Pretextos

20 Junio 2017

Pretextos
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 15:1-35

Aunque he conocido gente así, no puedo, sin embargo, entender la actitud de Saúl. ¿Cómo puede ser tan torpe una persona? Desobedeció el mandamiento expreso del Señor, quedándose no con unas pocas cosas que eran anatema, sino con todo lo que era de valor. Además de no tener cerebro, no tenía vergüenza. En vez de sentirse humillado por la culpa, se erigió un monumento a sí mismo para conmemorar ese día. Acán, por lo menos, tuvo el buen juicio de avergonzarse de su pecado. ¡Pero Saúl no! De alguna manera, se las arregló para torcer los acontecimientos y alterar los hechos, con el fin de presentarse corno el héroe de Dios.

La respuesta de Samuel es divertidísima: “Entonces, ¿qué es ese balido de ovejas en mis oídos y el mugido de vacas que oigo?” (1 Samuel 15:14).

Es asombroso como unos sencillos hechos pueden poner tan fácilmente en actividad a un corazón mentiroso.

Encuentro dos principios imperecederos en acción en la historia de Saúl, que merecen nuestra atención.

1. La manera como uno termina, es más importante que la manera como uno comienza.

Nadie se gradúa de la universidad, pensando: “Muy bien y ahora ¿cómo fracaso?”. Ningún novio o ninguna novia le dice a los invitados a su boda: “Disfruten de la fiesta; esto no va a durar más de dos años”. Solo cuando un hombre o una mujer terminan bien, podemos decir que tuvieron éxito en la vida. Un buen comienzo no garantiza un buen final. Un final feliz es el resultado de las buenas decisiones, y de una disciplina fiel y constante durante toda la vida.

2. El pretexto es desobediencia, porque se niega a aceptar la verdad. He escuchado decir que la mentira más destructiva es la que uno se dice a uno mismo. La justificación de los errores es una forma perversa de autoengaño. Comienza siendo pequeña, por lo general con algo inocente, y calladamente tuerce la mente para definir la verdad a su conveniencia. Al final, la mente autoengañada justifica todo de manera tan conveniente, tan automáticamente, que la persona no tiene idea de lo absurda que se ha vuelto su conducta. Nunca lo olvide, nadie es inmune.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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La desobediencia de Saúl

19 Junio 2017

La desobediencia de Saúl
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 13:1-15

En las acciones de desobediencia de Saúl estuvieron  presentes por lo menos tres grandes errores.

Primero, los reyes no podían ofrecer holocaustos en favor de la comunidad. Podían ofrecerlos por sí mismos, pero nunca por la nación. Eso solo podían hacerlo los sacerdotes.

Segundo, era Samuel quien iba a comunicar los planes de batalla del Señor. Saúl tenía que esperar por Él. Sin embargo, por estar Saúl pendiente del reloj de su mermado ejército, se llenó de pánico y se apresuró a hacer las cosas por su propia cuenta. Esto redujo el holocausto a una ceremonia sin sentido, que parecía más pagana que hebrea. Los generales paganos decidían dónde, cuándo y a quién atacar, movilizaban sus tropas, y después ofrecían sacrificios a sus dioses para ganarse su favor. El holocausto hebreo era diferente; debía ser uno de sumisión, no de soborno.

Tercero, y lo más importante para nuestro estudio, en medio de la crisis Saúl tomó la decisión de confiar en sí mismo. Su decisión de ofrecer holocaustos y de atacar tenía sentido (desde una perspectiva terrenal). Pero así como el deseo de Israel fue tener un rey humano, y por eso se apresuraron a aceptar a Saúl basándose en su apariencia exterior el nuevo rey se apresuró a atacar al enemigo basándose en una estrategia humana, que probablemente no era mala, pero humana, al fin.

A Saúl le faltó fe. Vio que su ejército se le evaporaba como el agua, y que el pueblo de Micmas era un hervidero de filisteos. Vio que los siete días señalados habían transcurrido, y que Samuel se tardaba, Por eso hizo a un lado toda reserva y protocolo. En efecto, se puso el atuendo sacerdotal con su corona y anillo, y trató de hacer del altar su instrumento de poder algo a lo que no tenía derecho.

La confrontación rara vez es agradable, pero con frecuencia es necesaria. A todos nos hace falta un Samuel, alguien a quien le importe más nuestro carácter que nuestra comodidad. Muchas veces, esa clase de amorosa sinceridad exige palabras duras. No es fácil oír: “Has actuado torpemente”, pero cuando eso sale de labios de un buen amigo, que teme a Dios, debemos hacerle caso.

