Hijos de un Dios que canta

ABRIL, 27

Hijos de un Dios que canta

Devocional por John Piper

Después de cantar un himno, salieron para el monte de los Olivos. (Marcos 14:26)

¿Pueden oír a Jesús cantar?

¿Sería un bajo o un tenor? ¿Habría quizás un gangueo en su voz? ¿O tendría un tono cristalino y sostenido?

¿Será que cerraba sus ojos para cantarle al Padre? ¿O acaso miraba a sus discípulos a los ojos y les sonreía con profunda camaradería?

¿Sería él quien solía empezar la canción?

¡No veo la hora de escuchar a Jesús cantar! Creo que los planetas se sacudirían hasta el punto de salirse de sus órbitas si él elevara su voz de origen en nuestro universo. Pero nosotros tenemos un reino inamovible; por eso, Señor, ven y canta.

No podría haber sido de otro modo: el cristianismo es una fe que canta. Su fundador cantaba. Él mismo aprendió a cantar de su Padre. Seguramente han estado cantando juntos antes desde la eternidad.

La Biblia dice que el objetivo de las canciones es «alzar la voz con alegría» (1 Crónicas 15:16). No hay nadie en el universo más alegre que Dios. Él está infinitamente gozoso. Se ha regocijado desde la eternidad en el panorama de sus propios atributos reflejados perfectamente en la deidad de su Hijo.

El gozo de Dios es poderoso más allá del límite de nuestra imaginación. Él es Dios. Al sonido de su voz se crean galaxias. Y cuando canta motivado por el gozo, se desprende más energía de la que existe en toda la materia y el movimiento del universo.

Si Dios nos da canciones para desatar el deleite de nuestro corazón en él, ¿no será porque él también sabe cuánto gozo trae el desatar el deleite en sí mismo de su propio corazón por medio de las canciones? Somos un pueblo que canta porque somos hijos de un Dios que canta.

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Fuimos hechos para Dios

ABRIL, 26

Fuimos hechos para Dios

Devocional por John Piper

Porque el Señor, a causa de su gran nombre, no desamparará a su pueblo, pues el Señor se ha complacido en haceros pueblo suyo. (1 Samuel 12:22)

A menudo el nombre de Dios hace referencia a su reputación, su fama, su renombre. Usamos la palabra nombre con ese sentido cuando decimos que alguien se está haciendo de un nombre. Lo mismo sucede cuando hablamos del renombre de un producto determinado. Lo que queremos decir es que la marca es muy conocida. Creo que eso es lo que quiere decir 1 Samuel 12:22 cuando afirma que Dios ha hecho a Israel «pueblo suyo» y que no lo desampararía «a causa de su gran nombre».

Este concepto acerca del celo de Dios por su nombre se confirma en muchos otros pasajes.

Por ejemplo, en Jeremías 13:11 Dios compara a Israel con un cinturón que él eligió para resaltar su gloria, pero que resultó ser inútil por un tiempo. «Porque como el cinturón se adhiere a la cintura del hombre, así hice adherirse a mí a toda la casa de Israel y a toda la casa de Judá —declara el Señor— a fin de que fueran para mí por pueblo, por renombre, por alabanza y por gloria, pero no escucharon». ¿Por qué Dios escogió a Israel y lo hizo como una prenda de vestir para sí mismo? Para que le fuera «por renombre, por alabanza y por gloria».

En este contexto, los términos honra y gloria indican que la palabra nombre tiene el sentido de fama, renombre o reputación. Dios escogió a Israel con la finalidad de que el pueblo hiciera una reputación para él.

Dios declara en Isaías 43:21 acerca de Israel: «El pueblo que yo he formado para mí proclamará mi alabanza». Cuando la iglesia se vio a sí misma en el Nuevo Testamento como la verdadera Israel, Pedro describió el propósito de Dios para nosotros de este modo: «Pero vosotros sois linaje escogido… a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9).

En otras palabras, Israel y la iglesia son escogidos por Dios con el fin de dar a conocer el nombre de Dios en el mundo.

