Seguirle en obediencia

22 Febrero 2017

Seguirle en obediencia
por Charles R. Swindoll

Job 40:1-5

La respuesta de Job me lleva a pensar en lo que la pregunta dice a nuestro mundo del siglo XXI. ¡Qué mensajes tan necesarios para nuestros tiempos!

El primero: Si los caminos de Dios son más altos que los míos, entonces me inclino delante de Él en sumisión. El resultado de esa actitud es una humildad verdadera. La sumisión a la voluntad del Padre celestial es la característica de la verdadera humildad. Y todos nosotros pudiéramos utilizar una gran dosis de ella. Es muy raro hallar un espíritu humilde en nuestro tiempo, especialmente entre las personas competentes, las muy inteligentes y las triunfadoras.

Aquí está el segundo: Si Dios tiene todo el control, entonces no importa dónde Él dirija mis pasos, le sigo en obediencia. ¡Qué alivio tan grande produce esto! Por último, puedo relajarme, ya que el control no me pertenece a mí.

Hace no mucho tiempo estaba hablando en una conferencia para pastores en el Instituto Moody, de la ciudad de Chicago en los Estados Unidos de América. El recuerdo que más conservo en mi mente de esa conferencia es el inmenso letrero que colgaba sobre la tarima, que podían leer todos cuando nos reuníamos. Decía, con letras bien grandes:

Relájense todos: Por esta vez no están al frente

La sala estaba llena de pastores, ¡mil quinientos en total! Cada uno solo tuvo la responsabilidad de venir a la conferencia, donde se nos recordó que debíamos relajarnos, ya que no estábamos al frente esta vez. Eso fue un estimulante alivio para todos los que asistimos.

Ese fue el aviso que Dios desplegó frente a Job. “Tú no estás al frente de nada, Job; esa es mi responsabilidad. Tú eres mi siervo, y yo tu Amo. Yo sé lo que estoy haciendo”. Puesto que Dios sabe lo que está haciendo, yo simplemente le seguiré, no importa donde Él dirija mis pasos. ¡Qué alivio tan estimulante produce eso!

¿Qué siente usted cuando permite que Dios esté al frente de su vida: alivio, frustración, pánico? ¿Qué pudiera usted hacer que le ayude a relajarse sabiendo que Él está al frente?

La sumisión a la voluntad de Dios es la característica de la verdadera humildad.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Cuando se Enfrenta la Adversidad

Cuando se Enfrenta la Adversidad

vpv-logo_0 Charles R. Swindoll

Acompáñeme por el túnel del tiempo, y retrocedamos a  la ciudad de Uz. En esa ciudad, había un ciudadano que todos respetaban.  Era un hombre intachable, recto, temeroso de Dios y llevaba una vida limpia. Tenía diez hijos, ganado en abundancia, terrenos extensos, una multitud de criados y una cantidad substancial de efectivo. Nadie negaría que era “más grande que todos los orientales” (Job 1:3),  ya que se había ganado esa reputación mediante años de trabajo arduo  y tratos justos con los demás. Se llamaba Job, sinónimo de integridad y piedad.

Sin embargo, en cuestión de horas llegó a ser, como lo dice un verso de la obra La Comedia de Errores de Shakespeare: Un alma infeliz, maltratada por la adversidad.¹

La adversidad, sin anunciarse, le cayó encima a Job como una avalancha de piedras puntiagudas. Perdió su ganado, sus sembradíos, sus tierras, criados  y, aunque usted no lo crea,  todos sus diez hijos. Como si esto fuese poco, después perdió su salud, la  última esperanza humana de ganarse la vida. Permítame pedirle que deje de leer un momento. Cierre sus ojos por sesenta segundos, e identifíquese con ese buen hombre que fue aplastado bajo el peso de la adversidad.

El libro que lleva su nombre anota una entrada que Job escribió en su diario poco después de que las piedras de la tragedia cayeron sobre  él. Con mano temblorosa escribió: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (1:21).

Después de esta increíble declaración, Dios añadió: “En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (1:22).

Es justo aquí, en este momento, que tengo  moviendo mi  cabeza. Me estoy preguntando: “¿Cómo pudo Job,  hacerle frente con tanta calma, a toda esa serie de odiseas mezcladas con aflicción?” Piense en el resultado: bancarrota, dolor, diez tumbas recién tapadas.  Y la soledad de aquellas habitaciones vacías.

No obstante, leemos que él adoró a Dios; que no pecó, ni le echó la culpa a su Hacedor.

Las preguntas lógicas son: “¿Por qué no lo hizo? ¿Cómo pudo lograrlo? ¿Qué le impidió hundirse en la amargura o incluso pensar en el suicidio?” Sin querer  simplificar demasiado la situación, sugiero tres respuestas básicas que he descubierto al investigar el libro que lleva su nombre.

