Sigue lo recto en todos los azares

24 de junio

«Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron […]: Sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses».

Daniel 3:16, 18

El relato del coraje varonil y de la liberación maravillosa de estos tres jóvenes (o, más bien, de estos campeones) es muy apto para producir en la mente de los creyentes la firmeza y estabilidad con que defender la verdad contra la tiranía, aun estando en las mismas garras de la muerte. Ojalá los jóvenes cristianos (especialmente) aprendan del ejemplo de estos muchachos a no sacrificar nunca sus conciencias, tanto en los asuntos de la fe y la religión como en aquellos otros de la probidad en los negocios. Antes que perder la honradez, pierde más bien tus negocios; y, cuando todo se haya perdido, sigue aferrándote a una limpia conciencia como la más preciosa joya que pueda adornar el pecho de un mortal. No te guíes por el fuego de la sagacidad, sino por la estrella polar de la autoridad divina. Sigue lo recto en todos los azares; y cuando no veas ninguna ventaja presente, anda por fe y no por vista. Honra a Dios confiando en él aun cuando ello implique pérdidas a causa de tus principios. ¡Verás como él no queda como deudor tuyo! Observa si, aun en esta vida, no cumple su palabra de que «gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento» (1 Ti. 6:6) y de que a los que buscan primeramente el Reino de Dios y su justicia, todas las cosas que precisen les serán añadidas. Si se diera el caso que, en la providencia de Dios, llegaras a ser un perdedor a causa de tu conciencia, hallarás que, aunque el Señor no te retribuya con la plata de la prosperidad terrena, cumplirá su promesa con el oro del gozo espiritual. Recuerda que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. Manifestar un espíritu sencillo, tener un corazón libre de ofensa, contar con el favor y la aprobación de Dios, vale más que todas las riquezas que las minas de Ofir pudieran producir o ganar el comercio de Tiro: «Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, que de buey engordado donde hay odio». Una onza de tranquilidad de corazón vale más que una tonelada de oro.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 185). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Esperando la adopción

23 de junio

«Esperando la adopción».

Romanos 8:23

Aun en este mundo los santos son hijos de Dios; pero los hombres no pueden comprobarlo si no es por ciertas características morales. La adopción no se ha manifestado aún: aún no se ha declarado abiertamente quiénes son los hijos. Entre los romanos, alguien podía ser hijo adoptivo y el hecho mantenerse en secreto durante mucho tiempo; no obstante, había una segunda adopción en público, cuando se llevaba al niño ante las autoridades constituidas, se le quitaban sus vestidos anteriores y el padre que lo recibía le daba una ropa apropiada a su nueva condición: «Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser». Aún no estamos vestidos con la ropa apropiada para la familia real en el Cielo. Llevamos puesto (en esta carne y sangre) precisamente aquello que visten los hijos de Adán; pero sabemos que «cuando él [quien es ‘el primogénito entre muchos hermanos’] se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es». ¿No puedes imaginarte a un niño, tomado de la clase más baja de la sociedad romana y adoptado por un senador, diciendo: «Ansío el día cuando seré adoptado públicamente; entonces dejaré estos vestidos plebeyos y se me vestirá como conviene a mi rango senatorial»? Se siente feliz con lo que ha recibido; por eso gime por alcanzar la plenitud de aquello que se le ha prometido. Así ocurre con nosotros actualmente: estamos esperando ser ataviados con nuestros propios vestidos y hasta manifestados como hijos de Dios. Somos jóvenes nobles y aún no nos hemos ceñido nuestras coronas. Somos jóvenes novias y aún no ha llegado el día de nuestro casamiento: el amor que nuestro Esposo nos profesa nos lleva a ansiar y anhelar la mañana de nuestra boda. Nuestra felicidad misma nos hace gemir por una felicidad mayor. Nuestro gozo, como un manantial que se desborda, ansía brotar como un géiser de Islandia, que salta hasta el cielo. Ese gozo suspira y gime dentro de nuestro espíritu por falta de espacio y lugar para manifestarse a los hombres.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 184). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Para que queden las inconmovibles

22 de junio

«Para que queden las inconmovibles».

