Una vida responsable

Una vida responsable

7/4/2017

Por tanto procuramos también… serle agradables. (2 Corintios 5:9)

Es inconcebible creer que se pueda llevar una vida cristiana fiel y abundante simplemente con buenas intenciones y sentimientos afectuosos. La vida cristiana es una vida responsable, basada en normas y principios específicos. Se fundamenta en los valores y las creencias revelados divinamente que Dios quiere que obedezcamos y sigamos cada uno de nosotros.

Una vez un joven me preguntó: “¿Cómo se puede saber si verdaderamente uno es cristiano? ¿Cómo se puede saber si la decisión de aceptar a Cristo no fue más que una experiencia emotiva?” Le respondí: “La única forma de saber si hemos experimentado la justificación, si estamos en armonía con Él y somos parte de su familia, es observando nuestro corazón y nuestra vida. Si Cristo es nuestro Salvador y Señor, el deseo más profundo de nuestro corazón será servirle y agradarle, y ese deseo se expresará en un anhelo de santidad y una conducta de vida recta”.

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La Cautividad Pelagiana De La Iglesia 

La Cautividad Pelagiana De La Iglesia 

Robert Charles Sproul

Inmediatamente después que inició la Reforma, en los primeros años después  de que Martín Lutero clavara sus Noventa y Cinco Tesis sobre la puerta de la iglesia en Wittenberg, publicó algunos cortos panfletos sobre una variedad de temas.  Uno de los más provocativos fue el titulado La Cautividad Babilónica de la Iglesia.  En este libro Lutero miró en retrospectiva al período de la historia del Antiguo Testamento cuando Jerusalén fue destruida por los ejércitos invasores de Babilonia y la elite del pueblo fue llevada a la cautividad. Lutero en el siglo dieciséis tomó la imagen de la histórica cautividad babilónica y la reaplicó a esa era y habló acerca de la nueva cautividad babilónica de la iglesia. Habló de Roma como la nueva Babilonia que aprisionó el Evangelio cautivándolo con su rechazo del entendimiento bíblico de la justificación. Puede entender  cuan fiera era la controversia, cuan polémico sería este título en este período, al decir que la Iglesia no simplemente había errado o extraviado, sino que había caído —que ésta es en realidad ahora Babilonia— en un cautiverio pagano.

A menudo he pensado que si Lutero viviera hoy y viniera a nuestra cultura y echara una mirada, no en la comunidad de la iglesia liberal, sino en las iglesias evangélicas, ¿qué podría  decir?  ¡Oh claro!, no puedo responder esta pregunta con ningún tipo de autoridad definitiva, pero pienso que  sería esto: Si Martín Lutero viviera hoy y tomara su pluma para escribir, el libro que podría escribir en nuestro tiempo sería titulado La Cautividad Pelagiana de la Iglesia Evangélica.

Lutero vio la doctrina de la justificación como el combustible de un profundo problema teológico. Él escribió extensamente acerca de esto en La Esclavitud de la Voluntad. Cuando miramos a la Reforma y vemos las solas de la Reforma —Sola Scriptura, Sola Fide, Solus Christus, Soli Deo gloria y Sola gratia— Lutero estaba convencido de que el verdadero punto de la Reforma era el tema de la gracia; y que el subrayar la doctrina de sola fide, justificación sólo por fe, estaba precedida por un compromiso con sola gratia, el concepto de la justificación sólo por gracia.

En la edición de Fleming Revell de La Esclavitud de la Voluntad,  los traductores J. I. Packer y O. R. Johnston,  incluyeron una introducción teológica e histórica extensa y confrontante para este libro.  El siguiente párrafo es parte del fin de esta introducción:

“Estas cosas necesitan ser consideradas por los protestantes de hoy.  ¿Con qué derecho podemos llamarnos a nosotros mismos hijos de la Reforma? Mucho del Protestantismo moderno ni podría llamarse Reformado o aún ser reconocido por los Reformadores pioneros.  La Esclavitud de la voluntad coloca ante nosotros lo que ellos creían acerca de la salvación de la humanidad perdida. A la luz de esto, estamos obligados a preguntar si la cristiandad protestante no ha vendido su legado entre los días de Lutero y los nuestros. ¿No tiene el Protestantismo de hoy más de Erasmianismo  que de Luterano? ¿A menudo no hemos tratado de minimizar y opacar las diferencias doctrinales en nombre de la paz entre grupos?  ¿Somos inocentes de la indiferencia doctrinal, la cual Lutero atribuyó a Erasmo?”

¿Permanecemos creyendo que la doctrina importa?

Históricamente, apegándose a los hechos es claro que Lutero, Calvino, Zwinglio y  todos los principales teólogos protestantes de la primera época de la Reforma sostuvieron en esto exactamente el mismo punto de vista. Sobre otros puntos tuvieron diferencias. Pero en la afirmación de la incapacidad del hombre en el pecado y la soberanía de Dios en la gracia, fueron enteramente uno. Para todos ellos éstas doctrinas fueron la pura esencia de la fe cristiana. Un editor moderno de las obras de Lutero dice esto:

“Quienquiera que cierre este libro sin haber reconocido que la teología evangélica se sostiene o cae con la doctrina de la esclavitud de la voluntad lo ha leído en vano.  La doctrina de la justificación gratuita por la fe sola, la cual llegó a estar en el centro de la tormenta de mucha de la controversia durante el período de la Reforma, es a menudo considerada como el corazón de la teología de los Reformadores, pero esto no es preciso.  La verdad es que su pensamiento estaba realmente centrado sobre el argumento de Pablo, que fue hecho eco por Agustín y otros, que la salvación  de los pecadores es totalmente sólo por la gracia libre y soberana, y que la doctrina de la justificación por fe  fue importante para ellos porque salvaguardaba el principio de la gracia soberana. La soberanía de la gracia encontraba expresión en un nivel más profundo de su pensamiento al descansar en la doctrina de la regeneración monergista”.

