LA ENFERMEDAD 

Evangelio Verdadero

LA ENFERMEDAD

J.C. RYLE

Estas palabras son singularmente conmovedoras e instructivas. Registran el mensaje que Marta y María enviaron a Jesús cuando su hermano Lázaro estaba enfermo: “Señor, he aquí el que amas está enfermo.” Ese mensaje era corto y simple. Sin embargo, casi cada palabra es profundamente sugestiva.

Observen la fe de estas mujeres, semejante a la fe de un niño. Ellas se volvieron al Señor Jesús en la hora de su necesidad, como el aterrado infante se vuelve a su madre, o la aguja de la brújula se voltea hacia el Polo. Ellas se volvieron a Él como su Pastor, su Amigo todopoderoso, su Hermano disponible en la adversidad. Diferentes como eran en temperamento natural, las dos hermanas estaban totalmente de acuerdo en este asunto. En lo primero que pensaron en el día de la adversidad fue en la ayuda de Cristo. Cristo era el refugio al que acudieron en la hora de necesidad.

Observen la sencilla humildad de su lenguaje acerca de Lázaro. Ellas lo llaman, “el que amas.” No dicen, “el que Te ama, el que cree en Ti, el que Te sirve,” sino “el que amas.” Marta y María habían sido enseñadas profundamente por Dios. Ellas habían aprendido que el amor de Cristo por nosotros, y no nuestro amor por Cristo, es la base verdadera de la expectativa, y el verdadero cimiento de la esperanza. Mirar en nuestro interior nuestro amor por Cristo es dolorosamente insatisfactorio: mirar hacia fuera al amor de Cristo por nosotros, es paz.

Observen por último la conmovedora circunstancia que el mensaje de Marta y María nos revela: “el que amas está enfermo.” Lázaro era un buen hombre, convertido, creyente, regenerado, santificado, un amigo de Cristo, y un heredero de la gloria. ¡Y sin embargo Lázaro estaba enfermo! Entonces la enfermedad no es una señal que Dios está disgustado. La enfermedad tiene por intención ser una bendición para nosotros y no una maldición. “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” “Sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo porvenir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.” (Romanos 8: 281 Corintios 3: 2223.) Dichosos aquellos que pueden decir cuando están enfermos: “Esto es obra de mi Padre. Debe ser algo bueno.”

Yo pido la atención de mis lectores al tema de la enfermedad. Es un tema que con frecuencia debemos mirar de frente. No podemos evitarlo. No se necesita el ojo de un profeta para ver que la enfermedad nos visitará algún día. “En medio de la vida estamos en la muerte.” Durante algunos instantes vamos a considerar la enfermedad desde nuestra perspectiva de cristianos. Esta consideración tendrá un desarrollo paulatino, y pedimos por la bendición de Dios, para que nos enseñe sabiduría.

Al considerar el tema de la enfermedad, me parece que hay tres puntos que demandan nuestra atención. Diré unas pocas palabras acerca de cada uno de ellos.

I. LA PREPONDERANCIA UNIVERSAL DE LA ENFERMEDAD

No necesito detenerme demasiado en este punto. Elaborar la prueba de esto equivaldría únicamente a abundar en un hecho que salta a la vista. La enfermedad está en todas partes. En Europa, en Asia, en África, en América; en los países calientes y en los países fríos, en las naciones civilizadas y en las tribus salvajes; hombres, mujeres y niños se enferman y mueren.

La enfermedad está en todas las clases. La gracia no coloca al creyente fuera de su alcance. Las riquezas no pueden comprar la exención de la enfermedad. El rango no puede prevenir sus asaltos. Los reyes y sus súbditos, los señores y sus siervos, los ricos y los pobres, los educados y los incultos, los maestros y los estudiosos, los doctores y los pacientes, los ministros y quienes los escuchan, todos por igual se inclinan ante este gran enemigo. La casa de habitación de un inglés es llamada su castillo; pero no tiene ni puertas ni barras que puedan protegerlo de la enfermedad y la muerte.

La enfermedad puede ser de cualquier tipo y descripción. Desde la coronilla hasta la planta del pie estamos expuestos a la enfermedad. Nuestra capacidad de sufrir es algo espantoso de contemplar. ¿Quién puede contar las dolencias que asaltarán a nuestra estructura corporal? No es sorprendente, me parece a mí, que los hombres mueran tan pronto, pero sí es sorprendente que vivan tanto tiempo.

La enfermedad es a menudo una de las pruebas más humillantes y penosas que pueden venir a un hombre. Puede convertir al más fuerte en un pequeño niño, y hacerlo sentir que “la langosta será una carga.” (Eclesiastés 12: 5) Puede acobardar al más valiente, y hacerlo temblar con la caída de un alfiler. La conexión entre cuerpo y mente es curiosamente cercana. La influencia que algunas enfermedades pueden ejercer sobre el carácter y el ánimo, es inmensamente grande. Hay dolencias del cerebro, y del hígado, y de los nervios, que pueden reducir a alguien con una mente como la de Salomón, a un estado apenas mejor que el de un bebé. Quien quiera saber a qué profundidades de humillación puede caer un pobre hombre, sólo tiene que estar presente durante un corto tiempo junto al lecho de un enfermo.

La enfermedad no puede prevenirse mediante algo que el hombre pueda hacer. La duración promedio de vida puede sin duda alargarse un poco. La habilidad de los doctores puede descubrir continuamente nuevos remedios, y lograr curaciones sorprendentes. La aplicación de sabias regulaciones sanitarias puede reducir grandemente la tasa de mortalidad en una comunidad. Pero, después de todo, ya sea en comunidades saludables o en lugares insanos, ya sea en climas cálidos o fríos, ya sea con tratamientos homeopáticos o alopáticos, los hombres se enferman y mueren. “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos.” (Salmo 90: 10) Ese testimonio es ciertamente verdadero. Lo era cuando fue escrito hace 3,300 años, y todavía lo es al día de hoy.

Ahora, ¿cómo debemos interpretar este gran hecho: la preponderancia universal de la enfermedad? ¿Cómo podemos explicarlo? ¿Qué explicación podemos dar al respecto? ¿Qué respuesta le daremos a nuestros hijos cuando nos pregunten: “papá, por qué se enferma la gente y muere?” Estas preguntas son muy serias. No estarán fuera de lugar unas cuantas palabras acerca de ellas.

¿Podemos suponer por un instante que Dios creó la enfermedad y la dolencia al principio? ¿Podemos imaginar que Aquél que formó nuestro mundo con tan perfecto orden fue a su vez el Formador del sufrimiento innecesario y del dolor? ¿Podemos pensar que Quien hizo todas las cosas y todo “era bueno en gran manera,” hizo que la raza de Adán se enfermara innecesariamente y muriera? Para mí, la idea es repugnante. Introduce una gran imperfección en medio de las obras perfectas de Dios. Debo encontrar otra solución para poder satisfacer mi mente.

La única explicación que me satisface es la que proporciona la Biblia. Algo ha venido al mundo que ha destronado al hombre de su posición original, y lo ha despojado de sus privilegios originales. Algo se ha metido que, como un puñado de arena introducido en una maquinaria, ha dañado el orden perfecto de la creación de Dios. Y ¿qué es ese algo? Yo respondo, en una palabra, que es el pecado. “El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte.” (Romanos 5: 12) El pecado es la causa original de toda dolencia y enfermedad, y del dolor y sufrimiento que predominan en la tierra. Todos ellos son parte de la maldición que cayó sobre el mundo cuando Adán y Eva comieron el fruto prohibido y cayeron. No habría habido enfermedad, si no hubiera habido caída. No habría habido enfermedad, si no hubiera habido pecado.

Hago una pausa por un instante en este punto, y sin embargo, al hacerla, no me estoy apartando de mi tema. Hago la pausa para recordar a mis lectores que no hay un terreno más insostenible que ese que es ocupado por el ateo, el deísta, o el incrédulo en la Biblia. Yo aconsejo a cada lector joven que esté desconcertado por los argumentos audaces y engañosos del infiel, que estudie bien ese tema tan importante: las dificultades de la infidelidad. Digo sin reparos que ser un infiel requiere mucha más credulidad, que ser un cristiano. Digo sin reparos que hay grandes hechos patentes y claros en la condición de la humanidad, que únicamente la Biblia puede explicar, y que uno de los hechos más sorprendentes es el predominio universal del dolor, la enfermedad, y las dolencias. En resumidas cuentas, una de las peores dificultades en el camino de los ateos y los deístas, es el cuerpo del hombre.

Sin duda ustedes han oído hablar de los ateos. Un ateo es alguien que profesa creer que no hay Dios, que no hay Creador, que no hay Primera Causa, y que todas las cosas aparecieron en este mundo por pura casualidad. Ahora, ¿vamos a prestar atención a una doctrina como ésta? Vayan, lleven a un ateo a alguna de las excelentes escuelas de cirugía de nuestro país, y pídanle que estudie la estructura maravillosa del cuerpo humano. Muéstrenle la habilidad sin par con la que ha sido formada cada articulación, y cada vena, y cada válvula, y cada músculo y tendón y nervio, y cada hueso y cada miembro. Háganle ver la perfecta adaptación de cada parte del cuerpo humano para el propósito para el que fue hecho. Muéstrenle los miles de delicados mecanismos que sirven para contrarrestar el uso y el desgaste y para suplir el diario debilitamiento del vigor. Y luego, pregúntenle a este hombre que niega la existencia de un Dios y de una grandiosa Primera Causa, si todo este maravilloso mecanismo es el resultado de la casualidad. Pregúntenle si todo esto apareció inicialmente por pura suerte y accidente. Pregúntenle si piensa lo mismo en relación al reloj que está mirando, al pan que come, o al abrigo que usa. ¡Oh, no! El plan es una dificultad insuperable en el camino del ateo. Hay un Dios.

