuviera hablando de naciones, él lo ilustra con los individuos que están a la cabeza de esa nación, así que no importa cómo lo mires, todavía estás aquí luchando con el hecho de que una persona recibe bendición de Dios y otra persona no, y eso está basado, en última instancia, en la buena voluntad de Dios mismo, y aun así no parece correcto.

Ahora bien, he escrito muchos libros y enseñado varias clases y sé que cuando establezco un enunciado, que lo he usado con bastante frecuencia suficiente como para tener la practica necesaria para casi anticipar, quizá no casi, sino que anticipar por completo a las objeciones o las preguntas que la gente inmediatamente va a hacer a un determinado enunciado.

A estas alturas, uno de los pocos puntos con los que me identifico con el apóstol Pablo como maestro está aquí, porque cuando él exponía esta doctrina él anticipaba una respuesta o una pregunta. Tan pronto él habla de la gracia soberana que fue dada a Jacob por encima de Esaú, él se detiene y dice: «¿Qué diremos? ¿hay injusticia en Dios?»

Ahora bien, una de las cosas que me persuadieron a creer que los reformadores tenían razón con respecto a la elección fue contemplar esa pregunta, porque yo pensaba así: pensé que si Pablo trataba de enseñar un punto de vista semi-pelagiano o arminiano de la elección por el cual, a fin de cuentas, la elección de una persona se basaba en que esa persona cumpla algún tipo de condición, para que a las finales dependa de ti, y de lo que tú hayas hecho y de lo que esta otra no haya hecho. ¿Quién formularía objeción alguna acerca de lo que es ser injusto? ¿Quién podría formular una objeción sobre ese ser, que implique una injusticia en Dios? Eso pareciera ser claramente justo.

Y estoy seguro de que las personas que enseñan Arminianismo o semi-pelagianismo y formulan sus puntos de vista de este tema, tienen algunas preguntas que surgen cada vez que ellos tienen que responder, y tienen que contestar tal como todos los demás, pero me pregunto ¿Con qué frecuencia protestan contra sus enseñanzas diciendo: esto no es justo? Dudo que lo hayan oído alguna vez.

O esperen un minuto, esto significa que Dios es injusto, pero el apóstol se anticipa a esa respuesta. ¿Y cuál es la enseñanza que genera esa respuesta? Es la enseñanza de que la elección es incondicional.

Es cuando enseñas que la elección recae, en última instancia, solo en la voluntad soberana de Dios y no en los hechos o acciones de los seres humanos en quienes surge la protesta. Y así es como Pablo se anticipa a la protesta, «¿Hay injusticia en Dios?» Y él contesta con la respuesta más contundente que se pueda dar en el idioma, me quedo con la traducción: «Dios no lo quiera.»

Luego él sigue y lo aclara: «Pues a Moisés dice: «tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.» Aquí el apóstol le recuerda a la gente lo que Moisés ha venido declarando desde siglos atrás; esto es, que es el derecho divino de Dios ejecutar clemencia ejecutiva cuándo y dónde Él así lo desee.

Él dice desde el principio «Yo tendré misericordia del que yo tenga misericordia». No de aquellos que cumplan con mis condiciones, sino de aquellos en los que me place otorgar el beneficio. Ahora, quisiera hacer un gráfico en la pizarra con trazos muy simples que representen personas y estas a su vez representen a las masas de la raza humana, y voy a poner seis equis en el borde, y voy a poner un círculo alrededor de tres de ellos y otro círculo alrededor de los otros tres.

Y, digamos que un círculo representa a las personas que reciben este don inefable de la gracia divina en la elección y el otro círculo representa aquellos que no lo reciben. Y hagamos la pregunta: si Dios elige soberanamente conceder su gracia en algunos pecadores y retener su gracia de otros pecadores ¿Hay alguna violación de la justicia en esto? Si nos fijamos en los que no reciben este regalo. ¿Reciben algo que ellos no se merecen? Por supuesto que no. Si Dios deja que estos pecadores perezcan, ¿Los está tratando injustamente? Por supuesto que no. Un grupo recibe gracia; el otro recibe la justicia. Nadie recibe injusticia.

Y Dios, así como un gobernador de estado, puede permitir que ciertos criminales culpables reciban la medida completa de su pena impuesta, pero el gobernador también tiene el derecho de perdonar, de dar clemencia ejecutiva si lo declara.

Así que la persona que recibe el indulto recibe misericordia; los otros. y si el gobernador reduce la condena de una persona, ¿Significa que está obligado a hacerlo con los demás? ¿Bajo qué regla de justicia? ¿Bajo qué regla debería ser así? Bajo ninguna. Pablo estaba diciendo que no había injusticia en esto porque Esaú no merecía la bendición en primer lugar, y no recibe la bendición.

Dios no ha sido injusto con Esaú. Bueno, Jacob no merecía la bendición tampoco, y él sí recibe la bendición. Jacob recibe la bendición; Esaú recibe la justicia. Y luego, en ningún momento se ha cometido una injusticia. Pero ¿a qué se debe? ¿Cuál es el propósito de esto? Bueno Pablo luego en el versículo 16, y este es un versículo muy importante en Romanos 9. Empieza con esta palabra: «Así que». Es más, o menos como la frase «por lo tanto». Él está llegando a una conclusión. Y dice: «Así que, (entonces) no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.»

Ahora usted podría pensar que cuando Pablo habla tan enfática y claramente como lo hace aquí, cuando declara que no depende de quién quiere ni del que corre, se podría pensar que eso finaliza todos los debates y todas las discusiones y todas las teorías y todas las doctrinas que, al final del camino, hacen que la elección sea condicional a aquel que quiere.

Pero Pablo aniquila la voluntad humana como base para la elección soberana de Dios. La única base que puedo encontrar, según las Escrituras, es que, sí, la salvación se basa en la voluntad. Y sí, se basa en la libre elección. Ahora estoy confundiendo a todo el mundo.

Pero se basa en la voluntad y la libre elección de un Dios soberano que elige. Pablo enseña en otro libro de la Biblia, según el puro afecto de su voluntad. Ahora, si usted me pregunta por qué estoy en la fe y soy parte del reino de Dios y mis amigos no, sólo puedo decirles que no lo sé, pero lo que sí sé: Es que no se trata de algo que hice para merecerlo; no es una condición que logré en mi carne. La única respuesta que puedo dar es que fue por gracia de Dios.

Y me pueden preguntar ¿Por qué me da esa gracia a mí y no a otra persona? Y si empiezo a dar una respuesta que sugiera que fue porque Dios percibió algo bueno en mí, entonces ya no estaría hablando de gracia. Estaría hablando de alguna cosa buena que hice y que fue la base para que Dios me eligiera. Pero yo no tengo nada como eso para ofrecer.

Si hay algo que la Biblia enseña una y otra y otra vez, es que la salvación es del Señor. Y esto, sí, está en el corazón de la Teología Reformada, no porque estemos interesados en asuntos abstractos de la predestinación soberana y que solo disfrutamos del placer intelectual que la especulación sobre esta doctrina produce, sino más bien el punto central en esta teología, como lo fue en la T de depravación total, volviendo a Agustín, es en la gracia la que afirma que se quite todo mérito de mí, toda dependencia de mi justicia para mi salvación y pone el foco en donde pertenece, en la misericordia inefable y la gracia de Dios, quien tiene el derecho eterno y soberano a tener misericordia de quien tenga misericordia; por lo que, no es del que quiere, sino de la voluntad divina, no del que corre, sino de Dios.

Ahí es donde se encuentra el peso en la doctrina reformada de la elección.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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Depravación total: La voluntad humana

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Depravación total: La voluntad humana

R.C.Sproul

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Cuando llegamos al tema de la doctrina de la depravación total, o la T en TULIP, sin lugar a duda, somos lanzados a la arena del debate sobre el libre albedrío. En realidad, la histórica controversia sobre el grado en que el pecado original nos corrompe realmente se centra en el tema del libre albedrío. No puede haber una conversación de cinco minutos sobre las doctrinas de la gracia o la doctrina de la elección sin que alguien pregunte ¿Qué pasa con el libre albedrío?

Y muy a menudo el debate sobre el libre albedrío se centra en dos marcos distintos. Por un lado, el tema de la libertad humana es el conflicto de la lucha frontal entre la relación de la soberanía de Dios y nuestra responsabilidad y nuestro poder para actuar como criaturas libres.