La confrontación rara vez es agradable, pero con frecuencia es necesaria.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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El Impostor Insensato

El Impostor Insensato

Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo?
¿Quién morará en tu monte santo?
El que anda en integridad y hace justicia,
Y habla verdad en su corazón. (Salmo 15:1-2)

Lea 1 Reyes 11:1-6.

Mark Twain dijo: “Toda persona es una luna y tiene un lado oscuro que nunca se lo muestra a nadie.”1 Una vida de impostura puede suceder en su casa, o en la mía, o en cualquier casa, o incluso en la casa presidencial. Como el escenario de un programa de televisión, detrás de bastidores, a donde la cámara no va, la vida puede ser una armazón caótica de plástico, metal y madera; una fachada endeble, sostenida en su lugar por material barato.

Primero Reyes 11 cuenta la caída del rey Salomón, un hombre a quien Dios colmó de sabiduría, éxito y riqueza fabulosa. Aunque era rico, dejó que su relación personal con el Señor se hundiera, y empezó a vivir como un reprobó.

Muchos dirían que el éxito puede arruinar a un hombre. Yo digo que el éxito revela lo que el hombre era todo el tiempo. El éxito no destruye el carácter; deja expuesto el carácter.

Durante los cuarenta años del reinado de Salomón, la riqueza de la nación continuó creciendo.

David había ganado la paz con una agresiva campaña militar, y las doce tribus de la nación estaban unidas contra las amenazas. Los reinos que la rodeaban tenían a Israel en alta estima debido al poderío militar de David y sabia diplomacia de Salomón.

Sin que sea sorpresa, la amenaza al reino de Salomón vino desde adentro. Como su padre David, Salomón se casó con más de una mujer. Esas esposas a la larga le llevaron a edificar santuarios a falsos dioses y luego lo sedujeron para que participara con ellas en la idolatría.

El Señor había establecido la dinastía de David para que sea testigo a las naciones paganas que los rodeaban, y sin embargo, para el tiempo en que su nieto, Roboam, subió al trono, la Tierra Prometida se había convertido en un reino dividido.

El hombre público, Roboam, como el lado que ve el público en un escenario de televisión, parecía genuino. Una mirada detrás de bastidores revelaba un impostor insensato. Roboam había sido eso todo el tiempo, usted comprende. Lo crió su madre, Naama, “amonita,” para que fuera idólatra, y adorara a Milcom y a Moloc. Su padre, Salomón, consintió a la práctica de la idolatría edificando templos a los dioses falsos.

En 2 Crónicas 11:18-23 tenemos otro ángulo de la cámara. Detrás de bastidores Roboam hizo como su padre y abuelo, formando un harén, mientras que mantenía una percepción pública de que se mantenía firme en su devoción al Señor. Cultivó una imagen pública mientras les pasaba a sus hijos un legado oscuro. Roboam pulió su imagen dando la apariencia de que buscaba el consejo sabio al formular su política doméstica. Pero tan pronto como se sintió seguro, irrumpió el real Roboam. Roboam rechazó el consejo de los ancianos a favor del consejo de sus iguales. No buscaba consejo; buscaba justificación.

En la etapa final de su vida la fachada de Roboam se derrumbó para revelar la hipocresía que apuntalaba su imagen pública. Cuando Egipto saqueó la riqueza de su reino debido a su apostasía, Roboam reemplazó los escudos de oro por escudos de bronce, pulidos para que brillaran como oro, pero sin valor alguno en comparación. El rey, preocupado por su imagen, los escondió en secreto para que nadie supiera la verdad; un sustituto de tercera clase después de una trastada de primera clase.

En todo el Antiguo Testamento vemos que “de tal palo tal astilla”; la lujuria produce hijos con lujuria en su corazón. Y dentro de una generación o dos, una diminuta semilla de componenda crece a ser rebelión desvergonzada a todo dar. Yo lo llamo el efecto dominó. Las componendas de David debilitaron a Salomón. El pecado de Salomón impactó en Roboam. Al final, el pecado que mamá amó y papá permitió enredaron al hijo. La hipocresía, antes que un amor por la verdad, definió la vida de Roboam.

Ahora, esta es la pregunta dura: ¿qué ve su familia? ¿Se ha engañado a sí mismo para pensar que puede controlar las consecuencias del pecado? ¿Ha considerado el efecto de su pecado en las personas en quienes usted influye; en particular, sus hijos? Si pusiéramos las cámaras detrás de bastidores de su vida, ¿qué veríamos?

