Confiad en el SEÑOR para siempre, porque en DIOS el SEÑOR tenemos una Roca eterna

5 de julio

«Confiad en el SEÑOR para siempre, porque en DIOS el SEÑOR tenemos una Roca eterna».

Isaías 26:4 (LBLA)

Ya que contamos con un Dios así en quien confiar, descansemos en él de forma absoluta. Eliminemos resueltamente toda nuestra incredulidad y esforcémonos por librarnos de dudas y temores, que tanto perjudican nuestro bienestar, ya que si Dios es la base de nuestra confianza no tenemos excusa alguna para temer. Un padre amoroso se sentiría muy afligido si su hijo no confiara en él. ¡Que poco generosa, que poco amable es nuestra conducta cuando ponemos tan escasa confianza en nuestro Padre celestial, quien nunca nos ha fallado y nunca nos fallará! Si la desconfianza fuese desterrada de la familia de Dios, sería un gran bien; pero debe temerse esa incredulidad que es tan ágil en nuestros días como lo fue cuando el Salmista preguntaba: «¿Ha cesado para siempre su misericordia? […] ¿Ha olvidado Dios tener misericordia?» (Sal. 77:8, 9). David no había probado durante mucho tiempo la poderosa espada del gigante Goliat; pero, sin embargo, dijo: «Ninguna como ella». La había probado una sola vez en la hora de su victoria juvenil, y ella había demostrado ser de buen metal; por eso después la elogió siempre. De la misma forma debiéramos nosotros hablar bien de nuestro Dios, pues no hay ninguno como él ni en el Cielo ni en la tierra. «¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis?, dice el Santo» (Is. 40:25). No hay otra roca como la roca de Jacob. Nuestros propios enemigos testifican de ello. Nunca permitiremos que las dudas aniden en nuestros corazones; antes, prenderemos a esa detestable banda —como hizo Elías con los profetas de Baal— y la degollaremos en el arroyo. Para matarla, elegiremos el torrente que brota del costado herido de nuestro Salvador. Hemos pasado por muchas pruebas pero, no obstante, nunca fuimos echados en un lugar donde no pudiésemos hallar en nuestro Salvador todo lo que necesitábamos. Tomemos aliento para confiar en el Señor siempre, seguros de que su eterna fortaleza será, como ya lo ha sido, nuestro socorro y nuestro apoyo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 196). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Los santos son hombres de honor invariable

4 de julio

«El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño».

Salmo 24:4

La santidad externa, práctica, es una señal muy preciosa de la gracia. Tememos que muchos creyentes hayan pervertido la doctrina de la justificación por la fe de tal manera que traten las buenas obras con desprecio. Si esto es cierto, los tales recibirán un eterno menosprecio en el gran día final. Si nuestras manos no están limpias, lavémoslas en la preciosa sangre de Jesús y después levantemos manos santas a Dios. No obstante, estar «limpio de manos» no será suficiente, a menos que ello esté conectado con ser «puro de corazón». La verdadera religión es obra del corazón. Podemos lavar la parte exterior del vaso o del plato como queramos, pero si la parte interior del mismo se encuentra sucia, estaremos completamente sucios en la presencia de Dios: pues nuestros corazones son nuestros de un modo más real que nuestras manos. La vida misma de nuestro ser reside en nuestro interior; de ahí la urgente necesidad de que el mismo sea puro. El limpio de corazón verá a Dios; todos los demás no son sino ciegos murciélagos.

El hombre que ha nacido para el Cielo no eleva «su alma a cosas vanas». Todos los hombres tienen sus deleites, por los cuales se elevan sus almas. El mundano eleva su alma mediante los placeres carnales, que son meras vanidades; pero el santo ama más las cosas sustanciales. Como Josafat, se alienta en los caminos del Señor (cf. 2 Cr. 17:6). El que se satisface con las algarrobas será contado entre los cerdos. ¿Te satisface el mundo? Entonces tienes tu premio y porción en esta vida; aprovéchala mucho, porque no conocerás otro gozo.

«Ni jurado con engaño». Los santos son hombres de honor invariable. El único juramento del cristiano es su palabra, pero ella es tan buena como veinte juramentos de otros hombres. Las palabras falsas excluirán a cualquier hombre del Cielo, porque el mentiroso no entrará en la casa de Dios, cualesquiera que sean sus profesiones de fe o sus hechos. Lector, ¿te condena este texto? ¿Esperas tú subir al monte del Señor?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 195). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Si sufrimos, también reinaremos con Él!

3 de julio

«Si sufrimos, también reinaremos con él».

