Soberanía y Gracia

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Soberanía y Gracia

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La doctrina bíblica de soberanía y salvación, tiene ciertos conflictos que suelen ser cuestionados tratando de ajustarla a los valores teológicos de intérprete. Esta breve selección de textos de un largo pasaje en el que el apóstol Pablo habla fundamentalmente sobre la relación de Dios con Israel y su futuro, resulta compleja y no siempre es bien entendida e interpretada. Por esa razón desde el campo llamado hipercalvinista, o ultracalvinista se enfatiza en el hecho exclusivo de la elección, haciendo una propuesta sobre el orden de los decretos divinos en cuanto a salvación, como sigue: 1) Decreto de elegir a algunos para salvación y de reprobar a todos los demás. 2) Decreto de crear a los hombres, tanto elegidos como no elegidos. 3) Decreto de permitir la caída. 4) Decreto de salvar a los elegidos. 5) Decreto de aplicar la salvación solo a los elegidos. El problema de esta propuesta está en el orden de los decretos divinos en el que figura el de elección y reprobación en primer lugar, esto hace que Dios cree al hombre ya condicionado a salvación o perdición eterna. De este modo están algunos destinados a la condenación antes de que pecasen, o de otro modo, sin otra causa que la voluntad soberana de Dios. No cabe duda que Dios sabía quienes creerían y quienes rehusarían creer, pero esta responsabilidad, como la de la existencia del pecado, no puede imputársela a Dios, sino que es responsabilidad de la criatura.

       En el comentario a los versículos que se han seleccionado se procura situar en el contexto bíblico la enseñanza que algunos usan para justificar la condenación de los perdidos y otros desconocen en cuanto a soberanía divina. Los textos se comentan individualmente. 

15. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. 

       A Moisés dice: La cita tomada por Pablo corresponde a la respuesta que Dios dio a Moisés cuando le pidió que le mostrase Su gloria (Ex. 33:19). La gloria de su Persona se manifiesta en Su nombre, que pone de manifiesto la soberanía divina, unido a la misericordia que el Señor tiene.

        Tendré misericordia del que yo tenga misericordia. Nótese que la respuesta divina se relaciona sólo con la misericordia y la compasión. Los actos de Dios en ningún modo pueden ser injustos, puesto que siempre manifiestan misericordia y compasión.

        En el entorno histórico en que se produce la respuesta de Dios a la petición de Moisés, el pueblo de Israel había pecado gravemente contra Dios, cayendo en la idolatría y fabricando un becerro de oro, como figura representativa de Dios mismo. El Señor, en justicia, había determinado eliminarlo y dejar con vida a Moisés para hacer de él una nueva nación (Ex. 32:10). Moisés intercedió delante de Dios, y Dios perdonó al pueblo (Ex. 32:11-14). Dios puso de manifiesto su misericordia con el perdón otorgado a Israel. Es ahí cuando Moisés pidió ver la gloria de Dios (Ex. 33:18). El Señor le respondió hablándole de gracia y misericordia (Ex. 33:20). Más tarde proclamaría Su nombre rodeándolo nuevamente de gracia y compasión (Ex. 34:6, 7). Dios hace todo esto, no por mérito humano, sino por soberanía misericordiosa. Por tanto, no hay posibilidad alguna de acusar a Dios de un obrar injusto porque elija entre personas para llevar a cabo su propósito y el cumplimiento de sus promesas.

 16. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

        Asi que no. Mediante la fórmula ingresiva compuesta por la partícula conjuntiva a[ra, así, ligada a la conjunción causal ou\n,pues, se establece una oración conclusiva que expresa aquello que se deriva de todo lo dicho antes: Así, pues. Hay una dificultad en el versículo y es la ausencia del sujeto de la oración. ¿Qué es lo que no depende del que quiere ni del que corre? El entorno textual exige que se considere como la elección o también la misericordia de Dios.

       No del que quiere. En cuanto a lo que concierne a la elección y a las promesas, no es asunto de hombres y, por tanto, no es lo que el hombre quiera. Con toda precisión lo afirma: no del que quiere. Es decir, no se dan las promesas en base a deseos humanos. Algunos autores, a causa de su posición teológica que identifica a Israel con la Iglesia, y las promesas dadas a Israel como si fuesen dadas para la Iglesia, confunden la esfera de las promesas con la de la salvación. Por esta causa atribuyen la afirmación de Pablo a quienes son salvos, por lo que la salvación no depende de deseo humano. Esto es verdad, pero no en el contexto que se está considerando. Sin embargo, es necesario entender también que la salvación no depende del hombre, sino de Dios que la otorga (Sal. 3:8; Jon. 2:9). Con todo, Pablo está enseñando aquí que las promesas y la elección de quienes extienden a lo largo de la descendencia de Abraham la línea de la promesa, no se debe a deseo humano, sino a Dios que lo determina en su soberanía.

       Ni del que corre. De igual manera no puede ser alcanzada por esfuerzo humano: “ni del que corre”. Pablo es muy dado a usar las figuras de los corredores en un estadio (cf. 1 Co. 9:24; Gá. 2:2; 5:7). Por esa causa ha hecho destacar antes, que de los hijos de Isaac, la línea de la promesa corre por medio del hijo menor, escogido antes de haber hecho nada, ni bueno ni malo, por cuanto no había nacido aún. Todo esto está enfatizando la soberanía de Dios que lo hace “para que la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama” (v. 11).

        Sino de Dios que tiene misericordia. La conclusión final es concluyente: Todo esto es un asunto potestativo de Dios que da las promesas y elige a quien van destinadas. Todo ello es simplemente un acto de la misericordia divina: “sino de Dios que tiene misericordia”. La elección concretada en los hombres a quienes Dios elige, son la expresión en el tiempo y la historia del propósito soberano y eterno de Dios, sin injusticia ni arbitrariedad.

        Por extensión esta verdad alcanza también a la misericordia en salvación. La promesa admirable de la vida eterna para todo aquel que cree, no es asunto de desear del hombre, ni del esfuerzo humano. La salvación es un don de la gracia y las obras nada tienen que ver para obtenerla, sino la gracia misericordiosa de Dios (Ef. 2:8-9).   En todo ello, aunque el hombre no puede hacer nada para alcanzar la posición en relación con las promesas, y tampoco con la salvación, a no ser que Dios actúe en su favor, no se puede excluir la responsabilidad del hombre en aceptarla o rechazarla y, en todo caso, no se le excluye la responsabilidad para vivir conforme a los dones de Dios.

        Un interesante párrafo de Newell sirve para resumir la enseñanza del versículo:

        “¡Oh, que este versículo penetre en nuestros oídos, en nuestro mismo corazón! Quizá ninguna declaración de toda la Escritura pueda llevar al hombre a tan absoluto extremo. El hombre piensa que puede ‘desear’ y ‘decidir’ hacia Dios, y que después de haber ‘decidido’ y ‘deseado’ tiene la facultad de ‘correr’ o, como dice, de ‘no cejar’. Pero tanto el decidir como el no cejar están en este versículo completamente descartados como fuente de la salvación, la cual se declara que es de Dios que tiene misericordia. No se niega aquí la responsabilidad humana en ninguna manera; el hombre debe desear y debe correr. Pero no somos más que pecadores y no podemos ni podremos hacer nada, a menos que Dios venga a nosotros en misericordia soberana”[1]

 17.  Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.

