La visitación más esperada

DICIEMBRE, 03

La visitación más esperada

Devocional por John Piper

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque nos ha visitado y ha efectuado redención para su pueblo, y nos ha levantado un cuerno de salvación en la casa de David su siervo, tal como lo anunció por boca de sus santos profetas desde los tiempos antiguos, salvación de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos aborrecen… (Lucas 1:68-71)

Observemos dos puntos dignos de destacar en las palabras de Zacarías de Lucas 1.

En primer lugar, nueve meses atrás Zacarías no pudo creer que su esposa daría a luz un hijo. Ahora, lleno del Espíritu Santo, está tan convencido de la obra redentora de Dios en el futuro Mesías, que lo expresa en tiempo pasado. Para la mente que tiene fe, una promesa hecha por Dios equivale a estar ya cumplida. Zacarías había aprendido a confiar en la palabra de Dios y por eso hizo una afirmación notable: «¡Dios nos ha visitado y nos ha redimido!».

En segundo lugar, la venida de Jesús el Mesías es una visitación de Dios al mundo: «el Señor, Dios de Israel… nos ha visitado y ha efectuado redención». Durante siglos, el pueblo judío había languidecido bajo la convicción de que Dios se había apartado de ellos: el espíritu de profecía había cesado e Israel había caído bajo el Imperio Romano. Todas las personas piadosas de Israel esperaban la visitación de Dios. Lucas 2:25 dice que el devoto Simeón «esperaba la consolación de Israel». Y en Lucas 2:38, Ana oraba sin cesar porque «esperaba la redención de Jerusalén».

Eran días de gran expectativa. La tan esperada visitación de Dios estaba a punto de acontecer. De hecho, llegaría de la forma menos esperada.


Devocional tomado del sermón “Jesus Is the Horn of Salvation

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«El SEÑOR, poderoso en batalla»

3 de diciembre

«El SEÑOR, poderoso en batalla»

Salmo 24:8 (LBLA)

Bien puede nuestro Dios ser admirable a los ojos de su pueblo, si tenemos en cuenta las grandes maravillas que él ha obrado por ellos, en ellos y por medio de ellos. Por ellos, el Señor Jesús venció a todos los enemigos en el Calvario, haciendo pedazos las armas del adversario mediante su perfecta obra de obediencia expiatoria. Por medio de su triunfante resurrección y ascensión, acabó con cada una de las esperanzas del Infierno: llevando cautiva la cautividad, exhibiendo públicamente a nuestros enemigos y triunfando sobre ellos en la cruz. Todo dardo acusador que Satanás pudiera arrojarnos está quebrado, ¿porque quién puede tramar algo para acusar a los escogidos de Dios? Inútiles resultan las afiladas espadas de la malicia infernal y los perpetuos combates de la simiente de la Serpiente; pues, en la Iglesia, el cojo arrebata presa y los soldados más débiles salen coronados.

Bien pueden los salvados adorar a su Señor por las conquistas que él ha obtenido en ellos, pues los dardos de su natural enemistad ha sido quebrados y las armas de su rebelión han quedado rotas. ¡Qué victoria ha logrado la gracia divina sobre nuestros malvados corazones! ¡Cuánta gloria recibe Jesús cuando la voluntad resulta sometida y se destrona el pecado! En cuanto a las maldades que nos quedan, estas también sufrirán una derrota segura, y toda tentación, toda duda y todo temor se verán enteramente destruidos. En la Salem de nuestros pacificados corazones, el nombre de Jesús es incomparablemente admirable. Él ha conseguido nuestro amor y lo llevará sobre sí. También podemos esperar nosotros victorias seguras, obtenidas por nosotros mismos: Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. A través de nuestra fe, nuestro celo y nuestra santidad, derrotaremos a las potestades de las tinieblas que están en el mundo; ganaremos a los pecadores para Jesús; trastornaremos falsos sistemas y convertiremos a naciones enteras; pues Dios está por nosotros y nadie nos podrá resistir. ¡Entone cada soldado cristiano en esta noche el cántico de guerra y prepárese para el combate de mañana: «Porque mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo» (1 Jn. 4:4)!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 348). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

2 Crónicas 2 | 1 Juan 2 | Nahúm 1 | Lucas 17

3 DICIEMBRE

2 Crónicas 2 | 1 Juan 2 | Nahúm 1 | Lucas 17

Bien podríamos preguntarnos por qué se debe alabar a Dios por amar al mundo (Juan 3:16) si a los cristianos se les prohíbe amarlo (1 Juan 2:15–17).

El mundo, como se presenta habitualmente en Juan y 1 Juan, es el orden moral en rebelión contra Dios. Cuando se nos dice que Dios ama al mundo, debemos admirar ese amor porque el mundo es demasiado malo. El amor de Dios es el origen de su obra de redención. Si bien su santidad genera su ira (Juan 3:36), su carácter de amor (1 Juan 4:8, 16) engendra su misión redentora.