1Mark Twain, Following the Equator, A Journey Around the World, Vol. 2 (Nueva York: P. F. Collier & Son, 1899), 237.

Adaptado de Charles R. Swindoll, Fascinating Stories of Forgotten Lives (Nashville: W Publishing Group, 2005), 169-185.

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La fe implica riesgos

17 Junio 2017

La fe implica riesgos
por Charles R. Swindoll

Génesis 22:9

Algunas personas se cuidan tanto, que no se arriesgan por nada. Todo tiene que estar cuidadosamente regulado y bajo control… su control.  Los límites están definidos, las normas bien detalladas, cada céntimo justificado, nada de sorpresas. Y después de haber gastado tanto tiempo y tantos esfuerzos tratando de vivir sin problemas, terminan su vida sin haber hecho nada de valor duradero. No construyeron nada, no probaron nada nuevo, no invirtieron en nadie.

¡Pero Abraham no fue así! Su fe había madurado al punto de que su absoluta confianza en el carácter de Dios le había dado la libertad de echar la precaución por la borda, y arriesgarlo todo para obedecer. ¡Qué lección de teología tan perfecta para su hijo!

Ahora bien, el hijo que crió Abraham no era ningún tonto. Isaac sabía lo que podía pasar, y eso es lo que sucede después, a medida que avanza la historia. Leemos que llegaron al lugar que Dios le había dicho a Abraham, y levantó allí el altar, arregló la leña, y luego se puso a buscar a su hijo, que había huido para esconderse de su padre. ¡No! Isaac no hizo esto.

He escuchado incontables veces predicar sobre este pasaje, pero nunca he oído que alguien hable de la fe de este excelente joven. Vino a sacrificar ¡pero se dejó atar y colocar sobre el altar! Es obvio que este joven había aprendido bien su teología de su padre; un padre que renunció a su hijo porque tenía plena fe en su Dios. A propósito, Isaac no aprendió esa fe mientras subía la montaña esa mañana. La había estado cultivando por años, gracias al ejemplo permanente de su padre.

Es posible que algunos de ustedes, que son padres, se encuentren en una situación parecida mientras leen estas páginas. Puede ser que su relación con su hijo haya llegado a un punto en el que la única alternativa que le queda es encomendarlo totalmente al cuidado de Dios. A usted le gustaría ocuparse de los detalles, pero ya no puede hacer nada. Sabe que el Señor es bueno, y ha orado por una solución, pero nada ha cambiado. Sólo Dios puede intervenir, y porque eso es verdad, puede aprender algunas cosas de Abraham.

Ponga hoy en el altar esa relación con su hijo o hija. Entréguelos al Señor como una ofrenda. Tome el riesgo. Mentalmente, coloque a su muchacho o muchacha encima de la madera, y retírese del altar. Tenga fe en Dios y en su tiempo, y Él proveerá.

Tenga fe en Dios y en su tiempo, y Él proveerá.—Charles R. Swindoll

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Un día triste

16 Junio 2017

Un día triste
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 10

1 Samuel 11:15

Cuando la gente dio con el nuevo rey lo celebraron. ¿Y por qué no? Era un día glorioso. Saúl era alto, fuerte, modesto y tenía el apoyo de toda su nación. Desde el punto de vista humano, era el inicio de una nueva era. Pero desde el punto de vista de Dios, fue un día triste. Su pueblo lo había rechazado a Él como rey sustituyéndolo por alguien tan impresionante como un apuesto actor de cine. A diferencia de toda esa gente alborozada, Dios sabía que este no era el comienzo de los días de gloria de Israel. Pronto comenzaría a producirse un desastre.

Casi de la noche a la mañana, Saúl rompió todos los índices de popularidad. Había demostrado que era un guerrero valiente y capaz, un competente general y un líder vigoroso. Cuando los amonitas atacaron, Saúl actuó con arrojo y firmeza, y lo hizo con honra. Esto le ganó la confianza del pueblo, y también unas excelentes palabras de apoyo de Samuel. Pero no olvide que esta historia es una tragedia. La vida de Saúl era como el perfil de los techos, y había llegado al punto más alto de este perfil.

