El motivo de la iglesia

El motivo de la iglesia

3/11/2017

A él sea gloria en la iglesia. (Efesios 3:21)

Si se fuera a entrevistar a un grupo de personas y pedirles que mencionen el propósito fundamental de la iglesia, es probable que se obtengan muchas respuestas diferentes.

Algunas pudieran sugerir que la iglesia es un lugar para hacer amistades con personas espirituales. Es donde los creyentes se fortalecen los unos a los otros en la fe y donde se cultiva y se expresa el amor.

Otros pudieran sugerir que la misión de la iglesia es enseñar la Palabra, preparar a los creyentes para diversas responsabilidades e instruir a los niños y a los jóvenes con el propósito de ayudarlos a crecer en Cristo.

Aun otras pudieran decir que otro propósito de la iglesia es alabar a Dios. La iglesia es una comunidad de alabanza que exalta a Dios por lo que es y por lo que ha hecho. Algunas personas sugerirían que como la alabanza es la actividad principal del cielo, debe ser la responsabilidad primordial de los que están en la tierra.

Pero tan importante como son la comunión, la enseñanza y la alabanza, el motivo principal de la iglesia es glorificar a Dios. El apóstol Pablo describió la salvación como “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef. 1:6).

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Dos verdades infinitamente fuertes y tiernas

MARZO, 11

Dos verdades infinitamente fuertes y tiernas

Devocional por John Piper

Declaro el fin desde el principio y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho. Yo digo: “Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré.” (Isaías 46:10)

La palabra soberanía (como la palabra trinidad) no aparece en la Biblia. La usamos para referirnos a la siguiente verdad: Dios está en total control del mundo, desde la más grande intriga internacional, hasta la caída del pajarillo más pequeño en el bosque.

La Biblia lo explica de la siguiente manera: «Yo soy Dios, y no hay ninguno como yo… Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré» (Isaías 46:10). «El actúa conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra; nadie puede detener su mano, ni decirle: “¿Qué has hecho?”» (Daniel 4:35). «Pero Él es único, ¿y quién le hará cambiar? Lo que desea su alma, eso hace. Porque Él hace lo que está determinado para m텻 (Job 23:13-14). «Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que le place» (Salmos 115:3).

Una razón por la que esta doctrina es tan preciosa para los creyentes es que sabemos que el gran deseo de Dios es mostrar misericordia y bondad a aquellos que en él confían (Efesios 2:7; Salmos 37:3-7; Proverbios 29:25). La soberanía de Dios significa que sus designios para nosotros no pueden ser frustrados.

Nada, absolutamente nada, le ocurre a aquellos que «aman a Dios y que son llamados conforme a su propósito» sino solo lo que es para nuestro más profundo bien (Salmos 84:11).

Por lo tanto, la misericordia y la soberanía de Dios son los dos pilares mellizos de mi vida. Son la esperanza de mi futuro, la energía de mi servicio, el centro de mi teología, el vínculo en mi matrimonio, la mejor medicina para toda enfermedad, el remedio para todo desaliento.

Y cuando llegue el día de mi muerte (ya sea tarde o temprano), estas dos verdades estarán paradas al lado de mi cama con manos infinitamente fuertes y tiernas levantándome hacia Dios.

http://solidjoys.sdejesucristo.org/

¿Puede un cristiano cometer suicidio?

 

Coalición por el Evangelio

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Miguel Núñez

Esta ha sido uno de los temas controversiales a lo largo de los años, y que lamentablemente muchos han respondido de una manera emocional y no a través del análisis bíblico. Aquellos de nosotros que crecimos en el catolicismo siempre oímos que el suicidio era un pecado mortal que enviaba a la persona al infierno irremediablemente. Para muchos, que han crecido con esa posición, se le hace imposible despojarse de esa idea. Otros han estudiado el tema y después de haberlo hecho han concluido que ningún cristiano sería capaz de terminar con su vida. Hay otros que afirman que un cristiano podría cometer suicidio, pero perdería la salvación. Y aun otros piensan que un cristiano podría cometer suicidio en situaciones extremas, sin que eso conlleve su condenación.

En esencia tenemos entonces cuatro posiciones:

a) Todo el que comete suicidio bajo cualquier circunstancia va al infierno (posición Católica tradicional).

b) Un cristiano nunca llega a cometer suicidio porque Dios lo evitaría.

c) Un cristiano puede cometer suicidio, pero perdería su salvación.

d) Un cristiano puede cometer suicidio sin que necesariamente pierda su salvación.

