«Se humilló a sí mismo»

3 de junio

«Se humilló a sí mismo».

Filipenses 2:8

Jesús es el gran Maestro de la humildad de corazón. Necesitamos aprender de él diariamente. Observa al Maestro tomar una toalla y lavar los pies de sus discípulos. Y tú, seguidor de Cristo, ¿no deseas humillarte? Míralo como el Siervo de los siervos y, sin duda, no podrás ser soberbio. ¿Acaso no es esta frase el compendio de su biografía: «Se humilló a sí mismo»? ¿No estuvo en la tierra quitándose una prenda de gala tras otra hasta que al fin, desnudo, lo clavaron en la cruz? Y allí, ¿acaso no se despojó a sí mismo, derramando su sangre, entregándose por nosotros, hasta que, privado de todo, lo pusieron en un sepulcro prestado? ¡Cuánto se humilló nuestro querido Redentor! ¿Cómo, pues, podemos nosotros ser orgullosos? Ponte al pie de la cruz y cuenta esas gotas escarlatas que te han limpiado; mira la corona de espinas; observa sus espaldas flageladas, manando aún hilos de sangre; contempla sus manos y sus pies sujetos por los clavos, y todo su ser entregado a la burla y al escarnio. Mira la amargura y la angustia, observa también los dolores íntimos que se reflejan en su rostro y oye ese grito desgarrador que dice: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Y si no quedas postrado en el suelo frente a aquella cruz, es señal de que nunca la has contemplado; si no te sientes humillado en la presencia de Jesús es porque no lo conoces. Estás tan perdido que nada puede salvarte sino el sacrificio del Unigénito de Dios. Piensa en esto y, como Jesús se humilló por ti, humíllate tú también a sus pies. La comprensión del admirable amor de Dios hacia nosotros tiene un influjo mayor para humillarnos que el conocimiento de nuestras propias culpas. ¡Ojalá el Señor nos haga contemplar el Calvario! Entonces nuestra posición no será más la del hombre henchido de orgullo, sino que nos situaremos en el lugar del que ama mucho porque mucho se le ha perdonado. El orgullo no puede vivir debajo la cruz. Sentémonos allí y aprendamos nuestra lección y, después, levantémonos y llevémosla a la práctica.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 163). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Maestro bueno»

2 de junio

«Maestro bueno»

Mateo 19:16

Si el joven del evangelio utilizó este título hablando con el Señor, ¿cuánto más lo puedo yo emplear para dirigirme a él? Él es, en verdad, mi Maestro y mi Dueño: tanto porque me gobierna como porque me enseña. Me gozo en obedecer sus órdenes y en sentarme a sus pies. Soy su siervo y su discípulo, y considero un alto honor ser ambas cosas. Si me preguntaran por qué lo llamo «bueno», tendría lista la respuesta. Es verdad que «ninguno es bueno sino uno, a saber, Dios»; pero, en tal caso, Jesús es Dios y toda la bondad de la deidad resplandece en él. En mi experiencia lo he hallado bueno: tan bueno, en realidad, que todo el bien que poseo me ha venido por medio de él. Él me fue bueno cuando yo estaba muerto en pecados, porque me resucitó por el poder de su Espíritu. Él me ha sido bueno en todas mis necesidades, pruebas, luchas y aflicciones. Nunca ha podido haber un Maestro mejor: ya que su servicio es libertad y su gobierno, amor. La milésima parte de su bondad como dueño quisiera yo tenerla como siervo. Cuando me enseña como mi rabino, es indeciblemente bueno: su doctrina es divina; su trato, condescendiente; su Espíritu la dulzura misma… Ningún error se mezcla en su instrucción: la áurea verdad que él explica es pura y toda su enseñanza conduce a la bondad, santificando y edificando al discípulo. Los ángeles lo consideran un buen Señor, y se deleitan en rendirle homenaje. Los santos de la antigüedad comprobaron que se trata de un buen Dueño y Maestro, y cada uno de ellos se gozó en cantar: «Soy tu siervo, oh Señor». Mi humilde testimonio debe propender a ese mismo fin. Daré este testimonio delante de mis amigos y mis semejantes; pues, posiblemente, por medio del mismo, estos se verán guiados a buscar a mi Señor como su propio Maestro y Dueño. ¡Dios quiera que así lo hagan! ¡Nunca se arrepentirán de tan sabia resolución! Si ellos tomaran el yugo fácil de Jesús, se encontrarían en servicio tan regio que se apuntarían al mismo para siempre.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 162). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Un requerimiento urgente