2 Timoteo 2:12

Si no somos de Cristo, no debemos pensar que estamos sufriendo por Cristo y con Cristo. Querido amigo, ¿estás confiando solo en Jesús? De lo contrario, sea lo que sea que tengas que lamentar en la tierra, no estás por eso «sufriendo con Cristo» ni tienes esperanza alguna de reinar con él en el Cielo. Tampoco hemos de inferir que todos los sufrimientos que experimenta un cristiano los padece con Cristo: pues es indispensable que sea llamado por Dios a sufrir. Si somos temerarios e imprudentes y entramos en lugares para los cuales ni la Providencia ni la gracia nos han preparado, debemos preguntarnos si no estamos, más bien, pecando que teniendo comunión con Jesús. Si permitimos que la pasión tome el lugar de la discreción y la voluntad propia reine en lugar de la autoridad de las Escrituras, estaremos peleando las batallas del Señor con las armas del diablo, y si llegáramos a cortarnos nuestros propios dedos, no deberíamos sorprendernos. Además, en las aflicciones que nos sobrevienen como consecuencia del pecado, no debemos soñar que estamos sufriendo con Cristo. Cuando María habló mal de Moisés y la lepra la contaminó, no sufría por la causa de Dios. Por otra parte, el sufrimiento que Dios acepta debe tener como fin su propia gloria. Si sufro para ganar reputación y merecer aplauso, no obtendré otra recompensa que la del fariseo. Es indispensable también que el amor a Jesús y el amor a sus elegidos sea siempre la fuente principal de toda nuestra paciencia. Debemos manifestar el Espíritu de Cristo en mansedumbre, bondad y perdón. Indaguemos y veamos si en realidad estamos sufriendo con Jesús. Y si en verdad sufrimos, ¿qué es nuestra leve tribulación comparada con el reinar con él? ¡Oh, es tan bienaventurado estar en el horno con Cristo y tan honroso encontrarse en el cepo con él que, aunque no hubiera una retribución futura, podríamos considerarnos felices con el honor presente! Sin embargo, cuando la recompensa es tan eterna, infinitamente mucho más de lo que tenemos derecho a esperar, ¿no tomaremos la cruz con presteza y proseguiremos gozosos nuestro camino?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 194). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡A ti clamo, oh SEÑOR!

2 de julio

«A ti clamo, oh SEÑOR; roca mía, no seas sordo para conmigo, no sea que si guardas silencio hacia mí, venga a ser semejante a los que descienden a la fosa».

Salmo 28:1 (LBLA)

El clamor es la expresión natural del dolor y una expresión apropiada cuando todas las otras formas de súplica nos fallan. No obstante, el clamor solo se debe dirigir a Dios, pues clamar al hombre es como dirigir nuestros ruegos al aire. Cuando consideremos la prontitud del Señor para oír y su capacidad para ayudarnos, veremos las buenas razones que hay para dirigir al Dios de nuestra salvación, en el acto, todos nuestros ruegos. Será en vano clamar a las rocas en el Día del Juicio, pero nuestra Roca atiende nuestros ruegos.

«No seas sordo para conmigo». Los meros formalistas pueden quedar satisfechos sin que sus oraciones sean respondidas, pero los suplicantes sinceros no pueden. Ellos no se contentan con los resultados de la oración misma, que tranquiliza la mente y somete la voluntad: tienen que ir más allá y conseguir respuestas reales del Cielo, de lo contrario no pueden descansar. Y esas respuestas las ansían recibir enseguida, pues temen aun el más breve silencio de Dios. La voz de Dios es, frecuentemente, tan terrible que sacude el desierto; pero su silencio resulta igualmente espantoso para el suplicante angustiado. Cuando parece que Dios cierra sus oídos, nosotros no deberíamos cerrar nuestras bocas; sino, más bien, clamar con más ardor, pues si nuestra voz se eleva con ansiedad y dolor, él no tardará mucho en oírnos. ¡Qué espantoso sería para nosotros que el Señor nunca respondiera nuestras oraciones! «No sea que si guardas silencio hacia mí, venga a ser semejante a los que descienden a la fosa». Privados de Dios, que responde las oraciones, estaríamos en una condición más lastimosa que el muerto en el sepulcro, y pronto descenderíamos al mismo nivel de los perdidos en el Infierno. Necesitamos que se nos conteste la oración: el nuestro es un caso urgente, de espantosa necesidad… Sin duda, el Señor dará paz a nuestras agitadas mentes, pues él jamás permitirá que sus elegidos perezcan.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 193). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Y oyeron al SEÑOR que se paseaba en el huerto al fresco del día

1 de julio

Spurgeon, C. H.

