El Dios Verdadero

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R.C.Sproul

Continuando con nuestro estudio de la Santidad de Dios, recordamos que estuvimos viendo detenidamente el relato del llamado de Isaías al oficio de profeta y cómo Dios le dio el indescriptible privilegio de dar un vistazo detrás del velo y observar la magnífica visión del Señor exaltado en su trono, en el santuario celestial, rodeado de Serafines, cuyas huestes angélicas clamaron repetidamente una y otra vez: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos.”

También vimos la reacción y la respuesta traumática que Isaías mismo tuvo ante la presencia de Dios. Como pronunció un oráculo de condenación sobre sí mismo diciendo: “¡Ay de mí! Que soy muerto.” Ahora, lo siguiente que quisiera que veamos es todo el tema del impacto traumático –noten que dije traumático, no dramático— El impacto traumático que la santidad de Dios tiene sobre los seres humanos.

Entendemos que el trauma generalmente se asocia con algún tipo de lesión, ya sea física o sicológica, que deja alguna herida, cicatriz o parálisis a su paso. Bien, lo que experimentamos en nuestra lectura de la respuesta de Isaías a la santidad de Dios, el trauma que le sobrevino, debemos entenderlo como un tipo de trauma que no era infrecuente, sino que, a lo largo de la historia bíblica, cuando la gente estaba cerca de la manifestación de Dios, ellos tenían una experiencia terrible, aterradora y devastadora.

Juan Calvino, al comienzo de su famosa Institución de la Religión Cristiana, cuando hablaba acerca de las respuestas humanas a la santidad de Dios, hizo la siguiente observación, la cual leeré brevemente.

Calvino dijo: “De aquí procede aquel horror y espanto con el que, según dice muchas veces la Escritura, los santos han sido afligidos y abatidos cada vez que contemplaban la presencia de Dios.” Luego continúa diciendo: “el hombre nunca siente de veras su bajeza hasta que se ve frente a la majestad de Dios.”

Lo que Calvino dice aquí y en muchas otras partes es que vivimos la vida, en su mayor parte, en un plano horizontal. A veces cometemos el error fatal de juzgarnos a nosotros mismos y juzgarnos entre nosotros mismos, un criterio que la Escritura señala que no es sabio. Calvino dice que nos permitimos adulaciones, considerándonos a nosotros mismo un poco menos que semidioses, hasta que nuestra mirada se vuelca al cielo.

Y del mismo modo que nos es imposible mirar el brillo directo del sol sin dañarnos los ojos, cuando miramos al cielo y observamos el tipo de ser que es Dios, ésa es una experiencia perjudicial para nosotros, al menos psicológicamente. Como dijo Calvino, quedamos devastados por el contraste evidente que existe entre la santidad de Dios y nuestra propia impiedad. ¡Y esto es traumático!

Recuerdo que al comienzo de mi carrera docente, estaba enseñando en un seminario en el campus de una Universidad en Filadelfia, y uno de los cursos que debía enseñar era sobre ateísmo. Les dije a mis alumnos que leyeran las fuentes primarias de algunos de los pensadores ateos más formidables de la historia occidental. Tuvieron que leer obras de Feuerbach, Nietzsche, Kaufmann, Marx, Sartre, Camus y otros; Descubrimos mientras leíamos las obras de estos ateos, que en el siglo XIX había una corriente común entre los eruditos que hablaban acerca del ateísmo.

Ellos no desperdiciaban mucho su tiempo en tratar de probar que Dios no existe. Eso se podía asumir tácitamente. Lo que ellos decían era que si ahora sabían que no hay Dios, después del período de la Ilustración, ahora se les ha dejado con un pregunta de fondo: Puesto que no hay Dios, ¿cómo podemos explicar la presencia casi universal de la religión?

Si Dios no existe y la religión humana no es una respuesta a la existencia de Dios, ¿por qué el ser humano parece ser incurablemente, no solo homo sapiens, sino homo religiosus, que el ser humano, en todas sus culturas, está involucrado en algún tipo de religión.

La pregunta era simple. Si no hay Dios, ¿por qué hay religión?

Muchos de estos estudiosos en el siglo XIX trataron de dar una explicación creíble de por qué se inventó la religión. Creo que la mayoría de nosotros estamos familiarizados con el comentario atribuido a Karl Marx, aunque realmente lo tomó prestado de otra persona: La religión es el opio de los pueblos. ¿Qué quiso decir con esto? El opio es un estupefaciente. Un narcótico es algo que embota los sentidos. Lo que Marx estaba diciendo era que las personas recurren a la religión para aliviar su dolor, para buscar muletas y poder ayudarse a navegar en el mundo problemático en el que vivimos, para aliviar el dolor, para opacar la sensación de estar solos en un universo indiferente.

Bueno, toda clase de personas, como dije, trata de dar explicaciones acerca de la religión y hay un hilo común que las une, y esa es la explicación psicológica del origen de la religión. Y uno de los argumentos más popular y famoso, fue el argumento dado por Sigmund Freud. Veamos lo que dice. Freud, como psiquiatra, creía que el ser humano tiene un sentimiento de temor muy poderoso y sicológico. Le tememos a muchas cosas, a todo aquello que nos amenaza.

Y hay muchas cosas en el mundo en que vivimos que representan un peligro claro y presente para nuestro bienestar. Gente que podría levantarse enojada y atacarnos físicamente, tratando de matarnos, ya sea de manera individual o en gran escala, en una guerra que infunde terror en nuestros corazones.

Pero además de la esfera humana del miedo y el peligro, también existe el reino impersonal de la naturaleza, en especial en épocas anteriores donde no se contaba con protección contra las fuerzas de la naturaleza tal como contamos hoy en día, tiempos donde la gente estaba más expuesta a los caprichos de la tormentas, las sequías, las inundaciones (aunque esos desastres todavía nos asustan hoy en día), tiempos donde enfermedades como el cólera o la peste podían arrasar con poblaciones enteras; la vida parecía más frágil y la naturaleza parecía tan amenazante para nuestra humanidad.

Una de las tareas de la ciencia que percibimos en nuestros días es domar, de alguna manera, esas fuerzas ingobernables de la naturaleza: como el huracán, el tornado, las inundaciones o el fuego. Y esos fueron los términos en que Freud lo explicó.  Él dijo que hemos aprendido a tratar con personas amenazantes. No, no siempre lo hacemos con éxito, pero si alguien manifiesta ira contra mí y viene hacia mí con una actitud hostil, he aprendido formas que para tratar de desarmarlo y reducir su hostilidad.

Podría, por ejemplo, adularlos. Decimos: espera un minuto. ¿Por qué estás enojado conmigo? Soy el presidente de tu club de fans, te admiro. Me encanta tu carácter tan distinguido. Me estás atacando sin razón. O simplemente podemos tratar de negociar con ellos. El asesino viene y me apunta con el arma y digo: espera un minuto, ¿tú no quieres matarme sólo por un par de billetes que tengo en el bolsillo?

Tengo mucho más en casa o en el banco.  Vamos a hacer un trato. Si perdonas mi vida, te daré todo mi dinero. Puedo intentar sobornarlo y ofrecerle regalos o cosas.  O simplemente puedo apelar a su sentido humano de misericordia y ponerme de rodillas, rogarle y suplicarle que me perdone la vida. Hemos visto este tipo de reacciones.

Estas son algunas de las técnicas que hemos aprendido en cuanto a cómo lidiar con las personas que nos amenazan a nivel personal. Freud dijo, …pero el dilema que tenía el hombre antiguo era ¿cómo negociar, dialogar o defenderse del cólera, de la peste, de un tornado, una inundación o un terremoto? Estas fuerzas de la naturaleza que son peligros claros y evidentes para nosotros, son impersonales. No tienen oídos para escuchar. No tienen corazón al que podamos apelar.  No tienen emociones.

Entonces, Freud dijo que la forma en que la religión surgió fue esta. Lo primero que hizo el ser humano antiguo fue personalizar la naturaleza, es decir que ellos inventaron la idea de que la tormenta estaba habitada por algún tipo de espíritu personal. Había un dios de la tormenta. Un dios en el terremoto, un dios en el fuego y había dioses que estaban relacionados con diversas enfermedades. Las enfermedades venían de espíritus malos o demonios. De esta manera ahora se podía aplicar las técnicas usadas contra fuerzas hostiles personales, a las fuerzas impersonales, las fuerzas impersonales de la naturaleza.

Ahora podemos suplicar al dios de la tormenta, rezar al dios de la tormenta, hacer sacrificios al dios de la tormenta y cosas por el estilo, arrepentirse ante el dios de la tormenta, hacer todo lo posible para aplacar la ira de los dioses a fin de eliminar la amenaza. Así que para Freud esa es la fuerza sicológica impulsora del origen de la religión, por la cual la naturaleza, que es básicamente impersonal, ahora es personal y sacralizada, es decir, hecha sagrada. Y empezamos a adorar a la luna o al terremoto o a la tormenta, como muchas religiones lo han hecho.

Estoy fascinado con la explicación de Freud acerca del origen de la religión, porque es posible. Supongamos que no hay dios. Sin duda sería una explicación razonable para entender cómo las personas pudieron volverse religiosas. Es posible, teóricamente, que no haya Dios, teóricamente, y que aun así haya religión.

Sabemos que somos capaces de fantasear. Sabemos que somos capaces de imaginar y así lograr la creencia en cosas que realmente no existen. De hecho, la biblia está repleta de críticas a la religión falsa que hace precisamente eso, en especial con respecto a la adoración de ídolos.

¡Imagínense!, imaginen lo tonto que puede ser el ser humano como para que una persona vaya a su taller, a su mesa de trabajo, tome un bloque de madera o piedra, lo trabaje minuciosamente con sus herramientas y vaya dando forma a esa pieza de madera amorfa y la convierta en una hermosa estatua de un animal o de una persona.  Luego, con cuidado, la lija, la pule y quizá la pinta, después, cuando ha terminado, limpia el piso, devuelve las herramientas a su lugar, y ya al final, se pone de rodillas ante la estatua de madera y empieza a hablarle y a pedirle que le proteja, le libre, le proporcione alimentos y trata a esta estatua como si fuera una deidad. Cuando recién la acaba de hacer con sus manos, de un trozo de madera o piedra.

Y la Biblia realmente se burla de la idolatría, de forma cruda, de todos aquellos que realmente hacen esto, tomar algo que es impersonal y tratarlo como si fuera una persona sagrada. Eso es lo que hace la idolatría. Ahora, creo que Freud ha demostrado que es posible que las personas inventen a Dios si Dios no existiera. Una cosa es decir que una persona es capaz de cometer un crimen, pero eso no prueba que realmente esa persona cometió un crimen. Puedes tener medios, motivos y oportunidades y aún ser inocente. Puedes encontrar diez mil personas más que tengan medios, motivos y oportunidades, pero solo por el hecho de tener medios, motivos y oportunidades, no significa que lo hicieron.

Creo que Freud ha demostrado que el ser humano tiene los medios, el motivo y la oportunidad de inventar la religión.  Eso no quiere decir que realmente sucedió así. Pero tengo algunas preguntas. Y quizá usted ahora mismo también tenga preguntas.

¿Qué tiene que ver todo esto con la santidad de Dios?

Tiene mucho que ver con la santidad de Dios. Porque lo que he descubierto leyendo las Escrituras y lo que deseo mostrar en los días venideros es que, si vamos a inventar un dios que nos redima de la amenaza y del peligro del trauma, mi pregunta es: ¿inventaríamos un Dios, quien en su carácter fuera diez veces más amenazante que las amenazas que hemos inventado para que él las venza? Sí, puedo imaginar que podamos inventar a un Dios que habita en la tormenta y demás, un dios benevolente que se apacigua fácilmente y que incluso pueda ser un dios malo, un espíritu malo.

Hasta podría tener todos las características que le atribuiríamos a iconos religiosos, pero, ¿inventaríamos uno que es santo? ¿De dónde viene eso? Lo que espero que empecemos a ver es que no hay nada en el universo más aterrador, más amenazante al sentimiento de seguridad y bienestar de una persona, que la santidad de Dios.

No creo que podamos crear eso, a menos que seamos masoquistas, porque lo que vemos aquí, a través de las Escrituras, es que el Dios a quien la Biblia revela es un Dios que gobierna sobre la tormenta, sí, que gobierna sobre el terremoto, sí, que es un Dios que reina sobre todas las fuerzas amenazantes a las que tememos. Pero qué Dios, dentro y fuera de él, nos asusta más que cualquiera de esas cosas, y con justa razón, porque entendemos que nada representa una amenaza mayor para nuestro bienestar futuro que la santidad de Dios.

Me sorprende la gente cuando discuto con ellos acerca del cristianismo y, a menudo, me dicen: “bueno, está bien que tengas una fe religiosa en Cristo, pero no siento la necesidad de Cristo”. Y yo les digo, bueno, si Dios es santo, entonces necesitas a Cristo. No hay nada más apremiante en la vida que la necesidad de un Salvador, porque si Dios es santo y él es tu juez, y tú no eres santo, entonces tienes algo que temer, algo que temer que finalmente es mucho más devastador que un tornado o el cólera. Como dice la Biblia, es algo terrible caer en las manos del Dios vivo.

Y entonces, lo que quisiera mostrarles en nuestros próximos mensajes, es el retrato bíblico del carácter traumático de la santidad de Dios, el cual implica una amenaza primaria y fundamental a nuestro sentido de seguridad.

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo de hoy, tengo un par de preguntas simples y prácticas para que se las hagan a ustedes mismos. ¿Usted tiene miedo de Dios? Y la segunda pregunta es ¿Le agrada Dios? ¿Le gusta el concepto bíblico de Dios o es hostil al concepto bíblico de Dios?

Les hago esta pregunta por la siguiente razón: las Escrituras enseñan que, por naturaleza, en nuestra humanidad caída, estamos en enemistad con Dios, no queremos tener a Dios en nuestro pensamiento, pero no somos indiferentes o neutrales con respecto a Dios, sino que hay como un dominio básico que reside en lo profundo de nuestras almas contra nuestro creador.

Y que ese desagrado, ciertamente ese odio, es tan fuerte que cuando Dios se hizo carne, los seres humanos no pudieron esperar hasta destruirlo.

Jonathan Edwards una vez comentó que si Dios mismo hiciera su vida vulnerable y expuesta a manos humanas, no sobreviviría por un minuto.

Así de profunda es nuestra incomodidad en su presencia.

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R.C.Sproul

Continuando con nuestro estudio de la Santidad de Dios, recordamos que hemos estado viendo detenidamente y de cerca los registros del llamado de Isaías al oficio de profeta, lo cual encontramos en el capítulo 6 del libro con su mismo nombre. Y hemos visto la respuesta de los ángeles y los serafines al esplendor revelado de la santidad de Dios mientras cantan su respuesta antifonal: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos.

Toda la tierra está llena de su gloria.” Y vimos también la respuesta de Isaías a esta demostración del carácter de Dios en donde Isaías se maldice diciéndose a sí mismo: “¡Ay de mí, que soy muerto!” Vemos a Isaías arruinado, gritando que él es un hombre de labios inmundos y que habita en medio de un pueblo de labios inmundos.

Pero ahora nos queda la pregunta: ¿qué hace Dios con este hombre que ahora se está maldiciendo a sí mismo, que está postrado ante Dios, que clama por su propia suciedad e inmundicia? ¿Acaso responde Dios desde el cielo mirándolo y diciendo: sí, tú, gusano, eres inmundo, yace allí en la tierra y agoniza por siempre; tú no me importas?
Eso no es lo que Él hace.

