Viajar bien

5 Mayo 2017

Viajar bien
por Charles R. Swindoll

Hechos 16:11-15

Ya sea que usted esté viajando como misionero, por razones personales o profesionales, Dios quiere que viaje como lo hacía Pablo. Observo cuatro principios invariables que le ayudarán a maximizar su efectividad para Cristo, dondequiera que vaya.

1. Cuando viaje, no lo haga solo. Hágase acompañar al menos por una persona, idealmente su esposa o esposo. Si no es su pareja, que sea entonces otro miembro de su familia. Y si no es un miembro de su familia, que sea un amigo de confianza. Pero hágase acompañar. Haga memoria. Recuerde a las personas con las que viajaba Pablo. De ser posible, evite viajar solo. Si se siente solo, tendrá un amigo cerca para levantarle el ánimo. Si enfrenta problemas, tendrá un amigo para ayudarlo a salir adelante. Dos son mejor que uno. Tres son mejor que dos.

2. Cuando viaje, no pierda el contacto con los suyos. Repórtese siempre. El corazón de Pablo estaba siempre cerca de los suyos. Se mantenía en contacto con ellos cuando se encontraba lejos. Y cuando regresaba, les informaba. Cuando estaba con sus hombres, daba gozosamente cuenta de su ministerio, y cuando escribía cartas era muchas veces vulnerable.

3. Cuando viaje, no crea todo lo que oye. Alguien dijo: “Una autoridad es cual quiera que esté a cien mil kilómetros de distancia de su casa”. Porque soy bastante conocido, la gente viene a verme pensando que los voy a impresionar. Pero, si estuvieran más tiempo cerca de mí, sabrían que no es así. Cuando usted viaje, de vez en cuando se va a encontrar con personas que casi le adorarán (eso le sucedió a Pablo). No se los permita. Pero, en el otro extremo, están quienes le rechazarán y maltratarán. No se deje influenciar por la gente negativa. Unos pocos conspirarán contra usted, pero mantenga su mirada puesta en la meta. Concéntrese en el Señor, y nada de eso le hará perder el ánimo.

4. Cuando viaje, no se distancie de las personas. Es fácil, por el ajetreo del viaje, convertirse en una figura de cera, intocable. Es fácil hablar sólo de nimiedades con conocidos de ocasión, repetir los clichés del camino y perder contacto con la realidad. Rechace esa clase de superficialidad. Manténgase accesible, manténgase real. La gente quiere que usted sea real, auténtico. No perfecto. Sólo auténtico.

Si usted sigue estos cuatro principios, maximizará su impacto por Cristo y también el de su viaje.

Manténgase real. La gente quiere que usted sea real, auténtico. No perfecto.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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«Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible».

4 de mayo

«Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible».

1 Pedro 1:23

Pedro exhorta a los santos esparcidos, muy ardientemente, a que se amen unos a otros «entrañablemente de corazón puro» y extrae, muy sabiamente, su argumento para ello, no de la ley, ni de la Naturaleza, ni de la filosofía, sino de aquella elevada y divina naturaleza que Dios ha implantado en los suyos. Así como un sensato tutor de príncipes crea y alimenta en ellos un espíritu regio y una conducta decorosa, basando sus argumentos en la posición y la ascendencia de los tales, así también, considerando a los hijos de Dios como herederos de la gloria, príncipes de sangre real, descendientes del Rey de reyes, la más genuina y antigua aristocracia del mundo, Pedro les dice: «Procurad amaros unos a otros, a causa de vuestro noble origen, pues habéis nacido de simiente incorruptible; a causa de vuestro linaje, pues descendéis de Dios, el Creador de todas las cosas; y a causa de vuestro destino inmortal, puesto que nunca moriréis, aunque la gloria de la carne se marchite y su existencia acabe». Sería conveniente que, con espíritu humilde, reconociéramos la verdadera dignidad de nuestra naturaleza regenerada y viviéramos de acuerdo con ella. ¿Qué es un cristiano? Si lo comparas con un rey, tiene, además de la dignidad real, la santidad sacerdotal. La realeza del rey reside, frecuentemente, solo en su corona; pero la del cristiano está infusa en lo más íntimo de su naturaleza. Por su nuevo nacimiento, el cristiano se halla por encima de sus semejantes como el hombre por encima de las bestias que perecen. Sin duda, tiene que conducirse en todas sus relaciones como alguien que no es del montón, sino como un elegido de entre el mundo, distinguido por la gracia soberana, inscrito entre el «pueblo adquirido» y que, por tanto, no puede arrastrarse en el polvo como los demás, ni vivir según la manera de los ciudadanos del mundo. Que la dignidad de tu naturaleza y el esplendor de tu esperanza, oh creyente en Cristo, te constriña a adherirte a la santidad y a evitar aun la apariencia del mal.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 133). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Nuestro pronto auxilio