La primera de estas cuatro posiciones fue la creencia mayoritaria hasta la época de la Reforma, cuando la doctrina de la salvación (Soteriología) comenzó a ser mejor estudiada y entendida. En ese momento, tanto Lutero como Calvino concluyeron que ellos no podían afirmar categóricamente que un cristiano no podía cometer suicidio, y/o que el que se suicidaba iría a la condenación. En la medida en que la salvación de las almas fue analizada en detalle, muchos de los reformadores comenzaron a concluir de manera distinta a lo que la iglesia de Roma había tenido hasta entonces.

Al final del camino, la pregunta es: ¿qué dice la Biblia?  

Comencemos mencionando aquellas cosas que sabemos de manera definitiva a partir de la revelación de Dios:

  • El ser humano es totalmente depravado (primer punto del TULIP calvinista). Con esto no queremos decir que el ser humano es tan malo como pudiera ser, sino que todas sus capacidades están teñidas por el pecado: su mente o intelecto, su corazón o emociones y su voluntad.
  • El cristiano ha sido regenerado, pero aun después de haber nacido de nuevo, debido a la permanencia de la naturaleza carnal, continúa con la capacidad de cometer cualquier pecado, con la excepción del pecado imperdonable.
  • El pecado imperdonable es mencionado en Marcos 3:25-32 y otros pasajes, y a partir de ese contexto podemos concluir que este pecado se refiere al rechazo continuo de la acción del Espíritu Santo en la conversión del hombre. Otros, a partir del pasaje citado, lo entienden como el atribuir a Satanás las obras del Espíritu de Dios. Obviamente, en ambos casos se está haciendo referencia a una persona no creyente.
  • De manera particular queremos destacar que el cristiano es capaz de quitarle la vida a otra persona, como lo hizo el Rey David, sin que esto afectara su salvación.
  • El sacrificio de Cristo en la cruz perdonó todos nuestros pecados: pasados, presentes y futuros (Colosenses 2:13-14, Hebreos 10:11-18).
  • Lo anterior implica que el pecado de mañana de un cristiano fue perdonado en la cruz, donde Cristo nos justificó, y al justificarnos nos declaró justos sin serlo, y lo hizo como una sola acción que no necesita ser repetida en el futuro. En la cruz Cristo no nos hizo justificables, sino justificados (Romanos 3:23-26, Romanos 8:29-30).

La salvación y el acto del suicidio

Dentro del movimiento evangélico existe un grupo de creyentes, a quienes ya hemos aludido, denominados Arminianos, que difieren de los Calvinistas en relación a la doctrina de la salvación. Una de esas diferencias, que no es la única, gira en torno a la posibilidad de que un cristiano pueda perder la salvación. Una gran mayoría en este grupo cree que el suicidio es uno de los pecados capaces de quitarle la salvación al creyente. Los que afirmamos la seguridad eterna del creyente (Perseverancia de los santos) no somos de aquellos que creemos que el suicidio o cualquier otro pecado eliminaría la salvación que Cristo compró en la cruz.

Tanto en la posición Calvinista como en la Arminiana, algunos afirman que un cristiano jamás cometería suicidio. Sin embargo, no existe un versículo o pasaje bíblico que pueda ser usado para categóricamente afirmar esta posición. Algunos, conociendo esto, defienden su posición señalando que en la Biblia no hay ningún suicidio cometido por creyentes, mientras que aparecen varios casos de personajes no creyentes que terminaron con su vida. Con relación a este señalamiento, quisiera decir que usar esto para establecer que un cristiano no puede cometer suicidio no es una conclusión sabia, porque estamos haciendo uso de un argumento de silencio, que en lógica es el más débil de todos. Hay múltiples cosas no mencionadas en la Biblia (cientos o quizás miles), y si hacemos uso de argumentos de silencio estamos corriendo el riesgo de establecer posibles verdades nunca reveladas en la Biblia. Ejemplo: no aparece un solo relato de Jesús riendo; a partir de ahí yo podría concluir que Jesús nunca rió o que no tenía la capacidad para reír. ¿Sería esto un argumento sólido? Obviamente no.

