NUESTRA CORONA FUTURA

Octubre 11

NUESTRA CORONA FUTURA

Cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de la vida.

Santiago 1:12

La vida eterna es la corona que Dios ha prometido a quienes lo aman. Es el galardón supremo del creyente. Aunque en el presente experimentamos algunos de los beneficios de vida eterna, la tenemos como una promesa. Algún día la recibiremos en su plenitud. Seguimos esperando recibir el galardón futuro. Cuando venga el Señor, nos dará la plenitud de vida eterna.

El apóstol Pablo expresó un pensamiento similar: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:8). Cuando Cristo regrese por la iglesia, a los cristianos se les dará una vida de justicia eterna. Todos recibiremos la misma corona de las recompensas de vida eterna, justicia y gloria.

La resistencia no gana la vida eterna. Sin embargo, la resistencia es la prueba de la fe y del amor genuino, y eso es recompensado con la plenitud de vida eterna.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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¿Dios se equivoca?

¿Dios se equivoca?

Dios no comete errores. Su perfección y grandeza no permite errores: «Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; Y su grandeza es inescrutable” (Salmo 145:3). En el idioma original, la palabra traducida «inescrutable» incorpora la idea de «no es posible de averiguar o enumerar». En otras palabras, la grandeza de Dios es infinita. Esta declaración no puede referirse a una persona falible, porque incluso con un solo error, su grandeza sería cuantificable y finita.

La capacidad de Dios para hacer todas las cosas y comprender todos los asuntos, no le da opción para cometer errores: «Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; Y su entendimiento es infinito» (Salmo 147:5). Nuevamente, la Escritura muestra que Dios es infalible. Un conocimiento limitado conduce a errores, pero Dios tiene un conocimiento ilimitado y por tal razón no comete errores.

Dios no ha cometido ningún error en la creación del mundo. La sabiduría infinita, el poder infinito y la bondad infinita de Dios fueron la combinación correcta para producir un mundo perfecto. Al final de los seis días de la creación, Dios evaluó todo lo que Él había hecho, y dijo «es bueno en gran manera» (Génesis 1:31). No hubo excepción, cualificación o desilusión. Sólo la declaración «bueno en gran manera».

“Dios no es hombre, para que mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Números 23:19). A diferencia del hombre, Dios no comete errores y no tiene ideas de último momento que lo lleven a cambiar de parecer. Dios no hace decretos que después deba anular porque no consideró todas las consecuencias o porque no tenía el poder para cumplir. Además, Dios no es como el hombre cuyo pecado requiere un juicio. «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en Él» (1 Juan 1:5b). «Justo es Jehová en todos sus caminos, Y misericordioso en todas sus obras» (Salmo 145:17).

Algunos afirman que la Escritura muestra a Dios teniendo dudas acerca de su creación: «Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho» (Génesis 6:5-7).

Es bueno entender la palabra arrepentimiento en este pasaje. Cuando se usa en referencia a Dios, el arrepentimiento incluye el pensamiento de dolor compasivo y una medida para aplicar. Dios no estaba mostrando debilidad, admitiendo un error o lamentando una equivocación. Más bien, Él estaba expresando su necesidad de tomar medidas concretas y drásticas para contrarrestar la maldad de la humanidad: » todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal» (Génesis 6:5). El hecho de que Dios no consideró su creación un error, queda demostrado con la existencia continua del mundo. Aún estamos aquí, aunque somos pecadores. Alabado sea el Señor por su gracia: «mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (Romanos 5:20b), y «Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová» (Génesis 6:8).

Dios nunca ha cometido un error. Él ha tenido un propósito en todo, y los resultados no son una sorpresa para Él, porque declara el fin desde el principio: «Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero» (Isaías 46:9-10).

Alguien puede pensar que Dios ha cometido un error en su vida personal. Ciertas experiencias y condiciones fuera de nuestro control, hacen que nos preguntemos si Dios quizá haya calculado mal. Sin embargo, «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Romanos 8:28). Esto requiere de fe para aceptarlo, pero «porque por fe andamos, no por vista» (2 Corintios 5:7). En todo debemos entender que las cosas de esta vida no son indispensables y se están gastando para nuestra recompensa eterna según la sabiduría de Aquel «que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría» (Judas 1:24). Podemos alegrarnos de que Dios Nuestro Señor no comete errores en nuestras vidas, sino que tiene un propósito bueno y amoroso por todo lo que permite.

No hay culpa en nuestro Dios, ni errores que Él haya cometido, ni falla alguna en su Hijo. Jesús no cometió pecado en pensamiento, palabra o hecho (Hebreos 4:15). Satanás estaba desesperado por revelar incluso una falta en Jesús, pero el diablo fracasó completamente en sus intentos (Mateo 4:1-11). Jesús sigue siendo el Cordero sin mancha y sin defecto (1 Pedro 1:19). Al final de la vida de Jesús, su juez terrenal, Poncio Pilato, declaró: «Ningún delito hallo en este hombre» (Lucas 23:4).