3 de mayo

«Nuestro pronto auxilio»

Salmo 46:1

Las bendiciones del pacto no existen simplemente para ser admiradas, sino para que las apliquemos. Aun nuestro Señor Jesús se nos da para suplir nuestra presente necesidad. Creyente, tú no recurres a Cristo tanto como debieras. Cuando estás en aflicción, ¿por qué no le cuentas a él tu dolor? ¿Acaso no tiene un corazón compasivo? ¿No puede confortarte y aliviarte? Estás recurriendo a todos tus amigos, excepto a tu mejor Amigo; y cuentas tu historia en todas partes, menos en el pecho de tu Señor. ¿Te sientes cargado por los pecados de este día? He aquí una fuente llena de sangre: ¡Utilízala, santo, utilízala! ¿Experimentas de nuevo un sentimiento de culpa? La gracia perdonadora de Jesús puede comprobarse una y otra vez. Ve a él enseguida para que te limpie. ¿Deploras tu debilidad? Él es tu fuerza. ¿Por qué no te apoyas en él? ¿Te sientes desnudo? Ven aquí, alma inquieta: ponte el manto de la justicia de Jesús. No te quedes mirándolo, sino póntelo. Desnúdate de tu propia justicia y de tus temores; vístete con el precioso lino blanco, porque ha sido hecho para que el creyente lo vistiera. ¿Te sientes enfermo? Toca la campana de la oración y solicita la presencia del Médico amado. Él te dará el remedio que te hará revivir. Tú eres pobre, pero tienes «un pariente, un hombre muy rico». ¿Qué, no irás a él y le pedirás que te dé su abundancia, siendo así que él te ha prometido que serás su coheredero y te ha entregado todo lo que él es ahora y todo lo que será? No hay nada que disguste más a Cristo que el que su pueblo hable mucho de él pero no recurra a él. Él quiere que lo utilicemos: cuanta más carga pongamos sobre sus hombros, tanto más precioso será él para nosotros.

¿Vives triste y angustiado?

¿Buscas tú solaz?

«Ven a mí —te dice Cristo—

y halla paz».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 132). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!»

30 de abril

«¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!»

Salmo 139:17

El pensamiento de la omnisciencia divina no concede aliento alguno a la mente impía, pero al hijo de Dios lo inunda de consuelo. Dios piensa en nosotros en todo momento: nunca desvía de nosotros su mente y siempre nos tiene delante de sus ojos. Es así, precisamente, como deseamos que sea; porque resultaría espantoso vivir un solo momento siquiera fuera de la observación de nuestro Padre celestial. Sus pensamientos son siempre tiernos, amables, sabios, prudentes, de gran alcance, y nos otorgan incontables beneficios. De ahí que suponga un placer exquisito el recordarlos. El Señor siempre ha pensado en su pueblo; por ende la elección y el pacto de gracia por el cual la salvación de ese pueblo está asegurada. El Señor siempre pensará en ellos; de ahí su perseverancia final, mediante la que se les llevará con seguridad a su descanso último. En todos nuestros extravíos, la atenta mirada del Vigilante eterno está siempre fija en nosotros, y nunca vagamos más allá de la vista del Pastor. En nuestros pesares él nos observa incesantemente, y ninguno de nuestros dolores se le escapa. En todos nuestros trabajos él advierte nuestra fatiga, y escribe en su libro todas las luchas de sus fieles. Estos pensamientos del Señor rodean cada uno de nuestros pasos y penetran en lo íntimo de nuestro ser. Ningún nervio o tejido, válvula o vaso de nuestro cuerpo está descuidado. En todas las cosas pequeñas de este pequeño mundo piensa nuestro gran Dios.