Déjenme decirles, queridos amigos, qué más Dios no hace. Dios no mira a Isaías y le dice: oh Isaías, no seas tan melodramático; no te lo tomes tan a pecho. Tienen una autoimagen tan negativa. ¿No sabes qué clase de Dios soy? Yo soy un Dios que te acepta tal y como eres, que mi amor por ti es incondicional y no me importa que estés contaminado con este pecado. Dios no dijo eso a Isaías ni ha dicho eso a nadie.

Y de alguna manera, de algún modo tenemos que detener este evangelio de la gracia barata que cruza las vías respiratorias de todo el mundo como si el reino de Dios fuera el vecindario del Chavo, que le dice al mundo que Dios acepta a las personas tal como son. Ahora, la verdad detrás de esa distorsión es que el evangelio de Dios no espera que nos volvamos puros, santos y perfectos antes que Él entre en una relación salvífica con nosotros.

Dios no demanda perfección. Dios no demanda pureza antes que Él nos redima. Mientras aún somos pecadores es que Cristo muere por nosotros. Ese es el evangelio. Pero no exageremos tanto ese evangelio como para decir a las personas que no tienen que hacer nada. Ellos tienen que arrepentirse. Y si no nos arrepentimos, Dios nunca nos recibirá en Su reino. Y si nunca nos arrepentimos, Él nos dejará en la tierra gritando delante de Su santidad.

Él demanda que pongamos nuestra fe en su Hijo unigénito confiando en él y sólo en él y su justicia para que podamos tener el perdón de los pecados. Sí, en cierto sentido Dios ama a todos incondicionalmente, en el sentido de que no hay condiciones que tenemos que cumplir antes de que Dios nos dé Su gracia común, Su amor de benevolencia por el cual derrama su lluvia sobre justos e injustos.

Pero hacemos una distinción en teología entre el amor de la benevolencia de Dios y su amor complaciente. Ese amor complaciente, no en el sentido de la indiferencia, sino en el amor que disfrutan aquellos que han sido adoptados en Su familia, el amor redentor de Dios. Y ese amor no es incondicional. Para recibir ese amor, que Esaú no recibió pero que Jacob sí recibió, se requiere de fe. Requiere una respuesta de reconocimiento de nuestro pecado y nuestra necesidad desesperada del perdón de gracia de Dios para poder ser parte de su familia.

Isaías recibe el amor de Dios, el amor de la complacencia, el amor de la redención, cuando Isaías recibe el perdón por su pecado. Pero déjenme decir algo al mirar este relato de la purificación de Isaías, que la gracia que redime a este hombre quien está sobre su rostro maldiciéndose a sí mismo ante Dios, no tiene nada de barato en absoluto. Es una gracia que viene con el pesado precio y en el contexto del dolor extremo. Amados, permítanme preguntarles algo:

Alguna vez, te has arrepentido, en realidad, de tu pecado. Hay algo completamente dulce y liberador al arrepentirnos verdaderamente de nuestros pecados. Cuando nos presentamos ante Dios con toda honestidad, sin minimizar la situación, sin dar mil excusas ante Él, sino más bien clamando: ¡Oh, Dios, he pecado contra Ti! Contra ti, contra ti solo he pecado, tal como clamó David en el Salmo 51.

Y dicho sea de paso, déjenme decirles a manera de paréntesis que, si no saben qué es el arrepentimiento, pueden invertir una hora reflexionando en el Salmo 51 donde David derrama, bajo el ímpetu del Espíritu Santo, las expresiones de un corazón quebrantado y contrito delante de Dios. Cuando hacemos eso, hay algo dulce, algo que es un deleite, algo liberador al hacer una confesión abierta ante Dios. Pero, al mismo tiempo, amados, siempre hay algo doloroso que acompaña la confesión. No es divertido arrepentirse. Hay algo extremadamente costoso en ello, porque tenemos que mirarnos al espejo y darnos cuenta de que no fuimos tan buenos como creemos ser.

Entonces, cuando Isaías maldice: “¡Ay de mí, que soy muerto!”, Estoy arruinado, me estoy desmoronando y llora ante Dios porque ha visto a Dios cara a cara en la visión. Lo siguiente que sucede es que Dios toma la iniciativa y los Serafines ahora se mueven desde arriba del trono de Dios, de estar ejerciendo sus obligaciones y deber de celebrar a Dios en adoración. Ahora, en el servicio a Dios, Dios dirige al ángel para ir al altar.

Ahora, permítanme decir que, generalmente eso es lo que sucede en la salvación, hay un altar involucrado. En el Antiguo Testamento fue comunicado a través de las imágenes del altar del holocausto y del sacrificio. No hay redención en el Nuevo Testamento excepto por el altar del Gólgota donde Cristo fue levantado como nuestro sacrificio por una vez y para siempre. Y en ese altar sagrado, la expiación fue hecha por nuestros pecados. Isaías nos dice esto: “Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas;” Estos carbones estaban al rojo vivo. Habían estado ardiendo allí en el santuario, estaban incluso calientes para el toque del ángel. Entonces los serafines deben usar tenazas para recoger ese carbón. Bueno, ¿qué hace él con eso? Dios le ordenó que volara a la tierra donde estaba Isaías postrado y que tomara ese carbón vivo del altar y que lo colocara sobre los labios de un hombre.

Tenemos costumbres muy extrañas como seres humanos para expresar nuestro afecto y cuidado. ¿Qué es romance sin un beso? No nos frotamos la nariz para comunicar afecto. Nos besamos. Y el instrumento que usamos para la ternura de un beso, son los labios. ¿Por qué? Porque los labios son, de alguna manera, los que guardan la entrada a nuestras almas, los labios sellan nuestras lenguas para que no expresen mentiras o falsedades, los labios pueden ocultar el veneno de las zarzas, como dicen las Escrituras, en su superficie están algunas de las terminaciones nerviosas más sensibles que tenemos en la piel.

Cuando los labios tocan tiernamente los labios de otra persona, comunican las profundidades del afecto. ¿Has experimentado el morder algo que estaba demasiado caliente? Una sopa que estaba muy caliente y dejaste caer la cuchara y dijiste: oh, me quemé los labios; y sabes cuán doloroso es probar algo muy caliente. Pero, ¿te imaginas un carbón encendido al rojo vivo que se coloque en tus labios, poniéndotelo en la boca? El dolor que eso sería.

Ahora, miramos este texto y decimos: ¿qué clase de Dios es este, que cuando un ser humano se humilla en oración, en arrepentimiento, contrito, simplemente no le dice a Isaías: te perdono? ¿Por qué este acto que parece ser un castigo cruel e inusual? ¿Cuál es el propósito del carbón? El propósito del carbón no es castigar a Isaías. El carbón se trae para la limpieza… La boca de Isaías está sucia. Necesita limpieza. Él es una persona herida. Y en la antigüedad, hasta el siglo XX, el procedimiento estándar para la limpieza y curación de una herida era el proceso de la cauterización mediante el cual el fuego purificaba la herida para evitar que la infección y el veneno se acumulen y se vuelvan fatales.

Por eso, Dios se inclina en misericordia para limpiar a su siervo y le ordena al ángel que venga con el carbón ardiente y se lo ponga sobre los labios, y no quiero ser muy gráfico aquí, pero estoy pensando que cada ángel ahí, podía oír el chisporroteo de la carne chamuscada cuando ese carbón tocó los labios. Pero noten que Isaías no dice nada sobre el dolor.

Me preguntó si siquiera lo sintió, porque al mismo tiempo que los ángeles actuaron para purificar, Dios habló. Y las palabras de Dios que cayeron sobre los oídos de Isaías fueron las palabras más maravillosas que Isaías o cualquier ser humano pudieron escuchar. “Y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.”

Ahora Isaías escucha un oráculo del ángel de Dios, que es el supremo oráculo de la bienaventuranza. “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.” Déjenme decirlo de nuevo, amados. “y es quitada tu culpa.” ¿Qué darías para poder llamar a un camión de basura para que vaya a tu casa no a sacar la basura de tu ático o garaje, sino para que quite el pecado de tu alma y lo entierre en algún lugar?

La esencia del Evangelio de Jesucristo es el anuncio de la remisión de los pecados, y que algo sea remitido indica ser eliminado, quitado. ¿Y qué le dice Dios a su pueblo? “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.” Ven, Él dice, el profeta Isaías en el primer capítulo, “Ven y estemos a cuenta: Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.” ¿Qué tan roja es la mancha en tu alma? ¿Es carmesí?

Isaías dijo que todos estamos en esa condición, pero oí esta voz que me decía: mira, tus pecados han sido quitados. Tus transgresiones han sido eliminadas. Y tus pecados han sido purgados. No solo perdonados, sino limpiados. Te estoy limpiando la boca sucia.

Ya no tengo contra ti los pecados que salieron de esa boca. Te estoy dando una boca pura y te estoy poniendo en la boca, Isaías, mis palabras, para que ahora lo que salga de tus labios no se blasfemia ni maldiciones ni mentiras, sino que ahora hablarás mi Palabra.

Y mientras Isaías escucha este glorioso anuncio de su redención, escucha algo más. Dios dijo: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Y lo primero que Isaías dice con labios ampollados pero puros es: “Heme aquí, envíame a mí.” No aquí estoy, No es una declaración de su ubicación. Él no está preocupado por la geografía. Dios sabe muy bien dónde está, pero Dios dijo: ¿Quién irá por mi? ¿A quién enviaré? E Isaías dice: Aquí estoy. Envíame.

La incongruencia de esto. Dos minutos antes, este Isaías acababa de anunciar que tenía la boca sucia. ¿Por qué debería ir y ser el portavoz de Dios? Él es la persona más descalificada en el mundo para hablar por Dios, ¿hasta qué? Hasta que él fue perdonado. La única calificación verdadera que alguien haya tenido para ser portavoz de Dios es que esa persona haya experimentado lo que significa ser perdonado. Todo el estudio en el seminario nunca puede calificarme para ser un predicador. La única credencial que tenemos todos nosotros es que hemos experimentado el perdón de Cristo.

Y entonces Isaías dijo, ey, si estás buscando a alguien para enviar, no busques más. Iré a donde quieras que vaya. Me arrastraré sobre el vidrio. Se lo diré a todo el mundo, porque he visto al Rey. He contemplado la gloria de Dios. No estoy avergonzado del Evangelio de Dios No puedo esperar para contarle al mundo entero sobre esta experiencia, sobre este momento de mi vida.

Sí, es doloroso. Sí, apenas puedo hablar. Mi boca está llena de ampollas, pero por primera vez en mi vida, estoy limpio. Ahora entiendo quién eres. Entonces, envíame.

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo para hoy, quiero hacerte una pregunta muy personal y práctica.

¿Sabes en tu alma que tus pecados han sido perdonados por Dios? ¿Tienes la seguridad de que a los ojos de Dios estás limpio?

Sabes que Dios no es ciego y sabes que Él conoce el pecado que está en tu alma, que está en tu boca, que está en tu vida. Pero también ha provisto una cobertura para eso, con el manto de la justicia de Cristo. Y todo el que está adornado con ese manto de la justicia de Cristo, es aceptable ante el Padre.

Pero para recibir esa limpieza, uno debe confiar en Cristo y solo en Cristo. Si confías en tu rectitud, si confías en tu desempeño, si confías en tus esfuerzos eso es todo lo que podrás presentar ante un Dios santo. Y no será suficiente. Pero si pones tu confianza en la justicia de Cristo, entonces puedes estar seguro de que Dios dirá: Tus pecados te son perdonados y tus transgresiones han sido removidas.

 

Encontrando la Gloria

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Al continuar con nuestro estudio de la santidad de Dios, recordemos que hemos estado mirando de cerca las circunstancias que rodearon el llamado del profeta Isaías al ministerio. Y hemos visto el marco histórico con la vida trágica del rey Uzías. Hemos visto la respuesta de las criaturas celestiales, los serafines ante la cegadora gloria de la santidad de Dios. Hemos considerado la afirmación de que toda la tierra está llena de su gloria, e incluso observamos las diversas respuestas que las personas tienen hacia esta gloria, cómo la mayoría de nosotros hemos ido por la vida y la dejamos pasar aun cuando nos está mirando directamente a los ojos. Pero lo que es más importante de considerar ahora es la respuesta de Isaías mismo a la experiencia de mirar en la cámara interior del cielo y mirar el despliegue glorioso de la santidad de Dios.

Vayamos de vuelta al texto y veamos la respuesta de Isaías. Leemos en el verso 4 de Isaías 6 que, “los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenaba de humo”. Luego leemos estas palabras de Isaías, “Entonces dije: ¡Ay de mí! Que soy muerto, porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al rey, Jehová de los ejércitos”. Como ya se los he mencionado antes, cuando vemos la triple repetición de la canción de los serafines celebrando la santidad de Dios en la que decían, “Santo, santo, santo”.

Y ya les he explicado que hay técnica literaria inusual involucrada que le era común al pueblo judío. En esta frase que es pronunciada por Isaías, “¡Ay de mí!, que soy muerto” encontramos algo que es intensamente judío que podríamos leer muchas, muchas veces y perder su significado.

Un profeta del Antiguo Testamento era alguien separado por Dios, ungido por el Espíritu de Dios y comisionado para anunciar la palabra de Dios a su pueblo. Él era un hilo conductor de revelación sobrenatural. Él fue dotado y autorizado para hablar los pronunciamientos de Dios. Y esos pronunciamientos que fueron pasados y canalizados a través de los profetas fueron básicamente de dos clases o dos tipos. Ellos eran tanto pronunciamientos positivos o pronunciamientos negativos. Eran buenas noticias o malas noticias.

Vemos, por ejemplo, en el Nuevo Testamento, que en el Sermón del Monte cuando Jesús dio su famosa lista de bienaventuranzas, él usó una fórmula que era común a los profetas de Israel. Y la forma de la fórmula era el uso de lo que fue llamado un oráculo.

Ahora hemos oído del famoso oráculo de Delfi, donde los reyes de la antigüedad y los sacerdotes iban a consultar a ese oráculo buscando conocer el futuro, con la esperanza de que el oráculo les daría una predicción profética del resultado de una guerra, de una inversión de negocios o de lo que fuera. Y el oráculo anunciaría su mensaje, y ellos usarían una fórmula particular que sería conocida como la fórmula oracular. Y como dije, la fórmula de un oráculo puede ser positiva o negativa.

En las bienaventuranzas, cuando Jesús dice bienaventurados los pobres, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados y así. Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados. Bienaventurados los pacificadores porque serán llamados hijos de Dios. Allí está usando la fórmula judía porque un oráculo de prosperidad, un oráculo que comunicaba buenas nuevas era precedido por la palabra “bienaventurado”. Para un judío, el ser bendito era ser llevado más cerca de la presencia de Dios.

Me disgusta cuando los traductores modernos traducen “bienaventurado” o “bendito” con la palabra “feliz” porque nuestra palabra “felicidad” se ha desvalorizado por el uso superficial del término. Hoy decimos que la felicidad es abrazar una mascota. Bueno, lo que obtenemos de un perro cálido está bastante lejos de lo que la Biblia habla de ser bendito o ser bienaventurado.

La idea de bienaventuranza podría ser vista en la bendición del Antiguo Testamento, donde la bendición hebrea es algo como esto, “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. ¿Han notado el paralelismo simétrico en este pasaje? La bendición es comunicada en la imagen concreta del rostro de Dios. Ser bienaventurado es vivir Coram Deo, vivir delante del rostro de Dios, vivir en la inmediata presencia de Dios, donde el Señor hace que su rostro brille sobre ti, donde el Señor alza sobre ti la luz de su semblante.