«Y oyeron al SEÑOR que se paseaba en el huerto al fresco del día».

Génesis 3:8 (LBLA)

Alma mía, ahora que ha llegado el fresco del día, retírate un poco y escucha la voz de tu Dios. Él siempre está listo para hablar contigo tan pronto como te encuentres preparada para oír. Si hay alguna tardanza en la comunicación, no se debe al Señor sino a ti exclusivamente: pues él está a la puerta y llama; y, si los suyos le abren, él se goza en entrar. Sin embargo, ¿en qué estado se halla mi corazón, que es el huerto de mi Señor? ¿Puedo aventurarme a esperar que esté bien podado y regado, y que se encuentre produciendo frutos dignos de él? Si no es así, él tendrá mucho que reprobar; pero, con todo, yo le ruego que venga a mí, porque nada puede llevar mi corazón a un estado aceptable de un modo tan seguro como la presencia del Sol de Justicia, que en sus alas traerá salvación. Por tanto, ven, oh Señor, Dios mío; mi alma te invita encarecidamente y te aguarda con ansiedad. Ven a mí, oh Jesús, mi bien amado, y planta nuevas flores en mi huerto como las que florecen con perfección en tu inmaculado carácter. Ven, oh Padre mío, que eres el Labrador, y trátame con tu ternura y prudencia. Ven, Espíritu Santo, y riega todo mi ser ahora, mientras las hierbas se humedecen con el rocío de la noche. ¡Ojala que Dios me hablara! ¡Habla, Señor, que tu siervo escucha! ¡Oh si él anduviera conmigo! Estoy pronto a entregarle todo mi corazón y toda mi mente, de modo que cualquier pensamiento distinto a este quede eliminado. Solo estoy pidiéndole lo que él se complace en dar. Estoy seguro de que él condescenderá a tener comunión conmigo, porque él me ha dado su Santo Espíritu para que permanezca conmigo para siempre. El fresco de la noche es agradable, cuando cada estrella parece el ojo del Cielo y el aire fresco es como el aliento del amor celestial. Padre mío, Hermano mayor, dulce Consolador, háblame con cariño, pues tú has abierto mi oído y yo no soy rebelde.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 192). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Confianza!

30 de junio

Spurgeon, C. H.

«¡Ah, SEÑOR DIOS! He aquí tú hiciste los cielos y la tierra con tu gran poder y con tu brazo extendido; nada es imposible para ti».

Jeremías 32:17 (LBLA)

Al mismo tiempo que los caldeos cercaban Jerusalén, y cuando la espada, el hambre y la pestilencia habían desolado la tierra, Dios ordena a Jeremías que compre un campo y tenga la escritura de transferencia sellada y atestiguada. Era extraño que un hombre cuerdo hiciera una compra así. La prudencia no podía justificarla; pues suponía comprar con escasa probabilidad de gozar alguna vez de su posesión. No obstante, para Jeremías era suficiente que su Dios se lo mandara, pues él sabía bien que el Señor será justificado por todos sus hijos. El Profeta razonaba así: «¡Ah, Señor Dios, tú puedes hacer que esta parcela de tierra sea de utilidad para mí; puedes librar a esta nación de sus opresores; puedes aun hacer que me siente debajo de mi vid y debajo de mi higuera en la heredad que he comprado. Porque tú hiciste los cielos y la tierra y nada hay difícil para ti». El que se atrevieran a hacer cosas que la razón carnal condenaría otorgó dignidad a los santos antiguos. Ya sea un Noé (que tiene que construir un arca en tierra seca), o un Abraham (que debe ofrecer a su único hijo en sacrificio), o un Moisés (que ha de despreciar los tesoros de Egipto), o un Josué (que tiene que cercar Jericó por siete días, sin el uso de armas, sino solo con el sonido de las bocinas de cuernos de carnero), todos ellos obedecieron a la orden de Dios, que era contraria a los dictados del razonamiento carnal y, como resultado de su obediencia, Dios les dio un rico galardón. Quiera Dios que tengamos en la religión de estos tiempos modernos una infusión más abundante de esa fe heroica en el Señor. Si nos aventurásemos más a confiar en las simples promesas de Dios, entraríamos en un mundo de maravillas que aún desconocemos. ¡Ojalá la actitud de confianza de Jeremías sea también la nuestra: nada es demasiado difícil para el Dios que creó los cielos y la tierra!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 191). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Señor, guárdanos en todas partes

29 de junio

Spurgeon Charles H.