Esto quiere decir, que la fe que recibe a Cristo para justificación es en sí misma el libre don del Dios soberano. El principio de sola fide no es correctamente entendido hasta que es visto como afianzado al principio más amplio de sola gratia.  ¿Cuál es el origen de la fe?  ¿Es la fe el don de Dios, indicando  por  tanto que la justificación es recibida por la dádiva de Dios, o es ésta una condición de la justificación la cual es dejada para que el hombre la cumpla?  ¿Puede percibir la diferencia?  Déjeme ponerla en términos simples. Escuché recientemente a un evangelista decir, “Aunque Dios  llevó a cabo miles de pasos para alcanzarte y redimirte,  sin embargo el punto culminante  es que debes llevar a cabo el paso decisivo para ser salvo”.  Considera la declaración que ha sido hecha por el más amado líder evangélico de América del siglo veinte, Billy Graham, quien dice con gran pasión, “Dios hace el noventa y nueve por ciento de ello, pero todavía debes hacer el último uno por ciento.”

¿Qué es pelagianismo?

Ahora, regresemos brevemente a mi título, “La cautividad pelagiana de la iglesia”.

¿De qué estamos hablando?

Pelagio fue un monje quien vivió en Bretaña en el siglo quinto.  Él fue contemporáneo del más grande teólogo del primer milenio de la historia de la iglesia si es que no de todo el tiempo, Aurelio Agustín, obispo de Hipona en el Norte de África. Nosotros hemos escuchado de San Agustín, de sus grandes obras de teología, de su Ciudad de Dios, de sus Confesiones, las cuales permanecen como clásicos del Cristianismo.

Agustín, además de ser un teólogo titánico y tener un intelecto prodigioso, fue también un hombre de profunda espiritualidad y oración.  En una de sus oraciones famosas, Agustín hizo a Dios un aparente daño en una declaración inocente en la cual dice: “Oh Dios, ordena lo que quieras, y concédeme hacer lo que ordenas”.  Ahora,  ¿Quería Agustín que te diera una apoplejía al escuchar una oración como esta? Como ciertamente le dio a Pelagio, el monje inglés que se atravesó en su trayectoria. Cuando escuchó esto, protestó vociferadamente, aun apelando a Roma para conseguir que esta oración de la pluma de Agustín fuera censurada. Porque he aquí, él dijo: “¿Estás diciendo Agustín, que Dios tiene el derecho inherente de ordenar cualquier cosa que desee de sus criaturas?” Nadie va a disputar eso. Dios inherentemente, como creador del cielo y la tierra, tiene el derecho de imponer obligaciones sobre sus criaturas y decir, debes hacer esto y no debes hacer eso. La expresión‘ordena cualquier cosa que quieras’ es una oración perfectamente legítima.

Es la segunda parte de la oración la que Pelagio aborrecía, cuando Agustín dijo, “y concédeme hacer lo que ordenas.”  Él dijo, “¿De qué estás hablando?  Si Dios es justo, si Dios es recto y Dios es santo, y Dios ordena de la criatura hacer algo, ciertamente que la criatura debe tener el poder en sí misma, la habilidad moral en sí misma, para llevarla a cabo o Dios nunca demandaría esto en primer lugar.”  Ahora esto tiene sentido, ¿no es así?  Lo que Pelagio estaba diciendo es que la responsabilidad moral siempre y en todo lugar implica capacidad moral o sencillamente habilidad moral. Entonces, ¿Por qué deberíamos orar, “Dios concédeme, dame el don de ser capaz de hacer  lo que me ordenas  que haga?” Pelagio vio en esta declaración una sombra  que estaba siendo puesta  sobre la integridad de Dios mismo, quién requería responsabilidad de la gente para hacer algo que no podían hacer.

Por ello, en el debate consecuente, Agustín dejó claro que en la creación, Dios no mandó a Adán y Eva nada que fueran incapaces de hacer. Pero una vez que la transgresión entró y la humanidad llegó a estar caída, la ley de Dios no fue cancelada ni Dios la ajustó rebajando sus requerimientos santos para acomodarlos a la débil condición caída de su creación. Dios castigó a su creación al descargar sobre ellos el juicio del pecado original, por lo que cada uno que nace en este mundo después de Adán y Eva, nace ya muerto en pecado. El pecado original no es el primer pecado. Este es el resultado del primer pecado; se refiere a nuestra corrupción inherente, por la cual nacemos en pecado, y en pecado nos concibió nuestra madre. No nacemos en un estado neutral de inocencia, sino que nacemos en una condición pecaminosa y caída. Prácticamente cada iglesia dentro del histórico Concilio Mundial de Iglesias en algún punto de su historia y en el desarrollo de su credo articula algún tipo de doctrina del pecado original. Así que, es claro para  la revelación bíblica, que se tendría que repudiar el punto de vista bíblico de la humanidad para negar el pecado original como un todo.

Este es precisamente el punto que estuvo en la batalla entre Agustín y Pelagio en el siglo quinto. Pelagio dijo que no hay tal cosa como pecado original. El pecado de Adán afectó a Adán y solamente a Adán. No hay trasmisión o trasferencia de culpa o caída o corrupción a la progenie de Adán y Eva. Cada uno es nacido en el mismo estado de inocencia en el cual Adán y Eva fueron creados. Además él dijo, es posible para una persona vivir una vida de obediencia a Dios, una vida de perfección moral, sin ninguna ayuda de Jesús ni de la gracia de Dios. Pelagio dijo que la gracia -y he aquí la distinción clave- facilita  la justicia.  ¿Qué significado tiene “facilita?” Esta ayuda, ésta hace más fácil, hace más sencilla, pero usted no tiene que tenerla. Usted puede estar perfectamente sin ella. Pelagio declaró aún más, que no es solamente posible de manera teórica para algunos individuos vivir una vida perfecta sin la asistencia de la gracia divina, sino que de hecho hay personas que lo hacen. Agustín dijo,  “No, no, no, no… nosotros estamos por naturaleza infectados por el pecado, hasta las profundidades y raíz de nuestro ser” – a tal punto que no hay ser humano que tenga el poder moral para inclinarse a sí mismo y cooperar con la gracia de Dios. La voluntad humana, como resultado del pecado original, permanece sin tener el poder de escoger, sino que es esclava de sus malos deseos e inclinaciones. La condición de la humanidad caída es tal que Agustín podía describirla como incapacidad para no pecar. En términos sencillos, lo que Agustín estaba diciendo es que en la Caída, el hombre perdió la capacidad para hacer las cosas de Dios y quedó cautivo a sus propias inclinaciones malvadas.