Si alguna vez viste la película Ben Hur, hay un momento magistral en el film. Cuando Ben Hur está en cadenas y ha sido reducido al nivel de esclavo, y al estar con un grupo de esclavos está siendo tratado con despreciable humillación. Él es arrastrado hasta la orilla de un pozo y ni siquiera puede levantarse de sus rodillas. Está sediento, está débil, está herido, maltratado y derrotado. Él está tirado en el polvo y con cadenas. Y está tan sediento. De repente todo lo que puedes ver en la pantalla es el paso de una sombra humana, y oyes una voz. Y Ben Hur voltea su rostro y mira hacia arriba a quien sea que esté parado allí. Y quienquiera que está parado allí se inclina y le da a Ben Hur un vaso con agua fría.

Lo que vemos es una dramática e inmediata transformación en el semblante de Ben Hur mientras mira en el rostro de quienquiera que le está dando esa agua fría. Y nunca vemos a esa persona, pero no hay duda que quién Ben Hur acaba de encontrar es Cristo. Y al mirar el rostro de Jesús, el brillo del semblante del esclavo cambió. Y en un segundo Ben Hur experimentó la bendición. “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”. Ese es el oráculo de buenas noticias. Ese es el oráculo de bendición. Pero el concepto opuesto en el Antiguo Testamento a la bienaventuranza es la idea de maldición, otra palabra que ha sido trivializada en nuestra cultura.

Hoy pensamos en maldiciones como algo que médicos brujos colocan sobre un muñeco y cosas como esas. Pero en Israel, era la expresión suprema de la ira y el juicio de Dios. Recordemos que en el libro de Deuteronomio, cuando Dios establece su Ley delante de su pueblo y dice que si guardamos los términos del pacto, entonces benditos seremos en la ciudad. Benditos seremos en el país. Benditos seremos cuando nos levantemos. Benditos seremos cuando vayamos. Benditos seremos en la casa. Benditos seremos en la habitación. Benditos seremos en todas partes.

Luego hay un fuerte contraste, sin embargo, cuando Dios dice que si quebramos su ley, si rehusamos obedecer su voluntad, entonces seremos malditos en el país y lo seremos en la ciudad. Malditos serán nuestros cultivos y maldita será nuestra familia. Malditos seremos cuando nos sentemos y cuando los levantemos.

Así vemos esta ominosa idea de maldición. Bueno, la maldición para los judíos es exactamente lo opuesto, la antítesis de bienaventuranza. Y ésta alcanza su momento más terrible y doloroso con la imagen de Dios dando la espalda. En vez de hacer resplandecer la luz de su semblante al maldito, Él los lanza a la más terrible oscuridad. En vez de hacer que su rostro brille en el maldito, Él remueve por completo su rostro de entre ellos.

Yo he tenido serias discusiones con muchos acerca del concepto bíblico del infierno donde hay personas que me dicen, “RC, ¿tú crees que el infierno es la ausencia de Dios? Y les digo que sí, y como que respiran aliviados como si dijeran, ¿eso es todo entonces? Y les pregunto, ¿pueden imaginar algo más terrible que la absoluta ausencia de Dios en términos de su benevolencia? Les digo a ellos que dicen que la guerra es un infierno o que el dolor es un infierno o que un mal negocio es un infierno.

Ellos usan una hipérbole porque si pudieras hoy encontrar una persona en este planeta que está en el estado más terrible de dolor, sufrimiento y tormento que cualquiera pudiera experimentar en este mundo, sin embargo, esa persona no está total y absolutamente despojado de la compasiva presencia de Dios. No hay una esquina de este planeta sin que al menos brille algo de la luz del rostro de Dios.

Pero dentro del simbolismo judío se piensa que la peor de todas las cosas, la más grande pesadilla de la humanidad es estar en una situación donde la bendición es totalmente ausente, y solo la maldición permanece, solo el abandono está allí. Esas son malas noticias. Ese es el pronunciamiento de la fatalidad.

Les he mencionado que solo una vez en la Escritura un atributo de Dios es elevado al tercer nivel donde la santidad de Dios es declarada, “santo, santo, santo”. Pero hay un pasaje en el Nuevo Testamento, en el Apocalipsis, donde el juicio de Dios es descrito con un simbolismo gráfico, donde los ángeles vuelan a través del cielo más oscuro y ellos dan su oráculo de fatalidad contra este planeta en el cual estas criaturas aladas claman con la misma intensidad de los serafines, “ay, ay, ay”.

Y la copa de la ira de Dios fue derramada en el mundo. Ahora, la palabra que anuncia tal juicio viene en la forma de un oráculo. Es el oráculo del ay. Cuando la palabra de Dios pronuncia fatalidad y juicio, los profetas usan el término “ay”, tal como lo hizo Jeremías a la nación y a la ciudad, “¡Ay de ti, Moab! pereció el pueblo de Quemos; porque tus hijos fueron presos en cautividad, y tus hijas para cautiverio”.

Así como Jesús usa la fórmula oracular en su denuncia radical en contra de los fariseos y los escribas que estaban supuestos a ser los líderes de la devoción, los ministros de gracia, pero fueron los más duros opositores al Hijo de Dios. Él les dijo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros”. Una y otra vez Jesús entrega el oráculo profético de fatalidad a aquellos hombres. “Ay de vosotros, escribas y fariseos”.

Pero si hacemos la pregunta, ¿cuál es la primera profecía de Isaías, cuál es el primer oráculo pronunciado por este magnífico profeta del Antiguo Testamento. El primer pronunciamiento del profeta Isaías no es contra Damasco, no contra Israel, no contra Judá, no contra los escribas, no contra los fariseos.

Su primer oráculo profético es entregado contra él mismo, porque cuando ve la develada gloria y santidad de Dios, él clama, “¡Ay de mí!” Estoy maldito. Soy digno de ser tirado en la más absoluta oscuridad. “¡Ay de mí!” él clama, “… que soy muerto”. Intencionalmente estoy usando la Reina Valera del 60 porque he leído traducciones que dicen, “Ay de mí porque estoy arruinado”. Nadie habla más de estar muerto o deshecho. ¿Qué es lo que esto significa?

Me agrada la selección de sus palabras. Porque podrán ver, amados, que lo que Isaías está experimentado en este momento del encuentro con la santidad de Dios es el proceso que podríamos llamar desintegración psicológica. Nosotros decimos que una persona, que es virtuosa, es una persona íntegra, completa. En lenguaje coloquial diríamos que no tiene quiebres. Esto quiere decir que los varios componentes de su vida están integrados, y que es, por lo tanto, una persona de integridad.

Bueno, si hubiéramos hecho una encuesta en Israel y hubiéramos ido por la ciudad y por los campos y hubiéramos preguntado, ¿quién es el hombre con mayor integridad entre ustedes? De seguro que el mayor candidato en el siglo VIII antes de Cristo hubiera sido Isaías, el pilar de la comunidad, el modelo de virtud. El hombre que ya era distinguido por su aparente rectitud se acaba de encontrar con el Dios viviente y ha salido deshecho. ¿Es de extrañar que las personas eviten estar muy cerca de un Dios santo?

Como lo he dicho antes, lo que pasó en el mismo instante fue que, por primera vez en su vida, Isaías realmente entendió quién era Dios. Y la reacción inmediata y la consecuencia fue que, por la primera vez en su vida, Isaías conoció quién era Isaías. Evitamos el contacto con lo santo porque sabemos que no somos santos. Pero tratamos de reprimir tal evaluación. No queremos oír que no somos santos. Queremos que la gente nos diga cuán grandes somos, cuán rectos somos y cuán virtuosos somos.

Una de las cosas más peligrosas para mí, o para cualquier ministro, es hablar acerca de la santidad de Dios porque, tan pronto lo hacemos, tenemos gente que se apresura en venir para decir, “oh reverendo, tú debes ser tan santo, porque solo una persona santa amaría esas cosas”. Y digo, “esperen un minuto. Si estoy obsesionado y preocupado con la santidad de Dios, no es porque sea santo. Es porque no lo soy y lo sé. Y sé que mi única esperanza descansa en un Dios santo que está preparado para perdonarme. No hay otra forma posible de seguir en pie, no puedo engañarme a mí mismo”. Y todas las bromas terminaron para Isaías. Un vistazo de la develada santidad de Dios, y él se desintegró. “¡Ay de mí! que soy muerto, porque siendo hombre inmundo de labios”. Tengo una boca sucia. Mis labios revelan mi carácter. Las cosas que digo no son puras. Miento. Blasfemo. Maldigo. Y me doy cuenta en esta instancia que no solo mi boca es sucia, sino que es algo común. Es contagioso. “… y habito en medio de pueblo que tiene labios inmundos”.

Nuestros labios no son limpios porque nuestros corazones no son limpios. “…han visto mis ojos al rey…” Pueden notar que una vez que vio eso, una vez que vio la verdad acerca del carácter de Dios, no se pudo mentir a sí mismo nunca más.

Él se dio cuenta, por comparación, de lo sucio que estaba. El propósito de esto para Isaías y para ti no era destruir su autoestima, sino dejarte entender que la única esperanza posible para la autoestima viene del único que la tiene perfecta y pura, y quien nos acepta a través de la cruz.

Hablaremos la próxima vez acerca de la respuesta de Dios al quebranto de Isaías.

 

CORAM DEO

Nuestro pensamiento Coram Deo para este día tiene que ver con la respuesta de Isaías, su propia reacción personal al ver la santidad de Dios.

Permíteme pedirte que uses hoy tu imaginación. ¿Cómo responderías si tuvieras esa visión? Si pudieras cruzar el velo y mirar sin impedimento a la absoluta y cegadora pureza de Dios, ¿Qué es lo que te haría?

Algunas veces escucho a cristianos hablar de Dios como si Él fuera un amigo, en el sentido de ser como un par. He oído a personas decir eso… y les he dicho, ¿Qué harías si Cristo entrara en esta habitación ahora mismo? Y ellos me han respondido, “Iría donde él, le tomaría de la mano y le diría, vamos Señor, estemos juntos”.
Y les digo, ustedes no saben quién es Él. Si entrara en esta habitación y si tuvieras algún buen sentido, estarías en el suelo sobre tu rostro a sus pies clamando en sobrecogimiento ante su gloria. Y estarías aterrorizado hasta los huesos a la vista del Señor.

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La Majestad de Dios

Ministerios Ligonier

Renovando tu Mente

La Majestad de Dios

R.C.Sproul

Varios años atrás estaba en el Oeste de Pennsylvania porque fui invitado a hablar a una universidad en la zona industrial cerca de Pittsburgh. Tuve que tomar un bus desde el centro de Pittsburgh hasta el campus donde se realizarían los eventos; era un bus local, uno de esos buses que pasan a través de pueblos industriales bastante pobres al oeste de Pensilvania.

Quizás ustedes no sepan, pero en esa época el oeste de Pensilvania estaba muy deteriorado como quizás ninguna otra área en el país como resultado del declive de la industria del acero. Mi visita fue en la tarde de un día de invierno, y el bus mismo estaba sucio y las ventanas empañadas, lo que arrojaba un manto de oscuridad al mirar por las ventanas ese día gris de noviembre. E iba pasando a través de cada uno de esos pequeños pueblos donde veía tienda tras tienda tapiadas con signos de “cerrado” colocados afuera.

Tuve una abrumadora sensación de tristeza mientras observaba a la gente subir y bajar a lo largo de la ruta. La gente subía con una postura encorvada, con los hombros caídos. Se podían notar las líneas de desesperación en sus rostros. Y mientras veía esto, con esa actitud melancólica que estaba experimentando, me preguntaba si esas personas tenían algún tipo de esperanza. ¿Hay esperanza para esos pueblos?

Observo las fachadas externas, los edificios están deteriorados, las calles sin reparar; y pienso en todas las esperanzas que fueron puestas en los edificios de esos pueblos. Y ahora solo vemos la evidencia del deterioro, de la muerte y de la desesperanza. Y mientras estaba en esa actitud contemplativa, de repente pasamos por el frente de una tienda que había sido convertida en la fachada de una iglesia, y con un lenguaje simple y con un tipo de letrero de neón había una cruz en la ventana de la tienda. Y pensé en eso y me dije: ahí está el símbolo universal de la esperanza.

Eso me puso en alerta y empecé a mirar con mayor detenimiento, y descubrí que no podía pasar por ninguna cuadra de la ciudad sin que en algún lugar no viera el signo de la cruz. Y mientras observaba empecé a reflexionar. Y pensé, ustedes saben, en lo que estoy sentado aquí preocupándome por la desesperanza, y aún cuando lo estoy pensando ahora mismo, en algún lugar de este mundo hay un grupo de personas sentadas a la mesa comiendo pan y bebiendo de la copa en memoria de Cristo.

Y empecé a darme cuenta que no hay un solo segundo que pase por el reloj sin que haya algún lugar en la tierra donde haya gente celebrando la venida de Cristo al mundo y el triunfo de Cristo sobre la oscuridad, sobre la fealdad y la desesperación. Y así, por un breve segundo, tuve un entendimiento gráfico de la gloria de Dios, la gloria de Dios que no puede ocultarse ni esconderse bajo la fachada del deterioro o muerte.

Y pensé en el sexto capítulo de Isaías, cuando los ángeles cantaban la respuesta antifonal celebrando la santidad de Dios mientras se decían uno a otro, “Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos” Ellos añaden al coro las siguientes palabras,“Toda la tierra está llena de su gloria”. Piensen en esto. No solo está diciendo que hay pruebas ocultas escondidas detrás de las puertas, ocultas bajo las rocas, veladas a nuestra vista de la gloria de Dios, sino que la tierra está llena con la evidencia de la gloria de Dios.

Hace poco leí un libro escrito por el que quizás es el teólogo judío más famoso y talentoso en Estados Unidos, Abraham Heschel. En el libro habla acerca de la vida en Estados Unidos en el siglo XX. Él habla que lo que nos caracteriza en el siglo XX es nuestra superficialidad, el haber llegado a ser personas que están satisfechas con hojear la superficie de la vida, interesados sólo con imágenes e impresiones de los medios, no con la verdad intensa y profunda, sino sólo con pequeños fragmentos que nos entretienen, pero que no nos detienen en un llamado serio a una reflexión. Somos pragmáticos. Deseamos ser prácticos. Y en nuestra ocupada practicidad vamos por la vida cegados a las profundidades de la realidad que nos mira fijamente a los ojos.

El apóstol Pablo en el primer capítulo de Romanos describe la situación que es común a la humanidad. Pablo nos dice en Romanos 1 que desde el mismo inicio del tiempo, desde el mismo comienzo de la creación Dios se ha revelado a sí mismo y continúa revelándose a sí mismo a través de la naturaleza. Él dice allí, “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas…”Pero luego él lleva al mundo entero delante del Tribunal de Dios y los evalúa en términos de una formulación de cargos universal, debido a que el pecado básico y primordial de la humanidad, de acuerdo a Pablo, por el cual todos somos culpables y nadie se puede excusar, es que sostenemos esta verdad de la revelación en un espíritu de impureza. La resistimos, la reprimimos, la enterramos, la enjaulamos.

Entonces el apóstol dice que “… la ira de Dios se revela…” contra el mundo entero, y la razón de su enojo es porque reprimimos y suprimimos la gloria que Él manifestó aun en la naturaleza misma. Y añade que nuestra propensión es a cambiar la verdad de Dios por la mentira, y servir y adorar a las criaturas en vez de al Creador.

Esa es nuestra inclinación natural, una inclinación hacia la idolatría, fijando nuestra mirada en las cosas de este mundo y nunca reconociendo cómo las cosas de este mundo guían nuestra atención más allá de este mundo a la gloria y a la majestad de su Creador. El pecado fundamental, de acuerdo al apóstol, es que rechazamos el honrar a Dios como Dios, ni tampoco somos agradecidos.

