Hay muchas maneras de esconderse

No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia (la de Dios); antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.

Hebreos 4:13

Hay muchas maneras de esconderse

En Génesis, primer libro de la Biblia, vemos que Adán y Eva desobedecieron a Dios. No tuvieron en cuenta la orden de Dios y siguieron su propio deseo. Luego tomaron conciencia de su desvío y de su desnudez, es decir, de su estado pecaminoso, y trataron de esconderse fabricándose ropa con hojas. Se camuflaron entre los árboles del huerto para escapar a la voz y a la mirada de Dios.

¡Camuflarse! A través de este pasaje la Biblia nos muestra esta profunda tendencia del hombre frente a Dios. Esto puede tomar diferentes formas. ¡Cuántas personas tratan de aturdirse! La búsqueda de un éxito profesional, social y de los bienes materiales son ejemplos de distracciones que el hombre usa para huir de Dios. Algunas formas de pensamiento, como el ateísmo o el gnosticismo, son vestidos construidos por la inteligencia humana para no reconocer nuestro verdadero estado ante Dios. Incluso la religión, con sus ritos y tradiciones, puede ser una máscara que esconde la ausencia de una verdadera relación con Dios.

Sin embargo, el versículo de hoy es inapelable. ¡Es imposible huir de la mirada del Dios verdadero! ¡Es imposible esconderle algo, por pequeño que sea; es imposible engañarlo con nuestras argucias! ¡Es imposible camuflarse, es decir, disimular nuestro estado malo bajo una buena apariencia!

Entonces, en vez de escondernos, ¡reconozcamos nuestro estado pecaminoso! Aceptemos la salvación que Dios nos ofrece. Aceptemos que nuestros pensamientos, acciones y palabras sean sondeados e iluminados por su luz divina.

2 Reyes 8 – Romanos 13 – Salmo 68:21-27 – Proverbios 16:29-30

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Todos enemigos de Dios

JUNIO, 06

Todos enemigos de Dios

Devocional por John Piper

Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte. (Colosenses 1:21-22)

La mejor noticia de todo el mundo es que nuestra separación de Dios ha llegado a su fin y hemos sido reconciliados con el Juez del universo. Dios ya no está en nuestra contra sino a nuestro favor. Tener al Amor omnipotente de nuestro lado nos arma de valor. La vida se vuelve absolutamente libre y osada cuando el Ser más poderoso actúa a nuestro favor.

Sin embargo, el mensaje completo de salvación que da Pablo no es una buena noticia para quienes rechazan el diagnóstico de Colosenses 1:21: «Erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente».

¿A cuántas personas conoce que digan «soy enemigo de Dios en mi mente»? La gente no suele decir «odio a Dios». Entonces, ¿a qué se refiere Pablo al decir que las personas son «enemigos [de Dios] en [su] mente» antes de ser reconciliadas por medio de la sangre de Cristo?

Creo que lo que quiere decir es que hay una hostilidad real hacia el Dios verdadero, pero las personas no se permiten pensar en el Dios verdadero. Imaginan que Dios es como ellos quisieran que él fuera, lo que rara vez incluye alguna posibilidad de que realmente pudieran estar en serios problemas con él.

Sin embargo, considerando cómo es Dios realmente —un Dios que es soberano por sobre todas las cosas, incluso la enfermedad y las calamidades— Pablo dice que todos nosotros éramos enemigos de él. En el fondo, aborrecíamos su poder y autoridad absolutos.

El hecho de que cualquiera de nosotros sea salvo de debe a la maravillosa verdad de que la muerte de Cristo obtuvo la gracia por medio de la cual Dios conquistó nuestros corazones y nos hizo amar a Aquel a quien solíamos odiar.

Muchos todavía están aprendiendo a no ser enemigos de Dios. Es bueno que él sea gloriosamente paciente.