1 Junio 2017

Un requerimiento urgente
por Charles R. Swindoll

2 Timoteo 4:1-6

Pablo escribió con apremio: “Te requiero delante de Dios y de Cristo Jesús, quien ha de juzgar a los vivos y a los muertos, tanto por su manifestación como por su reino: Predica la palabra; mantente dispuesto a tiempo y fuera de tiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y enseñanza” (4:1, 2). En otras palabras, siga adelante con el plan de predicación que Dios ha prometido bendecir y utilizar. ¡Enseñe lo que dice la Biblia! ¡Sea un hombre o una mujer de la Palabra!

No intente ser tan creativo y encantador que la gente pierda de vista la verdad. No hay necesidad de substitutos vacíos y absurdos que entretienen, pero que rara vez producen convicción de pecado en el perdido y edificación en los que ya son salvos. Enseñe la verdad. ¿No nota algo aquí? La exhortación no está dirigida al oyente sino al predicador. Quien debe hacer esto es el que proclama el mensaje. Esté listo para hacerlo a tiempo y fuera de tiempo. Estar preparado implica estar preparado mental y espiritualmente.

Pablo está diciendo, en esencia: “No seas perezoso. Haz tu trabajo. No te pares y comiences a disculparte por no haber tenido suficiente tiempo para prepararte. Eso no es aceptable”. Y hazlo fielmente, cuando es cómodo y también cuando no lo es.

Lamentablemente hoy en día, en un número alarmante de iglesias se le están diciendo al pueblo de Dios lo que ellos quieren oír, no lo que necesitan oír. Están siendo alimentados con leche, no con alimento sólido. Un evangelio diluido puede atraer a mucha gente (por un tiempo), pero carece de impacto eterno. No he podido encontrar en las Escrituras ningún lugar donde Dios exprese la más mínima preocupación por atraer multitudes. Satisfacer el oído hormigueante y curioso de nuestro auditorio posmoderno es una pérdida de tiempo.

La tarea del ministro es comunicar la verdad. Sinceramente, eso es lo que yo pretendo seguir haciendo, por la gracia de Dios, hasta el día en que Él me llame al hogar celestial. Y creo que es cada vez mayor el número de creyentes que anhelan escuchar mensajes que los nutran, que estén basados en la Palabra de Dios, no en opiniones humanas.

El mundo necesita con urgencia más cristianos con el fervor y la fe de Pablo. ¿Será usted uno de ellos? ¿Responderá al requerimiento? Si es así, hoy es el mejor tiempo para comenzar.

Jesús dijo: “Id y haced discípulos a todas las naciones.., yo estoy con vosotros” (Mateo 28:19, 20). Ningún desafío es mayor que este, y ninguna promesa más alentadora. Créalo. Tenga confianza en que es así y por la gracia de Dios, ¡hágalo!

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Cambiará su desierto en paraíso

1 de junio

«Cambiará su desierto en paraíso».

