Probemos el plato principal

MAYO, 11

Probemos el plato principal

Devocional por John Piper
Probad y ved que el Señor es bueno. (Salmos 34:8)

A aquellos que dicen que nunca han probado la gloria de Dios, les digo: han probado muchos de sus aperitivos.

¿Alguna vez han mirado hacia el cielo? ¿Han recibido un abrazo? ¿Se han sentado frente a un fuego cálido? ¿Han caminado por un bosque, se han sentado junto a un lago, o se han mecido en una hamaca en verano? ¿Han probado su bebida favorita en un día de calor o han comido algo sabroso?

Todo deseo es un incentivo, ya sea devoto o distorsionado, para poner la mira en la gloria del cielo.

Si dicen que no han probado la gloria de Dios, yo les digo que sí han probado los aperitivos. Ahora sigamos con el plato principal.

Han visto las sombras; ahora miremos la sustancia. Han caminado bajo los cálidos rayos de luz del día; ahora levantemos la cabeza y miremos al mismo sol. Han oído los ecos de la gloria de Dios por doquier; ahora sintonicemos nuestro corazón con la melodía original.

El mejor lugar donde podemos sintonizar nuestro corazón es la cruz de Jesucristo. «Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14).

Si queremos contemplar la muestra más concentrada de la gloria de Dios, miremos a Jesús en los Evangelios, y especialmente en la cruz. Esto nos hará enfocar la mirada, sintonizar el corazón y despertar las papilas gustativas para poder ver y oír y saborear la gloria del Dios verdadero en todas partes.

Esa es la razón para la que fuimos creados. Les suplico: no desperdicien su vida. Dios nos creó para que conozcamos su gloria. Busquémosla de todo corazón y por sobre todas las cosas.

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Un pueblo para su nombre

MAYO, 10

Un pueblo para su nombre

Devocional por John Piper
Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. (Hechos 15:14)

Resulta prácticamente imposible ser exagerado respecto del lugar central que ocupa la fama de Dios a la hora de incentivar a la iglesia en su misión.

Cuando el mundo de Pedro quedó de cabeza por de la visión de los animales impuros que relata Hechos 10 y por la lección que Dios le dio acerca de evangelizar tanto a gentiles como a judíos, él regresó a Jerusalén y le dijo a los apóstoles que todo esto se debía al celo de Dios por su nombre. Lo sabemos porque Jacobo resumió el discurso de Pedro en estas palabras: «Varones hermanos, oídme. Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre» (Hechos 15:14).

No es de extrañarse que Pedro haya dicho que el propósito de Dios era reunir un pueblo para su nombre, ya que algunos años antes Jesús había tocado el corazón de Pedro dándole una lección inolvidable.

Recordemos la escena en la que, luego de que un joven rico se alejara de Jesús y se negara a seguirlo, Pedro le dijo a Jesús: «He aquí, nosotros [a diferencia de este joven rico] lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué, pues, recibiremos?» (Mateo 19:27). Jesús le respondió con una leve reprensión, con la que en efecto intentaba advertir que no existe sacrificio supremo para quienes viven por el nombre del Hijo del Hombre: «Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (Mateo 19:29).

La verdad es clara: Dios está persiguiendo, con gozo omnipotente, el propósito mundial de reunir de toda tribu, lengua y nación un pueblo para su nombre (Apocalipsis 5:9, 7:9). Él tiene un entusiasmo inagotable porque su fama sea difundida entre las naciones.

Por lo tanto, cuando nuestros sentimientos entran en armonía con los suyos y, por causa de su nombre, renunciamos a ir en pos de los placeres mundanos y nos unimos a él en su propósito global, el compromiso omnipotente de Dios por su nombre nos invade y no podemos salir perdiendo, a pesar de que podamos atravesar muchas tribulaciones (Hechos 9:16; Romanos 8:35-39).

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Lo que significa amar a Dios

MAYO, 09

Lo que significa amar a Dios

Devocional por John Piper

Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua. Así te contemplaba en el santuario, para ver tu poder y tu gloria. (Salmos 63:1-2)

Solo Dios puede satisfacer un corazón como el de David. David era un hombre conforme al corazón de Dios mismo. Fuimos creados para ser así.