Hebreos 12:27

Nosotros poseemos muchas cosas que pueden verse sacudidas; y no es propio que un cristiano acumule muchas posesiones, ya no hay nada estable bajo del Cielo. La palabra «cambio» está escrita sobre cada cosa. Sin embargo, tenemos ciertas posesiones que son «inconmovibles», y yo te invito a pensar en ellas esta noche, para que, si desaparecen todas aquellas cosas que pueden ser removidas, cobres verdadero aliento en cuanto a las cosas inconmovibles que van a permanecer. Cualesquiera hayan sido tus pérdidas, o puedan ser en el futuro, gozas de una salvación presente. Estás al pie de la cruz, confiando solo en los méritos de la preciosa sangre de Jesús, y ninguna subida o bajada de la bolsa puede interferir con la salvación que tienes en él. Ningún asalto a un banco, ningún fracaso o ninguna bancarrota la puede afectar. En esta noche eres un hijo de Dios: Dios es tu Padre. Ningún cambio de circunstancia puede privarte de esto. Aunque debido a alguna pérdida caigas en la pobreza y quedes completamente desnudo, te es posible decir: «Él es aún mi Padre y en la casa de mi Padre hay muchas moradas; por tanto, no seré conmovido». Tienes otra bendición permanente: a saber, el amor de Jesucristo. El que es a la vez Dios y hombre te ama con toda la fuerza de su naturaleza afectiva; nada puede cambiar esto. La higuera tal vez no florezca y los rebaños quizá desaparezcan de los campos; pero ese hecho no afecta a las almas que pueden cantar: «Mi amado es mío y yo suya». No podemos perder nuestra mejor porción y nuestra más valiosa herencia. Cualquiera que sea la aflicción que nos sobrevenga, portémonos varonilmente: demostremos que no somos niños pequeños que se abaten por cualquier cosa que pueda acontecerles en esta vida transitoria. Nuestra patria es el Reino de Emanuel, nuestra esperanza está en el Cielo y, por tanto, es tranquila como el océano en el verano. Veremos la destrucción de toda cosa terrena; pero, a pesar de todo, nos regocijaremos en el Dios de nuestra salvación.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 183). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Pero el fundamento de Dios está firme

21 de junio

«Pero el fundamento de Dios está firme».

2 Timoteo 2:19

El fundamento sobre el cual descansa nuestra fe es este: «Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados» (2 Co. 5:19). El gran hecho en que confía la fe genuina es que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn. 1:14), y también que «Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos para llevarnos a Dios» (1 P. 3:18). O, dicho en otras palabras: «[Cristo] llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 P. 2:24); «el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Is. 53:5). En una palabra: el gran pilar de la esperanza cristiana es la sustitución; el sacrificio vicario de Cristo por el pecado. Cristo fue hecho pecado por nosotros para que nosotros pudiésemos ser justicia de Dios en él. Cristo, ha ofrecido un sacrificio verdadero, expiatorio y vicario por todos aquellos que el Padre le dio, a quienes Dios reconoce por nombre y cuyo reconocimiento se basa en que confían de corazón en Jesús. Este es el hecho cardinal del evangelio. Si se quitara este fundamento, ¿qué haríamos nosotros? No obstante, el mismo permanece tan firme como el trono de Dios. Nosotros lo sabemos, y descansamos y nos regocijamos en él. Nuestro gozo es conservarlo, meditar en él y proclamarlo, mientras deseamos vernos impulsados y movidos por la gratitud a Cristo en cada acto de nuestra vida y conversación. En estos días se está atacando directamente la doctrina de la Expiación: los hombres no pueden tolerar la Sustitución; crujen los dientes ante el pensamiento de que el Cordero de Dios cargue con el pecado del hombre. Sin embargo, nosotros, ni la diluimos ni la cambiamos, ni la desmenuzamos en forma o de manera alguna. Cristo seguirá siendo un verdadero Sustituto, cargando con el pecado humano y sufriendo en lugar de los hombres. Nosotros no podemos ni nos atrevemos a abandonar esta verdad, porque ella es nuestra vida; y, a pesar de cualquier controversia, sentimos que «el fundamento de Dios está firme».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 182). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Y dejando luego sus redes, le siguieron