Isaías 51:3

Me parece ver en visión un espantoso yermo, un dilatado y terrible desierto semejante al del Sahara. No veo nada en él donde poder descansar la vista; más bien me hastío contemplando, por todas partes, sus arenas ardientes sembradas de miles de esqueletos blanquecinos: hombres infelices que murieron de angustia por haberse extraviado en la tierra baldía. ¡Qué tétrica y horrible visión: un mar de arena sin límites ni oasis alguno! ¡Un triste cementerio para una raza desamparada! No obstante, observa y admírate: ¡de repente, veo una planta de renombre que brota de esa ardiente arena y que, al crecer, produce un pimpollo, el cual se agranda hasta convertirse en una rosa! A su lado, un lirio inclina su humilde cabeza; y —¡oh maravilla de maravillas!— cuando se difunde la fragancia de estas flores, el desierto se transforma en un campo fértil y florido: se le da la gloria del Líbano y la excelencia del Carmelo y de Sarón. No lo llames más Sahara; llámalo Paraíso. No hables más de él como del valle de Sombra de Muerte; pues, he aquí que, allí donde yacen los esqueletos blanquecinos, se proclama una resurrección y los muertos se levantan como un poderoso ejército, llenos de vida inmortal. La planta de renombre es Jesús, cuya presencia hace nuevas todas las cosas. Nuestra admiración no es menor cuando consideramos la salvación de cada individuo. Te contemplo a ti, querido lector, abandonado como una criatura sin fajar y sucia, manchada con su propia sangre y expuesta a servir de alimento para los animales salvajes. Sin embargo, ¡he aquí que sobre tu pecho una mano divina ha arrojado cierta joya y, por su causa, te has visto compadecido y has sido guardado por la Providencia! Se te ha lavado y limpiado de tus manchas, y te han adoptado en la familia celestial: se te ha puesto en la frente el hermoso sello del amor y en la mano el anillo de la fidelidad. Ahora eres un príncipe para Dios, aunque en otro tiempo hayas sido un huérfano abandonado. ¡Oh, ten en mucha estima ese incomparable poder y esa gracia que convierten el desierto en huerto y hacen cantar gozoso al corazón estéril!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 161). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El que sana todas tus dolencias».

31 de mayo

«El que sana todas tus dolencias».

Salmo 103:3

Aunque esta declaración resulte humillante, el hecho, sin embargo, es cierto: pues todos nosotros de alguna manera estamos sufriendo por la enfermedad del pecado. ¡Qué consuelo da saber que tenemos un gran Médico que puede y quiere sanarnos! Pensemos en él por un momento en esta noche. Sus curas son rápidas: con solo mirarlo, tenemos vida. Sus curas son radicales: él saca el mal de raíz; de ahí que sus sanidades sean seguras y ciertas. Él nunca falla, y la enfermedad jamás vuelve. Donde Cristo sana no hay recaídas. No hay por qué temer que sus pacientes vayan a ser meramente emparchados por algún tiempo. El Señor hace de ellos hombres nuevos; les da también un nuevo corazón y pone un espíritu recto dentro de ellos. Él es muy entendido en toda clase de enfermedades. Los médicos son, generalmente, especialistas en algo. Aunque conocen un poco de casi todas las enfermedades, hay, por lo regular, una enfermedad que han estudiado más detenidamente. Sin embargo, Jesús conoce completamente toda la naturaleza humana. Él conoce a fondo a cada uno de los pecadores, y nunca se ha encontrado con un caso particular que le fuera difícil resolver. Ha tenido que vérselas con raras complicaciones de enfermedades extrañas, pero con una mirada de sus ojos ha sabido cómo tratar al paciente. Él es el único doctor universal, y la medicina que da constituye la única panacea que sana en todos los casos. Cualquiera que sea la enfermedad espiritual que tengamos debemos recurrir enseguida a este Médico divino. No hay quebranto de corazón que Jesús no pueda curar: «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Jn. 1:7). No tenemos más que pensar en los miles y miles que fueron librados de toda suerte de enfermedades por el poder y la virtud de su contacto, y alegremente nos pondremos en sus manos. Al confiar en él, el pecado muere; al amarlo, la gracia vive; al esperar en él, la gracia es corroborada y, al mirarlo tal cual es, la gracia se perfecciona para siempre.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 160). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

A fin de que no sirvamos más al pecado

30 de mayo

«A fin de que no sirvamos más al pecado».