Entonces, lo que Pablo está describiendo es similar a lo que el salmista dice cuando señala, “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Todo eso simplemente hace eco a lo que los ángeles están declarando en el cielo mismo, que toda la tierra está llena de su gloria.

Si la tierra está llena de la gloria de Dios, no tenemos que ser genios científicos para encontrarla. No necesitamos un microscopio. No necesitamos un telescopio como el Hubble para tener un vistazo de la majestad de Dios. Está en todas partes.

Todo el mundo, dijo alguna vez Calvino, es un glorioso teatro de la majestad de Dios. Pero caminamos en ese teatro como hombres y mujeres vendados, quienes voluntariamente han vendado sus ojos. Cerramos nuestros ojos y no miramos a lo que está justo delante de nuestros ojos. La claridad manifiesta de la majestad de Dios nos rodea por completo.

Y así como Heschel, el teólogo judío, indica que, de alguna manera, hemos sido inoculados con eso y estamos inmunes ahora. Hemos perdido nuestra capacidad de asombro. Hemos trivializado el teatro de la gloria divina, y caminamos por ella impermeabilizados a la maravilla y al asombro.

Ahora quiero que veas el contraste entre nuestra respuesta a la manifestación de la gloria de Dios y lo que Isaías describe que toma lugar en su visión, mientras oye a los serafines afirmando, “Santo, santo, santo es el Señor de los Ejércitos. Toda la tierra está llena de su gloria”. Lo que sigue inmediatamente en el texto es extraordinario. Él dice, “Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba… y la casa se llenó de humo”. Ahora Isaías está dándole un vistazo al templo celestial, y mientras las voces están cantando de la santidad de Dios, las puertas del templo interior del cielo mismo están repentinamente temblando en sus bases y vibrando ante el espectáculo de la gloria divina.

Hace unos años atrás visité una prisión de máxima seguridad con Lem Barney, quién por muchos años fue un jugador profesional de Fútbol americano. Ambos estábamos en el Directorio del Ministerio Prison Fellowship. Entramos a esa prisión y Len se puso al frente de cientos de hombres endurecidos, hombres rudos, y empezó a cantar la canción de niños: “Otros, Señor, sí, otros, ayúdanos a vivir por ellos”.

No podía creer que este jugador de fútbol profesional tuviera la humildad para cantar una canción tan sencilla. Y, a su estilo, empezó a hablar a esos hombres de las riquezas de Cristo y de la gloria de Dios. Y a la mitad de su presentación, se detuvo y preguntó a esos hombres, ¿Eso los enciende? Y no hubo respuesta; pausó por un momento y luego él dijo, “señores, si esto no los enciende, entonces ustedes no tienen ningún interruptor”. Y todos se rieron. Y pensé que estaba en lo cierto. Si no podemos emocionarnos con la gloria de Dios, entonces algo está mal, algo no está funcionando en nuestras almas, porque en ese texto, cuando la gloria de Dios es presentada de forma simple y su santidad está radiando a través del santuario, las puertas y las columnas del templo son movidas. Esas son cosas y objetos inanimados. Las puertas no tienen espíritus. Las puertas no tienen almas. Las puertas no tienen mentes; pero aun esos objetos hechos de madera o metal fueron movidos por la presencia de Dios.

Y la comparación es una que los profetas hacen repetidamente, ¿no es cierto? Que ellos dicen que nosotros, los que rechazamos ser movidos por la grandeza de Dios no tenemos tanta sensibilidad como los animales. “El buey conoce a su dueño…” y textos como esos. Y él habló de cómo esos animales—el burro, el caballo y otros hacen por naturaleza lo que Dios decidió que hicieran, y ellos tienen un mayor sentido para responder a su Creador en obediencia de la que tenemos nosotros porque la hemos perdido.

Una encuesta hecha en los Estados Unidos hace unos años preguntó quién hizo que ya no fueras a la iglesia y por qué dejaron de asistir. No era una encuesta para los que nunca habían ido a la iglesia. Era una encuesta preparada para preguntar a aquellos, literalmente millones de personas que en alguna oportunidad estuvieron involucrados en la vida de la iglesia y luego la abandonaron. Y en esa encuesta particular, la razón número uno por lo que las personas dejaron de asistir a la iglesia fue porque la iglesia era aburrida.

La segunda respuesta más frecuente que apareció en la encuesta era que ellos consideraban irrelevante a la iglesia. Ahora, cuando leo las páginas de la Escritura, de forma particular las páginas del Antiguo Testamento, cada vez que un episodio comunica que el pueblo tiene ese vistazo momentáneo de la gloria de Dios revelada, hay una multitud de respuestas humanas variadas que están registradas.

Algunos se regocijan y manifiestan un sentido de emoción y júbilo al haber estado presentes, al haber visto la manifestación de la gloria. Otros son afectados con un ánimo sombrío de silencio y se quedan paralizados.

Pero la reacción que es más común es la reacción del miedo paralizante—los pastores en los llanos fuera de Belén, a la mitad de la noche, de repente fueron testigos del sonido y la manifestación de luces más espectacular que el mundo jamás haya visto.

Cuando de repente aparece en el cielo un ejército celestial, y la gloria de Dios brilla totalmente, ¿qué es lo que dice la Escritura? “… y tuvieron gran temor”. Esa es la reacción normal a cualquier manifestación visible de la gloria de Dios. Sin embargo, las reacciones podrían diferir entre los seres humanos a la santidad de Dios. Algo que nunca encontrarás en la Escritura es alguien que esté aburrido en la presencia de Dios, o alguien que sale de un encuentro con el Dios viviente y dice que fue irrelevante.

No hay un encuentro que pueda tener un ser humano que sea más relevante para la vida diaria que encontrarse con el Dios viviente. Si la gente está aburrida en la iglesia el domingo en la mañana, lo que me dice es que, de alguna manera, la presencia de Dios, el carácter de Dios, el Dios tal como es, no se ha manifestado allí.

Una mujer se me acercó un día. Ella estaba amargada y enojada, y estaba enojada con su pastor. Y le pregunté, ¿Cuál es el problema? Ella me dijo que estaba enojada con su pastor. Le pregunté por qué. Ella dijo porque tenía la convicción de que él, de forma sistemática, hacer todo lo que está en su poder para esconder el carácter de Dios de ellos el domingo en la mañana. El pastor está tan temeroso de que podría ofender a alguien, de que a alguien no le guste oír que Dios es santo, que es soberano o que Dios es capaz de airarse, que él nunca habla de eso. Él ha desarmado a Dios. Le ha quitado los dientes a Él, le quitó las garras y dientes. Le ha quitado todo lo que podría causar temor.

Y así ese Dios ahora se ha convertido en algo inocuo; por eso estamos muertos de aburrimiento. Uno no fue creado para aburrirse con la gloria de Dios. Tienes que estar espiritualmente muerto para aburrirte con la gloria de Dios, porque la gloria de Dios llena la tierra. ¿Cuándo fue la última vez que la notaste?

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo para este día quisiera que pensemos en la siguiente pregunta, ¿Cuán práctico es el pragmatismo? ¿Cuán práctico es realmente ir por la vida estando muy preocupado con las cosas del momento que nunca nos detenemos para penetrar la superficie? Cuando entendemos que solo bajo la superficie hay un millar de puntos de luz—no de luz política, no luz social, sino la luz de la radiante gloria de Dios.

No hay nada más práctico, nada que cambie más nuestra práctica de forma radical que estar cara a cara con la gloria del Dios santo. La evidencia de ello está a nuestro alrededor. Si no lo has visto, quizá has estado con los ojos cubiertos. Y es tiempo de quitar el velo y abrir los ojos al episodio glorioso de la gloria de Dios que está en todo tu derredor.

Renovando Tu Mente es un ministerio de alcance en español de Ligonier Ministries, una organización internacional de enseñanza y discipulado cristiano fundada en 1971 por el Dr. R.C. Sproul.

Dios usa Su Palabra para cambiar vidas. En Romanos 12:2, Pablo dice a los cristianos, «transformaos por medio de la renovación de vuestra mente». Nuestro objetivo es presentar fielmente la verdad de las Escrituras, ayudando a las personas a saber lo que creen, por qué lo creen, cómo vivirlo, y cómo compartirlo.

Dios llama a Su pueblo a ser transformado por la renovación de su mente. Para ayudar con esto, Renovando Tu Mente transmite una enseñanza semanal que expone las glorias de Dios reveladas en la Biblia en el contexto de la cultura, la filosofía, la apologética, la ética y la historia de la Iglesia. Queremos ser como un puente sobre la brecha entre la escuela dominical y el seminario —equipando a los oyentes para la vida cristiana.

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El Himno de los Ángeles

Ministerios Ligonier

Renovando tu Mente

El Himno de los Ángeles

R.C.Sproul

Era el siglo VIII antes de Cristo cuando Isaías fue llamado por Dios para ser profeta, uno de los profetas más importantes de la historia del Antiguo Testamento. Hemos visto que el siglo VIII fue el tiempo en que el rey Uzías murió, justo el mismo año en que el Imperio Romano empezó con el establecimiento y la fundación de la ciudad de Roma a orillas del río Tíber. Fue en ese momento de la historia en que Isaías tuvo la experiencia de ver los lugares que eran el corazón del cielo mismo. Y como ya lo hemos visto en el texto que registra esta historia, en el capítulo seis del libro de Isaías, Isaías fue capaz de ver al Señor mismo exaltado y sentado sobre un trono.

Y hemos descrito la experiencia de los serafines a quienes se les dieron dos alas para cubrir sus rostros, dos alas para cubrir sus pies y dos alas para volar. En nuestra última sesión analizamos el significado de la estructura de los serafines, y terminé mencionando que no era tanto la naturaleza de los serafines lo que nos interesa aquí, sino su mensaje.

Se nos dice en el capítulo seis de Isaías: “Y el uno al otro daba voces, diciendo: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.” Y como he dicho varias veces, podemos leer este pasaje una y otra vez y perder el significado de peso de este himno de los ángeles, porque hay algo que ocurre en él que es inusual en las Escrituras, aunque no es absolutamente único.

Los judíos tenían varias maneras de expresar el énfasis o la importancia en su literatura, tal como lo hacemos nosotros. Cuando estamos escribiendo y deseamos resaltar algo que es específicamente importante, lo podemos subrayar o ponerlo entre comillas o en cursivas o en negritas o poner muchos signos de exclamación al final de la frase para decirle al lector que eso es algo súper importante.

Bueno, los judíos también hacían todo eso. Usaban este tipo de técnica para enfatizar algo, pero además tenían otra técnica literaria muy interesante para comunicar que algo era importante y eso era simplemente el método de la repetición.

Hay un lugar en el Antiguo Testamento, por ejemplo, donde se describe un pozo grande y he leído varias traducciones diferentes de este pasaje, algunos hablan de un pozo grande, un pozo de asfalto o un pozo de alquitrán o un pozo de pavimento.

Mientras leías estas distintas traducciones, dije: ¿qué clase de pozo realmente era? Bueno, en hebreo todo lo que tenemos es la palabra hebrea para ‘hoyo’ mencionada dos veces seguidas, el vocablo simple para hoyo se repite. Si fuéramos a traducir el texto literalmente, diríamos que era un pozo pozo. Entonces, ¿de qué se trata esto de pozo pozo? Bueno, lo que el escritor judío está tratando de decir es que hay pozos y hay pozos. Un pozo pozo es un tipo de pozo. Un pozo pozo es “el pozo” de todos los pozos. Si alguna vez se caen en un pozo, asegúrense que no se trate de un pozo pozo.

Esto es simplemente una de esas formas extrañas e inusuales que nuestros amigos judíos usaban para poner énfasis o dar importancia. Jesús lo hizo. Cada vez que Él enseñaba a sus discípulos, con frecuencia Él empezaría diciendo: “Amén, amén te digo.” Lo que usualmente se traduce en las versiones antiguas como: “De cierto, de cierto te digo” o en las versiones más recientes se traduce: “De verdad, de verdad te digo.”

Ahora, mis amados, todo lo que Jesús alguna vez enseñó a sus discípulos, fue importante. Nunca salió de los labios de Jesús una palabra sin propósito, nada que pudiéramos considerar como algo completamente insignificante. Y sin embargo, en el contexto de su propia enseñanza, hubo ocasiones en las que llamó a sus discípulos a prestar una especial atención. Sería algo así como estar a bordo de una embarcación naval y en eso se escucha la alerta de que se va a dar un anuncio y luego de los parlantes se empiezan a escuchar las palabras: “Su atención, por favor. Les habla el capitán”. Todos paran la oreja y la atención está centrada en el anuncio que está por venir.

Eso es lo que sucedía cuando Jesús presentaba algunas de sus enseñanzas a sus discípulos, diciendo: “Amén, amén; de cierto de cierto te digo.” Por supuesto que ustedes probablemente ya reconocieron la expresión aramea que usé aquí. Amén, amén, de donde viene nuestra palabra en español: amén. Pero, normalmente cuando decimos amén, será, por ejemplo, al final de una oración o quizá como una respuesta congregacional al predicador.

Cuando el predicador hace un énfasis en alguno de sus puntos, la congregación puede gritar en medio del sermón, “amén”. Es por eso que tenemos un rincón para “amén” en ciertas congregaciones. ¿Y qué significa amén? Viene de la palabra hebrea amut que significa verdad. Así que amén significa es verdad. Pero Jesús hizo algo extraordinario. No esperó por el consentimiento de sus discípulos para afirmar que lo que estaba diciendo era verdad. Él presentó sus enseñanzas con la palabra amén, diciendo amén, amén. Las repitió y los discípulos sabían que esa era su técnica de énfasis para subrayar algo que era de suma importancia.

En otras ocasiones donde vemos esto, es en el primer capítulo de la carta de Pablo a los Gálatas, cuando él está lidiando con la intromisión de una peligrosa herejía que amenazaba con destruir los cimientos de la iglesia. Pablo había estado enseñando el evangelio de la justificación solo por fe, pero un grupo llamado los Judaizantes llegó y quiso mezclar este tema de las buenas nuevas de la justificación solo por fe, una mezcla de obras de la ley con la oferta gratis de gracia y también querían ligar la salvación a los rituales y los ritos de la comunidad.

Y Pablo vio esto como una amenaza grave para el evangelio, así que les dijo a los creyentes de Galacia, dijo: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado…para seguir un evangelio diferente.” Luego continúa y dice, ¿qué? “Si alguno os anunciare otro evangelio, así sea un ángel del cielo, si ellos os anunciaren otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema, sea maldito o sea condenado.” Y después de dar esta gran advertencia y amonestación a los Gálatas, sigue de inmediato con estas palabras. “También ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.” Vemos que Pablo usa esta técnica de repetición para resaltar la importancia y el énfasis.

Ahora, cuando volvemos al texto de Isaías y vemos la canción de los serafines que se pronuncian en respuestas antifonal, de un serafín a otro, “Santo, santo, santo.” Esta respuesta antifonal se llama trisagio o las tres veces santo, donde la única palabra ‘santo’ se repite, no una, sino dos veces. Esta es la única vez en la Escritura donde un atributo de Dios se repite tres veces. Y comprenderán que tres veces es el grado superlativo, el último grado, el grado a la n de importancia, pero lo que leemos en Isaías 6, permítanme leérselos una vez más. Dice, “…el uno”, es decir el serafín, “al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”

Ahora, lo importante es que la canción de los ángeles no es solo santo es el Señor. Ni están cantando santo, santo es el Señor. La canción que cantan es que Dios es santo, santo, santo. Otra vez, en ningún otro lugar de las Escrituras un atributo de Dios es elevado a este grado de importancia.

La Biblia no dice que Dios es amor, amor, amor o misericordia, misericordia, misericordia o justicia, justicia, justicia o ira, ira, ira; nos dice que es santo, santo, santo.