Esta es la esencia de lo que significa amar a Dios: estar satisfechos en él. ¡En Él!

Amar a Dios implica obedecer todos sus mandamientos, implica creer toda su Palabra, implica agradecerle por todos sus dones; pero la esencia del amor a Dios es deleitarse en todo lo que él es. Y es este deleite en Dios lo que glorifica su valía del modo más completo.

Todos sabemos esto tanto por intuición como por leerlo en las Escrituras. ¿Nos sentimos más halagados por el amor de aquellos que nos sirven debido a que los constriñe una responsabilidad, o por el amor de aquellos que disfrutan nuestra compañía?

Mi esposa se siente más halagada cuando le digo: «Me hace feliz pasar tiempo contigo». Mi felicidad es el eco de su excelencia. Lo mismo sucede con Dios. Él es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en él.

Ninguno de nosotros ha alcanzado la satisfacción perfecta en Dios. A menudo me apena percibir que mi corazón está quejumbroso por haber renunciado a los placeres del mundo. Pero he probado que el Señor es bueno. Por la gracia de Dios ahora conozco la fuente del gozo eterno.

Por eso amo invertir mis días atrayendo a las personas hacia el gozo, hasta que puedan decir conmigo: «Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo» (Salmos 27:4).

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Complacido con sus preceptos

MAYO, 08

Complacido con sus preceptos

Devocional por John Piper

Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío. (Salmos 40:8)

¿Cómo obra en nosotros el nuevo nacimiento para que los mandamientos de Dios se vuelvan un placer en lugar de una carga?

El apóstol Juan dice: «Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» (1 Juan 5:4). En otras palabras, el nuevo nacimiento nos capacita para sobreponernos al peso que los mandamientos de Dios ejercen sobre el hombre natural al engendrar fe. Esto queda confirmado en 1 Juan 5:1, que dice, literalmente: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios».

La fe es la evidencia de que hemos nacido de Dios. No podemos nacer de nuevo por nuestra propia decisión de creer. Dios nos da la voluntad de creer haciéndonos nacer de nuevo. Como dice Pedro en su primera carta, Dios «nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva» (1 Pedro 1:3). Nuestra esperanza viva, o fe en la gracia venidera, es la obra de Dios en nosotros mediante el nuevo nacimiento.

Por lo tanto, cuando Juan dice que «todo lo que es nacido de Dios vence al mundo» y luego añade que «esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe», interpreto que lo que quiere decir es que Dios nos capacita, mediante el nuevo nacimiento, para vencer al mundo, es decir, para vencer a nuestra poca disposición en la carne para cumplir los mandamientos de Dios. El nuevo nacimiento produce este efecto al generar fe, lo que evidentemente implica una disposición a ser complacidos, en lugar de desalentados, por los mandamientos de Dios.

Por consiguiente, la fe es lo que vence nuestra hostilidad innata hacia Dios y su voluntad, y nos hace libres para guardar sus mandamientos y decir junto al salmista: «Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío » (Salmos 40:8).

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El conocimiento verdadero trae mayor gozo

MAYO, 06

El conocimiento verdadero trae mayor gozo

Devocional por John Piper

Y todo el pueblo se fue… a celebrar una gran fiesta, porque comprendieron las palabras que les habían enseñado. (Nehemías 8:12)

El único gozo que refleja el valor de Dios y rebosa en un amor que lo glorifica es aquel que surge del verdadero conocimiento de Dios. Si ese conocimiento es limitado o distorsionado, entonces nuestro gozo será un pobre eco de la verdadera excelencia de Dios.

La experiencia que Israel vivió en Nehemías 8:12 es un paradigma de cómo ese gozo que glorifica a Dios ocurre en el corazón. Esdras leyó la Palabra de Dios al pueblo y los levitas la explicaron. Luego, el pueblo se fue «a celebrar una gran fiesta».

Su gran gozo se debía a que habían entendido la Palabra.