Lo que Dios prohíbe en 1 Juan 2:15–17, sin embargo, es algo muy diferente. Dios ama al mundo con el amor santo de la redención; nos prohíbe amar al mundo con el amor escuálido de la participación. Dios ama al mundo con el amor sacrificado que le costó la vida a su Hijo; no debemos amar al mundo con el amor egocéntrico que quiere gustar todo el pecado del mundo. Dios ama al mundo con el poder redentor que transforma a los individuos de tal manera que estos dejan de pertenecer al mundo; se nos prohíbe amar al mundo con la debilidad moral que seduce un aumento de la cantidad de gente mundana al convertirnos nosotros mismos en participantes plenos. El amor de Dios por el mundo debe ser admirado por su combinación única de pureza y sacrificio; el nuestro incita al horror y al asco por su impureza y maldad rapaz.

El mundo que Juan visualiza no es agradable. Se caracteriza por todos los deseos de nuestra naturaleza pecaminosa (“los deseos de la carne”, 2:16), todas las cosas de afuera que nos asedian y nos tientan a alejarnos del Dios vivo (“la codicia de los ojos”, 2:16), toda la arrogancia de la dominación, apropiación y control (“la arrogancia de la vida” 2:16). Nada de esto proviene del Padre, sino del mundo.

Pero los cristianos hacen sus evaluaciones a la luz de la eternidad. “El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (2:17). Lástima de la persona cuya identidad personal y esperanza dependen de cosas transitorias. De aquí a diez billones de años, en la eternidad, resultará un poco tonto presumir del coche que hoy día conduces, de la cantidad de dinero o educación que recibiste, de cuántos libros poseías, de la cantidad de veces que saliste en los periódicos. Haber ganado o no un Oscar en ese entonces será menos importante que haberle sido infiel a tu cónyuge. Si fuiste o no una estrella de baloncesto será menos significativo que cuánto de tu riqueza donaste generosamente. “El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (2:17).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 337). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Su nombre es Admirable

Un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

Isaías 9:6

Su nombre es Admirable

“Un niño nos es nacido, hijo nos es dado”, escuchamos en varios villancicos de Navidad. Estas palabras son una profecía de la Biblia anunciada unos 700 años antes de que se cumpliese el nacimiento de Jesús.

“Un niño nos es nacido, hijo nos es dado”. Ese niño es el “Hijo del Padre”, quien estaba junto a Dios y ahora nos es dado.

“El principado sobre su hombro”. Un día gobernará al mundo con justicia; pero antes, renunció a todos sus derechos para morir en una cruz.

“Se llamará su nombre”. Recibe varios títulos concentrados en una misma persona:

“Admirable”. Toda su persona hace que sea admirable. Su nombre es Jesús, Dios salva, y también es “Emanuel”, Dios con nosotros.

“Consejero”. Creó todo con el Padre; formó el proyecto eterno de Dios; es la sabiduría de Dios.

“Dios Fuerte”. Es el poder de Dios y cumplirá su proyecto. Hizo la purificación de los pecados y es la “resurrección y la vida” (Juan 11:25).

“Padre Eterno”. No tiene principio ni fin, dio origen al tiempo y es el Maestro de la historia.

“Príncipe de Paz”. Este último título evoca su bondad y abnegación por la humanidad, “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20)

“Dijo Manoa al ángel del Señor: ¿Cuál es tu nombre, para que cuando se cumpla tu palabra te honremos? Y el ángel del Señor respondió: ¿Por qué preguntas por mi nombre, que es admirable?” (Jueces 13:17-18).

Job 41 – Santiago 2 – Salmo 136:23-26 – Proverbios 29:3-4

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EL APÓSTOL REGOCIJADO

EL APÓSTOL REGOCIJADO

12/2/2017

Hermanos, gozaos en el Señor. (Filipenses 3:1) 

El gozo del apóstol Pablo no se relacionaba con sus circunstancias. Si hubiera estado vinculado a los placeres terrenales, a la libertad, al prestigio, al éxito material o a la buena reputación, no habría tenido gozo alguno.

El gozo de Pablo estaba centrado en su ministerio y era indiferente a todo lo demás. Por eso pudo decirles a los filipenses: “Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros” (Fil. 1:3-4). Tenía gozo a pesar de las dificultades, siempre que avanzara la causa de Cristo. Tenía gozo a pesar de los detractores, siempre que se proclamara el nombre de Cristo. Tenía gozo a pesar de la muerte, siempre que se exaltara a Cristo. Y tenía gozo a pesar de la carne, siempre que se ayudara a la iglesia de Cristo.