Pero el otro lugar donde la discusión del libre albedrío queda enmarcada es en el tema de la relación entre la caída, el pecado original y el poder de la libertad humana. Permítanme unos minutos para leer un resumen confesional de esta disputa tal como aparece en la «Confesión de Fe de Westminster», que es la declaración británica de Teología Reformada del siglo XVII en la que leemos lo siguiente: (cita) «El hombre, por su caída en un estado de pecado, caído absolutamente» – eso es totalmente – «ha perdido absolutamente toda capacidad. para querer algún bien espiritual que acompañe la salvación.

Así que, como un hombre natural, siendo enteramente opuesto a ese bien y muerto en pecado, no es capaz por su propia fuerza de convertirse a sí mismo o prepararse por sí mismo para ello».

Ahora lo que está diciendo esta confesión es apuntar al carácter radical de esta doctrina que afirma que la libertad del hombre en un área determinada se ha perdido por completo o totalmente por la caída; por la caída no es que el hombre ha perdido por completo su poder de elegir o de tomar decisiones, pero su poder moral para hacer ciertas cosas se ha perdido por completo.

Y esa cierta cosa que se resalta aquí es que el hombre ha perdido la capacidad de convertirse a sí mismo o de desear por sí mismo algún bien espiritual. Ahora aquí está el punto crucial en el tema de la doctrina de la depravación total. Se traduce en la doctrina de lo que se llama incapacidad moral.

Quiero tomar unos minutos para explicar este concepto. Y de nuevo podemos regresar al punto de vista de Agustín de la corrupción heredada. Pelagio no estuvo de acuerdo con esto y dijo que la caída de Adán afectó solo a Adán, que no hay consecuencias para las generaciones futuras, y la semilla del pecado de Adán es solo por imitación y no a causa de alguna transferencia o transmisión de la condición humana caída. Ahora, después que Pelagio fue condenado por la iglesia, surgió una posición moderada que se llamó semi-pelagianismo, que enseñaba que sí hubo una caída, que el hombre, toda la raza humana, había sido afectada por el pecado de Adán, y que todos nacemos con una naturaleza corrupta. Pero esa naturaleza corrupta deja lo que voy a llamar una especie de isla de justicia por la cual aún queda un vestigio restante de la justicia original que a pesar de que esta persona necesita ayuda de la gracia divina para ser salvo y poder ser hecho santo, pero aún sigue habiendo un poder dentro de la voluntad de la criatura que puede cooperar con la gracia de Dios o rechazar la gracia de Dios.

Así que, en el análisis final, la razón por la cual algunas personas vienen a Cristo y otras no, por la que algunos serán redimidos y otros se perderán, está basada en última instancia, en la decisión humana y en ese poder que permanece en la voluntad después de la caída.

Ahora, Pelagio dijo que una persona puede vivir una vida perfecta sin la gracia. Y dijo que la gracia facilita la redención, pero no es necesaria. Las personas pueden ser perfectas, y de hecho Pelagio argumentó que algunos ya habían alcanzado la perfección sin la ayuda de Dios.

Los semi-pelagianos difieren de Pelagio en este punto diciendo, no, la gracia es absolutamente necesaria. Es una condición previa para que alguien sea redimido. Usted no puede salvarse sin la gracia. Sin embargo, la gracia no está sola. Es la gracia y algo más: la gracia más los esfuerzos de la voluntad humana en la fuerza que permanece intacta después de la caída.

Agustín fue uno de los principales artífices de la idea, que se recuperó en el siglo XVI en la Reforma, en una de los Solas de ese momento, la famosa idea de Sola Gratia, solo por gracia. Agustín decía que la caída es tan profunda y que el poder del pecado es tan fuerte en el corazón humano que solo Dios, por su gracia y solo por su gracia, puede cambiar la disposición del alma humana para llevar a esa persona a la fe.

Así que el tema aquí es si el hombre caído tiene la capacidad intacta, el poder moral intacto para inclinarse a sí mismo o abrazar en su propia fuerza las ofertas de ayuda y asistencia que nos llegan de Dios. ¿O es necesario que Dios haga el trabajo inicial de la recreación en el alma antes que la persona caída tenga el poder moral de decir sí al Evangelio?

Así que de lo que estamos hablando acá, es lo que se llama la iniciativa divina. Agustín diría esto: que antes de que una persona venga a Cristo, Dios obra de manera unilateral, monergísta, independiente, y soberana cambiando el alma del pecador rescatando al pecador de la prisión de la esclavitud moral por la cual, por naturaleza, él está muerto en sus delitos y pecados, y en ese estado de muerte espiritual es moralmente incapaz de levantarse a sí mismo por lo que Dios tiene que venir y respirar nueva vida espiritual y poder en el alma de esa persona, y, usando el lenguaje de Pablo, para sacarlo de un estado de muerte espiritual y producir fe en el corazón de la persona antes que esa persona tenga el poder de venir a Cristo. Ahora bien, esas personas vienen a Cristo, y eligen a Cristo. Vienen voluntariamente y con alegría y todo lo demás, pero no antes o hasta que Dios haga su obra por gracia soberana, en llevar a esa persona de la muerte espiritual a la vida espiritual. A eso llamamos renacer monergista o regeneración monergista, que significa que es obra de Dios únicamente, y nada hay que pueda hacer para ganarlo, para merecerlo, para lograrlo o provocarlo, tengo que dejar este caso, en última instancia, en la gracia de Dios y en la gracia de Dios solamente.

Ahora uno de los textos bíblicos importantes que habla de esto se encuentra en el Evangelio de Juan en el que Jesús hace una asombrosa declaración. Él dice en el versículo 63: «El Espíritu es el que da la vida; la carne nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar.

Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere. Dado por el Padre». Ahora recordamos la conversación anterior de Jesús con Nicodemo, el que vino de noche, Jesús habló de la necesidad que tiene una persona de nacer de nuevo antes que pudiera siquiera ver el reino de Dios, sin mencionar el entrar en el reino de Dios.

Y en esa discusión con Nicodemo, Jesús le dijo: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es». Y así como Jesús hace este fuerte contraste entre la carne y el espíritu, así mismo el apóstol Pablo hace lo mismo cuando habla de la metáfora de la batalla que se lleva a cabo entre la carne y el Espíritu en la persona que ha sido convertida.

Incluso cuando uno ha nacido del Espíritu, la carne no está completamente aniquilada, y esta lucha está en curso. Pero hasta que el Espíritu Santo cambie tu vida, todo lo que eres es carne. Esto es lo que Jesús le dice a Nicodemo. En el nacimiento natural, en el estado natural, uno nace en el estado «sarx», el concepto bíblico de la carne, en esta condición caída, donde los deseos de tu corazón solo son malos continuamente y de los cuales el apóstol dice que uno camina según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, y que estamos muertos en nuestro pecado. Esa es la condición de la carne.

Ahora aquí en Juan 6 Jesús dice: «La carne aprovecha» ¿para qué? «para nada». En su discusión con Erasmo de Rotterdam, Lutero, quizás en su obra más famosa, la «Esclavitud de la Voluntad,» elaboró su exposición de este texto bíblico y se mantuvo opuesto a Erasmo por hacer que la carne hiciera algo en el proceso de salvación, no solo eso es importante, sino que es fundamental, y no solo se beneficia de algo, sino que se beneficia de todo, ya que si en el análisis final nos basamos en este poder moral innato dentro de nosotros que no es tocado o encarcelado por la caída, y que el poder de la carne aquí es inclinarnos al bien espiritual, y uno ejerce la inclinación adecuada lo que nos daría la vida eterna. Y Lutero nunca se cansó de discutir con Erasmo diciendo que nada no es un poco de algo.

Y dijo que Jesús fue serio cuando dijo: «La carne para nada, nada, aprovecha». Luego él va a hacer esta declaración: «Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre». Ahora, este texto es muy importante, ya que inicia con la declaración, «Ninguno», y si ustedes son estudiantes de la gramática de la lógica reconocerán esa declaración o ese concepto, «ninguno», es lo que se llama una proposición negativa universal.

Describe algo negativo de todo lo que se conoce como «hombre». Ahora me gustaría decir que esto se utiliza de una forma específica de género y sólo se refiere a la incapacidad moral inherente a los varones.

Desafortunadamente, el uso aquí en el griego (ja) es la abreviatura para humanidad. Lo que Jesús está diciendo es que ningún ser humano, Él está diciendo algo acerca de todo el mundo, algo negativo sobre todo el mundo. Ahora la próxima palabra es crucial. «Ninguno puede”. No ninguno debiera. Sabemos la diferencia entre. puede y debiera, hemos hablado de eso muchas veces. Recuerdo que cuando estaba en el colegio, le pregunté a la profesora: ¿Puedo ir afilar mi lápiz? Y ella dijo: Yo estoy segura de que puede, pero usted quiere decir si debes ir a afilar el lápiz.