Sin duda han oído hablar de los deístas. Un deísta es alguien que profesa creer que hay un Dios que hizo el mundo y todas las cosas contenidas en él. Pero él no cree en la Biblia. “¡Un Dios, pero no la Biblia! ¡Un Creador, pero no el cristianismo!” Este es el credo del deísta. Ahora, ¿vamos a prestar atención a esta doctrina? Vayan de nuevo, les pido, y lleven al deísta a un hospital, y muéstrenle algo de la terrible obra de la enfermedad. Llévenlo junto al lecho donde yace un tierno niño, que escasamente sabe distinguir entre el bien y el mal, sufriendo de cáncer incurable. Envíenlo a la sala donde se encuentra una amorosa madre de una vasta familia, en las últimas etapas de una atroz enfermedad. Muéstrenle algunos de los inaguantables dolores y agonías que sufre la carne, y pídanle que se los explique. Pregunten a este hombre, que cree que hay un Dios grandioso y sabio que hizo el mundo, pero que no cree en la Biblia; pregúntenle qué explicación puede dar acerca de estas muestras de desorden e imperfección en la creación de su Dios. Pidan a este hombre (que desdeña la teología cristiana y es demasiado sabio para creer en la Caída de Adán), pídanle que con su teoría explique el predominio universal del dolor y de la enfermedad en el mundo. ¡La petición de ustedes será en vano! No recibirán una respuesta satisfactoria. La enfermedad y el sufrimiento son dificultades insuperables en el camino del deísta. El hombre ha pecado, y por tanto el hombre sufre. Adán cayó de su primer estado, y por tanto los hijos de Adán se enferman y mueren.

El predominio universal de la enfermedad es una de las evidencias indirectas que la Biblia es verdadera. La Biblia lo explica. La Biblia responde a las preguntas acerca de ese predominio, que puedan surgir en cualquier mente inquisitiva. Ningún otro sistema religioso puede hacer esto. Todos fracasan aquí. Están callados. Están confundidos. Únicamente la Biblia se enfrenta al tema. Valerosamente proclama el hecho que el hombre es una criatura caída, y con igual valor proclama un vasto sistema de rehabilitación para suplir sus necesidades. Me siento conducido a la conclusión que la Biblia es de Dios. El cristianismo es una revelación del cielo. “Tu palabra es verdad.” (Juan 17: 17).

II. BENEFICIOS GENERALES QUE LA ENFERMEDAD CONFIERE

Yo uso la palabra “beneficios” deliberadamente. Siento que es de profunda importancia ver con claridad esta parte de nuestro tema. Yo sé muy bien que la enfermedad es uno de los supuestos puntos débiles del gobierno de Dios en el mundo, acerca del cual les encanta reflexionar a las mentes escépticas. “¿Puede ser Dios un Dios de amor, cuando Él permite los dolores? ¿Puede ser Dios un Dios de misericordia, cuando Él permite la enfermedad? Él podría prevenir el dolor y la enfermedad, pero no lo hace. ¿Cómo pueden existir tales cosas?” Tal es el razonamiento que a menudo aparece en el corazón del hombre.

Yo les pregunto a todos aquellos que encuentran difícil reconciliar la preponderancia de la enfermedad y del dolor con el amor de Dios, que observen hasta qué punto los hombres se someten constantemente a una pérdida presente para obtener ganancias futuras; al dolor presente por causa de un gozo futuro; al sufrimiento presente por causa de una salud futura. La semilla es lanzada al suelo y se pudre: pero nosotros sembramos con la esperanza de una cosecha futura. El padre de una familia es sometido a una terrible operación quirúrgica: pero él la soporta con la esperanza de una salud futura. ¡Yo les pido a las personas que apliquen este gran principio al gobierno de Dios en el mundo! Yo les pido que crean que Dios permite el dolor, la enfermedad, y las dolencias, no porque quiera vejar al hombre, sino porque Él desea beneficiar al corazón, y a la mente, y a la conciencia, y al alma del hombre por toda la eternidad.

Repito una vez más que yo hablo de los “beneficios” de la enfermedad con todo propósito y deliberación. Yo conozco el sufrimiento y el dolor que la enfermedad conlleva. Yo admito la miseria y desdicha que trae consigo cuando nos visita. Pero no puedo considerarla un mal puro, sin mezcla. Yo veo en ella un sabio permiso de Dios. Veo en ella una provisión útil para frenar los estragos del pecado y del diablo en las almas de los hombres. Si el hombre no hubiera pecado nunca, yo tendría muchos problemas para discernir el beneficio de la enfermedad. Pero puesto que el pecado ronda en el mundo, puedo ver que la enfermedad es buena. Es una bendición de la misma manera que es una maldición. Es un ayo rudo, lo concedo. Pero es un real amigo para el alma del hombre.

(a) La enfermedad ayuda a recordarles la muerte a los hombres. La mayoría vive como si nunca se fuera a morir. Hacen sus negocios, o buscan el placer, o se dedican a la política o a la ciencia, como si la tierra fuera su eterno hogar. Planean y diseñan sus esquemas para el futuro, como el rico insensato de la parábola, como si tuvieran un largo contrato de vida, y fueran huéspedes aquí a voluntad. Una grave enfermedad es de gran ayuda para disipar estos engaños. Hace despertar a los hombres de sus ensueños, y les recuerda que tienen que morir, así como tienen que vivir. Esto, yo lo afirmo enfáticamente, es un poderoso bien.

(b) La enfermedad ayuda para hacer que los hombres piensen seriamente en Dios, y en sus almas y en el mundo venidero. La mayoría de la gente, cuando goza de salud, no tiene tiempo para tales pensamientos. Les disgustan. Los echan fuera. Los consideran molestos y desagradables. Pero una severa enfermedad tiene a veces un maravilloso poder de convocar y reunir estos pensamientos, y de ponerlos a la vista del alma del hombre. Aun el perverso rey Ben-adad, cuando enfermó, pudo pensar en Elías. (2 Reyes 8: 7) Aun los marineros paganos, cuando la muerte estaba a la vista, tuvieron miedo y “cada uno clamaba a su dios.” (Jonás 1: 5.) Ciertamente todo lo que sirva de ayuda para hacer que los hombres piensen es bueno.

(c) La enfermedad ayuda a suavizar los corazones de los hombres, y les enseña sabiduría. El corazón natural es tan duro como una piedra. No puede ver ningún bien en nada que no sea de este mundo, y ninguna felicidad excepto en este mundo. Una larga enfermedad algunas veces es de mucha ayuda para corregir estas ideas. Expone el vacío y la falsía de lo que el mundo llama cosas “buenas,” y nos enseña a sostenerlas sin una mano firme. El hombre de negocios descubre que el dinero en sí no es todo lo que el corazón requiere. La mujer mundana encuentra que los vestidos costosos, y la literatura, y las crónicas de las fiestas y de las óperas, son miserables consoladores en la habitación de un enfermo. Ciertamente, todo lo que nos obligue a alterar nuestros pesos y medidas de las cosas terrenales es un bien real.

(d) La enfermedad nos ayuda a inclinarnos y a humillarnos. Todos nosotros somos por naturaleza orgullosos y altivos. Pocos, incluyendo los más pobres, están libres de esta infección. Habrá muy pocos que no vean con desprecio a otros, y que no se adulen a sí mismos en secreto porque no son “como los otros hombres.” Una cama de enfermo es una domadora poderosa de pensamientos como éstos. Fuerza en nosotros la clara verdad que todos nosotros somos pobres gusanos, que “habitamos en casas de barro,” y que somos “quebrantados por la polilla” (Job 4:19), y que reyes y súbditos, señores y siervos, ricos y pobres, todos son criaturas que mueren, y que pronto estarán lado a lado en el tribunal de Dios. No es fácil ser orgulloso ante el féretro y la tumba. Ciertamente, todo lo que nos enseñe esa lección es bueno.

(e) Finalmente, la enfermedad ayuda a probar la religión de los hombres, de qué tipo es. No hay muchas personas en la tierra que no tengan ninguna religión. Sin embargo, pocas personas tienen una religión que puede pasar una inspección. La mayoría está contenta con tradiciones recibidas de sus padres, y no puede proporcionar ninguna razón para la esperanza que poseen. Ahora, la enfermedad es a veces más útil para el hombre al exponer la total falta de valor del cimiento de su alma. A menudo le muestra que no tiene nada sólido bajo sus pies, y nada firme bajo su mano. Lo hace descubrir que, aunque pudo haber tenido una forma de religión, ha estado toda su vida adorando “un dios no conocido.” Muchos credos lucen bien sobre las aguas tranquilas de la salud, pero se vuelven totalmente falsos e inútiles sobre las aguas agitadas del lecho de enfermo. Las tormentas invernales sacan a luz a menudo los defectos de una casa, y la enfermedad expone a menudo la falta de gracia del alma de un hombre. Ciertamente, todo lo que nos haga descubrir el carácter real de nuestra fe, es bueno.

Yo no afirmo que la enfermedad confiera estos beneficios a todos aquellos a quienes visita. ¡Ay, no puedo decir nada parecido a eso! Miríadas de personas son tumbadas anualmente por la enfermedad, y su salud es luego restaurada, quienes evidentemente no aprenden ninguna lección en su lecho de enfermos, y regresan nuevamente al mundo. Miríadas pasan anualmente a la tumba a través de una enfermedad, y sin embargo no reciben de ella una impresión más espiritual que las bestias que perecen. Mientras viven, y cuando mueren, no tiene ningún sentimiento. Decir esto es terrible. Pero es cierto. El grado de dureza que pueden alcanzar el corazón y la conciencia del hombre, es una profundidad que no puedo pretender medir.

Pero ¿acaso la enfermedad confiere los beneficios de los que he estado hablando sólo a unos cuantos? No voy a aceptar eso. Yo creo que en abundantes casos la enfermedad produce impresiones más o menos afines a ésas como las que acabo de mencionar. Yo creo que en muchas mentes, la enfermedad es el “día de visitación” de Dios, y que los sentimientos son continuamente sacudidos sobre el lecho de la enfermedad, los que, sin son abonados, podrían, por la gracia de Dios, resultar en la salvación. Yo creo que en tierras paganas la enfermedad a menudo pavimenta el camino para el misionero, y hace que el pobre idólatra preste un oído atento a las buenas nuevas del Evangelio. Yo creo que en nuestro propio país, la enfermedad es una de las grandes ayudas para el ministro del Evangelio, y que los sermones y los consejos a menudo son efectivos en el día de la enfermedad, pero han sido desatendidos cuando se goza de salud. Yo creo que la enfermedad es uno de los instrumentos subordinados más importantes en la salvación de los hombres, y que aunque los sentimientos que provoca son muchas veces temporales, a menudo es un medio por el cual el Espíritu obra eficazmente en el corazón. Resumiendo, creo firmemente que la enfermedad corporal de los hombres ha conducido a menudo, en la maravillosa providencia de Dios, a la salvación de las almas de los hombres.

