No hay tal cosa como la psicología cristiana | David Barceló

¿Hay psicología cristiana?

Por supuesto que un profesional puede ser cristiano –cualquier profesional- y tendrá una ética diferente. Pero es difícil pensar que un abogado haga abogacía cristiana, diferente de los demás abogados; o que un carpintero haga carpintería cristiana, diferente a los demás carpinteros.

De hecho, aquí hay una cita de la Asociación Cristiana de los Estudios Psicológicos:

“A menudo se nos pregunta si somos psicólogos cristianos. Y encontramos difícil dar una respuesta puesto que sabemos lo que la pregunta implica. Somos cristianos que somos psicólogos. Y es difícil suponer que trabajamos de una manera fundamentalmente distinta a nuestros colegas no cristianos”.

¿Nos damos cuenta de lo que están diciendo?

Aquellos psicólogos que son cristianos son psicólogos y son cristianos; pero practican la misma psicología que vemos en el mundo, una de las trescientas y pico escuelas que tenemos allí fuera.

Por tanto, no existe tal cosa como la psicología cristiana.

Hay psicólogos que son cristianos que practican algunas de esas escuelas pero la psicología no se convierte en cristiana espolvoreando unos versículos bíblicos por encima.

Eso es como decir, “Mi familia es cristiana porque puse un pececito en el coche”.

Está muy bien que pongas el pececito en el coche. Pero eso no os convierte en cristianos.

Del mismo modo, si un psicólogo da una conferencia sobre el autoestima y luego un psicólogo cristiano da la misma conferencia sobre el autoestima pero usa un versículo bíblico al final, eso no la convierte en psicología cristiana.

Dice J. Vernon McGee, el maestro bíblico:

“La llamada psicología cristiana no es sino psicología secular vestida de tópicos píos y de retórica religiosa”.

Es la misma psicología del mundo usada con términos cristianos para ser consumida por evangélicos, sin más ni menos.

«La frase: ‘Dios odia al pecado pero ama al pecador’ no es bíblica» Paul Washer

Muchos objetarían cualquier enseñanza acerca del aborrecimiento divino de Dios basándose en la falsa suposición de que Dios es amor y que por lo tanto, no puede odiar.

Mientras que el amor de Dios es una realidad que va más allá de nuestra comprensión, también es importante ver que el amor de Dios es la misma razón para su aborrecimiento. No deberíamos decir que Dios es amor y que por lo tanto no puede aborrecer; al contrario, Dios es amor y por lo tanto, Él debe aborrecer.

Si una persona verdaderamente ama la vida, reconoce su santidad, estima a los niños como un don de Dios, entonces esa persona debe aborrecer el aborto. Es imposible amar a los niños apasionadamente y con toda pureza y ser indiferente hacia aquello que los destruye en el vientre.

De la misma manera, si Dios ama con enorme intensidad todo lo justo y bueno, entonces Él, con igual intensidad, debe aborrecer todo lo perverso y malo.

A todos se nos ha enseñado el popular eslogan: “Dios odia al pecado pero ama al pecador”, pero esta enseñanza es una negación de las Escrituras que claramente declaran lo contrario. El salmista, con la dirección del Espíritu Santo, escribió que Dios no solo aborrece la iniquidad, sino que aborrece también a “los hacedores de iniquidad”.

Debemos entender que es imposible separar al pecado del pecador. Dios no castiga el pecado, castiga a quien lo hace. No es el pecado el que es castigado en el infierno, sino el hombre que lo practica. Por esta razón el salmista declaró: “Los insensatos no estarán delante de tus ojos; aborreces a todos lo que hacen iniquidad” (Salmo 5:5).

Y, “El Señor está en su santo templo; el Señor tiene en el cielo su trono; sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres. El Señor prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece. Sobre los malos hará llover calamidades; fuego, azufre y viento abrasador será la porción del cáliz de ellos. Porque el Señor es justo y ama la justicia” (Salmo 11:4-7).

Es importante entender que los textos citados arriba no están solos en la Escritura, sino que están acompañados por otros pasajes que fortalecen el argumento. En Levítico, el Señor al pueblo de Israel que ellos no deben seguir las costumbres de las naciones que Él echa fuera delante de ellos, y entonces añade: “Porque ellos hicieron todas estas cosas, y los tuve en abominación” (Levítico 20:23).

Otra vez, en el libro de Deuteronomio, Él advirtió a su pueblo que los cananeos serían echados porque ellos fueron “abominación para el Señor” y cualquiera que hubiera participado en los mismos actos de injusticia sería una “abominación” a Él (Deuteronomio 18:12; 25:16).

En el libro de Salmos, Dios describe su sentencia hacia los israelitas incrédulos que rehusaron entrar en la tierra prometida diciendo: “Por cuarenta años me repugnó aquella generación” (Salmo 95:10).

Finalmente, en el libro de Tito, Pablo describe a aquellos que han hecho una vacía o superficial confesión de fe en Dios como “abominables” delante de Él; y Juan en la isla de Patmos describe el lago de fuego como la morada eterna de todos los que son “abominables” (Tito 1:16; Apocalipsis 21:8).

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península). Soli Deo gloria.

No deis lo santo a los perros | Will Graham

No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen (Mateo 7:6).