Y descubrí lo que esa maestra quería decir. De hecho, ella tenía ubicuidad. Y todo el mundo que he conocido ha tenido el mismo tipo de maestro en algún (ja) momento de sus vidas. ¿No es así? Ese maestro que dice estoy seguro usted puede; la pregunta es ¿debe? No estamos hablando aquí de permiso, pero la palabra «puede» describe capacidad o poder, ¡potestad!

Y lo que Jesús está diciendo aquí es que ningún ser humano tiene el poder o la capacidad de hacer algo. Ahora, estas son palabras fuertes viniendo de los labios de nuestro Señor. No se trata de Agustín o Calvino o Lutero. Este es el mismo Cristo que dice algo acerca de la capacidad del hombre. Y Él dice que ninguno es capaz; ninguno tiene el poder para ¿Hacer qué? Para venir a mí.

Así que hay una falta de capacidad inherente de algún tipo en los seres humanos para venir a Jesús de algún modo. Ahora, obviamente, cuando Él dice ven a mí, no está hablando espacial o geográficamente. Obviamente ninguno de nosotros tiene la capacidad de ir a Él en su presencia terrenal en Palestina, porque Él ya no está allí, y Él no estaba diciendo que ningún hombre podía venir y averiguar dónde Él vivía. El «venir a Mí» es la forma en la que Él llama a la gente a que se acerquen en fe para su salvación. No creo que hay algún erudito bíblico que ponga en duda que eso es lo que Jesús está diciendo aquí con respecto a venir a Él. Nadie puede venir a Él a menos que – a menos que. Ahora «a menos que» indica una condición necesaria a cumplirse antes que una consecuencia deseada pueda ocurrir. Así que «a menos que» apunta a un sine-qua-non, algo absolutamente esencial que tiene que ocurrir antes que una persona puede venir a Jesús.

¿Y qué es esto? Ahora aquí Él simplemente dice: «Ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado por el Padre». Más atrás, en el texto dice Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trae, o lo atrae, aunque la palabra que se usa allí es la palabra que la mayoría de los diccionarios traducen como la palabra obligar, no es simplemente un incentivo externo como tratar de atraer a la gente a ir a Él.

La idea aquí es que Dios. Que Dios tiene que hacer algo en este punto. Dios tiene que habilitar a la persona para venir Esa es la clave: que nosotros, de acuerdo a la doctrina de la depravación total hemos perdido nuestra capacidad humana natural para venir a Jesús.

Todavía hacemos elecciones, pero tomamos nuestras decisiones según nuestros deseos. Esa es la esencia de la libertad: el poder elegir según nuestros propios deseos o inclinación, pero es un arma de doble filo. No solo somos libres en el sentido de elegir de acuerdo a nuestros deseos, sino que no podemos no ser libres en ese punto. No solo podemos elegir lo que queremos, sino que la única clase de elección que es una elección real es la elección que se hace según lo que uno desea.

Y así, todos aún somos personas libres en el sentido de que podemos hacer lo que queramos, pero esa no es la libertad real a la que el Nuevo Testamento se refiere. No trata el problema de la servidumbre moral. Ni lo que el pecado original enseña en la doctrina de incapacidad moral bajo el tema de la depravación total. Esto significa que somos esclavos de nuestros propios deseos, y por naturaleza no tenemos deseo por Cristo o por las cosas de Dios.

Así que libremente lo rechazamos en la medida en que elegimos lo que queremos, y lo que no queremos es a Él; a menos que Dios cambie el deseo del corazón. Ven, por eso es que no se llama incapacidad natural. Se llama incapacidad moral. No tenemos el poder o la capacidad de amar el bien. Para que eso suceda, tenemos que ser transformados.

Dios tiene que intervenir, y en Su gracia Él nos tiene que rescatar de la muerte espiritual y, la otra metáfora, de la esclavitud espiritual. Él nos tiene que dar el don de la fe mediante la creación de una resurrección espiritual en el corazón y en el alma. Y ese es el primer punto del acróstico de la depravación total. Se refiere al grado de corrupción que es tan grave que no hay una isla libre de la esclavitud de la corrupción, ubicada en las profundidades del alma humana. Pero hasta que nazcamos del Espíritu somos carne, y la única manera de que podemos llegar a la fe es si Dios, en su gracia y solo en su gracia, nos libra. haciendo que nazcamos por segunda vez por el poder creador del Espíritu Santo.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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Depravación total: El pecado original

Ministerios Ligonier

Renovando tu Mente

Depravación total: El pecado original

R.C.Sproul

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A medida que continuamos con nuestro estudio de las ideas centrales que conforman lo que llamamos Teología Reformada, pienso en un evento que tuvo lugar en la historia un par de años antes de que los peregrinos desembarcaran en las costas de Nueva Inglaterra en el Mayflower, una polémica que se extendió por toda Europa y luego en todo el mundo, que tuvo sus raíces en los Países Bajos.

Empezó en una facultad holandesa de teología comprometida con la Teología Calvinista, cuando algunos de los profesores comenzaron a tener dudas acerca de temas relacionados a la doctrina de la elección y la predestinación y cosas así.

Esta controversia teológica estalló, y a medida que se extendía por todo el país molestaba a la iglesia y molestaba a los teólogos de ese tiempo hasta que por fin se convocó un sínodo. Los asuntos fueron clarificados, y algunos fueron rechazados por sus puntos de vista, entre los cuales estaba uno llamado Arminio.

Pero el grupo que lideró este movimiento contra la Teología Ortodoxa Reformada fue llamado los Remostrantes. Se les llamó Remonstrantes porque estaban en desacuerdo o estaban protestando contra ciertas doctrinas dentro de su propia herencia teológica.

Y fueron, básicamente, cinco doctrinas las que formaron el núcleo de la controversia, y lo que ocurrió como resultado de este debate fue que estos cinco temas teológicos centrales llegaron a ser conocidos en las generaciones posteriores como los famosos «Cinco Puntos del Calvinismo.»

Y hoy se conocen a través del muy popular acróstico en inglés TULIP, T-U-L-I-P, lo cual es una forma inteligente de resumir los cinco artículos que estaban en disputa. Y mencioné ese evento histórico por esta razón: Como hemos dicho desde el principio, sería un grave error entender la esencia de la teología reformada simplemente a la luz de estas cinco doctrinas, porque la Fe reformada implica muchos, muchos, muchos otros elementos de la confesión teológica y eclesiástica.

Pero estos son los cinco puntos controversiales de la Teología Reformada y son estos los que se consideran popularmente como distintivos de esta confesión en particular. Así que vamos a tomar un tiempo para explicar los cinco puntos del calvinismo, a través de las iniciales de este acróstico.

Aquí nos encontramos con estas siglas que usa la primera letra de cinco doctrinas diferentes. La primera es depravación total, en inglés es Total Depravity, de ahí la T, la segunda es Elección incondicional, en inglés Unconditional Election. De ahí la U. La L por Limited Atonement, Expiación Limitada, la I por Irresistible Grace; Gracia Irresistible. P por Perseverance of the Saints; Perseverancia de los Santos.

Y cuando he dado charlas sobre estas doctrinas en el pasado, yo he mencionado una o más objeciones a estos subtítulos como la definición de las doctrinas, porque muchos de ellos, si no todos, eran de alguna manera confusos, pero encajan tan bien en este acróstico que la gente insiste en el uso de estas abreviaturas para definir los cinco puntos.

Y así, lo que vamos a hacer hoy es empezar con una breve reseña de la T de TULIP, que se refiere a la depravación total. Recuerdo que hace muchos, muchos años estaba enseñando un curso de teología en una universidad, y los alumnos que se inscribieron en ese entonces, de ninguna manera venían de un trasfondo reformado nosotros estábamos viendo diversas doctrinas y llegué a la doctrina de la depravación total.

Les dí una exposición que tomó más de una semana de clases, y al final de ese tiempo les pregunté a los alumnos si ellos estaban persuadidos de que efectivamente esta era la visión bíblica de la pecaminosidad humana. Y todo el mundo en la clase levantó la mano y dijo que sí, que estaban convencidos de que era la visión bíblica correcta.