Primero, Job afirmó la soberanía amorosa de Dios. Creía que el Señor que le dio lo que tenía, también tenía todo derecho de quitárselo (1:21). En sus propias palabras dijo: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (2:10)

Job miró hacia arriba, afirmando el derecho del Señor de gobernar su vida. ¿Quién fue el necio que dijo que Dios no tenía derecho de añadir arena a nuestro barro, marcas a nuestra vasija o fuego a lo que hace con su mano? ¿Quién se atrevió a levantar su puño de barro hacia el cielo y cuestionar el plan del Alfarero?  Job no lo hizo.  Para él, la soberanía de Dios estaba entretejida con su amor.

Segundo, Job tenía la promesa divina de la resurrección. ¿Recuerda usted sus palabras inmortales? “Yo sé que mi Redentor vive y al fin he de ver a Dios” (Job 19:25–26).

Miraba hacia adelante, apoyándose en la promesa de su Señor de hacer todas las cosas brillantes y hermosas en la vida más allá. Sabía que en ese tiempo quedaría eliminado todo dolor, muerte, tristeza, lágrimas y adversidad. Sabiendo que “la esperanza no avergüenza” (Romanos 5:5), soportó el hoy con una visión del mañana.

Tercero, Job confesó su propia falta de comprensión. ¡Qué alivio da esto! No se sintió obligado a explicar el por qué. Escuche su sincera admisión: “Yo conozco que todo lo puedes y que no hay pensamiento que se esconda de ti. . . Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas [demasiado profundas] para mí, que yo no comprendía. . . Te preguntaré, y tú me enseñarás’” (Job 42:2–4).

Miró dentro de sí mismo y confesó  su ineptitud de entenderlo todo. Descansó en Dios durante su adversidad, sin sentirse obligado a responder por qué.

Tal vez usted esté empezando a caer  lastimado por las piedras de la adversidad. Tal vez la avalancha ya ha caído o tal vez no. La adversidad puede estar a diez mil kilómetros de distancia.  Así es como Job se sentía pocos minutos antes de perderlo todo.

Repase estos pensamientos al apagar las luces esta noche, amigo mío y amiga mía  Simplemente, por si acaso. Algunas vasijas de barro se vuelven bastante frágiles al estar expuestas a la luz del sol día tras día.

1. William Shakespeare, The Comedy of Errors, 2.1.34, in William Shakespeare: The Complete Works (New York: Dorset Press, 1988), 169.
Copyright © 2010 por Charles R. Swindoll, Inc.

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Señales que su marido puede estar involucrado con la pornografía de la Internet

20 Febrero 2017

1. Dinero perdido o cobros inexplicables en sus cuentas. Cobros telefónicos de números 1-900 (en EEUU) y cobros de la tarjeta de crédito para sitios de la Internet.

2. Mentiras y engaño. Ausencias inexplicables y excusas extrañas que parecen mentirosas. Clandestinidad.

3. Tiempo «a solas» con la computadora. Archivos de historia borrados después de largos períodos en la Internet.

4. Manipulación y pensamientos en si mismo. Problemas graves justificados como la culpa de otro. Defensivo cuando confrontado.

5. Obsesión sexual demostrado por su absorción en la Internet o las películas. Demandas sexuales en la casa, especialmente conductas que pueden ser incómodas para usted.

6. Distancia emocional. Falta de intimidad en su relación.

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El problema con la oración

19 Febrero 2017

Para muchos parece haber un problema con la oración. “Es una conversación con uno mismo.” “Parece que no sirve.” “Dios se demora demasiado para contestar.” “Dios hace lo que quiere, de todas maneras.”

Agobiados bajo el teje y maneje de la vida, es fácil pensar que hay un problema serio con la oración: Dios. Cuando Dios no responde conforme a nuestra voluntad, nos sentimos frustrados. Podemos pensar que nuestras oraciones simplemente andan flotando por la galaxia, demasiado insignificantes como para captar la atención del Creador. En medio de esta desilusión, a menudo somos muy lentos para aceptar que el problema con la oración no es Dios, sino nosotros.

El Problema de Una Comprensión Errada de la Oración

Solía pensar que la vida sería mucho más fácil si Dios respondiera a unas pocas oraciones estratégicas más; apenas un par de peticiones clave para recordarnos que Él está oyendo. Estaba convencido de que una sanidad profunda aquí y allá añadiría emoción a la vida de la iglesia.

Entonces Dios sanó a Karen.

