Tradición y recuerdo

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El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

Tradición y recuerdo

Por Robert Drake

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

a vida y el ministerio de Nicolás de Bari ocuparon el final del siglo III y los inicios del siglo IV. Él inspiró la amada tradición de Papá Noel (o Santa Claus), y aunque no vivió en el Polo Norte ni viajó en un trineo tirado por renos, ciertamente fue un paradigma de gracia, generosidad y caridad cristianas. Su gran amor y preocupación por los niños lo llevaron a una cruzada que finalmente resultó en estatutos imperiales de protección que se mantuvieron en Bizancio durante más de mil años.

Aunque poco se sabe de la infancia de Nicolás, probablemente nació de padres adinerados en Patara, Licia, una provincia romana de Asia Menor. Siendo un hombre muy joven, se le conoció por su piedad, buen juicio y caridad, y por eso fue elegido obispo de la destruida diócesis de Mira. Allí se hizo famoso por su santidad personal, su celo evangelístico y su compasión.

Las primeras historias bizantinas reportan que sufrió la cárcel e hizo una famosa profesión de fe durante la persecución de Diocleciano. Según se dice, estuvo presente en el Concilio de Nicea donde condenó explícitamente la herejía del arrianismo. Una historia cuenta que abofeteó al hereje Arrio por pronunciar sus infames abominaciones.

Pero fue su amor por los niños lo que le ganó su mayor renombre. Aunque mucho de lo que sabemos sobre su trabajo en favor de los pobres, los despreciados y los rechazados probablemente ha sido distorsionado por las leyendas y las tradiciones, es evidente que fue un defensor de los oprimidos, otorgándoles regalos como muestras de la gracia y la misericordia del evangelio.

Una leyenda cuenta cómo un ciudadano de Patara perdió su fortuna y no pudiendo levantar dotes para sus tres jóvenes hijas, decidió entregarlas a la prostitución. Al enterarse de esto, Nicolás tomó una pequeña bolsa de sus propias monedas de oro y la arrojó por la ventana de la casa del hombre en la víspera de la fiesta de la Natividad de Cristo. La hija mayor se casó con estas monedas como su dote. Él hizo el mismo servicio de gracia para las otras dos chicas en las dos noches siguientes. Las tres bolsas, representadas en un arte con el santo, se presume que fueron el origen del símbolo de las casas de empeño que tiene tres bolas o monedas de oro. Pero también fueron la inspiración para que los cristianos iniciaran la costumbre de dar regalos en cada uno de los doce días de Navidad.

En otra leyenda, Nicolás salvó a varios jóvenes de una muerte segura cuando los sacó de una tina profunda de salmuera de vinagre, otra vez, en la fiesta de la Natividad. Desde entonces, los cristianos recuerdan el día regalándose grandes pepinillos crujientes.

A través de los siglos, las tradiciones asociadas con Nicolás han mostrado ser un incentivo para alejarse de la trampa y la afrenta doble del materialismo y el ascetismo. En medio del cambio vertiginoso del mundo moderno, necesitamos esas tradiciones más que nunca. Las conexiones con el pasado son las únicas pistas seguras para el futuro. Por tanto, el ámbito de la tradición no es un asunto solo de los historiadores y los científicos sociales.

Una y otra vez esta tensión es evidente en las Escrituras. Dios llama a Su pueblo a recordar: Él los llama a recordar la esclavitud, la opresión y la liberación de Egipto; Él los llama a recordar el esplendor, la fuerza y ​​la devoción del reino davídico; Él los llama a recordar el valor, la rectitud y la santidad de los profetas; Él los llama a recordar las glorias de la creación, la devastación del diluvio, el juicio a las grandes apostasías, los eventos milagrosos del Éxodo, la angustia de la peregrinación en el desierto, el dolor del exilio babilónico, la responsabilidad de la restauración, la santidad del Día del Señor, la gracia de los mandamientos y la victoria definitiva de la cruz; Él los llama a recordar las vidas y el testimonio de todos aquellos que han ido antes en la fe —los antepasados, padres, patriarcas, profetas, apóstoles, predicadores, evangelistas, mártires y confesores— cada espíritu justo purificado en Cristo.

Estamos enamorados del progreso. Vivimos en un tiempo en el que las cosas brillantes y nuevas se aprecian mucho más que las viejas y anticuadas. Pero muchos de los hombres y mujeres más sabios de todos los tiempos han reconocido que la tradición es un fundamento sobre el cual debe construirse todo verdadero avance, que es, de hecho, el requisito previo para todo progreso genuino. Nunca debemos permitir que las conveniencias temporales superen las exigencias permanentes.

Los mercadólogos modernos y los intereses comerciales pueden muy bien abusar de tradiciones como las que giran en torno al personaje de Nicolás de Bari. Pero también pueden ser poderosos incentivos para recordar las cosas que más importan. Pueden ser los medios por los cuales la belleza, la bondad y la verdad prevalezcan en nuestros hogares, nuestras comunidades y nuestro país, tanto en el mes de agosto como en diciembre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant

George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.

El largo camino a casa

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo III

El largo camino a casa

Por Robert Drake

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo III

Del 249 al 260 d. C., muchos cristianos negaron la fe para escapar de la persecución. Pero cuando las persecuciones cesaron, algunos de los infieles quisieron ser readmitidos en la Iglesia. Novaciano de Roma dijo que a nadie se le debería permitir regresar. Novato de Cartago dijo que a todos se les debería permitir volver. Cipriano de  Cartago dijo que solo aquellos que mostraban señales de verdadero arrepentimiento debían ser readmitidos.