Y pregunté: ¿están seguros? Y dijeron que sí estaban completamente seguros. Así que fui a la pizarra y en la parte superior izquierda de la pizarra escribí un número ahí, el número de estudiantes ahí, había como 28 alumnos, hice un recuadro al número y escribí, «Por favor no borrar.»

Y lo hice por una razón: que todos quedasen comprometidos. Luego, a la siguiente semana empezamos con la U de
elección incondicional y entonces hubo gritos de protesta de los alumnos quienes se rebelaron contra esa doctrina, no les gustó en absoluto.

Y cuando empecé a presionarlos sobre la doctrina pregunté, ¿aún siguen persuadidos de la depravación total como lo hicieron la semana pasada?

Y uno a uno tuve que ir disminuyendo los números en esa esquina de la pizarra. Y digo esto por esta razón: que hay un sentido en el que, si una persona realmente abraza lo que se llama la doctrina de la depravación total, los otros cuatro puntos, en este sistema de cinco puntos, se alinean más o menos, vienen a ser como una cadena de consecuencias y resultados del primer punto. Tomemos un tiempo para ver eso.

La situación histórica en que, por primera vez, esta doctrina se convirtió en algo importante y de gran controversia

fue en los inicios de la historia de la iglesia durante el ministerio de enseñanza de San Agustín, y estoy seguro de que han oído hablar un poco acerca de la llamada controversia pelagiana de la última parte del Siglo IV y en el quinto siglo, que comenzó cuando este monje británico, cuyo nombre era Pelagio, protestó contra una declaración que estaba en una de las oraciones escritas de Agustín, en cuya oración, Agustín hizo este comentario ante Dios, y dijo: «Oh, Dios, ordena lo que quieras, y concédenos hacer lo que ordenas».

Déjame decirlo de nuevo. «Ordena lo que quieras y concédenos hacer lo que ordenas».

Y, por supuesto, A Pelagio le dio un infarto por esta oración. Ahora el motivo, de su disgusto no fue la primera parte de la oración en la que Agustín dijo: «Oh Dios, Ordena lo que quieras ordenar». Pelagio, siendo un monje, sin duda estuvo de acuerdo con Agustín de que Dios tenía todo el derecho a ejercer su autoridad sobre las criaturas y ordenar lo que considerara agradable a Él.

Pero lo que alteró a Pelagio fue la segunda parte de la oración en la que Agustín pidió a Dios que concediera hacer lo que Él demandaba, porque Pelagio dijo que eso hacía suponer que la criatura de alguna manera no es moralmente capaz de hacer la voluntad de Dios. Así que creó una larga controversia, controversia que francamente continúa hasta este día. Y seguimos teniendo discusiones sobre Pelagianismo o semi-pelagianismo, Agustinismo, y así sucesivamente.

De hecho, he llegado a escribir de escribir un libro acerca de todo el desarrollo histórico de esa controversia, desde Pelagio hasta la semana pasada. Por eso, más adelante, trataremos eso con mucho más detalle. Me gustaría tener una clase aparte solo para esa. materia.

Pero a modo de introducción y de vista panorámica, este tema tiene que ver con la pregunta del pecado original. Y la doctrina de la depravación total refleja el punto de vista Reformado del pecado original. Ahora ese término – pecado original- es a menudo malentendido en sectores populares. Algunos simplemente asumen que el término pecado original debe referirse al primer pecado – el original, el que todos hemos copiado en mil maneras distintas en nuestras propias vidas que es el primer pecado de Adán y Eva.

Pero eso no es lo que se conoce históricamente en la iglesia por doctrina del pecado original. Más bien, la doctrina del pecado original define las consecuencias para la raza humana de aquel primer pecado. Y casi todas las iglesias que históricamente han tenido un credo o una confesión han acordado que algo muy grave le pasó a la raza humana como consecuencia del primer pecado, que el primer pecado produjo pecado original.

Es decir, como resultado del pecado de Adán y Eva toda la raza humana cayó, y por eso nuestra naturaleza como seres humanos desde la caída es una naturaleza que ha sido influenciada por el poder del mal. Como David declaró en el Antiguo Testamento: «Oh Dios, he aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre».

Él no estaba diciendo que era pecaminoso que su madre y su padre tuvieran hijos, ni estaba diciendo que había hecho algo malo por haber nacido, sino que estaba reconociendo la condición caída del ser humano. Esa condición caída, que fue parte de la experiencia de sus padres, esa condición caída que trajo él mismo a este mundo. Así que, el pecado original tiene que ver con la naturaleza caída de la humanidad. La idea es que no somos pecadores porque pecamos, sino que pecamos porque somos pecadores.

Somos por naturaleza pecadores. Todos hemos escuchado el axioma «no hay nadie perfecto». Podríamos mejorar un poco eso al decir, no solo, que nadie es perfecto, sino que nadie está siquiera cerca (jaja) de la perfección.

Y así, la doctrina de la depravación total describe y define un punto particular del pecado original que tiene sus raíces en las enseñanzas de San Agustín. Y recuerden que Agustín fue el santo patrono del monasterio donde Martín Lutero fue formado en la fe y dónde enseñó en Wittenberg. Él fue un monje agustino, y Agustín también fue el mentor más venerado de Juan Calvino, de modo que el pensamiento de Agustín tuvo una enorme influencia en la formación de la doctrina de la Reforma Protestante.

Ahora lo que la depravación total no significa en la tradición reformada es lo que llamamos depravación absoluta. Depravación absoluta. A menudo usamos el término total como sinónimo de absoluto o de completo. Y así, la noción de la depravación total evoca la idea de que cada ser humano es tan malo como esa persona podría ser. Y uno pudiera pensar en algún personaje malévolo de la historia, como Adolfo Hitler y decir que, sin duda, no había ni una virtud redimible en ese hombre.

Pero sospecho que tenía algún afecto por su madre, y aún tan malvado como Adolfo Hitler fue, todavía se puede concebir un ser aún más perverso de lo que en realidad era. Y así, la idea de la depravación total no quiere decir que cada ser humano es tan malvado como le sea posible, sino más bien significa que la caída es tan grave que afecta en su totalidad a la persona.

Nuestra naturaleza caída que captura y oprime nuestra naturaleza humana afecta a nuestro cuerpo, por eso nos enfermamos y morimos. Afecta a nuestra mente y nuestro pensamiento. Todavía tenemos la capacidad de pensar, pero la Biblia habla acerca de la forma en que la mente se ha oscurecido y debilitado. La voluntad del hombre ya no está en su estado original del poder moral La voluntad, según el Nuevo Testamento, está ahora en esclavitud.

Estamos esclavizados a los malos impulsos y deseos de nuestros corazones. Y así, la mente, la voluntad, el espíritu, la persona completa ha sido infectada por el poder del pecado. Una vez más, si eso es lo más lejos que llegamos con la definición de depravación total, la mayoría de las comuniones cristianas dirían sí y amén a esto. Es decir, la mayoría estaría de acuerdo en que estamos caídos, y que la caída es una cosa seria, y que la naturaleza humana que traemos a este mundo ha sido tan influenciada por el pecado que toca cada parte de nuestra naturaleza. De nuevo, la mayoría de los credos católicos o universales de la cristiandad afirmarían todo eso.

Entonces el debate se torna en un asunto de grado. ¿Hasta dónde hemos caído? ¿Cuál es el grado de esta corrupción humana? Me gusta sustituir el término depravación total con mi designación favorita, que es la corrupción radical.

Es un concepto que mis amigos encuentran muy fácil de recordar, como su acróstico personal. Corrupción Radical son mis iniciales al revés, pero en español, CR jaja

Ellos se complacen por la facilidad con que esto ayuda su memoria, ya que tienen un modelo vivo delante de ellos de la corrupción radical. Recuerdo a un profesor de gimnasia que yo tenía en séptimo grado cuando pasó lista el primer día y me llamó por mi nombre, RC, como me llamaban en la escuela primaria, y dijo oh, Rudo Cabezón.

Así que en ese instante tuve un nuevo apodo que probablemente no debería haber mencionado, ya que lo podría escuchar de nuevo en estos días. Pero la razón por la que usamos este término a pesar de que no encaja con nuestra palabra TULIP, sino que sería RULIP, y nadie va a recordar eso. Pero la razón por la que prefiero esto es. por el término radical.

De nuevo, hay otra de esas palabras que solemos utilizar de varias maneras en nuestra cultura, en particular en el ámbito político en el que le decimos a alguien que está en la izquierda radical o en la derecha radical o así sucesivamente, pero la palabra radical, irónicamente, tiene sus raíces en la palabra latina para raíz, que es la palabra Rodex, y se puede traducir raíz o núcleo.