        Porque la Escritura dice a Faraón. Tanto la libertad de la elección como la del rechazo son potestativas en Dios. El que eligió a Jacob para la línea de la promesa, rechazó para la misma causa a su hermano Esaú. Para enfatizar este segundo aspecto de la soberanía divina, el apóstol hecha mano de otro personaje de la historia antigua, que fue Faraón. Dios habló a Faraón por medio de Moisés y el mensaje quedó recogido en la Escritura, de ahí que Pablo diga que “la Escritura dice a Faraón”. La referencia está tomada del Pentateuco, en donde se lee: “Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra” (Ex. 9:16).

        Porque para esto mismo te levanté. Dios dice a Faraón que había sido levantado por Él. La aparición del monarca egipcio no se debió a un acontecer histórico casual, sino a la expresión de la determinación divina en relación con él. Esto es, Dios coloca a Faraón en su tiempo histórico con un propósito previamente establecido por Él. Es necesario prestar atención al verbo que Pablo utiliza aquí; la forma verbal traducida por levanté, tiene el sentido de dejarle hacer acto de presencia en la historia. Ese es el mismo sentido que la palabra tiene en otros lugares del Nuevo Testamento, como es el caso del testimonio que Jesús da sobre Juan el Bautista: “De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan” (Mt. 11:11)[2].

        Para mostrar en ti mi poder. Dios que permitió la aparición histórica de Faraón en un determinado tiempo, lo hizo para un propósito predeterminado: “para mostrar en ti mi poder”.

        El pasaje del Éxodo es determinante para entender lo que el apóstol cita aquí. Dios había enviado sobre Egipto, por causa de la rebeldía de Faraón, las seis primeras plagas: El agua del río transformada en sangre (Ex. 7:14-25); la plaga de las ranas (Ex. 8:1-15); la de los piojos (Ex. 8:16-19); la de las moscas (Ex. 8:29-32); la enfermedad en el ganado (Ex. 9:1-7); las de las úlceras en hombres y animales (Ex. 9:8-12). Es en el anuncio de la séptima plaga, la del granizo, en donde Dios dice a Faraón que “serás quitado de la tierra”, y que lo había levantado, que en este contexto equivale a te he dejado vivir, para mostrar mi poder en ti. Dios hubiera podido matar a Faraón, pero no lo hizo porque para él tenía el propósito de ser el instrumento que pusiera de manifiesto la omnipotencia divina. En este propósito “mostrar en ti mi poder”, se concreta la historia del Éxodo. Fue el poder de Dios sobre Faraón que liberó a Su pueblo de la esclavitud en Egipto y abre un nuevo camino en el cumplimiento de los pactos y de las promesas. Otras cuatro plagas más completarán los juicios divinos sobre Egipto: la del granizo (Ex. 9:7-35); la de las langostas (Ex. 10:1-20); la de las tinieblas (Ex. 10:21-29); finalmente la de la muerte de los primogénitos (Ex. 11:1-10).

        Y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra. Un segundo aspecto en el propósito divino en relación con Faraón es el de que “mi nombre sea anunciado por toda la tierra”. Tiene que ver con mostrar a todas las naciones la omnipotencia de Dios vinculada con Su nombre. No cabe duda que Dios asignó a Faraón en la historia humana un papel negativo con el fin de demostrar universalmente que Su poder es sobre cualquier poder humano, por grande que sea. Así lo había dicho a Moisés:“Cuando hayas vuelto a Egipto, mira que hagas delante de Faraón todas las maravillas que he puesto en tu mano; pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo” (Ex. 4:21). Más adelante le dice: “Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas. Y Faraón no os oirá; mas yo pondré mi mano sobre Egipto, y sacaré a mis ejércitos, mi pueblo, los hijos de Israel, de la tierra de Egipto, con grandes juicios. Y sabrán los egipcios que yo soy Jehová” (Ex. 7:3, 4, 5).

        Un aparente problema en relación con la acción divina sobre Faraón, se considerará más adelante (v. 19). Por el momento existe aquí una dificultad que abre la puerta a dicho aspecto. El texto de Pablo afirma que Dios trajo a la existencia en un determinado momento de la historia humana a Faraón, y lo mantuvo con vida para que fuera objeto directo y testimonio real de la omnipotencia divina y del cumplimiento de Su plan en relación con las promesas dadas a Israel.

 18. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.

       Compasión y endurecimiento están presentes en los actos divinos, conforme a Su voluntad. Él demuestra su compasión a unos y endurece a otros, conforme a Su determinación. Esta conclusión sorprende al hombre, acostumbrado a conseguir que todo gire a su alrededor y se ajusten las acciones a su voluntad. Cuando esto no ocurre suele acusar de injusto al que opera contrario a lo que él considera que no se ajusta a su propio concepto de justicia.

        Pablo está procurando destacar que la voluntad divina actúa en plena libertad, independientemente de cualquier acción o condición humana. Así lo entiende Wilckens:

        “Así, ambas cosas son ciertas: Dios demuestra su compasión a quien quiere, y endurece a quien le place. Pablo quiere destacar esa voluntad de Dios absolutamente libre, independiente de los hombres. Puesto que es la Escritura misma quien destaca tanto en versión positiva como negativa esta voluntad de Dios, esa misma palabra nos da también la seguridad de que Dios no actúa entonces de manera injusta: la justicia de Dios sólo puede existir en esta libertad absoluta de su actuación, ya que un Dios dependiente del hombre no sería Dios y, por consiguiente, una justicia dependiente de los hombres no sería justicia de Dios”[3].

        Sin embargo, la actuación de Dios en el aspecto reprobador, “al que quiere endurecer, endurece”, no obedece a un capricho arbitrario operativo desde Su omnipotencia. En el caso concreto de Faraón, la historia bíblica lo enseña claramente. Dios no endureció el corazón de Faraón para que actuase meramente al servicio instrumental de mostrar Su poder y gloria, sino que lo hizo confirmando la dureza progresiva del corazón del monarca. La Biblia afirma que a cada una de las cinco demandas divinas para que dejase en libertad a Su pueblo, Faraón respondió con una negativa que surgía de su voluntario endurecimiento; fue él que endureció su corazón (cf. Ex. 7:13, 22; 8:15, 19, 39, 32; 9:7). Fue a la séptima vez que Dios confirma la dureza de aquel corazón (Ex. 9:12). A partir de esa situación, habiendo endurecido Dios su corazón, no había más opción para él que el juicio divino, que pondría de manifiesto delante de todos la grandeza de Dios. Esto era algo sabido de antemano por Dios, por eso dijo anteriormente a Moisés: “Cuando hayas vuelto a Egipto, mira que hagas delante del Faraón todas las maravillas que he puesto en tu mano; pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo” (Ex. 4:21). Las maravillas que Moisés hizo delante de Faraón no sirvieron para que reconociera el poder de Dios, sino que endureció su corazón contra la demanda divina, por tanto, fue instrumento para que Dios mostrase ante todos Su poder en él. Eso es lo que anteriormente había dicho a Moisés: “Y el corazón de Faraón se endureció y no los escuchó, como Jehová lo había dicho” (Ex. 7:13). El Señor conocía la dureza de rebeldía que Faraón había atesorado en su corazón:“Entonces Jehová dijo a Moisés: El corazón de Faraón está endurecido, y no quiere dejar ir al pueblo” (Ex. 7:14). No se trataba de una dureza impuesta por Dios, sino de una actitud voluntaria de Faraón. La actitud arrogante del monarca egipcio está claramente atestiguada por sus propias palabras: “¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel” (Ex. 5:2).