En el siglo quinto la iglesia condenó a Pelagio como herético. El pelagianismo fue condenado en el Concilio de Orange, y fue condenado de nuevo en el Concilio de Florencia, el Concilio de Cartago, y también irónicamente, en el Concilio de Trento en el siglo dieciséis en los primeros tres anatemas de los Cánones de la Sexta Sesión. Por lo tanto, consistentemente a través de la historia de la Iglesia se ha condenado firme y completamente  el Pelagianismo -porque el pelagianismo niega la caída de nuestra naturaleza; éste niega la doctrina del pecado original.

Ahora, que es el llamado semi-pelagianismo, como el prefijo “semi” sugiere, era algo posicionado en medio del pleno Agustinianismo y el pleno Pelagianismo. El semi-pelagianismo dice esto: Sí, hubo una caída; sí hay tal cosa como pecado original; sí, la constitución de la naturaleza humana ha sido cambiada por este estado de corrupción y todas las partes de nuestra humanidad han sido significativamente debilitadas por la caída, a tal punto que sin la asistencia de la gracia divina ninguno puede tener la  posibilidad de ser redimido, por consiguiente la gracia no es únicamente útil sino necesaria para la salvación. Pero, aun cuando estamos tan caídos que no podemos ser salvos sin la gracia, no estamos tan caídos que no podamos tener la capacidad para aceptar o rechazar la gracia cuando nos es ofrecida. La voluntad está debilitada pero no es esclava. Hay remanentes en el centro de nuestro ser, una isla de justicia que permanece intocable por la caída. Es la respuesta de esta pequeña isla de justicia, ésta pequeña pieza de bondad que está intacta en el alma o en la voluntad lo que hace la diferencia determinante entre el cielo o el infierno. Es esta pequeña isla la que debe ser ejercida cuando Dios lleva a cabo sus miles de pasos para alcanzarnos, pero en el análisis final es un paso que debemos tomar el que determina ya sea el cielo o bien el infierno, es el ejercitar ésta pequeña isla de justicia que está en el centro de nuestro ser para hacerlo o no hacerlo. Agustín no  reconoció  esta pequeña isla ni aún como un arrecife de coral en el Pacífico sur. Él dijo que ésta era una isla mitológica, que la voluntad estaba esclava, y que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados.

Irónicamente, la Iglesia condenó el semi-pelagianismo tan vehementemente como lo hizo cuando condenó el Pelagianismo original. Pasado el tiempo usted llega al siglo dieciséis y  lee el entendimiento Católico de lo que sucede en la salvación,  y  la iglesia ha repudiado básicamente lo que Agustín enseñó y también lo que Aquino enseñó. La Iglesia concluyó que hay remanentes de esta libertad que están intactos en la voluntad humana y que el hombre debe cooperar con -y asentir con- la gracia precedente que es ofrecida a ellos por Dios. Si ejercemos esta voluntad, si ejercemos una cooperación con cualquiera de los poderes que en nosotros han sido dejados, seremos salvos. Y por lo tanto en el siglo dieciséis la Iglesia volvió a abrazar el semi-Pelagianismo.

En el tiempo de la Reforma, todos los reformadores estaban de acuerdo en un punto: la incapacidad moral de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos a las cosas de Dios; que toda la gente, en el orden para ser salvas, estaban totalmente dependientes, no noventa y nueve por ciento, sino un cien por ciento dependientes de la obra de regeneración monergista como primer paso para venir a la fe,  y que la fe es en sí misma un don de Dios. La fe no es lo que estamos ofreciendo para la salvación y que naceremos de nuevo si escogemos creer. Sino que no podemos ni aún creer hasta que Dios en su gracia y en su misericordia primero cambia la disposición de nuestras almas a través de su obra soberana de regeneración. En otras palabras, en lo que todos los reformadores estuvieron de acuerdo fue con, que a menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ni ver el reino de Dios, ni puede entrar en él.  Tal como Jesús dijo en Juan capítulo seis, “Ninguno puede venir a mí, a menos que le sea dado por mi Padre” -la condición necesaria para la fe  y la salvación de cualquier persona es la regeneración.

Los Evangélicos y la Fe

El Evangelicalismo moderno casi uniformemente y universalmente enseña que en el orden para que una persona sea nacida de nuevo, debe primero ejercer fe. Tienes que escoger nacer de nuevo. ¿No es esto lo que escuchas?  En una encuesta de George Barna, más del setenta y cinco por ciento de “cristianos evangélicos profesantes” en América expresaron la creencia que el hombre es básicamente bueno. Y más del ochenta por ciento articularon el punto de vista que Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos. Estas posiciones -déjeme decirlo de manera negativa- ninguna de estas posiciones son semi-Pelagianas. Ambas son Pelagianas. El decir que somos básicamente buenos es un punto de vista Pelagiano. Yo estaría dispuesto a asumir que en casi un treinta por ciento de la gente quien está leyendo este tema, y probablemente más, si realmente examinamos su pensamiento con detenimiento, encontraremos que en sus corazones está latiendo el Pelagianismo. Estamos plagados con él. Estamos rodeados por él. Estamos inmersos en él. Lo escuchamos cada día en la cultura secular, lo escuchamos cada día en la televisión y la radio Cristiana.