Lamentaría dejar el tema de la enfermedad sin una observación. Si la enfermedad puede hacer las cosas de las que he estado hablando (y, ¿quién puede negarlo?), si la enfermedad en un mundo perverso puede ayudar a hacer que los hombres piensen en Dios y en sus almas, entonces confiere beneficios a la humanidad.

No tenemos ningún derecho de murmurar de la enfermedad, ni quejarnos de su presencia en el mundo. Más bien debemos dar gracias a Dios por ella. Es un testigo de Dios. Es consejera del alma. Ciertamente tengo el derecho de decirles que la enfermedad es una bendición y no una maldición, una ayuda y no una lesión, una ganancia y no una pérdida, un amigo y no un enemigo para la humanidad. Mientras tengamos un mundo en el que hay pecado, es una misericordia que sea un mundo en el que hay enfermedad.

III. DEBERES ESPECIALES QUE LA ENFERMEDAD CONLLEVA

Lamentaría dejar el tema de la enfermedad sin decir algo sobre este punto. Yo sostengo que es de importancia cardinal no contentarse con generalidades al predicar el mensaje de Dios a las almas. Yo estoy ansioso por inculcar en cada persona en cuyas manos pueda caer este librito, su propia responsabilidad personal en conexión con el tema. Yo no quisiera que nadie cerrara este librito, sin haber sido capaz de responder las preguntas, “¿qué lección práctica he aprendido? En un mundo de enfermedad y muerte, ¿qué debo hacer?”

(a) Un deber supremo que la preponderancia de la enfermedad acarrea al hombre, es el de vivir habitualmente preparado para encontrarse con Dios. La enfermedad es un recordatorio de la muerte. La muerte es la puerta que todos debemos atravesar para llegar al juicio. El juicio es el tiempo cuando debemos finalmente ver a Dios cara a cara. Ciertamente la primera lección que el habitante de un mundo enfermo y agonizante debe aprender, es que debe estar preparado para su encuentro con Dios.

¿Cuándo estás preparado para encontrarte con Dios? ¡Nunca, mientras tus iniquidades no hayan sido perdonadas y tu pecado haya sido cubierto! ¡Nunca, mientras tu corazón no haya sido renovado, y tu voluntad no haya sido enseñada a deleitarse en la voluntad de Dios! Tú tienes muchos pecados. Si tú vas a la iglesia, tu propia boca es enseñada a confesar esto cada domingo. Únicamente la sangre de Jesucristo puede lavar esos pecados. La justicia de Cristo únicamente puede hacerte aceptable a los ojos de Dios. Únicamente la fe, la simple fe como la de un niño, puede hacer que tengas interés en Cristo y Sus beneficios. ¿Quisieras saber si estás preparado para tu encuentro con Dios? Entonces, ¿dónde está tu fe? Tu corazón es naturalmente impropio para la compañía de Dios. Tú no sientes un placer real de hacer Su voluntad. El Espíritu Santo debe transformarte a imagen de Cristo. Las viejas cosas deben pasar. Todas las cosas deben volverse nuevas. ¿Te gustaría saber si estás preparado para encontrarte con Dios? Entonces, ¿dónde está tu gracia? ¿Dónde están las evidencias de tu conversión y santificación?
Yo creo que esto, y nada que no sea esto, es estar preparado para el encuentro con Dios. El perdón del pecado y la preparación para la presencia de Dios: justificación por fe y santificación del corazón, la sangre de Cristo rociada sobre nosotros, y el Espíritu de Cristo habitando en nosotros, esta es la grandiosa esencia de la religión cristiana. Estas no son meras palabras y nombres que proveen argumentos para la discusión a los teólogos pendencieros. Estas son realidades sobrias, sólidas, sustanciales. Vivir en la posesión real de estas cosas, en un mundo lleno de enfermedad y muerte, es el primer deber que yo quisiera grabar en sus almas.

(b) Otro deber supremo que la preponderancia de la enfermedad conlleva para ustedes, es el de vivir habitualmente listos para soportarla pacientemente. Sin duda la enfermedad es una prueba para la carne y la sangre. Sentir nuestros nervios trastornados y nuestra fuerza natural abatida, tener la obligación de estar sentados quietos y estar separados de todas nuestras actividades usuales, ver nuestros planes desbaratados y nuestros propósitos frustrados, soportar largas horas y días y noches de debilidad y dolor; todo esto es una severa presión sobre la pobre naturaleza humana pecadora. ¡No debería sorprendernos si la impaciencia y la irritabilidad nos llegan por medio de la enfermedad! Ciertamente en un mundo moribundo como éste, deberíamos estudiar la paciencia.

¿Cómo aprenderemos a soportar con paciencia la enfermedad, cuando llegue nuestro turno? Debemos acumular abundante gracia cuando gozamos de salud. Debemos buscar la influencia santificante del Espíritu Santo sobre nuestros temples y disposiciones ingobernables. Debemos entregarnos en verdad a nuestras oraciones, y pedir con regularidad fortaleza para aceptar la voluntad de Dios y hacerla. Debemos recibir esa fortaleza cuando la pedimos: “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”

Yo no creo que sea innecesario que nos quedemos en este punto. Yo creo que las gracias pasivas del cristianismo reciben menos atención de lo que merecen. Mansedumbre, benignidad, paciencia, fe, todas son mencionadas en la Palabra de Dios como frutos del Espíritu. Son gracias pasivas que dan especialmente gloria a Dios. Hacen pensar a menudo a los hombres que desprecian el lado activo del carácter cristiano. Estas gracias no brillan nunca con tanto brillo como lo hacen en la habitación de un enfermo. Permiten a muchos enfermos predicar un sermón silente que quienes lo rodean nunca olvidan. ¿Quisieras adornar la doctrina que profesas? ¿Quisieras que tu cristianismo fuera hermoso a los ojos de otros? Entonces toma la sugerencia que te doy hoy. Acumula mucha paciencia para el tiempo de la enfermedad. Entonces, aunque tu enfermedad no sea mortal, será para “la gloria de Dios.” (Juan 11: 4.)

(c) Otro deber supremo que la preponderancia de la enfermedad conlleva para ustedes, es el de ladisponibilidad habitual para compartir el sentimiento y ayudar a sus compañeros. La enfermedad no está nunca muy lejos de nosotros. Son pocas las familias que no tienen algún pariente enfermo. Pocas son las parroquias donde no encontrarán a algún enfermo. Pero donde haya enfermedad, hay un llamado al deber. Una pequeña ayuda oportuna en algunos casos, una amable visita en otros, una pregunta amigable, una simple expresión de simpatía, pueden hacer mucho bien. Estos son los tipos de cosas que suavizan las asperezas, y unen a los hombres, y promueven sentimientos buenos. Estas son formas mediante las cuales puedes al fin conducir a los hombres a Cristo y salvar sus almas. Estas son buenas obras para las cuales cada cristiano que profesa debe estar preparado. En un mundo lleno de enfermedad y dolencias debemos “sobrellevar los unos las cargas de los otros,” y “ser benignos unos con otros.” (Gálatas 6: 2Efesios 4: 32.)

Estas cosas, me atrevo a decir, pueden parecer cosas sin importancia para algunos. ¡Deben estar haciendo algo importante, y grandioso y sorprendente y heroico! Permítanme decir que la atención consciente a estos pequeños actos de amabilidad fraternal es una de las evidencias más claras de tener “la mente de Cristo.” Son actos en los que nuestro Bendito Señor mismo fue abundante. Él siempre “anduvo haciendo bienes” a los enfermos y oprimidos. (Hechos 10: 38.) Son actos a los que Él asigna gran importancia en ese muy solemne pasaje de la Escritura, la descripción del juicio final. Él dice allí: “estuve enfermo, y me visitasteis.” (Mateo 25: 36).

¿Tienes algún deseo de demostrar la realidad de tu caridad: esa gracia bendita de la que tanto se habla, pero que muy pocos practican? Si lo tienes, ten cuidado del egoísmo insensible y del descuido de tus hermanos enfermos. Búscalos. Ayúdalos si necesitan apoyo. Muéstrales simpatía. Trata de aligerar sus cargas. Sobre todo, esfuérzate por hacer bien a sus almas. Te hará bien aunque no les haga bien a ellos. Prevendrá tu corazón de la murmuración. Puede ser una bendición para tu propia alma. Yo creo con firmeza que Dios nos está probando y examinando por medio de cada caso de enfermedad a nuestro alcance. Al permitir el sufrimiento, Él comprueba si los cristianos tienen algún sentimiento. Tengan cuidado, no sea que al ser pesados en la balanza, sean hallados faltos. Si ustedes pueden vivir en un mundo enfermo y moribundo sin sentir nada por otros, tienen mucho que aprender todavía.

Dejo esta sección de mi tema aquí. Yo entrego los puntos que he mencionado como sugerencias, y ruego a Dios que puedan obrar en muchas mentes. Repito, esa preparación habitual para encontrarse con Dios, preparación habitual para sufrir pacientemente y esa disposición habitual para simpatizar de todo corazón, son claros deberes que la enfermedad impone en todos. Hay deberes al alcance de cada persona. Al mencionarlos, no pido nada extravagante o irrazonable. No le pido a nadie que se retire a un monasterio o que ignore los deberes de su posición. Sólo quiero que los hombres se den cuenta que viven en un mundo enfermo y moribundo, y que vivan de acuerdo a eso. Y digo sin temor que el hombre que vive la vida de fe y santidad y paciencia y amor, no solamente es el más verdadero cristiano, sino el hombre más sabio y razonable.
Y ahora concluyo con cuatro palabras de aplicación práctica. Quiero que el tema de este librito tenga algún uso espiritual. El deseo de mi corazón y mi oración a Dios al escribirlo, es hacer bien a las almas.

(1) En primer lugar, hago una pregunta, a la cual, como embajador de Dios, les pido su seria atención. Es una pregunta que surge naturalmente del tema sobre el cual he estado escribiendo. Es una pregunta que concierne a todos, de cada rango, y clase, y condición. Yo les pregunto, ¿qué harán cuando estén enfermos?