        Sin duda Dios cumplió su propósito de manifestar Su poder y proclamar su nombre en toda la tierra por medio de Faraón. El poder especialmente mostrado sacando a Su pueblo esclavo, de Egipto, lugar de esclavitud (Dt. 6:21; 7:18-19; 11:4; Sal. 77:14-15; 135:9). El nombre de Dios fue proclamado ante las naciones en razón de lo que Dios hizo sobre los dioses de Egipto (Dt. 6:22; 11:3; 34:11), por tanto, los pueblos aprendieron la lección (1 S. 4:7-8).

        De la misma forma ocurrió en los tiempos de Jesús, con el abierto rechazo de Israel al Mesías, a pesar de las señales mesiánicas hechas delante de todos, de modo que Dios confirmó el endurecimiento de Su pueblo (Jn. 12:39, 40) Ese endurecimiento fue la conformación divina a un continuo estado de incredulidad y rechazo consciente de Cristo (Jn. 12:37, 38).

        Dios no actúa injustamente ni hace acepción de personas y mucho menos destina a unos para salvación y a otros para condenación. Su deseo no es la condenación del pecador, sino su salvación (Ez. 18:23, 32; 33:11; 1 Ti. 2:4; 2 P. 3:9). La obligación nuestra es aceptar la soberanía de Dios y no negar la responsabilidad del hombre. Nadie será condenado por voluntad divina sino por su pecado y ninguno podrá decir a Dios que no hizo lo suficiente para salvarle. El hombre se salva por gracia y se condena por incredulidad.

 


[1] W. Newell. o.c., pág. 298.

[2] Véase también: Mt. 24:11; Lc. 1:69; 7:16; Jn. 7:52; Hch. 13:22.

[3] Ulrich Wlickens. o.c., pág. 246.

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Tesoros en Cristo

Tesoros en Cristo

“Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo deamor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si
alguna misericordia” (Fil. 2:1).

Cuando todos los valores desaparecen en nuestro mundo, en Cristo tenemos
cuanto nossea necesario. El apóstol no supone sino que afirma lo que hay en el
Señor, literalmente dice: ya que hay en Cristo. Todas las bendiciones se alcanzan en
Él y sólo unidos a Él se pueden disfrutar las cuatro que siguen.

Primero hay consolación. La idea es que Jesús viene a nuestro lado para
ayudarnos en el modo de andar en el camino de la vida cristiana. Cuando las
fuerzas flaquean o la senda se cubre por la niebla del conflicto, la luz brilla firme en
Cristo alumbrando el paso estrecho y peligroso. Él es además ejemplo para el modo
de obrar en cada momento, basta con “correr con paciencia la carrera que tenemos
por delante, puestos los ojos en Jesús” (He. 12:1-2).

En Cristo hay también consuelo de amor. Es un mensaje que descansa en Su
propia gracia. El amor con que Dios nos ama se expresa en Jesús, que me amó y se
entregó por mí (Gá. 2:20b). No tendremos estímulo para el compromiso de vida si
no es en el amor de Cristo. Muchas veces buscamos que alguien nos muestre amor
y nos desalentamos al no encontrarlo, cuando el Señor nos está amando siempre,
en cualquier momento, en cualquier circunstancia. Vivimos rodeados de Su amor y
podemos sentirlo en la medida en que estemos en comunión con Él.

Además tenemos la comunión en el Espíritu. Él une a cada creyente con Cristo, y
nos une unos a otros como miembros en Su cuerpo. Esta es una unión eterna. La
comunión horizontal de los creyentes es el resultado de la unión vertical de cada
uno con Dios mismo (1 Jn. 1:3). No estamos solos y aislados en el mundo,
formamos parte de una gran familia celestial, hijos del mismo Padre y herederos de
todas las riquezas en Cristo.

En el Señor hay afecto entrañable. Lo que Dios nos mostró debe ser también
nuestra experiencia. No tenemos que esperar que otros nos muestren amor, nuestra
bendición es amar a todos desinteresadamente como hemos sido amados por Dios.

Así lo hacía Pablo: “Dios me es testigo de cómo os amo a todos con el entrañable
amor de Jesucristo” (Fil. 1:8). El Espíritu traslada a cada uno el amor de Cristo para
que podamos amar a todos, “aunque amando más sea amado menos” (2 Co. 12:15).

En Jesús encuentro también misericordia. Es el amor compasivo que me muestra
en todas mis aflicciones. Ese es el amor que permite amar al miserable. Son los
brazos del padre extendiéndose para abrazar al pródigo que vuelve harapiento,
sucio y miserable (Lc. 15:20). Se que no hay justificación a mis caídas, ni disculpas a
mis fracasos, pero también se que en el Señor hay siempre misericordia para mí. No
hay razón para vivir en la tristeza y la desesperanza, si tengo todo cuanto preciso
en Cristo. Tan sólo necesito vivir en plena comunión con Él. La fuente del amor, del
consuelo y de la misericordia está corriendo para que pueda satisfacer toda mi sed
espiritual. No hay nada que me impida tomar de ella ahora cuanto necesite.
Señor, dame siempre de esa agua para que no tenga sed.

Samuel Pérez Millos, es pastor en la Iglesia Evangélica Unida de la ciudad de Vigo, España, desde el 26 de septiembre de 1981. – Cursó los estudios de Licenciatura en Teología, en el Instituto Bíblico Evangélico, graduándose el 10 de junio de 1975.

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DISCURSOS NO EDIFICANTES

DISCURSOS NO EDIFICANTES

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a1“…para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que s por fe, así te encargo ahora” (1 Ti. 1:3-4).

       La Iglesia se asienta sobre la verdad que es Cristo mismo, fundamento donde se edifica. La Palabra es la verdad de Dios dada para que se le conozca y se viva la vida eterna en la comunión del Padre y del Hijo (1 Jn. 1:3). Jesús dijo de sí mismo que es la verdad (Jn. 14:6). Los creyentes son trasladados de un mundo de tinieblas y mentira al de verdad y luz. Ese cambio produce la reacción del maligno, que es contrario tanto a la vida como a la verdad, a quien Cristo llamó mentiroso y padre de mentira, y de quien dijo que “ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla de suyo habla…” (Jn. 8:44). Su propósito es introducir la mentira en medio del campo de la verdad, mediante enseñanzas falsas que promueve en las iglesias. Lo hace bien por mensajeros suyos, hombres perdidos, o influenciando en creyentes a los que desvía de la verdad. En Éfeso habían surgido algunos falsos predicadores que desfiguraban y pervertían la verdad. La presencia de quienes enseñan falsedades al pueblo de Dios, es algo que está presente también en el Antiguo Testamento (cf. Dt. 13:15; Jer. 14:14 s.s.; 23:1 ss.; Lm. 2:14; Ez. 13:1 ss.; Zac. 10:2). Por esta razón Cristo advirtió a los suyos: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”. Sobre La presencia de falsos profetas en el futuro dijo: “Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; … porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de manera que engañarán, si fuese posible, aun a los escogidos” (Mt. 24:11, 24). El apóstol Pablo en la correspondencia corintia habla sobre “falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo” (2 Co. 11:13). Es más, no solo están anunciados por Cristo y a ellos hace referencia Pablo, sino que los apóstoles testifican de la situación que producirían estos falsos maestros en medio de las iglesias, como Pedro escribe: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras” (2 P. 2:1). El apóstol Juan se refiere también ellos diciendo que “muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn. 4:1). El gran peligro de estos que enseñan una doctrina diferente es la apariencia externa que usan para poder hacer su maligna obra, presentándose como “ministros de justicia”, al igual que hace su padre Satanás que también“se disfraza como ángel de luz” (2 Co. 11:14-15).