Quisiéramos enfatizar que si alguien que ha vivido una vida consistente con la fe cristiana comete suicidio, tendríamos que preguntarnos antes de ir más allá si realmente esa persona ha evidenciado frutos de salvación, o si su vida fue más una religiosidad que otra cosa. Pienso que probablemente este sería el caso en la mayoría de los suicidios de los llamados cristianos. A pesar de esto, creemos que al igual que Job, Moisés, Elías y Jeremías, los cristianos pueden deprimirse tanto hasta el punto de querer morir. Y si ese cristiano no tiene un llamado y un carácter tan fuerte como el de estos hombres, pensamos que pueden ir más allá del solo deseo y terminar quitándose la vida. En este caso, el que Dios haya permitido que esto ocurriera pudiera representar parte de la disciplina de Dios, por este cristiano no haber hecho uso de los medios de gracia dentro del cuerpo de Cristo provistos por Dios para la ayuda de sus hijos.

Muchos opinan, como ya aludimos, que este pecado cometido en el último momento no proveyó oportunidad para el arrepentimiento, y es esto lo que termina robándole la salvación al suicidarse. Yo quisiera que el lector creyente pausara por un momento y se pregunte qué pasaría si él muriera justo en este instante, si él piensa que morirá libre de pecado. La respuesta a esta pregunta es evidente: ¡No! Nadie muere sin pecado, porque no hay un instante de nuestras vidas en la que el ser humano está completamente libre de pecado. En cada momento de nuestra existencia hay pecados en nuestras vidas de los cuales no estamos ni siquiera apercibidos, y otros que sí conocemos, pero que en ese momento no nos hemos dirigido al Padre para buscar su perdón, simplemente porque lo hemos considerado de menos cuantía, o porque estamos esperando por el momento apropiado para ir a orar y pedir dicho perdón.

La realidad en torno a esto es que cuando Cristo murió en la cruz pagó por nuestros pecados pasados, presentes y futuros, como ya dijimos. Por tanto, el mismo sacrificio que cubre los pecados que han permanecido con nosotros hasta el momento de nuestra muerte es el que cubriría un pecado como el suicidio. La Palabra de Dios es clara en Romanos 8:38 y 39 “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. Note que este texto dice que “ninguna otra cosa creada”. Esta frase incluye al creyente mismo. Notemos también que este pasaje habla de “ni lo presente, ni lo por venir”, haciendo referencia a situaciones futuras que todavía no hemos vivido. Por otro lado, Juan 10:27-29 nos habla de que nadie nos puede arrebatar de la mano de nuestro Padre, y Filipenses 1:6 dice que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús”.

En conclusión:

  • Si establecimos que el cristiano es capaz de cometer cualquier pecado, ¿por qué no concebir que potencialmente él podría cometer el pecado del suicidio?
  • Si establecimos que la sangre de Cristo es capaz de perdonar toda pecado, ¿no cubriría la sangre este otro pecado?
  • Si el sacrificio en la cruz nos hizo perfectos para siempre, como dice el autor de Hebreos (7:28, 10:14), ¿no sería esto suficiente para hablar de que ningún pecado nos roba la salvación?
  • Si un Moisés llega a desear que Dios le quite la vida por la presión establecida por el pueblo sobre él, ¿no podría un paciente esquizofrénico o en condición de depresión extrema, que no tenga la fortaleza de carácter de un Moisés, atentar contra su vida de manera definitiva?
  • Si no somos Dios, y no tenemos manera de medir la conversión interior del ser humano, ¿podríamos afirmar categóricamente que alguien que dio testimonio durante su vida de ser cristiano, al cometer suicidio realmente no era cristiano?
  • Basado en la historia bíblica y en la experiencia del pueblo de Dios, pudiéramos concluir que el suicidio entre creyentes probablemente es una ocurrencia extremadamente rara, debido a la acción del Espíritu Santo y a los medios de gracia presentes en el cuerpo de Cristo.
  • Pensamos que el suicidio es un pecado grave, porque atenta contra la vida humana. Pero ya establecimos que un creyente es capaz de eliminar la vida humana, como lo hizo David. Si lo puedo hacer contra otro, ¿cómo no concebir que podría hacerlo contra mí mismo? Esta es nuestra posición.

Como usted puede ver, no es tan fácil establecer categóricamente una posición en torno al suicidio y la salvación; todo lo que podemos hacer es razonar a través de verdades teológicas claramente establecidas para llegar a una conclusión probable sobre un hecho no definitivamente establecido. Por tanto, mientras más coherentemente teológico es mi argumento, más probable será la conclusión a la que arribo. Agustín tenía razón al decir: En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todas las cosas, caridad”. Mi recomendación es que usted pueda hacer un estudio exhaustivo, otra vez o por primera vez, acerca de todo lo que Dios dice en cuanto a la salvación, que es mucho, más que en cuanto al suicidio, que es prácticamente nada.