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El maravilloso Dios de María

DICIEMBRE, 02

El maravilloso Dios de María

Devocional por John Piper

Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva; pues he aquí, desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán por bienaventurada. Porque grandes cosas me ha hecho el Poderoso; y santo es su nombre. Y de generación en generación es su misericordia para los que le temen. Ha hecho proezas con su brazo; ha esparcido a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Ha quitado a los poderosos de sus tronos; y ha exaltado a los humildes; a los hambrientos ha colmado de bienes y ha despedido a los ricos con las manos vacías. Ha ayudado a Israel, su siervo, para recuerdo de su misericordia tal como dijo a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre. (Lucas 1:46-55)

María vio con claridad algo excepcional acerca de Dios: Él estaba a punto de cambiar el curso de la historia de la humanidad; las tres décadas más importantes de todos los tiempos estaban a punto de empezar.

¿Y dónde estaba Dios? Ocupado con dos mujeres humildes y desconocidas. Una era anciana y estéril (Elisabet), la otra era una joven virgen (María). María quedó tan conmovida por esta revelación de Dios, de Aquel que ama a los humildes, que prorrumpió en una canción: el cántico que hoy en día se conoce como «el Magníficat» (Lucas 1:46-55).

María y Elisabet son heroínas increíbles según el relato de Lucas, quien ama la fe de estas mujeres. Lo que más llama su atención, al parecer, y lo que quiere destacar a los ojos de Teófilo, el noble destinatario de su escrito, es la humildad jovial de Elisabet y María.

Elisabet dice en Lucas 1:43: «¿Por qué me ha acontecido esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?». Y María le responde en Lucas 1:48: «Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva».

Las únicas personas cuya alma en verdad puede exaltar al Señor son las personas como Elisabet y María: aquellos que reconocen su condición humilde y quedan conmovidos por la condescendencia de un Dios maravilloso.


Devocional tomado del articulo “Meditation on the Magnificent”

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«He aquí, todo ello es vanidad»

2 de diciembre

«He aquí, todo ello es vanidad».

Eclesiastés 1:14

Nada puede satisfacer todo el ser del hombre salvo el amor del Señor y el Señor mismo. Los santos han procurado anclar en otras ensenadas, pero se los arrojó de tan sombríos refugios. A Salomón, el más sabio de los hombres, se le permitió hacer ciertos experimentos por todos nosotros y llevar a cabo aquello que nosotros no debemos atrevernos a hacer por nosotros mismos. He aquí su testimonio contado en palabras textuales: «Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol» (Ec. 2:9–11). «Vanidad de vanidades, todo es vanidad».

¿Qué todo eso es vanidad? ¡Oh favorecido monarca!, ¿acaso no hay nada de valor en todas tus riquezas? ¿Nada en ese dilatado dominio que se extiende desde el río hasta el gran mar? ¿Nada en los magníficos palacios de Palmira? ¿Nada en «la casa del bosque del Líbano»? ¿No hay nada en tu música y tu baile, en tu vino y en tu lujuria? «Nada —responde el monarca—; nada salvo aflicción de espíritu». Este fue el veredicto de Salomón cuando hubo recorrido todo el camino del placer. Abrazar a nuestro Señor Jesucristo, permanecer en su amor y estar plenamente seguros de nuestra unión con él, eso es el todo en todo. Querido lector, no necesitas probar otras formas de vida para ver si son mejores que la vida del cristiano: si recorres el mundo entero, no obtendrás ninguna visión semejante a la visión del rostro del Salvador. Si pudieras tener todas las comodidades de la vida, pero perdieras al Salvador, serías un desdichado. En cambio, si recibes a Cristo, aunque te pudrieras en un calabozo, juzgarías ese calabozo como un paraíso; y aunque vivieras en la oscuridad o murieras de hambre, te sentirías satisfecho con el favor y la plenitud de la bondad del Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 347). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

2 Crónicas 1 | 1 Juan 1 | Miqueas 7 | Lucas 16

2 DICIEMBRE

2 Crónicas 1 | 1 Juan 1 | Miqueas 7 | Lucas 16

El párrafo inicial de 1 Juan 1 almacena muchos tesoros. Quiero centrarme en el versículo 3 y echarle también un vistazo al 4.

Suponiendo que el autor es el apóstol Juan, el “nosotros” que hace toda esta proclamación probablemente es un recurso editorial, o un “nosotros” que conscientemente habla en nombre del círculo de los testigos apostólicos. Por tanto, en este contexto se distingue del “nosotros” de todos los cristiano; y en particular, del “vosotros” que se refiere a los lectores: “Os anunciamos lo que hemos visto y oído” (1:3). Los dos versículos anteriores especifican qué fue lo que vieron y oyeron Juan y los demás testigos. Es nada menos que la Encarnación: “Lo que era desde el principio” (1:1) uno con Dios es justamente lo que apareció en la historia verdadera y en repetidas ocasiones fue escuchado, visto y tocado. La Palabra eterna se hizo hombre (1:14 en el Evangelio de Juan); aquí, “Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella, y os anunciamos a vosotros la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado” (1:2). Así, Juan reitera: “Os anunciamos lo que hemos visto y oído” (1:3).