       En Éfeso el problema se había presentado y, por lo que se aprecia en el contexto, estaban causando un grave quebranto en la congregación. No eran muchos, el apóstol habla de algunos. La forma de actuación de ellos era presentar una enseñanza diferente. No se dan los nombres de estos, ni la procedencia, ni en que consistía la enseñanza. Sin embargo esa situación había sido anunciada por él tiempo antes, en la despedida de los ancianos de la iglesia en Mileto (Hch. 20:17), en donde les dijo que “después de su partida, entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño”(Hch. 20:29). No cabe duda que no pertenecían a la iglesia en Éfeso y era de otra procedencia, porque desde afuera entraban en ella. Pero también habla de quienes se desviaron de la doctrina y que eran personas destacadas en la congregación: “y de vosotros mismo se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hch. 20.30).

       Es muy importante entender que no puede haber transigencia en cuanto a doctrina. Que la enseñanza bíblica tal y como nos ha sido transmitida es Palabra de Dios, por tanto, reviste toda Su autoridad. Nada hay comparable a ella en ese sentido. Las enseñanzas que salen de los hombres son simplemente filosofías huecas, sin ningún tipo de autoridad. La única autoridad es la Escritura, único documento procedente e inspirado por Dios (2 Ti. 3:16; 1 P. 1:21). Sin embargo, el problema persiste. Cada vez más, los principios denominacionales, o los de escuelas teológicas, inciden en la exposición bíblica. Algunos predicadores han dejado los principios básicos y esenciales de la vida cristiana para defender sus convicciones, seleccionando en la Palabra y confundiendo a muchos creyentes sencillos que asisten a las reuniones en la iglesia para edificarse.

       El hipercalvinismo selecciona de toda la enseñanza bíblica sólo aquella que trata sus valores. ¿Acaso no es bíblico y se fundamenta en la Palabra? Indudablemente está en ella, pero, cuando los que consideran que son poseedores de la única verdad entran en una congregación, ésta es sacudida por la incertidumbre sobre quienes de todos los creyentes han sido elegidos y quienes no. Son los que destruyen cuando dicen a creyentes sencillos que no pueden tener seguridad de salvación porque el evangelio que les fue predicado, por cuyo mensaje acudieron a Cristo y depositaron su fe en Él, no es evangelio bíblico y, por tanto, no puede constituir una sólida base para salvación. Son quienes discursean largamente sobre decretos divinos, salvación y condenación eternamente establecida, haciendo temblar a ancianos que han vivido toda su vida testificando con ella de la realidad de la fe y que ahora son sacudidos por la pregunta de si son salvos o no. Estos discursos ponen en tela de juicio la proclamación del evangelio como base de compromiso en la iglesia, argumentando que Dios ya ha determinado quiénes serán salvos y quienes se condenarán, sin importarles el definitivo mandato del Señor de ir a las naciones, haced discípulos, predicar el evangelio y bautizarlos. Tales formas de enseñanza no edifican, sino que acarrean disputas.

       En igual modo pero en sentido opuesto el arminianismo, intranquiliza a muchos afirmando la pérdida de la salvación. Para esto recorren la Biblia seleccionando aquí y allá textos que les son válidos para la defensa de sus principios teológicos. Tales discursos hacen que muchos de los salvos pierdan el gozo de la salvación, ya que no pueden perder la salvación. Los pactos de santidad son sin duda importantes en cuanto expresan el sentido natural de la vida cristiana, es decir, la santidad no es una opción sino la única forma de ser de un salvo. Extremar este principio y abandonar la enseñanza sobre la acción divina para que el regenerado pueda vivir la vida de santificación, es convertir la predicación en discursos que no edifican.

       En medio de este revuelto panorama incide también el carismatismo. Los discursos de estos son una exposición de lo que les gustaría que fuese pero que no es conforme a la Biblia. La confusión de plenitud del Espíritu con bautismo del Espíritu, induce a los creyentes a la búsqueda de experiencias plena y totalmente subjetivas, muchas de ellas como resultado de estados anímicos a los que son conducidos, pero que en modo alguno proceden del poder del Espíritu de Dios. La distorsión carismática enseña, confundiendo a los creyentes, que el fruto del Espíritu con sus manifestaciones que hacen realidad la verdadera identificación con Cristo, se sustituyen por un marcado fanatismo por sanidades, riquezas materiales y felicidad temporal. Enseñan que algunos de los dones que potestativamente el Espíritu da como quiere (1 Co. 12:11) son posesión de todos los verdaderos creyentes, de modo que quien no hable en lenguas no puede tener la seguridad de su salvación. Tales discursos confunden pero no edifican.

       En otro lugar está la teología relativista del poder del hombre. Desde los púlpitos de esta posición el discurso argumenta que el hombre ha sido marginado por una religión tiránica que despojó al ser humano de sus valores, y que estos deben ser recuperados. Sus sermones podrían resumirse en un solo concepto tú puedes. No importa si has caído en el pecado, tú puedes levantarte. No es problema que pases por un fracaso familiar, hay otros caminos que van a orientarte para salir del problema porque tú puedes. Este énfasis en el hombre margina necesariamente a Jesús y Su poder. Conduce esto a una posición peligrosa, o es verdad el discurso humanista o es verdad la enseñanza de Jesús, que afirma: “separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5). Este discurso argumenta también que el pecado es una simple deficiencia humana que varía conceptualmente y evoluciona según el pensamiento de la sociedad en cada tiempo. Este discurso no edifica a los creyentes.

       Finalmente hay quienes ocupan largo tiempo en el púlpito de la iglesia para argumentar sobre valores, tales como el modo de vestir, los tiempos en que se han de celebrar las ordenanzas, como se ha de distribuir el pan y el vino en la Santa Cena, el uso de himnos clásicos o de música y letras más modernas aunque también tengan un rico contenido bíblico. Estos discursos tienen como propósito mantener el pedigrí de ortodoxia frente a degradados hermanos que claudican de las formas recibidas del pasado. Tales discursos, disgregan, separan, impiden la bendición y, por tanto, no son edificantes.

       El apóstol hace un resumen inspirado de esto cuando se refiere a quienes presentan “fábulas y discursos interminables que acarrean disputas más bien que edificación de Dios”, diciendo que todos ellos quieren “ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman” (1 Ti. 1:7). Por eso dice a Timoteo que en su responsabilidad pastoral: “manda que no enseñen diferente doctrina” (1 Ti. 1:3).