Llegará el tiempo cuando ustedes, lo mismo que otros, deban descender al oscuro valle de sombra de muerte. Llegará la hora cuando ustedes, lo mismo que los que los antecedieron, deban enfermarse y morir. Puede ser que ese momento esté cerca o lejos. Sólo Dios lo sabe. Pero cuando sea el momento, yo pregunto de nuevo, ¿qué van a hacer ustedes? ¿Adónde buscarán consuelo? ¿Sobre qué pretenden ustedes que descanse su alma? ¿Sobre qué pretenden construir su esperanza? ¿Dónde encontrarán su consuelo?

Yo les suplico que no hagan a un lado estas preguntas. Permítanles que obren en su conciencia, y no descansen hasta que puedan darles una respuesta satisfactoria. No jueguen con ese precioso don, un alma inmortal. No difieran la consideración del asunto para un momento más conveniente. No den por sentado un arrepentimiento en su lecho de muerte. El asunto más grandioso no debe ser pospuesto hasta el final. Un ladrón moribundo fue salvado para que los hombres no puedan desesperar, pero solamente uno para que los demás no presuman de ello. Repito la pregunta. Estoy seguro que merece una respuesta. “¿Qué harás cuando estés enfermo?”

Si ustedes fueran a vivir por siempre en este mundo no les hablaría como lo hago. Pero eso no puede ser. No hay forma de escapar de la suerte común de toda la humanidad. Nadie puede morir en nuestro lugar. El día vendrá cuando debamos ir a nuestro hogar permanente. Yo quiero que ustedes estén preparados para ese día. El cuerpo que ahora es el centro de su atención, (el cuerpo que ahora visten, y alimentan, y calientan con tanto cuidado), ese cuerpo debe regresar nuevamente al polvo. ¡Oh, piensen cuán terrible cosa sería al final haber provisto para todo, excepto para la única cosa necesaria: haber provisto para el cuerpo, pero haber descuidado el alma; morir, de hecho, y no poder dar una señal de ser salvo! Una vez más presento mi pregunta a tu conciencia: “¿Qué harás cuando estés enfermo?”

(2) En siguiente lugar, ofrezco un consejo a todos aquellos que sientan que lo necesitan y quieran recibirlo, a todos aquellos que todavía no estén preparados para su encuentro con Dios. Ese consejo es breve y simple. Conoce al Señor Jesucristo sin demora. Arrepiéntete, conviértete, vuela a Cristo, y sé salvo.

O posees un alma o no la posees. Ciertamente nunca negarás que la tienes. Entonces, si tienes un alma, busca la salvación de esa alma. De todos los riesgos del mundo, no hay otro más terrible que el del hombre que vive sin estar preparado para su encuentro con Dios, y sin embargo, pospone el arrepentimiento. O tienes pecados o no los tienes. Si los tienes, y ¿quién se atreverá a negarlo?, apártate de esos pecados, termina con tus transgresiones y vuélvete de ellos sin demora. O necesitas un Salvador o no lo necesitas. Si lo necesitas, huye a tu único Salvador hoy mismo, y clámale con fuerza para que salve tu alma. Pídele a Cristo de inmediato. Búscalo mediante la fe. Entrega tu alma para que Él la guarde. Clama poderosamente implorando perdón y paz con Dios. Pídele que derrame el Espíritu Santo sobre ti, y que te haga un cristiano completo. Él te oirá. No importa lo que hayas sido, Él no rechazará tu oración. Él ha dicho: “Al que a mí viene, no le echo fuera.” (Juan 6: 37)

Cuídense de un cristianismo vago e indefinido. No se contenten con una esperanza general de que todo está bien porque ustedes pertenecen a la iglesia y que todo estará bien al fin porque Dios es misericordioso. No descansen sin una unión personal con el propio Cristo; no descansen hasta que tengan el testimonio del Espíritu en su corazón, de que han sido lavados, y santificados, y justificados, y que son uno con Cristo, y que Cristo está en ustedes. No descansen hasta que puedan decir con el apóstol: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.”

La religión vaga e indefinida e indistinta puede funcionar muy bien en tiempos en los que se goza de salud. Pero no funcionará en el día de la enfermedad. Una membresía de iglesia meramente formal, y superficial, puede llevar al hombre a través del sol brillante de la juventud y de la prosperidad. Pero dejará de funcionar enteramente cuando la muerte esté a la vista. Nada servirá entonces excepto una unión real de corazón con Cristo. Cristo intercediendo por nosotros a la diestra del Padre; Cristo conocido y creído como nuestro Sacerdote, nuestro Médico, nuestro Amigo; Cristo únicamente puede quitarle a la muerte su aguijón y capacitarnos para enfrentar la enfermedad sin ningún temor. Únicamente Él puede liberar a quienes por medio del temor están en servidumbre. Yo les digo a todos aquellos que necesitan un consejo: Conoce a Cristo. Si quieres tener alguna vez esperanza y consuelo en el lecho de enfermo, conoce a Cristo. Busca a Cristo. Pídele a Cristo.

Llévale cada preocupación y cada problema cuando lo hayas conocido. Él te guardará y te conducirá a través de todo ello. Derrama tu corazón ante Él, cuando tu conciencia esté cargada. Él es tu verdadero Confesor. Únicamente Él puede absolverte y quitar tus cargas. Vuélvete primero a Él en el día de la enfermedad, como Marta y María. Permanece mirándolo a Él hasta el último aliento de tu vida. Vale la pena conocer a Cristo. Entre más lo conozcas lo amarás más. Entonces conoce a Jesucristo.

(3) En tercer lugar, yo exhorto a todos los verdaderos cristianos para que recuerden cuánto pueden glorificar a Dios en tiempos de enfermedad, y quedarse quietos en la mano de Dios cuando están enfermos.

Siento que es muy importante tocar este punto. Sé cuán presto a desmayar es el corazón de un creyente, y cuán ocupado está Satanás sugiriendo dudas y cuestionamientos, cuando el cuerpo de un cristiano está débil. Yo he visto algo de la depresión y de la melancolía que a veces vienen sobre los hijos de Dios cuando son súbitamente puestos fuera de combate por la enfermedad, y obligados a estarse quietos. He observado cuán inclinadas son algunas buenas personas a atormentarse con pensamientos mórbidos en tales situaciones, y a decir en sus corazones: “Dios me ha abandonado: yo he sido echado fuera de Su vista.”

Yo les suplico de todo corazón a todos los creyentes enfermos que recuerden que pueden honrar a Dios tanto por el sufrimiento paciente como por su trabajo activo. A veces manifiesta mayor gracia quedarse quietos que ir de arriba abajo, y hacer grandes hazañas. Yo les suplico que recuerden que Cristo se preocupa por ellos lo mismo cuando están enfermos como lo hace cuando están bien, y que el propio castigo que sienten tan agudamente es enviado en amor, y no en ira. Sobre todo, les suplico que recuerden la simpatía de Jesús por todos Sus miembros débiles. Ellos son siempre cuidados con mucha ternura por Él, pero nunca como cuando se encuentran en su tiempo de necesidad. Cristo ha tenido gran experiencia en la enfermedad. Él conoce el corazón de un hombre enfermo. Él acostumbraba ver “toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” cuando estaba en la tierra. Él sintió algo especial por los enfermos en los días de Su encarnación. Él siente todavía especialmente por ellos. El sufrimiento y la enfermedad, pienso a menudo, hacen a los creyentes más semejantes a su Señor en experiencia, que la salud. “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores.” (Isaías 53: 4Mateo 8: 17). El Señor Jesús fue un “varón de dolores, experimentado en quebranto.” Nadie tiene tal oportunidad de aprender de la mente de un Salvador sufriente como los discípulos que sufren.
(4) Concluyo con una palabra de exhortación para todos los creyentes, que pido a Dios de todo corazón se grabe en sus almas. Los exhorto a mantener un hábito de cercana comunión con Cristo, y nunca tengan miedo de “ir demasiado lejos” en su religión. Recuerden esto, si desean tener “gran paz” en sus tiempos de enfermedad.

Observo y lo lamento, una tendencia en algunos sectores, de rebajar el estándar de cristianismo práctico, y de denunciar los que son llamados “puntos de vista extremos” acerca del caminar diario de un cristiano en la vida. Inclusive la gente religiosa mira algunas veces con frialdad a quienes se apartan de la sociedad mundana, y los censuran como “exclusivos, de mente estrecha, no liberales, poco caritativos, de espíritu amargado,” y demás cosas similares. Yo advierto a cada creyente en Cristo que tenga cuidado de no dejarse influenciar por tales censuras. Le suplico, si necesita luz en el valle de muerte, que “se guarde sin mancha del mundo,” que “decida ir en pos del Señor,” y que camine muy cerca de Dios. (Santiago 1: 27Números 14: 24).

Yo creo que la falta de “integridad” acerca del cristianismo de muchas personas es un secreto de su poco contentamiento, tanto en salud como en enfermedad. Yo creo que la religión del tipo “mitad y mitad,” y “buenas relaciones con todo el mundo,” que satisface a muchos en el día presente, es ofensiva a Dios y siembre espinos en las almohadas de los moribundos, que cientos no descubren hasta que es demasiado tarde. Yo creo que la debilidad y languidez de una religión así, nunca es tan visible como en un lecho de enfermo.

Si tú y yo necesitamos un “fuerte consuelo” en nuestro tiempo de necesidad, no debemos contentarnos con una unión desnuda con Cristo. Debemos buscar algo de la comunión con Él que sea experimental, de corazón. Nunca, nunca debemos olvidar, que “unión” es una cosa, y “comunión” es otra. Miles, me temo, que saben lo que es la “unión” con Cristo, desconocen totalmente lo que es la “comunión.”

Puede llegar el día cuando después de una larga lucha con la enfermedad, sintamos que la medicina no puede hacer nada más, que no queda nada sino morir. Los amigos estarán alrededor, incapaces de ayudarnos. El oído, la vista, inclusive el poder de orar, fallarán con rapidez. El mundo y sus sombras estarán derritiéndose bajo nuestros pies. La eternidad, con sus realidades, se elevará muy alta ante nuestras mentes. ¿Qué será lo que nos apoyará en esa hora de prueba? ¿Qué nos permitirá sentir, “no temeré mal alguno”? (Salmo 23: 4). Nada, nada puede hacerlo, sino la cercana comunión con Cristo. Cristo habitando en nuestros corazones por fe, Cristo poniendo Su diestra bajo nuestras cabezas, el sentimiento de que Cristo está sentado junto a nosotros, Cristo únicamente puede darnos la completa victoria en la última lucha.