Como teólogo reconozco que es una mala teología tratar de enfrentar un atributo de Dios contra otro, o incluso armar una jerarquía de atributos dentro de la Deidad, lo cual es un error que muchos de nosotros cometemos de vez en cuando. He sostenido discusiones con gente sobre el carácter de Dios, hablando de su soberanía o su justicia o su ira, esas dimensiones del carácter de Dios que son aterradoras para las personas. Y he tenido personas que me han dicho: No creo eso; mi Dios es un Dios de amor.

Bueno, ciertamente la Biblia enseña que Dios es un Dios de amor, pero no podemos acercarnos a las Escrituras como si se tratara de una mesa de buffet donde podemos escoger y elegir esos atributos de Dios, poner en nuestro plato lo que nos apetece y dejar en la mesa, para los otros, lo que no nos gusta, porque Dios es Sus atributos. Él es todos Sus atributos, de modo que su amor, por ejemplo, es siempre un amor santo, un amor justo y un amor soberano.

De la misma manera, su santidad es siempre una santidad amorosa, una santidad justa, una santidad soberana. Así que, no podemos construir una jerarquía de atributos y decir que uno es más importante que el otro. Pero si tuviéramos que hacer eso, de hecho, a la luz de la revelación bíblica del carácter de Dios, el atributo que destacaría entre los otros, sería el atributo de la santidad.

De hecho, hay muchos estudiosos que creen que la santidad no es simplemente un atributo único, sino que captura y reúne todos los atributos de Dios juntos, porque la santidad señala la majestad trascendente, la grandeza superlativa, la distinción que caracteriza a Dios y lo hace único y lo hace digno de nuestra adoración.

Ahora, quiero que noten que en este texto la actividad de los ángeles día y noche en la presencia de Dios, la cual Isaías tuvo el privilegio de contemplar, fue la actividad de adoración. Su actitud era una de reverencia, de honor y de dar gloria a Dios. Es la naturaleza de estos ángeles el adorar y exaltar a Dios.

Fuimos creados con una naturaleza que fue diseñada para adorar, honrar, venerar, exaltar la majestad de Dios. Pero ahora, después de la intromisión del pecado en nuestras almas, tal adoración y exaltación del carácter de Dios ya no es natural en nosotros. Es extraño a nosotros. Esto es algo que tiene que fluir de un alma renovada, solo cuando Dios el Espíritu Santo cambie la disposición de nuestro corazón, seremos capaces de adorarle en espíritu y en verdad.

Cuando Jesús se reunió con sus discípulos, en el Nuevo Testamento, y sus discípulos le dijeron: “Señor, por favor enséñanos a orar.” ¿Ustedes saben lo que hizo? No solo los dirigió al Antiguo Testamento, a los Salmos y les dijo que se sumerjan en los Salmos y que aprendan de David la actitud y prácticas apropiadas de la oración. Él bien pudo haber hecho eso. Pero, en cambio, en esta ocasión les dio una oración modelo diciendo: “Cuando ores, ora así”. Y luego les dio la oración del Padre nuestro.

La pregunta que a menudo hago a mis estudiantes en el seminario es esta: ¿Cuál es la primera petición que encontramos en el Padre nuestro? ¿Cuál es el primer pedido? ¿Cuál es la primera cosa que Jesús instruye a sus discípulos para que oren?

Cuando piensas en el Padre nuestro y te das cuenta que empieza, “Padre nuestro que estás en el cielo” Una introducción formal. Así es como iniciamos la oración, expresando nuestro respeto por Dios, reconociéndolo como nuestro Padre que está en el cielo. Pero la primera petición es lo que viene. “Santificado sea tu nombre”. ¿Qué significa eso? Jesús dijo, cuando ores, lo primero por lo que debes pedir es que el nombre de mi Padre sea considerado como santo.

Luego continúa y dice, “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”, y sigue…. Y aunque Jesús no dice esto, me pregunto si hay una progresión lógica aquí. Me pregunto si lo que Jesús está diciendo es que a menos que o hasta que el ser humano comience a considerar el nombre de Dios como santo, su reino no vendrá a la tierra, y su voluntad no se hará como se hace en el cielo.

Los serafines entienden el reino de Dios en su morada celestial porque están allá arriba del trono de Dios cantando diariamente, regocijándose por la entronización del rey. Allí, el reino es una realidad visible y los ángeles en el cielo, cada minuto, hacen y hacen a la perfección la voluntad de Dios. Los ángeles en el cielo también entienden que Dios es santo y cantan este himno todos los días.

Cuando las Escrituras hablan de la corrupción de la civilización e incluso de la iglesia, describen una situación en la que no hay temor de Dios entre la gente. Ahora bien, esa descripción no es simplemente una descripción del miedo que expresa el estar asustado o temeroso, pero la importancia de esa idea es que no hay temor en el sentido de admiración o reverencia ante Dios.

Vivimos en un mundo donde el nombre de Dios no es honrado. De una manera frívola, arrogante, caprichosa, el nombre de Dios es usado todos los días en nuestra cultura como una palabra de maldición, como un improperio, como todo, menos como un estímulo para adorar, honrar y exaltar.

Esto es lo que Isaías vio, no la ciudad del hombre, sino la ciudad de Dios. Dio un paso a través del velo, cruzó el umbral y, por un momento, pudo contemplar el santuario interior del cielo y ver la realidad tal como se vive en un plano diferente, en un reino diferente, en el cielo donde en todos y en cada uno de los momentos hay una conciencia aguda y una celebración gozosa de que Dios es santo, santo, santo.

CORAM DEO

En nuestro pensamiento de hoy, Coram Deo, ante el rostro de Dios y ante la presencia de Dios, me gustaría que nos fuéramos pensando en el carácter de Dios.

Sabemos que las ideas tienen consecuencias y no creo que haya una sola idea más ajena a nuestras vidas, y aún más necesaria para lograr una transformación completa de nuestras vidas personales y de nuestra sociedad que un despertar a la santidad de Dios, porque no es hasta que comprendamos quién es Dios que podremos captar el estándar, la norma por la cual todo lo demás en este universo, incluido nosotros mismos, debe medirse.

El credo del humanista es homo mensuras, a la medida del hombre. El hombre es la medida de todas las cosas. Esa no es la medida de las Sagradas Escrituras.

En las Sagradas Escrituras, la medida de usted, la medida de su vida no es lo que otras personas hacen o lo que otra gente es, sino el estándar final por el cual usted será medido es el carácter mismo de Dios, cuyo carácter es totalmente santo.

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Resplandeciente de Gloria

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Continuando con nuestro estudio de la santidad de Dios, volveremos otra vez a la experiencia que registró el profeta Isaías. En ella habló de las circunstancias de su llamado, del momento de su consagración a esa tarea divina que Dios puso sobre él.

Debemos recordar que Isaías empezó su testimonio al presentarnos el momento histórico que fue el año en que el Rey Uzías murió. El año en que un gobernante que reinó por 52 años fallece y deja al pueblo de la tierra con un sentimiento de temor e incertidumbre.

Este era un tiempo culminante en la vida de Israel. Algunos miran hacia atrás y dicen que este es un punto de inflexión en el que, desde ese momento, el declive de la prosperidad, la fe, y la esperanza nacional comenzó a acelerarse y el destino de Israel como nación comenzó a desmoronarse.

Una de las rarezas es la coincidencia que se da cuando en el mismo año que muere el rey Uzías, el mismo año en que Isaías fue llamado y consagrado por Dios para ser profeta, una villa fue fundada y establecida a las orillas del río Tíber en Italia. Es el año del nacimiento de la ciudad de Roma. Sería interesante trazar el movimiento en la historia del declive de Israel que coincide con el levantamiento del gran Imperio Romano.

Y en tal cruce de caminos en la historia está el momento en que Dios aparece a Isaías. Él dice, “En el año que murió el rey Uzías, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo”. Es significativo que cuando Isaías habla de la experiencia con esta visión, él dice, “yo vi algo”. No dice, “Yo no solo oí algo. Yo no solo imaginé algo. Yo no solo imaginé algo. Yo no solo leí acerca de algo. Es “Yo vi algo”. “Yo vi al Señor, y vi al Señor en un contexto específico. Lo vi en su trono. Lo vi ocupando el asiento de autoridad cósmica”.

Juan nos dice en el Nuevo Testamento que la visión que Isaías tuvo no fue una visión de Dios el Padre, sino que fue una visión de la presencia celestial, mucho antes de la encarnación, era una visión de la presencia celestial de la exaltada segunda persona de la Trinidad.

Antes que María tuviera un hijo, antes que Simeón lo tomara y declarara que está siendo testigo en su carne de la consolación de Israel, Isaías tuvo el privilegio de atisbar detrás del velo, mirar detrás de la cortina del destino de Dios y del plan de Dios para la historia, ver sentado en el cielo en la Jerusalén celestial, en el templo celestial al Rey de reyes y Señor de Señores.

Él dijo: “En el año que murió el rey Uzías, vi yo al Señor”. Si observas en tu Biblia, verás que la palabra Señor está impresa de esta manera: S mayúscula y la e, ñ, o y r en minúsculas. En la versión de Las Américas, en el canto de los serafines, donde dice en el verso 3 de Isaías 6: “Santo, Santo, Santo es el SEÑOR de los ejércitos”. Allí podrás notar que hay esa misma palabra SEÑOR, pero todo en mayúsculas.

Es algo muy común encontrar esto en las traducciones de la Biblia, y no se trata de un error tipográfico, sino que los traductores están tratando de señalarnos que algo inusual está pasando aquí— aunque la misma palabra “Señor” se repite en el texto, el hecho de que se impriman de forma diferente indica que hay dos palabras hebreas muy diferentes detrás del texto.

Cada vez que lee SEÑOR en mayúsculas en Las Américas o la NVI, es porque se trata del término hebreo que se traduce en la RV60 como Jehová, el nombre que Dios le reveló a Moisés cuando dijo: “Yo Soy el que soy”. Ese es el sagrado nombre de Dios, el santo nombre de Dios – Jehová.

En el verso 1 está la palabra “Señor”, sólo con S mayúscula y se traduce una palabra diferente, que es el término hebreo Adonai, y que significa simplemente el Soberano, aquel que está revestido con absoluta autoridad. De hecho, el título Adonai es más alto que el título rey porque aun el rey de Israel estaba sujeto a Adonai, el soberano Dios del cielo y la tierra, quien pone y quita reyes.

Y ahora en el año en que el rey más popular, Uzías, ha muerto, y que hay un vacío de poder en la nación, Isaías ve al Señor. Ve a Adonai. Él tiene una visión de aquel que es totalmente soberano. Y lo ve a Él con toda su investidura. Lo ve a Él después de su coronación. Lo ve a Él ocupando el trono alto y sublime.

Imágenes de exaltación, imágenes que demuestran la gloria de Dios, la gloria del Ungido de Dios, la gloria de Cristo. Entonces, es en ese contexto en que tiene la visión de las cámaras interiores del cielo mismo. Él dice que, “… sus faldas llenaban el templo”. Permítanme ir hacia atrás en este verso en donde habla de la vestimenta del Señor Soberano que lo abarca todo, llenando completamente el templo.

¿Cuál templo? Isaías no nos lo dice, y, quizás Isaías está teniendo esta experiencia en el templo terrenal en Jerusalén. Esa es una posibilidad, pero la mayoría de los expertos en Antiguo Testamento están de acuerdo en que la visión que Isaías tuvo no es algo que simplemente tuvo lugar; podría haber sucedido en el templo terrenal, pero él está viendo dentro del templo celestial, el templo principal del que el templo terrenal no es que una sombra o muestra.

Y mientras él observa al interior de las cámaras del cielo mismo, dentro del lugar donde está el trono de Dios, él ve a la Deidad sentada en su trono, donde la cola de su túnica llena por completo al templo celestial. ¿Qué quiere decir todo esto? Ustedes saben que los reyes de hoy y los reyes de ayer tenían una gran preocupación por los símbolos de su estatus. ¿Cuán grande es su trono? ¿Cuán vasto es su dominio? ¿Cuán glorioso era su cetro? ¿De cuántos vasos de oro podía jactarse de poseer?

Había un sentido en el cual todo el estatus se enfocaba en el lujo de sus vestiduras. Había un tinte real, un color púrpura que era reservado solo para los monarcas. Pero no solo el color de sus vestiduras distinguía su estatus, sino que también el tipo de material que era usado. Algunos usaban visón, otros usaban chinchilla, otros marta, algunos armiño. Así la grandeza de cada cual estaba relacionada con la piel preciosa que usaban. Pero junto con eso, el tamaño de la túnica lo decía todo. Recuerdo que uno de los primeros eventos televisados internacionales transmitidos por televisión en los Estados Unidos fue la coronación de Isabel, que iba a ser reina, la monarca del Imperio Británico. Y la pompa y la fastuosidad que solo los británicos pueden manifestar fue magnífica en esa ocasión. Y los comentaristas estaban hablando acerca de la estatura real de la princesa mientras ella entraba a la Abadía de Westminster y se acercaba al trono. Y mientras marchaba por el pasillo, ella vestía ese traje glorioso y magnífico cuya cola era tan larga que requería de algunos pajes que caminen detrás de ella sosteniéndola para que no se ensucie con el suelo. No recuerdo el largo exacto de la cola de su traje, ¿3 metros, 5 metros? ¿Quién sabe?

Recuerdo el día de mi boda, y me acuerdo que la tradición en muchos lugares es que el novio no está permitido de ver a la novia en el día de la boda hasta que ella desfile con la marcha nupcial al inicio del servicio. Por ocho años estuve planeando la boda con mi futura esposa. Ella fue con su madre a comprar su vestido de novia. Yo ni siquiera lo vi. No estaba permitido que lo viera.

Y recuerdo haber salido del costado de la iglesia y haber caminado al frente de la escalinata del presbiterio con el padrino y el ministro, escuchando la música de órgano con gozosa anticipación, y luego pasar por todo el proceso de la entrada de las damas de honor con sus hermosos vestidos.

Y finalmente, los compases del órgano se transformaron en una nueva tonada y empezó a sonar la marcha nupcial.
La madre se levantó, toda la congregación se puso en pie, y mi futura esposa apareció en la parte de atrás de la iglesia y del brazo de su padre que estaba a su lado. Ella desfiló por el pasillo y yo empecé a sonrojarme como un pequeño. Estaba sobrecogido con el asombro. Ese vestido precioso, el traje nupcial. Yo estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Y todavía es algo que atesoro.

En nuestras bodas de plata nos tomamos unas fotografías que conmemoren nuestro matrimonio, yo renté un esmoquin pero mi esposa subió al dormitorio, abrió una caja y de ella sacó su traje nupcial que le quedó perfecto. Yo no hubiera podido entrar en el esmoquin que usé cuando me casé.

Lo cierto es que hacemos tanto barullo y celebramos cosas tales como la vestimenta apropiada para ocasiones especiales, pero la vestimenta que Isaías vio se desenrollaba desde los hombros del rey, y se desparramaban por los lados del trono. Y luego sus gigantescos pliegues bajaban por el santuario, corrían por el suelo y ascendían por los lados de las paredes, rodeando por completo todo el templo celestial. Nunca ha habido una vestimenta así en la tierra. La imagen y el significado simbólico de lo que Isaías observó allí era el atuendo del rey que llamaba la atención sobre un tipo de majestad que no conoce paralelo en la tierra. Es una majestad trascendente la que él observa, porque “… sus faldas llenaban el templo”.

Y luego Isaías describe los seres que acompañaban y rodeaban al rey. Él dice, “Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban”. Isaías se tomó el tiempo para darnos una descripción detallada de la estructura anatómica de esos seres angelicales, esos seres angelicales que son mencionados solo aquí en la Escritura.