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 Confiable en asuntos mundanos

JUNIO, 05

 Confiable en asuntos mundanos

Devocional por John Piper

Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.Mateo 6:33
Uno de los testimonios más poderosos de la plena suficiencia de la gracia venidera es el «principio de la fe» que ha gobernado la vida de tantos misioneros, y en particular los de la Overseas Missionary Fellowship (que se traduce literalmente como Asociación de Misioneros en el Extranjero y se conoce como OMF por sus siglas en inglés).

Sin desaprobar a aquellos que siguen un modelo diferente, los que siguen los pasos de Hudson Taylor acostumbran a mover los corazones de las personas para que ofrenden hablando con Dios y no con la personas.

James H. Taylor, el bisnieto del fundador, explica cómo esta fe en la gracia venidera, basada en las demostraciones de la gracia pasada, honra a Dios:

Comenzamos… desde una posición de fe. Creemos que Dios en verdad existe. Nos hemos convencido de esto de varias maneras, pero todos hemos experimentado la gracia de Dios que nos ha llevado a conocerlo por medio de Jesucristo y del nuevo nacimiento en el Espíritu. Creemos que tenemos un buen fundamento para creer en él por el hecho histórico de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos: creemos que alguien que declaró que iba morir y luego resucitar, y lo lleva acabo, es creíble en todos los demás aspectos. Por lo tanto, estamos listos para confiar en él, no solo para la salvación eterna de nuestras almas, sino también para a la provisión práctica del pan de cada día y del sustento financiero.

La OMF publica testimonios acerca de la asombrosa fidelidad de Dios a fin de mostrar la gloria de su gracia venidera que todo lo suple:

Queremos demostrar que se puede confiar en que Dios hará todo lo que dice que hará. Por eso relatamos la manera en que él ha provisto, durante más de cien años, para necesidades tan mundanas como boletos de avión, comida, gastos médicos, y el sustento cotidiano de todo un grupo de creyentes.

La OMF se dedica a glorificar la fiabilidad de Dios con su mensaje y con su método. Hudson Taylor lo expresaba del siguiente modo: «Hay un Dios vivo. Ha hablado en la Biblia. Lo que dice, lo dice en serio; él hará todo lo que prometió».

Las vidas de fe son el gran espejo de la fiabilidad de Dios.

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Lo que enorgullece a Dios

JUNIO, 04

Lo que enorgullece a Dios

Devocional por John Piper

Pero en realidad, anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad. (Hebreos 11:16)

Anhelo mucho que Dios me diga lo que dijo de Abraham, Isaac y Jacob: «No me avergüenzo de ser llamado Dios de ellos».

Así de arriesgado como suena, ¿acaso esto no significa que Dios en verdad podría sentirse «orgulloso» de ser llamado mi Dios? Afortunadamente esta maravillosa posibilidad se encuentra rodeada (en Hebreos 11:16) de razones: una antes y una después.

Consideremos primero la que viene después: «Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad».

La primera razón que él da por la que no se avergüenza de ser llamado su Dios es que ha hecho algo por ellos. Les preparó una ciudad: la ciudad celestial «cuyo arquitecto y constructor es Dios» (versículo 10). Por lo tanto, la primera razón por la que él no se avergüenza de ser llamado su Dios es que ha hecho una obra para ellos, no al revés.

Ahora pasemos a la razón que él da antes. Dice así: «Anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos».

El «por lo cual» indica que se acaba de dar una razón de por qué Dios no está avergonzado. La razón es el deseo de ellos. Anhelan una patria mejor, es decir, una patria mejor que la terrenal en la que viven: una patria celestial.

Cuando deseamos esa ciudad más de lo que deseamos todo lo que este mundo pueda ofrecernos, Dios no se avergüenza de ser llamado nuestro Dios. Cuando damos una gran importancia a todo lo que él promete ser para nosotros, él se enorgullece de ser nuestro Dios. Esa es una buena noticia.

Por lo tanto, abramos nuestros ojos hacia la mejor la patria, la ciudad de Dios, y deseémosla con todo nuestro corazón. Dios no se avergonzará de ser llamado nuestro Dios.