Aferrémonos fuertemente a Cristo, amémosle de todo corazón, vivamos más enteramente para Él, copiémosle con mayor exactitud, confesémosle con denuedo, sigámosle más plenamente. Una religión como esta siempre traerá su propia recompensa. Los hermanos débiles la considerarán extremosa. Pero será muy útil. En la enfermedad nos traerá paz. En el mundo venidero nos dará una corona de gloria que no perderá su brillo.

El tiempo es corto. La moda de este mundo pasa y se disipa. Unas cuantas enfermedades más y todo habrá acabado. Unos cuantos funerales más y tendrá lugar nuestro propio funeral. Unas cuantas tormentas más, unas sacudidas más, y estaremos en puerto seguro. Viajamos a un mundo donde no hay más enfermedad, donde la separación, el dolor, el llanto, y el luto habrán desaparecido para siempre. El cielo se está llenando más cada año, y la tierra se está vaciando. Los amigos que nos han antecedido son cada vez más numerosos que los amigos que quedan atrás. “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará.” (Hebreos 10: 37). En Su presencia habrá plenitud de gozo. Cristo enjugará toda lágrima de los ojos de Su pueblo. El último enemigo que será destruido es la muerte. Pero será destruido. La muerte misma un día morirá. (Apocalipsis 20: 14).

Mientras tanto vivamos la vida de fe en el Hijo de Dios. Apoyemos todo nuestro peso en Cristo, y regocijémonos con el pensamiento que Él vive para siempre.

¡Sí: bendito sea Dios! Cristo vive, aunque nosotros muramos. Cristo vive, aunque amigos y familiares sean llevados a la tumba. El que abolió la muerte, vive, y trajo vida e inmortalidad a la luz por el Evangelio. Vive el que dijo: “Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol.” (Oseas 13: 14). Vive el que cambiará un día nuestro vil cuerpo, y lo hará semejante a Su cuerpo glorioso. En enfermedad y en salud, en vida y en muerte, apoyémonos confiadamente en Él. Ciertamente debemos repetir cada día con alguien de antaño, “¡Bendito sea Dios por Jesucristo!”

Fuente: http://evangelio.wordpress.com/2009/04/27/la-enfermedad/

Papas Evangélicos

Papas Evangélicos

Walter Jolón

El catolicismo romano afirma que el papa posee infalibilidad, es decir, cuando el papa habla en su calidad de pastor y maestro de todos los cristianos (católicos) y se dirige a ellos en asuntos de la fe y la moral, sus definiciones y doctrina van dirigidas sin error alguno y con autoridad suprema y soberana 1. El papa tiene la facultad de decidir algo por toda la iglesia ex cátedra (con autoridad), además, según el catolicismo, la infalibilidad del papa proviene de la asistencia divina revelada y establecida como un dogma o ley.

El problema de la doctrina de la infalibilidad papal es que todo creyente (católico romano) debe someterse a la enseñanza del papa y considerarla como perfecta y sin error porque viene por medio de revelación divina, la doctrina no puede ni debe ser contradicha, quien actúe de esta manera será considerado apóstata, hereje o rebelde.

Los protestantes o evangélicos históricamente han visto esta doctrina como sumamente peligrosa por las implicaciones que acarrea debido a que va en contra del principio de Sola Escritura que enseña que sólo la Biblia es la Palabra de Dios autoritativa e inspirada, es decir, la única fuente de doctrina cristiana, y que es accesible para todos, es decir, que es capaz de ser entendida con claridad, y se puede auto interpretar por ella misma 2(Véase 2 Ti. 3.16). La iglesia evangélica o protestante durante algunas décadas ha estado sufriendo la infiltración de doctrinas similares a la doctrina de la infalibilidad papal. Han surgido hombres y hasta mujeres que reclaman la autoridad apostólica similar a la autoridad que les fue delegada a los Apóstoles de Cristo (apóstoles modernos), pero el problema no queda únicamente allí, además de atribuirse autoridad apostólica similar a la autoridad del Apóstol Pedro, se han atribuido revelación divina para establecer nuevas doctrinas, lo sorprendente de esto es que se está promoviendo y esparciendo dentro del evangelicalismo que históricamente ha declarado dañina y peligrosa toda doctrina que va en contra del principio de la reforma protestante de Sola Escritura, todo lo que Dios quiso revelar quedó plasmado en el canon bíblico, no existe revelación ni autoridad más allá de la que posee la Biblia. No necesitamos nuevas revelaciones, la Biblia es la revelación suficiente (Véase Judas 32 P. 1.19). No necesitamos más autoridad, la Biblia posee la autoridad inherente porque es la Palabra de Dios, inerrante, infalible, única y santa.

Los papas evangélicos o apóstoles modernos operan bajo algunas de las siguientes características:

  1. Se atribuyen mayor autoridad que los oficios ministeriales de pastor-maestro que fueron establecidos desde la conformación de la iglesia primitiva.
  2. Se atribuyen nuevas revelaciones, nuevas enseñanzas extra bíblicas, o mejor dicho, anti-bíblicas.
  3. Enseñan que sus revelaciones no pueden ser contradichas, quien esté en contra de dichas revelaciones, según lo que ellos creen, está operando bajo alguna, sino es que todas las siguientes características:
    • El razonamiento y cuestionamiento.
    • Persecución de los profetas (modernos) o está en rebelión ante la autoridad.
    • Traición a la confianza delegada.
    • Persona no elegida por Dios que se dedica a perseguir a los apóstoles y profetas (modernos).
    • Únicamente observa lo que está escrito en la Biblia y no está abierta a las nuevas cosas que Dios está haciendo en este tiempo a través de los apóstoles y profetas modernos.
    • Únicamente le interesa la doctrina y no está abierto al trabajo y enseñanza de los nuevos apóstoles y profetas.
    • Únicamente sustenta las viejas revelaciones contenidas en la Biblia y no está abierto a las nuevas verdades reveladas a los apóstoles y profetas modernos.
    • Se quedó estancada en lo que Dios hizo en el pasado y no ha alcanzado a visualizar lo que Dios está haciendo el día de hoy a través de los apóstoles y profetas modernos.
    • Ha desafiado el movimiento apostólico y profético y disfruta criticar a las personas.
  4. Operan bajo la teología del dominionismo (“el reino aquí y ahora”).
  5. Operan bajo la teología de la prosperidad.
  6. Son parte del movimiento de la palabra de fe.
  7. Operan bajo la jerarquización de la iglesia diseñando organigramas y diferentes niveles de autoridad.

La raíz del problema

Ser parte de estas nuevas enseñanzas y su influencia sobre la iglesia evangélica presenta un grave problema, se pierde por completo el espíritu de la Reforma, y sobre todo se omite el principio de Sola Escritura; cientos de miles de personas de la iglesia evangélica moderna por ignorancia, ocio y engaño son fieles y sumisos a lo que los papas evangélicos enseñan, que a la misma Palabra de Dios. El ser humano, en su condición caída tiende a idolatrar; no existieran papas evangélicos si nosotros no los eleváramos a esas posiciones de autoridad y revelación.

Lo mismo sucede del lado de los doctrinalmente despiertos, tendemos a elevar en autoridad los magisterios de hombres que han buscado y se han mantenido fieles a las Escrituras, por ejemplo, si John Piper, R.C. Sproul o John MacArthur emiten una opinión sobre algún asunto teológico o doctrinal damos por sentado que es verdad (“Si ellos lo dicen, tiene que ser verdad”), pero debemos comprender que ellos siguen siendo falibles y que la responsabilidad al final no es de ellos si no nuestra, a cada uno de nosotros el Señor nos ha dado las mismas herramientas para el estudio y la comprensión de las Escrituras así como a ellos, recordemos, todo cristiano posee el Espíritu de Dios como Maestro para adquirir conocimiento y entendimiento de las verdades reveladas en las Escrituras que son la fuente del conocimiento de los mismos hombres que, sin habernos percatado, también los hemos convertido en papas evangélicos. ¿Necesitamos a hombres como Agustín de Hipona, Martin Lutero, Juan Calvino, John Owen, Charles Spurgeon, Martyn Lloyd-Jones, J.I. Packer, John Piper, R.C. Sproul, John MacArthur, Miguel Núñez, entre muchísimos más? Por supuesto que sí, pero no perdamos de vista que ellos no son la autoridad máxima; esta aclaración es necesaria porque a veces perdemos ese enfoque, las redes sociales son testigos de esto, encontramos debates y defensas acaloradas de nombres de hombres falibles y defectuosos como nosotros, todos ellos flaquean en algún punto doctrinal, y eso es bueno para que no los idolatremos, pero todos en conjunto también se complementan y eso puede ser provechoso para la Iglesia. Aprendamos humildemente unos de otros, reconozcamos siempre que seguimos siendo seres humanos falibles, defectuosos y pecadores pero que Dios, misericordiosamente nos ha dado el privilegio de enseñar y también de aprender por medio de la sabiduría que Él mismo otorga a todos los que se la pidan (Véase Stg. 1.5).

En síntesis, el problema no radica en los líderes que promueven las enseñanzas modernas similares a la doctrina católica de la infalibilidad papal infiltradas en la iglesia evangélica, tampoco es problema de los hombres fieles que promueven la sana doctrina, el problema radica en el corazón del ser humano, independientemente de la denominación o religión, la raíz del problema es que somos idólatras en nuestra condición caída.

Llamado a la reflexión

Haber vivido esta experiencia de primera mano en el movimiento apostólico y profético me motiva a escribir y dar a conocer la gravedad del asunto, el motivo del artículo no es con un espíritu sectario, ni con el ánimo de causar disolución, sin embargo, al seguir observando las prácticas dañinas de personas involucradas en estas prácticas y al contemplar la ceguera espiritual de tantas personas, me lleva a escribir para hacer un llamado a los que practican como también a los que reciben estas enseñanzas a que reflexionen y recapaciten y regresen a la Biblia. Lean, estudien y sométanse a la autoridad de la Palabra de Dios; no estoy llamando a la rebelión ni a la anarquía o autogobierno en la iglesia, debemos recuperar el gobierno eclesiástico bíblico por medio de ancianos (Véase 1 Ti. 5.17;  Tit. 1.52.2Stg. 5.14), donde el liderazgo se ejerce con humildad y servicio y no existe enseñoramiento de la grey (Véase 1 P. 5.2).  Recordemos que no hay mayor autoridad que la Biblia, ni si quiera existe persona, dogma, declaración, confesión, concilio, presbiterio, oficio, etc. que se iguale en autoridad a las Escrituras.