En el siglo diecinueve, hubo un predicador quien llegó a ser muy popular en América, escribió un libro de teología, que surgió de su propia formación en leyes, en el cual no abrevió su Pelagianismo. Él rechazó no sólo el Agustinianismo, sino también rechazó el semi-Pelagianismo y sostuvo claramente la posición pelagiana sin encubrirla, diciendo en términos no inciertos, sin ambigüedad, que no había Caída y que no había tal cosa como pecado original. Este hombre vino a atacar cruelmente la doctrina de la expiación sustitutiva de Cristo, y además de eso, repudió tan clara y tan  fuertemente como pudo la doctrina de la justificación por la sola fe por medio de la imputación de la justicia de Cristo. La tesis básica de este hombre fue, “no necesitamos la imputación de la justicia de Cristo porque tenemos la capacidad en y de nosotros mismos para llegar a ser justos”.  Su nombre: Charles Finney, uno de los más respetados evangelistas de América. Ahora, si Lutero estaba correcto en decir que la sola fide es el artículo sobre el cual la iglesia se sostiene o cae, si lo que los reformadores dijeron que la justificación por la fe sola es una verdad esencial del Cristianismo, quienes además argüían que la expiación sustitutiva es una verdad esencial del Cristianismo; si ellos estaban en lo correcto en su evaluación de que estas doctrinas son verdades esenciales del Cristianismo, la única conclusión a la que podemos llegar es que Charles Finney no era Cristiano. Yo leo sus escritos y digo, “no veo cómo alguna persona cristiana pudiera escribir esto.”  Y aun, él está en el Salón de la Fama del Cristianismo Evangélico de América. Él es el santo patrón del Evangelicalismo del siglo veinte. Y él no es semi-pelagiano; él es descarado en su pelagianismo.

La Isla de Justicia

Una cosa es clara: puedes ser Pelagiano puro y ser  bienvenido por completo en el movimiento evangélico de hoy. Esto no es simplemente que el camello metió su nariz en la tienda; no solamente es que está dentro de la tienda, sino que ha sacado al propietario de la tienda. El Evangelicalismo moderno mira hoy con suspicacia a la teología Reformada, la cual ha llegado a ser colocada como ciudadano de tercera clase del Evangelicalismo.  Ahora,  usted dice, “espera un minuto R. C., no encierres a todos en el argumento del pelagianismo extremo, después de todo, Billy Graham y el resto de las personas están diciendo que hubo una Caída; que debes tener la gracia; que hay tal cosa como pecado original; y los semi-Pelagianos no están de acuerdo con el simplista y optimista punto de vista acerca de la no caída naturaleza humana de Pelagio.” Y esto es verdad.  No cuestionaré acerca de ello. Pero es esta pequeña isla de justicia donde el hombre todavía tiene la habilidad, en y de sí mismo, para retornar, cambiar, inclinar, disponer, y abrazar la oferta de la gracia, que revela porque históricamente el semi-Pelagianismo no es llamado semi-Agustinianismo, sino semi-Pelagianismo, éste realmente nunca escapa a la idea central de la esclavitud del alma, la cautividad del corazón humano en pecado, que no está simplemente infectado por una enfermedad que puede ser mortífera si es dejada sin tratamiento, sino que es mortal.

Escuché a un evangelista usar dos analogías para describir lo que sucede en nuestra redención. Él dijo,  el pecado tiene tal fortaleza sobre nosotros, un estrangulamiento, que es semejante a  una persona quien no puede nadar, quien cae por la borda en un mar furioso, y es la tercera vez que se sumerge y únicamente las puntas de sus dedos permanecen fuera del agua; y a menos que alguien intervenga a rescatarle, no tiene esperanza de sobrevivir, su muerte es cierta. Y a menos que Dios le tire un salvavidas,  no puede ser rescatado. Y Dios no solamente le debe tirar  un salvavidas en cualquiera área donde él se encuentra, sino que el salvavidas tiene que caerle en el lugar correcto donde sus dedos permanecen extendidos fuera del agua, y  acertarle de tal manera que pueda sostenerlo. El salvavidas tiene que haber sido tirado perfectamente. Pero todavía este hombre se ahogará a menos que  lo tome con sus dedos y los sostenga alrededor del salvavidas, entonces Dios le rescatará.  Si esta pequeña acción no es hecha, él ciertamente perecerá.

La otra analogía es esta: Un hombre esta terriblemente débil, enfermo de muerte, yaciendo en su cama de hospital con un padecimiento que es terminal.  No hay manera que pueda curarse a menos que alguien externo venga con una cura, una medicina que curará su enfermedad fatal. Y Dios tiene la cura y camina hacia el cuarto con la medicina. Pero el hombre está tan débil que no puede tomarse la medicina por sí mismo; Dios tiene que ponerla en la cuchara. El hombre está tan enfermo que se halla casi en un estado comatoso. Él no puede ni siquiera abrir su boca, y Dios tiene que inclinarse y abrirle la boca. Dios coloca la cuchara en los labios del hombre, sin embargo el hombre todavía tiene que tomarla.

Ahora, si vamos a usar analogías, usemos las adecuadas. El hombre no se está sumergiendo por tercera vez; él está tan frío como una piedra en el fondo del mar.  Éste es el lugar donde usted estuvo  cuando una vez estaba muerto en sus delitos y pecados y andaba conforme a la corriente de este mundo, de acuerdo con el príncipe de la potestad del aire. Y cuando  estaba muerto Dios le dio vida juntamente con Cristo. Dios  se sumergió al fondo del mar y tomando este cadáver sopló el aliento de su vida en él y resucitó de la muerte. Y no es que usted estaba en la cama del hospital con cierta enfermedad, más bien, cuando usted nació, llegó muerto. Esto es lo que la  Biblia dice: que estamos muertos moralmente.

¿Tenemos nosotros una voluntad?  Sí, oh claro que la tenemos. Calvino dijo, si quieres decir por libre albedrío una facultad de escoger aquello que tienes el poder en ti mismo, de escoger lo que deseas, entonces tenemos libre albedrío. Si quieres  decir por libre albedrío la capacidad de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos y ejercer la voluntad para escoger las cosas de Dios sin la previa obra monergista de regeneración, entonces, Calvino dijo, libre albedrío  es un término exorbitantemente grandioso para aplicarlo al ser humano.

La doctrina semi-pelagiana del libre albedrío que prevalece en el mundo evangélico de hoy es un punto de vista pagano que niega la cautividad del corazón humano en el pecado. Esta visión desestima el dominio que el pecado tiene sobre nosotros.