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La conversión de Pablo fue para nosotros

ABRIL, 25

La salvación de Pablo fue para nosotros

Devocional por John Piper

Sin embargo, por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero, Jesucristo demostrara toda su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer en él para vida eterna. (1 Timoteo 1:16)

La conversión de Pablo fue para nosotros.

Debemos tomar esto de un modo muy personal. Dios nos tenía en mente cuando eligió a Pablo y lo salvó por medio de su gracia soberana.

Si creemos en Jesús para vida eterna —o si todavía pueden creer en él para vida eterna— la conversión de Pablo fue para nuestro beneficio. Es para hacer la increíble paciencia de Cristo vívida para nosotros.

La vida de Pablo antes de su conversión fue una larga, larga prueba para Jesús. «¿Por qué me persigues?», preguntó Jesús. «¡Es a mí a quien persigues con tu vida de incredulidad y rebelión!». Dios había escogido a Pablo antes de su nacimiento. Por lo tanto, toda su vida hasta ese momento había sido una gran seguidilla de injurias contra Dios, un prolongado rechazo y una constante burla al Jesús que lo amó.

Por esa razón, Pablo dice que su conversión es una demostración brillante de la paciencia de Jesús. Y esto es lo que él les ofrece hoy.

Fue por nosotros que Jesús lo hizo de la manera que lo hizo. Para «demostrar toda su paciencia» a nosotros. Para que no nos invada el desánimo. No vaya a ser que pensemos que en realidad él no puede salvarnos. No vaya a ser que pensemos que es propenso a la ira. No vaya a ser que pensemos que hemos ido demasiado lejos. No vaya a ser que pensemos que aquella persona que amamos no puede convertirse —de pronto, en el momento menos esperado, por la soberana y superabundante gracia de Jesús—.

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Procuremos el bienestar de nuestra ciudad

ABRIL, 23

Procuremos el bienestar de nuestra ciudad

Devocional por John Piper

Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, a todos los desterrados que envié al destierro de Jerusalén a Babilonia: «Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto… Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella; porque en su bienestar tendréis bienestar». (Jeremías 29:4-7)

Si esto era cierto para los desterrados de Dios en Babilonia, cuánto más cierto será para los exiliados cristianos de este mundo «babilónico». ¿Qué se supone que hagamos entonces?

Debemos hacer las tareas ordinarias que hacen falta llevar a cabo: edificar casas, vivir en ellas, plantar huertos. Nada de esto nos contamina si uno lo hace para el verdadero Rey y no solo para que los demás lo vean, como hacen los que quieren agradar a los hombres.

Procuremos el bienestar del lugar adonde Dios nos envió. Pensemos que somos enviados de Dios a ese lugar, porque en verdad lo somos.

Oremos al Señor por nuestra ciudad. Pidamos que cosas grandes y buenas sucedan ahí. Es evidente que Dios no es indiferente respecto al bienestar de ese lugar. Una razón para creerlo es que, en el bienestar de la ciudad, su pueblo también halla bienestar.

Esto no significa que debemos dejar de vivir como exiliados. De hecho, le hacemos más bien a este mundo al mantenernos libres de sus atracciones y deseos, perseverando en nuestra posición. Servimos más a nuestra ciudad tomando nuestros valores de la ciudad «que está por venir» (Hebreos 13:14). Le hacemos el mayor bien cuando llamamos a tantos ciudadanos como nos sea posible a convertirse en ciudadanos de «la Jerusalén de arriba» (Gálatas 4:26).

Vivamos de un modo que haga que los habitantes de nuestra ciudad deseen conocer a nuestro Rey.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Cinco motivos para no temer

ABRIL, 22

Cinco motivos para no temer

Devocional por John Piper

No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. (Lucas 12:32)

El motivo por el cual Dios quiere que no tengamos miedo respecto del dinero y los bienes materiales es que de este modo podemos magnificar cinco grandes aspectos acerca de él.