20 de junio

«Y dejando luego sus redes, le siguieron».

Marcos 1:18

Cuando oyeron la llamada de Jesús, Simón y Andrés obedecieron enseguida, sin demorarse. Si con puntualidad y ardiente celo pusiésemos siempre en práctica lo que oímos, haciéndolo de inmediato o en la primera ocasión propicia, nuestra asistencia a los cultos y la lectura de libros buenos no dejarían de enriquecernos espiritualmente. No perderá su pan el que procure comerlo enseguida, ni puede privársele del beneficio de la doctrina a aquel que ha sido influido por ella. Muchos lectores y oyentes se sienten persuadidos por la palabra hasta el punto de proponer enmendarse; pero, ¡ay!, ese propósito es como una flor arrancada que no lleva fruto alguno. Los tales postergan, fluctúan y se olvidan hasta parecerse a esos estanques helados durante la noche que, por un momento, se deshielan ante el sol diurno para helarse de nuevo por la noche. Ese fatal mañana se halla enrojecido con la sangre del asesinato de las buenas resoluciones. Es la matanza de los inocentes. Estoy muy preocupado por la posibilidad de que mi libro Lecturas vespertinas no vaya a ser fructífero y, por eso, ruego a los lectores que no sean solamente lectores, sino también hacedores de la Palabra. La forma más provechosa de leer este libro es practicando la verdad. Si mientras lees estas páginas, te sientes impulsado a cumplir con algún deber, date prisa en hacerlo antes de que ese santo impulso desaparezca de tu alma; deja tus redes y todo lo que tienes para que no seas hallado rebelde a la llamada del Maestro. ¡No des lugar al diablo a causa de la demora! Apresúrate mientras la oportunidad y el fervor se encuentran felizmente unidos. No caigas en tus propias redes, sino rompe las mallas de la mundanidad y ve adonde la gloria te llama. Feliz el autor que se encuentra con lectores resueltos a llevar a cabo sus enseñanzas; su cosecha será de ciento por uno, y su Maestro obtendrá toda la gloria. Quiera Dios que tal sea nuestra recompensa en relación con estas breves meditaciones y sugerencias. ¡Oh Señor, concédele esto a tu siervo!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 181). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡En el mundo tendréis aflicción!

19 de junio

«Mi amado es mío y yo suya; él apacienta entre lirios. Hasta que apunte el día y huyan las sombras, vuélvete, oh amado mío; se semejante al corzo, o como el cervatillo sobre los montes de Beter».