Una clase de escuela dominical se reunió para orar de manera desesperada la noche antes de la operación que removería un tumor del cerebro de Karen. La cirugía probablemente la dejaría sin poder hablar por mucho tiempo. Dirigiendo la oración, le pedí a Dios que consuele a su esposo, hija, y familia en ese momento de crisis, que ayudara a los cirujanos, que acelerara su recuperación, y, si esa era su voluntad, que la sanara milagrosamente.

Por supuesto, esa última parte era solamente fanfarronada. Aunque yo creía que Dios podía sanar a Karen, estaba seguro de que Él usaría medios menos gloriosos. Al conducir a casa, incluso le dije a mi esposa: “Karen probablemente nunca volverá a ser la misma.”

A la mañana siguiente, el tumor había desaparecido.

Yo di por sentado que la respuesta de Karen sería probablemente tan profunda como la respuesta de Dios a la oración. Después de todo, cuando una persona experimenta la intervención asombrosa del Dios Todopoderoso, deberíamos esperar un avivamiento explosivo, ¿verdad?

Antes de que pasara un año, Karen dejó la iglesia y se divorció de su esposo.

Siempre había pensado que la oración fortalecería la fe y atizaría el agradecimiento. Desilusionado por la respuesta de Karen, me vino a la mente que incluso los israelitas rezongaron y se revelaron en medio de las respuestas poderosas a sus peticiones (Números 11 — 14).

Como ve, el problema con la oración no es Dios, sino nosotros.

El Problema del Abuso de la Oración

A poco de haberme convertido a Cristo, erróneamente seguí el llamado “evangelio de la prosperidad,” aquella teología de “menciónalo y reclámalo” que abrumaba los programas cristianos de televisión y las librerías; y continúa abrumándonos hoy. “No hagas confesiones negativas,” se me dijo. «Si estás enfermo, ¡confiesa que has sido sanado!”

En cierta ocasión le mencioné a una mujer que se consideraba “profetisa” que me estaba quedando calvo. Al instante ella me puso la mano sobre la cabeza y gritó: “No, no es así; ¡en el nombre de Jesús!” Aquella “profetisa” trataba a la oración como si fuera una tarjeta de crédito que podía mostrar en cualquier tiempo para compras importantes.

Tal vez nosotros no vayamos a los extremos de aquella mujer, pero todos podemos caer en la trampa de abusar de la oración. Aun cuando a lo mejor insertemos un “hágase tu voluntad” entre dientes, muy adentro pensamos: “¡No! ¡Hágase mi voluntad!” Sí, Cristo dijo: “Pidan, y Dios les dará” (Mateo 7:7, VP), pero su hermano Jacobo nos recuerda: “cuando le piden a Dios no reciben nada porque la razón por la que piden es mala” (Santiago 4:3, PDT).

De nuevo, el problema con la oración no es Dios, sino nosotros.

Corrigiendo el Problema con la Oración

Después de una docena de años en la universidad, seminario, y estudios de doctorado, había esperado finalmente tener un buen dominio de la oración. No es así. En verdad, mientras más oro, menos entiendo sus profundos misterios. He llegado a varias conclusiones que pueden ayudarnos a corregir lo que percibimos como problemas con la oración.

En primer lugar, necesitamos entender que el propósito de la oración no es que Dios nos complazca, sino que Dios nos cambie. Si un padre cede constantemente a los caprichos de su hijo pequeño, lo consideraremos como un mal padre. ¿Por qué, entonces, algunos piensan que Dios es un Dios obstinado cuando no nos da todo lo que queremos? Necesitamos confiar que Dios es sabio y poderoso lo suficiente para contestar de manera correcta, y justo a tiempo. Primera de Juan 5:14 dice: “Y ésta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.” Es decir, Dios no salta ante toda confesión de labios para afuera. La oración que se eleva con verdadera fe se somete a su voluntad, nuestra santificación (1 Tesalonicenses 4:3). La voluntad de Dios es cambiarnos, no complacernos.

Segundo, necesitamos aceptar que el poder de la oración se percibe incluso en la respuesta más pequeña. Estoy convencido de que los seres humanos no captan completamente lo poco que merecemos el amor y la gracia de Dios. Hay que considerar que lo que pensamos como “migajas” de oración contestada en realidad pueden ser festines abundantes cuando nos damos cuenta de que Dios no nos debe nada (Génesis 32:9-10; Lucas 7:6-9). Cuando ajustamos nuestra actitud en cuanto a nuestra propia indignidad para recibir el favor de Dios, jamás consideraremos la respuestas “pequeñas” a la oración como insignificantes.