Cuando nos preguntamos cómo deberíamos responder a los que han sido excomulgados por varias razones pero que quieren volver, podríamos usar el planteamiento «cipriano» de la restauración de la fe, luego de preguntarles qué piensan ellos que es la fe. Para Jesús, el paradigma de la fe era el mártir. Él dijo, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mat 16:24). Este era el único entendimiento de la fe que podía preparar a los primeros cristianos para enfrentar la muerte. Pero esa fe no estaba reservada solo para aquellos que perderían sus vidas sino que tenía la intención de caracterizar a cada creyente. Seguir a Jesús al tomar la cruz, o como escribió Pablo, para estimar «como pérdida todas las cosas» (Fil 3:8), era convertirse en un mártir en entrenamiento.

Podríamos usar la fe de los mártires que siguieron a Jesús como una guía para definir cuatro categorías comunes de personas de hoy en día que han sido excomulgados de la iglesia pero que quieren regresar.

1. Algunos negaron a Cristo y estaban involucrados en la inmoralidad. 

Esta es la peor situación pero la más fácil de manejar para la iglesia. La confesión debe reemplazar la negación; la moralidad debe reemplazar la inmoralidad. Una confesión renovada de fe puede ser instantánea, porque la persona ya ha confesado previamente a Cristo y sabe lo que ha de ser afirmado. Sin embargo, ya que la persona abandonó la fe, es necesario algún período de instrucción para discernir si la persona ahora asimila (o si en algún momento asimiló) que el paradigma de la fe es el mártir. 

Por supuesto, en la misericordiosa providencia de Dios, es probable que una persona que vuelve no tenga que morir físicamente por la causa de Cristo. Sin embargo tendrá que abandonar su inmoralidad, y el motivo del corazón para dicha auto-negación fluye de la auto-negación básica que toma la cruz. Se necesita tiempo para ver si el viejo patrón de conducta ha sido abandonado y para mantener en observación el nuevo patrón de seguir a Jesús.

2. Algunos negaron a Cristo pero no estaban involucrados en la inmoralidad.

Ya que no hay patrón inmoral a vencer, el período de restauración puede ser más rápido. 

3. Algunos estaban involucrados en la inmoralidad pero alegaban que nunca negaron a Cristo. 

En esta categoría encontraremos probablemente a algunos que insisten en que su pecado fue simplemente un asunto de debilidad. Se ven a sí mismos como el hermano-creyente en Lucas 17:4, quien peca repetidamente pero cuyo estatus como hermano arrepentido debería traer restauración inmediata. Si la iglesia se resiste y requiere tiempo, por lo general la persona considera la iglesia como inmisericorde.

No obstante, tal persona no comprende bien la diferencia entre lo que es relacionado a individuos y lo que es relacionado al tribunal de la iglesia. El arrepentimiento del ofensor en Lucas 17 es lo que evita que su pecado no llegue al tribunal de la iglesia. La situación es paralela al primer paso en Mateo 18, donde el arrepentimiento concluye el asunto. Si un pecado es traído ante el tribunal de la iglesia para un veredicto, el alegato del ofensor de ser un hermano viene a ser irrelevante. En ninguna parte en el proceso de Mateo 18 la fe profesada de la parte culpable se toma en consideración. Del mismo modo, en 1 Corintios 5, cuando Pablo pide la expulsión del hombre que vivía con su madrastra, el hombre estaba en la iglesia en ese momento y supuestamente todavía profesaba fe.

En nuestros días, la insistencia misma del pecador de que nunca abandonó la fe, viene a ser la razón por la cual el proceso de restauración tiene que tomarse tiempo. Tanto el tribunal de la iglesia como el ofensor necesitan saber cuál es esa fe que clama la negación del yo y el estimar todas las cosas como pérdida a fin de enfrentar la fosa de los leones del martirio, y aún así gratifica el yo con inmoralidad. 

4. Algunos alegaban que ni negaron a Cristo ni se involucraron en la inmoralidad. 

Estos alegan que el tribunal de la iglesia les malentendió y que la sanción contra ellos es una injusticia que debería ser revocada. Si esto significa que la iglesia no ha seguido Mateo 18, entonces es una situación terrible y los líderes responsables de la iglesia deben arrepentirse y reincorporar a la persona. Sin embargo, lo que a menudo sucede es que la persona acusada de negar a Cristo o de involucrarse en inmoralidad rehúsa participar en el proceso de Mateo 18. Un tiempo después, la persona podría decir que no entendió la importancia del proceso, que estaba demasiado enferma para comparecer, que estaba demasiado ocupada, que no era de fácil palabra, que quería poner la otra mejilla, que quería proteger a su acusador quien era realmente la parte culpable, o que estaba convencida de que su acusador había logrado prejuiciar a los líderes de la iglesia contra ella. Cada una de estas excusas suena razonable. Pero el verdadero asunto es que la persona falló en someterse al proceso que el Señor dio a Su Iglesia para procurar justicia. El Señor apoyó este proceso cuando dijo, «y si también [el acusado] rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos» (Mat 18:17). La razón de la expulsión no es solo la acusación original sino también la resistencia a escuchar la iglesia. Entonces, el asunto de la restauración viene a ser si hay evidencia de que la persona escuchará a la iglesia. En el lenguaje de los mártires, podríamos preguntar por qué una persona que dice haberse negado a sí misma y haber tomado su cruz no acató lo que Jesús ordenó.

Los líderes de la Iglesia antigua quizá se preguntaron cómo podían estar seguros de una persona hasta que vieran su reacción bajo la próxima persecución. La respuesta podría ser, en aquel entonces y ahora: «¿La ves negándose a sí misma por la causa de Cristo? Si es así, esa es la fe de los mártires. Démosle la bienvenida a casa».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Drake
Robert Drake

El reverendo Robert Drake es el pastor principal de la Friendship Presbyterian Church en Black Mountain, N.C.