       Es tiempo de que los pastores, maestros, líderes y creyentes salgamos al paso de esta situación para decir con firmeza: ¡Basta! Y dejando el camino de la contienda volvamos sin reservas a la Palabra para ser edificados sencillamente en ella.

Samuel Pérez Millos, es pastor en la Iglesia Evangélica Unida de la ciudad de Vigo, España, desde el 26 de septiembre de 1981. – Cursó los estudios de Licenciatura en Teología, en el Instituto Bíblico Evangélico, graduándose el 10 de junio de 1975.

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Perder el Tiempo

Perder el Tiempo

Autor: Samuel Perez Millos

a1“Mirad, pues, con diligencia como andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cual sea la voluntad del Señor” (Ef. 5:16). 

         El tiempo es algo sumamente importante, porque es un regalo que recibimos y porque es irrecuperable. Quiere decir esto que cada día tenemos sólo veinticuatro horas y que cada segundo puede ser bien o mal aprovechado. Cuando alguien pretende ocuparnos con algo que no tiene valor alguno, solemos decirle: No me hagas perder el tiempo. 

         La sociedad actual dispone de muchos medios para entretener, de modo que el tiempo pasa ocupado en cosas intrascendentes. Algunos jóvenes, y no jóvenes, tienen adicción a los juegos electrónicos, pasando horas delante de la pantalla entretenidos en pulsar botones para acceder a un nivel más alto del juego que les ocupa. Las llamadas redes sociales, invaden también la parcela disponible de tiempo ocupándonos en conocer asuntos personales de los amigos y contestando mensajes, muchas veces, sin valor alguno. 

         El apóstol se ocupa del problema del buen uso del tiempo. Tan importante es este asunto que comienza con una llamada para prestar atención diligente en como se usa el tiempo: Mirad, que equivale a atended con diligencia. La utilización del tiempo, correcta o incorrectamente, coloca al creyente en dos ámbitos, la necedad y la sabiduría. Las riquezas de la gracia de Dios proveyeron al creyente de sabiduría y entendimiento (Ef. 1:8). Esta capacitación nos permite un correcto examen en relación al modo de vivir y al control del tiempo del que disponemos. Sin el control de la vida cristiana, ésta se convierte en un estilo necio o insensato. La verdadera sabiduría consiste en ajustarse al pensamiento divino en completa sumisión a la voluntad de Dios. La necedad es el rechazo de Dios y la autoexaltación del hombre (Ro. 1:18ss; 1 Co. 1:21). 

         Pablo exhorta a que los creyentes aprovechen el tiempo para una forma de vida sabia delante de Dios. De ahí que el cristiano deba redimir el tiempo, rescatándolo de la forma mala en que los impíos lo utilizan. Para éstos aprovechar bien el tiempo, es usarlo para practicar el pecado dentro del egoísmo propio. El creyente aprovecha el tiempo cuando lo usa para hacer el bien, en una vida de santificación que es del agrado de Dios. De otro modo, lo que se trata es de aprovechar sabiamente el tiempo para vivir en él conforme a la voluntad de Dios. El tiempo es un bien que pasa y que no es posible recuperar. Cada día Dios presenta oportunidades para hacer el bien y mostrar en nuestra vida la condición de sabios e hijos de luz. Nadie puedeestirar el tiempo, pero todos podemos utilizarlo sacándole el máximo provecho. Cada uno de nosotros tendremos que dar cuenta ante Dios de la administración sabia o necia del tiempo que él nos ha entregado. 

         Cada día, y este es el problema que motiva la reflexión, recibo mensajes de todo el mundo, procedentes, muchos de ellos, de líderes –o por lo menos así se consideran- en la obra de Dios. Mensajes escritos desde la forma que Pablo califica como uso necio del tiempo. Nacen generalmente de un subjetivismo infantil. Muchos son pura maledicencia. Algunos, basándose en la supuesta defensa de la fe, extienden murmuración, mentiras, falsas acusaciones y medias verdades, en contra de todo aquel que sea más capaz que ellos en la obra de Dios. Siempre estos perdedores de tiempo, hablan mal de otro sin antes haberse puesto en contacto con él. Siguen siendo las mismas aves carroñeras que buscan la putrefacción para extenderla a otros como ellos, sin tener en cuenta que el tiempo ha de ser usado para hacer el bien. Se olvidan estos sabios según el mundo, necios delante de Dios, de la responsabilidad que tienen en administrar el tiempo conforme a lo que la Palabra enseña: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gá. 6:10). Extienden la maledicencia y generan respuestas de otros a quienes sus patrañas hacen perder el tiempo para contestarles. Es sabio dejar de responder a los malignos, porque tienes que bajar a su terreno y siempre te ganan por experiencia. Aprovechar el tiempo es no contestar a insensatos. Estos no dejarán la mala costumbre de perder su tiempo, pero no conseguirán hacernos perder el nuestro. 

         Otros pierden su tiempo en asuntos que desconocen. Una de las características del necio es la ignorancia, que les hace sentirse sabios en su propia opinión. Estoy recibiendo en los últimos días enlaces de internet, cartas de muchas partes del mundo, criticando y procurando cuestionar versiones de la Biblia. Para estos la única versión válida y correcta es la Reina Valera y, lamentablemente, las críticas a otras versiones no son hechas en una aproximación al texto griego, sino en un contraste con la Reina Valera. Es sorprendente ver la ignorancia de quienes pierden el tiempo con estas cuestiones. Desconocen totalmente lo que es la equivalencia dinámica en la traducción de las versiones más recientes. Se empeñan en sostener que el idioma correcto es el de hace cien años, sin tener en cuenta que muchas palabras no se entienden porque han dejado de usarse. No tienen ningún tipo de conocimiento sobre la crítica textual, por lo que no saben que continuamente aparecen nuevos manuscritos que permiten hacer una mejor traducción, más fiel y más próxima a los originales. Se asustan cuando una versión moderna deja de usar la palabra sodomita y la cambia por homosexual, lo que les vale para acusar a los traductores y editores de estar a favor de la homosexualidad. Desconocen, por ignorancia, que la Reina Valera, se ha producido desde los manuscritos que tenían aquellos hombres, pero que en los más seguros hay algunas frases que no aparecen y que son interpolaciones evidentes. Hace un momento leía una acusación contra la NVI de negar la deidad de Cristo, porque no aparece la palabra Dios en 1 Ti. 3:16. Quien hace esta afirmación ignora totalmente que en el texto griego no aparece esa palabra, simplemente está el pronombre relativo el que, el cual, de manera que el sujeto Dios, se le añade para mayor comprensión. Lo que están haciendo es perder su tiempo y hacerlo perder a los demás. Yo uso la RV60, siempre; es el texto bíblico que aparece en mi comentario al Nuevo Testamento, pero no significa que no me de cuenta, y así lo hago notar, de las variantes que tiene RV en relación con el texto griego. 

         Los creyentes debemos aprovechar el tiempo. Casi siempre estos elementos que lo hacen perder a tantos hermanos, proceden de quienes no tienen en que ocupar su tiempo. No tienen trabajo en sus congregaciones porque están en franca decadencia. No dedican tiempo a la evangelización y plantación de nuevas iglesias porque no tienen planes para la obra. No se dedican a estudiar la Biblia porque creen que lo saben todo. Están plenamente dentro del campo que Pablo dice: Mirad que no uséis el tiempo como necios. 