Ninguno de nosotros quiere ver las cosas tan mal como son realmente.  La doctrina bíblica de la corrupción humana es dura.  No escuchamos al Apóstol Pablo decir, “Usted sabe, es triste que tengamos tal cosa como pecado en el mundo; ninguno es perfecto.  Pero estemos de buen ánimo, somos básicamente buenos.” ¿Puede ver que aún una lectura superficial de la Escritura niega esto?

Ahora, regresemos a Lutero ¿Cuál es el origen y  la posición  de la fe? ¿Es la fe el don de Dios significando con ello que la justificación es recibida por la dádiva de Dios? O ¿Es una condición de la justificación, la cual tenemos que  cumplir? ¿Es su fe una obra? ¿Es ésta la única obra que Dios le deja hacer? Recientemente tuve una discusión con algunas personas en Gran Rapids, Michigan.  Estaba hablando sobre sola gratia, y una de las personas estaba en desacuerdo.  Él dijo, “¿Estás  tratando de decirme que en conclusión es Dios quien soberanamente regenera o no el corazón?”

Y le dije, “Sí”; y él estuvo aún más en desacuerdo por esto. Le dije, “Déjame preguntarte esto: ¿Eres cristiano?

Él dijo, “Sí.”

Le dije, “¿Tienes amigos que no son cristianos?”

Él dijo, “¡Oh!, claro que sí.”

Le dije, “¿Por qué eres  cristiano y tus amigos no lo son?  ¿Es por qué eres más justo que ellos? Él no era estúpido. Él no iba a decir, “¡Oh! claro es porque soy más justo.  Yo hice la cosa correcta y mis amigos no”.  Él sabía  a donde quería llegar con esta pregunta.

Y él dijo, “Oh, no, no, no.”

Le dije, “Dime porqué ¿Es por qué eres más inteligente que tus amigos?

Y él dijo, “No.”

Sin embargo él no estaba de acuerdo que al final, el punto decisivo era la gracia de Dios. Él no quería venir a esto. Y después de discutir por quince minutos, él dijo, “ESTA BIEN, te lo diré. Soy un cristiano porque hice la cosa correcta, tuve la respuesta correcta y mis amigos no lo hicieron.”

¿En qué estaba confiando esta persona para su salvación? No en sus obras en general, sino en una obra que  había hecho. Y él era un protestante, un evangélico. Pero su punto de vista de la salvación no era diferente del punto de vista romano.

La Soberanía de Dios en la Salvación

Este es el punto: ¿Es la fe una parte del don de Dios en la salvación? O ¿Es ésta tu propia contribución a la salvación? ¿Es nuestra salvación totalmente de Dios o depende finalmente de algo que hagamos por nosotros mismos? Aquellos quienes dicen esto último, que finalmente depende de algo que hagamos por nosotros mismos, por consiguiente niegan la absoluta incapacidad de la humanidad en el pecado y afirman con ello una forma de semi-Pelagianismo que es cierta después de todo. No es  de maravillarse que más tarde la teología Reformada condenara el Arminianismo en su esencia, porque en principio, ambos regresan a Roma, en efecto, éste torna la fe en una obra meritoria, y es un rechazo de la Reforma porque niega la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores, la cual fue el principio teológico y religioso más arraigado del pensamiento de los reformadores. El Arminianismo era sin lugar a dudas, a los ojos de los Reformados, una renunciación del Cristianismo del Nuevo Testamento a favor del Judaísmo del Nuevo Testamento. En esencia confiar en la fe de uno mismo no es diferente que confiar en las obras de uno mismo, y el uno es tan sub-cristiano y anti-cristiano  como el otro. A la luz de lo que Lutero le dice a Erasmo no hay duda que tenemos que ratificar este juicio.

Y aunque este punto de vista  es el que predomina en las encuestas de hoy en la  mayoría de los círculos evangélicos profesantes.  Y así como el semi-Pelagianismo es en esencia simplemente una versión ligeramente velada del Pelagianismo verdadero, de igual manera éste es el mismo que prevalece en la iglesia, y no sé qué pasará. Sin embargo, si sé que no sucederá: No tendremos una nueva Reforma.  Hasta que nos humillemos y entendamos que ningún hombre es una isla y que ningún hombre tiene una isla de justicia, que somos completamente dependientes de la pura gracia  de Dios para nuestra salvación, no empezaremos a descansar sobre la gracia y a regocijarnos en la grandeza de la soberanía de Dios, hasta que no desechemos la influencia pagana del humanismo que exalta y coloca al hombre en el centro de la religión. Hasta que esto suceda no tendremos una nueva Reforma, porque en el corazón de la enseñanza Reformada está el lugar central de la adoración y gratitud dadas a Dios y sólo a Dios.

Soli Deo Gloria.

 

R.C. Sproul (Robert Charles Sproul, nacido el 13 de febrero 1939) es un teólogo norteamericano, autor y pastor. Él es el fundador y presidente de Ministerios Ligonier (llamado así por el Valle Ligonier a las afueras de Pittsburgh, donde el ministerio comenzó como un centro de estudios de la universidad y del seminario los estudiantes) y puede ser escuchado a diario en su programa radial “Renovando Tu Mente” en los Estados Unidos e internacionalmente. “Renovando Tu Mente con el Dr. RC Sproul” también se emite en Sirius y XM Satellite Radio . A finales de julio de 2012, una nueva estación de radio por Internet cristiana llamada RefNet (Reforma Red) [4] fue también anunciada por Ligonier Ministries en un esfuerzo por llegar “a tantas personas como sea posible”, donde el acceso a Internet está disponible.

Ministerios Ligonier  acoge varias conferencias teológicas cada año, incluyendo la conferencia principal se celebra cada año en Orlando, FL , en la que Sproul es uno de los oradores principales.

 

 

http://www.evangelioverdadero.com/

Los santos son hombres de honor invariable

4 de julio

«El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño».

