El arroyo se ha secado

23 Septiembre 2016

El arroyo se ha secado

chuck_swindoll
por Charles R. Swindoll

1 Reyes 17:5-7

Una mañana, Elías notó que el arroyo no estaba fluyendo sobre las piedras, ni tampoco corriendo como antes. Puesto que su vida dependía de ese arroyo, se puso a observarlo con cuidado. En los días siguientes observó que el agua era cada vez menos, hasta que se redujo a un hilillo. Luego, una mañana, ya no había agua, solo arena húmeda. Los fuertes vientos pronto hicieron desvanecer incluso esa humedad y la arena se endureció. No pasó mucho tiempo sin que se formasen grandes grietas en el lecho reseco del río, ya no había más agua; el arroyo se había secado.

¿Le suena familiar esta clase de experiencia? Hubo un tiempo en que usted conoció la satisfacción de tener una respetable cuenta bancaria, un negocio próspero, una carrera emocionante y en expansión, un emocionante y magnifico ministerio cristiano. Pero el arroyo se ha secado.

Hubo un tiempo en que conoció la satisfacción de usar su voz para cantar las alabanzas del Señor. Pero después desarrolló un tumor en las cuerdas vocales, lo cual requirió una cirugía; pero la operación quitó más que el tumor; se llevó también su melodiosa voz. El arroyo se ha secado.
Su esposo o esposa se ha vuelto indiferente, y hace poco le pidió el divorcio. Ya no hay amor y tampoco ninguna promesa de cambio. El arroyo se ha secado.

Personalmente he tenido períodos en los que el arroyo se ha secado, y me he encontrado haciéndome preguntas a mí mismo en cuanto a las cosas que he creído y que he predicado durante años. ¿Qué sucedió? ¿Es que Dios se murió? No. Es que mi visión se volvió un poco borrosa. Las circunstancias hicieron que mi pensamiento se volviera un poco confuso. Levantaba mis ojos al cielo, y ya no podía ver a Dios tan claramente. Y para agravar el problema, sentía como si Él no me estuviera oyendo. Los cielos se me volvieron de bronce. Le hablaba, y no escuchaba ninguna respuesta. Mi arroyo se secó.

Eso fue lo que le sucedió a Juan Bunyan en Inglaterra del siglo diecisiete. Predicaba contra la incredulidad de su tiempo, y las autoridades lo echaron en prisión. Su arroyo de oportunidad y de libertad se secó. Pero gracias a que Bunyan creía firmemente que Dios estaba vivo, convirtió esa prisión en un lugar de alabanza, servicio y creatividad cuando comenzó a escribir su libro El Progreso del Peregrino, la alegoría más famosa en la historia de la lengua inglesa. Los arroyos secos no eliminan el plan providencial de Dios. Muchas veces, lo que hacen es que su plan surja.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2016 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Un paso a la vez

22 Septiembre 2016

Un paso a la vez

chuck_swindoll
por Charles R. Swindoll

1 Reyes 17:4

La dirección de Dios incluye también su provisión. Dios dice: «Ve al arroyo, yo te sustentaré.» En su libro, It is Toward Evening (Se hace de Noche), Vance Havner cuenta la historia de un grupo de agricultores que cultivaban algodón en el sureste de los Estados Unidos cuando el devastador parásito invadió los sembrados. Estos hombres habían invertido todos sus ahorros, dedicado sus tierras y puesto toda sus esperanzas en el algodón. Pero luego llegó el parásito. No pasó mucho tiempo sin que pareciera que todos ellos estarían destinados a vivir de la beneficencia.

Pero los agricultores, como personas resueltas e ingeniosas que son, dijeron: «Bueno, no podremos sembrar algodón, así que sembraremos maní.» Asombrosamente, el maní les produjo más dinero que lo que habrían ganado jamás sembrando algodón. Cuando los agricultores se dieron cuenta de que aquello que parecía un desastre, en realidad había sido una bendición, erigieron un enorme e impresionante monumento en honor al parásito; un monumento de aquello que ellos habían creído los iba a destruir.