         El apóstol concluye con una advertencia. El secreto para utilizar bien el tiempo está en conocer continuamente cual es la voluntad del Señor, que está sólo en lo bueno, lo agradable y lo perfecto (Ro. 12:2), en todo momento y en toda situación. Al entender cual es la voluntad de Dios, el cristiano actúa en sabiduría. La voluntad personal o voluntad propia en relación con el aprovechamiento correcto del tiempo, es necedad, porque nos impide orar como el Señor enseñó: “…hágase Tu voluntad como en el cielo, así también en la tierra” (Mt. 6:10). Pedir por obediencia, es decir, para hacer la voluntad de Dios, compromete al que ora, que acepta voluntariamente una posición de obediencia plena. Lo que pide a Dios que se haga en todos, lo hará primeramente él mismo. 

            No hay disculpa para no vivir aprovechando el tiempo, porque conocemos la voluntad de Dios. Mientras tanto, no permitamos que nos hagan perder el nuestro. Hay un recurso inmediato que se llama papelera de reciclaje, a donde debe pasar todo aquello que no sirva para nuestra edificación. No dejes que te ocupen el tiempo que debes dedicar al servicio del Señor, a la edificación de la iglesia y a la atención de los tuyos, por quienes no tienen otra cosa que hacer que perder el tiempo.

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“Tales son los caminos de los que se olvidan de Dios” (Job 8:13).

REPROCHES DE UN FISCAL

Autor: Samuel Perez Millos

Tales son los caminos de los que se olvidan de Dios” (Job  8:13).

a1       Cada uno de los amigos de Job tenía un concepto personal de la causa de su aflicción. Todos ellos consideraban que la situación a que había llegado se debía a algún pecado de él o de los suyos que no había confesado. En el capítulo habla un hombre de carácter agrio. No tiene en cuenta el dolor de Job. Habla con él como alguien a quien se le agotó la paciencia, invitándole a que vea en tres direcciones.

       ¡Mira arriba! (vv. 3-7). Dios es justo y actúa siempre con justicia, por tanto sólo permite una situación como la tuya por retribución justa al pecado. Por este sofisma los hijos de Job habían recibido lo que correspondía a su pecado (v. 4).  No tiene en cuenta la providencia, sólo la retribución. Job debía reconocerlo ante Dios, y confesar su pecado.

       ¡Mira al pasado! Es típico del legalista que piensa que el pasado fue siempre mejor que el presente. En su pensamiento eso le ocurría a Job; un pasado glorioso y un presente lamentable. No ve al pasado para descubrir a Dios, sino para contemplar a los que vivieron antes tomándolos como ejemplo de vida (v. 8). En su pensamiento hay un concepto erróneo:nosotros no sabemos, solo eran sabios los antiguos. En cierta medida estaba diciendo a Job, aprende de los que fueron antes que tu. ¿De que valía esto para quien estaba en tan angustiosa situación?

       ¡Mira entorno a ti! (vv. 11-19). Pedir a Job que mire a su alrededor era invitarlo a ver el basurero donde estaba sentado. Así le dice, tú estas así porque te has olvidado de los caminos de Dios (v. 13). Como una planta privada de agua que se seca, así estás tu a causa de tu pecado.

       El juicio de aquel hombre no solo causó mayor angustia a Job, sino que expresó conceptos equivocados. Los grandes conflictos no son siempre retribución merecida por el pecado, sino la bondadosa permisión de la gracia. Hemos de comprender que nuestras concepciones de la verdad son siempre menos que la verdad misma. Ignorar el amor de Dios, Su gracia y Su misericordia es ignorar a Dios mismo. El Señor es “lento para la ira y grande en misericordia” (Ex. 20:6). La consolación es entender que en medio de la angustia, de algún modo incomprensible, actúa el amor de Dios. Algunos procuran cargar la conciencia del hermano con la sombra de algún pecado, sin entender que la fidelidad y la santidad no son esfuerzos del hombre sino la operación divina en la vida cristiana (He. 13:20-21). El legalista se olvida que la fe no sólo es auténtica en las grandes batallas, cuando se glorifica a Dios aun a riesgo de la vida, sino también cuando agoniza en las profundidades de la perplejidad.

       La gran seguridad en medio de las pruebas es que en las mayores dificultades, las promesas de Dios son incondicionales. Esto implica descanso, porque debemos estar “…contentos con lo que tenéis ahora; porque Él dijo: No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (He. 13:6).

Señor, no entiendo lo que sufro ahora, pero sé que estoy rodeado de Tu amor.

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UNA NECESIDAD URGENTE

UNA NECESIDAD URGENTE

Samuel Perez Millos

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgara a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que predique la palabra” (2 Ti. 4:1-2).

          El apóstol Pablo estaba esperando el momento de su partida. Cualquier día, la puerta de su celda se abriría y sería llevado al lugar de ejecución de la sentencia dictada a muerte contra él. No había mucho tiempo por delante. Su ministerio había terminado, todo cuando el Señor le había encomendado estaba hecho. Él mismo dice a su compañero Timoteo que había terminado la carrera (2 Ti. 4:6). Las recomendaciones que hace a su colaborador, entonces integrado en la iglesia en Éfeso, deben ser tenidas en consideración por ser lo último que el que había servido con fidelidad deja establecido. Esta es evidentemente precisa y tiene que ver con la necesidad de predicar la Palabra. Es algo no sólo urgente, sino que a modo de mandamiento debe ser obedecido. No hace un ruego, establece esto a modo de juramento, es decir, coloca al destinatario bajo juramento, conjurándolo delante de Dios para que atienda al mandamiento, sin reservas y con dedicación continua.

          La razón que el apóstol da para que la Palabra sea predicada lo advirtió ya en su primera epístola cuando dice que en estos días, vendrán “tiempos peligrosos” (2 Ti. 3:1). No habla de tiempos difíciles, o problemáticos, sino peligrosos. El peligro alcanza a todos y en especial a los hombres y mujeres de la iglesia. El peligro tiene que ver con gente que vivirá en apariencia de piedad pero negarán la eficacia de ella. Peligrosos porque habrá maestros réprobos en cuanto a la fe. Peligrosos porque habrá engañadores, cuya misión será la de ir engañando a otros. Fundamentalmente, peligrosos, porque habrá gente que se ha cansado de la doctrina y procurarán oír lo que satisfaga a sus oídos, pero no lo que Dios tiene para Su pueblo.