Romanos 6:6

Cristiano, ¿qué tienes que ver tú ya con el pecado ¿No te ha costado lo suficiente? Niño que te has quemado, ¿deseas jugar otra vez con el fuego? ¡Qué, habiendo estado ya entre las quijadas del león, entrarás otra vez en su caverna! ¿No sabes bastante de la antigua serpiente? ¿No envenenó en otro tiempo todas tus venas? ¿Y vas a jugar sobre la cueva del áspid y poner tu mano, por segunda vez, sobre la caverna de la víbora? ¡Oh, no seas tan loco, tan necio…! ¿Te proporcionó el pecado alguna vez un placer real? ¿Hallaste en él verdadera satisfacción? Si es así, vuela a tu antigua tarea, y ponte otra vez la cadena, si es que te da placer. Sin embargo, ya que el pecado nunca te proporcionó aquello que te prometía, sino que te engañó con la mentira, no caigas otra vez en la trampa del viejo cazador: sé libre, y que el recuerdo de tu antigua esclavitud te impida entrar nuevamente en la red. El pecado es contrario a los designios del amor eterno, los cuales tienen por objeto tu pureza y santidad. Por tanto, no vayas contra los propósitos del Señor. Este otro pensamiento debiera impedirte pecar: a los cristianos el pecado nunca les sale barato; pagan un costoso precio por su iniquidad. La transgresión destruye la paz del espíritu, debilita la comunión con Jesús, impide la oración, trae tinieblas sobre el alma. Por tanto, no seas siervo ni esclavo del pecado. Y hay un argumento aún mayor: Cada vez que «sirves al pecado [crucificas] de nuevo [para ti mismo] al Hijo de Dios, y [lo expones] a vituperio» (He. 6:6). ¿Puedes soportar este pensamiento? ¡Oh, si has caído hoy en algún pecado particular, el Señor quizá te envíe la presente admonición en esta noche para hacerte volver antes de que te alejes del todo! Vuelve de nuevo a Jesús; él no ha olvidado su amor por ti. Ven a sus pies con lágrimas de arrepentimiento y otra vez te recibirá en su corazón. Se te pondrá nuevamente sobre una roca, y tu vida quedará restablecida.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 159). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Maldito sea delante del SEÑOR el hombre que se levante y reedifique esta ciudad de Jericó

29 de mayo

«Maldito sea delante del SEÑOR el hombre que se levante y reedifique esta ciudad de Jericó».

Josué 6:26 (LBLA)

Así como se maldijo al que reedificara Jericó, ninguno hay más digno de reprensión que quien se afana por restaurar el papado entre nosotros. En los días antiguos, por el poder de la fe de nuestros padres, por la perseverancia de sus esfuerzos y por el sonido de sus trompetas evangélicas, cayeron los gigantescos muros del papado; y ahora hay algunos que quieren reedificar aquel antibíblico sistema sobre sus viejos fundamentos. Señor, complácete en desbaratar sus inicuos intentos y derriba cada piedra que ellos edifiquen. Debiéramos ocuparnos seriamente en limpiarnos por completo de todo error que tenga la tendencia a fomentar el espíritu del papado; y, después de haber hecho un perfecto barrido en casa, tendríamos que procurar de toda forma posible resistir su tan rápida difusión en la Iglesia y en el mundo. Esto último se puede hacer en secreto, con ferviente oración; y en público, por un valiente testimonio. Debiéramos amonestar con sensata intrepidez a aquellos que se inclinan hacia los errores de Roma. Hemos de instruir a los jóvenes en la verdad del evangelio, y hacerles conocer los horrorosos hechos del papado en los tiempos antiguos. Tenemos que ayudar a difundir más profusamente la luz por todo el país, porque los sacerdotes odian la luz del día. ¿Estamos haciendo todo lo que podemos por Jesús y por el evangelio? Si no, nuestra negligencia se verá aprovechada por la superchería sacerdotal. ¿Qué estamos haciendo para difundir la Biblia, que supone veneno y ponzoña para el papa? ¿Estamos esparciendo por el mundo escritos evangélicos buenos y sanos? Lutero dijo una vez: «El diablo odia las plumas de ganso». Y, sin duda, tenía mucha razón, porque los escritores preparados, con la bendición del Espíritu Santo, han hecho mucho mal a su reino. Si los que leen esta hoja hacen todo lo que puedan por impedir la reedificación de esta Jericó, la gloria del Señor correrá entre los hijos de los hombres. Lector, ¿qué puedes hacer tú? ¿Qué quieres hacer?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 158). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré»