«Mas en lo referente a los mensajeros de los príncipes de Babilonia, que enviaron a él para saber del prodigio que había acontecido en el país, Dios lo dejó para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón «.

2 Crónicas 32:31

Ezequías se estaba enorgulleciendo de tal forma y jactándose tanto del favor de Dios que la justicia propia se insinuaba en su ánimo; y por causa de su seguridad carnal, la gracia de Dios (en sus acciones más enérgicas) se le retiró por un tiempo. Aquí tenemos una amplia explicación de la insensatez que cometió con los babilonios; pues si la gracia de Dios abandona al mejor cristiano, queda en el corazón de este suficiente pecado como para hacer de él el peor de los transgresores. Sin la ayuda divina, tú que eres muy celoso por Cristo te enfriarías hasta caer en una tibieza enfermiza; tú que eres sano en la fe te pondrías blanco aquejado con la lepra de la falsa doctrina; tú que ahora andas delante del Señor en bondad e integridad, te tambalearías de un lado a otro embriagado de malas pasiones. Tenemos, como la luna, una luz prestada: cuando la gracia nos alumbra, brillamos; cuando el sol de Justicia se oculta, quedamos en tinieblas. Clamemos, pues, a Dios para que nunca nos desampare: «Señor, no quites de nosotros tu santo Espíritu; no nos prives de la presencia de tu gracia. Tú has dicho: ‘Yo, el Señor, soy su guardador; a cada momento la riego. Para que nadie la dañe, la guardo noche y día’ (Is. 27:3, LBLA). Señor, guárdanos en todas partes. Guárdanos cuando estemos en el valle, para que no murmuremos contra tu mano que nos humilla; guárdanos cuando estemos sobre la montaña, para que no nos envanezcamos por haber sido elevados; guárdanos en la juventud, cuando nuestras pasiones son fuertes; guárdanos en la vejez, cuando engreídos de nuestro saber demostramos ser más necios que el joven o el vanidoso; guárdanos cuando estemos a punto de morir, ¡no sea que en los últimos momentos te neguemos! Guárdanos mientras vivimos, guárdanos al morir, guárdanos al trabajar; guárdanos mientras sufrimos; guárdanos mientras luchamos, guárdanos cuando reposamos, guárdanos en todas partes, ¡porque en todas partes te necesitamos, oh Dios nuestro!».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 190). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos»

28 de junio

«Mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos».

Éxodo 7:12

Este incidente es un ejemplo muy instructivo del triunfo de la obra divina sobre toda oposición. Siempre que un principio divino se afirma en el corazón de alguna persona, aunque el demonio invente una falsificación del mismo y produzca multitud de adversarios, tan cierto como que Dios está en esa obra, el principio en cuestión se tragará a todos sus enemigos. Si la gracia de Dios se posesiona de un hombre, los magos del mundo pueden echar todas sus varas, y cada vara ser tan astuta y venenosa como una serpiente, que, a pesar de todo, la vara de Aarón devorará las varas de ellos. La atracción amorosa de la cruz enamorará y ganará el corazón del hombre, y quien vivía solamente para esta engañosa tierra, ahora pondrá sus ojos en las esferas superiores y volará hacia las alturas celestiales. Cuando la gracia ha ganado la batalla, el mundano se convierte y busca ese mundo venidero. Este hecho mismo debe observarse en la vida del creyente. ¡A qué gran multitud de enemigos ha tenido que hacer frente nuestra fe! El diablo echó delante de nosotros nuestros antiguos pecados, los cuales se convirtieron en serpientes. ¡Qué gran número de ellos! ¡Ah, pero la cruz de Jesús los destruye todos! La fe en Cristo acaba con todos nuestros pecados. Después, el diablo arrojó otra multitud de serpientes en forma de instigaciones carnales, tentaciones e incredulidad; pero la fe en Jesús es para ellas más que una refulgente luz, y las domina a todas. Ese mismo principio cautivador destaca cuando servimos fielmente a Dios: con un amor entusiasta por Jesús se superan las dificultades, los sacrificios se transforman en placer y los sufrimientos en glorias. Ahora bien, si la religión constituye para el corazón una pasión consumidora de semejante naturaleza, de ello se sigue que hay muchas personas que profesan la religión pero no la tienen; porque aquello con lo que cuentan no soporta esta prueba. Examínate, lector, sobre este punto: La vara de Aarón demostró el poder que había recibido del Cielo, ¿está haciendo lo mismo tu religión? Si Cristo es algo, debe serlo todo. ¡Oh, no descanses hasta que el amor y la fe en Jesús sean pasiones dominantes de tu alma!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 189). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Cada uno en el estado en que fue llamado, en él se quede

27 de junio

«Cada uno en el estado en que fue llamado, en él se quede».