Querido lector, ¿no es esto precioso para ti? Entonces retenlo. Nunca te dejes extraviar por esos necios racionalistas que predican un Dios impersonal y charlan acerca de la materia como si existiera por sí misma y se gobernara a sí misma. El Señor vive y piensa en nosotros: esta es una verdad demasiado preciosa para que nos la arrebaten fácilmente. Las atenciones de un noble son tan altamente estimadas que quien las obtiene considera que su fortuna está hecha. ¡Cuánto más valioso es ser recordado por el Rey de reyes! Si el Señor piensa en nosotros, todo está bien y podemos regocijarnos siempre.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 129). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Porque el SEÑOR se deleita en su pueblo»

29 de abril

«Porque el SEÑOR se deleita en su pueblo»

Salmo 149:4 (LBLA)

¡Cuán amplio es el amor de Jesús! No hay parte alguna de los intereses de su pueblo que él no tenga en cuenta; no hay nada que concierna al bienestar de ellos que no sea importante para él. Creyente, Jesús no solo piensa en ti como un ser inmortal, sino también como un ser mortal. No lo niegues ni lo dudes: «Aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt. 10:30). «Por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y el Señor se deleita en su camino» (Sal. 37:23, LBLA). Sería triste para nosotros si ese manto de amor no cubriera todas nuestras iniquidades; porque, en tal caso, nos perjudicaría en aquella parte de nuestras ocupaciones que no cayera bajo la inspección de nuestro bondadoso Señor. Creyente, descansa confiado, que el corazón de Jesús cuida de tus preocupaciones más insignificantes. La anchura de su tierno amor es tal que puedes recurrir a él para cualquier asunto, porque él se siente afligido en todas tus aflicciones y, como un padre se compadece de sus hijos, se compadece él de ti. Los más humildes intereses de todos sus santos los lleva el Hijo de Dios en su ancho regazo. ¡Oh qué corazón es el suyo, que no solo abarca a los componentes de su pueblo, sino que contiene también las diversas e innumerables preocupaciones de todos ellos! ¿Piensas acaso, cristiano, que puedes medir el amor de Cristo? Medita en lo que su amor te ha traído: justificación, adopción, santificación, vida eterna… Las riquezas de su bondad son inescrutables; nunca podrás contarlas ni aun concebirlas. ¡Oh, qué anchura es aquella del amor de Cristo! ¿Tendrá un amor como este solo la mitad de nuestros corazones? ¿Lo retribuiremos con un amor frígido? El maravilloso cariño de Jesús y su tierno cuidado ¿recibirán tan solo una respuesta débil y un reconocimiento tardío de nuestra parte? ¡Oh alma mía, entona con tu arpa un alegre cántico de acción de gracias! Ven a descansar con gozo, porque no eres ningún solitario extraviado, sino un amado hijo, guardado, cuidado, suplido y defendido por tu Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 128). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El SEÑOR es Rey eternamente y para siempre»

27 de abril

«El SEÑOR es Rey eternamente y para siempre».

Salmo 10:16 (LBLA)

Jesucristo no es un reclamante despótico del derecho divino, sino real y verdaderamente el Ungido del Señor: «Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud» (Col. 1:19). Dios le ha dado todo poder y autoridad. Como Hijo del Hombre es ahora «cabeza sobre todas las cosas a la iglesia» (Ef. 1:22), y reina en el Cielo, en la tierra y en el Infierno con las llaves de la vida y de la muerte colgadas de su cinto. Ciertos príncipes se han complacido en llamarse a sí mismos reyes por voluntad popular y, ciertamente, nuestro Señor Jesucristo es tal en su Iglesia. Si se votara para determinar si Jesús debía ser rey en la Iglesia, todo corazón creyente lo coronaría. ¡Oh, si lo coronásemos más gloriosamente de lo que lo hacemos! Ningún sacrificio que glorifique a Cristo debiera considerarse superfluo. Sufrir debería constituir un placer; y perder, una ganancia, si con ello pudiéramos ceñir sus sienes con coronas más relucientes, presentándolo más glorioso a los ojos de los hombres y de los ángeles. Sí, él reinará. ¡Viva el Rey! ¡Salve, Rey Jesús! Salid, almas vírgenes que amáis a vuestro Señor; inclinaos a sus pies; sembrad sus sendas con los lirios de vuestro amor y las rosas de vuestra gratitud. «Sacad la diadema real y coronadle Señor de todos». Además, nuestro Señor Jesús es Rey en Sion por derecho de conquista: él ha entrado con asalto y arrebatado los corazones de su pueblo, matando a los enemigos que los mantenían en cruel esclavitud. En el mar Rojo de su propia sangre, nuestro Redentor ahogó al Faraón de nuestros pecados. ¿No será él Rey en Jesurún? Él nos ha librado del yugo de hierro y de la pesada maldición de la ley. ¿No será coronado Libertador? Nosotros somos su porción que él arrebató de la mano de los amorreos con su espada y con su arco. ¿Quién le arrebatará el botín de las manos? ¡Salve, Rey Jesús, nosotros gozosamente reconocemos tu pacífico gobierno! Gobierna, pues, en nuestros corazones para siempre, hermoso Príncipe de Paz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 126). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Bienaventurado el que vela»

26 de abril

«Bienaventurado el que vela».