Muchos de nosotros hemos sentido alguna vez nuestro corazón ardiendo de gozo en el momento en que Dios nos abría las Escrituras (Lucas 24:32). En dos ocasiones Jesús dijo a sus discípulos que les enseñaba para que su gozo fuera completo.

Juan 15:11 dice: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea completo».

Juan 17:13 prosigue: «Hablo esto en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos».

Lo que la Palabra muestra principalmente es al Señor ofreciéndose a sí mismo para que lo conozcamos y nos regocijemos en Él. «El Señor se revelaba a Samuel en Silo por la palabra del Señor» (1 Samuel 3:21).

El punto es que si nuestro gozo ha de reflejar la gloria de Dios, entonces debe emanar del conocimiento verdadero de cuán glorioso es Dios. Si hemos de regocijarnos en Dios como la Palabra nos enseña, debemos tener un conocimiento verdadero de Él.

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Siete fuentes de gozo

MAYO, 05

Siete fuentes de gozo

Devocional por John Piper

Sobreabundo de gozo en toda nuestra aflicción. (2 Corintios 7:4)

Algo extraordinario acerca de Pablo era que cuando las cosas no iban bien, su gozo era increíblemente duradero.

¿De dónde provenía este gozo?

Primeramente, Jesús lo enseñó: «Bienaventurados sois cuando los hombres os aborrecen… Alegraos en ese día y saltad de gozo, porque he aquí, vuestra recompensa es grande en el cielo» (Lucas 6:22-23). Las tribulaciones por causa de Cristo incrementan nuestros intereses en el cielo—los cuales perduran mucho más que la tierra—.

Segundo, proviene del Espíritu Santo, no de nuestros esfuerzos, ni de nuestra imaginación, ni de la educación que nos dio nuestra familia. «El fruto del Espíritu esgozo» (Gálatas 5:22). Hemos recibido la palabra «en medio de mucha tribulación, con el gozo del Espíritu Santo» (1 Tesalonicenses 1:6).

Tercero, se debe a que pertenecemos al reino de Dios: «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Romanos 14:17).

Cuarto, viene por medio de la fe, es decir, por creer en Dios. «Y el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer» (Romanos 15:13). «Sé que permaneceré y continuaré con todos vosotros para vuestro progreso y gozo en la fe» (Filipenses 1:25).

Quinto, proviene de ver y conocer a Jesús como Señor. «Regocijaos en el Señor siempre» (Filipenses 4:4).

Sexto, surge de otros creyentes que trabajan arduamente para ayudarnos a enfocar nuestra atención en estas fuentes de gozo y no en circunstancias engañosas. «Somos colaboradores con vosotros para vuestro gozo» (2 Corintios 1:24).

Séptimo, proviene del efecto santificador de las tribulaciones. «También nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza» (Romanos 5:3-4).

Si todavía no somos como Pablo, él nos llama a serlo: «Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1 Corintios 11:1). Para la mayoría de nosotros, este es una llamado a orar con fervor. Es una vida sobrenatural.

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Una motivación peligrosa

MAYO, 04

Una motivación peligrosa

Devocional por John Piper

¿Quién le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar? Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. (Romanos 11:35-36)

Cuando nos referimos a la obediencia, la gratitud es una motivación peligrosa, ya que suele expresarse en términos de deuda. Un ejemplo sería: «Observemos cuánto ha hecho Dios por nosotros. ¿No deberíamos hacer algo por él como muestra de gratitud?». Otro ejemplo es: «Todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios. ¿Qué hemos hecho por él a cambio?».

Tengo por lo menos tres objeciones a este tipo de motivación.

Primero, es imposible devolver a Dios toda la gracia que nos ha dado. No podemos ni siquiera empezar a devolverle algo, ya que Romanos 11:35-36 dice: «¿Quién le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar? [Respuesta: ¡nadie!] Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre». No podemos pagarle por lo que nos dio porque él ya posee todo lo que tenemos para darle.