Amantísimo Padre:

No debo separar los versículos 1-5 del verso 6. Ahora entiendo que sí quieres que juzgue, pero no de manera hipercrítica. Tengo que ser compasivo y comprensivo a la hora de sacar la paja del ojo ajeno.

No obstante, hay ciertas personas que no son dignas de ser corregidas. Tu Hijo se refiere a ellas como “perros” y “cerdos”. Se burlan de tu Palabra y ridiculizan a tus mensajeros con desdén.

Con razón está escrito: “Y [Herodes] le hacía muchas preguntas [a Jesús], pero él nada le respondió” (Lucas 23:10). Y de nuevo: “Dejadlos; son ciegos guías de ciegos” (Mateo 15:14). Tu siervo Pablo imitó al Salvador diciendo: “Puesto que desecháis [la Palabra de Dios], y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí nos volvemos a los gentiles” (Hechos 13:46).

En palabras de D.A. Carson: “Rehúso […] presentar a Cristo a esa persona que sólo desea burlarse, discutir y ridiculizar. No sirve de nada”.

Dame discernimiento hoy para que no dé lo santo a los perros.

Amén.

Pastor Will Graham – Palabra de Vida Almería

Muchos me dirán: Señor, Señor | Will Graham 

“Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:22-23).

Amantísimo Padre:

¿Profetas lanzados al infierno?

¿Exorcistas enviados al lago de fuego?

¿Milagreros condenados eternamente?

Hoy aprendo que Satanás vendrá a la iglesia vestido como ángel de luz. El diablo predica bien, ora bien, canta bien, sabe enviar mensajes muy bonitos por WhatsApp y ha aprendido el arte de subir imágenes espirituales a las redes, pero en el fondo es un asesino y un mentiroso. No te conoce. Lleva milenios escondiéndose detrás de una falsa apariencia de piedad y santidad. Ciertamente, no es oro todo lo que reluce.

Te pido que tu Hijo Jesucristo sea el Señor de todas las áreas de mi vida. Si le digo “Señor, Señor”, que sea una realidad. Deseo que tu buen Espíritu labre fruto y luz en mí para que mi corazón no siga los pasos de los “hacedores de maldad” que brillan en público y maquinan en secreto.

No me interesa ser profeta ni exorcista ni milagrero, sino tu hijo.

Pastor Will Graham – Palabra de Vida Almería

¿Aniquilación o transformación?

WILL GRAHAM

En el mundo teológico, ha existido bastante debate en cuanto a los efectos del fuego escatológico sobre la tierra. La cuestión se puede resumir en la siguiente pregunta: ¿aniquilación o transformación?

Es decir, ¿el fuego mencionado por el apóstol Pedro aniquilará por completo el planeta como creían los luteranos o transformará la tierra como en el caso de los reformados?

El debate se centra principalmente en 2 Pedro 3:12-13 donde habla el apóstol sobre la venida de Dios diciendo, “en el cual los cielos, encendiéndose, serán desechos y los elementos, siendo quemados, se fundirán. Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”.

¿Qué vendrá? ¿Aniquilación o transformación?

Yo aquí me ubico en la escuela reformada. Creo que todo el consejo de Dios nos habla sobre una poderosa transformación mediante la cual el fuego purificador de Dios libra la creación de la maldición del pecado.

Será el mismo mundo que antes; pero liberado y transformado.

En cierto sentido, el ejemplo del diluvio de Noé nos viene muy bien para explicar esta idea. En un sentido, es cierto que aquel mundo “pereció anegado en agua” (2 Pedro 3:6); pero aun así, seguía siendo el mismo planeta después del juicio purificador.

Las aguas no acabaron con el mundo en los días de Noé.

Otro ejemplo será la regeneración de un cristiano. Es cierto que, espiritualmente hablando, llegamos a ser nuevas criaturas cuando Dios nos salva por su soberana gracia.

No obstante, no nos convertimos en otras personas. Seguimos siendo nosotros con la misma altura, la misma edad, la misma nacionalidad, el mismo acento y el mismo nombre y apellido. No somos aniquilados.

Y la misma regla se aplica a nuestra glorificación futura. Recibiremos un cuerpo glorificado pero seguiremos siendo nosotros. Jesucristo no se convirtió en otra persona el día que recibió su cuerpo glorificado.

Existía una marcada continuidad entre su cuerpo humilde y su cuerpo glorificado.

A nivel puramente lingüístico, Pedro emplea la palabra griega kainos y no el vocablo neos cuando alude a los nuevos cielos y la nueva tierra. Juan, de hecho, en Apocalipsis 21:5 utiliza el mismo término donde el Señor dice, “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”.

Por medio del fuego, nace un mundo renovado pero no otro mundo totalmente diferente.

En palabras del comentarista William Hendriksen, “De en medio de la conflagración grande ha nacido un universo nuevo. La palabra usada en el original implica que era un mundo nuevo pero no otro mundo.

Es el mismo cielo y la misma tierra, pero rejuvenecidos gloriosamente: no hay maleza, ni espinas, ni cardos, etc.”.1

Otro dato lingüístico clave en el pasaje de Apocalipsis es el verbo hacer. Dios hace nuevas todas las cosas. No utiliza el verbo crear, sino hacer.

Es decir, el hacer significa dar forma a algo que ha sido creado. En este caso, los cielos y la tierra.