Apocalipsis 16:15

«Cada día muero», dijo el Apóstol. Esta era la vida de los cristianos primitivos: iban por todas partes con sus vidas en las manos. Nosotros no somos llamados actualmente a pasar por esas mismas persecuciones espantosas. Si tuviéramos que hacerlo, el Señor nos daría gracia para soportar la prueba. Sin embargo, al presente, las pruebas del cristiano, aunque aparentemente no tan terribles, son más apropiadas para derrotar a este que aquellas de la época de la persecución. Si tenemos que soportar la mofa del mundo, eso es poca cosa; pero sus halagos, sus suaves palabras, sus zalamerías, su adulación y su hipocresía son mucho peores. Nuestro peligro estriba en que nos hagamos ricos y lleguemos a ser orgullosos; que sigamos las modas de este mundo y perdamos la fe. Si no son las riquezas, puede que sean las preocupaciones del mundo las cuales, al fin y al cabo, son tan dañinas como aquellas. Al diablo no le importa si somos despedazados por el león rugiente o estrujados por el oso hasta asfixiarnos, con tal de que pueda destruir nuestro amor por Cristo y nuestra confianza en él. Temo que la Iglesia cristiana esté mucho más propensa a perder su integridad en estos suaves y sedosos días que en aquellos tiempos borrascosos. Debemos despertarnos ahora, pues atravesamos la tierra encantada y es muy probable que caigamos dormidos para nuestra propia ruina; a menos que nuestra fe en Jesús sea una realidad y nuestro amor una ardiente llama. Muchos en estos días de fácil profesión resultan ser probablemente cizaña, y no trigo; o hipócritas con hermosas caretas sobre sus rostros, pero no hijos del Dios viviente, nacidos de nuevo. Cristiano, no pienses que estos son tiempos en los que puedas vivir sin velar y sin un santo fervor. Necesitas estas cosas hoy día más que nunca. Quiera el Espíritu de Dios mostrar en ti su omnipotencia, para que seas capaz de decir, tanto en los días fáciles como en los difíciles: «Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 125). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él»

25 de abril

«Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él»

Apocalipsis 3:20

¿Cuál es tu deseo en esta noche? ¿Tienes un deseo de cosas celestiales? ¿Deseas gozar de la sublime doctrina del amor eterno? ¿Quieres tener libremente comunión íntima con Dios? ¿Aspiras a conocer la anchura, la longitud, la profundidad y la altura? Entonces necesitas acercarte a Jesús; has de tener una clara visión de su inestimable valor y perfección: debes verlo en su obra, en sus funciones y en su persona. El que conoce a Cristo recibe una unción del Santo por la cual conoce todas las cosas. Cristo es la gran llave maestra que da entrada a todas las cámaras de Dios. No hay tesorería divina que no se abra y entregue todas sus riquezas al alma que vive cerca de Jesús. ¿Te estás diciendo: «¡Oh, si él habitase en mi corazón!; ¡ojalá que hiciese en este su eterna morada!?». Entonces, querido amigo, ábrele la puerta y él entrará a tu alma. Hace tiempo que está llamando, y todo con el objeto de cenar contigo y de que tú cenes con él. Él cena contigo porque tú pones la casa; es decir, el corazón. Y tú cenas con él, porque él es quien trae la provisión. Él no puede cenar contigo sino en tu corazón, poniendo tú la casa; ni tú puedes cenar con él si él no trae la comida, ya que tu despensa está vacía. Abre, por tanto, los portones de tu alma. Él vendrá con ese amor que ansías sentir; vendrá con el gozo al cual tú no puedes conducir a tu pobre y deprimido espíritu. Él traerá la paz que ahora no tienes; vendrá con sus jarras de vino y con sabrosas manzanas de amor, y te alegrará hasta que no tengas otra enfermedad que aquella del «amor estremecedor, amor divino». Solamente ábrele la puerta, expulsa a sus enemigos, dale las llaves de tu corazón y él habitará allí para siempre. ¡Oh amor admirable, que traes a tal huésped para que habite en semejante corazón!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 124). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

La primavera es encantadora

24 de abril

La primavera es encantadora

«Se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido, y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola».