Hemos oído a través de la Biblia de varias clases de ángeles, arcángeles y querubines que los pintores renacentistas representaron como ángeles bebés. Sin embargo, aquí tenemos las descripciones de los serafines, criaturas creadas por Dios con seis alas. ¿Por qué seis alas? Ellos no necesitaban seis alas para volar. ¿Son las otras cuatro alas apéndices innecesarios, vestigios inútiles? No, había propósito para esas alas. Con dos alas cubrían sus caras. Con dos alas cubrían sus pies. Y con dos alas volaban. ¿Por qué tenían que cubrir sus caras?

Podrán notar que el propósito y la función por la cual esas criaturas fueron hechas era para servir en la inmediata presencia de Dios. Los serafines son una parte integral de las huestes celestiales, ángeles que atendían a Dios todo el tiempo. Y esos seres angelicales han sido equipados por su Creador para ser capaces de adaptarse a su ambiente. Esa es la forma en que Dios hace las cosas. Crea peces y les da aletas. Les da branquias porque su hábitat natural es el agua.

Cuando Él creó las aves, les dio plumas, les dio alas porque estaban diseñadas para estar en un ambiente específico en el que deberían volar por el aire. Entonces, ¿Cuál es el hábitat, cuál es el ambiente de un serafín? Es la inmediata presencia de Dios. Y así Dios los equipo con apéndices que estaban diseñados para cubrir sus rostros.
Sabemos que en la Escritura se nos dice de los seres humanos que ninguno podrá ver a Dios y vivir.

Recordamos cuando Moisés buscó con fuerza la visión beatífica, ser capaz de observar directamente al rostro de Dios sin ningún velo. Él había experimentado la presencia de Dios; conocía del poder de Dios. Había sido testigo de los tremendos milagros de redención en la batalla con el faraón, pero Moisés no estaba satisfecho con todo eso. Cuando subió al Sinaí, le dijo a Dios: “Te ruego que me muestres tu gloria”.

¿Recuerdan lo que le dijo Dios? “Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti… He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas…”.

Literalmente lo que dice en hebreo, “las caderas de Jehová”… pero, “… no se verá mi rostro” “… porque no me verá hombre, y vivirá”. No es porque Él sea invisible que no podemos verlo. No es que tengamos alguna deficiencia en los ojos, sino porque hay una deficiencia en nuestro carácter. Una deficiencia en nuestro corazón. No somos puros de corazón, y debido al pecado, no estamos permitidos de contemplar la presencia de Dios.

No estoy sugiriendo que los serafines eran criaturas caídas, que eran pecadores, pero aun esos seres celestiales no caídos y sin mancha están equipados para proteger sus ojos de la ardiente gloria de Dios. Piensa en esto. Aun los ángeles deben cubrirse sus ojos de la luz que es más brillante que el sol del mediodía.

Y les fueron dadas dos alas adicionales para cubrir sus pies. ¿Por qué? Una vez más, cuando Moisés entró en la presencia de Dios cuando se le apareció a él en el desierto madianita, le habló desde la zarza ardiente, diciéndole: “¡Moisés, Moisés!… quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”.

No era santa porque Moisés estaba allí, sino que era santa porque Dios estaba allí. Y nuestros pies son pies de criaturas, pies de barro, y nuestros pies indican que estamos atados a la tierra. Y Moisés es llamado a sacarse el calzado, un gesto simbólico que reconocía que ahora esa criatura está de pie en la presencia del Todopoderoso Dios.

Aun los ángeles cuyo hábitat natural es el cielo mismo son criaturas. Y cuando ellos entran a la presencia de Dios, ellos deben cubrir el signo de su realidad de criaturas. Ellos cubren sus ojos para protegerlos de la gloria ardiente; cubren sus pies para reconocer en humildad que son criaturas delante del Dios viviente.

Pero amados, el propósito de esta descripción de los serafines no es para hablar mucho de nuestra anatomía, sino para hablarnos de su tarea, para darnos un mensaje acerca de la naturaleza de Dios. Ese es el corazón de esta experiencia donde los ángeles claman en respuesta antifonal uno a otro diariamente en la presencia de Dios, “santo, santo, santo”. Este es el mensaje de los serafines que exploraremos en mayor detalle en nuestra próxima sesión.

 

CORAM DEO

En nuestro pensamiento Coram Deo para hoy, quisiera que pensemos acerca de algunas de las palabras que escogimos en nuestro lenguaje para expresar aquello que consideramos extraordinario, maravilloso o grande, palabras que son usadas tan a menudo que han venido a ser populares, palabras de moda de una generación hasta que mueren por trivialidad y estancamiento—palabras como “macanudo” en los 70s o “alucinante” en los ochentas fueron muy populares.

Pareciera como si cada generación tiene sus propias palabras, ¿no es cierto? Creo que una de las palabras que ha perdido valor es “impresionante”. Cuando vemos a un famoso jugador de futbol meter un gol espectacular, decimos que estuvo “impresionante”.

Oímos a un cantante bien dotado y decimos que él o ella es “impresionante”. Si hay una palabra que se puede usar mal es “impresionante”. Esta palabra resume algo que provoca un puro sentido de temor, de reverencia, de quedarme callado, una sensación de asombro.

Hablando con propiedad, solo Dios merece ese epíteto. Solo Dios verdadera y finalmente “asombroso”. Y lo que Isaías ve, y lo que Isaías siente es el compartir el asombro de los ángeles mismos mientras ellos contemplan la presencia de Dios.

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La caída de un héroe

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La caída de un héroe

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Estaba sentado en una mesa de la biblioteca del Seminario Teológico de Pittsburgh a inicios de los 60, haciendo un trabajo final; si han estado alguna vez en la biblioteca de un seminario, universidad o cualquier biblioteca, sabrán que hay una regla universal o protocolo de biblioteca y esa regla es: silencio.

Bueno, yo estaba ahí preparando un trabajo. Todos estaban muy callados; el único sonido audible era cuando alguien volteaba la página de un libro; de pronto, alguien entró y en medio del lugar dio un anuncio tan fuerte que me desconcentró totalmente de todo lo que estaba realizando.

De hecho, todo el mundo en la biblioteca dejó de hacer lo que estaba haciendo hasta ese momento, debido al anuncio. La persona que entró a dar el anuncio ese día de noviembre dijo fuertemente: “Han disparado al Presidente.”

Y nos quedamos ahí inmóviles sin poder creerlo, pero solo por un segundo hasta que salimos volando de la biblioteca, fuimos a la oficina del decano donde había una radio en el mostrador y estábamos escuchando atentamente el anuncio de que el Presidente Kennedy había muerto.

Había sido declarado muerto en un hospital de Dallas. Creo que todo aquel en ese lugar, suficientemente mayor para entender lo que estaba pasando en ese momento, puede recordar al día de hoy lo que estaba haciendo en el preciso momento del anuncio.

Yo puedo recordar dónde me encontraba y qué estaba haciendo en el momento que escuché la noticia de la muerte de Franklin Delano Roosevelt. Creo que solo tenía 5 años, pero la impresión del trauma de ese momento que presencié junto con todos los adultos que estaban alrededor mío reaccionando al anuncio, marcaron permanentemente mi memoria. La gente muere todos los días, pero los presidentes no son asesinados todos los días.

Y los reyes no perecen todos los días. Cuando un líder de una nación muere, esa experiencia es una experiencia traumática para toda la nación. En el capítulo 6 del libro del profeta Isaías, Isaías nos da un detalle de las circunstancias de su llamado sagrado al oficio de profeta.

Les mencioné, en la primera sesión, que cada uno de nosotros experimentamos momentos de crisis en nuestras vidas que van a definir el resto de nuestro futuro. Cambian el rumbo de nuestro camino. Nos desvían de un rumbo y nos ponen en uno nuevo del cual nunca debemos desviarnos.

En el Antiguo Testamento, quizá, nada sería más traumático para un hombre que ser llamado directa e inmediatamente por Dios para ser convocado a un santo oficio y vocación; ser ungido por el Espíritu Santo y ser apartado para el rol y oficio de profeta.

Desde el momento en que Jeremías, o Amós o Ezequiel fueron llamados por Dios, investidos por Su espíritu para esa vocación, sus vidas nunca fueron las mismas, porque ser un profeta era uno de los oficios más demandantes y difíciles que cualquier humano pudiera realizar en el Antiguo Testamento.

Porque hablar de parte de Dios exigía, una y otra vez, hablar en contra de sus semejantes. Estar de parte de Dios siempre ha significado lo inevitable de los momentos tensos en los que debemos enfrentar a nuestros amigos, incluso contra nuestras familias, tal como lo dijo Jesús.

Así que un profeta del Antiguo Testamento jamás olvidaría la crisis de ser llamado a ese oficio. Moisés pensó en rechazar el llamado; Jeremías protestó contra su oficio. Es un testimonio uniforme de aquellos que fueron seleccionados para esta tarea ingrata en el Antiguo Testamento, el tratar de evitarlo, pero una vez hecho el llamado, no había salida.

Realmente no había opción cuando Dios ungía a una persona en Israel para ser profeta. No había vuelta atrás. Ese llamado debía ser obedecido. Era habitual que los profetas del Antiguo Testamento relataran a las naciones los términos, las circunstancias, el tiempo de su consagración. Su principal credencial para hablar con Dios fueron las circunstancias de su llamado.

En el Nuevo Testamento vemos, por ejemplo, que uno de los puntos más debatidos entre la comunidad cristiana primitiva era la autoridad del apóstol Pablo. ¿Por qué? Porque Pablo no fue uno de los 12 discípulos originales y solo fue a ese grupo selecto que Jesús consagró inicialmente como apóstoles. Solo una persona que no estaba entre ese grupo fue finalmente seleccionada para ser incluida en las filas de los apóstoles.

Ahora, noten que un apóstol en el Nuevo Testamento es el equivalente a un profeta en el Antiguo Testamento. Y Pablo fue seleccionado como apóstol a los gentiles. Y la gente lo desafió. Dijeron: este es el hombre que sopló fuego, que fue a la comunidad cristiana arrastrando a la gente de sus camas, echándolos a la prisión, persiguiendo a Cristo y su iglesia. ¿Cómo podemos confiar en él?

Y en varias ocasiones, en el libro de los Hechos y en el mismo testimonio de Pablo en sus epístolas, las circunstancias de su llamado se repiten.. o se repitieron. Son las credenciales del apóstol. Entonces, tenemos esta tradición a través del Antiguo y Nuevo Testamento, que toda persona que es colocada en esa posición y que tiene la gran responsabilidad de hablar con veracidad la Palabra de Dios, cuentan con la credencial de un llamado sagrado.

El capítulo 6 de Isaías es el registro del llamado de Isaías al oficio de profeta. Él nos dice del trauma que experimentó con ese llamado y que lo acompañaría por el resto de su vida. Él dice al inicio de ese capítulo que fue en el año en que el rey Uzías murió.

Así que el escenario para la consagración de Isaías en Israel, y algunos han dicho que Isaías, si podemos medir en tales términos, fue el profeta más grande del Antiguo Testamento. Él fue quien se relacionó con reyes, a quien buscaron como consejero en asuntos diplomáticos. Era un estadista y también un profeta.

Y es significativo que su llamado tuvo lugar no solo en un momento de crisis personal, sino que tuvo lugar en un momento donde la nación estaba experimentando una tremenda crisis. Fue el año en que el rey Uzías murió. Piénsenlo. El anuncio que llegó a Israel—el rey está muerto.

Si leen la historia del Antiguo Testamento, verán que no es un anuncio inusual. Algunos reyes solo duraban un par de semanas, esta realidad era más frecuente en el reino del Norte particularmente.

A menudo la lista de reyes del. Norte y del sur que los niños de la escuela dominical, a veces, se ven obligados a memorizar, se ve como galería de villanos. Muchos de los reyes de Israel eran corruptos e impíos y llevaron a toda la nación a exponer los términos de su pacto con Dios.

Pero en el ámbito de la historia judía se destacan cuatro o cinco reyes que eran diferentes, solo unos cuantos reyes fueron bendecidos por Dios y sus reinos estuvieron marcados por cierta rectitud y piedad. El mejor de todos, por supuesto, fue David. El mejor guerrero, el mejor administrador, el mejor poeta, el mejor rey: el rey que se convirtió en el modelo del Mesías que había de venir.

Pensamos en Ezequías, quien también fue notable por su justicia y piedad. Pensamos en otros reyes del Antiguo Testamento que fueron buenos reyes, pero a pesar de que se menciona poco de Uzías, tiene que ser incluido ciertamente entre los cinco mejores reyes de Israel.

Ahora, cuando ese rey murió, dejó un hoyo. Dejó un vacío. Dejó una sensación de incertidumbre y miedo entre el pueblo de Israel. ¿Quién nos guiará? Ellos no dijeron simplemente: el rey está muerto, viva el rey. ¿Por qué? Bueno, cuando John Kennedy murió, lo repentino de esto, la desilusión de la pérdida de Camelot, arrojaron un manto de tristeza en todo Estados Unidos.

Cuando Roosevelt murió, sufrimos la muerte de un líder que había reinado, por así decirlo, durante más tiempo que cualquier otro presidente antes o después. Franklin Delano Roosevelt fue elegido por cuatro periodos como presidente de los Estados Unidos. Él fue el presidente que nos guió durante el tiempo de la depresión y durante la mayor parte del conflicto de la Segunda Guerra Mundial. Amado por muchos, odiado por otros, pero aún así su reinado fue menos de 15 años.

Uzías llegó al trono en Jerusalén cuando tenía 16 años y reinó sobre la nación, amado por 52 años. Imagínense, 52 años con el mismo monarca, con las mismas reglas. Un niño nacía en Israel y Uzías era el rey. Ese niño pasaría por el bar mitzvah a los 13 años y Uzías era el rey. El niño se casaría y el rey era Uzías. Ahora casado, esta persona tendría hijos y en lo que van creciendo sus hijos, el rey seguía siendo Uzías.

Había gente que nacía, tenían familia, tenía hijos, tenían nietos y morían, y durante todo ese período de tiempo, el rey de la nación seguía siendo la misma persona. ¿Se dan cuenta de la estabilidad que eso daba a la gente?

Veamos lo que las Escrituras nos dicen acerca de la naturaleza del reinado del rey Uzías. En 2 Crónicas leemos que Uzías tenía 16 años, esto está en el capítulo 26 de 2 Crónicas, “,,, cuando comenzó a reinar, y cincuenta y dos años reinó en Jerusalén. El nombre de su madre fue Jeconías, de Jerusalén. E hizo lo recto ante los ojos de Jehová, conforme a todas las cosas que había hecho Amasías su padre. Y persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías, entendido en visiones de Dios; y en estos días en que buscó a Jehová, él lo prosperó”.

Son pocos los reyes de Israel de los cuales podía decirse que buscaron al Señor. Pero se dice de Uzías que en esos días en que buscó a Jehová, Dios derramó sus bendiciones sobre él, sobre su casa y sobre toda la nación.

Ahora, brevemente resumiré lo demás que dice 2 Crónicas con respecto a él: “Y salió y peleó contra los filisteos, y rompió el muro de Gat, y el muro de Jabnia, y el muro de Asdod; y edificó ciudades en Asdod, y en la tierra de los filisteos. Dios le dio ayuda contra los filisteos”. “Su fama se extendió hasta la frontera de Egipto”.

Asimismo edificó torres en el desierto, y abrió muchas cisternas; porque tuvo muchos ganados, así en la Sefela como en las vegas, y viñas y labranzas, así en los montes como en los llanos fértiles; porque era amigo de la agricultura.