1 Corintios 7:20

Algunas personas tienen la estúpida idea de que la única manera de vivir para Dios es siendo pastores, misioneros o maestros de escuela dominical. ¡Ay, a cuántos se privaría de una oportunidad de alabar al Altísimo si esto fuera verdad! Querido amigo, no se trata del cargo, sino de la diligencia; no es la posición, sino la gracia, aquello que nos capacita para glorificar a Dios. A Dios se le glorifica mucho, sin duda, en el taller del zapatero remendón: donde el trabajador piadoso canta del amor del Salvador mientras maneja la lesna. Sí, ahí se le glorifica mucho más que en innumerables templos donde una religiosidad oficial cumple con sus míseros deberes. El nombre de Jesús lo glorifica también el carretero indocto, mientras guía su caballo bendiciendo a su Dios y hablando tanto en el camino a sus compañeros como el predicador conocido que, cual un Boanerges, hace tronar el evangelio por todo el país. Glorificamos a Dios cuando le servimos según nuestra propia vocación. Ten cuidado, querido lector, de no olvidar la senda del deber abandonando tu trabajo, y cuida de no deshonrar tu profesión mientras la ejerces. Piensa poco de ti mismo, pero no pienses demasiado poco de tu llamamiento. Todo negocio legítimo puede santificarse mediante el evangelio para los fines más nobles. Vuelve a la Biblia y hallarás las formas más vulgares de trabajo relacionadas, bien con los hechos más arriesgados, bien con personas cuyas vidas fueron insignes por su santidad. Por consiguiente, no estés descontento con tu vocación. Cualquiera que sea la posición o la obra en que Dios te haya puesto, permanece en ella, a no ser que estés completamente seguro de que él te llama a otra cosa. Que tu primera preocupación sea glorificar a Dios hasta lo sumo en el lugar donde estás; ocúpate de alabarle en tu presente esfera de acción y, si él te necesita en otro lugar, te lo hará saber. Deja de lado esta noche cualquier ambición enojosa y confórmate con lo que tienes.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 188). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Y no halló la paloma donde sentar la planta de su pie

25 de junio

«Y no halló la paloma donde sentar la planta de su pie».

Génesis 8:9

Lector, ¿puedes hallar reposo fuera del arca que es Cristo Jesús? Entonces, ten por seguro que tu religión es vana. ¿Estás satisfecho con algo que no sea un conocimiento consciente de tu unión y participación con Cristo? Entonces, ¡ay de ti! Si profesas ser cristiano y, no obstante, hallas plena satisfacción en las ocupaciones y los placeres mundanos, tu profesión es falsa. Si tu alma puede estirarse para descansar y hallar que la cama es suficientemente larga y la colcha lo bastante ancha como para cubrirse en los dormitorios del pecado, entonces eres un hipócrita y estás lejos de tener un concepto claro de Cristo o una idea de su valor. Pero si, por el contrario, sientes que aunque te fuera posible hundirte en el pecado sin ser castigado, eso mismo sería un castigo; y que, si pudieses poseer todo el mundo y permanecer en él para siempre, sería ya una desgracia el no poder salir del mismo porque es a tu Dios —sí, a tu Dios— a quien tu alma ansía, entonces, aliéntate porque eres un hijo de Dios. A pesar de todos tus pecados e imperfecciones, recibe esto para tu aliento: Si tu alma no halla descanso en el pecado, no eres como el pecador. Si aún estás pidiendo algo mejor, recuerda que Cristo no te ha olvidado; pues tú no te has olvidado enteramente de él. El creyente no puede vivir sin su Señor. Las palabras resultan inadecuadas para expresar el concepto que tiene de él. No somos capaces de vivir sobre las arenas del desierto; necesitamos el maná que cae de lo alto. Nuestros odres de la confianza humana son incapaces de producir siquiera un poco de humedad; pero nosotros bebemos de la roca que nos sigue, y esa roca es Cristo. Cuando te alimentas de él, tu alma canta: «[Él] sacia de bien [mi] boca de modo que [me rejuvenezca] como el águila» (Sal. 103:5). Sin embargo, si no lo tienes a él, ni tu rebosante odre de vino ni tu granero repleto te pueden dar ninguna clase de satisfacción; más bien te lamentarás de ellos con las palabras de la sabiduría: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 186). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.