Primero, el hecho de que no temamos demuestra que atesoramos a Dios como nuestro Pastor: «No temáis, manada pequeña». Nosotros somos la manada y él es nuestro Pastor. Si él es nuestro Pastor, entonces se cumple el Salmo 23: «El Señor es mi pastor; nada me faltará», es decir, no me faltará nada que realmente necesite.

Segundo, el que no temamos demuestra que atesoramos a Dios como nuestro Padre. «A vuestro Padre le ha placido daros el reino». No solo somos su manada pequeña, también somos sus hijos y él es nuestro Padre. En verdad él tiene cuidado de nosotros, sabe bien qué necesitamos y se asegurará de que no nos falte nada de lo que necesitamos.

Tercero, el que no temamos demuestra que atesoramos a Dios como Rey. Él puede darnos el «reino» porque él es el Rey. Esto implica que aquel que provee según nuestras necesidades tiene un enorme poder. El término «Pastor» tiene la connotación de protección y provisión; «Padre» implica amor, ternura, autoridad, provisión y guía; y «Rey» connota poder, soberanía y riqueza.

Cuarto, el que no temamos demuestra lo generoso que es Dios. Tengamos en cuenta que él da el reino. No lo vende ni lo alquila. Es infinitamente rico y no necesita ningún pago de nuestra parte. Por lo tanto, Dios es generoso y comparte libremente sus bienes. Es esto lo que magnificamos de él cuando, en lugar de temer, confiamos en que él suplirá nuestras necesidades.

Por último, el que no temamos demuestra que atesoramos a Dios como persona feliz. A él le «place» darnos el reino. Quiere hacerlo y se deleita en ello. No todos nosotros hemos tenido padres así, a quienes los hacía más felices dar que recibir. Sin embargo, esto no es importante, ya que ahora tenemos esa clase de Padre, Pastor y Rey.

Por consiguiente, el mensaje de este versículo es que debemos atesorar a Dios como nuestro Pastor y Padre y Rey que se complace en darnos generosamente su reino: el cielo, vida eterna y gozo, y todo lo que necesitemos para llegar ahí.

Si atesoramos a Dios de esta manera, no tendremos miedo y él será glorificado.

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La clave del amor radical

ABRIL, 21

La clave del amor radical

Devocional por John Piper

Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros. (Mateo 5:11-12)

Una de las preguntas que formulé hace poco, cuando predicaba acerca de amar a nuestros enemigos basado en Mateo 5:44, fue la siguiente: ¿Cómo hace uno para amar a quien lo secuestra y asesina?

¿Cómo se logra esto? ¿De dónde viene el poder para amar de esa forma? Solo pensemos en lo asombroso que resulta ver algo así en la vida real. ¿Hay algo que pueda mostrar el poder, la verdad y la realidad de Cristo mejor que esto?

Jesús presenta en el mismo capítulo la clave de este amor radical y de entrega personal.

En Mateo 5:11-12, Jesús vuelve a hablar de la persecución. Lo notable de este pasaje es que Jesús dice que no solo somos capaces de soportar el maltrato de nuestros enemigos, sino que también podemos regocijarnos en estas circunstancias. Esto parece estar fuera de nuestro alcance. Si pudiéramos hacerlo—si pudiéramos regocijarnos en la persecución— entonces sería posible amar a nuestros enemigos. Si el milagro de gozarnos en medio del horror de la injusticia, del dolor y de las pérdidas sucediera, entonces también podría ocurrir el milagro de amar a quienes nos causan el sufrimiento.

Jesús da la clave para el gozo en estos versículos: «Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande». La clave para el gozo es la fe en la gracia venidera de Dios: «vuestra recompensa en los cielos es grande». Creo que este gozo es el poder que nos hace libres para amar a nuestros enemigos cuando nos persiguen. Si eso es cierto, entonces el mandamiento de amar equivale a poner nuestra mente en las cosas de arriba y no en las de la tierra (Colosenses 3:2).