Finalmente, necesitamos reconocer que el proceso de la oración no es tan importante como la actitud de la oración. Cuando Dios en su soberanía escogió sanar a Karen, lo hizo aunque ninguno de nosotros lo esperaba. Nuestra débil oración fue un acto sencillo de fe: entregar al cuidado de Dios nuestras preocupaciones (Filipenses 4:6; 1 Pedro 5:6-7). Los creyentes pueden atascarse en un método, preocupados de no haber dicho las palabras precisas, o elevado la oración con suficiente fervor o suficiente frecuencia, o no haber creído lo suficiente. Eso es palabrería, no oración (Mateo 6:5-8). Si usted se preocupa por no decir las palabras precisas en la oración, o las cosas debidas, aprenda de memoria Romanos 8:26: ¡el Espíritu de Dios ayudó incluso a Pablo a orar!

Por supuesto, esos recordatorios son fáciles de leer, pero no son fáciles de poner en práctica. En nuestras mentes humanas finitas, siempre percibiremos “problemas” con la oración. ¿Está usted batallando en su vida de oración, sin ver resultados, preguntándose si Dios le está oyendo? Tal vez sea tiempo de un cambio de actitud. Tal vez sea tiempo de finalmente aceptar que el problema con la oración no es Dios, sino nosotros.

Tomado de Michael J. Svigel, “The Problem with Prayer,” Insights (octubre 2005): 1–2. Copyright © 2005 por Insight for Living. Reservados todos los derechos mundialmente.

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Nada se le compara

18 Febrero 2017

Nada se le compara
por Charles R. Swindoll

Job 38:1-41

Dios es prominente y preeminente. Es majestuoso en Su poder, magnífico en Su persona y maravilloso en sus propósitos. ¡Qué reconfortante es replegarnos a la sombra de nuestra propia insignificancia y dar total atención a la grandeza de nuestro Dios! ¡Se trata solamente de Él!

Muy diferente al caso de la niñita que iba caminando al lado de su madre bajo un fuerte aguacero con truenos ensordecedores. Cada vez que se producía un relámpago, su madre notaba que la niña se daba vuelta y sonreía. Caminaban un poco más, había otro relámpago, y la niña se volvía otra vez y sonreía. La madre finalmente le dijo: “Querida, ¿qué sucede? ¿Por qué te volteas y te sonríes después del resplandor del relámpago?”

“Bueno”, dijo ella, “quiero estar serena y sonreír para Dios, porque Él me está tomando una fotografía”.

Damos un gran paso hacia la madurez cuando finalmente entendemos que no se trata de nosotros ni de nuestra importancia. Se trata de la magnificencia de Dios. De Su santidad. De Su grandeza. De Su gloria.

El SEÑOR marcha en el huracán y en la tempestad; las nubes son el polvo de sus pies.

¡Bueno es el SEÑOR! Es una fortaleza en el día de la angustia y conoce a los que en Él se refugian. (Nahúm 1:3, 7)

Dios es trascendente. Él es magnífico. ¡Solo Él es admirable! Él está en todas partes, encima de nosotros, dentro de nosotros. Sin Él no hay justicia. Sin Él no hay santidad. Sin Él no hay la promesa del perdón ni la fuente de verdad absoluta ni razones para soportar ni esperanza más allá de la tumba. Nada se compara con Él.

Dios es majestuoso en su poder y maravilloso en sus propósitos.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Fariseísmo

17 Febrero 2017

Fariseísmo
por Charles R. Swindoll

Jesús se metió en una camisa de once balas el día en que predicó su Sermón del Monte. No quedó ni un solo fariseo al alcance del oído que no hubiera dado hasta su último denario para verlo colgado en una horca antes del atardecer. ¡Vaya que lo aborrecían! Lo aborrecían porque Él no les dejó que se salieran con su fingido babeo religioso y su supuración súper espiritual que contaminaba al público.

El Mesías desenvainó su afilada espada de verdad el día en que ascendió a ese monte. Cuando descendió esa noche, la espada chorreaba con la sangre de los hipócritas. Si alguna vez un individuo dejó al descubierto el orgullo, Jesús lo hizo ese día. Sus palabras penetraron en el pellejo de ellos como arpones en la grasa de una ballena. Jamás en su notoria y petulante carrera ellos habían sentido un aguijonazo de precisión tan mortal. Como bestias hinchadas de lo profundo quedaron flotando en la superficie para que todos los vean.

Si había algo que Jesús detestaba, era precisamente eso en lo que los fariseos se especializaron en el seminario: fanfarronear, o, para decirlo en forma algo más suave, justicia propia. Eran los santurrones de Palestina, los primeros en reclutar a ingenuos en la Orden Real de los que Acuchillan por la Espalda. Eran expertos en la práctica de hacer oraciones para denigrar a otros, y pasar sus días esforzándose por impresionar a otros con sus expresiones sombrías y canturreos monótonos y lastimeros. Peor que eso, al sembrar las semillas de las espinas legalistas y cultivarlas en las vides prohibidas de intolerancia religiosa, los fariseos impedían que los buscadores honestos se acercaran a Dios.