Cantares 2:16, 17

Sin duda, si hay en la Biblia un versículo precioso es este: «Mi amado es mío y yo suya». Es tan suave, tan lleno de seguridad, tan rebosante de dicha y de contento que bien podía haberlo escrito la misma mano que escribió el Salmo 23. Este versículo se expresa como Aquel que una hora antes de ir al Getsemaní dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da» (Jn. 14:27). «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33). Hagamos sonar de nuevo la campanilla de plata, porque sus notas son exquisitamente suaves: «Mi amado es mío y yo suya; él apacienta entre lirios». Sin embargo, hay una sombra en el texto. Aunque el paisaje resulta sumamente hermoso, tanto que la tierra no puede mostrar otro mejor, no está, sin embargo, enteramente iluminado por el sol. Puede verse una nube en el cielo que proyecta su sombra sobre el paisaje, aunque no lo oscurece, pues todo él es claro y se mantiene vivo y brillante: «Mi amado es mío y yo suya». Esto está suficientemente claro, pero no tiene toda la luz del sol. Escucha ahora: «Hasta que apunte el día y huyan las sombras».
También se dicen unas palabras acerca de «los montes de Beter», o «los montes de la división»; y una división semejante es amarga para nuestro amor. Veo un cordero pascual, pero veo asimismo a su lado las hierbas amargas. Veo el lirio, pero noto que aún está entre espinos. Querida alma, quizá sea este tu actual estado de ánimo. No dudas de tu salvación; sabes que él es tuyo, pero no te estás gozando en él. Conoces la vital compenetración que te une con él, de tal suerte que no tienes ni una sombra de duda en cuanto a que tú eres suya y él tuyo, pero su izquierda no está aún debajo de tu cabeza ni su derecha te abraza. Una sombra de tristeza se proyecta sobre tu corazón, quizá por aflicción; sin duda, por la momentánea ausencia de tu Señor. Y así, mientras exclamas: «Soy suya», te sientes obligada a ponerte de rodillas y a decir: «Hasta que apunte el día y huyan las sombras, vuélvete, amado mío». «¿Dónde está él?», se pregunta el alma; y la respuesta le llega: «Él apacienta entre lirios». Al mundo no le importa dónde está Cristo, pero al cristiano sí. Jesús se ha ido entre los blancos lirios que florecen en las dehesas del Cielo, los lirios de oro que rodean el Trono. ¡Oh cuándo estaremos con él y participaremos de su gloria! Nuestro impaciente espíritu ansía la hora en que nuestro enlace se consume y nuestra felicidad sea completa. Él está entre los lirios aquí en la tierra, vírgenes almas que «siguen al Cordero por dondequiera que va» (Ap. 4), y nunca se apartan de él. Si queremos hallar a Cristo, tenemos que tener comunión con los suyos y asistir a los cultos con sus santos. Aunque él no apaciente sobre lirios, apacienta entre ellos, y allí, quizá, podamos encontrarnos con él. ¡Ojalá pudiésemos cenar con él esta noche! Señor mío, por todo el amor que me profesas, dígnate visitarme en esta hora con tu cariño y pon el alba del Cielo en mi alma. ¡Cuán rápidamente puede él venir a mí! Ningún pie de corzo es capaz de andar tan rápido. En un momento él es capaz de alegrarme con su agradable presencia. Ven, Señor Jesús, y permanece conmigo para siempre.

Dulce comunión la que gozo ya
en los brazos de mi Salvador;
¡que gran bendición en su paz me da!
¡Cuánto siento en mí su tierno amor!

¡Cuán dulce es vivir, cuán dulce es gozar
en los brazos de mi Salvador!
Quiero ir con él y a su lado estar,
siendo objeto de su tierno amor.

No habré de temer ni desconfiar
en los brazos de mi Salvador;
en él puedo yo bien seguro estar
de los lazos del vil tentador.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, pp. 179–180). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Yo vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía

18 de junio

«Yo vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía».