Y la idea del término radical es algo que impregna la esencia de una cosa. No es algo que es tangencial o superficial, es decir, que yace en la superficie, sino que penetra en el núcleo del objeto. En una encuesta reciente realizada a evangélicos practicantes, la abrumadora mayoría de personas que respondieron a preguntas particulares en esta encuesta indicaron que estaban de acuerdo con la afirmación de que el hombre es básicamente bueno.

Ahora por lo general esa frase básicamente buena significa que la base o la esencia de la humanidad o el núcleo de una persona es bueno. Y aunque reconocemos que uno no es perfecto, que todos somos pecadores, y que todos estamos dañados y manchados por diversas imperfecciones, el problema con el pecado en la idea de que el ser humano es básicamente bueno es que el pecado, entonces, es visto como accidental o periférico a la naturaleza humana.

Y esto, por supuesto, era parte de la visión optimista de la humanidad, que es esencial al humanismo histórico. El humanista reconoce que hay problemas, pero en el fondo lo que necesitamos es más educación, más ayuda del gobierno, y así vamos a estar mejor y mejor y vamos a borrar esas manchas en la superficie que producen la delincuencia y otras formas de maldad.

Y me pareció que cuando me enteré de esa encuesta que tal vez lo que está pasando es que esos que están profesando ser evangélicos están tomando ejemplo de la naturaleza básica de la humanidad caída, más de la cultura que del punto de vista bíblico.

La enseñanza Reformada dice que la caída se extiende, penetra a la médula. La palabra que se utiliza para el núcleo realmente es una traducción de la palabra latina core, ¿Qué significa qué? Corazón. Esa es la idea, que nuestro pecado es algo que viene de nuestros corazones. Y en términos bíblicos, eso significa desde el núcleo o centro de nuestra existencia.

Así es que lo que se requiere para que seamos hechos conformes a la imagen de Cristo no es simplemente algunos pequeños ajustes o cambios de comportamiento, sino nada menos que la renovación desde el interior, nada menos que la regeneración, ser hechos de nuevo, siendo vivificados por el poder del Espíritu.

Y así vemos que la única manera en que una persona puede escapar a esta situación radical es cuando el Espíritu Santo cambia el núcleo, cambia el corazón. Y aun ese cambio no vence al instante el pecado. La completa eliminación del pecado aguarda nuestra glorificación en el cielo.

Veremos algunos aspectos más de esta doctrina en nuestra próxima sesión.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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Las maldiciones del pacto

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Las maldiciones del pacto

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Continuamos con nuestro estudio del corazón de la Teología Reformada. Hoy quiero que prestemos atención al concepto de pacto. Uno de los nombres más frecuentes que oímos para definir a la Teología Reformada es el término «Teología del Pacto». Para ser sincero con ustedes, yo casi nunca uso ese término, no es que me oponga a él por alguna razón en particular, es solo que creo que puede ser un poco confuso, porque creo que todos los cristianos reconocen que el concepto de pacto es obviamente frontal y central en ambos Testamentos. De hecho, cuando hablamos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, nos referimos al Antiguo Pacto y el Nuevo Pacto, y todos estamos conscientes de la realidad del lenguaje del pacto que aparece disperso a lo largo de las Escrituras. Oímos hablar de un muchos de pactos en el Antiguo Testamento: el pacto que Dios hace con Noé, con la señal del arcoíris en el cielo; el pacto con Abraham, con la señal de la circuncisión; y el pacto en el Sinaí con Moisés. Y hemos oído de Jeremías hablando acerca de un nuevo pacto; y sabemos que, en el Aposento Alto, cuando nuestro Señor celebra la Pascua con sus discípulos la noche antes de Su ejecución, él instituye el Nuevo Pacto, y habla del Nuevo Pacto que es por su sangre, y así sucesivamente.

Y así tenemos este tema repetido sobre pactos en la Escritura. Y la razón por la que a menudo la Teología Reformada es llamada Teología de Pactos es porque esta ve la estructura o el formato del pacto en la Biblia como un elemento crucial en el que todo el plan de redención funciona, y se convierte en una especie de clave para comprender e interpretar el resto de las Escrituras.

Y debido a esto es que la Teología Reformada destaca este motivo central del pacto como el marco en el que se lleva a cabo la redención. Y de nuevo en las categorías teológicas y en términos de las confesiones históricas las iglesias reformadas tienen una tendencia a distinguir entre los tres pactos principales.

Es una designación general, pero quiero tomarme un tiempo para tratar estos temas. El primero se conoce como el pacto de redención, el segundo se conoce como el pacto de obras y el tercero se conoce como el pacto de gracia.

Y lo que quiero hacer hoy es dar una breve explicación de las características distintivas de estos tres pactos. Normalmente pensamos en un pacto como en un acuerdo entre dos o más partes. Tenemos pactos en nuestra propia cultura. De hecho, la forma de gobierno estadounidense se llama, históricamente, un contrato social o un pacto social que implica el consentimiento de los gobernados, que existe un acuerdo entre el gobierno y el pueblo, y que hay ciertas estipulaciones que definen esa relación que buscamos en la Constitución y la Declaración de Derechos.

Nosotros institucionalizamos y consagramos matrimonios sobre la base de pactos. Se hacen promesas y se acuerdan términos, y así sucesivamente. Del mismo modo está la realidad del pacto empresarial o de los contratos industriales, que se ven en las noticias todo el tiempo. Cuando la mano de obra y la gestión están elaborando un nuevo contrato, lo que están haciendo es un pacto, un acuerdo que impone obligaciones a ambas partes, y así sucesivamente.

Bueno, cuando nos fijamos en los pactos bíblicos, el primer pacto que delineamos no es un pacto que, directa e inmediatamente, involucra gente. El pacto de la redención es un concepto teológico que se refiere a la armonía y la unidad de propósito que ha estado en existencia toda la eternidad en términos de la relación mutua y el acuerdo de las tres Personas de la Trinidad.

En esto es que Dios el Padre, Dios el Hijo, y Dios el Espíritu Santo están todos de acuerdo desde toda la eternidad, en el hecho de llevar adelante la obra de la redención. Distinguimos entre las personas de la Divinidad en cuanto a las tareas específicas que son realizadas por ellos en la obra de redención.

Leemos en Juan 3:16 que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna». Ahora, el idioma de ese texto de Juan 3:16 es importante. Nosotros no decimos, ni el Nuevo Testamento dice, que Cristo amó tanto al mundo, que convenció al Padre para que perdone sus pecados. Es decir, el Padre envía a su Hijo a este mundo. El hijo no envía al Padre a este mundo.

Es el Padre que diseña el plan de redención y que inicia la obra de redención mediante el envío de su Hijo unigénito al mundo para llevar a cabo su obra redentora como nuestro Salvador y como nuestro Mediador. Y en el Credo de Nicea, en el Siglo IV, se confiesa que después que Cristo lleva a cabo su obra redentora, y Él asciende al cielo, entonces juntos el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo a el mundo para aplicar la obra de Cristo al pueblo de Dios. Así que el Padre envía primero al Hijo y el Padre y el Hijo, juntos, envían al Espíritu Santo.

Ahora bien, esto puede malinterpretarse, ya que sabemos que la expiación, por ejemplo, se atribuye al Hijo, no al Padre o al Espíritu Santo. Y sabemos que el proceso de la santificación es asignado a la obra del Espíritu Santo, no al Padre o al Hijo.

Sin embargo, no es como si el Padre y el Hijo no estuvieran completamente involucrados en nuestra santificación. Toda la creación es una obra Trinitaria. Y el conjunto de la redención es una obra Trinitaria. Toda la dimensión personal de la Deidad está involucrada en todo esto.

Pero el punto para explicar el pacto, el pacto de redención es evitar el error que ha ocurrido más de una vez en la historia de la iglesia de pensar que el Padre y el Hijo están en conflicto entre sí y que el Hijo tiene que persuadir a este Padre enojado para que aparte su enojo del Hijo como si fuera la graciosa idea de Dios, la idea de Dios el Padre en primer lugar, o la idea de que Cristo realiza su obra a regañadientes.

Él viene a Getsemaní y ora al Padre: «pasa de mí esta copa». Entonces ¿que continúa diciendo? «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Y no es como si el Hijo dijera «bien, si tengo que hacerlo lo haré», sino, lo que está diciendo es que, si se trata de agradar al Padre, entonces es mi comida y bebida hacer la voluntad del Padre.