Incluso hoy, la mordida del legalismo extiende un veneno paralizante en el cuerpo de Cristo. Su veneno ciega nuestros ojos, embota nuestro filo, y estimula el orgullo en nuestros corazones. Pronto nuestro amor se eclipsa al convertirse en un tablero mental de anotaciones con una larga lista de verificación, un espeso filtro que exige que otros alcancen cierto nivel antes de que nosotros avancemos. La alegría de la amistad queda fracturada por una actitud de juicio y una mirada crítica. A mí me parece tonto que el compañerismo se limite a las estrechas filas de personalidades predecibles vestidas de ropa “aceptable.” Cabello bien recortado, bien afeitado, traje sastre a la moda (con chaleco y corbata combinada, por supuesto) parece esencial en muchos círculos. Simplemente porque yo prefiero un cierto vestido o estilo no quiere decir que es lo mejor, o que es para todos. Tampoco quiere decir que lo opuesto agrada menos a Dios.

Nuestro problema es una grosera intolerancia de los que no encaja en nuestro molde: una actitud que se revela en la mirada estoica del comentario cáustico. Tales relaciones legalistas y prejuiciadas reducirán las filas de la iglesia local más rápido que un incendio en el templo o gripe en la banca. Si usted duda de eso, dé un serio vistazo a la carta a los Gálatas. La pluma de Pablo fluye con tinta candente al reprenderlos por “haberse alejado” de Cristo (Gálatas 1:6), anulando “la gracia de Dios” (2:21), habiéndose dejado “fascinar” por el legalismo (3:1), y deseando “volver a esclavizarse” a esta paralizante enfermedad (4:9).

Con certeza hay límites a nuestra libertad. La gracia no condona una actitud licenciosa. El amor tiene sus restricciones bíblicas. Lo opuesto del legalismo no es “Haz lo que se te antoje.” Pero, ¡escuche! Las limitaciones son mucho más amplias de lo que la mayoría nos damos cuenta. No puedo creer, por ejemplo, que la única música a la que Dios sonríe son cantos solemnes o himnos. ¿Por qué no música folclórica también? Tampoco pienso que el vestido necesario para entrar en la iglesia sea traje y corbata. ¿Por qué no pantalones del diario y camisetas? ¿Le parece extraño? Recordemos quién se pone nervioso por la apariencia externa. ¡Con certeza, no Dios!

“Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

Y, ¿quién puede probar que la única voz que Dios bendice es la del ministro ordenado, el domingo? ¿Qué tal la del vendedor el martes por la tarde, o la de la maestra de secundaria el viernes de mañana?

Es útil recordar que nuestro Señor reservó su sermón más fuerte y más largo, no a pecadores que luchaban, ni a discípulos desalentados, y ni siquiera a personas prósperas, sino a los hipócritas, a los sedientos de gloria, los legalistas; los fariseos de hoy.

El mensaje del monte predicado hace siglos retumba con eco en los cañones del tiempo con prístina fuera y claridad.

Mire Mateo 6:1:

“Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos.”

En otras palabras, ¡deje de alardear! Deje de mirar por sobre la nariz a los que no encajan en su molde preconcebido. Deje de fanfarronear por su propia bondad. Deje de llamar la atención a su propia justicia Deje de anhelar que lo noten. Implicado en esto va la advertencia a cuidarse de los que rehúsan dejar tal comportamiento. Luego, para imprimir al fuego esa advertencia en su memoria, pasa a darles tres ejemplos específicos de cómo la gente hacía desplante de su propia justicia de modo que otros lanzaran exclamaciones de asombro por ellos.

Mateo 6:2 habla de dar limosnas a los pobres, o sea, participar en acciones de benevolencia para ayudar a los necesitados. Jesús dice que no hay que “tocar trompeta” cuando se hace esto. Manténgalo en silencio, incluso “en secreto” (6:4). No alardee para llamar la atención como Tarzán columpiándose en la selva. Quédese fuera del cuadro, permanezca anónimo. No espere que su nombre aparezca en letreros por todas partes. A los fariseos les encanta plantillar sus dones ante otros. Les encanta que se les reconozca. Les encanta recordarles a otros quién hizo esto, o eso, o quién dio esto, y esto otro, a Fulano y a Mengano. Jesús dice: No fanfarronees cuando usas tu dinero para ayudar a alguien.