«A veces caemos en una aburrida rutina, tan monótona como cultivar algodón años tras año,» dice Havner, quien era un viejo y experimentado hombre de Dios cuando escribió estas palabras. «Luego Dios envía el parásito. Nos saca violentamente de nuestra rutina, y tenemos que encontrar nuevas maneras de vivir. Los reveses económicos, una gran aflicción, un padecimiento físico, la pérdida de una posición. ¡Cuántos han llegado a ser mejores agricultores por causa de un problema, y tener una mejor cosecha en sus almas! Lo mejor que nos ha sucedido a algunos de nosotros fue que tuviéramos nuestro propio ‘parásito’.»
Cuando Dios dirige, Él también provee. Eso fue lo que sostuvo a Elías durante su experiencia en el campamento de entrenamiento.

Tenemos que aprender a confiar en Dios un día a la vez. ¿Notó usted que Él nunca le dijo a Elías cuál sería el segundo paso, hasta que este dio el primero? Dios le dijo a su profeta que fuera donde Acab. Cuando Elías llegó al lugar, Dios le dijo lo que debía decir, el Señor le indicó: «Ve ahora al arroyo». No le dijo a Elías qué iba a suceder en Querit; simplemente le dijo: «Ve al arroyo y escóndete.» Elías no conocía el futuro, pero sí tenía la promesa de Dios: «Te sostendré mientras estés allí.» Y Dios no le comunicó el paso siguiente sino hasta que el arroyo se secó.

Tenemos que aprender a confiar en Dios un día a la vez. —Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2016 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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En las sombras

21 Septiembre 2016

En las sombras

chuck_swindoll
por Charles R. Swindoll

1 Reyes 17:2-6

Cualquier recluta que haya pasado por un campamento de entrenamiento podrá decirle que a toda hora del día alguien le está ordenando a uno a dónde ir, cuándo estar allí, qué hacer y cómo sobrevivir. Eso es parte fundamental del entrenamiento básico. Y Dios hizo lo mismo con su profeta. Le dijo a Elías exactamente a dónde debía ir, qué iba a hacer cuando llegara a allí, y cómo se las arreglaría para sobrevivir. A Elías debió parecerle muy extraño ese plan.

Lo primero que tenía que hacer era esconderse.

«¿Esconderme? ¡Yo soy un profeta! Un hombre de palacio. Yo estoy proclamando tu Palabra. Pareces olvidar, Señor, que fui llamado a predicar.»

No, le dijo Dios a Elías. Esta vez no. «Escóndete», le dijo.

La palabra hebrea utilizada aquí sugiere la idea de ocultamiento, de mantenerse aparte con un propósito. «Ocúltate, mantente en secreto».

Una de las órdenes más difíciles de escuchar, una de las más difíciles de obedecer, es la orden de esconderse. La orden de marcharse solo, de desaparecer de la vista del público, de retirarse y de permanecer oculto deliberadamente. Esto es especialmente cierto si usted se siente cómodo siendo el centro de la atención pública, si es una persona franca y abierta, y si está dotada de habilidades para el liderazgo. También es cierto si es una persona activa que le gusta que las cosas se hagan.

Es posible que usted sea una mujer muy capaz, ya sea ama de casa o profesional. Pero, de repente, es sacada de su mundo de actividad interminable y de envolvimiento efectivo. Pero Dios le dice, claramente: «Escóndete. Permanece a solas. Deja de estar en primer plano. Aléjate de las cosas que satisfacen tu orgullo y tu ego, y ve a vivir en el arroyo.»

A veces, la enfermedad obliga a hacer este cambio. A veces, es cuando llegamos al límite de nuestras energías y comenzamos a agotarnos, o estamos a punto de eso. Algunas veces, Dios, sin darnos explicaciones, sencillamente nos quita de un lugar y nos moldea de nuevo para ponernos en otro.

Dios tenía un par de razones para ordenarle a Elías que se escondiera. Primera: quería protegerle de Acab; y, segunda: quería prepararlo para que se convirtiera en un hombre de Dios. Cuando Dios nos dice, de repente, casí como viniendo del mismísimo cielo: «Escóndete». Él tiene, por lo general, estos propósitos en mente: protección y preparación.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2016 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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De los sufrimientos al servicio

20 Septiembre 2016

De los sufrimientos al servicio

chuck_swindoll

por Charles R. Swindoll

1 Reyes 17:2-6

Al leer estas palabras y tratar de imaginar el ambiente en el que se desarrollan, comenzamos a ver la sorprendente naturaleza del plan de Dios. Lo más lógico, al parecer, habría sido mantener a Elías ante el rey, es decir, utilizar al profeta como un aguijón incesante, presionando al impío monarca a humillarse, obligando a rendir su voluntad a aquel que lo había creado. A fin de cuentas, ninguno de los asesores y consejeros del rey Acab tenía la integridad de Elías. No había nadie cerca que pudiera confrontar la idolatría del rey ni sus crueles e injustas acciones en contra del pueblo de Israel. Era, por tanto, muy lógico que Elías se quedara en la corte del rey.