Tuvo también Uzías un ejército de guerreros, los cuales salían a la guerra en divisiones, de acuerdo con la lista hecha por mano de Jeiel…” y así continúa… “Mas cuando ya era fuerte, dice la Biblia, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso”.

Esto es como una tragedia de Shakespeare, donde la única mancha del gran héroe causa su caída y oscurece la ilustre carrera con una vergüenza permanente. Por cincuenta y dos años fue rey, y por casi cada uno de esos años, él buscó a Dios con rectitud y diligencia. Sus políticas demuestran justicia, pero se llegó a intoxicar con su propio poder, con su propio estatus a tal punto que él tomó una decisión que lo llevó a la permanente destrucción de sí mismo y de la nación.

Él no estaba satisfecho con ser el rey. Él quería ser un sacerdote también. Y por eso entró al lugar sagrado donde aun el rey no estaba permitido pisar, y él mismo decidió ofrecer allí el incienso por las oraciones. Ahora, cuando los sacerdotes vieron esto, lo reprendieron.

Y leemos, “Y entró el sacerdote Azarías, y con él ochenta sacerdotes de Jehová, varones valientes, y se pusieron contra el rey Uzías, y le dijeron: No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo. Sal del santuario…”

¿Pueden imaginarlo? Los ministros del santuario se interponen al rey y le dicen, “rey, no te está permitido estar aquí. Estás violando la ley de Dios. Solo aquellos que son de la tribu de Leví, solo los hijos de Aarón, que han sido apartados y ungidos por Dios para esta tarea están permitidos de realizarla. Sal de aquí. “… porque has prevaricado, y no te será para gloria delante de Jehová Dios.

Entonces Uzías, teniendo en la mano un incensario para ofrecer incienso, se llenó de ira contra los sacerdotes, la lepra le brotó en la frente, delante de los sacerdotes en la casa de Jehová, junto al altar del incienso… y le hicieron salir apresuradamente de aquel lugar; y él también se dio prisa a salir, porque Jehová le había herido.

Así el rey Uzías fue leproso hasta el día de su muerte, y habitó leproso en una casa apartada”. El trágico final para una monarquía gloriosa, pero así como fue tan trágico como vergonzoso y tan deshonroso como fue el comportamiento del rey al final de su vida, cuando él murió hubo un tremendo sentimiento de duelo en toda la tierra.
Y el sentimiento de que si este rey podía caer de forma tan miserable, ¿En quién se puede confiar? ¿En quién se puede descansar? ¿Quién podría ser el rey en quien se puede confiar total y absolutamente?

Y es en este contexto de tal pregunta en el que Isaías ve a Dios en su trono. El rey terrenal estaba muerto, pero el Rey de reyes estaba vivo, estaba bien, y estaba ahora llamando a Isaías a ser su profeta.

 

CORAM DEO

Mientras pensamos en las consecuencias prácticas de lo que hemos aprendido hoy, en nuestro segmento de Coram Deo quisiera preguntarles los siguiente,

¿Cuánto de tu confianza, cuánto de tu seguridad, cuánto de tu estabilidad está depositada en tus líderes terrenales y tus héroes? ¿Qué pasa cuando los héroes caen? ¿Qué pasa cuando los líderes pecan? ¿Hay alguien en quien se pueda confiar totalmente? Esa era la pregunta con la que luchaba el pueblo de Israel cuando el buen rey Uzías cayó.

Hubo un enorme vacío de liderazgo en la nación, y fue durante esa crisis que Isaías se encontró con el Dios y Rey de Israel, quién era totalmente santo, que no tenía ni una sombra de variación, ninguna posibilidad de caer, ninguna posibilidad de desilusionarnos. Él está todavía en su trono.

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El lugar Santo

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Continuamos con nuestro estudio de la Santidad de Dios. Recuerdan que en nuestro primer segmento de esta serie les conté acerca de una experiencia personal que fue un momento crítico en mi vida, allá, en mis tiempos universitarios, donde escuché una clase sobre los escritos de San Agustín.

Mencioné cómo Agustín abrió mi entendimiento a una dimensión completamente nueva del carácter de Dios y que me asombró escuchar cómo Agustín explicó el poder y la majestad y la santidad de Dios. Bueno, el mismo Agustín escribió un pasaje interesante sobre su propia experiencia personal con la presencia de Dios. Esto es lo que dijo: “¿Qué es eso que fulgura a mi vista y hiere mi corazón sin lesionarlo? Me siento horrorizado y enardecido: horrorizado, por la desemejanza con ella; enardecido, por la semejanza con ella.”

Bueno, Agustín tenía una gran habilidad para articular sus más íntimos pensamientos y sentimientos, y aquí él se refiere a la pregunta: “¿Qué es lo que hiere mi corazón sin lastimarlo?” ¿Notan el contraste entre estas imágenes? Algo que lo atraviesa, algo que lo azota, algo que lo golpea con una tremenda fuerza y, aun así, no lo lastima, no lo hiere, no le deja marcas.

Pero cuando Agustín reflexiona sobre esta pregunta, él expresa una actitud de ambivalencia al respecto. Hay algo que le atrae de este tema y que hiere su corazón, pero al mismo tiempo hay algo que lo atemoriza. Él dice: “Al mismo tiempo me siento horrorizado y enardecido”. ¿Qué quiere decir con horrorizado? Que es una experiencia estremecedora, una experiencia que lo hace temblar.

Imaginen el momento de la cruz, están clavando las manos de Jesús y como la vieja canción decimos, “¿Estuviste allí cuando ellos crucificaron a mi Señor?” y el coro continúa diciendo, “Esto me hace temblar, temblar y temblar”. Y el percibir esto es algo con lo que podemos identificarnos, ¿no? Esos son momentos en nuestra propia experiencia cuando contemplamos el misterio de Cristo, la grandeza de Dios, los secretos de las obras y las operaciones del Espíritu Santo que nos produce temblor. Hay algo atemorizante en eso.

A inicios del siglo XX, un teólogo alemán, quién también era un experto en el campo de la sociología y la antropología, escribió un pequeño libro que tuvo un enorme impacto en el pensamiento de su generación. Su nombre era Rudolph Otto. Y su libro, cuando fue publicado originalmente, tenía un título corto y tajante que en alemán era, Das Heilige, que literalmente significa “El Santo”. Cuando fue traducido al inglés, el título en inglés para este libro fue cambiado a “La Idea de lo Santo”.

Ahora, Otto no tenía relación con el cristianismo evangélico conservador tradicional. Él no estuvo simplemente examinando algo acerca de Dios, sino que quizás estaba aún más interesado en la gente. Su análisis era un estudio de cómo los seres humanos reaccionan y responde a lo que ellos consideran como santo.

Esto podría ser los sentimientos y las reacciones de la gente en tribus primitivas a espíritus animistas que los atemorizaban. Esto podría ser una sacerdote en el templo. Podría ser un cristiano en oración. Él habló de cómo la gente responde de forma emocional, intelectual y sicológica a esa sensación de la presencia de lo santo.

Él básicamente dijo que la respuesta humana normal a lo santo es ambivalente. Que lo que es sagrado atrae y repele al mismo tiempo. Que hay algo en lo santo que nos lleva a desear ponernos aún más cerca de ello para descubrir de qué se trata, y todavía hay algo que es, de alguna manera, misterioso, tan diferente que queremos huir de ello.

Otto usó un término técnico para describir esa sensación de lo santo, a la cual él llamó usando la frase en latín, “mysterium Tremendum”, Misterio Tremendo, o el misterio que produce estremecimiento, temblor dentro de nosotros. ¿Te has dado cuenta cómo en nuestros días y en nuestra propia cultura la gente pareciera sentir fascinación por lo oculto? Se llenan los cines para ver películas como El Exorcista.

Hay interés en reportajes acerca de la adoración a Satanás y aún así hay algo horrible en esas cosas que es grotesco y por lo que quisieran huir. Pero no estamos completamente seguros, estamos fascinados. Queremos acercarnos. Y pareciera como que seguiremos todo lo que nos da alguna esperanza de penetrar la barrera de lo secular y de lo profano, algo que abrirá una puerta que nos permita entrar al terreno de lo sobrenatural. Atemoriza y fascina al mismo tiempo.

Recuerdo que cuando era niño acostumbrábamos escuchar la radio. Todavía no había aparecido la televisión. Con lo dicho me estoy avejentando yo mismo. Pero la diferencia entre la radio y la televisión es que estábamos restringidos a seguir nuestros programas favoritos a través de la radio, lo que significaba solo oír la historia.

Escuchábamos el diálogo y las descripciones que nos eran dadas por el narrador. No veíamos nada, excepto el dial de estaciones de nuestra radio de esa época. Y esto permitía que llenáramos el vacío con la imaginación. Visualizaríamos con los ojos de nuestras mentes a Superman o al Llanero Solitario.

De hecho, puedo encontrar ciertas ventajas con esto para desarrollar la creatividad. Fuimos forzados a usar la imaginación. Bueno, hubo diferentes clases de programas, radionovelas durante el día, historias de aventuras durante la noche, historias de héroes del Oeste como Roy Rogers y el Llanero Solitario y muchos más.

Sin embargo, uno de los géneros más populares de los programas de radio en los 40s eran las historias de misterio o las de detectives como cazadores de pandillas o encontrando personas perdidas. La radio tenía un programa que era sumamente tenebroso llamado “Suspenso”. Pero el programa de radio más escalofriante de todos los que yo recuerdo cuando niño era uno que se transmitía de noche.

El sonido de apertura era el ruido del rechinar de un ataúd abriéndose en el cementerio. La puerta de una cripta abriéndose, y nosotros siempre hablábamos de la puerta rechinante. Y ese sonido particular era la apertura de ese programa. Y la puerta rechinaba, y tiritaríamos de miedo como niños pequeños. Luego la voz del narrador anunciaría el programa—“Inner Sanctum”. Así lo decían, “Inner Sanctum”. Y nos quedábamos petrificados.

Y lo que me tiene más fascinado ahora cuando reflexiono en ese tiempo es que cuando era niño no sabía que significaba Inner Sanctum. Ahora sé que las palabras significan “Dentro de lo Santo”. Cuando pienso en eso, creo que es sorprendente que los productores de programas de radio en el mundo del entretenimiento, cuando estaban buscando algo que mantenga a las familias fascinadas y que invoque sentimientos de terror en ellos, ellos no pudieron pensar en nada más misterioso, nada más aterrorizante para el ser humano que estar cerca, tan cerca, que estás virtualmente dentro de lo santo.

Esa es la clase de reacción que Rudolph Otto examinó al mirar a varias civilizaciones y culturas. Y él dijo que cuando estamos hablando de lo santo, estamos hablando de algo que es uno de los asuntos más difíciles en la experiencia humana para definir con precisión y con claridad.

De hecho, Otto dice que con respecto a lo santo, estamos lidiando con lo que él llama un tal “más” una palabra extraña este “más”, ¿no es cierto? Cuando usamos la palabra “más” la usamos en aritmética o en matemáticas. Es una forma que indica algún tipo de adición. Algo que se añade con un “más”. Algo que es extra.

Una de las películas más populares vista en los Estados Unidos tiene, quizás, el título más corto que ha tenido cualquier película. Hubo una película que vi cuando era un niño y se titulaba “Ella” E-L-L-A. Ese es un título bien corto, pero al que me refiero no es siquiera una palabra, sino dos iniciales, E.T. E.T. Todo el país se enamoró con este extraño visitante del espacio exterior. ¿Qué significa E.T.? Extra Terrestre. E.T. es la abreviación que le damos al que es un alienígena, uno que viene de fuera de nuestra experiencia y nuestro ambiente, uno que es diferente, uno que es “extra”, que está aparte, extraño, extranjero.

Uno pensaría que el título E.T. sería más adecuado aplicarlo a Dios, quién está arriba y más lejos que la esfera terrestre, este planeta y ambiente que está compuesto por esta tierra en la que vivimos, en la que Dios es el Supremo Extraño, aquel que está supremamente “extra”.

Y así a lo que Otto estaba llegando es que cuando hablaba acerca de la santidad de Dios como comunicando un cierto “más”, estaba hablando de un sentido en el que Dios está arriba y más allá de todo lo que experimentamos en la tierra.

Podemos haber sido hechos a su imagen. Podemos disfrutar cierta semejanza o similitud con nuestro Hacedor, pero más allá de esa semejanza y más allá de tal similitud existe una enorme diferencia, la disimilitud entre quién es Dios y quiénes somos nosotros.

Una vez más, déjenme volver a la declaración que leí sobre San Agustín cuando él hizo la siguiente pregunta, “¿Qué es eso que fulgura a mi vista y hiere mi corazón sin lesionarlo? Me siento horrorizado y enardecido…horrorizado, por la desemejanza con ella; enardecido, por la semejanza con ella.”

Así Agustín fija esta ambivalencia de la que Rudolf Otto habla. En el hecho de que hay un sentido en el cual nosotros somos como Dios, hechos a Su imagen. Y debido a que somos hechos a su imagen y hechos para su gloria, y hechos originalmente para disfrutar de comunión con Él,.

Agustín, como recordarán, empezó su libro, su famoso libro Confesiones, con una oración en la que dice, “Oh Dios, tú nos has hecho para ti, y nuestros corazones no encontrarán descanso hasta encontrarlo en ti”.

E.T. quería volver a casa y respondemos a eso. Él quería volver a su residencia celestial. Eso lo podemos entender porque hay un sentido, al haber sido diseñados en nuestra propia naturaleza como criaturas hechas a la imagen de Dios, de anhelo por nuestra residencia en su presencia.

Es como si hubiera algún tipo de vacío dentro de nosotros, un abismo que nos obsesiona en la profundidad de nuestras almas hasta que podamos alcanzar y abrazar en una relación armoniosa al Dios que nos hizo. Y, sin embargo, debido a nuestro distanciamiento de Dios y debido a la disimilitud entre quién es Él y lo que somos nosotros, permanecemos temblando cada vez que se entromete en nuestra presencia. Ante tal intrusión, esos momentos preciosos, esos momentos significativos donde sentimos la presencia de Dios están llenos con la ambivalente reacción de atracción y temor.

Permítanme leerles brevemente lo que Otto dice para describir ese terrible misterio. Él dice: “Este sentimiento podría a veces venir como un barrido de una marea suave que impregna la mente con un sentimiento tranquilo de la más profunda adoración. Puede pasar como una actitud más estable y duradera del alma que continúa emocionalmente vibrante y resonante hasta que, finalmente, se disipa y el alma retoma su ánimo profano y no religioso de la experiencia diaria”.

¿Se identifican con esto? Todos hemos tenido esas experiencias de profunda emoción que son electrizantes, pero es inevitable que se disipen, y que retornemos a nuestra profanidad apegada a esta tierra.

Él dice: “Podría estallar en una erupción repentina desde las profundidades del alma con espasmos y convulsiones o llevarnos a la más extraña de las agitaciones o al frenesí intoxicado que lleva al éxtasis. Tiene sus formas salvajes y demoníacas y se hunde en un llanto de horror y estremecimiento.

Este tiene sus antecedentes barbáricos y más tempranas manifestaciones y, una vez más, podría ser desarrollado en algo hermoso, puro y glorioso. Puede convertirse en la humildad silenciosa y temblorosa de una criatura en la presencia de quién o qué, en la presencia de lo que es un misterio indescriptible que está más allá de todas las criaturas”.

Lo que él está describiendo aquí es lo que llamo la experiencia humana de pavor santo, un escalofrío penetrante, la sensación de estremecimiento que asociamos con el estar cerca del Dios viviente. Necesitamos explorar esto y hacerlo profundamente, lo que haremos en los próximos días.