Y además de estos dos datos lingüísticos, está el asunto teológico desarrollado por Pablo en Romanos 8. Allí el apóstol a los gentiles enseña claramente que la creación será libertada de la esclavitud a la corrupción. No será aniquilada; sino libertada (8:21).

¿Qué tipo de liberación sería si la creación fuese aniquilada? La creación está con dolores de parto; no con dolores de muerte ni de aniquilación (8:22).

Con todo, creo que es mucho más sabio aferrarnos a la postura reformada en cuanto a la renovación de la tierra.

Así que, en respuesta a la pregunta: ¿aniquilación o transformación?, contestaría con una rotunda: ¡transformación! ¡Renovación! ¡Liberación!

Al igual que la creación renovada en los días del diluvio, así habrá una tierra libertada después de haber pasado por el fuego del juicio del Señor.

1 HENDRIKSEN, William, Más que vencedores, p. 204.

¿Cómo seguir a Cristo sin ser moralista o estar en libertinaje?

Coalición por el Evangelio

WILL GRAHAM

¿Cómo seguir a Cristo sin ser moralista o estar en libertinaje?

Desde los días de la época apostólica, la Iglesia cristiana se ha visto obligada a pelear contra dos grandes tentaciones espirituales, a saber, el moralismo y el libertinaje.

Recientemente el pastor dominicano Sugel Michelén se ha referido a estas dos corrientes con los términos mitológicos Escila y Caribdis. Eran los dos monstruos marinos que se ubican en los dos lados del estrecho de Mesina, en la mitología griega. El marinero que se alejaba de Escila se acercaba a Caribdis (y viceversa) poniendo su vida en peligro.[1]

¿Cómo podemos vencer la seducción del moralismo y el libertinaje? Antes que nada, veamos una definición de ambas tendencias.

Entendiendo el moralismo

La primera bestia indomable se llama Moralismo. Y su apellido es Legalismo.

El moralista es aquél que coloca la ética en el lugar que le corresponde a la gracia salvadora de Dios, porque piensa que heredará la vida eterna en base a su obediencia externa a los mandatos del Señor. El moralista no depende de la justicia de Dios en Cristo para salvación, sino de su propia justicia personal (la cual es una verdadera anti-justicia, por cuanto todos están bajo el poder del pecado).

El moralismo es el pecado favorito de todos los hijos de Adán. Si preguntas a cualquier persona incrédula que conoces si se cree buena o mala persona, lo más seguro es que te contestaría diciendo que es buena. ¿Por qué? “Porque nunca he matado a nadie. Nunca he robado nadie”. ¿Cierto? Es el evangelio de la auto-justicia.

Irónicamente, los pecadores utilizan este argumento diabólico para consolar sus conciencias sin darse cuenta de que es precisamente esta clase de fe falsa la que los envía al infierno. Al confiar en su propia justicia, desechan la justicia del Señor Jesucristo (Ro. 10:3).

En la carta a los Gálatas se nos presenta un buen ejemplo bíblico del engaño del moralismo. Tristemente, algunos maestros habían entrado en la iglesia del Señor enseñando que para ser salvos hacía falta fe en Cristo, pero que además de ella los verdaderos creyentes tenían que circuncidarse en obediencia al pacto de Abraham.

Pablo se puso furioso ante esto y escribió esta epístola fogosa explicando que el mensaje de los falsos profetas se trataba de una mentira. La tesis de Gálatas es que la salvación se da únicamente por medio de la fe en el Señor Jesús. En otras palabras, Dios no nos acepta gracias a nuestras obras religiosas como la circuncisión, sino con base en la perfecta justicia de su Hijo aplicada a nuestra cuenta por la fe (Gá. 2:16).

El verdadero creyente coloca su mirada en Jesucristo, no en sus hazañas religiosas. 

En el siglo XVI, podemos considerar a la Reforma protestante, iniciada por Martín Lutero, como una reacción contra el mismo espíritu moralista que se daba a conocer dentro de la Iglesia católica romana. A diferencia de los judaizantes del primer siglo, los católicos no creían que hiciera falta circuncidarse para ser aceptados delante Dios; pero sí tenían que cumplir con una larga lista de deberes religiosos si querían disfrutar del favor de Dios.

¿Cómo respondieron los reformadores? Volvieron a las epístolas de Romanos y Gálatas explicando que el favor del Señor nos es concedido única y exclusivamente en la persona de su glorioso Hijo. El verdadero creyente coloca su mirada en Jesucristo, no en sus hazañas religiosas. Aquel que cree de todo corazón que Cristo murió por sus pecados en la cruz y que Dios le resucitó literalmente al tercer día, será salvado eternamente (1 Co. 15:1-4).

Pablo, Lutero, Zuinglio, y Calvino estuvieron de acuerdo en que el espíritu moralista se vence en el nombre de la intachable obra del Señor Jesucristo. ¿Cómo conquistar el moralismo? Fijándonos en la cruz y en la resurrección del Cristo de Dios.

Entendiendo el libertinaje

El segundo monstruo es conocido como Libertinaje.

Mientras el moralista coloca la ética en el lugar de la gracia salvadora de Dios, el libertino abusa de la doctrina de la gracia de Dios, usándola como un pretexto para vivir en pecado. En otras palabras, convierte la gracia en desgracia. Razona de la siguiente manera: “Ya que mi salvación depende cien por ciento del Señor Jesucristo y no de mi obediencia, puedo hacer lo que me da la gana”. El término teológico que alude a esto es antinomianismo. Etimológicamente hablando, quiere decir “anti-ley” o “contra la ley”.