Salmo 24:4

La santidad externa, práctica, es una señal muy preciosa de la gracia. Tememos que muchos creyentes hayan pervertido la doctrina de la justificación por la fe de tal manera que traten las buenas obras con desprecio. Si esto es cierto, los tales recibirán un eterno menosprecio en el gran día final. Si nuestras manos no están limpias, lavémoslas en la preciosa sangre de Jesús y después levantemos manos santas a Dios. No obstante, estar «limpio de manos» no será suficiente, a menos que ello esté conectado con ser «puro de corazón». La verdadera religión es obra del corazón. Podemos lavar la parte exterior del vaso o del plato como queramos, pero si la parte interior del mismo se encuentra sucia, estaremos completamente sucios en la presencia de Dios: pues nuestros corazones son nuestros de un modo más real que nuestras manos. La vida misma de nuestro ser reside en nuestro interior; de ahí la urgente necesidad de que el mismo sea puro. El limpio de corazón verá a Dios; todos los demás no son sino ciegos murciélagos.

El hombre que ha nacido para el Cielo no eleva «su alma a cosas vanas». Todos los hombres tienen sus deleites, por los cuales se elevan sus almas. El mundano eleva su alma mediante los placeres carnales, que son meras vanidades; pero el santo ama más las cosas sustanciales. Como Josafat, se alienta en los caminos del Señor (cf. 2 Cr. 17:6). El que se satisface con las algarrobas será contado entre los cerdos. ¿Te satisface el mundo? Entonces tienes tu premio y porción en esta vida; aprovéchala mucho, porque no conocerás otro gozo.

«Ni jurado con engaño». Los santos son hombres de honor invariable. El único juramento del cristiano es su palabra, pero ella es tan buena como veinte juramentos de otros hombres. Las palabras falsas excluirán a cualquier hombre del Cielo, porque el mentiroso no entrará en la casa de Dios, cualesquiera que sean sus profesiones de fe o sus hechos. Lector, ¿te condena este texto? ¿Esperas tú subir al monte del Señor?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 195). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El amor del mundo vs. el amor bíblico

The Master’s Seminary

El amor del mundo vs. el amor bíblico

John MacArthur

En la década de los sesentas el grupo musical los Beatles compuso una de sus canciones más memorables: “All you need is love” (traducida: todo lo que necesitas es amor). Si hubiesen estado cantando sobre el amor de Dios, sus palabras tendrían algo de verdad. Pero lo que generalmente se conoce como amor no es el amor auténtico, sino más bien es un fraude. La visión distorsionada que tiene el mundo del amor es algo que los cristianos necesitan desesperadamente evitar.

El apóstol Pablo hace este mismo punto en Efesios 5:1-3: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos.”

Este simple mandamiento en el versículo dos, “andad en amor, como también Cristo nos amó“, resume la obligación moral del cristiano. Después de todo, el amor de Dios es el principio único y central que define el deber del cristiano.

Éste es el tipo de amor que realmente necesitamos.

Romanos 13:8-10 nos dice: “porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor. ” Gálatas 5:14 hace eco a la misma verdad: “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús enseñó lo mismo, que toda la ley y los  profetas dependen de dos mandamientos que hablan acerca del amor (Mateo 22:38-40).

En otras palabras, como lo resume Pablo: “el amor. . . es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14). En Efesios, cuando Pablo le ordena a los creyentes a caminar en amor, el contexto revela que se refiere a ser amables, misericordiosos y perdonadores (Efesios 4:32). El modelo para tal amor desinteresado es Cristo, que dio su vida para salvar a su pueblo de sus pecados. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13). Y “si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.” (1 Juan 4:11).

El verdadero amor siempre es sacrificial, misericordioso, compasivo, comprensivo, amable, generoso y paciente. Estas y muchas más son part de las cualidades benevolentes del verdadero amor (cp. 1 Corintios 13:4-8).

Pero note el lado negativo el cual también se observa en el contexto de Efesios 5. La persona que realmente ama a los demás como Cristo, debe rechazar todo tipo de amor falso. El tipo de amor falso que Pablo discute incluye la inmoralidad, inmundicia y avaricia:

Los nombres de Pablo apóstol algunas de estas falsificaciones mundanos. Incluyen la inmoralidad, impureza, y la codicia:

Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos (Efesios 5:3-7).

La inmoralidad es quizás el sustituto favorito de nuestra generación para el verdadero amor. Pablo usa la palabra griega porneia, la cual incluye todo tipo de pecado sexual. La cultura popular trata desesperadamente de borrar la división entre el amor genuino y la pasión inmoral. Pero toda esta inmoralidad es una perversión total del amor genuino, pues viola tanto el Gran Mandamiento (Marcos 12:29-30) al desobedecer la Palabra de Dios, como el Segundo Gran Mandamiento (Marcos 12:31; Romanos 13:9-10) al buscar la auto-gratificación más que el bien espiritual y la santificación de los demás.

La impureza es otra perversión diabólica del amor. En Efesios 5 Pablo utiliza la palabra akatharsia, que se refiere a todo tipo de suciedad e impureza. Pablo se refriere a la “inmundicia” y “estupideces”, las cuales caracterizan el mal compañerismo. Ese tipo de camaradería no tiene nada que ver con el verdadero amor, y, como lo menciona el apóstol, esto no tiene lugar en el andar del cristiano.

La codicia, que nace de un deseo narcisista de auto-gratificación, es otra corrupción del amor. Es exactamente lo contrario al ejemplo que Cristo estableció cuando “se entregó a sí mismo por nosotros.” En Efesios 5:5 Pablo establece que la codicia es igual a la idolatría. Reitero, esto no tiene lugar en la vida cristiana, y de acuerdo con el versículo 5, la persona que practique esto no “tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.”

Tales pecados “ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos” (Efesios 5:3). Y acerca de aquellos que practican tales cosas: “no seáis, pues, partícipes con ellos” (versículo 7), sino más bien “reprendedlas” como obras de las tinieblas (versículo 11).

Una de las maneras en las que un cristiano muestra el amor auténtico es al hablar con valentía acerca de las perversiones populares del amor hoy en día. La mayor parte de las conversaciones acerca del amor pasan por alto lo que la Biblia dice al respecto. “El amor” se ha redefinido como una amplia tolerancia que da el pecado y la abraza bien y el mal por igual. Pero eso no es amor; es la apatía mezclado con compromiso.