El mandamiento de amar a nuestros enemigos se traduce en hallar nuestra esperanza y satisfacción en Dios y en su gran galardón: su gracia venidera. La clave del amor radical es la fe en la gracia por venir. En medio de la agonía debemos persuadirnos de que el amor de Dios es «mejor que la vida» (Salmos 63:3). El amor hacia los enemigos no nos da la recompensa del cielo. Atesorar la recompensa del cielo es lo que nos da poder para amar a nuestros enemigos.

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Temor de apartarse

ABRIL, 20

Temor de apartarse

Devocional por John Piper

¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has obrado para los que en ti se refugian, delante de los hijos de los hombres! (Salmos 31:19)

Consideremos dos verdades importantes que presenta Salmos 31:19.

1. La bondad del Señor

Existe una bondad peculiar de Dios. Es decir, no solo una bondad general de Dios, que él muestra a todo ser humano al hacer salir el sol sobre malos y buenos (Mateo 5:45), sino que también hay una bondad peculiar para «los que le temen».

Esta bondad es de una abundancia sin medida. No tiene límite, jamás se acaba, lo abarca todo. Hay solo bondad para los que le temen. Todo obra para su bien. Incluso las tribulaciones están llenas de ganancia (Romanos 5:3-5).

Pero aquellos que no le temen reciben una misericordia temporal —una misericordia que no conduce al arrepentimiento, sino a una peor destrucción— (Romanos 2:4).

2. El temor del Señor

El temor del Señor es el temor de apartarse de él. Por lo tanto se expresa cuando buscamos refugio en él. Por eso, en Salmos 31:19 se menciona dos condiciones: temer al Señor y refugiarse en él.

Parece que fueran opuestos. El temor parece que nos alejara de él mientras que refugiarse parece que nos acercara. Sin embargo, cuando entendemos que este temor es el temor de no estar en su cercanía, entonces ambas condiciones obran juntas.

Existe un temblor real para los santos. «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor» (Filipenses 2:12). Pero se trata del temblor que uno siente al estar entre los brazos del Padre que acaba de salvar a su hijo de las corrientes profundas del océano.

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Batallando con la Duda

Batallando con la Duda

Batallando con la falta de fe

Luego de varios años de haberme convertido a Jesús, estaba activo en el servicio al Señor enseñando, predicando y sirviendo en otras áreas, cuando de repente me asaltó la duda: “¿Y si todo esto no es cierto? ¿Y qué si cuando muera dejo de existir o me encuentro con una realidad diferente a la que enseña la Biblia? ¿Y qué si Jesús no resucitó y estoy basando mi vida en fantasías?” 

Algunos cristianos responden a estas preguntas basándose en una versión moderna de la “apuesta de Pascal”, argumentando que es mejor vivir como cristiano, que como ateo en caso de que Dios exista. Este argumento falla por varias razones: 1. La Escritura nunca nos dice que debemos arrepentirnos por si acaso lo que dice la Biblia es cierto, y 2) Pablo dice que si Cristo no resucitó, los creyentes somos las personas más miserables, ya que renunciamos a nuestros deseos y basamos toda nuestra vida en una mentira (1 Co. 15:17-19).

A continuación mencionamos tres verdades que nos guían en la dirección correcta en nuestra lucha con la duda.

La evidencia no es suficiente para tener fe

Es común caer en el error de pensar que si logramos encontrar evidencia contundente a favor de la Biblia, entonces nuestras dudas (o las dudas de nuestros familiares o amistades) sobre la veracidad de la Escritura desaparecerán. Ninguna cantidad de evidencia es suficiente para hacer que el hombre reciba el evangelio, debido a que su corazón está por naturaleza inclinado a rechazar a Dios (Rom. 3:9-23). Esto está claramente demostrado por la Escritura y por la experiencia. 