 

CORAM DEO

R.C.Sproul

El pensamiento para hoy del Coram Deo, del vivir delante del rostro de Dios. Quisiera dejarles esta pregunta para que ustedes, espero, se la pregunten a ustedes mismos. ¿Cómo sientes; cómo respondes cuando tienes ese sentido de la presencia de Dios?

Si tú piensas en esos momentos en tu vida en donde has sentido Su Presencia, ¿Deseabas más? ¿o querías menos? ¿Querías ir aún más cerca, o querías< retroceder y retirarte?

¿Te identificas con ese sentido de ambivalencia del que Rudolf Otto habla en su libro? ¿La presencia de Dios te hace brillar o te hace estremecerte, o quizás, como en la mayoría de nosotros, hace ambas cosas? Piensa en eso.

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La Distinción de Dios

Ministerios Ligonier

Renovando tu Mente

La Distinción de Dios

R.C.Sproul

Algunas veces pienso que nos parece que nada cambia. Sentimos cómo que estamos estancados en nuestra cotidianidad y que nuestras vidas solo repiten lo mismo una y otra vez. Pero esa no es la realidad. La realidad es que cambiamos, y que cambiamos cada día de nuestras vidas, pero muchos de esos cambios que ocurren son superficiales – ganamos algo de peso; lo perdemos y cosas como esas. Los cambios en nuestra personalidad, en la dirección de nuestras vidas son, en su mayor parte, graduales y casi imperceptibles.

Pero creo que todos nosotros hemos experimentado momentos de crisis en la vida que han alterado radicalmente la dirección de nuestras personalidades o nuestras carreras. Si piensas en el pasado de tu vida, serás capaz de identificar, estoy seguro, un puñado de experiencias críticas, momentos críticos que han cambiado para siempre el curso de tu vida.

Cuando pienso en mi propia vida, siempre regreso al momento en el año 1958 que tuvo lugar al final del invierno durante mis años en la universidad. Estaba recostado en mi cama una noche cerca de la medianoche, mi cuerpo estaba cansado, tuve un día largo, pero no podía quedarme dormido. Recuerdo estar volteando mi cabeza de un lado al otro de la almohada, tratando de encontrar la manera en que podría ser capaz de caer en un sueño pacífico, pero no podía conseguirlo. Mi mente estaba acelerada. Y yo tenía esa abrumadora urgencia de salir de la cama y dejar el edificio donde me estaba alojando.

Así que saqué mis piernas de la cama, me cambié de ropa y salí en medio de la noche, y era una noche bastante fría. Lo recuerdo vívidamente. Había nevado el día entero hasta la noche, pero ahora, cerca de la medianoche, los cielos se habían aclarado. Había luna llena. Las estrellas se veían brillar en los cielos, y fue uno de esos momentos increíbles en un ambiente rural campestre después de una nevazón fresca, donde la noche está callada y hay ese hermoso manto de nieve sobre los campos y sobre las copas de los árboles.

Empecé a caminar por las calles de ese pequeño campus universitario en New Wilmington, Pensilvania. No había nadie más afuera. Había ese silencio penetrante. Y yo estaba solo con mis pensamientos. Podía oír el hielo quebrándose con mis pisadas mientras caminaba por la calle. Me estaba dirigiendo a la capilla de la Universidad.

Ahora, si lo puedes visualizar, la capilla de la universidad estaba al lado del edificio administrativo de la Universidad. Se le llamaba Old Main. Este edificio tenía una inmensa torre y allí había un reloj como el Big Ben de Londres. Y cada quince minutos las campanas del reloj resonaban claramente a lo largo de toda la plaza central del campus.

Y mientras estaba caminando hacia la capilla estaba todo muy silencioso, y era casi la medianoche cuando pude oír los engranajes del mecanismo de cambio del reloj y los oí rechinar antes que las campanas suenen a la medianoche. Y luego de las campanadas vino el sonido de la hora. Y tenía siempre la costumbre… Yo podía oír esas horas siendo anunciadas por las campanas aun desde muy lejos mientras estaba… reposando en mi cama y llegaba a escuchar las campanas y contarlas cada hora para asegurar que tenía la hora precisa.
Pero esa noche eso pasó exactamente a la medianoche mientras me acercaba a la puerta de la capilla. Y conté los golpes de las campanas hasta el número 12.

Luego abrí la puerta principal de la capilla que tenía un inmenso arco de roble que daba a una mini catedral gótica, o algo así. Y mientras caminaba por esa puerta oyendo cada sonido que la puerta hace al abrirse, una puerta que rechinaba, me entró un temor. Porque normalmente cuando uno camina a la capilla, uno va entrando con varios miles de estudiantes al mismo tiempo todos apretados, y todos esos sonidos son amortiguados por el ruido de pisadas, ropas y gente conversando. Pero esa noche, cada sonido individual era acentuado por el silencio. Y caminé hacia adentro y la puerta se cerró tras mí, y fui arrojado a una oscuridad total.

Tuve que detenerme en el vestíbulo de la capilla hasta que mis ojos se ajustaron a la oscuridad, porque la única luz era la luz de la luna que se filtraba a través de los vitrales de las ventanas. Esperé unos momentos y entonces empecé a caminar hacia el centro de la capilla; ¿Alguna vez has estado de noche en una iglesia que está adornada con ventanas de vitrales?

Durante el día, cada una de esas ventanas actúa de forma similar a un prisma. Y la iluminación y refulgencia de la luz que viene de afuera… las ventanas de vitrales producen un espectáculo de belleza sin igual, pero de noche, cuando la luz casi no existe, lo que resalta al estar parado, sin tener luz, son los marcos de metal que separan los paneles en la ventana. Eso es lo que recuerdo cuando entré caminando allí. Era atemorizante.

Con sumo cuidado fui hasta el centro del pasillo y mis pisadas sonaban como las botas militares de los soldados alemanes marchando en calles de piedras. Podía oír como resonaban en toda la capilla. Cuando finalmente alcancé el frente de la capilla, había una alfombra en la escalera antes del altar. Me arrodillé en ese lugar y la primera sensación que tuve fue la de una tremenda soledad. Sentí que estaba completamente solo. Y entonces, en un instante, fui sobrecogido por el sentimiento de otra presencia. Casi la podía tocar. Era como si pudiera alcanzar y tocar esa inmensa presencia de Dios. Y no dije nada más. Yo no oré, ni en voz alta ni en silencio.

Solo estaba arrodillado allí, más o menos disfrutando esa sensación de estar en la presencia de Dios. Y luego tuve un conflicto interno con dos emociones que parecían colisionar en mi corazón. Por un lado estaba un miedo terrible. Tuve la sensación, ese escalofrío que empieza en la base de mi columna y que va corriendo hasta mis dedos; se me puso la piel de gallina. Estaba claramente atemorizado por ese sentimiento de la presencia de Dios; pero, al mismo tiempo, me sentía atraído a deleitarme, a disfrutar el momento, mientras sentía un irresistible bálsamo de paz en mi alma. Y esta fue una de esas experiencias que deseaba que continuaran para siempre. No quería ni moverme. Solo quería permanecer allí, en quietud y en éxtasis pacífico.

Ahora, la razón por la que fui allí, la razón por la que caminé en esa noche helada con la nieve a lo largo de las calles, viendo los témpanos que se formaron en los bordes de los edificios mientras caminaba por la calle, casi como gárgolas de la naturaleza que me añadían algo más de terror. La razón por la que hice esa mini peregrinación era por lo que había pasado esa tarde en el salón de clases. Yo había sido cristiano por un poco más de un año, y mi conversión a Cristo era hasta esa noche, obviamente, el punto más dramático de mi vida. Me había enamorado de Jesús, y mi vida dio un vuelco por completo. Mis amigos pensaban que había perdido la razón. Ellos no podían superar esa transformación y la preocupación por aquello que marcó mi personalidad.

Yo estaba obsesionado con aprender la Biblia en ese primer año. De hecho, en mi primer semestre como alumno nuevo, saqué una A en gimnasia y una A en Biblia. Todo lo demás puras Ds porque no me interesaba aprender más que las Escrituras. Yo pasaba todo el tiempo devorando la Biblia.

Y estaba tomando materias que eran requeridas en el primer año, Introducción al Antiguo Testamento en el primer semestre e Introducción al Nuevo Testamento en el segundo semestre. Y me había propuesto que el profesor no fuera capaz de preguntar algo en el examen que yo no pudiera responder. Y él daba esos largos exámenes de desarrollo– Con quién se casó ese tío y de quién era abuela y cosas como esas… y era casi un juego para mí. Yo quería dominar cada uno de los detalles de la Escritura porque era lo único que me importaba. Hice mi especialidad en Biblia.

Ahora, para el segundo año yo todavía estaba finalizando materias requeridas que necesitaba para graduarme. Y una de esas fue Introducción a la Filosofía. Y la odiaba. Pensaba que era la pérdida de tiempo más grande del mundo que había experimentado hasta ese entonces en mi entrenamiento académico. Y lo que solía hacer en la clase de filosofía era sentarme en la última fila donde al profesor le cueste darse cuenta que estoy allí, y levantaría mi libro de texto al frente mío y ocultaría con el libro grande una versión de letra chica de los últimos sermones de Billy Graham, porque todo lo que quería era leer acerca de religión y oír todo lo que se pueda del cristianismo. Me importaba muy poco Kant, Hume y Locke. Todos esos filósofos sonaban aburridos a mis oídos.

Pero ese día, el profesor estaba hablando de San Agustín. Estaba enseñando acerca del entendimiento de Agustín de la creación del universo. Leyó porciones de las obras de San Agustín. Y casi en contra de mi voluntad, aunque trataba de no escuchar, no pude evitar el oír lo que ese hombre decía; Y así, lenta y de mala gana, dejé el sermón de Billy Graham a un lado y empecé a prestar atención a las enseñanzas de San Agustín. Y Agustín estaba hablando acerca del poder trascendente de Dios por el cual Él podía traer un completo universo a existencia, solo por la pura fuerza de su mandato.

Él estaba describiendo lo que Agustín había llamado el Imperativo Divino, o el Decreto Divino, el poderoso mandamiento por el cual Dios podía decir simplemente, “Sea la Luz” y fue la luz. Y mientras yo escuchaba eso, tuve una repentina epifanía de la grandeza de la distinción de la majestad de Dios, que no me había dado cuenta aun durante mi primer año de absorción de mi interés en estudiar las Escrituras. Y lo que pasó fue casi como una segunda experiencia de conversión para mí.

Había pasado por esa conversión a Cristo. Me había enamorado de Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, pero en esta ocasión, escuchando esta exposición del Génesis de uno de las mentes más grandes de la historia de la iglesia, San Agustín, de repente tuve un completo y nuevo entendimiento del carácter de Dios, el padre. Y cuando digo un nuevo entendimiento, quiero decir un entendimiento diferente. Nunca más pude mirar a Dios como un tipo de Santa Claus celestial, un ujier cósmico que está de turno para responder cada una de mis peticiones y mandamientos. Nunca más pude pensar en la fe como algo que empieza y termina en mi experiencia.

Ahora mi atención no estaba en aquel que fue salvado; llámese, mí mismo, sino en Aquel que descendió del Cielo para encontrarme, para redimirme, para perdonarme, y reclamar mi vida para Él. Y empecé a tener este nuevo entendimiento del Dios con el que debía tratar. Y recuerdo que cuando terminó la clase yo estaba petrificado.

No le dije nada al profesor; no le dije nada a mis amigos en la clase. Salí del aula, no con un espíritu de entusiasmo, sino con sobriedad, casi de reserva. Acababa de rendir algo en mi alma. Y bajé por las escaleras luego que salí del salón. Fui a la oficina del Secretario Académico, fui allá, y cambié mi especialidad de Biblia a Filosofía.

Ahora, cuando hice eso, algunos de mis amigos pensaron que había tenido una crisis de fe y que la había perdido. Ellos decían, “¿estás queriendo decir que ya no vas a estudiar la Biblia?” Les dije, “Oh no, yo voy tomar cada materia que pueda de Biblia. No he cambiado mi posición con respecto a las Escrituras en lo absoluto”. Ellos dijeron, “Pero, ¿por qué te quieres involucrar en el estudio de la filosofía?” Les dije que era porque quería leer los escritos de hombres como Agustín y otros que, en lo humanamente posible, han penetrado en la profundidad del entendimiento acerca del carácter y la naturaleza de Dios.

Ese Dios de quién yo he recibido un atisbo hoy, a quien he conocido con mayor profundidad. Tengo que conocer más de Aquel que confiere, que revela y que manifiesta tal grandeza y excelencia magnífica. Y por esa razón cambié mi especialidad, no porque estuviera interesado en filosofía especulativa, sino porque quería tener las herramientas con el fin de ir lo más profundo posible que pudiera en la búsqueda de mi alma por Dios.

Puedes ver que lo que experimenté esa tarde no me dejó dormir. No era suficiente con solo pensar en eso. No era suficiente con solo estudiarlo. No quería simplemente un entendimiento abstracto de ideas. Lo que ahora quería más que nada era encontrarme a solas con Dios. Y cuando fui a la cama esa noche, antes de acostarme, me arrodillé y lo busqué allí al lado de mi cama, pero eso no era suficiente.

Ahora sé que Dios no está confinado a las cuatro paredes de una iglesia, pero hay algo en un santuario que lo hace tierra santa. Hay algo en la puerta principal de una iglesia que marca el umbral de lo profano a lo sagrado, de lo secular a lo santo. Aun en Israel, en el Tabernáculo y el Templo, hubo un lugar entre el santuario que era llamado el Lugar Santo, y aun el Lugar Santo estaba separado por ese velo gigante que daba al lugar más santo que era llamado Sanctus Sanctorum—el Lugar Santísimo, donde solo el Sumo Sacerdote podía entrar, y solo después de realizar rituales elaborados, de limpieza ceremonial y solo una vez al año. Yo estaba buscando un lugar como ese. Y esa es la razón por la cual me levanté de la cama. Y esa es la razón por la que tuve que caminar con frío y por la nieve para llegar a la capilla.

Una vez más, no era porque creía que era el único lugar en donde Dios estaba presente, sino que, de algún modo, allí podía encontrar refugio, amparo, un santuario donde pudiera estar quieto y conocer que Él es Dios. Y no fui decepcionado. Esa experiencia privada y personal que tuve en esa capilla fue una experiencia transformadora en mi vida.

Y fue el inicio de una búsqueda de toda la vida por la santidad de Dios. Y lo que vamos a hacer en este programa en los días que siguen, Dios mediante, es explorar ese tema que no solo es vital para mi vida, sino que es central en la revelación bíblica del carácter de Dios, y que es absolutamente crucial que cada cristiano lo investigue para su crecimiento personal, reflexionando, buscando un entendimiento de lo que las Escrituras quieren decir cuando declaran que Dios es Santo.

CORAM DEO

R.C.Sproul

Es mi deseo que en cada uno de estos programas tengas un breve tiempo para reflexionar al final y buscar las posibles aplicaciones personales y prácticas del material que hemos cubierto. Voy a llamar a esas viñetas de comentarios de cierre, nuestros segmentos “Coram Deo” tomado del eslogan que fue central para la Reforma del siglo XVI donde hombres como Martín Lutero y Juan Calvino entendieron que la búsqueda de la vida cristiana era vivir Coram Deo, que significa simplemente vivir ‘delante del rostro de Dios’. Para entender que toda nuestra vida debe vivirse con la conciencia de que estamos viviendo en Su Presencia y que estamos viviendo bajo Su autoridad, y que estamos para vivirla para su gloria.

En los días siguientes estaremos buscando algunos recordatorios de las formas en que podemos aplicar lo que hemos aprendido en nuestra búsqueda de vivir nuestras vidas Coram Deo, delante del rostro de Dios.

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