28 de mayo

«Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré».

Lamentaciones 3:21

La memoria es frecuentemente la esclava del desaliento. Las mentes desesperadas recuerdan cada uno de los tenebrosos presentimientos del pasado y discurren sobre todo hecho tenebroso del presente. Así, la memoria vestida de cilicio ofrece a la mente una copa de hiel y ajenjo mezclados. No obstante, no hay necesidad de que esto sea así. La sabiduría puede enseguida transformar la memoria en un ángel de consuelo. Que esa misma memoria, que en su mano izquierda nos trae tantos presagios lúgubres, pueda ejercitarse a fin de traernos en su mano derecha un caudal de señales de esperanza. No es necesario que la memoria se ponga una corona de hierro; puede ceñir su frente con una cinta de oro toda ella adornada de estrellas. Así era la experiencia de Jeremías. En el versículo anterior, la memoria le había llevado a una profunda humillación del alma. Dice así: «Lo tendré aún en memoria, porque mi alma está abatida dentro de mí». Y, ahora, esa misma memoria lo restaura a la vida y al consuelo: «Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré». Semejante a una espada de dos filos, su memoria primero mató su orgullo con uno de ellos y, después, eliminó con el otro su desesperación. Por regla general, si ejercitáramos nuestras memorias más sabiamente, podríamos encender en nuestras muy amargas aflicciones un fósforo que prendiera instantáneamente la lámpara del consuelo. Dios no necesita crear una cosa nueva en la tierra para devolverles el gozo a los creyentes. Si ellos removieran con oración las cenizas del pasado, encontrarían luz para el presente. Y si volvieran al libro de la verdad y al trono de la gracia, su vela alumbraría como antes. Recordemos la bondad del Señor y repasemos sus proezas de gracia: abramos el volumen de la memoria que está tan ricamente iluminado con recuerdos de misericordia y, pronto, nos sentiremos felices. Así, la memoria puede ser, como la llamó Coleridge: «la fuente íntima del gozo»; y, cuando el Divino Consolador la sujete a su servicio, será el principal entre los consoladores terrenales.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 157). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?

27 de mayo

«¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?».