Los judíos en tiempos de Jesús le vieron hacer toda clase de milagros. Sus señales fueron hechas de manera tan evidente que sus mismos enemigos no podían negarlas. ¿Qué evidencia más grande que esa para creer en Él? Al día siguiente de Jesús haber alimentado 5,000 hombres con cinco panes y dos peces, los judíos increíblemente le preguntaron: “¿Qué, pues, haces tú como señal para que veamos y te creamos? ¿Qué obra haces?” (Jn. 6:30). Jesús resucita a Lázaro y los líderes, en lugar de creer, deciden matarlo a Él también. Debemos entender que “…Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos.” (Luc. 16:31). Recordemos que después de tres años de ser testigos de innegables milagros, los judíos gritaron “Crucifícale”.

La experiencia también nos muestra que la evidencia no es suficiente para producir fe en el hombre. Muchos ateos han escuchado los argumentos científicos, históricos y filosóficos presentados por cristianos preparados en estas áreas, y siguen sin estar convencidos de la veracidad de la fe Cristiana.

Con esto no queremos decir que la evidencia extra bíblica no tenga validez o que sea una pérdida de tiempo estudiarla. Ciertamente ésta puede ser de ayuda, sin embargo, por sí sola no garantiza que nuestras dudas sobre la veracidad de las Escrituras serán dispersadas.

La fe es al mismo tiempo gracia y responsabilidad

La razón por la que la evidencia no puede producir fe en nosotros, es porque la fe es gracia concedida por Dios. Estamos acostumbrados a ejercer cierta fe en nuestra vida diaria todo el tiempo. Al sentarnos tenemos fe de que la silla nos sostendrá, creemos que los alimentos que ingerimos no nos matarán, confiamos en que al presionar el pedal del acelerador nuestro vehículo se moverá, etc. Sin embargo, el hombre no puede tener fe salvadora en Jesús de la misma manera que tiene fe en las cosas ordinarias de la vida, ya que el ser humano en su estado natural está muerto espiritualmente (Ef. 2:1), cegado por Satanás (2 Cor. 4:4), es esclavo del pecado (Jn. 8:34) e incapaz de agradar a Dios (Rom. 8:7-8; 1 Cor. 2:14) y la fe salvadora es sobrenatural. 

La fe en Cristo es un don concedido por la gracia de Dios (Hch. 18:27; Fil. 1:29; Ef. 2:8-9; Hch. 11:18; 2 Tim. 2:24-26). La razón por la que un pecador se convierte a Cristo, es porque Dios en Su gracia le concedió arrepentimiento y fe. Esa misma fe que Dios concede al principio al pecador, continúa concediéndola para que el creyente permanezca creyendo. ¿Qué garantía tiene un creyente de que en el futuro seguirá teniendo fe? Nuestra única y suficiente garantía es la fidelidad de Dios, quien en Su gracia ha prometido librar a sus hijos de apostasía (Fil. 1:6; 2:13; Jud. 23; 1 Pe. 1:5; Jer. 32:38-40; Eze. 36:25-27). 

Sin embargo, la fe no es solo una gracia concedida por Dios, sino también una responsabilidad del hombre. Dios ha mandado a todos los hombres a creer en Su Hijo Jesús. El hecho de que la fe es un regalo de Dios, no significa que el hombre queda excusado al no creer. Si una persona toma la decisión de rechazar a Jesús, es responsable de su rechazo ya que fue una decisión libre y real. ¿Cómo entonces puedo tener fe en Jesús y creer la Escritura si esa fe viene de Dios? Esta pregunta nos lleva a nuestro último punto.

Dios utiliza medios de gracia para producir fe en nosotros

Dios ha puesto a nuestra disposición los medios de gracia a través de los cuales Él produce fe en nosotros. Si en tu vida no hay fe, debes esforzarte a entrar por la puerta angosta (Luc. 13:24).

Uno de los medios de gracia que Dios usa para darnos fe, es la oración. Vayamos a Él en oración confesando nuestra falta de fe, roguémosle que abra nuestros corazones y nos conceda la fe que necesitamos (Mar. 9:24; Hch. 16:14).

Otro medio esencial que Dios utiliza para darnos fe es Su Palabra. No olvidemos “que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo” (Rom. 10:17). Lo mejor que podemos hacer cuando estamos luchando con la duda, es dedicar tiempo a la lectura y meditación de las Escrituras, ya que es por medio de ellas que Dios nos da vida (Stg. 1:18; 1 Pe. 1:23). 