Mateo 6:5 habla de qué hacer “cuando oras.” Advierte en contra de ser petulantes suplicantes a quienes les encanta pararse en lugares prominentes y vocear verborrea insulsa para que los vean y oigan. A los fariseos les encantan las palabras almibaradas y perogrulladas acarameladas. Saben cómo sonar elevados y santos. Todo lo que dicen en sus oraciones hace que los que los oyen piensen que esta alma santa reside en el cielo, y se educó a los pies de arcángel Miguel y de Cipriano de Valera. Uno casi tiene la certeza de que no han tenido ni el más leve pensamiento sucio en los pasados dieciocho años . . . pero también uno queda calladamente consciente de que hay un gigantesco abismo entre lo que sale de esa boca fanfarrona y dónde está la cabeza de uno allí mismo. Jesús dice: No fanfarronees cuando hablas con tu Padre celestial.

Mateo 6:16 habla de que hacer “cuando ayunas.” Ahora bien, ese es el momento cuando el desplante realmente se acelera. Trabaja a sobretiempo tratando parecer humilde y triste, esperando que se le vea con hambre y agotado como algún osado que acaba de cruzar el desierto de Egipto esa tarde. “¡No seas como los hipócritas!” ordena Cristo. Más bien, debemos tener un aspecto fresco, limpio y completamente natural. ¿Por qué? Porque eso es lo real, lo genuino; eso es lo que Él promete que recibirá recompensa. Jesús dice: No fanfarronees cuando te saltas dos o tres comidas.

Digámoslo tal como es. Jesús pronuncia palabras cáusticas, rigurosas, respecto a los fariseos. Cuando se trata del legalismo estrecho, o fanfarroneo de justicia propia, el Señor no escatima palabras. Halló que esa era la única manera de lidiar con aquellos que frecuentaban el lugar de adoración desdeñando y despreciando a otros. No menos de siete veces pronuncia: “¡Ay de ustedes!”; porque es el único lenguaje que el fariseo entiende, desdichadamente.

Dos comentarios finales:

Primero, si usted se inclina al fariseísmo en alguna forma, ¡déjelo! Si usted es del tipo de persona que trata de pisar a otros, o desdeñar a otros (mientras que a la vez piensa cuánto Dios debe estar impresionado por tenerlo a usted en su equipo) usted es un fariseo del siglo veintiuno. Francamente, eso incluye a algunos que llevan el pelo largo y prefieren la guitarra antes que un órgano de tubos. Los fariseos también pueden deleitarse en parecerse “en onda.”

Segundo, si un fariseo del día moderno trata de controlar su vida, ¡deténgalo! Recuérdele al impostor religioso que la paja que usted tiene en su ojo es asunto entre usted y su Señor, y que él debe prestar atención al tronco que tiene en el suyo propio. Lo más probable, sin embargo, es que una vez que un individuo está infectado, seguirá adelante por el resto de su vida superficial dedicado a minuciosidades o alabarse a sí mismo, asfixiado por las espinas de su propia petulancia. Los fariseos, recuerden, hallan muy difícil escuchar.

Adaptado de Charles R. Swindoll, “Pharisaism,” en Devotions for Growing Strong in the Seasons of Life (Grand Rapids: Zondervan, 1983), 390-93.

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Aprenda del sufrimiento

16 Febrero 2017

Aprenda del sufrimiento
por Charles R. Swindoll

Job 28:1-28

En nuestra congregación hay un hombre que hace poco fue operado del cerebro. El tumor que tenía en la parte central de su cráneo estaba empujando hacia atrás su cerebro y destruyendo poco a poco su memoria. Cada semana, el crecimiento del tumor se le hacía más pronunciado y más debilitante, de modo que la única alternativa era la operación del cerebro.

Después de salir con éxito de la operación, lo visité en el hospital. Tenía una cicatriz sobre el cuero cabelludo, que iba desde su oreja izquierda, pasando por la parte superior de la cabeza, hasta la oreja derecha. La incisión se mantenía cerrada con grapas de acero inoxidable. Estaba acostado en su cama y sonriendo cuando entré a la habitación. No pasó mucho tiempo sin que me diera cuenta de que mi visita a él tuvo una razón diferente a la que yo había planeado. Al ir recibí una nueva carga de sabiduría. Él no recibió nada de mí; yo la recibí de él.