El punto con el tema del pacto de la redención es mostrar la completa unidad y el acuerdo que hay en la Deidad desde toda la eternidad en lo que respecta al plan de salvación. Ahora, cuando nos adentramos en la distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia esto genera un poco más de controversia. Pero lo que está a la vista aquí, es esto: el pacto de obras en la teología reformada se refiere al pacto inicial que Dios hace con el hombre, con Adán y Eva en el Paraíso donde Adán representa no solo a él y su esposa, sino su descendencia, toda la gente. Él es Adán, representa la humanidad.

Y Dios creó a Adán y Eva y los pone en una situación de prueba. Él hace promesas de bendición para ellos en caso de que sean obedientes y promesas de juicio sobre ellos en caso de que sean desobedientes, y Él los pone a prueba por así decirlo, diciendo, que si comen del árbol del conocimiento del bien y del mal ciertamente morirán. Y el día que comas de él, ciertamente morirás.

Es decir, se anuncian castigos a las criaturas en el caso de que transgredan el mandamiento de su Creador. Ahora, eso significa que el destino de Adán y Eva y su linaje se determina por su respuesta a la ley de Dios, por su comportamiento, por su obrar. Y por eso se llama el pacto de obras. Dios dice que, si haces buenas obras, vivirás, si haces malas obras morirás. Así de simple.

Ahora a algunas personas no les gusta la distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia porque dicen «bueno ya sabes, Dios ni siquiera tenía que hacer un pacto en absoluto con Adán y Eva. El mismo hecho de que Él se inclinara a tener una relación personal con ellos y les diera la oportunidad de la vida eterna de bienaventuranza en Su reino, era en sí gracia. Y no creo que haya realmente disputa alguna acerca de eso.

Es decir, es obvio que Dios no estaba obligado moralmente a dar un camino de salvación a Sus criaturas. Y aceptamos que el pacto de obras está arraigado y fundado en el carácter eterno de la gracia de Dios. Pero lo que esto significa por distinción es que inicialmente los términos de la relación de Dios se establecen con respecto a la obediencia o desobediencia a Su ley.

Y lo qué pasó fue que Adán y Eva desobedecieron. Ellos violaron el pacto de obras trayendo sobre sí mismos, y sobre todos los que ellos representaban, el juicio de Dios, porque el pacto de la creación había sido violado. Ahora permítanme un segundo para hacer un pequeño paréntesis aquí.

Entendemos que vivimos en una cultura en la que hay diferentes tipos de religiones compitiendo y personas que son seculares y que no tienen tiempo para la religión en absoluto. Y no podrían estar menos interesados en toda esa idea de pacto. Y la gente me pregunta ¿están estas personas en el pacto de Dios?

Y yo les contesto así: primero la pregunta es ¿esta gente es gente? Y si respondemos sí, por supuesto, estas personas son personas, y luego la siguiente pregunta es ¿cuándo Dios hizo su pacto con la creación, lo hizo con todos en el mundo o solo con dos individuos aislados que vivían en un bonito jardín en el Edén?

Ahora, la idea bíblica es que el pacto que Dios hizo con Adán y Eva fue un pacto con toda la raza humana. Bueno, la gente puede negar ese pacto, la gente puede repudiar ese pacto, la gente puede despreciar ese pacto, pero lo que no pueden hacer es deshacerse de él. No pueden anularlo. Y una de las razones del porqué las Escrituras nos lleva a todos a comparecer ante el tribunal de Dios y declararnos culpables ante Dios, es que todos hemos quebrantado su ley.

Todos hemos hecho malas obras. Todos hemos fallado en mantener el pacto original de la creación. Todos hemos dejado de cumplir la obligación que toda criatura debe cumplir: glorificar a Dios, honrarlo como Dios, ser agradecidos con Dios, y obedecer Su ley. Así que la conclusión es que el mundo entero está poblado por quebrantadores del pacto.

Cristo fue enviado a un mundo que ya era culpable ante el Padre por romper la ley del Padre, por violar los términos mismos de la existencia humana, la base misma de la vida humana, según fuimos creados ante Dios. Y eso es lo que se quiere decir cuando hablamos del pacto de obras.

Ahora bien, esto se debe a que el primer Adán falló en el pacto de obras, y Dios hubiera tenido todo el derecho moral, en ese momento, de hacer exactamente lo que los términos del pacto establecían. Él pudo haberlos destruido a ellos y a toda la raza y eso habría sido todo. Pero en cambio condescendió para cubrir su desnudez y prometerles redención a través de Aquel que actuaría como su Salvador. De tal manera que Dios, en ese momento, instituye el pacto de gracia, el cual fue dado a Abraham, el cual fue dado a Moisés, que fue dado en todo el Antiguo Testamento: la promesa de que Dios redimiría a su pueblo, el cual era culpable de acuerdo al pacto de obras, de que Él salvaría a su pueblo a través de otro camino. Esto sí es algo fundamental, porque hay cristianos confesos hoy, que creen, que hay una diferencia fundamental entre cómo Dios salvó a la gente en el Antiguo Testamento, y cómo son salvas las personas ahora o después del Nuevo Testamento.

A pesar de que Pablo trata este punto en el tercer, cuarto, y quinto capítulo de Romanos, usando a Abraham como su ilustración de que la salvación se logra en el Antiguo Testamento por gracia, tal como es en el Nuevo Testamento, y que Abraham no fue justificado por las obras de la ley, sino por la fe en el Mesías prometido. La diferencia está en la diferencia entre promesa y cumplimiento. La gente en el Antiguo Testamento miraba hacia el futuro Redentor prometido, ponían su confianza en Él, y eran justificados por fe en Él. Miramos hacia atrás, hacia la obra que ha sido realizada por el Salvador. Ponemos nuestra confianza en Él.

Y la salvación es, básicamente, la misma ahora que como lo fue entonces. Lo distinto es que tenemos una comprensión más profunda de los puntos y los detalles de la misma, y lo que hace una mayor diferencia es que es un hecho consumado, que la obra de Cristo ya fue realizada en el plano de la historia.

Pero una vez que una persona rompe un pacto de obras, la única forma en que se hace posible restaurar la comunión con Dios es por la misericordia de Dios, no por su justicia. Por su gracia, no por nuestras obras. Y esto es crucial, ya que

vivimos en el tiempo en que la gente todavía anda pensando que pueden ser salvos delante de Dios por sus propias obras, que todavía pueden merecer su camino hacia el reino. No creemos en realidad que seamos deudores que no pueden pagar su deuda.

Olvidamos que los términos del pacto de obras eran bastante rígidos. Ellos exigían la perfección. Y si uno peca una vez, no hay nada que se pueda hacer para compensar eso, porque una vez que la mancha cae en tu nombre, ¿qué puedes hacer para llegar a ser perfecto otra vez? No puedes ser perfecto otra vez, porque la perfección no permitía la más mínima imperfección, pero, por supuesto, cuando nos presentamos ante Dios, venimos con más que una leve mancha.

Venimos con un tipo radical de contaminación delante de Él. Así que esta distinción entre el pacto de obras y el pacto de gracia ha sido realmente diseñada para arrojar luz sobre la naturaleza del evangelio. Ahora voy a decir algo que probablemente va a confundir a todo el mundo. Hemos hablado acerca de la doctrina de la justificación solo por fe, y es sólo por gracia que somos salvos.

Ahora voy a decir algo que a lo mejor les va a dar un infarto. En última instancia, la única forma en que alguien es justificado delante de Dios es por obras. Somos salvos por obras. Y somos salvos solo por obras.

No corten el video. Déjenme explicar esto, por favor. Cuando digo que la única forma en que somos salvos es por obras es: Porqué el pacto de gracia debe distinguirse del pacto de obras, pero nunca estar separado de este. El pacto de gracia es el pacto que Dios instituye para asegurar que el pacto original sea finalmente cumplido. Y cuando digo que estamos justificados por obras y por obras solamente, ¿qué quiero decir? Quiero decir que las bases de mi justificación y las bases de tu justificación son las obras perfectas de Jesucristo. Somos salvos por obras, pero no son las nuestras. Por eso decimos que somos salvos por fe, salvos por gracia, porque las obras que nos salvan no son las nuestras, sino que son obras de otra persona, que se sometió en todos los puntos del pacto de obras. El Nuevo Testamento describe a Jesús como el nuevo Adán.