Llamado al arrepentimiento

Como dije anteriormente, al final la responsabilidad es nuestra, cada uno de nosotros, de forma individual comparecerá delante del Juez, no tendremos excusa, no  podremos culpar ni religión ni denominación alguna, ni mucho menos podremos señalar personas específicas, la completa responsabilidad es nuestra ahora, y seguirá siendo nuestra hasta el día que debamos entregar cuentas. Es una buena actitud que juntos nos arrepintamos, porque al final, nuestra naturaleza caída nos ha traicionado al depender de otros individuos y otorgarles autoridad, autoridad que solamente pertenece a Dios y Su Palabra. Oremos por los católicos para que procedan al arrepentimiento, pero también oremos por los pentecostales, metodistas, presbiterianos, bautistas, por nosotros mismos, etc., porque al final, de una u otra manera, hemos cometido el mismo error. Oremos, seamos humildes y arrepintámonos. Ya no existirán más papas evangélicos cuando cuando ya no los convirtamos en ídolos. La doxología de la oración del Señor, el Padrenuestro, nos enseña claramente la actitud que debemos demostrar: “… porque tuyo es el reino, el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.” (Mt. 6.13).

Utilicemos comentarios, libros, podcasts, videos, la televisión, la radio, la internet y toda clase de recursos bíblicos que Dios nos ha otorgado como medios de gracia para nuestro estudio, pero recordemos, nada de esto fuera posible si la Palabra de Dios no hubiese sido revelada ni inspirada por medio del Espíritu Santo para que ahora poseamos el libro de Dios, la Biblia. Sin la Biblia, todo lo demás se derrumba.

Soli Deo Gloria.

Acerca del autor

Walter Jolón fue alcanzado por la gracia de Dios en marzo del año 2008, desde entonces sirve Cristo, es fundador del Ministerio Evangelio Verdadero y actualmente está en el proceso de plantación de una iglesia saludable centrada en el evangelio en su ciudad natal al sur de Guatemala, está felizmente casado con Jackelinne con quién Dios los bendijo procreando dos hijos, Oliver y Fabrizio.

La Cautividad Pelagiana De La Iglesia 

La Cautividad Pelagiana De La Iglesia 

Robert Charles Sproul

Inmediatamente después que inició la Reforma, en los primeros años después  de que Martín Lutero clavara sus Noventa y Cinco Tesis sobre la puerta de la iglesia en Wittenberg, publicó algunos cortos panfletos sobre una variedad de temas.  Uno de los más provocativos fue el titulado La Cautividad Babilónica de la Iglesia.  En este libro Lutero miró en retrospectiva al período de la historia del Antiguo Testamento cuando Jerusalén fue destruida por los ejércitos invasores de Babilonia y la elite del pueblo fue llevada a la cautividad. Lutero en el siglo dieciséis tomó la imagen de la histórica cautividad babilónica y la reaplicó a esa era y habló acerca de la nueva cautividad babilónica de la iglesia. Habló de Roma como la nueva Babilonia que aprisionó el Evangelio cautivándolo con su rechazo del entendimiento bíblico de la justificación. Puede entender  cuan fiera era la controversia, cuan polémico sería este título en este período, al decir que la Iglesia no simplemente había errado o extraviado, sino que había caído —que ésta es en realidad ahora Babilonia— en un cautiverio pagano.

A menudo he pensado que si Lutero viviera hoy y viniera a nuestra cultura y echara una mirada, no en la comunidad de la iglesia liberal, sino en las iglesias evangélicas, ¿qué podría  decir?  ¡Oh claro!, no puedo responder esta pregunta con ningún tipo de autoridad definitiva, pero pienso que  sería esto: Si Martín Lutero viviera hoy y tomara su pluma para escribir, el libro que podría escribir en nuestro tiempo sería titulado La Cautividad Pelagiana de la Iglesia Evangélica.

Lutero vio la doctrina de la justificación como el combustible de un profundo problema teológico. Él escribió extensamente acerca de esto en La Esclavitud de la Voluntad. Cuando miramos a la Reforma y vemos las solas de la Reforma —Sola Scriptura, Sola Fide, Solus Christus, Soli Deo gloria y Sola gratia— Lutero estaba convencido de que el verdadero punto de la Reforma era el tema de la gracia; y que el subrayar la doctrina de sola fide, justificación sólo por fe, estaba precedida por un compromiso con sola gratia, el concepto de la justificación sólo por gracia.

En la edición de Fleming Revell de La Esclavitud de la Voluntad,  los traductores J. I. Packer y O. R. Johnston,  incluyeron una introducción teológica e histórica extensa y confrontante para este libro.  El siguiente párrafo es parte del fin de esta introducción:

“Estas cosas necesitan ser consideradas por los protestantes de hoy.  ¿Con qué derecho podemos llamarnos a nosotros mismos hijos de la Reforma? Mucho del Protestantismo moderno ni podría llamarse Reformado o aún ser reconocido por los Reformadores pioneros.  La Esclavitud de la voluntad coloca ante nosotros lo que ellos creían acerca de la salvación de la humanidad perdida. A la luz de esto, estamos obligados a preguntar si la cristiandad protestante no ha vendido su legado entre los días de Lutero y los nuestros. ¿No tiene el Protestantismo de hoy más de Erasmianismo  que de Luterano? ¿A menudo no hemos tratado de minimizar y opacar las diferencias doctrinales en nombre de la paz entre grupos?  ¿Somos inocentes de la indiferencia doctrinal, la cual Lutero atribuyó a Erasmo?”

¿Permanecemos creyendo que la doctrina importa?

Históricamente, apegándose a los hechos es claro que Lutero, Calvino, Zwinglio y  todos los principales teólogos protestantes de la primera época de la Reforma sostuvieron en esto exactamente el mismo punto de vista. Sobre otros puntos tuvieron diferencias. Pero en la afirmación de la incapacidad del hombre en el pecado y la soberanía de Dios en la gracia, fueron enteramente uno. Para todos ellos éstas doctrinas fueron la pura esencia de la fe cristiana. Un editor moderno de las obras de Lutero dice esto:

“Quienquiera que cierre este libro sin haber reconocido que la teología evangélica se sostiene o cae con la doctrina de la esclavitud de la voluntad lo ha leído en vano.  La doctrina de la justificación gratuita por la fe sola, la cual llegó a estar en el centro de la tormenta de mucha de la controversia durante el período de la Reforma, es a menudo considerada como el corazón de la teología de los Reformadores, pero esto no es preciso.  La verdad es que su pensamiento estaba realmente centrado sobre el argumento de Pablo, que fue hecho eco por Agustín y otros, que la salvación  de los pecadores es totalmente sólo por la gracia libre y soberana, y que la doctrina de la justificación por fe  fue importante para ellos porque salvaguardaba el principio de la gracia soberana. La soberanía de la gracia encontraba expresión en un nivel más profundo de su pensamiento al descansar en la doctrina de la regeneración monergista”.

Esto quiere decir, que la fe que recibe a Cristo para justificación es en sí misma el libre don del Dios soberano. El principio de sola fide no es correctamente entendido hasta que es visto como afianzado al principio más amplio de sola gratia.  ¿Cuál es el origen de la fe?  ¿Es la fe el don de Dios, indicando  por  tanto que la justificación es recibida por la dádiva de Dios, o es ésta una condición de la justificación la cual es dejada para que el hombre la cumpla?  ¿Puede percibir la diferencia?  Déjeme ponerla en términos simples. Escuché recientemente a un evangelista decir, “Aunque Dios  llevó a cabo miles de pasos para alcanzarte y redimirte,  sin embargo el punto culminante  es que debes llevar a cabo el paso decisivo para ser salvo”.  Considera la declaración que ha sido hecha por el más amado líder evangélico de América del siglo veinte, Billy Graham, quien dice con gran pasión, “Dios hace el noventa y nueve por ciento de ello, pero todavía debes hacer el último uno por ciento.”

¿Qué es pelagianismo?

Ahora, regresemos brevemente a mi título, “La cautividad pelagiana de la iglesia”.

¿De qué estamos hablando?

Pelagio fue un monje quien vivió en Bretaña en el siglo quinto.  Él fue contemporáneo del más grande teólogo del primer milenio de la historia de la iglesia si es que no de todo el tiempo, Aurelio Agustín, obispo de Hipona en el Norte de África. Nosotros hemos escuchado de San Agustín, de sus grandes obras de teología, de su Ciudad de Dios, de sus Confesiones, las cuales permanecen como clásicos del Cristianismo.

Agustín, además de ser un teólogo titánico y tener un intelecto prodigioso, fue también un hombre de profunda espiritualidad y oración.  En una de sus oraciones famosas, Agustín hizo a Dios un aparente daño en una declaración inocente en la cual dice: “Oh Dios, ordena lo que quieras, y concédeme hacer lo que ordenas”.  Ahora,  ¿Quería Agustín que te diera una apoplejía al escuchar una oración como esta? Como ciertamente le dio a Pelagio, el monje inglés que se atravesó en su trayectoria. Cuando escuchó esto, protestó vociferadamente, aun apelando a Roma para conseguir que esta oración de la pluma de Agustín fuera censurada. Porque he aquí, él dijo: “¿Estás diciendo Agustín, que Dios tiene el derecho inherente de ordenar cualquier cosa que desee de sus criaturas?” Nadie va a disputar eso. Dios inherentemente, como creador del cielo y la tierra, tiene el derecho de imponer obligaciones sobre sus criaturas y decir, debes hacer esto y no debes hacer eso. La expresión‘ordena cualquier cosa que quieras’ es una oración perfectamente legítima.

Es la segunda parte de la oración la que Pelagio aborrecía, cuando Agustín dijo, “y concédeme hacer lo que ordenas.”  Él dijo, “¿De qué estás hablando?  Si Dios es justo, si Dios es recto y Dios es santo, y Dios ordena de la criatura hacer algo, ciertamente que la criatura debe tener el poder en sí misma, la habilidad moral en sí misma, para llevarla a cabo o Dios nunca demandaría esto en primer lugar.”  Ahora esto tiene sentido, ¿no es así?  Lo que Pelagio estaba diciendo es que la responsabilidad moral siempre y en todo lugar implica capacidad moral o sencillamente habilidad moral. Entonces, ¿Por qué deberíamos orar, “Dios concédeme, dame el don de ser capaz de hacer  lo que me ordenas  que haga?” Pelagio vio en esta declaración una sombra  que estaba siendo puesta  sobre la integridad de Dios mismo, quién requería responsabilidad de la gente para hacer algo que no podían hacer.