Vivimos con nuestros errores, grandes y pequeños, insignificantes y desastrosos, y nos acostumbramos a cometerlos. Pero servimos a un Dios infalible y libre de errores, cuya grandeza no puede ser comprendida. «Has aumentado, oh Jehová Dios mío, tus maravillas; Y tus pensamientos para con nosotros, No es posible contarlos ante ti. Si yo anunciare y hablare de ellos, No pueden ser enumerados» (Salmo 40:5). Es bueno saber que Dios está en control y que Aquel que no se equivoca, puede compensar nuestros errores.

Usado con permiso del Ministerio Got Questions

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

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1 Reyes 14 | Colosenses 1 | Ezequiel 44 | Salmos 97–98

11 OCTUBRE

1 Reyes 14 | Colosenses 1 | Ezequiel 44 | Salmos 97–98

En el Libro de Oración Común de la iglesia anglicana, el Salmo 98 se conoce como el Cantate Domino (“Cantad al Señor”) y está ubicado entre la lectura nocturna del Antiguo Testamento y su equivalente del Nuevo, desbordante de adoración y gozo vivificantes.

El Salmo 98 tiene tres estrofas. La primera (98:1–3) celebra la “salvación” de Dios (que vemos en cada versículo). La palabra tiene quizás un uso más amplio que el que le damos actualmente. Incluye la victoria sobre los enemigos: la “diestra” y el “santo brazo” del Señor (98:1) llevarán a cabo esta “salvación” o victoria. Sin embargo, también incluye nuestro significado del término: Dios reconcilia al pueblo con él y lo transforma por su gracia. Mientras él “se ha acordado de su amor y de su fidelidad por el pueblo de Israel” (98:3), la gloriosa verdad es que “el Señor ha hecho gala de su triunfo; ha mostrado su justicia a las naciones” (98:2); “¡Todos los confines de la tierra son testigos de la salvación de nuestro Dios!” (98:3). No es de extrañar, pues, que debamos cantar “un cántico nuevo” al Señor (98:1). Esta expresión no se refiere tanto a una composición nueva, escrita quizás para la ocasión, como a una reacción fresca ante las nuevas misericordias derramadas sobre nosotros.

La segunda estrofa (98:4–6) responde con una adoración emocionada a cada acto de Dios en la primera, que celebra su venida en poder y salvación. De hecho, todos nuestros actos de adoración constituyen un adelanto del fin, pues la salvación total descrita brevemente espera la consumación. Aclamamos “alegres al Señor, el Rey” (98:6) como preludio del anuncio de la culminación de su reino. Los instrumentos enumerados aquí se utilizaban regularmente como parte de la adoración en el templo (cf. 1 Crónicas 16:5–6) o en ocasiones alegres como la coronación de un nuevo rey (p. ej., 1 Reyes 1:39).

Si la alabanza de la segunda estrofa se estructura en un cántico orquestado, la de la tercera (98:7–9) es inarticulada. Sin embargo, no es menos poderosa por ser tosca. Incluso ahora, todo el universo declara la gloria de Dios. No obstante, si diversos pasajes del Antiguo Testamento anuncian una enorme renovación del orden creado (Salmo 96:11–13; Isaías 2; 11; 55:11–12), Pablo no sólo también lo hace sino que reconoce que el cumplimiento depende de la transformación de los seres humanos al final: “La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para alcanzar así la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8:19–21).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 284). Barcelona: Publicaciones Andamio.

PURA Y SIMPLE OPOSICIÓN

PURA Y SIMPLE OPOSICIÓN

Charles R. Swindoll

11 de octubre, 2018

Proverbios 1

Como pastor, me asombra la diferencia que existe entre los cristianos en lo que respecta a aceptar instrucciones. Algunos parecen no querer aprender nunca. Muchos creyentes se mantienen conscientes de la dirección de Dios y se someten a su voluntad. También hay muchos seguidores de Cristo que van a la iglesia, pero persisten en aprender de la manera difícil. Están expuestos a las mismas enseñanzas año tras año, pero la sabiduría parece no impregnarse en sus vidas. Para ellos, las muchas advertencias de su familia y amigos pasan desapercibidas. Algunos roces con el desastre no alteran su curso de acción. Y cuando están sufriendo las consecuencias del pecado, comúnmente se preguntan: «¿Por qué me sucede esto? ¿Por qué estoy sufriendo?»

La Escritura me muestra tres tipos de personas y de ellos descubro que tienen un problema en común: son personas de oposición: se oponen a la instrucción de Dios. Esta clase de rebeldes viene en tres variedades, cada una de ellas fue descrita en los proverbios de los sabios y de Salomón. Examinaremos cada uno de estos tres tipos de personas en los siguientes días.