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Fe para lo imposible

JUNIO, 03

Fe para lo imposible

Devocional por John Piper

Se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo. (Romanos 4:20-21)

Pablo tiene en mente una razón especial al decir que la fe glorifica la gracia venidera de Dios. Dicho de forma sencilla, esta fe que glorifica a Dios es una confianza —con miras hacia el futuro— en la integridad y el poder y la sabiduría de Dios para cumplir todas sus promesas.

Pablo ilustra esta fe recordándonos la respuesta de Abraham a la promesa de Dios de que sería padre de muchas naciones. En Romanos 4:18, dice: «Él creyó en esperanza contra esperanza», es decir, tuvo fe en la gracia venidera de la promesa de Dios.

Y sin debilitarse en la fe contempló su propio cuerpo, que ya estaba como muerto puesto que tenía como cien años, y la esterilidad de la matriz de Sara; sin embargo, respecto a la promesa de Dios, Abraham no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo (Romanos 4:19-21).

La fe de Abraham fue una fe en la promesa de Dios de hacerlo padre de muchas naciones. Esta fe glorificó a Dios porque estaba centrada en todos los recursos de Dios necesarios para cumplirla.

Abraham era demasiado viejo para tener hijos, y Sara era estéril. No solo eso: ¿Cómo un hijo o dos podrían llegar a ser las «muchas naciones» que Dios le había dicho a Abraham que le daría por descendencia? Todo parecía totalmente imposible.

Por lo tanto, la fe de Abraham glorificó a Dios porque él estaba plenamente convencido de que Dios podía hacer lo imposible y de hecho lo haría.

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La fe que magnifica la gracia

JUNIO, 02

La fe que magnifica la gracia

Devocional por John Piper

No hago nula la gracia de Dios. (Gálatas 2:21)

Una vez cuando era pequeño y estaba en la playa, perdí el punto de apoyo en la resaca entrando al mar. Sentí como que iba a ser arrastrado al medio del océano en un instante.

Fue algo aterrador. Intenté buscar la forma de salir a flote y de orientarme. Pero no lograba que el pie hiciera contacto con el suelo y la corriente era demasiado fuerte para nadar. De todos modos no era un buen nadador.

En medio del pánico, solo pude pensar en una cosa: ¿Habrá alguien que pueda ayudarme? Pero ni siquiera podía pedir ayuda estando bajo el agua.

Cuando sentí que la mano de mi padre me tomaba por el brazo con una fuerza increíble, experimenté la sensación más maravillosa del mundo. Me rendí por completo y me dejé dominar por su fuerza. Disfruté ser levantado por él, según su voluntad. No puse resistencia.

Ni siquiera se me ocurrió tratar de mostrar que las cosas no estaban tan mal, o de añadir mi fuerza a la del brazo de mi padre. Todo lo que pensé fue: ¡Sí! ¡Te necesito! ¡Gracias! ¡Amo tu fuerza, tu iniciativa, tu forma de tomarme del brazo! ¡Eres asombroso!

En ese espíritu de rendición ante la muestra de afecto, uno no puede jactarse. A esa rendición al amor yo llamo «fe». Mi padre fue la encarnación de la gracia venidera por la que imploraba bajo el agua. Esta es la fe que magnifica la gracia.

Al meditar en cómo vivir la vida cristiana, el pensamiento preponderante debería ser: ¿cómo puedo magnificar la gracia de Dios en lugar de anularla? Pablo contesta esa pregunta en Gálatas 2:20-21: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios».

¿Por qué la vida de Pablo no anulaba la gracia de Dios? Porque vivía por fe en el Hijo de Dios. La fe dirige toda nuestra atención hacia la gracia y la magnifica en lugar de anularla.

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¿Quiénes son los hijos de Abraham?

JUNIO, 01

¿Quiénes son los hijos de Abraham?