La lógica del evangelio bíblico, al ser mal entendida, podría llevar a una persona a pensar que puede vivir según sus antojos y caprichos pecaminosos. A fin de cuentas, nuestra salvación está en Cristo, no en nosotros. Por lo tanto, ¿por qué preocuparnos por nuestra obediencia personal?

En cierto sentido, el libertino tiene algo de razón. Es cierto que nuestra salvación eterna depende de la imputación de la justicia de Jesucristo a nuestra cuenta. Es por eso que Martyn Lloyd-Jones decía que si un pastor predica el evangelio correctamente, será acusado de antinomianismo al bajar del púlpito (Pablo recibía la misma acusación, según Romanos 6:1-2).

Pero lo que la lógica humana no alcanza a entender por sí sola es que, cuando el Espíritu de Dios labra la fe salvadora en el alma del creyente, simultáneamente quita el corazón de piedra de aquel individuo para que este pueda gozarse en la ley de Dios. El nacido nuevo ama los mandatos de Dios (Ez. 36:26-27).

La señal de que una persona ha abrazado el evangelio es que abunda en buenas obras por el poder del Espíritu Santo. 

Asimismo, el libertino olvida que Cristo nos salvó para que viviéramos para su gloria. Jesús “se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras” (Tit. 2:14). Es decir, la señal de que una persona ha abrazado el evangelio es que abunda en buenas obras por el poder del Espíritu Santo.

La carta de Judas nos revela que hubo hombres libertinos en la iglesia apostólica, los cuales convirtieron en libertinaje la gracia de Dios (Jud. 1:4). Y en los días de la Reforma, un tal Johannes Agricola, alumno de Lutero, avivó la herejía antinominiana entre los propios protestantes.

El libertino necesita aprender que la fe auténtica siempre engendra obediencia a Dios.

La solución que necesitamos

¿Cómo podemos evadir los monstruos Moralismo y Libertinaje? La solución reside en entender la relación entre el evangelio y la ética cristiana.

Recuerda que el evangelio no tiene que ver con lo que tú y yo hacemos. Tristemente, se utiliza una frase antibíblica entre los evangélicos contemporáneos —incluso en círculos sanos— la cual afirma que “hay que vivir el evangelio”, o dice: “vivamos el evangelio”, o cosas así por el estilo. No, no hay que vivir el evangelio. La única persona que vivió el evangelio fue el Señor Jesucristo mediante su muerte expiatoria y su resurrección. Lo que hay que hacer es creer en el evangelio del amado Hijo de Dios, arrepintiéndonos de todo pecado.

Cuando nos predicamos el evangelio día tras día, el gozo del Señor comienza a fluir en nosotros y esta maravillosa noticia tocante a la muerte de Cristo crea gozo en nuestros corazones, provocando una vida de obediencia alegre al Señor. La ética nace como una respuesta agradecida a la gracia salvadora de Dios (Ro. 12:1-2).

Por lo tanto, si tenemos clara esta distinción entre el evangelio y la ética, podremos acabar de una vez para siempre con el moralismo y el libertinaje.

Primero, venceremos el moralismo porque sabremos que disfrutamos de la sonrisa del Señor únicamente en la persona del Hijo de Dios. Así daremos toda la gloria a Jesucristo por nuestro estado positivo ante el Padre.

Segundo, triunfaremos sobre el libertinaje porque comprenderemos que aquel que de verdad tiene fe en el Hijo tendrá ganas de obedecer su Palabra sin reservas. Lejos de justificar una vida en pecado, el evangelio bíblico, correctamente entendido, produce vidas obedientes.

Gracias a la obra redentora de Jesús, no tenemos porqué temer ni a Escila ni a Caribdis. ¡Nos vemos en el estrecho de Mesina!


[1] Sugel Michelén, De parte de Dios y delante de Dios: Una guía de predicación expositiva (B&H Español, 2016), pos. 1646.


Casado con Agota, Will Graham sirve como predicador itinerante en España y es profesor de Pneumatología, Apologética y Teología contemporánea en la Facultad de Teología (Córdoba). Escribe semanalmente en sus blogs ‘Brisa fresca’ en Protestante Digital y ‘Fresh Breeze’ en Evangelical Focus. Puedes encontrarlo en Facebook.

Primero, nuevo nacimiento; luego, fe

Palabra de Vida Almería

Will Graham

Primero, nuevo nacimiento; luego, fe

Algunos dicen que la fe precede la regeneración. Otros afirman exactamente lo contrario. ¿Primero fe, luego regeneración? ¿O primero regeneración, luego fe?

Antes que nada, sería importante definir los dos términos teológicos a los que aludimos. Emplearemos las definiciones del teólogo Wayne Grudem. Por un lado, la fe se trata de una “confianza o dependencia en Dios basada en el hecho de que le tomamos a su palabra y creemos lo que Él ha dicho”. Por el otro, la regeneración es un “acto secreto de Dios en el que nos imparte nueva vida espiritual; a veces se le llama ‘nacer de nuevo’”.1

Así qué, ¿qué sucede primero: el creer la palabra de Dios (fe), o la nueva vida que Dios nos concede (regeneración)?