Después de su desbordamiento de gloria, la vida de Saúl comenzó a trastornarse. Se convirtió en una víctima de sí mismo: se llenó de orgullo, impaciencia, rebeldía, celos y de intentos de asesinato. Después de varios años muy dolorosos, se convirtió en un tipo cruel, maniático y digno de lástima que finalmente se suicidaría. La iniquidad había comenzado a invadir su vida, como se vierten las aguas servidas en un botadero, muy por debajo de la superficie, bajo el manto de la noche. A esa iniquidad nadie podía verla. De hecho, por mucho tiempo nadie pudo siquiera olerla, pero lentamente contaminó las aguas de su alma.

Una de las principales cualidades que yo busco en un miembro o empleado potencial de nuestro personal es la modestia. Quiero que la persona esté segura de sus capacidades, pero también que considere su trabajo un poco amedrentador. Esto me dice si la persona tiene una perspectiva saludable del cargo que estamos tratando de llenar. ¡Que sea amedrentador! Una persona modesta estará más inclinada a confiar en el Señor para su éxito, y mucho menos propensa a fracasar. Siempre me causan recelo las personas que buscan ser el centro de atención.

Una persona modesta estará más inclinada a confiar en el Señor para su éxito.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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“Queremos ser como todo el mundo”

15 Junio 2017

“Queremos ser como todo el mundo”
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 8:1

1 Samuel 9:27

Desde el tiempo en que Josué murió hasta que Saúl subió al trono de Israel, el gobierno hebreo no fue una monarquía como la mayoría de las naciones vecinas. Los teólogos se refieren a esto como una teocracia, es decir “el gobierno de Dios». El Señor gobernaba a Israel, dando sus decretos y gobernando a través de profetas y sacerdotes. Cada región importante esperaba de un juez lo que la mayoría de las otras culturas esperarían de un rey. Este juez (que a veces fue una mujer), dirigía al pueblo en la batalla, juzgaba los casos civiles y hacía cumplir la ley de Dios.

Samuel juzgó a todo Israel teniendo a Dios como rey sobre el pueblo hebreo. De esta manera, los israelitas eran como ninguna otra nación de la tierra en el sentido de que podían afirmar que Dios era su líder, el Creador invisible, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Todopoderoso que humilló a Egipto, que dividió al mar Rojo y que conquistó a Canaán. Pero así como la generación errante se cansó del maná, el pueblo se cansó de la teocracia. Tres razones los llevaron a desear tener un rey.

En primer lugar, Samuel había envejecido, y ya no podía ir al mismo ritmo de las exigencias de la nación. En segundo lugar, sus hijos se habían descalificado a sí mismos al haber perdido el respeto del pueblo. Y tercero, el pueblo decía: “queremos ser como todas las demás naciones».

Antes de que sigamos adelante, no pasemos por alto un punto interesante. En las páginas anteriores vimos como Elí fracasó en la conducción de sus hijos, y ahora vemos pocas evidencias que sugieran que Samuel lo hizo mejor. La Biblia no nos ofrece una información detallada de la crianza que les dio, pero el sorprendente parecido entre los hijos de Samuel y los de Elí no nos permite llegar a otra conclusión. Elí fue un gran sacerdote y un buen juez, pero un pésimo padre. Y Samuel, lamentablemente, siguió sus pasos. Sus hijos se volvieron incompetentes como líderes, al igual que los de Elí.

Este fue un momento decisivo en la vida de Israel. Tome nota especial de cómo evaluó el Señor la decisión de ellos: “No es a ti a quien han desechado. Es a mí a quien han desechado, para que no reine sobre ellos».

En realidad, el Señor les dijo: “Ustedes están resueltos a lanzarse por este camino que les va causar sin duda mucha amargura, y yo no los voy a detener. Han rechazado mi camino por el de ustedes. Por tanto, morirán en la cama que se han hecho».

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Involúcrense

14 Junio 2017

Involúcrense
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 3:19-21

Las familias que se desintegran son las que no responden de materia rápida y adecuada a las advertencias que les hacen las demás personas. Escuche a los maestros de sus hijos. Pueden parecerles prejuiciados contra su hijo, pero rara vez es así. Tome con seriedad las primeras advertencias, y tome acciones pronto. Escuche a su pastor o al líder de jóvenes de la iglesia. Escuche al oficial de policía que viene a hablar con usted.

No se apresure a salir en defensa de su hijo. Dedique tiempo a escuchar el informe completo. Haga preguntas directas para que se asegure de haber entendido bien el asunto. Luego, tómese un tiempo para reflexionar en lo que ha oído. Si tiene eco en usted, llevándolo a pensar que puede ser verdad, investigue más y haga todo lo que sea necesario para asegurarse de resolver el problema.