Por ello, en el debate consecuente, Agustín dejó claro que en la creación, Dios no mandó a Adán y Eva nada que fueran incapaces de hacer. Pero una vez que la transgresión entró y la humanidad llegó a estar caída, la ley de Dios no fue cancelada ni Dios la ajustó rebajando sus requerimientos santos para acomodarlos a la débil condición caída de su creación. Dios castigó a su creación al descargar sobre ellos el juicio del pecado original, por lo que cada uno que nace en este mundo después de Adán y Eva, nace ya muerto en pecado. El pecado original no es el primer pecado. Este es el resultado del primer pecado; se refiere a nuestra corrupción inherente, por la cual nacemos en pecado, y en pecado nos concibió nuestra madre. No nacemos en un estado neutral de inocencia, sino que nacemos en una condición pecaminosa y caída. Prácticamente cada iglesia dentro del histórico Concilio Mundial de Iglesias en algún punto de su historia y en el desarrollo de su credo articula algún tipo de doctrina del pecado original. Así que, es claro para  la revelación bíblica, que se tendría que repudiar el punto de vista bíblico de la humanidad para negar el pecado original como un todo.

Este es precisamente el punto que estuvo en la batalla entre Agustín y Pelagio en el siglo quinto. Pelagio dijo que no hay tal cosa como pecado original. El pecado de Adán afectó a Adán y solamente a Adán. No hay trasmisión o trasferencia de culpa o caída o corrupción a la progenie de Adán y Eva. Cada uno es nacido en el mismo estado de inocencia en el cual Adán y Eva fueron creados. Además él dijo, es posible para una persona vivir una vida de obediencia a Dios, una vida de perfección moral, sin ninguna ayuda de Jesús ni de la gracia de Dios. Pelagio dijo que la gracia -y he aquí la distinción clave- facilita  la justicia.  ¿Qué significado tiene “facilita?” Esta ayuda, ésta hace más fácil, hace más sencilla, pero usted no tiene que tenerla. Usted puede estar perfectamente sin ella. Pelagio declaró aún más, que no es solamente posible de manera teórica para algunos individuos vivir una vida perfecta sin la asistencia de la gracia divina, sino que de hecho hay personas que lo hacen. Agustín dijo,  “No, no, no, no… nosotros estamos por naturaleza infectados por el pecado, hasta las profundidades y raíz de nuestro ser” – a tal punto que no hay ser humano que tenga el poder moral para inclinarse a sí mismo y cooperar con la gracia de Dios. La voluntad humana, como resultado del pecado original, permanece sin tener el poder de escoger, sino que es esclava de sus malos deseos e inclinaciones. La condición de la humanidad caída es tal que Agustín podía describirla como incapacidad para no pecar. En términos sencillos, lo que Agustín estaba diciendo es que en la Caída, el hombre perdió la capacidad para hacer las cosas de Dios y quedó cautivo a sus propias inclinaciones malvadas.

En el siglo quinto la iglesia condenó a Pelagio como herético. El pelagianismo fue condenado en el Concilio de Orange, y fue condenado de nuevo en el Concilio de Florencia, el Concilio de Cartago, y también irónicamente, en el Concilio de Trento en el siglo dieciséis en los primeros tres anatemas de los Cánones de la Sexta Sesión. Por lo tanto, consistentemente a través de la historia de la Iglesia se ha condenado firme y completamente  el Pelagianismo -porque el pelagianismo niega la caída de nuestra naturaleza; éste niega la doctrina del pecado original.

Ahora, que es el llamado semi-pelagianismo, como el prefijo “semi” sugiere, era algo posicionado en medio del pleno Agustinianismo y el pleno Pelagianismo. El semi-pelagianismo dice esto: Sí, hubo una caída; sí hay tal cosa como pecado original; sí, la constitución de la naturaleza humana ha sido cambiada por este estado de corrupción y todas las partes de nuestra humanidad han sido significativamente debilitadas por la caída, a tal punto que sin la asistencia de la gracia divina ninguno puede tener la  posibilidad de ser redimido, por consiguiente la gracia no es únicamente útil sino necesaria para la salvación. Pero, aun cuando estamos tan caídos que no podemos ser salvos sin la gracia, no estamos tan caídos que no podamos tener la capacidad para aceptar o rechazar la gracia cuando nos es ofrecida. La voluntad está debilitada pero no es esclava. Hay remanentes en el centro de nuestro ser, una isla de justicia que permanece intocable por la caída. Es la respuesta de esta pequeña isla de justicia, ésta pequeña pieza de bondad que está intacta en el alma o en la voluntad lo que hace la diferencia determinante entre el cielo o el infierno. Es esta pequeña isla la que debe ser ejercida cuando Dios lleva a cabo sus miles de pasos para alcanzarnos, pero en el análisis final es un paso que debemos tomar el que determina ya sea el cielo o bien el infierno, es el ejercitar ésta pequeña isla de justicia que está en el centro de nuestro ser para hacerlo o no hacerlo. Agustín no  reconoció  esta pequeña isla ni aún como un arrecife de coral en el Pacífico sur. Él dijo que ésta era una isla mitológica, que la voluntad estaba esclava, y que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados.

Irónicamente, la Iglesia condenó el semi-pelagianismo tan vehementemente como lo hizo cuando condenó el Pelagianismo original. Pasado el tiempo usted llega al siglo dieciséis y  lee el entendimiento Católico de lo que sucede en la salvación,  y  la iglesia ha repudiado básicamente lo que Agustín enseñó y también lo que Aquino enseñó. La Iglesia concluyó que hay remanentes de esta libertad que están intactos en la voluntad humana y que el hombre debe cooperar con -y asentir con- la gracia precedente que es ofrecida a ellos por Dios. Si ejercemos esta voluntad, si ejercemos una cooperación con cualquiera de los poderes que en nosotros han sido dejados, seremos salvos. Y por lo tanto en el siglo dieciséis la Iglesia volvió a abrazar el semi-Pelagianismo.

En el tiempo de la Reforma, todos los reformadores estaban de acuerdo en un punto: la incapacidad moral de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos a las cosas de Dios; que toda la gente, en el orden para ser salvas, estaban totalmente dependientes, no noventa y nueve por ciento, sino un cien por ciento dependientes de la obra de regeneración monergista como primer paso para venir a la fe,  y que la fe es en sí misma un don de Dios. La fe no es lo que estamos ofreciendo para la salvación y que naceremos de nuevo si escogemos creer. Sino que no podemos ni aún creer hasta que Dios en su gracia y en su misericordia primero cambia la disposición de nuestras almas a través de su obra soberana de regeneración. En otras palabras, en lo que todos los reformadores estuvieron de acuerdo fue con, que a menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ni ver el reino de Dios, ni puede entrar en él.  Tal como Jesús dijo en Juan capítulo seis, “Ninguno puede venir a mí, a menos que le sea dado por mi Padre” -la condición necesaria para la fe  y la salvación de cualquier persona es la regeneración.

Los Evangélicos y la Fe

El Evangelicalismo moderno casi uniformemente y universalmente enseña que en el orden para que una persona sea nacida de nuevo, debe primero ejercer fe. Tienes que escoger nacer de nuevo. ¿No es esto lo que escuchas?  En una encuesta de George Barna, más del setenta y cinco por ciento de “cristianos evangélicos profesantes” en América expresaron la creencia que el hombre es básicamente bueno. Y más del ochenta por ciento articularon el punto de vista que Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos. Estas posiciones -déjeme decirlo de manera negativa- ninguna de estas posiciones son semi-Pelagianas. Ambas son Pelagianas. El decir que somos básicamente buenos es un punto de vista Pelagiano. Yo estaría dispuesto a asumir que en casi un treinta por ciento de la gente quien está leyendo este tema, y probablemente más, si realmente examinamos su pensamiento con detenimiento, encontraremos que en sus corazones está latiendo el Pelagianismo. Estamos plagados con él. Estamos rodeados por él. Estamos inmersos en él. Lo escuchamos cada día en la cultura secular, lo escuchamos cada día en la televisión y la radio Cristiana.

En el siglo diecinueve, hubo un predicador quien llegó a ser muy popular en América, escribió un libro de teología, que surgió de su propia formación en leyes, en el cual no abrevió su Pelagianismo. Él rechazó no sólo el Agustinianismo, sino también rechazó el semi-Pelagianismo y sostuvo claramente la posición pelagiana sin encubrirla, diciendo en términos no inciertos, sin ambigüedad, que no había Caída y que no había tal cosa como pecado original. Este hombre vino a atacar cruelmente la doctrina de la expiación sustitutiva de Cristo, y además de eso, repudió tan clara y tan  fuertemente como pudo la doctrina de la justificación por la sola fe por medio de la imputación de la justicia de Cristo. La tesis básica de este hombre fue, “no necesitamos la imputación de la justicia de Cristo porque tenemos la capacidad en y de nosotros mismos para llegar a ser justos”.  Su nombre: Charles Finney, uno de los más respetados evangelistas de América. Ahora, si Lutero estaba correcto en decir que la sola fide es el artículo sobre el cual la iglesia se sostiene o cae, si lo que los reformadores dijeron que la justificación por la fe sola es una verdad esencial del Cristianismo, quienes además argüían que la expiación sustitutiva es una verdad esencial del Cristianismo; si ellos estaban en lo correcto en su evaluación de que estas doctrinas son verdades esenciales del Cristianismo, la única conclusión a la que podemos llegar es que Charles Finney no era Cristiano. Yo leo sus escritos y digo, “no veo cómo alguna persona cristiana pudiera escribir esto.”  Y aun, él está en el Salón de la Fama del Cristianismo Evangélico de América. Él es el santo patrón del Evangelicalismo del siglo veinte. Y él no es semi-pelagiano; él es descarado en su pelagianismo.