Segundo, aun si lográramos pagarle por toda la gracia que recibimos de él, solo acabaríamos convirtiendo la gracia en una transacción comercial. Si hubiera una forma de pagarle por su gracia, entonces ya no sería gracia. Si alguien intentara demostrar el afecto que tiene hacia nosotros invitándonos a cenar y al terminar la velada nosotros dijéramos que le devolveremos el favor invitándolo a cenar a nuestra casa la semana siguiente, entonces estaríamos anulando la gracia de esa persona y convirtiéndola en un intercambio. Dios no quiere que su gracia se anule: se deleita en que su gracia sea glorificada (Efesios 1:6, 12, 14).

Tercero, hacer hincapié en la gratitud como motivación para la obediencia tiende a pasar por alto la importancia de tener fe en la gracia venidera de Dios. La gratitud mira hacia atrás y, al ver la gracia recibida en el pasado, se siente agradecida. La fe mira hacia la gracia prometida para el futuro y se siente llena de esperanza. «La fe es la certeza de lo que se espera» (Hebreos 11:1).

La fe en la gracia por venir es la motivación para esa obediencia que preserva la virtud de la obediencia humana. La obediencia no consiste en pagarle a Dios por su gracia y hacer de ella una transacción comercial. La obediencia viene de confiar en que Dios dará más gracia —gracia venidera— y por lo tanto exalta los infinitos recursos del amor y del poder de Dios. La fe mira hacia la promesa: «estaré contigo dondequiera que vayas» (Josué 1:9) y se aventura, en obediencia, a conquistar la tierra.

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Cómo pedir perdón

MAYO, 03

Cómo pedir perdón

Devocional por John Piper

Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. (1 Juan 1:9)

Recuerdo que uno de mis profesores del seminario decía que una de las mejores pruebas para evaluar la teología de una persona es observar el efecto que ésta produce en su modo de orar.

Esa verdad me impactó debido a lo que estaba sucediendo en mi propia vida. Noël y yo recién nos habíamos casado y estábamos formando el hábito de orar juntos todas las noches. Pude observar que mientras cursaba aquellas asignaturas de estudio bíblico, las cuales iban moldeando más a fondo mi teología, mis oraciones iban cambiando dramáticamente.

Probablemente el cambio más significativo en esos días fue que estaba aprendiendo a exponer mi causa delante de Dios sobre el fundamento de su gloria. El hecho de que mis oraciones empezaran con «santificado sea tu nombre» y terminaran con «en el nombre de Jesús» significaba que la gloria de Dios era el objetivo y la base de cada una de mis oraciones.

Fui inmensamente fortalecido cuando entendí que mis oraciones por perdón no debían apelar solo a la misericordia de Dios, sino también a su justicia, exaltando así el valor de la obediencia de su Hijo: «Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados» (1 Juan 1:9).

El fundamento de todo perdón de pecados se revela con más claridad en el Nuevo Testamento que en el Antiguo, pero el fundamento del compromiso de Dios con su propio nombre no se altera.

Pablo enseña que en la muerte de Cristo Dios manifestó su justicia al pasar por alto los pecados, y la reivindicó al justificar a los impíos que confían en Jesús y no en sí mismos (Romanos 3:25-26).

En otras palabras, Cristo murió una vez y para siempre para limpiar el nombre de Dios de lo que parece ser un grave error de justicia: la absolución de los pecadores simplemente por causa de Jesús. Sin embargo, debido al modo en que Jesús murió, el perdón «por causa de Jesús» equivale al perdón «por causa del nombre de Dios».

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Dios demuestra su amor

MAYO, 02

Dios demuestra su amor

Devocional por John Piper

Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (Romanos 5:8)

Observe que el verbo demuestra está en tiempo presente y murió está en tiempo pasado.

El uso del tiempo presente implica que esta demostración es un acto continuo que sigue sucediendo en el presente del día de hoy y seguirá sucediendo en el presente del día de mañana.

El uso del tiempo pasado en el verbo murió implica que la muerte de Cristo sucedió una vez y para siempre, de modo que no volverá a suceder. «Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pedro 3:18).