Él es la nueva humanidad que logra aquello que no pudo lograr Adam. Por la desobediencia de un solo hombre, el mundo se hundió en la ruina, y por la obediencia de otro hombre a la ley de Dios, en todas sus demandas y en perfecta conformidad, Cristo redime a su pueblo, al ganar las bendiciones ofrecidas que Dios había prometido originalmente a Sus criaturas en su nombre. Ahora soy salvo por gracia en la medida en que la obra que me salva no es la mía.

Soy salvo por obras en el sentido de que la base de mi salvación está en las obras del Redentor perfecto, Aquel que desde toda la eternidad estaba dispuesto a asumir la carga de las criaturas de Dios y estaba dispuesto a venir a este mundo a someterse a los términos del pacto original por obras y para cumplirlo por su perfecta obediencia y para que Dios diera a su pueblo todos los beneficios de ese pacto, de tal manera que Él nos da todo lo que Cristo ha ganado, todo lo que Él es, es nuestro cuando confiamos en Él.

Eso es lo que queremos decir con el pacto de gracia. No es que el pacto por obras sea del Antiguo Testamento y el pacto por la gracia sea del Nuevo Testamento. No, el pacto de la gracia está en vigencia desde el tercer capítulo de Génesis, y está en todo el Antiguo y en el Nuevo Testamento, porque está basado sobre la libre gracia de Dios para con los pecadores necesitados.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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Hemos estado tratando la pregunta, «¿Qué es Teología Reformada?» y en nuestra última sesión dimos una breve introducción al artículo principal de la teología evangélica histórica. Un artículo que es acogido por la Teología Reformada, así como por todas las otras denominaciones protestantes históricamente; en especial la doctrina de la justificación solo por fe, que fue el tema central. de la Reforma Protestante del siglo 16.

Ahora quiero continuar con nuestra exposición de esta doctrina, y ya hemos visto el sentido básico de la palabra justificación, y también vimos el resto de la fórmula, la justificación por fe solamente. Y quiero que veamos los elementos particulares de esta fórmula.

Recapitulando, el término justificación significa ese acto por el cual Dios declara a los pecadores justos delante de Él. Ahora, parte de la controversia del siglo 16 descansaba en la derivación etimológica de la palabra justificación. Nuestra palabra justificación proviene del latín iustificare, y en la Iglesia Medieval lo que pasó fue que la doctrina de la justificación había comenzado a ser expuesta a la luz de los antecedentes de la Vulgata Latina, una interpretación en latín o traducción de la Biblia; en vez de hacerlo sobre la base del Nuevo Testamento en griego.

Y el problema que surgió ya en tiempos de San Agustín fue que el término iustificare en el viejo sistema judicial romano significaba el hacer justo el hacer justo. Iustus ficare significa hacer, y entonces comenzó a surgir la idea de que Dios nunca declararía a alguien justo a no ser que primero Él lo hiciera justo de alguna manera. Considerando que, según los reformadores, la palabra griega neotestamentaria dikaiosuné tenía que ver con esta declaración de alguien o entender que, o llamar a alguien justo, antes de que realmente se convirtiera en justo. Ahora, también es importante decir aquí que parte del debate sobre la justificación se centró en cómo la justificación ocurriría.

Cuando usamos la fórmula justificación por fe, estamos usando una forma de expresión, aquí la palabra «por», se usa como caso dativo que en español vendría siendo el objeto indirecto, por lo que sirve para expresar la persona que recibe la acción verbal.

Parte del debate del siglo 16 se centró en el tema de cuál es la causa instrumental o los medios por los cuales la justificación se lleva a cabo. Ahora en la Iglesia Romana la justificación se considera como requisito de fe, al menos entre los adultos, pero, inicialmente la justificación se lograba a través de lo que Roma llamó la causa instrumental del bautismo.

Es decir, en el sacramento del bautismo la gracia es infundida en el alma. Y la infusión o el verter esta gracia en el alma humana es. gracia salvadora. Y entonces, cuando uno recibe esta infusión de gracia en la infancia, es puesto en un estado de gracia. Y se mantiene en ese estado de gracia a menos que o hasta que la persona cometa un pecado que sea tan grave que es llamado pecado mortal.

Y el pecado mortal se define como mortal en lugar de venial, porque es un pecado tan grave que mata la gracia que está en el alma. Así que una persona pueda llegar a adulto, cometer un pecado mortal, tener aún fe, pero perder la gracia de la justificación.

Así que aquel que está en un estado de pecado mortal puede aún tener fe verdadera y no estar justificado. Ese es un punto crítico a recordar. Así que esa persona, para poder ser restaurada a un estado de gracia, tiene que pasar a través de lo que el Concilio de Trento llamó «La segunda tabla de justificación para aquellos que han naufragado en sus almas». Y la segunda tabla de justificación es definida por la iglesia como el sacramento de la penitencia.

Ahora bien, en un sentido muy real toda la controversia en el Siglo XVI se centra alrededor del sacramento de la penitencia. Sabemos de la polémica controversial que surgió en Alemania cuando Tetzel andaba vendiendo sus indulgencias, y otras cosas. Eso estaba todo vinculado a la doctrina de la iglesia del sacramento de la penitencia, que incluye varios elementos para que aquel que cometió pecado mortal sea restaurado al estado de la salvación. En otras palabras, recuperar la justificación ellos tuvieron que hacer uso del sacramento de la penitencia, que es realizado por la iglesia. Y esto tiene varios elementos, el primero de los cuales es la confesión sacramental.

La persona tenía que ir al sacerdote y confesar sus pecados – Padre, he pecado. He hecho tal y tal y tal y tal. Y también está incluido en el sacramento de la penitencia está la absolución sacerdotal, donde después que el penitente ha hecho su acto de contrición y ha hecho todo lo que la Iglesia requiere, el sacerdote dice: «Te absuelvo». Yo te absuelvo de tus pecados. Y luego, la siguiente dimensión de la penitencia que era requerida para que una persona sea restaurada a un estado de gracia era realizar obras de satisfacción. Así, la fe era requerida; la confesión era requerida; la absolución sacerdotal y las obras de satisfacción eran requeridas. Ahora, la iglesia fue muy cuidadosa en este punto al decir, que estas obras de satisfacción no proporcionaban lo que ellos llamaban meritum de condigno, un mérito que es tan virtuoso, un mérito tan, auténtico, un mérito tan, meritorio que imponía una obligación a un Dios justo para premiar a la persona, sino más bien se trataba de un menor tipo de mérito que Roma define como mérito congruente, meritum de congruo.

Y ese mérito congruente es mérito que es mérito real pero que se basa en la recepción previa de la gracia y es un mérito menor al meritum de condigno, pero meritorio suficiente, para que sea apropiado o congruente para Dios a fin de restaurar a alguien a la justificación.

Entonces, los medios en que la justificación se llevaba a cabo eran principalmente sacramentales. En primera instancia por el bautismo, en segundo lugar, a través del sacramento de la penitencia. Ahora bien, los Reformadores dijeron “no” , la causa instrumental, y allí, ellos están tomando del lenguaje de la iglesia y del lenguaje de la tradición que tiene sus raíces en las sutiles distinciones de Aristóteles sobre los distintos tipos de causas en donde Aristóteles definió la causa instrumental como aquella a través de la cual un trabajo se lleva a cabo y su analogía era como la de un escultor que estaba haciendo una pieza de escultura y fue esculpiendo un pedazo de roca o de madera en una estatua, la causa instrumental de su trabajo sería su cincel. Esa es la herramienta o el instrumento que utiliza para realizar, para cumplir, su propósito.

Los Reformadores dijeron que la causa instrumental de la justificación es la fe. La fe es el medio por el cual la justicia de Cristo nos. es dada. Ahora, esto plantea otro asunto que tal vez sea, más que cualquier otro punto de la controversia, es el centro de la controversia, y ese es el debate entre la gracia que viene a través de la infusión y la gracia que viene a través de la imputación.

Infusión de gracia fue el punto de vista de la iglesia romana donde a través de los sacramentos, la gracia en términos cuantitativos es descrita en términos cuantitativos es infundida o es vertida en el alma de la persona, y ahora esa persona tiene la justicia de Cristo vertida en su alma.

Ahora, sin esa justicia de Cristo, no hay justificación. Los protestantes, siento decirlo, a menudo han calumniado a la Iglesia Romana por haber dicho que la diferencia entre el protestantismo histórico y el catolicismo histórico es que los protestantes creen que estamos justificados por fe y los católicos creen que estamos justificados por obras, como si no hubiera necesidad de la obra de Jesucristo. Eso es pura calumnia para con la Iglesia de Roma.