         Lamentablemente esta es, a mi entender, la mayor necesidad de nuestros días. Lo es porque poco a poco la Biblia va cediendo espacio en el púlpito de las iglesias. En los últimos años cosas, sin duda importantes, como la alabanza, han ido desplazando a lo fundamental que es la Palabra. De otro modo, el creyente está cansándose de oír la voz de Dios, pero procura que Él oiga la voz de Su pueblo. La idea, no bíblica, de que Dios necesita la alabanza porque su trono se asienta en ella, a elevado esta actitud, a la parte más importante de la vida del creyente y de la iglesia. Baste con mirar las formas de los templos en que se congregan los creyentes para darse cuenta de esto. Hasta la edad media, el altar presidía todo el lugar de culto; luego, en la Reforma, dio paso al púlpito que se situaba en el frente y centro del lugar de reunión y la Palabra pasó a ser el núcleo principal de ella; en nuestros días el púlpito fue retirado para ser sustituido por el escenario, donde la música, el canto, la danza y otras expresiones de alabanza ocupan el tiempo más extenso de la reunión. Muchas veces, ocurre que si es necesario acortar algo del culto por necesidad de tiempo, se recorta el mensaje de la Palabra, pero en modo alguno puede tocarse el tiempo de alabanza. En muchas iglesias el director de alabanza es más importante que elpastor-maestro.

        Las consecuencias de esto son evidentes. Dejadas las congregaciones sin el alimento sólido de la Palabra, pasan a sercristianos infantiles, que son fácilmente arrastrados de un lado a otro por cualquier viento de doctrina. La ética cristiana se debilita porque falta el conocimiento de lo que Dios establece en su Palabra, y un viento de mundanalidad y carnalidad, sopla sobre muchos cristianos que son arrastrados a posiciones contrarias a la Biblia y dejan de ser luces en las tinieblas. Las demandas sólidas de la vida de santidad, han dado paso a una mal llamada libertad que no es otra cosa que unlibertinaje personal en el que cualquiera tiene derecho a vivir como mejor le parezca. La situación es lamentable, la mundanalidad ha venido a ser la forma expresiva de vida de muchos cristianos.

         Además, dos grandes corrientes teológicas, golpean muchas congregaciones, arrastrando a jóvenes, confundiendo a muchos y causando divisiones. De una parte está el llamado calvinismo extremo, en donde la determinación divina elimina totalmente la responsabilidad humana. Acusan estos a los pastores de no predicar el evangelio bíblico y producen en muchos hermanos la angustia vital de preguntarse si habiendo creído el mensaje que les fue predicado, son verdaderamente salvos o no. Llegan estos maestros no bíblicos a afirmar que se necesita una re-evangelización de la iglesia para que haya conversiones reales. Confunden a muchos afirmando que Dios no ama al pecador. Que el amor de Dios está dirigido sólo a los que han sido eternamente escogidos para salvación mientras que los otros, reprobados antes de la creación del mundo, son objetos del odio santo de Dios contra ellos. La evangelización establecida por Cristo deja de ser el objetivo prioritario de la iglesia ante el mundo, porque quienes han sido determinados para salvación, serán salvos de cualquier modo. La rigidez de lo que llaman santidad práctica, hace vivir en angustia a muchos cristianos que no llegan a alcanzar los niveles que ellos mismos establecen seleccionando textos bíblicos fuera de contexto que los convierte en pretexto para hacer de ellos base de sus enseñanzas. De otra parte está el carismatismo, que haciendo bandera del poder del Espíritu Santo de Dios, predican una vida cristiana presa del subjetivismo personal. Son los que proclaman la necesidad de que en la iglesia existan apóstoles con la misma autoridad que los Doce para que haya una supervisión de las actividades eclesiales. Esta llamada supervisión con autoridad apostólica permite que estos sean obedecidos sin reserva. El subjetivismo carismático hace blasón de nuevas revelaciones del Espíritu. La muletilla Dios me ha dicho, el Señor me habló, permite a cualquiera que dice tener una revelación divina, ser obedecido como rema, palabra de Dios por medio de los creyentes. La Biblia, en manos de estos está dejando de ser predicada para que las congregaciones se alimenten de subjetividades que son recibidas aunque no descansen en la Biblia. La verdadera espiritualidad para estos se manifiesta en hablar en lenguas, en caer en el Espíritu, en sanidades de auto-engañados aunque los verdaderamente enfermos sean despedidos por la puerta trasera de la iglesia luego de que los asistentes al culto hayan dejado el templo, alegando que Dios ya no sana más hoy.

         La razón de todo este estado de la iglesia no es otro que la falta de enseñar la Palabra. Claro está que para poder enseñar la Biblia es necesario que haya hombres preparados para hacerlo. Maestros que han sido formados en la Palabra. Pastores cuyo celo sea el de dedicar tiempo al estudio para poder enseñar también a otros (2 Ti. 2:2). Iglesias cuya determinación y orientación sea dar prioridad a la Biblia sobre cualquier otra cosa, no para hacer técnicos en la Palabra, sino para formar hombres y mujeres que conociendo la Biblia, vivan vidas conforme a ella. Satanás procurará que esto no ocurra. Nada teme más que un creyente que puede apoyarse en la autoridad de la Biblia y responder con ella a sus insinuaciones y tentaciones.

          El mundo evangélico está atravesando un momento de crisis en todos los terrenos. En base a no molestar a otros, se asume como válidas conductas que no solo son contrarias a la moral, sino a la misma naturaleza. Hay iglesias que llamándose evangélicas aceptan el matrimonio contrario a lo que Dios establece en su Palabra, porque también ellos tienen derecho de ser recibidos, ya que la Iglesia es el lugar de encuentro para todos los hombres que desean alabar a Dios. La familia está destruyéndose, los matrimonios rompiéndose, nuevas uniones sustituyen a las anteriores siendo causa de ruina para muchos niños pequeños en hogares destruidos. Nuestra sociedad vive en buenas casas, pero carece de hogares.

          De ahí la advertencia del apóstol a la que debemos prestar urgente atención: “que prediques la Palabra”. Es hora de que quienes creemos en la autoridad, inerrancia e inspiración plenaria de la Escritura, dejemos a un lado las barreras de nuestros sistemas religiosos, las divisiones de un mal entendido denominacionalismo, para acudir juntos y hacer un bloque contra la corriente no Biblia que está afectando el mundo evangélico. Dejar esto para más adelante puede resultar en la ruina inevitable de muchas vidas, avanzando a un punto sin retorno del que será imposible salir.

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IGLECRECIMIENTO

IGLECRECIMIENTO

Autor: Samuel Perez Millos

“Perseveraban en la doctrina de los apóstoles… perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón… y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hch. 2:42, 46, 47).

 a1       Hace casi dos siglos que el pastor y evangelista Spurgeon dijo una de sus impactantes frases: “Pronto llegará el tiempo en que en la iglesia, en lugar de pastores alimentando ovejas, habrá payasos entreteniendo cabras”. Aparentemente pudiera resultar excesiva. Algunos dicen que esta era una de las formas habituales en Spurgeon cuando cargaba contra lo que no eran de su gusto. Sin duda fue un hombre cuestionado en sus días. Su énfasis sobre la predicación bíblica, su compromiso con la Palabra, su alejamiento de reformas no bíblicas para atraer gente a la iglesia, desataron contra él olas de crítica que le costaron el tener que dejar su propia denominación bautista. Pero, el tiempo, le está dando la razón.