Para contestar cualquier pregunta, hace falta recurrir a la autoridad de la Palabra de Dios. El gran peligro para nosotros como seres humanos es el de basar nuestro entendimiento teológico en nuestro raciocinio. Tendemos a acercarnos a cualquier asunto doctrinal con convicciones fundamentadas en nuestra experiencia; pero la doctrina protestante de la Sola Scriptura nos enseña que todas las voces y opiniones humanas (incluso las nuestras) se tienen que someter a las declaraciones de la Sagrada Escritura.

Por lo tanto, ¿qué vemos en la Biblia al respecto?

¿Qué dice el Antiguo Testamento?

A pesar de que algunos creen que la doctrina del nuevo nacimiento solamente se da a conocer en el Nuevo Testamento, la verdad es que Dios ya enseñó a su pueblo acerca de la regeneración en los días del Antiguo Testamento. Por eso Jesús, cuando quería explicar la doctrina del nuevo nacimiento a Nicodemo, le preguntó: “Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?” (Jn. 3:10).

Algunos ejemplos sacados del Antiguo Testamento son los siguientes:

“Les daré un nuevo corazón para que me conozcan, porque yo soy el Señor; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí de todo corazón”, Jeremías 24:7.

“Porque éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, declara el Señor. Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”, Jeremías 31:33.

“Y les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman siempre, para bien de ellos y de sus hijos después de ellos”, Jeremías 32:39.

“Yo les daré un solo corazón y pondré espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de su corazón el corazón de piedra y les daré corazón de carne”, Ezequiel 11:19.

“Entonces les rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos les limpiaré. Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas”, Ezequiel 36:26-27.

¿Qué es lo que tienen los cinco pasajes citados en común? En cada instante, Dios es el agente activo. Es Dios quien concede el nuevo nacimiento, el nuevo corazón, el nuevo espíritu. Es la soberanía del Señor la que efectúa este cambio glorioso en el seno de los hijos de Adán. Dios lo hace porque el ser humano caído es incapaz de cambiar su depravado y esclavizado corazón. El hombre natural no desea a Dios. No quiere creer en el Señor de gloria. “No hay quien busque a Dios” (Ro. 3:11). El pecador no es capaz de obrar fe salvadora en su propio corazón.

¿Qué dice el Nuevo Testamento?

Las tres metáforas utilizadas por el Nuevo Testamento para desarrollar el concepto de la salvación sirven para resaltar la naturaleza pasiva del pecador ante Dios. Las metáforas son: una resurrección (Ef. 2:1), una creación (2 Co. 5:17) y un nuevo nacimiento (Jn. 3:3).

  • En primer lugar, la persona que resucita lo hace por el poder de una fuente externa a ella. La hija de Jairo no pudo levantarse a sí misma de la muerte.
  • En segundo lugar, una persona creada depende de un poder externo a ella para ser creada. Adán y Eva no podrían haberse creado a sí mismos.
  • Y en tercer lugar, una persona que nace (como tú o yo) no puede producir su propio nacimiento. En cada caso, la persona es pasiva. De esta manera nadie se puede gloriar en la presencia de Dios ya que la salvación es cien por cien del Señor.

Por lo tanto, para que el hombre crea de veras y busque a Dios, hace falta un cambio radical de naturaleza, un auténtico milagro de lo alto. Es por esta razón que Jesús, en su charla con Nicodemo, le dice al fariseo que: “En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3:5). Es muy probable que al hacer esta aseveración, nuestro Señor tiene en mente el pasaje de Ezequiel 36:25-27.

¿Cómo entramos, pues, en el reino de Dios? Mediante la fe en el evangelio (Mr. 1:15). Pero Jesús aquí revela que antes de poder entrar en el Reino, resulta necesario el nuevo nacimiento. Primero nacemos de nuevo, luego entramos en el reino de Dios. Para citar a Grudem de nuevo: “Entramos en el reino de Dios cuando nos convertimos en creyentes, en la conversión. Pero Jesús dice que tenemos que ‘nacer de nuevo’ antes de que podamos hacer eso’”.

Dios nos concede nueva vida, y la primera evidencia de esta vitalidad espiritual es nuestra conversión, a saber, fe y arrepentimiento. Antes de que haya vida, la fe y el arrepentimiento son imposibilidades.

Algunos ejemplos

Lázaro estaba muerto en la tumba. No podía salir porque estaba difunto. Pero luego le llegó la palabra creadora de Cristo: “¡Lázaro, ven fuera!” (Jn. 11:43). Humanamente hablando, es imposible que Lázaro responda al mandamiento de Cristo. No puede hacer nada porque está clínicamente muerto. No obstante, la palabra de Jesús creó nueva vida en Lázaro, y al instante el difunto se levanta y se pone a andar. En la salvación del pecador sucede exactamente lo mismo. La nueva vida es la regeneración. Dios regala nueva vida. E inmediatamente, las primeras obras del nacido de nuevo son fe y arrepentimiento. Se pone a andar porque Cristo ya le ha concedido vida espiritual.

No es por nada que el Nuevo Testamento describe la regeneración como una resurrección de entre los muertos. Aquí hay algunos ejemplos.

“Y Él os dio vida a ustedes, que estaban muertos en vuestros delitos y pecados”, Efesios 2:1.

“Aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados)”, Efesios 2:5.

“Y cuando estaban muertos en vuestros delitos y en la incircuncisión de vuestra carne, les dio vida juntamente con Él, habiéndonos perdonado todos los delitos”, Colosenses 2:13.

Todos los que somos del Señor estábamos tan muertos como Lázaro. Pero Cristo envió su palabra de salvación por medio del evangelio, llamándonos a salir fuera. En nosotros no había tal poder. Sin embargo, el hermoso Espíritu de Dios hizo una obra portentosa, venciendo nuestra enemistad y llevándonos a los pies de Cristo. Como lo expresó Arthur Pink, el Espíritu Santo “es quien aplica el evangelio al alma con poder salvador: vivificando a los elegidos, cuando aún están muertos, conquistando sus voluntades rebeldes, ablandando sus corazones duros, abriendo sus ojos enceguecidos”.2

Sin esta obra regeneradora del Espíritu Santo —el cual sopla de donde quiere— no podemos ejercer ninguna clase de fe en el Señor Jesús. Si volvemos a leer la promesa de Ezequiel 36:27, vemos este orden claramente: “Pondré dentro de ustedes mi espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas”. En primer lugar, Dios envía su Espíritu a nuestras vidas (regeneración), y luego podemos cumplir con sus estatutos y ordenanzas (el llamamiento a la fe y al arrepentimiento).

Dios se lleva la gloria

En respuesta a nuestra pregunta inicial, ¿primero fe, luego regeneración? Con el peso de los textos bíblicos del Antiguo y el Nuevo Testamento, además de la enseñanza clara de nuestro amado Salvador, es indudable que la regeneración precede a la fe. Es decir, no creemos para nacer de nuevo, sino que creemos porque hemos nacido de nuevo. Y puesto que tanto la regeneración como la fe son dones de Dios, decimos juntamente con los reformadores protestantes: ¡Soli Deo gloria! (a Dios únicamente sea toda la gloria).

Pastor Will Graham

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

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La blasfemia contra el Espíritu Santo

Palabra de Vida Almería

Martyn Lloyd-Jones: La blasfemia contra el Espíritu Santo

Will Graham

¿Cuál es esta blasfemia o pecado contra el Espíritu Santo? Los cristianos suelen estar preocupados por esta cuestión y se sienten culpables por ello. La respuesta es esta: si esto nos preocupa, podemos estar completamente seguros de que no somos culpables de ello.

Podemos ver este pecado en Hebreos 6:4-6; 10:26 y en 1 Juan 5:16 donde el apóstol dice, «Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida».

Estos pasajes significan que un hombre (o una mujer) puede rechazar a Cristo y su gloria deliberadamente, quizá hasta atribuyendo al diablo los poderes de Cristo, tal cual como hicieron los fariseos cuando dijeron, «Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios» (Mateo 12:24).

Así pues, las personas que son culpables de pecar contra el Espíritu Santo no solo no creen en Cristo, no quieren creer en Él, lo ridiculizan, se mofan de Él, le dan la espalda y le desprecian.

Si nos preocupa haber pecado contra el Espíritu Santo y queremos estar reconciliados con Dios y con Cristo y sentimos que hemos pecado rompiendo así la relación, si gemimos por estar fuera de la relación en lugar de dentro de ella, entonces no solamente no somos culpables de haber pecado contra el Espíritu Santo, sino que estamos lo más lejos de ello que una persona pueda estar.

Estas otras personas están contentas, se regocijan en ello; se glorían en ello, están orgullosas de sí mismas y de su rechazo.

Somos exactamente lo opuesto. Nos provoca angustia y nos preocupa y daríamos cualquier cosa por conocerle y estar reconciliados con Él.

No escuchemos la mentira del diablo que está intentando deprimirnos y robarnos nuestro gozo. Plantémosle cara y digamos: Mi máximo deseo es conocerle, y estar reconciliado con Él es la prueba de que no he cometido una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Y si lo hacemos, puedo asegurar que encontraremos la liberación definitiva. Encontraremos la paz, y el gozo del Señor y de la salvación se nos restaurará. Y luego nos podremos dirigir a Dios, dándole las gracias por la misericordiosa obra del Espíritu Santo

Pastor Will Graham

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Los cesacionistas y continuistas somos hermanos

Palabra de Vida Almería

Will Graham

Andrés Birch: Los cesacionistas y continuistas somos hermanos

Decimos que no nos gustan las etiquetas, pero acabamos usándolas, aunque sea solo con ciertas personas de confianza, porque ¡¿quién va a usar veinte palabras si con una sola vale?!

El término «continuista» sí está en el Diccionario de la lengua española, pero con otro significado; pero el término «cesacionista» no está, con ningún significado. Pero para un número creciente de cristianos «teológicamente despiertos», los dos términos sirven para dividir a los cristianos protestantes, evangélicos e incluso reformados entre los que creen que todos los dones del Espíritu Santo mencionados en el Nuevo Testamento son para todo el período entre Pentecostés y la (segunda) venida del Señor y los que creen que algunos de esos dones, sobre todo los que en el primer siglo estuvieron especialmente relacionados con los apóstoles, «cesaron» – o sea, fueron retirados por el Señor – cuando ya no había apóstoles, a partir de la muerte del apóstol Juan. Y así tenemos hoy creyentes e iglesias que son «continuistas» y otros que son «cesacionistas».