Todo lo dicho anteriormente responde a la lógica humana, pero el plan de Dios está siempre lleno de sorpresas y misterio.

Aunque nosotros habríamos elegido dejar a Elías allí, para que confrontara a Acab, ese no era el plan del Padre celestial. Él tenía cosas que quería lograr en enfrentamientos que habrían podido destruir a un siervo menos obediente, menos consagrado y menos preparado. Por tanto, Dios envió a Elías a un lugar solitario, escondido de todo el mundo, donde no solo estaría protegido del peligro físico sino también mejor preparado para llevar a cabo una misión muy grande.

El héroe temeroso de Dios que va ser un instrumento útil en las manos del Señor, tiene que ser humillado y obligado a confiar en Él. Hay, en otras palabras, que «bajarle los humos.» O, como le encantaba decir al pastor y escritor A.W. Tozer: «Es dudoso que Dios pueda bendecir grandemente a un hombre, si antes no lo ha herido profundamente.» Mi experiencia a lo largo de los años ha sido que, cuanto más profunda es la herida, más grande es el servicio.

El plan de Dios está siempre lleno de sorpresas y misterio.—Charles R. Swindoll

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Cuando se nos «bajan los humos»

19 Septiembre 2016

Cuando se nos «bajan los humos»

chuck_swindoll
por Charles R. Swindoll

1 Reyes 17:2-6

No sé si usted ha escuchado la frase «¡Les voy a bajar los humos!»; yo la escuché por lo menos una vez durante las diez semanas que pasé en el campamento de entrenamiento de reclutas de la Infantería de Marina de los Estados Unidos, hace 45 años, y debo haberlo oído después de una docena de veces más. Recuerdo que estas palabras fueron parte del tema del discurso de bienvenida, pronunciado con pasión, por un hombre al que aprendí a obedecer rápidamente. Esas palabras todavía las tengo grabadas en la mente, y el agudo tono de la voz de mi instructor de prácticas sigue estando presente en mi memoria. Hablaba en serio, y cumplió su promesa.

Allí estábamos una banda de alrededor de 70 jóvenes desorganizados, de toda calaña, y de todas las estaturas y orígenes, en un lugar extraño, sin tener idea (gracias a Dios), de lo que nos esperaba. Durante los meses que siguieron quedó eliminada toda pizca arrogante autosuficiencia, todo indicio de un espíritu independiente, y todo pensamiento de rebeldía. Cualquier indiferencia se nos ordenaba, sin chistar. Aprendimos a sobrevivir en la vía crucis del entrenamiento intenso y severo que ha caracterizado a la Infantería de Marina de los Estados Unidos de América.

El disciplinado régimen del campamento de entrenamiento —día tras día, semana tras semana— produjo cambios notables en cada uno de nosotros. Como resultado, salimos de allí siendo completamente diferentes a cómo habíamos llegado. El aislamiento del lugar, la ausencia de comodidades, el entrenamiento severo y monótono, la inexorable repetición de inspecciones, las pruebas que nos obligan a enfrentar lo desconocido sin demostrar temor (todo mezclado con la exasperante determinación y el constante acoso de nuestro instructor de prácticas) produjo beneficios maravillosos. Casi sin darnos cuenta, al mismo tiempo que aprendíamos a someternos a las órdenes de nuestro líder, nos encontramos al final en buenas condiciones físicas, estimulados emocionalmente y mentalmente preparados para cualquier conflicto que pudiera presentarse, incluso la realidad del enfrentamiento con el enemigo en un combate.