Devocional por John Piper

En ti serán benditas todas las familias de la tierra. (Génesis 12:3)

Ustedes quienes tienen su esperanza en Cristo y lo siguen en la obediencia a la fe son descendientes de Abraham y herederos de las promesas de su pacto.

Dios le dijo a Abraham en Génesis 17:4: «En cuanto a mí, he aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de multitud de naciones». Sin embargo, Génesis deja en claro que Abraham no fue padre de una multitud de naciones en un sentido físico o político. Por lo tanto, es probable que el significado de la promesa de Dios fuera que una multitud de naciones de alguna namera disfrutaría de las bendiciones de ser hijo aunque no tuvieran un vínculo sanguíneo con Abraham.

No hay duda de que eso es lo que Dios quiso decir en Génesis 12:3 cuando le dijo a Abraham: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra». Desde el principio, Dios tuvo en mente que Jesucristo sería descendiente de Abraham y que todo el que creyera en Cristo se convertiría en un heredero de la promesa de Abraham.

Por eso es que Gálatas 3:29 dice: «Si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa».

Por lo tanto, cuando Dios le dijo a Abraham 4000 años atrás: «He aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de multitud de naciones», estaba abriendo el camino para que cualquiera de nosotros, sin importar a qué nación pertenezca, pueda convertirse en hijo de Abraham y heredero de las promesas de Dios. Todo lo que tenemos que hacer es tener la misma fe de Abraham —es decir, depositar nuestra esperanza en las promesas de Dios al punto que, si la obediencia lo requiere, podamos renunciar a nuestra posesión más preciada del mismo modo que Abraham entregó a Isaac—.

No nos volvemos herederos de las promesas de Abraham por servir a Dios sino por confiar en que Dios obra a nuestro favor: « [Abraham] se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo» (Romanos 4:20). Por eso es que Abraham pudo obedecer a Dios incluso cuando la obediencia se veía como un callejón sin salida. Confiaba en que Dios haría lo imposible.

La fe en las promesas de Dios —o como diríamos hoy en día, la fe en Cristo, quien es la confirmación de las promesas de Dios— es la forma de convertirse en un hijo de Abraham. La obediencia es la evidencia de que la fe es genuina (Génesis 22:12-19). Esa es la razón por la que Jesús dice en Juan 8:39: «Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais».

Los hijos de Abraham son las personas de todas las naciones que ponen su esperanza en Cristo y, como Abraham en el monte Moriah, por tanto no permiten que su posesión terrenal más preciada les impida obedecer.

Ustedes quienes tienen su esperanza en Cristo y lo siguen en la obediencia a la fe son descendientes de Abraham y herederos de las promesas de su pacto.

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La ganancia de servir a Dios

MAYO, 31

La ganancia de servir a Dios

Devocional por John Piper

Pero serán sus siervos para que aprendan la diferencia entre servirme a mí y servir a los reinos de los países. (2 Crónicas 12:8)

Servir a Dios es totalmente diferente que servir a cualquier otra persona.

Dios es extremadamente celoso de que entendamos esto —y que lo disfrutemos—. Por ejemplo, nos manda: «Servid al Señor con alegría» (Salmos 100:2). Hay una razón para sentir esta alegría, y se encuentra en Hechos 17:25: « [Dios] no es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas».

Lo servimos con alegría porque no cargamos con la responsabilidad de suplir sus necesidades. Al contrario, nos regocijamos en un servicio en el que él suple nuestras necesidades. Servir a Dios siempre significa recibir gracia de Dios.

Para mostrar cuán celoso es Dios de que comprendamos esto y nos gloriemos en ello, observemos la historia en 2 Crónicas 12. Roboam, el hijo de Salomón, quien gobernó el reino del sur luego de la rebelión de las diez tribus, «abandonó la ley del Señor» (12:1). Escogió no servir al Señor y servir a otros dioses y otros reinos. El castigo de Dios fue enviar a Sisac, el rey de Egipto, a subir contra Roboam con mil doscientos carros y sesenta mil hombres a caballo (12:3).