2 Samuel 9:8

Si Mefi-boset se sintió tan humillado por la benevolencia de David, ¿qué haremos nosotros en la presencia del bondadoso Señor? Cuanta más gracia recibamos, tanto menos pensaremos en nosotros mismos; porque la gracia, como la luz, revela nuestra impureza. Muchos santos eminentes no supieron casi a qué compararse, pues su sensación de indignidad era clara y profunda. Dijo el santo Rutherford: «Yo soy una rama seca y mustia, un pedazo de cadáver, un hueso seco, incapaz de hacer nada». Y en otro lugar escribe: «Excepto de sus conocidos pecados, no carezco de nada de aquello que tenían Judas y Caín». La mente humilde cree que las cosas más insignificantes de la naturaleza la aventajan, porque nunca incurrieron en el pecado. Un perro puede ser codicioso, feroz e inmundo, pero no tiene conciencia alguna que violar ni Espíritu Santo al que resistir. El perro puede ser un animal despreciable; sin embargo, con un poco de bondad pronto se le induce a querer a su dueño y a permanece fiel hasta la muerte. No obstante, nosotros olvidamos la bondad del Señor y no obedecemos a su llamamiento. El término «perro muerto» es el más expresivo de todos los términos despectivos, pero no hay ninguno demasiado fuerte para expresar el aborrecimiento que tienen de sí mismos los creyentes adoctrinados, los cuales no muestran una modestia fingida, sino que dicen lo que piensan. Se han pesado en la balanza del santuario y han descubierto la vanidad de sus caracteres. En el mejor de los casos, somos arcilla, polvo animado, meros montículos que caminan. Sin embargo, mirados como pecadores, somos en realidad monstruos. ¡Que se publique, pues, en el Cielo como una maravilla el que el Señor Jesús haya puesto el amor de su corazón en seres como nosotros! Aunque seamos polvo y ceniza debemos magnificar y magnificaremos la excelente grandeza de su gracia. ¿No podía él hallar descanso en el Cielo? ¿Tenía necesariamente que venir a estas tiendas de Cedar en busca de una esposa y elegir a una novia a quien el sol hubiera mirado? ¡Oh, prorrumpan en alabanza los cielos y la tierra, y den gloria a nuestro amable Señor Jesús!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 156). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El ancla estabilizadora

27 Mayo 2017

El ancla estabilizadora
por Charles R. Swindoll

Hechos 27:1-26

El ancla estabilizadora sirve para dar firmeza cuando falla el sistema de navegación. Es fácil desorientarse en una tormenta. Uno no puede orientarse en medio de las circunstancias que encuentra. La vida se desliza sin problemas hasta que, de repente, el mar se alborota y surgen problemas ocultos, que no estaban en el pronóstico. Usando las palabras de Lucas, abandonarnos “toda esperanza de salvarnos”.

Hay momentos azarosos cuando llegamos al punto de abandonar toda esperanza. Pero en esos momentos difíciles y angustiosos, Dios nos dice: “No tengas temor, porque yo tengo un plan”.

A las personas que enfrentan adversidades severas les resulta difícil pensar en otra cosa que no sea las inmensas olas y los martirizantes vientos. Pero Pablo dice firmemente: “Os insto a tener buen ánimo, pues no se perderá la vida de ninguno de vosotros”.

Encontramos estabilidad en las tormentas por medio de lo que Dios ha dicho. Su tendencia será buscar fuerzas en otra fuente antes que en la Palabra de Dios, pero por favor ¡No lo haga! La única ancla estabilizadora que le mantendrá firme, sin importar lo fuertes que sean los vientos, es la Palabra de Dios escrita.

Todo esto me recuerda lo dicho por uno de los antiguos profetas judíos, en apoyo de la confianza que debemos tener en Dios y su Palabra. Las palabras que siguen fluyen de la experta mano de Isaías: “Pero ahora, así ha dicho el SEÑOR, el que te creó, oh Jacob; el que te formó, oh Israel: ‘No temas, porque yo te he redimido. Te he llamado por tu nombre; tú eres mío. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y cuando pases por los ríos, no te inundarán. Cuando andes por el fuego, no te quemarás; ni la llama te abrasará” (Isaías 43:1-2).

¡Qué palabras tan alentadoras! “No temas, te he llamado por tu nombre.” ¡Qué gran afirmación! Isaías no estaba escribiendo de aguas literales ni de ríos verdaderos. Su metáfora enfatiza las circunstancias que se juntan para amenazar nuestra fe. Cuando las aguas se levantan a alturas amenazadoras, cuando las dificultades alcanzan dimensiones extremas, cuando su barca parece estar deshaciéndose tabla a tabla y comenzando a hundirse por las tormentas inevitables de la vida, recuerde que Dios es fiel. Su promesa es: “Yo estaré contigo”. Él es su ancla.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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