Esa clase de entrenamiento severo que reciben los reclutas es precisamente lo que el Señor tuvo en mente cuando envió a su siervo Elías desde la corte del rey Acab al arroyo de Querit. El profeta no imaginaba ni remotamente que su ocultamiento en Querit habría de ser su campo de entrenamiento. Allí sería entrenado para que confiara en su Líder, de modo que finalmente pudiera enfrentarse a un peligroso enemigo.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2016 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Los Caminos de Dios y Nuestros Caminos

Los Caminos de Dios y Nuestros Caminos

chuck_swindoll

por Charles R. Swindoll

En la mañana del 11 de septiembre de 2001, el sol brillaba contra las torres gemelas del Centro de Comercio Mundial de la ciudad de Nueva York, las cuales se elevaban como dos faros resplandecientes de la ingenuidad estadounidense y del poder financiero del mundo. Los viajeros diarios salían de las estaciones del metro en su recorrido diario al centro comercial en la base de las torres y subían en los elevadores a sus oficinas en el cielo. De repente, como un meteoro precipitándose, un avión comercial secuestrado se estrelló contra el centro de una de las torres. Minutos más tarde, otro avión secuestrado se estrelló contra la segunda torre. Mientras que las llamas cubrían los pisos superiores y el país se tambaleaba por las noticias de los dos estallidos, un tercer avión secuestrado se lanzó contra el Pentágono. Antes que pasara una hora, un costado del centro militar de cinco lados estaba en llamas y ambas torres gigantes del Centro de Comercio Mundial se habían derrumbado, matando a miles de personas inocentes y sepultándolas en montones gigantescos de acero y concreto.

Los Estados Unidos se han enfrentado cara a cara con la peor clase de maldad nacional: el brutal asesinato en masa de ciudadanos inocentes. Cuando se terminó este artículo, los números aún no se habían calculado; el número de las víctimas en los diferentes lugares y el trauma emocional que una acción tan horrible inflige sobre un país.

A medida que los números son calculados en los próximos días, las preguntas acerca de Dios aumentarán. ¿Dónde estaba Él? ¿Sabía Él que esto venía en camino? Si es así, ¿por qué no intervino? ¿Fue su «voluntad» que miles de personas inocentes murieran de una manera tan horrible y sin sentido?

Algunas personas se burlarán de Dios; otras negarán que Él existe. Como cristianos, daremos una buena impresión de fe, pero dentro de nosotros, probablemente nos estemos haciendo las mismas preguntas. ¿Qué estaba Dios pensando?

¿Podemos conocer lo que Dios piensa?

La respuesta sencilla es no. El patriarca Job, cuyo mundo también se volteó al revés en un solo día lleno de desastres, describió las obras de Dios como «inescrutables» (Job 9:10). De acuerdo a la nota del margen en La Biblia de Las Américas, la palabra inescrutable significa literalmente «hasta que no haya escudriñamiento». Pudiéramos buscar la mano de Dios a través de los tiempos, documentando sus obras en suficientes libros para llenar el mundo entero, y aún así nuestra búsqueda para comprenderlo solamente habría comenzado. ¡No podemos investigar a Dios! Nadie puede decir acerca de Su plan, «¡Lo descubrí! ¡Lo he comprendido!»

Una razón del misterio es que Dios piensa y opera en un nivel diferente al nuestro.

«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos,
ni vuestros caminos mis caminos», declara el Señor.
«Porque como los cielos son más altos que la tierra,
así mis caminos son más altos que vuestros caminos,
y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.»
(Isaías 55:8-9)

Como seres humanos limitados, sencillamente no podemos comprender la mente de un Dios infinito. Pablo escribe,

¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pues, ¿QUIÉN HA CONOCIDO LA MENTE DEL SEÑOR?, ¿O QUIÉN LLEGÓ A SER SU CONSEJERO? (Romanos 11:33-34)

Como los astrónomos estudiando el cielo de la noche, vemos la inmensidad de Dios, escudriñando su mente buscando razones, motivos, e intenciones. Las torres se derrumban y miles son incinerados vivos mientras lo vemos por televisión, y clamamos, «Dios, ¿qué estás haciendo?» Un hijo único muere, un padre o una madre abandonan a la familia, y le rogamos a Dios que nos ayude a comprenderlo. Aparece una enfermedad, ocurre un accidente, estalla un desastre natural, y miramos hacia arriba buscando respuestas. Pero aun nuestros mejores telescopios teológicos son demasiado débiles para revelar el alcance más profundo de los propósitos de Dios. No importa que tanta educación tenemos, no importa cuánto tiempo hemos caminado con Dios, no importa qué tan perceptivos somos, nunca pudiéramos comprender completamente por qué Él hace lo que hace.