        Muchas iglesias están cayendo en lo que se ha dado en llamar el iglecrecimiento, que no es otra cosa que las técnicas de mercado aplicadas al crecimiento de la iglesia local. Este método, en ocasiones más extremo que en otras, ofrece al liderazgo de las iglesias, alternativas que permitan hacerlas más atractivas a la sociedad. El culto debe ser modificado en formas que incorporen actividades sociales aceptables al mundo actual. La música vibrante y rítmica se usa para sustentar letras muchas veces poco bíblicas; el reiterativo repetir de frases en el canto para que se instalen en la mente de los congregantes; la danza establecida en base a textos aislados del Antiguo Testamento; el teatro que presenta de forma atractiva el mensaje bíblico, mucho más aceptable de este modo por la gente, que la exposición bíblica del pastor en la iglesia; el entretenimiento de los niños con juegos propios a su edad para hacerles encantador el tiempo en que los mayores están en la reunión, etc. etc. son elementos propios de las técnicas de iglecrecimiento actuales. Lo importante para sectores del cristianismo de hoy es la dimensión numérica de la iglesia y no tanto su solidez bíblica.

        La iglesia actualizada es aquella que tiene un gran programa dominical en el que la alabanza es la parte principal del culto, donde otras formas de expresión amena se suceden en la reunión de creyentes. Esto a costa de reducir el tiempo y la forma de la exposición bíblica. No cabe duda que en algunos, las técnicas de crecimiento, dan el resultado apetecido y los líderes se sienten orgullosos al tener que poner un servicio de orden para canalizar hacia el templo los cientos de personas que asisten al servicio del domingo. Sin embargo, eso no deja de ser una mera apariencia de espiritualidad. El mensaje bíblico de muchas de esas iglesias es simplemente una machacona afirmación humanista del tu puedes. La exposición sistemática de la Palabra no existe. Muchas predicaciones –si se pueden llamar así- apenas citan un solo texto de la Escritura, para que el predicador trate temas sociales, y actuales, bajo una óptica humanista no siempre generosa sino interesada en los recursos materiales que una gran congregación puede proveer. Algunas veces el montaje dominical alcanza extremismos que no sólo no son bíblicos sino que son anti-bíblicos. El púlpito se llena de predicadores que se consideran y se hacen llamar apóstoles. Acompañando a esto hay decenas de testimonios personales de milagros que nunca lo han sido, pero que despiertan la admiración hacia el líder de turno. Algunos fieles entusiasmados se olvidan que los realmente enfermos, paralíticos, ciegos, sordos, etc. no son presentados ante el auditorio, sino que se retienen en algún departamento lejos de las miradas de la gente, para luego decirles que no hay más milagros hoy, o incluso que no han tenido suficiente fe para ser sanados.

        La enseñanza de los actualizadores de la iglesia, incide necesariamente en la alabanza. Hace poco tiempo escuchaba a un presentador de un culto decir a la congregación: Debemos alabar hoy como nunca, porque con eso ofrecemos a Dios un trono, ya que Él se asienta sobre un trono de alabanza. Al convertirse la alabanza en actividad, dejando de ser actitud, es natural que sea la parte más representativa, importante y vital del culto. A Cristo se invita en la alabanza a que venga yocupe Su lugar. Quiere decir que el culto es de la iglesia y que el Señor es el invitado a esa reunión. Según entiendo a la luz de la Biblia, es todo lo contrario. Nosotros somos invitados por Él a venir a su encuentro para oír su voz y responder con alabanza, fruto de labios que confiesan Su nombre (He. 13:15).

        La dinámica de atractivo cultual, lleva también a otros modos, como poca luz para la oración, si es posible en penumbra y con velas, rodeando las oraciones con música suave para generar una atmósfera de espiritualidad que es irreal. El Dios de la Biblia se definió a Sí mismo como luz. En la Palabra las tinieblas no son de Dios, sino del enemigo, pero, las técnicas de espiritualidad actual están desorientando la iglesia en esto y en otras muchas cosas.

        ¿Acaso estoy en contra de la actualización del culto? ¿Quiero mantener las formas de antaño, cantar un determinado tipo de música excluyendo cualquier otra? ¿Me resisto a modificar tiempos, horarios, días de reunión, vestido? ¿Soy opuesto a un buen grupo musical en la iglesia? En modo alguno, he abogado y me he involucrado en el cambio necesario. No podemos continuar con sistemas trasnochados que espantan a los jóvenes, que se hacen insoportables para los niños, que cansan a los mayores y hacen dormir a los viejos. Quiero una iglesia renovada, jovial, dinámica, encantadora. Pero, sobre todo quiero una iglesia bíblica.

        Ninguna iglesia creció jamás en la dimensión en que lo hizo la iglesia en tiempos de los apóstoles. De cuya referencia se tomaron los versículos del encabezado de este pensando en alto. El crecimiento de la iglesia descansa en bases totalmente opuestas a las propuestas del iglecrecimiento actual, es más son incluso totalmente contrarias y nadie de los involucrados en estos métodos se atrevería a usarlos y proponerlos como elementos para hacer crecer una congregación y consolidarla.

        El primer elemento es la perseverancia en la doctrina. Los apóstoles y luego los maestros y pastores, enseñaban doctrina porque predicaban la Biblia. Las congregaciones no venían al lugar de reunión para ser entretenidas, sino para serenseñadas. Los cristianos no salían llenos de experiencias, sino de Palabra. Los hogares cambiaban, las familias se sustentaban, porque eran tocados no por las emociones tan en boga, sino por el Espíritu que aplicaba la Escritura. La iglesia cristiana no tenía que hacer malabarismos para cautivar la sociedad, sino que la sociedad les alababa y reconocía porque vivían conforme a la Escritura. Cristo era el centro de todo, los líderes eran meros servidores del Señor de la Iglesia. El Espíritu Santo conducía la obra y manifestaba Su poder como quería, cuando quería y en el tiempo que quería, sin la pretendida instrumentalización del que deshonesta e incluso impíamente se hace de Él por algunos líderes. Los creyentes entendían la soberanía de Dios, que se niega en el tiempo actual para sustituirla por el poder del hombre.

        El segundo elemento era la reunión eclesial. Los creyentes acudían cada día para ser edificados. La reunión congregacional no es para experiencias sino para edificación. Una lectura desprejuiciada del Nuevo Testamento lo enseña claramente; baste un ejemplo: en la iglesia de los tiempos apostólicos, los pastores y los maestros ejercían sus dones “para perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4:12). Es por eso que el apóstol Pablo enseña que “ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef. 4:29). Las palabras corrompidas no son sólo aquellas con las que se expresa un hablar burdo, sino todas las que en el culto no proceden del impulso del Espíritu en conformidad con la Palabra. Debo afirmar que el iglecrecimiento hace énfasis en las reuniones eclesiales, pero no en la razón de esa reunión sino en intereses diferentes a las referencias bíblicas.

       Los creyentes eran sostenidos en sus pruebas, persecuciones, aflicciones, desprecios e incluso muerte, por la gracia poderosa de Dios y por la Palabra. De otro modo, los cristianos se ajustaban a la Biblia y Dios bendecía a los cristianos. Miremos el verdadero iglecrecimiento, conforme a Hechos: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. ¡Pobrecitos, dicen algunos, crecían pero no mucho! ¿No mucho? “Y se añadieron aquel día como tres mil personas”“pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil”… “y la multitud de los que habían creído, era de un corazón y de un alma” (Hch. 2:41; 4:4, 32).

          Solo hay una alternativa: seguir la técnica del iglecrecimiento  o la Biblia,  de otro modo, obedecer a los hombres o a Dios.

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