La Isla de Justicia

Una cosa es clara: puedes ser Pelagiano puro y ser  bienvenido por completo en el movimiento evangélico de hoy. Esto no es simplemente que el camello metió su nariz en la tienda; no solamente es que está dentro de la tienda, sino que ha sacado al propietario de la tienda. El Evangelicalismo moderno mira hoy con suspicacia a la teología Reformada, la cual ha llegado a ser colocada como ciudadano de tercera clase del Evangelicalismo.  Ahora,  usted dice, “espera un minuto R. C., no encierres a todos en el argumento del pelagianismo extremo, después de todo, Billy Graham y el resto de las personas están diciendo que hubo una Caída; que debes tener la gracia; que hay tal cosa como pecado original; y los semi-Pelagianos no están de acuerdo con el simplista y optimista punto de vista acerca de la no caída naturaleza humana de Pelagio.” Y esto es verdad.  No cuestionaré acerca de ello. Pero es esta pequeña isla de justicia donde el hombre todavía tiene la habilidad, en y de sí mismo, para retornar, cambiar, inclinar, disponer, y abrazar la oferta de la gracia, que revela porque históricamente el semi-Pelagianismo no es llamado semi-Agustinianismo, sino semi-Pelagianismo, éste realmente nunca escapa a la idea central de la esclavitud del alma, la cautividad del corazón humano en pecado, que no está simplemente infectado por una enfermedad que puede ser mortífera si es dejada sin tratamiento, sino que es mortal.

Escuché a un evangelista usar dos analogías para describir lo que sucede en nuestra redención. Él dijo,  el pecado tiene tal fortaleza sobre nosotros, un estrangulamiento, que es semejante a  una persona quien no puede nadar, quien cae por la borda en un mar furioso, y es la tercera vez que se sumerge y únicamente las puntas de sus dedos permanecen fuera del agua; y a menos que alguien intervenga a rescatarle, no tiene esperanza de sobrevivir, su muerte es cierta. Y a menos que Dios le tire un salvavidas,  no puede ser rescatado. Y Dios no solamente le debe tirar  un salvavidas en cualquiera área donde él se encuentra, sino que el salvavidas tiene que caerle en el lugar correcto donde sus dedos permanecen extendidos fuera del agua, y  acertarle de tal manera que pueda sostenerlo. El salvavidas tiene que haber sido tirado perfectamente. Pero todavía este hombre se ahogará a menos que  lo tome con sus dedos y los sostenga alrededor del salvavidas, entonces Dios le rescatará.  Si esta pequeña acción no es hecha, él ciertamente perecerá.

La otra analogía es esta: Un hombre esta terriblemente débil, enfermo de muerte, yaciendo en su cama de hospital con un padecimiento que es terminal.  No hay manera que pueda curarse a menos que alguien externo venga con una cura, una medicina que curará su enfermedad fatal. Y Dios tiene la cura y camina hacia el cuarto con la medicina. Pero el hombre está tan débil que no puede tomarse la medicina por sí mismo; Dios tiene que ponerla en la cuchara. El hombre está tan enfermo que se halla casi en un estado comatoso. Él no puede ni siquiera abrir su boca, y Dios tiene que inclinarse y abrirle la boca. Dios coloca la cuchara en los labios del hombre, sin embargo el hombre todavía tiene que tomarla.

Ahora, si vamos a usar analogías, usemos las adecuadas. El hombre no se está sumergiendo por tercera vez; él está tan frío como una piedra en el fondo del mar.  Éste es el lugar donde usted estuvo  cuando una vez estaba muerto en sus delitos y pecados y andaba conforme a la corriente de este mundo, de acuerdo con el príncipe de la potestad del aire. Y cuando  estaba muerto Dios le dio vida juntamente con Cristo. Dios  se sumergió al fondo del mar y tomando este cadáver sopló el aliento de su vida en él y resucitó de la muerte. Y no es que usted estaba en la cama del hospital con cierta enfermedad, más bien, cuando usted nació, llegó muerto. Esto es lo que la  Biblia dice: que estamos muertos moralmente.

¿Tenemos nosotros una voluntad?  Sí, oh claro que la tenemos. Calvino dijo, si quieres decir por libre albedrío una facultad de escoger aquello que tienes el poder en ti mismo, de escoger lo que deseas, entonces tenemos libre albedrío. Si quieres  decir por libre albedrío la capacidad de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos y ejercer la voluntad para escoger las cosas de Dios sin la previa obra monergista de regeneración, entonces, Calvino dijo, libre albedrío  es un término exorbitantemente grandioso para aplicarlo al ser humano.

La doctrina semi-pelagiana del libre albedrío que prevalece en el mundo evangélico de hoy es un punto de vista pagano que niega la cautividad del corazón humano en el pecado. Esta visión desestima el dominio que el pecado tiene sobre nosotros.

Ninguno de nosotros quiere ver las cosas tan mal como son realmente.  La doctrina bíblica de la corrupción humana es dura.  No escuchamos al Apóstol Pablo decir, “Usted sabe, es triste que tengamos tal cosa como pecado en el mundo; ninguno es perfecto.  Pero estemos de buen ánimo, somos básicamente buenos.” ¿Puede ver que aún una lectura superficial de la Escritura niega esto?

Ahora, regresemos a Lutero ¿Cuál es el origen y  la posición  de la fe? ¿Es la fe el don de Dios significando con ello que la justificación es recibida por la dádiva de Dios? O ¿Es una condición de la justificación, la cual tenemos que  cumplir? ¿Es su fe una obra? ¿Es ésta la única obra que Dios le deja hacer? Recientemente tuve una discusión con algunas personas en Gran Rapids, Michigan.  Estaba hablando sobre sola gratia, y una de las personas estaba en desacuerdo.  Él dijo, “¿Estás  tratando de decirme que en conclusión es Dios quien soberanamente regenera o no el corazón?”

Y le dije, “Sí”; y él estuvo aún más en desacuerdo por esto. Le dije, “Déjame preguntarte esto: ¿Eres cristiano?

Él dijo, “Sí.”

Le dije, “¿Tienes amigos que no son cristianos?”

Él dijo, “¡Oh!, claro que sí.”

Le dije, “¿Por qué eres  cristiano y tus amigos no lo son?  ¿Es por qué eres más justo que ellos? Él no era estúpido. Él no iba a decir, “¡Oh! claro es porque soy más justo.  Yo hice la cosa correcta y mis amigos no”.  Él sabía  a donde quería llegar con esta pregunta.

Y él dijo, “Oh, no, no, no.”

Le dije, “Dime porqué ¿Es por qué eres más inteligente que tus amigos?

Y él dijo, “No.”

Sin embargo él no estaba de acuerdo que al final, el punto decisivo era la gracia de Dios. Él no quería venir a esto. Y después de discutir por quince minutos, él dijo, “ESTA BIEN, te lo diré. Soy un cristiano porque hice la cosa correcta, tuve la respuesta correcta y mis amigos no lo hicieron.”

¿En qué estaba confiando esta persona para su salvación? No en sus obras en general, sino en una obra que  había hecho. Y él era un protestante, un evangélico. Pero su punto de vista de la salvación no era diferente del punto de vista romano.

La Soberanía de Dios en la Salvación

Este es el punto: ¿Es la fe una parte del don de Dios en la salvación? O ¿Es ésta tu propia contribución a la salvación? ¿Es nuestra salvación totalmente de Dios o depende finalmente de algo que hagamos por nosotros mismos? Aquellos quienes dicen esto último, que finalmente depende de algo que hagamos por nosotros mismos, por consiguiente niegan la absoluta incapacidad de la humanidad en el pecado y afirman con ello una forma de semi-Pelagianismo que es cierta después de todo. No es  de maravillarse que más tarde la teología Reformada condenara el Arminianismo en su esencia, porque en principio, ambos regresan a Roma, en efecto, éste torna la fe en una obra meritoria, y es un rechazo de la Reforma porque niega la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores, la cual fue el principio teológico y religioso más arraigado del pensamiento de los reformadores. El Arminianismo era sin lugar a dudas, a los ojos de los Reformados, una renunciación del Cristianismo del Nuevo Testamento a favor del Judaísmo del Nuevo Testamento. En esencia confiar en la fe de uno mismo no es diferente que confiar en las obras de uno mismo, y el uno es tan sub-cristiano y anti-cristiano  como el otro. A la luz de lo que Lutero le dice a Erasmo no hay duda que tenemos que ratificar este juicio.

Y aunque este punto de vista  es el que predomina en las encuestas de hoy en la  mayoría de los círculos evangélicos profesantes.  Y así como el semi-Pelagianismo es en esencia simplemente una versión ligeramente velada del Pelagianismo verdadero, de igual manera éste es el mismo que prevalece en la iglesia, y no sé qué pasará. Sin embargo, si sé que no sucederá: No tendremos una nueva Reforma.  Hasta que nos humillemos y entendamos que ningún hombre es una isla y que ningún hombre tiene una isla de justicia, que somos completamente dependientes de la pura gracia  de Dios para nuestra salvación, no empezaremos a descansar sobre la gracia y a regocijarnos en la grandeza de la soberanía de Dios, hasta que no desechemos la influencia pagana del humanismo que exalta y coloca al hombre en el centro de la religión. Hasta que esto suceda no tendremos una nueva Reforma, porque en el corazón de la enseñanza Reformada está el lugar central de la adoración y gratitud dadas a Dios y sólo a Dios.

Soli Deo Gloria.

 

R.C. Sproul (Robert Charles Sproul, nacido el 13 de febrero 1939) es un teólogo norteamericano, autor y pastor. Él es el fundador y presidente de Ministerios Ligonier (llamado así por el Valle Ligonier a las afueras de Pittsburgh, donde el ministerio comenzó como un centro de estudios de la universidad y del seminario los estudiantes) y puede ser escuchado a diario en su programa radial “Renovando Tu Mente” en los Estados Unidos e internacionalmente. “Renovando Tu Mente con el Dr. RC Sproul” también se emite en Sirius y XM Satellite Radio . A finales de julio de 2012, una nueva estación de radio por Internet cristiana llamada RefNet (Reforma Red) [4] fue también anunciada por Ligonier Ministries en un esfuerzo por llegar “a tantas personas como sea posible”, donde el acceso a Internet está disponible.

Ministerios Ligonier  acoge varias conferencias teológicas cada año, incluyendo la conferencia principal se celebra cada año en Orlando, FL , en la que Sproul es uno de los oradores principales.

 

 

http://www.evangelioverdadero.com/