Nuestras limitaciones nos llevan finalmente al ámbito de la fe y nos confrontan con algunas preguntas que sondean nuestra alma:

  • ¿Podemos confiar en un Dios que no comprendemos completamente?
  • ¿Podemos aceptar el hecho de que siempre faltarán algunas partes del cuadro?
  • ¿Podemos aceptar la voluntad de Dios aunque no podamos comprenderla totalmente?

Balanceando los dos lados de la voluntad de Dios

Mientras nos esforzamos por ver a Dios a través de un telescopio, Dios nos ve en todo detalle microscópico desde el principio hasta el fin, desde la concepción hasta la tumba. De acuerdo al salmista, Él conoce «mi sentarme y mi levantarme», y Él aun sabe mis pensamientos y escucha mis palabras antes que yo las diga (Salmo 139:1-2,4). Él «conoce bien todos mis caminos» (v. 3). Y en su libro, Él ha escrito todos «los días que me fueron dados» (v. 16b).

Podemos ver este detallado plan divino para nuestras vidas desde dos puntos de vista al parecer opuestos que siempre debemos mantener balanceados. El primero es el lado de la soberanía de Dios; el segundo el libre albedrío del ser humano.

Lo que Dios decreta

Como el rey soberano del universo, Dios decreta y determina todo lo que ocurre en este mundo. Esto algunas veces es llamado la voluntad «decretada» o «determinada» de Dios. Dios lleva el timón de su creación. No el destino, no la suerte, no alguna fuerza impersonal de la naturaleza, no el mal corriendo locamente sino solamente el Señor está en total control del curso de nuestra vida (vea Isaías 45:6-7).
Esto, también, es un misterio. ¿Cómo pueden las manos de un Dios amoroso trazar un curso para nosotros que incluye dolor y calamidad? Es incomprensible. Pero, si no fuera así, Dios no sería Dios. Él sería un monarca benévolo pero sin poder que se sienta en el cielo retorciendo sus manos, temeroso de que una tragedia inesperada pudiera echar a perder su plan para nuestro placer y comodidad. No, si Dios es verdaderamente Dios, Él es soberano. Y si Él es soberano, Él abarcará todo lo que ocurre.

Habiendo dicho esto, necesitamos notar que hay ciertas cosas que Dios no puede hacer. Por ejemplo, Él no puede mentir y no lo hará (Números 23:19; Hebreos 6:18). Él no puede tentar a nadie a pecar y no lo hará (Santiago 1:13). Él no puede negarse ni contradecirse a sí mismo y no lo hará (2 Timoteo 2:13). Dios es eternamente consistente.

Por lo tanto, podemos hacer cuatro declaraciones acerca de la voluntad decretada de Dios. Primera, es absoluta. Segunda, es inmutable, o inalterable. Tercera, es incondicional. Y cuarta, está en completa armonía con su plan y con su naturaleza; esto es, nunca contradice su santidad, su juicio, su justicia, ni su bondad.

Este cuarto punto en particular nos calma cuando estamos en mares tempestuosos, como el que estamos experimentando ahora después de los ataques al Centro de Comercio Mundial y al Pentágono. Como Dios es bueno, su plan últimamente nos lleva a un buen final.
Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito (Romanos 8:28).

Satanás pudiera tratar de utilizar las pérdidas y los fracasos, las tragedias y los ataques terroristas para destruirnos, pero este versículo nos asegura que Dios siempre tiene la última palabra. Cualquier cosa que Satanás trata de hacer para mal, Dios lo cambiará para bien. Dios establece el curso, no Satanás, y podemos descansar en Su plan.

Lo que Dios permite

Desde el punto de vista del «libre albedrío», vemos una perspectiva diferente de la voluntad de Dios. Dios verdaderamente es soberano, pero bajo su sombrilla de control, Él permite opciones, algunas de las cuales son malvadas. Esto es llamado la voluntad permisiva de Dios.

Bajo la voluntad permisiva de Dios, somos responsables de nuestras propias decisiones. No podemos culpar a Dios por nuestro pecado. El alcohólico, por ejemplo, no puede excusar su adicción diciendo, «No tuve opción, Dios “decretó” que yo fuera alcohólico.» Dios no «decreta» que nadie peque (vea Santiago 1:13-15). Más bien, dentro de su voluntad permisiva, Él nos da la libertad de elegir entre la justicia y el pecado, y con esa libertad viene la responsabilidad tanto de la elección como de las consecuencias. Las consecuencias pudieran ser horribles, para nosotros personalmente… y para aquellos cuyas vidas destruye nuestro pecado.