Cantares 2:12

La primavera es encantadora. El largo y triste invierno nos ayuda a apreciar su agradable calor, y el anuncio que ella hace del verano acrecienta sus actuales encantos. Después de algunos períodos de depresión de espíritu es placentero contemplar de nuevo la luz del sol de Justicia. Entonces nuestras adormecidas virtudes se levantan de su letargo como el azafrán y el narciso de sus lechos terrestres. Entonces el corazón se nos alegra con melodiosas notas de gratitud, mucho más melodiosas que los gorjeos de los pájaros; y la reconfortante seguridad de paz, mucho más agradable que la voz de la tórtola, se oye dentro del alma. Ahora es el tiempo cuando el alma debe buscar la comunión con su Amado; ahora debe levantarse de su natural bajeza y apartarse de sus antiguas compañías. Si no izamos las velas cuando la brisa es favorable, seremos dignos de reproche. Los tiempos de refrigerio no deben pasar sin que los aprovechemos. Cuando es Jesús mismo quien nos visita con ternura y nos ruega que nos levantemos, ¿seremos nosotros tan ruines como para denegar su súplica? Él mismo se ha levantado para atraernos a sí. Nos ha regenerado por su Espíritu para que podamos, en novedad de vida, ascender al Cielo y tener comunión con él. Para frialdad e indiferencia debe bastarnos ya nuestro estado invernal. Si el Señor produce una primavera dentro de nosotros, dejemos que nuestra savia suba con fuerza y nuestras ramas crezcan con vigor. ¡Oh Señor, si no ha llegado la primavera a mi frío corazón, haz que llegue; porque, sinceramente, estoy cansado de vivir lejos de ti. ¡Oh, cuándo pondrás fin al largo y deprimente invierno! Ven, Espíritu, y renueva mi alma. Avívame, restáurame y ten misericordia de mí. Esta misma noche te ruego ardientemente que te apiades de tu siervo y me concedas un feliz avivamiento en mi vida espiritual.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 123). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Y vi que en medio del trono […] estaba en pie un Cordero como inmolado»

23 de abril

«Y vi que en medio del trono […] estaba en pie un Cordero como inmolado».

Apocalipsis 5:6

¿Por qué tenía nuestro exaltado Señor que aparecer con sus heridas en la gloria? Las heridas de Jesús son sus glorias, sus joyas y sus sagrados ornamentos. Para el ojo del creyente, Jesús es muy hermoso porque es «blanco y sonrosado» (Cnt. 5:10, RVR 1977); blanco por su inocencia y sonrosado por su propia sangre. Lo vemos como el lirio de incomparable pureza y como la rosa enrojecida con su sangre misma. Cristo es hermoso en el monte de los Olivos y en el Tabor, y cuando está en el mar, pero nunca fue tan incomparable como cuando pendía de la cruz. Allí contemplamos todas sus bellezas en perfección, todos sus atributos revelados, todo su amor manifestado, todo su carácter expresado. Querido amigo, las heridas de Jesús son mucho más hermosas a nuestros ojos que todos los esplendores y las pompas de los reyes. La corona de espinas es más que una diadema imperial. Es cierto que él ya no empuña el cetro de caña; sin embargo, en ese cetro hubo una gloria que no tuvo jamás el cetro de oro. Como traje de corte, Jesús utiliza el del Cordero inmolado, con el cual corteja a nuestras almas y las redime por su perfecta expiación. Y no son solo estos los ornamentos de Cristo. Están también aquellos trofeos de su amor y su victoria: él ha repartido despojos con los fuertes; ha redimido para sí a una gran multitud, la cual ninguno puede contar; y esas cicatrices son los recuerdos de la batalla. ¡Ah, si Cristo se complace en conservar el recuerdo de sus sufrimientos por su pueblo, cuán preciosas deberían ser sus heridas para nosotros!

De sus heridas la viva fuente

de pura sangre veo manar;

y salpicando mi impura frente,

la infame culpa logra borrar.

Veo su angustia ya terminada,

hecha la ofrenda de expiación;

su noble frente mustia, inclinada,

y consumada la redención.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 122). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.