Miguel Núñez

​Miguel Núñez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

https://www.thegospelcoalition.org/coalicion/article/puede-un-cristiano-cometer-suicidio

Para Él no hay sorpresas

11 Marzo 2017

Para Él no hay sorpresas
por Charles R. Swindoll

Hechos 9:1-4

Pablo tuvo el control de su propia vida por más de 30 años. Su hoja de servicios en el judaísmo era insuperable. Mientras iba en busca de mayor reputación para sí mismo, el láser de la presencia de Dios lo paró en seco, dejándolo ciego. Al igual que el grupo de pastores que años atrás habían estado vigilando fielmente sobre sus ovejas en otra noche memorable en las afueras de Belén, Saulo y sus acompañantes cayeron al suelo, aturdidos.

Eso es lo que sigue sucediendo hoy cuando golpea la desgracia. Usted recibe la noticia tarde en la noche, por teléfono, y no puede moverse. Mientras el policía le habla del choque de frente de los vehículos, usted se quedó paralizado sin poder creerlo. Después de escuchar la palabra “cáncer”, usted está tan conmocionado que casi no puede salir caminando del consultorio del médico. Un amigo me dijo una vez que, después de escuchar su temido diagnóstico, se fue tambaleando al baño donde vomitó, cayó de rodillas y sollozó incontrolablemente. Los golpes inesperados de la vida nos causan tanto temor que casi no podemos continuar.

Por primera vez en su orgullosa y egoísta vida, Saulo se había vuelto un desesperado dependiente. No solo había sido derribado a tierra, sino que también estaba ciego. Sus otros sentidos estaban alertas y, para su sorpresa, escuchó una voz del cielo que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4). Estaba convencido de que había estado persiguiendo a unas personas, a los seguidores de un culto a un falso Mesías. Pero descubrió que el verdadero objeto de su abominable crueldad era Cristo mismo.

Vivimos en una cultura que confunde, por lo regular, humanidad con divinidad. Las líneas se vuelven confusas. Es la clase de teología empalagosa que dice que Dios está sentado en el extremo del cielo, pensando: ¿Qué irán a hacer ahora? ¡Qué absurdo! Dios es omnisciente, es decir que lo sabe todo. Esto implica, claramente, que Dios nunca aprende nada, no obstante nuestras decisiones pecaminosas y nuestras perversas acciones. Nada jamás lo sorprende a Él. Desde el momento en que somos concebidos, hasta el momento en que morimos, estamos seguros dentro del marco de Su mirada vigilante y de Su soberano plan para nosotros.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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¡Cómo destruir a su iglesia!

¡Cómo destruir a su iglesia!

1- En primer lugar, no venga.
2- Si viene, venga tarde.
3- Al venir, venga de mal humor.
4- Al salir de la iglesia, pregúntese: ¿Qué valía todo esto?
5- No acepte nunca un cargo en la iglesia; vale más seguir criticando a los demás.
6- Visite a las otras iglesias a cada rato para enseñarle al pastor que él no es quién manda.
7- Haga que el pastor gane su dinero. Deje que él haga todo el trabajo.
8- No cante, o si canta, cante muy calladito.
9- No ayude a la iglesia económicamente; espere por lo menos hasta haber recibido lo que su dinero vale.
10- No anime al pastor. Si le gusta el sermón, cállese, pues muchos pastores se perjudican por causa del orgullo. No permita que la sangre de él esté sobre sus manos.
11- Cuénteles las faltas que comete su pastor a todos los que visiten la iglesia, ¿quién sabe si de otra manera ellos lo vayan a descubrir?
12- No traiga nunca consigo a nadie a la iglesia. No haga nada para ganar a otros miembros nuevos; por lo menos mientras la congregación tiene tal pastor.
13- Si hay algunos miembros animados que sirven en su iglesia y que trabajan por ella, no deje de protestar contra esa asociación exclusivista.
14- Si su iglesia por mala fortuna, es una iglesia feliz y armoniosa, condénela por su tibieza, indiferencia y falta de celo.
15- Cooperando como se sugiere arriba, usted matará por seguro a su iglesia.

«Leyes de restitución»

«Leyes de restitución»

11 MARZO

Éxodo 22 | Juan 1 | Job 40 | 2 Corintios 10

Haríamos bien en reflexionar sobre algunas de las leyes específicas que encontramos en el Pentateuco, comenzando con las leyes de restitución que encontramos en Éxodo 22:1–15.