En un mundo pecador, personas inocentes sufren. Pero en medio del caos, la mano de Dios está tejiendo un diseño para un propósito divino que no podemos comenzar a comprender. Vemos los hilos sueltos, rasgados, y nos duele el corazón de pesar y dolor. Sin embargo, Dios ve el cuadro completo, y podemos extraer consuelo de la esperanza de que algún día, nosotros también lo veremos.

Porque ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido (1 Corintios 13:12).

Conclusión

El 11 de septiembre de 2001, nuestros enemigos atacaron los Estados Unidos con armas más poderosas que bombas atómicas: las armas del temor y el odio. Ellos tenían la intención de derribar las torres gemelas de la valentía y la fe que han caracterizado a los Estados Unidos desde su comienzo. Sin embargo, podemos elegir no convertirnos en víctimas de esos ataques. Podemos resistir el temor que nos paralizaría con la esperanza del evangelio, y con el amor de Cristo, podemos desafiar el odio que destruiría nuestra alma. Tomemos una postura firme contra los ataques de Satanás con la armadura completa de la verdad y la justicia de Dios. Y aferrémonos a nuestra fe en medio de esta tragedia, demostrándole al mundo que, como Pablo escribió, «en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Romanos 8:37).

Adaptado del sermón «Foundational Principles about God’s Will [Principios fundamentales acerca de la voluntad de Dios]» de Chuck Swindoll, de la guía de estudio bíblico The Mystery of God’s Will [El misterio de la voluntad de Dios], (Anaheim, Calif.: Insight for Living, 2000), pp. 1-5. Guía disponible solamente en inglés.

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Su palabra es definitiva

Su palabra es definitiva

chuck_swindoll

por Charles R. Swindoll

16 de Septiembre 2016

1 Reyes 17:1

Dios cumple Sus promesas. Esa es una parte transcendente de Su naturaleza inmutable. Él no ofrece esperanzas con palabras bonitas, para luego no cumplir lo que dijo que haría. Dios no es voluble ni caprichoso. Y nunca miente. Como solía decir mi padre al hablar de una persona íntegra: «Su palabra lo obliga.»

Cuando uno se detiene para pensar en esto, recuerda que fue por una promesa que Elías entró en el escenario bíblico. La impopular tarea del profeta fue anunciar el mensaje de Dios al rey. El mensaje tenía que ver con una terrible sequía que vendría: esa sequía duraría cuatro años, y no terminaría «sino por mi palabra» (1 Reyes 17:1). Este mensaje no era solo un fuerte llamado para conseguir la atención de Acab, sino también un recordatorio no tal sutil de que, aunque Acab pensaba que era él quien mandaba, quien gobernaba era «el SEÑOR, Dios de Israel,» y solo Él determina lo que va a suceder, y cuándo.

El heroico Elías está de pie frente al rey del país; le dice que lo que este no quería oír venía de la confianza que tenía el profeta en la palabra de su Señor. El Dios del cielo había hablado, y ese fue el mensaje que Elías le transmitió a Acab. Dios prometió una sequía, y nada de lo que Acab pudiera hacer evitaría o reduciría sus terribles consecuencias. Además, Dios le aseguró al profeta, quien se lo transmitió al rey, que la sequía no cesaría hasta que Dios lo determinara, y punto; fin del anuncio. Sale Elías de la escena, y se presenta la sequía.

Lo que Dios había comunicado a través de su profeta se produjo. Exactamente como Dios lo había prometido, no hubo ni una gota de lluvia para dar alivio a la reseca tierra. El país se resecaba y se volvía un desierto a medida que pasaban los meses, que luego se convertirían en años. Los ríos dejaron de correr, los arroyos se secaron, los cultivos se quemaron con el sol, los animales se murieron, y el rey se encontró totalmente impotente para impedir el juicio divino.

Dios cumple Sus promesas. Estemos de acuerdo o no, Su palabra es definitiva. Y Él nunca olvida lo que promete. Así es. . . nunca.

Dios cumple Sus promesas. Es parte transcendente de Su naturaleza inmutable.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2016  por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.