Sin entrar en detalles, se trata de dos posturas muy distintas, y con implicaciones prácticas bastante importantes. Pero el propósito del presente artículo es, en vez de resaltar las innegables diferencias que hay entre «continuistas» y «cesacionistas», subrayar el sorprendente grado de consenso que existe entre «continuistas» y «cesacionistas» centrados en el evangelio.

1. Todos creemos en la autoridad de la Biblia

Para todos los verdaderos creyentes y para todas las verdaderas iglesias, la Biblia es la autoridad suprema; ella siempre tiene la última palabra. «¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Is. 8:20). Los bereanos «eran más nobles…, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hch. 17:11). ¡Hasta las palabras de un apóstol (Pablo) fueron sometidas a la prueba de las Escrituras!

Aunque, en la práctica, es posible ser o «continuista» o «cesacionista» y no someterse a la autoridad de la Biblia, ninguna de las dos posturas es incompatible con un sometimiento a esa autoridad, y, en mi experiencia, todos los buenos «continuistas» y «cesacionistas» afirman y demuestran su compromiso con la autoridad de la Biblia.

2. Todos creemos en la suficiencia de la Biblia

La suficiencia de la Biblia significa que la Biblia sola es suficiente para revelar la verdad acerca de Dios y acerca del ser humano, para revelar todo lo que el ser humano necesita saber para poder ser salvado, y para revelar todo lo necesario para que las personas salvas puedan vivir sus vidas para la gloria de Dios. Para todo eso no hace falta ninguna otra fuente de revelación; la Biblia sola es (más que) suficiente.

Aunque algunos (tal vez muchos) «continuistas» demuestren, tanto por sus declaraciones como por sus hechos, no creer en la suficiencia de la Biblia, la culpa no la tiene la postura «continuista» en sí – es una postura compatible con un total compromiso con la suficiencia de la Biblia. Es posible creer que Dios puede hablar por medio de diferentes «palabras» hoy, sin considerar esas «palabras» necesarias en un sentido que socave la suficiencia de la Biblia.

3. Todos creemos en la soberanía de Dios

La soberanía de Dios significa que Dios, como Rey sobre todas las cosas, como el que está sobre el trono del universo, reina y gobierna sobre todos los seres, sobre todas las cosas y sobre todo lo que pasa, y que no hay nada que esté fuera de su control absoluto.

Me imagino que hay tanto «continuistas» como «cesacionistas» que no creen en la soberanía de Dios en ese sentido, pero, si es así, no creo que se deba a ninguna de las dos posturas como tales, sino a otro tipo de razones, como un excesivo énfasis en el libre albedrío del ser humano, etc.

A veces los «cesacionistas» acusan a los «continuistas» de no creer en la soberanía de Dios por insistir en que Dios siempre tiene que actuar de la misma manera. Y a veces los «continuistas» acusan a los «cesacionistas» de no creer en la soberanía de Dios por descartar la posibilidad de «palabras de Dios directas» hoy. Puede haber algo de verdad en ambas acusaciones, pero, insisto, no hay ninguna incompatibilidad necesaria entre ninguna de las dos posturas y la soberanía de Dios.

4. Todos creemos en un Dios que hace milagros

Existe una especie de «leyenda negra» por ahí de que los «cesacionistas» son los que no creen en milagros. Pero, curiosamente, ¡aún no he conocido a ningún «cesacionista» que crea en un Dios que no puede hacer milagros!

Claro, depende cómo se define el término «milagro». La concepción de un bebé parece un milagro, ¿verdad? Y hablamos de haber sido salvados de un accidente «por milagro». Y, como creyentes, sabemos que el mayor milagro de todos es el milagro de la salvación de un pecador. Pero, técnicamente, un milagro es un acontecimiento sobrenatural. En ese sentido, la concepción de un bebé (normal) no es un milagro, pero la de nuestro Señor Jesucristo sí que lo fue.

Ahora, en cuanto al tema que nos ocupa, no creo que nadie esté cuestionando el poder de Dios para hacer milagros hoy, sino más bien si los quiere hacer o no, hasta qué punto los hace y hasta qué punto son milagros todos los que se dice que lo son. Pero es un error diferenciar entre «continuistas» y «cesacionistas» como los que creen en milagros y los que no.

5. Todos creemos en un Dios que sana

Es probable que haya más «continuistas» que «cesacionistas» que creen en la continuación hoy de «dones de sanidades» (1 Co. 12:9), pero, creo que aquí también hay un importante consenso entre los hermanos de ambas posturas:

(1) Quien sana es Dios.

(2) Él puede sanar con o sin medios naturales.

(3) Dios puede sanar con o sin la imposición de manos, la unción con aceite, etc.

(4) Dios contesta nuestras oraciones por las personas enfermas – a veces sanándolas, otras veces de otra manera.

(5) La sanidad más importante es la sanidad espiritual – o sea, ¡la salvación!

6. Todos creemos en el Espíritu Santo

Otra «leyenda negra» es que durante muchos siglos el Espíritu Santo fue la persona olvidada de la Santa Trinidad; que el Espíritu Santo fue «recuperado» a principios del siglo 20; y que, hablando en general, los «continuistas» le dan más importancia al Espíritu Santo que los «cesacionistas».