La Iglesia Romana ha enseñado siempre que la obra de Cristo es absolutamente esencial para nuestra salvación. Pero aquí está cómo funciona. La pregunta, es entonces, ¿cómo es que me llego a apropiar de la obra de Jesucristo y el mérito de Jesucristo? ¿Cómo me beneficia? Bueno, de nuevo, Roma responde a esto por la infusión sacramental de la justicia de Cristo en el alma individual, y luego el individuo tiene que cooperar y asentir a esta gracia infundida a tal grado que se convierta en realmente justo.

Entonces, como declara Trento, la justicia, la verdadera justicia, está inherente en ellos. Y sólo cuando realmente llegan a ser justos a través de la ayuda y la asistencia de la gracia de Cristo, no es en sus propias fuerzas, ellos cooperan con esa gracia, pero una vez que la gracia infundida de Cristo es dada al alma y el pecador coopera con esta a tal grado que el pecador se hace en realidad justo; entonces, y solo entonces, Dios lo declara persona justa.

Esa es una de las razones por las que tienen que tener una doctrina del purgatorio y miles de años de limpieza y purga para seguir trabajando en el alma hasta que la persona llegue a ser lo suficientemente santa para ser declarada justa por Dios.

Ahora, la doctrina protestante es esta: Rápidamente, los protestantes creen que algo se infunde al cristiano en el momento de su conversión, y que es la entrada del Espíritu Santo de Dios que obra en nosotros para ayudarnos y asistirnos en nuestro crecimiento y santificación.

Pero con respecto a la justificación, el punto de vista protestante es que Dios justifica a quienes tienen fe por la imputación. Ahora, imputación significa esto: se trata de una transferencia de la cuenta de una persona a otra, por lo que la justicia de Jesús es transferida ante los ojos de Dios a la cuenta del creyente.

Así que cuando Dios ve al creyente, Él no ve el pecado del creyente, en términos legales, más bien Él ve a esa persona bajo la cobertura de la justicia de Cristo. Y este concepto de imputación tiene dos dimensiones en sí.

Por un lado, la expiación es vista como esencial para nuestra salvación, porque cuando Jesús muere en la cruz, Él muere como un sustituto por nosotros, Él muere vicariamente como el portador de pecado de Israel como el Cordero sin mancha a quien Dios imputa los pecados del pueblo. El drama del Antiguo Testamento del día de la expiación, el sacerdote ponía sus manos sobre la cabeza del cordero, lo que simbolizaba la transferencia de la culpabilidad de las personas a la víctima que sería expulsada de la presencia de Dios. Y así, en términos de la visión de la cruz del Nuevo Testamento, Cristo es el siervo sufriente que lleva los pecados de su pueblo, no porque Él mismo en Su propia humanidad se volviera inherentemente malo, sino que Él es un sustituto por nosotros, y Dios transfiere nuestra culpa a Él.

Y cuando Él muere en la cruz, Él está tomando el juicio negativo, la ira de Dios, para satisfacer el juicio de Dios. Dios castiga realmente nuestros pecados cuando castiga a Cristo, porque Él ha transferido nuestros pecados a Él.

Con frecuencia digo que, si le preguntas a un niño de seis años en la escuela dominical, ¿qué hizo Jesús por ti? El niño ha aprendido lo suficiente en la escuela dominical como para decir: Jesús murió en la cruz por mis pecados. A lo cual digo sí, es cierto, pero ¿qué más? Si lo único necesario para justificar al impío era que Jesús pagara la pena negativa de la maldición de Dios contra el mal, Él podría haber bajado del cielo y haber ido directamente a la cruz y luego volver en gloria. Pero en cambio, Él nació de una mujer, Él se sometió a la ley, y vivió toda su vida en rigurosa obediencia a cada punto de todos los requisitos que Dios le puso a su pueblo. ¿Por qué? ¿Por qué le dijo a Juan «bautízame, que es necesario que cumpla con toda justicia»?

Aquí los Reformadores entendieron el lugar de la obediencia activa de Cristo, que Cristo no solo pagó el castigo negativo por nuestros pecados, sino que positivamente alcanzó la perfecta justicia. Ven, si todo lo que Él hizo era pagar por nuestra culpa, esto simplemente nos pone de nuevo en el punto de partida, nos regresa al estado que Adán tenía antes de la caída, no culpable, sino inocente en el sentido de no tener ningún pecado. Pero sin tener una obediencia positiva a entregarse ante la justicia de Dios, no hay base para una concesión justa de recompensa, la concesión de la vida eterna y de los cielos.

Pero Cristo no solo muere por nosotros. Él vivió por nosotros. Ese es el punto del evangelio, que no solo mis pecados fueron transferidos a Él en la cruz, sino que su justicia perfecta se transfirió a mí, al poner mi confianza en Él.

Así que, cuando Dios nos juzga y nos declara como justos, nos declara justos porque Cristo es justo y porque estamos en Cristo por fe. Y esta es la razón por la que la causa instrumental de la justificación es la fe, porque esta es la fe que es la herramienta o el instrumento que nos une a Cristo.

Ahora bien, Lutero insistió en que el mérito o la justificación por la que los pecadores son justificados es lo que él llama un iustitium alienum, una justicia foránea o una justicia extraña, una justicia que Lutero dijo que era “extra nos” -fuera de nosotros. Si tengo que esperar a que la justicia verdadera se manifieste perfectamente dentro de mí, ¿cuánto tiempo esperaría para ser justificado? Esperaría por siempre.

Pero la buena noticia del evangelio es que Dios justifica al impío gratuitamente, al darle a todo el que cree una justicia que, por decirlo bien, no es propia. Es la justicia de alguien más. Es la justicia de Cristo que cumple por sí sola con el estándar del juicio perfecto de Dios.

Y así, una vez más, cuando se dice que la justificación es solo por fe, es solo un simple atajo para decir que la justificación es solo por Cristo, porque la base de nuestra justificación es el mérito justo de Cristo el único que tiene la justicia perfecta ante los ojos de Dios.

Y eso se nos da gratuitamente cuando creemos. Y así, lo que nos resta por ver en esta breve exposición es, ¿qué quiere decir que estamos justificados por fe? Santiago nos dice, “tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.”

Así que es posible para nosotros pensar en la fe como una simple, aceptación intelectual de ideas correctas, y si dices bien, crees que Jesús murió por ti, y dices sí, sí, yo creo en eso, eso no constituye de por sí fe salvadora. Hay por lo menos tres elementos para la fe salvadora de acuerdo a lo que Reformadores destacaron.

En primer lugar, notitia, que es la información, los datos. Hay contenido en el evangelio que debemos creer. Debemos creer que Jesús es nuestro Salvador. Debemos creer que Él murió en la cruz por nosotros. Debemos reconocer que es cierto que somos pecadores ante un Dios santo. Esa es la información. Y tenemos. El segundo elemento es assensus o la aceptación intelectual. Tengo que aceptar que estas cosas son verdaderas, que Jesús realmente murió por mis pecados.

Pero, de nuevo, no es solo pasar un examen de teología. Una persona puede saber la información, e incluso estar de acuerdo en que es cierto, pero Satanás conoce el contenido y Satanás sabe que Jesús murió en la cruz por nuestros pecados, pero él no está redimido por eso.

¿Por qué? Debido a que el elemento crucial de la fe salvadora es lo que se llama fiducia o fiduccia, lo que significa confianza personal y dependencia. Y la fe salvadora es dada a todos aquellos que ponen su confianza en Cristo y en Su justicia y ponen su confianza solo allí.

Ahora los Reformadores dijeron que la justificación es solo por fe, pero no una fe que está sola, una fe verdadera, si realmente descansas en Cristo, y eres considerado justo por Dios, si tienes fe verdadera, esa fe inmediatamente, necesariamente, e inevitablemente producirá el fruto de la santificación.

Y si no hay fruto inmediato a la justificación, es prueba perfecta de que no hubo justificación, porque la idea de la fe sin el fruto de la obediencia es lo que Santiago llama una fe muerta y eso no puede justificar a nadie. Así que para Lutero la justificación es por fe, la que describe como una fides viva, una fe que está viva, una fe que es vital, una fe que se manifiesta por la fidelidad.

Pero de nuevo el tema en sí ¿es cómo soy justificado? No por mi propia justicia, no por mi propio mérito, sino por la justicia de Cristo y sólo de Cristo.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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