Los ladrones no sólo debían devolver lo que robaban, sino también algo más (22:1–4). Este “algo más” no es sólo un castigo para el ladrón, sino que sirve para compensar a la víctima por la sensación de haber sido ultrajado, o por la molestia de haberse quedado sin aquello que le fue robado. Zaqueo comprendía muy bien este principio, y la autenticidad de su arrepentimiento quedó demostrada por su decisión de restituir a sus víctimas cuatro veces lo que les hubiese robado, y dar a los pobres con generosidad (Lucas 19:1–10).

En el caso de que un ladrón sea incapaz de restituir lo robado, la ley exigía que se vendiese a sí mismo como esclavo para pagar su deuda (22:3). La esclavitud en las culturas antiguas tenía raíces económicas. No existían las leyes actuales de insolvencia, por lo cual alguien podía venderse a sí mismo como esclavo a fin de afrontar deudas insatisfechas. Sin embargo, en Israel la esclavitud era limitada: debía finalizarse al cabo del ciclo de siete años (21:2–4).

Los versículos posteriores exponen la restitución que se debía realizar para una variedad de delitos, con ciertas excepciones que se incluían a fin de que la ley fuese suficientemente flexible para encajar las situaciones más difíciles o delicadas (p. ej., 22:14–15). En algunos casos, las reivindicaciones que se contradicen deben presentarse ante un juez, a quien se le encarga la tarea de discernir cuál de los adversarios dice la verdad. Por ejemplo, si alguien da a su prójimo su dinero o sus bienes para que los guarde, y luego el prójimo afirma que le fueron robados por un ladrón, le corresponde al juez determinar si el prójimo está diciendo la verdad, o si es él el ladrón. Si se detiene al ladrón, este debe pagar el doble. Pero si el juez determina que el prójimo está mintiendo, es el prójimo quien tiene que pagar el doble (22:7–9).

Cuando el delito es el robo, la restitución es el principio que salvaguarda el concepto de la justicia. Al ser enviados los ladrones a la cárcel, tarde o temprano los expertos se pondrán a discutir si el propósito de la cárcel es correctivo, terapéutico, pedagógico, custodial (la protección de la sociedad) o vengativo. Una sentencia que corresponda al delito preserva la primacía de la justicia. Lo mismo se podría decir, por supuesto, del principio, a menudo ridiculizado, del estatuto de la lex talionis: “ojo por ojo” (21:23–25), el cual no era en absoluto una excusa para una vendetta personal, sino una medida que permitiese a los tribunales aplicar sentencias que correspondiesen lo más exactamente posible al delito. Este concepto de una justicia que reclama ser satisfecha impregna las partes del Antiguo Testamento que tratan el tema del pecado y la transgresión, y al mismo tiempo preparan el camino para una compresión plena de la cruz como el sacrificio que satisface las demandas de la justicia (ver Romanos 3:25–26).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 70). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El tsunami

El tsunami

Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso, que encrespa sus ondas. Suben a los cielos, descienden a los abismos; sus almas se derriten con el mal… y toda su ciencia es inútil. – Salmo 107:25-27

Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más. – Isaías 45:22

Sin duda los habitantes de Taro pensaban que estaban bien protegidos de las tempestades del océano Pacífico. Un gigantesco dique de más de diez metros de altura había sido construido sobre el litoral para proteger a ese pequeño pueblo de pescadores al noroeste de Japón. El tsunami del 11 de marzo de 2011 les probó trágicamente lo contrario. Una vez más el hombre tuvo que aprender que todas sus precauciones son rápidamente reducidas a la nada.

Dios habla a los hombres de diferentes maneras. ¡Cuántas veces hemos experimentado su protección! En esos momentos nos ha recordado el poder de su bondad por nosotros.

A veces su voz es más fuerte. Los terremotos y los tsunamis sorprenden a todo el mundo y demuestran la pequeñez del hombre ante el poder de la naturaleza. Dios, maestro del universo, manda venir la tempestad y la detiene con el constante objetivo de interpelarnos: “¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?” (Proverbios 30:4). Sí, Dios vino bajo la forma de un hombre, Jesucristo, su Hijo. Más que palabras, su vida en la tierra y su muerte en la cruz dan testimonio de su infinito amor.

¿Le hemos prestado atención? Velemos para no rechazar a aquel que nos habla así desde el cielo (Hebreos 12:25). Lo hace todavía hoy, en particular mediante su Palabra, la Biblia.

Ezequiel 6 – Hechos 17:1-15 – Salmo 32:1-4 – Proverbios 11:11-12

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