Estuvo hablando del Señor desde el momento que iniciamos nuestra conversación hasta que me marché. Mencionó percepciones que el Señor le había dado. Habló de las lecciones que había comenzado a aprender. Habló de la enorme sensación de paz que había disfrutado desde el comienzo mismo de su enfermedad. Quiero decir si alguna vez un hombre estuvo totalmente concentrado en el Señor, ese hombre era él. Sus palabras fluían con un tono de dulzura. Había un ritmo de tranquilidad en nuestra conversación cuando él respondía. Él estaba diciendo, en realidad: “Por favor, no me compadezca. Esta operación del cerebro se ha convertido en mi oportunidad para confiar en el Señor con todo mi corazón, para que Él me enseñe algunas cosas que de otra manera no habría aprendido”. Estaba, literalmente, regocijado, como también su esposa. La sabiduría y el entendimiento habían eclipsado totalmente el dolor y el pánico.

¡Cuán cierto es esto! Mi amigo que estaba en el hospital no necesitaba compasión sino respeto, ¡y lo tuvo de mí ese día! Él nos aventaja en sabiduría a muchos de nosotros. Por eso, cuando habla, es con una nueva visión en cuanto a la vida. Él sigue todavía respondiendo a los problemas de la vida con alegría. Esa visión y ese gozo les han venido de Dios a través de la experiencia del sufrimiento. El beneficio más importante ha sido el reordenamiento de sus prioridades.

Job nos enseña una lección única: Cuanto mayor es el sufrimiento, mejor sabemos lo que realmente importa. Ahora volvemos al punto donde comenzamos: El sufrimiento nos ayuda a tener claras nuestras prioridades y a pensar sólo en los objetivos correctos.
¿Qué sabiduría ha logrado usted por medio del sufrimiento?

El sufrimiento nos ayuda a tener claras nuestras prioridades.—Charles R. Swindoll

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Dios y solamente Dios

15 Febrero 2017

Dios y solamente Dios
por Charles R. Swindoll

Job 28:1-28

Permítame darle una definición sencilla de la palabra sabiduría. Sabiduría es ver la vida desde la perspectiva de Dios. Cuando empleamos la sabiduría, estamos viendo la vida como Dios la ve. Por eso es tan importante pensar como lo hace Dios. Uno verá las circunstancias y las pruebas como Dios las ve. Verá la vida en familia y la crianza de los hijos como Dios las ve. Interpretará los acontecimientos actuales como Dios los interpretaría. Se enfocaría en una perspectiva amplia. Vería la verdad, aunque todo lo que haya a su alrededor sea engaño y mentiras.

Demos un paso más y definamos otro término espiritual: Entendimiento. ¿Qué significa? Entendimiento es responder a las luchas y los problemas de la vida como quisiera que lo hagamos. No con pánico y confusión. No renunciando a las cosas que son valiosas para nosotros, y no comprometiendo nuestra integridad. Cuando tenemos entendimiento, respondemos a los problemas de la vida como Dios quiere que respondamos. Confiamos en Él. Creemos en Él. Rechazamos el miedo. No vivimos de acuerdo con los impulsos humanos ni tampoco conforme a los convencionalismos de la cultura de hoy.

Es sumamente importante que tengamos una visión firme, y que respondamos con entendimiento. Esta visión y este entendimiento no podemos encontrarlos con nuestros propios esfuerzos ni son el resultado de nuestra búsqueda personal. Dios nos los proporciona por su gracia. El versículo 20 hace dos grandes preguntas:

¿De dónde, pues proviene la sabiduría?

¿Dónde está el lugar del entendimiento?

No dice: ¿Dónde podemos hallar consejo? No dice: ¿De dónde viene la opinión? Yo podría nombrar una o dos docenas de fuentes, pero la mayoría de ellas no valen la pena. Entonces, ¿de dónde viene esta sabiduría? ¿Dónde podemos encontrar verdadero entendimiento?

Usted puede conseguir cuatro doctorados, y nunca adquirir sabiduría o entendimiento. Usted, en verdad, no logrará temor del Señor de la educación superior. Ni siquiera las mejores universidades ofrecen un curso en cuanto al temor del Señor. ¿Cuál es la fuente de este temor? Dios y solamente Dios. Con “temor del Señor” me estoy refiriendo a un gran respeto hacia Dios, acompañado de un aborrecimiento personal al pecado. Ahora podemos ver por qué Salomón escribió: “El comienzo de la sabiduría es el temor del SEÑOR, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia” (Proverbios 9:10).

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Convicciones verdaderas

14 Febrero 2017

Convicciones verdaderas
por Charles R. Swindoll

Job 27:1-23

Considerar las bendiciones pasadas nos da razones para regocijarnos. A ustedes, que son padres y todavía están criando a hijos, permítanme aconsejarles que les enseñen a hacer esto, practicándolo a menudo. El momento de la cena es una gran oportunidad para recordarlo. Es un momento ideal para pensar en el día transcurrido y contar las bendiciones que recibimos.