Cantares 5:1

El corazón del creyente es el huerto de Cristo: él lo compró con su preciosa sangre, ha entrado en el mismo y lo reclama como suyo. Un huerto implica separación. No es un vulgar descampado; no es un desierto; es un terreno que se ha cercado. Quisiéramos ver más anchas y más fuertes las murallas de separación entre la Iglesia y el mundo. Me entristece oír decir a los cristianos: «Bien, no hay nada malo en esto, no hay nada malo en aquello», acercándose así al mundo lo más posible. Es muy escasa la gracia en el alma que aún puede preguntar hasta dónde le es posible vivir en conformidad con el mundo. Un huerto es un lugar de belleza: sobrepasa a las desoladas tierras sin cultivar. El verdadero cristiano debe procurar ser en su vida mejor que el más destacado moralista, pues el huerto de Cristo ha de producir las mejores flores de todo el mundo. Aun las flores más hermosas son pobres en comparación con lo que Cristo merece; no le demos, pues, plantas marchitas y enanas. En el huerto de Jesús tienen que florecer las rosas y los lirios más inusuales, más preciosos y más delicados. El huerto es un lugar de crecimiento. Los santos no deben quedarse estancados, siempre como meros capullos y pimpollos: tenemos que crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Donde Jesús es el labrador y el Espíritu Santo el rocío de arriba, el crecimiento ha de ser rápido. Un huerto es un lugar de retiro: así, también, el Señor Jesucristo quiere conservar nuestras almas como un lugar en el cual él pueda manifestarse a nosotros como no lo hace con el mundo. ¡Ojalá los cristianos estuviesen más apartados, de manera que sus corazones se hallaran enteramente reservados para Cristo! Frecuentemente, como Marta, nos afanamos y turbamos con muchas cosas, de modo que no le damos a Cristo el lugar que le dio María, ni nos sentamos a sus pies como debiéramos. Que el Señor nos conceda hoy las refrescantes lluvias de su gracia para regar su huerto.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 178). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El pozo de Beer

17 de junio

«Entonces cantó Israel este cántico: Sube, oh pozo, a él cantad».

Números 21:17

El pozo de Beer, en el desierto, fue famoso por ser el tema de una promesa: «Este es el pozo donde el Señor le dijo a Moisés: «Reúne al pueblo y les daré agua» (Nm. 21:16 LBLA). El pueblo necesitaba agua, y el Dios de la gracia se la prometió. Necesitamos provisiones de gracia celestial y, en el pacto, Dios se ha comprometido a darnos todo aquello que le pedimos. El pozo, en segundo lugar, fue motivo de un cántico. Antes de que el agua brotara, la fe alentadora estimuló a la gente a cantar y, al ver borbotar la cristalina fuente, la música se hizo aún más alegre. De la misma manera, los que creemos en la promesa de Dios, debiéramos regocijarnos ante la perspectiva de que nuestras almas gocen de avivamientos divinos; y, al experimentarlos, nuestro santo gozo se desbordará. ¿Estamos sedientos? No murmuremos, sino cantemos. La sed espiritual resulta difícil de soportar; pero no es necesario que la soportemos, pues la promesa nos señala un pozo. Alentémonos y busquémoslo. Además, el pozo fue el centro de una oración: «¡Sube, oh pozo!». Debemos reclamar aquello que Dios se ha comprometido a darnos, de lo contrario manifestaremos que ni tenemos deseos de ello ni fe alguna. Roguemos esta noche que tanto el pasaje leído como nuestras devociones no sean una formalidad vacía, sino un canal de gracia para nuestras almas. ¡Ojalá el Espíritu Santo actúe en nosotros con todo su poder, llenándonos de toda la plenitud de Dios! Finalmente, el pozo en cuestión fue el objeto de un esfuerzo: «Lo cavaron los príncipes del pueblo […] con sus báculos». El Señor quiere que seamos activos para obtener gracia. Nuestros báculos no son aptos para cavar en la arena, pero debemos usarlos con toda nuestra fuerza: no se debe descuidar la oración; ni han de abandonarse las reuniones; un tampoco hay que menospreciar el bautismo y la Cena del Señor. El Señor nos dará su gracia muy abundantemente, pero no por la vía de la ociosidad. Movámonos, pues, para buscar al Señor, en quien se encuentran todos los frescos manantiales.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 177). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡El SEÑOR es mi luz!

16 de junio

«El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El SEÑOR es la fortaleza de mi vida, ¿de quién tendré temor?».