¿Por qué Pablo usa el tiempo presente («Dios demuestra»)? Uno esperaría que Pablo dijera «Dios demostró (en tiempo pasado) su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». ¿O acaso no fue la muerte de Cristo la demostración del amor de Dios? ¿No fue esa demostración en el pasado?

Creo que la clave se encuentra unos versículos antes. Pablo acababa de decir que «la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza; y la esperanza no desilusiona» (vv. 3-5).

En otras palabras, el objetivo de todas las circunstancias por las que Dios nos hace atravesar es la esperanza. Quiere que sintamos una esperanza inamovible en tiempos de tribulación.

¿Cómo podemos lograrlo?

Pablo responde en la línea siguiente: «porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado» (v. 5). El amor de Dios «ha sido derramado en nuestros corazones». El tiempo verbal indica que el amor de Dios fue derramado en nuestros corazones en el pasado (en el momento de nuestra conversión) y que todavía está presente y activo.

Dios demostró su amor por nosotros al entregar a su propio Hijo para que muriera una vez y para siempre en el pasado por nuestros pecados (v. 8). No obstante, él también sabe que necesitamos experimentar este amor pasado como una realidad presente (hoy y mañana) para tener paciencia, un carácter probado y esperanza.

Por consiguiente, no solo lo demostró en el Calvario; lo sigue demostrando ahora mismo mediante el Espíritu. Lo hace abriendo los ojos de nuestro corazón para que «saboreemos y veamos» la gloria de la cruz y la garantía que ésta nos da de que nada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús (Romanos 8:39).

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No más trapos de inmundicia

MAYO, 01

No más trapos de inmundicia

Devocional por John Piper

Todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas. (Isaías 64:6)

Es cierto que toda falta contra la ley de Dios es una ofensa a su santidad perfecta, nos hace culpables y nos expone a su juicio, debido a que Dios no puede mirar ningún pecado con benevolencia (Habacuc 1:13; Santiago 2:10-11).

En el Antiguo Testamento, al igual que hoy en día, lo que llevaba a una persona a la ruina no era la imposibilidad de tener una justicia absolutamente libre de pecado. Lo que la llevaba a la ruina era el hecho de no confiar en las misericordiosas promesas de Dios y, sobre todo, no confiar en la esperanza en que un día él proveería de un redentor quien sería una justicia perfecta para su pueblo («El Señor, justicia nuestra», según Jeremías 23:6, 33:16). Los santos sabían que era la manera por la cual ellos serían salvos, que esta fe era la clave para la obediencia y que aquella obediencia era la evidencia de esa fe.

Se genera una terrible confusión cuando las personas dicen que la única justicia que vale es la justicia de Cristo concedida a nosotros. Sin lugar a dudas, la justificación no se basa para nada en nuestra justicia, sino solo en la justicia de Cristo, que nos es conferida. Sin embargo, a veces algunas personas son imprudentes y hablan de toda la justicia humana en un tono despreciativo, como si no hubiera nada en ella que agradara a Dios.

A menudo citan Isaías 64:6, que dice que nuestra justicia es como trapos asquerosos, o «trapo de inmundicia». «Todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas».

Pero en contexto, Isaías 64:6 no quiere decir que todos los actos de justicia del pueblo de Dios son inaceptables ante él. Isaías se refiere a aquellas personas cuya justicia es en realidad hipócrita. En tal caso, deja de ser justicia. Pero el versículo anterior dice que Dios sale al encuentro «del que con alegría hacía justicia», y les da su aprobación (v. 5).

Es verdad —una gloriosa verdad— que nadie en el pueblo de Dios, ni antes ni después de la cruz, sería acepto delante de un Dios inmaculadamente santo si la justicia perfecta de Cristo no fuera concedida a nosotros (Romanos 5:19; 1 Corintios 1:30; 2 Corintios 5:21). Pero eso no significa que Dios no produzca en aquellos «justificados» una justicia práctica que no sea un «trapo de inmundicia».

De hecho, él lo hace; esta justicia es preciosa ante Dios y es requerida por él. No como base de nuestra justificación (solo la justicia de Cristo lo es), sino como evidencia de que somos verdaderamente hijos justificados de Dios.

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