Sobre este punto diré lo siguiente:

(1) Es muy probable que a lo largo de los veinte siglos del cristianismo muchos creyentes y muchas iglesias no le hayan dado al Espíritu Santo la atención y la importancia que se merece.

(2) Por otra parte, ha habido grandes teólogos y pensadores «cesacionistas» que han hablado y escrito muchísimo sobre el Espíritu Santo – para dar solo dos ejemplos: el reformador Juan Calvino era conocido como «el teólogo del Espíritu Santo»; y «el príncipe de los puritanos», John Owen, escribió más de mil páginas sobre el Espíritu Santo.

(3) La teología del Espíritu Santo es mucho más amplia que solamente el bautismo en el Espíritu Santo y los dones del Espíritu Santo, y muchos creyentes e iglesias parecen tener una idea bastante pobre del maravilloso Espíritu Santo.

A pesar de las diferencias de interpretación de la Biblia entre «continuistas» y cesacionistas» – y sin pretender quitarle importancia a esas diferencias – tanto los unos como los otros creen en el Espíritu Santo.

7. Todos creemos en la necesidad del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es Creador, junto con el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo es el que regenera a los espiritualmente muertos. El Espíritu Santo es el que santifica, guía, capacita y llena a los creyentes. El Espíritu Santo es el que vivifica los huesos secos. ¡Nadie puede ser salvo sin el Espíritu Santo! ¡Ningún creyente puede crecer espiritualmente sin el Espíritu Santo! ¡Ninguna iglesia puede funcionar – o existir – sin el Espíritu Santo! Y una de las mayores necesidades hoy, tanto dentro como fuera de la Iglesia, es precisamente un gran derramamiento del Espíritu Santo. Y creo que todo esto lo firmarían por igual tanto «continuistas» como «cesacionistas» – por lo menos los que yo conozco.

8. Todos creemos en los dones del Espíritu Santo

Es evidente que existen diferencias entre «continuistas» y «cesacionistas» sobre el tema de los dones del Espíritu Santo. Creo que la principal diferencia tiene que ver con el propósito de Dios para algunos de los dones del Espíritu Santo – si Él los dio solo para la era apostólica o para todo el tiempo hasta la venida del Señor. Y no tiene que ver tanto con el carácter sobrenatural de algunos de los dones, sino más bien con los dones de revelación, como la profecía, el don de lenguas con interpretación y otras «palabras del Señor» más o menos directas.

Pero aun los «continuistas» no están diciendo que todo lo que se presenta como «palabra del Señor» lo sea; hay que ejercer el don del discernimiento, juzgar cada manifestación a la luz de la Biblia y separar lo bueno de lo malo.

No pretendo minimizar las diferencias entre las dos posturas, pero quizás en la práctica el abismo entre las dos no sea tan grande como a veces parece.

9. Todos creemos en el orden en la iglesia

Creo que todos los que amamos la Palabra de Dios y el evangelio lamentamos todas las manifestaciones que se están dando de una casi total falta de orden en según qué iglesias y lugares. Creemos en el dicho de Pablo de hacer todo «decentemente y con orden» (1 Co. 14:40). El caos no honra al Dios de orden. Pero no sería justo – sería una caricatura – equiparar la postura «continuista» con el desorden – no tiene por qué ser así. Había una serie de desórdenes en Corinto, pero el remedio que propuso el apóstol Pablo no era el desuso de ninguno de los dones, sino el uso correcto de todos ellos.

En esto también hay un consenso entre «continuistas» y «cesacionistas»: creemos en el orden; creemos que no es suficiente tener la postura correcta; la práctica también tiene que ser bíblica y correcta.

Conclusión

Nos ha tocado vivir un tiempo emocionante. Sí, están pasando cosas preocupantes, poco bíblicas y que no honran al Señor. Pero, por otra parte, el Señor está obrando, la Iglesia se está reformando, el evangelio de Cristo se está predicando y se está extendiendo una preciosa comunión y colaboración entre iglesias y creyentes igualmente comprometidos con el Señor, con su Palabra y con el evangelio.

Sin duda, Satanás intentará dividirnos. ¿Cómo? Pues, aprovechándose de nuestras diferencias secundarias para sembrar malentendidos, caricaturas, ofensas y divisiones. ¡No será la primera vez! ¿Qué debemos hacer?

(1) Ser humildes.

(2) Considerar a nuestros hermanos mejores que nosotros mismos.

(3) Comprometernos a orar más los unos por los otros.

(4) Ayudarnos los unos a los otros a crecer en nuestro conocimiento de la Palabra y exhortarnos los unos a los otros a traducir ese conocimiento en un carácter verdaderamente cristiano.

(5) Saber mantener lo principal como lo principal y lo secundario como lo secundario.

(6) Aprovechar las percepciones de otros hermanos para corregir nuestros propios desequilibrios (¡que todos los tenemos!).

(7) Hacer un pacto entre nosotros, sobre la base del verdadero evangelio de Cristo, para seguir luchando juntos por el evangelio.

Artículo publicado con el permiso del autor.

Andrés Birch sirve como pastor en la Iglesia Reformada Bautista (Palma de Mallorca).

Pastor Will Graham

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

Escribe semanalmente en sus blogs en Protestante Digital Evangelical Focus y colabora con Unión BíblicaCoalición por el Evangelio Pasión por el Evangelio.

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