Salmo 27:1 (LBLA)

¡El Señor es mi luz y mi salvación! He aquí un interés personal: «mi luz», «mi salvación». El alma se siente segura de ello y, por consiguiente, lo proclama resueltamente. Cuando nacemos de nuevo se derrama sobre el alma la luz divina precursora de la salvación. Donde no hay suficiente luz que revele nuestras tinieblas y nos haga ansiar al Señor Jesús, no hay prueba de salvación. Después de la conversión, nuestro Dios es nuestro gozo, consuelo, guía, maestro y, en todo sentido, nuestra luz. Él es luz dentro y alrededor de nosotros; luz reflejada por nosotros y luz que tiene que ser revelada a nosotros. Observa que no se dice meramente que Dios proporcione luz, sino que Dios es luz; ni que él dé salvación, sino que él es salvación. El que por fe se aferra a Dios tiene en su poder todas las bendiciones del pacto. Una vez sentado esto, el argumento que se desprende está expresado en forma de pregunta: «¿A quién temeré?». Una pregunta que tiene en sí misma su respuesta. No hay que temer a los poderes de las tinieblas, pues el Señor, nuestra luz, los destruye; no debemos temer a la condenación del Infierno, porque el Señor es nuestra salvación. Es este un desafío diferente del que hizo el jactancioso Goliat, pues no descansa sobre el arrogante vigor de un brazo de carne, sino en el poder real del omnipotente «YO SOY». «El Señor es la fortaleza de mi vida»: he aquí un tercer término brillante para indicar que la esperanza del autor estaba asegurada con un triple cordón que no podía romperse. Bien podemos acumular palabras de alabanza allí donde el Señor prodiga hechos de gracia. Nuestra vida deriva todo su poder de Dios; y si él se propone hacernos fuertes, todas las maquinaciones del adversario no podrán debilitarnos. «¿De quién tendré temor?». La clara pregunta mira tanto al futuro como al presente: «Si Dios es por nosotros», ¿quién puede estar contra nosotros tanto ahora como en lo porvenir?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 176). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El que abre y ninguno cierra

15 de junio

«El que abre y ninguno cierra».

Apocalipsis 3:7

Jesús es el Guarda de las puertas del Paraíso: él ha puesto delante de toda alma creyente una puerta abierta que ningún hombre ni ningún demonio puede cerrarle. ¡Qué gozo será descubrir que la fe en él es la llave de oro que abre las puertas eternas! Alma mía, ¿estás llevando por todas partes esta llave en tu pecho o confías en alguna llave falsa que, al fin, fracasará? Oye esta parábola del predicador y recuérdala: El gran Rey ha hecho un banquete y ha proclamado por todo el mundo que ninguno entrará en él, salvo los que traigan la flor más hermosa del mundo. Los espíritus de los hombres se adelantan por millares a la puerta y cada uno trae una flor que estima ser la reina del jardín; pero son arrojados en tropel de la presencia regia y no pueden entrar en la sala del banquete. Algunos traen en sus manos la mortal hierba mora de la superstición, o la pomposa adormidera de Roma, o la cicuta de la justicia propia; pero como estas flores no agradan al Rey, a los que las llevan, se les cierran las puertas de perla. Alma mía, ¿has arrancado tú la rosa de Sarón? ¿Llevas en tu pecho constantemente el lirio de los valles? Si es así, cuando llegues a las puertas del Cielo conocerás su valor; pues solo tienes que mostrar la más selecta de las flores y el Portero abrirá. Ni por un momento te negará la entrada, ya que el Portero siempre le abre a aquella Rosa. Tu camino al trono de Dios lo hallarás con la Rosa de Sarón en las manos; pues el Cielo no posee nada que sobrepase su radiante belleza, y de todas las flores que crecen en el Paraíso, no hay ninguna que pueda rivalizar con el lirio de los valles. Alma mía, toma en tus manos, por la fe, la roja rosa del Calvario; llévala por amor, presérvala por la comunión, haz de ella tu todo en todo por una diaria vigilancia, y serás grandemente bendecida, feliz por encima de toda imaginación. Jesús, sé mío para siempre: mi Dios, mi Cielo, mi todo.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 175). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.