El amor de Dios es completamente diferente

Recuerde, la manifestación suprema del amor de Dios es la cruz donde Cristo “nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios” (Efesios 5:2). La Escritura explica que el amor de Dios es un amor sacrificial, el cual se demuestra en la expiación por el pecado y la propiciación, como Juan escribe: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

Cristo se hizo a sí mismo sacrificio por nosotros, y alejó la ira de Dios que nos pertenecía por nuestros pecados. Dios dio a su hijo como ofrenda por el pecado para satisfacer su propia ira y la justicia en la salvación de los pecadores. Éste es el corazón del evangelio: Dios manifestó en Cristo su amor de tal manera que desplegó su santidad y justicia sin compromiso. El verdadero amor “no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad” (1 Corintios 13:6). El tipo de amor que debemos practicar es un amor puro y pacífico (Santiago 3:17).

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John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotrosson escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.

“Siervos del Señor”

4 JULIO

Josué 6 | Salmo 135–136 | Isaías 66 | Mateo 14

Cada versículo del Salmo 135 cita a, alude a, o es citado por otra parte de las Escrituras.

El versículo 1 reordena las palabras del Salmo 113:1, enfatizando a los “siervos del Señor”, a quienes se les describe en el versículo 2, el cual, a su vez, adapta una frase del Salmo 116:19. El versículo 3 es uno de tres versículos que aparecen en el libro de los Salmos en los cuales se nos dice de distintas formas que el nombre del Señor es bueno (52:9), que él mismo es bueno (135:3) y que alabarle es bueno (147:1); y más aún, que tanto su nombre (en este texto) como la adoración a él (147:1) es “agradable” (o tal vez “deleitoso”). Si el versículo 3 enfatiza el carácter de Dios, el 4 resalta su amor electivo de manera que nos transporta de vuelta a Deuteronomio 7:6.

Los versículos 5 al 7 enfatizan el poder ilimitado de Dios, trayendo a memoria Éxodo 18:11; Salmo 115:3; Jeremías 10:13. La frase inicial “Yo sé que…” resalta la confesión personal; esto es una verdad no sólo para conocer, sino para vivir. Gran parte de los versículos 8 al 12 vuelven a aparecer dispersados en el próximo salmo, a menudo de manera textual (136:10, 18–22). No importa cuál de ellos tomó prestado del otro. Las referencias a la derrota de Sihón y de Og nos remontan a Números 21:21–35. En cuanto al nombre de Dios (135:13–14), la alusión es a Éxodo 3:15 y Deuteronomio 32:36. Los versículos 15 al 18, sobre la locura de toda idolatría, sigue casi exactamente al 115:4–8; convicciones de temas parecidos encuentran su expresión en Isaías. Los últimos versículos de este salmo (135:19–21) aparentemente siguen al 115:9–11, en el cual a tres de los cuatro grupos se les dice que glorifiquen a Dios.

El resultado de este acercamiento pastiche a la escritura de los salmos es un maravilloso compendio de la alabanza. Es como si la mente del escritor estuviera llena, no sólo de muchos datos históricos de las Escrituras, sino también de textos. De manera que al construir su himno exuberante de alabanza, él, consciente o inconscientemente, intercala frases, incluso versículos enteros, de otros pasajes bíblicos.

Un fenómeno parecido solía suceder entre los evangélicos al orar. A medida que los hombres y las mujeres derramaban sus corazones al Señor en reuniones de oración, tanto la alabanza como las peticiones se articulaban en el lenguaje de las Escrituras. Desde luego que, en su peor expresión, era una recitación enlatada de los mismos seis textos. Pero en su mejor expresión, este tipo de alabanza y oración transitaba a través de panoramas cada vez más amplios de las Escrituras, a medida que las personas crecían en su conocimiento de las mismas. Esta alabanza es madura y bíblica, y dista mucho del sentimentalismo trillado y los temas superficiales de hoy día. La diferencia es dramática, como si comparásemos la Quinta Sinfonía de Beethoven con “Susanita tiene un ratón”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 185). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La majestad de Dios

4 Julio 2017

La majestad de Dios
por Charles R. Swindoll

Salmo 8

Al mirar el Salmo 8, tres observaciones introductorias saltan de la página. Primero, es un salmo de David, escrito bajo la dirección del Espíritu Santo. Eso quiere decir que no son simples reflexiones neutrales de un artista creativo. David recibió esta canción como un regalo de Dios a la humanidad. Estas son palabras de Dios.

Segundo, antes de iniciar el salmo se encuentra la frase, «Sobre Guitit». La etimología de este término hebreo es asunto de debate entre los eruditos. Muchos creen que la palabra guitit se deriva de Gat, aquella ciudad antigua filistea de donde también provenía el enemigo más famoso de David, Goliat. (1 Samuel 17: 4, 23). El término podría referirse al estilo musical que se asociaba con esa cultura o un instrumento musical que se utilizaba comúnmente en Gat. En cualquier caso, la expresión, «sobre Guitit” o «según Guitit» aparece también en otros dos salmos de celebración (Salmos 81 y 84). La Escritura nos dice que después de la victoria de David sobre Goliat el pueblo de Israel cantó y bailó celebrando el triunfo (1 Samuel 18: 6-7).

Mi opinión, y es solo mi opinión,  es que este salmo fue compuesto por David como un himno de alabanza en honor a Dios por darle el triunfo cuando peleó con el gigante Goliat de Gat. Al leer el salmo 8, uno se puede dar cuenta que calza muy bien con este momento histórico. Esta es una canción de celebración así que si usted tiene que derrotar un gigante y en este caso, -el gigante es ese sentido de insignificancia-, ¡anímese! Esta canción es para usted.

Mi tercera observación es que el salmo 8 comienza y termina con la misma declaración: «Oh Señor, Dios nuestro, ¡Cuán grande es tu nombre en toda la tierra!» Esta alabanza ofrece tres implicaciones que vale la pena mencionar:

1. El salmista habla en nombre del pueblo de Dios, no sólo de sí mismo, por eso utiliza la expresión, «Dios nuestro» en lugar de «Dios mío». Esto nos dice que David está representando un grupo de personas al componer esta canción de triunfo.