No hay cristianismo sin la Encarnación. Más aún, la Encarnación no es una noción ambigua sobre cómo lo divino se identifica con lo humano. Es absolutamente concreta: el Verbo que estaba con Dios y que era Dios se hizo carne (Juan mismo lo escribe en el 1:1, 14 de su evangelio). Esto es fundamental en la época de Juan, ya que él esta combatiendo contra quienes afirmaban que algo verdaderamente espiritual podría ponerse carne humana, pero jamás podría hacerse un ser humano. También es fundamental hoy día, cuando discutamos con un filósofo materialista que afirme que la única realidad es aquella que ocupa el continuo espacio-temporal.

Juan les dice a sus lectores que les proclama esta verdad “para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1:3). La comunión en el Nuevo Testamento es algo más que un sentimiento cálido. Es compañerismo comprometido, en el cual los intereses personales quedan subordinados a la misión común. Los primeros testigos entraron en la comunión “con el Padre y con su Hijo, Jesucristo”. Los lectores de Juan pueden entrar en esa comunión al hacerlo en la de los apóstoles. Por eso Juan proclama lo que ha visto y oído. Los apóstoles sirven de mediadores del evangelio a los demás. No podemos entrar en comunión con Dios y con su Hijo Jesucristo, sin hacerlo con los apóstoles que fueron los primeros testigos de la encarnación.

Nada de esto fomenta una religión convencional. Juan escribe para que “nuestro” o “vuestro” gozo sea cumplido (1:4): cualquiera de las variantes del original dice la verdad sobre esto.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 336). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Preso del cuerpo, mas no del alma (2)

Los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida… Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.

2 Corintios 5:4, 8

Preso del cuerpo, mas no del alma (2)

El presidiario de quien se habló ayer está condenado a muchos años de prisión, por lo que es casi seguro que nunca obtendrá la libertad física, sino que la muerte lo sorprenderá en la prisión. Sin embargo, ahora que es creyente, su esperanza es que Cristo venga a arrebatar a su pueblo, antes de que le llegue la muerte física, porque él confía en lo que el Señor dice en la Biblia: “He aquí vengo pronto… Ciertamente vengo en breve” (Apocalipsis 22:12, 20).

Si la venida de Cristo por su iglesia sucede antes de que la muerte alcance a este recluso, él y todos los demás creyentes en Cristo que se encuentren en esa prisión saldrán victoriosos de su cautiverio para estar presentes con su Salvador, sin pasar por la muerte. Las Sagradas Escrituras testifican: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Corintios 15:51-52). Sin embargo, este recluso se consuela con el pensamiento de que, si la muerte lo alcanza, tampoco habrá problema, porque los muertos serán resucitados incorruptibles.

Habiendo puesto en orden su estado espiritual, para el cuerpo también está la promesa de la resurrección de vida (Juan 5:29), pues el cuerpo del creyente ha sido comprado. “Habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:20).

Job 39-40 – Santiago 1 – Salmo 136:10-22 – Proverbios 29:1-2

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

LA MEDIDA DE LA MADUREZ ESPIRITUAL

LA MEDIDA DE LA MADUREZ ESPIRITUAL

12/1/2017

En esto me gozo, y me gozaré aún. (Filipenses 1:18) 

Puede medirse la madurez espiritual de un creyente por lo que puede quitarle el gozo. El gozo es un fruto de una vida guiada por el Espíritu (Gá. 5:22). Debemos regocijarnos siempre (Fil. 4:4; 1 Ts. 5:16). En todas las circunstancias el Espíritu Santo produce gozo, de modo que no debe haber ningún momento en el que no estemos regocijándonos de alguna manera.

El cambio, la confusión, las pruebas, los ataques, los deseos insatisfechos, el conflicto y las relaciones tirantes pueden quitarnos el equilibrio y despojarnos del gozo si no tenemos cuidado. Entonces hemos de llorar como el salmista: “Vuélveme el gozo de tu salvación” (Sal. 51:12).

Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción” (Jn. 16:33), y el apóstol Santiago dijo: “Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Stg. 1:2). Dios tiene su propósito en nuestras aflicciones, pero nunca nos quita el gozo. A fin de mantener nuestro gozo debemos asumir la perspectiva de Dios respecto a nuestras pruebas. Cuando nos rendimos a la obra de su Espíritu en nuestra vida, no nos agobiarán nuestras dificultades.

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