En su misericordia, Dios envió al profeta Semaías a darle a Roboam el siguiente mensaje: «Así dice el Señor: “Vosotros me habéis abandonado, por eso también yo os abandono en manos de Sisac”» (12:5). El feliz resultado de tal mensaje fue que Roboam y sus príncipes se humillaron arrepentidos y dijeron: «Justo es el Señor» (12:6).

Cuando el Señor vio que se habían humillado, dijo: «Se han humillado; no los destruiré, sino que les concederé cierta libertad y mi furor no se derramará sobre Jerusalén por medio de Sisac» (12:7). Pero la disciplina fue: «Pero serán sus siervos para que aprendan la diferencia entre servirme a mí y servir a los reinos de los países» (12:8).

El punto es claro: servir a Dios es un regalo y una bendición y una fuente de gozo y un beneficio.

Por eso digo con tanto celo que la alabanza del domingo por la mañana y la alabanza de la obediencia cotidiana no son en el fondo un servicio gravoso a Dios sino un recibir con gozo de parte de Dios.

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Algo para gloriarse

MAYO, 30

Algo para gloriarse

Devocional por John Piper

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe. (Efesios 2:8)

El Nuevo Testamento establece una correlación entre la fe y la gracia para dejar en claro que no nos podemos jactar de lo que la gracia sola logra.

Uno de los ejemplos más conocidos dice: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe» (Efesios 2:8). Por gracia, por medio de la fe. Existe una correlación que protege la libertad de la gracia.

La fe es el acto del alma que nos lleva a alejarnos de nuestras propias carencias y a buscar los recursos libres y absolutamente suficientes de Dios. La fe se centra en la libertad de Dios para conceder gracia a los indignos; confía en la abundancia de Dios.

Por consiguiente, la fe, por su propia naturaleza, anula la jactancia y se ajusta a la gracia. Dondequiera que la fe mire, ve la gracia detrás de todo acto digno de elogio. Así que no podemos jactarnos, excepto en el Señor.

Por eso Pablo, después de decir que la salvación es por gracia por medio de la fe, agrega: «Y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). La fe no puede gloriarse en la bondad o competencia o sabiduría humanas, porque la fe se enfoca en la gracia libre y abundante de Dios, que satisface todas nuestras necesidades. Toda bondad que la fe ve, la ve como fruto de la gracia.

Cuando la fe observa nuestra «sabiduría de Dios, justificación y santificación y redención», declara: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor» (1 Corintios 1:30-31).

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Algo para gloriarse

MAYO, 30

Algo para gloriarse

Devocional por John Piper

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe. (Efesios 2:8)

El Nuevo Testamento establece una correlación entre la fe y la gracia para dejar en claro que no nos podemos jactar de lo que la gracia sola logra.

Uno de los ejemplos más conocidos dice: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe» (Efesios 2:8). Por gracia, por medio de la fe. Existe una correlación que protege la libertad de la gracia.

La fe es el acto del alma que nos lleva a alejarnos de nuestras propias carencias y a buscar los recursos libres y absolutamente suficientes de Dios. La fe se centra en la libertad de Dios para conceder gracia a los indignos; confía en la abundancia de Dios.

Por consiguiente, la fe, por su propia naturaleza, anula la jactancia y se ajusta a la gracia. Dondequiera que la fe mire, ve la gracia detrás de todo acto digno de elogio. Así que no podemos jactarnos, excepto en el Señor.

Por eso Pablo, después de decir que la salvación es por gracia por medio de la fe, agrega: «Y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). La fe no puede gloriarse en la bondad o competencia o sabiduría humanas, porque la fe se enfoca en la gracia libre y abundante de Dios, que satisface todas nuestras necesidades. Toda bondad que la fe ve, la ve como fruto de la gracia.

Cuando la fe observa nuestra «sabiduría de Dios, justificación y santificación y redención», declara: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor» (1 Corintios 1:30-31).

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