Los de «mente simple»

El sustantivo hebreo peti se basa en un verbo que significa «ser abierto, amplio o espacioso». Conlleva la idea de ser completamente abierto, sin ningún discernimiento, incapaz o sin ninguna disposición de distinguir entre la verdad y la falsedad, de ser fácilmente encaminado hacia el error y de ser atrapado fácilmente. Esta persona es una presa fácil del engaño. Los ingenuos son susceptibles a la maldad y cualquier opinión fácilmente influye en ellos. Usualmente no pueden enfrentar las complejidades de la vida, especialmente si la situación requiere mucho esfuerzo mental.

En la cultura hebrea, se espera que los niños sean ingenuos. Ellos no tienen educación, experiencia ni capacitación para discernir. Por lo tanto, los padres tienen la actividad sagrada de proteger a sus hijos del engaño y capacitarlos para la edad adulta. Son muy pocas las personas que toleran a los adultos ingenuos. Con excepción de la incapacidad mental, aquellos adultos que se mantienen ingenuos por elección merecen sufrir las consecuencias de su ingenuidad.

Al leer Proverbios, encuentro varios rasgos de una persona ingenua:

No son sensibles al peligro ni a la maldad:

Mirando yo por la ventana de mi casa, por entre mi celosía, vi entre los ingenuos y observé entre los jóvenes a uno falto de entendimiento. Él pasaba por la plaza, cerca de la esquina, y caminaba en dirección a la casa de ella. Era al anochecer; ya oscurecía. Sucedió en medio de la noche y en la oscuridad. En seguida se va tras ella, cómo va el buey al matadero, como un cordero al que lo ata; va como un venado (Proverbios 7:6-922).

No ven ni consideran las consecuencias de sus decisiones:

«¡Si alguno es ingenuo, que venga acá!». Y a los faltos de entendimiento dice: «Las aguas hurtadas son dulces y el pan comido en oculto es delicioso». No saben ellos que allí están los muertos, que sus invitados están en lo profundo del Seol (Proverbios 9:16-18).

Lo creen todo; les falta discernimiento:

El ingenuo todo lo cree, pero el sagaz considera sus pasos (Proverbios 14:15).

Nunca aprenden; vuelven a caer en el mismo error una y otra vez:

El prudente ve el mal y se esconde, pero los ingenuos pasan y reciben el daño(Proverbios 22:3).

Reflexión

Hay un viejo dicho que dice: «Si te burlas de mí una vez, la vergüenza es para ti; si te burlas de mi dos veces, la vergüenza es para mí». ¿Qué tan bien aprende de sus errores? ¿Puede ver la conexión entre sus decisiones y las consecuencias de esas decisiones? La meta no es condenarse a sí mismo, sino más bien un examen cuidadoso de aquel sufrimiento pasado que le dará una responsabilidad personal. ¿Tiene esta disciplina de madurez?

Adaptado del libro, Viviendo los Proverbios  (Editorial Mundo Hispano, 2014). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2018 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

Tomado de: visionparavivir.org  

Disponible sobre el Internet en: https://visionparavivir.org/

Dios quiere una confesión sincera

Jueves 11 Octubre

Dios le dijo (a Adán)… ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.

Génesis 3:11-12

Dios quiere una confesión sincera

La única respuesta correcta de Adán a la pregunta de Dios hubiese sido un sencillo «sí». Pero en vez de ello trató de eludir su responsabilidad, y solo al final de su respuesta reconoció lo que había hecho. Primero dijo: “La mujer que me diste por compañera”; le echó la culpa a Dios. Todavía hoy recurrimos a ese tipo de excusas. ¿Dónde estaba Dios?, nos preguntamos evocando guerras, actos de terrorismo, crímenes… No decimos que estas cosas suceden precisamente porque el hombre se ha alejado de Dios.

Luego Adán añadió: ella “me dio”. A veces echamos sobre los demás la responsabilidad de una falta: Fue ella la que empezó, o fue él quien me persuadió de hacer eso.

Y tal vez, para justificarnos al menos en parte, resaltemos las circunstancias atenuantes. Finalmente, si no podemos echar la culpa a Dios, ni a otras personas, ni a las circunstancias difíciles, tratamos de banalizar el caso: después de todo no era tan grave.

Retengamos el ejemplo del rey David quien, convencido de su pecado, dijo sinceramente: “Pequé contra el Señor” (2 Samuel 12:13). También fue hasta el origen del mal y reconoció que el pecado provenía de su propio corazón.

Si, como David, confesamos nuestra falta sinceramente, Dios “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados” (1 Juan 1:9).

“Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5).

Deuteronomio 5 – Juan 4:31-54 – Salmo 115:9-18 – Proverbios 25:4-5

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