2. El nombre de Jehová se relaciona con la palabra grande, la cual se deriva de la palabra hebrea «adar». Esta palabra conlleva los significados de majestad, grandeza, amplitud, altura y nobleza. David ve a nuestro Dios como aquel que es sumamente glorioso y absolutamente majestuoso.

3. Las obras y los atributos del Señor no se limitan a Israel o a la tierra de Canaán. Son universales. Dios no es una deidad tribal o nacionalista separada de todos los demás.

El pasaje y su patrón

Ya que siete y medio versículos del salmo 8 son repeticiones de la misma declaración, debemos comprender que el tema principal del salmo es la frase que se repite dos veces. David adora al Dios viviente como el glorioso y majestuoso Señor del universo. De hecho, un bosquejo de esta canción se parecería mucho a cualquier servicio de adoración pública al que hayamos asistido:

I. La doxología (v. 1a)
II. La adoración (vv. 1b-8)
A. Alabanza (vv. 1b-2)

B. Mensaje (vv 3-8)
1. El significado del ser humano: «¿Qué es el hombre?»
2. La gracia de Dios: «lo coronas».

III. La bendición (v. 9)

Seguiremos este bosquejo al examinar esta canción de celebración de David, comenzando con la doxología:

Oh Señor, Dios  nuestro,¡cuán grande es tu nombre en toda la tierra! (v. 1)

La palabra «Señor” en el texto hebreo expresa la majestad trascendente y la gloria de Dios. Aún cuando la mayoría de las biblias utiliza la palabra, «Señor», la palabra utilizada aquí es un nombre hebreo que se representa con las cuatro letras mayúsculas JHVH. Ya que este nombre era, y sigue siendo, sagrado para los hebreos, ellos nunca dicen su nombre de manera audible. Consecuentemente, nadie sabe cuál es su pronunciación correcta. Los gentiles comúnmente dicen Jehová. La palabra, «Dios», es el término hebreo “Adonai”, el cual indica un título de respeto en reconocimiento a su autoridad y soberanía. Los judíos comúnmente pronunciaban la palabra “Adonai” cuando leían la escritura en voz alta y se encontraban con el nombre hebreo de Dios, JHVH. La siguiente palabra que aparece en la oración, la palabra «grande» es un adjetivo superlativo que significa: » más poderoso que cualquier otro».

Al combinar estos tres términos, David celebra el poder supremo de Dios sobre todo lo demás. Desde el principio, David declara que Dios no tiene rival. Ningún poder lo subyuga y él reina con supremacía.

Afirmando el alma
¿Cuál es la fuerza más poderosa en el universo? ¿Una supernova? ¿Un hoyo negro? Dios es más poderoso, mucho más poderoso que cualquiera de esas cosas. De hecho, la energía combinada de cada estrella en cada galaxia del universo no puede competir con el poder de su Creador. Cuando usted medita en la omnipotencia de Dios, ¿qué efecto le causa en ese sentimiento de sentirse abandonado?

Adaptado del libro, Viviendo los Salmos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2013). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright
© 2017 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

¿Cuándo seremos satisfechos?

JULIO, 04

 ¿Cuándo seremos satisfechos?

Devocional por John Piper

Yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos. (Juan 17:26)
Imaginemos que podemos disfrutar lo que es más placentero con energía y pasión ilimitadas para siempre.

Esta no es nuestra experiencia actual. Hay tres cosas se interponen entre nosotros y nuestra total satisfacción en este mundo:

1. Nada tiene un valor personal tan alto que pueda satisfacer los deseos más profundos de nuestro corazón.

2. Carecemos de las fuerzas para gozar al máximo de los mejores tesoros.

3. Nuestras alegrías aquí? tienen un final. Nada dura para siempre.

Pero si el objetivo de Jesús en Juan 17:26 se vuelve realidad, todo esto cambiará.

Si el deleite de Dios en el Hijo se vuelve nuestro placer, entonces el objeto de nuestro placer, Jesús, será inagotable en valor personal. Él nunca se tornará aburrido, ni decepcionante, ni frustrante. No hay tesoro concebible que sea más grande que el Hijo de Dios.

Más aún, nuestra incapacidad para gustar de este tesoro inagotable no será limitada por la debilidad humana. Disfrutaremos del Hijo de Dios con el mismo placer de su Padre.

El deleite de Dios en su Hijo estará en nosotros y será nuestro. Y nunca acabará, porque el Padre y el Hijo nunca dejarán de ser. El amor del uno por el otro será nuestro amor por ellos y, por lo tanto, nuestro amor por ellos nunca terminará.

Todos los derechos reservados ©2017 Soldados de Jesucristo y DesiringGod.org

¿Qué podemos llevar al cielo?

martes 4 julio

Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo.

1 Pedro 1:18-19

¿Qué podemos llevar al cielo?

Se dice que el dinero gobierna el mundo. Pero su valor se limita a la corta duración de la vida terrenal; e incluso en la tierra no puede hacerlo todo ni darlo todo. El dinero y el oro no tienen valor en el más allá.

Cuando viajamos al extranjero, al pasar la frontera podemos cambiar nuestro dinero por la moneda local. Pero cuando usted pase la frontera del tiempo para entrar en la eternidad, no podrá llevar nada consigo: ni sus bienes materiales, ni su reputación, ni sus títulos, ni sus méritos. “Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar”, afirma la Biblia, la Palabra de Dios (1 Timoteo 6:7). El patriarca Job dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá” (Job 1:21).

Esto significa que el hombre pasa a la eternidad con las manos vacías. O más bien, lo único que puede llevar al más allá, si no buscó y halló el perdón de Dios, son sus pecados. Tal como es debe comparecer ante Dios, quien es el “Juez de todos” (Hebreos 12:23). Jesús hizo esta pregunta: “¿Qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo 16:26). Mucha gente ha vendido su alma por dinero, pero, inversamente, para rescatar un alma del poder de Satanás y del pecado, el oro y el dinero no tienen valor alguno.

La Biblia nos enseña que el único rescate que Dios acepta es la preciosa sangre de Cristo, derramada para salvar a los que creen en él.

“Cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios…” (Apocalipsis 5:9).

Daniel 6 – 1 Juan 5 – Salmo 78:56-65 – Proverbios 18:18-19

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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