Las familias que se desintegran son las que justifican las conductas incorrectas, y de ese modo se convierten en parte del problema. Elí participaba de la conducta de sus hijos. Lo sabemos, porque engordó con la comida que sus hijos robaban del altar.

En cuanto a Samuel, el niño que escuchó la voz de Dios, las palabras finales de este episodio nos dicen que la aletargada indiferencia espiritual que había sumido a Israel en la complacencia estaba a punto de detenerse en seco. Un hombre de acción había entrado en escena, y el deslizamiento espiritual de Israel estaba a punto de terminar. Samuel fue un niño que no sólo escuchó al Señor, sino que también obedeció su voz.

Al pensar en todo esto, especialmente al evaluar la condición de su familia, recuerde que escuchar la verdad no es suficiente. Acción es lo que hace falta. Solo en muy raras ocasiones el Señor bendice a alguien por simplemente haberlo escuchado. La fe es acción. Eso significa que las bendiciones de Dios casi siempre son el resultado de la obediencia. Según la Biblia, el conocimiento envanece (1 Corintios 8:1). Además, problemas como los que tuvieron los hijos de Elí no se resuelven por sí solos, sino que se multiplican y se hacen mayores con el lento y silencioso paso del tiempo.

Si usted ha llegado a la conclusión de que su familia está en peligro, decida hacer algo en vez de no hacer nada. Niéguese a ser como Elí. Al final, después de haber cosechado el éxito público en su ministerio, Dios lo consideró un fracaso como padre… y lo juzgó por ello.

No haga usted lo mismo.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Familias que se desintegran

13 Junio 2017

Familias que se desintegran
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 3:1-18

La tentación de cualquier hijo del que está dedicado al ministerio cristiano es ver al trabajo del ministerio como un trabajo más, como cualquier otra ocupación religiosa. Derribar esa muralla de “religión pública” debe ser la gran responsabilidad del padre-ministro, si quiere que sus hijos entiendan que no se trata de una profesión más o de una actividad de entretenimiento donde la madre o el padre hacen una representación.

La palabra clave es autenticidad. No perfección, por supuesto, ya que nadie hace siempre bien todas las cosas. Es ser auténticos. Reconozca sus errores, hágase responsable totalmente de ellos, pida perdón, sea rápido en darlo, dé a sus hijos suficiente espacio para cometer errores, y permítales que vean su vida entre bastidores, con amor, cordialidad y humor. Todo esto toma tiempo y esfuerzos, y le costará productividad en el trabajo. Pero considérelo una inversión invalorable.., y permanente.

Las familias que se desintegran son las que tienen padres que se niegan a enfrentar la gravedad de las acciones de sus hijos. Elí sabía lo terribles que se habían vuelto sus hijos, ¡pero no hizo nada! He visto a padres que se niegan a ver la realidad y que no reconocen que sus hijos tienen serios problemas con la droga, la pornografía, la promiscuidad sexual o con el robo, conductas que la mayor parte de las personas normales considerarían una señal de advertencia. Pero actúan como si la crisis se resolverá por sí sola, con un poco de paciencia; eso es falso.

Si usted tiene hijos pequeños, tiene unos hijos que son impresionables. Este es el momento para que usted haga la inversión más importante en ellos. Si espera hasta que sean tan altos como ustedes, ya habrá permitido que se siembren las semillas de su autodestrucción.

Si sus hijos son casi adultos, acepte la responsabilidad que usted tiene por sus malas decisiones, y después haga lo que sea necesario para salvarlos. Por haber esperado usted tanto tiempo, hay pocas opciones que no tengan consecuencias graves a corto plazo. Por lo tanto, piense en las de largo plazo, y haga lo que tiene que hacer. Nunca es demasiado tarde para comenzar a hacer lo correcto.

Nunca es demasiado tarde para comenzar a hacer lo correcto.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2010 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Vigilar a los hijos

12 Junio 2017

Vigilar a los hijos
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 3:1-18

Elí era un gran predicador un excelente sacerdote. Como sumo sacerdote, tenía la responsabilidad, cada año, de entrar en el lugar santísimo para ofrecer un sacrificio expiatorio a favor de la nación. Nadie más tenía ese privilegio. Elí juzgaba, enseñaba al pueblo los asuntos que tenían que ver con el culto, orientaba, tenía toda su vida dedicada a servir en el tabernáculo de Dios y a atender las necesidades de su pueblo. Pero era un padre pasivo e indiferente que consentía a sus hijos. ¡Esos jóvenes eran toda una joya!