Recontar presenta pruebas que nos obligan a tragarnos nuestro orgullo. Sugiero que recontemos las pruebas por las que estamos pasando en el presente, y les permitamos que nos pongan debidamente en nuestro sitio.

Reafirmar nuestro compromiso con la integridad nos fortalece con confianza y valentía. Esto es lo que más me encanta de Job: aunque está desanimado y decepcionado, no está derrotado.

Mi esposa y yo regresamos hace poco de un viaje trascendental a sitios que se hicieron famosos gracias a un pequeño grupo de hombres justos e intrépidos. Hoy los conocemos como los reformadores. Fueron los líderes de la Gran Reforma que recorrió a Europa Central en el siglo XVI.

Juan Huss, de Checoslovaquia; Martín Lutero y Felipe Melanchton, de Alemania; Ulrico Zwinglio y Juan Calvino, de Suiza; y Juan Knox, de Escocia (para nombrar solo unos pocos), no fueron superiores en estatura ni en fuerzas. Tampoco fueron perfectos ni mucho menos, pero fueron hombres íntegros, con cualidades de carácter que los mantuvieron fieles. Esto también les permitió no sentirse intimidados frente a la oposición, que no sólo era de palabra, sino que también constituía una amenaza para sus vidas. Al igual que Lutero, cada uno de ellos estaba diciendo, en realidad: “Aquí estoy, no puedo proceder de otra manera”, al negarse a flaquear o retractarse. Como Job, fueron malinterpretados, difamados, falsamente acusados y abiertamente insultados por sus críticos. Representaban voces solitarias de la verdad al ser fieles a sus convicciones.

Durante nuestro recorrido, muchas veces me quedaba largo rato frente a una estatua de bronce o de pie en el púlpito donde uno de ellos predicó una vez, y me preguntaba si, quizás, se sintieron fortalecidos al mantenerse solos en la brecha siguiendo el ejemplo dejado por Job en la Biblia. Mucho antes de que ellos nacieran, él testificó: “Hasta que muera, no renunciaré a mi integridad. Me he aferrado a mi rectitud y no la cederé” (Job 27:5, 6).

También me preguntaba: “¿Habría tenido yo la valentía de hacer lo que ellos hicieron?” ¿La habría tenido usted?

Considerar las bendiciones pasadas nos da razones para regocijarnos.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Bíblicamente correcto

13 Febrero 2017

Bíblicamente correcto
por Charles R. Swindoll

Job 27:1-23

Piénselo: ¿No es excelente ese comentario final? El hombre malo puede tener más ropa en su clóset, pero terminará dejándola para nosotros. ¿Recuerda ese texto materialista que se puede leer en algunos automóviles que dice: “Quien muere con más juguetes gana”? La verdad es que quien al morirse tiene más juguetes, se los pasa al bueno, y es el justo quien los disfruta! Job se ha dado cuenta de esta prioridad: El mal ocurrirá, pero no triunfará al final. Eso produce un sentido de justicia.

¡Allí es donde se van esas grandes riquezas! Cuántas veces hemos visto o sabido de personas que tienen mucho dinero, pero no pasa mucho tiempo sin que se les acabe. Esas riquezas fueron como un águila, se fabricaron alas para sí mismas. Tenga la seguridad de que Dios lleva una cuenta exacta de todo. Además, Él sabe quién es el bueno y quién es el malo.

Es fácil desconcentrarse si uno ve demasiadas noticias en la televisión. Tenga mucho discernimiento en cuanto a lo que ve, escucha y lee. Si la fuente no es confiable, la información será errada. Afortunadamente, todavía hay algunos hoy en día que piensan bien y que no tienen temor de decirlo. Sus palabras nos recuerdan que lo malo es malo, que la maldad será juzgada, ¡y que el malvado será el perdedor al final, no importa que parezca estar ganando! James Russell Lowell, poeta y ensayista estadounidense del siglo XIX, lo expresó muy bien cuando escribió en su libro The Present Crisis (La crisis presente):

La verdad, para siempre en el cadalso,
El mal, para siempre sobre el trono.
Pero al futuro lo mece ese cadalso,
detrás de la ignota oscuridad,
Está Dios, en medio de las sombras,
Protegiendo a los suyos.

Permanezca en el cadalso. Siga teniendo una mente clara. ¡Rechace tolerar el mal! Al igual que Job, siga teniendo sus prioridades en armonía con la Palabra de Dios. Deje que Dios le dicte su agenda y le ayude a interpretar los sucesos de nuestro tiempo. Vuélvase correcto en las cosas de la Biblia, antes que convencional en las cosas del mundo.

El mal ocurrirá, pero no triunfará al final. —Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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