Si ya eres creyente, y te entristece la debilidad de tu fe, estos mismos medios de gracia Dios los utiliza no solo para mantenernos en fe, sino para que nuestra fe pueda ir fortaleciéndose.

Rubén Rodriguez

Rubén Rodríguez es pastor de la Iglesia Bautista Misionera en el Barrio Bélgica, en Ponce, Puerto Rico. Tiene un Bachillerato en Biblia en el Colegio Universitario Bautista de Puerto Rico. Está casado con Rebeca Garayalde Vargas y tienen dos hijos, Ellah y Mikel.

 

 

Hay futuro después de los fracasos

ABRIL, 19

Hay futuro después de los fracasos

Devocional por John Piper

No temáis; aunque vosotros habéis hecho todo este mal, no os apartéis de seguir al Señor, sino servid al Señor con todo vuestro corazón. No os debéis apartar, porque entonces iríais tras vanidades que ni aprovechan ni libran, pues son vanidades. (1 Samuel 12:20-21).

Los israelitas tuvieron temor y arrepentimiento cuando se dieron cuenta de que habían pecado al exigirle a Samuel que les diera un rey. Pero luego llegaron las buenas noticias: «No temáis; aunque vosotros habéis hecho todo este mal, no os apartéis de seguir al Señor, sino servid al Señor con todo vuestro corazón. No os debéis apartar, porque entonces iríais tras vanidades que ni aprovechan ni libran, pues son vanidades» (1 Samuel 12:20-21).

Este es el evangelio: a pesar de que han pecado grandemente y de que han deshonrado terriblemente al Señor, a pesar de que ahora tienen un rey que fue pecado obtener, a pesar de que ese pecado no se puede deshacer, ni se pueden evitar las dolorosas consecuencias que han de venir, aun así hay futuro y esperanza.

¡No teman! ¡No teman!

Luego en el versículo 22 llega el gran fundamento del evangelio: «Porque el Señor, a causa de su gran nombre, no desamparará a su pueblo, pues el Señor se ha complacido en haceros pueblo suyo».

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Dios, toca nuestro corazón

ABRIL, 18

Dios, toca nuestro corazón

Devocional por John Piper

También Saúl se fue a su casa en Guibeá, y con él fueron los valientes cuyos corazones Dios había tocado. (1 Samuel 10:26)

Solo pensemos en lo que dice este versículo. Dios los tocó. No una esposa, ni un hijo, ni un padre, ni un consejero, sino Dios.

El Único en el universo con poder infinito; el Único con autoridad infinita y sabiduría infinita y amor infinito y bondad infinita y pureza infinita y justicia infinita. Ese Único Dios fue el que tocó los corazones.

¿Cómo hace la circunferencia de Júpiter para tocar el borde de una molécula? Ni hablemos de cómo haría para penetrar su núcleo.

El toque de Dios es impresionante por el hecho de que es un toque. Es un contacto real. El hecho de que afecte al corazón es asombroso; que sea Dios quien lo toca es maravilloso; y que se trate de un toque real es increíble.

A estos hombres valientes no solamente se les habló. Ellos no solamente fueron movidos por influencia divina. Ellos no solamente fueron vistos y conocidos. Dios, con infinita condescendencia, les tocó el corazón. Se acercó a ellos hasta ese punto. Y no fueron consumidos.

Amo ese toque. Lo anhelo más y más, para mí mismo y para todos ustedes. Ruego que Dios me toque nuevamente para su gloria, oro para que nos toque a todos nosotros.

¡Oh el toque de Dios! Si viene con fuego, que así sea. Si viene con agua que así sea. Si trae consigo viento, déjalo venir, Oh Dios. Si viene con truenos y relámpagos, postrémonos ante él.

¡Oh Dios ven! Acércate más a nosotros. Quema y empapa y sopla e impacta. O como susurro apacible, ven. Ven directo hacia nosotros, toca nuestro corazón.

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