Según la ley de Moisés, ellos debían quemar el sebo como una ofrenda, y tomar del altar lo que no hubiera sido quemado. De esta manera, habrían de recibir lo que el Señor les daba. Pero los indignos hijos de Elí desafiaban el mandamiento de Dios, y se reservaban los mejores pedazos de carne para su mesa.

Además de su atrevido irrespeto por los sacrificios a Dios, eran unos perversos que se aprovechaban sexualmente de las mujeres que venían a adorar al Señor. Y lo  hacían sin ninguna vergüenza, en la misma casa de Dios. ¡Y Elí sabía! Uno pensaría que un verdadero hombre de Dios como Elí estaría indignado. Recuerde que él también servía como juez de Israel, lo que significaba que su responsabilidad era hacer justicia en nombre de Dios. De modo que estos lujuriosos e impúdicos hijos debían haber sido llevados a las afueras de la ciudad y ahí apedreados hasta morir. Sin embargo, lo que recibieron fue una leve reprimenda. Qué lástima, ¿no lo cree?

Dios ha preservado para nosotros historias fascinantes con el propósito de dejarnos lecciones perdurables. Los padres, en particular, deben prestarles atención. He notado que la parálisis del liderazgo de Elí es común. . .  aun entre los que están en el ministerio. Como padre cuyo llamamiento es el servicio al Señor, la misión que me he trazado es evitar el fracaso que tuvo Elí. Le aconsejo que haga lo mismo.

Para evitar la suerte de Elí, cada uno de nosotros tiene que reconocer que nuestras familias pueden fácilmente terminar como la de Elí. Sí, cualquiera puede destruirse: La de un diácono, la de un anciano, la de un pastor, la de un misionero, la de un padre que camina con Dios y que se entrega por completo a su iglesia, ya sea pobre, rica, saludable, tensa; y esto incluye también a su familia.

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La voz de Dios

10 Junio 2017

La voz de Dios
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 2:1—3:18

Probablemente, Elí y Samuel estaban haciendo su turno, es decir durmiendo en el tabernáculo, para mantener encendida la lámpara. Dormían en pequeñas habitaciones cerca de este lugar especial de la presencia de Dios. Fue entonces que Samuel escuchó una voz que pronunciaba su nombre. Se sentó en su pequeño camastro, y respondió: “¿Sí?,” pero nadie respondió.

Uno no puede saber por la Biblia si la voz de Dios es audible, o si se “escucha” por otros medios. Cuando Saulo (llamado después Pablo) estaba en el camino a Damasco, escuchó la voz de Jesús resucitado que le hablaba en una visión, y el sonido pudo ser percibido por sus acompañantes. Fue algo audible.

En Génesis 6, Dios le habló a Noé para darle instrucciones específicas. Podemos suponer que la voz fue audible, es decir, escuchó las palabras con sus oídos, pero el Señor pudo haberle “hablado” a su mente. No podemos estar seguros de eso. La voz de Dios a Daniel le sonó como un trueno, pero siglos antes le habló a Elías con un “sonido apacible y delicado.” En el caso de Samuel, Dios le habló de una manera que oyó literalmente su voz. Le habló con la voz normal de un hebreo, por lo que el niño pensó que era Elí quien lo llamaba desde la otra habitación.

Elí probablemente pensó que Samuel había estado soñando, y lo envió de vuelta a la cama.

Y el SEÑOR volvió a llamar:
—¡Samuel!
Samuel se levantó, fue a Elí y dijo:
—Heme aquí. ¿Para qué me has llamado?
Elí respondió:
—Hijo mío, yo no te he llamado. Vuelve a acostarte.
Samuel todavía no conocía al SEÑOR, ni la palabra del SEÑOR le había sido aún revelada (1 Samuel 3:6, 7).

La última oración es el comentario clarificador del cronista para el lector, quien ya sabía que Samuel era un poderoso profeta de Dios. Es la forma que tiene el autor de la narración para decir que esto sucedió antes de que el Señor iniciara una relación personal con el muchacho. Recuerde esto, ya que será parte importante de la historia, a medida que se desarrolle. A propósito, en el Antiguo Testamento, el tener una relación personal con el Señor de la manera como aparece en el Nuevo Testamento y la presencia interior del Espíritu Santo era un privilegio raro y realmente grande. ¡Pienso que nosotros tomamos hoy en día este privilegio de manera muy liviana!

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